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jueves, 7 de abril de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia Temporada 3 Capítulo 8


Desesperados y sin saber qué hacer, el grupo estableció un campamento en la playa en espera de decidir algún curso de acción. La cuestión que debatían era decidir entre ir hacia el noreste para intentar buscar a los Maestros de las Bestias, o intentar escalar la montaña que hacía unas semanas Ezhabel y su compañía había intentado remontar. Recordemos que en la ladera de dicha montaña se habían sucedido una serie de acontecimientos extraños que les hicieron desistir, y que incluso una presencia se manifestó ante Ezhabel diciéndole algo así como "aquí no hay nada para tí".

A lo largo de la primera noche en el campamento, fueron apareciendo en la costa restos de naufragio, presumiblemente de los tres barcos que Ezhabel había traído desde Vensider.
También durante la noche, haciendo gala de extraordinarias dotes de observación, los personajes pudieron apercibirse de que justo por encima de la montaña objeto de la discusión, las estrellas aparecían difuminadas e incluso llegaban a desaparecer en una franja del firmamento que ascendía vertical desde la cumbre.

En discusiones que se prolongaron durante todo el día, lord Ergialaranindal dejó claro su deseo de llevar a cabo la ascensión a la montaña con los personajes o sin ellos. Según él, lo que quiera que hubiera en esa montaña, podría suponer la salvación -o perdición- de su imperio. Pero un desgraciado suceso que iba a acontecer la noche siguiente, dejaría por inútil cualquier discusión que hubieran tenido sobre el camino a seguir.

Kadrajan, sin saber cómo se vio en mitad de la noche despierto y con el Martillo de Korvegâr en sus manos. Previamente, había tenido una visión de la fractura de la realidad donde pudo ver el rostro de lord Natarin. El martillo le pedía sangre, sangre y almas. Debido a los ruidos provocados por Kadrajan en su lucha interior, Ayreon despertó. Y deseó el Martillo por sobre todas las cosas. En una increíble explosión de poder y furia, Ayreon esgrimió el Martillo y golpeó el suelo con todas sus fuerzas. Acto seguido, el suelo comenzó a resquebrajarse en una gran grieta que llegó hasta el mar. La grieta no era una falla normal, no, sino que ahora unía varias dimensiones demoníacas entre sí. La presencia de demonios acercándose era casi material. Ayreon, dándose cuenta de lo que había hecho, apresuró al grupo para largarse de allí.

De repente, todo el grupo se vio desplazado al mundo de los sueños e inmovilizado por presencias desconocidas, que sin embargo a Ayreon le resultaban familiares. No tardaron en descubrir que las susodichas presencias oníricas eran maestros de sueños de los elfos primigenios que habitaban en la fortaleza de Gaumartel, en el Valle del Olvido, sito en la cima de la montaña en cuestión. Entre los elfos se encontraba Galior, al cual Ayreon ya había conocido en una ocasión anterior ante el sueño de Dolor de Ezhabel.

Kadrajan fue el primero en abrir los ojos. El grupo se encontraba en unas lujosas estancias en el interior de una fortaleza de mármol y granito: la ciudadela de Gaumartel. La ciudadela era una maravilla arquitectónica, con unos bloques de piedra demasiado grandes para haber sido trabajados por medios naturales. Era evidente que la magia había tomado parte activa en la construcción. La habitación tenía una única ventana cubierta por una especie de vidrio irrompible a través de la que se podía ver un amplio arco de la ciudadela. Ésta se encontraba dominada por una alta torre, y descendía hasta la muralla, de unos catorce metros de alto.

Por alguna extraña razón, el Poder se encontraba totalmente ausente en el interior de la ciudadela. A los personajes les resultaba imposible la realización de incluso el más pequeño de los hechizos, aunque esta situación cambiaba de un día para otro. En lo que sí se fijaron era en que determinados elfos llevaban unos extraños broches en forma de hoja de enebro que permitían a sus portadores la realización de hechizos.

El primer día los personajes fueron atendidos por varias doncellas elfas que atendieron sus necesidades de comida e higiene. La puerta, como pudieron ver, estaba custodiada por un par de guardias con naginatas de dos hojas y ropas plagadas de runas.

El segundo día, apareció Galior acompañado de Hinnemir, el segundo de los caminantes de sueños, para interrogar al grupo acerca de lo que había pasado en la playa y cómo es que ellos llevaban un arma tan peligrosa como el martillo de Korvegâr. Por supuesto, los personajes le contaron la historia. Mientras tanto, Galior no había dejado de mirar a Ezhabel, y finalmente preguntó a Ayreon con inquietud si ella era la Elegida por la Espada del Dolor. Como más tarde se enterarían los personajes, las llamadas Profecías del Olvido afirmaban que la Portadora de la Espada del Dolor llevaría a Gaumartel a la Gloria y a la vez a la Perdición, además de realizar predicciones varias sobre el destino de Korvegâr y su vuelta al mundo. Esta profecías se debían a Valaumir, el mayor de entre los videntes que había tenido Gaumartel, hacía 7000 años, cuando la ciudadela se había construido.

El día siguiente Ayreon fue llevado a presencia del líder de Gaumartel, Treltarion, nieto de Trelteran, y de su esposa, Asmariur la cual lucía medio rostro deformado como si le hubiera caído ácido. Como más tarde se enteraría el grupo, las heridas habían sido causadas por Trelteran hacía mucho tiempo. En esta entrevista, Ayreon pudo enterarse de que estos elfos primigenios, ante el terror causado por las Guerras de la Hechicería se habían retirado a este apartado lugar hacía siete mil años, más o menos la misma época en que habían tomado forma las Profecías del Olvido.

El centro de discusión principal de la reunión fue el Martillo de Korvegâr y la relación de este último con Ayreon. Junto a los soberanos se encontraba Fyrion, llamado Guardián del Orbe, Galior, Hinnemir, el capitán de la Guardia, Urmazan, y algunos más.

Siguiendo las indicaciones de Galior, con las que la mayoría de los presentes se encontraban de acuerdo, se le dieron tres días a Ayreon para que mostrara su aceptación de Korvegâr, de tal manera que su alma ya no fuera lo suficientemente pura y el dios maligno viera frustrados sus intentos de poseer al paladín. De otra forma, Ayreon sería sacrificado para evitar el advenimiento de la Oscuridad.

Al día siguiente, fue Ezhabel la que fue convocada ante Treltarion y compañía, para poner a prueba la legitimidad de la elección de la Espada del Dolor. Ante los monarcas, Fyrion sacó algo que Ezhabel esperaba no volver a ver nunca, un agiel, el instrumento de tortura que la había encaminado por la Senda del Dolor de los elfos oscuros. Ante la sorpresa de los elfos, Ezhabel superó la prueba, y sin muchas dificultades, gracias a su experiencia. Esto provocó rostros de incredulidad y de asombro -tantos como de admiración- entre los reunidos.

Los tres días siguientes fueron de los peores en la vida de Ayreon, sumido en la duda de si debería aceptar a Korvegâr o no.

Durante esos tres días, Ayreon y sus compañeros recibieron repetidamente la visita de lady Asmariur, disfrazada como doncella. Ésta no hizo sino implorar a Ayreon que aceptara las exigencias de Treltarion y Galior, ya que aunque pocos lo sabían, ella también tenía el don de la precognición después de siete mil años de falta de videntes, y había visto el futuro que les esperaba si el paladín se negaba a aceptar. Además, muchos de los habitantes de Gaumartel estaban descontentos con su encierro, ella la primera, ya que estaba deseando salir de allí para hacerle pagar a Trelteran mil veces el dolor que le había infligido en el pasado. Esta revelación fue lo que más hizo dudar a Ayreon de la sinceridad de la elfa.

A lo largo de esos tres días, innumerables demonios habían ido apareciendo desde las montañas procedentes de la grieta en la realidad, pero algo les retenía fuera de la ciudadela. Los personajes supusieron que debía ser lo mismo que les impedía el uso de la magia en su interior.

El tercer día, habiendo tomado ya Ayreon su decisión, lady Asmariur apareció con el anillo de Kregora de Ezhabel envuelto en hermosas telas. "Cuando Ayreon revele su decisión, algo extraordinario ocurrirá. Tú deberás correr a la Torre y destruir el Orbiteron. Usa tu anillo. Cuando llegue el momento, lo sabrás, no te preocupes.". Evidentemente, la perplejidad se reflejó en los rostros del grupo, con lo que la elfa les explicó que el Orbiteron era un poderoso artefacto guardado en el corazón de Gaumartel.

Y llegó el día. Con gran pompa y ceremonia, Ayreon fue conducido a la Sala del Trono, donde se encontraba la mayoría de habitantes de Gaumartel, escasos en la actualidad. Tras unos ceremoniosos preliminares, Ayreon se agachó y cogió el Martillo de buen grado. En ese momento algo estalló dentro de él. Una gran explosión silenciosa tuvo lugar y el dolor se adueñó de Ayreon, que se vio destrozado moral y físicamente en el mundo de los sueños. Lady Asmariur, Galior y los caminantes de sueños le habían salvado, y con él a cuantos pudieron de la Sala del Trono. Asegurándose de que el paladín se encontraba bien, Galior y Hinnemir partieron rápidos como el pensamiento.

El momento de la explosión fue percibido al instante por Kadrajan, ya que la desaparición de Roghfel había dejado a Vargiel como único Arcángel manifestado en el Martillo, que lucía ahora un hermoso color plateado con vetas rojas. Y Kadrajan, no sabía cómo, podía notar claramente al Arcángel. De repente, el Martillo apareció en su mano, y un torrente de Poder casi irresistible se adueñó de él. Sus ojos se hicieron rojos como la sangre de sus enemigos; sus dientes, afilados y temibles, su talla aumentó y sus músculos se tensaron hasta lo indecible. Él era Kadrajan, la Mano de Eudes en el mundo. Ante una señal desesperada de Ezhabel, se lanzó hacia delante, rompiendo piedra, hueso y carne. Los gritos de Ezhabel le perseguían incansables: ¡Hacia la torre!¡Hacia la torre!

Finalmente llegaron a la Torre, donde Fyrion les estaba esperando, conminándolos a que retrocedieran. Kadrajan, que empezaba a percibir la disminución de su poder, descargó su martillo sobre el elfo, que lo esquivó, y la lucha entre ambos comenzó. Ezhabel se vió libre de seguir su camino, y se deslizó al interior de la estancia donde se encontraba el Orbiteron, un pequeño orbe de escasos cinco centímetros de diámetro. Sin pérdida de tiempo, puso el anillo de Kregora en contacto con el orbe e intentó destruirlo. Durante varios minutos lo intentó, resultando del proceso la pérdida de sensibilidad en ambos brazos debido a varios calambrazos. Entre tanto, Kadrajan apareció en la estancia, visiblemente disminuido su potencial, pero afortunadamente se había deshecho del elfo guardián. Sacando fuerzas de flaqueza, Ezhabel volvió a sintonizar con su anillo y esta vez sí, pudo notar claramente que el poder del Orbiteron era absorbido hacia la pequeña banda de Kregora, un poder que casi la desborda. La implosión y posterior explosión fue brutal. Sólo gracias a Kadrajan Ezhabel pudo salvar su vida. El guerrero interpuso su cuerpo entre el artefacto y ella, y como resultado fueron despedidos en un violento impacto varios kilómetros hacia las montañas. Mucho antes habían caído inconscientes, claro.

Al despertar rescatados por Galior y sus compañeros, Ezhabel se encontraba increíblemente dolorida y Kadrajan tenía el 70% de los huesos de su cuerpo hechos pedazos. El Orbiteron no era sino el artefacto que impedía el paso de las corrientes de la Esencia a Eluiridiann, la causa por la que en el continente no se podía utilizar el Poder. Pero últimamente había empezado a fallar, con las consiguientes filtraciones de poder, que se habían manifestado en forma de Ilvos que podían utilizarlo, como por ejemplo, la Madre de lord Ergialaranindal. Ahora el Orbiteron había sido destruido y las corrientes de la Esencia fluyen de nuevo libremente. ¿Cuál habrá sido el efecto real de esto? De momento, ante la brutal crecida de poder resultante, los demonios que se encontraban alrededor de Gaumartel habían sido aniquilados.

Mientras tanto, en el mundo de los sueños, ¡Emmán bendito! La certeza de que Églaras se había roto se apoderó de Ayreon, que cayó en un estado poco menos que catatónico...no tenía dios, no tenía fe, no tenía esperanza...¿por qué seguir adelante?

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