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jueves, 26 de mayo de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 8


Ayreon cargó a Vairon a hombros; el sermio parecía muy débil, con un tenue hálito vital. Al llegar a la escalera que conducía a la Biblioteca de palacio, se encontraron con que la puerta secreta parecía haberse cerrado. Durante largo tiempo estuvieron empujando y buscando mecanismos o pistas que les permitieran abrir, sin éxito. Era extraño, ¿qué había pasado con los guardias que habían apostado al otro lado? Vairon parecía cada vez más débil. Así que decidieron dar la vuelta y explorar las catacumbas.

Pasaron bastante tiempo en la sala donde se había llevado a cabo la ceremonia de Vairon, donde aparte del pentagrama dibujado en el suelo no parecía haber nada más. En un momento determinado, Ezhabel se quedó petrificada: "¿No oís eso?"-dijo. Afinando mucho el oído, casi todo el grupo pudo oír de fondo un sonido: TUMMMMM...TUMMMMM...TUMMMM... . Retumbaba como un timbal, y provocaba una pequeñísima vibración en el suelo. Tras meditar sobre el ruido y no sacar ninguna conclusión válida, decidieron tomar el camino que se bifurcaba poco antes de la sala donde se encontraban.

Un poco antes de llegar a la bifurcación, Ayreon decidió intentar tocar la marca de Korvegâr del cuello de Vairon e inmediatamente sintió unos deseos extraordinarios de matarlo. Así que, con un mohín de extrañeza y preocupación, apartó la mano y miró hacia otro lado. Leyon, que había sido testigo de la escena, exploró la nuca de Vairon y tocó el símbolo, para su desgracia. Un dolor desgarrador y una oscuridad heladora lo envolvió. Cayó inconsciente, en estado de coma. Y mientras caía, creyó ver en la oscuridad un rostro femenino, que gritaba "¡NOOOOOOOO!". El avance iba a ser ahora mucho más engorroso para Ayreon, que tendría que cargar con los dos cuerpos.

Tras mucho andar, llegaron a una gruta que al parecer era artificial, pero echada a perder por múltiples derrumbamientos y una gran inundación de agua que se había filtrado desde el mar. La gruta se prolongaba durante 400 metros con una anchura de más de 200. Ellos se encontraban a unos 40 metros del suelo, saliendo por una antigua balconada que se encontraba ahora entre escombros. En la parte del fondo, el grupo podía ver balconadas como las que había en la parte de la gruta donde se encontraban, pero en mucho mejor estado. Un lago de agua salada se había formado también en aproximadamente la mitad de la gruta más alejada de ellos. Demetrius reconoció en las balaustradas el estilo escultórico de los enanos, aunque con ciertas modificaciones fuera de lugar.

Mientras se encontraban observando la oscuridad, creyeron percibir el cese del inquitente sonido palpitante que habían percibido en la sala.

Ezhabel, arrojada como siempre, descendió sin pensarlo más al suelo de la gruta y se acercó haciendo equilibrios sobre los escombros hasta la orilla de la laguna. La observó en silencio; escuchó un chapoteo y vio una sombra moverse en el agua, pero confiando en que se tratara de simples peces, intentó atravesarla a nado. A mitad de camino, algo la agarró de la pierna y la arrastró hacia la oscuridad, provocando en pocos segundos la inconsciencia de Ezhabel. Era un tentáculo. Al oir el grito ahogado de la semielfa, Ayreon corrió desesperadamente y se zambulló. Gracias a los ojos de Avaimas, Ayreon pudo ver el cuerpo de la semielfa en la oscuridad, aunque a duras penas. Otro tentáculo atacó al paladín, que a duras penas se libró de él. Esto pareció servir para que el kraken retirara el tentáculo que retenía a Ezhabel, asi que Ayreon pudo sacarla agónicamente a la superficie, no sin antes ver por el rabillo del ojo un atisbo de un paso subterráneo por el que se colaba el monstruo. Tras llegar a la orilla, agotado, llamó con un hilillo de voz a Demetrius para que les ayudara. El bardo bajó a la gruta e hizo lo que pudo.

Mientras tanto, Leyon vivía en otro mundo: el de la inconsciencia. De repente, se encontró en un campo de nieve, en medio de una ligera nevada. Se encontraba ante una mujer, una mujer bellísima, cuya simple presencia le daba ganas de gritar de desesperación. Era de noche, pero había un fulgor extraño procedente de una aurora boreal. La mujer estaba desnuda; él también. La mujer lloraba desconsolada, y eso le dio a Leyon ganas de morir sin más dilación. Su rostro era la propia tristeza hecha mujer. La tormenta de nieve arreció. Ella le tendió la mano, y Leyon la cogió con suavidad. La tormenta se hizo insoportable, trozos de hielo se clavaban en su carne. Y sombras se materializaron alrededor de la mujer. "Recuérdame... -le susurró. Las sombras la envolvieron y Leyon, cogido a su mano desesperado, no la pudo retener. La separaron de él hasta que se perdió en la oscuridad de la noche.

Un estertor, un grito, y Leyon despertó. A oscuras, al lado del cuerpo de Vairon, por lo que no supo qué hacer durante un momento. Pero a los pocos instantes, el resto del grupo, que había oído su grito de desesperación, estaba junto a él. Tras explicar el sueño a Ayreon, éste aconsejó a Leyon que, aunque no supiera quién era la mujer, la recordara, como ella le había dicho, y elevara sus plegarias hacia ella para mantenerla viva.

Desmoralizados y exhaustos, volvieron a la escalera de la biblioteca. Allí Demetrius probó otra táctica: amplificó su voz y gritó para que, si había alguien al otro lado, pudiera oírlo. En el silencio inmediatamente posterior, el grupo y particularmente Demetrius [éxito absoluto], pudieron oir de nuevo el profundo sonido: TUMMM...TUMMM...TUMMM.... Como el primer intento no tuvo éxito, Demetrius lo intentó una segunda vez amplificando su voz aún más. Esta vez sí que obtuvieron respuesta: algunos guardias, junto con el senescal Dorton, Beltan, Erdin y Agiran pudieron abrir la puerta siguiendo las instrucciones del bardo. Inmediatamente llamaron al médico para que reconociera a Ezhabel y a Vairon, y la inspección reveló la marca de Korvegâr en su nuca, cosa que inquietó sobremanera a los presentes -aunque no parecieron reconocer la marca-. Ezhabel y Vairon fueron inmediatamente trasladados a sus aposentos. Allí, Nirintalath pareció desesperada al ver a Ezhabel en ese estado, y exigió saber quién la había tocado aparte de ella.

Por otro lado, no había ni rastro de los guardias que los PJs habían apostado en la biblioteca para que vigilasen la puerta abierta. Leyon preguntó al jefe de la guardia por ellos, y éste volvió al poco rato diciendo que no los habían encontrado por ningún sitio.

Al poco rato, Ayreon y Demetrius se dirigieron a las habitaciones de lord Vairon, para interesarse por su estado y, posiblemente, eliminar la maldición que pesaba sobre él. Junto a su lecho se encontraba lord Agiran. En apariencia, los dos nobles eran amigos íntimos. Agiran inició una discusión, exigiendo saber qué era lo que realmente había pasado allá abajo, que podían ser sinceros con él y tenían su apoyo. El paladín y el bardo decidieron contárselo todo excepto el sueño de Leyon, ante la, aparentemente, genuina preocupación del noble por su amigo. Tras esto, le pidieron a Agiran que saliera mientras Ayreon intentaba quitarle la marca de la nuca. El noble se negó en redondo, y estuvieron largo rato discutiendo sobre su salida o no de la habitación. Finalmente, Ayreon permitió que Agiran permaneciera en la habitación mientras intentaba limpiar la maldición del enfermo. Al establecer su vínculo canalizador con Emmán, el paladín sintió unas ganas irrefrenables de matar al "servidor de Korvegâr". Empleó su sortilegio de curación igual que lo había empleado con Ezhabel antes, pero ahora voluntariamente, causando graves lesiones a Vairon y matándolo. Agiran gritó y abrazó a su amigo y Ayreon, dándose cuenta de su acción, entró en estado de shock. El médico, que llegó a los pocos momentos, reconoció a Vairon y anunció que el noble no estaba muerto. Pero Ayreon estaba absolutamente convencido de que lo había matado sin remisión. El paladín se retiró a sus aposentos a punto de entrar en una depresión. Pasaría largas horas orando y pensando.

Al despertar, Ezhabel se encontró con Nirintalath en su habitación. La niña le preguntó que por qué no la llamó. Ezhabel contestó que sí que la había llamado, pero ella no había acudido. "Debes aceptarme, Ezhabel. Ya lo hiciste una vez, ¿no es así? Acéptame, dame la mano y dejaras de necesitar llamarme; siempre estaré contigo". Sin embargo, Ezhabel tenía miedo de hacerlo; la última vez había controlado a la Espada del Dolor gracias a su férrea voluntad, pero no sabía qué podría suceder si era el Espíritu de Dolor quien tomara el control.

Por fin, agotados, todos pudieron descansar de la larguísima noche, que se había prolongado gran parte del día siguiente.

Tras reponer fuerzas, Leyon se reunió con Dalryn. Tras hacer el amor apasionadamente, hablaron sobre la reunión de la tarde con lady Ylma y Leyon sacó el tema de la convocatoria a los Mediadores. Sin embargo, la joven, aunque no estaba de acuerdo con la decisión de Ylma, tampoco veía nada tan malo en la siuación; si Leyon era el legítimo heredero, no debería temer nada de los Mediadores.

Demetrius visitó a Vairon, al enterarse de que éste había recuperado ya la consciencia. El noble estaba muy cambiado, parecía mucho más sombrío; la experiencia realmente debía de haber sido terrible para él. Se encontraba hablando con Agiran, que no se separaba de su amigo en ningún momento. Tras quedarse algo preocupado por Vairon, el bardo se reunió con Leyon para hablar sobre la reunión con Ylma. En opinión de Demetrius, deberían llevar todos los apoyos posibles, así que Agiran y Beltan irían con ellos. Tras hablar con Agiran, Leyon y él finalmente formalizaron un pacto en firme sobre el ejército y su apoyo.
A continuación, Leyon se dirigió a encontrarse con Mauvros, y Demetrius a buscar a Eleria, pero ninguno de los dos se encontraba en sus aposentos.

Ayreon, recogido en sus aposentos, detectó a través de su consciencia celestial que en las esferas superiores parecía haber un vacío, algo faltaba, y se había producido un desequilibrio mayor en favor de la Sombra.

A media tarde, el grupo se enteró de que habían llegado más Paladines de Emmán a la ciudad (Paladines, no Pastores), que estaban efectuando una labor de evangelización y predicación muy intensa. La situación con los vestalenses no era nada relajada.

Finalmente, al atardecer partieron a reunirse con lady Ylma, que acudió a la reunión con Dorlen y Maraith. Tras hablar de la situación actual, de alianzas y de apoyos, salieron a la luz las verdaderas intenciones de Ylma y sus aliados:

—Es hora de romper con tradiciones absurdas y obsoletas —dijo la noble Sermia—. Es hora de que el verdadero poder recaiga sobre quien debería haber recaído desde el principio: sobre el pueblo. Las supersticiones no son buenas para nadie, y demostraron no serlo tampoco para la salud del Imperio.

Ylma y sus apoyos querían dar la soberanía al Pueblo del Rey de Reyes: que fueran capaces de elegir a sus representantes y que éstos votaran en favor de un sucesor digno del emperador, que no se restringiera a éste por derecho de nacimiento o por una superchería consistente en una ilusoria ceremonia a cargo del Bardo Supremo. Tras ser afrontada sobre los intereses que la querían llevar a ser la emperatriz, Ylma contestó:

—¿Pero quién ha dicho que yo aspire al puesto de emperatriz? No lo quiero, no me considero digna de él. Mi candidato para el puesto no es otro que LORD DORLEN.

Por lo que parecía, Dorlen había ganado un apoyo popular importante, deshaciendo entuertos aquí y allá, hablando con el pueblo y los nobles por igual, imponiendo la paz aquí y consiguiendo víveres allá. Además, su valía como administrador y político había quedado sobradamente demostrada durante años. Y los Mediadores habían sido convocados a Haster para arbitrar el proceso. La discusión se prolongó durante horas y horas. Horas interminables al término de las cuales, el grupo no consiguió hacer desistir a Ylma y compañía de sus intenciones. Sin embargo, querían el bien del imperio, así que se comprometieron a utilizar sus ejércitos en labores de pacificación de Haster y a colaborar con Leyon hasta que se produjera la Coronación. Dorlen tendría control sobre las maniobras del ejército. El grupo, junto con Beltan, Agiran y Dalryn se retiraron del campamento de Ylma con semblante muy preocupado.

Por la noche, Dorlen visitó a Ezhabel (seguía atraído por ella), y ante los desplantes de la semielfa se marchó contrito. Demetrius, por su parte, visitaba regularmente a Vairon, que al día siguiente ya podía levantarse de la cama. Pero su rostro preocupaba al bardo, si no lo atemorizaba.

Leyon propuso a Erdin que aportara su ejército para liberar la ciudad de Evax del sitio al que estaba sometida, pero el noble sólo le dio respuestas esquivas hasta que se negó explícitamente. Tras Erdin lo intentó con Mauvros, y éste le argumentó un poco más, diciendo que no le parecía buena idea acudir al sitio de Evax vaciando la ciudad de tropas fieles y dejándola en manos de Ylma en lugar de enviar cuanto antes gente a Adastra para cultivar y recolectar, ya que la comida sí era una necesidad urgente. Leyon decidió enviar exploradores para enterarse mejor de cuál era la situación en Evax.

Al anochecer, con Demetrius de vuelta de una búsqueda infructuosa de "nicodemos", el grupo al completo sintió mareos y náuseas, y Ayreon incluso se quedó inconsciente. Tras comentarlo entre sí, Demetrius, con gesto preocupado, les dijo que ya no podía oir el sonido retumbante. Efectivamente, tras unos minutos de silencio, el "latido" había cesado.

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