Translate

viernes, 13 de mayo de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 3

"El secreto de los Jardines de Mecenas", tercera (y última) sesión.

La tarde avanzaba, así que se apresuraron. Se dirigieron al laberinto para ver si podían descubrir alguna pista más. Y lo hicieron en el estanque que se extendía a los pies del gran ciprés. A Idara le llamó la atención cómo en el fondo los peces de colores vivos mordisqueaban algo. Lucio extrajo un puñado del extraño alimento, y para su repugnancia, resultaron no ser otra cosa que ojos, ojos humanos, deteriorados por la voracidad de los animales del estanque. Haciendo gala de sus vastos conocimientos y de su sagacidad, Tiberio dedujo por la forma de los nervios y las escoriaciones que los ojos habían sido arrancados por dedos provistos de largas uñas, quizá garras.

Mientras Tiberio estudiaba los globos oculares, Idara descubrió por pura casualidad que de las más altas ramas del ciprés colgaban elementos extraños que al principio les habían pasado desapercibidos, disimulados entre las hojas. Parecían trozos de pergamino. Tras encaramarse al árbol, reunieron todos los que pudieron. Estaban manchados de sangre y presentaban una letra idéntica a los pergaminos que habían encontrado por la mañana en las termas. Tiberio decidió quedarse leyendo lo que pudiera distinguir entre las manchas de sangre y las salpicaduras de suciedad y agua mientras los demás peinaban el laberinto en busca de algo más.

Tiberio pudo deducir varias cosas de los fragmentos sueltos que habían podido conseguir. Los manuscritos hablaban de la historia de dos gemelas, de nombre Canidia y Sagana, cuyo nacimiento, sorprendentemente, se había producido con una diferencia de dos años entre una y otra -o bien se trataba de una fantasía o cosa de brujería-. Se daban algunos detalles de la vida de ambas, y al parecer se trataba de dos mujeres con ciertas capacidades sobrenaturales.

A punto de terminar Tiberio la lectura de los manuscritos, apareció en la explanada donde se encontraba un grupo de gente variopinta, entre los que pudo reconocer a algunos. Uno era Lucio Cilnio, el noble de la biblioteca; el segundo era el hombre del pelo ensortijado que Lucio había reconocido como informador de Anariaco; el tercero era un colega de profesión, Servio Ostorio, un médico algo problemático, por lo que había oido; y la cuarta era la mujer que ya habían visto con el rostro cubierto por un velo debido a extrañas cicatrices que trataba de ocultar. Esta última fue la única que pareció darse cuenta de la presencia de Tiberio sentado en una gran raíz. Se acercó a solas hacia él, saludándole. A pesar de que Tiberio había intentado ocultar disimuladamente los pergaminos, la mujer le pidió que se los entregara, a lo que el médico respondió con una negativa. Al insistir ella una segunda vez, algo hizo que Tiberio se los entregara sin resistencia y sin darle importancia alguna.

Mientras, la búsqueda en el laberinto había resultado ser infructuosa y el grupo volvió a reunirse con Tiberio. Lucio Cilnio y sus compañeros se acababan de marchar, internándose en el laberinto. Cuando Tiberio les contó el episodio con la mujer y su entrega de los pergaminos, todos mostraron su sorpresa ante la impasibilidad del médico. Evidentemente, algo extraño había sucedido, aunque Tiberio seguía restándole importancia.

A los pocos momentos, procedente del laberinto, apareció de nuevo la mujer del velo. Se acercó al grupo, que se previno contra posibles brujerías. Cayo Cornelio salió a su encuentro, increpándola e interrogándola acerca de los manuscritos. Ella hizo caso omiso de sus preguntas, y sólo alcanzó a recomendarle que permaneciera atento a los acontecimientos esa noche, si en algo estimaba a su madre. Cayo enmudeció, confundido. La mujer dio la vuelta y volvió a desaparecer pausadamente en el laberinto. El grupo se apresuró a seguirla; sin embargo, cuando llegaron al laberinto ya no había ni rastro de ella. Una mujer ciertamente inquietante.

Tras el laberinto, con la noche ya encima, se dirigieron a investigar los pasadizos secretos que habían descubierto en las termas. Tras dudar mucho, se adentraron primero en el de la izquierda, que parecía menos usado y llegaba a la habitación del bibliotecario Albinovano. Después pasaron al otro pasadizo, alrededor de cuya entrada había pequeños restos de sangre. El pasillo descendía abruptamente y se dirigía hacia donde debía de estar el auditorium. Olía a muerte y a humedad. Unos murciélagos pasaron revoloteando a su alrededor, dándoles un susto de muerte. En ese momento, Idara aprovechó para recuperar su extraño disco, arrebatándoselo a Tiberio Julio sin que éste se diera cuenta de nada. Tras recorrer un número indeterminado de pasos, el pasadizo se terminaba abruptamente, interrumpido por unas enormes raíces, que no podían pertenecer a otra planta que el gran ciprés.

Ante las raíces del ciprés, Idara y Cornelio se quedaron petrificados. Oían algo. Voces en su mente. Una voz decrépita le decía a Idara que si quería descubrir algo más, tendría que acudir al auditorium a las doce. A Cayo, por su parte, le parecía oir la voz de su madre, desesperada. Le suplicaba que asistiera al auditorium a medianoche si quería recuperarla. Tras eso, el silencio. A todos les parecía una trampa, pero acudirían. Salieron del pasadizo.

Planificaron el encuentro de la medianoche. Cayo, Tiberio y Lucio subieron a la Torre Mecenata para dominar el jardín; a pesar de la oscuridad esperaban ver aquello que tuvieran que ver. Idara se quedó escondida en la biblioteca, a la espera de que alguien pasara por allí. Los edificios se cerraban con llave por la noche.

Poco antes de la medianoche los apostados en la Torre pudieron ver cómo unas luces de faroles se acercaban a la entrada al auditorium, y se metían en él. Corrieron a reunirse con Idara y, a continuación, en lugar de entrar por la puerta principal, se introdujeron en el pasadizo que antes había estado cerrado por las raíces. Éstas parecían haber retrocedido sobre sí mismas para dar acceso a una puerta de roca. A través de ella se podían escuchar cánticos e imprecaciones ahogadas que no alcanzaban a entender y que ponían los pelos de punta. Se oyó un grito horrible que acabó en borbotones procedente del otro lado de la puerta. Eso hubiera sido suficiente para acabar de convencer a cualquiera de no abrirla. Sin embargo, Cayo Cornelio se sentía impelido por alguna razón desconocida a entrar a la sala, pero la prudencia pudo más que el deseo y se contuvo de abrir la puerta de roca. Pero ante su sorpresa fue Idara la que abrió la puerta, compelida por una curiosidad y un deseo irresistibles. Lucio no pudo detenerla a pesar de sus esfuerzos. Otro grito se oyó en la sala. Tiberio se lanzó a rescatar a Idara, mientras alguien cerraba la puerta del pasadizo a sus espaldas. En el interior, la escena era terrorífica: una pequeña multitud se hallaba congregada en la gran sala; allí estaban Culpex y algunos jardineros, Marco Segiditio y sus secuaces, el hombre del pelo ensortijado y el médico Servio Ostorio, que miraban aterrados hacia donde se encontraban los personajes.

Canidia, una de las brujas gemelas
Cerca de éstos, junto a la cavea, había dos cadáveres degollados; uno de ellos pertenecía al noble Lucio Cilnio, al que habían conocido ese mismo día; el otro debía de ser un esclavo. Junto a los cadáveres se encontraba la mujer de las cicatrices en la cara con su sempiterno libro bajo el brazo y dos horripilantes ancianas gemelas, en apariencia las autoras de los sacrificios. La sangre de los muertos chorreaba ya a través de la pequeña abertura -el mundus- que el grupo había investigado antes. Una de las ancianas miró directamente a Idara y Tiberio, extendió una apergaminada mano y señaló con una uña serrada y curvada hacia ellos, mientras su cara se deformaba en un rictus indescriptible que transmitía un odio y un desprecio infinitos. Comenzó a emitir un chillido parecido al de una rata, dejando ver sus desiguales dientes amarillos. Idara no estaba segura de si su imaginación se había disparado, pero juraría que las raíces que enmarcaban la sala habían empezado a moverse.

Apretando con fuerza su pequeña figurilla talismán, Tiberio actuó antes de que la vieja pudiera hacer nada [puntos de gravitas y virtus para la maniobra]. Invocó a Júpiter y su piel estalló en una oleada de luz cegadora que incapacitó temporalmente a todos los presentes. Corrieron, empujando y golpeando.

Al otro lado de la puerta secreta ya no tan secreta, en el túnel, las enormes raíces del ciprés empezaron a moverse violentamente, impidiendo el acceso a la sala de Lucio y Cayo. Éste se había puesto a golpear la puerta como loco, porque finalmente había cedido al deseo que sentía de entrar, además era probable que su madre estuviera allí, en aquella secta de locos. Lucio lo arrastró por el túnel hacia la salida.

En el auditorium se desencadenó el caos. Las raíces comenzaron a golpear salvajemente a diestro y siniestro, arrancando miembros, partiendo huesos y quitando vidas. Una alcanzó a Idara en un brazo [punto de destino para evitar el desmembramiento]. Tiberio cerró los ojos y apretó su amuleto cuando una de las raíces se dirigía directamente a su rostro. Sintió un frío intenso en su pecho y en sus manos, procedente de la figurilla. La raíz no lo golpeó. Cuando abrió los ojos, lo que vio lo dejó estupefacto: delante de él se encontraba una figura oscura, ligeramente translúcida, tocada con un casco al estilo griego antiguo, que medía unos dos metros y medio de alto y llevaba una espada oscura en la diestra. Una visión impresionante. El extraño ser les abrió camino hacia la puerta, arrancando y cortando cuantas raíces intentaban atacarles. Idara salvó a Tiberio de ser empalado en el último momento. Así, consiguieron llegar a la puerta. Cuando se dieron la vuelta para observar la situación pudieron ver que las ancianas habían desaparecido y habían sido sustituidas por un extraño ser ante la cavea, que había salido del mundus, el cual se había ensanchado considerablemente. Era una figura humanoide, al parecer una mujer, y en lugar de piel parecía estar recubierta de pergamino seco recubierto de extrañas inscripciones. Salieron de allí sin tardanza.

Fuera, Lucio y Cayo habían conseguido arrancar unos candiles de sus soportes y varios trabajadores de los jardines habían seguido su ejemplo. Lanzaron los objetos contra el tronco del ciprés, cuyas ramas se movían a diestro y siniestro desmembrando cuerpos, dejándolos caer y lanzando rocas hacia todos lados. Una estuvo a punto de aplastar a Cayo, que la esquivó en el último momento. Lucio lanzó un segundo candil; el fuego prendió por fin y el árbol se quemó mientras, jurarían, se escuchaba un grito de ultratumba llevado por el viento. Se derrumbaron en el césped, agotados.

Al poco rato apareció Pompeyo Apolinaris, acompañado de varios pretorianos, y un grupo de vigiles dispuestos a apagar el fuego. El grupo le explicó todo a Pompeyo, excluyendo aquello que no les interesaba que saliera a la luz: que parecía que se trataba de una especie de ritual etrusco que requería víctimas humanas perpetrado por unas brujas, y que Segiditio y Culpex estaban implicados. Acto seguido, se despidieron y se separaron, acordando verse en casa de Tiberio dos días después.

Por su parte, Lucio volvió a la Castra Praetoria para informar a Apio Cecilio y de paso pedirle permiso para tener libertad para investigar la implicación de Anariaco en todo el asunto. Cecilio se la concedió [punto de destino para convencerlo totalmente].

Tiberio le comentó a su mistagogo, Cneo Servilio, el episodio con el extraño guerrero sombrío. El anciano le respondió que no tenía ni idea de qué podría tratarse, pero por la descripción que le daba era posible que se tratara de algún tipo poderoso de "larva" -espíritu de un muerto-. También le contó la aparición de la mujer recubierta por la piel parecida a tela de lino, lo que le recordó a Servilio los rituales de embalsamamiento que se llevaban a cabo en Egipto.

Idara partió al Aventino para ver a Sitalces, su jefe y enamorado. En la taberna de costumbre se encontró con uno de los contactos, Saulo Flaco, que se sorprendió mucho de verla. Para consternación de Idara (y a cambio de unas monedas), el hombre le informó de que hacía un par de días que nadie había visto a Sitalces ni a ninguno de sus secuaces, su cofradía había desaparecido sin dejar rastro. Rumores de todo tipo se habían disparado por el barrio, pero ninguno confirmado. Idara le dio unas cuantas monedas más; Saulo le contó que a quien sí había visto ese mismo día era a Clemnón -un miembro de la banda de los que traicionaron a Idara-, en el puerto, acompañado por alguien que le pareció un tipo proveniente del este, muy alto, tocado con una especie de turbante, con perilla canosa y unos ojos muy azules. Idara no podía dar crédito. Sitalces y sus compañeros desaparecidos. Volvió hacia la domus de Tiberio. No tardó en darse cuenta de que un hombre la seguía, y a él se unió enseguida un segundo. Sin esfuerzo logró despistarlos, o eso creyó, y llegó sin más sobresaltos a casa del médico. Éste le preguntó si ella había cogido el disco, a lo que la mujer respondió afirmativamente. El médico intentó que se lo devolviera, pero sin éxito.

Transcurridos los dos días, se reunieron en la domus de Tiberio para decidir su siguiente movimiento. Todos tenían intereses de uno u otro tipo relacionados con los extraños símbolos encontrados o con el episodio de los jardines. Lo que decidieron fue que visitarían la villa donde Idara había tenido el extraño encuentro y después se dirigirían a Cnossos, a investigar las ruinas de la infancia de Tiberio. A continuación, si todo iba bien, visitarían la Gran Biblioteca de Alejandría para tratar de obtener respuestas.

No hay comentarios: