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martes, 7 de junio de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 22



Leyon

Llegada la noche, Leyon se arrodilló para elevar sus oraciones a la que él suponía que era Ammarië; pero apenas le había dado tiempo a hacerlo cuando oyó a sus espaldas un susurro grueso y solemne que le preguntó: "¿merece la pena?". Se trataba de Carontar, que había conseguido entrar de alguna manera en su tienda esquivando tanto a los guardias como su propia vigilancia. Leyon le preguntó que a qué se refería. Carontar le contestó si merecía la pena rezar todas las noches por algo que estaba destinado a fracasar. Así se inició una conversación que duró varios minutos en la que Carontar reveló al heredero del imperio la percepción que había sentido al verlo. Sabía que era el elegido de un avatar para ser su brazo en el mundo, y sabía también que Leyon había sido convocado con urgencia a algún lugar. Éste intentó negar las afirmaciones de Carontar pero el hijo de Natarin se mostró inflexible y convencido. Volvió varias veces a la cuestión de si merecía la pena, a lo que Leyon respondía una vez tras otra que sí, hasta que Carontar pareció fundirse con las sombras y desvanecerse. Al instante hicieron su aparición en la tienda Enfalath y Treltarion separados tan sólo por unos pocos segundos; según decían había notado una presencia extraña en el campamento y la habían rastreado hasta allí. Leyon les relató su encuentro con Carontar y lo que éste le había preguntado. Treltarion respondió que si verdaderamente el visitante era Carontar, había cambiado mucho; desde luego en otros tiempos el hijo de Natarin no se habría preocupado por unas cuestiones tan sutiles; la metafísica no era precisamente su fuerte. Tras las preguntas de rigor sobre cómo había llegado Carontar allí y la ignorancia del Leyon, Enfalath dijo que doblaría la guardia alrededor de la tienda y Treltarion le recomendó vehementemente que tuviera mucho cuidado con Carontar; por lo que le había contado manejaba ahora poderes que lo hacían más peligroso si cabía.

Ayreon y Demetrius

Demetrius, Ayreon, los paladines Daren y Ezequiel, Eltahim, Arilhim y Verritar atravesaron el portal y llegaron a la ladera de una montaña cercana a Re'Enthilgas, desde donde no se podía ver la ciudad. Arilhim se levantó levitando y a lo lejos, al este, pudo ver lo que había sido la Ciudadela de Re'Enthilgas. Desde la distancia parecía haber sido arrasada y no había ni rastro de la población. Verritar abrió otro portal con el que no les costaría llegar hasta allí. Dicho y hecho, el portal (opaco, ya que los portales de Verritar tienen una superficie que recuerda al agua) fue creado sin esfuerzo y acto seguido lo atravesaron.

Al llegar a la antigua ciudad, todos sin excepción sintieron una sensación horrible de malignidad extrema. La oleada afectó al grupo completo, pero sobre todo a los paladines y a Demetrius, más sensibles a este tipo de influencia. Todos quedaron inconscientes a excepción de Eltahim, que sin embargo no pudo hacer nada por evitar lo que siguió.

Ezhabel

En su encierro, Ezhabel recibió la visita de Nirintalath. El espíritu de dolor le preguntó sin ningún tipo de apremio si deseaba que la ayudara a salir de allí. Ante la negativa del Ezhabel, que pretendía averiguar más cosas sobre la situación de Enthalior, Nirintalath le preguntó si deseaba que ella intentara averiguar algo. La semielfa respondió que evidentemente sí, qye averiguase todo lo que pudiera. Al punto, Nirintalath desapareció.

Leyon

Tras participar todo el día en inacabables conversaciones sobre logística y estrategia junto con Treltarion y su consejo de guerra, Leyon empleó el atardecer para entrenarse en combate. Una frugal cena y se retiró a su tienda (donde se encontraban apostados seis elfos) para elevar sus oraciones a Ammarië. Esta vez no fue interrumpido, pero al girarse para meterse en la cama allí estaba: Carontar con un amago de sonrisa en la cara, una sonrisa que de ningún modo se reflejaba en sus ojos. El brazo de Ulte tenía la mano derecha sobre la espada Faughor, que apoyaba orgullosamente en el suelo. Esta vez la presencia de Carontar era mucho más... intensa. Leyon empezó a experimentar un sentimiento de culpa enorme, insoportable, como jamás había vivido; todos sus pecados cayeron sobre él con el peso de mil montañas. Tras unos segundos de resistencia sus ojos se bañaron en lágrimas y no tuvo más remedio que buscar confesión en Carontar, que ahora le inspiraba una profunda confianza y su único medio de redención. Evidentemente, todo estaba provocado por la influencia de Faughor. Tras escuchar su confesión, Carontar le habló. Le instaba a darse cuenta de que realmente nada merecía la pena, los pecados de Leyon, por graves que pareciesen no eran nada comparados con otras confesiones que había tenido que escuchar (y por supuesto, retribuir). No valía la pena luchar por salvar este mundo. La cesta de manzanas se había podrido definitivamente. Leyon, profundamente influido, no tuvo más remedio que escuchar toda la charla del elfo; no replicó, aunque tampoco fue convencido. A continuación, Carontar le hizo una petición: "llévame hasta ella Leyon, necesito verla". Leyon intentó resistirse a la petición, pero no pudo [tirada 06, abierta a la baja por la suerte dramática de Leyon]. Aceptó, y al instante las sombras parecieron envolverle. Entró en un extraño estado de trance.

Ezhabel

Nirintalath informó a la semielfa de que había muchísima actividad en el mundo onírico. La manifestación de esa zona estaba ocupada por una especie de laberinto que había sido creado artificialmente. Se necesitaba alguien muy poderoso en el mundo de los sueños para conseguir levantar tal monstruosidad. También dijo que era muy posible que Selene ya la hubiera detectado. Ella, desde luego, ya había sentido a la kalorion.

Al cabo de unas horas, apareció en la puerta de su habitación lord Auren, capitán de la guardia de lord Enthalior e interrogador real, acompañado de varios alen'tai. Le hizo varias preguntas sin mucha importancia, hasta que llegó él tema importante: sabían que era la portadora de Nirintalath y querían asegurarse de que no había venido a hacer daño a nadie. ¿Por qué lo había ocultado? Además, no les gustaba nada la idea de tener a Nirintalath en la fortaleza. Las profecías y las antiguas leyendas explicaban las desgracias que Nirintalath acarreaba en su entorno. Pregunto a Ezhabel si conocía esas profecías y cuál era la actitud de Treltarion hacia ella. La semielfa respondió lo mejor que pudo a todas las preguntas, aguantando la compostura y siendo educada, y también aprovechó para comentar la suplantación de identidad que Lady Angrid estaba sufriendo a manos de Selene. Auren se sorprendió a ojos vista, y advirtió a Ezhabel que esa era una acusación sumamente grave sin pruebas que la corroboraran. No obstante, Ezhabel pudo convencerlo finalmente de que había fundamento en lo que decía, y Auren dijo que permanecería ojo avizor. Tras varias horas, el lord interrogador se dio por satisfecho y propuso a Ezhabel dejarla marchar libremente si partía inmediatamente y en paz; evidentemente, le preocupaba Nirintalath hasta el punto de preferir liberar pacíficamente a Ezhabel que tenerla entre sus muros.

Ayreon y Demetrius

Ayreon y Demetrius despertaron a duras penas con una bruma oscura que les nublaba los ojos y un fuerte embotamiento general de sus sentidos. Estaban en la oscuridad, en lo que parecían ser celdas excavadas en la roca. Sólo un poco de claridad se filtraba a través de un ventanuco en la puerta de la celda. Cada uno estaba en su propia celda, custodiada por uno o varios guardas. Los habían separado a todos. La humedad les calaba la ropa y el cuerpo les dolía por el incómodo jergón el que se encontraban. Demetrius, pero sobre todo Ayreon, notaban como éxitos oscuros se habían entretejido alrededor suyo y les impedían desenvolverse con soltura. Además, uno de sus tobillos estaba envuelto por un grillete cogido a la roca de un material extraño y que ya habían visto antes: se trataba de los grilletes con los que los elfos oscuros capturaban a personas con capacidades mágicas y las sometían a su voluntad. Una sensación de pánico invadió a Demetrius al darse cuenta de esto. Y Mandalazâr no estaba en su funda. Pero lo peor estaba por llegar: pasado un tiempo que no supo determinar si se trataba de minutos o de horas, Demetrius recibió la visita de un grupo de sirvientes de la Sombra. Se trataba de Bagrah "Garra Sangrante" el Inquisidor Oscuro; Gardere, apóstol de Selene, y la peor, una elfa oscura que ya conocía: Rizhrïn, maestra del Dolor y apóstol de Lalaith, que lucía en su cintura un Agiel, objeto parecido a un sonajero única y exclusivamente destinado a infligir dolor allí donde hiciera contacto con la piel, y que Demetrius y Ezhabel ya habían sufrido en sus carnes hacía años en los subterráneos de la Gran Biblioteca de Doedia cuando habían sido apresados por la Sombra. El bardo sintió pavor al ver a la elfa oscura. No quería volver a pasar por aquello. No estaba preparado. Pero comenzó a sufrir. No tardó mucho desmayarse.

Ayreon no se impresionó tanto al ver al grupo oscuro llegar. Él no había sufrido las torturas que Ezhabel y Demetrius habían padecido hacía años a manos de los maestros del dolor. Lo que sí le impresionó fue el aura de extrema malignidad que emanaba del tal Bagrah. Sólo había sentido algo así al tratar con kaloriones. Debía de tratarse de alguien importante. La primera visita fue simplemente de "cortesía". De momento el agiel no lo tocó. Se limitaron a preguntarle por su relación con Emmán, por Églaras (la cual todavía llevaba en su funda, no habían podido tocarla) y por la firmeza de su fe. Ayreon, mareado, no contestó a sus preguntas, ante la sonrisa del extraño hombre lagarto que hablaba con un tremendo siseo y de la elfa oscura que llevaba el sonajero a la cintura.

Al cabo de un rato, Ayreon pudo oír la voz de Eltahim. La mujer estaba gritando, desgarrada, rota, como nunca la había oído el paladín. La estaban haciendo sufrir terriblemente. Pero no podía hacer nada, todavía estaba sin fuerzas. Demetrius estaba inconsciente y no pudo oírla.

Tanto Ayreon como Demetrius intentaron liberarse de sus respectivos grilletes, pero algo en su interior les advirtió de que no era buena idea [sendas tiradas de resistencia fallidas], así que desistieron por el momento.

Leyon

Leyon se despertó en medio de un prado, en la pendiente una colina que bajaba hasta un río. A lo lejos se veía alzarse una ciudad en el punto en el que el río desembocaba en el mar. Era de noche y Carontar estaba con él. Dos sombras se movían continuamente a su alrededor: guardianes de Carontar. Éste le preguntó hacia dónde debían continuar. Leyon trató de resistirse y no decírselo, pero sin éxito. Sus sentimientos volvían a estar magnificados y por el momento confiaba en el criterio del elfo. Sugirió conseguir pasaje en un barco y tras una breve conversación, las sombras lo envolvieron.

Ayreon y Demetrius

El infierno se desató para el paladín y el bardo, pero sobre todo para Ayreon. Se cebaron con él. No le dejaban dormir ni dos horas seguidas antes de recibir periódicamente la visita de Bagrah y Rizhrïn. Continuamente le preguntaban quién era su señor, y le instaban, no ya a renunciar a él, sino a convertir su culto a la Sombra. Ayreon tenía claro que eso hubiera sido traicionar a su Avatar (a él mismo) y se mantuvo firme. Pero el dolor... el dolor lo llenaba todo, no podía ver, no podía pensar, su corazón era fuerte, pero nunca había tenido ni idea de que su cuerpo fuera tan débil, tan... mundano. Los esbirros de la Sombra se habían propuesto "quebrarlo", como ellos decían, pero antes la muerte que traicionar todo aquello en lo que creía. El agiel le tocaba el pecho, las plantas de los pies, la boca, el oído... todo él era una masa palpitante, no podía pensar. No le quedaba voz para gritar ni lágrimas para llorar. Sólo le quedaba su fe, y eso no lo quebrarían. Desde luego, si la dimensión infernal existía, debía de ser algo muy parecido a esto.

Transcurrido un tiempo indeterminado para los sentidos de Demetrius, éste recibió la visita de Bagrah, acompañado de nueve apóstoles de diferentes kaloriones. Por suerte, Rizhrïn no había acudido. Sin mediar palabra, Bagrah puso su mano a unos centímetros de la frente de Demetrius, y éste sintió cómo sus pensamientos afloraban a la superficie. Se resistió, no una sino varias veces, y con éxito. Bagrah, airado, puso su mano en contacto con la frente del bardo. El contacto era extremadamente frío, y Demetrius lanzó un golpe desesperado con su mano de laen, el regalo de Avaimas. Ante la sorpresa del inquisidor oscuro, su brazo se rompió como si fuera papel, con un chasquido. Siseó algo ininteligible y los acólitos comenzaron a entonar cánticos. Todos a una dirigieron su puño hacia Demetrius, que cayó en un profundo sueño al instante y tuvo las peores pesadillas de su vida en un breve lapso de tiempo. Se veía perdiendo su poder, cayendo en el abismo hacia el palio, y cómo su negligencia arrasaba el mundo, acabando con toda vida.

Leyon

Se despertó en la oscuridad, alumbrado sólo por una vela, con el balanceo -y el olor- típico de un barco de carga. Durante dos días de viaje Carontar y él mantuvieron una conversación casi continua. El Brazo de Ulte tenía un tono extremadamente pesimista y siempre volvía sobre el tema recurrente: preguntaba a Leyon si realmente creía que merecía la pena luchar por el asqueroso mundo en que vivían. Leyon intentó subirle la moral, y convencerlo de que apoyar a la Luz era el camino correcto, pero Carontar siempre daba al traste con sus tentativas.

Ayreon y Demetrius

Ayreon había perdido ya la cuenta de las visitas de Rizhrïn. Había desistido de dormir. Pero su cuerpo necesitaba recuperarse, y dormitaba cuando se despertó bruscamente con el agiel en el oído. Su voz le fallaba, sus gritos ya no salían de la garganta. Por enésima vez, intentó empuñar a Églaras para asestar un golpe a la repugnante elfa oscura, pero no le quedaban fuerzas. Entre brumas, volvieron a preguntarle sobre Emmán y sus vivencias en relación con él. En un último gesto de desafío, murmuró que podían hacer lo que quisieran, no les iba a decir nada. Empezaron varias horas de dolor infernal, la sesión más cruel hasta el momento, que lo dejó prácticamente muerto; sólo sus nuevos poderes de curación lo mantuvieron con vida. La elfa hacía honor a su nombre como Maestra del Dolor, y lo mantenía consciente justo cuando estaba a punto de traspasar el filo. En un momento dado, Bagrah el Inquisidor le tocó en la frente. Y vio cosas. Vio una sala enorme con venas de magma que procedían de las profundidades de la tierra, en la que se encontraban varios "ataúdes" de cristal; en ellos se encontraba lord Natarin, varios elfos desconocidos, un titán, y detrás de todos ellos, la personificación onírica de Khorvegâr, que se reía sin cesar.

Demetrius despertó de sus pesadillas con una ráfaga de aire en la cara. Estaba en el exterior. La malignidad lo envolvía todo. Consiguió entreabrir los párpados a duras penas, y lo que vio lo dejó helado, si hubiera podido sentir algo. El frío era intenso; los edificios, parecidos a una representación en el mundo onírico, pero diferente, más sombría. Por todas partes se veían sombras translúcidas parecidas a espíritus cuya imagen iba y venía sin cesar, vagando sin rumbo. La malignidad que emanaba de todo era absolutamente perturbadora. Los colores iban y venían también, y había una niebla gris verdosa omnipresente y ominosa, que parecía envolver a los seres vivos en su deambular. Al frente, a varios metros de distancia en una antigua plaza, se abría un portal negro como el más profundo abismo. Demetrius intentó moverse, pero era imposible. Y Mandalazâr hacía muchos días que había desaparecido. Una voz potentísima y terrible retumbó desde el portal: "¡¡APRESURAOS!! ¡NO HAY TIEMPO QUE PERDER!". Algo horrible esperaba al otro lado.

[Demetrius sacrifica un punto de destino]

Ayreon despertó de su inconsciencia sobresaltado por un increíble grito. Era la voz de Eltahim. Cuando parecía a punto de ahogarse, en lugar de callar el grito aumentó todavía más de intensidad, y más, y más, hasta que lo llenó todo. Todo era aullido y dolor, Ayreon también gritaba, todo su cuerpo era un enorme aullido de dolor. Y la oscuridad lo cobijó en sus brazos.

Leyon

El barco atracó en un puerto bajo una intensa lluvia. Como no tardaría en enterarse Leyon, se trataba del puerto de Ekthia, en el Reino Monástico de Umbriel. No salía del incómodo duermevela en el que se encontraba. Las sombras lo guiaron por la cubierta del barco, hacia Carontar, que ya esperaba en la orilla. Vio que toda la tripulación, contrabandista, yacía sobre la madera en charcos de sangre. La cubierta estaba pegajosa al caminar por ella. Carontar les había dado su justo castigo, después de que ellos reconocieran sus pecados. Habían cometido crueldades demasiado terribles para ser mencionadas, y debían recibir su adecuada retribución. Amparados en las sombras llegaron a las afueras de la ciudad. Tras conseguir dos caballos, montaron y continuaron su viaje hacia el Norte. A medida que viajaban a latitudes más altas, Leyon oía con mayor claridad la llamada que lo guiaba.

Ayreon y Demetrius

Ayreon soñó. Durante largo tiempo. Hasta que la presencia de Randor en su cabeza con una sensación de urgencia extrema lo despertó. Estaba destrozado, pero sus capacidades habían tenido efecto durante el sueño; se había recuperado de la mayoría de problemas graves. Eso si no contaba con el entorno. Un calor desmesurado los envolvía a él, a Eltahim, a Demetrius y a Ezequiel. Ni rastro de Arilhim, Verritar ni Daren. Se encontraban sobre una enorme roca. Y la roca se desplazaba sobre un enorme mar de magma incandescente. Donde antes había habido montañas, ahora sólo había un cráter con varias decenas de kilómetros de radio. La sacudida a la realidad había sido tremendamente fuerte. ¿Dónde estarían los que faltaban? Demetrius despertó y le habló del portal al que lo estaban conduciendo cuando el grito lo llenó todo. Quizá ya se los habían llevado. Églaras estaba en su vaina, pero del arpa Mandalazâr no había ni rastro. Un problema más.

Se centraron en salir de allí. Tenían hambre y sed, y la lava no ayudaba a aliviar esas sensaciones. A duras penas, Eltahim los sacó de allí, saltando de roca en roca. En un bosquecillo cercano encontraron agua y algunas plantas comestibles, y un buen prado donde descansar. Presentaban una estampa lamentable, con las ropas rotas, el rostro lleno de sangre y hollín, los pelos medio quemados y los ojos rojos por el azufre. Se asearon como pudieron.

Una vez estuvieron más o menos recuperados, Ayreon intentó canalizar hacia el señor de los hidkas, y Demetrius intentó sintonizar con el arpa, ambos sin resultado.

Ezhabel

La semielfa participó en el consejo de guerra de Treltarion sustituyendo a Leyon, que había desaparecido unos días antes, por requerimiento del elfo ancestral. Treltarion pretendía la ayuda de Ezhabel y Nirintalath en la reunión que se iba a celebrar en breve. Había llegado un mensaje con un halcón en el que se convocaba una asamblea élfica con Enthalior, Angrid, Cargalan y Treltarion como asistentes. Ezhabel intentó convencer a Treltarion de retrasar la reunión o retirarse para esperar tiempos mejores, pero sin éxito. La reunión tendría lugar al día siguiente, en los salones de la fortaleza de Harudel.

En la reunión, acudieron los cuatro dirigentes élficos junto con sus séquitos, y Ezhabel recibió una mirada muy apreciativa de Selene. La capacidad de convicción de Treltarion no sirvió de nada. Enthalior otorgó su apoyo a lady Angrid, al igual que Cargalan. Treltarion, como no podía ser de otra manera, se opuso al nombramiento. No estaba dispuesto a admitir a alguien de dudoso libre albedrío como reina. La discusión subió mucho de tono con la acusación de Treltarion, hasta que apareció Nirintalath entre ellos y el ambiente se enfrió instantáneamente. Treltarion y su séquito partieron sin demora. Al llegar al campamento, Enfalath dispuso a las tropas en orden de batalla, en previsión de algún movimiento traicionero de Selene.

Ayreon y Demetrius

Durante dos días seguidos, Ayreon intentó canalizar hacia Ar'Kathir, el antiguo señor de Re'Enthilgas, sin éxito. La tarde del segundo día, Demetrius pudo ver a lo lejos los destellos de las armaduras de un contingente que se acercaba desde el oeste. Tomaron las precauciones necesarias, pero desistieron de ellas al ver que las tropas que se acercaban no eran otros que los enanos de Zordâm, que habían enviado al encuentro de Eraitan unas semanas antes. Eran sensiblemente menos; su número se había reducido de casi cincuenta mil a sólo veinte mil. El propio general enano estaba herido. Ayreon no tardó en recuperar su pierna rota. Zordâm les explicó que habían conseguido dar con Eraitan y unir sus fuerzas, pero que a los pocos días habían sido poco menos que masacrados por una mujer verdemar que no podía ser otra que la portadora de la Espada del Dolor, y un ejército de sombras demoníacas que los atacó. Demetrius se apresuró a explicarle que la Espada del Dolor había cambiado de manos y ya no era una amenaza, en previsión de su futuro encuentron con Ezhabel.

Ayreon y Ezequiel sanaron a los que estaban más graves, y tras esto decidieron el curso de acción. Ayreon, Demetrius y Eltahim se quedarían para contactar con los hidkas, y Ezequiel acompañaría a los enanos hacia el este, para reunirse con el ejército de Treltarion. Zordâm dijo que su intención no era esa, sino volver a su ciudad natal, para recuperarse y explicar la situación a su rey. No obstante, a Demetrius no le costó convencerlo de postergar su vuelta [tirada abierta de persuadir y pifia del enano], y el día siguiente partirían con Ezequiel hacia Harudel.

Nada más partir los enanos, Ayreon consiguió detectar la presencia de lord Ar'Kathir, a unos cuarenta kilómetros al norte. Eltahim se encargó de acercarlos rápidamente hasta allí.

Ezhabel

El campamento de lady Angrid se trasladó enseguida a la sombra de las murallas de Harudel, uniéndose con la gente de Enthalior.

La noche del segundo día, los vigías dieron la alerta de que un ejército de la Sombra se acercaba desde el este, iluminando su camino con antorchas. El contingente se componía exclusivamente de humanos y de una docena de dragones; constaba de no menos de doscientos mil efectivos. Algunos estandartes les eran familiares del ejército oscuro que había asediado la capital élfica. Treltarion exhaló un grito de rabia. Y a regañadientes, ordenó levantar el campamento.

Ayreon y Demetrius

Por fin llegaron al valle oculto que les había indicado Ar'Kathir en su anterior encuentro. No había ni rastro de los hidkas. Demetrius, haciendo uso de sus capacidades bárdicas, los llamó lanzando un potente grito. A los pocos momentos, diferentes señales luminosas los guiaron a través del valle, a una entrada secreta, perfectamente disimulada. Los guardias les franquearon el acceso al verdadero valle oculto.

Por doquier los hidkas se encontraban enterrando a sus muertos. Los cánticos fúnebres profundos y bellísimos, entonados por las mujeres, les llegaban desde todos lados, conmoviéndoles hasta la médula. El ambiente era pesimista y gris. Ni siquiera los niños reían.

Ar'Kathir los recibió en sus salones cavados en la roca, con un gesto de profunda tristeza, que les encogió el corazón. Sus ojos transmitían perfectamente sus sentimientos, y en ese momento la pena lo inundaba todo. El monarca hidka preguntó qué era lo que había pasado hacía unos días, que había hecho que dos de los cuatro refugios secretos desaparecieran. Los muertos y desaparecidos hidkas se contaban por millares. ¿Cómo podía ser que hubieran desaparecido las montañas? Ayreon le contó toda la verdad, con todo lujo de detalles. Ellos habían sido los responsables, pero bajo unas torturas que nadie hubiera podido resistir. Una chispa de ira acudió a los ojos del hidka, pero también la empatía con el grupo. Lo comprendía. Y lo que había hecho la Sombra con su ciudad era mejor que no existiera.

Tras digerir toda la información, Ayreon y Demetrius pidieron la ayuda de los hidkas en esa hora oscura. Ar'Kathir respondió que la tendrían, siempre y cuando les permitieran guardar tres días más de luto y averiguasen qué había sucedido con lord Renarion. Eso les recordaba que lord Demmaiah, el cuñado del primarca lord Ergialaranindal, se había quedado con Renarion para colaborar, y tenían que contactar con él.

Demetrius, conmocionado por la desgracia de los hidkas, pidió permiso para entonar un canto por los muertos, y le fue concedido. Desde una ladera elevó su voz y todo el mundo calló para oírlo. El canto estremeció a todos los habitantes del valle, del primero al último, que lloraron desconsoladamente; pero también habló de esperanza, y de la necesidad de honrar la memoria de los muertos luchando contra la Sombra y llevando la liberación a Aredia, y por primera vez en muchos días, los corazones de los hidkas se levantaron, llenos de ira y resolución.

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