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viernes, 3 de junio de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 5

Zenata y el primer viaje al Mundo Onírico

Con mucho esfuerzo y gracias a la pericia de Íctinos y sus hombres, consiguieron acelerar su ritmo y perder de vista el barco pirata al atardecer. Sin embargo, la nave mercante había sufrido mucho en el proceso y no podrían forzarla mucho más. El capitán confirmó las sospechas del grupo: si los piratas habían conseguido seguir su estela, seguramente los alcanzarían el día siguiente.

Y así fue. Entrada ya la mañana, la vela negra volvió a hacer acto de presencia, acercándose velozmente por estribor. Los mástiles crujían del esfuerzo, así que Íctinos, Cornelio y Lucio dieron las órdenes pertinentes para el zafarrancho de combate. De vez en cuando, Tiberio e Idara sentían ese extraño escalofrío que se había apoderado de ellos la primera vez que avistaron el barco pirata. Éste no tardó en llegar a su altura. Lucio se aprestó a la defensa empuñando sus dos gladii en el centro de la línea de marineros, mientras distinguían ya claramente las siluetas de los piratas, sobre todo la de un negro gigantesco que parecía poseído por una sed de sangre irresistible. No tardaron en tender los garfios y redes que les permitieron abordar el pequeño mercante.

El combate fue encarnizado y muy duro. Lucio demostró su habilidad en el choque contra el gigantón y Cornelio sus dotes de mando, pero ambos fueron derribados por la borda en cierto momento [casi todos tuvieron que gastar algún punto de destino durante la lucha]. Idara quedó inconsciente al recibir un golpe de la botavara, lo que la salvó de ser degollada. Cuando todo parecía perdido, con el gigante y el capitán pirata causando estragos entre las filas de los marineros -casi todos habían saltado ya por la borda-, Tiberio fue atacado por uno de los contrincantes, que dirigió una estocada directamente a su corazón. Estocada que nunca llegó. El médico (haciendo uso de toda su dinamis de gravitas) recurrió al poder de su estatuilla, y con una repentina oleada de intenso frío, el guerrero sombrío que ya le había ayudado en los Jardines de Mecenas apareció de nuevo. La figura era impresionante, una sombra traslúcida y enorme que se encaró con el oponente de Tiberio. Éste dudó un momento, y a los pocos instantes comenzó a gritar, aparentemente aterrado. Corrió a lanzarse por la borda. El mismo proceso se repitió con el resto de los piratas, algunos de los cuales incluso llegaron a suicidarse con sus propias armas tras deformarse sus rostros con rictus de terror. Un pequeño número no pudo evitar defecar o vomitar en el acto.

Con los piratas vencidos, la Criatura se volvió hacia Tiberio, que miraba la escena anonadado. El médico vio que se acercaba hacia él, y que un frío intenso lo invadía. Con un simple pensamiento, el Guerrero se desvaneció y volvió al talismán, que recuperó su temperatura normal [Tiberio ganó 8 minipuntos de Sombra]. Pocos marineros vieron a la Criatura, pero los que lo hicieron, intentaron olvidarla lo antes posible. Algunas habladurías surgirían en los siguientes días, pero serían acalladas con chanzas y gestos despectivos. Cneo Servilio, el mistagogo de Tiberio, salió de la bodega donde había pasado oculto el combate.

Exploraron el barco pirata, ahora vacío. Íctinos se adueñó de algunos esclavos de las bodegas, y algo de plata de botín. Pero lo que llamó la atención de los personajes fue otra cosa: en una de las celdas improvisadas para los esclavos, había una niña de unos nueve años. Morena, con los ojos grandes y negros y el pelo ensortijado, indudablemente africana, quizá maura. Al verla, tanto Tiberio como Idara sintieron la extraña sensación otra vez, aunque más...completa. Esa niña era algo extraño, incorrecto, pero a la vez era necesaria para... no sabían para qué, pero era necesaria para algo, y algo importante. No obstante, había algo más. En la misma celda de la niña había tres cadáveres; tres hombres adultos y fuertes, con varios tatuajes, de la misma etnia que ella. Todos lucían unos rictus de terror que inducían a creer que la muerte se había debido a un momento de pánico irresistible. Idara decidió protegerla, y no dejaron que Íctinos la tomara como mercancía.

La niña hablaba un dialecto del mauro totalmente desconocido para todos los presentes, así que mediante gestos y palabras sueltas consiguieron averiguar su nombre: Zenata. Cayo decidió que todos los días dedicaría un rato a enseñar latín a la niña.

Y prosiguieron viaje hacia Creta. De vez en cuando, Idara y Tiberio volvían a tener la sensación de desorientación al mirar a la niña, como si algo desconocido les avisara de su importancia cuando dejaban de pensar en ello conscientemente.

Pasaron cinco días. Durante esos días, todos los pasajeros del barco experimentaron extrañas pesadillas y su descanso se resintió. Los ánimos se caldearon, la gente estaba cada vez más irascible. Además, las pesadillas eran de índole muy íntima, todos soñaban cosas que los turbaban sobremanera. No tardaron en conectar las pesadillas con la presencia de la niña allí.

Finalmente, el quinto día, el grupo al completo despertó en medio de la noche. Pero su entorno no era el esperado al despertar. Todo lo que les rodeaba estaba en penumbra, con una luz difusa que no se sabía muy bien de dónde venía, y unos colores apagados, que parecían tristes, casi grises. Se reunieron en la cubierta del barco, que no se zarandeaba en absoluto y que parecía flotar sobre un líquido totalmente transparente. La luna era mucho más grande que la del "mundo real", blanca como la nieve. Su ropa cambiaba de color y aspecto constantemente, a menos que pensaran conscientemente en ello. También descubrieron que con un simple pensamiento podían hacer aparecer o desaparecer objetos sencillos, aunque les costaba sobremanera mantenerlos constantes. ¿Se trataba de un sueño, o realmente estaban viviendo una experiencia de vigilia? Una voz les habló desde el castillete de popa. La voz de Cneo Servilio. Les dijo unas palabras extrañas, una especie de profecía:

"y en el cuarto noveno quién puede decir que es injusto cuando el asesino acaba con el ladrón, y cuando una nueva existencia comienza sobre la que termina".

Después de las extrañas palabras, todo cambió. El barco desapareció y volvieron de nuevo las pesadillas, vívidas como nunca, donde sus familiares, amigos y protegidos sufrían indeciblemente. La hermana de Cornelio era golpeada hasta el coma por su marido, su madre atada como una perra, Sitalces siendo torturado de formas horribles, el hermano de Lucio herido y humillado como esclavo, y el padre de Tiberio desmembrado y quemado vivo. Todos despertaron con un grito y empapados en sudor. Otra noche sin descanso; empezaban a estar realmente agotados. Al despertar, todo el grupo recordaba la experiencia en el extraño mundo onírico a excepción de Cneo, que dijo no recordar nada en absoluto.

Por la mañana, Zenata reclamó la atención de Cayo, hablando deprisa en su idioma desconocido. Parecía desesperada, pero era imposible entenderla. Al cabo de poco rato, alguien les informó de que había aparecido un cadáver en la bodega. Cayo cogió a Zenata en brazos y fueron hacia allí. Al llegar, efectivamente vieron el cadáver de un marinero. Tiberio lo sometió a un riguroso examen. Parecía presentar los mismos síntomsa de muerte que los compañeros de celda de la niña. Rictus de preocupación aparecieron en todos los presentes. Tiberio también descubrió que el marinero le había robado una bolsita de hierbas medicinales y una semilla de ephialtion había prendido y germinado en su camisa. Varios puntos de la profecía que les había transmitido se cumplían. Cornelio, que cogía a Zenata en brazos, no pudo evitar darse cuenta en ese momento que la pequeña tenía en el hombro el tatuaje de una hidra que normalmente tendría nueve cabezas, pero cinco de las cuales llegaban sólo hasta el cuello; únicamente tenía cuatro completamente dibujadas. ¿El cuarto noveno?

Durante ese día y la noche, Lucio y algunos miembros de la tripulación avistaron extraños barcos, que aparecían y desaparecían sin solución de continuidad. Algunos translúcidos, otros sólidos.

El siguiente día, el grupo detectó actitudes sospechosas en los marineros. Al parecer, por lo que descubrió Idara, estaban planeando amotinarse y lanzar a la niña y los esclavos al mar. Intentaron aplacar los ánimos, pero no supieron hasta qué punto tuvieron éxito.

Por la noche, volvieron a despertar al extraño mundo gris y volvieron a encontrarse en el castillete de popa con Cneo Servilio, que les habló de nuevo con palabras enigmáticas:

"y en el quinto noveno la vida se escapa como la arena del reloj".

Un golpe enorme y un estruendo de madera quebrándose a la vez que el barco daba un fuerte bandazo. Algunos fueron derribados de la cama, y otros sufrieron algunas heridas de diferente consideración. Por suerte, la nave no sufrió una vía de agua. Salieron al exterior, todos excepto Idara, que se quedó protegiendo a Zenata, irritados ya por la falta de sueño. El vigía se encontraba en un rincón de la popa, en actitud catatónica, y no cesaba de repetir "leviatán, leviatán, leviatán..." Dedujeron que el golpe con el barco lo debía haber provocado un...¿¿leviatán?? Normalmente sería imposible, pero con tal cantidad de sucesos extraños... Por pura casualidad, Tiberio se fijó en que el tatuaje de la hidra de la niña tenía ahora cinco cabezas. No tardó en aparecer un nuevo cadáver, Melen, uno de los marineros, que llevaba un poco de polvo de marfil, asociado con las pesadillas en algunas culturas, en las manos. Igual que los demás, lucía un rictus terrible de horror en su rostro. Los marineros hablaron airadamente con el capitán, en púnico; el grupo no entendía nada de lo que hablaban. Aunque Cayo puso toda la carne en el asador y su saber estar para tranquilizar los ánimos.

Tiberio se entrevistó con el resto de los esclavos que habían capturado en el barco pirata, los cuales lucían unas ojeras parecidas a las de toda la tripulación. Alguno chapurreaba algo de latín, con lo que pudieron entenderse. Todos coincidían en lo mismo: la niña era malvada, provocaba cosas extrañas y había que eliminarla.

Por la tarde, con la situación casi insostenible en el barco, Tiberio y los demás decidieron que había llegado el momento de probar la experiencia que les proporcionarían las hierbas que habían encontrado colgadas del cuello de Zenata. Se reunieron en el camarote del capitán, que cerraron a cal y canto, y procedieron a quemar la mezcla, aspirando el humo generado. No tardaron en adormilarse y empezar a vivir experiencias extrañas.

Despertaron de nuevo en el mundo gris, que ya habían dado en llamar "mundo onírico", en el mismo camarote pero con la apariencia típica de esa dimensión: todo gris y sólo con algunos de los objetos presentes, los de alguna relevancia en el mundo real. Todas las posesiones del grupo, ropajes, armas, etc., estaban sometidas a la volatilidad que ya habían experimentado en aquel mundo; todas excepto una: Idara, haciendo gala de una agudeza inusitada, se fijó en que su colgante, el amuleto que le había regalado su amado Sitalces, permanecía inalterable y sólido, con el color intacto. Un dato interesante. Salieron a la bodega; ni un alma. Pero desde allí, tras esperar un rato, pudieron oir gritos de sufrimiento procedentes de la cubierta. Salieron por la estrecha compuerta y la visión los dejó helados: la cubierta del barco no era tal, sino una especie de sala de torturas al aire libre, donde varios hombres y mujeres, con rostros en sombras, se hallaban sometidos a tormento: potros, crucificados, colchones de estacas... Todo ello ante las crueles risotadas de una figura que se erguía en una especie de trono con forma de hidra a la que le faltaban cuatro cabezas. Era una figura humanoide, vestida con ropas negras que no parecían moverse ni un ápice y con un rostro desconcertante que se confundía con las sombras de su capucha. Según sus conocimientos mitológicos, no podía ser más que un ephialtes, un espíritu demoníaco que se alimentaba del horror provocado por las pesadillas. Y seguramente se encontraba encadenado a Zenata de alguna forma.

Los miró, y los enfrentó a sus peores miedos. En aquel mundo el horrible ser era supremo, y estaban a su merced. Lucio no pudo resistir la sensación, y el terror lo paralizó hasta la médula. Tiberio, tocado por el ephialtes, también resultó afectado. Intentó invocar a la Criatura de la Figurilla en varias ocasiones, pero no tuvo éxito. Cayo Cornelio intentó atacar al monstruo, pero sus intentos fueron tan infructuosos como intentar cambiar el curso de un río. Idara, desesperada, se arrancó el medallón y tocó al demonio con él. Éste soltó un grito de dolor y retrocedió. Miró a la mujer, y se sorprendió al ver que no la afectaba su exposición al horror. Se abalanzó hacia ella. Idara esgrimió el colgante como un arma y atacó al ephialtes. Tuvo suerte e impactó de lleno en su pecho. Impotente, el horripilante ser se desvaneció en silencio. La cubierta del barco volvió a la normalidad y los torturados desaparecieron.

Despertaron por la mañana. Seguían tan cansados como siempre, pero la tripulación dormía a pierna suelta, cosa que no había hecho los días anteriores. Zenata dormía también, inocente y ajena a lo que había pasado. Su tatuaje había desaparecido. Ellos mismos volvieron a acostarse, para recuperar algo de sueño.

En los días subsiguientes, los sucesos extraños continuaron surgiendo, aunque con menor intensidad. Finalmente, con varios días de retraso debido a los problemas nocturnos que habían impedido la navegación, avistaron a lo lejos la isla de Creta. Zenata reía abrazada a la pierna de Cayo y ya chapurreaba sus primeras frases en latín:

¡Mira, qué bonito! —dijo la niña, refiriéndose a la ciudad de Cnossos. Por fin acababa el accidentado viaje.

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