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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

viernes, 29 de julio de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 38


Antes de la partida, Treltarion se reunió con el grupo para despedirse e informarles de un nuevo problema: al parecer, había surgido una especie de movimiento apocalíptico en el oeste del reino, que había agravado todavía más si cabía la situación. Se acordó destinar varias decenas de elfos de la guardia real para controlar el conflicto. Ezhabel tuvo una conversación aparte con Aldarien y Carontar para que vigilaran todo en su ausencia. Esperaba que así el nieto de Natarin permaneciera ocupado y no recordara su caída en desgracia.

Eltahim proveería el transporte. Les acompañarían la propia targia, Adens, Rughar y Cirandil. Selene guió telepáticamente a Eltahim hasta un paraje en mitad de un bosque, ominoso y opresivo. Los árboles apenas dejaban pasar algo de luz diurna, y les parecía que por todas partes había amenazadores ojos observándolos. Selene les informó de que se encontraban en el bosque de Ulûn, en Krismerian. A sólo unos pocos cientos de metros llegaron a un claro dominado por un promontorio sobre el que se erguía una recargada mansión del mismo estilo que las casas de las ciudades elfoscuras que ya habían visto en alguna ocasión los PJs. Una mansión victoriana, pero con un estilo más oscuro y aberrante. Anduvieron deprisa subiendo la cuesta del pequeño cerro. A mitad de ascensión, casi todos los miembros del grupo sufrieron mareos y náuseas: la realidad había sido rasgada y la mayoría de ellos lo habían percibido con claridad. Las voces se dispararon en la cabeza de Ayreon y Demetrius tuvo que hincar la rodilla en tierra. En ese momento, dos apóstoles de Selene, Erhinialde y Märgere -que antes de la recreación había muerto despechada por Ayreon- se dirigieron a su encuentro y llegaron rápidamente a su altura. A pocos kilómetros de distancia había surgido una columna, aparentemente sin límite superior, que emanaba el resplandor pálido que el grupo ya había visto en anteriores ocasiones, y que ya había alcanzado a los centauros y a los hidkas en toda su crudeza.

Corrieron hacia la casa. Allí los recibieron el resto de apóstoles, Aera, Shoulen, Elin, Chinnera, Yrileth, Davin y Sindra. Preguntaron a Selene si sabía dónde se encontraban los tres apóstoles restantes, Melissa, Kiran y Elyn; la kalorion respondió que desconocía su paradero desde que había sufrido la agresión de Urion, y que había conseguido nuevos aliados, refiriéndose al grupo. Ayreon, por su parte, se quedó helado: ¡la apóstol que se hacía llamar Yrileth, en realidad era la paladín desaparecida llamada Khirian! Se sentía ultrajado por Selene. Había introducido una espía de la Sombra entre sus propios paladines. Intentó interrogarlas sobre el tema, pero finalmente lo dejaron para una ocasión más tranquila.

En la mansión se encontraban de treinta a cincuenta sirvientes y guardias, más los apóstoles. Se dirigieron sin tardanza a la sala reservada, en el sótano, donde Selene acumulaba unos cuarenta o cincuenta cofres más o menos grandes. Antes de que pudieran hacer ningún inventario, la tierra tembló, la mansión vibró toda ella, y se oyó una gran explosión ahogada. Corrieron a los ventanales, donde pudieron ver una barrera translúcida que parecía una especie de campo de fuerza que protegía la mansión del ataque que sufría en ese momento. Una multitud de demonios en la forma de centauros, elfos y entidades demoníacas propiamente dichas se congregaba al otro lado de la barrera, embistiendo contra ella y lanzándole hechizos. Ayreon, Ezhabel y Leyon, junto con algunos de los apóstoles y guardias se parapetaron tras las ventanas, observando la acción por si tenían que intervenir. Selene quedó en el sótano junto a la mayoría de sus apóstoles, Demetrius, Eltahim y Adens. No pudieron sino fijarse en el que parecía el cabecilla del ataque. Era una figura familiar, aunque desfigurada por la posesión, lívida, los ojos muy abiertos y los huesos marcados hasta que parecía que su piel se iba a rasgar sobre ellos. Ezhabel no podía creerlo, por eso pidió una segunda opinión a Ayreon, pero no cabía la menor duda: el repugnante ser no era otro que lord Natarin, sin duda. Entidades demoníacas y no-vida se habían unido en una mezcla antinatural de dimensiones paralelas. La barrera se debilitaba a ojos vista, así que Ayreon decidió levantar una esfera de protección, que contuvo a los demonios unos minutos más.

De repente, todo el escenario cambió. El frío y el frondoso bosque del exterior fueron sustituidos por un incómodo calor y las arenas de un inmerso desierto anaranjado. En el sótano, Selene se había coligado con sus apóstoles y con Demetrius, y utilizando ciertos artefactos que guardaba en los baúles habían conseguido teleportar la mansión entera con un gran esfuerzo.

Ya más tranquilamente, Ayreon aprovechó para hablar con Selene e Yrileth sobre la desaparición de sus dos paladines (bueno, sólo Zoren en realidad). Yrileth, autorizada por Selene, le contó que habían seguido a una figura que se envolvía en sombras sobrenaturales hasta un bosquecillo cercano, pero los hechizos habían sido fuertes y no habían alcanzado a ver el rostro del sospechoso ni con quién se reunía. Y en el camino de vuelta fueron atacados por unos ilvos vestidos de carmesí; Zoren fue asesinado y ella pudo escapar. Ayreon se enfrentó con Selene por todo el asunto, pero la kalorion lo despachó con un simple gesto.

Al poco rato, Selene se reunió con ellos diciéndoles que sería bueno asegurarse de que ni Cirandil, ni Rughar ni Adens eran en realidad kaloriones encubiertos. Tras preguntarle cómo pensaba hacerlo, ella contestó que poseía una Vara de Juramento, regalo de Urion. Podrían obligarles a jurar sobre ella.

Mientras los demás comían, Selene consiguió hacer un aparte con Ayreon y Demetrius, para decidir el lugar de destino. La kalorion propuso la Torre Emmolnir como destino, ante las reticencias de Ayreon. Demetrius apoyaba su decisión, y para acabar de convencer al paladín, les enseñó algo que guardaba en un discreto y pesado cofre: tres de las Dagas Negras de Phôedus, que había que poner a buen recaudo. Así que se decidió que, en cuanto hubieran recuperado fuerzas, se trasladarían hasta allí.

Los personajes expusieron la situación a sus compañeros, y les hablaron de la necesidad de jurar ante la Vara de Urion que no eran kaloriones ni servían a la Sombra. Tras mucho discutir y muchas objeciones, se reunieron en la sala reservada de Selene y procedieron a realizar los juramentos. Ninguno de ellos era un kalorion ni servía a la Sombra de ningún modo.

Al poco, se trasladaron a la Torre Emmolnir, teletransportando consigo los baúles de Selene, gran parte de los cuales contenían oro y joyas suficientes para mantener una pequeña nación durante meses. Allí les recibieron Randor, Ibrahim, Jasafet, y todos los demás. La situación fue realmente problemática, con una kalorion y ocho apóstoles entre ellos. Se acordó guardar los baúles en la sala acorazada, aunque Selene retendría las dagas consigo. La segunda noche, cuando todo se había distribuido y todos se habían asentado ya, Ezhabel, Demetrius y Leyon tuvieron un inquieto sueño. Urion les reclamó su segundo compromiso: debían entregarle a Selene, viva...

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 37


Justo en ese momento, Treltarion y Cirandil aparecieron bruscamente en la habitación. El rostro de Treltarion reflejaba su malestar por tener a un kalorion en la ciudadela, y por el hecho de que Ayreon no le había consultado que iba a sanarla. Esto último le había molestado bastante. Junto a Treltarion entraron en la estancia tres guardias que presentaban rasgos comunes con algunos que el grupo ya había visto en las últimas horas: iban vestidos con chaquetas azul oscuro y ribetes blancos, los colores del escudo de Treltarion. Demetrius también encontró rasgos comunes en todos los guardias que iban vestidos de tal guisa: todos tenían más o menos evidencia de rasgos de elfos primigenios. Treltarion estaba creando su propia guardia de élite, y al parecer lo estaba haciendo eligiendo a los más "puros" de entre su raza. Los recién llegados, junto con los cinco guardias que ya se encontraban vigilando a Selene, los dos paladines de Ayreon y el grupo atestaban la estancia. Treltarion expresó inmediatamente su desagrado por la curación de Selene, y exigió que se la pusiera a buen recaudo. El grupo al completo se negó a tal cosa, ante lo que el elfo primigenio se marchó indignado, ordenando a dos de sus guardias, Rughar y Malyor, que permanecieran vigilando a la kalorion.

Cirandil se quedó un poco más en la habitación, y les recomendó con un discurso vehemente que no les convenía en absoluto enemistarse con Treltarion. Mientras el elfo hablaba, Ayreon sufrió una de sus crisis mentales, en las que las voces de su cabeza se disparaban aturdiéndole. Cirandil no pudo evitar que su preocupación se reflejara en su rostro. Selene se acercó para interesarse por el estado de Ayreon, intentando susurrarle algo al oido, pero antes de que pudiera hacerlo fue empujada violentamente contra la cama por Rughar, el guardia de Treltarion. Sobreponiéndose a duras penas, Ayreon se encaró con el elfo de azul, prohibiéndole hacer tales actos en el futuro; ambos se miraron en silencio durante unos momentos, sin inmutarse, hasta que alguien inició una conversación y rebajó la tensión. Ante la preocupante situación de Ayreon, Cirandil pidió a Ezhabel hablar en privado con ella en el pasillo, a lo que la semielfa aceptó.

En el pasillo, Cirandil insistió a Ezhabel sobre la necesidad de llevarse bien con lord Treltarion. También le mencionó el extraño estado en el que se encontraba Ayreon y comentó que le parecía una inconsciencia por parte de la semielfa y sus compañeros el no investigar la situación ni tomar alguna precaución. No estaba claro lo que había pasado, no se sabía donde había estado, y para más inri lo habían rescatado dos kaloriones. Ezhabel expresó su acuerdo, pero también se justificó alegando la fuerza de su amistad con Ayreon. Cirandil se disculpó por si había sido demasiado enfático, pero sólo quería lo mejor para ella, porque como era evidente, la amaba. Mientras le decía esto, el ilvo Gerudarial entró en la habitación de Selene. De improviso, Cirandil preguntó a Ezhabel si estaba enamorada de Dailomentar, a lo que ella respondió que "no estaba segura", y ante esto, Cirandil respondió a su vez que "no podía esperarla siempre"; además, reveló que Treltarion le había pedido ser el primero de sus consejeros y su juramento de lealtad, y él iba a aceptar. Esperaba que eso no fuera óbice para lo que sintieran el uno por el otro.

Gerudarial entró en la habitación, con la intención de hablar con Ayreon, ya que se había enterado de que había conseguido curar a Selene. Las noticias corrían rápido, aparentemente. Sin embargo, se detuvo consternado al ver al Gran Maestre paladín sentado en la cama luchando consigo mismo (contra las voces de su interior). Rughar sugirió que Ayreon debía descansar.

No transcurrió mucho tiempo antes de que uno de los sirvientes de palacio apareciera con el mensaje de que lord Treltarion había convocado un consejo a una hora vista.

Antes de la reunión, cada uno de los personajes tuvo sus reuniones pertinentes. Leyon visitó a Zordâm, para intensificar sus relaciones con los enanos, y más tarde a Elsakar y Adiartok ; Demetrius se reunió con Ar'Thuran y Ar'Kathir, destrozados por la pérdida de su pueblo; Ezhabel mantuvo una conversación con Aldarien y Ayreon descansó en la penumbra de su habitación, relajando su mente. No había novedades en la ciudadela aparte de la creación de la guardia personal de Treltarion, que nadie veía con malos ojos, ya que el rango del elfo exigía evidentemente un cuerpo de guardia. Y Zordâm habló a Leyon de pedir permiso para acudir a la meseta del Vyrd para ofrecer -y pedir- ayuda a su primo Aklor.

Una vez todos reunidos, Treltarion ordenó que escoltaran a Selene hasta allí, y al poco apareció la kalorion, descalza en una blusa de lino blanco y bellísima como nunca antes la había visto Ayreon. Todos los presentes dejaron de respirar durante unos momentos -pocos la habían visto con su verdadero aspecto alguna vez-, excepto quizá Treltarion, que seguía mirándola con desprecio. Al cabo de unos momentos comenzaron a interrogarla. Demetrius mencionó que ella iba a contarles más de lo que ya había dicho, a lo que la kalorion se mostró extrañada. El bardo insistió pero ella respondió siempre con evasivas. No quería mencionar más de lo imprescindible ante desconocidos. Sin embargo, Treltarion se dio cuenta de que estaba ocultando algo. Ar'Thuran también detectó alguna que otra mentira u omisión. Mientras Selene respondía las preguntas, miraba a Treltarion disimuladamente, esperando un gesto por su parte que le permitiera hablar de la alianza que habían mantenido mientras ella había fingido ser lady Angrid. Finalmente, un leve movimiento del elfo le dio permiso para contarlo, y así lo hizo. Algunas voces se oyeron desaprobando tal alianza, pero al punto Treltarion dio un convincente discurso alegando que la supervivencia de la raza élfica había estado en juego -de hecho, todavía lo estaba- y eso lo había condicionado todo. Todo el mundo calló, expresando su acuerdo, pero los ojos de los hidkas demostraban que ellos no estaban convencidos.

Tras el interrogatorio, Zordâm tomó la palabra para proponer su partida hacia la garganta de Akram y contactar con su primo Aklor. De esa manera también podría prestar su ayuda al grupo del Vyrd, fiel a Elsakar, si todavía quedaba algo. El príncipe adastrita expresó entusiasmado su acuerdo. El permiso para partir fue concedido a los enanos. Treinta mil de ellos se marcharían con Zordâm y los diez mil restantes se quedarían para ayudar en Lainirial. Elsakar aprovechó la coyuntura para hablar de la necesidad de defender a los losiares, de recuperar adastra y de salvar al Grupo del Vyrd de la perdición; su discurso pareció acentuar la luz en la estancia, atenuando las sombras, e incluso él parecía brillar. Todos se ofrecieron para partir hacia el norte, elfos, hidkas, enanos, humanos. Finalmente la exaltación se atenuó y se mantuvieron fieles al plan original de enviar a los enanos al Vyrd, dejando Adastra para más adelante.

A continuación, procedieron a comentar temas administrativos, más aburridos... pero lo fundamental, era que las arcas del reino estaban casi vacías, y no habría cosechas para alimentar a nadie ese año, con lo que era extremadamente urgente encontrar alimento y, en menor medida, oro, que aún tenía ascendiente entre la tropa y los trabajadores.

Tras la reunión, acudieron a ver a Selene, interesándose por la información que les había de revelar todavía. Selene les hizo prometer que de ningún modo le dirían nada de aquello a Treltarion, y detectó la mentira en la respuesta de Ezhabel, que recordaba las palabras de Cirandil sobre la confianza en el elfo. En ese momento, la kalorion tiró un cojín por la ventana y pidió quedarse a solas con Ayreon. El cojín tenía un hechizo de escucha, y ella sólo se fiaba del paladín en lo que tenía que decir.

El grupo se mostró reticente, pero finalmente dejó a solas a la pareja. Y Selene contó toda la historia, haciendo jurar a Ayreon previamente que no revelaría nada a nadie. Contó cómo Urion...[*******SECRETO DE MOMENTO*******]


Tras la conversación, Ayreon se reunió con el resto del grupo. Se negó a responder a cualquier pregunta, fiel a su juramento, pero insistió en que debían partir inmediatamente a un lugar importante del que no les podía revelar ni la naturaleza ni la localización. Y estalló la discusión, que duró largo rato. Uno de los puntos fue cómo explicarían a Treltarion su marcha sin justificarla.

En un momento dado, Elsakar apareció para expresar su deseo de acompañar a los enanos a ayudar al Grupo del Vyrd, junto con Adiartok. Le fue concedido, tras asegurar que podría entrar en contacto en cualquier momento con Heratassë para que éste le protegiera. Adens, por su parte, contó que Elsakar le había ofrecido acompañarles al Vyrd, pero él había preferido permanecer junto al grupo.

Tras mucho discutir, acordaron que le dirían la verdad a Treltarion sobre el silencio de Selene, y Ezhabel se reunió con el elfo primigenio. Reaccionó mejor de lo que esperaban, mostrándose muy razonable. Le contó que Selene no había compartido información con ellos por temor a algún traidor, y en primera instancia el propio Treltarion se ofreció a acompañarles allí donde fueran. No obstante, la presencia de Treltarion en Eradath era demasiado importante como para marcharse, y encomendó la escolta de los personajes a su guardia Rughar y a su consejero Cirandil. Así, el grupo se preparó para partir hacia lo desconocido...

martes, 26 de julio de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 11

En Alejandría. La Gran Biblioteca.

El puerto de la ciudad fundada hacía siglos por el mítico Alejandro Magno era enorme. Decenas y decenas de buques se encontraban amarrados en los malecones, y aún muchos más salían y entraban con mercancías y gentes de lo más variopinto. Íctinos vio la oportunidad de enriquecerse en aquellas tierras, y así se lo transmitió a Cayo Cornelio. Éste no pudo mostrarse más de acuerdo. Desde que se había asociado con Íctinos no había hecho más que perder dinero en reparaciones y mantenimiento, y no había ganado ni un sextercio. Así que encargó al cartaginés comenzar a buscar algo y él se le uniría en cuanto le fuera posible.

Tras alojarse en la mejor posada que encontraron, se encaminaron sin tardanza a la Biblioteca. La magnitud del edificio les dejó sorprendidos. Sobre el cuerpo principal habían surgido multitud de anexos, alas y naves que le daban una apariencia tumoral, sin ningún orden aparente. Su extensión era realmente enorme. Se dirigieron a lo que parecía la entrada principal. Mientras ascendían las escaleras que conducían hasta el gran arco que franqueaba el acceso, pudieron escuchar varias conversaciones sobre los más variados temas: filosofía, astronomía, teología... allí estaba desde luego la mayor concentración de eruditos del mundo conocido. Ante la entrada, un escriba y una especie de monje -que luego identificarían como uno de los muchísimos bibliotecarios- tomaban nota de los nombres y características de todo aquel que quería acceder al complejo. Esperaron pacientemente en la cola, escuchando las charlas que diferentes profesores impartían a sus alumnos, tanto niños como adultos. Finalmente, tras dar sus nombres -Tiberio dio un nombre falso para evitar problemas-, accedieron al vestíbulo. Se sobrecogieron. Una ingente cantidad de pergaminos, tablillas, libros y material de todo tipo se alzaba en estanterías desde el suelo hasta el techo y se amontonaban por todos los rincones, mesas y superficies planas en un aparente amasijo de desorden. Un bibliotecario se acercó para ver si necesitaban ayuda, al reconocer en Cornelio a un patricio romano de alta alcurnia. Cneo y Tiberio respondieron afirmativamente, pidiendo que les condujera a la sección de historia. Y hacia allí los guió. Una sala daba paso a otra, y a un corredor, y a más salas yuxtapuestas, en un caótico laberinto de saber y erudición. Cuando el bibliotecario les anunció que ya se encontraban en la sección de historia, ya sabían que aquella investigación les iba a llevar bastante tiempo. De momento, necesitarían varios días simplemente para organizarse en la recopilación de material.

Durante los siguientes días -y semanas-, Cneo y Tiberio se dedicarían casi totalmente a la investigación de los símbolos del disco y los asuntos relacionados que habían descubierto: el Laberinto, Dédalo, Minos, el maremoto en Creta... Idara les prestaría apoyo ocasionalmente. No tardaron en copar gran parte de la sala donde se encontraban con libros, pergaminos y antiguas tablillas grabadas, llamando la atención del resto de usuarios de la Biblioteca.

Buscando negocios, Cornelio descubrió que los judíos acaparaban prácticamente la totalidad del tráfico de mercancías en Alejandría. De hecho, el barrio judío se encontraba anexo al puerto para facilitar los contactos. Tras varios días, lo mejor que encontró fue un judío llamado Elías, que llevaba el negocio junto a su hermano Daniel. El resto de comerciantes con los que entró en contacto rechazaron hacer negocios con él por ser el barco demasiado pequeño, no llevar suficiente protección, o simplemente, por no fiarse de ellos. No obstante, un hecho llamó la atención de Lucio Mercio: la primera vez que entraron a la "oficina" de Elías, un hombre se encontraba ante su escritorio discutiendo en hebreo con los dos hermanos. Lucio, con conocimientos básicos del idioma, pudo seguir la conversación, aunque puso buen cuidado de que ellos no se dieran cuenta. Por lo que parecía, el hombre estaba protestando porque su barco se había hundido y no le habían pagado lo que le debían. Finalmente, le dieron unas cuantas monedas, "una miseria" en opinión del hombre, y se fue refunfuñando y apartando bruscamente a cuantos encontraba a su paso.

Cornelio tuvo que emplear la primera semana en hacer reparaciones en el barco, dañado por la tormenta sobrenatural que se había abatido sobre ellos en la travesía. Contrató a los mejores carpinteros y calafates. Una vez reparado el barco, contactó de nuevo con Elías, a pesar de que Lucio sospechaba que el judío era un contrabandista al margen de la ley. Durante la reunión que mantuvieron, Elías y Daniel conversaron en hebreo, hablando de un cargamento de oro y comentando entre sonrisas que no lo iban a confiar ni en broma a aquellos aficionados. Lucio lo entendió todo sin que ellos lo supieran. Los judíos ofrecieron a Cornelio un cargamento de pimienta, pero antes querían ver el barco, así que partieron hacia el puerto con una pequeña escolta.

A los pocos segundos de salir al exterior, varias flechas silbaron en el aire. Iban dirigidas a los hermanos judíos. Una alcanzó a Daniel, y otra se clavó en el peto de uno de los guardias de Elías. En ambas flechas se podía leer, escrito en griego: "estafadores". No pudieron localizar a los agresores, y tras auxiliar a Daniel y ponerlo a reposar se dirigieron de nuevo a inspeccionar el barco. En agradecimiento a sus servicios para con su hermano, Elías había pensado ofrecerles transportar un cargamento de seda, pero la visión del barco y la falta de guardias suficientes provocó que, de mutuo acuerdo rechazaran la seda y volvieran al trato con la pimienta. El cargamento debería ser llevado a Atenas, cinco días de ida y cinco de vuelta con buen tiempo. Lo suficientemente rápido para hacerlo mientras Tiberio y los demás arreglaban sus asuntos en la Biblioteca.

En la Gran Biblioteca, Tiberio y Cneo hicieron por fin avances al cabo de dos semanas. Yendo de referencia en referencia y de estantería en estantería dieron por fin con un par de tablillas de madera talladas; una presentaba el alfabeto cuneiforme propio de las tierras mesopotámicas de la antigüedad y otra lucía los extraños caracteres del disco de Idara y de las paredes de los laberintos. Según pudieron deducir de tales escritursa, en la antigua Mesopotamia surgió una nación que provocó una especie de evento tremendamente importante. Pero el qué no pudieron inducirlo, al menos de momento.

Durante ese tiempo, en una de las ocasiones en que Idara acudió con Zenata a la Biblioteca, un par de africanos se quedaron fijamente mirándolas y murmurando entre sí. Al fijarse un poco más, Idara se apercibió de que en realidad todo su interés estaba enfocado en la niña. En la misma sala, alguien se desmayó, provocando algo de revuelo. Los africanos salieron velozmente de la sala.

Pocas noches después de que Íctinos hubo partido con la pimienta hacia Atenas, el grupo recibió una indeseable visita en la posada por la noche. Cornelio se despertó cuando Zenata soltó un gritito. Un africano que parecía envuelto en sombras lo miró con ojos brillantes, y sin darle casi tiempo a reaccionar lanzó una cuchillada a su garganta. Por suerte pudo alcanzar su gladius y defenderse, provocando algo de escándalo. El adiestrado oído de Lucio lo percibió y de inmediato saltó de la cama. Al abrir la puerta de su habitación vio en el pasillo a otro africano, éste vestido con una túnica oscura. Cuando Lucio se lanzó hacia él, el extraño movió las manos y el aire pareció densificarse a su alrededor, haciendo sus movimientos exasperantemente lentos. Cuando Idara apareció el pasillo, el africano optó por huir. Mientras tanto, en la habitación, Cornelio acabó con el secuestrador gracias a un golpe mortal en lel abdomen. Zenata se lanzó a sus brazos, llorando y provocando el mareo de todos los presentes. Por supuesto, despertaron a la posadera y ésta se deshizo en disculpas y ofrecimientos. A pesar de eso, se marcharon de la posada, cambiándola por otra en la que la seguridad parecía más cuidada.

Varias veces durante sus estancias en la Biblioteca, un atractivo sirio se acercó a Idara preguntándole si necesitaba ayuda en algo. Por lo que parecía, se sentía atraído por ella. La muchacha se mostró amable, pero lo rechazó en cada ocasión.

Un día de la tercera semana en el que Cornelio hizo una de sus varias visitas a la Biblioteca, tuvo que guardar cola, como siempre, y como siempre le preguntaron su nombre al entrar. A los pocos segundos de serle franqueada la entrada, alguien le tocó el brazo.
  —Disculpas, honorable. ¿Tu nombre es Cornelio Cato? ¿Como Publio Cornelio Cato?

Aquel hombre bajito, rechoncho y con barba sin bigote que le había parado estaba mencionando a su padre. Instintivamente, Cornelio se puso en guardia y evaluó al extraño. No parecía peligroso.
  —¿Publio Cornelio Cato? ¿A quién te refieres? ¿Quién lo pregunta? —Cornelio prefería no ponerle las cosas fáciles.

Ante la aparente ignorancia de Cayo, el extraño pidió disculpas e hizo ademán de marcharse. Cayo lo detuvo, confirmándole que Publio era su padre. El extraño lo llevó a un reservado. Se llamaba Heráclides, griego de Esmirna. Cuando Cayo le contó que su padre había muerto, expresó gran consternación y le explicó su historia. Publio le había pedido ayuda para recabar cierta información sobre algo llamado "Culto a Júpiter", que resultó ser una hermandad secreta de monjes -como ya sabía Cayo-. Llegaron a descubrir ciertos secretos en varios manuscritos y grabados que ni él podía entender muy bien, pero el caso es que hacía pocas semanas, los susodichos manuscritos y grabados habían comenzado a desaparecer, así que él se había llevado los que quedaban a casa, para salvaguardar la información. En la documentación se revelaban contactos entre los adeptos de Júpiter y extrañas gentes egipcias, árabes y de otros cultos. Las últimas noticias que Heráclides había tenido de Publio habían llegado en forma de carta, la cual enseñó a Cayo. En ella, Publio le advertía que no se fiara de nadie, y que necesitaría copias de algunos de los grabados y manuscritos. Enviaría a alguien a buscarlos, y al oir el nombre de Cayo, creía que sería él el enviado.

Mientras Cayo se entrevistaba con Heráclides, Idara vio pasar trotando -algo prohibido en la Biblioteca- a dos árabes que nunca había visto en el edificio hasta entonces. Los siguió, curiosa. En otra sala se encontraron con otros tres árabes. Sacaron algo de sus bolsillos y se dirigieron hacia un recoveco tras un pequeño arco.

Heráclides abrió mucho los ojos y gritó cuando vio aparecer un árabe en la pequeña sala donde se encontraban. Llevaba una piedra en la mano. La puso ante sus labios y sopló; un polvo negro envolvió a Cornelio, sin efecto [tirada de CON superada], mientras Heráclides abría una compuerta tras una estantería. El griego y Cayo se deslizaron a través de la abertura secreta, tras lo cual el primero cerró desde dentro. Tras atravesar varias salas salieron al exterior, donde pudieron despistarles.

Tras el episodio, el grupo se reunió en una pequeña taberna donde fueron presentados y puestos al corriente de todo. Heráclides prosiguió con su historia. A las pocas semanas después de que Publio se hubo marchado de vuelta a Roma, apareció un hombre malcarado con barba y bigote negros, oscuras ojeras y calvicie incipiente, claramente romano, que intentó sonsacarle información sobre los asuntos que había tratado con el padre de Cayo. Heráclides aseguró que no le había desvelado nada de importancia. Interrogado por el grupo, el griego también recordó que Publio Cornelio también había mencionado en alguna ocasión a un tal Marco Mercio, que había muerto debido a todo aquel asunto. Lucio, endurecido por los años, no dejó traslucir su dolor.

Impactados por las revelaciones, acordaron encontrarse al día siguiente con Heráclides en el foro para que los condujera a su casa a ver los manuscritos. Y así lo hicieron. El hombre los condujo a uno de los distritos más pobres de la ciudad y los invitó a entrar en su anodina casa, que olía a rancio y a humedad. El interior estaba repleto de pergaminos y tablillas. Cuando les mostró los manuscritos en cuestión, Idara se apercibió casi al instante de que en todos ellos estaba grabado en una u otra parte el símbolo de los círculos concéntricos y las líneas verticales que habían encontrado grabado a punta de puñal en el cuerpo de Albinobano y en el disco.

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 36


Ayreon se dirigió inmediatamente a hablar con Heratassë, para contarle que era urgente que volvieran a Doranna y que necesitaban un medio rápido de hacerlo. El dragarcano le respondió que no confiaba en sus propios medios de transporte, ya que presentaban ciertos... problemas... y prefería no tentar a la suerte. Según él, el transporte de Eltahim, aun con los riesgos que conllevaba, era mucho más seguro que el suyo. El paladín quiso saber más sobre esos "problemas" y su posible solución, pero Heratassë prefirió no hablar más sobre el tema.

Ya de día, Ayreon expuso la situación al resto de sus compañeros y se hicieron los preparativos para volver rápidamente a Doranna. Aun con lo dicho, Demetrius, preocupado por la salud de Eltahim y el niño de cinco meses que llevaba en su vientre, intentó convencer a Heratassë de que les garantizara el viaje, pero su intento también fue infructuoso. No quedaba más remedio que recurrir al transporte de la targia, que accedió sin problemas. Los losiares se quedarían en la meseta, a salvo de nuevos ataques, al menos en teoría. Y Heratassë y Elsakar les acompañarían a Doranna.

En la mente de Ayreon las extrañas voces que oía desde su extravío en el sueño de Demetrius se hacían cada vez más fuertes y le costaba sobremanera silenciarlas. Su autodisciplina comenzaba a verse sometida a una importante tensión que en ocasiones le hacía comportarse de manera aparentemente estrambótica y errática. Las voces se habían mostrado especialmente intensas cuando, en la conversación que Ayreon había mantenido de madrugada con Heratassë, el paladín le había comentado al dragarcano que Selene se estaba redimiendo; a esto las voces se habían disparado expresando su indignación y su desacuerdo.

Adens, por su parte, expresó antes de la partida su preocupación por Arixos y el resto de sus hermanos. No detectaba a nadie, y eso era cosa rara. Rara en el caso de los demás compañeros, pero casi imposible en el caso de Arixos, con el que estaba sintonizado, de manera que las únicas posibilidades de que no lo detectara eran o bien que se hubiera quitado los pendientes o bien que hubiera muerto. Tras una larga conversación, decidieron que lo primero era Doranna y Selene, y que a no tardar se ocuparían de los problemas de los Rastreadores.

Junto con el grupo partirían Heratassë y Elsakar, y el primero insistió en que deberían guardar su verdadera identidad en secreto. Tenía sus razones para ello, eso fue todo. El grupo, evidentemente, aceptó y juró. El problema en el asunto era la rectitud moral de Ayreon, que no podría mentir en caso de que le preguntaran directamente. Así que a instancia de Leyon, este y Demetrius maquinaron a espaldas del resto que Heratassë fingiría no acompañarlos y tomaría la forma de Adiartok, el líder de los losiares, para que Ayreon no supiera la verdad. Además, a sugerencia de Demetrius, acudirían a Doranna en dos tandas, para evitar las preguntas directas a Ayreon.

El transporte de Eltahim fue instantáneo y de los más cómodos que había tenido el grupo. Llegaron a las inmediaciones de Eradath y se dirigieron a la ciudadela de Malestosh sin tardanza. No tardaron en encontrarse con los primeros guardias que los reconocieron al punto y corrieron para dar la noticia de que habían vuelto. Cirandil salió a recibirlos para ponerlos al día y presentarlos al consejo. También salieron al encuentro de Ayreon sus paladines, que lo recibieron con cierto tono de reproche y le recordaron la desaparición de sus dos compañeros. El paladín puso a Hassler y Arkon en antecedentes sobre las voces de su mente y la aventura en el norte. Acto seguido, entraron entre aclamaciones de la tropa y llegaron a la sala de estado. El consejo lo componían lord Treltarion, Cirandil, lord Aldarien, el ilvo Gerudarial, los hidkas Ar'Kathir y Ar'Thuran, y el enano Zordâm, acompañados de sus respectivos hombres de confianza. Lord Ergialaranindal se encontraba en la ciudad de Dyardan, lord Rûmtor y Urmazan en Gilmorath, y Enfalath se encontraba custodiando Galanárta. Ar'Kathir mostraba síntomas de una profunda depresión. Tras tomar asiento unos y permanecer en pie otros, el grupo explicó las nuevas a todos los presentes. Les hablaron de los losiares, de Ecthelainn -teniendo buen cuidado de no mencionar a Heratassë-, y de que por desgracia habían perdido a Nirintalath y a Eglaras. Terwäranya también explicó que, de alguna extraña manera, podía sentir a Ammarië a través de la espada, de manera que su esperanza se había renovado.

El consejo también tenía nuevas para los personajes, algunas de ellas realmente impactantes. Selene había aparecido hacía dos días en el patio de armas, inconsciente y muy perjudicada físicamente. Ayreon abrió mucho los ojos y rebulló en su asiento. También había malas noticias referentes a los hidkas: la bruma que albergaba horrores inefables los había alcanzado en los bosques y sólo habían llegado a Malestosh tres mil de los cincuenta mil que partieron de los valles. Familias enteras habían sido masacradas y entre los hidkas había cundido el desánimo y las ansias de venganza por igual. Las palabras de consuelo y las promesas de los personajes a los hidkas no sirvieron de mucho, pero fueron debidamente agradecidas.

Tras la reunión, Ayreon se encontró con sus paladines y se dirigieron a ver a Selene, que se encontraba custodiada en todo momento por media docena de los mejores guardias elfos. A pesar de su maltratado físico estaba bellísima tendida en la cama entre sedas y algodón. Hassler y Arkon le informaron de que habían intentado sanar a la elfa, pero sus intentos habían sido inútiles. Ayreon fue a posar las manos sobre su frente para intentar sanarla. No pudo hacerlo, porque las voces de su mente se dispararon salvajemente, cogiéndolo de improviso y mareándolo. Cayó al suelo y fue rápidamente recogido por sus paladines. Con una gran fuerza de voluntad, apartó las presencias de su mente y ejerciendo un control férreo sobre ellas intentó sanar a Selene de nuevo, al menos de sus heridas físicas. Lo consiguió. El aspecto de la elfa mejoró considerablemente, y su rostro se serenó todavía más. Las venas del cuello de Ayreon estaban a punto de explotar por la tensión a la que su mente era sometida, hasta el punto de que los paladines se coligaron ante algún posible problema. Agotado, se recostó en Arkon mientras Selene abría los ojos y le sonreía. ¡Qué bella era! Antes de caer dormida por el cansancio, Selene agradeció el esfuerzo a Ayreon y sólo alcanzó a balbucear unas frases sueltas. Urion se había vuelto loco. La había atacado en una de sus varias reuniones, a ella y a otro kalorion.

Ayreon dio las pertinentes órdenes para que a partir de entonces, los paladines hicieran turnos cuidando de Selene. Demetrius, por su parte, utilizó mientras tanto sus habilidades para levantar la moral de los hidkas todo lo posible. Seguían siendo dos mil valiosos guerreros que llegado el momento podían suponer una diferencia.

Por fin, Selene despertó y puso a los personajes al día. Murakh y ella habían acudido a una reunión convocados por Urion y Larmar. A pesar de las precauciones que siempre tomaban, no pudieron evitar que durante la reunión apareciera un contingente de demonios terribles que les atacó salvajemente. Para su sorpresa, uno de ellos le pareció la viva imagen de lord Eraitan, con aspecto demoníaco, por supuesto. Urion se mostró más poderoso de lo que había sido nunca, y no fueron rival para ellos. Demetrius preguntó a Selene sobre los motivos por los que Urion habría traicionado una alianza que parecía tan fructífera y tan bien avenida, a lo que la kalorion respondió que lo mejor sería empezar por el principio...

lunes, 25 de julio de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 35


Durante los pocos días en los que Heratassë se dedicó a reunir los restos del pueblo losiar Ezhabel visitó muy a menudo a Elsakar, que se mostraba cada vez más inquieto. Extrañado de tantas atenciones, el príncipe expresó su pesar a la semielfa por no poder corresponderle en sus sentimientos, a lo que esta respondió que estaba equivocado, y que sus visitas no eran sino el producto de la extraña sensación de protección que le inspiraba el adastrita. Aclarado el malentendido, las visitas ya discurrieron con más normalidad.

Demetrius y Leyon se dedicaron a recorrer el mausoleo, donde vieron al menos una docena de estancias en cuyos centros yacían enormes sarcófagos, que supusieron albergaban los restos de los últimos Dragarcanos. El bardo también preguntó a Elsakar por sus creencias, a lo que éste respondió que "no rezaba mucho".

Carontar recuperó la consciencia, bajo la estrecha vigilancia de Ayreon. Hacía días que Faughor había perdido su poder divino, y ahora era una simple espada larga que yacía cerca de la cabecera del elfo. Éste se mostró extremadamente angustiado por no detectar ningún indicio de su antiguo dios, la congoja le poseía. Ayreon trató de compartir sus experiencias de abandono con él, tranquilizándolo en la medida de lo posible, y tratando de convencerle de que había hecho lo correcto. La Luz lo requería otra vez a su lado. Al menos, lo consoló lo suficiente para evitar su suicidio.

Pasados tres días, Heratassë volvió al mausoleo, y prepararon la partida sin tardanza. El dragarcano expresó su reticencia a que Carontar les acompañase, pero finalmente lograron convencerle. Al salir al exterior, el lobo de Leyon ladró alborozado cuando el resto de su manada se reunió con el grupo, en total una treintena de enormes lobos blancos. Los losiares ascendían a un número de sesenta mil, la mitad de los cuales eran guerreros válidos. Los Mediadores habían sido minuciosos en sus masacres. Disponían de enormes trineos que los trasladarían hacia el norte. Tras ordenar a la gente en seis contingentes distintos y repasar los planes pertinentes, partieron. Durante el viaje, interrogaron a Heratassë por los lobos. Él respondió que siempre se había llevado bien con los animales, y particularmente con esa especie, pero hacía varias semanas que habían cambiado de manera perceptible, no sabía muy bien en qué, pero los notaba diferentes, más inteligentes si cabía. El segundo día Carontar intentó lanzarse a un lago helado, desesperado por el silencio de su dios. Afortunadamente, Ayreon lo retuvo y lo volvió a consolar. Ezhabel, por su parte, le habló sobre la necesidad que el pueblo élfico tenía de ellos, y eso pareció conmoverle más profundamente. Parecía que no había olvidado a su pueblo, después de todo.

El cuarto día, Adens informó de que algo malo había pasado. Había perdido el vínculo con Arixos hacía unos momentos.Eso sólo podía querer decir dos cosas: o que se había quitado el pendiente que los unía o que había muerto. ¿Acaso Urion habría hecho de las suyas?

El sexto día, Ayreon mantuvo una conversación con Carontar, insistiendo sobre su responsabilidad sobre el pueblo élfico. Y al parecer, ahí encontró un cabo al que asirse y evitar caer al precipicio de la locura. El líder de los losiares, Adiartok, se reunió con Leyon para preguntarle por hechos del Imperio, para averiguar cuáles eran sus planes respecto a ellos, y si les devolvería lo que Adastra les había robado. Leyon fue muy diplomático. Recalcó el hecho de que si Elsakar era el futuro rey de Adastra, era una garantía de que se haría lo correcto. El losiar asintió, aparentemente satisfecho.

El octavo día los losiares quedaron en una meseta previa a la gran cordillera que se alzaba ante ellos, protegidos de los elementos y los enemigos,y con caza y pesca abundante. Allí comenzaron a establecerse en espera de tiempos mejores. Con ellos quedó Eltahim, que al estar embarazada (ya de cinco meses) era demasiado vulnerable para tal viaje. El resto del grupo, Adiartok y varios exploradores continuaron el camino.

Varios días viajaron entre valles y laderas, ascendiendo. Hasta que cierto día, cuando según Heratassë llegaron a la base de la montaña tras la que se encontraba el valle que era su destino, el tiempo empeoró y una terrible ventisca se abatió sobre ellos. Heratassë les habló de los dos elementales de tierra y aire que él y sus hermanos crearon para actuar como guardianes del valle-prisión de los Altos Dragones. Creía que ya habrían desistido de su misión, pero al parecer no era así. Continuaron varias horas más, hasta que el viento cortó su piel y el frío atirió sus extremidades. El ruido no dejaba oír ni siquiera sus pensamientos. La tierra empezó a temblar. Heratassë no cesaba de gritar con su estentórea voz en una lengua desconocida, mientras sus músculos y sus venas se tensaban como cables: "¡¡¡Urtah, Marabdis, do'ighalân, ra maur kagar agalentáráma!!! ¡¡¡Urtah, Marabdis, ra maur NORDEN ALOGRÁNTO!!!". Urtah y Marabdis eran los nombres de los elementales, y tenían el tamaño de montañas. El grupo al completo sintió el vello erizado debido a la corriente de poder que emanaba de Heratassë. El suelo se abrió a sus pies, y varios de ellos cayeron. Gracias a que iban atados con cuerdas pudieron evitar la muerte. La grieta comenzó a cerrarse mientras todavía se encontraban en ella y una lluvia de rocas dejó a varios inconscientes. La nieve se convirtió en granizo afilado como cuchillas que azotaba sus rostros y sus cuerpos sin piedad. El viento los derribaba y tenían que caminar a gatas, y aún así caían porque la tierra temblaba cada vez más violentamente.

No les quedó más remedio que volver atrás. Heratassë no tenía el poder necesario para enfrentarse a los dos elementales por sí solo. Habían sido creados con la ayuda de al menos una docena de dragarcanos, y tal poder no podía esgrimirlo él solo. Tras una larga conversación Demetrius le habló de Mandalazâr, el arpa del maestro cantor, y cómo le había permitido acceder a reservas inefables de poder arcano. Tras pensarlo, el dragarcano coincidió con él en que podría ser una solución; tendrían que encontrar el arpa y volver allí cuando la hubieran conseguido.

Volvieron con los losiares, exhaustos, y agradecieron sobremanera el cálido recibimiento que les ofrecieron. Heratassë se retiró a meditar, y al día siguiente apareció con la noticia de que había conseguido detectar la impronta del arpa. Era extraño, porque estaba seguro de que había detectado el arpa en el lejano Oeste, en lo que debía de ser Krismerian, pero también la había detectado a la vez fuera del plano donde se encontraban, algo que no comprendía. Lo que parecía claro era que tendrían que viajar a Krismerian para encontrar el artefacto.

Esa misma noche, Ayreon tuvo un profundo sueño, que fue llenándose progresivamente de una sensación de urgencia y de peligro, hasta que una voz real y muy conocida lo inundó todo en él. "¡¡¡Aýudame Ayreon!!!" -gritó Selene. El paladín despertó sobresaltado.

miércoles, 20 de julio de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 34


Se aproximaron al trono con suma cautela, paso a paso, reflejándose borrosamente en el suelo y las paredes. Cada paso parecía resonar estrepitosamente, perturbando el profundo y opresivo silencio. Mientras se acercaban, Ayreon se concentró durante un momento, para obtener una visión del nivel de poder del hombre sentado. Este irradiaba una cantidad tan desproporcionada que el paladín se mareó y se tambaleó. Carontar estaba en tensión, mirando fijamente a la figura, que parecía abatida por el peso de algo invisible sobre sus hombros.

Cuando todavía se encontraban a unas decenas de metros de distancia, la figura habló. Habló con una voz estruendosa y lenta, una voz antigua y sumamente cansada, que parecía proceder de las mismísimas profundidades de las montañas más antiguas. Tuvo lugar una larga conversación durante la que los personajes expusieron cuáles eran los motivos que les traían allí, hablándole de la presunta llamada de Ammarië a Leyon, y de cuáles habían sido las razones que los habían impulsado a liberar al "elfo de Ulte", Carontar. El elfo no era de ningún modo bienvenido a aquel lugar. Ante la cada vez más creciente hostilidad del hombre , intentaron cambiar rápidamente de tema. Ambos bandos se presentaron. El extraño individuo afirmaba que durante los siglos había sido llamado por muchos nombres, y uno de ellos, el más conocido, había sido Heratassë. Era uno de los Dragarcanos de la antigüedad. La sorpresa -y la preocupación- de los personajes fue mayúscula. Si eso era verdad, y la visión de poder que Ayreon había tenido hacía un rato parecía confirmarlo, estaban ante uno de los seres más poderosos de toda la Creación.

Heratassë no se mostraba nada confiado, e incluso se ofendió cuando los personajes mencionaron la llamada de Ammarië. Según él, eso no tenía sentido, y no eran dignos de mencionar ese nombre. También mencionó que percibía algo raro en Ayreon y en Demetrius, pero no sabía precisar qué. Desde luego, Ayreon le intrigaba sobremanera, no cesaba de posar su arrolladora mirada una y otra vez en él.

La conversación fue subiendo de tono, volviendo al tema de la liberación de Carontar -que cada vez se mostraba más tenso-, y la llamada de Ammarië. Hasta que Heratassë se puso en pie y comenzó a irradiar una suave luz, que fue creciendo poco a poco. Al instante, el grupo empezó a sentirse mareado y a sentir arcadas. Todos excepto Ayreon, que por algún extraño motivo demostró en todo momento que era poco menos que inmune a los sortilegios del dragarcano. Carontar, que había ido crispándose más y más a medida que la conversación avanzaba, fue el primero en caer inconsciente. Mientras torturaba de esa forma al grupo, Heratassë enfocó su ira sobre Demetrius debido a algo que había dicho previamente, y no cesaba de preguntarle hasta dónde estaría dispuesto a llegar por sus convicciones. Miraba extrañado a Ayreon, ante su extraña inmunidad, pero no parecía preocuparle lo más mínimo, al contrario, su semblante se mostraba cada vez más tenso. Volvía una y otra vez a preguntar a Demetrius la fuerza de sus convicciones, mientras el bardo se mostraba inquebrantable y el grupo al completo caía a tierra ante el sufrimiento sobrenatural que les estaba infligiendo el ancestral ser. El rostro de éste mutó hasta convertirse en una máscara de ira. De repente, con un solo paso recorrió las docenas de metros que le separaban del grupo, pasando muy cerca de Ayreon, que se estremeció hasta su ser más interno. Heratassë agarró con fuerza a Demetrius del cuello y lo levantó, ante la imposibilidad de operar del grupo; Leyon apenas podía respirar y Ezhabel lloraba de impotencia; el resto del grupo había quedado ya inconsciente, excepto Ayreon, que corrió hacia el dragarcano. Un fuerte golpe con el brazo de Heratassë, que no pareció ni siquiera impactar físicamente en él, envió al paladín varios metros hacia atrás, chocando contra una pared. Este se intentó levantar, pero el aire a su alrededor se lo impedía. El cuello de Demetrius se quebró con un horrible crujido. Ayreon rugió de desesperación y consiguió liberarse del aire, ante el gesto atónito de Heratassë. Ezhabel no podía creerlo, haber llegado hasta allí sólo para esto. El lobo que acompañaba a Leyon aullaba y ladraba sin parar al poderoso ser, lo que pareció hacerlo reaccionar. Antes de que Ayreon pudiera llegar ante el dragarcano, éste pareció darse cuenta de lo que había pasado; su rostro mutó al instante, serenándose, y sus hombros se hundieron, mientras musitaba "¿Pero qué he hecho? ¿Qué he hecho?". Dejó suavemente a Demetrius en el suelo, y a continuación pareció reventar de poder a los ojos de Ayreon. Tanto que perdió la consciencia por un instante. El bardo abrió los ojos. El resto del grupo recuperó el conocimiento, incluido Carontar, que en cuanto se orientó intentó atacar a Heratassë violentamente. Éste no movió ni un dedo, y fueron los personajes los que le defendieron del ataque del elfo, que acabó por fundirse por las sombras y desaparecer. El lobo de Leyon, alborozado, no cesaba de lamerle y rozarle, lo que provocó la extrañeza en la mirada de Heratassë. Este se disculpó al punto por lo que había hecho, rogó que le perdonaran, y volvió a la actitud de cansancio vital que había mostrado al principio.

A partir de ese punto, la conversación entró en una fase mucho más serena, con explicaciones por uno y otro lado sobre sus respectivas vidas e historias. Al parecer, el grupo se encontraba en un mausoleo donde reposaban los restos de los últimos dragarcanos. Durante horas, Demetrius le explicó toda su historia, y cómo Leyon se había sentido atraído hasta aquel lugar, suponían que ante el llamado de Ammarië. Entonces les hizo pasar a través de puertas y pasillos hasta una estancia vacía ocupada únicamente por un Segador Negro con una espada en los brazos. La figura del Segador les puso los pelos de punta, pero Leyon se adelantó decidido y cogió la espada. En el acto, el Segador bajó los brazos y la voz femenina que identificaba con Ammarië habló en su mente: "has tardado mucho hijo mío, qué alivio que hayas llegado al fin". Según las palabras de Heratassë se trataba de Ecthelainn, la Espada de la Eternidad, arcángel de Ammarië. Y por cierto, la voz que Leyon escuchó en su mente, también la pudo escuchar con toda claridad Ayreon, desde varios metros de distancia.

Tras la toma de posesión de Ecthelainn por parte de Leyon, Heratassë, ya convencido de la filiación y los objetivos del grupo, les sugirió pasar a otra sala, donde les quería mostrar algo que quizá les interesara. Así lo hicieron, y pasaron a una habitación austeramente decorada y en penumbra, donde por todo mobiliario había una mesa, una silla y una cama con dosel. En la cama había una figura tumbada. Un hombre inconsciente con abundantes cicatrices en el rostro y carente de la mano y medio antebrazo izquierdo. Todos, sin excepción, se sintieron conmovidos por la situación del extraño; Ezhabel incluso rompió a llorar y Demetrius sintió que estaba de algún modo hermanado con aquel hombre. Las voces en la cabeza de Ayreon parecieron volverse locas, y comenzaron a hablar sin ton ni son: "es él", "su importancia es suma", "hemos de protegerlo"; con gran esfuerzo, Ayreon consiguió silenciarlas y mantenerse cuerdo. La voz de Echtelainn instó a Leyon a proteger a aquel hombre, ya que su importancia era suma.

Heratassë presentó al hombre como el príncipe lord Elsa'a'kar de Adastra, también llamado Elsakar, al que los Mediadores casi habían arrebatado la vida. ¿Qué clase de personas eran capaces de hacer tal cosa con el alma más noble que había conocido nunca? El hastío del dragarcano se había visto muy potenciado desde el episodio con los Mediadores, y sólo su intervención, auspiciada gracias al aviso de "un poder superior" había salvado la vida de Elsakar. Según Heratassë, el príncipe adastrita no estaba sumido en un coma normal, debía de estar aquejado de algún otro mal. Algo debieron de hacer los Mediadores para perderlo de esta manera, si no él ya lo habría sanado.

Desde las sombras surgió Carontar empuñando a Faughor, y se abalanzó sobre Elsakar como una exhalación.Leyon y Ayreon pararon su envite mientras Ezhabel se lanzaba sobre Elsakar con ánimo de recibir ella cualquier herida destinada al heredero de Adastra. Tras unos instantes de forcejeo, Carontar resultó herido por el lobo de Leyon y volvió a desaparecer en las sombras. A lo que Heratassë respondió creando una luz intensísima que desterró cualquier atisbo de oscuridad de la habitación. De esa manera, apareció Carontar en un rincón, sobre una rodilla y apoyado en su espada, cansado. Su rostro era una mueca de dolor y sufrimiento. "Por favor, ayudadme", dijo. "Es más fuerte que yo, y me está matando. No quiero hacerlo, pero no puedo oponerme. No quiero matarlo, ¡de verdad!". Heratassë se mostró receloso y advirtió a los personajes que estaba tratando de engañarlos, pero Ayreon se acercó a él, soltando uno de sus discursos. Carontar se levantó, luchando consigo mismo; cuando parecía que iba a atacar al paladín y los demás se pusieron en tensión para reaccionar, dejó caer su espada y, agotado, se derrumbó. Quedó inconsciente durante largo tiempo.

Ayreon intentó curar a Elsakar de lo que fuera que lo afectaba, pero sin éxito ninguno. Por la noche, Demetrius le habló del sueño recurrente que le aquejaba, y de lo que tenía que ver con la Vicisitud. Para ilustrar al bardo, Heratassë pasó horas contándole la historia de los Primeros Días, cuando el Creador tejió la Vicisitud y los Primigenios y el mundo vieron la luz. También le habló de Luz y Sombra y su conflagración eterna, del Poder Arcano y cómo originó las esferas de Poder. Y de cómo habían surgido los dragarcanos en el mundo y se habían desviado de su misión original, hasta que sólo había quedado él.

Tras varios días de intentar animar a Elsakar contándole historias y hablándole del mundo real, llegó la noche en que Demetrius tuvo que dormir de nuevo, la droga ya le estaba haciendo mucho daño. Tras prepararse todos para una posible visita onírica, el sueño volvió al bardo. Vio a los kaloriones, al bebé, al emperador muerto, a Petágoras, cayó al abismo con sus mujeres, llegó al fondo donde unos demonios lo torturaron terriblemente hasta que quedó inconsciente. Entonces, despertó en la oscuridad. Y sumido en ella estuvo vagando durante siglos. Estaba a punto de abandonarse hasta que oyó una voz, ahogada pero firme. Tras seguirla largo rato, se encontró con una persona, a la que no podía ver. Se dieron la mano, alborozados, y corrieron sin parar, sin rumbo fijo, durante lo que parecieron años y años y años. Hasta que pudieron ver débilmente un tenue punto de luz en la distancia. Se dirigieron hacia él, y les costó llegar largo tiempo, pero definitivamente el punto se hacía más grande. Finalmente, el punto de luz se expandió hasta inundarlo todo, y Demetrius despertó, tras un sueño de casi siete horas. Su cuerpo y su mente estaban agotados. Y una voz se oyó desde la otra habitación: "¿Hola? ¿Dónde estoy? ¿Demetrius, estás ahí?". Era Elsakar, que había despertado también. Se reunieron con él, y la alegría hizo aflorar lágrimas y abrazos por doquier. Luego caerían en la cuenta del hecho de que Elsakar había mencionado a Demetrius nada más despertar.

Al día siguiente, Arixos y Adens se reunieron con Leyon para hablar sobre Elsakar. Habían sentido algo al verle que les indicaba que Elsakar podía ser o podía formar parte del Albor, así que Arixos partiría rápidamente para convocar al Consejo de los Rastreadores.

Horas después, Heratassë y Elsakar hacían pública su intención de levantar el castigo de los Altos Dragones, que los mantenía retenidos en el lejano norte. Elsakar había convencido al dragarcano, aunque este todavía tenía sus reticencias. Lo primero que haría sería reunir a los restos del pueblo Losiar para preparar la marcha.

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 33


El hundimiento se extendió varios cientos de metros hacia todas las direcciones sobre el glaciar, por lo que Ayreon, Ezhabel y compañía se encontraron también de repente hundiéndose entre toneladas de nieve y hielo hacia el interior del glaciar. Tras unos segundos interminables, se hizo la calma, y la oscuridad para ambos grupos.

Demetrius y Leyon habían llegado hasta la base del glaciar, ya que lo que pisaban era roca y tierra. Estaba oscuro, pero eso no era demasiado problema para Demetrius, que creó luz con sus poderes bárdicos. Debía de tratarse de una escisión o grieta en el glaciar, y los trozos de hielo y la nieve al caer habían formado una cúpula irregular a varios metros sobre el suelo. El hueco era tortuoso y se extendía a lo largo de unos cien metros. Contínuamente se oían chirridos y caía polvo de nieve: el hielo amenazaba con hundirse de un momento a otro. Arixos había desaparecido, pero no tardaron en encontrarlo con un brazo roto, que entablillaron enseguida.

La situación del grupo de Ayreon era incluso más precaria. El paladín se encontraba atrapado en el hielo, en la oscuridad. Oía a Terwäranya y a Ezhabel. Le ayudaron a liberarse del hielo y en cuanto consiguieron hacer luz vieron dónde se encontraban. Era una especie de burbuja en el centro del glaciar sobre la que había caído gran cantidad de hielo y nieve. De la burbuja salían (o llegaban) multitud de angostas grietas. Eltahim se encontraba también atrapada en la nieve, inconsciente y con una pierna rota. Una vez tratada la pierna de la targia, que seguía inconsciente, acordaron que Ezhabel, haciendo uso de su agilidad y flexibilidad, entraría en las grietas en busca de una salida o del resto del grupo. Y así lo hizo, llevando una antorcha que, aunque necesaria, podía comprometer la estabilidad del hielo que la rodeaba.

Demetrius y Leyon oyeron unos gemidos extraños procedentes de un hueco lateral. Acercándose con sigilo, vieron que se trataba de dos de los lobos de la superficie que debían de haberse visto arrastrados por el derrumbamiento. Los animales se mostraron hostiles, hasta que Leyon hizo uso de sus habilidades empáticas. Curó la pata del lobo herido lo mejor que pudo, y el otro animal le mostró su agradecimiendo tocándolo levemente. Mientras tanto, Adens había descubierto una pequeña cueva que se internaba en el suelo en diagonal. Se trasladaron todos a la entrada de la cueva para estar más seguros ante un posible derrumbamiento, y Leyon dirigió a los lobos hacia ella, con gran esfuerzo para trasladar al enorme lobo herido [100 en "manejar animales"]. Los lobos le mostraron su gratitud con roces y lametones. Parecía haber ganado dos aliados. Ahora que se fijaba, los lobos parecían tener un color de ojos más pálido que el que habían tenido en el exterior. Tras una breve charla, todos acordaron que Leyon, con sus sentidos enaltecidos, exploraría los túneles de la "burbuja" para intentar oír o sentir de alguna otra forma a sus compañeros desaparecidos.

Ezhabel fue y volvió a través de las estrechas grietas. Más de una vez tuvo que regresar ante la imposibilidad de avanzar, y estaba sudando, casi agotada. En el que iba a ser su último intento, quedó atrapada. No podía liberarse. Intentó maniobrar con la antorcha, pero imposible. El hielo crujía y parecía que cada vez la aplastaba más. Tuvo que tirar bruscamente. Y al mover el bloque de hielo que la retenía, se produjo un nuevo derrumbe, arrastrando también a Ayreon, Terwäranya y Eltahim. Estos últimos vieron su caída de nuevo detenida en una "burbuja". Un bloque de hielo cayó sobre el brazo izquierdo de Ayreon, provocándole una hemorragia abundante, que no pudieron detener. Y ni rastro de Ezhabel. El paladín cayó en la inconsciencia, ante los sollozos de Terwäranya.

En la cúpula de Leyon y Demetrius se dejó sentir el derrumbamiento. Cayeron varios trozos de hielo y las grietas de los lados se expandieron un poco más. Así que Leyon decidió investigar a través del laberinto de fisuras para intentar encontrar al resto cuanto antes. Y no tardó en hacerlo. Con su oído mejorado, escuchó fácilmente a varios metros de distancia a través del hielo los sollozos y gritos de Terwäranya. Con grandes dificultades superadas por los pelos, pudo deslizarse entre el hielo y llegar a la abertura donde se encontraba el grupo. La clériga elfa había cosido la vena del brazo de Ayreon lo mejor que había podido, pero éste estaba inconsciente y aparentemente muerto. Leyon intentó reanimarlo, sin éxito, mientras Adens llegaba a la abertura y se reunía con ellos. Consciente de la inutilidad de sus actos, decidió buscar a Ezhabel rápidamente, porque la olía cerca, en el suelo. Adens coincidía con él. Tras escarbar durante unos momentos, encontraron la mano de la semielfa, inerte. La sacaron a la superficie y le dieron calor rápidamente. Hacía bastante rato que su corazón se había parado, pero consiguieron reanimarla in extremis.

Haciendo uso de los poderes de Demetrius y los Rastreadores, consiguieron abrir un camino en el hielo para llegar hasta la cueva donde se encontraban Arixos y los lobos. Allí encendieron un pequeño fuego y descansaron. Ezhabel no tardó demasiado en despertar, para lo que había sufrido. Su mente le daba vueltas y todo el cuerpo le dolía; estaba totalmente embotada. Terwäranya le dio agua, que le supo a néctar celestial. Y entonces vio a Ayreon tendido y manchado de sangre, y a Leyon y Demetrius rezando de rodillas sobre él. Comprendió. Se arrastró desesperada hacia allí, gritando y llorando. Terwäranya y ella se abrazaron, llorando desgarradoramente. Aquella situación podía acabar con los nervios de cualquiera.

Finalmente, Ezhabel y Terwäranya se durmieron, agotadas. Eltahim ya había recuperado la consciencia, pero también tenía que dormir, igual que Arixos. Demetrius y los Adens se encontraban a la entrada de la cueva debatiendo sobre la situación. La cueva parecía adentrarse en las montañas de la base del glaciar, y parecía la única salida que tenían. Leyon continuaba rezando, arrodillado junto a Ayreon, mientras el sueño lo vencía poco a poco. Justo antes de caer dormido, le pareció que Ayreon abría los ojos. Qué bonito sueño sería. Cayó agotado sobre el pecho del paladín.

Ayreon despertó justo cuando Leyon caía dormido sobre él. Lo apartó con cuidado y se puso en pie. Demetrius y Adens no podían dar crédito a sus ojos cuando vieron al paladín caminar hacia ellos. De hecho, la primera reacción de los dos fue de desconfianza hasta que Ayreon demostró que realmente era él mismo. Sin embargo, algo raro pasaba, el propio Ayreon reconoció que ahora le parecía oír voces extrañas y que tenía recuerdos que no comprendía.

Al despertar el resto del grupo, lágrimas y risas aparecieron por igual. Ezhabel abrazó al paladín sin reservas. No obstante, todos se extrañaron de la más que aparente confusión de Ayreon y de la milagrosa recuperación. Apenas había ya restos de la fea herida que había sufrido en el brazo. Arixos le pidió permiso para leerle la mente, y el paladín por supuesto se lo dio, no sin antes advertirle que podían pasar cosas extrañas. Al intentarlo, el Rastreador abrió mucho los ojos y cayó inconsciente; por suerte, sin mayores complicaciones. Sólo que al despertar, Arixos no recordaría qué había visto en la mente de Ayreon.

Demetrius abrió su mente a la consciencia celestial. La Esfera celeste aparecía como pura negrura, con unos pocos puntos de luz. Algo bastante inquietante. Ayreon, por su parte, era incapaz de percibir a Emmán; sin embargo, estaba en posesión del poder que esgrimía normalmente.

Una vez que hubieron descansado, se internaron en la cueva, la única salida disponible, aparte de las peligrosas grietas en el hielo. No tardaron en darse cuenta de que la cueva era artificial, cosa que no daba a entender la entrada, que posiblemente se había derrumbado debido al empuje del glaciar. A medida que iban avanzando, empezaron a aparecer extraños cristales de llamativos y preciosos colores decorando las paredes y del suelo. Transcurridas unas pocas horas, el lobo que se encontraba herido exhalaba su último aliento, ante los sollozos de su compañero. Era evidente que no eran lobos cualesquiera, el sentimiento que transmitía el animal sano no era el que mostraría un lobo mundano. Tras un par de días, llegaron a una estancia de ensueño, llena de esos mismos cristales, cuyas facetas refulgían y dotaban de un brillo fantasmal a la caverna. El lobo comenzó a ladrar, nervioso. No había salida, así que se pusieron a buscar algún recoveco o puerta simulada ante los ladridos y gruñidos cada vez más insistentes del lobo, al que no parecía gustarle encontrarse allí. Les costó algunas horas, pero al fin dieron con la posible puerta: un cristal del tamaño de un hombre que en realidad no se encontraba allí sino que parecía generado por los reflejos del resto de cristales de la estancia. Lo atravesaron, siempre ante la incomodidad del lobo, que finalmente les acompaño.

El cristal daba paso a una estancia de paredes pulidas como diamante, y cuya pared opuesta era un espejo. A medida que avanzaban por la estancia, los personajes podían ver cómo su reflejo en el espejo presentaba cada vez una edad más avanzada, por lo que dudaron de si era una buena idea acercarse a él. Tras mucho dudar e ir adelante y atrás, finalmente Leyon se decidió a tocarlo. Era una puerta arcana. Su mano pareció hundirse en el cristal, frío y áspero. Uno tras otro, todos lo atravesaron, resultando en un tránsito fácil para unos y traumático para otros. Demetrius incluso perdió la consciencia al atravesarlo.

La estancia a la que llegaron era totalmente distinta. Oscura y fría, de paredes de piedra bellamente trabajada. Estaba vacía, excepto por lo que había en el centro. Un potro de madera en forma de cruz en el que se encontraba atado un hombre. No un hombre, un elfo. Frente a él había una mesa, sobre la que yacía una espada. El sentimiento de culpa que invadió a todos los presentes -excepto a Ayreon- no dejó lugar a dudas. La espada era Faughor, y el delirante elfo atado al potro no era otro que Carontar, que emitía una ligera risa, mezclada con toses que agitaban su pecho. Parecía haber sido sometido a grandes tormentos, reguerillos de sangre seca caían de sus labios agrietados y churretes de lágrimas recorrían su sucio rostro. Sus ojos estaban irritados. Su ropa, inexistente. Su cuerpo no presentaba evidencias de haber sufrido tormento físico, pero no cabía duda de que lo había sufrido. Sonreía. Interrogado acerca de por qué se encontraba allí, sólo acertó a responder que allí había algo poderoso en extremo, que ni lo había visto venir y que si había hecho aquello con él los PJs no tendrían ninguna oportunidad. Era mejor que volvieran por donde habían venido y no continuaran, pues sólo encontrarían la muerte si seguían. El lobo no cesaba de ladrar al elfo, y en más de una ocasión intentó hacer que Leyon volviera por donde habían entrado, tirando de él, empujándole. La mente de Carontar, no muy sana en el pasado, parecía haberse roto definitivamente. Estaba contento con su destino, quería quedarse allí, pagando por sus pecados. Hasta que el grupo lo descolgó del potro -gracias a la mano de Laen de Demetrius que destrozó sus grilletes diamantinos-, no sin sus protestas. Entonces pareció reaccionar y dejar su actitud suicida. Cogió a Faughor y decidió que acompañaría a los PJs cuando estos manifestaron su intención de cruzar la puerta del otro lado de la estancia, pasara lo que pasara. La puerta era de acero y metales preciosos, y se abrió sin resistencia. El lobo se mostraba cada vez más nervioso, las orejas gachas y el pelo erizado.

La puerta se abría a una antesala, y ésta a su vez a una estancia enorme, con luz tenue procedente de los cristales del techo y las paredes. A unas docenas de metros se elevaban unas escaleras de escalones enormes, de unos cuatro o cinco pasos de profundidad cada uno. Tras cuarenta escalones, llegaron a una estancia aún más enorme, con el suelo de roca perfectamente pulido, casi reflejando la escena como un espejo, y sin ningún tipo de ornamento. Apenas se divisaba el techo de la caverna, si se podía llamar así. Se prolongaba unos cuantos cientos de metros hacia delante, y al otro lado parecía haber varias puertas. Pero lo que más les llamó la atención fue la especie de trono o sede que se erguía a unos doscientos metros de distancia, y sentado en él un hombre en su tardía madurez, con cabello blanco y rostro lampiño, vestido sólo con una especie de faldón que dejaba su torso al descubierto, y que se recostaba sobre el respaldo apoyando su mentón en una mano. Parecía agotado, y los observaba. Ahora que se daban cuenta, el lobo había enmudecido.

martes, 19 de julio de 2011

Impactos Críticos

Estamos de enhorabuena.



De las cenizas de Encuentros Aleatorios surge un nuevo punto de encuentro para todos los aficionados al rol: Impactos Críticos. La inmensa mayoría del equipo de EA se ha incorporado a IC, así que podemos estar seguros de que el contenido tendrá la misma (o mayor) calidad que el blog anterior.

Gracias por manteneros conectados y mucha suerte, IC.

viernes, 15 de julio de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 10

Salida de Creta.

Tras una conversación en el desayuno, decidieron ponerse en contacto con el culto a Vulcano que sabían presente en Cnossos. Se despidieron de Rentzias y partieron hacia la ciudad.

Tiberio y Cneo conocían al Sumo Sacerdote de la Congregación de Vulcano en Cnossos, Hanon, así que se dirigieron hacia el templo donde se solían reunir. Allí encontraron a una considerable cantidad de gente llevando ofrendas al dios, a los que organizaba un joven vestido con una túnica marrón, uno de los sacerdotes. Le preguntaron por Hanon. El muchacho los miró, extrañados.

  —Hanon ya no está aquí, honorables. Pero podéis hablar con el Sumo Sacerdote Eaco. Le avisaré de vuestra presencia —con una reverencia se retiró al interior del templo.

A los pocos momentos, el joven volvió acompañado por un hombre maduro, con el cráneo totalmente lampiño y unos profundos ojos azules, que les confirmó lo que les había dicho el joven Aris:

  —Es cierto, bienhallados. Nuestro hermano Hanon desapareció hace algunos meses.

Tiberio le preguntó si era posible hablar en un lugar más discreto, no allí delante de los peregrinos. Eaco le respondió que por supuesto, y los condujo rápidamente hasta su casa, cerca de donde se encontraban.

Sentados en el salón de Eaco junto con el joven Aris, el Sumo Sacerdote les relató hechos sumamente preocupantes. Durante los últimos meses, la mayoría de los sacerdotes de vulcano habían enfermado y muerto. A ellos se sumaba la desaparición de Hanon, sin que dejara instrucciones ni pistas sobre su paradero. Apenas quedaban cuatro ya, contando a Aris. La única pista que tenían sobre el paradero del antiguo sumo sacerdote era que alguien le había visto acompañado de una mujer egipcia el día anterior. El testigo había muerto aquejado por las fiebres, así que no podrían hablar con él, pero la opinión generalizada era que Hanon se había fugado con la mujer. Tiberio quería saber de una vez si Eaco era miembro del culto a Vulcano o por el contrario se trataba de un mundano sacerdote. Así que profirió la fórmula ritual que lo identificaba como Teúrgo:

  —Cielo en llamas y sangre carmesí.

Si Eaco hubiera sido un Teúrgo a su vez, habría tenido que contestar "es lo que ocurrirá si los dioses nos abandonan. ¿Qué haremos para remediarlo?", pero no fue así. En lugar de eso, se quedó extrañado mirando a Tiberio; no era miembro del Pacto Secreto, así que no tenía sentido permanecer más tiempo allí.

Tras darle las gracias al sumo sacerdote salieron de la casa. Zenata, agarrada en todo momento a la toga de Cayo Cornelio, le dijo al patricio que aquel hombre le había parecido muy feo. Cuando Cornelio le mencionó que no era para tanto aunque fuera mayor y calvo la niña se giró hacia él, extrañada, y dijo:

  —Pero si tenía el pelo rizado —se refería a Aris, que no sería en absoluto tildado de feo por un ojo adulto e imparcial.

Con los estómagos rugiendo, Lucio y Cornelio se marcharon a comer algo al foro, mientras que Cneo y Tiberio se dirigieron a unos baños públicos para relajarse. En los apodyteria Tiberio quedó algo rezagado mientras se cambiaba. Se puso en pie para dirigirse hacia las termas, y notó el frío filo de un puñal apoyado contra sus riñones. Una voz aflautada preguntó:

  —¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué buscáis a Hanon?

Ante el silencio de Tiberio, el extraño prosiguió:

  —Cielo en llamas y sangre carmesí.

El médico rebulló nervioso un instante, y optó por contestar, revelándose como miembro del Pacto Secreto. El cuchillo se clavó en su carne. Por suerte [punto de destino], dos hombres aparecieron justo en ese instante y gritaron, dando la voz de alarma. El tajo hizo sólo un leve corte y el extraño salió corriendo empujando a Tiberio, que cayó al suelo golpeándose la cabeza.

El grupo se reunió rápidamente. Era mejor que salieran de allí. Se dirigieron al barco de Íctinos Eléusida, anclado en el puerto. Allí deberían estar a salvo. Idara registraría la casa de Eaco en busca de alguna prueba incriminatoria y montaría guardia ante ella para detectar cualquier movimiento sospechoso que tuviera lugar.

Entrada la noche, Zenata despertó a Cayo. Éste pudo ver instantáneamente dos figuras que habían subido al barco y habían asesinado al guardia que Lucio había apostado, cuyo cadáver estaban apartando en esos instantes. Cayo despertó a Lucio Mercio con un gesto. Éste se preparó, al igual que el patricio. Tras deambular unos segundos, las dos sombras parecieron darse cuenta de dónde dormía Tiberio, y se dirigieron hacia él. No tuvieron oportunidad contra dos (ex)militares bien armados y preparados. Tiberio pudo salvar de la muerte a uno de ellos para intentar sonsacarle algo de información, pero no lo suficientemente bien como para hacerle recuperar la consciencia. Los tajos de Lucio y Cayo habían sido profundos, para evitar problemas.

Al volver Idara, les informó de que nadie había salido ni entrado de la casa de Eaco. Además, parecía un hombre honrado, a juzgar por los registros de cuentas que llevaba de la congregación.

El día siguiente decidieron levar amarras rápidamente. Enviaron marineros en busca de agua y provisiones y comenzaron a prepararlo todo. Partieron a las pocas horas, ante los refunfuños de Íctinos, que había llegado a un trato con un comerciante local para llevar un cargamento de melocotones que embarcarían en un plazo de tres o cuatro días. Cornelio le dijo que se haría cargo de las pérdidas, pero que era peligroso quedarse allí. Zarparon sin más dilación.

Íctinos había contratado dos marineros nuevos: uno joven y apuesto y otro más mayor que parecía algo retrasado, pero disciplinado y obediente. Al cabo de un par de días de la travesía hacia Alejandría se hizo casi imposible debido al tiempo, que había ido empeorando poco a poco. Era extraño, pues Tiberio disponía de un don proporcionado por Júpiter que le prevenía de los cambios de tiempo, y esto no lo había previsto. Algo pasaba, y seguramente sobrenatural. Tras algunas pesquisas infructuosas, decidieron interrogar a los dos marineros nuevos, Erato, el joven, y Peleas, el lento, mientras el barco daba violentos bandazos que amenazaban con llevarlo a pique en cualquier momento.

El interrogatorio y la intimidación probaron ser inútiles, hasta que Cornelio ordenó que registraran sus pertenencias personales. Peleas se mostró muy nervioso e intentó impedirlo. Cornelio le dio una bofetada y ordenó atarlo. Cneo y Tiberio encontraron entre las pertenencias del marinero una pequeña cajita plateada, abierta. Una cajita que lucía un trabajo de orfebrería fuera de lo normal y que llevaba abierta. Algunos símbolos relacionaban la cajita con el Culto a Vulcano, a los ojos expertos de los Teúrgos. Volvieron rápidamente a la sala, y enseñaron la cajita a Peleas, que rompió a llorar farfullando que era suya, que se la devolvieran por favor. No hizo falta mucha insistencia para que revelara su origen: la tenía una mujer en el puerto, y era tan bonita que se la pidió, aunque no tenía dinero. La mujer dijo que se la daría si se enrolaba en el Ática y una vez a bordo la mantenía abierta. Tiberio la cerró en el acto, era evidente que era la causante de las dificultades de su viaje.

Cornelio tranquilizó a Peleas. Era evidente que el hombre no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, y era estúpido tomar represalias contra él, pues se limitaba a llorar y a pedir la caja, que era "su tesoro". No fue demasiado difícil para el patricio hacer gala de sus dotes manipulatorias y convencer a Peleas de tomar en lugar de la caja otro objeto que le mostró. El marinero se calmó y volvió contento a sus labores.

A las pocas horas de haber cerrado la caja, la tormenta amainó y el mar se tornó plácido. ¿Era posible que el Culto a Vulcano se hubiera aliado con el Culto a Plutón? La cajita así lo daba a entender, aunque también era posible que los hubieran utilizado o incluso esclavizado. Otro motivo más para ser prudentes.

Por fin, los ciento veinte metros de altura del gran Faro de Alejandría alzándose a lo lejos les indicaron la llegada a la ciudad Egipcia, sede de la Gran Biblioteca.

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 32


El campo de éstasis donde se encontraban confinados los apóstoles y Adrazôr parecía, o mejor dicho era, impenetrable. Como recurrir a los poderes de Eltahim era harto peligroso debido a la falta de control sobre los efectos colaterales, optaron por la que pensaron era la mejor de las opciones: dejar a los prisioneros allí en espera de una mejor ocasión para hacerse con ellos. Inmediatamente continuarion su viaje hacia el norte.

Las tormentas y ventiscas se hacían cada vez más frecuentes, lo que les dificultaba el viaje sobremanera. Días y días pasaron entre niebla, viento, lluvia, nieve y hielo, pero la moral del grupo se mantenía estoica por sobre todas las dificultades.

Pasados tres días desde la reanudación, tras los rezos vespertinos de Ayreon, éste notó cómo Norafel se comunicaba con él desde Églaras. El arcángel le informó de que debía marcharse al menos durante una temporada, porque había sido reclamado en otro lugar. Ayreon comprendió inmediatamente la situación y bendijo su marcha. Al informar al resto del grupo, cundió el desánimo, no así en Ayreon, que fue el único que mantuvo el optimismo, confiado en que era Emmán quien había reclamado a su primer arcángel, demostrando así que seguía presente.

Esa misma noche, Demetrius abrió su mente a la consciencia celestial [tirada abierta] y pudo detectar cómo el plano celestial "tocaba" ligeramente a Ayreon. Era algo muy extraño, y esa fue la única palabra que se le ocurrió para describir el fenómeno que percibía.

Tras varios días de viaje, pudieron llegar a vislumbrar una cadena montañosa a lo lejos, entre brumas en el horizonte. Se dirigían directamente hacia allí, según Leyon. De repente, oyeron un leve ladrido perruno. En la distancia pudieron distinguir a duras penas un grupo de tres figuras humanoides vestidas con pieles blancas junto a tres trineos tirados por perros. Era inútil y posiblemente peligroso intentar acercarse, así que decidieron continuar aun a costa de estar siendo observados. El clima cada vez era peor. El cansancio y el fío empezó a hacer mella en ellos, y sus fuerzas empezaban ya a flaquear [pérdida de puntos de vida a largo plazo].

Demetrius tuvo que dormir de nuevo, y otra vez se dispusieron a rechazar cualquier amenaza que se presentara con Eltahim apostada defendiéndolo. Por suerte, esta vez no apareció nadie. El sueño de Demetrius se completó aún más. Esta vez llegó al fondo del abismo, donde millares de espíritus incorpóreos se revolvían en una agonía eterna, torturadas por demonios que se podían intuir aquí y allí. Los demonios no tardaron en reparar en Demetrius, y comenzaron a castigar su cuerpo y su mente, causándole un sufrimiento indescriptible. En el mundo real era presa de unas terribles convulsiones y tristes llantos. Mientras tanto, Ayreon consiguió entrar en el mundo onírico, y en el lugar donde dormía Demetrius se encontraba la misma figura acurrucada de siempre, más definida que la última vez. Parecía un muchacho de unos trece años, y al tocarlo, levantó su rostro bruscamente; sus ojos eran negros como la noche y el paladín se vio más afectado de lo que le hubiera gustado.

Más tarde, comentando todas las escenas, el grupo supuso que la esencia de Korvegâr se estaba materializando de alguna manera aprovechando el sueño de Demetrius. Pero esto no eran más que puras especulaciones, por supuesto.

Ayreon volvió a entrar en el mundo onírico la noche siguiente, aprovechando la vigilia de Demetrius. Esta vez no había ninguna figura presente.

Algunos días después se internaban en la cordillera a la que habían ido acercándose progresivamente. La accidentada orografía y el mal tiempo probaron ser grandes reto para el cansancio del grupo. En una caída, Ayreon sufrió una grave herida y tuvo que ser transportado por Eltahim hasta la torre Emmolnir para que le trataran rápidamente. El viaje no fue fácil para la targia, ya que Ayreon parecía interferir sus habilidades de irrealidad, pero finalmente lo consiguieron. En la torre, Ayreon se despertó en una cama donde todo el mundo lo miraba extrañado. Se había recuperado sin ayuda de nadie, algo que parecía imposible. Interrogado sobre si volverían pronto y sobre si iban a hacer algo respecto a la torre que "se encontraba en el limbo", el paladín no pudo sino dar respuestas poco convincentes. Fue informado de que contínuamente debía haber varios paladines apostados a su alrededor porque esporádicamente aparecían criaturas de pesadilla procedentes de no se sabía dónde. La preocupación de la pareja fue mayúscula, pero tenían otras cosas entre manos en ese momento.

Pasados poco más de veinte días de viaje llegaron finalmente a un valle glaciar por el que avanzaron a duras penas. Hasta que, de súbito, se encontraron con una manada de una veintena de lobos que les impidió seguir. No les atacaron, ni daban muestras de agresividad. Se situaron alrededor del grupo e impedían que siguieran hacia donde se dirigían. Podían retroceder, pero no avanzar. Extraño de verdad. Tras varios intentos infructuosos de despistar a los lobos, decidieron que la única manera de avanzar sería abrir un túnel a través del hielo del glaciar que les condujera lejos hacia delante, haciendo uso de las especiales habilidades de Demetrius y los Rastreadores. Durante un par de jornadas, Demetrius, Leyon, Adens y Arixos se dedicaron a horadar el hielo mientras Ayreon, Ezhabel, Eltahim y Terwäranya despistaban a los lobos en la superficie. Y al alcanzar el túnel una longitud de unos 300 metros, se derrumbó bajo sus pies, provocando una caída masiva de hielo y nieve, entre un gran estruendo.

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 31


El grupo optó por alejarse del lugar y no arriesgarse a ser descubiertos por el ejército de la sombra. Si los adastritas habían conseguido huir, debían de encontrarse a salvo en la fortaleza enana, y por el momento no veían la forma de pasar el cerco y contactar con el interior. Haciendo uso de los "saltos" de Adens y Arixos se alejaron varios kilómetros, hasta que estuvieron lo suficientemente lejos para que Ayreon pudiera canalizar con seguridad hacia Car'a'Doc. Así lo hizo el paladín, pero sin éxito. Supusieron que la fortaleza enana estaría escudada contra sortilegios procedentes del exterior.

Asumiendo que los adastritas, Car'a'Doc y lo que quiera que fuera a lo que se refería en su carta se encontraban a salvo en la montaña (y si no era así, tampoco veían la posibilidad de arreglar nada quedándose allí), optaron por seguir el impulso de Leyon y continuar viaje hacia el norte, al encuentro de lo que allí les esperase.

La segunda noche fue especialmente dura en cuanto al clima, así que no les quedó más remedio que buscar una cueva profunda donde guarecerse. Por desgracia, la cueva era la guarida de una pareja de osos de dientes de sable y sus cachorros, criaturas enormes y peligrosas que pusieron en serios aprietos a los personajes [Punto de destino para evitar a Leyon la amputación de una mano y, en última instancia, la muerte]. Ayreon, Ezhabel y Leyon estuvieron a punto de morir debido a las heridas.

Tras recuperarse y aprovechando una leve mejora en las condiciones meteorológicas, continuaron su periplo hacia el norte. Demetrius mantuvo una interesante conversación con Adens sobre su búsqueda del Albor y sus implicaciones metafísicas. Adens no sabía (o decía no saber) con exactitud cómo se presentaría su dios, pero lo que era seguro es que se instauraría un nuevo orden en el mundo.

Con la guía de Leyon viajaron durante varias jornadas interminables. Al cabo de varios días, atravesaron una cordillera volcánica donde fueron capaces de encontrar varias dosis de una hierba que podría mantener a Demetrius despierto durante largos períodos de tiempo.

Una vez atravesada la cordillera, llegaron a la antesala de los Campos Níveos de Losia, llanura que se extendía más allá de donde alcanzaba la vista. Siguieron una calzada semienterrada en la nieve y el hielo. A las pocas horas de encontrarse al raso, varias criaturas voladoras -dracasus- aparecieron desde el sur, montadas por sus correspondientes jinetes. Indudablemente, los estaban buscando, seguramente atraídos por los sueños intermitentes de Demetrius, y los habían descubierto.

Finalmente, Demetrius tuvo que dormir, y su sueño tuvo el efecto que ya venía siendo habitual. Ayreon, dormido y en el mundo onírico, pudo ver cómo al poco tiempo varias figuras empezaban a llegar a la escena. Figuras que se formaban y desaparecían enseguida. Todavía no lo sabía, pero las figuras se estaban materializando en el mundo real. Ezhabel y Leyon, junto a Eltahim y el resto, se encontraban velando el sueño de Demetrius, el cual lloraba desconsoladamente entre fuertes espasmos. De repente, Ezhabel notó cómo alguien canalizaba poder hacia ella de forma hostil, lo que le puso los pelos de punta y le causó un escalofrío. Al menos cinco figuras vestidas con túnica de apóstol se habían materializado tras ellos. Con Leyon no lo tuvieron tan difícil, y su alma fue robada casi al instante. Ezhabel no lo pensó. Convocó a Nirintalath y se lanzó hacia los intrusos. Ayreon despertó enseguida. Ezhabel asestó un golpe mortal al que había privado a Leyon de su alma, y éste recuperó la consciencia a los pocos momentos. Justo antes de que otro de los apóstoles dirigiera su hechizo hacia Nirintalath y consiguiera hacerse con su esencia. Mientras, los otros tres estrellaban sus sortilegios contra Ayreon, sin que éste pareciera notarlos. Églaras acabó fácilmente con la vida de uno de ellos, así que los demás optaron por desaparecer rápidamente.

Los cadáveres de los apóstoles se habían hecho cenizas nada más perder la vida, y allí habían quedado sus amuletos y artefactos, la mayoría anillos. Ayreon los puso a buen recaudo en una bolsa de cuero. Ezhabel se encontraba profundamente afectada. Nirintalath había perdido su brillo y ahora no era más que una espada de bella factura, pero sin vida. Se la habían arrebatado. Tuvo que sobreponerse rápidamente, tragándose la pena y la rabia que la atormentarían los días siguientes.

Cansada de la situación, Eltahim propuso al grupo un plan para encargarse de los apóstoles la próxima vez que Demetrius soñara. El resto del grupo debería alejarse y Demetrius correría peligro, pero no veían otra salida, así que se mostraron de acuerdo. La targia también mencionó que Ayreon debería alejarse más que los otros, porque de alguna manera, últimamente estaba interfiriendo con sus habilidades de alteración de la realidad.

Respecto al sueño de Demetrius, todo había sido igual excepto que ahora se encontraban allí todos los kaloriones al completo. Había tardado bastante en despertar, pero lo que contaba era que lo había hecho. Sin embargo, su depresión había aumentado. Cada vez que se hundía en la grieta de su sueño despertaba más sombrío, más huraño.

Transcurridos varios días, ya internados de lleno en los campos níveos, pudieron ver un halcón peregrino procedente del norte, que dio tres vueltas a su alrededor y a continuación volvió por donde había venido. El viaje estaba siendo agotador, y el frío y el clima dificultaban sobremanera su avance. Esa noche, Demetrius debería dormir de nuevo.

Y así lo hizo. Eltahim se apostó cerca de él mientras el resto del grupo se alejaba varios cientos de metros, al límite del alcance visual para que Adens o Arixos los transportaran a la escena si había problemas. Todo sucedió muy rápido. Cinco figuras aparecieron junto a la hoguera. De repente, la visión del grupo al completo pareció nublarse y por un momento, el frío reinante se tornó en calor abrasador. Nada más. Se acercaron sin tardanza. Eltahim estaba tirada junto a las rocas, víctima de una Canalización Oscura que la había dejado en coma, y en un campo de éstasis presumiblemente creado por ella se encontraban un apóstol de Trelteran, dos apóstoles de Adrazôr, ¡y el propio Adrazôr en persona! La quinta figura había conseguido escapar, tejiendo su maldición sobre Eltahim. No obstante, esto no supuso demasiado problema para Ayreon, que la anuló sin tardanza.

Tres apóstoles y un kalorion. Unos prisioneros sumamente interesantes -y peligrosos-.