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lunes, 25 de julio de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 35


Durante los pocos días en los que Heratassë se dedicó a reunir los restos del pueblo losiar Ezhabel visitó muy a menudo a Elsakar, que se mostraba cada vez más inquieto. Extrañado de tantas atenciones, el príncipe expresó su pesar a la semielfa por no poder corresponderle en sus sentimientos, a lo que esta respondió que estaba equivocado, y que sus visitas no eran sino el producto de la extraña sensación de protección que le inspiraba el adastrita. Aclarado el malentendido, las visitas ya discurrieron con más normalidad.

Demetrius y Leyon se dedicaron a recorrer el mausoleo, donde vieron al menos una docena de estancias en cuyos centros yacían enormes sarcófagos, que supusieron albergaban los restos de los últimos Dragarcanos. El bardo también preguntó a Elsakar por sus creencias, a lo que éste respondió que "no rezaba mucho".

Carontar recuperó la consciencia, bajo la estrecha vigilancia de Ayreon. Hacía días que Faughor había perdido su poder divino, y ahora era una simple espada larga que yacía cerca de la cabecera del elfo. Éste se mostró extremadamente angustiado por no detectar ningún indicio de su antiguo dios, la congoja le poseía. Ayreon trató de compartir sus experiencias de abandono con él, tranquilizándolo en la medida de lo posible, y tratando de convencerle de que había hecho lo correcto. La Luz lo requería otra vez a su lado. Al menos, lo consoló lo suficiente para evitar su suicidio.

Pasados tres días, Heratassë volvió al mausoleo, y prepararon la partida sin tardanza. El dragarcano expresó su reticencia a que Carontar les acompañase, pero finalmente lograron convencerle. Al salir al exterior, el lobo de Leyon ladró alborozado cuando el resto de su manada se reunió con el grupo, en total una treintena de enormes lobos blancos. Los losiares ascendían a un número de sesenta mil, la mitad de los cuales eran guerreros válidos. Los Mediadores habían sido minuciosos en sus masacres. Disponían de enormes trineos que los trasladarían hacia el norte. Tras ordenar a la gente en seis contingentes distintos y repasar los planes pertinentes, partieron. Durante el viaje, interrogaron a Heratassë por los lobos. Él respondió que siempre se había llevado bien con los animales, y particularmente con esa especie, pero hacía varias semanas que habían cambiado de manera perceptible, no sabía muy bien en qué, pero los notaba diferentes, más inteligentes si cabía. El segundo día Carontar intentó lanzarse a un lago helado, desesperado por el silencio de su dios. Afortunadamente, Ayreon lo retuvo y lo volvió a consolar. Ezhabel, por su parte, le habló sobre la necesidad que el pueblo élfico tenía de ellos, y eso pareció conmoverle más profundamente. Parecía que no había olvidado a su pueblo, después de todo.

El cuarto día, Adens informó de que algo malo había pasado. Había perdido el vínculo con Arixos hacía unos momentos.Eso sólo podía querer decir dos cosas: o que se había quitado el pendiente que los unía o que había muerto. ¿Acaso Urion habría hecho de las suyas?

El sexto día, Ayreon mantuvo una conversación con Carontar, insistiendo sobre su responsabilidad sobre el pueblo élfico. Y al parecer, ahí encontró un cabo al que asirse y evitar caer al precipicio de la locura. El líder de los losiares, Adiartok, se reunió con Leyon para preguntarle por hechos del Imperio, para averiguar cuáles eran sus planes respecto a ellos, y si les devolvería lo que Adastra les había robado. Leyon fue muy diplomático. Recalcó el hecho de que si Elsakar era el futuro rey de Adastra, era una garantía de que se haría lo correcto. El losiar asintió, aparentemente satisfecho.

El octavo día los losiares quedaron en una meseta previa a la gran cordillera que se alzaba ante ellos, protegidos de los elementos y los enemigos,y con caza y pesca abundante. Allí comenzaron a establecerse en espera de tiempos mejores. Con ellos quedó Eltahim, que al estar embarazada (ya de cinco meses) era demasiado vulnerable para tal viaje. El resto del grupo, Adiartok y varios exploradores continuaron el camino.

Varios días viajaron entre valles y laderas, ascendiendo. Hasta que cierto día, cuando según Heratassë llegaron a la base de la montaña tras la que se encontraba el valle que era su destino, el tiempo empeoró y una terrible ventisca se abatió sobre ellos. Heratassë les habló de los dos elementales de tierra y aire que él y sus hermanos crearon para actuar como guardianes del valle-prisión de los Altos Dragones. Creía que ya habrían desistido de su misión, pero al parecer no era así. Continuaron varias horas más, hasta que el viento cortó su piel y el frío atirió sus extremidades. El ruido no dejaba oír ni siquiera sus pensamientos. La tierra empezó a temblar. Heratassë no cesaba de gritar con su estentórea voz en una lengua desconocida, mientras sus músculos y sus venas se tensaban como cables: "¡¡¡Urtah, Marabdis, do'ighalân, ra maur kagar agalentáráma!!! ¡¡¡Urtah, Marabdis, ra maur NORDEN ALOGRÁNTO!!!". Urtah y Marabdis eran los nombres de los elementales, y tenían el tamaño de montañas. El grupo al completo sintió el vello erizado debido a la corriente de poder que emanaba de Heratassë. El suelo se abrió a sus pies, y varios de ellos cayeron. Gracias a que iban atados con cuerdas pudieron evitar la muerte. La grieta comenzó a cerrarse mientras todavía se encontraban en ella y una lluvia de rocas dejó a varios inconscientes. La nieve se convirtió en granizo afilado como cuchillas que azotaba sus rostros y sus cuerpos sin piedad. El viento los derribaba y tenían que caminar a gatas, y aún así caían porque la tierra temblaba cada vez más violentamente.

No les quedó más remedio que volver atrás. Heratassë no tenía el poder necesario para enfrentarse a los dos elementales por sí solo. Habían sido creados con la ayuda de al menos una docena de dragarcanos, y tal poder no podía esgrimirlo él solo. Tras una larga conversación Demetrius le habló de Mandalazâr, el arpa del maestro cantor, y cómo le había permitido acceder a reservas inefables de poder arcano. Tras pensarlo, el dragarcano coincidió con él en que podría ser una solución; tendrían que encontrar el arpa y volver allí cuando la hubieran conseguido.

Volvieron con los losiares, exhaustos, y agradecieron sobremanera el cálido recibimiento que les ofrecieron. Heratassë se retiró a meditar, y al día siguiente apareció con la noticia de que había conseguido detectar la impronta del arpa. Era extraño, porque estaba seguro de que había detectado el arpa en el lejano Oeste, en lo que debía de ser Krismerian, pero también la había detectado a la vez fuera del plano donde se encontraban, algo que no comprendía. Lo que parecía claro era que tendrían que viajar a Krismerian para encontrar el artefacto.

Esa misma noche, Ayreon tuvo un profundo sueño, que fue llenándose progresivamente de una sensación de urgencia y de peligro, hasta que una voz real y muy conocida lo inundó todo en él. "¡¡¡Aýudame Ayreon!!!" -gritó Selene. El paladín despertó sobresaltado.

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