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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 20 de julio de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 33


El hundimiento se extendió varios cientos de metros hacia todas las direcciones sobre el glaciar, por lo que Ayreon, Ezhabel y compañía se encontraron también de repente hundiéndose entre toneladas de nieve y hielo hacia el interior del glaciar. Tras unos segundos interminables, se hizo la calma, y la oscuridad para ambos grupos.

Demetrius y Leyon habían llegado hasta la base del glaciar, ya que lo que pisaban era roca y tierra. Estaba oscuro, pero eso no era demasiado problema para Demetrius, que creó luz con sus poderes bárdicos. Debía de tratarse de una escisión o grieta en el glaciar, y los trozos de hielo y la nieve al caer habían formado una cúpula irregular a varios metros sobre el suelo. El hueco era tortuoso y se extendía a lo largo de unos cien metros. Contínuamente se oían chirridos y caía polvo de nieve: el hielo amenazaba con hundirse de un momento a otro. Arixos había desaparecido, pero no tardaron en encontrarlo con un brazo roto, que entablillaron enseguida.

La situación del grupo de Ayreon era incluso más precaria. El paladín se encontraba atrapado en el hielo, en la oscuridad. Oía a Terwäranya y a Ezhabel. Le ayudaron a liberarse del hielo y en cuanto consiguieron hacer luz vieron dónde se encontraban. Era una especie de burbuja en el centro del glaciar sobre la que había caído gran cantidad de hielo y nieve. De la burbuja salían (o llegaban) multitud de angostas grietas. Eltahim se encontraba también atrapada en la nieve, inconsciente y con una pierna rota. Una vez tratada la pierna de la targia, que seguía inconsciente, acordaron que Ezhabel, haciendo uso de su agilidad y flexibilidad, entraría en las grietas en busca de una salida o del resto del grupo. Y así lo hizo, llevando una antorcha que, aunque necesaria, podía comprometer la estabilidad del hielo que la rodeaba.

Demetrius y Leyon oyeron unos gemidos extraños procedentes de un hueco lateral. Acercándose con sigilo, vieron que se trataba de dos de los lobos de la superficie que debían de haberse visto arrastrados por el derrumbamiento. Los animales se mostraron hostiles, hasta que Leyon hizo uso de sus habilidades empáticas. Curó la pata del lobo herido lo mejor que pudo, y el otro animal le mostró su agradecimiendo tocándolo levemente. Mientras tanto, Adens había descubierto una pequeña cueva que se internaba en el suelo en diagonal. Se trasladaron todos a la entrada de la cueva para estar más seguros ante un posible derrumbamiento, y Leyon dirigió a los lobos hacia ella, con gran esfuerzo para trasladar al enorme lobo herido [100 en "manejar animales"]. Los lobos le mostraron su gratitud con roces y lametones. Parecía haber ganado dos aliados. Ahora que se fijaba, los lobos parecían tener un color de ojos más pálido que el que habían tenido en el exterior. Tras una breve charla, todos acordaron que Leyon, con sus sentidos enaltecidos, exploraría los túneles de la "burbuja" para intentar oír o sentir de alguna otra forma a sus compañeros desaparecidos.

Ezhabel fue y volvió a través de las estrechas grietas. Más de una vez tuvo que regresar ante la imposibilidad de avanzar, y estaba sudando, casi agotada. En el que iba a ser su último intento, quedó atrapada. No podía liberarse. Intentó maniobrar con la antorcha, pero imposible. El hielo crujía y parecía que cada vez la aplastaba más. Tuvo que tirar bruscamente. Y al mover el bloque de hielo que la retenía, se produjo un nuevo derrumbe, arrastrando también a Ayreon, Terwäranya y Eltahim. Estos últimos vieron su caída de nuevo detenida en una "burbuja". Un bloque de hielo cayó sobre el brazo izquierdo de Ayreon, provocándole una hemorragia abundante, que no pudieron detener. Y ni rastro de Ezhabel. El paladín cayó en la inconsciencia, ante los sollozos de Terwäranya.

En la cúpula de Leyon y Demetrius se dejó sentir el derrumbamiento. Cayeron varios trozos de hielo y las grietas de los lados se expandieron un poco más. Así que Leyon decidió investigar a través del laberinto de fisuras para intentar encontrar al resto cuanto antes. Y no tardó en hacerlo. Con su oído mejorado, escuchó fácilmente a varios metros de distancia a través del hielo los sollozos y gritos de Terwäranya. Con grandes dificultades superadas por los pelos, pudo deslizarse entre el hielo y llegar a la abertura donde se encontraba el grupo. La clériga elfa había cosido la vena del brazo de Ayreon lo mejor que había podido, pero éste estaba inconsciente y aparentemente muerto. Leyon intentó reanimarlo, sin éxito, mientras Adens llegaba a la abertura y se reunía con ellos. Consciente de la inutilidad de sus actos, decidió buscar a Ezhabel rápidamente, porque la olía cerca, en el suelo. Adens coincidía con él. Tras escarbar durante unos momentos, encontraron la mano de la semielfa, inerte. La sacaron a la superficie y le dieron calor rápidamente. Hacía bastante rato que su corazón se había parado, pero consiguieron reanimarla in extremis.

Haciendo uso de los poderes de Demetrius y los Rastreadores, consiguieron abrir un camino en el hielo para llegar hasta la cueva donde se encontraban Arixos y los lobos. Allí encendieron un pequeño fuego y descansaron. Ezhabel no tardó demasiado en despertar, para lo que había sufrido. Su mente le daba vueltas y todo el cuerpo le dolía; estaba totalmente embotada. Terwäranya le dio agua, que le supo a néctar celestial. Y entonces vio a Ayreon tendido y manchado de sangre, y a Leyon y Demetrius rezando de rodillas sobre él. Comprendió. Se arrastró desesperada hacia allí, gritando y llorando. Terwäranya y ella se abrazaron, llorando desgarradoramente. Aquella situación podía acabar con los nervios de cualquiera.

Finalmente, Ezhabel y Terwäranya se durmieron, agotadas. Eltahim ya había recuperado la consciencia, pero también tenía que dormir, igual que Arixos. Demetrius y los Adens se encontraban a la entrada de la cueva debatiendo sobre la situación. La cueva parecía adentrarse en las montañas de la base del glaciar, y parecía la única salida que tenían. Leyon continuaba rezando, arrodillado junto a Ayreon, mientras el sueño lo vencía poco a poco. Justo antes de caer dormido, le pareció que Ayreon abría los ojos. Qué bonito sueño sería. Cayó agotado sobre el pecho del paladín.

Ayreon despertó justo cuando Leyon caía dormido sobre él. Lo apartó con cuidado y se puso en pie. Demetrius y Adens no podían dar crédito a sus ojos cuando vieron al paladín caminar hacia ellos. De hecho, la primera reacción de los dos fue de desconfianza hasta que Ayreon demostró que realmente era él mismo. Sin embargo, algo raro pasaba, el propio Ayreon reconoció que ahora le parecía oír voces extrañas y que tenía recuerdos que no comprendía.

Al despertar el resto del grupo, lágrimas y risas aparecieron por igual. Ezhabel abrazó al paladín sin reservas. No obstante, todos se extrañaron de la más que aparente confusión de Ayreon y de la milagrosa recuperación. Apenas había ya restos de la fea herida que había sufrido en el brazo. Arixos le pidió permiso para leerle la mente, y el paladín por supuesto se lo dio, no sin antes advertirle que podían pasar cosas extrañas. Al intentarlo, el Rastreador abrió mucho los ojos y cayó inconsciente; por suerte, sin mayores complicaciones. Sólo que al despertar, Arixos no recordaría qué había visto en la mente de Ayreon.

Demetrius abrió su mente a la consciencia celestial. La Esfera celeste aparecía como pura negrura, con unos pocos puntos de luz. Algo bastante inquietante. Ayreon, por su parte, era incapaz de percibir a Emmán; sin embargo, estaba en posesión del poder que esgrimía normalmente.

Una vez que hubieron descansado, se internaron en la cueva, la única salida disponible, aparte de las peligrosas grietas en el hielo. No tardaron en darse cuenta de que la cueva era artificial, cosa que no daba a entender la entrada, que posiblemente se había derrumbado debido al empuje del glaciar. A medida que iban avanzando, empezaron a aparecer extraños cristales de llamativos y preciosos colores decorando las paredes y del suelo. Transcurridas unas pocas horas, el lobo que se encontraba herido exhalaba su último aliento, ante los sollozos de su compañero. Era evidente que no eran lobos cualesquiera, el sentimiento que transmitía el animal sano no era el que mostraría un lobo mundano. Tras un par de días, llegaron a una estancia de ensueño, llena de esos mismos cristales, cuyas facetas refulgían y dotaban de un brillo fantasmal a la caverna. El lobo comenzó a ladrar, nervioso. No había salida, así que se pusieron a buscar algún recoveco o puerta simulada ante los ladridos y gruñidos cada vez más insistentes del lobo, al que no parecía gustarle encontrarse allí. Les costó algunas horas, pero al fin dieron con la posible puerta: un cristal del tamaño de un hombre que en realidad no se encontraba allí sino que parecía generado por los reflejos del resto de cristales de la estancia. Lo atravesaron, siempre ante la incomodidad del lobo, que finalmente les acompaño.

El cristal daba paso a una estancia de paredes pulidas como diamante, y cuya pared opuesta era un espejo. A medida que avanzaban por la estancia, los personajes podían ver cómo su reflejo en el espejo presentaba cada vez una edad más avanzada, por lo que dudaron de si era una buena idea acercarse a él. Tras mucho dudar e ir adelante y atrás, finalmente Leyon se decidió a tocarlo. Era una puerta arcana. Su mano pareció hundirse en el cristal, frío y áspero. Uno tras otro, todos lo atravesaron, resultando en un tránsito fácil para unos y traumático para otros. Demetrius incluso perdió la consciencia al atravesarlo.

La estancia a la que llegaron era totalmente distinta. Oscura y fría, de paredes de piedra bellamente trabajada. Estaba vacía, excepto por lo que había en el centro. Un potro de madera en forma de cruz en el que se encontraba atado un hombre. No un hombre, un elfo. Frente a él había una mesa, sobre la que yacía una espada. El sentimiento de culpa que invadió a todos los presentes -excepto a Ayreon- no dejó lugar a dudas. La espada era Faughor, y el delirante elfo atado al potro no era otro que Carontar, que emitía una ligera risa, mezclada con toses que agitaban su pecho. Parecía haber sido sometido a grandes tormentos, reguerillos de sangre seca caían de sus labios agrietados y churretes de lágrimas recorrían su sucio rostro. Sus ojos estaban irritados. Su ropa, inexistente. Su cuerpo no presentaba evidencias de haber sufrido tormento físico, pero no cabía duda de que lo había sufrido. Sonreía. Interrogado acerca de por qué se encontraba allí, sólo acertó a responder que allí había algo poderoso en extremo, que ni lo había visto venir y que si había hecho aquello con él los PJs no tendrían ninguna oportunidad. Era mejor que volvieran por donde habían venido y no continuaran, pues sólo encontrarían la muerte si seguían. El lobo no cesaba de ladrar al elfo, y en más de una ocasión intentó hacer que Leyon volviera por donde habían entrado, tirando de él, empujándole. La mente de Carontar, no muy sana en el pasado, parecía haberse roto definitivamente. Estaba contento con su destino, quería quedarse allí, pagando por sus pecados. Hasta que el grupo lo descolgó del potro -gracias a la mano de Laen de Demetrius que destrozó sus grilletes diamantinos-, no sin sus protestas. Entonces pareció reaccionar y dejar su actitud suicida. Cogió a Faughor y decidió que acompañaría a los PJs cuando estos manifestaron su intención de cruzar la puerta del otro lado de la estancia, pasara lo que pasara. La puerta era de acero y metales preciosos, y se abrió sin resistencia. El lobo se mostraba cada vez más nervioso, las orejas gachas y el pelo erizado.

La puerta se abría a una antesala, y ésta a su vez a una estancia enorme, con luz tenue procedente de los cristales del techo y las paredes. A unas docenas de metros se elevaban unas escaleras de escalones enormes, de unos cuatro o cinco pasos de profundidad cada uno. Tras cuarenta escalones, llegaron a una estancia aún más enorme, con el suelo de roca perfectamente pulido, casi reflejando la escena como un espejo, y sin ningún tipo de ornamento. Apenas se divisaba el techo de la caverna, si se podía llamar así. Se prolongaba unos cuantos cientos de metros hacia delante, y al otro lado parecía haber varias puertas. Pero lo que más les llamó la atención fue la especie de trono o sede que se erguía a unos doscientos metros de distancia, y sentado en él un hombre en su tardía madurez, con cabello blanco y rostro lampiño, vestido sólo con una especie de faldón que dejaba su torso al descubierto, y que se recostaba sobre el respaldo apoyando su mentón en una mano. Parecía agotado, y los observaba. Ahora que se daban cuenta, el lobo había enmudecido.

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