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viernes, 12 de agosto de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 57


Cuando Leyon despertó por la mañana, hacía rato que Selene se había marchado. Una de sus apóstoles le invitó "con amabilidad" a salir de allí rápidamente. No tuvo más remedio que hacerlo. El rápido vistazo que le dio tiempo a echar a la habitación reveló que el arcón con las Kothmorui ya no se encontraba allí.

Se dirigió rápidamente a los aposentos de Demetrius, donde le informó sobre las seis Dagas Negras que obraban ahora en posesión de Selene. El bardo se vistió apresuradamente y salieron a encontrarse con el resto del grupo. Al abrir la puerta, se toparon de frente con Azalea, que venía a visitar a Demetrius. Éste le dijo a Leyon que se adelantase, luego acudiría a reunirse con ellos.

Azalea y Demetrius se expresaron su mutua alegría por la recuperación de Eltahim. Tras la charla trivial, Azalea adoptó una pose más seria. Esa mañana se había despertado pronto y había salido a los jardines; allí se había encontrado con Selene. Ésta le había propuesto entrar a su servicio, como una de sus apóstoles. Le había mostrado el poder que podría llegar a conseguir, y lo más importante, le había prometido venganza por las muertes de su padre y de su hermano que había tenido lugar en Haster. Azalea le preguntó su opinión. Demetrius abrió la boca, incrédulo, pero intentó mantener la compostura y razonar con su mujer.
  —No te obligaré a hacer nada ni a elegir nada, Azalea, pero mi consejo es que no aceptes —Demetrius tomó la mano de su esposa entre las suyas—. Lo que sí te pido es que lo pienses muy bien, y si puedes, espera un poco más a que se despeje nuestra situación con Selene. Sigue sirviendo a la Sombra, y no podemos ignorar ese hecho.

Azalea le contestó que le haría caso, que esperaría un poco más antes de dar la respuesta, pero la vida entre los Paladines de Emmán, aunque tranquila, la estaba desesperando, y la muerte de sus parientes la estaba carcomiendo por dentro. Demetrius le ofreció el consuelo que necesitaba y le prometió hacer lo posible por castigar a los culpables.

Tras la conversación, Demetrius intentó encontrar a Selene en sus habitaciones, pero la elfa no se encontraba allí. Una de sus apóstoles afirmaba ignorar dónde se encontraba o cuándo volvería.

Entre tanto, Leyon había acudido a hablar con Ezhabel y se dirigió junto con ella a la Sala Blanca. Allí se encontraron con Ayreon, que se encontraba estudiando los papeles que había cogido del escritorio de Trelteran, un tanto obsesionado. Demetrius llegó a continuación y compartieron el asunto de las Dagas Negras. Empezaron a discutir sobre la conveniencia de reunir tantas de ellas sobre una misma persona, del aislamiento de Selene y de si sería capaz de levantarlo con las Dagas. Inconscientemente, Leyon pensó en Adens al hablar del aislamiento. Para su sorpresa, éste no tardó en presentarse en la sala. Adens era de confianza, así que también le contaron el asunto. Al preguntarle por la posibilidad de que Selene pudiera anular su propio aislamiento, Adens respondió que lo mejor sería hablar con sus superiores, que tendrían más conocimientos sobre el asunto. El resto de Rastreadores, por consiguiente, no tardó mucho en llegar.

Tras exponerles toda la situación, o mientras lo hacían, Doros comentó el hecho de que Arixareas había hablado con Selene esa misma mañana. Éste dirigió una mirada de reproche a su subordinado, que no pareció reparar en ella. Doros y Naxaus, por su parte, también habían hablado con Selene esa mañana. La kalorion había estado muy activa. A todos ellos los había intentado tentar ofreciéndoles poder y la Revelación del Albor. Además, les había ofrecido una nueva base de operaciones, quizá un templo, para los Rastreadores y riquezas y recursos sin límite. Un silencio incómodo se hizo en la sala. No dejaban claro con su actitud si habían aceptado o no.

Demetrius tomó la palabra, y profirió un elocuente discurso hablando de la Sombra y, concretamente, de la situación y motivaciones particulares de Selene. Por lo que habían conocido de ella, su única debilidad y mayor motivación era la protección de la raza elfa y sus tradiciones, lo que chocaba frontalmente con las creencias más tradicionales de los Rastreadores. [pifia en la reacción de Arixareas] El miembro del Consejo de los Rastreadores se quedó pensativo un momento, meditando las palabras del bardo, y asintiendo para sí mismo. Respondió con un escueto:
  —Sí, creo que tenéis razón. Está intentando engañarnos.

Contenidamente, todos los personajes dejaron escapar un suspiro de alivio.

La discusión se prolongó unos minutos más, sin llegar a conclusiones concretas. Decidieron visitar las cámaras de la Torre para ver si seguía allí la tercera de las Dagas Negras que Selene había poseído originariamente y hacía tiempo que habían perdido de vista. La Daga no estaba allí. Los Rastreadores se marcharon, esperando noticias del grupo.

Esa tarde Ayreon recibió una canalización procedente de uno de sus paladines: Hassler, que había quedado en Doranna junto con Rimen -el paladín capaz de multiplicar el grano- a las órdenes de Treltarion. La sensación transmitida era de "peligro" y "urgencia". Ezhabel se encontraba en ese momento en Haster para consultar ciertos asuntos con Rughar, así que decidieron ir allí para buscarla. En Haster se encontraron con Heratassë y Elsakar, y también se reunió con ellos Selene, que estaba "arreglando unos asuntos", según sus propias palabras. Ayreon le expuso la situación a Ezhabel y decidieron trasladarse sin más demora al patio de armas de Lainirial. Heratassë se encargó de ello.

La niebla blanca y lechosa los envolvió. El frío era intenso y la sensación de tristeza los invadió. Habían entrado en el Palio de nuevo. ¿Lainirial había sido absorbida? Ezhabel cayó de rodillas, impactada e intentando suicidarse. Ayreon también cayó, abrumado por la pena -y por la pérdida de Emmán-. Leyon y Heratassë soportaron la sensación estoicamente, y el primero evitó que Ezhabel clavara su espada en su propio vientre. Heratassë intentó sacarlos de allí instantáneamente, pero por alguna razón no pudo. Engendros demoníacos no tardaron en hacer su aparición. [Punto de destino de Leyon] Heratassë, llevando sus reservas hasta el límite, consiguió teleportarlos en el último momento, cuando el frío que desprendían las sombras se empezaba a hacer insoportable para la mayoría de ellos. De nuevo en Haster, Demetrius se reunió con ellos. Y Carsícores también se unió a la expedición, en previsión de próximas "visitas" al Palio. El bardo procedió a abrir un portal hasta la ciudad donde se encontraba destacado lord Ergialaranindal, más al sur. Esta vez aparecieron en una de las calles que salían de la plaza central sin contratiempos. Pero alrededor de ellos, la ciudad estaba revuelta. Soldados y civiles se afanaban en sacar sus pertenencias de los edificios para encaminarse hacia el sur, abandonando la población. No tardaron en encontrarse con Dailomentar, uno de los Guardias Carmesí del Primarca. Cuando el ilvo vio a Ezhabel, no pudo evitar que la emoción acudiera a sus ojos, aunque no la transmitió a su rostro. Se pusieron al corriente de todo rápidamente. Al parecer, Lainirial había sido engullida por la niebla pálida que procedía del norte, la cual había iniciado su avance rápidamente hacia el sur hacía unos días. Ahora se estaba acercando rápidamente a donde se encontraban. La niebla se podía ver por sobre los edificios, hacia el norte. Se encontraron también con Hassler y Rimen, los discípulos de Ayreon, que se unieron a la comitiva, enardecidos por la presencia de su Gran Maestre.

Corrieron hacia el norte de la ciudad. Entre la multitud podían verse aquí y allá miembros del movimiento nihilista que había puesto en jaque el gobierno de Doranna, gritando que se arrepintieran, que el fin ya estaba allí. No pudieron evitar que Selene, rabiosa, matara a un par de ellos. No le costaba matar. Sólo extendía su brazo hacia el objetivo y una Daga Negra aparecía en su pecho. El poder de aquellos artefactos era impresionante.

A medida que avanzaban hacia el norte, la ciudad estaba más vacía. Llegaron a las afueras. Unos cientos de metros de campos cultivados se extendían a sus pies, y más allá, la niebla, que avanzaba inexorablemente. Ante la niebla, una docena de nihilistas se había arrodillado y esperaba su final. Pronto fueron engullidos, sin esperanza de salvación. El viento comenzaba a soplar salvajemente.
  —Es vuestro momento, Elsakar. ¡Detened la niebla, tal como hicisteis en la meseta del Vyrd! —dijo Ayreon, alzando la voz.
  —¡Pero no tengo ni idea de lo que hice allí, Ayreon! —contestó Elsakar, con potente voz— ¡Ni siquiera sé por qué lo hice!
  —¡Pues debéis intentarlo, o toda Doranna será engullida sin remisión! —gritó Ezhabel.

A pesar de que era cierto que ya había detenido la niebla una vez, el príncipe adastrita no sabía muy bien qué hacer. Pero se armó de valor y lo intentó. Extendió su brazo hacia la niebla en un gesto que la conminaba a detenerse. Una expresión de esfuerzo comenzó a aparecer en su rostro. Las venas de su cuello se estaban hinchando.

Selene abrió mucho los ojos, y trastabilló, cayendo de rodillas al suelo. Ayreon y Demetrius notaron cómo algo "tiraba" de ellos, o de su fuerza vital, o de su poder... no sabían qué pasaba. Pero Demetrius puso su mano sobre Elsakar, en un simbólico gesto. No obstante, pasó de ser simbólico a algo muy real, porque el bardo notó como Elsakar absorbía en un santiamén su poder, dejándolo inconsciente a los pocos segundos. Carsícores, que se había girado sorprendido hacia Elsakar al mismo tiempo que Selene, había desaparecido de la escena. Tras Demetrius, Ayreon cayó al suelo. Selene intentaba levantarse, inútilmente, mientras miraba con algo muy parecido al terror al príncipe de Adastra. Dailomentar cayó. Los paladines cayeron. Incluso Ezhabel cayó. Elsakar estaba consumiéndolos, a todos ellos. El viento arreció y los sonidos mundanos cesaron, todos excepto la voz de Elsakar, que gritaba desgarradoramente. La niebla llegó, y los envolvió.

...

Despertaron. No se encontraban en el Palio, sino que seguían en Doranna, aunque eso sí, rodeados de niebla, pero niebla natural (o al menos eso parecía). Tras recuperarse durante unos instantes, volvieron a la ciudad. Selene y Carsícores miraban con respeto -o quizá temor- a Elsakar, que aunque mostraba signos de fatiga, estaba fresco y lúcido. Ezhabel le dio las gracias al príncipe. Éste le quitó importancia; lo único que había hecho era desear con todas sus fuerzas que se detuviera.

Los últimos elfos estaban saliendo de la ciudad, aunque ya sin prisa. Se reunieron con Ergialaranindal, Eltharion, Fentarin, Ar'Kathir, Gerudarial y la Guardia Carmesí. Dailomentar y Demetrius narraron todo lo ocurrido, para asombro de los cabecillas elfos, ilvos y hidkas. Todos dieron las gracias a Elsakar, que las aceptó con un leve asentimiento. Al preguntarles por el paradero de los líderes ausentes, los semblantes serios volvieron a la escena: Treltarion, Urmazan, Cirandil y Aldarien habían sido engullidos por la niebla. Treltarion había tratado de salvar Lainirial hasta el último momento, haciendo gala de un coraje sin igual. El grupo intercambió miradas: tenían que acabar con aquello de una maldita vez.

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