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miércoles, 3 de agosto de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 42


Ezhabel despertó al cabo de un período indeterminado, ya recuperada de su posesión. El tiempo no tenía sentido. Pudieron ser horas, años o siglos. Caminaban y caminaban, y sus almas parecían colgar al borde de un precipicio continuamente. La opresión era suma. Sólamente su pura fuerza de voluntad evitaba que fueran absorbidos por el vacío blanquecino y negro que los rodeaba.

El frío era atroz, su aliento era un vaho continuo ante sus caras, y las ropas no parecían tener efecto. Leyon y Ayreon no cesaban de rezar. La oscuridad casi se los comía, y las presencias a su alrededor eran continuas, al acecho de sus almas. Ayreon y Ezhabel oían continuamente voces que se mofaban de ellos y que prometían los más terribles tormentos. El castigo físico y espiritual era tremendo. La única que aguantaba más entera era Selene, que parecía relativamente a salvo del entorno. Todos seguían a Demetrius, que se agarraba a su necesidad de seguir como a un clavo ardiendo entre la desesperación.

El suelo se abrió bajo ellos, y cayeron a un lago helado de aguas negras y opacas como el abismo más profundo. El dolor y el entumecimiento se apoderaron de todos ellos, excepto de Selene, que levitó al instante. Todos consiguieron mantenerse a duras penas a flote, menos Cirandil. El elfo, aterido por el frío y la desesperación, cayó a plomo hacia el fondo. Intentaron rescatarlo, pero a pesar de sus sobrehumanos esfuerzos, no tuvieron éxito. Cuando Ayreon se disponía a zambullirse por segunda vez para intentar rescatar al elfo, el agua había desaparecido y se encontraba tumbado en el suelo. Otra prueba para sus almas ya casi quebradas. Las desconocidas voces seguían burlándose en sus mentes.

Debían continuar, instados por Demetrius, cuya única razón para vivir ahora era su búsqueda de Mandalazâr. Al cabo de varias jornadas, unos gritos llamaron su atención. Enalteciendo sus sentidos, Leyon pudo oír a toda una multitud aullando de dolor. Demetrius sólo quería seguir su camino, ignorándolas, así que Rughar lo subyugó y cargó con él para poder investigar qué pasaba. Tras cruzar una espesa niebla, se vieron en medio de un bosque de zarzas, zarzas enormes como personas, con púas un palmo de largas, dentro de las que seres humanoides y de todo tipo se encontraban sufriendo las profundas llagas que las espinas les causaban. Parecía un campo de castigo, y esos seres les pedían ayuda. Y entre las zarzas, un enorme demonio envuelto en una "llama oscura" que desprendía un frío intenso y cuya presencia física se podía sentir insidiosa como un campo de fuerza en forma de espinas, se giró hacia ellos profiriendo un desgarrador alarido. No les quedó más remedio que huir a la desesperada dejando a aquella pobre multitud a merced de su torturador.Mientras escapaban, les pareció ver un portal abierto a campos verdes y ríos azules. Pero el suelo volvió a ceder bajo sus pies. Otra vez el agua helada y negra. Otra vez el frío. Otra vez el dolor y la desesperanza. Erhinialde desapareció súbitamente en las aguas. Adens gritó que algo lo había tocado en la pierna, y acto seguido desapareció de un tirón hacia el fondo. Vieron un tentáculo por sobre la superficie. Leyon agarró a su amigo umbrio, y fue arrastrado hacia abajo a su vez; hubo de soltarlo, rodeado de frío y oscuridad. Ayreon se sumergió inmediatamente, intentando rescatarlo, pero un tentáculo lo envolvió a su vez y lo arrastró. El resto del grupo consiguió llegar a tierra firme, y en un parpadeo las aguas desaparecieron.

No tuvieron tiempo de lamentar las desapariciones. La llama que era el gran demonio se acercaba hacia ellos cada vez más. Volvieron a correr, algunos de ellos sin convicción. Cuando los pulmones parecían a punto de estallarles, llegaron a la ribera de un río de aguas negras y caudalosas, cuya corriente parecía fortísima. Permanecieron indecisos, hasta que el demonio que los perseguía se encontraba peligrosamente cerca. Una zarza apareció de repente de la tierra e hirió a Rughar en un brazo, causándole un dolor casi insoportable. Otra zarza apareció junto a Demetrius, y las espinas le rozaron la cara. Decidieron lanzarse al río, no tenían otra opción. Fueron zarandeados como peleles, arrastrados por la corriente y desgarrados por rocas afiladas como cuchillas. No podían pensar, sólo intentaban respirar. Una inmensa catarata no tardó en engullirles, en una caída de lo que pudieron ser kilómetros.

Al despertar, se encontraron con un entorno diferente, que se podía calificar como "otoñal". Una bruma pálida los rodeaba continuamente, fría y ominosa. Todo era gris, y la bruma oscilaba entre la oscuridad casi absoluta y la luz cegadora e implacable. Demetrius no tardó en insistir en continuar camino, y así lo hicieron. Durante varias jornadas, los miembros del grupo se encontraron con sus pasados respectivos. Personas, situaciones y lugares que no eran sino trampas para adueñarse de sus almas. Quien más cerca estuvo de caer en la tentación fue Rughar, a punto de ser seducido por un demonio con la forma de su antigua amada, Leyrn. Otro demonio con la forma de Nirintalath estuvo a punto de seducir a Ezhabel.

Tras incontables jornadas y un sinnúmero de contratiempos, pudieron ver cómo una especie de peregrinos se acercaba por el camino. El cabecilla resultó no ser otro que Carsícores, que "había vuelto a casa". Según sus palabras, se encontraba ahora en las filas de Khamorbôlg. Los llevó a su mansión, a lo que Demetrius no se negó, sorprendentemente, porque últimamente estaba absolutamente obcecado por su búsqueda. Allí les ofreció algo de descanso, que agradecieron profundamente, y a cambio les exigió saber cómo y por qué habían llegado hasta allí. Ellos se lo contaron todo, ante la sonrisa perenne del demonio, pero no contestaron a ninguna cuestión sobre qué era lo que realmente habían venido a hacer allí. Después de dejarlos descansar, Carsícores les transmitió su admiración ante lo que habían hecho; no sabía si eran muy valientes o estaban muy locos, porque prácticamente había sido un suicidio. También les dijo que quería mostrarles algo que seguro que les interesaría. Para ello, debían ponerse una especie de túnicas de pregrino para pasar desapercibidos. No había que ser un archimago para darse cuenta de que las túnicas tenían activos varios hechizos de ocultamiento y disimulo.

El kalorion los teletransportó a las inmediaciones de un edificio al que acudían multitudes en aparente peregrinación. El edificio tenía toda la pinta de una catedral emmanita, y una voz conocida declamaba un discurso en una lengua desconocida. La voz era la de Khamorbôlg, cuya presencia se notaba incluso a esa distancia. Se acercaron, enfermos de ansiedad. En el interior de la catedral, el imponente demonio del ExtraPalio se dirigía a una multitud de sus huestes, refiriéndose a varias figuras que se encontraban ¡crucificadas! detrás de él. Ante la sorpresa del grupo, dichas figuras no eran sino Ayreon y el resto de desaparecidos del grupo en las lagunas negras. Los apóstoles de Khamorbôlg torturaban sin piedad al paladín y los demás, y Ayreon se quejaba amarga y estentóreamente con una extraña voz polifónica, como si muchas voces hablaran a través de su boca. Un charco de sangre negra como el carbón se formaba de las heridas de su cuerpo. La voluntad de Ayreon se notaba también físicamente; tanto, que la catedral no era sino un producto de ella. Algunos de ellos hicieron amago de acercarse, pero Carsícores se lo impidió, con un gesto cómplice.

Tras alejarse del lugar, el sonriente demonio de ojos rojos les ofreció su ayuda a cambio de que le dijeran qué habían venido a hacer aquí en realidad. ¿Sería real su odio hacia su hermano Khamorbôlg? Y si lo era, ¿sería lo suficientemente intenso para evitar que los traicionara finalmente? Decidieron arriesgarse, y le revelaron el motivo de su presencia allí: Mandalazâr. Por primera vez vieron serio el semblante de Carsícores. Tras unos insoportables instantes de indecisión, el demonio volvió a sonreir. Les ayudaría. Los llevaría hasta la Torre Gaunzar, hasta la cámara de objetos de Khamorbôlg aprovechando su ausencia, pero una vez allí debería dejarlos inmediatamente para evitar ser relacionado con ellos. Así fue acordado. Con un séquito de varios demonios etéreos y con algún que otro teletransporte mareante, el grupo llegó ante la imponente mole de la torre. En breves momentos se encontraban ante la cámara de los tesoros del Gran Demonio. Demetrius, con ayuda del anillo de kregora de Ezhabel consiguió llegar hasta el sanctasanctorum de la Torre. Allí se encontraba no sólo Mandalazâr, sino también ¡el Santo Grial emmanita! Con las manos temblando de emoción, el bardo y la semielfa cogieron ambos objetos.

En ese instante, un enorme estruendo y una oleada de frío intenso precedieron a la llegada vía teleportación de Khamorbôlg y algunos de sus acólitos. Pero el arpa ya estaba en manos de Demetrius, que enfebrecido por el repentino arrebato de poder, procedió a abrir rápidamente un portal hasta la catedral emmanita donde se encontraba Ayreon. Al llegar, todas las criaturas reunidas allí, extasiadas con los gritos de Ayreon, se giraron hacia ellos. El vibrante rugido de Khamorbôlg resonó justo detrás de ellos, aterrando lo más profundo de sus corazones. Algunos cayeron inconscientes en ese instante. Demetrius no esperó más, y tañó el arpa, utilizando todo el poder del que fue capaz, hasta casi reventar. El caos se desató, entre cuerpos desintegrados de demonios. Leyon, el único del grupo a quien Demetrius había podido proteger del poder del arpa, corrió hacia Ayreon, moribundo, intentando hacerle beber del Grial. Esquivó a varios demonios que intentaron agredirle, y llegó hasta el altar. El trago tuvo un efecto imprevisto. Haces de luz salieron de los ojos y boca del paladín, de cada uno de sus poros. Luz que lo invadió todo, hasta ser dolorosa y purificadora como el rayo. Khamorbôlg, aturdido por el poder del arpa, desapareció mientras todo era engullido por la blanca gloria luminosa.

El padre Ibrahim dio unos golpecitos en la mejilla de Ayreon, y el paladín despertó, sobresaltado. Todo el grupo se encontraba en sendas camas en el interior del pabellón principal de la Torre Emmolnir. Según las palabras del clérigo, los habían encontrado la noche anterior en la capilla principal, desnudos y agotados; Demetrius agarrando a Mandalazâr y Ayreon con el Santo Grial.

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