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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

martes, 2 de agosto de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 12

El Incendio.

Tiberio Julio y Cayo Cornelio ojearon durante unos minutos los manuscritos, grabados y tablillas después de que Idara les hiciera notar el símbolo que todos ellos tenían en común, oculto en uno u otro rincón. Los grabados mostraban invariablemente imágenes de catástrofes naturales, preferentemente escenas que parecían inundaciones y diluvios. Heráclides señalaba algunos de los pasajes donde se mencionaba la pequeña nación de Elam, sublevada y arrasada por una especie de cataclismo, seguramente una inundación. O quizá era Elam la que había arrasado otra nación, no estaba seguro. El griego no entendía demasiado bien la escritura mesopotámica, y sólo había identificado el nombre Elam y la palabra "desastre" o "inundación" en algunos pasajes aislados con la ayuda de algún que otro bibliotecario experto. Un par de los grabados mostraban grandes olas marinas montadas por aberrantes criaturas demoníacas mientras figuras infantiles estaban dibujadas en círculos. Los niños eran otro motivo recurrente en los documentos. Todo apuntaba a que los niños habían sido utilizados como sacrificio para aplacar la ira de los dioses.

Ala de la Gran Biblioteca
Lucio Mercio, que se había apostado en la ventana por si llegaban visitas inesperadas empezó a ver movimiento en el exterior. Un hombre llegó corriendo; habló apresuradamente con una pareja que a su vez salieron corriendo, avisando a cuantos se encontraban. La calle se despejó en poco tiempo. Avisó a los demás, que ocultaron rápidamente todos los documentos. El legionario salió al exterior, seguido por Cornelio. Una enorme columna de humo se elevaba hacia el cielo a no mucha distancia de allí, justo el lugar donde se encontraba la Biblioteca según los cálculos de Lucio.

Heráclides salió corriendo, igual que Cneo, el mistagogo de Tiberio, y por ende este último. Lucio y Cayo los siguieron tras acordar que Idara se encargaría de proteger la información. La muchacha se escondió entre unos carromatos y toneles que había al otro lado de la calle, que por cierto estaba desierta excepto por unos niños jugando. La población de la ciudad se volcaba en la colaboración contra los incendios.

Efectivamente, un gran incendio se había extendido por varias alas de la Biblioteca. Su magnitud les sobrecogió. Sin pensarlo demasiado, comenzaron a ayudar, arriesgándose entre las llamas para salvar la mayor cantidad de pergaminos y libros que pudieran. Al poco se enteraron de que el incendio se había iniciado en la sección de Historia, precisamente donde ellos habían estado investigando. Con mucha suerte y riesgo de sus vidas (sobre todo de la de Lucio, al que le cayó encima una viga ardiendo) pudieron salvar algunos de los pergaminos y tablillas que habían estado ojeando las últimas semanas. Cuando salían de uno de los viajes al interior del incendio, alguien llegó gritando:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡La escuela de medicina también se ha incendiado! ¡Galeno y sus discípulos están dentro!

La mención de Galeno, el médico más famoso del mundo, bastó para movilizar en el acto a Tiberio y a Cneo, que corrieron hacia la parte de la Biblioteca donde estaba la susodicha escuela, corriendo por los estrechos callejones que rodeaban el complejo. Los precedían Lucio y Cornelio, en mejor forma física, y varios otros de los presentes. De repente, uno de los que corría junto a ellos se giró hacia Tiberio, intentando zancadillearlo y arrojarlo al suelo. El médico se revolvió ágilmente y le asestó un puntapié en el rostro a la vez que evitaba caer. Otro individuo sacó una espada. Ambos eran egipcios. Por detrás llegaban tres árabes, dos empuñaban cimitarras y el tercero sacó una roca que se puso ante los labios. Sorprendentemente, uno de sus compañeros, el que estaba más cerca del que mostraba la roca, se giró hacia él y le rebanó el cuello. Tiberio invocó a Júpiter y su piel brilló con fuerza, cegándolos a todos. Cornelio y Lucio volvieron sobre sus pasos al oir el jaleo, y mataron a uno de los egipcios y a un árabe. El segundo egipcio huyó, y el árabe que había ayudado a Tiberio se quedó allí, con las manos levantadas y una sonrisa en actitud pacífica. Por desgracia, el hombre sólo hablaba árabe, y lo único que alcanzaron a entender fue su nombre, Aretas ben Jalafh. Urgidos por el incendio, dejaron el entendimiento para mejor ocasión y se dirigieron a la escuela de medicina. El árabe los siguió, y a partir de entonces no se separó de ellos, a pesar de la imposibilidad de entenderse.

Lucio subió ágilmente hasta la ventana de la escuela de medicina. Cayo lo siguió, y después Tiberio. En la sala había multitud de redomas, vasijas y frascos con mezclas químicas raras, medicinas de Galeno. El médico, que ya entraba en la tercera edad, estaba inconsciente en el suelo, sostenido por los brazos de otro hombre maduro semiinconsciente. Aquí y allá había varias figuras de menor edad inconscientes o muertas debido a las explosiones de las extrañas sustancias. Consiguieron poner a salvo a Galeno, al otro hombre y a un par de los jóvenes inconscientes antes de que todo explotara.

Aretas ben Jalafh
Mientras tanto, Idara había permanecido paciente en su escondrijo ante la casa de Heráclides. Al cabo de un rato aparecieron en la calle tres figuras vestidas con ropas locales pero que sin embargo identificó inequívocamente como árabes. Entraron en la casa. Salieron pasados unos momentos, y acto seguido el humo comenzó a salir por los pequeños ventanucos. Olía a papel y madera quemada. Tras esperar unos instantes y asegurarse de que se habían ido, Idara se precipitó al interior para salvar los grabados y tablillas, sobre todo aquellas que Heráclides les había dicho que no entendía muy bien. El humo la cegó mientras se jugaba el físico para desenterrar los manuscritos de debajo de la pila de papeles donde los había escondido. Finalmente pudo meter varios de ellos en una manta, y se encaminó a la puerta. Pero dos recias figuras la habían bloqueado. Los árabes no se habían marchado después de todo. La muchacha intentó escapar por el estrecho ventanuco, pero las piernas le flaquearon y uno de los árabes, fortísimo, la cogió y la estrelló brutalmente contra la pared [punto de destino]. Quedó semiinconsciente. Cuando reaccionó, los tres árabes estaban discutiendo en el exterior mientras aparentemente esperaban a que todo se quemara, incluida ella. Cogió la manta con las tablillas y con la mente nublada se lanzó a través del ventanuco con una agilidad prodigiosa. Escapó trastabillando sin que los árabes ni siquiera se dieran cuenta.

Lucio y Cayo volvieron junto a Cneo, que se había quedado vigilando los pergaminos junto a un par de jóvenes eruditos y a Heráclides. En ese momento apareció Idara, toda tiznada y magullada. Entregó las tablillas a Lucio y les contó todo. Mientras narraba su historia, pudo ver algo extraño: un hombre que parecía salir a través de una de las paredes de la biblioteca, dejaba caer unos manuscritos y volvía a entrar. Se acercaron hacia el lugar -donde no había ninguna puerta ni pasadizo secreto- y se volvió a repetir el episodio. El hombre, rasurado y con el pelo chamuscado, soltó una exclamación en griego y salió corriendo. No les costaría alcanzarlo, estaba cansado. De repente, giró y se introdujo en las llamas del incendio cercano. Ni un grito. Realmente aquello era una concentración de gente extraña.

Tiberio prestó los primeros auxilios al otro hombre de avanzada edad que habían rescatado junto a Galeno. Éste dijo llamarse Sexto Meridio, comerciante itálico, y mostraba una gran preocupación por el viejo médico. Mientras lo atendía, se fijó en tres puntos que lucía en el dorso de la oreja. De experiencias anteriores y por sus oscuros conocimientos sobre los Cultos Condenados, Tiberio sabía que tal señal hacía evidente que Meridio pertenecía a alguno de tales cultos. No sabía cuál. Lo interrogó de forma muy poco sutil acerca de aquella señal, a lo que Meridio respondió que aquello no eran sino manchas de nacimiento. Algún fragmento de información revelado por Tiberio le hizo sospechar que el médico era en realidad un hermano de Mitra, una hermandad dedicada a un dios oriental a la que pertenecían los soldados que habían demostrado su valía. Le hizo la pregunta ritual ("tres veces la espada negra"); Tiberio fue sincero: le dijo que no era un adepto de Mitra, pero que conocía la frase. Meridio entornó los ojos, lo examinó valorativamente y prosiguió con la conversación; ambos dedujeron sus respectivas filiaciones, Júpiter y Mercurio, y establecieron una tregua tácita para hablar más adelante. Lo que sí parecía genuina era la preocupación de Meridio por su amigo Galeno. Tiberio consiguió estabilizarlo, pero deberían llevarlo a un lugar más adecuado; Meridio ofreció su casa.

Se trasladaron todos a casa de Sexto Meridio, donde Tiberio pudo atender en condiciones a Galeno, a Heráclides y al propio Sexto Meridio, que tenía problemas respiratorios y un brazo roto. La casa era una domus a la usanza alejandrina, rica y ordenada. Parecía que el comercio, si realmente era eso lo que hacía, le iba muy bien a Meridio. Cornelio se interesó por el tema y charló con él en varias ocasiones.

Tiberio, Cneo y Sexto, por su parte, conversaron sobre su condición de teúrgos y establecieron un pacto tácito; el culto a Mercurio no era del todo hostil al Pacto Secreto y seguramente ambos podrían sacar provecho de aquella relación. También informó al grupo de la verdadera razón de su presencia en Alejandría, aparte de su amistad con Galeno: en las altas esferas de Roma se estaba tramando algo gordo y prefirió alejarse de allí, pues todos aquellos que tenían relación con el Pacto Secreto no se encontraban a salvo. Recomendó a Tiberio volver a Roma y cuidar de su Congregación.

Por otro lado, Sexto Meridio planteó la posibilidad de buscar a otros médicos que colaboraran en la curación de Galeno, a lo que renunció cuando se enteró, para su sorpresa, de que Tiberio era médico personal de Cornificia, hermana del emperador Cómodo. El teúrgo de Mercurio prometió gratitud eterna a Tiberio si éste lograba salvar la vida de Galeno, tal era el aprecio que le tenía. Preguntado acerca de si Galeno pertenecía a algún culto, Sexto respondió que era posible que perteneciera al culto a Esculapio, el dios de la curación, pero que no estaba seguro; Galeno nunca se lo había confirmado explícitamente.

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