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miércoles, 26 de octubre de 2011

Eventos aleatorios para Reinos o Señoríos

Paseando por Roleplaying Tips he visto esta entrada en la que un usuario del grupo de yahoo ha creado unas tablas con "eventos aleatorios para reinos" organizadas por estación del año. De inmediato he pensado en su utilidad en campañas de cualquier juego y concretamente la futura campaña de Juego de Tronos que tengo pensado arbitrar.
Así que aquí la incluyo traducida al castellano.


d100 Eventos de Primavera

01-12 Nada
13 Oferta de Alianza
14 Ruinas Antiguas Descubiertas
15-20 Bandidaje
21-25 Disputa Fronteriza
26-30 Cosecha Abundante
31 Charlatán
32-34 Conflictos en el Mar
35 Corrupción Descubierta
36 Plaga en la Cosecha
37 Terremoto
38 Alzamiento de Líder Enemigo
39 Extrema Escasez de Mano de Obra
40 Fuego
41-49 Inundación
50 Emisario Extranjero
51 Fundación de una Orden
52 Guerra de Gremios
53 Herejía
54 Aparición de un Hombre Santo
55-56 Incursiones Dañinas
57-58 Nacimiento de Importancia
59-60 Matrimonio de Importancia
61 Guerra Inactiva
62 Inflación/Subida de precios
63 Artista Inspirador
64-65 Ladrones de Ganado
66-69 Escasez de Mano de Obra
70 Impacto de Meteorito
71 Bestia Misteriosa
72 Nuevo Movimiento Artístico
73 Descubierto Nuevo Recurso
74 Crimen Organizado
75 Rebelión de Campesinos
76-80 Ataques Piratas
81-84 Plaga
85 Protestas
86-88 Refugiados
89 Crimen Espantoso
90 Señales en el Cielo/Augurios
91-93 Tormenta en el Mar
94 Tornado
95 Tesoro Encontrado
96 Tributo
97 Reclutamiento no Autorizado
98 Huésped Inesperado
99 Erupción Volcánica
100 Cacería de Brujas

d100 Eventos de Verano

01-10 Nada
11 Oferta de Alianza
12 Ruinas Antiguas Descubiertas
13-20 Bandidaje
21-28 Disputa Fronteriza
29 Charlatán
30-32 Conflictos en el Mar
33 Corrupción Descubierta
34 Plaga en la Cosecha
35-39 Sequía
40 Terremoto
41 Alzamiento de Líder Enemigo
42 Fuego
43-49 Inundación
50 Emisario Extranjero
51 Fundación de una Orden
52 Guerra de Gremios
53 Herejía
54 Aparición de un Hombre Santo
55-56 Incursiones Dañinas
57-58 Nacimiento de Importancia
59-60 Matrimonio de Importancia
61 Guerra Inactiva
62 Inflación/Subida de precios
63 Artista Inspirador
64-67 Ladrones de Ganado
68 Impacto de Meteorito
69 Bestia Misteriosa
70 Nuevo Movimiento Artístico
71-72 Descubierto Nuevo Recurso
73 Crimen Organizado
74 Rebelión de Campesinos
75-77 Ataques Piratas
78-84 Plaga
85 Protestas
86-88 Refugiados
89 Crimen Espantoso
90 Señales en el Cielo/Augurios
91-92 Tormenta en el Mar
93 Tornado
94 Tesoro Encontrado
95 Tributo
96-97 Reclutamiento no Autorizado
98 Huésped Inesperado
99 Erupción Volcánica
100 Cacería de Brujas

d100 Eventos de Otoño

01-18 Nada
19 Oferta de Alianza
20 Ruinas Antiguas Descubiertas
21-24 Explosión Demográfica
25-29 Bandidaje
30 Disputa Fronteriza
31-34 Cosecha Abundante
35 Charlatán
36-40 Conflictos en el Mar
41 Corrupción Descubierta
42 Plaga en la Cosecha
43 Terremoto
45 Alzamiento de Líder Enemigo
46 Extrema Escasez de Mano de Obra
47-49 Fuego
50 Emisario Extranjero
51 Fundación de una Orden
52 Guerra de Gremios
53 Herejía
54 Aparición de un Hombre Santo
55-56 Incursiones Dañinas
57-58 Nacimiento de Importancia
59-60 Matrimonio de Importancia
61 Guerra Inactiva
62 Inflación/Subida de precios
63 Artista Inspirador
64-65 Ladrones de Ganado
66-71 Escasez de Mano de Obra
72 Impacto de Meteorito
73 Bestia Misteriosa
74 Nuevo Movimiento Artístico
75-78 Descubierto Nuevo Recurso
79 Crimen Organizado
80 Rebelión de Campesinos
81-88 Ataques Piratas
89 Plaga
90 Protestas
91 Refugiados
92 Crimen Espantoso
93 Señales en el Cielo/Augurios
94-95 Tormenta en el Mar
96 Tesoro Encontrado
97 Tributo
98 Huésped Inesperado
99 Erupción Volcánica
100 Cacería de Brujas

d100 Eventos de Invierno

01-20 Nada
21 Oferta de Alianza
22-27 Avalancha
28-31 Bandidaje
32-36 Ventisca
37 Disputa Fronteriza
38-45 Invierno Brutal
46 Charlatán
47 Conflictos en el Mar
48 Corrupción Descubierta
49 Terremoto
50 Alzamiento de Líder Enemigo
51-58 Fuego
59 Emisario Extranjero
60 Fundación de una Orden
61 Guerra de Gremios
62 Herejía
63 Aparición de un Hombre Santo
64-68 Incursiones Dañinas
69-74 Incursiones por hambruna
75-77 Nacimiento de Importancia
78 Guerra Inactiva
79 Inflación/Subida de precios
80 Artista Inspirador
81-83 Escasez de Mano de Obra
84 Impacto de Meteorito
85-87 Bestia Misteriosa
88 Nuevo Movimiento Artístico
89 Descubierto Nuevo Recurso
90 Crimen Organizado
91-93 Protestas
94 Refugiados
95 Crimen Espantoso
96 Señales en el Cielo/Augurios
97 Tormenta en el Mar
98 Tributo
99 Huésped Inesperado
100 Erupción Volcánica

jueves, 20 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 71

El peso de la responsabilidad prácticamente abrumaba a Leyon. Cada día recibía varias visitas de los Padres Santos del Imperio Daarita, maquinadores expertos que trataban de aventajarse unos a otros en el favor del Imperio y que intentaban sacar en claro qué iba a pasar con su antiguo país, ante la ambigüedad del Emperador. Con la ayuda de Agiran, Ylma y Dorlen Leyon fue capaz de dar una respuesta definitiva. Agiran expresaba su firme desacuerdo con la propuesta de Leyon de instaurar en el país de los Santos Padres un Senado bajo el mando del Senescal (Aladhryd) encargado. Por su parte, Dorlen e Ylma, bastante menos fanáticos de las tradiciones, sí apoyaron a Leyon en tal decisión, afirmando la conveniencia incluso de leyes más abiertas. La propuesta final de Leyon fue la de la instauración de un Senado que elegiría al Aladhryd de entre sus filas, sujeto siempre a la aprobación del Imperio. Sin embargo, decidieron no plantear todavía la solución a los daaritas, pues el aspecto religioso del acuerdo todavía no estaba nada claro; algunos de ellos no creían que fuera una idea instaurar la libertad religiosa en el Imperio, mientras que otros estaban totalmente a favor. Tanto una como otra opción planteaban problemas que surgirían en el futuro y sin duda pondrían en aprietos la estabilidad del Imperio.

Las siguientes noches, Nirintalath siguió apareciendo en los sueños de Ezhabel. Lo único que percibía la semielfa era un leve tinte verde en sus visiones oníricas y la débil voz del Espíritu de Dolor, lejana, que le preguntaba cosas sin sentido, confundida, como si hubiera olvidado todo o casi todo.

Una de las noches, los sueños de todos parecieron derrumbarse hacia una oscuridad absoluta, y Ayreon pudo incluso oir la risa de Selene de fondo. Como Demetrius les informaría al día siguiente, su capacidad para abrir portales utilizando a Mandalazâr había retornado, así que supusieron que el "cataclismo onírico" había tenido algo que ver con algún tipo de ritual llevado a cabo para poder abrir tales atajos. Eso eran buenas y malas noticias: serían capaces de transportar tropas rápidamente, pero ahora la Sombra también podría hacerlo.

Hidra Ancestral de Trelteran
No tardaron en manifestarse los efectos que temían. Al atardecer del día siguiente, Ayreon recibió una canalización de Jasafet desde la Torre Emmolnir, transmitiéndole una sensación de urgencia y peligro casi insoportable. Se desplazaron al punto con las habilidades de Heratassë. Demetrius abriría un portal desde allí si fuera necesario.

A Ayreon se le cayó el alma a los pies. La Torre estaba siendo atacada por una enorme fuerza de la Sombra, que surgía de varios portales abiertos en derredor. La penumbra lo inundaba todo; penumbra que se iba oscureciendo a medida que pasaban los segundos, al parecer proveniente de una figura tenebrosa en el cielo que no podía ser otra que Selene. Una hidra ancestral, creían que la misma que habían visto en Puerto Reghtar, se alzaba abrumadora sobre los más altos torreones de Emmolnir, empequeñeciéndolos.

Podían oír los gritos de los Paladines e Hijos de Emmán que caían desde las almenas o eran cruelmente destrozados por los soldados oscuros. Tenían que salvar lo que pudieran. Demetrius sacó sin tardanza la Daga de la Luz, que iluminó un amplio radio a su alrededor.

El episodio fue rápido pero extremadamente cruento. Demetrius, viendo que no podía esgrimir el Poder suficiente, tendió la Daga a Leyon, que la cogió con respeto. La Luz y el Poema Primordial lo hinchieron hasta casi reventar, pero pudo contener todo el torrente de Poder Arcano y redirigirlo hacia fuera en forma de explosión de Luz. Tal explosión cegó y quemó a la mayoría de criaturas de la Sombra a su alrededor, y con toda seguridad fue lo único que salvó al grupo de la muerte, pues Carsícores había aparecido hacía unos segundos y con su enigmática sonrisa había empezado a caminar hacia ellos. Aun así, un Segador Negro (¡¿¿pero no eran criaturas fieles a Urion??!) atravesó con su aberrante hacha el pecho de Ayreon y lo hirió de extrema gravedad. A duras penas, Demetrius consiguió abrir un portal por el que pudieron salvar a un total de cuarenta paladines (entre ellos el padre Ibrahim con el Grial y el hermano Jasafet) y sólo un puñado de Hijos de Emmán. Ayreon rezó junto a sus fieles con todas sus fuerzas, en busca de consuelo. Obtuvieron respuesta: Emmán les ordenó que permanecieran fuertes y reconstruyeran la Torre lo antes posible. Comprendieron que el concepto "Torre" no se refería únicamente a la construcción física, sino a los ideales y las personas que la componían.

La urgencia era ya absoluta. El grupo dio las órdenes necesarias para el retorno de todas sus fuerzas a Haster. No podían dejar pasar mucho tiempo. Decidieron que atacarían Emmolnir, donde parecía que había acudido el grueso de las fuerzas de la Sombra, recuperando la Torre y asestándoles un golpe del que con suerte no se recuperarían. Pero se sentían en inferioridad, dado el gran poder de Selene y lo que habían visto últimamente entre sus filas. Aun así, tendrían que atacar Emmolnir antes de que la Sombra atacara Haster y todo se perdiera. Era necesario. Las órdenes se transmitieron instantáneamente a través de la red de Rastreadores que habían establecido durante el último mes en todos los puntos estratégicos, y Demetrius se preparó para abrir todos los portales que fueran necesarios para acelerar el proceso de reunión. Previendo cercano el final, todos intentaron pasar el mayor tiempo posible con sus seres queridos.

La noche siguiente, Demetrius recibió una visita inesperada en su sueño. Se despertó en el Mundo Onírico, en su habitación de tonos grisáceos, y allí estaba sentada Azalea, su amada Azalea, que había partido para servir a Selene. La muchacha aparecía poco definida, todo lo contrario que un anillo plateado en el dedo, que relucía lleno de color y que Demetrius identificó sin duda como un artefacto que facilitaba la experiencia onírica. Para regocijo del bardo supremo, la muchacha manifestó su congoja por aquello en lo que se había convertido Selene y su deseo de regresar junto a él. Pero no sería tan fácil; no podía marcharse sin más. Sólo había venido para advertirle que Selene estaba débil, pero no iba a estar quieta. Sus fuerzas se estaban concentrando en Emmolnir, ahora arrasada y mancillada, para marchar hacia Haster. Pero no era el primer paso que iba a dar la kalorion: su intención era viajar de nuevo a Ashakann, a la Mansión de los Mediadores, para tocar de nuevo la Vicisitud y acabar todo aquello definitivamente. Azalea se giró, mostrando sorpresa; acto seguido se despidió apresuradamente, con voz temblorosa, empujando a Demetrius para que despertara.

En ese mismo momento, Ayreon despertó bruscamente. Sin duda alguna, había percibido la presencia de Trelteran en el mundo onírico de Haster, como una comezón que se acercara hacia él. Se levantó al instante y se dirigió a la habitación de Petágoras, donde dos paladines hacían guardia (y dos Susurros de Creá en el Mundo Onírico). Se quedó allí toda la noche.

Por la mañana, fueron informados de que los dos Susurros encargados de cuidar a Petágoras en el Mundo Onírico la noche anterior habían muerto. La consternación los invadió. Trelteran, y posiblemente otros, habían empezado a hostigarlos ya, a debilitarlos. Debían darse prisa. Demetrius compartió rápidamente la información que le había dado Azalea.

Decidieron que Demetrius partiría hacia la isla de Targos con Eltahim junto con Leyran y Mattren, los Mediadores "amigos", para advertir a los compañeros de éstos. Sin embargo, una repentina visión apocalíptica de Ayreon inspirada por Emmán les hizo desistir de tal viaje: sin duda, Demetrius moriría si Eltahim los llevaba allí.

Buscaron más opciones. Haciendo uso de las capacidades de los Rastreadores intentaron establecer un "canal de poder" entre Petágoras y Elsakar, pero éste se vio abrumado y cayó mareado, con lo que desistieron de tal intento. Quizá tendrían más éxito con Zôrom o con Demetrius...

miércoles, 19 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 70

Mientras se dirigían hacia el mar, Demetrius tuvo la idea de preguntar a uno de los Rastreadores si sabían dónde se encontraba Petágoras. El hombre le respondió que lo trasladaron al Sanctasantórum de Urion en Puerto Reghtar hacía un tiempo.

Decidieron viajar a Puerto Reghtar a través del Mundo Onírico sin pérdida de tiempo, aprovechando que Urion debía de encontrarse ausente o débil. Por descontado, la ciudadela tenía guardas contra el mundo de los sueños y comenzaron a encontrarse mal a medida que se acercaban. Cuando ya tenían decidido salir al mundo real, Ayreon percibió la aparición de la presencia de Selene/Korvegâr y también de Trelteran. Aquello era mucho más de lo que podían manejar. Además, el vello del paladín se erizó cuando percibió cómo una onda expansiva de fuerza se acercaba hacia ellos. Eltahim los sacó de allí al instante.

Elemental de roca de Urion
Se encontraban a unos diez kilómetros de Puerto Reghtar, pero sobre las almenas más altas de la ciudadela era visible la enorme mole de una Hidra Ancestral que ya habían visto en sus visiones. Puerto Reghtar estaba siendo atacado por Selene y sus fieles, Trelteran entre ellos. Era entonces o nunca. Tenían que aprovechar la confusión. Conforme se acercaban pudieron ver ya con claridad los ejércitos invasores y los ataques de dragones, el kraken de Urion y los continuos hechizos que kaloriones y apóstoles lanzaban contra los enemigos. Algunas de las torres de la muralla habían empezado a mutar para transformarse en enormes golems de roca y acero, al parecer inmunes a gran parte de lo que los enemigos les lanzaban y que habían empezado a abrir brecha en los invasores. Desde luego, Urion había amasado un poder inmenso con los años. La flota fiel al kalorion ciego se encontraba saliendo a través del portal, huyendo como podía, mientras Selene era visible como una esfera de oscuridad en lo alto, cada vez más grande y amenazante. Ayreon podía percibir a Trelteran en el Mundo Onírico, vigilando esa vía de escape.

Consiguieron entrar sin muchas dificultades en la ciudadela haciendo uso de las capacidades de salto de los Rastredores. Allí dentro, en las almenas, no tardaron en ver pequeños grupos de Rastreadores fieles a Urion defendiendo la plaza. Arixareas y los demás comenzaron a reunirlos. El camino al interior de la fortaleza fue una pequeña odisea. Encuentros con minotauros, con Maestras del Dolor y del Pesar, e incluso con ¡media docena de Segadores Negros! retrasaron y fragmentaron el grupo. Uno de los Segadores se enzarzó con Heratassë mientras el resto salía al exterior, por suerte. Desde luego, Urion había conseguido hacer de su fortaleza un bastión casi inexpugnable.

Con sus capacidades canalizadoras, Ayreon percibió a Petágoras abajo, muy abajo en los cimientos de la fortaleza. Bajaron sin darse un solo respiro, sintiendo cada vez un calor más sofocante y desfalleciendo en varias ocasiones. Finalmente, llegaron a una estancia con una sola compuerta en el suelo. La compuerta estaba protegida por varios anillos de runas, que Demetrius pudo desbaratar no sin un supremo esfuerzo [punto de Destino].

La trampilla daba paso a una especie de pozo, y sin duda alguna, Petágoras se encontraba al fondo. Con ayuda de la mano de Laen, Demetrius horadó la roca en varios puntos para poder bajar. Finalmente, un pequeño salto le llevó al suelo de una pequeña sala. Pero no por pequeña menos impresionante, pues sus paredes, techo y suelo estaban cubiertos casi totalmente por runas ígneas, que parecían rellenas de magma ardiente. En el centro de la estancia, un altar que parecía de vidrio albergaba el cuerpo de Petágoras, inconsciente. En el suelo pudo ver dos figuras vestidas con túnica roja inconsciences también. Sin duda, apóstoles de Urion.

Demetrius no supo cómo, pero conocimientos enterrados en lo más hondo de su mente le advirtieron sobre la naturaleza de aquellas runas: sin duda se trataba de un antiguo sortilegio llamado algo así como "Explosión de Inexistencia". Todo Puerto Reghtar estaba a punto de volar por los aires borrando de la Vicisitud a todos y todo lo que se encontrara allí. Sin duda alguna, el poder de Petágoras era la clave para poder llevar a cabo algo de tal magnitud. Los demás también bajaron al zulo arcano. Consiguieron despertar a los apóstoles, que lejos de mostrarse hostiles les relataron cómo habían sido víctimas del hechizo que protegía la urna de Petágoras. La tierra empezó a temblar. La estancia pareció contraerse hasta asfixiarles y volvió a su tamaño original. Estaba comenzando. El calor era casi insoportable. En un último y supremo esfuerzo empujaron la urna con todas sus fuerzas, quebrando el vidrio. Sin embargo, Petágoras ya había empezado a brillar, envuelto en una especie de campo de éxtasis. Por suerte, Heratassë había llegado momentos antes, y haciendo acopio de sus capacidades, los sacó de allí a todos.

Aparecieron en un oasis relativamente cercano a Puerto Reghtar, donde pronto se reunieron con ellos el resto de Rastreadores, que había esperado su retorno de la incursión en los subterráneos. Puerto Reghtar no había estallado finalmente, aunque tampoco sabían si había llegado a caer ante los embates de Selene y los demás. Heratassë no estaba presente. Según informaron los apóstoles de Urion, había partido nada más habían aparecido allí. Debía de haber sido poseído por la Rabia Sangrienta que le aquejaba cuando empleaba una gran dosis de su poder. Con desconfianza inicial, conversaron con los apóstoles. Estos no habían querido que sus compañeros y hermanos fueran borrados de la faz de la Vicisitud y habían intentado impedir la Explosión de Inexistencia. Tras recuperarse durante un par de jornadas, se despidieron de los apóstoles, que continuaron su camino, y volvieron a Haster.


...

Un mes después, la situación en la capital Imperial parecía bastante estabilizada. La niebla del Palio había desaparecido de la faz de Aredia, y la mayoría de los elfos, centauros y hidkas habían retornado a Doranna. Fueron semanas muy intensas en viajes y reuniones. Treltarion había reclamado el Trono Supremo de Doranna y Ezhabel había decidido no disputárselo a pesar de la insistencia de Rughar y algunos otros. Los Alen'tai habían vuelto a su tierra, libre Nímbalos de una amenaza inmediata. El Cónclave del Dragón había sido pacificado y las tropas del norte ya se encontraban movilizándose hacia el sureste. La rebelión de Randor en el sur había tenido efecto gracias a la ayuda de Robeld De Baun y el frente se había vuelto a estabilizar en el río Ilven. El antiguo monarca Esthalio había hecho anunciar su aspiración a ocupar el Trono de los Leones de nuevo. Haster había empezado a prosperar, viendo los primeros comercios abiertos y con un incipiente comercio. La comida estaba dejando paso de nuevo a las monedas como objeto de comercio. Se encargó acuñar la primera remesa de monedas de plata y bronce con la efigie de Leyon I. Por fin llegaron también noticias de la gente que había partido hacia Adastra hacía meses y que había sido evidentemente absorbida por el Palio. Los losiares habían aparecido a lomos de sus dragones y habían conquistado fácilmente parte del territorio otrora perteneciente al imperio, donde los colonos iban a establecer nuevos asentamientos. El frente este de Ercestria se había estabilizado también, y en el oeste los cañones del rey Nyatar castigaban unas fuerzas de la Sombra cada vez más exiguas. En la isla de Targos todo parecía apuntar a la victoria de los aliados del grupo también. El sur de Aredia todavía se encontraba bajo la bota de la Sombra, pero se encargarían de eso una vez solucionaran los problemas más acuciantes. El único revés serio que habían sufrido lo había recibido la flota ilva que custodiaba el portal a Krismerian: siete decenas de navíos habían desaparecido en su totalidad sin dejar ni rastro, presumiblemente arrasados por los engendros de la Sombra.

Al cabo de tres semanas llegaron noticias del sur, traídas por un barco de los Príncipes Comerciantes. Al parecer, un contingente abrumador de tropas de la Sombra se estaba congregando en algún punto de Semathâl. Heratassë también volvió a hacer acto de presencia, tras haber pasado algunos días ausente.

Demetrius, por su parte, viendo que el momento era propicio, impartió las instrucciones pertinentes para que los bardos se prepararan para la ceremonia que habría de levantar la isla Evned.

Los últimos días del mes, Ezhabel comenzó a oir una débil voz en sus sueños, una voz de color verdemar que conocía bien. Nirintalath no había muerto, después de todo.

Los contingentes de elfos, hidkas y centauros comenzaron a organizarse en Doranna. Los emisarios aseguraron que el imperio podría contar con varias decenas de miles de aliados, una vez que la Sombra hubiera sido expulsada de la Nación Perdida.

martes, 18 de octubre de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 16

La villa Antonina. Traidores en la familia.

Idara
consiguió entrar en la casa sin problemas por una de las ventanas del piso superior, mientras Cayo Cornelio se acercaba y se reunía con Lucio Mercio, que permanecía al pie de la fachada, entre las enredaderas. La muchacha apareció en una habitación vacía y sigilosamente salió al pasillo. No tardó en llamarle la atención la puerta de una de las habitaciones, que lucía una enrevesada cerradura con mecanismos ocultos en toda la anchura de la hoja. Con muchísimo esfuerzo consiguió abrirla [gasto intenso de gravitas y fides]. La dependencia era evidentemente una especie de habitación-despacho, con cama, escritorio, estanterías y varios armarios.

Mientras Lucio y Cornelio se infiltraban también en la villa, Idara registraba el despacho. Un cofre bajo la cama llamó su atención. De él cogió varias monedas de plata y algunas alhajas más o menos valiosas. En un cajón del escritorio que no le costó mucho abrir, descubrió un libro (cosido, no eran rollos de pergamino, algo extraordinario) lleno de símbolos iguales a los de su disco. Estaba escrito en griego y presentaba multitud de anotaciones en latín. Lo guardó entre los pliegues de su ropa. También descubrió cómo abrir uno de los armarios, y de un pequeño compartimento sacó una túnica negra de una tela bien conocida para el grupo. Una visión repentina de minerva se disparón en su mente gritando "¡no!", lo que le hizo soltar la túnica. En ese momento aparecían por la puerta Lucio y Cornelio. Este último cogió la túnica al identificar la tela y la guardó. Oyeron algo fuera. Dos hombres y una mujer, los primeros riendo y prometiendo dar placer a la última. Se acercaban por el pasillo, cuando las risas cesaron y uno de los hombres comenzó a gritar.

 —¡Marco no está en su puesto! —Lucio reconoció la voz como la de Cayo Antonino-. ¡El despacho de mi padre está sin vigilancia! ¡¿Dónde está ese hijo de una perra?! ¡¡Marco, ven aquí ahora mismo!!

Los pasos bajaron la escalera de nuevo, lo que aprovecharon para salir rápidamente del despacho y colarse en la habitación por la que habían entrado en la casa. Justo a tiempo, pues identificaron los pasos de otras personas saliendo de una de las habitaciones. Debía de tratarse del tal Marco con alguna amiguita. Bajaron las escaleras, y una fuerte discusión estalló en la planta baja. Pronto se calmó todo, y oyeron cómo alguien subía las escaleras y entraba en el despacho. Prefirieron salir en ese momento de la casa. Un asistente a la fiesta que salió a orinar entre los setos estuvo a punto de descubrirlos, pero pudieron evitarlo y reunirse con los demás en el linde del campo de olivos.

Mientras tanto, en el olivar, Cneo Servilio conversó con Tiberio acerca del dolor que sentía en los huesos en aquel lugar. Allí había algo; no sabía que era, pero no era bueno. Por su parte, Tiberio no paraba de oir la voz del Guerrero Sombrío en su cabeza: "vamos, sí, vamos. Llévame allí". Trató por todos los medios de acallarla.

Una vez todos reunidos, Idara les enseñó el libro y Cneo Servilio lo hojeó y comenzó a leerlo ávidamente. Al poco rato les informaba de que el libro estaba escrito en griego antiguo pero tenía muchísimas anotaciones en latín, que relacionaban el libro de forma directa con la biblioteca que la familia Albino tenía en Toletum. Así que el rumor era cierto: al parecer la biblioteca de los Albino existía de verdad.

Decidieron hacer una incursión del grupo al completo en la casa. Para ello, Tiberio abrió la cajita que invocaba las tormentas hecha por algún mulciber de Vulcano, y las nubes empezaron a arremolinarse. A media mañana del día siguiente ya caía una lluvia lo suficientemente copiosa como para acercarse sin ser vistos. La situación en la casa también se había calmado: los asistentes a la fiesta debían de estar durmiendo la resaca. Se acercaron.

Llegaron a una ventana y observaron el interior. Por desgracia, al abrir la ventana también despertó uno de los que estaban durmiendo en el interior y dio la voz de alarma. Un sangriento combate se desató. Y peligroso, pues como pudieron comprobar el tal Marco era un nigromante del culto a Plutón y los guardias que vigilaban la casa tenían sus facultades físicas enaltecidas por algún extraño hechizo. Cneo Tulio, el antiguo compañero de armas de Lucio, cayó víctima de algún tipo de maldición lanzada por el teúrgo de Plutón. No murió, pero quedó en estado vegetal. Tiberio se encargó del nigromante con un relámpago de Júpiter. El resto se enfrentaron a los guardias con valor, pero fueron viéndose cada vez en una situación más comprometida, hasta que Tiberio se vio obligado a liberar el Guerrero Sombrío, que hacía rato que ejercía una gran presión sobre su fuerza de voluntad. El guerrero mató a uno de los guardias que se disponía a golpear a Tiberio y a otro que tenía a Lucio al borde de la derrota. Acto seguido, se encaró con el propio Lucio. Con un esfuerzo supremo, Tiberio consiguió volver a encerrar a la Sombra en su amuleto. En el ínterin, un grupo de esclavos habían aparecido desde la parte de atrás de la casa, pero la visión de la Sombra y su horrible grito de guerra bastaron para hacerles volver por donde habían venido. Tiberio se recuperó como pudo, sangrando por la nariz, ayudado por Lucio. Entraron en la casa. Pero no llegaron muy lejos, pues sonidos metálicos de guerreros con armadura les hizo desistir. No obstante, les bastó para hacer prisionero a Cayo Antonino y llevárselo atado. Idara prefirió investigar más a fondo la casa en compañía de Claudia Valeria. Llegaron a los jardines del interior, y allí Idara pudo ver algo que la dejó confundida: en el otro extremo de la fachada por donde había salido de la casa, un arco daba acceso a algún tipo de subsótano. La construcción era reciente, pero era evidente que alguien había aprovechado un arco ya existente para apoyar la pared. El arco era antiquísimo, más de lo que la muchacha podía calcular. Y, aunque desgastados hasta el extremo de ser casi invisibles, lucía los mismos símbolos inscritos en el disco. Era imprescindible investigar aquello. Pero un grito de Valeria detrás de ella provocó la vuelta de Idara. A la teúrga de Minerva le habían clavado un dardo en el cuello; por suerte, resistió los efectos del veneno. Corrieron ante la proximidad de los sonidos metálicos, a través de los jardines. Investigarían aquello en un momento mejor. Llegaron a los establos. En ese momento, Lucio Mercio se encontraba allí prendiendo fuego, pues había vuelto para sembrar un poco el caos y que no pudieran perseguirles. Haciéndose con sendos caballos, salieron al galope. Al salir, un hombre enorme vestido con una extraña armadura lacada en azul que parecía adaptarse perfectamente a su cuerpo impartió órdenes a los esclavos en íbero para que los detuvieran. Pudieron huir, no sin que Lucio sufriera heridas de consideración en un brazo.

Se alejaron un par de kilómetros de la casa, buscando un buen sitio donde refugiarse y evitando la aldea cercana. Oyeron los perros de los guardias en un par de ocasiones, pero no se acercaron donde se encontraban. Sin tardanza, interrogaron a Cayo Antonino, a quien Lucio sometió a un durísimo castigo físico, enardecido por la certeza de que tenían a su madre y la habían maltratado. Su hermanastro no tardó en hablar. Su padre no estaba en la casa, había ido a Toletum no sabía para qué. El hombre de la armadura azul era un tartesio, descendiente de los habitantes de Tartessos, hasta donde él sabía. Cayo Mercio, el hermano de Lucio, decurión en Emerita Augusta, colaboraba con ellos a cambio de una suma. La madre de Lucio estaba en el sótano, encerrada, y allí, en alguna parte, había un reservado al que el padre de Cayo nunca le había dejado entrar. El culto a Plutón se reunía habitualmente en Toletum, donde tenían la sede tambíen los Albino. Quinto Antonino, además, buscaba mujeres para sacrificar en no sabía qué ceremonias extrañas. Por supuesto, Cayo Antonino también conocía la localización de la mina de plata. Tras los interrogatorios, Tiberio tuvo que encargarse de recuperar en cierta medida la salud del muchacho, pues Lucio se había mostrado muy agresivo con él. No obstante, al final, cuando parecía que iba a asestar el golpe de gracia a su hermanastro, el legionario le perdonó la vida e incluso le dio algo de agua, lo que le valió el gesto de aprobación de Claudia Valeria, que se había aprestado a evitar la muerte del muchacho. Al cabo de unas pocas horas, cuando Lucio se sintió satisfecho con la información obtenida de su hermanastro, lo liberó. Sus heridas eran graves y sería un milagro que sobreviviera, pero al menos le dio la oportunidad.

Gracias al libro que habían conseguido en la villa, Cneo Servilio pudo descifrar el texto que mostraba el disco de Idara. No tenía mucho sentido, pues parecía un fragmento de texto que encajaba en un todo mayor. Lo que sacaron en claro era que se trataba del "tercer sello". Por otra parte, el libro hablaba de la historia de Tartessos, del rey Gerion y sus tratos con Neptuno y Plutón, y multitud de leyendas e historias épicas.

El templo subterráneo
Evidentemente, tras lo que habían descubierto y lo que había revelado Cayo Antonino no podían marcharse sin más. Esperaron una ocasión propicia y procedieron a infiltrarse en la casa por el punto más próximo al pórtico del que les había hablado Idara: el muro del jardín. Tras algunas tribulaciones, consiguieron pasar sin ser vistos. Atravesaron el extraño arco sintiendo una sensación extraña; sobre todo Tiberio, cuya Sombra no cesaba de hablar en su mente, instándolo a liberarla. Bajaron unas escaleras, evitando previamente un encuentro con el guardia de la coraza lacada en azul. Los esclavos que vigilaban la parte de abajo no fueron un obstáculo serio. El subsótano era una estancia sombría con varias puertas cerradas. Una de ellas daba paso a un cubículo donde se encontraba Lucinda, la madre de Lucio, y otra mujer madura que no reconocieron. Tenían un aspecto deplorable, era evidente que habían sido maltratadas cruelmente. Lucio y Cornelio sacaron a las mujeres de allí a través del muro. Mientras tanto, el resto del grupo investigó el subterráneo. Otra de las puertas daba acceso a una parte más antigua: una especie de santuario con los símbolos extraños, aparentemente dedicado a Plutón y Neptuno. Tras el altar, un espacio destinado a encender un fuego sagrado, y tras él descubrieron una puerta oculta a primera vista. No se abría por medios normales. Con la ayuda del sello dorado, la abrieron haciendo uso de la fuerza de gravitas. Unas amplias escaleras descendentes daban acceso a una especie de templo subterráneo aún más antiguo, con una pequeñísima abertura para dejar pasar la luz de la luna horadada en la roca con medios que ellos no podían imaginar. Tapices deshechos por el tiempo y columnas austeras acababan en un altar donde se podía percibir todavía el hedor de sacrificios humanos. Y no hacía demasiado que se habían llevado a cabo, a juzgar por las manchas. En un extremo lateral, un sarcófago con horrendas pinturas se encontraba sumido en la oscuridad. La luz de las antorchas parecía ser repelida por el horripilante objeto. Había símbolos extraños escritos con sangre en todos sus laterales. Los grabados de las paredes mostraban varias escenas, y la que predominaba era una lucha entre una mujer y un hombre, aparentemente un héroe antiguo, quizá Hércules o Teseo. También pudieron leer referencias a algo llamado "auricalcum", un extraño metal que tenía algo que ver con el poder. Y por último, algo llamado la "Estirpe de Plata"; en los grabados se veían figuras humanoides creadas por los dioses, antes que los humanos.

Comenzaron a oir ruidos en el exterior. Los guardias golpeaban la puerta que habían atravesado, gritando improperios.

No pudieron resistir la curiosidad, y abrieron el sarcófago. De él salió una brisa fría que les hizo temblar durante unos instantes. Estaba vacío, aunque por su aspecto era evidente que no hacía mucho que había albergado un cuerpo, un cuerpo grande. Idara se apercibió de un movimiento en las sombras, por el rabillo del ojo. Se giró, y para su horror pudo ver que se acercaban a ellos dos figuras prácticamente idénticas a la que albergaba la estatuilla de Tiberio. Profirió un grito que puso alerta al médico y a los demás.

Mientras tanto, en el exterior, Lucio y Cornelio se aprestaban a volver a entrar tras poner a salvo a las mujeres...

lunes, 17 de octubre de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 15

Viaje a Gades.

El día siguiente vio por fin la vuelta a la consciencia de Galeno gracias a los cuidados de Tiberio. El insigne médico se mostró muy agradecido cuando Sexto Meridio le refirió las hazañas y cuidados de los personajes. Ante la mención de su trabajo con cadáveres se sintió incómodo, y prefirieron no mencionar más el asunto a ser posible.

Lucio, como ya había anunciado, se presentó ante Apio Cecilio. En la Castra Praetoria se encontró con su viejo amigo, Cneo Tulio, que le presentó al joven legionario que le acompañaba, Cayo Juliano. Al parecer, entre los dos había algo más que una buena amistad; Lucio se alegró por su amigo, y se sinceró con él respecto a lo que había pasado las últimas semanas y lo que se proponía hacer en el futuro inmediato. Tulio insistió en acompañarlo a presencia de Cecilio. Cecilio y Lucio mantuvieron una franca conversación sobre lo que había sucedido últimamente y las cosas que había averiguado; mencionó a la familia Albino, que parecía estar inmensa en asuntos turbios relacionados con el ocultismo y la religión. Cecilio le dio su permiso para acompañar a Cayo Cornelio y continuar sus investigaciones haciendo una parada en Gades. Antes de marcharse, Cneo Tulio pidió permiso para acompañar a su amigo en su periplo, y Cecilio, profundamente influenciado por la personalidad (y el destino) de Lucio se lo concedió.

Mientras tanto, en la villa de Cornelio, Tiberio y sus compañeros de congregación recibieron la visita de una teúrga de Venus, intrigada por una carta que había enviado a su sede Lucratia Tertia, una de los miembros de la congregación del Alto Tíber, advirtiendo de que abandonaban Italia. La teúrga, Presilea Galica, se interesó por la marcha de la congregación y los supuestos asesinatos. Comentó que los teúrgos de Minerva ya venían avisando hacía un tiempo de los peligros que los miembros del Pacto afrontaban, pero nadie les hacía demasiado caso. Se comprometió a advertir a los demás y a andarse con mil ojos.

Cayo Cornelio, por su parte, ultimó los detalles para dejar sus negocios en manos de su amigo Mopsos, advirtiéndole repetidas veces de la responsabilidad que conllevaba y la confianza que depositaba en él. Además, antes de partir, Cornelio envió una carta a Cayo Lutacio (el comandante de la guarnición de Alejandría) y al legado de su legión para ofrecerle su patrocinio. En ella informaba de su nuevo destino en Mogontiacum y de su deseo de contar con los servicios de Lutacio allí.

La jornada siguiente partieron, muy temprano por la mañana. Tres trirremes de la flota les esperaban para trasladarlos hasta Germania, rodeando la península ibérica. Así podrían hacer parada en Gades, como deseaban. No era un procedimiento muy regular, pero eran los últimos favores de los hilos que había movido Quinto Antonio Flaco.

El viaje transcurrió plácido. El tercer día hicieron parada en Narbo, la gran ciudad del sur de la Galia, y poco después continuaron viaje. Un hecho llamó la atención de Cornelio un atardecer: una paloma mensajera salió de una de las otras naves sin haberle informado. Tras varias investigaciones y con la capacidad de Tiberio de entender el idioma de las aves, averiguaron que el centurión al cargo de las tropas, Quinto Alano, era el responsable. Discutieron largo y tendido qué hacer. Idara se dirigió a indagar en los efectos personales del centurión entrando en su camarote subrepticiamente, y allí se encontró con el Alano colgado del bajo techo: se había ahorcado. La consternación se adueñó de la embarcación, y los personajes interrogaron a un conocido suyo, uno de los soldados más cercanos a él, compañero de tabernaculum desde sus tiempos de reclutas en Dacia: Servio Decio. Lo encontraron durmiendo la borrachera, estado en el que pasaba bastantes horas del día. La presencia de Cornelio lo hizo encogerse.

Decio les reveló algo que les inquietó: el patricio que propuso en su momento como centurión a Quinto Alano no era otro que Cayo Albino Regilense, teúrgo del Alto Consejo del Culto a Júpiter y de quien ya habían oido hablar a los teúrgos de Mercurio (Nicomedes Stoltidis había recibido la visita de Quinto Mario Canus, de parte de Cayo Albino Regilense). Además, intercambiaba correspondencia con él habitualmente. Eso le conectaba con la cúpula del Culto y por ende, con los asuntos turbios que estaban ocurriendo en Roma.

Sin más incidentes llegaron al puerto de Gades. Allí Lucio visitó la villa de su madre. Sin embargo, ella no se encontraba allí. Los esclavos se mostraban claramente preocupados y no querían hablar de la situación. Lucio perdió los estribos y sacó a relucir su violencia: destrozó la cara del esclavo llamado Aaron ante la histeria de la que debía ser su pareja, la esclava Mira. Por señas y con sollozos consiguió calmar los ánimos y les mostró su lengua: había sido cortada. Al parecer, para servir como ejemplo a los demás esclavos. Muy reluctantemente, les explicaron que presenciaron una paliza de Quinto Antonino Celio a Lucinda, la madre de Lucio, y que se la llevó de allí no sin antes advertir a los esclavos de no decir una palabra.

Lucio, Idara, Cornelio, Tiberio, Cneo Servilio, Cneo Tulio y Claudia Valeria partieron rápidamente hacia la villa de los Antoninos a lomos de sendos caballos. Dos jornadas agotadoras precedieron a la noche en que llegaron a la vista de la casa, rodeada de olivares. Había luz, y mucho ruido dentro. Idara y Lucio, esquivando a los guardias, se acercaron a una ventana. Dentro pudieron ver a varios jovenes bebiendo y fornicando con mujeres. Uno de ellos se pavoneaba con una actitud extremadamente presuntuosa y Lucio lo reconoció sin duda como uno de los hijos de Antonino, Cayo.
 —¡Gracias a los dioses por la mina que le regalaron a mi padre! —exclamó—. Y pensar que decían que Tartessos había acabado con todo, que no quedaba plata... ¡la Fortuna los lleve, qué buen dinero nos provee! —acto seguido, una muchacha lo besó en la boca y enmudeció.

"Vaya, vaya, así que la fortuna les sonríe"
—pensó Lucio—. "Pues va a ser por muy poco tiempo, asqueroso malnacido". Llevó la mano a la empuñadura de su gladius, pero por suerte logró contenerse a instancias de Idara.

Las ventanas del piso superior no estaban cerradas, así que la elegida de Minerva comenzó a buscar un lugar apto para encaramarse a una de ellas.

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 69

Tras enviar a Robeld de Baun de nuevo hacia el sur para ayudar a lord Randor en su rebelión decidieron que, definitivamente, no podían postergarlo más. La niebla había llegado muy cerca de la ciudad y amenazaba con engullirla definitivamente; tenían que viajar al origen de todo aquello, a la ciudad maldita de Andron, e intentar acabar con la filtración dimensional.

Mantuvieron una larga discusión con toda la cúpula política de Haster en la Sala de Guerra. Horas y horas, hasta que alguien sugirió la posibilidad de viajar allí a través del Mundo Onírico. Aunque en principio se descartó, no tardaron en barajar seriamente tal posibilidad. Desde luego, cualquier alternativa era mejor que meterse en la niebla directamente y sufrir toda la presión mental y física que el Palio provocaba.

Para sorpresa de algunos, Eltahim manifestó que le sería fácil llevarlos al Mundo Onírico físicamente; traspasar las barreras dimensionales era mucho más sencillo que alterar la realidad donde se encontraba. Así que no esperaron más. Demetrius, Ayreon, Ezhabel y Leyon fueron transportados por Eltahim y acompañados por los Susurros de Creá, una decena de paladines, los Rastreadores del Silenciado al completo, los clérigos de Ammarië, Rughar, Willas Stalyr, Zôrom, el padre Ibrahim y, por supuesto, Carsícores. Eran una pequeña multitud, pero Eltahim demostró que era cierto lo que había dicho y no le costó apenas esfuerzo horadar la barrera y llevarlos al Mundo Onírico.

El mundo de los sueños era básicamente igual a como lo recordaban. Los únicos vestigios del Palio que podían ver aquí eran los espectrales árboles negros y secos cuyo roce causaba un dolor insoportable, físico y espiritual. Conforme se acercaban a Andron los árboles se iban haciendo más espesos, hasta que fue casi imposible evitar su roce. Pero para entonces ya habían llegado a la vista de la ciudad maldita, cuya manifestación en el Mundo Onírico era horripilante, estremecedora. Se veían muchos edificios, pero no de piedra. Las construcciones estaban formadas por cuerpos humanos horriblemente desgarrados y mutilados, que aullaban de dolor y pánico sin dar un respiro a los oídos. Lobos y cuervos, que parecían omnipresentes, mordían y picoteaban los ojos y la carne de los así condenados. Era una visión dantesca, casi insoportable. Los gritos, aullidos, graznidos y sonidos irreconocibles destrozaban sus nervios, y algunos de ellos no pudieron aguantar la presión, desfalleciendo varias veces en el tiempo que duró su estancia allí.

Mientras se encontraban decidiendo qué hacer, un Rastreador desconocido manifestó su yo onírico cerca de ellos. Aprovecharon para interrogarlo rápidamente: confuso y horrorizado por los gritos y la visión de los cuerpos, respondió que se encontraba en un edificio, un almacén grande, lindando con una plaza octogonal más o menos en el centro de la ciudad. Desapareció sin poder decir nada más. Ayreon decidió que lo mejor sería buscar su sueño en la Dimensión Onírica e intentar contactar con él más tranquilamente. Eltahim y él no tardaron en encontrar la manifestación del sueño, en el siguiente nivel de realidad. El paladín se introdujo en su sueño; éste era bucólico y feliz, donde podían ver al Rastreador jugando con unos niños en un prado. Cuando el desconocido vio a Ayreon, entablaron una conversación durante la que el sueño mutó y se convirtió en un entorno muy parecido al Palio. Ayreon consiguió transmitir al Rastreador que había un gran número de sus hermanos con él que ya no consideraban a Khamorbôlg como el Albor. Fue derrotado hacía poco. Le encargó la labor de transmitir a los demás Rastreadores que iban a ir a buscarlos para liberarlos del yugo de la Sombra. Apresuradamente, Ayreon salió del sueño. No quería acabar perdido en aquella Dimensión si el Rastreador despertaba.

No tardaron en encontrar la manifestación de la Plaza Octogonal en el Mundo Onírico; en el centro de la plaza había un pozo pequeño, oscuro y profundo, sin fondo. Pozo que no existía en la plaza del mundo de vigilia. Parecía que habían dado con la grieta dimensional. Había llegado el momento. Transportados por Eltahim, volvieron a descender por la escalera de la Realidad y salieron del Mundo Onírico al mundo de vigilia. Invadido por el Palio. La impresión fue tremenda, apabullante. Gracias a Willas y a su Arunarya, el Arcángel de Oltar, todos pudieron sobreponerse a la tristeza y encargarse de lo que habían venido a hacer. No tardaron en encontrar el edificio donde, por lo que les había dicho el desconocido en sueños, se encontraban los Rastreadores de Urion. No tardaron mucho en reunirse, gracias al aviso previo. Un cuervo alzó el vuelo desde una ventana, graznando. Era evidente que se dirigía a avisar a su amo, Urion casi con total seguridad. Trasladaron a todos al Mundo Onírico. Una discusión precipitada se inició entre los defensores de que Khamorbôlg era realmente el Albor y los que se oponían o, simplemente, dudaban que fuera así. El movimiento a favor de Khamorbôlg estaba encabezado por un tal Ixios, que vio cómo sus apoyos menguaban rápidamente. Arixareas y los demás comentaron el advenimiento del Imperio Trivadálma y al menos sembraron la duda en las mentes de los demás. Ixios repetía una y otra vez que eran unos traidores a Daar y que iban a recibir un gran castigo por ello. No lo repitió muchas veces; Carsícores apareció ante él y descargó un chorro de poder desde la palma de su mano que destrozó al Rastreador, mientras un compañero de éste lanzaba un rayo de oscuridad hacia Demetrius y desaparecía. Carsícores les explicó que se trataba de un apóstol camuflado, como lo demostraba el cambio de aspecto que había sufrido al morir y la agresión de su compañero hacia el bardo supremo. Los que habían apoyado a Ixios no tardaron en reconocer su equivocación. Gracias al Grial y a Ibrahim, Demetrius se recuperó rápidamente.

Con los ánimos todo lo calmados que podían estar -el entorno de cuerpos destrozados y gemidos desesperados estaba causando hondas impresiones en los presentes-, Zôrom dispuso a todos según las especificaciones del Libro de Aringill. Los Rastreadores establecieron vínculos entre el poder proporcionado por las reliquias sagradas -el Santo Grial, Mandalazâr y la Daga de la Luz- y los clérigos de Ammarië y el Padre Ibrahim, que habían sido previamente aleccionados por el enano para ejecutar el Ritual. En el transcurrir de las horas varios Rastreadores cayeron inconscientes por el esfuerzo, mientras los oficiantes hacían todo lo posible por canalizar el poder que les llegaba de la forma correcta.

En un momento determinado, el Mundo Onírico se vio sacudido por la irrupción de una multitud de demonios y fuerzas extrañas encabezadas por los apóstoles de Khamorbôlg, los que en vida habían sido Eraitan y Natarin y algunos más, desconocidos para el grupo. Los clérigos de Ammarië también estaban siendo víctimas del agotamiento y habían empezado a caer, por entonces. Todo indicaba que el ritual estaba a punto de finalizar, pues el pozo de oscuridad que había en el centro de la plaza estaba ya casi cerrado, pero si no conseguían rechazar a aquel ejército fracasarían.

Los paladines se enlazaron y levantaron una barrera contra los demonios y los no-muertos, Carsícores y Heratassë se lanzaron al combate. Ezhabel chocó contra Natarin, intentando sin esperanza hacer que volviese a ser él mismo. El combate fue terrible. A los pocos minutos, la barrera de los paladines comenzó a ceder. Aunque la levantaban una y otra vez con esfuerzo redoblado, una y otra vez la barrera cedía, hasta que los demonios estuvieron demasiado cerca y tuvieron que recurrir al enfrentamiento físico. Églaras, Ecthelainn y Arunarya comenzaron a segar. Pero no era suficiente. Aparecían más y más demonios, y los apóstoles de varios kaloriones más se habían unido a los engendros de la Sombra. Heratassë y Carsícores hacían que se removieran los cimientos del propio Mundo Onírico, pero sus envites no parecían frenar el flujo de demonios y engrendros del Palio en absoluto.

Con casi la mitad de los clérigos de Ammarië y los Rastreadores caídos, Terwaranya se tensó en un último esfuerzo que curvó la realidad, cerró el pozo y provocó una silenciosa explosión de luz. La explosión pareció hacer volver en sí a Heratassë, que de nuevo había perdido el control en la lucha, y como en un sueño, una luz dorada lo inundó todo. La Esfera Celestial se había abierto, y desde ella se manifestaban los Arcángeles predichos en el Libro de Aringill. Una gloriosa legión de luminosas criaturas aladas vestidas con doradas armaduras empezó a impartir muerte por doquier, mientras los accesos del Palio y del Cielo se cerraban a la vez. Los árboles negros de los alrededores desaparecieron.

Pero aquello no había acabado. El propio Cuervo Ciego, Urion, apareció en medio de una esfera de muerte que levantó un silencio sepulcral entre sus fuerzas. Sus apóstoles estaban alrededor de él, enlazados en un círculo de once que se percibía como una sorda vibración, un frío intenso y un doloroso tirón. Aquello era demasiado. Arcángeles y Demonios empezaron a desvanecerse por igual.

—¡¡Déjame ir!! —gritó Nirintalath en la mente de Ezhabel— ¡¡Es el momento, déjame!!

Con dolor en su corazón, pero también cierto alivio, Ezhabel liberó conscientemente a Nirintalath, que tomó la forma de mujer que lucía cuando se manifestaba en sueños. El espíritu de Dolor se despidió silenciosamente de la semielfa. "Cuídate mucho, hermana" le pareció oir en su cabeza mientras las lágrimas acudían a sus ojos. Acto seguido, se lanzó hacia el kalorion y sus tropas y dejó de contenerse. Por un momento, un infierno de sufrimiento se abatió sobre todos, mientras Nirintalath adquiría su verdadera naturaleza. Por suerte, Eltahim los sacó de allí casi al instante. Ayreon la había sanado justo a tiempo con Églaras de una fea herida provocada por un engendro del Palio [punto de destino].

El sol no era capaz de pasar a través de las nubes, y una fina lluvia mojaba sus rostros. Se encontraban en una plaza octogonal en medio de una ciudad ruinosa donde varios edificios aparecían reconstruidos de forma extraña, vulnerando las leyes de la naturaleza. Un aire frío traía susurros y letanías de muerte que no les dejaron descansar.

Destrozados y agotados como estaban, no les quedó más remedio que iniciar el viaje hacia el sur, hacia el mar, alejándose lo más rápidamente posible de allí. Ezhabel lloraba en silencio por su pérdida. Rughar se acercó y la consoló.
 —No sufráis, mi esforzada señora —Rughar nunca había mostrado tal cortesía al dirigirse hacia ella—. Es mejor así, pues vuestra labor como reina estaba reñida con la posesión de tal ente. Ahora podréis volcar todo vuestro esfuerzo en reclamar el Trono Supremo de los elfos.

Tal afirmación provocó un escalofrío de sorpresa en Ezhabel, que contestó:

—¿Qué dices, capitán? Es posible que lord Treltarion haya vuelto de allí donde se encontrara, y si no es así, otro elfo de pura raza reclamará el trono para sí.

—Puede que sea así, pero, ¿no creéis que nadie lo merece más que vos, mi señora? ¿Mi reina? ¿Sa'Athein nír Doranna?.

Ezhabel se encogió ante la utilización de la fórmula ritual para referirse al Monarca Supremo de los elfos en Doranna en su forma femenina. Quizá Rughar se estaba extralimitando. O quizá no.

viernes, 14 de octubre de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 14

Retorno a Roma.

Dado su valor y su valía en combate, Tito Acadio hizo un aparte con Lucio Mercio, y le dijo que lo había propuesto para ingresar en la hermandad de Mitra. Lucio se sintió halagado, y por supuesto aceptó. Ser un Hijo de Mitra era un honor que se proponía sólo a aquellos que demostraban su valor en combate. Ya le había sido propuesto el ingreso durante sus campañas en oriente, pero el hombre que lo iba a presentar había muerto, atravesado desgraciadamente por una flecha mal dirigida. Lucio veía a Mitra como otra deificación de Marte, autoconvenciéndose así de no sentirse culpable ni en conflicto por rendir culto a un dios extranjero. Con toda probabilidad, la noche siguiente tendría lugar la ceremonia de iniciación.

Esa misma noche, a sugerencia de los personajes, Cayo Lutacio puso a dos centenares de sus hombres a peinar la zona en busca de restos que les pusieran sobre la pista de los atacantes. No obtuvieron resultados. Sólo descubrieron al cabo de varias horas un leve rastro que conducía directo al mar, pero que bien podía pertenecer a cualquier bañista. Durante la búsqueda, Cornelio, Idara y Zenata paseaban por la playa. La niña, con la inocencia pero también la clarividencia de siempre, preguntó que quién era la mujer que habían visto arrodillada en la arena, que su aspecto se parecía mucho al de Jezabel, una mujer que visitaba habitualmente su pueblo. Evidentemente, ambos se interesaron por la revelación de la niña, pero no pudo decirles mucho más: la mujer iba a su pueblo a reunirse con alguien, y hacía muchas preguntas. Fue todo lo que pudo decirles.


Tiberio no quería perder bajo ningún concepto la pista de la extraña mujer y sus acólitos, y la única solución que se le ocurrió fue utilizar el poder de Júpiter para poder hablar con las gaviotas del entorno e intentar descubrir si habían visto algo. El único problema era que para ello necesitaba dos días de estancia en un templo consagrado a Júpiter Óptimo Máximo, alimentando a las aves sagradas, y para ello tendría que volver a la ciudad. En la reunión que siguió, todos le desaconsejaron hacerlo, pero él insistió y finalmente acordaron hacerlo rápida y discretamente. En la conversación, un legionario que hablaba árabe acudió para traducir las palabras de Aretas Ben Jalafh, que intentó hacer desistir de su intento a Tiberio, alegando que los "afhdallah", los mejores estaban cerca y los querían a ellos. Preguntado acerca de quién eran los mejores respondió que eran gente proveniente de antiguas tradiciones, que según las historias habían adiestrado a los primeros kahin. Por fin pudieron conocer la historia de Aretas, que dijo pertenecer a una corriente kahin que se oponía al "protectorado" de los afhdallah, y que había decidido ayudar al grupo a la vista de la importancia que estaban adquiriendo en los planes de sus enemigos.

Sin perder tiempo, en cuanto acabó la reunión, todavía por la mañana, Tiberio partió hacia uno de los templos menores de Júpiter de Alejandría en compañía de Cneo Servilio, Idara y los tres teúrgos de Minerva. La antigua ladrona y sus compañeros se encargarían de vigilar el entorno mientras ellos realizaban las exequias en el templo. Al llegar allí, Tiberio expuso su deseo de quedarse un par de jornadas al guardián que se encontraba guardando la puerta. Un pequeño soborno puso fin a cualquier complicación.

Por la noche, un pequeño grupo de legionarios llegó al templo en busca de Cneo Servilio. El anciano hizo un gesto tranquilizador hacia Idara, que lo dejó marchar. Lucio se despertó cuando notó que alguien se acercaba a él: era Tito Acadio, que le informó de que la hora había llegado. Por fin iba a formar parte de la hermandad de Mitra. Lo condujo a caballo hasta un pequeño bosquecillo entre colinas. Allí se reunieron con Calisteos, y entre los dos le vendaron los ojos, le taparon los oidos, lo amordazaron y lo desnudaron completamente. Le hicieron caminar, guiándole para no tropezar. Pasó rozando zarzas que le arañaban y ortigas que le hacían arder la piel. Era evidente a pesar de sus ojos vendados que lo metieron en una cueva. Allí tuvo lugar el proceso de iniciación a Mitra: lo hicieron pasar por una charca con sanguijuelas y anguilas, caminar sobre alacranes y sobre brasas ardientes, apoyaron un filo en su pene y lo obligaron a andar a pesar de todo. Lucio soportó todos los castigos con un estoicismo a prueba de bomba y no dejó escapar ni un gruñido de incomodidad. Cada vez que superaba una de las pruebas iban retirando una de sus barreras para los sentidos con una frase ritual: los tapones, la mordaza y, finalmente, la venda de los ojos. Cuando se la quitaron vio que en una plataforma en medio del riachuelo que discurría por la caverna se encontraban reunidos varios hermanos del culto: Calisteos y Tito Acadio, que le habían conducido hasta allí, Cayo Lutacio, algunos otros oficiales y legionarios y, para su sorpresa, también Cneo Servilio, el maestro de Tiberio. Todos le abrazaron, uno por uno, y le dieron la bienvenida. Mientras le curaban las heridas sufridas -había pasado demasiado lentamente por las brasas y había pisado demasiados alacranes- le enseñaron los ritos de Mitra y sus palabras y gestos para poder reconocer a otros hermanos.

Al cabo de dos o tres horas, Idara pudo ver cómo Cneo Servilio era conducido hasta el templo por los mismos legionarios que se lo habían llevado antes.

El día siguiente fue más movido. A mediodía, un árabe se acercó a hablar con el guardián del templo que había recibido a Tiberio y a Cneo. Idara y sus compañeros, distribuidos por la plazuela abarrotada que daba acceso al templo, observaron preocupados. Tras algunos aspavientos, el árabe se marchó. Pasados unos momentos, el guardián entró en el templo.

"¿Tiberio?"
Tiberio Julio oyó una voz que le llamaba detrás suyo. Tuvo la suficiente fuerza de voluntad para no volverse. Era el guardián de la puerta, que insistió dos veces. Finalmente, Tiberio se volvió, para decirle que no conocía a nadie en Alejandría con ese nombre. Tras evaluarlo unos instantes, el vigilante le dijo que había acudido un hombre preguntando por el tal Tiberio, que coincidía con su descripción, y quería comprobar que no le había mentido. A continuación salió de allí.

La cosa no acabó ahí. Al anochecer, volvieron varios árabes, que se dirigieron a hablar con el guardián. Idara envió a uno de los teúrgos de Minerva a avisar a Tiberio. Éste, alertado, procedió con la ceremonia sacrificó una oca. El indigitamenta se manifestó y, con un proceso doloroso, le otorgó el don de comprender y hablar el idioma de las aves, y las dotes de alerta de la oca. Justo en el momento en que los árabes irrumpían en el templo (de lo que Tiberio se apercibió gracias a los poderes que había obtenido de la oca). Por suerte había bastante gente todavía y pudieron esquivarlos amparándose en las sombras. Se reunieron con Idara en el exterior y se marcharon de allí. Volvieron al campamento sin más sobresaltos.

Por la tarde, antes del episodio en el templo, Cayo Cornelio había recibido la noticia de que su barco había vuelto y se encontraba anclado en el puerto. Partió hacia allí de inmediato. Íctinos lo recibió con un cálido apretón de manos, y le contó que habían sido atacados por los piratas, de los que habían escapado gracias a los trirremes de la flota griega. Había conseguido relizar el negocio y ya había dado su parte a los judíos. El barco necesitaba unas cuantas reparaciones, pero podrían partir al día siguiente, si así lo deseaban. Cornelio le comentó que seguramente partirían hacia Roma, a lo que el capitán del barco sugirió aceptar algunos pasajeros, que eran una de las mercancías más rentables, pero Cornelio se lo prohibió hasta nueva orden.

En cuanto llegó al campamento, Tiberio habló con las gaviotas y los gorriones de los alrededores. El idioma de los pájaros era sencillo y entrecortado, pero pudo sacar en claro que los extraños extranjeros habían subido a una especie de barco que a continuación se había hundido bajo el agua. Algo extraordinario y muy difícil de contrarrestar.

El día siguiente partieron hacia el puerto con una nutrida escolta de cincuenta legionarios. Como preveían, la salida no fue tranquila. Tiberio se arqueó en el carro donde viajaba, porque la sombra albergada en la figura que llevaba en el pecho le exigió su liberación, con una voz acompañada de sombra y dolor. El esfuerzo para no liberar a la Sombra era tremendo, pero lo consiguió. Idara pudo detectar, gracias a la guía de Minerva, que entre la multitud se hallaba una mujer camuflada sobrenaturalmente con una apariencia que no era la suya. Quizá la misma mujer que había atacado el campamento. Y mucha gente se movía hacia ellos. Dieron la orden a los legionarios de apretar el paso, y tras algún que otro altercado consiguieron llegar al barco, donde Cayo Lutacio se despidió de ellos y puso énfasis en su traslado a Roma y su mención ante Cornificia.

El viaje de diez días transcurrió tranquilamente, para variar. Cada uno se dedicó a sus quehaceres, y Tiberio habló con la Sombra contenida en su figura tras tomar todas las precauciones posibles. El ser llamado Eugsynos no se mostraba tan hostil como había sido previamente en el puerto, y Tiberio pudo obtener algo de información. Fue una tal Aogea la que lo había convocado, la misma mujer que los había atacado en el castrum. El resto de las preguntas no las supo o no las quiso contestar.

Por fin, llegaron al puerto de Ostia. Todos realizaron sus exequias a los dioses, dando gracias por el buen término del viaje. Y aquí y allá se veían árabes, un poco más de lo normal. Parecían haberse extendido por todo el Mediterráneo.

Idara fue conducida por los teúrgos de Minerva a la sede de su culto, una villa no muy alejada de Roma. Allí fue recibida por el paladión en persona, Aquiles Herofonte, su líder. Precisamente en ese momento, los teúrgos de Minerva se estaban congregando allí debido a los momentos de crisis que se estaban viviendo en Roma, de los que ya les había informado Sexto Meridio. El Paladión, que ya había soñado con Idara, la reconoció al instante. Preguntó a la muchacha si se quedaría para asistir a la arenga, y ella aceptó. A las pocas horas, los teúrgos presentes se reunieron en un pequeño anfiteatro en el sótano de la villa. Allí, Herofonte les arengó haciendo uso de una oratoria militar inmejorable. Instó a todos ellos a no viajar en grupos de menos de tres, y a participar con orgullo y fuerza en la guerra que estaba a punto de desatarse. Minerva les había enviado a una elegida para ayudarles en el trance, y se encontraba allí en persona. Idara rebulló, inquieta. Sin embargo, para su extrañeza dada la timidez propia de una huérfana de los bajos fondos, la tranquilizaron los vítores que profirieron los allí reunidos. La sangre les hervía pensando en las hazañas que estaban a punto de poder realizar. Una vez acabado el discurso, el Paladión hizo un aparte con Idara, y le informó que, si lo deseaba, uno de los miembros de la tríada que había enviado a ayudarle la adiestraría en las vías del poder de Minerva. Idara nunca había sido el centro de nada ni había sido tratada con tanta deferencia en su vida; aceptó sin dudarlo.

Lucio Mercio se dirigió sin tardanza a ver a su hermana, Lucía. Cuando llegó a la villa de Cneo Cornelio Estrabón, un esclavo lo condujo a su presencia, y ella se lanzó a los brazos del rudo legionario entre sollozos. "¿No te has enterado?" le preguntó. Ante la estupefacción de Lucio, su hermana le contó que sus hermanos habían sido secuestrados, y así le habían informado a ella en una carta. En la carta decía que "los muchachos estaban bien, pero debían dejar de molestar o dejarían de estarlo". Nadie firmaba. Lucio rugió de frustración. Pero eso no era todo, porque Lucía había acudido a casa de su hermano pequeño, Cayo, el tullido escriba, después de recibir el anónimo. Allí habían encontrado una carta de su madre desde Gades, de la que al parecer no había tenido tiempo de decir nada. Lucía tendió la carta a su hermano.

Mi muy querido Cayo,
espero que vaya todo bien, que te encuentres mejor de tus dolencias.
¿Cómo les va a tus hermanos? Hace tiempo que no escriben.
Los echo de menos, sobre todo a Lucio. Buscadlo y que me visite
lo antes posible.

Que Júpiter Óptimo Máximo te dé luz y guía.


Nunca antes su madre había escrito una carta tan escueta, ni había antepuesto a Lucio sobre los demás. Era evidente que estaba demandando la visita por algún motivo que se les escapaba. Lucio decidió visitar su madre tan pronto como arreglara los asuntos en Roma. Se despidió de su hermana con preocupación, diciéndole que el día siguiente volvería para hablar con su marido (que en esos momentos se encontraba ausente).

Tiberio Julio visitó su congregación, la la Congregación del Alto Tíber, junto a Cneo Servilio y Sexto Meridio, tras averiguar que el emperador y su hermana habían partido hacia Pannonia. Allí se encontró con sus compañeros Casio Ovidio y Zenón de Samos, que le recibieron con semblante preocupado. Para consternación de Tiberio, le informaron de que en las últimas semanas habían aparecido dos de sus miembros asesinados, y un tercero hacía dos o tres días que no daba señales de vida. Había que moverse rápido. Tras presentar convenientemente a Sexto Meridio y la colaboración obtenida con el culto a Mercurio, decidieron trasladar la congregación. Además, gracias al poder de comunicación con las aves que le había sido concedido por Júpiter, Tiberio pudo sorprender una conversación entre tres cuervos que rondaban la villa: "¡siete! ¡mañana por la noche! ¡informa!". Un escalofrío recorrió la espina dorsal del patricio. El traslado se aceleró, y propuso a Cneo Servilio, líder tácito de la congregación, trasladarse a la villa de Cayo Cornelio, el único sitio que juzgaba lo suficientemente cercano y seguro. Así lo hicieron.

Por otro lado, en una de las conversaciones que Tiberio y Cneo mantuvieron con sus compañeros, surgió el nombre de Jezabel. Uno de los miembros de la congregación, haciendo un esfuerzo de memoria preguntó si no era ese el nombre de la bruja que decían que acompañaba a Pescennio Níger, el gobernador de Pannonia. Cneo y Tiberio se miraron, incómodos; Cómodo y Cornificia habían partido hacia Pannonia hacía varios días.

Cayo Cornelio volvió a su villa con Zenata tras echar un vistazo a las obras de reconstrucción de su domus. Avanzaban lentamente y estaban siendo más caras de lo previsto, pero las consideraba necesarias. Un patricio no podía pasar sin una casa en el centro del mundo. Fue recibido por Pietro y sus esclavos, y se aseó convenientemente. Tras tomar un refrigerio, el esclavo le informó de que hacía varios días que Cayo Mercio, su secretario y hermano de Lucio, no aparecía por allí, y acto seguido le entregó una carta que había llegado sellada y firmada por Quinto Antonio Flaco, su patrocinador y suegro de su hermana.

Estimado Cayo Cornelio.

Roma ha dejado de ser segura para mí.
Me retiro a Tarentum por mi propia seguridad, alegando motivos familiares.
Algo se está moviendo entre las sombras, y temo que ni nuestros dioses, ni el Senado ni el divino Emperador sean lo suficientemente fuertes para contenerlo.
Temo que la ciudad haya dejado de ser segura para ti también, pues he sido testigo de conversaciones que mencionaban a tu padre y al padre de ese amigo tuyo, Lucio Mercio, en términos poco amistosos.
Así que, por la estima que profesaba a tu padre y la que te tengo a ti mismo, buen Cayo, he movido algunos hilos y pedido el retorno de algunos favores para conseguir tu nombramiento como legado de la Legio XXII Primigenia Pia Fidelis, sita en la frontera con germania, lejos de Roma y sus lobos. Espero que el prefecto del Pretorio, Cleandro, dé su aprobación sin prestar más atención que a cualquier otro nombramiento.
Preséntate cuanto antes ante el senador Apio Claudio Marcelo, y aún con más celeridad auséntate de Italia cuando te haya asignado al cargo.

Huelga mencionar la conveniencia de la destrucción de la presente.
Que la guía de Minerva y la fuerza de Marte te amparen.

Quinto Antonio Flaco.


Increíble. Legado de una legión, con todos los honores y la posibilidad de promoción que aquello conllevaba. Y lo más importante, implicaba entrar en el orden senatorial. Lo malo era que se encontraría demasiado lejos de Roma, y por supuesto, las circunstancias por las que se le había concedido el cargo. Si realmente Roma era tan peligrosa, tendría que andar con pies de plomo. Envió rápidamente un esclavo que pactó una cita para el día siguiente con Claudio Marcelo, y mandó llamar a su amigo Mopsos, que se encontraba en el puerto y no tardó en llegar, y a Lucio Mercio. Una buena noche de juerga levantaría su ánimo. Entre los efluvios del alcohol, propuso a Mopsos encargarse del negocio de las vides mientras él estuviera ausente; el griego aceptó de buen grado. Más tarde y más sereno, Cayo se preguntó si realmente había sido una buena idea.

Por la mañana llegaron a la villa Tiberio y sus compañeros de congregación, que fueron cálidamente acogidos por Cayo Cornelio. Éste se ausentó al poco rato dirigiéndose al foro para entrevistarse en una de las dependencias del Senado con Claudio Marcelo. Se encontró con él en un pequeño despacho, y al senador no parecía hacerle mucha gracia la concesión del cargo de tribuno a Cayo. Pero el respeto que sentía por Antonio Flaco pudo con todas sus reticencias, y lo emplazó al día siguiente en el foro para hacerle entrega (a él y a un par de personas más) simbólica del cargo.

La ceremonia tuvo lugar sin sobresaltos, y Cayo fue investido con el imperium de legado de la IX Hispana. Se le informó de sus derechos y sus deberes en una ceremonia austera para lo que era habitual en Roma. A continuación procedieron a realizar los preparativos del viaje. Aprovechando que Lucio debía pasar por Gades, circunnavegarían la península ibérica en barco para desembarcar en el norte de Europa con la escolta de tres trirremes que el ejército había puesto a disposición de Tiberio. Lucio, por su parte, manifestó su intención de personarse ante Apio Cecilio para informarle de los últimos acontecimientos y sus próximos planes.

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 68

Durante los días siguientes, Leyon se dedicó a adaptarse a su nuevo rol de dirigente del Imperio Trivadálma. Nombró varios cargos: hizo al senescal Dorton su primer consejero; a lord Agiran su segundo consejero, y a lady Ylma como su tercera consejera. A Dorlen lo nombró gobernador civil de Haster, y a Robeld de Baun como mariscal de los ejércitos del Imperio. Mientras tanto, Demetrius y los demás oyeron las dudas de algunos Rastreadores acerca de la posibilidad de que Selene fuera el albor. Dudas que fueron acalladas rápidamente al mencionar el hecho de que Elsakar la había detenido con su fuerza de voluntad, y Zôrom la había herido con la Daga de la Luz. Adens también transmitió a los personajes la nueva posibilidad que los Rastreadores barajaban: que el advenimiento del Imperio fuera en realidad el albor. Demetrius y Leyon hicieron todo lo posible por que tal idea cobrara fuerza en las mentes de la hermandad de Umbriel.

A lo largo de esas jornadas, prácticamente todos los nobles se postraron de hinojos ante Leyon, haciendo el juramento formal de fidelidad y reconociéndolo como el mandatario supremo de Aredia. Todos excepto lord Nyatar, que le recordó el acuerdo de trato preferente (el cual excluía el vasallaje) que habían negociado. También se llevó a cabo una ceremonia de alianza formal entre los ilvos (que no dudaron en recordar a Leyon su promesa de concesión de tierras), los elfos, los hidkas y el Imperio. La mayoría del pueblo parecía feliz y esperanzado con el futuro.

Todos los días Leyon recibía las continuas visitas de los Padres Santos del Imperio Daarita: Xandor Ereyth, Agraxas Experites, Urayn Ukraxes, Agreres Tuaras, Naxor Muaras y Xorios Tuantares. El resto parecían estar todos sometidos a uno u otro de los primeros. Todos intrigaban para conseguir el favor del emperador y convertirse en el "heredero" del Imperio Daarita incorporado al Imperio Trivadálma. A punto estuvieron de sacar de sus casillas a Leyon en un par de ocasiones.

El tercer día vio cómo el portal entre Haster y Emmolnir se cerraba por fin. Los desplazamientos no podrían ser tan rápidos a partir de entonces, excepto utilizando a Heratassë como transporte.

Demetrius se interesó también por la situación en Aghesta. Allí, lord Ergialaranindal le dijo que habían perdido la pista de los kaloriones localizados en la ciudad, y que ante la presencia de los kaloriones en la ceremonia de coronación posiblemente fuera adecuado no demorar más el ataque. Lo meditarían un par de días. Antes, intentaron abrir un portal de nuevo ante la presencia de Zôrom y Elsakar. Efectivamente, ambos vieron cómo la Vicisitud se negaba a abrir el portal, pero no pudieron concretar por qué. Si Urion había hecho tal cosa, había necesitado un poder inmenso -y acceso a la Vicisitud de alguna forma-.

Interrogaron más profundamente a los Rastreadores acerca de la ceremonia de invocación de la niebla del Palio. Ellos no sabían nada del proceso que siguió Urion, lo único que hicieron fue poner en contacto el poder de Petágoras con el kalorion; no habían sido más que una pieza en el engranaje necesario para abrir la grieta dimensional o lo que quiera que fuera aquello.

A continuación partieron a Aghesta. Allí se reunieron con toda la cúpula militar, y al poco rato apareció Carsícores. El kalorion anunció que debía ausentarse sin dilación. Todos supusieron que se trataba de la nueva situación provocada por Selene, pero Carsícores no quiso hablar más. Ayreon hizo un aparte con él; comprendía la situación, pero atacó al kalorion en su punto débil: estar con Selene iba a suponer mucha menos diversión que viajar con ellos al Palio en busca de Khamorbôlg. Carsícores se paró y lo miró fijamente, serio hasta que una sonrisa afloró a sus labios. Sus dientes puntiagudos convertían su mueca en algo horrible, pero ya conocido para el paladín. El kalorion dijo que haría todo lo posible por volver en dos o tres días. Acto seguido, se marchó.

Así, el ataque a Aghesta se produjo sin la ayuda de Carsícores. Sin embargo, no encontraron mucha resistencia. Ezhabel alimentó a Nirintalath llevando a cabo un estallido de dolor que provocó que algunos apóstoles la atacaran y casi le quitaran la vida. Mientras tenía lugar el ataque, la tierra tembló violentamente y durante largo rato; todos se inquietaron ante la posible aparición de la hidra ancestral de Trelteran, pero no sucedió nada. A las pocas horas, de madrugada, la ciudad había caído. Era evidente que gran parte de las tropas y seres poderosos la habían abandonado. Investigando la ciudadela vieron que en el subsuelo se adentraban una serie de túneles que habían sido cegados muy recientemente, el polvo todavía estaba en el aire. Por allí habían debido de escapar.

Interrogaron a los pocos prisioneros de alto rango que habían hecho, y todos les respondieron que los túneles no estaban abiertos a cualquiera y sólo aquellos que contaban con el permiso de los kaloriones podían entrar en ellos. A continuación se encontraron con el problema de tener cuarenta mil civiles y cinco mil soldados prisioneros; aunque Ezhabel, evidentemente con la Espada del Dolor haciendo estragos en su voluntad, abogó por masacrar a todos y cada uno, el resto del grupo se mostró en contra. Decidieron que liberarían a los civiles y retendrían por el momento a los militares.

De vuelta en Haster, Leyon y los demás recibieron en audiencia a los Iluminados y a los elfos, causantes de la mayoría de los conflictos de la ciudadela. El nuevo emperador medió entre ellos, prometiendo a los Iluminados entrar en campaña pronto y poder hacerse con un botín inmenso, y llamó al orden a los elfos. Una intervención de Ezhabel que sonó demasiado a amenaza condujo sin embargo a un equívoco que puso las cosas extremadamente tensas entre los presentes. La apariencia de la semielfa, en comunión con Nirintalath, hacía que sus palabras adquirieran un matiz extremadamente inquietante. Su aspecto había cambiado a ojos vista en poco tiempo. Por suerte, Leyon, Demetrius y Ayreon pudieron mediar y calmar los ánimos. Todo el mundo se retiró sin altercados, aunque el comandante de los Iluminados no dirigió a Leyon todas las reverencias que el protocolo habría aconsejado. Prefirió ignorar aquel hecho.

Por fin, pasada algo más de una semana desde la coronación, Leyon y Demetrius llevaron a cabo la ancestral ceremonia de exaltación de la grandeza del Emperador: el llys. Centenares, miles de personas se agolparon a los pies del Altar del Corazón (donde también había tenido lugar la ceremonia de coronación), y los guardias tuvieron graves problemas para organizarlas. La ceremonia se prolongó durante unas dieciséis horas, que Leyon aguantó estoicamente. Algunos de los juicios del nuevo emperador no fueron todo lo adecuados que se esperaba, pero con la ayuda del bardo y sus tres consejeros, todo se arregló. Uno de los peticionarios que desfiló ante Leyon no fue otro que lord Turkon Gers, hermano de la emperatriz del Kaikar y que se encontraba confinado en los calabozos acusado de alta traición. Leyon, haciendo gala de una magnanimidad fuera de lo común, lo perdonó y lo rehabilitó. Un pequeño discurso de exaltación hizo que el pueblo profiriera los gritos más exaltados que se habían oído hasta el momento en Haster. Comenzaron a oir cómo varias personas apodaban a Leyon como "el Magnánimo". Al final del día, cuando sonaron las trompetas que anunciaban el final de la ceremonia, el pueblo estaba eufórico. Era el primer llys celebrado en cientos de años y todo parecía estar arreglándose al fin.

Durante algún momento del día, un enviado de Banallêth llegó con un mensaje de la hermana de Ayreon. En él, les advertía que tuvieran cuidado con alguno de los Padres Santos del Imperio Daarita, pues era probable que hubiera un agente de la Sombra entre ellos.

La madrugada siguiente, lord Agiran llegó con noticias. Un halcón había llegado desde el sur anunciando que lord Randor se había levantado en armas contra la Sombra, y requería toda la ayuda que fuera posible. Decidieron que Robeld de Baun, esthalio también, partiría con cuarenta mil efectivos desde Haster para ayudar a Randor. Además también acordaron que tres de los dragones ancestrales de Aghesta se desplazarían hasta la frontera con Esthalia para ayudar a Robeld y trasladar a cierto número de Rastreadores a Emmolnir: allí, haciendo uso del nodo de poder, sintonizarían sus artefactos en forma de pendientes para poder enviarse mensajes telepáticos entre sí y servir de mensajeros entre las fuerzas del Imperio. Por otro lado, los ocho mil vestalenses refugiados en la torre Emmolnir, mil Hijos de Emmán y treinta paladines se pondrían a las órdenes del paladín Lenser y partirían hacia el sur inmediatamente para intentar liberar las poblaciones más cercanas y colaborar en la contención del frente.

Transcurridos dos días, sonaron las campanas de la torre noreste de la ciudadela, que tañían el son de alarma. Corrieron a las murallas. Lo que vieron les sobrecogió. Procedente de la niebla en el horizonte, una gran flota se extendía por el mar Krûsde ante ellos. Navíos de la Sombra, vikingos y mercenarios (entre ellos, barcos de los Alas Grises adastritas) se dirigían hacia Haster a toda vela. Justo cuando Robeld de Baun se había llevado la mayoría de su ejército. Requirieron la vuelta de una parte de las fuerzas, mientras el resto partía hacia el sur con Aglanâth.

Mientras se aprestaban a la defensa, llegó un capitán malherido del cuerpo de montaraces de Haster e informó de que la flota de la Sombra se encontraba estableciendo una cabeza de puente de unos treinta mil efectivos al suroeste de la ciudad, a unos diez kilómetros. Estaban rodeados. Poco después apareció Carsícores, con su eterna e inquietante sonrisa. La Espada del Dolor se volvió loca, reclamando su muerte. Sin embargo, el kalorion dejó rápidamente inconsciente a Ezhabel, evitando el posible peligro. El kalorion aconsejó acabar con aquella maldita niebla cuanto antes. Mientras, la flota de la Sombra había tomado posiciones y había permanecido inmóvil durante varias horas. Ante la posibilidad de que el ataque no fuera inminente, pidieron a Heratassë que los transportara a la Gran Biblioteca de Doedia para buscar el libro de Aringill. Así lo hicieron. Hoid Bexer, Demetrius y Zôrom viajarían mientras los demás se encargaban de la defensa de Haster. De forma sorprendentemente fácil [punto de destino] dieron con el Libro, o con lo que quedaba de él. Muchas de las páginas estaban rotas o destrozadas, pero no tenían nada más. Volvieron rápidamente a Haster, donde Zôrom se puso a estudiar el libro ávidamente junto a Terwaranya y los clérigos de Ammarië.

Entre tanto, Leyon y los demás convocaron a los Padres Santos del Imperio Daarita. Era evidente que alguien informaba a la Sombra de los movimientos de sus tropas y el mensaje que les había enviado Banallêth hacía un par de días era claro al respecto. No tardaron en descubrir que uno de los dirigentes, el tal Urayn Ukraxes, poseía un anillo que le permitía el contacto con algún kalorion. Lo arrojaron a los calabozos.

Khamorbôlg
Al cabo de un tiempo, los montaraces informaron que las fuerzas del suroeste se habían puesto en marcha. Aprestaron sus fuerzas para la batalla, y poco antes del amanecer, una sensación de incredulidad les invadió. Carsícores se puso serio, algo totalmente inusual en él, y miró hacia el mar. Nirintalath se quedó totalmente callada, en tensión en la mente de Ezhabel. Las tropas de la muralla marítima murmuraban. Pronto comprendieron la situación: la flota enemiga se acercaba, y a su frente un enorme barco negro y extraño, que parecía flotar más que navegar. Una arrolladora emanación revelaba en él una presencia que no tardaron en identificar: Khamorbôlg. Otro hecho turbador era que la niebla parecía seguir a la flota en su avance, acercándose a la ciudad. Encargaron la defensa del suroeste a Agiran, mientras ellos tomaban posiciones ante el mar. El poderoso demonio ya era visible como una mancha borrosa de sombras y fuego en la proa del navío, cuya sola presencia se proyectaba empujándolos físicamente. Rugió. El sonido se llevó como un soplo de viento huracanado las esperanzas de muchos de los presentes. Les costó sobremanera convencer a las tropas para que no salieran huyendo; de hecho, algunos lo hicieron. Pero la visión de los elfos y los hidkas, orgullosos en sus puestos, fue inspiradora para otros muchos. Las líneas aguantaron el primer envite, el de la sola presencia física de Khamorbôlg, lo cual ya no era poco.

Frenéticos, preguntaron a Zôrom si había sacado algo en claro del libro de Aringill. El enano respondió que sí, pero le faltaban ciertos flecos y, desde luego, les hacía falta una enorme fuente de poder y seguramente más Rastreadores que les pusieran en contacto con ella. Abandonaron la idea de utilizar el libro de momento.

Ayreon reunió a todos los paladines en Haster y los hizo enlazarse en grupos. Él mismo tomó un lugar. Desenvainaron a Églaras y Ecthelainn. Los bardos, con su Amdawydd al frente tañendo a Mandalazâr, cantaban canciones tras sus líneas; canciones de guerra salvajes y hermosas que hacían vibrar los corazones de los guerreros de la Luz. Los elfos comenzaron a cantar sus canciones de muerte. Los humanos coreaban a los bardos, cada vez más alto. Los hidkas permanecían en silencio, solemnes sobre el pomo de sus enormes espadas, esperando para impartir muerte por doquier. Un rugido ensordecedor, frío intenso y empuje físico hicieron caer a muchos. Khamorbôlg había saltado hacia ellos y le acompañaban multitud de drakken y demonios. Justo ante ellos. Las murallas temblaron y reventaron en varios puntos ante el envite de la Sombra, y la muerte se llevó a muchos buenos guerreros. Los Mediadores asistían como espectadores al evento, inquietos pero impotentes.

Demonios y criaturas de la Sombra empezaron a caer por doquier ante hidkas y elfos, la primera línea de batalla. Willas, Leyon y Robeld de Baun se lanzaron con sus arcángeles, gritando y matando. Willas reía salvajemente. Reía y mataba. Ezhabel desfalleció y fue totalmente poseída por Nirintalath. Sus ojos se tornaron verdemar y el Dolor hizo su aparición, sin distinguir amigo de enemigo. Los demonios caían ante Nirintalath como débiles espigas de trigo. Heratassë mataba, aun conteniéndose, y Carsícores era la muerte encarnada, junto a sus dos apóstoles gemelos. Sin embargo, no podía acercarse a Khamorbôlg, tal era el número de enemigos.

—¡Paladines, por la Luz! ¡¡¡ACABAD CON ÉL!!! —rugió Ayreon con todas sus fuerzas.

Y vaya si mataron. Los paladines dirigieron todas sus fuerzas contra Khamorbôlg, todo el poder que fueron capaces de recibir de su señor Emmán. Empezaron a caer, uno tras otro, dando su vida por el triunfo de la Luz sobre la Sombra. La fuerza que proyectaban sonaba como poderosas fanfarrias en los oídos de los presentes, una electricidad en el ambiente que dolía. Khamorbôlg profirió un horroroso aullido que detuvo por un momento los corazones del ejército de la Luz. Al menos una decena de paladines más cayeron, consumidos por el poder que proyectaban.

De pronto, una silenciosa implosión levantó un fuerte viento hacia el punto donde se había encontrado Khamorbôlg, que no era más que un girón de niebla ahora. Tras unos momentos de indecisión, los bardos de Haster volvieron a cantar y el ejército prorrumpió en vítores, acompañados de estocadas de muerte. Al cabo de unas horas, el ejército de la Sombra, demonios, vikingos, drakken, dragones y humanos se retiraba. Los defensores estaban agotados, pero enardecidos por sus bardos, celebraron el triunfo incluso caídos de bruces en el suelo.

Aclamados como héroes por el pueblo, el día siguiente se celebraron los funerales por los caídos, sobre todo por el heroico sacrificio que habían llevado a cabo los paladines de Emmán. Una docena de ellos había caído en su combate contra Khamorbôlg, y fueron despedidos con los honores más altos del imperio. Mucha gente lloró desconsoladamente, sus sentimientos potenciados por las canciones bárdicas que se alcanzaron a oir hasta el último rincón de la ciudad. A continuación, Leyon y Demetrius se dirigieron a la multitud desde el Altar del Corazón, declarando a los paladines caídos Héroes Imperiales y provocando gritos de júbilo y esperanza. Ayreon, imponente con sus vestiduras de Gran Maestre y orgulloso de sus hombres, tenía otro motivo de preocupación: percibía a Emmán débil ahora; habían absorbido mucho de su poder [16000 Puntos de Poder] y le llevaría tiempo recuperarse. Esperaba que ese hecho no fuera aprovechado por la Sombra.

La peor noticia era que la niebla del Palio se había detenido a poco más de un kilómetro de las murallas de Haster. Pero al menos se había detenido. Lo indudable era que no contaban con mucho tiempo.