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lunes, 17 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 69

Tras enviar a Robeld de Baun de nuevo hacia el sur para ayudar a lord Randor en su rebelión decidieron que, definitivamente, no podían postergarlo más. La niebla había llegado muy cerca de la ciudad y amenazaba con engullirla definitivamente; tenían que viajar al origen de todo aquello, a la ciudad maldita de Andron, e intentar acabar con la filtración dimensional.

Mantuvieron una larga discusión con toda la cúpula política de Haster en la Sala de Guerra. Horas y horas, hasta que alguien sugirió la posibilidad de viajar allí a través del Mundo Onírico. Aunque en principio se descartó, no tardaron en barajar seriamente tal posibilidad. Desde luego, cualquier alternativa era mejor que meterse en la niebla directamente y sufrir toda la presión mental y física que el Palio provocaba.

Para sorpresa de algunos, Eltahim manifestó que le sería fácil llevarlos al Mundo Onírico físicamente; traspasar las barreras dimensionales era mucho más sencillo que alterar la realidad donde se encontraba. Así que no esperaron más. Demetrius, Ayreon, Ezhabel y Leyon fueron transportados por Eltahim y acompañados por los Susurros de Creá, una decena de paladines, los Rastreadores del Silenciado al completo, los clérigos de Ammarië, Rughar, Willas Stalyr, Zôrom, el padre Ibrahim y, por supuesto, Carsícores. Eran una pequeña multitud, pero Eltahim demostró que era cierto lo que había dicho y no le costó apenas esfuerzo horadar la barrera y llevarlos al Mundo Onírico.

El mundo de los sueños era básicamente igual a como lo recordaban. Los únicos vestigios del Palio que podían ver aquí eran los espectrales árboles negros y secos cuyo roce causaba un dolor insoportable, físico y espiritual. Conforme se acercaban a Andron los árboles se iban haciendo más espesos, hasta que fue casi imposible evitar su roce. Pero para entonces ya habían llegado a la vista de la ciudad maldita, cuya manifestación en el Mundo Onírico era horripilante, estremecedora. Se veían muchos edificios, pero no de piedra. Las construcciones estaban formadas por cuerpos humanos horriblemente desgarrados y mutilados, que aullaban de dolor y pánico sin dar un respiro a los oídos. Lobos y cuervos, que parecían omnipresentes, mordían y picoteaban los ojos y la carne de los así condenados. Era una visión dantesca, casi insoportable. Los gritos, aullidos, graznidos y sonidos irreconocibles destrozaban sus nervios, y algunos de ellos no pudieron aguantar la presión, desfalleciendo varias veces en el tiempo que duró su estancia allí.

Mientras se encontraban decidiendo qué hacer, un Rastreador desconocido manifestó su yo onírico cerca de ellos. Aprovecharon para interrogarlo rápidamente: confuso y horrorizado por los gritos y la visión de los cuerpos, respondió que se encontraba en un edificio, un almacén grande, lindando con una plaza octogonal más o menos en el centro de la ciudad. Desapareció sin poder decir nada más. Ayreon decidió que lo mejor sería buscar su sueño en la Dimensión Onírica e intentar contactar con él más tranquilamente. Eltahim y él no tardaron en encontrar la manifestación del sueño, en el siguiente nivel de realidad. El paladín se introdujo en su sueño; éste era bucólico y feliz, donde podían ver al Rastreador jugando con unos niños en un prado. Cuando el desconocido vio a Ayreon, entablaron una conversación durante la que el sueño mutó y se convirtió en un entorno muy parecido al Palio. Ayreon consiguió transmitir al Rastreador que había un gran número de sus hermanos con él que ya no consideraban a Khamorbôlg como el Albor. Fue derrotado hacía poco. Le encargó la labor de transmitir a los demás Rastreadores que iban a ir a buscarlos para liberarlos del yugo de la Sombra. Apresuradamente, Ayreon salió del sueño. No quería acabar perdido en aquella Dimensión si el Rastreador despertaba.

No tardaron en encontrar la manifestación de la Plaza Octogonal en el Mundo Onírico; en el centro de la plaza había un pozo pequeño, oscuro y profundo, sin fondo. Pozo que no existía en la plaza del mundo de vigilia. Parecía que habían dado con la grieta dimensional. Había llegado el momento. Transportados por Eltahim, volvieron a descender por la escalera de la Realidad y salieron del Mundo Onírico al mundo de vigilia. Invadido por el Palio. La impresión fue tremenda, apabullante. Gracias a Willas y a su Arunarya, el Arcángel de Oltar, todos pudieron sobreponerse a la tristeza y encargarse de lo que habían venido a hacer. No tardaron en encontrar el edificio donde, por lo que les había dicho el desconocido en sueños, se encontraban los Rastreadores de Urion. No tardaron mucho en reunirse, gracias al aviso previo. Un cuervo alzó el vuelo desde una ventana, graznando. Era evidente que se dirigía a avisar a su amo, Urion casi con total seguridad. Trasladaron a todos al Mundo Onírico. Una discusión precipitada se inició entre los defensores de que Khamorbôlg era realmente el Albor y los que se oponían o, simplemente, dudaban que fuera así. El movimiento a favor de Khamorbôlg estaba encabezado por un tal Ixios, que vio cómo sus apoyos menguaban rápidamente. Arixareas y los demás comentaron el advenimiento del Imperio Trivadálma y al menos sembraron la duda en las mentes de los demás. Ixios repetía una y otra vez que eran unos traidores a Daar y que iban a recibir un gran castigo por ello. No lo repitió muchas veces; Carsícores apareció ante él y descargó un chorro de poder desde la palma de su mano que destrozó al Rastreador, mientras un compañero de éste lanzaba un rayo de oscuridad hacia Demetrius y desaparecía. Carsícores les explicó que se trataba de un apóstol camuflado, como lo demostraba el cambio de aspecto que había sufrido al morir y la agresión de su compañero hacia el bardo supremo. Los que habían apoyado a Ixios no tardaron en reconocer su equivocación. Gracias al Grial y a Ibrahim, Demetrius se recuperó rápidamente.

Con los ánimos todo lo calmados que podían estar -el entorno de cuerpos destrozados y gemidos desesperados estaba causando hondas impresiones en los presentes-, Zôrom dispuso a todos según las especificaciones del Libro de Aringill. Los Rastreadores establecieron vínculos entre el poder proporcionado por las reliquias sagradas -el Santo Grial, Mandalazâr y la Daga de la Luz- y los clérigos de Ammarië y el Padre Ibrahim, que habían sido previamente aleccionados por el enano para ejecutar el Ritual. En el transcurrir de las horas varios Rastreadores cayeron inconscientes por el esfuerzo, mientras los oficiantes hacían todo lo posible por canalizar el poder que les llegaba de la forma correcta.

En un momento determinado, el Mundo Onírico se vio sacudido por la irrupción de una multitud de demonios y fuerzas extrañas encabezadas por los apóstoles de Khamorbôlg, los que en vida habían sido Eraitan y Natarin y algunos más, desconocidos para el grupo. Los clérigos de Ammarië también estaban siendo víctimas del agotamiento y habían empezado a caer, por entonces. Todo indicaba que el ritual estaba a punto de finalizar, pues el pozo de oscuridad que había en el centro de la plaza estaba ya casi cerrado, pero si no conseguían rechazar a aquel ejército fracasarían.

Los paladines se enlazaron y levantaron una barrera contra los demonios y los no-muertos, Carsícores y Heratassë se lanzaron al combate. Ezhabel chocó contra Natarin, intentando sin esperanza hacer que volviese a ser él mismo. El combate fue terrible. A los pocos minutos, la barrera de los paladines comenzó a ceder. Aunque la levantaban una y otra vez con esfuerzo redoblado, una y otra vez la barrera cedía, hasta que los demonios estuvieron demasiado cerca y tuvieron que recurrir al enfrentamiento físico. Églaras, Ecthelainn y Arunarya comenzaron a segar. Pero no era suficiente. Aparecían más y más demonios, y los apóstoles de varios kaloriones más se habían unido a los engendros de la Sombra. Heratassë y Carsícores hacían que se removieran los cimientos del propio Mundo Onírico, pero sus envites no parecían frenar el flujo de demonios y engrendros del Palio en absoluto.

Con casi la mitad de los clérigos de Ammarië y los Rastreadores caídos, Terwaranya se tensó en un último esfuerzo que curvó la realidad, cerró el pozo y provocó una silenciosa explosión de luz. La explosión pareció hacer volver en sí a Heratassë, que de nuevo había perdido el control en la lucha, y como en un sueño, una luz dorada lo inundó todo. La Esfera Celestial se había abierto, y desde ella se manifestaban los Arcángeles predichos en el Libro de Aringill. Una gloriosa legión de luminosas criaturas aladas vestidas con doradas armaduras empezó a impartir muerte por doquier, mientras los accesos del Palio y del Cielo se cerraban a la vez. Los árboles negros de los alrededores desaparecieron.

Pero aquello no había acabado. El propio Cuervo Ciego, Urion, apareció en medio de una esfera de muerte que levantó un silencio sepulcral entre sus fuerzas. Sus apóstoles estaban alrededor de él, enlazados en un círculo de once que se percibía como una sorda vibración, un frío intenso y un doloroso tirón. Aquello era demasiado. Arcángeles y Demonios empezaron a desvanecerse por igual.

—¡¡Déjame ir!! —gritó Nirintalath en la mente de Ezhabel— ¡¡Es el momento, déjame!!

Con dolor en su corazón, pero también cierto alivio, Ezhabel liberó conscientemente a Nirintalath, que tomó la forma de mujer que lucía cuando se manifestaba en sueños. El espíritu de Dolor se despidió silenciosamente de la semielfa. "Cuídate mucho, hermana" le pareció oir en su cabeza mientras las lágrimas acudían a sus ojos. Acto seguido, se lanzó hacia el kalorion y sus tropas y dejó de contenerse. Por un momento, un infierno de sufrimiento se abatió sobre todos, mientras Nirintalath adquiría su verdadera naturaleza. Por suerte, Eltahim los sacó de allí casi al instante. Ayreon la había sanado justo a tiempo con Églaras de una fea herida provocada por un engendro del Palio [punto de destino].

El sol no era capaz de pasar a través de las nubes, y una fina lluvia mojaba sus rostros. Se encontraban en una plaza octogonal en medio de una ciudad ruinosa donde varios edificios aparecían reconstruidos de forma extraña, vulnerando las leyes de la naturaleza. Un aire frío traía susurros y letanías de muerte que no les dejaron descansar.

Destrozados y agotados como estaban, no les quedó más remedio que iniciar el viaje hacia el sur, hacia el mar, alejándose lo más rápidamente posible de allí. Ezhabel lloraba en silencio por su pérdida. Rughar se acercó y la consoló.
 —No sufráis, mi esforzada señora —Rughar nunca había mostrado tal cortesía al dirigirse hacia ella—. Es mejor así, pues vuestra labor como reina estaba reñida con la posesión de tal ente. Ahora podréis volcar todo vuestro esfuerzo en reclamar el Trono Supremo de los elfos.

Tal afirmación provocó un escalofrío de sorpresa en Ezhabel, que contestó:

—¿Qué dices, capitán? Es posible que lord Treltarion haya vuelto de allí donde se encontrara, y si no es así, otro elfo de pura raza reclamará el trono para sí.

—Puede que sea así, pero, ¿no creéis que nadie lo merece más que vos, mi señora? ¿Mi reina? ¿Sa'Athein nír Doranna?.

Ezhabel se encogió ante la utilización de la fórmula ritual para referirse al Monarca Supremo de los elfos en Doranna en su forma femenina. Quizá Rughar se estaba extralimitando. O quizá no.

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