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miércoles, 5 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 66

De vuelta en Aghesta, Zôrom mostró orgulloso a Ezhabel su último trabajo, que le había llevado cerca de quince días enteros sin apenas dormir, ayudado por algunos de sus compañeros enanos y por los targios, que proporcionaron el fuego y las artes místicas necesarias para tal forja. Una magnífica espada de acero templado y doble filo de galvorn que pretendía utilizar para albergar el espíritu de Nirintalath. Ezhabel profirió una exclamación ahogada al ver la maravilla que el enano había creado. ¡Incluso tenía el Ojo del Vigía tallado en la cruceta! Desde luego, podía competir sin duda con cualquier alquimista de renombre que le viniera a la cabeza. Zôrom volvió a guardar el arma en un hato que anudó con mucho cuidado.

El grupo se reunió con la cúpula militar, Ergialaranindal, Enthalior, Dailomentar, Rûmtor, Ar'Kathir y demás. Cuando sugirieron realizar un intento de ataque a Aghesta, para su sorpresa, el Primarca Ilvo, que siempre se había mostrado extremadamente agresivo y expeditivo, se mostró en desacuerdo. Tenía nueva información que desaconsejaba tal ataque. Los Susurros de Creá habían investigado a través del Mundo Onírico y estaban prácticamente seguros de que en la ciudad se encontraban al menos cinco kaloriones, y quizá algo más. El ilvo incluso se mostraba sorprendido de que los atacados no hubieran sido ellos. Sin duda, la presencia de Carsícores y Selene y sus apóstoles había ayudado a que tal situación no se produjera. En un momento de la conversación, Carsícores, siempre sonriente, preguntó a Selene acerca de qué bando tomaría si llegaban a ser atacados. La kalorion lo miró con un profundo odio, y sólo respondió "el mío propio", en voz queda. Desde luego, de lo que estaban convencidos era de que a esas alturas ya debía haber uno o más apóstoles, o incluso kaloriones, infiltrados en sus filas.

Se trasladaron a Emmolnir, donde fueron informados apresuradamente por Ibrahim y Jasafet de que el kalorion Tenthalus había escapado hacía un par de jornadas. El cuerpo de Reomar había mutado a una velocidad extraordinaria, y habían amanecido con una parte de la torre destruida, con el antiguo paladín poseído por el kalorion desaparecido. Otra preocupación más.

La región de Agelmar en la isla de Targos

Con la intención de después entrar en la región de Agelmar y encargarse del asunto de los Mediadores, tras atender sus asuntos en Emmolnir se desplazaron a la isla de Targos gracias a las habilidades de Heratassë. Les acompañaban Elsakar, Adens, Eltahim, Zôrom y Selene -que había pedido acompañarles, intrigada por la residencia y la situación de los Mediadores-. El esfuerzo hizo que el dragarcano casi perdiera el control, como ya había sucedido otras veces, pero entre Demetrius, Ayreon y Elsakar pudieron apaciguarlo.

Eltahim los transportó al interior de Ágelmar haciendo uso de su "Danza de la Realidad". Encontró ciertas dificultades para atravesar las montañas que separaban las Ciudades-Estado de Targos de la región norteña de Ágelmar (de hecho, los personajes sintieron una sensación parecida a la de ser aplastados por toneladas de roca) pero en poco más de un parpadeo se encontraban al otro lado de la cordillera, en la falda de unas montañas, rodeados por una leve niebla y al lado de un caudaloso río a lo largo del que discurría un empinado camino, ancho para encontrarse donde se encontraba. Estaban en Ágelmar. Aquellos del grupo que eran capaces de esgrimir el poder sintieron un fuerte impacto que les dejó aturdidos o inconscientes. En cuanto al paisaje, no parecía nada fuera de lo común, hasta que se fijaron mejor en la bruma y vieron que en ella se formaban aquí y allá unos rostros poco definidos, inquietantes para todos. Indecisos, pernoctaron en el lugar. Leyon, con ayuda de sus sentidos enaltecidos por el artefacto de los Rastreadores, apreció en lo alto de las montañas la silueta de una o quizá de varias torres. Esto los decidió a seguir el camino en dirección ascendente.

El viaje fue bastante accidentado. La fauna local era bastante peligrosa, animales enormes y poderosos y la niebla parecía querer confundir su camino. En una ocasión estuvieron a punto de morir en una estampida de enormes animales de largos cuellos y cuerpos inacabables (diplodocus), seguidos por otros más pequeños pero aun así enormes, con colmillos del tamaño de espadas cortas, que caminaban sobre dos patas y que parecían salidos del propio infierno (tiranosaurios).

El camino presentaba en sus márgenes una especie de garitas o puestos de vigilancia que se encontraban vacíos pero que en modo alguno parecían abandonados. Extremaron las precauciones. Otro dinosaurio que encontraron el segundo día llamaba la atención por sus ojos negros como el carbón y por la extrema inteligencia que presentaba. Algo raro ocurría allí -como si no lo supieran ya-.

El tercer día de camino tuvieron por fin un encuentro con seres humanos. De la bruma en la parte más alta del camino aparecieron varias figuras. Una docena de hombres con el cráneo rapado protegido por capuchas vestidos completamente de blanco y cuatro Nuncios de los Mediadores, que reconocieron sin problemas gracias a sus encuentros con sus compañeros en la ciudad de Haster. Se mostraban hostiles y peligrosos. Instaron al grupo a acompañarles a presencia de lord Uyrtan Hal'rit, Juez Supremo en ausencia de lord Daxar Emaryll. Como el grupo tampoco veía otra forma de entrar en la residencia de los Mediadores, decidieron entregar sus armas, que uno de los hombres vestidos de blanco llevaría tras él en todo momento, y acompañar a los nuncios a presencia de lord Hal'rit. Los que iban vestidos de blanco resultaron ser sirvientes, un tanto especiales porque además de adiestrarlos militarmente igual que a los nuncios, se les obligaba a tomar votos de silencio y castidad. Los llamaban "Seguidores Blancos". Según les comentó alguno de los nuncios durante el camino, la visita a lord Hal'rit no debía ser más que una mera formalidad, porque todo aquel que entraba en Ágelmar subrepticiamente sufría uno de dos destinos: o bien le dejaban marchar borrando previamente todos sus recuerdos, o bien nunca más salía de allí. Agorera perspectiva, en verdad.

Pocos kilómetros los separaban de Ashakann, la ciudad que albergaba la morada de los Mediadores. La normalidad de la ciudad les impactó. Si no hubiera sido por las figuras vestidas de blanco y los nuncios que iban de aquí para allá, no la habrían distinguido de cualquier otra ciudad. Excepto por la gran muralla, el Calarion, y el Gran Santuario que servía de cuartel general para los Mediadores, la Casa de la Eternidad. Hacia el gran recinto se dirigieron, y en uno de los edificios les hicieron asearse y aguardar a la vista que sería celebrada en pocos minutos. Efectivamente, no tardaron en ser dirigidos a otra construcción del complejo, donde aguardaba un tribunal para, en apariencia, juzgarlos: el propio Uyrtan Hal'rit, estirado y orgulloso, con una barba untada sumamente elegante; otro mediador llamado Lakann, calvo y con una madurez tardía, otoñal; y para gran sorpresa del grupo, dos viejos conocidos: Mattren Helner y Leyran Adalûr, compañeros de fatigas en otro tiempo. Los saludaron con un simple asentimiento. Con voz fría e inexpresiva, Hal'rit les presentó las dos opciones de las que ya les habían informado: quedarse allí o volver sin memoria; ante esto, Adens sorprendió al grupo, pidiendo un juicio a los Mediadores con la fórmula ritual, enterrada en la memoria de todos por susurros e historias de la niñez. La razón del juicio era evaluar la nueva situación de los Mediadores, y ver si estaban siendo lo suficientemente cabales en sus decisiones. Hal'rit y Mattren se levantaron, indignados, pero se retiraron a deliberar junto a los demás; finalmente, aceptaron celebrar un juicio. Elsakar pidió que el juicio se celebrara en un lugar más digno, y gracias a su sobrenatural poder de convicción, su petición le fue concedida. Al menos podrían entrar en el Santuario. Fueron guiados hasta allí, a una de las estancias de reunión.

La exposición de los hechos por parte del grupo no pudo ser más enfática ni más explicativa: tenían razones para creer que algo había hecho cambiar a los Mediadores y sus juicios estaban adulterados por tal hecho. Los Jueces, adiestrados para no traslucir sus emociones, no dejaban deducir su estado de ánimo ni un momento, pero Mattren cambiaba de postura más de lo normal, y les parecía que Lakann asentía varias veces, aunque bien podría ser sólo una costumbre del hombre entrado en años. También se mencionó la masacre del pueblo losiar, y se reveló Elsakar como aquel al que casi asesinan impunemente. Los Mediadores aclararon que los losiares habían sido encontrados peligrosos para la estabilidad de la Vicisitud, así como Elsakar, y los hilos de sus vidas debían ser erradicados. Hal'rit, Mattren y Leyran votaron la culpabilidad de los presentes, por proteger al príncipe y su pueblo; [punto de destino de Leyon] Lakkan no lo hizo. Algo se había removido en su interior y, efectivamente, el viejo Mediador leguleyo vio algo raro en todo lo que había pasado últimamente. Votó inocentes. Algo imprevisto para los demás, que necesitaban un veredicto unánime de todos los Mediadores presentes, o una ventaja de cinco a uno (las leyes de los Medidores eran harto complicadas, pero esa era otra cuestión). Se convocó a más Jueces a la escena. Alaukar Megwyn y Degar'a'Thain tomaron su lugar. Alaukar votó culpables, con lo que Hal'rit levantó su balanza para emitir veredicto. Pero Degar'a'Thain discrepaba. También votó inocente, y era tan respetado como Lakann, ambos sumamente versados en las intrincadas vías de las leyes mediadoras. Además, él y Lakann sugirieron que todo aquello era lo suficientemente importante como para exponerlo ante los Progenitores, que no habían sido consultados durante al menos dos milenios. Los personajes se miraron, extrañados. ¿Quiénes serían aquellos "Progenitores"?

También les sorprendió la falta de ceremonia con la que fueron conducidos a través del santuario para pedir consejo a aquellos desconocidos. El Santuario era esplendoroso, magnífico. Infinidad de frescos representaban la historia de Aredia, y algo les hacía sospechar que en su totalidad. En una gran estancia, un enorme mapa en relieve de Aredia que presentaba multitud de pequeñas centellas sobre su superficie, agrupadas la mayoría de ellas en el punto donde debía de estar Haster. Estatuas de todos los avatares entre multitud de estatuas más pequeñas que representaban a sus arcángeles ofrecían una visión sobrecogedora del pasillo que atravesaban. Una de las estatuas se encontraba a medio tallar. Debía ser el nuevo dios oscuro. Y fijándose mucho, Ayreon vio que uno de los arcángeles de Emmán había dejado un hueco. Eso confirmaba las sospechas de que Norafel debía de ser el nuevo Avatar de la Sombra. La espectacularidad de las estancias contrastaba con la simpleza de la puerta a la que se dirigían, de madera y sin apenas adornos. Varios Mediadores más se les habían unido en el camino junto con algunos Seguidores Blancos, y pronunciaban unas palabras rituales. Uno de los Seguidores abrió la puerta y sin más, pasaron al interior.

La sala estaba acorde con la puerta. Sencilla y en penumbra, parecía más bien una estancia de paso, sin ningún atractivo. De hecho, al fondo se veía una puerta, un poco más grande que aquella por la que habían entrado, pero también sencilla. La sala estaba vacía excepto por cuatro sitiales, dos a cada lado de la puerta del fondo, donde se sentaban cuatro extrañas figuras. Los Progenitores. Su visión ponía los pelos de punta; todos lucían deformidades reptilianas en mayor o menor medida. Uno de ellos tenía una boca enorme llena de dientes afilados y un ojo con pupila oval que brillaba en la oscuridad. Las escamas, garras y colmillos que lucían los otros tampoco daban pie a la tranquilidad. Todos ellos parecían estar ciegos, dada su actitud hierática. Hal'rit se dirigió a ellos con la fórmula ritual que Lakann le había recordado previamente. Heratassë estaba con los ojos muy abiertos; estaba sorprendido y parecía muy avergonzado.

Tras exponerles la situación con un largo discurso, uno de ellos se volvió hacia Heratassë:

—¿Son estos los adecuados, Heratassë? —preguntó en un idioma antiguo y musical, el mismo que ya habían oido en las fauces de los Altos Dragones.

—Sí lo son, Erevairë

—¿Estás seguro? —interrogó el del rostro reptilesco, con palabras entrecortadas entre terribles rugidos.

—No puedo estarlo más, Tanaerkal.

—Entonces, pueden pasar.

La puerta del fondo se abrió, dejando ver un abismo entre montañas sobre el que pasaba un estrecho puente. El puente acababa al otro lado en una construcción aún más antigua que el Santuario en la ladera de una inmensa montaña que se perdía en las alturas. Heratassë no lo pudo resistir más. Cayó de rodillas, pidiendo perdón a Erevairë, Tanaerkal, Tamarbôz, y Eravor. Los ancianos le respondieron que no había por qué. Todo se había olvidado hacía ya largo tiempo. Mientras los personajes se precipitaban a través de la puerta, comprendieron: los Progenitores no eran sino dragarcanos, compañeros de Heratassë en otro tiempo, en otra era. Éste los siguió, consolado por las palabras de sus congéneres. Tras unos momentos de indecision, Hal'rit gritó con todas sus fuerzas. De ningún modo accederían aquellos extraños a La Sala, estrictamente protegida por los Mediadores desde tiempos inmemoriales. Varios mediadores se precipitaron tras los personajes, que ya sufrían el embate de los vientos huracanados y de varios cuervos sobrenaturales y mantícoras que disparaban sus dardos contra ellos. Con Zôrom malherido y afortunadamente sanado por Églaras, a duras penas llegaron al final del puente mientras Heratassë perdía el control una vez más y se lanzaba contra los perseguidores. El resto entró a trompicones en la antigua construcción. Accedieron a una sala vacía, que sólo tenía una puerta al otro lado. Sentían la extrema antigüedad de la construcción como un peso sobre sus hombros. Abrieron la puerta; daba acceso sólo a la oscuridad más cerrada que habían visto nunca. Las paredes retumbaban con las explosiones provocadas por Heratassë. No podían volverse atrás; entraron solemnemente, conteniendo la respiración.


...


Ezhabel y Zôrom se encontraron aislados en las tinieblas. También Demetrius y Elsakar. Y Adens y Leyon. Y Ayreon. Y Selene. Cada uno de los grupos vivió en el más absoluto recogimiento experiencias y visiones aturdidoras que tenían que ver con sus dioses, o con sus seres queridos, o con los dioses oscuros, o con sus propias vidas, o con sus más profundos miedos. Algunas horribles, otras idílicas, pero todas de difícil recuerdo. Demetrius, Elsakar y Zôrom, por diferentes circunstancias, pronto fueron capaces de racionalizar todo aquello, de interiorizarlo y de proporcionarle un significado metafísico; y con el significado vino una forma. Podían visualizar la Vicisitud, la esencia misma de toda la existencia. La locura casi se adueñó de Demetrius debido a lo inabarcable de lo que se hallaba ante él. Primero percibieron un hilo, una especie de cordel ilusorio donde se entrelazaban otros cientos, miles, millones, infinidad de hilos más pequeños. Ese cordel cruzaba con otro, y con otro, con centenares, miles, millones, infinitos hilos compuestos por más infinitos. Algo que difícilmente podría soportar una mente menos fuerte. Un tapiz de infinitud se extendía a su alrededor abarcando una veintena o quizá una treintena de dimensiones espaciotemporales, las hebras de absolutamente todo lo que existía. Y podían tocarlo. Y sí, quizá podían alterarlo.

Quizá por la urgencia que Ezhabel había sentido durante tiempo, quizá por pura casualidad o simplemente porque el destino lo quiso así, ante la semielfa y el enano, o más bien ante este último, giró el hilo de Nirintalath, entrelazado con muchos más, pero sobre todo con el de Ezhabel y el de Trelteran, que a su vez se entrelazaban con una cantidad innumerable de ellos. Todo lo que veía Ezhabel era a Nirintalath ante ella, una joven verdemar que la miraba e inclinaba la cabeza, quizá sonriendo levemente. La redoma donde se había encontrado su alma estaba vacía. Zôrom "tocó" el hilo del espíritu del Dolor; casi perdió la cabeza ante la inmensidad de lo que sintió. Una vida entera de odio, y más vidas tocadas por ella. En alguna parte del mundo, Trelteran se sorprendió al sentir la presencia de un mísero Enano que tocaba de refilón su existencia. La semielfa sólo tenía ojos para el espíritu de dolor mientras el enano se encontraba aparentemente en una especie de trance místico. Hasta que Nirintalath desapareció y Zôrom cayó inconsciente.

Demetrius y Elsakar no tardaron en encontrar los hilos correspondientes a sus compañeros y a los Mediadores. Las hebras correspondientes a estos últimos, y todas las entrelazadas con ellos estaban casi completamente cubiertas por cables de la Sombra, que se habían introducido profundamente en su composición. Los hilos de Ayreon, Leyon y los demás habían comenzado a ser envueltos por la Sombra, y se estaban doblando peligrosamente. Demetrius y Elsakar se miraron en sus mentes, llegando a un entendimiento instantáneo. El bardo ahora entendía por qué el heredero de Adastra poseía todos aquellos extraños poderes, que tan útiles les habían sido: tenía una capacidad extraordinaria para alterar la Vicisitud, era una especie de avatar de esta última. Demetrius "tocó" los hilos de sus compañeros, sufriendo un desgarro mental inenarrable. No obstante, logró resistir el estallido y enderezó los hilos, alejándolos de la Sombra y de lo que él creía que derivaría en la muerte de todos ellos. El esfuerzo fue titánico. Mientras tanto, Elsakar se había elevado a un nivel aún superior. La totalidad del Tapiz se mostraba ante él. Allí estaban los kaloriones, con hilos gruesos como... como... no sabía bien como qué. Más allá, los Mediadores. Su propio hilo, enderezado por Demetrius. Heratassë y los Dragarcanos. Los losiares. Cada persona, cada animal, cada criatura, cada árbol, cada flor, cada brizna de hierba, cada roca, cada átomo de cada una de las distintas dimensiones, de la existencia. Y la Sombra, que había desplazado a la Luz en cada uno de los hilos. Era una locura, pero sabía que tenía que intentar arreglar aquello. Abrazó el Tapiz, la Vicisitud, la propia Existencia en su totalidad. No creía que después de aquello fuera a recuperar la estabilidad mental. Tras tomarse unos instantes de respiro, empujó a la Sombra presente en los hilos con todas sus fuerzas.

Ayreon, Leyon y los demás vieron cómo la oscuridad era reemplazada por un estallido de luz cegadora, quizá la propia Luz que les abrazaba y abrasaba sus espíritus. No había más remedio que morir ante aquel éxtasis, aquella epifanía de la realidad que llevaba el fuego purificador hasta sus últimas consecuencias.


...


Ayreon despertó, totalmente aturdido. Selene estaba allí, sentada y con la vista perdida. Había visto algo, o había pasado algo, que la había dejado en un estupor inconsciente. Leyon despertó a continuación, arrullado por el canto de Ecthelainn. Ezhabel ponía su mano en el hombro de un inconsciente Zôrom, con Nirintalath susurrando en su mente, de nuevo imbuida en una espada. Estaban tendidos en la antesala a la que habían entrado al franquear el puente. Varias figuras se encontraban allí de pie, observándolos con indecisión. ¿Mediadores? Sí, entre las brumas de su mente el paladín acertó a identificarlos. Quizá les dieran el golpe de gracia. ¿Habrían vencido a Heratassë? Despejándose un poco más, vio que el golpe de gracia no llegaba, que Heratassë se encontraba también allí de pie y que de hecho, los Mediadores se agachaban reverentemente para ayudarles.

Cuando llegaron a la sala de los Progenitores sólo Demetrius, Elsakar y Zôrom seguían inconscientes, agotados -esperaban que no fuera algo peor- por el esfuerzo realizado.

—Escogiste bien, Heratassë —dijo uno de los Progenitores, hablando en Cántico para que todos lo entendieran.

Heratassë dio un leve gesto de asentimiento como respuesta. A la sala acudieron todos los Mediadores presentes en el Santuario, y dieron las gracias al grupo por lo que habían hecho. Merecían todos sus respetos y estaban en deuda con ellos. Matren y Leyran ofrecieron unas disculpas especialmente vehementes, y renovaron su amistad con los personajes.

Tras descansar unas horas y recuperar parcialmente a los tres inconscientes, se realizó una ceremonia formal de agradecimiento. Matren y Leyran anunciaron que viajarían a Haster junto con el grupo para participar el el arbitraje de la Ceremonia de Coronación de Leyon y contactar con los Mediadores establecidos allí. Además, con todo el respeto del mundo hicieron jurar a los personajes que jamás revelarían a nadie nada de lo que habían visto o hecho en Ágelmar.

Conversando con Adens sobre todo el episodio, el Rastreador desveló a Leyon que él también había podido "tocar" levemente el Tapiz, y ahora "sentía cosas". Tenía nuevas capacidades que no entendía muy bien, y que no sabía si podría llegar a controlar. Zôrom, por su parte, también se sentía diferente. Su pelo había adquirido un color plateado, sus iris se habían tornado gris claro y había perdido la vista, al menos en el sentido habitual del término. No cesaba de susurrar "la toqué, la toqué y ahora la siento". Por lo que parecía, había perdido la cabeza. Demetrius, por su parte, despertó un poco más sabio y sin trabas físicas. Elsakar tambíen despertó, con los iris gris claro y ciego. Lo primero que preguntó el príncipe adastrita al despertar fue "¿lo conseguí?". Por supuesto, la respuesta fue calurosa y afirmativa, para su alegría. Aprovechando la situación, Demetrius comentó con Adens la posibilidad de que Elsakar fuera realmente el Albor que su gente buscaba; Leyon se incorporó también a la conversación. El Rastreador parecía bastante convencido de que los acontecimientos desarrollados allí habían sido lo suficientemente importantes como para ser considerados en la Revelación a sus hermanos.

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