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viernes, 7 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 67

Tras las risas y las felicitaciones, se dirigieron a hablar con Selene, pues como había visto Ayreon tras aparecer de nuevo en la Antesala, había sufrido alguna experiencia que la había dejado en un estado extraño. Los Mediadores Mattren y Leyran les acompañaron, por si surgía algún problema. El estado de Selene había mejorado considerablemente y ya no tenía ese aspecto de alucinada, pero distaba mucho de su estado normal. Estaba excesivamente tranquila, y su boca lucía una sonrisa pícara de complicidad mientras dirigía breves miradas a todos los presentes. Y sus ojos...sus ojos traslucían una crueldad desconocida en ella hasta el momento. Parecía despedir un aura de frío ligero que les incomodaba. Y por si eso fuera poco, siete Kothmorui en algún lugar de sus ropas (había empezado a tapar cada vez más su cuerpo, otrora usualmente semidesnudo, para disimular los objetos). Desde luego, ahora sí ponía los pelos de punta. Se limitó a contestar que "se encontraba muy bien" y "perfectamente", en una actitud pasiva y exasperante. También le comentó a Ezhabel que mantuviera "ese engendro", refiriéndose a Nirintalath, lejos de ella o se arrepentiría. La dejaron tranquila.

También conversaron con Elsakar, preocupados por su ceguera, al igual que con Zôrom. La ceguera no parecía haber afectado en absoluto a su percepción, más aguzada ahora. Pero la experiencia sí había cambiado al príncipe adastrita. Elsakar se mostraba exultante, afirmando que ahora ya sabía quién era, o lo que era, el enviado de la Vicisitud para salvar al mundo del impulso de la Sombra. Por su forma de hablar y de actuar, era evidente que sufría delirios de grandeza. Esperaban que sólo fuera un problema temporal y volviera a ser el mismo Elsakar de siempre.

En un momento determinado, Demetrius y Leyon comentaron a Mattren y a Leyran el problema que habían tenido con los Mediadores en Haster, y cómo habían sido acusados de la muerte de uno de ellos. Dejaron claro que había sido en defensa propia. Los dos Mediadores prometieron hablar en su favor si la acusación continuaba adelante, cosa que dudaban bastante, y que incorporarían a Lakann a la compañía que viajaría a Haster, sólo por si acaso.

Demetrius visitó a los Maestros Ornamentistas, los encargados de realizar todos los frescos, tapices y estatuas del Santuario. Todos ellos lucían el mismo tipo de ceguera que Elsakar, y en momentos determinados parecían invadidos de una inspiración mística que les hacía ponerse a pintar o a esculpir en una especie de trance. Uno de ellos se encontraba pintando la niebla pálida sobre una ciudad costera. Mientras hablaba, o intentaba hablar con uno de los maestros, otro sufrió un ataque de inspiración y se dirigió rápidamente a trabajar en la estatua del nuevo dios que habían visto al pasar por los salones inteirores. Tras un largo rato de intentar comunicarse con él, el bardo sacó en claro que, sin duda, el nuevo dios oscuro no era otro que Norafel, el antiguo arcángel de Emmán. Tras dejar a los maestros, Demetrius se interesó por los frescos de las paredes, que describían escenas de la historia de Aredia en tamaños muy reducidos, y se topó por pura casualidad con la que describía la creación de la Niebla Pálida causante de la irrupción del Palio en Aredia. Había reunidos Hijos del Abismo, miembros del Círculo Externo y Rastreadores del Silenciado. Dirigidos por Urion y Khamorbôlg, con los secretos del Libro de Marenthelos y el poder proporcionado por Petágoras, habían conseguido provocar la invasión dimensional.

Eltahim trasladó a Leyon, a Demetrius y a Adens a Aghesta. Desde allí se llevarían a los bardos desplazados al asedio hacia Haster, para llevar a cabo la ceremonia de Coronación de Leyon. Contaban con los poderes de los Rastreadores, que juntos eran capaces de ejecutar una costosa teleportación y que aceptaron trasladar a la compañía. Tendría que tener lugar por la noche, pues era más fácil el transporte por alguna razón que desconocían. Demetrius se encontró con Hoid y Hannion Bexer y con Jonás, y les explicó el asunto. Le preguntaron acerca de la conveniencia de Leyon como emperador, a lo que el bardo supremo dio respuestas políticamente correctas. Leyon se reunió con los clérigos de Ammarië, encabezados por Terwäranya. Estos parecían eufóricos; hacía tres días que percibían a su diosa con más fuerza que nunca, y parecían deseosos de entrar en acción, para la satisfacción de Leyon. En el ámbito militar, dieron la orden a los enanos de comenzar a cavar minas para socavar las murallas de la ciudadela. Ar'Kathir insistía en un ataque frontal, ante la negativa de Ergialaranindal y las inconveniencias de Carsícores, que según les contaron, se pasaba el día y la noche rondando la ciudadela y lanzando ataques él solo. Más de una vez habían tenido que acudir en su ayuda.

La ceremonia para llevar la cabo la teleportación hasta Haster falló la primera noche. El segundo día de estancia en Aghesta, un temblor de tierra bastante fuerte sacudió toda la zona, y levantó olas que pusieron a varios barcos en peligro. Parecía un terremoto natural, pero no podían dejar de pensar que era mucha casualidad. Los Rastreadores llevaron a cabo con éxito la ceremonia la segunda noche.

Ezhabel, Ayreon, Selene, Zôrom, Elsakar y los Mediadores se trasladaron con Heratassë, que después de unas dudas iniciales entre marchar a Haster o quedarse con sus hermanos en Ágelmar había optado por la primera opción. El dragarcano llevaría a cabo tres saltos más cortos, para evitar su "emborrachamiento de poder". En el primer salto, aparecieron en lo que debía ser las Arenas de Prator, el gran desierto del Imperio Vestalense, en la ribera de un río. Esa noche, Ezhabel se dio cuenta de cómo Zôrom metía un dedo en el río, el agua burbujeaba y a continuación salían a la superficie varias truchas muertas, listas para cocinar. Le recomendó que no dijera nada a nadie de sus nuevas habilidades. Pero una voz se levantó a su espalda: "hazle caso, será lo mejor para ti" —dijo Selene, sobresaltando a la semielfa y al enano y desapareciendo en la noche. Ezhabel advirtió a Zôrom que tuviera mucho cuidado con ella. Esa noche y las siguientes, Ezhabel empezó a ver en sus sueños a la manifestación onírica de Nirintalath, ávida de almas pero comedida todavía.

El segundo salto, por petición de Ayreon, fue a la parte norte de Esthalia, cerca de la ciudad de Margen, donde debía de hallarse Randor organizando a la rebelión. El paladín consiguió contactar con el antiguo rey esthalio, y éste le transmitió tranquilidad, así que decidieron continuar viaje. El tercer salto los situó en el patio de armas de Haster.

Haster, capital del Imperio
En Haster se encontraron con una situación mucho más tranquila. Reunieron a Robeld de Baun y el resto de los nobles, que se encontraban más tranquilos que de costumbre. Los Mediadores habían salido de la locura que les había estado aquejando y habían acabado con la especie de guerra civil que habían iniciado. El primer día después de la llegada del grupo que viajaba con Heratassë, Daxar Emaryll, el Juez Supremo, acudió a disculparse junto con un importante séquito. Se saludó cortésmente con Mattren, Leyran y Lakann cuando los encontró en la ciudadela. Por fin parecía que las cosas empezaban a arreglarse. Los Mediadores afirmaban que los meses pasados eran como una bruma para ellos, que se iba haciendo cada vez más espesa. Había muchas cosas que ya no recordaban, pero lo que importaba era que habían vuelto a ser Mediadores de verdad. Por otro lado, se enviaron heraldos anunciando que, por fin, la ceremonia de Coronación tendría lugar a cuatro días vista. Esperaban que esta vez no hubiera problemas.

Ezhabel se reunió con Rughar para informarle de la situación, lo que le ganó miradas de preocupación del capitán y de cuantos elfos se encontraban por allí: la Espada del Dolor había vuelto, y no sabían si se trataba de una buena o una mala noticia. Como contestación a tanta preocupación, a partir de la noche del segundo día de su estancia en Haster, los sueños de Ezhabel se tiñeron de un tinte verdemar y comenzó a aparecer en la oscuridad ante una rueca en la que hilaba Nirintalath en su aspecto de muchacha. El Espíritu de Dolor llevaba la mano de Ezhabel a la aguja y la clavaba allí. La semielfa lo soportaba más o menos bien, y Nirintalath empezó a pedirle dolor cada vez más insistentemente.

Leyon se reunió por separado con sus dos primos, Lavion y Aarod, los otros dos aspirantes a ocupar el Trono del Imperio. Mientras que Lavion se mostró muy comedido e incluso agradable, Aarod no pudo ocultar el infinito desprecio que sentía por Leyon y la supuesta traición al padre del primero cuando le pidió ayuda. Esperaba de todo corazón ser él el elegido para hacer justicia y dar a Leyon su merecido.

Demetrius recibió la visita de Hannion Bexer, que le comentó los rumores que circulaban en torno a la Daga de la Luz, y aconsejó que la dejara en manos de otro por si no podía hacerse cargo durante la ceremonia. El bardo coincidió en que era una buena idea, y lo valoraría convenientemente. Pero el repentino interés del sobrino de Hoid Bexer era extraño, así que asió la Daga y se dejó invadir de Luz. Efectivamente, la Sombra era fuerte en el muchacho. Una sombra que se precipitó hacia él y lo atacó, haciéndole perder el equilibrio. Hannion se encontraba ante él, derrumbado y libre de Sombra. Lo que fuera o quien fuera se había marchado. La idea de traspasar la Daga no era mala, y decidió que se la dejaría a Zôrom, que sin duda sabría emplearla si surgían problemas.

Justo después del incidente con Hannion, el circo, y más concretamente los bardos, fueron atacados. Cuando el grupo llegó al lugar todo era un caos, y Willas Stalyr se encontraba con su espada/arcángel en la mano. Diez bardos habían muerto, y otros tres o cuatro estaban heridos de gravedad. Algunos de ellos lucía heridas de Daga Negra en sus cuerpos. Un kalorion. Willas les contó que de repente se había presentado en la tienda de los bardos una oscuridad sobrenatural y todo había sido rapidísimo, el intervalo de tiempo que le había hecho falta para sacar la espada y hacer la luz, apenas unos segundos. No habían visto nada.

Al cabo de dos días, Demetrius recibió por fin la visita de Banallêth, cuya presencia había solicitado nada más llegar a la ciudad. La hermana de Ayreon se limitó a confirmarle lo que ya sabía, que la paz se había establecido en la ciudad tras la recuperación de la cordura de los Mediadores y que lord Vairon y lady Eleria habían desaparecido sin dejar rastro. Los conflictos se habían reducido casi exclusivamente a los problemas que ocasionaban los Iluminados, los maleantes y alguna otra compañía de mercenarios.

Y llegó el día de la Ceremonia de la Coronación, el Hatyrktas. Tendría lugar en el Altar del Corazón, llamado así por el barrio de la ciudad donde se encontraba. Una gran avenida se extendía desde el altar hacia el sureste de la ciudad, donde habían ido tomando su lugar millares de personas desde primera hora de la madrugada. Las azoteas de los edificios estaban atestadas de gente, al igual que las ventanas y balcones. Cuando los protagonistas llegaron a la escena, los rugidos y vítores de la multitud fueron impresionantes. Nunca antes habían visto tanta gente junta, pendiente de ellos. Demetrius tomó su lugar en el púlpito principal, flanqueado por los bardos (entre los que se encontraban Hoid, Hannion, Jonas y Loryn Mater), mirando hacia la audiencia al igual que Lavion, Aarod y Leyon en tres púlpitos más pequeños y vestidos sólo con un taparrabos. Leyon ocupaba el del centro. En los márgenes de la plataforma y cerca de los oficiantes ocuparon su lugar Ayreon, Ezhabel con Nirintalath, Heratassë, Elsakar, Adens, Terwäranya, Zôrom con la Daga de Luz, Robeld De Baun, Willas Stalyr, los paladines Hassler, Arkon y Lenser junto con otros tres, y el senescal Dorton.
Más abajo, en la plaza que rodeaba el Altar se habían construido gradas para los nobles de la ciudad, los treinta Mediadores, los Rastreadores del Silenciado y una representación de hidkas, elfos y enanos entre los que se encontraban Ar'Thuran, Rughar, Zordâm y Carontas, antiguo brazo de Ulte. En un lugar destacado se encontraban también lord Nyatar II, rey de Ercestria, a quien había transportado hasta allí Heratassë, lord Turkon Gers, hermano de la antigua emperatriz del Kaikar, Yrm Ybden, el supremo badir vestalense y el hermano Jasafet, de los paladines de Emmán. No se había juzgado conveniente que los líderes que se encontraban en el asedio de Aghesta abandonaran sus puestos, pero se les había informado convenientemente, y habían enviado representantes a su vez.

Nada más empezar la ceremonia, Ayreon recibió contacto de Efeghâl, el primer apóstol de Trelteran, que le advirtió de un peligro inminente. El paladín no quiso acabar con la ceremonia, pero puso sobre aviso a todos. No podían sino esperar.

El marco era inmejorable y la ceremonia transcurrió de la forma esperada, grandiosa y solemne. Casi una veintena de bardos entre los que se encontraban el Amdawydd, el brazo de Oltar y varios miembros de las Leyendas Vivientes eran una garantía de conmoción y emotividad acústica. Demetrius, gracias a la experiencia con la Vicisitud conocía ahora mucho mejor sus propios poderes, y no le costó casi nada canalizar las energías necesarias. Cuando las nubes de color dorado rojizo empezaron a cubrir la escena, el silencio se hizo entre los presentes; sólo se oía el canturrear ahora más comedido de los bardos. Pero antes de que se pudiera producir la descarga eléctrica, Demetrius oyó un susurro en su oido.

—Acabemos con esta farsa —era la voz de Selene, fría y cruel como un filo serrado.

Selene en la Sombra
Todos los presentes se quedaron congelados durante unos instantes. Nirintalath gritó como loca en la mente de Ezhabel, que perdió la visión por un momento y creyó que le iba a estallar la cabeza: "¡está aquí, está aquí!", repetía ansioso el Espíritu de Dolor. De la nada aparecieron en el Altar varias figuras fácilmente reconocibles como Kaloriones: Tenthalus, Adrazôr, Murakh ¡y Trelteran! Además de la propia Selene, detrás de Demetrius, envuelta en un aura de oscuridad y aflicción que provocó arcadas en todos los que se encontraban cerca de ella. Junto a ellos también apareció, inconfundible, lord Vairon, llevando en su mano una peculiar espada; sin duda se trataba de un Arcángel. Y más abajo, en la plaza, hicieron acto de presencia sus respectivos apóstoles y servidores de más enjundia.

Mientras todos los presentes desenvainaban sus armas, Selene comenzó a crecer a ojos vista, a difuminarse y convertirse en una Sombra de Frío y Odio puros. Lanzó a Demetrius como un pelele contra un edificio cercano. Con una increíble suerte, el bardo salió sólo con heridas leves del trance. El populacho empezó a gritar, presa del pánico y la incomprensión.

La voz de Selene cada vez más parecía entrelazarse con una segunda que no podía salir sino de los más oscuros y recónditos rincones del más profundo de los avernos:

¡Cesad esta aberración!¡Renegad de vuestra patética Luz y postraos, porque su Hilo me ha tocado! —exclamó, y se giró hacia los Rastreadores del Silenciado— ¡Pues yo ¡¡¡SOY EL ALBOR!!!! —este último grito hizo retumbar el suelo a sus pies.

Una enorme sombra se alzaba donde antes se encontraba Selene, que parecía absorber toda la luz de su alrededor. Se lanzaron contra ella, mientras los Mediadores intentaban pasar la barrera de los apóstoles y kaloriones. Los Rastreadores se habían quedado pasmados, confundidos. Los paladines ya se habían enlazado, dispuestos a acabar con todo aquello. Pero Trelteran los lanzó hacia la plaza con una explosión de fuerza pura. El kalorion se encaró con Leyon empuñando una Daga Negra, o más bien haciéndola flotar ante él. Afortunadamente, un rayo de Luz lanzado por Zôrom lo expulsó de la escena. El enano era lo único que se veía nítidamente en decenas de metros a la redonda.

Mientras Selene se acercaba a Leyon, un sordo impacto se dejó notar. Los objetos mágicos quedaron inútiles y las fuentes de poder desaparecieron. Heratassë cayó inconsciente y la desesperación cundió. A los pocos segundos, y sin saber muy bien cómo, Elsakar anulaba el efecto con otro impacto invisible. Fue evidente, por cómo se volvieron y lo miraron, que los kaloriones no contaban con aquella respuesta. Una Daga Negra apareció clavada en el hombro de Elsakar, que cayó al suelo inconsciente. Con ánimos renovados y gritos de frustración, todos se lanzaron al combate. Un sortilegio lanzado probablemente por algún apóstol alcanzó a Ezhabel, que cayó al suelo sin posibilidad de asestar un golpe a Selene.

Cuando todo parecía perdido, un Haz de Luz de Zôrom combinado con un efectivo y brutal golpe de Ecthelainn asestado por Leyon hizo que Selene revirtiera a su forma original, aturdida. Adrazôr había sido herido por un Mediador y Tenthalus retrocedía ante Willas, Robeld de Baun y Terwäranya. Debió de ser Murakh quien los sacó de allí. En pocos segundos todo volvió a la normalidad, y Ayreon y los paladines estabilizaron a Elsakar. Por desgracia, la herida de Elsakar trastocó un poco el convencimiento de los Rastreadores de que él fuera el Albor que esperaban, pero ese asunto debía esperar, pues la Ceremonia iba a llevarse a cabo de nuevo sin dilación. No podían dejar pasar más tiempo ni añadir un intento fallido a los ya existentes. Se corrió la voz entre la multitud, que no había tenido tiempo de dispersarse del todo, y se procedió de nuevo con el ritual.

Esta vez sí, las nubes cubrieron el cielo y tres brutales rayos dorados alcanzaron a los pretendientes. Al disiparse el humo generado, Aarod y Lavion habían caído, y Leyon se alzaba como el único pretendiente válido, aunque agotado. Los gritos de la gente fueron ensordecedores. La alegría cundió por todas partes y los vítores surgieron espontáneamente. Los Mediadores no tuvieron nada que decir en contra.

La lógica aconsejaba que la ceremonia de coronación tuviera lugar varios días más tarde, pero Demetrius prefirió no dejar que sucedieran más imprevistos. Los propios bardos vistieron a Leyon con ropas dignas y habilitaron un sitial. En un acto breve pero muy emotivo, entre fórmulas rituales y promesas solemnes, el bardo supremo le hizo entrega al nuevo emperador de las Armas del Imperio: el Cetro Trívadar y la Corona Dalmazar, reliquias de otra época que ahora resurgían ante su pueblo. Ya era oficial. El Imperio Trivadálma tenía ya una nueva cabeza visible: Su Majestad Imperial Leyon Irwar, Primero de su Nombre y de la nueva dinastía.

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