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miércoles, 19 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 70

Mientras se dirigían hacia el mar, Demetrius tuvo la idea de preguntar a uno de los Rastreadores si sabían dónde se encontraba Petágoras. El hombre le respondió que lo trasladaron al Sanctasantórum de Urion en Puerto Reghtar hacía un tiempo.

Decidieron viajar a Puerto Reghtar a través del Mundo Onírico sin pérdida de tiempo, aprovechando que Urion debía de encontrarse ausente o débil. Por descontado, la ciudadela tenía guardas contra el mundo de los sueños y comenzaron a encontrarse mal a medida que se acercaban. Cuando ya tenían decidido salir al mundo real, Ayreon percibió la aparición de la presencia de Selene/Korvegâr y también de Trelteran. Aquello era mucho más de lo que podían manejar. Además, el vello del paladín se erizó cuando percibió cómo una onda expansiva de fuerza se acercaba hacia ellos. Eltahim los sacó de allí al instante.

Elemental de roca de Urion
Se encontraban a unos diez kilómetros de Puerto Reghtar, pero sobre las almenas más altas de la ciudadela era visible la enorme mole de una Hidra Ancestral que ya habían visto en sus visiones. Puerto Reghtar estaba siendo atacado por Selene y sus fieles, Trelteran entre ellos. Era entonces o nunca. Tenían que aprovechar la confusión. Conforme se acercaban pudieron ver ya con claridad los ejércitos invasores y los ataques de dragones, el kraken de Urion y los continuos hechizos que kaloriones y apóstoles lanzaban contra los enemigos. Algunas de las torres de la muralla habían empezado a mutar para transformarse en enormes golems de roca y acero, al parecer inmunes a gran parte de lo que los enemigos les lanzaban y que habían empezado a abrir brecha en los invasores. Desde luego, Urion había amasado un poder inmenso con los años. La flota fiel al kalorion ciego se encontraba saliendo a través del portal, huyendo como podía, mientras Selene era visible como una esfera de oscuridad en lo alto, cada vez más grande y amenazante. Ayreon podía percibir a Trelteran en el Mundo Onírico, vigilando esa vía de escape.

Consiguieron entrar sin muchas dificultades en la ciudadela haciendo uso de las capacidades de salto de los Rastredores. Allí dentro, en las almenas, no tardaron en ver pequeños grupos de Rastreadores fieles a Urion defendiendo la plaza. Arixareas y los demás comenzaron a reunirlos. El camino al interior de la fortaleza fue una pequeña odisea. Encuentros con minotauros, con Maestras del Dolor y del Pesar, e incluso con ¡media docena de Segadores Negros! retrasaron y fragmentaron el grupo. Uno de los Segadores se enzarzó con Heratassë mientras el resto salía al exterior, por suerte. Desde luego, Urion había conseguido hacer de su fortaleza un bastión casi inexpugnable.

Con sus capacidades canalizadoras, Ayreon percibió a Petágoras abajo, muy abajo en los cimientos de la fortaleza. Bajaron sin darse un solo respiro, sintiendo cada vez un calor más sofocante y desfalleciendo en varias ocasiones. Finalmente, llegaron a una estancia con una sola compuerta en el suelo. La compuerta estaba protegida por varios anillos de runas, que Demetrius pudo desbaratar no sin un supremo esfuerzo [punto de Destino].

La trampilla daba paso a una especie de pozo, y sin duda alguna, Petágoras se encontraba al fondo. Con ayuda de la mano de Laen, Demetrius horadó la roca en varios puntos para poder bajar. Finalmente, un pequeño salto le llevó al suelo de una pequeña sala. Pero no por pequeña menos impresionante, pues sus paredes, techo y suelo estaban cubiertos casi totalmente por runas ígneas, que parecían rellenas de magma ardiente. En el centro de la estancia, un altar que parecía de vidrio albergaba el cuerpo de Petágoras, inconsciente. En el suelo pudo ver dos figuras vestidas con túnica roja inconsciences también. Sin duda, apóstoles de Urion.

Demetrius no supo cómo, pero conocimientos enterrados en lo más hondo de su mente le advirtieron sobre la naturaleza de aquellas runas: sin duda se trataba de un antiguo sortilegio llamado algo así como "Explosión de Inexistencia". Todo Puerto Reghtar estaba a punto de volar por los aires borrando de la Vicisitud a todos y todo lo que se encontrara allí. Sin duda alguna, el poder de Petágoras era la clave para poder llevar a cabo algo de tal magnitud. Los demás también bajaron al zulo arcano. Consiguieron despertar a los apóstoles, que lejos de mostrarse hostiles les relataron cómo habían sido víctimas del hechizo que protegía la urna de Petágoras. La tierra empezó a temblar. La estancia pareció contraerse hasta asfixiarles y volvió a su tamaño original. Estaba comenzando. El calor era casi insoportable. En un último y supremo esfuerzo empujaron la urna con todas sus fuerzas, quebrando el vidrio. Sin embargo, Petágoras ya había empezado a brillar, envuelto en una especie de campo de éxtasis. Por suerte, Heratassë había llegado momentos antes, y haciendo acopio de sus capacidades, los sacó de allí a todos.

Aparecieron en un oasis relativamente cercano a Puerto Reghtar, donde pronto se reunieron con ellos el resto de Rastreadores, que había esperado su retorno de la incursión en los subterráneos. Puerto Reghtar no había estallado finalmente, aunque tampoco sabían si había llegado a caer ante los embates de Selene y los demás. Heratassë no estaba presente. Según informaron los apóstoles de Urion, había partido nada más habían aparecido allí. Debía de haber sido poseído por la Rabia Sangrienta que le aquejaba cuando empleaba una gran dosis de su poder. Con desconfianza inicial, conversaron con los apóstoles. Estos no habían querido que sus compañeros y hermanos fueran borrados de la faz de la Vicisitud y habían intentado impedir la Explosión de Inexistencia. Tras recuperarse durante un par de jornadas, se despidieron de los apóstoles, que continuaron su camino, y volvieron a Haster.


...

Un mes después, la situación en la capital Imperial parecía bastante estabilizada. La niebla del Palio había desaparecido de la faz de Aredia, y la mayoría de los elfos, centauros y hidkas habían retornado a Doranna. Fueron semanas muy intensas en viajes y reuniones. Treltarion había reclamado el Trono Supremo de Doranna y Ezhabel había decidido no disputárselo a pesar de la insistencia de Rughar y algunos otros. Los Alen'tai habían vuelto a su tierra, libre Nímbalos de una amenaza inmediata. El Cónclave del Dragón había sido pacificado y las tropas del norte ya se encontraban movilizándose hacia el sureste. La rebelión de Randor en el sur había tenido efecto gracias a la ayuda de Robeld De Baun y el frente se había vuelto a estabilizar en el río Ilven. El antiguo monarca Esthalio había hecho anunciar su aspiración a ocupar el Trono de los Leones de nuevo. Haster había empezado a prosperar, viendo los primeros comercios abiertos y con un incipiente comercio. La comida estaba dejando paso de nuevo a las monedas como objeto de comercio. Se encargó acuñar la primera remesa de monedas de plata y bronce con la efigie de Leyon I. Por fin llegaron también noticias de la gente que había partido hacia Adastra hacía meses y que había sido evidentemente absorbida por el Palio. Los losiares habían aparecido a lomos de sus dragones y habían conquistado fácilmente parte del territorio otrora perteneciente al imperio, donde los colonos iban a establecer nuevos asentamientos. El frente este de Ercestria se había estabilizado también, y en el oeste los cañones del rey Nyatar castigaban unas fuerzas de la Sombra cada vez más exiguas. En la isla de Targos todo parecía apuntar a la victoria de los aliados del grupo también. El sur de Aredia todavía se encontraba bajo la bota de la Sombra, pero se encargarían de eso una vez solucionaran los problemas más acuciantes. El único revés serio que habían sufrido lo había recibido la flota ilva que custodiaba el portal a Krismerian: siete decenas de navíos habían desaparecido en su totalidad sin dejar ni rastro, presumiblemente arrasados por los engendros de la Sombra.

Al cabo de tres semanas llegaron noticias del sur, traídas por un barco de los Príncipes Comerciantes. Al parecer, un contingente abrumador de tropas de la Sombra se estaba congregando en algún punto de Semathâl. Heratassë también volvió a hacer acto de presencia, tras haber pasado algunos días ausente.

Demetrius, por su parte, viendo que el momento era propicio, impartió las instrucciones pertinentes para que los bardos se prepararan para la ceremonia que habría de levantar la isla Evned.

Los últimos días del mes, Ezhabel comenzó a oir una débil voz en sus sueños, una voz de color verdemar que conocía bien. Nirintalath no había muerto, después de todo.

Los contingentes de elfos, hidkas y centauros comenzaron a organizarse en Doranna. Los emisarios aseguraron que el imperio podría contar con varias decenas de miles de aliados, una vez que la Sombra hubiera sido expulsada de la Nación Perdida.

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