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miércoles, 25 de enero de 2012

Canción de Hielo y Fuego - Asedio y Suministro

Navegando por los foros del Juego de Rol de Canción de Hielo y Fuego de Green Ronin me he encontrado con un hilo que expone una serie de reglas para potenciar el papel de las unidades de apoyo en las marchas, asedios, etc.
Así que paso a incluirlo aquí, traducido al castellano, y añadiéndole alguna cosilla de cosecha propia.


Asedio y Suministro (mecánica para unidades de apoyo)

  • Cuando un ejército se encuentre en campo durante un período superior a un mes, requerirá una unidad de apoyo por cada cuatro unidades de otro tipo presentes. De otro modo, comenzará a padecer hambre, enfermedades, deserciones, perderá la cohesión debido a soldados que tendrán que forrajear en los alrededores, etc. Una unidad que no se suministre adecuadamente con unidades de apoyo reducirá su saludo o su disciplina en un punto por cada mes que pase mal aprovisionada. Estas penalizaciones serán acumulativas y se recuperarán a un ritmo de 2 por mes una vez que la unidad se encuentre aprovisionada adecuadamente.
  • Cuando un ejército se encuentre asediando una propiedad de Defensa o un centro de población, el requisito se incrementa a una unidad de apoyo por cada dos unidades de otro tipo en la fuerza.
  • Si un ejército está siendo asediado en un centro de población, comenzará a sufrir las mismas penalizaciones tras dos meses, sin importar si incluye unidades de apoyo. El único modo de prevenir esta pérdida es tener un almacén suficiente de suministros.
  • Si un ejército está siendo asediado en una propiedad de Defensa, comenzará a sufrir las mismas penalizaciones tras cuatro meses, sin importar si incluye unidades de apoyo. El único modo de prevenir esta pérdida es tener un almacén suficiente de suministros.
Personalmente, añadiría este párrafo:
  • Si a la hora de aplicar un punto de penalización derivado de la falta de suministro la unidad ya tiene un valor de discipilina igual o menor a cero, la penalización debe aplicarse a su Salud. Cuando la Salud de una unidad baja a 0 de esta manera, queda desbandada si es posible; si no es posible -como en el caso de un asedio- queda totalmente inutilizada para combatir (y los soldados huirán a la menor oportunidad).



lunes, 23 de enero de 2012

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 1 Capítulo 1

Quiebramar. Voredin Ryth.

El Bastión de Quiebramar
Amanecía un nuevo día en Quiebramar. Ser Jeremiah Seabreeze y su gran amigo ser Breon de Rocagrís atravesaban el puerto, cada día más grande y más bullicioso, entre los gritos de los capitanes a sus marineros, de los comerciantes a los estibadores, envueltos de olor a pescado y a especias, del ruido de los barriles que se cargaban y descargaban, de los mástiles tensados por las velas y de las anclas que se levaban y se lanzaban, de pilluelos que se buscaban la vida lo mejor que podían y de prostitutas que ofrecían sus servicios a los recién llegados. En verdad el puerto estaba trayendo la prosperidad a Quiebramar. Aunque con la prosperidad llegaban también cosas menos deseables, como lo atestiguaba por ejemplo el chiquillo que pasó corriendo a su lado mientras era perseguido por los guardias de algún comerciante de poca monta. Y casi todos ellos se inclinaban respetuosamente al paso de los dos caballeros, uno de ellos hijo del propio lord Seabreeze.

Por fin, Jeremiah vio lo que habían ido a buscar: el Orgullo del Mar se encontraba varado en el último malecón del puerto. Más allá se veían un par de muelles a medio construir. «Acabamos de construir éste y ya se nos está quedando pequeño», pensó. «espero que Khoros esté al tanto». Reman Khoros era el administrador del puerto, un antiguo capitán mercante que había tenido la amplitud de miras de proponer la creación del puerto en la Ensenada de los Filos. Él y Ancel, el hermano mayor de Jeremiah y heredero de Quiebramar, habían invertido mucho tiempo y dinero en levantar aquello, pero sin duda había merecido la pena. Y Jeremiah también estaba saliendo beneficiado, pues el puerto había facilitado su trato con el comerciante braavosi Voredin Ryth. Éste le pagaba una comisión por las especias que vendía en Quiebramar que no estaba nada mal. La nave de Ryth, Orgullo del Mar era un navío ancho pero a la vez ligero, una típica embarcación mercante braavosi de velas verdes y buena tripulación. El hombre, gordo y sonriente, con una perilla bien recortada y untada donde asomaban ya las primeras canas, no tardó en salir a recibirles, después de reñir a uno de los mozos por no tratar con cuidado su mercancía. Ryth conservaba un ligero acento braavosi que hacía que arrastrara las "s" con un sonido silbante muy característico. Tras saludarse, el comerciante invitó a los caballeros a acompañarle a El Halcón Plateado, la única posada de Quiebramar, para hablar de negocios. Breon suspiró al pensar en la posada: ésta era regentada por Jana Alyr, una mujer por la que media isla suspiraba en secreto -y no tan en secreto-; y Breon no era una excepción. Por desgracia, aunque los rumores decían que había tenido (y tenía) innumerables amantes, Jana no parecía interesada en ningún romance, y jamás se le había conocido pareja estable. Pero era arrebatadora, y Breon tenía la sensación de que a él le dispensaba un trato especial.

Llegaron a la posada, donde fueron recibidos personalmente por Jana, un honor al alcance de muy pocos. Las muchachas que servían copas y comida iban de aquí para allá, atareadas en extremo. «Pronto hará falta otra posada en Quiebramar para poder cubrir tal demanda, o al menos otra taberna». Nada más sentarse, Ryth puso una bolsa de cuero encima de la mesa: el dinero mensual del acuerdo con Jeremiah. Según él, contenía 20 dragones de oro, una cantidad considerable. Había sido un buen mes. Breon, por su parte, sólo tenía ojos para Jana, e intentó seducirla por enésima vez. Como siempre, parecía que la llevaba al borde del interés, pero ella siempre se las arreglaba para esquivarlo en el último momento. Estaba seguro de que acabaría volviéndolo loco, pero le gustaba esa sensación. Lo que no le agradaba tanto era que otros clientes intentaran seducirla también, y su ceño se fue haciendo más pronunciado mientras Jana atendía otras mesas. Entre Voredin y Jeremiah se había entablado una conversación interesante: el comerciante había comentado al caballero que se había enterado del compromiso de su hermano con la dama Fell, y si por alguna casualidad se celebraba una fiesta de compromiso, estaría interesado en asistir; por supuesto, también le gustaría asistir a la boda. Jeremiah vio la ocasión de ampliar sus contactos con los amigos del braavosi, e intentó que éste se comprometiera a introducirlo en sus círculos a cambio de su asistencia a la boda, pero no tuvo demasiado éxito. Prometió a Voredin que hablaría a su hermano en su favor.

Jana Alyr
Mientras tanto, en el castillo, Ancel Seabreeze paseaba por las sombrías y húmedas estancias junto a su madre, Madelyne. Hacía pocos días que el muchacho se había comprometido con Elora Fell, la hija de lord Harwood Fell, de Fellwood, y mientras observaban a la guardia de Halcones realizar sus ejercicios en el patio de armas al mando del capitán Loren Ashur, Madelyne sugirió a su primogénito que no estaría de más dar una fiesta de compromiso invitando al máximo número posible de Señores de la Tormenta. Ancel recibió la idea con entusiasmo. Sería necesario anunciarlo rápidamente, pues los rumores de su compromiso debían de haberse iniciado ya. Sin embargo, había un problema: tal fiesta sería cara en extremo, y tendría que conseguir la financiación necesaria si quería que su casa comenzara a adquirir el prestigio que se merecía. Tras despedirse de su madre, Ancel se reunió con el maestre Berormane. Entre ambos calcularon el dispendio y decidieron, aun a riesgo de ganarse algunas enemistades, no invitar a más de veinte casas nobles. Aun así, haría falta una cantidad elevada de dinero, unos 200 dragones de oro.

De vuelta en la posada, mientras Jeremiah y Voredin departían, Breon se fijó por pura casualidad en que tres individuos de baja estofa y mala catadura miraban hacia su mesa. Fijándose un poco más, pudo darse cuenta de que en realidad a quien miraban -con algo de encono- era a Voredin Ryth. Breon se acercó a ellos, seguido por Jeremiah, y ambos les dejaron claro que no iban a tolerar ningún problema en Quiebramar. Los extranjeros, intimidados, bajaron la mirada y mostraron sumisión; a los pocos minutos salieron. Cuando Breon y Jeremiah se despidieron de Voredin -que se iba a alojar en la posada- y se disponían a volver al castillo, se apercibieron de que los individuos estaban reunidos en el callejón anexo al edificio. Jeremiah aprovechó para darles otro toque de atención, pero aun así, los caballeros no se quedaron tranquilos.

Ya en el castillo, Jeremiah y Ancel se encontraron, y el primero comentó el interés del comerciante Voredin Ryth por asistir al compromiso y la boda. Ancel vio entonces la oportunidad de conseguir algo de financiación, así que envió a un sirviente para convocar a Ryth al castillo al día siguiente, para tratar "asuntos de interés común". Jeremiah aprovechó el tiempo que quedaba antes de la cena para visitar a su padre, postrado en su lecho. Como casi siempre, la conversación derivó en un monólogo de lord Jeron acerca de sus hazañas durante la Rebelión de Robert. Ancel mantuvo una breve conversación con su madre acerca de la financiación, y ésta le sugirió que podrían hablar con su familia, los Tudbury; quizá podrían prestarles algo. Tras esto, Ancel intentó que su padre lo recibiera, pero Loren Ashur le informó de que el señor se encontraba cansado y no quería ver a nadie más hasta el día siguiente; mordiéndose la lengua, Ancel se retiró.

En el salón comedor se reunieron para la cena Ancel, Jeremiah, Breon -todavía con Jana Alyr ocupando su mente-, el maestre Berormane, lady Madelyne, la hermana pequeña de los Seabreeze, Megara, la pupila Melina Raer, y Vanna Ashur. La conversación discurrió en terrenos pantanosos, pues Megara estaba enfadada con su hermano Ancel desde el desplante que le había dado a Melina, y ésta se mostraba taciturna y triste. Nada más terminar la cena, Breon partió de nuevo hacia la posada junto a su fiel acompañante, Garrett de Bosqueoscuro. Tenía unas ganas irresistibles de ver a Jana, y además quería asegurarse de que no había problemas con Ryth. En la posada tomó asiento mientras se fijaba en que dos de los individuos que los habían estado observando esa tarde estaban sentados cerca. Pronto entró de nuevo en el juego de seducción de la posadera, pero nuevamente se le escurría entre los dedos, como si estuviera hecha de oro líquido. La sonrisa en la cara de Garrett era burlona y evidente.

—Olvídate de ella, Breon —dijo el viejo cazador—. Es evidente que ya ha jugado a este juego incontables veces.

Algunos de los parroquianos cercanos empezaron a bromear con la situación del caballero, para el disgusto de éste, que les increpó. Un poco achispado ya, gritó si sabían con quién estaban hablando, si querían retar a alguien que había cortado la cabeza de un león salvaje. Pronto los presentes quisieron saber más de la historia de Breon, y éste la contó sin escatimar detalles. El resultado fue que al cabo de un rato, toda la posada coreaba impresionada el nombre de "Ser Breon el Mataleones", y brindaban por él. Por supuesto, con algún comentario referente a su falta de pericia en la caza de mujeres, al contrario que le sucedía con los leones. Mientras alzaba su copa hacia la pequeña multitud que le coreaba, Breon se fijó en que los individuos de la mesa habían desaparecido. Dejó la bebida y salió corriendo hacia el callejón, desde donde Garrett y él pudieron ver a uno de los extranjeros entrando por una ventana del primer piso. Breon dejó a Garrett vigilando para que nadie escapara por allí y subió a toda prisa a la habitación de Voredin Ryth. Allí se encontró con una violenta situación: los dos matones de Voredin habían sido asesinados por tres individuos que ahora amenazaban al gordo comerciante. Éste se encontraba apretujado contra la pared de su cama, intentando alejarse de los individuos que le amenazaban. Los pobres diablos no tenían ninguna oportunidad contra un caballero bien entrenado. El último de ellos consiguió coger a Ryth y amenazarlo con una daga, mientras le decía a Breon que "lo único que queremos es que nos pague lo que nos debe". Cuando el individuo intentó escapar, Breon acabó con él. Ryth se lo agradeció dándole encarecidamente las gracias y cinco dragones de oro. Cuando Breon le preguntó de qué conocía a esos tipos, el comerciante no acertó a contestar; trataba con mucha gente y no los recordaba de nada. Varios parroquianos se habían congregado en la puerta y al ver la escena comenzaron a propagar los rumores de lo peligroso que era el tal "Ser Breon, el mataleones y amigo de los Seabreeze".

Con la satisfacción del deber cumplido y dejando a Ryth con una nueva remesa de guardias, Breon volvió al castillo, un poco mareado por el vino. Allí se lo contó todo a Jeremiah, que a su vez se lo contó todo a su hermano por la mañana, poco antes de que Voredin Ryth hiciera acto de presencia. Se reunieron en los aposentos de Ancel, Jeremiah, Voredin Ryth y el propio Ancel, junto al maestre Berormane. Ryth le comentó a Ancel que estaba interesado en asistir a la boda y a la posible fiesta de compromiso, y el primogénito Seabreeze aprovechó para comentarle sus necesidades financieras. Pidió un préstamo de quinientos dragones de oro, cosa que desató una risita del braavosi. Éste ofreció veinte dragones de oro. Ancel se sintió insultado por tan baja oferta, pero no pudo hacer que el comerciante la subiera. No obstante, llegados a cierto punto de la conversación, Ryth preguntó a Ancel si podría ver a su hermana. La sugerencia ofendió a los Seabreeze. Cuando Ancel dudó y calibró la posibilidad de presentar a Megara y Ryth, Jeremiah expresó de malos modos su desacuerdo. No quería que de ningún modo se comerciara con su hermana, su honor se lo impedía. Ancel, molesto, poco menos que echó a su hermano de la estancia.

Desechada momentáneamente la idea de jugar con un posible enlace entre Megara y Ryth, Ancel preguntó solapadamente si el braavosi podría presentarle a otra gente que estuviera a dispuesta a sufragar sus gastos. Ryth respondió que sí, pero implicaba un riesgo y Ancel debía de tener claro hasta dónde quería llegar. Aludía claramente a que aquellos que podían ayudarle se dedicaban a maniobras ilegales, pero no sabía de qué tipo. Ancel contestó que tendría que pensarlo, con lo que se dio la conversación por terminada.

Tras la marcha de Ryth, más tarde esa misma mañana, el maestre Berormane se encontró con Ancel: acababa de llegar un cuervo procedente de Bastión de Tormentas con un mensaje del propio lord Renly Baratheon. Rezaba así:


A las casas nobles de Poniente:
Saludos en nombre del rey Robert Baratheon.
El hermano de su Majestad, lord Renly Baratheon, convoca un torneo que será celebrado en honor de los quince años del benigno reinado de su hermano.
El torneo se celebrará en los campos de justas de Bastión de Tormentas en el plazo de 30 días desde el día primero del presente mes.
Todos los vasallos de la Corona están invitados a participar y a honrar sus nombres.

Sin duda, ésta era la oportunidad que esperaba Jeremiah y, por extensión, toda la casa Seabreeze para ganar gloria y renombre. A sugerencia de ser Goran y de su madre, Jeremiah iba a necesitar un caballo de mejor planta, una armadura y un escudero. Como de todos modos tendrían que visitar las tierras de los Tudbury para ver si les podían prestar algo de dinero, Madelyne también sugirió que quizá allí podrían encontrar un escudero adecuado para Jeremiah.

Sin dilación, comenzaron a preparar el viaje al continente, a las tierras de los Tudbury y a Bastión de Tormentas, donde tratarían de conseguir todos los pertrechos necesarios para Jeremiah y, en la medida de lo posible, también para Breon, antes del torneo.

jueves, 19 de enero de 2012

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 17

Rescate. Mogontiacum y la legión. Los germanos.

Lucinda, madre de Lucio Mercio
Tras dejar a las mujeres y a Cneo Servilio a salvo bajo un olivo entre la espesa lluvia, Lucio y Cornelio saltaron de nuevo el muro para entrar en el antiguo sótano. Tras esquivar a varios guardias, bajaron las escaleras y pudieron oir el escándalo que armaba la multitud que se agolpaba a la entrada de la cripta donde se encontraban Tiberio e Idara. Golpeaban la puerta salvajemente, con algún ariete improvisado, mientras alguien gritaba órdenes.

En la antesala se encontraban tres guardias que seguían con interés lo que sus compañeros llevaban a cabo en la capilla que daba acceso al subterráneo. Lucio se lanzó al ataque, cubriendo la puerta de la capilla donde tendría ventaja sobre sus atacantes, y Cornelio corrió también para enfrentarse a los guardias de la antesala. El combate fue largo y agotador, y logró distraer a la multitud que intentaba abrir el acceso al subterráneo. Lucio consiguió aguantar en la puerta sin retroceder, y Cornelio se encargó de los guardias, permitiendo la salida de Idara y de Tiberio de la cripta inferior. Transcurridos unos minutos, llegó a la escena uno de los guardias de élite que habían visto previamente vestido con la armadura lacada de azul que parecía amoldarse perfectamente a su cuerpo. Además, la lanza que llevaba despedía descargas de una extraña energía que quemaba a quien tocaba. No obstante, gracias a la enconada resistencia de los personajes y a sus habilidades, pudieron hacerlo retroceder y salir en busca de ayuda. Mientras tanto, Tiberio e Idara ya hacía rato que habían salido de la cripta inferior huyendo de las tenebrosas figuras sombrías que habían despertado, y se habían reunido con los compañeros. Una vez que el guardia de la armadura azul -un tartessio, según averiguaron basándose en los bajorrelieves y pinturas de la cripta subterránea- partió en busca de refuerzos, no esperaron ni un instante: amparándose en la cortina de lluvia que ya caía sobre el lugar, treparon el muro de los jardines y salieron como una exhalación.

Una vez se reunieron con las mujeres y Servilio, Lucio y su madre aprovecharon para abrazarse y saludarse emotivamente. A continuación departieron sobre cuál sería su próximo movimiento, pero no había demasiadas dudas: era urgente que Cornelio tomara el mando de la XXIIª legión. De momento, podría alegar que su viaje se había retrasado debido al clima o circunstancias imponderables, pero no podría excusarse si tardaba mucho más. A pesar de que la madre de Lucio no hacía más que insistirle a su hijo en que debía vengarla y darle un escarmiento a Quinto Antonino Celio, volvieron a Gades para embarcar y reemprender su viaje. La madre de Lucio y la otra mujer -en calidad de sirviente de Cornelio- los acompañarían. Lucio no se mostraba muy convencido, pues su ansia de venganza era mucha, pero decidió que acompañar a su amigo sería lo mejor.

Cuando la mujer compañera de celda de su madre se estabilizó mentalmente, Idara pudo hablar con ella. Se llamaba Alina, y les habló de cosas horribles; de la maldad y el ansia de sangre de Antonino Celio, que maltrataba a sus esclavos de forma enfermiza, y de sombras, sombras que danzaban en ocasiones alrededor de él, protegiéndolo o nutriéndose de su maldad. Cuando recordaba al padrastro de Cornelio, Alina caía siempre presa de un estado de nervios superior a sus fuerzas. Cneo Servilio también mencionó la posibilidad de visitar Toletum, donde se encontraba la biblioteca de los Albino; Tiberio decidió volver en un futuro próximo. Durante el viaje, Claudia Valeria insistió varias veces a Ezhabel sobre la necesidad de tomar un rol más activo en los acontecimientos que se desarrollaban a su alrededor; como teúrgas de Minerva, era su deber investigar y deshacer los planes de aquellos que querían hacer caer en desgracia a los romanos y sus dioses.

Tras dos semanas de viaje marítimo y fluvial en barco y una semana de viaje por tierra, llegaron a Mogontiacum, donde los tribunos, con la eficiencia propia de romanos, habían formado un comité de bienvenida y habían hecho formar a las tropas. A pesar del impresionante recibimiento, donde se llevaron a cabo todas las formalidades necesarias, la acogida fue fría, y Cornelio notó algo de hostilidad por parte de la mayoría de los tribunos. Como más tarde se enteraría, todos esperaban que uno de ellos, el tribuno y patricio Cneo Sulpicio Germánico, ascendería al puesto de legado. Enterarse de que un recomendado de Roma llegaría para hacerse con el puesto había sentado como un jarro de agua fría a la mayoría. Poco después, Cayo Cornelio decidiría disgregar temporalmente a sus tribunos asignándolos a diferentes guarniciones, excepto al tribuno de caballería Tito Cornelio Escauro.

La legio XXII Primigenia Pia Fidelis era la encargada de guardar la frontera y mantener el orden en la provincia de Germania Superior. Mogontiacum se había desarrollado como una importante ciudad, y un gran puente de piedra cruzaba el río que marcaba la frontera del imperio.

Durante los primeros días, Lucio e Idara se dedicaron a trabar contacto con los legionarios, mientras Tiberio se dedicaba a ofrecer sus servicios en la enfermería. Pronto, la habilidad y buen oficio de Tiberio se propagaron por el campamento. Lucio Mercio conoció en un tabernaculum cercano a un tal Tito Norbano, que reconoció como un hermano de Mitra. Según se enteraron, en los últimos dos meses habían desaparecido tres legionarios y algunos de los habitantes de Mogontiacum, entre ellos varios niños. La gente hablaba de extrañas bestias que atacaban por la noche. Les contaron también que hacía pocas semanas, una noche la luna se había teñido de sangre y muchos niños habían muerto debido a las fiebres. Los legionarios hablaban también de extrañas ceremonias nocturnas realizadas por los druidas germanos, cuyos ecos llegaban al campamento en las noches de viento, procedentes de lo más profundo de la espesura.

Idara y Lucio partieron con un pequeño grupo para investigar el asunto de los legionarios desaparecidos, recorriendo las tres localizaciones donde se les había dejado de ver o habían encontrado sus restos. Mientras se dirigían a la segunda localización, un ruido llamó la atención del grupo. No sin dificultades pudieron atrapar a un hombre, al parecer un esclavo maltratado huido. Estaba aterrado. Decía llamarse Lucares y era un gladiador, para más señas. Lo apresaron y ataron, para llevarlo al campamento. Sin embargo, Idara, empatizando con la situación del muchacho, lo liberó subrepticiamente. El gladiador la miró con agradecimiento, y partió rápidamente.

En la tercera localización, varios centenares de metros dentro de la selva, detectaron sin dificultad marcas de lo que parecían grandes garras alrededor de la escena donde habían aparecido restos del legionario desmembrados. Era evidente para ojos expertos que en el suelo había huellas de lobos enormes, pero lobos que se movían apoyando sólo dos patas en el suelo. Lo que quiera que fuera aquello, nadie había visto nunca nada igual. También había huellas de humanos, bastante recientes. Un ligerísimo ruido llamó la atención de Idara. Cuando miró a su alrededor, vio varias figuras camufladas de forma sorprendentemente efectiva moviéndose lentamente a su alrededor. Habían sido rodeados por enemigos que se movían como sombras en el bosque.

Mientras tanto, en el campamento, Tiberio recibió una carta, que le entregó uno de los auxiliares. Procedía ni más ni menos que de la hermana del emperador Cómodo, Cornificia. En ella le recriminaba el hecho de que al volver de Pannonia no había encontrado en Roma a su médico personal y aquello no le placía en absoluto. Un rictus de preocupación surcó el rostro de Tiberio, que redactó una contestación sin tardanza: en la misiva (tirada de 34) Tiberio hablaba de unos rumores que le habían llegado sobre unos elixires que perservaban la juventud en germania, y había acudido para poder proporcionárselos a su señora. No obstante, si ella lo necesitaba, estaba dispuesto a volver a Roma al punto. Confiaba que la mención de los elixires de juventud aplacaran el descontento de Cornificia.

Tras una resistencia inicial en la que murieron dos legionarios bajo las flechas y dardos germanos, Lucio optó por rendir el grupo. Idara trató de escapar, pero la mala suerte se cebó con ella (pifia) y chocó contra un tronco que la dejó sin conocimiento. Tras esto, vendaron los ojos de todos ellos y después de varias horas caminando, llegaron al campamento de Gameburg; todos excepto Idara, que cuando recuperó la consciencia se escabulló gracias a sus grandes dotes para el sigilo. Las conversaciones y actitudes mantenidas durante el camino hizo sospechar a los germanos que Tiberio era un teúrgo, así que, mientras a los demás los encerraban en jaulas, a él lo encadenaron a un poste y lo drogaron.

En el campamento llegó la noche, e Idara y Lucio no habían vuelto. Contra las advertencias de sus oficiales y tribunos, Cornelio decidió organizar una batida para buscarlos. Esto le ganó recriminaciones y amenazas de que "en Roma se enterarían de esto" por parte de los tribunos Marco Licinio Draco -acompañado siempre por el enorme galo Marco Bolgio- y Septimo Epidio y miradas de sorpresa del oficial Tito Norbano, entre otros. Les parecía una locura que todo un legado de una legión tan importante como aquella se pusiera en peligro de forma tan estúpida, pero no pudieron hacerle cambiar de opinión. Tras muchos esfuerzos pidiendo voluntarios (nadie quería internarse en aquel espeso bosque por la noche), consiguió reunir a una docena escasa de hombres (casi todos legionarios) y partieron hacia la espesura.

Bestia de los bosques germanos
Idara vagaba desorientada por el bosque cuando detectó una presencia cercana. Un resuello retumbante y un rugido profundo le erizó el vello. Se ocultó y arrastró por estrechos recovecos y finalmente algo la agarró. Se revolvió, preparada para lo peor, pero no era sino el gladiador al que había ayudado a escapar, que también se ocultaba. Tras unos momentos de angustia, finalmente pudieron despistar a las presencias monstruosas que les rodeaban. Consiguieron descansar entre las grandes raíces de un árbol. Hasta que Cornelio, al frente de un grupo que había perdido varios integrantes en la profunda oscuridad de la noche, hizo acto de presencia [punto de destino]. La sorpresa ante el encuentro fue pronto mitigada por el terror cuando dos figuras aterradoras aparecieron desde la espesura. Eran unos enormes lobos que caminaban a dos patas y lucían unas garras como dagas. Los legionarios se enfrentaron valientemente a ellos, cubriendo la retirada del grupo, hasta que finalmente Cornelio, Idara, el gladiador y el centurión consiguieron despistarlos y volver al campamento bien entrado el mediodía del día siguiente. Cuando aparecieron en el castrum los tribunos que quedaban aprovecharon para expresar su más profunda desaprobación con Cornelio al haber perdido más de diez valiosos hombres para la legión. Cornelio hizo oídos sordos, y procedió a organizar tres cohortes para peinar el bosque en busca de sus amigos.

En Gameburg, una pequeña multitud se había reunido alrededor de Tiberio, entre ellos dos shamanes, el líder del pueblo Ulric, Maaldric -que chapurreaba latín-, y Eldric, que era prácticamente el único germano con soltura en latín. Le preguntaron a Tiberio si era uno de los llamados teúrgos, uno de los sacerdotes con poder de los dioses. Tiberio contestó que no, e insistió en ello. Así que Ulric dio la orden de que lo mataran, ante los gritos de Lucio y los demás, que también se encontraban en la plazoleta donde tenía lugar la escena. Tiberio liberó la Sombra de su talismán, que le llenó de un frío helado. Tras la muerte de varios germanos, uno de ellos puso una hoja en la garganta del médico y algunos amenazaron a Lucio y los demás con arcos, así que a Tiberio no le quedó más remedio que volver a encerrar la sombra en la figurilla. Los germanos dialogaron entre sí, y después de que Eldric mencionara la palabra "brujo", volvieron a dejar inconsciente a Tiberio. Lucio, por su parte, convenció a los germanos para hablar con Ulric, el jefe del campamento; no parecía militar, pero aun así el resto parecía respetarlo como líder. El legionario consiguió convencer al consejo de que Tiberio no era ningún brujo, y que quería que les devolvieran a Claudia Valeria, que había desaparecido desde que habían llegado al poblado. Le contestaron que La mujer había sido ganada por Maalric, y que si quería recuperarla debería derrotarlo en combate. Lucio aceptó, y se hicieron los preparativos. Aunque Maalric tenía un físico poderoso, no era rival para los años de adiestramiento de Lucio Mercio, que ganó el combate malhiriendo a su oponente. Así que le fue devuelta Claudia Valeria. Tiberio se ofreció para curar al germano, y consiguió estabilizarlo, ganándose algo de respeto entre los demás. Acto seguido llegaron unos exploradores informando de que una legión se había internado en el bosque. Los germanos comenzaron a preparar un enfrentamiento, y a enviar mensajeros. Lucio, sin embargo, convenció a Ulric para organizar un encuentro con el legado Cayo Cornelio Cato. Enviado junto con un grupo de germanos, Lucio lo arregló todo: tendría lugar un encuentro entre germanos y romanos en el puente que cruzaba el río a las afueras de Mogontiacum. Mientras tanto, Tiberio y los demás permanecerían en Gameburg -o donde fuera- como rehenes.


martes, 10 de enero de 2012

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 73

¿El Fin?

Llegados a Haster, el padre Ibrahim volvió a insistir ante Ayreon sobre las posibilidades que creía que el Grial albergaba y que estaban infrautilizando. Decidieron reunirse en ese mismo momento junto con Demetrius en el altar de la capilla del palacio, junto con todos los paladines, excepto tres que quedaron vigilando la puerta y otros dos que velaban a Petágoras. Demetrius, Ayreon e Ibrahim se sentaron alrededor del altar, realizando respectivas introspecciones e intentando ahondar en el origen de los poderes del objeto sagrado. Tras un primer intento fallido, Demetrius fue el único que, con un hilillo de poder, tuvo éxito en comenzar a proyectar su esencia al interior del Cáliz. La violencia del rapto casi parte el ser del bardo en dos. Se hundió en la oscuridad, en una oscuridad infinita y eterna, que lo abrumó. Comenzó a viajar, o a hacer algo parecido a navegar, en aquella oscuridad indescriptible, que en cualquier momento amenazaba con anular su existencia.

Mientras tanto, en el mundo real, una perturbación en el Mundo Onírico puso en guardia a Ayreon y los paladines. Algunos de estos últimos comenzaron a caer, desmadejados, sin causa aparente. En la capilla se materializaron varios de los elfos oscuros llamados Puñales de la Sombra, asesinos inconmensurables que dejaban a los Susurros de Creá a la altura de niños imberbes comparados con ellos. El propio Ayreon sintió el mordisco de un Puñal arañando su costado. El escándalo y la perturbación no pasaron desapercibidos en el exterior: a los pocos instantes, Leyon, Ezhabel y unos cuantos centauros irrumpían en la escena. La semielfa repartía muerte moviéndose con la ligereza del viento, y Leyon acabó con la sombra de la estancia haciendo uso de la Daga de Luz. Sin duda, Trelteran estaba cerca, o lo había estado. Los centauros situaron salvaguardas del mejor modo que pudieron y se estableció una multitud alrededor de Demetrius, que seguía en trance.

La Vicisitud rodeaba a Demetrius. Estaba fuera del tiempo, fuera del espacio, fuera de cualquier dimensión, pero a su alrededor, en la oscuridad, podía percibir toda la existencia, todo aquello que era, fue o podría ser.

Demetrius se tambaleaba, a punto de desvanecerse. Ayreon intentó canalizar algo de poder hacia él, y éste fue absorbido en el acto, recuperando al bardo de su debilidad. De inmediato se enlazaron los paladines para proveer de poder a Demetrius, y Leyon convocó a todo aquel que pudiera esgrimir el Poder a la capilla, para colaborar en el proceso. Hicieron acto de presencia los Clérigos de Terwaranya, los Rastreadores del Silenciado, los centauros y algunos más; y finalmente, trajeron a Petágoras, desde el que los Rastreadores canalizaron poder al bardo.

Su viaje se prolongó durante siglos, durante milenios, durante eras. La oscuridad no tenía fin, y la Vicisitud quedó por fin atrás; o arriba, o abajo, no sabía muy bien dónde. Se asomó al borde de un abismo metafísico insondable, y el abismo le devolvió la mirada. Le flaquearon las fuerzas, y le pareció caer, pero de alguna parte le llegaban nuevas energías, como si alguien le ofreciera su hombro y él se apoyara y después de caer se levantara de nuevo. ¡Y cómo caía! Cada desfallecimiento era como una pequeña muerte, una muerte que duraba eones, pero siempre notaba ese pequeño empujón que le permitía seguir más allá, un poco más alla, mucho más allá. Había salido de toda influencia, de todo cuanto existía. ¿Existía él entonces? ¿Existía algo? Un hilillo de contacto le llegaba desde mucho más atrás, aquello que le permitía seguir. Cayó de nuevo, y entonces oyó una voz, un suave murmullo que recordaba de otra vida: era el muchacho, Petágoras. O más bien su conciencia, o su yo astral o su poder encarnado... no sabía definirlo, pero lo que es cierto es que le ayudó. Lo levantó una vez más, y juntos retomaron el camino de nuevo, hacia la fría oscuridad. Cruzaron abismos de tiempo y espacio insondables para mentes menos capaces. Demetrius enloqueció, pues no había verbo mejor para describir lo que le sucedía. Aun así, siguió junto a Petágoras. Éste le preguntó si sería capaz de volver en caso de que fracasaran en lo que fuera que estuvieran haciendo. Demetrius, percibiendo una infinitesimal parte de la presencia del Grial más allá del universo, afirmó. Y por fin, ambos cayeron. No fue una caída hacia abajo. Todo lo que Demetrius podría describir es que fue una caída "hacia fuera". Y una luz que era una mezcla de Luz y Sombra, una combinación de Creación y Destrucción, los engulló.

Tras casi un día entero de canalización sólo quedaba un puñado de Rastreadores enlazando a Petágoras con Demetrius. Los demás seguían buscando alternativas para proporcionar el poder necesario al bardo, desesperados, cuando finalmente éste despertó. Rebulló en su asiento balbuceando: "El Creador, El Creador, era ...". Volvió en sí, agotado. Una voz desde el otro extremo de la sala sacó a todos del estupor: "pero... ¿dónde estoy?"; Petágoras había despertado también, de nuevo el muchacho que otrora habían conocido. Los que quedaban en pie prorrumpieron en exclamaciones de júbilo.

Al cabo de una hora más, durante la que tanto Demetrius como Petágoras se encontraron confundidos y sin reaccionar, por fin ambos se recuperaron. Demetrius les contó cómo había llegado hasta el Instante Primordial, hasta el Creador, en lo que le parecía un lapso de tiempo de incontables vidas. El caso es que, confirmando las sospechas de Ibrahim, ahora estaba convencido de que a través del Grial podían canalizar las energías del propio Creador, lo que sin duda les sería de gran utilidad en el enfrentamiento que se avecinaba.

Ezhabel, Ayreon y Leyon se reunieron en Dánara con lord Nyatar, el rey de Ercestria, para dialogar sobre el secuestro del hijo de éste. El rey, sentado en el Trono del Águila, estaba profundamente abatido, pero sus ojos mostraban una resolución total. A los pocos instantes apareció también en el Salón una figura delgada y alta, un tal lord Evner, que no era sino el emisario de la Sombra, que esperaba contestación por parte de Nyatar. Ese mismo día era el último que le daban para responder. Tras quedarse a solas con el rey, con sinceras palabras el grupo le convenció de que no podía hipotecar el futuro del continente entero y de la Luz por el secuestro de una sola persona. Era duro, pero era así. Nyatar lo pensó unos momentos, pero al parecer su resolución estaba tomada desde hacía tiempo. Hizo comparecer a lord Evner y, tras hacer que lo desnudaran, se dispuso a propinarle varios latigazos. No pudo hacerlo, sin embargo. Lord Evner era en realidad un apóstol y haciendo uso de su poder asesinó a varios guardias y pudo escapar. Esa era su respuesta, pues. Ercestria iría a la guerra en las filas de la Luz. Todos abrazaron a lord Nyatar, dándole ánimos y afirmando que hacía lo correcto. No obstante, a los pocos minutos Ayreon hacía acto de presencia, ¡acompañado del príncipe Aryatar! Según explicó el paladín, el dragarcano lo había teleportado directamente a los calabozos de Emmolnir, donde se encontraba el príncipe, y entre ambos lo habían sacado de allí. Por desgracia, Heratassë había caído víctima de su furia y aunque los pudo teleportar de vuelta, él mismo se había quedado en Emmolnir. El reencuentro entre padre e hijo fue muy emotivo, y todos los presentes virtieron lágrimas de alegría. Poco después el rey se encontraba enfundado en su armadura de combate y el ejército de Ercestria partía hacia Haster.

Por la noche, Ezhabel soñó. En un bosque verde esmeralda, o verde mar, no estaba muy segura, la niña Ezhabel corría despreocupada. Poco a poco, la oscuridad fue abatiéndose, y una figura vestida totalmente de negro y con el pelo blanco apareció ante ella. Le tendió la mano. Ezhabel llevaba un anillo colgado del cuello, lo pudo notar ahora que le quemaba insoportablemente. A pesar del terror que le inspiraba, la semielfa le dio la mano al desconocido; el anillo dejó de arder. El hombre, de ojos rojos y nariz aguileña, sonrió maliciosamente. En ese momento, un resplandor verde y un grito lo inundó todo: "¡NOOOOOOOOOOOO!". El dolor se hizo insoportable mientras una mujer joven, verde como el mar, se abalanzaba sobre el desconocido y arrancaba el anillo que Ezhabel llevaba colgado. El dolor se hizo insoportable. Insoportable. Ezhabel quedó inconsciente.

El día siguiente, en la Sala de Guerra de palacio, tuvo lugar el concilio donde se reunieron todos los dirigentes y comandantes de las razas y naciones implicadas. Lady Ezhabel no había despertado, y el encuentro se celebró sin ella. Leyon y los demás se transmitieron su preocupación, pero siguieron adelante. Allí estaban Treltarion, Urmazan, Angrid, Enthalior, Aldarien, Cargalan, Carontar, Tarlen, Enfalath y Rughar por los elfos; Ar'Kathir, Ar'Thuran, Koevhos y Rhaomen por los hidkas; Arixareas, Doros, Adens y Arixos por los Rastreadores; Zordâm y Zôrom por los enanos; Rûmtor, Nyatar, Randor, Agiran, Dorlen, Ylma, Aglanâth y el resto de nobles por los humanos; todos los Brazos, Carios y los targios, Ibrahim, Banallêth, Eltahim, Petágoras, Heratassë y Elsakar. Durante la reunión se acordó el plan que seguirían: hacer uso de los portales para teleportarse cerca de Emmolnir, levantar una espesa niebla y atacar aprovechando la posible debilidad de Selene. Petágoras intentaría eliminar el nodo de Poder de la Torre, para evitar que la Sombra pudiera usarlo.

Ayreon, algunos centauros, los Susurros y Ordreith intentaron rescatar a Ezhabel desde el Mundo Onírico en Dánara. Pero no había ni rastro de ella, así que finalmente desistieron. Dejarían el cuerpo de la semielfa en retaguardia, en el campamento base cuando atacaran Emmolnir.

El gran día había llegado por fin. El día de la inflexión. A partir de entonces la Luz restablecería el equilibrio o la Sombra se haría suprema, y todo dependía del ejército acampado a las afueras de Haster y de sus comandantes. Los portales fueron abiertos, y el ejército no tardó más que unas horas en atravesarlos. Mientras las huestes marchaban a la batalla, los sirvientes quedaron detrás instalando un campamento por si la batalla se demoraba en el tiempo. Era magnífico ver a los miles y miles de soldados de la Luz formar interminables filas que se movían perfectamente coordinadas, en silencio mientras los Rastreadores levantaban una capa de brumas que los escondería momentáneamente de sus enemigos. El amanecer estaba a punto de despuntar cuando las tropas cambiaron a formación de combate.

La batalla de Emmolnir

Las tropas de la Sombra acampaban alrededor de Emmolnir, siempre alerta. Pero la niebla los ocultó bien. Cuando las unidades estuvieron en posición, los Rastreadores telépatas informaron a Leyon, y éste hizo un simple gesto. Demetrius dio la señal, con un potentísimo bramido. El resto de bardos, distribuidos entre las tropas, comenzaron a cantar canciones de guerra y muerte. Los pelos de los comandantes se erizaron cuando las tropas rompieron a cantar también en varios idiomas distintos. Las voces se elevaban en el amanecer con ecos de sangre y muerte. Los Rastreadores levantaron la niebla, y se produjeron las cargas a lo largo de un frente de varios kilómetros. Las tropas de la Sombra, eficientes tras meses de combates, se aprestaron a defenderse. El estrépito fue ensordecedor, y la violencia se desató sobre el campo de batalla, Emmolnir. Los cañones ercestres comenzaron a abatir tropas enemigas. Los paladines se enlazaron y repartieron muerte por doquier. Los arcistas targios y los Rastreadores del Silenciado descargaban fuego y luz sobre los enemigos. En el centro, ilvos, hidkas y anfiroth cargaron con ímpetu. A la izquierda, elfos, Alas Grises e Iluminados, junto con los vestalenses y los Príncipes comerciantes. A la derecha, el grueso de tropas humanas, con la tropa imperial, las fuerzas ercestres, los caballeros esthalios, los Arcángeles, corsarios, los orgullosos caballeros del grupo del Vyrd, las Aves de Presa y los erenios. Los Susurros de Creá y los Soñadores centauros se encargarían del conflicto onírico. Pero Trelteran no apareció, y sin él los Susurros y centauros impusieron su ley fácilmente.

Mientras el flanco izquierdo hacía retroceder a la Sombra gracias a los targios y los dragones, el centro aguantaba a duras penas y el flanco derecho estaba a punto de derrumbarse resistiendo lo peor del envite debido al peso de los trolls y los gigantescos mamuts que llegaron apenas una hora de empezado el combate. En ese momento, un terrible temblor de tierra y el desplazamiento de una colina, anunciaron lo que todos temían: la hidra ancestral de Trelteran hacía su aparición. Con rugidos que hacían sangrar los oídos y pasos que hacían retumbar el mundo, el flanco derecho se rompió, replegándose.

Una columna de Sombra había aparecido en Emmolnir, desde la que se propagaba una oscuridad maligna y una voz que hablaba en las mentes de todos los presentes, compitiendo para superar a los bardos de Demetrius y carcomer la moral de las tropas de la Luz. Las huestes de la Sombra arremetieron con redoblado ímpetu. Los ilvos aguantaron bien, como siempre. Los elfos contraatacaron y los hidkas blandieron sus largos espadones para sembrar la destrucción entre sus enemigos. Los enanos se vieron arrollados por los enormes mamuts y las filas de drakken que esgrimían hachas astadas, pero sus filas aguantaron firmes gracias a Willas Stalyr, en cuya mano Igrilainn era una centella de muerte y alegría. Los anfiroth sufrieron fuertes bajas a manos de los orientales y de varios apóstoles que hacían a la tierra abrirse a sus pies. Y para desesperación de los capitanes de la Luz, de la columna de oscuridad sobre Emmolnir, comenzaron a aparecer incontables cantidades de demonios y seres extraños, en un flujo que no parecía tener fin. El cielo, que hasta entonces había sido propiedad de los dragones losiares, de los Señores de las Bestias ilvos y de la Guardia de Águilas del Erentárna al mando de lord Rûmtor imponiéndose a los dragones y engendros de la Sombra, ahora estaba en disputa.

Entonces, alguien alzó un brazo señalando hacia el este. Leyon se giró, y apenas pudo creer lo que veía: varias escuadras de enormes barcos que surcaban los cielos se aproximaban al campo de batalla y comenzaban a disparar sus proyectiles flamígeros sobre las unidades de la Sombra. "Es Cirandil" —dijo alguien. Por fin se desvelaba el secreto de dónde se había metido el prometido de Ezhabel. Había construido al menos una cincuentena de barcos voladores en un tiempo récord, y ahora cambiaba las tornas del combate en el cielo de Emmolnir. Manteniendo las distancias con la hidra ancestral, los barcos voladores hicieron retroceder a los dragones de la Sombra, dando un respiro a las águilas. Pero el flanco derecho se había roto, y corrían el riesgo de ser rodeados por los gigantescos mamuts.

Ezhabel despertó en su sueño, un sueño verdemar de dolor absoluto, que ya no podía herirla. El Dolor era suyo para hacer con él lo que quisiera, incluso plegarlo a sus deseos. Su pelo se había teñido de verde, sus ojos también, y su piel era blanca como la luna, con capilares púrpuras y visibles a través. Era Ezhabel o Nirintalath, o ambas a la vez; sonrió. Y despertó. El fragor del combate resonaba a lo lejos, a pocos kilómetros. Salio de la tienda donde dos sirvientes la miraban, atónitos. El personal de apoyo presente en el campamento se estremecía de dolor a su paso. Eso le causaba placer, no podía evitarlo, para horror de la parte de ella que era Ezhabel. Corrió hacia el sonido.

Un zumbido anunció la llegada de la semielfa al campo de batalla, espada en mano. Aunque el arma ya no servía de mucho, pues ella misma era la que canalizaba el poder a través del objeto. Corrió hacia donde había visto que las tropas de la Luz huían, el flanco derecho. Y allí desató el infierno. El dolor se apoderó de todos, y la mayoría de los que le rodeaban iba derrumbándose entre espasmos o directos a la inconsciencia. Heratassë también apareció por la derecha, y levantó muros de fuego ante los enemigos. Todo ello dio tiempo para que el flanco derecho se recompusiera bajo el influjo de las canciones bárdicas y el coraje de Robeld de Baun y se lanzara de nuevo al combate. La columna de sombras sobre Emmolnir pareció disminuir cuando Petágoras consiguió por fin anular el nodo de poder bajo la torre, pero tal ilusión duró sólo unos instantes, pues volvió a aumentar en segundos. Sin embargo, Selene todavía no había hecho su aparición.

Por el flanco izquierdo surgieron las hordas de los jinetes de Semathâl y los salvajes varlaghs, y con una embestida brutal acometieron contra los Iluminados, que rompieron sus filas casi al instante. Por suerte, los vestalenses y parte del contingente élfico se apercibió de la situación y se aprestó para el choque, que fue de nuevo brutal. Los Maestros de la Insidia vestalenses causaron estragos entre los enemigos, así como los Maestros de la Esgrima elfos, pero el número de las tropas sureñas era tan enorme, que poco se resintieron y siguieron con la presión, hasta que el contingente de la Luz tuvo que retroceder poco a poco. Los centauros cargaron al centro, dándoles un descanso vital a los anfiroth. Lord Ergialaranindal era un titán entre las filas ilvas, con su Guardia Carmesí al frente, y no flaquearon un solo instante. Rugiendo y cantando, los ilvos fueron los que más enemigos mataron ese día.

Tal era la situación cuando llegó la noche, y con ella los innumerables contingentes de orcos surgidos de ninguna parte y los Puñales de la Sombra, Inquisidores y los Adeptos del Dolor, del Pesar y la Lujuria. También hizo su aparición Audal, el nieto de Natarin, Brazo de Phôedus y Korvegâr, y otra figura que reconocieron como lord Vairon, con una espada de Sombra que no podía sino ser el Arcángel de Norafel. Leyon se adelantó con la Daga de Luz y se opuso a ellos, pero Audal era demasiado poderoso, y comenzó a segar centenares de vidas con Ugrôth, que restallaba en su mano y hacía saltar como peleles a aquellos que alcanzaba. Los Brazos de la Luz se congregaron a su alrededor y estalló un conflicto entre ellos en varias realidades. Pero la Sombra era fuerte ahora, y la Hidra Ancestral traía la muerte, y los adeptos del Dolor eran diestros con sus agieles, y la columna de Sombra ahora crecía sobre Emmolnir. Hasta que por fin, una voz tronó sobre el campo de batalla:

—¡La Luz perecerá hoy! ¡No tengáis piedad! ¡ACABAD CON TODOS ELLOS! —tronó una mezcla de voces de Selene y Trelteran, mientras un frío intenso azotaba el campo de batalla y hacía caer a muchos en el ejército de la Luz. Este último retrocedía cada vez más, abrumado por el número de enemigos y la oscuridad. Sólo los ilvos y los hidkas seguían cantando mientras mataban. Incluso los bardos habían enmudecido. Los pocos kaloriones que quedaban, Murakh, Carsícores y Adrazôr, se materializaron ante lord Ergialaranindal y su Guardia Carmesí con sus apóstoles y los apóstoles de Trelteran restantes. La kregora de las armas y las joyas de los ilvos les protegió hasta cierto punto, pero no pudo evitar que muchos de ellos cayeran víctimas del inmenso poder que los comandantes de la Sombra canalizaban. Por primera vez desde que había empezado el combate, los ilvos vacilaron e incluso retrocedieron ante el empuje de los enemigos. Por suerte, Heratassë apareció de la nada y cargó contra Carsícores irradiando una fuerza física tremenda.

La manifestación clara de Selene era el momento que habían estado esperando. Demetrius le hizo un gesto a Ibrahim, y éste sacó el Grial. El bardo se proyectó en el objeto y conectando con las fuerzas ancestrales que representaba, extrajo todo el poder que pudo, lanzándolo contra Selene. Ahora lo veía claramente: el enorme hilo de Korvegâr tocando el hilo infinítamente más pequeño de Selene. Con un esfuerzo titánico, intentó cercenarlos; el intento casi acaba con él, pero no tuvo éxito. Los separó. Pudo hacerlo. La columna de sombras desapareció. El hilo de Selene era ahora insignificante para él, así que lo cortó. Sintió una perturbación que de nuevo casi acaba con él, así que decidió no intentar cercenar el hilo de Korvegâr, sino sólo replegarlo en la Vicisitud y enviarlo lejos, todo lo lejos que pudo. El esfuerzo le pasó factura y cayó inconsciente, no sin antes gritar a los bardos que volvieran a cantar. Así lo hicieron. La columna de oscuridad había desaparecido, y con ella el flujo de demonios. Los clérigos de Ammarië, que habían estado leyendo ininterrumpidamente el libro de Aringill, completaron su lectura. Los demonios fueron fulminados allí donde se encontraban. La batalla en el aire cayó definitivamente del bando de la Luz. Pero la situación no era buena en tierra, con las hordas de Semathâl, los Varlagh y los orientales rodeando al contingente central. Y la maldita Hidra Ancestral, que era imparable. El enorme monstruo se había acercado irresistiblemente al centro de las tropas de la Luz, y ahora amenazaba a los ilvos, que estaban a punto de romper sus filas. Sólo el coraje de lord Ergialaranindal y su guardia, y los bardos que rugían sin cesar sus canciones de muerte y bravura los mantenían unidos. Los elfos y los hidkas, disciplinados y asumiendo que era la hora de la muerte, reemplazaban a los ilvos que caían en primera línea y sembraban muerte en sus flancos, mientras todos y cada uno de ellos cantaba y aullaba hasta la extenuación, invadidos por el furor de la violencia.

Entonces, un bramido que en realidad era una voz se oyó, clara y límpida, en todo el campo de batalla:

—Por vuestros crímenes y maquinaciones, por haberos atrevido a alterar el propio Tapiz, sois considerados...¡CULPABLES! —aquellos que le conocían, identificaron claramente la voz de Daxar Emaryll—. ¡¡Y nuestro veredicto es que la Sombra sobre Aredia debe ser erradicada y devuelta a Krismerian!!

Entre el humo que ahora invadía el campo de batalla, varias decenas de figuras se materializaron ante los ilvos y elfos de la vanguardia central. Todas y cada una de ellas con el brillo de una balanza de oro soldada a la muñeca. El grupo ya había visto a los Mediadores luchar en alguna otra ocasión, pero aun así se sorprendieron de sus capacidades marciales. Luchaban con una eficiencia absolutamente impresionante, con movimientos difíciles de seguir a simple vista. Los kaloriones y apóstoles, sorprendidos, no tardaron en encontrar la muerte o en abandonar la lucha para marcharse la Luz sabe dónde. Los ilvos y los elfos rieron, y después lloraron, y por último gritaron cuando se lanzaron de nuevo hacia delante, con un ímpetu abrumador que rompió a los elfos oscuros, a los orcos, a las hordas de Semathâl... la sangre les hacía resbalar, y se metía en sus ojos y les impedía ver, pero seguían matando, y matando, y matando...

Desde su posición y con la ayuda de los poderes de un bardo, Leyon rugió órdenes. Los targios se habían liberado de la presión de los demonios y debían atacar con todo lo que tuvieran a la hidra ancestral. También ordenó a Cirandil que lanzara toda la potencia de los navíos voladores contra el monstruo. Ayreon y los pocos paladines que quedaban en pie se unieron a los archimagos en el empeño, canalizando todo su poder hacia el gigantesco animal. Pronto no quedó ni un solo paladín consciente, y los targios se vaciaron. El propio aire pareció arder alrededor de la hidra, que no tardó en respirar fuego y en rugir de dolor. Los barcos voladores acertaban en los ojos de la bestia con sus proyectiles flamígeros, una y otra vez. Los archimagos empezaron a caer de rodillas, sin aliento, vomitando y cayendo inconscientes. Pero pronto se levantaban de nuevo y seguían haciendo arder el aire alrededor del monstruo. El calor alrededor era insoportable, y por fin, la hidra, tras algunos débiles rugidos cayó. La enorme mole se llevó a muchos soldados en la caída, tanto de la Luz como de la Sombra, hasta que quedó quieta. Durante unos segundos, el silencio se hizo en el campo de batalla. Pero los bardos pronto reaccionaron y siguieron con sus cánticos.

Leyon pudo oir rugidos de júbilo cuando los ilvos, hidkas y elfos del centro se encontraron con los elfos, los Alas Grises y el contingente vestalense de la izquierda. Y de nuevo cuando se encontraron con los enanos y los anfiroth que habían quedado aislados al frente de lady Valemen entre un mar de orcos y trolls. Éstos retrocedían ahora que sus comandantes parecían haber desaparecido. Sólo quedaban como cabezas visibles de la Sombra los Brazos Oscuros, Audal y Vairon. Lady Valemen, Leyon y un exhausto Ayreon corrieron a reunirse con el resto de Brazos que ya se estaban enfrentando a ellos. Audal parecía intocable, pero una vez juntos todos los Brazos de la Luz, éstos parecieron renovarse. Tôrkom, el martillo de Eudes esgrimido por Robeld de Baun, impactó de lleno en la nuca de Audal. Éste se limitó a tambalearse. A continuación miró a su alrededor y giró sobre sí mismo con un molinete que desequilibró a cuantos se encontraban a su alrededor. Eso le permitió ganar tiempo para iniciar una precipitada huida seguido por Vairon, a quien Willas y lady Valemen habían malherido, perdiéndose entre el espeso humo y la oscuridad. A lo lejos, los hidkas se habían encontrado ya con las filas de orientales y sus mamuts, y los Señores de las Bestias ilvos y los dragones losiares atacaban ahora a las grandes bestias. Pronto, todo el contingente de la Luz se unió en una alocada persecución cuando los orientales decidieron no resistir más. Los cuernos sonaron, y los bardos, agotados, fueron silenciándose. Sus voces eran sustituidas por los gritos de muerte y pánico, y por los gritos y cánticos del ejército de la Luz que, aunque agotado, perseguía al enemigo por doquier y le daba muerte con armas de filos embotados y mellados.

El nuevo amanecer llegó, y con él la huida de los últimos contingentes de la Sombra. Rugidos de victoria se fueron propagando por todo el campo de batalla, cuya hierba estaba pegajosa y teñida de sangre roja y negra. Los cuernos sonaron, anunciando la derrota de la Sombra, y los bardos entonaron canciones que hacían reventar los corazones de alegría por la victoria y de tristeza por los compañeros caídos. El sol salió, más bello que nunca aquella mañana, e hizo brillar la sangre derramada. El aire de la mañana traía cantos de pájaros y se llevaba el hedor de los engendros de la Sombra. La Luz había cambiado las tornas, y la reconquista de Aredia era ya un hecho.

Cuando, una vez recuperados, los comandantes buscaron el cuerpo de Selene, no pudieron encontrar nada. Si realmente Demetrius había cortado su hilo en la Vicisitud, era posible que hubiera borrado todo rastro de su existencia. No obstante, ellos seguían recordándola, así que algún rastro quedaba. La Torre Emmolnir había quedado totalmente arrasada, y el Nodo de Poder anulado; Ayreon decidió que los paladines tendrían que trasladar su sede, quizá más cerca de Haster, y quizá descubrieran algún otro nodo. De Petágoras no había ni rastro. La tristeza los invadió, y elevaron unas oraciones por el muchacho, sin cuya ayuda -involuntaria o no- no habrían podido ganar aquella batalla.

Ezhabel (o quizá Nirintalath) se había adentrado profundamente entre las filas enemigas, y miles de cadáveres la rodeaban, caídos como si una, o varias, ondas expansivas hubieran surgido desde ella. Una vez en la retaguardia de la Sombra, Nirintalath había desatado todo su poder. Ahora se encontraba de pie, mirando al cielo, con los ojos cerrados, en actitud meditabunda y con una ligera sonrisa. O quizá era un rictus de dolor. Cuando reaccionó y se giró a mirarlos, sus ojos eran completamente verdeazulados como el mar más profundo, y aunque al principio no pareció reconocerlos, su actitud se relajó y dijo algunas palabras ininteligibles pero amistosas. A partir de ese momento los siguió en silencio.

Una sombra se apoderó del corazón de Demetrius cuando se hizo evidente que tampoco encontrarían a Azalea, su amada Azalea, madre de dos de sus hijos. Tardó en admitirlo, pero fue inevitable. Y Heratassë tampoco apareció por ningún lado. Si es que no había muerto, el dragarcano debía de haberse marchado, quizá para reunirse con sus hermanos en Ashakann, la fortaleza de los Mediadores. Éstos se despidieron formalmente, pero con un destello de gratitud en sus ojos, y reanudaron sus tareas normales como Jueces de Aredia a partir de entonces.

La batalla había sido extremadamente violenta y el poder desatado había causado infinidad de bajas en ambos bandos. Por suerte la Luz se había impuesto y era la menos perjudicada, pero aun así todos sus contingentes habían perdido miles de soldados. Al menos se contabilizaron quince mil bajas. E infinidad de heridos. Entre los muertos o desaparecidos se encontraba el rey Nyatar y el príncipe Aryatar de Ercestria, lord Enthalior, Cargalan, Carontar, el hidka Ar'Thuran, los ilvos Argimentur y Tulkastarno, algunos de los Rastreadores, lady Merhinhirah de los centauros, algunos targios y paladines, lady Maraith y lord Dorlen. En cuanto se hizo el recuento, una emocionante ceremonia llorando la pérdida de tantas vidas fue llevada a cabo por Ayreon y un envejecido Demetrius. El bardo había intentado cortar el hilo de un Dios y eso parecía haberle pasado algo de factura. A partir de entonces, no dejaría de sentir un dolor sordo en su pecho y en sus articulaciones, y casi todas las noches tendría pesadillas que luego no recordaría. El dolor por la pérdida de Azalea tampoco lo abandonaría nunca.

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Tres meses después tuvo lugar un gran llys en Haster. Leyon, cuya apariencia era realmente impresionante con la Corona Dalmazar en su cabeza y el Cetro Trivadar reforjado por Zôrom en su mano, recibió al pueblo y se celebró una grandísima ceremonia para celebrar la victoria de la Luz sobre la Sombra, la Reconquista de Aredia y un lamento por los caídos. El día siguiente se vivió una emocionante ceremonia bárdica en el centro del mar Krûsde, y la isla Evned surgía a la superficie. La isla sagrada de los wydd, los bardos, se encontraba de nuevo en el mundo. El Imperio estaba completo al fin. La visión de la maravillosa isla conmovió a todos, que lloraron y rieron a partes iguales. Los líderes de todas las razas se reunieron con Leyon, Ayreon y Demetrius, incluyendo a lord Treltarion, que era ahora el rey supremo de los elfos, pues Ezhabel no quiso disputarle la corona y provocar más enfrentamientos. Se estableció una alianza firme entre todos los reinos y se estableció a los ilvos en una parte de los enormes prados al sur de los Bosques Esselios. Leyon prometió que pronto partirían para ayudar a Ergialaranindal en la reconquista de la Primacía, cuando todo estuviera pacificado en Aredia, y el monarca ilvo cogió sus dos manos en un gesto que para su gente era de amistad eterna. Los anfiroth también fueron asentados en tierras que hantes habían sido de la Confederación Corsaria. Los losiares se incorporaron al Imperio bajo el mando de Elsakar, que era ahora el Senescal del Norte. Los paladines comenzaron la construcción de una nueva Emmolnir en un nuevo emplazamiento, con la ayuda de Zôrom y los arquitectos enanos.

Ezhabel se resistía, pero sabía que era imposible retener más tiempo a Nirintalath. El ansia de sufrimiento del espíritu la volvería loca, o acabaría matando a alguien; así que cedió a la sugerencia de Eltahim. Según afirmaba la Targia, podría guiar al Espíritu de Dolor a su dimensión abriendo un Pozo Dimensional y cayendo por él. El Dolor era una dimensión mortal para cualquiera, excepto para Eltahim, acostumbrada a tales viajes. Ezhabel se retiró a lo más profundo de la umbría de los bosques esselios para despedirse de Nirintalath. Durante dos días enteros compartió pensamientos con el Espíritu de Dolor, despidiéndose y haciéndose a la idea. Después, retornó a Haster. El proceso fue frustrantemente rápido: una pequeña danza de Eltahim y a continuación su ser se partía en dos, cayendo Nirintalath por un agujero dimensional singularmente profundo. Ezhabel lanzó silenciosamente un grito de despedida, mientras Dailomentar y Cirandil tocaban sus hombros. Poco después Eltahim aparecía en un lugar diferente entre las sombras del gran salón, e informaba de que Nirintalath había vuelto a su lugar por fin. La semielfa lloró en silencio entre Dailomentar y Cirandil.


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Un envejecido y más que centenario lord Leyon Irwar mira a aquellos que se inclinan sobre su lecho, donde pasa sus últimas horas en este mundo. Ahí está el viejo padre Ayreon, y Ezhabel, a la que no se ve muy frecuentemente. Demetrius murió hace pocos años, pero ahí está el hijo que tuvo con Loryn, Bertrand, que es ahora el Amdawydd, y los propios hijos de Leyon con Terwaranya, el príncipe heredero Vartan y la hermosa Reyne, y Ergialaranindal y Elsakar y Adens, que apenas oye ni ve ya. Y Terwaranya, joven como el primer día, se inclina en su cabecera. Algunos de ellos lloran. Todos están serios. Pero no tienen por qué estarlo. Su vida ha sido intensa y su reinado benigno y duradero. Sólo tiene una espina clavada: no haber llegado a reconquistar Eluiridiann. Pero no tiene dudas de que Vartan, su adorado hijo, se encargará de cumplir su palabra con Ergialaranindal. Aunque el Primarca tampoco muestra demasiada impaciencia; ventajas de la vida eterna, supone. "Dejo una Aredia en paz", piensa, "y ese es mi mayor logro". No puede evitar pensar en algo que ha venido siendo una constante todos estos años: ¿Estará Urion muerto? ¿Y Trelteran? ¿Y Khamorbôlg? ¿Y los demás? No se encontró el cuerpo de ninguno de ellos, sólo los de sus apóstoles. Pero pronto deja de pensar, reconfortado de nuevo por la calidez y la tristeza que los rostros a su alrededor le transmiten. Una buena forma de dejar este mundo y pasar a la eternidad. "Nos veremos allí, amigos míos", piensa mientras Terwaranya estrecha su mano, que se relaja por fin, con su último aliento.


Gracias a todos por tantos años de diversión y aventuras, amigos. :')
Aunque espero que esto no acabe aquí, claro.