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viernes, 30 de marzo de 2012

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 1 Capítulo 5

¿Piratas? Rebelión a bordo.

El capitán Virren comenzó a rugir órdenes desde el puente, sobre el sonido de los truenos y las olas. En la cubierta de remeros, el cómitre comenzó a percutir su tambor de manera acelerada, y la galera giró bruscamente a estribor, hacia la costa y los arrecifes. Pero las galeras enemigas estaban muy cerca. Breon no tardó en ver el primer proyectir encendido salir describiendo una parábola hacia su barco, que por suerte falló por poco. Enseguida salió otro despedido del segundo barco, y éste sí acertó sobre el palo de trinquete, llevándose por delante el mastelero. Proyectiles de escorpión comenzaron a silbar a su alrededor, pequeñas lanzas tremendamente mortíferas, capaces de atravesar cuerpos con armaduras como si fueran de mantequilla.


La nave comenzó a describir un semicírculo que, con suerte, la alejaría del peligro de los arrecifes y quizá de sus perseguidores. Pero, de repente, dio un fuerte bandazo que la dejó casi horizontal y enfilada directamente hacia la costa. La corriente y los vientos la llevaban a su antojo; sin duda, algo le debía de haber sucedido al timonel en el castillete de popa. Varios remos se rompieron y las jarcias atraparon a varios de los marineros. Cuando la galera rozó un arrecife con la proa, Jeremiah esquivó justo a tiempo una de las botavaras que estuvo a punto de arrojarlo por la borda.

Intentaron subir junto al capitán al castillete de popa para intentar conttrolar el barco de nuevo, y un nuevo bandazo estuvo a punto de dar con ellos en el mar. Finalmente, lograron subir y efectivamente, allí estaba el timonel clavado al soporte del timón atravesado por un proyectil de escorpión que, de paso, había destrozado una cuarta parte de la rueda.

Con gran esfuerzo, entre el capitán y los dos caballeros pudieron enderezar el rumbo. Virren emprendió una arriesgada maniobra de giro que lo llevó directamente hacia una de las galeras enemigas mientras la tripulación se afanaba por disparar sus propios escorpiones; afortunadamente, el oleaje lo ayudó a esquivar la nave rival, y de repente se encontraron a popa de los navíos de velas negras, liberados. Pero no iba a durar mucho; tenían el viento en contra, y los enemigos no habían sufrido apenas daños, ni en el casco ni en los remos, mientras que ellos habían perdido al menos la cuarta parte de estos últimos y tenían una vía de agua en la bodega.

Tras dar la orden a los remeros de que dejaran de bogar, ya caída la noche y con el tiempo más tranquilo se aprestaron para el abordaje. Pero éste no llegó. Las dos naves enemigas se situaron una a cada lado de su galera, rodeándoles, y al poco rato oyeron una voz procedente de una de ellas, enaltecida con un alzavoz myriense: les demandaba la entrega en un bote de Jeremiah y Megara Seabreeze y de Melina Raer.

Tras pensarlo un rato, Jeremiah se embarcó con Berormane para negociar con los extraños, pero no fueron recibidos a bordo; el capitán quería a Megara y Melina, y no a un maestre. No les quedó más remedio que volver. De vuelta al barco, disfrazaron a dos de las damas de compañía como si fueran las dos muchachas nobles, y tras infundirles valor de la mejor forma posible, Jeremiah partió con ellas en un bote. Esta vez sí que fueron subidos a bordo, y el caballero se encontró cara a cara con el capitán, un hombre bajito y recio, con calvicie incipiente y una perilla bien recortada, que les recibió con una falsa sonrisa en el rostro. Tras evaluar un momento a sus prisioneros, se presentó como el capitán Jhorgo Darr. Iba escoltado por dos hombres más altos, caballeros en apariencia: ser Munn y ser Quinton. Alto y espigado el primero, con una ligera espada braavosi al cinto, ancho y fuerte el segundo.

El capitán hizo pasar a Jeremiah a su camarote, y puso a buen recaudo a las muchachas. En el camarote tampoco había ningún blasón ni símbolo incriminador: sólo un candelabro con tallas de grifos en los posavelas. Jhorgo parecía saber mucho acerca de quién viajaba a bordo del galeón de los Raer, y preguntó a Jeremiah por qué había acudido con dos muchachas que no eran ni Melina ni Megara, lo que sorprendió al caballero. Los dos espadachines que acompañaban al capitán llevaron la mano a sus espadas. Sin embargo, los siguientes minutos presenciaron una elocuencia fuera de lo habitual en Jeremiah [sacrificio de un punto de destino para imponerse automáticamente en la intriga]. Era indudable que el capitán estaba ansioso por conseguir prosperar en poniente. El Seabreeze no sabía lo que sus actuales patrones le habían ofrecido, pero él lo nombraría caballero al instante y haría oficial un compromiso con su hermana Megara. Los ojos de Jhorgo centellearon con codicia. Ser Munn y ser Quinton, que rebullían incómodos, serían los testigos. Ambos se miraban, incómodos. Ser Munn mostró su desacuerdo a Jeremiah alegando que Jhorgo no era digno de pertenecer a la caballería, pero el Seabreeze prestó oídos sordos. En una rápida ceremonia, Jhorgo quedó armado caballero y acordó poner su barco al servicio de los Seabreeze, al menos de momento. No obstante, no admitiría ninguna pregunta sobre sus actuales empleadores. Ser Munn decidió poner fin a aquello y atacó a Jeremiah, mientras Quinton hacía lo propio con el capitán, que retrocedió se defendió como buenamente pudo. Desde luego, su capacidad con la espada y su forma de luchar no eran dignas de un caballero. Tras una encarnizada lucha con el estilo braavosi de ser Munn y con el más brutal de ser Quinton, Jeremiah pudo imponerse a ambos sufriendo sólo heridas superficiales. Jhorgo murmuró en voz baja..."lord Casper no va a mostrarse muy contento, no señor". No pareció darse cuenta de que Jeremiah lo había escuchado. Éste sólo conocía a un lord Casper: lord Casper de la casa Wylde, con los que los Seabreeze ya habían tenido problemas en el pasado. Prefirió guardar silencio.

Después de recuperar la compostura, el capitán salió a hacer el anuncio a la tripulación. Varios de ellos no se mostraron de acuerdo y tuvieron que abandonar la embarcación en un bote tras algunos momentos tensos.

Amparándose en la oscuridad, consiguieron traspasar a la tripulación de la galera Raer medio hundida, y con una velocidad endiablada embistieron a la otra galera. Impactaron de lleno, y un cruento combate se estableció entre las dos tripulaciones. En ambas había varias decenas de guerreros muy competentes. Breon fue malherido, y Jeremiah también hubo de retirarse al cabo de unos minutos a ser atendidos por el maestre Berormane, pero por fortuna los enemigos ya estaban quebrantados y se tiraban al mar o huían en botes. La victoria fue costosa, pero fue victoria al fin y al cabo. Entre los cadáveres descubrieron varios blasones sin importancia, ocultos bajo túnicas o sobrevestes sin escudo, pero uno en concreto les llamó la atención: el remolino de la casa Wylde en el pecho de un joven y orgulloso caballero al que le habían amputado un brazo y había muerto en el acto.

Tras incendiar la galera destrozada, continuaron su marcha hacia Bastión de Tormentas, con un esperanzado e insistente ser Jhorgo Darr, que parloteaba sin cesar sobre adoptar la galera en llamas como su blasón, y acerca de cuándo se haría oficial su compromiso con Megara. Jeremiah era un hombre de honor, pero casar a su hermana con aquel petimetre no era una opción.

jueves, 22 de marzo de 2012

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 18

Caos en Gameburg. Reencuentro.

En el campamento de Mogontiacum, Cayo Cornelio, viéndose en urgente necesidad de aliados, convocó al praefectus castrorum, Apio Herminio, para mantener una conversación con él. En apariencia, el prefecto era un hombre de firmes convicciones inquebrantables en cuanto a su deber para con la legión, y no le había sentado nada bien la irresponsabilidad del nuevo legado, saliendo a buscar legionarios en plena noche. Cornelio le explicó que no había salido a buscar a cualquier persona, sino al propio médico personal de la hermana del emperador, que se encontraba bajo su tutela y del que se sentía responsable. Con ese argumento, Herminio pareció relajarse y comprender mucho mejor la motivación del legado.

Lucio Mercio buscó a Tito Norbano con el fin de que el hermano de Mitra le proporcionara toda la información que pudiera sobre los tribunos de la XXIIª. Norbano no le pudo decir demasiado, pero entre susurros le habló de una esclava, Kara, que quizá le podría informar mejor. Debido a su estatus, la mujer tenía fácil acceso a las dependencias de los tribunos. Sin tardanza, Lucio buscó a Idara y le encargó localizar a la esclava lo más rápido que pudiera.

Mientras, en Gameburg había caído la noche de nuevo y todo discurría tranquilo en el exterior de la casa donde Tiberio Julio, el centurión y otro legionario se encontraban prisioneros. Pero bien entrada la noche, se desató el caos. Varias figuras aparecieron de los lindes del bosque, sembrando el caos entre los germanos con extraños sortilegios que se semejaban en mucho a los poderes que Júpiter concedía a sus teúrgos. Pronto aparecieron en escena bestiales sombras que parecían enormes lobos caminando sobre dos patas. Se enfrentaron a los recién llegados. Aprovechando el escándalo, Tiberio y sus compañeros pudieron escapar. Se dirigieron hacia la casa del líder de los germanos, el tal Ulric. Pero un enorme monstruo lobuno los detuvo, mató al centurión e hirió al legionario. Para colmo, Tiberio pudo ver que en escena habían aparecido nuevos actores: figuras altas con armaduras ajustadas y lacadas en azul, acompañadas de sombras muy parecidas a la encerrada en su talismán. Ésta casi desagarra su mente al exigirle que la liberase. Por suerte, el médico pudo aguantar la presión, y por pura suerte y con la ayuda de Júpiter pudo escapar junto al legionario herido e introducirse en la espesura. Allí permaneció hasta que todo se calmó y amaneció. Al parecer, no quedaba nadie en el campamento, así que volvieron allí para hacerse con provisiones y tratar de encontrar posibles pistas de lo que había pasado. En una de las casas, un movimiento les llamó la atención. Resultó ser una muchacha germana, de nombre Lora, que chapurreaba latín. "¿Me llevaréis ahora a Roma? Os he ayudado, como me dijisteis". El entendimiento con la muchacha fue poco menos que imposible, en parte motivado por el shock que había sufrido por lo acontecido aquella noche. Así que, tras hacerse con algunas provisiones y calmar su hambre y sed, y tratar el maltrecho brazo del legionario, se encaminaron hacia el suroeste junto con la muchacha.

Aquella noche, en el campamento, un centurión despertó a Cornelio: desde la selva, el viento traía extraños sonidos que parecían voces ominosas en extremo. La mitad del campamento se encontraba encaramado a la empalizada intentando discernir algo en la oscuridad. De repente, un potente temblor de tierra lo sacudió todo. Fueron unos minutos terribles, y casi toda la empalizada se derrumbó. Algunos legionarios resultaron heridos, aunque al cabo de un rato todo volvió a la normalidad. El viento ya no traía sonidos.

Por la mañana, un exhausto Cornelio cruzó junto su escolta el puente sobre el Rhin para encontrarse con la delegación germana.

No apareció nadie. Decidieron volver al campamento; se encontraban cruzando el puente de vuelta cuando Idara llamó la atención de sus compañeros: dos figuras habían aparecido en el claro. Marco Meridio, uno de los legionarios, ejerció de traductor. Los dos hombres hablaron atropelladamente sobre un ataque a los poblados y sombras extrañas que lo arrasaban todo. La preocupación se instaló en el rostro de Cornelio.

Tiberio consiguió establecer por fin una ligera conversación con Lora. No pudo hacerse con información relevante, pero ella le preguntó si la llevaría a Roma si a cambio los guiaba a Mogontiacum a través de la selva. Tiberio respondió con promesas vagas, pero fue suficiente, y emprendieron el camino hacia la ciudad.

Durante la tarde, Idara se dedicó a buscar a la esclava Kara. Trabó amistad con una prostituta, una tal Verinia, que le indicó dónde vivía la mujer y además se mostró de acuerdo en ofrecer sus servicios como informadora a la legión. Acto seguido corrió a informar a Lucio de su éxito.

Bien entrada la noche, los guardias dieron la alarma: tres figuras se acercaban por el puente. Tres figuras que resultaron ser Tiberio y sus acompañantes, que fueron recibidos con gran regocijo por el resto del grupo.

martes, 6 de marzo de 2012

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 1 Capítulo 4

Intrigas en Quiebramar. Hacia Bastión de Tormentas.

Loren Ashur, capitán de la Guardia de Halcones
Nada más recibir las inquietantes nuevas, Ancel se dirigió a hablar con Vanna Ashur para ver si la Myriense podía darle algo de información al respecto. No sabía nada, pero recomendó al primogénito de Quiebramar visitar en el puerto a la propia Jana Alyr, la posadera, y a una tal Pyranys, esposa del comerciante lyseno Giradh. Ambas se habían mostrado muy receptivas a la posibilidad de ser los ojos y oídos que necesitaba Ancel.

Ante la propuesta del mayor de los Seabreeze, el grupo decidió bajar al puerto para poder convesar discretamente durante el camino acerca de las noticias. Ancel planteó la posibilidad de que lord Jeron hubiera ordenado el ataque a los Dannett por algún motivo oculto, algo de lo que Jeremiah no quiso ni oír hablar. Se negaba a creer que su padre pudiera ordenar la matanza de simples campesinos.

Llegados al puerto, no tardaron en localizar al menudo Reman Khoros, que se encontraba rugiendo órdenes en el quinto y último de los muelles. Un barco mercante se había hundido, bloqueando el malecón, y dos galeras de los Raer trataban de remolcarlo fuera del puerto, ante la impaciencia del antiguo capitán. Cuando Reman los vio acercarse, dejó al cargo a su primer ayudante Alfrett, y se reunió con ellos. Tras las cortesías habituales, en el interior de sus "oficinas", les informó con el ceño fruncido de preocupación de los últimos rumores que habían llegado al puerto: los Seabreeze eran acusados de atacar algunas aldeas Dannett. Cuando le interrogaron acerca del origen de tales rumores, Khoros señaló un barco en uno de los malecones, un mercante procedente del Rejo, comerciantes de vino que al parecer habían hecho escala en Arcos Altos.

Mientras Jeremiah, Berormane y Breon se dirigían a hablar con los comerciantes, Ancel se disculpó y se marchó para hablar con Jana y Pyranys. Los primeros no obtuvieron demasiada información nueva. Según les dijo el capitán Algar, unos soldados de los Dannett habían llegado a Arcos Altos mientras ellos se encontraban varados allí, y habían propagado la historia. Tras comprarle un barril de vino dorado por un precio razonable, se marcharon.

Entre tanto, Ancel había llegado a la posada. En algunas mesas se hizo el silencio y se giraron miradas serias hacia él, lo que le confirmaba que el rumor se había expandido ya por allí. Jana no tardó en reunirse con él, para servirle una bebida. Entablaron una conversación trivial mientras la situación volvía a la normalidad, en la que la posadera llamó "lord" a Ancel, quizá con toda la intención. Pronto se reunieron en la trastienda del edificio, donde se encontraron más estrechos de lo que el Seabreeze habría preferido. El olor de Jana lo embriagaba, y sus brillantes labios eran absolutamente deseables. Desechó tales pensamientos de su cabeza; estaba prometido y no quería hacer tonterías. Con enrevesadas y sutiles palabras, llevando a cabo su habitual juego de seducción, Jana acordó convertirse en persona de confianza de Ancel ("mejor tumbada que sentada"), a cambio de algo: había llegado a sus oídos que había un comerciante nuevo en el puerto, alguien que quería abrir una segunda posada. El caso es que Jana llevaba tiempo pensando en abrir un segundo establecimiento, y pidió a Ancel que la beneficiara en aquello. El noble aceptó. Acto seguido se dirigió a hablar con la desconocida lysena Pyranys, pero cuando iba a salir de la posada, un hombre se levantó en una de las mesas, donde se encontraba tomando una bebida con tres compañeros, todos ellos marinos. Casualmente eran hombres de los Dannett al servicio de alguno de los comerciantes del puerto, y el que se había levantado vertió acusaciones muy graves sobre los Seabreeze. No obstante, no era rival para la capacidad oratoria de Ancel, y éste acabó aplastando las argumentaciones de su rival y haciendo valer su inocencia a ojos de los presentes. Salió en busca de la lysena.

Pyranys se encontraba en el Azul Oscuro, el barco de su marido. Éste se encontraba supervisando las obras de la casa que estaban construyendo al oeste del puerto. La lysena y Ancel mantuvieron una conversación larga pero infructuosa, ya que el noble no vio el momento de pedirle sus servicios como espía. Sin embargo, sí que le confirmó que su marido tenía intención de construir una posada en el puerto, lo que confirmaba las palabras de Jana.

De vuelta en Quiebramar, Breon no tardó en encontrarse en los jardines con Melina Raer. Como siempre, vigilada de lejos por Lyonel. Ella aprovechó para coquetear de nuevo con el caballero. Esta vez la conversación fue un paso más allá, y llegaron a hablar incluso de boda. Melina afirmó que quizá si ser Breon la llevaba a ver a su padre y pudieran hablar a solas, estaba segura de que él aceptaría a Breon como yerno. La idea de que Melina estaba enamorada de él y poder casarse con ella comenzó a tomar forma peligrosamente en la mente del brusco caballero.

Por la tarde, Ancel por fin decidió que no podía esperar más para ganarse a Loren Ashur. Así que se dirigió a los aposentos del myriense. Al llegar, en el interior se podían oir fuertes gritos. Se trataba del propio Loren y de Vanna, su esposa. «¡Si estás vivo es gracias a esta malnacida, no lo olvides!» —decía Vanna. «¡Fuimos expulsados!¡Por tu culpa!» —exclamaba el hombre. Cuando se calmaron un momento, Ancel llamó a la puerta, y Vanna salió como una centella. El noble pasó para encontrarse con un ceñudo Loren Ashur. Tras un poco de charla intranscendente, el Seabreeze reveló al capitán de la guardia todo lo que su padre le había hecho sufrir de niño, sus depravaciones y vicios secretos. Ancel había puesto todas sus esperanzas en que Loren no supiera de tales costumbres, y para su gran suerte así era. El capitán de la guardia escuchaba a Ancel, incrédulo. No podía ser que su señor, otrora orgulloso y valiente guerrero, fuera capaz de tales perversiones. Loren pidió una segunda versión de la historia, así que Ancel convocó a su presencia a lady Madelyne. Mientras la esperaban, Loren preguntó a Ancel si su esposa Vanna también sabía algo de aquello, a lo que Ancel respondió negativamente, mintiendo lo mejor que pudo. Una vez llegó, la señora de los Seabreeze no hizo sino confirmar punto por punto la historia de su hijo, e incluso la potenció, relatando los malos tratos y vejaciones que sufrió durante años a manos de lord Jeron. Tanto Madelyne como Ancel estaban sorprendidos de que Loren no supiera nada de aquello, aunque lo sospechara. Pero el hombre parecía sincero, sentado en la silla con semblante abatido. Demandó que lo dejaran solo, y así lo hicieron. Ancel confiaba en que aquello alejara un poco al myriense de su padre, y por tanto lo acercara más a él. Cuando se marchaban, Ashur le dijo a Ancel que esperaba que no le hubiera mentido respecto a la implicación de Vanna; Madelyne había mencionado a la myriense al contar su historia, lo que contradecía la negación previa del noble; Ancel se dio cuenta de su error, pero esperaba que aquello no influyera en las decisiones de Loren.

A continuación, Ancel se dirigió a ver a Vanna rápida y discretamente. Le informaron de que la myriense había salido del castilllo. Al poco rato se encontró con ella en el camino del puerto. Había ido a ver a Jana y a Pynarys para olvidarse un poco de su marido. Vanna expresó su extrañeza por el hecho de que Ancel no hubiera adoptado da la lysena como agente de confianza. Quitándole importancia a tal cuestión, Ancel puso a Vanna sobre aviso de todo lo que había pasado con Loren.

Durante todo ese tiempo, Jeremiah visitaba habitualmente a su padre, y éste le comentó en una de sus conversaciones que Loren ya no pasaba tanto tiempo con él. Lord Jeron le pidió a su hijo que vigilara las conversaciones de su hermano con Loren y con cualquiera en el castillo, y le mantuviera puntualmente informado. Jeremiah evitó el tema como pudo, incapaz de traicionar la confianza de su hermano. De hecho, cuando Madelyne se dirigía a los aposentos de Loren para secundar la historia de su primogénito, Jeremiah se encontró con ella y vio que se dirigía a los aposentos del myriense, donde también se encontraba Ancel. El caballero no hizo ningún intento de escuchar la conversación para informar a su padre, lo que probaba su estricto código y la lealtad a su hermano.

Por la noche, Jeremiah organizó una cena con los capitanes de las cuatro galeras Raer que se encontraba en el puerto. La intención era sondearlos para seleccionar a aquel de ellos que mostrara una menor lealtad a sus patrones para llevarlos a Bastión de Tormentas. Finalmente, eligieron precisamente al que menos bebió de los cuatro, el capitán Virren.

Durante el resto del día y el día siguiente, Loren no salió de sus aposentos, ni siquiera para asistir al entrenamiento de los Halcones, cosa que se producía en muy raras ocasiones. Jeremiah se dirigió a hablar con él, y el myriense lo recibió. El Seabreeze se sorprendió de lo serio y ojeroso que se encontraba el myriense. Éste le respondió que no se sentía demasiado bien, y aprovechó para hacerle varias preguntas sobre su padre y su hermano. Jeremiah respondió con toda sinceridad, extrañado, y acto seguido se marchó en busca del maestre Berormane. Éste se dirigió sin tardanza a los aposentos de Loren para darle algún remedio a su falta de sueño. Pero se encontró con un Loren agresivo, que cerró la puerta tras él y le lanzó veladas amenazas. El myriense sabía que Berormane era un hombre de Ancel, y le amenazó para que le contestara con toda la sinceridad posible. Le preguntó acerca de su opinión de Ancel y de lord Jeron, y le hablara de los planes de ambos. Vanna también apareció de algún lugar en la oscuridad, a la espalda de Berormane, y lo ametralló a preguntas. Preguntas sobre Ancel, los Seabreeze, sus cuervos, un desconocido para Berormane cuervo blanco, sobre lady Madelyne, sobre Reman Khoros... Haciendo uso de toda su capacidad y elocuencia, Berormane consiguió dejarles la firme impresión de que era fiel a Ancel por una causa justa, y de que su lealtad estaba fuera de toda duda. Además, consiguió sortear con éxito varias preguntas-trampa de Vanna.

Cuando estuvieron seguros de la sinceridad de Berormane, los Ashur se relajaron y se disculparon. Según contaron, alguien había estado enviando cuervos al exterior desde el otro extremo de la isla, y del primero de quien habían sospechado había sido del maestre, claro. Berormane no tardó en informar del hecho al heredero de los Seabreeze.

Sin embargo, no había tiempo para más. La mañana siguiente se produjo la partida de los Seabreeze y su séquito hacia Bastión de Tormentas. Reman Khoros y los demás se despidieron de ellos deseándoles toda la suerte del mundo e instándoles a que dejaran muy alto el pabellón Seabreeze. Lord Jeron no hizo acto de aparición, y Loren Ashur era una sombra recortada contra los oscuros nubarrones en la Torre de las Tormentas.

El viaje en barco hacia Bastión de Tormentas no era el más tranquilo del mundo, desde luego. El primer día una tormenta considerable azotó su curso, pero el capitán Virren probó su capacidad y los condujo con ritmo firme hacia el oeste. El segundo día las tormentas siguieron azotándolos y haciendo vomitar a los más bisoños en travesías marítimas. Cuando el mar se tranquilizó por fin, un grito desde la cofa los alertó:

— ¡Barcos a babor! ¡Velas negras y sin blasón! ¡Y se acercan a velocidad de combate!

— ¡¡Piratas!! —gritó alguien.

Virren comenzó a rugir órdenes. "¡Todo a estribor!" "¡Cómitre, velocidad de combate!". El contramaestre Devon repetía sus palabras una segunda vez. El barco giró bruscamente, pero los dos navíos rivales se acercaban muy rápido, con el viento a favor. Dos proyectiles salieron despedidos de ambas naves, que resultaron ser galeras de tamaño considerable. Una roca falló por poco, pero la otra impactó en el palo de trinquete y lo dejó maltrecho, reduciendo su velocidad. Además, girando a estribor se acercaban peligrosamente a la costa, donde los arrecifes les esperaban con sus afilados bordes.

Agarrado a la borda, Breon observaba a los enemigos. «Que me aspen si esas galeras son barcos piratas» —pensó. «Si hasta van en formación. Si eso son piratas, yo soy una linda damisela». Una sonrisa empezó a perfilarse en su rostro, ante la perspectiva de la inminente lucha.