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martes, 6 de marzo de 2012

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 1 Capítulo 4

Intrigas en Quiebramar. Hacia Bastión de Tormentas.

Loren Ashur, capitán de la Guardia de Halcones
Nada más recibir las inquietantes nuevas, Ancel se dirigió a hablar con Vanna Ashur para ver si la Myriense podía darle algo de información al respecto. No sabía nada, pero recomendó al primogénito de Quiebramar visitar en el puerto a la propia Jana Alyr, la posadera, y a una tal Pyranys, esposa del comerciante lyseno Giradh. Ambas se habían mostrado muy receptivas a la posibilidad de ser los ojos y oídos que necesitaba Ancel.

Ante la propuesta del mayor de los Seabreeze, el grupo decidió bajar al puerto para poder convesar discretamente durante el camino acerca de las noticias. Ancel planteó la posibilidad de que lord Jeron hubiera ordenado el ataque a los Dannett por algún motivo oculto, algo de lo que Jeremiah no quiso ni oír hablar. Se negaba a creer que su padre pudiera ordenar la matanza de simples campesinos.

Llegados al puerto, no tardaron en localizar al menudo Reman Khoros, que se encontraba rugiendo órdenes en el quinto y último de los muelles. Un barco mercante se había hundido, bloqueando el malecón, y dos galeras de los Raer trataban de remolcarlo fuera del puerto, ante la impaciencia del antiguo capitán. Cuando Reman los vio acercarse, dejó al cargo a su primer ayudante Alfrett, y se reunió con ellos. Tras las cortesías habituales, en el interior de sus "oficinas", les informó con el ceño fruncido de preocupación de los últimos rumores que habían llegado al puerto: los Seabreeze eran acusados de atacar algunas aldeas Dannett. Cuando le interrogaron acerca del origen de tales rumores, Khoros señaló un barco en uno de los malecones, un mercante procedente del Rejo, comerciantes de vino que al parecer habían hecho escala en Arcos Altos.

Mientras Jeremiah, Berormane y Breon se dirigían a hablar con los comerciantes, Ancel se disculpó y se marchó para hablar con Jana y Pyranys. Los primeros no obtuvieron demasiada información nueva. Según les dijo el capitán Algar, unos soldados de los Dannett habían llegado a Arcos Altos mientras ellos se encontraban varados allí, y habían propagado la historia. Tras comprarle un barril de vino dorado por un precio razonable, se marcharon.

Entre tanto, Ancel había llegado a la posada. En algunas mesas se hizo el silencio y se giraron miradas serias hacia él, lo que le confirmaba que el rumor se había expandido ya por allí. Jana no tardó en reunirse con él, para servirle una bebida. Entablaron una conversación trivial mientras la situación volvía a la normalidad, en la que la posadera llamó "lord" a Ancel, quizá con toda la intención. Pronto se reunieron en la trastienda del edificio, donde se encontraron más estrechos de lo que el Seabreeze habría preferido. El olor de Jana lo embriagaba, y sus brillantes labios eran absolutamente deseables. Desechó tales pensamientos de su cabeza; estaba prometido y no quería hacer tonterías. Con enrevesadas y sutiles palabras, llevando a cabo su habitual juego de seducción, Jana acordó convertirse en persona de confianza de Ancel ("mejor tumbada que sentada"), a cambio de algo: había llegado a sus oídos que había un comerciante nuevo en el puerto, alguien que quería abrir una segunda posada. El caso es que Jana llevaba tiempo pensando en abrir un segundo establecimiento, y pidió a Ancel que la beneficiara en aquello. El noble aceptó. Acto seguido se dirigió a hablar con la desconocida lysena Pyranys, pero cuando iba a salir de la posada, un hombre se levantó en una de las mesas, donde se encontraba tomando una bebida con tres compañeros, todos ellos marinos. Casualmente eran hombres de los Dannett al servicio de alguno de los comerciantes del puerto, y el que se había levantado vertió acusaciones muy graves sobre los Seabreeze. No obstante, no era rival para la capacidad oratoria de Ancel, y éste acabó aplastando las argumentaciones de su rival y haciendo valer su inocencia a ojos de los presentes. Salió en busca de la lysena.

Pyranys se encontraba en el Azul Oscuro, el barco de su marido. Éste se encontraba supervisando las obras de la casa que estaban construyendo al oeste del puerto. La lysena y Ancel mantuvieron una conversación larga pero infructuosa, ya que el noble no vio el momento de pedirle sus servicios como espía. Sin embargo, sí que le confirmó que su marido tenía intención de construir una posada en el puerto, lo que confirmaba las palabras de Jana.

De vuelta en Quiebramar, Breon no tardó en encontrarse en los jardines con Melina Raer. Como siempre, vigilada de lejos por Lyonel. Ella aprovechó para coquetear de nuevo con el caballero. Esta vez la conversación fue un paso más allá, y llegaron a hablar incluso de boda. Melina afirmó que quizá si ser Breon la llevaba a ver a su padre y pudieran hablar a solas, estaba segura de que él aceptaría a Breon como yerno. La idea de que Melina estaba enamorada de él y poder casarse con ella comenzó a tomar forma peligrosamente en la mente del brusco caballero.

Por la tarde, Ancel por fin decidió que no podía esperar más para ganarse a Loren Ashur. Así que se dirigió a los aposentos del myriense. Al llegar, en el interior se podían oir fuertes gritos. Se trataba del propio Loren y de Vanna, su esposa. «¡Si estás vivo es gracias a esta malnacida, no lo olvides!» —decía Vanna. «¡Fuimos expulsados!¡Por tu culpa!» —exclamaba el hombre. Cuando se calmaron un momento, Ancel llamó a la puerta, y Vanna salió como una centella. El noble pasó para encontrarse con un ceñudo Loren Ashur. Tras un poco de charla intranscendente, el Seabreeze reveló al capitán de la guardia todo lo que su padre le había hecho sufrir de niño, sus depravaciones y vicios secretos. Ancel había puesto todas sus esperanzas en que Loren no supiera de tales costumbres, y para su gran suerte así era. El capitán de la guardia escuchaba a Ancel, incrédulo. No podía ser que su señor, otrora orgulloso y valiente guerrero, fuera capaz de tales perversiones. Loren pidió una segunda versión de la historia, así que Ancel convocó a su presencia a lady Madelyne. Mientras la esperaban, Loren preguntó a Ancel si su esposa Vanna también sabía algo de aquello, a lo que Ancel respondió negativamente, mintiendo lo mejor que pudo. Una vez llegó, la señora de los Seabreeze no hizo sino confirmar punto por punto la historia de su hijo, e incluso la potenció, relatando los malos tratos y vejaciones que sufrió durante años a manos de lord Jeron. Tanto Madelyne como Ancel estaban sorprendidos de que Loren no supiera nada de aquello, aunque lo sospechara. Pero el hombre parecía sincero, sentado en la silla con semblante abatido. Demandó que lo dejaran solo, y así lo hicieron. Ancel confiaba en que aquello alejara un poco al myriense de su padre, y por tanto lo acercara más a él. Cuando se marchaban, Ashur le dijo a Ancel que esperaba que no le hubiera mentido respecto a la implicación de Vanna; Madelyne había mencionado a la myriense al contar su historia, lo que contradecía la negación previa del noble; Ancel se dio cuenta de su error, pero esperaba que aquello no influyera en las decisiones de Loren.

A continuación, Ancel se dirigió a ver a Vanna rápida y discretamente. Le informaron de que la myriense había salido del castilllo. Al poco rato se encontró con ella en el camino del puerto. Había ido a ver a Jana y a Pynarys para olvidarse un poco de su marido. Vanna expresó su extrañeza por el hecho de que Ancel no hubiera adoptado da la lysena como agente de confianza. Quitándole importancia a tal cuestión, Ancel puso a Vanna sobre aviso de todo lo que había pasado con Loren.

Durante todo ese tiempo, Jeremiah visitaba habitualmente a su padre, y éste le comentó en una de sus conversaciones que Loren ya no pasaba tanto tiempo con él. Lord Jeron le pidió a su hijo que vigilara las conversaciones de su hermano con Loren y con cualquiera en el castillo, y le mantuviera puntualmente informado. Jeremiah evitó el tema como pudo, incapaz de traicionar la confianza de su hermano. De hecho, cuando Madelyne se dirigía a los aposentos de Loren para secundar la historia de su primogénito, Jeremiah se encontró con ella y vio que se dirigía a los aposentos del myriense, donde también se encontraba Ancel. El caballero no hizo ningún intento de escuchar la conversación para informar a su padre, lo que probaba su estricto código y la lealtad a su hermano.

Por la noche, Jeremiah organizó una cena con los capitanes de las cuatro galeras Raer que se encontraba en el puerto. La intención era sondearlos para seleccionar a aquel de ellos que mostrara una menor lealtad a sus patrones para llevarlos a Bastión de Tormentas. Finalmente, eligieron precisamente al que menos bebió de los cuatro, el capitán Virren.

Durante el resto del día y el día siguiente, Loren no salió de sus aposentos, ni siquiera para asistir al entrenamiento de los Halcones, cosa que se producía en muy raras ocasiones. Jeremiah se dirigió a hablar con él, y el myriense lo recibió. El Seabreeze se sorprendió de lo serio y ojeroso que se encontraba el myriense. Éste le respondió que no se sentía demasiado bien, y aprovechó para hacerle varias preguntas sobre su padre y su hermano. Jeremiah respondió con toda sinceridad, extrañado, y acto seguido se marchó en busca del maestre Berormane. Éste se dirigió sin tardanza a los aposentos de Loren para darle algún remedio a su falta de sueño. Pero se encontró con un Loren agresivo, que cerró la puerta tras él y le lanzó veladas amenazas. El myriense sabía que Berormane era un hombre de Ancel, y le amenazó para que le contestara con toda la sinceridad posible. Le preguntó acerca de su opinión de Ancel y de lord Jeron, y le hablara de los planes de ambos. Vanna también apareció de algún lugar en la oscuridad, a la espalda de Berormane, y lo ametralló a preguntas. Preguntas sobre Ancel, los Seabreeze, sus cuervos, un desconocido para Berormane cuervo blanco, sobre lady Madelyne, sobre Reman Khoros... Haciendo uso de toda su capacidad y elocuencia, Berormane consiguió dejarles la firme impresión de que era fiel a Ancel por una causa justa, y de que su lealtad estaba fuera de toda duda. Además, consiguió sortear con éxito varias preguntas-trampa de Vanna.

Cuando estuvieron seguros de la sinceridad de Berormane, los Ashur se relajaron y se disculparon. Según contaron, alguien había estado enviando cuervos al exterior desde el otro extremo de la isla, y del primero de quien habían sospechado había sido del maestre, claro. Berormane no tardó en informar del hecho al heredero de los Seabreeze.

Sin embargo, no había tiempo para más. La mañana siguiente se produjo la partida de los Seabreeze y su séquito hacia Bastión de Tormentas. Reman Khoros y los demás se despidieron de ellos deseándoles toda la suerte del mundo e instándoles a que dejaran muy alto el pabellón Seabreeze. Lord Jeron no hizo acto de aparición, y Loren Ashur era una sombra recortada contra los oscuros nubarrones en la Torre de las Tormentas.

El viaje en barco hacia Bastión de Tormentas no era el más tranquilo del mundo, desde luego. El primer día una tormenta considerable azotó su curso, pero el capitán Virren probó su capacidad y los condujo con ritmo firme hacia el oeste. El segundo día las tormentas siguieron azotándolos y haciendo vomitar a los más bisoños en travesías marítimas. Cuando el mar se tranquilizó por fin, un grito desde la cofa los alertó:

— ¡Barcos a babor! ¡Velas negras y sin blasón! ¡Y se acercan a velocidad de combate!

— ¡¡Piratas!! —gritó alguien.

Virren comenzó a rugir órdenes. "¡Todo a estribor!" "¡Cómitre, velocidad de combate!". El contramaestre Devon repetía sus palabras una segunda vez. El barco giró bruscamente, pero los dos navíos rivales se acercaban muy rápido, con el viento a favor. Dos proyectiles salieron despedidos de ambas naves, que resultaron ser galeras de tamaño considerable. Una roca falló por poco, pero la otra impactó en el palo de trinquete y lo dejó maltrecho, reduciendo su velocidad. Además, girando a estribor se acercaban peligrosamente a la costa, donde los arrecifes les esperaban con sus afilados bordes.

Agarrado a la borda, Breon observaba a los enemigos. «Que me aspen si esas galeras son barcos piratas» —pensó. «Si hasta van en formación. Si eso son piratas, yo soy una linda damisela». Una sonrisa empezó a perfilarse en su rostro, ante la perspectiva de la inminente lucha.

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