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martes, 7 de agosto de 2012

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Temporada 1 - Capítulo 3

El heraldo del Caos.
La paranoia comenzaba a hacer mella en casi todos ellos. John Gibbon llamó por teléfono a Jack, sospechando de todo y de todos, para concertar una reunión por la tarde en Nueva Jersey. Poco después, era Thomas quien también llamaba a Jack, para concertar una reunión, sobre las siete de la tarde. Por conveniencia -y discreción-, decidieron quedar en Nueva Jersey, en un restaurante llamado La Dolce Vita.

Sergei Yurikov
Además de las conversaciones telefónicas, Jack comenzó el día indagando sobre Sergei Yurikov, sin éxitos nuevos. Al poco recibía una nueva llamada, esta vez de McNulty. Jonas le contó lo extraño que se había sentido al ver la foto del periódico que hablaba del incendio del hostal, con el lunático mendigo de la noche anterior en una esquina. Contradiciendo todas las informaciones que figuraban en las bases de datos de la Interpol y el FBI, Jonas aseguró que Sergei continuaba vivo.

Más tarde, McNulty recibía una llamada de un teléfono desconocido, que contestó. Preguntaban por "el irlandés"; llamaban del hospital Santa Mónica, donde tenían un ingresado en coma por quemaduras muy graves en cuyo móvil se encontraba el suyo, con ese nombre. Seguro que se trataba de Smith, que después de todo había sobrevivido; era duro el cabrón. Dejó un mensaje a Jack informándole de su visita al hospital y acudió en su coche. Jonas lo pasó fatal; todo el mundo en el hospital parecía estar observando sus movimientos, y a punto estuvo de encañonar a un par de celadores que parecían amenazarle. Debía templar los nervios. En la habitación, efectivamente comprobó que el quemado con una bala en el hombro era Smith, y alegando que intentaría buscar a su familia, se desentendió de seguros médicos, papeleos y demás.

En casa de John, dos furgonas de periodistas se encontraban en la puerta. Decidió seguir los consejos de su compañero del Tea Party Vincent Callahan y ofrecer declaraciones, para comenzar a darse a conocer. Los periodistas se mostraron ávidos, y aunque John no ofreció información que pudiera comprometer a nadie, sí apareció como víctima y esposo y padre fuerte, defendiendo la pena de muerte y la intolerancia con los radicales. Pocas horas después, las furgonas en la puerta de su casa se habían multiplicado hasta llegar casi a la docena, y el teléfono sonaba continuamente; la situación se hizo insoportable para su mujer, que fría y tristemente se despidió de él para trasladarse junto con su hijo a casa de sus padres, en Connecticutt. Un beso en la mejilla y un susurro recomendándole tener cuidado entristecieron a John aún más de lo que estaba.

En la comisaría, Jack llamó a su hermano. Con el fin de encontrar apoyo, le dijo que conocía quién había asesinado a Susan. Sin poder evitarlo, lo relacionó con McNulty, y gracias a su relación fraterna, consiguió que James se abstuviera de ordenar ninguna acción, al menos de momento. Le pidió también que usara sus contactos para conseguir toda la información que pudiera sobre Sergei Yurikov. Acto seguido partió a reunirse con John Gibbon, el concejal. John pidió su consejo, y Jack le aconsejó tener paciencia; su próximo paso era investigar el asunto que olía mal en Campbell & Weber, y eso quizá le diera alguna pista sobre su hermana. Esto también hizo que John se preocupara por el dinero de su partido, en manos de Thomas O'Hara.

Al volver a casa, John se vio acosado por multitud de micrófonos y grabadoras. Volvió a hacer declaraciones en las que hablaba de sus convicciones y lo que había que hacer, pero no revelaba información vital; no podía arriesgarse a que mataran a su hermana. Apartando a los periodistas se metió en la casa. Allí le recibió su hijo, John Jr. El muchacho quería quedarse a vivir con él, no quería marcharse, pero haciendo de tripas corazón, John lo convenció de acompañar a su madre. Sería lo mejor.

Llegaron las siete de la tarde, y en La Dolce Vita, restaurante italiano en el este de Nueva Jersey, se encontraron Thomas y Jack. La mayoría de la clientela era italiana, y Thomas pagó bien a un violinista para que cubriera sus palabras con las cuerdas. Fue necesaria la traducción del dueño del local, Artie Bucco, para que se entendieran con el músico. O'Hara informó a Jack de las posibles irregularidades de su empresa, en una conversación en la que salió a relucir el nombre de Westchester Associates. También le recomendó tener cuidado con Leopold, que no tenía ningún escrúpulo, tras lo cual la conversación derivó a la tarjeta de Westchester Assoc. que Jack había encontrado en el abrigo del mendigo la noche anterior, una casualidad inquietante. Cuando estaban acabando, se acercaron a la mesa dos tipos, italianos. El más joven presentó al más mayor, un hombre casi anciano, como Marco Grezzi. Si la memoria no le fallaba a Thomas, Grezzi era un apellido más en la cartera de clientes de Campbell & Weber, y por cómo transcurrió la conversación, era indudable que estaba relacionado con la mafia. El italiano se mostraba interesado en que Thomas tomara el control de su dinero. Aterrado por la posibilidad de tratos con la mafia y de enemistarse con Leopold, O'Hara le dio todas las largas que pudo, y lo citó en sus oficinas al día siguiente, donde podrían reunirse con su socio. Un rápido intercambio de mensajes entre Thomas y Joey Wright confirmó que Grezzi era un don de la mafia de Nueva Jersey; además, Joey le informó de que le era imposible conseguir desde el pequeño piso del Bronx más información de Westchester Assocs; si quería averiguar algo más tendrían que desplazarse físicamente hasta su sede para poder introducirse en sus servidores. Al parecer, los tenían extremadamente protegidos de ingerencias externas.

De vuelta al hotel, Thomas habló con su hijo Bobby y con su hermana Wendy. A pesar del disgusto del muchacho y de la preocupación de su hermana, le dio un cheque a Bobby que contentaría tanto al chaval como a su tía (y al marido de ésta), y lo mandó con ella, con todo el secretismo posible.

Después de desahogarse pasando la tarde en una galería de tiro, John volvió a su casa, donde tuvo que lidiar de nuevo con el maremagnum de periodistas, que incluso habían empezado a seguirle en sus desplazamientos. Recibió una llamada en su móvil de siempre: una voz desconocida lo citaba a las cinco de la mañana en una dirección, un viejo parque en un rincón apartado de Staten Island. Esta vez no cometió la inconsciencia de llamar a la policía, sino que se puso en contacto con Jack. Éste le recomendó que acudiera a la cita tranquilo, que él y Jonas se encargarían de vigilarlo. John no quería correr riesgos; se puso la pistolera bajo la chaqueta y partió hacia el parque. Allí habían llegado aproximadamente una hora antes de la cita Jonas y Jack. Éste vigilando desde su coche y aquél haciéndose pasar por mendigo. Mientras se dirigían a Staten Island ambos tuvieron una comprometida conversación en el coche referente a Jennifer O'Hara. McNulty le aseguraba que sus encargos implicaban siempre la muerte del objetivo, así que el secuestro debía de ser cosa de otra gente. Eso condujo a momentos de tensión cuando el policía recordó a su compañera muerta. Por suerte no pasó a mayores.

En el parque, McNulty y Finnegan se dieron cuenta de lo difícil que iba a ser mantener vigilado a Gibbon, dada la frondosidad de la vegetación. El irlandés incluso habló con un barrendero que se mostró poco amigable y, para más inri, hablaba con un sospechoso acento del este de Europa. Cuando Gibbon llegó pudieron ver cómo el mismo barrendero le hacía señales para que se adentrara en el parque, mientras un sospechoso helicóptero sobrevolaba la zona entre las nubes bajas. En el interior del bosquecillo John se cruzó con un par de sintechos que lo miraron con cara de pocos amigos, y en un banquito un hombre vestido con un chaqueta de cuero y gafas de sol le hizo señas para que se acercara, mientras hablaba por el móvil. Parecía que hablaba en alemán, y pasó el móvil a John, diciéndole que tenía una llamada. Otra voz con acento alemán habló por el auricular, diciendo que la ayuda de los dos hombres que le habían acompañado no le iba a servir de nada y que tenía una propuesta que hacerle, si dejaba su arma y acompañaba al hombre que se encontraba a su lado. Al responder el concejal afirmativamente, se dirigieron hacia un claro del bosquecillo donde, para sorpresa de John, apareció un helicóptero anormalmente silencioso y les tendió unos arneses. Ascendieron.

Mientras tanto, Jack había hecho todo lo posible por no perder de vista a John, pero sin éxito. Al internarse éste en el bosquecillo había tratado de seguirle, pero ver armas en manos de los mendigos que dormían en el parque le había convencido de no ir más allá. A los pocos segundos, un helicóptero oscuro había pasado sobre él, apenas sin hacer ruido. Una tecnología impresionante. Lo único que distinguió en el fuselaje fue una especie de "U" con ambos brazos coronados por una especie de astas de toro. Volvió a reunirse con McNulty, que le informó de que varios mendigos y el barrendero habían salido en direcciones distintas alejándose del parque en coches y motocicletas.

Logotipo del Helicóptero,
en el original mucho menos visible
El helicóptero ascendió para perderse entre las nubes, mientras John se sentaba enfrente de un hombre mayor, de pelo y perilla canosos, con grandes entradas en la frente y vestido con un traje que parecía extremadamente caro. Le acompañaban otros dos hombres vestidos de negro y hablaba con un ligero acento que no supo identificar. El hombre se presentó como "un amigo", un amigo que podía hacer muchas cosas por John si se mostraba colaborador. Al preguntarle por su hermana, el extranjero le contestó que de momento se encontraba bien, y que a esas alturas debía de estar ya fuera del país. Eso hizo que John hiciera más preguntas, pero no contestó ninguna más. La conversación derivó a otros derroteros. El extraño habló a John de su ambición y de las oportunidades que podría proporcionarle en un previsible ascenso al poder: alcalde y por qué no, quizá algo más. John no tuvo más remedio que mostrarse interesado. El hombre le habló de las oportunidades que podían surgir del caos, y caos era lo que le hacía falta a John para elevarse sobre las cenizas como un Ave Fénix. Sin duda, aquél hombre estaba loco; hablaba como un demente. Al preguntarle John cómo pensaba sembrar el caos para ayudarle, el viejo sacó una pistola y ¡disparó a la cabeza del piloto del helicóptero! El vehículo empezó a dar vueltas y vueltas, descontrolado, ¡mientras el tipo se reía sin parar! "¿Te parece suficiente caos éste? ¿Te lo parece?" —preguntaba sin dejar de reír. Por suerte, uno de sus acompañantes, no menos sorprendido que John, pudo hacerse con los mandos antes de estrellarse. Cuando el helicóptero se estabilizó, hicieron levantarse a John, mientras el loco le decía que no tardaría en ponerse en contacto con él, y que esperaba que aceptara su oferta. John no supo qué contestar, en estado de shock mientras le ponían algo en la espalda y lo lanzaban al vacío. Por puro instinto de sus tiempos en el ejército, tiró de la anilla y el paracaídas se abrió.

Cayó con las piernas temblando y sin habla. Finnegan y McNulty no tardaron en reunirse con él, ya que habían estado dando vueltas con el coche, intentando seguir al helicóptero. El concejal tardó en reaccionar, presa del pánico. Cuando lo hizo les contó todo lo que había pasado, y lo escucharon atentamente, asombrados. A continuación se dirigieron a casa de Jack, donde se tomaron unas copas para calmarse. John y Jonas comenzaron a congeniar; no podía decirse que se cayeran bien, pero la relación empezó a normalizarse.

Por la mañana, Thomas recibió la visita de Marco Grezzi, acompañado de otro italiano joven y otro de mediana edad, al parecer abogado. Se reunieron con Leopold. Los italianos dejaron muy claro que estaban descontentos con la gestión de éste, que les había hecho perder mucho dinero y querían cambiar de asesor. Por suerte, Thomas pudo reconducir la situación para que permanecieran fieles a su socio [punto de relato] y de paso se congració con Leopold, que le agradeció su ayuda. Sin embargo, Thomas recibió más tarde la visita en su despacho del italiano más joven, sobrino de Marco, que quería contratarlo a título personal; Thomas también se negó a esta oferta.

Esa misma mañana, Jack recibió la llamada de su hermano, que quería presentarle a su nuevo compañero. A Jack no le apetecía lo más mínimo tener un nuevo compañero dado lo reciente de Susan, pero la insistencia de su hermano terminó por convencerle. En comisaría fue presentado a Fred Mullendore, un armario de dos puertas procedente de Los Angeles, donde había tenido problemas por saltarse las normas. La verdad era que el tío era muy simpático, y el bigotillo que lucía lo hacía todavía más entrañable. Cuando Fred preguntó a Jack cómo llevaba el caso, éste se extrañó. Pero su hermano le dijo enseguida que podía confiar en Fred, él mismo le había puesto en antecedentes. Eso alivió a Jack, que enseguida informó a su nuevo camarada de la situación y le recomendó que fuera discreto.

Mientras tanto, John y Jonas se recuperaban en casa de Jack de la borrachera que habían cogido la noche anterior. McNulty se ausentó unos momentos para dejar un mensaje en el contestador automático que servía para dejar mensajes a Sergei. Dejó grabado que alguien debía contactar con él.

Mientras Jack se encontraba sacando listados de grupos paramilitares y terroristas para intentar identificar el símbolo que había visto en el helicóptero, Thomas le envió un mensaje. En él decía que el sábado por la noche pensaba infiltrarse en Westchester Associates para hackear sus sistemas y obtener toda la información que pudieran. Jack le contestó que, por descontado, le acompañarían.

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