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viernes, 12 de octubre de 2012

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 1 Capítulo 17

Reunión.
En tierras de los Raer, tras reunir a las tropas y arengar a los prisioneros que decidieron unirse a ellos, las criadas de Escollera atendieron las heridas de Jeremiah, que se recuperó rápidamente, y se entablaron conversaciones entre los hermanos Seabreeze, lord Edgar Raer y el recién llegado Ser Alyn Estermont. Éste último acompañado del bastardo al que quería legitimar lord Jeron: Deros Tormenta. Al parecer, el nieto de lord Estermont había acudido en ayuda de los Seabreeze ante el requerimiento urgente de Deros, que no sabiendo dónde acudir, había optado por la opción que le había parecido menos peligrosa. Ancel y Jeremiah saludaron efusivamente al joven, que se mostraba tan tímido como ya lo había sido en sus vivencias pasadas durante el secuestro de Ancel. Junto a Ser Alyn siempre marchaba su segundo al mando y hombre de confianza, Robert Cafferen, que intervino en todas las negociaciones.

Ser Alyn expresó su preocupación, afirmando que su abuelo no había aprobado su marcha en ayuda de los Raer, y sólo a regañadientes le había dado las tropas y barcos imprescindibles. Era condición sine qua non que volviera a Rocaverde con una promesa de matrimonio formal entre él y Megara, y una alianza formal (aunque secreta) entre las dos casas. Por supuesto, los Seabreeze aceptaron tras tranquilizar a todos sobre el paradero de Melina y Megara y estrecharon sus manos.

Dos noches después, mientras Ancel y Jeremiah dormían en una de las habitaciones de Escollera, sufrieron un intento de asesinato del que se salvaron sólo gracias al dolor de las heridas del pequeño de los Seabreeze, que no le dejaban conciliar el sueño. La rapidez y capacidades extraordinarias que exhibió el atacante, del que apenas pudieron ver una sombra, les convenció de que no podía tratarse sino de un hombre sin rostro. Saltó por el ventanuco de la habitación hasta la muralla de abajo sin dejar rastro, cosa que una persona normal no sería capaz de hacer. Si sus enemigos contaban con tales asesinos, deberían extremar las precauciones.

Seis días después, enviaron a Robert Cafferen a hablar con Jana Alyr para averiguar lo que pudiera de la situación en Quiebramar y de Loren Ashur. Al cabo de un par de jornadas Cafferen volvió, sin información sobre el paradero de Ashur, pero con rumores preocupantes sobre que lord Jeron podía andar de nuevo, y de que se había erigido un ídolo extraño en el patio de la fortaleza. Un león, quizá representando al león de la noche de Yi Ti. Extraño.

Al final el plan acordado entre Seabreeze, Raer y Estermont fue apostar el máximo número de tropas discretamente en el otro extremo de la isla, y aprovechar el ataque que previsiblemente lord Jeron lanzaría sobre Escollera para caer ellos a su vez sobre Quiebramar, infiltrándose aprovechando los túneles del acantilado. Así procedieron, y empezó la tensa espera.

Antes de que se produjera el ataque que esperaban, llegaron noticias del este de la isla. Por fin habían vuelto Vanna y Berormane, y con buenas tropas de los Windblown acompañándoles. Y no sólo eso, sino que también habían vuelto Breon y Garrett. La alegría fue mucha cuando se reunieron y se abrazaron. Decidieron que mantendrían a las nuevas tropas también en secreto para participar en el posible ataque a Quiebramar.

Pocas noches después del reencuentro aconteció otro hecho extraño: Ancel y Jeremiah se vieron afectados por sendas paradas cardíacas mientas cenaban. Gracias a los conocimientos y la voluntad de Berormane consiguieron mantenerse con vida; pero para Vanna era evidente que había una mano sobrenatural en todo aquello. Con mucho esfuerzo, decidió desempolvar sus conocimientos sobre las artes oscuras que había cultivado en Myr. Angustiada por la situación, con los hermanos Seabreeze muriendo visiblemente ante sus ojos y Berormane desbordado, decidió llevar a cabo un antiguo ritual de Sangre. Para ello, salió inadvertida y convenció con sus artes de mujer a dos guardias todavía adolescentes para entrar a uno de los graneros de Escollera. La leche de amapola que les administró en el vino surtió efecto enseguida, y rápidamente los desnudó. Entonó oraciones que había creído olvidadas hacía mucho tiempo, y mientras las tenues sombras de la estancia se giraban hacia ella, le hablaban y la intentaban arrastrar, arrancó los corazones de los muchachos. Por desgracia, también tuvo que quitarle la vida a un porquerizo que había oído ruídos y se inmiscuyó.

Ante la sorprendida mirada de Berormane, Vanna apareció con dos trocitos de carne en la habitación, que hizo tragar a los hermanos Seabreeze. En el acto, sus respiraciones se normalizaron y sus corazones empezaron a latir con normalidad. La mañana siguiente amaneció con un granero incendiado y con Ancel y Jeremiah ambrientos, llenos de vida y con un ansia atroz de comer carne. Comieron más de dos kilos de carne cada vez más cruda, lo que levantó sospechas en los demás. Breon y Berormane preguntaron a Vanna qué había pasado allí. La mujer les dio una explicación mencionando venenos y antídotos, pero nadie quedó convencido del todo. Berormane habló con Ancel del episodio, y el maestre reconoció que debía de haberse tratado de artes que él no alcanzaba a comprender del todo. Por su parte, Vanna mantuvo durante varia jornadas una actitud algo taciturna, pues había rememorado cosas que había decidido olvidar, y había cruzado una línea que no deseaba traspasar.

Pocas horas después, llegó un cuervo desde Quiebramar, con un mensaje. En él, se decía que ya que los hermanos Seabreeze habían muerto, lord Edgar debería rendir la fortaleza y volver a aceptar como señor a lord Jeron, que no tomaría represalias. Aquello acabó de convencerles de que lo que había sucedido la noche anterior había sido causado por fuerzas oscuras que probablemente se habían aliado con el señor Seabreeze. Poco después llegaba un mensajero desde el este de la isla enviado por Breon: habían capturado a un arquero traidor que intentaba enviar un mensaje a Quiebramar. Al instante, dieron órdenes a los arqueros de que abatieran cualquier cuervo que pudiera salir de la isla, excepto los que ellos permitieran. Aprovecharon la situación reprimiendo al resto de espías y enviando un mensaje falso; en él decían que los hermanos habían muerto y que los Estermont estaban a punto de retirarse del conflicto. Lord Edgar, a su vez, también envió otro mensaje: los Raer no se rendirían ante un inepto semejante. Confiaban en que aquello convencería a lord Jeron de lanzar su ataque sobre Escollera.

Y así fue. Al cabo de un par de jornadas, treinta galeras Seabreeze y tres dromones que no podían pertenecer sino a los Tarth, aparecían en las costas cercanas a Escollera cargados de tropas. Era el momento que habían estado esperando. Embarcados en varias galeras capitaneadas por Deros Tormenta y Rowan Fossoway partieron hacia Quiebramar. La maestría del muchacho navegando era innegable, y desembarcaron sin ningún percance al sur de la isla de Merth.


lunes, 1 de octubre de 2012

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Temporada 1 - Capítulo 9

Estado de alarma.
Jack salió el primero a toda velocidad, seguido de lejos por McPherson, que llevaba a John poco menos que en volandas. Ignorando todo a su alrededor, Jack se abrió paso violentamente hasta el macizo de árboles quemados, donde el malherido Fred se encontraba siendo ayudado por Thomas y McNulty. Tras derribar a este último de un puñetazo, Jack inició la ascensión y sólo se calmó cuando estuvo a punto de despeñar a Fred, que le suplicó que se tranquilizara. Mientras recuperaban la respiración, aparecieron corriendo John y McPherson, éste último despotricando y blasfemando. Se rehicieron todo lo rápidamente que pudieron. Gibbons estaba en un estado casi catatónico, llorando y repitiendo con una vocecilla "noporfavornoporfavornonono...".

La mansión de Westchester Assoc.

Ante el asombro e incredulidad de los demás, Jack les contó lo mejor que pudo lo que habían visto, y sobre todo, lo que habían experimentado allá abajo, y a pesar de que no le hacía mucha gracia, comprendió que era necesario volver a entrar si querían tener alguna oportunidad de hacerse con los datos. No podrían volver en otra ocasión allí. Así que decidieron que Thomas y Jonas se llevarían a Fred a los coches, junto a Sally, y los acercarían todo lo posible al muro exterior. Jack y McPherson volverían a entrar una vez más, junto a Joey, pero esta vez hacia los pisos superiores, donde seguramente estarían los servidores centrales de la empresa.

En los coches, más tranquilo, John por fin volvió en sí. Cuando le preguntaron por su experiencia en el sótano de la mansión, prefirió no responder, y en lugar de eso, cuando aparcaron los coches junto al muro, con una determinación de hierro, cogió uno de los fusiles de caza y corrió de nuevo hacia la mansión. McNulty le siguió.

Mientras tanto el grupo del interior había ascendido hasta el tercer piso, donde habían encontrado a varios tipos con batas blancas, que debían de ser los encargados del mantenimiento del equipo. Uno de ellos esgrimía un extraño aparato que acercaba a los equipos informáticos y emitía un extraño sonido. No les costó hacerlos huir, pero mientras tanto, dos tipos de traje negro habían subido por las escaleras y entablaron un tiroteo con McPherson y Jack, mientras Joey se establecía y empezaba a crackear las bases de datos de los servidores que quedaban funcionando. McNulty y John subieron al poco rato por las escaleras, y Gibbons se desvió en el segundo piso para tratar de encontrar una subida alternativa o algo de interés. Vio que uno de los tipos había comenzado a incendiar los despachos, y cuando lo encañonó con una pistola, no tuvo más remedio que matarlo. Arriba, McNulty liquidó a uno de los tipos de negro, y el restante fue abatido por el fusil de McPherson. Al reencontrarse, un mensaje de Thomas desde el exterior los alertó. Cuatro helicópteros oscuros y silenciosos se acercaban a la casa. Un vistazo por la ventana confirmó el dato, y a continuación el flujo eléctrico se interrumpió. Joey soltó una maldición y desconectó su equipo; apenas había podido transferir unos pocos gigas de información. No obstante, aquello debería bastar; tenían que salir de allí a toda velocidad.

Con dificultad llegaron a los coches y arrancaron. Dos de los helicópteros los siguieron, disparando armas sobrenaturalmente silenciosas, pero cuyos efectos eran evidentes sobre la carrocería y el suelo alrededor. Jack atrancó su todoterreno en un barrizal, y a sus ocupantes no les quedó más remedio que cambiar de coche entre un caos de lluvia, disparos y gritos. Poco después era Sally la que estrellaba su coche contra un árbol, pero milagrosamente, tras recibir una ráfaga de balas de gran calibre sobre el maletero, podía arrancarlo de nuevo. Una arboleda y la niebla matinal acudieron en su ayuda, y tras aproximadamente una hora y media de persecución, los helicópteros se dieron por vencidos.

Exhaustos, se dirigieron de nuevo a Brooklyn, con la intención de que Alex McEnroe pudiera hacer algo por Fred, que tenía la mano y el antebrazo como si le hubieran echado un litro de ácido sulfúrico por encima. Por enésima vez, McNulty intentó contactar con sus viejos amigos irlandeses, pero como hacía varios días que venía sucediendo, no obtuvo respuesta, algo que no era normal en absoluto.

McEnroe los recibió malhumorado, pero afortunadamente muy sobrio para lo que era habitual en él. Recriminó a Jack el meterlo en asuntos turbios, y le dijo que incluso había recibido la visita de un agente del FBI la noche anterior. Jack le prometió explicárselo todo y ponerlo bajo su protección, pero lo urgente ahora era curar a Fred. Acordaron que se reunirían al día siguiente, y le explicaría todo a salvo.

Tras hacer los arreglos necesarios para que los todoterrenos alquilados parecieran robados, Thomas se marchó a su hotel. Nada más salir de la ducha, alguien llamó a la puerta. "Servicio de habitaciones" —contestaron. Ja. Por suerte, se apartó rápidamente a un lado de la puerta, pues varias balas la atravesaron. A continuación, empezaron a echarla abajo. Tuvo que salir a toda prisa por la ventana. Saltando de un balcón a otro casi se mata, pero consiguió salir por el piso de abajo, coger algo de ropa de un carrito de limpieza y marcharse del hotel. Joder, ahora también venían a por él. Se dirigió hacia su piso del Bronx, donde ya se encontraba John analizando el libro alemán que había encontrado McNulty junto a Joey intentando descifrar los datos que había conseguido descargar.

Tanto Thomas como Jonas, Jack y Sally se encontraron con dificultades para llegar al Bronx. La presencia policial en las calles era ubicua, y todos los puentes de la ciudad estaban cerrados por controles policiales. Cuando Thomas preguntó a un transeúnte qué sucedía, éste mostró su asombro.

 —¿Acaso no ve las noticias, hombre? Se ha declarado el estado de alarma, y según dicen, en pocas horas se declarará el estado de sitio si no encuentran a esos malditos terroristas. ¡Parece que temen un atentado con Antrax en Manhattan!

Ahora que se fijaban, sí que era cierto que había poca gente por la calle, y que la poca que se veía se movía apresuradamente. Los noticiarios habían estado toda la noche propagando el rumor y relacionando el caso de los traficantes de Antrax con el secuestro del concejal Gibbons. La cosa pintaba jodida.

Por suerte, pudieron llegar al piso y reunirse a salvo. John les explicó lo poco que había podido averiguar del libro, quién era Elena Blavatsky y su relación con el nazismo. Siempre había estado interesado en el esoterismo de los nazis y ahora sus conocimientos podrían ser de bastante utilidad. Una vez planteadas las dudas sobre qué hacía un libro dedicado por un nazi en una empresa regentada por judíos, surgieron otras quizá más importantes: ¿deberían marcharse del país? ¿o quizá esconderse hasta que se hubiera calmado todo? Una larga discusión se entabló entre ellos. Si se declaraba el estado de sitio, no podrían salir de la ciudad sin ser identificados.

Hacia las cuatro de la tarde, una llamada telefónica interrumpió su conversación. Era Alex McEnroe, que hablaba preocupado al auricular, mientras se oía un extraño ruido de fondo.

 —¡Jack, este hombre lo que necesita no es un médico, es un sacerdote! ¡No sé qué coño le está ocurriendo!

 —Pero...—fue todo lo que le dio tiempo a decir a Jack, antes de que la comunicación se cortara.