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jueves, 14 de agosto de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 3

Resistiendo. La Biblioteca.
En la mesa de guerra presidida por el marqués de Arnualles, se hicieron los preparativos y los planes necesarios para resistir un asedio prolongado. Se enviaron mensajeros al resto de fortalezas fronterizas para dar y obtener información de su estado lo antes posible. La inmensa mayoría de los nobles partiría inmediatamente a sus tierras, y Robeld de Baun prometió a Valeryan enviar una parte importante de sus tropas lo antes posible. Algunos de los caballeros y nobles menores reunidos en Rheynald decidieron quedarse a luchar, reclamando tropas propias mediante mensajeros. Lord Elidann, el hijo de la duquesa de Gweden, decidió quedarse también, aprendiendo el arte de la guerra y reclamando tropas a su vez.

En la calma del mediodía, Valeryan se reunió con Yuria, con la intención de conocer un poco más a la mujer. Estaba claro por lo que había demostrado que sus conocimientos de logística y estrategia eran amplios y por tanto ratificaba el cargo de oficial que sus ropas sugerían. Pero no podía dejar el mando de su ejército en manos de una desconocida, así que intentó informarse más sobre ella; sin embargo, Yuria se mostró bastante opaca en cuanto a revelar alguna información. Así que Valeryan decidió confiar la misión de descubrir más cosas sobre el pasado de la ercestre a Hawald, su capitán de la guardia, que ya había hecho buenas migas con la extranjera. Hawald pasó largo tiempo con ella en las horas que siguieron, mientras Yuria aplicaba sus conocimientos de ingeniería a la reparación de las puertas de caballería, y su misión fue un éxito: la ercestre le reveló bastantes datos sobre su pasado y el porqué de su presencia en Rheynald. Valeryan se enteraría más tarde por boca del capitán que Yuria había sido más o menos “desterrada” de Ercestria por desavenencias con altos cargos militares; la mujer demostraba tener un dominio enorme de la táctica en batalla, además de logística, estrategia e ingeniería, y de alguna manera había llegado al convencimiento de que debía renovar el sistema de combate de su país natal; eso la había enfrentado a ciertos elementos influyentes y había acabado por tener que abandonar el país. Hawald también transmitió a su señor que, en su opinión, podían fiarse de la mujer, pues le parecía que se mostraba obsesionada por demostrar su valía y eso podía revertir en mucho bien para la casa de Rheynald.

Symeon pasó largas horas en la biblioteca, intentando recabar información sobre el Ra’Akarah vestalense. Mientras tanto, Aldur se reunió con los Errantes para asegurarse de que estaban bien y eran respetados. Los dos se encontraron cuando Symeon se dirigía hacia la biblioteca, y éste pidió al paladín que transmitiera a Valeryan lo que había descubierto sobre el Mesías vestalense. Aldur no lo pensó un instante, inquieto por la revelación, y se dirigió a toda prisa a hablar con el marqués. La mesa de guerra ya se estaba disgregando, y Valeryan se encontraba manteniendo una conversación con el hijo de la duquesa de Gwedenn, de la que se mantuvo prudentemente apartado. Elidann se mostró indignado por la facilidad que la que todos los nobles habían olvidado la desaparición de su madre, y reclamó la ayuda de Valeryan para encontrarla. Había oído rumores muy extraños sobre lo que había pasado por la noche en los aposentos de su madre y quería confirmación. Valeryan no se atrevió a mentir, y confirmó los rumores, asegurándole que no se había olvidado en absoluto de la duquesa, pero que tenían preocupaciones más acuciantes de las que ocuparse. Lord Elidann se calmó con las explicaciones de Valeryan; quería saber más sobre lo que había pasado, pero Valeryan no pudo darle más información que la que tenía, así que el duque en funciones se retiró. Una vez acabada la conversación, Aldur transmitió a Valeryan la información que le había confiado Symeon. El señor de Rheynald abrió mucho los ojos, y se mostró algo incrédulo, pero unas cuantas preguntas entre los refugiados huidos de Vestalia confirmaron la historia: el Ra’Akarah se había hecho carne y según los vestalenses, los llevaría a la victoria. El ánimo de Valeryan se ensombreció; rechinó los dientes y miró al cielo. Aldur desenvainó su espada y la clavó en el suelo, poniendo una mano sobre la cruz del pomo e invitando a Valeryan a hacer lo mismo; el marqués puso su mano enguantada sobre la del paladín, y así sellaron silenciosamente un pacto de amistad y lucha contra los enemigos de Emmán.

Mientras tanto, Daradoth había seguido pululando por la fortaleza, intentando encontrar el origen de aquella extraña sensación que le había invadido desde que había avistado la ciudadela. En algún momento le había parecido estar a punto de encontrar alguna clave que le condujera al origen de todo aquello, pero fueron falsas alarmas. En un momento dado, cuando salía a toda prisa de uno de los sótanos de Rheynald, alguien lo increpó, saludándolo. Se trataba de lord Elidann, el hijo de la duquesa de Gwedenn, a la que el extraño elfo (para Daradoth a todas luces el kalorion llamado Trelteran) se había llevado la noche anterior. El duque quería recuperar a su madre a toda costa, con lo que quería toda la información que el elfo pudiera darle. Había acudido a él ya que los rumores decían que el que se había llevado a su madre parecía un extraño elfo. Daradoth no quitó del todo las esperanzas a Elidann, pero sí le dijo que su madre podía encontrarse muy lejos ya a aquellas alturas, y que lo mejor sería preocuparse por sobrevivir a la guerra que tenían encima, pues el joven lord tenía ante sí ahora una gran responsabilidad; ante la insistencia del duque, también dio información sobre la Sombra, sus comandantes (llamados kaloriones), y sobre la leyenda de Trelteran, el más poderoso de ellos. Por supuesto, Elidann se mostró escéptico al principio, pero lo cierto es que Daradoth estuvo muy convincente, y finalmente el humano le creyó; aquello parecía increíble, ¿la Sombra? ¿Kaloriones? Pero lo cierto es que la información salía directamente de la boca de un elfo, el pueblo largo tiempo desaparecido, con lo que Elidann acabó afirmando y retirándose tras una extremadamente cortés despedida. Mientras se marchaba, Daradoth insistió de nuevo en la gran responsabilidad que tenía ahora como duque de Gwedenn, con la guerra a sus puertas.

El día siguiente, mientras Yuria se encontraba totalmente absorbida por su labor en el arreglo de las puertas con los herreros y masones procedentes de la ciudad, Valeryan reunía al resto del grupo. En el exterior, las rocas volvían a amartillar los muros de Rheynald. El joven noble pidió la firme ayuda de los presentes en los trances que se avecinaban, y la necesidad de defender los ideales de Emmán frente al nuevo mesías que los vestalenses afirmaban tener. Daradoth aprovechó para iniciar una conversación sobre metafísica y religión, en la que hizo revelaciones que no gustaron a todos los presentes, particularmente a Valeryan; su afirmación de que Emmán no era el único dios verdadero no fue bienvenida, por lo que optó por dejar la conversación para algún momento posterior. El elfo también habló sobre lo ocurrido en los aposentos de lady Rhyanys hacía dos noches; les habló de la Sombra, de las antiguas Guerras de la Hechicería, de los comandantes de los ejércitos oscuros y de Trelteran. También expuso sus sospechas acerca de que el Ra’Akarah pudiera ser uno de esos “kaloriones”, como él los llamaba. Con la conversación derivando a derroteros de sorpresa e incredulidad a partes iguales, un sirviente apareció gritando y reclamando a lord Valeryan en el muro, pues una comitiva vestalense se acercaba a Rheynald enarbolando bandera blanca.

El grupo al completo subió al Muro, junto con Yuria, Sir Hawald y lord Elidann. Unos treinta jinetes a caballo se detuvieron a unas decenas de metros del muro principal. Valeryan demostró hablar un fluido vestalense en las breves frases que intercambió con la comitiva, y no pudo evitar la sensación de que el cabecilla le recordaba a alguien. El joven marqués no alargó mucho la conversación: los vestalenses le instaron a rendir el castillo para mayor gloria de su Ra’Akarah, y tras un breve intercambio de agrias respuestas, Valeryan dio la orden de disparar a los ballesteros; algunos de ellos se miraron dubitativos, y Aldur, Daradoth y Symeon abrieron mucho los ojos; pero Valeryan no vaciló: con su estentórea voz rugió de nuevo la orden de disparar, y varias docenas de venablos volaron hacia la comitiva, causando la muerte de varios de ellos y la huida de otros tantos. ¿Quiénes se creían que eran aquellos malnacidos para exigirle rendir el castillo? ¿Acaso no temían la justicia de Emmán? Él se encargaría de mostrársela. Ante las miradas reprobatorias de todos los de su alrededor sintió un escalofrío de arrepentimiento, pero aun así sostuvo sus miradas, desafiante. Daradoth, Aldur y Symeon se marcharon sin decir una palabra, dejando claro su descontento con la actitud de Valeryan. Yuria quedó mirando la escena, pensativa.

Ante lo que había sucedido, Symeon fue a conversar con Ravros y los Errantes, para sugerirles marcharse de allí lo antes posible. La acción de Valeryan podía desencadenar una cruel matanza, y se sentiría mejor si sus compatriotas se marchaban hacia el norte, lejos de aquella guerra; además aprovechó para sincerarse con el anciano y contarle parte de su historia pasada, interesándose por si habían visto a alguno de sus parientes, a lo que Ravros respondió negativamente. Mientras intentaba convencer al líder Errante, una muchacha llamó su atención, una joven Buscadora bellísima que le sonreía y que se acercó a él cuando acabó de departir con Ravros. La muchacha decía llamarse Azalea, y siempre con una bellísima sonrisa y un olor a jazmín que casi vuelve loco de deseo a Symeon, se interesó en su historia. Symeon prefirió ser cortés y despedirse lo más rápidamente posible de ella, pero su sonrisa y los bucles de su pelo negro azabache quedaron grabados a fuego en su mente. Al regresar al castillo, Symeon se encontró de nuevo con Valeryan, con el que pensaba mantener una conversación sobre lo ocurrido, pero no fue necesario: el noble, reunido también con Hawald, reconoció que se sentía incómodo con lo ocurrido, y que había sido fruto de un arrebato; también se mostró preocupado por si había heredado el carácter de su padre.

Aldur y Daradoth mantuvieron una breve conversación después del desgraciado incidente en el muro. Aquello no había gustado a ninguno de los dos, e intercambiaron sus impresiones. El elfo sugirió que quizá sería buena idea que Aldur mantuviera unas charlas sobre sus creencias con Valeryan. Daradoth también habló al paladín de la extraña sensación, aquella comezón, que le había invadido en cuanto había avistado Rheynald. Hasta entonces Aldur no se había dado cuenta, pero era cierto que quizá en Rheynald notaba la Luz de Emmán más cercana. Sí que era extraño.

Poco después, uno de los dos grupos de exploradores que previamente habían enviado a investigar al ejército asediante volvían a Rheynald. Informaron de que el ejército vestalense se componía aproximadamente de cinco mil efectivos al mando del shaikh de Issakän,  Hafeereth ra'Issakh, con Ibraham ra'Koreen, el antiguo señor de Shia'Ohmagar como general. Claro, de aquello le sonaba el cabecilla de la comitiva a Valeryan; sin duda debía de tratarse de Muraham, el hijo de Ibraham, cuya fortaleza los Rheynald habían arrasado hacía unos quince años, en la primera expedición en la que participó Valeryan. También llegó un mensajero del bastión norte informando de la precariedad de su situación, ante lo que Yuria se trasladó allí para encargarse de las defensas; tras sopesar los pros y los contras de la defensa del bastión norte, aconsejó destinar allí a 200 hombres de la legión, cosa que se hizo sin tardanza; Yuria también recomendó acumular una gran cantidad de sal y azufre en ambos bastiones, y aunque Valeryan no entendió para qué, decidió colaborar con la mujer, enviando sirvientes en busca de todo lo que pudieran acumular.

Entre tanto, Symeon pasó la mayor parte de los días en la biblioteca de la iglesia, intentando recopilar información sobre el Mesías vestalense, y por pura casualidad, mientras movía unos libros de sitio, una estantería se vino abajo, revelando un agujero en la pared. Al parecer había habido un derrumbe muchos años atrás que nadie se había preocupado en despejar, sino que se había construido una pared delante. Los ladrillos cedieron fácilmente, dejando un hueco por el que cabía un brazo. Excitado, Symeon tocó papel al otro lado: rollos de pergamino, sin duda. Al otro lado del edificio, Aldur y Valeryan habían coincidido en la iglesia para rezar ante el altar de Emmán. En una breve conversación, el segundo se mostró preocupado por lo que había pasado en el muro, pues no quería caer en los mismos pecados que su padre. En ese momento, un movimiento borroso entre los bancos de la iglesia llamó su atención, y se giraron cuando oyeron la voz de Symeon gritar desde la biblioteca. Otro destello reveló una figura borrosa cerca de ellos: no podía tratarse sino de Susurros de Creá, la hermandad de asesinos vestalense; Valeryan llamó a los guardias a voz en grito, que en breves momentos hicieron acto de aparición, mientras Aldur y él corrían para ayudar a Symeon. El Errante había sido apuñalado por sorpresa en un costado, afortunadamente sin gravedad. Era extraño que los famosos asesinos de Creá fallaran en su propósito, pero gracias a Emmán que habían podido salir de aquello sin mayores consecuencias. Los Susurros suponían un reto para la defensa de la fortaleza, deberían extremar las precauciones. De hecho, como más tarde les informarían, diez guardias perdieron la vida durante la noche a manos de atacantes desconocidos; debían idear algo para protegerse de los Susurros o poco a poco irían diezmándolos. Era extraño que la hermandad atacara tan organizadamente en una operación militar, pero si el Ra’Akarah había aparecido, podría haberlos convencido de que colaboraran con el ejército.

Cuando se hizo la calma, Symeon les habló de su descubrimiento. Un brillo acudió a los ojos de Aldur, también ávido de conocimiento, pero el Errante se aseguró de leer primero todos los manuscritos. Descubrió un rollo de pergaminos que hablaba de la creación de la ciudadela de Rheynald; en el manuscrito se hacía un informe detallado de la multitud de extraños arrebatos de locura e improbables accidentes en su construcción. Otro de los manuscritos, en un estado penoso, relataba las extrañas leyendas sobre la región que databan de los tiempos de los minorios, los hombres ancestrales: en él se hablaba de seres enormes que rozaban las nubes y que eran capaces de destruir las montañas con su ira. También de extrañas construcciones que parecían flotar en el aire y que más parecían producto de los delirios de un loco que de algo real. Todo tipo de historias extrañas que no parecían tener ninguna conexión con la realidad, pero que hacían pensar a Symeon que Rheynald no se encontraba en un lugar cualquiera...

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