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domingo, 12 de octubre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 7

Una nueva Fe
Aldur salió al frente de su compañía, compuesta por dos centenares de infantes comandados por los capitanes Ergald y Hárno, cincuenta cazadores al mando de Torrhen, el jefe de perreras de Rheynald y veinte jinetes de caballería de la legión destinada a Rheynald, con el capitán Khorald de Marlanta a su frente.

Nada más salir de Rheynald, pusieron rumbo hacia Jorwen, un pueblo de tamaño medio que se encontraba en el linde del gran bosque de Rowen, en la ruta que Aldur juzgó más probable que los supervivientes de Colina Roja seguirían. La cabalgata transcurrió plácida hasta mitad de camino, momento en el cual Torrhen hizo notar a Aldur unos puntos en el cielo que se movían contra el viento; sin duda, los enormes cuervos de los que había hablado el soldado de Colina Roja y que ya habían avistado los vigías de Rheynald. A partir de entonces, miradas preocupadas se lanzaban continuamente al cielo, que por otro lado se cubrió de nubes e hizo más difícil los avistamientos. Pero de vez en cuando uno de los pájaros bajaba por debajo de la capa nubosa y los cazadores lo señalaban, nerviosos. Afortunadamente, la presencia de los pájaros se limitó a labores de observación y no tuvieron ningún problema en el camino; por fin, tras atravesar varias granjas y cruzarse con algunos viajeros, llegaron a las afueras de Jorwen.

Por lo visto, el rumor de su llegada había cundido entre los lugareños, pues a la entrada del pueblo ya había una comitiva esperándoles: las fuerzas vivas del pueblo, compuestas por el alcalde Faldric, el sacerdote Shurann y tres comerciantes y artesanos llamados Algert, Faedric y Woldan. A su alrededor se había reunido una pequeña multitud curiosa por ver al ya famoso paladín de Emmán de lord Valeryan, gritando por que les diera su bendición. Con una sonrisa, el alcalde Faldric le pidió disculpas por el alboroto y lo llevó a la posada de su propiedad, donde podrían hablar más calmadamente. Durante el camino, Aldur lanzaba gestos de bendición a la plebe, que eran recibidos con gritos de agradecimiento. El alcalde también rogó a Aldur que disculpara la ausencia de alguien más importante, pues el marqués de Jorwen estaba aquejado de la extraña enfermedad que ya había acabado con la vida del marqués de Rheynald, y su hijo se hallaba ausente. Ya en la posada, el consejo preguntó al paladín por los motivos de tan agradable visita, y Aldur no tuvo problema en contarles que iba al rescate de los supervivientes de Colina Roja. Cuando el consejo se enteró de que pensaba adentrarse en el bosque, sus rostros se ensombrecieron y le contaron que en los últimos tiempos habían sufrido varias desapariciones de habitantes del pueblo en la espesura. Preocupado por tal información, Aldur dio órdenes para que varias patrullas vigilaran el entorno del pueblo por si eran atacados. Por supuesto, a Aldur y a sus oficiales les ofrecieron alojamiento gratis en la posada; los hombres acamparían en la plaza anexa.

A las dos de la mañana, el capitán Ergald despertó a Aldur. Una de las patrullas había capturado a un chiquillo que intentaba salir a hurtadillas del pueblo. El paladín salió al aire helado de la plaza para interrogar al muchacho, sujeto por uno de sus hombres. Pero el chico no soltó prenda, no hablaba por mucho que le insistiera o intimidara. En ese momento, Shurann el sacerdote hizo acto de aparición en la plaza, y se acercó hacia donde estaban. El cura no tardó en reconocer al chico como su monaguillo, Mark. En voz baja para que el muchacho no se enterara, el padre Shurann contó a Aldur que Mark era un poco retrasado, que casi nunca hablaba, y que gustaba de torturar animales, por eso sus hombres debían de haberlo encontrado saliendo hacia el bosque a cazar alguno. Satisfecho con la explicación y apenado por el muchacho, Aldur lo dejó ir y volvió a su cama.

Por la mañana temprano, Aldur y sus hombres se aprestaron para salir hacia el bosque, a la vista del consejo y los habitantes del pueblo, que se reunieron para despedirlos. Intercambiando unas palabras de despedida, Aldur tuvo un destello de duda, y preguntó al padre Shuran qué hacía a las dos de la mañana con el frío que hacía paseando por el pueblo. Éste le respondió que estaba aquejado de insomnio, palabras que rubricaron los comerciantes y el alcalde. Aldur se despidió y montó a caballo, pero no muy convencido, así que se concentró e imploró a Emmán que le descubriera a los enemigos que le rodeaban. Y obtuvo respuesta: en el grupo del consejo del pueblo había dos enemigos, dos apóstatas a su fe. El sacerdote era uno, sin duda; lo malo es que no estaba seguro de quién podía ser el otro, así que llamando a varios de sus hombres y a algunos de la guardia del pueblo (soldados del marqués de Jorwen) se acercó al consejo. El paladín intentó no faltar a la verdad: les contó que Emmán le había hablado y varios de ellos se encontraban en peligro, así que debían ser confinados para su seguridad. Dejó a diez de sus hombres y la guardia de la ciudad custodiando al consejo, con órdenes estrictas de no dejarlos salir bajo ninguna circunstancia hasta que él volviera del bosque.

Hecho todo lo anterior, el contingente partió, adentrándose en la vegetación dispersa al principio. Sin embargo, pronto se hizo difícil viajar a caballo y tuvieron que poner pie en tierra y quitarse algunas piezas de armadura. El primer día de viaje pasó y acamparon en la humedad de la espesura, sin contratiempos.

A las pocas horas de retomado el camino por la mañana, un grupo de cazadores llegó apresurado, informando a Aldur de que habían visto un campamento hacia el norte. No le pudieron dar más detalles, pues lo único que habían visto eran varios hombres y alguna tienda, pero por el sonido que habían escuchado se trataba de bastante gente. Aldur dio al instante las instrucciones para envolver la zona en una pinza que cerrarían en el último momento. Tras un avance tenso, un grito se oyó cercano, y el sonido de espadas chocar comenzó. Aldur gritó la orden de avanzar, y el caos estalló. El entorno, oscuro y lleno de vegetación, contribuyó a aumentar tal confusión; Aldur se vio envuelto junto a su grupo en un combate contra varios hombres, claramente esthalios lo que le causó confusión e incluso le pareció ver algún niño correr. Superado el primer obstáculo, siguieron avanzando y se dieron de bruces con otro grupo, que les esperaba empuñando sus armas. Lo que parecía un grupo de soldados vestidos con restos de armaduras se encaraba hacia ellos mientras un grupo de cuatro clérigos, claramente emmanitas, se parapetaba tras los primeros. Los clérigos no cesaban de gritar que detuvieran aquella locura, que no tenía ningún sentido luchar entre hermanos; ante eso, Aldur también gritó órdenes de cesar las hostilidades, pero no pudo evitar que los enemigos, acorralados, cargaran contra ellos. Aún así, tras unos momentos de violencia, las órdenes del paladín y las peticiones de los clérigos calmaron a los contendientes y poco a poco se hizo el silencio, mientras los grupos se gritaban la situación unos a otros. Los lamentos de mujeres y niños se podían oir por la espesura; Aldur se precipitó a ayudar cuando oyó el llanto de una mujer que gritaba que salvaran la vida de su pequeño. El paladín hizo todo lo que pudo, pero no pudo salvar al chiquillo, y en ese momento vio que algunos niños más habían muerto. Rompió a llorar, ante las miradas de amigos y extraños; profirió un gutural grito y en ese momento, Emmán brilló a través de él: todos los presentes sintieron un fuerte y doloroso empuje procedente de la enorme figura y muchos de ellos cayeron al suelo; algunas ramas se quebraron y un par de árboles se prendieron fuego espontáneamente; tal fue la rabia del paladín ante la muerte de inocentes. Cayó de rodillas y al poco tiempo una mano se posaba en su hombro, consolándole. Era uno de los clérigos que había visto con los enemigos, que le sonreía, profiriendo palabras de absolución. Aldur agradeció profundamente la comprensión de aquel sacerdote desconocido al que se unieron los otros tres en un gesto de apreciación.
Cuando se recuperó pudo ver cómo todos, tanto conocidos como extraños, le miraban con un temor reverencial y una devoción renovada. Tal gesto le ganó la simpatía de los presuntos enemigos, y todos se pusieron a trabajar codo con codo para tratar a los heridos y enterrar a sus muertos, pocos afortunadamente. Los clérigos presentaron a Aldur y al cabecilla de su grupo, Sir Valdann de Sothar. En el ínterin, varias fórmulas rituales empleadas por los clérigos y las quemaduras en el dorso de sus manos o en sus muñecas hicieron evidente para el paladín que el grupo de extraños profesaba una herejía de la religión emmanita: la de aquellos que se hacían llamar Inmaculados. Y así se lo confirmaron: aquel campamento pertenecía a un grupo de refugiados de la herejía Inmaculada, cuyos pueblos habían sido arrasados por lord Egmund de Grothan al frente de dos legiones del rey, siguiendo las órdenes de éste. Sir Valdann se lo contó con lágrimas en los ojos, recordando cómo su familia había sido masacrada por soldados que no tenían ninguna compasión, y habían llevado a cabo realmente un genocidio. Aldur sintió una pena inmensa, y sugirió a los Inmaculados que viajaran con él a Rheynald a su vuelta. Sin embargo, éstos estaban tan cansados de persecuciones que no aceptarían si Aldur no juraba públicamente protegerlos con su vida. El paladín no lo dudó un instante y con su estentórea voz, juró proteger a aquellas personas con su vida si era necesario; levantó vítores entre los soldados, los ancianos y las mujeres de los Inmaculados, y para su sorpresa, sus propios hombres también lo aclamaron, entregados totalmente a su liderazgo.

Cuando todo se calmó, tuvo lugar una interesante conversación entre los clérigos y Aldur, referente a la masacre de los kathnitas (otra herejía emmanita) en la que habían participado hacía varios años los clérigos de Emmán. Eso les hacía sentirse incómodos, pues no sabían cómo iba a reaccionar la orden de los paladines ante la promesa de Aldur.

—Yo no soy la orden —contestó el paladín, con gesto grave y convicción en sus ojos.

Confortados por sus palabras, pero visiblemente preocupados, los sacerdotes y sir Valdann acordaron acompañar a Aldur en su vuelta a Rheynald, donde según el paladín, lord Valeryan les otorgaría refugio sin duda. Así que Aldur envió a los Inmaculados al sur, a un punto concreto donde los recogerían cuando regresaran de su misión. Los Inmaculados partieron con muchas caras de ilusión renovada entre sus filas.

Esa noche Aldur descansó en un duermevela incómodo, y al llegar la mañana le informaron de algo extraño: una patrulla había desaparecido sin dejar rastro. Desplazados al lugar donde debían de estar haciendo la ronda la noche anterior, un grupo de cazadores descubrió varios raspones en la corteza de los árboles circundantes, pero extrañamente, ningún signo de violencia ni de enfrentamiento. Habían desaparecido sin más. Diciéndose que debían acabar con aquella misión cuanto antes, Aldur puso en marcha a sus hombres.

Tras caminar varias horas seguidas, al atardecer ya se podía distinguir el sonido del agua del río Rowen. Un grupo de exploradores informó de su descubrimiento precipitadamente a los capitanes y a Aldur. Al otro lado del vado hacia el que se dirigían se alzaba un gran campamento con estilo claramente vestalense. Y estaban despejando un trozo de bosque y erigiendo una construcción de piedra; al parecer querían quedarse allí a largo plazo. Además, habían visto una especie de cercado con prisioneros y tres personas crucificadas (todavía vivas) a la orilla del río.

Tras enviar varias patrullas en busca de signos de presencia de lord Aryenn sin éxito, los exploradores confirmaron a Aldur que los prisioneros del campamento vestalense debían de ser los supervivientes de Colina Roja. Así que el paladín decidió enviar un pequeño grupo de sus mejores hombres para que rápidamente pudieran rescatar a lord Aryenn al menos, ante la imposibilidad de sacar a los prisioneros en su totalidad. Sin embargo, cuando el resto de su contingente se encontraba ya levantando su campamento e iniciando la marcha hacia el sur, uno de los enviados volvió, afirmando que Aldur debía acudir junto a ellos, pues algo raro estaba sucediendo. El paladín llevó consigo a sus oficiales, dejando al resto de los soldados en espera. Al llegar a la orilla del río, efectivamente lo que vio le puso los pelos de punta. Un hombre, vestatalense, al otro lado del río, se encontraba declamando extrañas palabras en un idioma desconocido ante los tres crucificados, flanqueado por sendos engendros que Aldur no pudo identificar más que como “lobos de sombras”. Mucho más grandes que un lobo normal, parecían desvanecerse un momento y concretarse al siguiente, fundiéndose en la noche, pero lo que era invariable eran sus ominosos ojos rojos y sus fauces oscuras. Los árboles parecían inclinarse amenazadoramente hacia Aldur y sus compañeros, y una niebla sobrenatural se levantaba todo alrededor; aquí y acullá se podían ver pequeños zarcillos de bruma que los buscaban y rozaban su piel. Sus hombres, esperando en esta parte del río, se habían quedado dormidos, sin duda inducidos por aquella extraña niebla. Unos cuantos zarandeos les devolvió la consciencia y los puso de nuevo alerta. Todo el mundo miraba a Aldur en busca de consejo, inquietos por lo que estaban viendo, a todas luces un acto de brujería maligna. Afortunadamente, lo que había afectado a sus hombres también parecía afectar al campamento, y no se veía un alma alrededor.

En un momento dado, el hechicero pareció darse cuenta de la presencia de alguien al otro lado del río, mirando fijamente hacia donde se encontraba Aldur. Uno de los lobos de sombras cruzó la corriente, flotando sobre el agua. Y con un rugido se lanzó hacia delante. Los hombres de Aldur, alentados por el paladín, se enfrentaron valientemente a él, pero sus armas no parecían hacer mella en el engendro. Así que Aldur invocó el poder de Emmán y con un esfuerzo supremo consiguió asestar finalmente un golpe que hizo desvanecerse a la criatrua. Pero todo ello ya había llamado la atención del segundo lobo y del hechicero, que interrumpió la ceremonia que estaba llevando a cabo. Aldur dio la señal que había convenido previamente con sus cazadores, y tres de ellos salieron rápidamente de su escondite, lanzando una lluvia de flechas sobre el hechicero. Algunas de ellas alcanzaron a la figura desprevenida, que cayó al suelo sin estrépito. El segundo lobo fue un reto aún más duro que el anterior, y tres de los hombres de Aldur cayeron muertos uniéndose a uno que ya había matado el primer lobo; pero finalmente el paladín pudo abatirlo con uno de sus ataques sagrados. Corriendo todo lo deprisa que pudieron, cruzaron el río y descolgaron a los crucificados. Sin embargo, alguien en alguna parte dio la voz de alarma, y no pudieron continuar liberando prisioneros. El capitán Hárno reconoció entre los crucificados a lord Aryenn y su hijo, con lo que se dieron por satisfechos con recuperar al noble señor de Colina Roja y se retiraron mientras llegaba el contingente de Rheynald en su ayuda.

Los vestalenses no los siguieron, y a duras penas pudieron mantener con vida a lord Aryenn y los otros dos, pero finalmente llegaron al lugar donde les esperaban los Inmaculados para posteriormente salir del bosque, llegando a Jorwenn algo maltrechos. Allí se encontraron con los soldados que habían dejado y nuevos soldados del duque Elydann que habían acudido a la llamada de Aldur. Sin más contemplaciones, el paladín ordenó que los sacaran de la posada y los llevaran a Rheynald. En pocas horas avistaban por fin la fortaleza de lord Valeryan, mientras una comitiva de jinetes que lucía el estandarte real se cruzaba con ellos, viajando hacia el sureste.

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