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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 10

Hacia el enemigo (II)
La posada La Flor de Arena prometía descanso y buena comida para el grupo. El amable y orondo posadero y sus tres bellas y coquetas hijas contribuían a dar aquella sensación cuando Yuria, Aldur, Valeryan y sus hermanos juramentados pidieron algo de comer y de beber; aunque la única bebida alcohólica que vendían era cerveza de baja gradación, sería suficiente después del duro camino. Varias otras mesas estaban ocupadas, y el ambiente parecía distendido; aunque al identificarse como extranjeros tres comensales con hábitos negros sentados en otra mesa habían lanzado algunas miradas hacia ellos, pronto volvieron a centrar la atención en sus platos.

Las cosas cambiaron cuando unos minutos después, Daradoth y Symeon entraban en la taberna. El espigado elfo llamó instantáneamente la atención de los tres clérigos de túnicas oscuras, que también reconocieron a Symeon como errante a pesar del empeño con el que ambos trataban de pasar desapercibidos. El resto del grupo podía verlo todo desde su mesa, mientras Daradoth y Symeon se acodaban en la barra de la taberna. Momentos después, uno de los clérigos que Symeon ya había reconocido como Heraldos de Vestän (el equivalente a los inquisidores vestalenses) salío de la taberna, mientras los otros dos se dirigían a la barra, claramente a confrontar a los dos extraños. Nervioso por la línea que estaban tomando los acontecimientos, Valeryan trató de distraer la atención de todos, con un discurso acerca de las virtudes del vestalismo y el anuncio de la ceremonia de circuncisión que estaban a punto de llevar; al oír esto último, Daradoth y Symeon trataron de escabullirse, acercándose a la mesa de los demás y fingiendo interesarse por la ceremonia. Pero no tuvieron éxito, y los Heraldos se acercaron junto a ellos. Así se inició una tanda de preguntas acerca de la razón por la que estaban allí y de sus convicciones religiosas cuyas respuestas no les convencieron. La situación se iba haciendo cada vez más tensa, y estalló cuando el posadero rogó a los clérigos que dejaran en paz a sus clientes, que parecían unos buenos fieles vestalenses y habían venido en paz; al instante, uno de ellos se giró y estrelló el sello que llevaba en uno de sus dedos contra la cara del hombre, que cayó al suelo con una brecha en la frente. Aldur se levantó bruscamente, lo que asustó un poco a los clérigos, pero instado por Yuria, que fingía ser su esposa, volvió a sentarse con los puños crispados. El reconocimiento por parte de Symeon de no ser un converso fue la gota de colmó el vaso, al tener en cuenta el edicto de expulsión de extranjeros: los dos inquisidores instaron a Symeon y a Daradoth a acompañarles, y éstos así lo hicieron; pero antes de atravesar la puerta a través de la cual ya se oían ruidos de gente armada, Daradoth fingió un gran dolor y se abrió un poco la herida de la pierna, que comenzó a sangrar profusamente; esto provocó la indecisión en los vestalenses, que el grupo tuvo que aprovechar al instante.

Aldur agarró a uno de los clérigos clavándole una daga en la espalda, y con un fulgurante movimiento, Daradoth atacó al otro cercenando limpiamente su cuello; la gente empezó a gritar cuando la sangre empezó a manar a chorro desde el cuello del inquisidor decapitado. El posadero, con los ojos muy abiertos, empezó a gritar llamando a la guardia con lágrimas en sus ojos; lo apartaron sin muchos miramientos y se dirigieron a la parte trasera, a las cocinas, mientras las hijas del posadero acudían a ayudar a su padre. Unos minutos antes Yuria ya se había escabullido y salido de la posada por la trastienda en busca de los caballos, y el resto del grupo siguió sus pasos. En las cocinas se encontraron con la que debía ser la mujer del posadero, que salía en esos momentos hacia la sala común con un cuchillo de carnicero en la mano; a pesar de su corpulencia, la mujer no fue un obstáculo para Aldur, que de un empellón la arrojó contra una pared y sin más obstáculos alcanzaron el callejón trasero y rodearon la posada para llegar a los establos, donde Yuria ya tenía la mayoría de caballos preparados.

Su desconocimiento de la ciudad y los rodeos que tuvieron que dar para esquivar las patrullas en las calles les hicieron perder un tiempo precioso, de modo que cuando llegaron a la puerta Este, en ella ya se había reunido un pequeño pelotón de guardias que se había detenido el transito y se aprestaba a cerrar el rastrillo. Sin pensarlo más, cargaron viendo en aquel momento su última oportunidad de poder salir de la ciudad; con la primera carga varios de ellos pudieron pasar de largo y conseguir salir, pero Willedd y Yaronn no lo consiguieron y Valeryan no lo pensó dos veces a la hora de volver a por ellos, así que todos le siguieron de nuevo al combate, justo cuando veían que Yaronn caía malherido del caballo. Desdesperado, Valeryan luchó con denuedo por llegar junto a su amigo, y con la ayuda de Aldur consiguieron levantarlo del suelo y huir in extremis, cuando otro grupo de guardias ya disparaba sus ballestas contra ellos.

Por la noche, ante el aspecto de las heridas de Yaronn, el grupo decidió enviarlo de vuelta a Rheynald acompañado de Wyledd para recuperarse. Ambos se resistieron a volver, pero finalmente la cordura se impuso y se despidieron del grupo; viajarían de noche y evitarían a los extraños todo lo que pudieran.

Acto seguido, el grupo continuó su viaje, dirigiéndose hacia Esstalab, la que habría sido la primera etapa si Valeryan no hubiera insistido en pasar por Issakän. El noble decidió dejar la búsqueda de su medio hermano para un momento mejor, cuando la situación se hubiera calmado en la ciudad.

El segundo día de camino, Daradoth avistó de nuevo uno de los monstruosos cuervos negros y gracias a ello pudieron camuflarse y evitar su detección. Valeryan dio gracias por contar con un elfo en el grupo que era capaz de avistar a aquellos pájaros a tan larga distancia; quizá eso supusiera la diferencia entre la vida y la muerte durante el viaje.

A los pocos días llegaban a la vista de Esstalab. Ésta era una ciudad más pequeña que Issakän, sin murallas ni puertas vigiladas, con lo que no tuvieron mayor problema para pasar desapercibidos entre los viajeros e integrarse. Aldur levantaba miradas sorprendidas aquí y allá, pero nadie osó acercarse a interesarse por el gigantesco hombre de mirada torva y pelo rapado. Tras una breve negociación consiguieron vender sus caballos y comprar varios camellos que les vendrían muy bien para cruzar el desierto, y en un mercadillo local también pudieron hacerse con varias hierbas curativas y otras hierbas más extrañas que el matrimonio que las vendía tenía “sólo para clientes especiales”. Uno de los objetos que compraron fue una extraña flor en un recipiente de vidrio que tenía un aspecto sobrenatural; la vendedora no pudo decirles cuál era su efecto, pues no lo conocía , pero aún así la compraron, intrigados por el leve fulgor y calor que desprendía.

Después de Esstalab, se adentraron en el Mar Cambiante, el desierto que se interponía entre ellos y la siguiente ciudad, Edeshet. Los primeros días transcurrieron tranquilos, con un calor soportable y las molestias lógicas que sufrían por no estar acostumbrados a viajar a lomos de camellos.

El cuarto día se levantó un fuerte viento y al poco, lo que parecía ser una tempestad de arena avanzaba hacia ellos. Pero pronto se hizo evidente que no se trataba de una tormenta cualquiera: lo primero que sintieron fue un frío intensísimo, a todas luces sobrenatural, y cuando la tormenta les alcanzó también lo hizo una sensación de mareo que dejó a varios de ellos inconscientes. A medida que la tormenta rugía sobre ellos, sintieron que sus cabezas estallaban y todo se volvía negro como la más oscura cueva; los relámpagos restallaban a su alrededor, provocando que su vello se erizara y la arena se derritiera; únicamente Yuria soportaba la tormenta con estoicismo, mirando preocupada cómo sus compañeros salían y entraban de la inconsciencia a intervalos, desenterrándolos para que no se asfixiaran cuando quedaban inconscientes. Tras lo que pareció una eternidad, finalmente la tormenta pasó de largo, dejándolos extenuados, pero vivos al menos; los camellos estaban casi completamente enterrados en arena, pero habían resistido bien, con lo que tras descansar unas horas y recuperarse pudieron continuar su camino. No sin preocupación por lo que fuera aquello que les había pasado por encima.

Tras un par de jornadas más, llegaban por fin al punto donde debía encontrarse el oasis que los mapas de Demetrius marcaban y donde debían aprovisionarse de agua y descansar para continuar camino, pero una nueva sorpresa les aguardaba: el oasis no estaba, y todo lo que veían era arena. ¿Era posible que hubiera sido sepultado por las fuertes tormentas?...

viernes, 7 de noviembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 9

Hacia el enemigo
La noche anterior a la marcha hacia el corazón del Imperio Vestalense, Valeryan reveló al resto del grupo su intención de detenerse en la ciudad de Issakän. El juramento que había hecho a su padre en su lecho de muerte le obligaba a detenerse en la ciudad y buscar a su presunto hermano; dejó claro que no quería obligar a nadie a acompañarle, y dio a los demás la opción de esperarle o continuar viaje sin él, pero nadie quiso dejar a Valeryan a su suerte, e insistieron en ayudarle. Issakän se encontraba a apenas ochenta kilómetros de Rheynald, y el desvío que necesitarían hacer no les apartaría mucho de su camino.

Al amanecer, la pintoresca compañía compuesta por Valeryan, Symeon, Daradoth, Yuria, Aldur, Faewald, Yaronn y Wylledd se despedía de sus seres queridos. Symeon se había despedido de Azalea y Ravros la noche anterior; Valeryan se abrazaba a su madre, lady Edith, y a su hermana, Juwyth, prometiéndoles que tendría cuidado y volvería. Lady Edith le transmitió sus dudas acerca del duque y lo poco que se fiaba de su liderazgo. Valeryan le prometió volver lo antes posible. Aldur se despidió de Podrido, que acudió corriendo en cuanto se enteró de que el paladín se marchaba; el enorme hombre prometió que cuando volviera haría a Aldric su escudero y no consentiría que nadie más lo llamara “podrido”. Para confirmar sus esperanzas, Aldur pudo percibir un aura alrededor del muchacho que revelaba el potencial que tenía. Yuria bajó una vez más a los calabozos para dar las últimas instruccinoes del desescombro y despedirse de Toldric. Éste se apenó sobremanera cuando se enteró de la partida de la mujer, y le rogó que tuviera cuidado y volviera pronto; durante un momento, se quedó en total silencio, silencio que coincidió con un breve mareo de Yuria. Acto seguido, lo que dijo sorprendió a la ercestre: Toldric le dijo que si en algún momento encontraba a una mujer de pelo negro y liso hasta la cintura, de ojos verdes y labios carnosos debía huir de ella rápida como el viento. Intrigada por sus palabras, Yuria quiso saber más; Toldric le reveló que a veces veía cosas alrededor de las personas, la mayor parte de las veces cosas que podían ponerlas en peligro, y que desde pequeño lo había ocultado; pero Yuria había sido tan amable con él que sabía que podía confiar en ella. Tomando buena nota mental de las palabras de Toldric, la militar se despidió amablemente de él. Más tarde, durante el viaje, Yuria compartiría la advertencia de Toldric con Daradoth, pero éste se mostró algo escéptico, afirmando que no había que creer todo lo que decía la gente; aun así, Yuria estaría muy atenta por si aparecía la mujer contra la que el deforme carcelero la había advertido…

Pronto, el grupo salía de territorio esthalio más allá del bastión sur, con la intención de evitar a los ejércitos acampados al otro lado del muro. Las tropas vestalenses no supusieron un obstáculo, y pronto llegaban a las inmediaciones de Sar’Edeafar; allí comenzaron a avistar puntos negros en lo alto que delataban a los enormes cuervos que ya habían visto en Rheynald. Intentaron mantenerse a cubierto de la vista de aquellos engendros, pero el terreno semidesértico no hacía que fuera una tarea fácil. A las pocas horas de dejar atrás Sar’Edeafar comenzó a atardecer; se encontraban ya cerca de Issakän, pero no querían llegar de noche, así que tras encontrar un sitio adecuado para acampar, pasaron la noche al raso.

Despertaron con el alba y desayunaron carne seca, pan y algo de queso. Ya se aprestaban a retomar el camino cuando una sombra recortándose contra el sol naciente llamó su atención: uno de los enormes cuervos descendía hacia donde se encontraban, haciéndose cada vez más enorme y revelando una envergadura de alas de al menos veinte metros. Los ojos del cuervo brillaban rojos como ascuas, las garras de sus patas parecían fuertes como el diamante, y las álulas estaban sobrenaturalmente hiperdesarrolladas resultando en espolones de aspecto amenazador. Tres jinetes montaban el enorme animal, dos de ellos armados con ballestas. Cuando el pájaro se posó a unos metros frente a ellos, varios componentes del grupo ya estaban paralizados por el terror que sentían; Daradoth fue especialmente afectado, aunque se sobrepondría más tarde. Al posarse, dos de los jinetes, vestidos como vestalenses, pusieron pie en tierra armados con ballestas, mientras el tercero, también vestido como vestalense pero con un corte de pelo estrafalario y extraños tatuajes en las partes visibles de su piel, se quedaba en el lomo; al parecer, este último era el encargado de dirigir al pájaron en su vuelo; sin embargo, no se veían riendas ni arreos de ningún tipo que le permitieran dicho control.

El grupo fue instado a tirar las armas y sobresaltados por un agudo grito del enorme cuervo así lo hicieron. Acto seguido procedieron a un breve interrogatorio, interesándose por la procedencia y el destino del grupo. Valeryan y Symeon intentaron convencerlos de que no eran sino peregrinos conversos que se dirigían a ver los Santuarios. Pero las explicaciones no convencieron a los exploradores vestalenses, que miraron hacia atrás haciendo un gesto. En ese momento, un fuerte ruido sobresaltó a todos, y uno de los ballesteros se dobló de dolor; Yuria le había disparado con uno de sus extraños artilugios, que ella llamaba “pistolas”. Todos reaccionaron, y se entabló un breve pero sangriento combate: mientras Valeryan y Aldur daban cuenta de los ballesteros, Daradoth realizaba un salto increíble alcanzando una altura de unos cinco metros, buscando derribar al jinete del cuervo. Éste extendió su mano y una descarga eléctrica pasó rozando al elfo, poniéndole los pelos de punta. Con un fluido movimiento, el brazo del jinete fue cercenado por la espada larga de Daradoth, y al instante caía inconsciente al suelo. No obstante, el cuervo tuvo tiempo de revolverse y clavar su pico en el elfo, provocándole una fea herida en el muslo que lo dejaría renqueante durante los siguientes días. Afortunadamente, sin la guía del jinete, el enorme animal remontó el vuelo y desapareció en el horizonte.

Consiguieron capturar vivo a uno de los ballesteros con la intención de sacarle información. Sin embargo, después de un violento interrogatorio no pudo o no quiso darles la información que pretendían, ante lo cual, Valeryan estimó que lo mejor sería quitarle la vida. Algunos de los demás, sobre todo Symeon, se mostraron en desacuerdo con aquella decisión, pero la resolución de Valeryan era firme y el vestalense fue asesinado rápidamente.

Al poco rato, estructurados en dos grupos, llegaban a las puertas de Issakän, una ciudad de unos sesenta mil habitantes, amurallada y muy transitada. Daradoth y Symeon integraban el primer grupo y pudieron acceder sin problemas a la ciudad. Sin embargo, el segundo grupo integrado por los otros seis, fue detenido por los guardias. Justo cuando las preguntas comenzaban a volverse muy comprometidas, el grupo tuvo la suerte de la aparición de un clérigo, el padre Khemel, que se encontraba en los alrededores y había sido convencido por las explicaciones de Valeryan de que eran recién conversos en peregrinaje a Creá. Khemel habló en favor del grupo ante los guardias, instándoles a respetar a todos los fieles vestalenses (aquí el adiestramiento que Symeon había impartido al resto en materia de costumbres vestalenses se reveló fundamental) y más aún a los recién conversos a su Fe. Tras franquearles el paso a la ciudad, el padre les preguntó si ya habían sido circuncidados, como muestra definitiva de su conversión. Ante las respuestas negativas, Khemel se ofreció a llevar a cabo él mismo la ceremonia, si así lo deseaban; tras recomendarles una buena posada, los citó en una de las mezquitas de Issakän para concretar detalles y adiestrarlos en la fe, tras lo cual se despidió de ellos. Valeryan respiró aliviado; por fin se encontraban entre los muros de Issakän y podría comenzar su búsqueda.