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lunes, 21 de diciembre de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 30

Hacia el norte

El camino hacia Irpah
Era urgente que tomaran una decisión, pues no podían quedarse donde estaban indefinidamente. Haciendo unos cálculos a ojo de buen cubero, Symeon estimó que si se dirigían hacia el norte, tendrían por delante un viaje de aproximadamente mes y medio a pie sobre un camino de calidad irregular hasta el inicio del valle que daba acceso a la Quebrada de Irpah, donde esperaban poder burlar la vigilancia vestalense de la fortaleza de Sar’Sajari y encontrarse con los ejércitos del Pacto de los Seis. Ya sin esperanzas de reunirse con Meravor y su troupe, no lo postergaron más y partieron al día siguiente, a pie y con las mulas cargadas con la impedimenta.

El camino hacia el norte era con diferencia el menos transitado de los que salían de Creá, y aunque se cruzaron con varios grupos de viajeros e incluso de soldados, no tuvieron problemas durante las primeras jornadas. Al inicio de la tercera jornada llegaban a la primera aldea a la vera del camino, a cuya altura se había establecido un control del ejército vestalense. Sin apenas tiempo de discutir, Yuria se alejó del camino junto a Sharëd tratando de rodear el control, Daradoth decidió esconderse y utilizar sus habilidades de subterfugio para franquear el paso sin ser visto y los demás continuaron por el camino. Una providencial sombra recortada contra el sol [punto de destino para evitar la horrible muerte de Yuria y Sharëd] puso al grupo sobre aviso de la presencia de los horribles Corvax en las inmediaciones. Tras unos minutos de una tensión casi insoportable, el enorme pájaro acabó alejándose y pudieron atravesar el control.

Symeon, Taheem y Galad, mientras tanto, decidieron entrar en la aldea para ver si podían conseguir suministros. En el pueblo se alzaba un campamento de “refugiados”, gente aterrorizada por la muerte de su Mesías y que había encontrado allí un descanso a manos de un grupo clérigos vestalenses. Además, pudieron conversar con un buhonero que había agotado ya prácticamente sus existencias, pero que les habló de lo horrible que había sido la situación en Creá, con centenares, si no miles, de personas suicidándose en los acantilados de la parte norte de los Santuarios. El viejo comerciante también les comentó el caos que se había apoderado de los alrededores de la ciudad en los días siguientes a la caída; aquella aldea sería pasto de disturbios si no fuera por los militares vestalenses, que habían conseguido imponer la paz. Lo más sorprendente fue que también les dio algo de información sobre los ástaros que habían huido de Creá; según lo que se comentaba, habían dado caza a aquellos traidores en las granjas que quedaban a unas pocas horas hacia el sur, incendiando un par de ellas en el proceso; habían descubierto a varios elfos acompañando a los soldados, y todavía se estaban llevando a cabo batidas para encontrar a los supervivientes. Aquella debía de ser la razón por la que la zona era sobrevolada por los grandes cuervos negros. La noticia dejó helados a los compañeros.

Horas más tarde continuaron su periplo hacia el norte. El buhonero también les había advertido del estado del camino entre un par de puntos, así que intentaron apresurarse en los tramos que se conservaban mejor.

La quinta jornada, con el camino ya casi despejado de viajeros, pudieron oír claramente los cascos de un numeroso grupo de caballos. Bajaron la cabeza y se apartaron a la vera del camino para dejar pasar a una docena de jinetes encabezados por un Inquisidor con paso apresurado. Apenas repararon en ellos. Dos jornadas más tarde, una columna de unos dos centenares de jinetes apareció desde el sur. Al frente de la columna podían verse varios oficiales, un Inquisidor, un Guardián del Paraíso (los clérigos fanáticos del Ra’Akarah) y la sombra de uno de los Susurros. Volvieron a salir del camino, esta vez escondiéndose tras una pequeña arboleda de encinas.

Poco después llegaban a la segunda aldea del camino, con el preceptivo control militar, un poco menos numeroso que el anterior. Volvieron a repetir la operación, con Daradoth rodeando el control; aunque habían tomado precauciones, el día era nublado y un enorme Corvax apareció de repente sobre el elfo. Éste desenvainó su espada, seguro de que el animal y sus jinetes lo habían avistado, preparado para ejecutar uno de sus hechizos; pero para su sorpresa (y gran alivio), tras dar un par de giros sobre su posición, el ave se elevó de nuevo sobre las nubes y no volvió a aparecer.

La tarde del noveno día llegaban a la vista de Feravah, una de las residencias del badir de Ahgherek. Feravah no era en absoluto una aldea, sino una pequeña ciudad, que se extendía desde la falda de las colinas al este del camino hasta varios centenares de metros al oeste. En lo más alto se podía distinguir la casa solariega del badir, una pequeña fortaleza, con varios pendones ondeando. A los pocos minutos, uno de los enormes pájaros negros aparecía desde el sur y aterrizaba en la fortaleza o sus inmediaciones. El control a la entrada de la ciudad fue bastante intenso, y Daradoth, como siempre, lo evitó dando un rodeo antes de ser advertido. No debían de llegar muchos viajeros desde Creá, como ya suponían, y los guardias les pidieron noticias de Creá y la situación. El grupo les hizo creer que eran peregrinos de camino hacia Mrísta, y que hacía muchos días que habían abandonado Creá. Poco después conseguían alojarse en una discreta posada con unos precios desorbitados, y con esfuerzo hacerse con cuatro caballos percherones, forraje y comida. No hubo manera de encontrar un carro, pero dado el precio al que les cobraron los viejos caballos y el forraje, no sabían si habrían podido permitirse comprar uno. Mientras se encontraban negociando por los caballos, algo llamó la atención del grupo (y de media ciudad): tres Corvax alzaban vuelo desde algún lugar cercano a la casa solariega del badir y emprendían vuelo hacia el sur. Symeon pudo escuchar cómo el comerciante susurraba: “por fin se marchan”.

Por la noche, en la posada, Symeon y Galad tuvieron un extraño sueño. En sus respectivas ensoñaciones, se encontraban en una gran plaza desconocida, rodeados de una enorme multitud bajo un cielo nublado. De repente, la multitud se giró para mirarlol, aterradoramente sincronizada, y el cielo se despejó total e instantáneamente. Una sensación extraña sacudió sus cuerpos y al punto despertaron, aturdidos. Desde luego, aquello no podía ser algo natural, y ambos compartieron todos los detalles en busca de alguna cosa que explicara el hecho, sin éxito.

Continuaron el camino durante varias jornadas, y una de las noches en la que dormían al raso, todos compartieron el mismo sueño. Se encontraban en medio de una multitud que aclamaba al Ra’Akarah a plena luz del día; de súbito, la multitud se giraba a mirarlos, silenciosa y amenazante y el claro día se convertía en la más oscura de las noches. La turba gritó, con una voz estruendosa que los aplastó como un alud: “¡La cosa no va a quedar así! ¡Os odio profundamente! ¡Os atraparé en vuestros sueños!”. La multitud se abalanzó sobre ellos, atrapándolos; por suerte, las habilidades de Symeon en el Mundo Onírico le permitieron despertar del trance y, aunque aturdido, consiguió despertar también al resto del grupo, algunos de los cuales sufrían ya un dolor incómodo que les hacía torcer el gesto.

Yuria fue la que mejor reaccionó al despertar, y la primera que notó la suave brisa que procedía del oeste. Mirando con más atención, se le encogió el ánimo; en lontananza podía divisar la formación de una tormenta oscura como la que les habían aquejado en su viaje a través del Imperio. Se apresuró a avisar al resto, que recogieron rápidamente y pusieron en marcha a las mulas. Por suerte, la tormenta no parecía moverse hacia ellos y pudieron alejarse sin más problemas. Al cabo de aproximadamente una hora, en vista de que la tormenta no se aproximaba, decidieron hacer otro alto para poder dormir las horas de sueño que les quedaban mientras Daradoth hacía guardia; al poco rato, la brisa volvía a levantarse, y el elfo notaba sin duda que la tormenta se acercaba; despertó a todo el mundo de nuevo y se pusieron en marcha. Una vez en pie y moviéndose, volvieron a dejar a la tormenta atrás sin más problemas.

Un par de jornadas más tarde, llegaban a la vista de otra aldea. Esta vez no tuvieron problemas, pues la aldea no estaba sólo desierta, sino también quemada. Y se veían piras en una explanada cercana. Al acercarse vieron que, efectivamente, se había despejado un amplio terreno para dar cabida a varias docenas de piras donde se había quemado a gente, y Symeon hizo notar que estaban dispuestas siguiendo el patrón de una estrella de once puntas. Como bien sabía Daradoth, el número once era un número muy relacionado con la Sombra: once kaloriones, cada uno con once Apóstoles, los once rostros de Kôrvegar y las once Sendas Oscuras… invocando la protección de Ammarië, el elfo se unió al resto del grupo, que había descubierto una especie de círculo o quizá de espiral trazada en el centro de la explanada, ya medio borrada.

Tres días más tarde, la escena se repetía en una nueva aldea sembrada también de piras siguiendo el diseño de la estrella de once puntas. La diferencia era que cerca de las piras se había producido sin duda un combate: una multitud de buitres y de cuervos señalaba una concentración de cadáveres de vestalenses y de algunos clérigos; y además, un Corvax y un par de sus jinetes yacían inertes y medio devorados. Según Yuria, era evidente que allí se había producido un enfrentamiento entre los Corvax y los soldados vestalenses; el cuerpo del gran pájaro se encontraba atravesado por multitud de saetas y algunos vestalenses lucían heridas causadas por su pico o sus garras; además había evidencias claras de que en el combate habían participado varios de los ingentes cuervos. Aquello debían de ser buenas noticias.. ¿o no?

Varios días después, por la noche, volvieron a compartir el mismo sueño de la multitud. En esa ocasión, a Symeon le costó un poco más despertarlos, y además se había vuelto a comenzar a formar la tormenta oscura… El errante comenzaba a temer que los estuvieran acechando a través del Mundo Onírico, y que las tormentas se formaran cuando los encontraban, y así transmitió sus sospechas al resto. Deberían vigilar su sueño a partir de entonces.

Pocos días después, a media tarde, ya con el camino despejado de viajeros, con los que se cruzaban sólo un par de veces al día, pudieron ver el humo de varias fogatas. Los árboles eran más tupidos a los lados del camino, así que Symeon se acercó subrepticiamente. Evitando la vigilancia de un hombre que se encontraba en lo alto de un árbol armado con un arco corto, llegó a la vista de un pequeño campamento, con varias tiendas, donde algunos niños jugaban en los alrededores, mujeres se encontraban despedazando conejos y varios hombres reparaban la rueda de un carro. El errante volvió junto al resto del grupo y les explicó lo que había visto. Pero no les dio tiempo a decidir qué hacer, pues al punto comenzaron a oír cascos de caballos, y por uno de los promontorios lejanos apareció la vanguardia de una larga columna de jinetes. Saliendo rápidamente del camino se camuflaron entre la vegetación y al poco podían avistar que, procedente del sur, se acercaba al menos una división de caballería y otra de infantería vestalense. Un pequeño ejército. Los estandartes anunciaban a todas luces que el hombre musculoso y bien parecido que guiaba la columna debía de ser el badir de Ahgherek; además de por guardias y oficiales, iba acompañado de un grupo de hombres muy pálidos entre los que se encontraba el anciano calvo que acompañaba al Ra’Akarah a su llegada a Creá (y que había intentado maldecir, o algo parecido, a Galad en los jardines de los Santurarios). También iban en la columna un grupo de inquisidores, varios clérigos y un grupo de miembros del Fuego Purificador. Otra cosa que llamó la atención del grupo fue que, más o menos en el centro del contingente viajaban varios vagones cerrados fuertemente custodiados.

jueves, 22 de octubre de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 29

Fango y fuego. Anhelando el retorno.

Ni mucho menos se encontraban a salvo todavía. Los maleantes les habían ayudado a salir de Creá, pero ahora se encontraban en campo abierto rodeados de miles de kilómetros de enemigos. Y la búsqueda de los herejes que habían asesinado al Ra’Akarah se había puesto en marcha. Normalmente, dada la distancia a la que se encontaban del núcleo urbano de Creá, no les había supuesto mucho esfuerzo pasar desapercibidos y alejarse sin problemas; pero estas ilusiones dieron al traste en cuanto vieron aparecer el primer Corvax (uno de los enormes pájaros de ojos rojos y garras como cuchillas que cabalgaban los hechiceros extranjeros) a no mucha altura sobre ellos.

Pronto apareció el segundo monstruo volador, y no tuvieron más remedio que permanecer ocultos en la vegetación de las marismas hasta la caída de la noche. Incluso en alguna ocasión tuvieron que sumergirse en las enfangadas aguas, al creer que habían sido avistados. Sin embargo, algo sí debieron de divisar los enemigos, porque a las pocas horas, el olor a humo los alertó; los vestalenses estaban prendiendo fuego a la vegetación para, aparentemente, hacer salir de las marismas a posibles fugitivos. Esto los decidió a ponerse en marcha de nuevo, agotados, empapados, picados por sanguijuelas y mosquitos y con barro hasta en los rincones más recónditos de sus cuerpos. Una noche y un día enteros pasaron en las marismas huyendo de los vestalenses, los cuervos y algún que otro susurro que Symeon pudo detectar a tiempo; Gedastos fue picado en la mano por un escorpión, y tuvieron que hacerle una cura de urgencia. Por fin, la segunda noche salieron de las marismas depués de haber dado un gran rodeo y Daradoth los guió hacia la calzada sur, mientras intentaban librarse del barro seco y la humedad. Multitud de perros se oían aquí y allá, y por fin se integraron en el gentío; una multitud numerosa salía de Creá, después de haber visto frustrado su sueño de conocer al Ra’Akarah; en ocasiones se podían ver cuerpos tumbados que no supieron distinguir si dormían o habían perdido la vida. La calzada estaba flanqueada pro guardias a intervalos irregulares, y pudieron ver cómo un grupo de éstos interrogaba violentamente a un puñado de viajeros, derivando pronto en golpes y amenazas. Esquivando a las patrullas montadas, consiguieron atravesar la calzada y dirigirse hacia el noroeste, hacia el pueblo de Shaïr, para intentar hacerse con algunos camellos y luego partir hacia Esthalia.

Tras dos jornadas de camino llegaban al pueblo, que para su frustración se encontraba ya fuertemente vigilado, con guardias que interrogaban a los sospechosos en el camino que lo atravesaba. Sólo Taheem y Sharëd entraron para conseguir comida y transporte. Al cabo de un par de horas se reunieron de nuevo con el grupo, con cara de frustración. No habían podido conseguir ni un solo camello, pues la demanda era tal que había acabado con las existencias, y la comida estaba controlada y a precios prohibitivos, aunque habían conseguido suministros para varias jornadas. Pero a todas luces insuficiente; andando y con la comida (y sobre todo, la escasa agua) de la que disponían era imposible que encararan el viaje al oeste con garantías si no viajaban por las rutas principales.

Decidieron buscar una ruta alternativa y dirigirse hacia la calzada norte, un camino más modesto y peor conservado, donde esperaban poder encontrarse con Meravor, la compañía y los niños que Symeon había puesto bajo su custodia. Una vez allí, preguntaron a los lugareños si habían visto pasar un circo, pero al parecer nadie había visto ni rastro de él. Sin embargo, después de muchos intentos infructuosos, un viajero que abandonaba Creá les dijo que estaba convencido de que el circo había salido de la ciudad por la salida sur. Todos se miraron, preocupados, ya que Meravor les había asegurado que su intención era partir hacia el norte.

Ante el bloqueo de todas sus posibilidades, decidieron enviar a Symeon de nuevo a Creá para intentar conseguir monturas y comida. Tras muchas dificultades, negociaciones estériles y pagos descabellados, Symeon consiguió comprar bastante comida y una reata de cuatro mulas. Dadas las circunstancias, no estaba nada mal. Durante su estancia en la ciudad, el errante también se había enterado de que el Shaikh y el Sumo Vicario habían unido fuerzas en la búsqueda de los terroristas que habían atentado contra el Mesías, y que muchísima gente (familias enteras) se había suicidado después de los acontecimientos. No obstante, once días habían pasado ya desde el ataque al Ra’Akarah, y la situación parecía haberse calmado un poco.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 28

Huida de Creá
Los ástaros del Pacto de los Seis, con ayuda de los cuatro elfos enviados de Doranna, habían conseguido establecer un débil perímetro de seguridad alrededor del púlpito y de la puerta anexa a la puerta principal de los Santuarios. Pero su resistencia no podría durar mucho tiempo, pues pronto empezó a caer una lluvia de pivotes de ballesta sobre ellos y sobre los personajes, y los Susurros restantes comenzaron a causar estragos en sus filas. Los Guardianes del Paraíso, los guerreros más fanáticos, tardaron sólo un par de minutos en organizarse para atacar también a los ástaros con todas sus fuerzas; las filas de los altos hombres se estremecieron por un instante, pero no cedieron.

En lo alto de la muralla, sobre el púlpito, se encontraban Daradoth, Symeon y Taheem mientras Galad corría escaleras arriba, agotado por el esfuerzo de la canalización del poder de Emmán. La esposa del Supremo Badir rompió a llorar, cayendo en los brazos del orondo hombre, que miraba aterrado a los Symeon y los demás mientras se ponía a cubierto de la lluvia de flechas que por fortuna para él empezó a caer evitando cualquier daño ulterior. Mientras huían encontrándose con Galad, Daradoth consiguió dirigir algunas palabras al dirigente vestalense: “procurad no tomar represalias, aliado de la Sombra”—dijo con mirada torva.

Presas del cansancio, bajaron las escaleras esquivando como pudieron la lluvia de proyectiles, que comenzaba a diezmar las filas de los ástaros. Uno de los elfos, el llamado Bauglas, cayó bajo una hoja que pareció salir de la nada: uno de los Susurros había acabado con su vida.

Lo más aterrador fue que, mientras los personajes bajaban por la escalera llena heridos y resbaladizos proyectiles, se comenzó a oír un cántico ominoso y potente, en una lengua que a Galad le sonaba de cuando los dos individuos pálidos habían intentado maldecirlo (o algo parecido) en los jardines de los Santuarios. El aire se llenó de electricidad estática que les erizó el vello, y una especie de hendidura oscura se comenzó a formar encima de la fuente que dominaba la escena. Aquello tenía muy mala pinta, había que salir de allí cuanto antes. Uno de los elfos intentó lanzar algo (probablemente uno de sus hechizos) hacia lo que suponían que era un portal, pero su rostro mudó en una expresión de desconcierto cuando lo que fuera que quería llevar a cabo no funcionó como esperaba.

Agónicamente, abriéndose paso a empellones, finalmente consiguieron llegar a la puerta que permitía el acceso al exterior. Los ástaros, disciplinados, mantenían a raya a los enemigos mientras el Mediador seguía observándolo todo desde la torre donde se encontraba, impertérrito.

Fuera, la multitud todavía se hallaba bajo los efectos de la influencia de Meravor, por suerte. Pero el dueño del circo no podía más: su rostro estaba crispado, y sus venas hinchadas como cables. Galad puso una mano en su hombro y su tensión se relajó, dejando aparecer la fatiga en su rostro. La masa reunida no tardaría en reaccionar, debían darse prisa. En cuestión de segundos debieron decidir su siguiente paso; no seguirían en la compañía de los ástaros, que partieron hacia el norte, hacia su campamento. Ellos se dirigieron hacia el circo junto a Meravor, donde habían quedado en encontrarse con Yuria y los demás.

Mientras bajaban las Escaleras del Cielo, se encontraron con la delegación de los Príncipes Comerciantes y lady Ilaith los detuvo, preguntándoles por Yuria; ellos respondieron apresuradamente que en esos momentos acudían a reunirse con ella, con lo que la Princesa decidió acompañarles, separándose del resto de la delegación. Sin embargo, la huida de los Santuarios no había acabado: Daradoth y Galad cayeron inconscientes, dormidos. Algo los había afectado desde el Mundo Onírico; Galad entró simplemente en un sueño forzado, pero Daradoth se vio a sí mismo en la Realidad del Sueño, rodeado de varias figuras sombrías y amenazantes. “¡Malditos! Os mataré a todos, y empezaré por ti”—dijo con una voz polifónica la figura en penumbra más poderosa. Acto seguido, la figura cogió al yo onírico de Daradoth como a un pelele, y éste empezó a sentir un frío y un dolor intensos; en el mundo real, su cuerpo se estremecía y su nariz sangraba; para preocupación de todos sus compañeros.

Entendiendo por fin lo que sucedía, Symeon entró al Mundo Onírico haciendo uso de toda su capacidad de concentración para dormirse rápidamente. Ilaith miraba a unos y otros, sin comprender del todo lo que sucedía, pero atenta con sus hombres ante posibles ataques. El errante entró al Mundo Onírico de espaldas a la imagen de la Pirámide que se alzaba en el lugar de los Santuarios, para evitar que le afectara; ante sí, no muy lejos, podía ver las imágenes oníricas normales y algo fuera de lo común: una especie de área de oscuridad dentro de la cual sin duda detectaba la presencia atormentada de Daradoth. Intentó traer al elfo hacia sí haciendo uso de lo mejor de sus habilidades, pero sin éxito; desesperado, decidió hacer desvanecerse la “burbuja” de oscuridad, y esto sí fue capaz de conseguirlo. Afortunadamente para Daradoth, pues al desaparecer la oscuridad, el fulgor de la pirámide afectó profundamente a las figuras envueltas en penumbra que aparecieron, una de ellas levantando al elfo con un zarcillo que tiraba de su cuello; las figuras menores desaparecieron casi al instante, barridas por la luz; la que sostenía a Daradoth aguantó algo más, pero la penumbra que la rodeaba fue “barrida” por el resplandor y soltó al elfo. Sin la penumbra, se reveló su verdadera naturaleza: apareció la imagen onírica de una mujer bellísima, turbadora, con el pelo negro hasta la cintura y unos ojos violeta que parecían taladrar la mente de Symeon, hacia quien se volvió; el errante se estremeció ante la belleza de la mujer, y avanzó hacia ella, como si se hubiera enamorado al instante. Sin embargo, la bellísima figura no pudo aguantar la fuerza de la luz de la pirámide, y en cuestión de segundos desapareció. Symeon recuperó sin tardanza el ser onírico de Daradoth e hizo despertar a ambos con un esfuerzo que acabó con sus reservas de fatiga. Ya en el mundo real, Galad pudo hacer uso de sus poderes para mejorar algo el estado de Daradoth; recuperados y alejados ya del grueso de la multitud, se apresuraron a llegar al circo.

Allí les esperaba Yuria junto a Faewald, Sharëd, Torgen y Gedastos. Después de tratar a Daradoth y a Taheem (el vestalense había sufrido una grave herida en un brazo al ser atacado por un Susurro durante la huida de los Santuarios) con las diversas hierbas curativas que llevaban encima, tomó la palabra Ilaith. La Princesa se presentó como era debido, mostrando su interés por la presencia de Daradoth y Symeon junto a los que ella consideraba sus “futuros protegidos”. Insistió una vez más en que la acompañaran hasta sus tierras, donde servirían junto a los mejores por la causa de la Luz, donde tendrían todos los medios a su alcance (en clara alusión a los proyectos de Yuria), y riquezas más allá de cualquiera de sus expectativas.

Sin embargo, el rostro de la princesa fue mudando de la confianza a la incredulidad y luego a la indignación cuando su propuesta fue rechazada por enésima y, seguramente, definitiva vez. Sobre todo la ofendió la enconada y no muy educada resistencia de Daradoth a la posibilidad de ponerse a su servicio. Dirigiéndose especialmente a Yuria, Ilaith expresó su deseo de que sus caminos no volvieran a cruzarse nunca, y partió con sus acompañantes sin mirar atrás.

Symeon dejó a los niños que tenía a sus órdenes con Meravor, que expresó su deseo de dirigirse hacia el norte, hacia la Región del Pacto, y el grupo partió a los bajos fondos, en busca de los contactos que el errante había hecho y que en teoría les ayudarían a salir de forma discreta y segura de la ciudad. Hombres desconocidos los condujeron desde el punto de encuentro a través de callejuelas y después a través de galerías subterráneas que como pronto averiguaron, correspondían a la antigua ciudad sermia, sepultada bajo la nueva ciudad vestalense. De forma imprevista, en una de las cámaras subterráneas les esperaba una pequeña multitud de ladrones encabezados por el líder de todos ellos, que llevaba una capucha ocultando su rostro al igual que en la ocasión anterior en que Symeon lo había visto. Muchos de los maleantes no estaban contentos con lo que había sucedido en la ciudad, y exigieron un pago extra que finalmente el grupo aceptó pagar.

Sin más contratiempos, salieron a través de un túnel a las marismas al sureste de la ciudad, que atravesaron en un bote, poniéndose relativamente a salvo a varios kilómetros de distancia.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 27

Éxtasis y Ruptura
Otra de las cosas de las que fue testigo Galad durante el encuentro del Ra’Akarah con las fuerzas vivas de la ciudad fue la presentación que el Mesías hizo de sus apóstoles: entre ellos se contaban Alenius Exardas, un anciano viejo y muy pálido; algunos de los miembros de los clérigos vestidos de negro y algunos de los que lucían llamas en sus ropajes.

Poco después el enviado de Vestán comenzaba a convocar a su presencia en la Basílica a las delegaciones reunidas en Creá. Primero fue el turno de los páctiros, tras los que fueron convocados los Príncipes Comerciantes. Antes de acudir a la Basílica, Ilaith comunicó a Yuria y a Galad su deseo de que fueran parte de la comitiva que la acompañaría a presencia del Ra’Akarah. Ante tal oportunidad, no pudieron negarse, y a los pocos minutos ambos entraban a la Basílica formando parte de la compañía de los Príncipes. Galad notaba la tensión entre Progeryon y el resto de sus compatriotas, y eso le preocupaba. Sin embargo, nada malo sucedió durante el encuentro. El mesías vestalense se encontraba junto a varios de sus apóstoles, algunos Susurros, el Supremo Badir (que dormitaba a ratos) y la esposa de éste en el ábside de la Basílica, ante el altar de Vestán. Alto, bien parecido, con una barba untada perfectamente recortada, musculoso y orgulloso sin duda cumplía con todas las expectativas que los vestalenses esperaban de él; la reunión discurrió por unos cauces de cordialidad que sorprendieron a todos, y no hubo lugar a que Progeryon expresara su descontento, por suerte.

Ya estaban a punto de despedirse cuando el Ra’Akarah reclamó la atención de Ilaith y Galad, mirando fijamente a éste. Con un semblante más serio, expresó su deseo de que Galad permaneciera un poco más en su presencia, despidiendo a los demás; el paladín rebulló, nervioso. La subsiguiente conversación con el Mesías fue críptica y de segundas intenciones; el vestalense interrogó a Galad varias veces por las verdaderas razones de su presencia allí, hasta que para sorpresa del paladín, el Ra’Akarah le “hizo el honor” de ser elegido personalmente por él para ser miembro de sus Guardianes del Paraíso, su guardia de élite personal. Algo había visto el Mesías en él, pero Galad no era capaz de adivinar qué. A continuación, Galad fue conducido por uno de los Guardianes a sus cuarteles, en uno de los edificios anexos al monasterio.

Después de los Príncipes Comerciantes, el Ra’Akarah recibió a los ercestres, después a los varlagh y finalmente al resto de delegaciones menores o personas influyentes. Acto seguido recibió por segunda vez al Pacto de los Seis, y después por fin le llegó el turno a Daradoth.

La sensación de Daradoth hacia el Mesías fue muy parecida a la que había tenido Galad. Éste incluso le llamó Primero Nacido, una expresión que hacía siglos que no se utilizaba para referirse a los elfos. Tras las presentaciones pertinentes, pasaron a asuntos más comprometidos, y a la pregunta de si era un buen vestalense, el elfo no respondió lo que el Ra’Akarah esperaba oír; Daradoth notó entonces cómo era presa de los efectos de un hechizo, mientras el vestalense lo intimidaba; no pudo evitar decir la verdad a sus preguntas: entre balbuceos, admitió no ser un vestalense convencido, y una vez desmontada su careta, alguien le hizo perder el conocimiento, también con medios sobrenaturales.

De vuelta en la mansión del shaikh, Ilaith confió a Yuria su preocupación por la ausencia de Galad. Yuria también mostró su preocupación, y más convencida como estaba de que el Ra’Akarah era un servidor de la Sombra; volvió a insistir sobre el tema a Ilaith, que asintió ante lo que la ercestre le decía.

Symeon se enteró por la noche gracias a sus pilluelos de que a Daradoth no se le había vuelto a ver después de que entrara a su reunión con el Ra’Akarah. Los niños también le informaron de que habían contactado con un guardia que decía haber estado presente en la resurreción del Mausoleo de Ra’Khameer. El Errante encargó a Sharëd la labor de contactar con ese guardia y averiguar lo que pudiera.

Esa noche, Galad recibió la visita de uno de los clérigos de túnicas negras, uno de los llamados Verdaderos Creyentes. Venía con uno de los miembros de la comitiva del Ra’Akarah, uno de un grupo de extranjeros extremadamente pálidos. Lo hicieron acompañarlos a los jardines del exterior de los cuarteles. Allí, lo interrogaron sobre su presencia en los Santuarios, y también le preguntaron acerca de si no había notado nada especial en presencia del Mesías. Galad respondió a todo negativamente y poco después se encontraban con otro de los extranjeros pálidos, el anciano llamado Alenius Exardas (el nombre era a todas luces de origen Daarita), que gozaba de una posición de privilegio ante el Ra’Akarah. Al punto, Alenius comenzó a hablar en una lengua desconocida y de matices horripilantes; Galad no tardó en verse inmerso en una especie de trance inducido por las artes del anciano que, secundado por el otro individuo pálido, incrementó la intensidad de su sortilegio. Aturdido, el paladín se vio inmerso en una regresión hasta el momento de su propio nacimiento; aterrorizado, presenció una ceremonia oscura en unas ruinas en medio de un bosque retorcido e impío en una noche oscura de luna nueva. Poco después de llegar al mundo, el dolor lacerante en el hombro derecho casi lo lleva a la inconsciencia; en medio del insoportable ardor, un portal comenzaba a abrirse ante los ojos de Galad, no sabía si en el pasado o en el presente, pero lo cierto es que notaba como por momentos Emmán se alejaba de él, y eso era lo que mayor terror le provocaba, por encima del dolor y el intenso frío. [Punto de Destino] No obstante, la Fe de Galad acudió en su ayuda justo a tiempo; no permitió que la Luz de Emmán lo abandonara, sino que se aferró a ella y tiró con todas sus fuerzas, hasta casi desgarrar su alma; de repente, cuando todo parecía perdido, la oscuridad, el frío y el dolor fueron consumidos por la calidez de su dios; podía sentir el poder de Emmán fuerte en él, mientras los repugnantes hombrecillos pálidos lo miraban con los ojos muy abiertos. Criaturas impías, no merecían más que la muerte; haciendo uso de todas sus fuerzas, proyectó la Luz de Emmán hacia ellos, brutal, incontrolada; los extranjeros quedaron inconscientes, y haciendo uso de sus últimas fuerzas consiguió noquear al tercero; tras enfundarse la túnica de este último consiguió escabullirse fuera de los Santuarios. No se le ocurrió otra cosa que dirigirse al circo de Meravor, el punto “seguro” que se encontraba más cercano.

En el circo, Meravor recibió al extenuado paladín, proporcionándole cobijo, té y comida. Reconfortado, Galad agradeció las atenciones del jefe del circo y su mujer. En un momento dado, Meravor se quedó mirando al paladín fijamente, y cuando este le interrogó al respecto, aquél le reveló que percibía un cambio en él; era como si su aura fuera ahora más luminosa, menos… opaca. Ahora que se fijaba, Galad notaba un escozor en el hombro, donde toda la vida había tenido la mancha de nacimiento, así que pidió a Meravor que la inspeccionase. Para sorpresa del paladín, el hombre le dijo que ya no tenía ninguna mancha allí, sino una cicatriz donde antes se encontraba. Galad elevó una oración a Emmán, dándole las gracias por lo que fuera que hubiera pasado.

Esa misma noche, Symeon percibió en su sueño una llamada de auxilio desde el Mundo Onírico. A pesar de que normalmente le costaba un esfuerzo intenso entrar en él, esta vez entró sin ningún problema, quizá guiado por la llamada de alerta. En el lugar del que procedía la llamada se encontró con lady Merediah, la astróloga centaura que acompañaba a la delegación de los elfos acampados con el contingente de ástaros de lord Amâldir. La centaura sospechó inicialmente de las intenciones de Symeon, pero pronto salió a la luz que éste era amigo de Daradoth, lo que unido a sus habilidades de “percepción” la convenció de confiar en él. Merediah contó al Errante que después de su segundo encuentro con el Ra’Akarah, la actitud de los ástaros había cambiado y los elfos habían tenido que huir a toda prisa del campamento, confundidos por la situación. Mientras conversaban, un par de centauros más hicieron acto de aparición, contestando a la llamada de auxilio de Merediah. Pero en cuanto ésta acabó de exponer la situación las alarmas de todos los presentes se dispararon cuando una figura envuelta en penumbra irrumpió en la escena y atacó sin mediar aviso. Lady Merediah consiguió retener lo suficiente al enemigo como para que sus dos congéneres consiguieran huir, hasta que un zarcillo de sombra la arrastró lejos; Symeon consiguió despertar justo en ese instante.

Sin tardanza, el errante buscó a Taheem y a Yuria para informarles de todo. El vestalense y Symeon partieron de inmediato en busca de los elfos, no podían perder ningún posible aliado.

Mientras tanto, Daradoth despertaba en una silla, sentado a una mesa en cuyo extremo opuesto se encontraba, sonriente, el Ra’Akarah. Este, además de sacarle toda la información que pudo, le informó de los dos días de purificación que necesitaría para convertirse en un vestalense digno y del papel tan importante que iba a jugar en la ceremonia de Aceptación, como “enviado de los elfos”. Acto seguido, Daradoth entró en un duermevela a todas luces sobrenatural, y entre brumas pudo ver cómo varias figuras se situaban en torno a él: los seis resucitados Ra’Khameer, dos clérigos negros y un tercero que llevaba el mando extendían sus brazos, apuntando con sus puños hacia él. El frío lo invadió y la inconsciencia se adueñó de él, dando paso a brutales pesadillas. Los dos días siguientes transcurrirían para Daradoth en un trance agotador invadido por el frío, el terror y una tensión casi insoportable. No obstante, contra todo pronóstico, el elfo consiguió superar lo que fuera que era aquello bastante bien.

Entre tanto, Symeon y Taheem pasaron horas y horas rastreando el posible camino que habían seguido los elfos en su huida de Creá. Cuando dieron con el rastro, pudieron ver cómo un grupo de páctiros también se encontraba siguiéndolo. Por fin, en un bosquecillo muchos kilómetros al nordeste de Creá consiguieron entablar contacto con el reducido grupo de elfos, que estuvo a punto de acabar con ellos. Symeon les habló de Daradoth y la complicada situación que debía de estar pasando, y que seguramente necesitarían su ayuda; los elfos accedieron, pero primero deberían hacer cambiar de actitud a los ástaros, que estaban extrañamente influenciados por el Ra’Akarah. Al errante se le ocurrió una idea; sonrió y les dijo a los elfos que creía saber cómo hacerlo.

En Creá, Symeon se reunió con Galad, con Yuria y con Meravor. Les contó todo lo que había descubierto y expuso como única alternativa que Meravor utilizara sus habilidades para hacer cambiar de actitud a los páctiros. Dicho y hecho, con subterfugios y medias verdades el grupo consiguió reunirse con la cúpula de los ástaros; una vez allí, a Meravor no le costó demasiado (aparentemente) deshacer el influjo del Ra’Akarah sobre ellos. Los ástaros, sobrecogidos por su propia actitud, se apresuraron a ensillar caballos para partir en busca de los elfos huidos, y pocas horas más tarde los traían de vuelta a Creá junto a ellos. Una vez juntos, se ultimaron los planes de la infiltración del grupo en los Santuarios, y se acordó que ástaros y elfos intervendrían de la mejor forma posible en el más que probable caso de que hubiera problemas después de que el grupo llevara a cabo su intento de quitar de enmedio al Mesías vestalense.

Y por fin, llegó el alba que anunciaba la ceremonia de Aceptación. Una mañana fresca, de cielos nublados, recibió a la ingente multitud reunida en los alrededores de los Santuarios de Creá. Todo el mundo tomó sus posiciones. Para sorpresa de todos, Daradoth se encontraba de pie, aparentemente tranquilo, en el púlpito principal donde el Ra’Akarah se dirigiría a la multitud y donde también se encontraban el Supremo Badir y su esposa, el Sumo Vicario y cuatro guardias Ra’Khameer en los pequeños torreones que lo rodeaban. Aquí y allá se veían las sombras de Susurros apostados en las inmediaciones. Las delegaciones reunidas en la ciudad tomaron sus posiciones en los primeros peldaños de la Escalera del Cielo, los elfos camuflados entre los ástaros del Pacto; en el interior de los Santuarios, filas y filas de clérigos comenzaban a elevar sus cánticos como ya habían hecho antes en la ceremonia de circuncisión de Daradoth. Y sus efectos no tardaron en hacerse notar. Entre ellos, Symeon y Taheem habían podido infiltrarse gracias a los vigilantes comprados por el antiguo compañero del segundo con la ayuda de los ercestres. Galad acudió camuflado también en la delegación de los Príncipes Comerciantes. Los cánticos de los clérigos pronto fueron subiendo de intensidad, elevando los espíritus de la multitud en un éxtasis cada vez más profundo; el grupo también fue afectado, sobre todo Galad, más sensible a las manifestaciones de poder divino, pero su experiencia pasada en la ceremonia de Daradoth les sirvió para estar prevenidos y resistir mejor el efecto. Symeon fue quien lo tuvo más fácil para sobreponerse, pues de su cuello colgaba el talismán de Yuria.

Mientras el éxtasis se adueñaba de la masa de gente reunida ante los Santuarios, Yuria se dirigía junto a Sharëd a la mansión del Gobernador, como habían acordado la noche previa. Cuando se desencadenaran los acontecimientos, habría que huir con los libros que habían conseguido sacar de la biblioteca; el grupo los consideraba demasiado importantes como para dejarlos allí sin más.

Los cánticos bajaron de intensidas cuando el Ra’Akarah se dirigió a la multitud, profiriendo un discurso maniqueo y efectista, que todos acogieron con ovaciones. Esto permitió a Daradoth despejar un poco su mente y a Taheem reaccionar. Era evidente que la multitud iba a aceptar a Ishfahäd Ra’Kahmeer como su verdadero Mesías, enviado por Vestán para expandir la Verdadera Fe mediante la Guerra Santa, y más aún cuando arengó a la masa presentando a Dararadoth como la prueba de que hasta los míticos elfos aceptaban ese hecho. El Mediador que Daradoth había visto la noche anterior lo contemplaba todo desde una de las torres cercanas sin dejar traslucir ni una sola emoción. Cuando el Ra’Akarah se dio por satisfecho con los vítores y las loas de sus fieles, dejó que los cánticos de los clérigos ascendieran de tono una vez más, más incluso que antes de su discurso. La gente entró de nuevo en el éxtasis de Fe; muchos reían, otros muchos lloraban; su señor Vestán estaba entre ellos y les hacía sentirse embriagados de poder.

Y entonces, Symeon actuó.

Haciendo gala de una agilidad en los límites de lo humano, subió rapidísimamente las escaleras que lo separaban del Ra’Akarah; Taheem se encargó de contener al Susurro más cercano, impidiéndole obstaculizar el camino de su amigo. En un abrir y cerrar de ojos, Symeon llegó a lo alto del púlpito; uno de los guardianes Ra’Khameer saltó hacia él, alertado por la daga que llevaba discretamente el errante en la mano. Pero fue Daradoth quien actuó entonces: esquivando a otro de los guardias, arremetió contra el que intentaba atacar a Symeon, haciendo uso de uno de sus sobrenaturales saltos, y elevándose en el aire. Esto permitió a Symeon llegar a la espalda del Mesías y, en un acto inusitado para un errante, tocar su espalda con el talismán de Yuria y acto seguido, aprovechando la confusión y repentina debilidad del hombre, cortar limpiamente su garganta con la daga. Los dos guardias Ra’Khameer restantes se lanzaron hacia el púlpito; uno de ellos fue presa del fuego cuando uno de los elfos de la delegación de los ástaros le lanzó una especie de rayo de fuego. Del otro se encargó Galad, canalizando el poder de Emmán y haciendo que cayera por la muralla.

Cuando los clérigos fueron dándose cuenta del caos en el que se había sumido el púlpito principal, fueron apagando sus voces; sin embargo, la gente no pareció salir de su estado de ensimismamiento; Galad pronto comprendió lo que sucedía, cuando miró en la dirección en la que debía encontrarse Meravor entre la multitud y detectó un potente destello de poder que procedía de allí. Sin embargo, el resto de guardias Ra’Khameer y la gente en el interior de los Santuarios sí que parecía estar saliendo del éxtasis; lord Amâldir dio la orden y al punto los ástaros se pusieron en movimiento, con los elfos entre ellos, asegurando la puerta de los Santuarios y enfrentándose a los guardias y Susurros que encontraban en su camino.

—¡Maldito! —oyó Symeon que gritaba una voz de mujer, a su espalda.

El Supremo Badir miraba sorprendido a su esposa, que desprendiendo un aura de frío intenso y con una expresión de increíble odio en su rostro apuntaba a Symeon con su mano extendida. El errante sintió algo, como si alrededor suyo resbalara algo invisible que no podía llegar a tocarlo, y la mujer abrió mucho los ojos, incrédula ante lo que había ocurrido. Volvió a intentar lo que fuera que estaba haciendo una vez más, pero sin éxito. Mientras tanto, Daradoth había podido alejar a los guardias Ra’Khameer con los que se estaba enfrentando y llegó al púlpito con expresión amenazadora; Taheem también logró llegar a la altura de Symeon mientras los ástaros establecían un perímetro alrededor del pie de las escaleras; Sarahid, la esposa del Supremo Badir, comenzó a gritar en una lengua oscura y terrible, con una voz potente como el trueno; podían sentir como su poder iba creciendo y un frío intenso los atería y retrasaba sus acciones.

De repente, sin más, el poder desapareció. Sarahid miró a su alrededor, genuinamente confundida, con lágrimas en los ojos y preguntando qué estaba sucediendo. Daradoth y Symeon se miraron, comprendiendo silenciosamente.

Entre tanto, Yuria había conseguido con la ayuda de Sharëd y alguno de los guardias de la Mansión que había conseguido sobornar, hacerse con los libros que el shaikh guardaba en su caja fuerte. Rápidamente se dirigió hacia el punto de encuentro, viendo a la ingente multitud en trance y oyendo el escándalo procedente de los Santuarios, provocado por los clérigos que huían en todas direcciones y los guardias que seguían luchando...


martes, 11 de agosto de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 26

Creá, la Ciudad del Cielo (X). La llegada del Ra’Akarah.

Al darse cuenta de la señal dejada por Daradoth, Galad reunió al grupo al completo. Al enterarse del episodio de los calabozos, el elfo mostró su consternación y su preocupación por el estado de sus compañeros. Pero al fin y al cabo habían salido indemnes de todo aquello, con el único revés de haber perdido (esperaban que temporalmente) los libros que habían sacado de la biblioteca; éstos se encontraban con casi total seguridad en el despacho del gobernador, a buen recaudo. Symeon también les informó de la reunión que había acordado con Meravor y el resto del grupo para tratar un posible apoyo mutuo, ante lo que todos se mostraron de acuerdo.

Ishfahäd ra'Khameer, el Ra'Akarah
Por la tarde, Galad tuvo uno de sus ya habituales encuentros con Eudorya a espaldas de su guardia de eunucos. Aparte del flirteo galante (con respeto, por supuesto) que ya venía siendo habitual entre ambos, la princesa volvió a hablarle de las tensiones que afloraban entre los diferentes miembros de su delegación ante la actitud que les habían exigido mantener ante el Ra’Akarah. La postura oficial era la de apoyar las pretensiones del mesías vestalense para convertir a la Confederación en una aliada y poder así beneficiarse económicamente de los acontecimientos; pero Eudorya temía que Progeryon cometiera una locura y se saltara las órdenes recibidas; eso no sería bien recibido por Ilaith y Knatos, los dos miembros de la comitiva más poderosos después del joven príncipe. La tensión de la situación se estaba convirtiendo en algo insostenible, agravada por el carácter fuerte de Progeryon. Un eunuco llegó justo cuando Galad y la princesa estaban a punto de besarse de nuevo.

Symeon siguió cultivando la red de espías que quería establecer en la ciudad, y con el paso de los días se ganó la lealtad de un puñado de niños, atraídos por las generosas propinas del Errante. Se comprometieron a informarle de cualquier cosa que sucediera fuera de lo común.

El día siguiente tuvo lugar en el circo la reunión entre Meravor y el grupo. Prácticamente todos excepto Daradoth llegaron allí por la tarde, para evitar el toque de queda; el elfo acudió haciendo uso de sus especiales habilidades de infiltración y acecho. En el camino, Symeon tuvo un encontronazo con dos tipos de mala catadura que parecían estar esperándole en una esquina. El errante fue amenazado por el más pequeño de ellos, mientras el otro, un tipo imponente, le lanzaba su porra con un grito; no estaban contentos porque al parecer Symeon estaba “robándoles” a sus pupilos; tendría que tener más cuidado a partir de entonces con qué niños reclutaba.

Ya en la reunión, Meravor compartió con el grupo lo que ya había contado a Symeon: les habló de la extraña pulsión que le había llevado a Creá, y de su incapacidad para explicarla. También les contó que desconocía de dónde procedían sus extraños poderes: un buen día había empezado a utilizarlos y nada más; Daradoth desconfiaba del hombre, pero no pudo descubrir ningún signo de engaño en él. Meravor también les explicó que había ayudado a algunos de ellos a salir de los calabozos porque había sentido que algo iría terriblemente mal si no lo hacía; pero de ahí a ayudarles a acabar con el Ra’Akarah iba un mundo; el jefe del circo no les prometió prestarles su ayuda, como habían supuesto; ya había hecho bastante poniendo en peligro a toda su compañía para llegar a Creá como para participar en un acto de tal magnitud que podría suponer una masacre; no obstante, prometió no desvelar las intenciones del grupo y tampoco descartó su participación, pues sus “sensaciones” eran extrañas y llegaban sin previo aviso. Con una sensación agridulce, el grupo pasó la noche en uno de los carromatos para no tener problemas con la guardia, y Daradoth volvió a sus aposentos en el Palacio Vicarial.Yuria intentó pasar el máximo tiempo posible con Narak y Zandûr, intercambiando ideas.

El día siguiente, ya en la posada, Symeon recibió la visita de Hérados, el niño errante que había convertido en su protegido hacía un par de semanas. El chico iba acompañado de otro niño, un poco más pequeño, al que llamaba ratón. Al parecer éste se había enterado de las generosas propinas del Errante y de su interés en enterarse de cualquier hecho mínimamente interesante. Y realmente tenía información importante que darle: el muchacho se había colado en el campamento de los Ástaros del Pacto de los Seis, y éstos habían recibido una nueva visita. En palabras del chiquillo, eran “hombres que no parecían hombres”. Acompañando a un contingente de Ástaros recién llegado, había llegado un grupo de media docena de aquellos “seres que eran como el elfo que habían circuncidado unos días atras”. Symeon le dio una buena propina, por supuesto; enterarse de que una delegación de elfos había llegado a Creá en secreto bien la valía.

Cuando Symeon compartió la información en privado con Daradoth, éste no se lo pensó dos veces y partió hacia el campamento Páctiro; su primera intención fue pasar haciendo uso de sus hechizos de infiltración, pero los guardias disponían de perros que lo delatarían, así que se presentó abiertamente. Los guardias sospecharon durante unos instantes, pero finalmente lo dejaron pasar a hablar con lord Amâldir. Éste se mostró preocupado al saber que la información de la llegada de los elfos había llegado a oídos de alguien en la ciudad, y no quiso reunir a Daradoth con la “delegación de Doranna”. Pero finalmente, la vehemencia de Daradoth convenció al comandante ástaro, que mandó llamar a uno de sus sirvientes; poco después hacían acto de presencia varias figuras, cuatro de ellas a todas luces élficas. Irvalion, Ellaroth y Aglareth iban acompañados de una mujer semielfa: Ezhabel, una especie de guardaespaldas. Según contaron a Daradoth, venían desde Lasar, enviados por lord Aldarien, quien había hecho oídos sordos a las órdenes de no intromisión de lord Natarin. Por supuesto, le contaban todo aquello gracias a la reputación que el padre de Daradoth tenía como servidor de lord Aldarien y confiaban en su discreción. También le preguntaron por su circuncisión, que Daradoth explicó como algo que tuvo que hacer para conservar la vida, y por “la búsqueda”. A esto, el joven elfo respondió con un rictus de preocupación; por supuesto, continuaba intentando averiguar algo, pero además aprovechó para mencionar la más que probable implicación de Trelteran en la desaparición de los secuestrados y de una duquesa esthalia, y también la posible presencia de un kalorion en todo aquel asunto del Ra’Akarah. Los elfos se miraron, al principio quizá divertidos, pero pronto cambiaron sus amagos de sonrisa por un semblante de preocupación cuando Daradoth les describió a la figura de nariz aguileña que se había llevado a la duquesa Rhyanys de Gwedenn y lo que había venido sucediendo a su grupo durante el viaje. Tras unos minutos de silencio, los elfos se dirigieron gestos de afirmación y decidieron conducir a Daradoth (junto con Amâldir y algunos más) a su propia tienda de campaña, bien camuflada entre las tiendas de los soldados. Durante el camino, como previamente había hecho Amâldir, expresaron su preocupación por cómo había trascendido la información de que un grupo de elfos había llegado a Creá, e instaron a Daradoth a silenciar cualquier fuente de información que llegara a su conocimiento. Por fin, llegaron a la tienda, fuertemente custodiada por soldados de la Corona del Erentárna (el contingente que había venido escoltando a los elfos). Allí, en una especie de camastro inclinado se encontraba una mujer de alta talla, tapada hasta la cintura, como si estuviera enferma; al mostrar los elfos su confianza en el recién llegado, ella se incorporó y dejó atrás la estructura que ocultaba la mitad de su cuerpo; no era otra que lady Merediah, Caminante de Sueños. La mitad del cuerpo de Merediah era de mujer y la otra mitad de caballo, como correspondía a su raza, la orgullosa raza centauriana. Según explicaron a Daradoth, lady Merediah había sentido algo muy oscuro en el Mundo Onírico procedente de aquella zona del continente; poco después se enteraron del presunto advenimiento del Mesías vestalense y de su posible implicación en la sensación de la centaura, que por otro lado no era la única que lo había sentido. Enterado lord Natarin del asunto, el Alto Rey de los elfos había prohibido de momento cualquier tipo de intervención, con lo que Aldarien había decidido no permanecer ciego y sordo a los acontecimientos y enviar a su propia delegación de confianza a escondidas.

Con la promesa de ser discreto acerca de la presencia de los elfos allí, y la promesa de éstos de intentar ayudarle si la cosa se torcía, pues era evidente que los vestalenses iban a utilizar a Daradoth con fines políticos y propagandísticos, éste se despidió.

Y entraron en la última semana antes de la llegada prevista del Ra’Akarah a Creá. Daradoth comenzó a ser adiestrado en el protocolo y la forma de proceder que requerirían las ceremonias. Se le informó de que sería presentado al Salvador poco después de que éste llegara, y que tras el ayuno de purificación que llevaría a cabo, también estaría presente en la Exaltación. Daradoth tragó saliva, preocupado. Durante esa semana se reuniría todas las noches con el resto del grupo, tratando de trazar un plan de acción.

Lady Ilaith preguntó a Galad dónde podría encontrar a Yuria, y se dirigió a su encuentro, para interesarse por su estado; cuando en la conversación subsiguiente Yuria le empezó a hablar del conflicto entre Luz y Sombra y la posible implicación del Ra’Akarah en el, la Princesa se mostró confundida y la ercestre la invitó a reunirse con ella y el resto de sus compañeros. Sin embargo, no todos quisieron acudir, así que el día siguiente se reunían con Ilaith la propia Yuria, Taheem, Sharëd, Faewald y Galad. Ilaith no se sorprendió de encontrar a Galad en aquella reunión, y con veladas palabras dio a entender que sabía que era algo más que un guardia del gobernador. La actitud de los demás hacia él así lo daba a entender. Yuria afirmó que Galad podría explicarle mejor aquel asunto de la Luz y la Sombra, ante lo que Ilaith sonrió, incrédula. Galad optó conveniente revelarse como paladín de Emmán, ante el gesto afirmativo de la Princesa, y su charla resultó ser fuertemente aleccionadora. Haciendo gala de todos sus conocimientos no sólo religiosos, sino también filosóficos, el paladín habló como un verdadero erudito, conmoviendo las creencias de la Princesa, que se quedó pensativa e hizo varias preguntas. No entendía por qué la Luz tenía que ser moralmente superior a la Sombra, pero la vehemencia de Galad y Yuria acalló sus dudas, y sembraron la duda al expresar su temor de que el Ra’Akarah fuera un sirviente de la Sombra. Al día siguiente, Galad sonreiría al enterarse de que Ilaith había pedido a los sirvientes algunos libros de temática filosófica. Quizá habían plantado las semillas para ganar una nueva defensora de su causa.

Dos noches antes de la llegada del Mesías, tras la reunión habitual con el resto del grupo, Daradoth se encaminó de vuelta a sus aposentos en el Palacio Vicarial. Cuando pasaba junto a la Explanada de los Peregrinos al pie de los Santuarios, vio algo que lo sorprendió. En el inicio de las enormes escalinatas de subida a los Santuarios, bajo la tenue luz de la luna, se alzaba una figura solitaria, un hombre que miraba hacia arriba, hacia la entrada al complejo, concentrado con los brazos cruzados. Los guardias no parecían molestarle, a pesar de la vigencia del toque de queda y de la espada que llevaba cruzada en su espalda. Algo extraño sucedía allí, y Daradoth se acercó, curioso y bajo sus hechizos de acecho. Sin embargo, se detuvo con con el corazón desbocado cuando el hombre pareció advertir su avance y giró un poco la cabeza, mirando por encima de su hombro. Tras unos tensos segundos, el individuo volvió a mirar al frente, descruzó los brazos e inició el ascenso con una seguridad fuera de lo común. Un brillo captó la atención de Daradoth, un brillo en la muñeca derecha del extraño; la sangre se heló en sus venas cuando reconoció una pequeña balanza dorada que lo identificaba como un Mediador. Poco después, el Mediador se detenía ante las puertas de los Santuarios, que no tardaban en abrirse y franquearle el paso; los guardias también lo habían reconocido. Daradoth se apresuró a alejarse de allí, preocupado.

El día siguiente, Symeon no tardó en enterarse del rumor que hablaba de la presencia de un Mediador en la ciudad. Normalmente aquello serían buenas noticias, pero en la reunión posterior del grupo, Daradoth les habló de la experiencia que meses atrás había tenido en el reino de Sermia con un Mediador y cómo había emitido un veredicto injusto a todas luces; aquello no parecía posible, pero la explicación de los hechos no dejó muchas dudas acerca de lo inapropiado de la sentencia, lo que hizo que el grupo añadiera una preocupación más a la lista.

Esa misma noche, haciendo uso de los contactos que les había proporcionado Ishfahän, Symeon y Taheem se infiltraron en los Santuarios, dejando en uno de los túneles cegados que habían descubierto, el más cercano al púlpito de la muralla frontal, armas y hábitos de monje.

Durante la última semana, la ciudad se había convertido en un hervidero de gente; las calles abarrotadas, las posadas llenas y multitud de campamentos provisionales se habían levantado alrededor. En los últimos días, la gente había estado yendo y viniendo para poder ver anticipadamente al Ra’Akarah en el camino, pero éste nunca se había mostrado en público. Hasta que, al alba del día siguiente, sonaron las trompetas; el Ra’Akarah, el “Hijo del Creador”, el Mesías vestalense, el Salvador, el Libertador, el Conquistador, hacía su entrada en la ciudad santa de Creá, la Ciudad del Cielo.

El antiguo Ishfahäd ra’Khameer, descendiente del profeta Khameer, ahora llamado Ishfahäd ra’Akarah o, simplemente, el Ra’Akarah, era todo lo que los vestalenses estaban esperando: un Príncipe Guerrero, de regio porte, alto, fuerte y atractivo, vestido con una túnica azul celeste, portando un gran alfanje cruzado en su espalda y a lomos de un extraordinario semental blanco que lo llevaría orgulloso a la Guerra Santa contra los infieles. Incluso el grupo detuvo sus ojos durante un momento sobre el Mesías, fascinados por su aspecto y su prestancia. Alrededor de él marchaban a camello media docena de figuras totalmente tapadas por ropas de los habitantes del desierto: sin duda, su guardia Ra’Khameer, compuesta por los descendientes del profeta que en teoría había resucitado en el Mausoleo. Detrás se podía ver la oronda y sonriente figura de Yrm Ybden, el Supremo Badir y líder del Imperio, acompañado de su bellísima esposa Sarahid ra’Ahrahäd, de pelo negro hasta la cintura, labios carnosos y ojos verdes que expresaban un punto de timidez. Multitud de otros nobles y acompañantes desconocidos para el grupo acompañaban a la comitiva: centenares y centenares de jinetes que habían pugnado por un puesto preferente en la comitiva. Varias figuras lucían las túnicas bordadas con llamas del Fuego Purificador, la hermandad que se dedicaba a castigar con el fuego a los infieles; otros lucían la distintiva túnica negra de los Verdaderos Creyentes, una nueva orden religiosa de la que el grupo había oído hablar recientemente, que no gustaba a los Inquisidores; y aquí y allá, un destello revelaba la presencia de uno de los Susurros de Creá, los asesinos de capas camaleónicas que ya se habían encontrado en los alrededores de Rheynald.

Guardia Ra'Khameer

La comitiva se dirigió a través de la avenida que se había abierto expresamente para su llegada hasta la Explanada de los Peregrinos, donde fue recibida con palabras rituales por las fuerzas religiosas y civiles. La gente gritaba y aclamaba a su Salvador; alrededor del grupo, algunas personas cayeron desmayadas por la emoción mientras Daradoth observaba todo preocupado desde los balcones del Palacio Vicarial y Galad disfrutaba de una posición en primerísima fila gracias a su puesto como guardia del shaikh. Éste disimuló perfectamente y saludó al Ra’Akarah con una profunda reverencia, al igual que el resto de nobles y clérigos reunidos. El Ra’Akarah se giró hacia la multitud agitando la mano y con una amplia sonrisa, lo que todavía enervó más a la multitud, que gritaba “¡Muerte a los infieles!” y “¡Vestán viene!”. Por el rabillo del ojo, Galad pudo ver cómo un miembro de la comitiva sacaba un puñal y daba un paso al frente, a todas luces intentando atentar contra el Mesías. No pudo ir más allá; un Susurro atravesaba limpiamente su nuca con una daga y se lo llevaba disimuladamente de allí.

Entre los gritos enardecidos y las loas de la multitud, el Ra’Akarah efectuó su ascenso a los Santuarios, seguido de los extraños guardias Ra’Khameer y de todo un Imperio.


miércoles, 5 de agosto de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 25

Creá, la Ciudad del Cielo (IX). Consecuencias.

Amparados por el caos que en la ciudad provocó el incendio en los Santuarios consiguieron llegar sin problemas a sus respectivos lugares de descanso: Galad a la mansión del shaikh, Daradoth al Palacio Vicarial y Yuria, Symeon, Taheem y Faewald a la posada. La gente, alarmada, se asomaba a las ventanas para observar el fulgor de la gran hoguera que iluminaba la parte alta de la ciudad.

Cuando Daradoth accedió al pasillo de sus aposentos, pudo ver cómo dos guardias acompañados de un sirviente se encontraban llamando a su puerta, requiriéndole salir. El sirviente lo vio enseguida, con lo que tuvo que disimular. Dijo venir de los jardines, ante las evidentes miradas de susceptibilidad de los guardias: el elfo no llevaba la ropa que en él era habitual (había tenido que usar una muda para poder utilizar los hechizos de ocultación) y además llevaba una espada en el cinto. Contra todo pronóstico, los guardias no insistieron más y Daradoth pudo entrar a sus habitaciones a descansar sin más problemas. Pero una vez dentro, oyó cómo fuera tomaban posiciones de vigilancia; al poco hacía acto de aparición el cardenal Ikhran. Éste también parecía sospechar algo raro de Daradoth, pero sus explicaciones parecieron bastarle; sin embargo, “por su propia seguridad” procedieron a confinar al elfo en sus aposentos y apostaron media docena de guardias cuyo cometido no parecía tanto vigilar que nadie entrara como vigilar que nadie saliera.

Después de descansar, el resto del grupo pasó a afrontar el problema de ocultar los libros que habían salvado de la biblioteca. Intentaron hacerlos pasar a la mansión del gobernador, con la ayuda de su esposa, pero ésta se negó alegando que era demasiado peligroso y que los contables de su esposo controlaban todo lo que entraba y salía de los almacenes. Así que no les quedó más remedio que guardarlos en sus habitaciones de la posada. Alguien tendría que quedarse de guardia con ellos en todo momento para evitar robos indeseados.

El día siguiente a mediodía, poco después de que el grupo despertara, se anunció un bando por toda la ciudad. Los pregoneros anunciaron que, debido al incendio acontecido en los Santuarios se sospechaba de elementos peligrosos en la ciudad, por lo que se establecía el toque de queda en toda la ciudad y se suspendía el derecho de reunión entre ciertas horas hasta la llegada del Ra’Akarah. Todos se miraron, preocupados. Además, el cuerpo completo de guardia se destinaría a labores de patrulla, con lo que a partir de entonces la ciudad se vio infestada de grupos de hombre con uniforme, prácticamente uno en cada esquina de las calles importantes y en muchas de las secundarias; la guardia de los Santuarios y la guardia del shaikh colaborarían en las labores de vigilancia. Los movimientos subrepticios por la ciudad serían mucho más difíciles.

Después de varios intentos fallidos por convencer a los guardias de dejarle salir de sus habitaciones, Daradoth recibió al atardecer la preocupante visita del Heraldo Mayor de Vestän, el lord Inquisidor Hadeen ra’Ilhalab. Iba acompañado del cardenal Ikhran y un par de clérigos menores; el elfo rebulló inquieto. El inquisidor le preguntó por su estancia en los jardines del Palacio Vicarial con una espada al cinto, dando vueltas y revueltas a las respuestas de Daradoth; también mostró sus sospechas por la casualidad que suponía el que precisamente se hubiera quemado la parte de la biblioteca que Daradoth visitaba a diario; pero finalmente, para alivio de éste, sin pruebas que lo implicaran en los acontecimientos de la noche pasada, sus visitantes decidieron marcharse por el momento. Sin embargo, los guardias no se marcharon, y siguieron custodiando a Daradoth.

La mañana del segundo día después del incendio el grupo de la posada bajó a desayunar, como era normal. Symeon enseguida se dio cuenta de que algo no estaba bien en aquella comida, reconoció en ella un potente barbitúrico e instó a sus compañeros a que dejaran de comer; el aviso llegó a tiempo para Faewald y Sharëd, no así para Yuria y Taheem, que en el acto comenzaron a encontrarse mareados. Los clientes de su alrededor se alejaron de ellos, mientras Symeon pudo ver cómo la posadera los señalaba, hablando con un hombre que enseguida empuñó un garrote; varios de los aparentes clientes se abalanzaron sobre ellos, mientras Yuria perdía el conocimiento y Taheem se tambaleaba. Desarmados, Sharëd, Symeon y Faewald se apresuraron para alcanzar las escaleras de subida al primer piso; el primero fue placado por uno de los guardias de incógnito; Faewald fue más rápido y llegó rápidamente a la habitación. Empuñó su espada y salió al encuentro de los guardias, permitiendo a Symeon saltar por una ventana del primer piso y escapar hacia los callejones de los bajos fondos. El propio Faewald resultó malherido en el combate, y Sharëd reducido a la inconsciencia.

Por suerte para el grupo, los guardias que los habían arrestado pertenecían a la guardia de la ciudad, y no a la de los Santuarios, pues de haber sido así, seguramente habrían sido conducidos al Palacio Vicarial y ejecutados al punto. Pero en cambio fueron conducidos a la Mansión del Gobernador, donde éste pudo verlos por casualidad y pudo ejercer influencia sobre los acontecimientos. El shaikh instó a los guardias a mantener en privado el arresto de aquellos individuos y los libros que habían encontrado en sus habitaciones, para que no trascendiera su culpabilidad. Los arrestados fueron conducidos a los calabozos sin tardanza.

Symeon, esquivando a los guardias, pudo reunirse con Galad, que como guardia del gobernador había presenciado todo el trance por el que habían pasado sus compañeros a la llegada a la mansión. Decidieron probar a contactar con Daradoth aquella noche, pero el elfo no hizo acto de aparición, optando por la prudencia en vista de lo estrechamente vigilado que lo tenían.

Tras la incomparecencia de Daradoth, a Symeon le pareció que su única opción era conseguir la ayuda de nuevos aliados y acudir al circo para hablar con maese Meravor. Era un riesgo, pero si conseguía poner en su favor al jefe de la troupe, los poderes de éste probarían ser de una utilidad extrema. Despidiéndose de Galad, partió hacia el recinto formado por los pintorescos carromatos. Serena lo condujo al punto a presencia de lord Meravor, a través de un campamento sin apenas movimiento, temerosos los artistas del toque de queda impuesto en la ciudad. Meravor reconoció enseguida a Symeon de su anterior encuentro, pero contra lo esperado por el Errante, se mostró amable, y su mujer le ofreció asiento y té con pastas. Pero Meravor pronto trocó su gesto amable por uno de preocupación al detectar algo extraño en el Errante que, según sus propias palabras, ni él mismo alcanzaba a comprender. Symeon le explicó su experiencia en el Mundo Onírico, la figura sombría que lo había atrapado y el ritual al que parecían haberlo sometido, interrumpido bruscamente por su viejo conocido. Algo oscuro había anidado en su ser, pero no tenían tiempo de preocuparse por ello en ese momento; Symeon procedió a explicarle las razones de la presencia de su grupo allí, y los acontecimientos que se habían desarrollado desde que habían llegado a Creá; fue totalmente sincero con Meravor, lo que pareció tranquilizar a éste, y le decidió a su vez a ser sincero con el Errante: Meravor había acudido a Creá por una pulsión que ni siquiera él mismo alcanzaba a comprender; algo lo arrastraba indefectiblemente hasta allí, aunque aquello ponía en peligro a muchos miembros de su compañía, pero fuera lo que fuera aquello, le había sido imposible resistirse. Aquello, a los ojos de Symeon, explicaba las críticas que los enanos o Serena habían vertido sobre Meravor al ponerlos en peligro; si es que el hombre no estaba mintiendo, claro; pero Symeon no veía mentira en sus ojos. Una vez establecida la confianza necesaria, Meravor pidió permiso a Symeon para realizar una “exploración más a fondo”, siempre que el Errante le diera su permiso y abriera su mente para que él pudiera “ver”. Los dos hombres se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos, tras los cuales Meravor se mostró a la vez aliviado y preocupado: le dijo a Symeon que había visto en él una buena persona, pero que también había visto una sombra, una imagen oscura de él mismo, agazapada y a la espera de salir. La revelación preocupó a Symeon, pero había asuntos más acuciantes de los que preocuparse de momento: no tardó en pedir a Meravor su ayuda para rescatar a sus amigos y colaborar en su misión; sus habilidades no tendrían precio en lo que estaba por venir. Meravor lo pensó largo y tendido, bebiendo lentamente sorbos de té, en unos minutos que parecieron interminables; finalmente, con unas crípticas palabras, dijo que sentía que algo malo pasaría si no ayudaba a Symeon y sus compañeros en aquel trance, lo que le decidió a aceptar implicarse.

Symeon planteó la idea que había ido madurando durante las últimas horas: con la connivencia de la esposa del gobernador, Galad y algún contacto más, organizarían una fiesta en la mansión del gobernador en la que Meravor sería la estrella invitada; con sus habilidades, debería hacer olvidar la implicación de sus amigos en el incendio y los libros robados, y quizá convencer al gobernador de liberarlos.

Mientras tanto, en la mansión, después de que Galad hubiera tratado a Faewald -por suerte para éste- con sus poderes curativos, el shaikh visitaba a los prisioneros (Yuria, Taheem, Sharëd y Faewald), dirigiéndoles fuertes palabras acerca de su ineptitud y su inconsciencia. Se suponía que tenían que pasar desapercibidos hasta la llegada del Ra’Akarah y lo que habían hecho no les ayudaba precisamente en lo más mínimo. Parecían un estorbo más que una solución a sus problemas, pero intentaría ayudarlos por última vez.

Poco más tarde, recibían la visita de lady Ilaith, interesada por el estado de Yuria. Tras comprobar que la ercestre se encontraba bien, le aseguró que haría lo que pudiera por sacarla de allí. Yuria supuso que tal ayuda no sería concedida sin retribución, pero lo que contaba en ese momento era salir de los calabozos cuanto antes.

Reunidos de nuevo, Symeon le contó a Galad el éxito de su conversación con Meravor, y los planes para la fiesta; Galad los transmitiría más tarde a la esposa del gobernador, que se mostraría encantada de colaborar. El problema sería conseguir de nuevo los libros, pues el gobernador los había guardado a buen recaudo en la mansión. Y silenciar a los guardias que habían visto los libros en posesión del grupo. Pero mejor sería tratar los problemas uno a uno.


***


Dos días después tenía lugar la fiesta, pues lady Yuridh había puesto todo su empeño en ella. Multitud de invitados acudieron al evento, y los guardias que habían participado en el arresto del grupo también se encontraban presentes, asignados a la seguridad. Meravor fue anunciado por Yuridh como un hombre de habilidades extraordinarias y dueño del circo, y pronto comenzó su actuación, sorprendiendo a todos como era lo acostumbrado. Durante el espectáculo aprovechó para utilizar sus extraordinarias habilidades, cambiando los recuerdos de los guardias y convenciendo a todos de la inocencia del grupo. Solucionado aquel asunto, al shaikh no le quedó más que llevar a cabo la pantomima de visitar a los prisioneros un par de veces con un interrogador para después declarar su inocencia y dejarlos en libertad, no sin antes jurar que no les ayudaría más. También mandó arrestar a la posadera, que era quien los había denunciado a la guardia, acusándola de falso testimonio, y se quedó con los libros que el grupo había sacado de la biblioteca.

Pasados varios días, la vigilancia sobre Daradoth se relajó y éste ya pudo utilizar de nuevo sus artes para salir del complejo sin ser advertido. Se dirigió a la posada, preocupado por sus compañeros, pero no pudo encontrarlos. Decidió dejar el aviso acordado para reunirse con Galad lo antes posible.


martes, 14 de julio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 24

Creá, la Ciudad del Cielo (VIII). Las Reliquias. La Biblioteca incendiada.
Tras realizar varios experimentos más con el talismán de Yuria, les quedó definitivamente clara la utilidad que tenía. Viendo su efecto sobre Galad, Daradoth no quiso sujetarlo, ni siquiera tocarlo. Sí lo hizo Symeon, sobre el que el colgante no pareció ejercer efecto alguno. Galad aún afinó más, y notó que el colgante no entraba en funcionamiento por el contacto, sino cuando estaba a escasos centímetros de su piel. Desde luego, si tenía el mismo efecto sobre todos, pensaban utilizarlo en el asunto del Ra’Akarah.

Durante todas aquellas jornadas, Symeon siguió intentando establecer su red en los bajos fondos; fracasados sus intentos anteriores, trató de establecer vínculos con los niños ladronzuelos del este de la ciudad, y ahí sí que obtuvo sus frutos. Dando unas monedas aquí y allá, finalmente los niños le hablaron de uno de sus compañeros, de la misma raza que Symeon. Éste se mostró sumamente interesado y consiguió que le presentaran al niño, Hérados. Tras varios días de encuentros, el niño finalmente condujo a Symeon a presencia de su “tío Sarahëd”. Por supuesto, éste, que parecía ser el coordinador de todos aquellos pilluelos, mostró una desconfianza extrema hacia el errante en primera instancia. Pero unas cuantas monedas y una vehemente conversación cambiaron su predisposición, más cuando Symeon le confió que estaba a punto de dar un golpe importante y necesitaba que los bajos fondos de la ciudad se lo permitieran. Sarahëd lo introdujo entonces al mundo (escaso) de los ladrones de Creä. Éstos estaban sometidos a mucha presión últimamente debido a la llegada del Mesías, pero la creciente población de la ciudad había aliviado algo su situación y había facilitado que volvieran a operar. Symeon fue conducido a presencia del “Gran Hombre”, que se presentó en la penumbra y no reveló en ningún momento su nombre: tres monedas de oro le permitirían cometer los robos que quisiera en la ciudad, y a cambio de otras diez, los allí reunidos le dieron su palabra de facilitarle la huida de Creä después de su “golpe maestro” (debería darle 10 monedas de oro a cierto individuo en cierto sitio para que los guiara de forma segura hasta el exterior). Además, Symeon consiguió comprar la libertad de Hérados por otra moneda de oro; adoptó al niño como su pupilo y lo llevó a la posada donde se alojaba.

Yuria siguió con sus regulares visitas a los baños en compañía del grupito que la había adoptado como amiga, y en una de las ocasiones, lady Ilaith volvió a unirse a ellas. La Princesa Comerciante volvió a insistir en su generosa oferta, y Yuria le habló de que no estaba sola allí y debería consultarlo. Ilaith la instó de nuevo a darle una contestación rápidamente, pues no sabía qué podía ocurrir con la llegada del Ra’Akarah a Creä y quería contar con ella lo antes posible. Yuria le prometió darle una contestación lo más pronto posible.

Durante aquellos días, Galad aprovechaba cualquier ocasión para pasar tiempo con Eudorya. En un par de ocasiones, sus flirteos y furtivas caricias estuvieron a punto de dar lugar a algo más, pero el paladín se contuvo, en un alarde de autocontrol. No obstante, por otro lado, durante sus conversaciones Eudorya reveló píldoras de información muy interesantes: al parecer, la mayoría de los Príncipes Comerciantes anhelaban la guerra que el Ra’Akarah traería al continente con toda probabilidad; Progeryon distaba mucho de estar de acuerdo y desconfiaba de Ilaith porque ésta estaba congregando a su alrededor mucha gente valiosa, mucho poder a su alrededor, y no cesaba de reclutar individuos que juzgaba útiles para sus intereses.

Y el momento de la visita de Daradoth a la parte prohibida de los Santuarios llegó por fin. Convocado por un sirviente, se reunió en la puerta oeste de los Santuarios con el cardenal Misdahäd, otros dos clérigos y dos de los peligrosos asesinos llamados Susurros de Creä, envueltos en sus capas camaleónicas. Poco después de entrar en el complejo de los museos, los dos clérigos que acompañaban al cardenal comenzaron a entonar oraciones en un quedo susurro, que no cesaron ya hasta que llegaron a su destino. Y el destino probó estar bien protegido: primero, una puerta de madera y acero, con dos guardias a cada lado; después atravesaron una segunda puerta más pequeña pero aún más recia y con dos guardias más, que daba acceso a una sala desde donde bajaba una estrecha escalera de caracol custodiada por aún otros dos guardias. La sensación que Daradoth sentía de fondo cuando se acercaba a los Santuarios y que ya había sentido también en Rheynald hacía meses se incrementaba. Y aún más cuando bajaron por la larguísima escalera de caracol, atravesando cuatro puestos de guardia con dos guardias en cada uno de ellos, a todas luces especialmente adiestrados para aquellas condiciones de vigilancia. La extraña comezón devino en un molesto zumbido que llegó en algún momento a nublar los pensamientos del elfo, pero tras varios segundos de desconcierto, pudo encontrar el modo de apartarlo en un rincón de su mente; y sin embargo, ahí seguía, insistente, como adviertiéndole de algo. Tras el cuarto tramo de escaleras llegaron a una nueva sala de guardia, donde los escalones acababan y eran sustituidos por una especie de montacargas operado por los propios vigilantes mediante una serie de poleas. El grupo bajó en turnos, primero el cardenal con un clérigo y luego Daradoth junto a un Susurro. Cuando el montacargas llevaba bajando unos metros, el zumbido de su mente se apagó de repente; fue una sensación extraña, un alivio seguido por una sensación de pérdida; Daradoth notaba que su poder, su Esencia, se escapaba de su ser; con un esfuerzo titánico consiguió resistir la sensación y permanecer consciente, pero no sabía cuánto tiempo lo conseguiría. Llegaron a la base, donde se abría una caverna artificial, a todas luces muy antigua, con grabados que Daradoth no reconoció. Podrían ser grabados élficos antiguos, pero no estaba seguro, y en su estado no encontraba la concentración necesaria para pensar. Los clérigos cesaron en sus oraciones, y el cardenal Misdahäd pidió a los guardias de la puerta que les abrieran; acto seguido, se giró hacia Daradoth y en lo que le pareció una fórmula ritual, le dijo:

—Os invito a entrar a este santuario libremente y en paz.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, mientras sentía que su lucidez se iba desvaneciendo con cada segundo que pasaba, Daradoth se apresuró a atravesar el -sorprendentemente- sencillo portal. Accedió a una magnífica sala subterránea, bellamente orlada y tallada, que sin duda había sufrido un gran desgaste desde su creación. Pero no quiso distraerse con la arquitectura: se centró en la media docena de reliquias que, en sendos altares, se encontraban distribuidas por la sala. Más rápido de lo que le hubiera gustado debido al creciente mareo, Daradoth contempló los objetos, mientras el cardenal le relataba algo de la historia de cada uno. El primero era un libro, pero no cualquier libro, sino el Vrítero original, la escritura sagrada de los vestalenses, inspirada a los escribas por el propio Vestán y que se guardaba a salvo de posibles expolios; el segundo era una gran espada de bellísima hoja, una empuñadura blanca y la guarda en forma de alas. Según le dijo Misdahäd no era otra que la espada que empuñó el Padre del Imperio, el profeta Khameer, cuando liberó a los vestalenses del yugo Sermio. El tercer objeto dejó helada la sangre de Daradoth: una daga negra enteramente tallada con runas y que sospechó de ser una kothmorui, una Daga Negra de la Sombra. La única explicación que el cardenal dio sobre aquel objeto fue que era peligroso y por eso lo habían guardado allí, donde parecía serlo menos. El cuarto objeto, al fondo de la sala y separado de los demás era una bella espada de hoja verdemar reposando sobre unas telas, que el cardenal contó que habían encontrado en unas extrañas ruinas de una antigua ciudadela en la orilla este del lago Irsuvil; Misdahäd advirtió a Daradoth que no se acercara demasiado, pero éste, en su apresuramiento, ya lo había hecho; oyó una voz en su mente que aún le aturdió más, que decía algo como “sácame de aquíiiiii, ¡libérame, por favor!”. ¿Era su cabeza que le jugaba una mala pasada, o la espada acababa de hablarle? Los Susurros, cuyas capas habían dejado de hacer su efecto de camuflaje desde que habían bajado por el montacargas, lo alejaron hacia el siguiente objeto. Éste, en el lado opuesto a la Daga Negra, era un bastón de ébano, también negro como la noche, bellísimamente trabajado y tallado; Misdahäd contó que había sido encontrado cerca de la espada verde, en las mismas ruinas, y que aunque no sabían qué era había sido depositado allí pues también era peligroso, al igual que la Daga. El sexto objeto era una especie de relicario, un colgante, del que Daradoth no alcanzó a oír la historia, pues en ese momento trataba con todas sus fuerzas de mantener la consciencia; a los pocos segundos se desplomaba, desprovisto del contacto con la Esencia.

Daradoth despertó ya en el Palacio, muy débil, ante la sorpresa del cardenal Ikhran, que no creía que un elfo fuera a ser afectado de aquella forma por las entrañas del Santuario. Nadie parecía saber muy bien qué pasaba en aquel subterráneo, aunque podían sospecharlo.

Ya recuperado Daradoth y reunido el grupo, el elfo tuvo un encontronazo con Symeon al discutir acerca del cambio de actitud que el último había sufrido a raíz de su última experiencia onírica. Gracias a la mediación de Yuria, la cosa no fue a mayores y todo volvió a la normalidad. Daradoth aprovechó entonces para contarles todo lo que había visto en los Santuarios, lo extremadamente protegidos que estaban y sus sospechas de una zona “libre de poder” que dificultaría el acceso a cualquiera capaz de sentirlo.

Un par de días después, se anunciaron bandos por toda la ciudad: alguien había intentado atentar contra la vida del Ra’Akarah y se instaba a todos los fieles de Creä a transmitir sus sospechas a la autoridad competente sobre la presencia de posibles amenazas para el Mesías en la ciudad; pero debía tratarse de sospechas fundadas, porque se castigaría duramente a aquellos que simplemente buscaran poner en un aprieto a sus vecinos.

También pudieron ver cómo llegaban a la ciudad un par más de comitivas de prisioneros aherrojados, acusados de brujería.

Pocos días antes de la presunta fecha de llegada del Ra’Akarah fueron contactados por fin por Ishfahan, el antiguo compañero de Taheem. Por fin había llegado el momento de colarse en los Santuarios, pues había conseguido sobornar a todos aquellos que estarían de guardia la noche anterior a la fecha esperada. Los condujo a través del monasterio, presentándolos (excepto a Daradoth) a todos aquellos que deberían franquearles el paso a partir de entonces. Ya en el interior del complejo, Ishfahan les indicó los puntos muertos en los ángulos de visión de los vigilantes, y las torres y almenas donde éstos se encontraban; Symeon lo memorizó todo perfectamente. Una vez en la Basílica, Ishfahan se despidió cuando le dieron el resto del dinero, indicándoles dónde encontrarlo si necesitaban algo. El grupo se dedicó a recorrer la basílica y el entorno del púlpito público desde donde seguramente el Ra’Akarah se dirigiría a sus hordas de fieles. Descubrieron así varios túneles cegados que partían de tres de los templos situados en la explanada principal, que podrían usar como escondite; pero la visita fue algo accidentada, y en el interior de la basílica, Taheem tuvo que dar cuenta de uno de los clérigos que se acercó peligrosamente a ellos. Viendo el desastre en que se podía convertir la noche y las dificultades que tendrían para entrar de nuevo a los Santuarios si se descubría el cuerpo, un plan se fue gestando en las mentes de Daradoth y Symeon. Ambos habían oído de diferentes fuentes en las jornadas anteriores que el Ra’Akarah seguramente daría la orden de quemar los libros de la biblioteca, así que decidieron salvar todo lo que pudieran. Con las habilidades arcanas de Daradoth y las más mundanas de Symeon y Yuria, consiguieron -de una forma muy accidentada- entrar a la biblioteca. Acto seguido, esquivando a los guardias, se dirigieron hacia la parte reservada, donde una puerta impedía el acceso; además, una alarma estaba claramente conectada a la puerta, lo que dificultaba aún más las cosas. No obstante, tras muchos minutos de intentos, finalmente consiguieron abrirla, mientras al otro lado se oía una voz, trémula e interrogante: “¿Quién está ahí? Sakhëed, ¿eres tú?”. Galad intentó disimular, contestando afirmativamente, pero no lo consiguió, y el anciano que había hablado empezó a gritar pidiendo ayuda, con lo que el paladín tuvo que irrumpir violentamente en la habitación; dos clérigos, uno anciano y otro más joven, lo miraron aterrados, horrorizados por alguien que empuñaba una espada en aquel recinto sagrado; a Galad y Daradoth no les costó nada reducirlos, dejarlos inconscientes y atarlos. Su suerte en esa noche continuó siendo inmensa, y ningún guardia acudió alertado por los gritos del anciano.

Acto seguido, pasaron a seleccionar los libros que “salvarían del Ra’Akarah”. No podían arriesgarse a que el Mesías Vestalense destruyera aquellos tesoros. Con las capacidades de Daradoth sería posible hacer pasar los grandes tomos por otra cosa, y los pergaminos deberían ir dentro de bolsas y ropas. Pero otro problema había surgido: no podían marcharse sin más dejando a los clérigos atados, el cadáver en la Basílica y varios libros ausentes. Con dolor y remordimiento inmenso (los clérigos eran víctimas inocentes en todo aquello y Yuria tuvo que acabar con ellos a espaldas del resto), arrastraron el cadáver de la basílica hasta la biblioteca y a continuación provocaron un incendio que previsiblemente borraría todo rastro de que habían estado allí y haría que todo pareciera un desafortunado accidente.

Aprovechando la confusión del incendio, con los hechizos de íncursión de Daradoth no tardaron en salir del complejo a través del monasterio y llegar a salvo a la ciudad, mientras en lo alto de la colina de los santuarios resplandecía con intensidad la gran almenara en la que se había convertido el ala reservada de la biblioteca...


miércoles, 24 de junio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 23

Creá, la Ciudad del Cielo (VII). Symeon despierta. Un extraño amuleto.

Eudorya Athalen de Nïmthos
Galad atravesaba los jardines de la mansión del Shaikh dirigiéndose a su habitual asignación de guardia de los huéspedes Príncipes Comerciantes, mientras éstos se encontraban inmersos en una conversación relativamente acalorada, sostenida en su propio idioma. Bajo unas enredaderas, protegiéndose del calor, se habían reunido Progeryon, Eudorya y Déor de Ladris, junto con algunos sirvientes. Los conocimientos de estigio del paladín le permitieron entender algunos fragmentos sueltos de la discusión que le resultaron sumamente interesantes: de la boca de un acalorado Progeryon salían las palabras “alta tración” y “no debemos”, “honor y deber”; a Déor se le notaba cada vez más alterado, mirando continuamente alrededor y contestando al joven príncipe de una forma algo brusca; Eudorya ejercía sin duda de intermediaria entre los dos, intentando calmar los ánimos e instándoles continuamente a bajar la voz. La conversación acabó cuando otro de los Príncipes, Knatos de Armir, se acercó al grupo. Todo pasó a ser más distendido y, finalmente el grupo se disolvió; Eudorya hizo ademán de acercarse a Galad, pero pareció pensárselo mejor y dando media vuelta se alejó en dirección contraria.

Más tarde, en la posada, se reunía el grupo al completo ante el lecho de Symeon, donde éste se agitaba inquieto y sufriendo contenidamente. Galad intentó ayudarle: tocando la mano del errante inconsciente canalizó hacia él un Aura de Protección. Lo siguiente no lo esperaba: una oleada de retroceso en forma de frío intenso invadió al paladín, que se mareó, sintiendo que algo iba tremendamente mal; el dolor de cabeza le provocó una mueca de dolor; pero al instante, la sensación cambió de manera que Galad no podría explicarlo más tarde, una sensación mucho más placentera y de seguridad, que lo confudió pero a la vez tranquilizó.

A medida que la transcurría la tarde, Symeon fue presa de unos espasmos cada vez más incontrolados y bruscos. A Yuria y Daradoth sólo se les ocurrió ir al circo en busca de Serena, la Errante; en el pasado, otra Errante, Azalea, había podido ayudar a Symeon en un trance parecido, y no sabían si aquello era común a todas ellas; ante la falta de una alternativa mejor, se desplazaron a la gran explanada donde el circo estaba levantando su carpa y se reunieron con Serena. Pero ésta se aterró cuando le sugirieron salir del recinto para cruzar media ciudad vestalense. Según les contó la muchacha, el camino hasta Creá había sido muy duro, tanto los dos enanos como maese Meravor habían sido acusados de brujería por un inquisidor, y mucha gente los había tratado como tales desde entonces. Así las cosas, Serena no entendía por qué Meravor había seguido insistiendo en marchar hacia Creá y meterse en el ojo del huracán. Pero aunque algunos miembros de la troupe habían planteado su incomodidad, Meravor gozaba de un gran ascendiente ante todos ellos y los había convencido de acudir a Creá, donde llevarían a cabo “la mejor función de su vida”. Yuria preguntó a la chica dónde se encontraban los enanos entonces, y ésta le respondió que no tenía ni idea; pero a todas luces, estaba mintiendo. Decidieron no insistir más y en lugar de sacar a la errante del recinto, traer a Symeon lo más discretamente que pudieran, al atardecer.

Serena la huérfana
Cuando estaban preparándolo todo para llevar a Symeon al circo, éste se incorporó de un salto, chorreando de sudor y con un fuerte alarido que puso a todos en guardia. Cuando Yuria acudió a ayudarle, el errante le propinó un violento empellón que la lanzó contra la pared, mientras él caía hacia atrás y quedaba tumbado, agotado y sin resuello. Durmió toda la noche.

Por la mañana, la memoria sobre lo que había sucedido en el Mundo Onírico era esquiva para el Errante, que sólo pudo balbucear leves impresiones de lo que le había sucedido en su inconsciencia, y mencionar algo acerca de unas figuras sombrías comandadas por una silueta irreconocible que parecía tener siempre una fuerte luz detrás. Con el paso de las horas, Symeon iría recobrando la memoria de lo que había sucedido, y compartiría la experiencia con el grupo (aunque éstos no sabrían si se guardaba algo para sí). Varias figuras lo habían hecho prisionero y había conseguido escapar con la ayuda de un desconocido. No obstante, la actitud del Errante parecía haber cambiado desde que despertara: se mostraba más agresivo y algunos comentarios impropios del pacifismo de los errantes sembraron la duda en el grupo.

Más tarde, Yuria y Symeon, acompañados por Daradoth con un hechizo de ocultación, se dirigían al circo para intentar encontrarse con los enanos. Antes, Symeon pudo hablar con Serena, que se alegró sobremanera de verla (al contrario que Symeon, que parecía relativamente frío y distante). La muchacha le contó de nuevo los problemas que habían tenido por el camino, y veladamente le reveló en qué carromato se encontraban los enanos, que evidentemente seguían en el circo. Y aún siguieron hablando algo más, con la sugerencia de Serena de que ella y Symeon podrían incorporarse a alguna caravana de Buscadores cuando todo aquello pasara; Daradoth se sobresaltó cuando escuchó la respuesta de Symeon: lejos de mostrarse anhelante y feliz de que la muchacha le propusiera aquello, el Errante contestó con escuetos monosílabos y pasó a explicar por qué creía que su pueblo había estado equivocado hasta entonces, y que quizá deberían usar medios menos pacíficos para resolver los problemas; habría que reunir a su pueblo y definitivamente “cambiar las cosas”; Daradoth se quedó petrificado por la forma de hablar de su amigo; realmente le había ocurrido algo que lo había cambiado profundamente.

Daradoth hizo un aparte con Symeon cuando éste se despidió de Serena. Le reveló que lo encontraba demasiado cambiado como para ser un hecho normal, ante lo que Symeon no reaccionó bien y acabó con el intercambio bruscamente.

De vuelta a la posada, Symeon buscó a Galad para que lo confesara, como ya había hecho en el pasado con Aldur. Amparado por el secreto de confesión, el Errante contó al paladín cómo sentía estar traicionando a su pueblo al mostrarse más receptivo hacia las armas y la violencia, y al creer que todos los errantes deberían alzarse en armas; ahora creía en aquello sin duda y eso era lo que más lo aterraba.

Poco después, Fajeema hacía acto de aparición en la posada buscando a Yuria; la vestalense pretendía que todo volviera a la normalidad entre ellas, después del asunto de la tela varlagh. Yuria aceptó sus disculpas y retomaron la rutina de las visitas a los baños y la mezquita.

Después tuvo lugar la reunión que tenían pendiente entre el grupo, el Shaikh y la delegación ercestre. La reunión discurrió de una forma muy abstrusa, muy difícil. Después de que su petición fuera rechazada por los ercestres y la mujer del gobernador, el grupo pretendía que fuera lord Esmahäd quien les proporcionara las doscientas monedas de oro que solicitaba el antiguo compañero de Taheem, Ishfahän. Por supuesto, el shaikh necesitaba garantías, pues esa cantidad era una pequeña fortuna de la que no podía desprenderse así como así; cuando oyó al grupo mencionar un posible objeto de poder que el Ra’Akarah podía pretender conseguir al llegar a Creá, el gobernador pidió que le proporcionaran tal objeto a cambio. A esto, claro, el grupo se negaba, con lo que la conversación llegó varias veces a un punto muerto del que no creían que podrían salir.

Pero finalmente se llegó a un acuerdo, con la ayuda de la mediación ercestre; el grupo al completo tendría la ayuda del shaikh por que aceptaron realizar el juramento formal (especialmente vinculante en el caso del paladín). Juraron que intentarían por todos los medios a su alcance, fuera o no fuera el verdadero Ra’Akarah el individuo que se acercaba a Creá, impedir su llegada al poder (matándolo, desenmascarándolo o como fuera). Protegían así los intereses del shaikh y el desequilibrio en Aredia, todo en uno. No era el acuerdo más ventajoso que se podía obtener, pero era un acuerdo.

Mientras sus compañeros asistían a la reunión con los ercestres y el gobernador, Daradoth se había quedado en el Palacio Arzobispal; evitaría así que el shaikh lo relacionara con los demás, por si acaso. Pidió una audiencia con el Sumo Vicario y le fue concedida. El elfo tenía una petición que hacer: deseaba acceder a la parte prohibida de los Museos de los Santuarios. El Sumo Vicario se negó en primera instancia, preguntándole qué esperaba encontrar allí, pero ante la insistencia de Daradoth transigió; el día siguiente, el Cardenal Misdahäd, le acompañaría en su acceso a los Museos, pero previamente, Daradoth debería jurar formalmente que no desvelaría a nadie nada de lo que allí pudiera ver. El elfo consiguió evitar a tiempo que una sonrisa asomara en su rostro.

Con la sensación agridulce del acuerdo alcanzado con el shaikh, se dirigieron ya de noche al circo, donde los artistas se encontraban ya preparando sus respectivas funciones. Sin demasiados problemas pudieron acceder al recinto interior y llegar al carromato de Narak y Zandûr. Tras saludarse fríamente, Zandûr presentó su artilugio a Yuria. Se trataba de una especie de farolillo que, con el pensamiento adecuado, lanzaba una lengua de fuego por uno de sus extremos; con eso Yuria podría calentar el aire de su globo. Como había prometido, proporcionó una copia de los planos al enano, y a continuación éste pasó a explicarle a la ercestre cómo usar el aparato. Sin embargo, Yuria no fue capaz de sacar ni la más mísera llama del artefacto; no así Daradoth o Galad, que con suma facilidad lo hicieron arder. Por más que lo intentó, Yuria no fue capaz de hacerlo funcionar, lo que acrecentó aún más las sospechas del grupo de que algo en Yuria impedía la canalización del poder en su persona. Aún así, dándoles las gracias, Yuria guardó el pequeño aparato y la conversación derivó a los problemas que la troupe había tenido en su periplo hacia Creá; los enanos confirmaron las palabras de Serena y la extrañeza que les causaba que Meravor hubiera insistido en viajar hasta allí. Comentaron entonces las extrañas habilidades de Meravor, su verdadera naturaleza y sus posibles intenciones al ir hasta Creá, pero los enanos no pudieron confirmar nada.

Ya reunidos, Yuria decidió revelar sus cartas y confirmar algo que había venido sospechando desde la ceremonia de circuncision de Daradoth. Se quitó el colgante que le había regalado su tía Orestia e hizo la prueba de sacar fuego del artilugio de Zandûr; efectivamente, allí estaba: una llama firme y potente. Se puso el colgante de nuevo y fue incapaz de sacar ni el más mínimo rescoldo; los demás se miraron, extrañados. A petición de Galad, Yuria le dejó el colgante, y todos se precipitaron a ayudar al paladín cuando éste se desplomó inconsciente por los efectos de la joya. Más tarde les explicaría que había sido como si su ser se volcara al colgante hasta dejarlo agotado.

Después de un silencio meditabundo, todos coincidieron en que aquel objeto debía, de alguna manera, absorber el poder de su alrededor y anularlo; era algo que ni siquiera sabían que pudiera existir, pero quizá también algo que podía ayudarlos en lo que estaba por venir…