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martes, 14 de julio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 24

Creá, la Ciudad del Cielo (VIII). Las Reliquias. La Biblioteca incendiada.
Tras realizar varios experimentos más con el talismán de Yuria, les quedó definitivamente clara la utilidad que tenía. Viendo su efecto sobre Galad, Daradoth no quiso sujetarlo, ni siquiera tocarlo. Sí lo hizo Symeon, sobre el que el colgante no pareció ejercer efecto alguno. Galad aún afinó más, y notó que el colgante no entraba en funcionamiento por el contacto, sino cuando estaba a escasos centímetros de su piel. Desde luego, si tenía el mismo efecto sobre todos, pensaban utilizarlo en el asunto del Ra’Akarah.

Durante todas aquellas jornadas, Symeon siguió intentando establecer su red en los bajos fondos; fracasados sus intentos anteriores, trató de establecer vínculos con los niños ladronzuelos del este de la ciudad, y ahí sí que obtuvo sus frutos. Dando unas monedas aquí y allá, finalmente los niños le hablaron de uno de sus compañeros, de la misma raza que Symeon. Éste se mostró sumamente interesado y consiguió que le presentaran al niño, Hérados. Tras varios días de encuentros, el niño finalmente condujo a Symeon a presencia de su “tío Sarahëd”. Por supuesto, éste, que parecía ser el coordinador de todos aquellos pilluelos, mostró una desconfianza extrema hacia el errante en primera instancia. Pero unas cuantas monedas y una vehemente conversación cambiaron su predisposición, más cuando Symeon le confió que estaba a punto de dar un golpe importante y necesitaba que los bajos fondos de la ciudad se lo permitieran. Sarahëd lo introdujo entonces al mundo (escaso) de los ladrones de Creä. Éstos estaban sometidos a mucha presión últimamente debido a la llegada del Mesías, pero la creciente población de la ciudad había aliviado algo su situación y había facilitado que volvieran a operar. Symeon fue conducido a presencia del “Gran Hombre”, que se presentó en la penumbra y no reveló en ningún momento su nombre: tres monedas de oro le permitirían cometer los robos que quisiera en la ciudad, y a cambio de otras diez, los allí reunidos le dieron su palabra de facilitarle la huida de Creä después de su “golpe maestro” (debería darle 10 monedas de oro a cierto individuo en cierto sitio para que los guiara de forma segura hasta el exterior). Además, Symeon consiguió comprar la libertad de Hérados por otra moneda de oro; adoptó al niño como su pupilo y lo llevó a la posada donde se alojaba.

Yuria siguió con sus regulares visitas a los baños en compañía del grupito que la había adoptado como amiga, y en una de las ocasiones, lady Ilaith volvió a unirse a ellas. La Princesa Comerciante volvió a insistir en su generosa oferta, y Yuria le habló de que no estaba sola allí y debería consultarlo. Ilaith la instó de nuevo a darle una contestación rápidamente, pues no sabía qué podía ocurrir con la llegada del Ra’Akarah a Creä y quería contar con ella lo antes posible. Yuria le prometió darle una contestación lo más pronto posible.

Durante aquellos días, Galad aprovechaba cualquier ocasión para pasar tiempo con Eudorya. En un par de ocasiones, sus flirteos y furtivas caricias estuvieron a punto de dar lugar a algo más, pero el paladín se contuvo, en un alarde de autocontrol. No obstante, por otro lado, durante sus conversaciones Eudorya reveló píldoras de información muy interesantes: al parecer, la mayoría de los Príncipes Comerciantes anhelaban la guerra que el Ra’Akarah traería al continente con toda probabilidad; Progeryon distaba mucho de estar de acuerdo y desconfiaba de Ilaith porque ésta estaba congregando a su alrededor mucha gente valiosa, mucho poder a su alrededor, y no cesaba de reclutar individuos que juzgaba útiles para sus intereses.

Y el momento de la visita de Daradoth a la parte prohibida de los Santuarios llegó por fin. Convocado por un sirviente, se reunió en la puerta oeste de los Santuarios con el cardenal Misdahäd, otros dos clérigos y dos de los peligrosos asesinos llamados Susurros de Creä, envueltos en sus capas camaleónicas. Poco después de entrar en el complejo de los museos, los dos clérigos que acompañaban al cardenal comenzaron a entonar oraciones en un quedo susurro, que no cesaron ya hasta que llegaron a su destino. Y el destino probó estar bien protegido: primero, una puerta de madera y acero, con dos guardias a cada lado; después atravesaron una segunda puerta más pequeña pero aún más recia y con dos guardias más, que daba acceso a una sala desde donde bajaba una estrecha escalera de caracol custodiada por aún otros dos guardias. La sensación que Daradoth sentía de fondo cuando se acercaba a los Santuarios y que ya había sentido también en Rheynald hacía meses se incrementaba. Y aún más cuando bajaron por la larguísima escalera de caracol, atravesando cuatro puestos de guardia con dos guardias en cada uno de ellos, a todas luces especialmente adiestrados para aquellas condiciones de vigilancia. La extraña comezón devino en un molesto zumbido que llegó en algún momento a nublar los pensamientos del elfo, pero tras varios segundos de desconcierto, pudo encontrar el modo de apartarlo en un rincón de su mente; y sin embargo, ahí seguía, insistente, como adviertiéndole de algo. Tras el cuarto tramo de escaleras llegaron a una nueva sala de guardia, donde los escalones acababan y eran sustituidos por una especie de montacargas operado por los propios vigilantes mediante una serie de poleas. El grupo bajó en turnos, primero el cardenal con un clérigo y luego Daradoth junto a un Susurro. Cuando el montacargas llevaba bajando unos metros, el zumbido de su mente se apagó de repente; fue una sensación extraña, un alivio seguido por una sensación de pérdida; Daradoth notaba que su poder, su Esencia, se escapaba de su ser; con un esfuerzo titánico consiguió resistir la sensación y permanecer consciente, pero no sabía cuánto tiempo lo conseguiría. Llegaron a la base, donde se abría una caverna artificial, a todas luces muy antigua, con grabados que Daradoth no reconoció. Podrían ser grabados élficos antiguos, pero no estaba seguro, y en su estado no encontraba la concentración necesaria para pensar. Los clérigos cesaron en sus oraciones, y el cardenal Misdahäd pidió a los guardias de la puerta que les abrieran; acto seguido, se giró hacia Daradoth y en lo que le pareció una fórmula ritual, le dijo:

—Os invito a entrar a este santuario libremente y en paz.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, mientras sentía que su lucidez se iba desvaneciendo con cada segundo que pasaba, Daradoth se apresuró a atravesar el -sorprendentemente- sencillo portal. Accedió a una magnífica sala subterránea, bellamente orlada y tallada, que sin duda había sufrido un gran desgaste desde su creación. Pero no quiso distraerse con la arquitectura: se centró en la media docena de reliquias que, en sendos altares, se encontraban distribuidas por la sala. Más rápido de lo que le hubiera gustado debido al creciente mareo, Daradoth contempló los objetos, mientras el cardenal le relataba algo de la historia de cada uno. El primero era un libro, pero no cualquier libro, sino el Vrítero original, la escritura sagrada de los vestalenses, inspirada a los escribas por el propio Vestán y que se guardaba a salvo de posibles expolios; el segundo era una gran espada de bellísima hoja, una empuñadura blanca y la guarda en forma de alas. Según le dijo Misdahäd no era otra que la espada que empuñó el Padre del Imperio, el profeta Khameer, cuando liberó a los vestalenses del yugo Sermio. El tercer objeto dejó helada la sangre de Daradoth: una daga negra enteramente tallada con runas y que sospechó de ser una kothmorui, una Daga Negra de la Sombra. La única explicación que el cardenal dio sobre aquel objeto fue que era peligroso y por eso lo habían guardado allí, donde parecía serlo menos. El cuarto objeto, al fondo de la sala y separado de los demás era una bella espada de hoja verdemar reposando sobre unas telas, que el cardenal contó que habían encontrado en unas extrañas ruinas de una antigua ciudadela en la orilla este del lago Irsuvil; Misdahäd advirtió a Daradoth que no se acercara demasiado, pero éste, en su apresuramiento, ya lo había hecho; oyó una voz en su mente que aún le aturdió más, que decía algo como “sácame de aquíiiiii, ¡libérame, por favor!”. ¿Era su cabeza que le jugaba una mala pasada, o la espada acababa de hablarle? Los Susurros, cuyas capas habían dejado de hacer su efecto de camuflaje desde que habían bajado por el montacargas, lo alejaron hacia el siguiente objeto. Éste, en el lado opuesto a la Daga Negra, era un bastón de ébano, también negro como la noche, bellísimamente trabajado y tallado; Misdahäd contó que había sido encontrado cerca de la espada verde, en las mismas ruinas, y que aunque no sabían qué era había sido depositado allí pues también era peligroso, al igual que la Daga. El sexto objeto era una especie de relicario, un colgante, del que Daradoth no alcanzó a oír la historia, pues en ese momento trataba con todas sus fuerzas de mantener la consciencia; a los pocos segundos se desplomaba, desprovisto del contacto con la Esencia.

Daradoth despertó ya en el Palacio, muy débil, ante la sorpresa del cardenal Ikhran, que no creía que un elfo fuera a ser afectado de aquella forma por las entrañas del Santuario. Nadie parecía saber muy bien qué pasaba en aquel subterráneo, aunque podían sospecharlo.

Ya recuperado Daradoth y reunido el grupo, el elfo tuvo un encontronazo con Symeon al discutir acerca del cambio de actitud que el último había sufrido a raíz de su última experiencia onírica. Gracias a la mediación de Yuria, la cosa no fue a mayores y todo volvió a la normalidad. Daradoth aprovechó entonces para contarles todo lo que había visto en los Santuarios, lo extremadamente protegidos que estaban y sus sospechas de una zona “libre de poder” que dificultaría el acceso a cualquiera capaz de sentirlo.

Un par de días después, se anunciaron bandos por toda la ciudad: alguien había intentado atentar contra la vida del Ra’Akarah y se instaba a todos los fieles de Creä a transmitir sus sospechas a la autoridad competente sobre la presencia de posibles amenazas para el Mesías en la ciudad; pero debía tratarse de sospechas fundadas, porque se castigaría duramente a aquellos que simplemente buscaran poner en un aprieto a sus vecinos.

También pudieron ver cómo llegaban a la ciudad un par más de comitivas de prisioneros aherrojados, acusados de brujería.

Pocos días antes de la presunta fecha de llegada del Ra’Akarah fueron contactados por fin por Ishfahan, el antiguo compañero de Taheem. Por fin había llegado el momento de colarse en los Santuarios, pues había conseguido sobornar a todos aquellos que estarían de guardia la noche anterior a la fecha esperada. Los condujo a través del monasterio, presentándolos (excepto a Daradoth) a todos aquellos que deberían franquearles el paso a partir de entonces. Ya en el interior del complejo, Ishfahan les indicó los puntos muertos en los ángulos de visión de los vigilantes, y las torres y almenas donde éstos se encontraban; Symeon lo memorizó todo perfectamente. Una vez en la Basílica, Ishfahan se despidió cuando le dieron el resto del dinero, indicándoles dónde encontrarlo si necesitaban algo. El grupo se dedicó a recorrer la basílica y el entorno del púlpito público desde donde seguramente el Ra’Akarah se dirigiría a sus hordas de fieles. Descubrieron así varios túneles cegados que partían de tres de los templos situados en la explanada principal, que podrían usar como escondite; pero la visita fue algo accidentada, y en el interior de la basílica, Taheem tuvo que dar cuenta de uno de los clérigos que se acercó peligrosamente a ellos. Viendo el desastre en que se podía convertir la noche y las dificultades que tendrían para entrar de nuevo a los Santuarios si se descubría el cuerpo, un plan se fue gestando en las mentes de Daradoth y Symeon. Ambos habían oído de diferentes fuentes en las jornadas anteriores que el Ra’Akarah seguramente daría la orden de quemar los libros de la biblioteca, así que decidieron salvar todo lo que pudieran. Con las habilidades arcanas de Daradoth y las más mundanas de Symeon y Yuria, consiguieron -de una forma muy accidentada- entrar a la biblioteca. Acto seguido, esquivando a los guardias, se dirigieron hacia la parte reservada, donde una puerta impedía el acceso; además, una alarma estaba claramente conectada a la puerta, lo que dificultaba aún más las cosas. No obstante, tras muchos minutos de intentos, finalmente consiguieron abrirla, mientras al otro lado se oía una voz, trémula e interrogante: “¿Quién está ahí? Sakhëed, ¿eres tú?”. Galad intentó disimular, contestando afirmativamente, pero no lo consiguió, y el anciano que había hablado empezó a gritar pidiendo ayuda, con lo que el paladín tuvo que irrumpir violentamente en la habitación; dos clérigos, uno anciano y otro más joven, lo miraron aterrados, horrorizados por alguien que empuñaba una espada en aquel recinto sagrado; a Galad y Daradoth no les costó nada reducirlos, dejarlos inconscientes y atarlos. Su suerte en esa noche continuó siendo inmensa, y ningún guardia acudió alertado por los gritos del anciano.

Acto seguido, pasaron a seleccionar los libros que “salvarían del Ra’Akarah”. No podían arriesgarse a que el Mesías Vestalense destruyera aquellos tesoros. Con las capacidades de Daradoth sería posible hacer pasar los grandes tomos por otra cosa, y los pergaminos deberían ir dentro de bolsas y ropas. Pero otro problema había surgido: no podían marcharse sin más dejando a los clérigos atados, el cadáver en la Basílica y varios libros ausentes. Con dolor y remordimiento inmenso (los clérigos eran víctimas inocentes en todo aquello y Yuria tuvo que acabar con ellos a espaldas del resto), arrastraron el cadáver de la basílica hasta la biblioteca y a continuación provocaron un incendio que previsiblemente borraría todo rastro de que habían estado allí y haría que todo pareciera un desafortunado accidente.

Aprovechando la confusión del incendio, con los hechizos de íncursión de Daradoth no tardaron en salir del complejo a través del monasterio y llegar a salvo a la ciudad, mientras en lo alto de la colina de los santuarios resplandecía con intensidad la gran almenara en la que se había convertido el ala reservada de la biblioteca...


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