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martes, 11 de agosto de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 26

Creá, la Ciudad del Cielo (X). La llegada del Ra’Akarah.

Al darse cuenta de la señal dejada por Daradoth, Galad reunió al grupo al completo. Al enterarse del episodio de los calabozos, el elfo mostró su consternación y su preocupación por el estado de sus compañeros. Pero al fin y al cabo habían salido indemnes de todo aquello, con el único revés de haber perdido (esperaban que temporalmente) los libros que habían sacado de la biblioteca; éstos se encontraban con casi total seguridad en el despacho del gobernador, a buen recaudo. Symeon también les informó de la reunión que había acordado con Meravor y el resto del grupo para tratar un posible apoyo mutuo, ante lo que todos se mostraron de acuerdo.

Ishfahäd ra'Khameer, el Ra'Akarah
Por la tarde, Galad tuvo uno de sus ya habituales encuentros con Eudorya a espaldas de su guardia de eunucos. Aparte del flirteo galante (con respeto, por supuesto) que ya venía siendo habitual entre ambos, la princesa volvió a hablarle de las tensiones que afloraban entre los diferentes miembros de su delegación ante la actitud que les habían exigido mantener ante el Ra’Akarah. La postura oficial era la de apoyar las pretensiones del mesías vestalense para convertir a la Confederación en una aliada y poder así beneficiarse económicamente de los acontecimientos; pero Eudorya temía que Progeryon cometiera una locura y se saltara las órdenes recibidas; eso no sería bien recibido por Ilaith y Knatos, los dos miembros de la comitiva más poderosos después del joven príncipe. La tensión de la situación se estaba convirtiendo en algo insostenible, agravada por el carácter fuerte de Progeryon. Un eunuco llegó justo cuando Galad y la princesa estaban a punto de besarse de nuevo.

Symeon siguió cultivando la red de espías que quería establecer en la ciudad, y con el paso de los días se ganó la lealtad de un puñado de niños, atraídos por las generosas propinas del Errante. Se comprometieron a informarle de cualquier cosa que sucediera fuera de lo común.

El día siguiente tuvo lugar en el circo la reunión entre Meravor y el grupo. Prácticamente todos excepto Daradoth llegaron allí por la tarde, para evitar el toque de queda; el elfo acudió haciendo uso de sus especiales habilidades de infiltración y acecho. En el camino, Symeon tuvo un encontronazo con dos tipos de mala catadura que parecían estar esperándole en una esquina. El errante fue amenazado por el más pequeño de ellos, mientras el otro, un tipo imponente, le lanzaba su porra con un grito; no estaban contentos porque al parecer Symeon estaba “robándoles” a sus pupilos; tendría que tener más cuidado a partir de entonces con qué niños reclutaba.

Ya en la reunión, Meravor compartió con el grupo lo que ya había contado a Symeon: les habló de la extraña pulsión que le había llevado a Creá, y de su incapacidad para explicarla. También les contó que desconocía de dónde procedían sus extraños poderes: un buen día había empezado a utilizarlos y nada más; Daradoth desconfiaba del hombre, pero no pudo descubrir ningún signo de engaño en él. Meravor también les explicó que había ayudado a algunos de ellos a salir de los calabozos porque había sentido que algo iría terriblemente mal si no lo hacía; pero de ahí a ayudarles a acabar con el Ra’Akarah iba un mundo; el jefe del circo no les prometió prestarles su ayuda, como habían supuesto; ya había hecho bastante poniendo en peligro a toda su compañía para llegar a Creá como para participar en un acto de tal magnitud que podría suponer una masacre; no obstante, prometió no desvelar las intenciones del grupo y tampoco descartó su participación, pues sus “sensaciones” eran extrañas y llegaban sin previo aviso. Con una sensación agridulce, el grupo pasó la noche en uno de los carromatos para no tener problemas con la guardia, y Daradoth volvió a sus aposentos en el Palacio Vicarial.Yuria intentó pasar el máximo tiempo posible con Narak y Zandûr, intercambiando ideas.

El día siguiente, ya en la posada, Symeon recibió la visita de Hérados, el niño errante que había convertido en su protegido hacía un par de semanas. El chico iba acompañado de otro niño, un poco más pequeño, al que llamaba ratón. Al parecer éste se había enterado de las generosas propinas del Errante y de su interés en enterarse de cualquier hecho mínimamente interesante. Y realmente tenía información importante que darle: el muchacho se había colado en el campamento de los Ástaros del Pacto de los Seis, y éstos habían recibido una nueva visita. En palabras del chiquillo, eran “hombres que no parecían hombres”. Acompañando a un contingente de Ástaros recién llegado, había llegado un grupo de media docena de aquellos “seres que eran como el elfo que habían circuncidado unos días atras”. Symeon le dio una buena propina, por supuesto; enterarse de que una delegación de elfos había llegado a Creá en secreto bien la valía.

Cuando Symeon compartió la información en privado con Daradoth, éste no se lo pensó dos veces y partió hacia el campamento Páctiro; su primera intención fue pasar haciendo uso de sus hechizos de infiltración, pero los guardias disponían de perros que lo delatarían, así que se presentó abiertamente. Los guardias sospecharon durante unos instantes, pero finalmente lo dejaron pasar a hablar con lord Amâldir. Éste se mostró preocupado al saber que la información de la llegada de los elfos había llegado a oídos de alguien en la ciudad, y no quiso reunir a Daradoth con la “delegación de Doranna”. Pero finalmente, la vehemencia de Daradoth convenció al comandante ástaro, que mandó llamar a uno de sus sirvientes; poco después hacían acto de presencia varias figuras, cuatro de ellas a todas luces élficas. Irvalion, Ellaroth y Aglareth iban acompañados de una mujer semielfa: Ezhabel, una especie de guardaespaldas. Según contaron a Daradoth, venían desde Lasar, enviados por lord Aldarien, quien había hecho oídos sordos a las órdenes de no intromisión de lord Natarin. Por supuesto, le contaban todo aquello gracias a la reputación que el padre de Daradoth tenía como servidor de lord Aldarien y confiaban en su discreción. También le preguntaron por su circuncisión, que Daradoth explicó como algo que tuvo que hacer para conservar la vida, y por “la búsqueda”. A esto, el joven elfo respondió con un rictus de preocupación; por supuesto, continuaba intentando averiguar algo, pero además aprovechó para mencionar la más que probable implicación de Trelteran en la desaparición de los secuestrados y de una duquesa esthalia, y también la posible presencia de un kalorion en todo aquel asunto del Ra’Akarah. Los elfos se miraron, al principio quizá divertidos, pero pronto cambiaron sus amagos de sonrisa por un semblante de preocupación cuando Daradoth les describió a la figura de nariz aguileña que se había llevado a la duquesa Rhyanys de Gwedenn y lo que había venido sucediendo a su grupo durante el viaje. Tras unos minutos de silencio, los elfos se dirigieron gestos de afirmación y decidieron conducir a Daradoth (junto con Amâldir y algunos más) a su propia tienda de campaña, bien camuflada entre las tiendas de los soldados. Durante el camino, como previamente había hecho Amâldir, expresaron su preocupación por cómo había trascendido la información de que un grupo de elfos había llegado a Creá, e instaron a Daradoth a silenciar cualquier fuente de información que llegara a su conocimiento. Por fin, llegaron a la tienda, fuertemente custodiada por soldados de la Corona del Erentárna (el contingente que había venido escoltando a los elfos). Allí, en una especie de camastro inclinado se encontraba una mujer de alta talla, tapada hasta la cintura, como si estuviera enferma; al mostrar los elfos su confianza en el recién llegado, ella se incorporó y dejó atrás la estructura que ocultaba la mitad de su cuerpo; no era otra que lady Merediah, Caminante de Sueños. La mitad del cuerpo de Merediah era de mujer y la otra mitad de caballo, como correspondía a su raza, la orgullosa raza centauriana. Según explicaron a Daradoth, lady Merediah había sentido algo muy oscuro en el Mundo Onírico procedente de aquella zona del continente; poco después se enteraron del presunto advenimiento del Mesías vestalense y de su posible implicación en la sensación de la centaura, que por otro lado no era la única que lo había sentido. Enterado lord Natarin del asunto, el Alto Rey de los elfos había prohibido de momento cualquier tipo de intervención, con lo que Aldarien había decidido no permanecer ciego y sordo a los acontecimientos y enviar a su propia delegación de confianza a escondidas.

Con la promesa de ser discreto acerca de la presencia de los elfos allí, y la promesa de éstos de intentar ayudarle si la cosa se torcía, pues era evidente que los vestalenses iban a utilizar a Daradoth con fines políticos y propagandísticos, éste se despidió.

Y entraron en la última semana antes de la llegada prevista del Ra’Akarah a Creá. Daradoth comenzó a ser adiestrado en el protocolo y la forma de proceder que requerirían las ceremonias. Se le informó de que sería presentado al Salvador poco después de que éste llegara, y que tras el ayuno de purificación que llevaría a cabo, también estaría presente en la Exaltación. Daradoth tragó saliva, preocupado. Durante esa semana se reuniría todas las noches con el resto del grupo, tratando de trazar un plan de acción.

Lady Ilaith preguntó a Galad dónde podría encontrar a Yuria, y se dirigió a su encuentro, para interesarse por su estado; cuando en la conversación subsiguiente Yuria le empezó a hablar del conflicto entre Luz y Sombra y la posible implicación del Ra’Akarah en el, la Princesa se mostró confundida y la ercestre la invitó a reunirse con ella y el resto de sus compañeros. Sin embargo, no todos quisieron acudir, así que el día siguiente se reunían con Ilaith la propia Yuria, Taheem, Sharëd, Faewald y Galad. Ilaith no se sorprendió de encontrar a Galad en aquella reunión, y con veladas palabras dio a entender que sabía que era algo más que un guardia del gobernador. La actitud de los demás hacia él así lo daba a entender. Yuria afirmó que Galad podría explicarle mejor aquel asunto de la Luz y la Sombra, ante lo que Ilaith sonrió, incrédula. Galad optó conveniente revelarse como paladín de Emmán, ante el gesto afirmativo de la Princesa, y su charla resultó ser fuertemente aleccionadora. Haciendo gala de todos sus conocimientos no sólo religiosos, sino también filosóficos, el paladín habló como un verdadero erudito, conmoviendo las creencias de la Princesa, que se quedó pensativa e hizo varias preguntas. No entendía por qué la Luz tenía que ser moralmente superior a la Sombra, pero la vehemencia de Galad y Yuria acalló sus dudas, y sembraron la duda al expresar su temor de que el Ra’Akarah fuera un sirviente de la Sombra. Al día siguiente, Galad sonreiría al enterarse de que Ilaith había pedido a los sirvientes algunos libros de temática filosófica. Quizá habían plantado las semillas para ganar una nueva defensora de su causa.

Dos noches antes de la llegada del Mesías, tras la reunión habitual con el resto del grupo, Daradoth se encaminó de vuelta a sus aposentos en el Palacio Vicarial. Cuando pasaba junto a la Explanada de los Peregrinos al pie de los Santuarios, vio algo que lo sorprendió. En el inicio de las enormes escalinatas de subida a los Santuarios, bajo la tenue luz de la luna, se alzaba una figura solitaria, un hombre que miraba hacia arriba, hacia la entrada al complejo, concentrado con los brazos cruzados. Los guardias no parecían molestarle, a pesar de la vigencia del toque de queda y de la espada que llevaba cruzada en su espalda. Algo extraño sucedía allí, y Daradoth se acercó, curioso y bajo sus hechizos de acecho. Sin embargo, se detuvo con con el corazón desbocado cuando el hombre pareció advertir su avance y giró un poco la cabeza, mirando por encima de su hombro. Tras unos tensos segundos, el individuo volvió a mirar al frente, descruzó los brazos e inició el ascenso con una seguridad fuera de lo común. Un brillo captó la atención de Daradoth, un brillo en la muñeca derecha del extraño; la sangre se heló en sus venas cuando reconoció una pequeña balanza dorada que lo identificaba como un Mediador. Poco después, el Mediador se detenía ante las puertas de los Santuarios, que no tardaban en abrirse y franquearle el paso; los guardias también lo habían reconocido. Daradoth se apresuró a alejarse de allí, preocupado.

El día siguiente, Symeon no tardó en enterarse del rumor que hablaba de la presencia de un Mediador en la ciudad. Normalmente aquello serían buenas noticias, pero en la reunión posterior del grupo, Daradoth les habló de la experiencia que meses atrás había tenido en el reino de Sermia con un Mediador y cómo había emitido un veredicto injusto a todas luces; aquello no parecía posible, pero la explicación de los hechos no dejó muchas dudas acerca de lo inapropiado de la sentencia, lo que hizo que el grupo añadiera una preocupación más a la lista.

Esa misma noche, haciendo uso de los contactos que les había proporcionado Ishfahän, Symeon y Taheem se infiltraron en los Santuarios, dejando en uno de los túneles cegados que habían descubierto, el más cercano al púlpito de la muralla frontal, armas y hábitos de monje.

Durante la última semana, la ciudad se había convertido en un hervidero de gente; las calles abarrotadas, las posadas llenas y multitud de campamentos provisionales se habían levantado alrededor. En los últimos días, la gente había estado yendo y viniendo para poder ver anticipadamente al Ra’Akarah en el camino, pero éste nunca se había mostrado en público. Hasta que, al alba del día siguiente, sonaron las trompetas; el Ra’Akarah, el “Hijo del Creador”, el Mesías vestalense, el Salvador, el Libertador, el Conquistador, hacía su entrada en la ciudad santa de Creá, la Ciudad del Cielo.

El antiguo Ishfahäd ra’Khameer, descendiente del profeta Khameer, ahora llamado Ishfahäd ra’Akarah o, simplemente, el Ra’Akarah, era todo lo que los vestalenses estaban esperando: un Príncipe Guerrero, de regio porte, alto, fuerte y atractivo, vestido con una túnica azul celeste, portando un gran alfanje cruzado en su espalda y a lomos de un extraordinario semental blanco que lo llevaría orgulloso a la Guerra Santa contra los infieles. Incluso el grupo detuvo sus ojos durante un momento sobre el Mesías, fascinados por su aspecto y su prestancia. Alrededor de él marchaban a camello media docena de figuras totalmente tapadas por ropas de los habitantes del desierto: sin duda, su guardia Ra’Khameer, compuesta por los descendientes del profeta que en teoría había resucitado en el Mausoleo. Detrás se podía ver la oronda y sonriente figura de Yrm Ybden, el Supremo Badir y líder del Imperio, acompañado de su bellísima esposa Sarahid ra’Ahrahäd, de pelo negro hasta la cintura, labios carnosos y ojos verdes que expresaban un punto de timidez. Multitud de otros nobles y acompañantes desconocidos para el grupo acompañaban a la comitiva: centenares y centenares de jinetes que habían pugnado por un puesto preferente en la comitiva. Varias figuras lucían las túnicas bordadas con llamas del Fuego Purificador, la hermandad que se dedicaba a castigar con el fuego a los infieles; otros lucían la distintiva túnica negra de los Verdaderos Creyentes, una nueva orden religiosa de la que el grupo había oído hablar recientemente, que no gustaba a los Inquisidores; y aquí y allá, un destello revelaba la presencia de uno de los Susurros de Creá, los asesinos de capas camaleónicas que ya se habían encontrado en los alrededores de Rheynald.

Guardia Ra'Khameer

La comitiva se dirigió a través de la avenida que se había abierto expresamente para su llegada hasta la Explanada de los Peregrinos, donde fue recibida con palabras rituales por las fuerzas religiosas y civiles. La gente gritaba y aclamaba a su Salvador; alrededor del grupo, algunas personas cayeron desmayadas por la emoción mientras Daradoth observaba todo preocupado desde los balcones del Palacio Vicarial y Galad disfrutaba de una posición en primerísima fila gracias a su puesto como guardia del shaikh. Éste disimuló perfectamente y saludó al Ra’Akarah con una profunda reverencia, al igual que el resto de nobles y clérigos reunidos. El Ra’Akarah se giró hacia la multitud agitando la mano y con una amplia sonrisa, lo que todavía enervó más a la multitud, que gritaba “¡Muerte a los infieles!” y “¡Vestán viene!”. Por el rabillo del ojo, Galad pudo ver cómo un miembro de la comitiva sacaba un puñal y daba un paso al frente, a todas luces intentando atentar contra el Mesías. No pudo ir más allá; un Susurro atravesaba limpiamente su nuca con una daga y se lo llevaba disimuladamente de allí.

Entre los gritos enardecidos y las loas de la multitud, el Ra’Akarah efectuó su ascenso a los Santuarios, seguido de los extraños guardias Ra’Khameer y de todo un Imperio.


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