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lunes, 21 de diciembre de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 30

Hacia el norte

El camino hacia Irpah
Era urgente que tomaran una decisión, pues no podían quedarse donde estaban indefinidamente. Haciendo unos cálculos a ojo de buen cubero, Symeon estimó que si se dirigían hacia el norte, tendrían por delante un viaje de aproximadamente mes y medio a pie sobre un camino de calidad irregular hasta el inicio del valle que daba acceso a la Quebrada de Irpah, donde esperaban poder burlar la vigilancia vestalense de la fortaleza de Sar’Sajari y encontrarse con los ejércitos del Pacto de los Seis. Ya sin esperanzas de reunirse con Meravor y su troupe, no lo postergaron más y partieron al día siguiente, a pie y con las mulas cargadas con la impedimenta.

El camino hacia el norte era con diferencia el menos transitado de los que salían de Creá, y aunque se cruzaron con varios grupos de viajeros e incluso de soldados, no tuvieron problemas durante las primeras jornadas. Al inicio de la tercera jornada llegaban a la primera aldea a la vera del camino, a cuya altura se había establecido un control del ejército vestalense. Sin apenas tiempo de discutir, Yuria se alejó del camino junto a Sharëd tratando de rodear el control, Daradoth decidió esconderse y utilizar sus habilidades de subterfugio para franquear el paso sin ser visto y los demás continuaron por el camino. Una providencial sombra recortada contra el sol [punto de destino para evitar la horrible muerte de Yuria y Sharëd] puso al grupo sobre aviso de la presencia de los horribles Corvax en las inmediaciones. Tras unos minutos de una tensión casi insoportable, el enorme pájaro acabó alejándose y pudieron atravesar el control.

Symeon, Taheem y Galad, mientras tanto, decidieron entrar en la aldea para ver si podían conseguir suministros. En el pueblo se alzaba un campamento de “refugiados”, gente aterrorizada por la muerte de su Mesías y que había encontrado allí un descanso a manos de un grupo clérigos vestalenses. Además, pudieron conversar con un buhonero que había agotado ya prácticamente sus existencias, pero que les habló de lo horrible que había sido la situación en Creá, con centenares, si no miles, de personas suicidándose en los acantilados de la parte norte de los Santuarios. El viejo comerciante también les comentó el caos que se había apoderado de los alrededores de la ciudad en los días siguientes a la caída; aquella aldea sería pasto de disturbios si no fuera por los militares vestalenses, que habían conseguido imponer la paz. Lo más sorprendente fue que también les dio algo de información sobre los ástaros que habían huido de Creá; según lo que se comentaba, habían dado caza a aquellos traidores en las granjas que quedaban a unas pocas horas hacia el sur, incendiando un par de ellas en el proceso; habían descubierto a varios elfos acompañando a los soldados, y todavía se estaban llevando a cabo batidas para encontrar a los supervivientes. Aquella debía de ser la razón por la que la zona era sobrevolada por los grandes cuervos negros. La noticia dejó helados a los compañeros.

Horas más tarde continuaron su periplo hacia el norte. El buhonero también les había advertido del estado del camino entre un par de puntos, así que intentaron apresurarse en los tramos que se conservaban mejor.

La quinta jornada, con el camino ya casi despejado de viajeros, pudieron oír claramente los cascos de un numeroso grupo de caballos. Bajaron la cabeza y se apartaron a la vera del camino para dejar pasar a una docena de jinetes encabezados por un Inquisidor con paso apresurado. Apenas repararon en ellos. Dos jornadas más tarde, una columna de unos dos centenares de jinetes apareció desde el sur. Al frente de la columna podían verse varios oficiales, un Inquisidor, un Guardián del Paraíso (los clérigos fanáticos del Ra’Akarah) y la sombra de uno de los Susurros. Volvieron a salir del camino, esta vez escondiéndose tras una pequeña arboleda de encinas.

Poco después llegaban a la segunda aldea del camino, con el preceptivo control militar, un poco menos numeroso que el anterior. Volvieron a repetir la operación, con Daradoth rodeando el control; aunque habían tomado precauciones, el día era nublado y un enorme Corvax apareció de repente sobre el elfo. Éste desenvainó su espada, seguro de que el animal y sus jinetes lo habían avistado, preparado para ejecutar uno de sus hechizos; pero para su sorpresa (y gran alivio), tras dar un par de giros sobre su posición, el ave se elevó de nuevo sobre las nubes y no volvió a aparecer.

La tarde del noveno día llegaban a la vista de Feravah, una de las residencias del badir de Ahgherek. Feravah no era en absoluto una aldea, sino una pequeña ciudad, que se extendía desde la falda de las colinas al este del camino hasta varios centenares de metros al oeste. En lo más alto se podía distinguir la casa solariega del badir, una pequeña fortaleza, con varios pendones ondeando. A los pocos minutos, uno de los enormes pájaros negros aparecía desde el sur y aterrizaba en la fortaleza o sus inmediaciones. El control a la entrada de la ciudad fue bastante intenso, y Daradoth, como siempre, lo evitó dando un rodeo antes de ser advertido. No debían de llegar muchos viajeros desde Creá, como ya suponían, y los guardias les pidieron noticias de Creá y la situación. El grupo les hizo creer que eran peregrinos de camino hacia Mrísta, y que hacía muchos días que habían abandonado Creá. Poco después conseguían alojarse en una discreta posada con unos precios desorbitados, y con esfuerzo hacerse con cuatro caballos percherones, forraje y comida. No hubo manera de encontrar un carro, pero dado el precio al que les cobraron los viejos caballos y el forraje, no sabían si habrían podido permitirse comprar uno. Mientras se encontraban negociando por los caballos, algo llamó la atención del grupo (y de media ciudad): tres Corvax alzaban vuelo desde algún lugar cercano a la casa solariega del badir y emprendían vuelo hacia el sur. Symeon pudo escuchar cómo el comerciante susurraba: “por fin se marchan”.

Por la noche, en la posada, Symeon y Galad tuvieron un extraño sueño. En sus respectivas ensoñaciones, se encontraban en una gran plaza desconocida, rodeados de una enorme multitud bajo un cielo nublado. De repente, la multitud se giró para mirarlol, aterradoramente sincronizada, y el cielo se despejó total e instantáneamente. Una sensación extraña sacudió sus cuerpos y al punto despertaron, aturdidos. Desde luego, aquello no podía ser algo natural, y ambos compartieron todos los detalles en busca de alguna cosa que explicara el hecho, sin éxito.

Continuaron el camino durante varias jornadas, y una de las noches en la que dormían al raso, todos compartieron el mismo sueño. Se encontraban en medio de una multitud que aclamaba al Ra’Akarah a plena luz del día; de súbito, la multitud se giraba a mirarlos, silenciosa y amenazante y el claro día se convertía en la más oscura de las noches. La turba gritó, con una voz estruendosa que los aplastó como un alud: “¡La cosa no va a quedar así! ¡Os odio profundamente! ¡Os atraparé en vuestros sueños!”. La multitud se abalanzó sobre ellos, atrapándolos; por suerte, las habilidades de Symeon en el Mundo Onírico le permitieron despertar del trance y, aunque aturdido, consiguió despertar también al resto del grupo, algunos de los cuales sufrían ya un dolor incómodo que les hacía torcer el gesto.

Yuria fue la que mejor reaccionó al despertar, y la primera que notó la suave brisa que procedía del oeste. Mirando con más atención, se le encogió el ánimo; en lontananza podía divisar la formación de una tormenta oscura como la que les habían aquejado en su viaje a través del Imperio. Se apresuró a avisar al resto, que recogieron rápidamente y pusieron en marcha a las mulas. Por suerte, la tormenta no parecía moverse hacia ellos y pudieron alejarse sin más problemas. Al cabo de aproximadamente una hora, en vista de que la tormenta no se aproximaba, decidieron hacer otro alto para poder dormir las horas de sueño que les quedaban mientras Daradoth hacía guardia; al poco rato, la brisa volvía a levantarse, y el elfo notaba sin duda que la tormenta se acercaba; despertó a todo el mundo de nuevo y se pusieron en marcha. Una vez en pie y moviéndose, volvieron a dejar a la tormenta atrás sin más problemas.

Un par de jornadas más tarde, llegaban a la vista de otra aldea. Esta vez no tuvieron problemas, pues la aldea no estaba sólo desierta, sino también quemada. Y se veían piras en una explanada cercana. Al acercarse vieron que, efectivamente, se había despejado un amplio terreno para dar cabida a varias docenas de piras donde se había quemado a gente, y Symeon hizo notar que estaban dispuestas siguiendo el patrón de una estrella de once puntas. Como bien sabía Daradoth, el número once era un número muy relacionado con la Sombra: once kaloriones, cada uno con once Apóstoles, los once rostros de Kôrvegar y las once Sendas Oscuras… invocando la protección de Ammarië, el elfo se unió al resto del grupo, que había descubierto una especie de círculo o quizá de espiral trazada en el centro de la explanada, ya medio borrada.

Tres días más tarde, la escena se repetía en una nueva aldea sembrada también de piras siguiendo el diseño de la estrella de once puntas. La diferencia era que cerca de las piras se había producido sin duda un combate: una multitud de buitres y de cuervos señalaba una concentración de cadáveres de vestalenses y de algunos clérigos; y además, un Corvax y un par de sus jinetes yacían inertes y medio devorados. Según Yuria, era evidente que allí se había producido un enfrentamiento entre los Corvax y los soldados vestalenses; el cuerpo del gran pájaro se encontraba atravesado por multitud de saetas y algunos vestalenses lucían heridas causadas por su pico o sus garras; además había evidencias claras de que en el combate habían participado varios de los ingentes cuervos. Aquello debían de ser buenas noticias.. ¿o no?

Varios días después, por la noche, volvieron a compartir el mismo sueño de la multitud. En esa ocasión, a Symeon le costó un poco más despertarlos, y además se había vuelto a comenzar a formar la tormenta oscura… El errante comenzaba a temer que los estuvieran acechando a través del Mundo Onírico, y que las tormentas se formaran cuando los encontraban, y así transmitió sus sospechas al resto. Deberían vigilar su sueño a partir de entonces.

Pocos días después, a media tarde, ya con el camino despejado de viajeros, con los que se cruzaban sólo un par de veces al día, pudieron ver el humo de varias fogatas. Los árboles eran más tupidos a los lados del camino, así que Symeon se acercó subrepticiamente. Evitando la vigilancia de un hombre que se encontraba en lo alto de un árbol armado con un arco corto, llegó a la vista de un pequeño campamento, con varias tiendas, donde algunos niños jugaban en los alrededores, mujeres se encontraban despedazando conejos y varios hombres reparaban la rueda de un carro. El errante volvió junto al resto del grupo y les explicó lo que había visto. Pero no les dio tiempo a decidir qué hacer, pues al punto comenzaron a oír cascos de caballos, y por uno de los promontorios lejanos apareció la vanguardia de una larga columna de jinetes. Saliendo rápidamente del camino se camuflaron entre la vegetación y al poco podían avistar que, procedente del sur, se acercaba al menos una división de caballería y otra de infantería vestalense. Un pequeño ejército. Los estandartes anunciaban a todas luces que el hombre musculoso y bien parecido que guiaba la columna debía de ser el badir de Ahgherek; además de por guardias y oficiales, iba acompañado de un grupo de hombres muy pálidos entre los que se encontraba el anciano calvo que acompañaba al Ra’Akarah a su llegada a Creá (y que había intentado maldecir, o algo parecido, a Galad en los jardines de los Santurarios). También iban en la columna un grupo de inquisidores, varios clérigos y un grupo de miembros del Fuego Purificador. Otra cosa que llamó la atención del grupo fue que, más o menos en el centro del contingente viajaban varios vagones cerrados fuertemente custodiados.

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