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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

viernes, 24 de junio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 5

El congresista Ackerman y la verdad sobre la CCSA
Durante el desayuno, con Robert de vuelta ya en la oficina de la CCSA, el grupo conversó acerca de la oferta que Himmel im Erde había ofrecido por Chemicorp y de cuál habría de ser su siguiente movimiento. Patrick manifestó su deseo de dirigirse a México para averiguar todo lo posible sobre su ahijada, contraviniendo las exigencias que los desconocidos les habían pretendido impone; los demás consiguieron convencerle para no actuar precipitadamente y meditar antes y de forma conjunta sus decisiones.

Durante la mañana, una de las agentes de Derek, Stephanie, apareció con novedades sobre la situación de México. Después de realizar una encomiable labor cruzando datos de distintos informes y noticias más o menos oscuras, Stephanie había podido deducir que en la zona de México donde vivía Lupita, varias poblaciones cercanas habían sido atacadas por no se sabía muy bien quién. La teoría más plausible era la de un grupo de narcos paramilitares, pero nadie lo afirmaba con rotundidad. Además, varias docenas de niñas de entre cuatro y seis años habían desaparecido de esos poblados, en un radio de pocos kilómetros. Abrumado por la cantidad de datos y la pericia que su subalterna había demostrado para cotejarlos, Derek la felicitó efusivamente. El descubrimiento de Stephanie, unido a las amenazas de los desconocidos, reafirmaron al director en su convicción de que antes de México deberían viajar a cualquier otro sitio, como por ejemplo a Inglaterra, para visitar a su antiguo conocido, sir Ian Stokehall; como ya había expuesto en alguna ocasión anterior, tenía la esperanza de que el aristócrata les pudiera revelar algo más de información.

Tomaso, por su parte, se marchó a visitar a su primo, el párroco Bonelli. Al manifestarle su intención de abandonar el país con urgencia, Dominic se mostró preocupado y expuso a su vez que en los últimos días parecía haber gente extraña rondando por la iglesia: creía que lo tenían bajo vigilancia, y algunos no habituales demasiado reservados se habían incorporado a las liturgias diarias. Tomado lo tranquilizó, y le aseguró que esa gente se marcharía en cuanto él dejara el país; mientras tanto, dejaba a Dominic encargado de cuidar a su madre. Se despidió y cerró el resto de sus asuntos.

A mediodía, Derek acudió por fin a reunirse con su amigo, el congresista Philip Ackerman. Después de cambiar varias veces de coche a instancias de los miembros del personal de seguridad, llegó a un discreto sitio al este del Bronx donde le esperaba Ackerman acompañado de una mujer joven, desconocida para Derek. Se saludó efusivamente con su amigo, que le presentó a la joven: se trataba de Sally Whitfield, periodista; ante el gesto de desconcierto de Derek, Philip se apresuró a explicarle que Sally le había sido de mucha ayuda pero que eso la había puesto en peligro, y había tenido que traerla a Nueva York. El congresista pasó a realizar una larga exposición sobre cosas extrañas que estaban ocurriendo en el congreso y las altas esferas políticas de los Estados Unidos. Día sí y día también se aprobaban confidencialmente medidas que de haberse hecho públicas habrían tenido un fuerte impacto en la opinión pública: movimientos de tropas, desplazamiento de armas, intervenciones militares… Sally había colaborado en la intención de exponerlas al público, y por eso ahora necesitaba desaparecer un tiempo, así que dejaba encargado a Derek de velar por su seguridad. La iniciativa de la identificación única, por ejemplo, era del dominio público, pero lo que poca gente sabía era que se había hecho en connivencia con los gobiernos de Rusia y de China, que estaban aplicando medidas similares. Además, le habló de lo que en realidad había pretendido al crear la CCSA: tener un organismo independiente de las grandes agencias que se encargara de todos los hechos extraños que estaban sucediendo últimamente. Los hechos extraños de los que Derek también le habló se habían multiplicado en los últimos meses en Washington e incluso en el entorno del gobierno, y eso preocupaba seriamente al congresista, que por otra parte se había apresurado a aglutinar en torno a sí un pequeño grupo de opositores a la política que se estaba llevando a cabo. Gente con miembros amputados, desangrada sin heridas visibles, personas que se comportaban como animales, otros que decían haber visto cómo un tío reventaba a otro con sólo señalarlo con el dedo… los acontecimientos aparentemente sobrenaturales se habían hecho frecuentes y eso no podía ser bueno. Ackerman también se mostró compungido al afirmar que había perdido la lealtad de las delegaciones de la CCSA en Los Ángeles y Chicago, y que sólo confiaba plenamente en Nueva York, donde Derek era el director. El punto álgido de la conversación llegó cuando el congresista dirigió un gesto a uno de sus hombres y éste acercó un portátil, donde el primero insertó un lápiz USB y arrancó la reproducción de un vídeo. El vídeo había sido filmado con una cámara oculta en los servicios del congreso, algo totalmente ilegal, pero que Ackerman, como miembro del comité de seguridad había creído conveniente hacer contraviniendo algunas leyes. A los pocos segundos de grabación, entraba en el servicio el congresista George Patterson, aquejado de una acusada cojera. Cerró la puerta principal del aseo y se situó ante el espejo. Acto seguido se quitaba la chaqueta y la camisa y comenzaba a hurgar en su costado; los ojos de Derek se abrieron mucho cuando, fuera de toda duda, el congresista parecía abrir literalmente sus carnes sin provocar una hemorragia y dejar ver un pequeño brillo en su interior; tras unos segundos de manipulación, volvía a ponerse la ropa y la cojera había desaparecido. Aquel vídeo demostraba que Patterson, al menos en parte, no era humano. Eso convenció totalmente a Derek de lo acertado de las elucubraciones de su amigo.

Con gesto serio, Philip entregó un maletín a Derek: contenía unos cuantos chips que insertados en el correspondiente teléfono encriptaban la comunicación de la forma más segura que existía. A partir de entonces no se comunicarían si no era de aquella manera. Derek también aprovechó para poner al tanto al congresista de su posible salida del país, pero sólo por unos días. Éste insistió en que no la prolongara demasiado, porque seguramente lo necesitaría en el futuro próximo. Al fin, se despidieron y Derek se llevó a Sally a la oficina.

Robert habló con Tomaso por teléfono, dado su bagaje, para intentar convencer al italiano de provocar un “accidente” que quitara de enmedio a los bastardos de Himmel im Erde. No obstante, Tomaso se opuso a tal método, lo que no dejó de sorprender a Robert. Tomaso sí atendió la segunda petición de Derek: que alguien de confianza registrara la sede de WCA; pero cuando el joven contactó con sus amigos de la mafia, todos se opusieron a tal cosa: WCA eran quienes se encargaban de arreglarles todos los asuntos legales.

De vuelta todos en la oficina, Derek les explicó (sin revelar la identidad de su amigo) lo que había averiguado. Presentó a Sally y les contó la verdad sobre la CCSA, de la que él mismo se había enterado hacía un par de horas escasas. La agencia se había creado para ser un organismo aparte de FBI, CIA y NSA, que estaban llenas de influencias de dudosas intenciones, lo que coincidía con los acontecimientos que habían vivido últimamente. Les contó lo de los hechos extraños (incluyendo el vídeo, que turbó profundamente a Patrick y provocó su consumo de una papelina de Polvo de Dios), y que el congresista le había contado que los documentos de la identificación única estarían equipados con chips que seguramente luego pretenderían implantar en las personas. Todos miraron a Sigrid y su dolor de nuca, escamados, pero la detección que habían llevado a cabo había dado resultados negativos y tendrían que volver a intentarlo con más medios (quizá con un TAC).

Tras unos segundos de silencio, Tomaso sugirió que todos los sentados a la mesa deberían sincerarse y exponer sus secretos a los demás. En ese momento, Robert recibió (muy oportunamente) una llamada de Alton Cook, instándole a reunirse; así que el ejecutivo aprovechó para excusarse y ausentarse. Derek, escamado, encargó a dos de sus agentes que lo siguieran.

Con Robert ausente ya, Sally pidió un portátil para presentar a unos amigos al grupo. Tapó la cámara para no revelar las identidades de los presentes y a los pocos segundos, un tipo con una máscara de V de Vendetta se veía en pantalla. Sally lo presentó como “Z”, del grupo de hackers Omega Prime. Gracias a ellos, Sally había podido escapar de un atentado contra su vida, y desde entonces se habían dedicado a ayudar a Ackerman en su particular cruzada. El grupo no tardó en pedirles los primeros trabajos: registros sobre los hermanos desaparecidos de Patrick e información sobre ocultismo y niños de 5 años.

Mientras Sigrid hablaba con la academia militar para sacar a su hijo de allí lo antes posible, Robert se reunía con Alton Cook, Ethan Ward, Michael Johnson y Shelley Goodal. Todos se mostraban en contra de vender la empresa y pedían un curso de acción común. Según Cook, Erde und Mahl era una empresa alemana ya operativa durante la Segunda Guerra Mundial, encargada del desarrollo de armas experimentales. Más tarde fue absorbida por multinacionales, fusionada, comprada… pero extrañamente siempre salió a flote el mismo nombre. Era una empresa de perfil bajo, extremadamente estable en bolsa, y no entendía por qué ahora se interesaban tanto por Chemicorp. Ethan Ward reveló que algunos de los miembros que se mostraban a favor de la venta (los hermanos Callum y Liah Woodman, y Mason Rose) estaban siendo coaccionados de alguna manera para vender su paquete de acciones. Fuentes que no reveló le habían enseñado ciertos correos electrónicos comprometedores, y estaba muy seguro de lo que decía. Robert sumó rápidamente; entre los presentes y los coaccionados sumaban un 54% de las acciones, suficiente para oponerse a la venta.

Acabada la reunión y muy preocupado, Robert tomó la decisión de desvincular sus empresas “fetiche” del grupo Chemicorp, para evitar su venta. Contactó con un bufete en Albany, y concertó una cita para el día siguiente.

jueves, 9 de junio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 4

Encuentros en la sombra. Una oferta sospechosa
Tras hacer algunos preparativos e investigaciones, partieron hacia el motel Green Oaks, siguiendo las instrucciones que la distorsionada voz había indicado a Patrick por teléfono. Derek encargó a un grupo de sus hombres que les siguiera a varios minutos de distancia por si ocurría algo.

El Motel Green Oaks
Partieron en dos coches, Derek en un cuatro por cuatro y el resto en un coche convencional. Se aseguraron de que nadie les seguía, y a pocos kilómetros del punto de encuentro intentaron acercarse por caminos distintos. Derek se desvió, tomando unas sendas que habían visto en imágenes satélite, pero no tardó en encontrarse con una barrera que le impedía el paso; un gran tronco bloqueaba el sendero que conducía hacia el motel por el este, y era evidente que alguien lo había situado así para evitar visitas inesperadas. El agente no tuvo más remedio que volver a la carretera y alcanzar a sus compañeros a toda prisa. Estos llegaron sin problemas al hotel, tras tomar el desvío que indicaba un desvencijado poste anunciador. Llegaron a la altura del edificio de recepción, donde una barrera impedía el paso. Tomaso levantó la barrera y pudieron echar un primer vistazo al lugar; el motel estaba abandonado desde hacía unos años, y el camino describía una amplia curva a cuya vera se levantaban una docena de bungalows, cada cual más desvencijado. No pudieron dejar de notar que una de las casas lucía un aspecto más cuidado que las otras. El camino se curvaba hasta volver hasta el edificio de recepción y la barrera. Cuando llegaban de nuevo a la entrada pudieron oír un motor: Derek llegaba por el camino, pisando a fondo.

Fuera de los coches pudieron disfrutar de una visión más amplia del lugar. A pocos metros se alzaba un poste de iluminación, y el ojo experto de Derek no tardó en detectar que sobre cada uno de los destrozados focos se encontraban cámaras en perfecto estado que seguramente estarían grabando cada uno de sus pasos.

Tras discutirlo unos instantes, y ante la manifiesta ausencia de cualquier presencia indeseada, decidieron entrar al bungalow que habían reconocido como más cuidado. Condujeron con todo el cuidado y el sigilo del mundo hasta la puerta. Pero una vez allí no se anduvieron con chiquitas: la puerta estaba cerrada, así que la reventaron con una escopeta recortada. Al abrir la puerta, la escena que contemplaron no era en absoluto lo que esperaban. La luz estaba encendida en la amplia estancia, que había sido vaciada y tenía por todo mobiliario una mesa con media docena de sillas. Y tres televisores colgados de sendas paredes. Patrick se estremeció cuando en uno de ellos reconoció la silueta de Sigrid, al parecer inconsciente pero viva. En las otras dos pantallas se podía ver la silueta de dos hombres en penumbra. Uno de ellos —la voz distorsionada— les invitó a pasar y sentarse a la mesa; así lo hicieron, mirando suspicazmente alrededor.

Lo primero que hicieron los desconocidos, ambos con la voz alterada, fue disculparse ante Robert y los demás por lo sucedido el día anterior en la mansión; les aseguraron que los responsables de tamaño salvajismo habían sido “debidamente amonestados” y apartados de su camino. A continuación siguió una conversación salpicada de amenazas veladas (y no tan veladas) sobre el papel que el grupo estaba tomando en ciertos acontecimientos que escapaban a su comprensión, en un entorno al que los desconocidos se refirieron como “círculos ocultistas” o “mundo oscuro”. Exigieron también detalles sobre lo sucedido en la subasta y no respondieron a ninguno de los requerimientos del grupo. Durante su discurso, se refirieron específicamente a cada uno de los presentes con distintos argumentos: se preguntaron qué hacía un señor como Robert con tales compañeros; a Derek le exigieron que acabara con la relación que le unía con el congresista Philip Ackerman; a Patrick le amenazaron con acabar con él si intentaba encontrar a “la niña” (Lupita, obviamente) y a Tomaso le dieron a entender que podrían perjudicar su vida de formas que no alcanzaría ni a imaginar. Para no llevar a cabo sus amenazas (según afirmaban estaban cansados de muerte y cadáveres), todo lo que pedían era que el grupo se apartara de los asuntos ocultistas en los que se estaban entrometiendo, y que salieran del país y mantuvieran un perfil bajo en adelante; además, como ya habían mencionado, que Derek cortara su contacto con Ackerman y que Patrick se olvidara definitivamente de Lupita. Se deberían marchar del país a Europa, a Sudamérica o a donde quiera que fuera, pero lo importante es que no volvieran a cruzarse en su camino.

—Podrán encontrar a su amiga en el edificio de recepción, sana y salva. Tomen esto como un acto de buena voluntad por nuestra parte —con esta frase, los televisores y la luz se apagaron, dejando al grupo en una incómoda penumbra.

Salieron de allí a toda prisa, y pudieron ver otro helicóptero negro como el que les había atacado muy arriba, apenas un punto. Como les habían dicho, en una mecedora situada en el porche del edificio de recepción se encontraba Sigrid, totalmente sedada. La recogieron y se largaron sin entretenerse.

Ya en las oficinas de la CCSA Sigrid consiguió recuperar la consciencia totalmente y recordar todo lo sucedido durante la subasta. Se alegró al reconocer a Patrick, y se apresuró a llamar a sus hijos y su marido. Éste no contestó a sus llamadas, y sus hijos parecían estar bien, aunque preocupados. En concreto, Daniel le comentó algunas cosas que le habían parecido extrañas en la academia militar y Sigrid, preocupada, envió algunos mensajes con la intención de sacarlo de allí durante unos meses.

Más calmada, la anticuaria se reunió con el resto del grupo para compartir sus experiencias mutuas. Durante la conversación, acabado el efecto de los sedantes, Sigrid comenzó a notar un dolor leve pero punzante en la nuca, como en algunos otros sitios de su cuerpo; no habían sido pocos los cascotes que la habían alcanzado en la explosión, y diversos moratones y brechas cosidas así lo atestiguaban. No obstante, en la nuca no parecía tener ninguna cicatriz.

Poco después, Robert recibía una llamada de uno de los miembros del consejo de administración de Chemicorp que menos odiaba, Alton Cook. El hombre le instaba a correr a la central “si quería conservar su empresa”. Aterrado, Robert ni siquiera se despidió de los demás; salió como una exhalación y no tardó en llegar a la sede, en el distrito financiero. Entró sin ceremonias en la sala de reuniones del consejo, donde doce de los catorce miembros le esperaban ya, avisados por recepción. Lewis Griffith, el subdirector del consejo y una de las personas más detestadas por Robert, le presentó a los dos únicos desconocidos presentes: Joel Harrod y Susan Coburn, de la multinacional Erde & Mahl. Robert arqueó las cejas: E&M era una empresa muy poco conocida, pero sobe la que él sí había investigado en el pasado; llamaba la atención su nivel de cotización en bolsa, un nivel estable incluso en épocas de crisis. Griffith le expuso también la situación: E&M estaba interesada en adquirir Chemicorp, ofreciendo por el paquete de acciones de control la bonita suma de un billón de dólares, además algunas otras prebendas complementarias. A continuación, pasaron a discutir los detalles de la posible operación, en un tira y afloja que duró un par de horas.

Mientras tanto, Patrick, indignado por la condescendencia con que habían sido tratados, decidió oponerse con todas sus fuerzas a aquellos malnacidos que intentaban controlarlos. Así que se reunió con Tomaso, a todas luces mucho más que un representante de modelos, y le pidió ayuda para tratar de encontrar a Lupita, investigar la situación en México, y averiguar algo más sobre el mundo ocultista. Derek, por su parte, recibía un mensaje de Robert pidiéndole que averiguara todo lo que pudiera sobre una empresa llamada Erde & Mahl.

Durante la conversación en la que los representantes de Erde & Mahl expusieron los detalles de la adquisición de Chemicorp, a Robert le quedaron claras algunas posturas: siete de los miembros del consejo (entre ellos Lewis Griffith) se posicionaban claramente a favor de la venta, y dos de ellos, Alton Cook y Nathan Ward, se mostraron absolutamente en contra. Cook expuso a Robert en voz baja sus sospechas de que algo olía a podrido en la rapidez con la que Griffith quería solventar la transacción, y que no iba a consentir que aquello tuviera lugar.

Una vez finalizada la exposición y limados varios puntos de fricción expuestos por los consejeros, Harrod y Coburn se despidieron de los reunidos. El primero, sonriente, estrechó la mano de Robert y se inclinó para poner su otra mano en su hombro.

—Tengo esperanzas de que lleguemos a un acuerdo satisfactorio para todos, señor McMurdock —dijo Harrod, e inclinándose aún más, susurró—, y más teniendo en cuenta que pronto tendrá que salir del país.