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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 10 de noviembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 12

La Mansión. Distorsiones Espaciotemporales
No pasó mucho tiempo hasta que dejó de llover, pero la corriente no bajaría de intensidad en horas, así que Tomaso y Sigrid decidieron explorar los alrededores y quizá encontrar un paso más sencillo.

En su exploración corriente abajo pudieron ver una cuerda rota atada al tronco de un árbol ribereño a unos 60 metros de donde se encontraban los coches. Sigrid, más experimentada que Tomaso en las actividades en la naturaleza dejó atrás al italiano y se adentró un poco más en la espesura. No había recorrido más de un par de centenares de metros cuando una de sus piernas se hundió en el cieno. Tras muchos esfuerzos pudo por fin liberarse, falta de aliento, y una fuerte corriente de aire y un ruido la alertaron; el ruido había sido parecido al que haría un tronco de árbol partido a la fuerza. Todavía tumbada, giró la cabeza y se quedó petrificada: una figura enorme, de unos tres metros y medio de alto, sin ropa, de piel blanca como la luna y sin facciones en el rostro se encontraba a escasos tres metros de ella, parada y aparentemente abstraída, ignorante de su presencia. Todo alrededor de la figura parecía distorsionado, como borroso pero no exactamente así, no podía explicarlo. La presencia de ánimo de Sigrid no resistió; gritando, salió corriendo desbocada hasta que pudo refugiarse en un macizo de arbustos. Aparentemente, el extraño ser la había ignorado, y tras calmarse un poco, aunque con el corazón todavía en la boca, acudió rápidamente a reunirse con el resto del grupo. Todos expresaron su preocupación cuando Sigrid les contó lo que había visto, pero finalmente decidieron esperar a que bajara la corriente alerta en los coches.

La Mansión Abandonada

Al bajar la corriente, se dirigieron hacia donde Tomaso y Sigrid habían visto la cuerda rota atada al árbol, y la presencia de unas rocas donde podrían apoyarse les decidió a intentar pasar por allí. Lo consiguieron sin muchas dificultades, y al otro lado del río Derek descubrió un trozo de correa de mochila que parecía estar allí desde hacía muy poco tiempo. Alguien había cruzado antes que ellos, sin duda.

Emprendieron la penosa marcha hacia la mansión a través de un terreno escarpado donde no paraban de molestarles las ramas mojadas, el barro y el frío. En alguna que otra ocasión tuvieron que detener su avance debido a extrañas circunstancias. En todas ellas se repetían los mismos elementos: un ruido atronador, como de animal enorme, apartando árboles; en un par de ocasiones, gracias a su posición elevada respecto al entorno, pudieron ver cómo a lo lejos, efectivamente los árboles parecían moverse, apartados por la presencia de algún animal (o ser) enorme; sin embargo, la espesura no los dejó avistar nada concreto. La lentitud de la marcha hizo que les cayera encima el atardecer cuando avistaron la mansión. Rápidamente la luz cedió y se hizo la noche, mientras describían varias curvas que los conducirían a la “propiedad”. Cuando aún se encontraban a varios centenares de metros del lugar, otro hecho extraordinari los dejó helados: de repente, habían desaparecido las estrellas en el cielo. Descartaron que la causa fueran las nubes, pues la luna se veía bien brillante, y para colmo, aún más hechos acompañaron la desaparición de los luceros: las brújulas se quedaron apuntando a una dirección fija, los relojes habían dejado de funcionar y los móviles estaban fuera de servicio. En un destello de lucidez, Patrick dio con la explicación: todo lo que había entrado en “disfunción” eran elementos que estaban estrechamente relacionados con la percepción humana del espaciotiempo. El profesor de filosofía estaba en lo cierto, como comprobarían más adelante.

La “propiedad” de la mansión sólo se identificaba porque estaba totalmente despejada de árboles y la vegetación era escasa, no había ningún tipo de barrera que impidiera el paso; a ambos lados del camino, dos columnas de piedra bajas recibían a los caminantes. En una de ellas pudieron identificar una mancha de sangre, y haciendo de tripas corazón atravesaron las columnatas con extrema precaución. A los pocos metros, pudieron ver asomando de detrás de unos arbustos unas piernas, y al acercarse vieron que pertenecían a un cadáver. El tipo parecía haberse pegado un tiro a sí mismo en la cara, y estaba irreconocible. Pero se quedaron helados cuando Tomaso inspeccionó su cartera y Robert profirió un grito al reconocer la ropa y el pelo de su amigo Michael. Los documentos en la cartera lo confirmaban: el fallecido era Michael Stevenson, el hombre de confianza de Robert que había desaparecido mientras lo llevaban al internado de Canadá. Todos se miraron, consternados y muy preocupados.

En ese momento, Derek llamó la atención del grupo: varias luces de linterna se acercaban a lo lejos por el camino, por donde ellos habían venido. Había entre media docena y diez figuras, no podían distinguirlas muy bien. Pronto llegarían al punto del camino que se escondía tras la última colina y los perderían de vista, para luego aparecer muy cerca de ellos. Apagaron las luces rápidamente y decidieron esconderse y si era necesario tender una emboscada a los desconocidos. Se refugiaron entre los árboles de la falda de la colina, en una oscuridad total cuya ominosidad hizo que al cabo de unos minutos algunos de ellos encendieran una luz contra el suelo. Con el refugio de las tinieblas, Sigrid decidió adelantarse hacia la mansión, mientras el resto del grupo esperaba que aparecieran los desconocidos, cosa que nunca sucedió; pero incluso cuando el lapso de tiempo ya era claramente anormalmente largo para el trecho de camino que los intrusos tenían que recorrer, temiendo una contraemboscada decidieron permanecer quietos y en silencio. Hasta que los árboles empezaron a crujir a su alrededor.

Mientras tanto, durante ese tiempo Sigrid se había acercado al caserón, semiderruido en muchos puntos excepto en el cuerpo principal. Lo primero que vio fue una linterna en una de las ventanas del primer piso y alguien que miraba hacia fuera, pero no pudo distinguir nada más. Se acercó reptando, un poco más. A los pocos segundos, alguien salía corriendo por la puerta principal de la mansión presa de un pánico absoluto, gritando con voz ronca y alejándose en dirección contraria; a los pocos segundos Sigrid pudo escuchar unos disparos, seguramente realizados por el propio sujeto. Se armó de valor y decidió seguir acercándose, pero en ese momento oyó varios gritos y disparos procedentes de donde se encontraba el resto del grupo.

En la arboleda, todos habían comenzado a oír ruidos inquietantes a su alrededor, ruidos que iban in crescendo; Robert y los dos agentes de la CCSA que les acompañaban no pudieron resistir la tensión de los ruidos en la oscuridad y encendieron sus linternas, apuntando hacia el foco de sonido. Los dos agentes gritaron, dispararon y huyeron cuando vieron a la extraña figura: un ser humanoide de más de tres metros de alto, blanco como la nieve y sin facciones reconocibles en el rostro, el mismo que Sigrid había visto horas antes. Robert tuvo más presencia de ánimo y, después de disparar varias veces sobre el ente sin que este pareciera siquiera darse cuenta de su presencia, decidió acercarse; apuntó con la linterna a los pies del gigante para asegurarse de que no levitaba ni nada parecido. A los pocos pasos, de repente, el humanoide aparecía justo delante de él, y Robert sintió una sensación horrible, algo que sólo pudo definir después como “cercano a la muerte”. Corrieron todos, alentados por los gritos del magnate, y se refugiaron en la oscuridad del bosque. Sally y Derek entraron en pánico.

Sigrid se sintió tentada de volver, pero a los pocos segundos salió de la mansión un grupo de gente, con lo que tuvo que quedarse quieta y en silencio. Cuchicheaban, hablando de que estaban seguros de haber oído gritos y disparos. Las figuras se acercaron hacia su posición con cuidado, y el corazón de la anticuaria dio un vuelco cuando reconoció los rostros de Patrick, Derek, Robert y Tomaso. No era posible, los había dejado atrás y era del todo punto imposible que la hubieran adelantado. Las palabras de Patrick explicando los problemas espaciotemporales de la zona acudieron a su mente; ¿era posible que se hubieran teleportado, o que estuviera viendo el futuro o algo así? Los sujetos que parecían -o eran- sus amigos se separaron en parejas, tomando direcciones opuestas. Sigrid siguió avanzando, rodeando la mansión; al llegar a la altura de la puerta trasera, se dio de bruces con un cuerpo inerte; abrió mucho los ojos cuando reconoció su propia ropa y por fin, su propio rostro pero horriblemente seccionado por la mitad; lo que restaba de cerebro y la lengua habían resbalado fuera del cráneo ofreciendo una estampa realmente horripilante. No pudo soportar la visión; rompió a llorar y se abrazó las rodillas, dejándose caer en postura fetal.

Por sulado, el resto del grupo pudo recomponerse por fin, y decidió avanzar hacia el caserón. Ni rastro de Sigrid. Prefirieron evitar la puerta principal, y entrar por uno de los grandes ventanales de la planta baja. Pero no sirvió de nada; lo primero que sintieron fue el vértigo, un mareo y un vértigo abrumador que dejó a Derek inconsciente, mientras los demás tenían que apoyarse o sentarse para calmar la sensación. A los pocos segundos, Derek volvía a la consciencia con un grito de pánico desgarrador y, tras una segunda caída en la inconsciencia despertó de nuevo normalmente, con la voz algo ronca, pero sin recordar su situación ni a ninguno de sus compañeros. Los demás habían tenido tiempo de asimilar la extraña sensación (que no de recuperarse, pues la sensación de vértigo era continua) y preguntaron al director de la CCSA qué era lo último que recordaba, preocupados por su repentina amnesia. Tras pensarlo unos momentos, con un rictus sombrío, Derek afirmó que lo último que recordaba era a él mismo… suicidándose; con un fluido movimiento y los ojos vidriosos sacó su pistola, intentando apuntarse a la cabeza. Afortunadamente, Tomaso estuvo rápido y pudo frenar la mano de su amigo; Derek lo miró extrañado, prevenido ante un ataque violento del italiano y extrañado por su acción; no había ninguna pistola en la mano de Derek. Tomaso y Patrick se miraron consternados, y pidieron a Sally que confirmara lo que habían visto. Esta afirmó no haber visto lo que decían y dijo que todo aquello le parecía muy extraño; todo esto mientras sollozaba y apuntaba a los demás con la pistola de Derek en sus manos. Apuntó a Patrick y apretó el gatillo; Patrick se lanzó al suelo y Tomaso derribó a la periodista, que lanzó un grito de indignación, imprecando a Tomaso por lo que estaba haciendo. De nuevo, no había ninguna pistola en las manos de Sally, y esta miraba indignada a Tomaso.

Tras darse las correspondientes disculpas y unas rápidas explicaciones, se pusieron en movimiento. Entraron en otra estancia a través de unos escombros, y allí pudieron ver tres cadáveres. Los tres eran desconocidos para ellos, y uno de ellos parecía haber matado a los otros dos y luego haberse suicidado. Mientras el grupo se adentraba aún más en la mansión, Patrick no pudo resistirlo más: sacó discretamente un paquete de Polvo de Dios y lo esnifó. Y el viaje fue brutal. Lo único que vieron los demás fue que Patrick caía al suelo de espaldas, totalmente ido. En esos momentos, Patrick era testigo de millares, o quizá millones, de encarnaciones diferentes de sus amigos y de gente desconocida pasando por la mansión. Cuando su mente parecía estar a punto de sucumbir, se encontró de repente rodeado por un grupo de los entes níveos a cuyo alrededor todo parecía distorsionado; en un idioma ancestral pero que a la vez aún no existía, le hablaron:

—¿Eres el responsable del fin del Universo?—lo interrogaron.

—No, no soy yo —respondió Patrick después de unos pocos siglos.

—¿Y quién lo es?

—No lo sé —esta vez, a Patrick sólo le llevó unas cuantas décadas responder— ¿qué estoy haciendo aquí?.

A continuación, infinitas vidas pasaron ante los ojos del profesor de filosofía: se vio a sí mismo casado con Sigrid, casado con la hija de Sigrid, casado con Tomaso, viudo de tres mujeres, salvador del mundo… y otras tantas con sus compañeros.

Pocas cosas recordaba Patrick una vez que el Polvo de Dios agotó su efecto; una de ellas fue verse a sí mismo (en una de esas vidas alternativas) desintegrándose en silencio y ascendiendo a una esfera de Seres Superiores; una circunstancia muy críptica y de la que no pudo sacar nada en claro. En el estado de semiconsciencia en el que entró al final del período de efecto del Polvo, Patrick pudo ver a Sigrid inconsciente y con la cabeza seccionada en la parte trasera de la casa; avisó al resto del grupo y así encontraron los dos cuerpos de la anticuaria: el de la cabeza seccionada y el lloroso catatónico. Respiraron aliviados al encontrar al menos una versión de su amiga viva todavía. Mientras intentaban reanimar a la pobre Sigrid, Patrick jugueteaba con otro paquetito de Polvo de Dios de su bolsillo...

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