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viernes, 23 de diciembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 15

Un retorno accidentado. Psicomagia.
Con la intención de volver a Nueva York lo antes posible, Robert llamó a varias compañías para contratar un vuelo chárter privado. Consiguió un par de posibilidades, un vuelo que saldría la siguiente noche, y un vuelo al mediodía del día siguiente compartido con un equipo de hockey hielo. Decidieron optar por el primero, para salir cuanto antes. Pero algunas horas más tarde, Robert recibía una llamada diciendo que el vuelo de la noche se había cancelado por mal tiempo (el avión no había podido llegar a Quebec) y el vuelo del equipo de hockey también había experimentado problemas debido al mal comportamiento del pasaje. La mujer que hablaba por teléfono insistió en que, si Robert le daba su localización, intentaría encontrarle otro vuelo en un aeródromo cercano. Aquello no le olió bien al magnate ni al resto de sus compañeros, así que decidieron prescindir de los servicios de la compañía.

Por su parte, Sigrid se dedicó a buscar un buen psicoanalista en la provincia. No fue cosa fácil, pero finalmente encontró uno en Montreal. Advirtió al profesional que la había atendido en Nueva York para que contactara con el canadiense y que por favor le explicara su caso de manera que no comprometieran demasiado la versión real de lo que le ocurría.

Mientras tanto, Sally y Derek investigaron la secuencia de números que Sigrid había arrancado del diario del grupo neonazi que habían encontrado en la mansión. Enseguida informaron a Patrick de que los números correspondían exactamente con las coordenadas de la aldea de Lupita, su futura hija adoptiva, y algunas poblaciones más alrededor de la suya. Aquello introducía un factor nuevo en la ecuación de las extrañas desapariciones de niños de cinco años en México.

Alternativamente al vuelo charter, decidieron comprar billetes para un vuelo normal a las siete de la tarde. No llegarían a cogerlo, porque a eso de las dos del mediodía, Tomaso recibía una nueva llamada de su primo Dominic: el párroco le advertía de que sabía con toda seguridad que habían sacado al hijo de Sigrid de Estados Unidos, y que todo apuntaba a que lo habían embarcado hacia Italia. Se temía lo peor respecto al niño, no sería el primero sacrificado en brutales exorcismos, según los rumores.

Con esta nueva información, decidieron reunirse de nuevo con Sigrid. Había cambio de planes, no viajarían a Nueva York con urgencia, porque no se fiaban de los controles a los que pudieran estar sometidos los aeropuertos. Juzgaron que lo más acertado sería dirigirse a Montreal para visitar al psicoanalista que Sigrid había encontrado; una vez que el estado mental de la anticuaria se fortaleciera (si es que eso era posible), ya podrían pasar a tratar el tema de su hijo sin ambages.

En el ínterin, Robert pidió a Sally que Omega Prime investigara sobre posibles bufetes de abogados en Ottawa y alrededores que no estuvieran implicados en posibles asuntos sucios, con Weiss, Crane & Associates, con UNSUP, o con los Illuminati. Pero al cabo de varias horas, Omega Prime respondía tajantemente: habían investigado multitud de bufetes de las zonas de Ottawa y de Quebec, y muchos del noreste de los Estados Unidos, y no había ni uno solo que en tercer o cuarto grado no tuviera conexiones con los enemigos del grupo o se hubiera visto envuelto en un escándalo o caso que tuviera que ver con sus trapicheos.

Derek contactó por la línea segura con el congresista Ackermann para que les recomendara un bufete de abogados de confianza fuera de la esfera de influencia de sus enemigos. El congresista aprovechó para poner al día a Derek de las iniciativas legislativas que se estaban tomando, de los grupos que se habían formado en el congreso, y le pidió que no descuidara la agencia y que, si era posible, ampliara su personal de cara a una posible crisis en el futuro cercano. Sin embargo, ni siquiera el bufete que Ackermann sugirió al grupo resultó estar limpio; Omega Prime pronto descubrió relaciones de su personal con asociados de Weiss Crane y clientes de Unsup. No parecía haber ningún sitio donde los tentáculos de los Illuminati no llegaran. Más de un centenar de bufetes habían sido investigados ya, y en todos existían relaciones de tercer o cuarto grado con los adversarios.

Llegaron a Montreal. Tras un par de días, Sigrid consiguió por fin que la secretaria del psicoanalista Rémy Lebescque le diera una cita. El psicólogo de Nueva York había contactado con él, y Lebescque le había hecho un hueco en cuanto había podido. La consulta no era una consulta al uso, pudieron ver multitud de objetos y arreglos que enseguida relacionaron con los cultos de santería caribeños, lo que no les causó una grata impresión. El aspecto de Rémy tampoco contribuyó a ello: al anunciar la secretaria la llegada del grupo, el menudo canadiense francoparlante salió del interior de la consulta. De pelo negro como el carbón, bajo de estatura aunque de complexión fuerte, lucía una poblada barba y una melena recogida en una trenza, con unas gafas redondas de cristales tintados que le daban un aspecto algo grotesco. Sus manos estaban llenas de anillos e incluso su ropa parecía fuera de lugar, extrañamente elegante en comparación con el resto de su aspecto físico. Les dio la bienvenida en inglés con un ligero acento francés, y les hizo pasar a su estudio.

Allí, Lebescque les explicó sus métodos más ortodoxos, y cómo había optado por la senda del psicoanálisis, una técnica denostada en los últimos tiempos pero que para él era la única vía de tratar ciertos traumas. No tardaron en darse cuenta de que Lebescque era un hombre extremadamente inteligente y aún más perspicaz; enseguida pareció advertir que en la dolencia de Sigrid había más de lo que el psicoanalista de Nueva York y ella misma le habían explicado. A Patrick le pareció que la mejor opción sería sincerarse y para causar el menor impacto posible, explicó todo el problema discretamente a Rémy. Entonces éste pasó a otro nivel; les habló de su formación en algo llamado “Psicomagia”, una nueva vía de curación de trastornos mentales; éste método había sido inventado pocos años atrás por el famoso Alejandro Jodorowsky ("sí, sí, el de las pelis y los cómics"), pero su método había sido reformulado y ampliamente mejorado por una comunidad de psicoanalistas franceses de cuyas filas había formado parte en aquella época Lebescque. Por lo que Patrick le había contado, este era un caso claramente apto para tratarlo con esa técnica, que reforjaría los procesos mentales de Sigrid e intentaría darle un nuevo punto de partida para que su psique se reconstruyera.

El proceso de tratamiento de Sigrid fue más duro de lo que Lebescque hubiera imaginado nunca. Con la ayuda de Patrick trataron a la anticuaria durante el resto del día, gran parte de la noche y parte del día siguiente. Lebescque estuvo a punto en un par de ocasiones de ser absorbido por la influencia del extraño idioma que se había adueñado de la mente de Sigrid y que sólo una ligerísima barrera implantada en Nueva York había podido mantener a raya. Tuvieron que descansar varias veces, porque las reservas de Rémy estuvieron a punto de agotarse. No obstante, finalmente, “estimulando los centros de dislexia” o algo así, el psicomago recompuso con éxito la psique de Sigrid y consiguió apartar de su inconsciente la influencia del idioma. Lebescque cobró una fuerte suma por el enorme esfuerzo y todas las consultas que había tenido que cancelar durante las 36 horas que había durado el tratamiento. No creía que se tratara de una curación definitiva, y se mostraba preocupado por aquello tan extraño que habitaba en la mente de la mujer y, por lo que le habían dicho, también de su hijo. Les dijo que no se veía capaz de repetir tal tratamiento si sufría una recaída, al menos no él solo. Si necesitaban repetir el proceso, habría que contactar con sus compañeros franceses y realizar una sesión múltiple; pero era posible que tal recaída ni siquiera se produjera; su mente era ahora fuerte y contaba con los medios para reprimir la invasión que había sufrido.

Se despidieron del psicomago, dando las gracias a Rémy por el titánico esfuerzo. A continuación, se dirigieron a cenar (una cena abundante en el caso de Sigrid y Patrick, para recuperar fuerzas). Más tarde, Tomaso, atormentado por la decisión de haber confiado a Daniel a la tutela del padre Borkowski, le contaría en privado a la anticuaria toda la verdad sobre su hijo. Por suerte, Lebescque parecía haber hecho bien su trabajo, y más allá del disgusto de Sigrid, no sucedió nada más.

Volvieron a evaluar todos los cursos de acción que se presentaban ante ellos. Lupita, Daniel y la relación que Sigrid había descubierto el día anterior entre los indios Abenaki y los primeros vikingos llegados a Terranova y Canadá. Decidieron como primer paso contactar con el padre Borkowski. Contra lo que se esperaban, el padre respondió al teléfono y no les puso ninguna traba en acudir a Boston si querían ver al niño. Finalmente, decidieron que Borkowski les haría llegar un vídeo demostrando que Daniel se encontraba en buen estado (aparte de su evidente problema) y que posiblemente se reunirían en Nueva York para tratar el asunto.


jueves, 1 de diciembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 14

Implosión. Nacimiento y muerte de un Universo.
Por suerte [punto de destino] Sigrid se dio cuenta a tiempo y pudo empujar a Patrick cuando sus dedos apenas habían rozado la superficie del hexaedro. Eso lo salvó de un destino fatal, y al cabo de un tiempo recuperaba la consciencia; con la cabeza embotada, eso sí.

Investigaron todos los alrededores. La cosa se dificultaba al no poder alejarse en demasía del monolito, pues en ese momento su mente se abría al infinito universo que lo circundaba y que no alcanzaban a comprender muy bien. En la cara norte de la caverna (o lo que creían que era el norte) había un derrumbe que claramente taponaba lo que en otro tiempo debía haber sido un pasaje, quizá a otra galería o quizá al exterior. Por otra parte, descubrieron que además de los extraños símbolos que poblaban la práctica totalidad de la caverna y que aparecían también en las posesiones heredadas de Derek, otro tipo de símbolos había sido tallado en suelo y estalagmitas en las cercanías del derrumbe, prácticamente formando un camino sobre los primeros ideogramas. A Sigrid no le costó reconocer estos segundos signos: sin duda pertenecían a una variante ritual de la escritura de una tribu de nativos americanos llamados Abenaki. La anticuaria no pudo decir mucho más aparte de esto, aunque creía recordar que la región donde se encontraban distaba en unos cientos de kilómetros de las tierras que habían habitado los Abenaki. Los símbolos amerindios parecían formar una especie de camino desde el derrumbe (antes pasaje) hasta el monolito, pero por más que intentaron encontrar una explicación, sobre todo Tomaso caminando sobre ellos, tocándolos o cualquier otra cosa, el resultado siempre era el mismo: al alejarse un poco caían en el vacío espacial y tenían que volver a presencia del monolito. Lo único que sacaron en claro por la disposición de todo lo visto era la secuencia de los acontecimientos: el monolito era sin duda lo más antiguo del lugar; luego, alguien había grabado durante años, quizá siglos, las paredes, suelo y salientes casi completamente con los símbolos desconocidos; más tarde se habían grabado los símbolos indios y por fin, se había producido el derrumbe y más tarde se había construido la casa encima de todo.

Después de horas de elucubración y frustración, Patrick decidió por fin sentarse y utilizar una de sus dosis de Polvo de Dios. Como siempre que consumía la sustancia, su mente se abrió, pero esta vez aún más… el Monolito aparecía más claro, más… perturbador; le pareció percibir su inmensidad, y en su interior comenzarona asomarse planetas, estrellas y galaxias; cúmulos enteros que vibraban con una frecuencia primordial y que parecían llamar a Patrick a su eternidad. Sigrid avisó a sus compañeros del estado del profesor de filosofía; había visto cómo esnifaba una de las dosis de polvo, y ahora estaba con los ojos muy abiertos mirando el monolito, completamente ido. Se dirigieron hacia él, pero antes de que Derek pudiera llegar a su lado, en cuestión de una fracción de segundo, Patrick estaba de pie ante el hexaedro, con una mano extendida.

Patrick era vagamente consciente de los lentísimos movimientos de sus compañeros a su alrededor mientras avanzaba hacia el objeto primordial. Estaba a punto de tocarlo, cuando el efecto de la droga empezó a remitir. La percepción de la vibración de los componentes primordiales de la materia bajó a su vez, y el monolito dejó de ejercer su atracción sobre el profesor. Cuando pudo recuperarse describió todo lo que había visto al resto del grupo, y su convencimiento de que podría enfrentarse al monolito si tomaba la suficiente dosis del Polvo, una dosis que permitiera a su mente abarcar la inmensidad del cuerpo cúbico.

Y así lo hizo. Las cuatro dosis que le quedaban subieron por su nariz sin pausa. Y su mente se expandió como nunca lo había hecho. Volvió a sentir todo lo anterior, pero aún más amplificado; podía sentir las cuerdas que componían la creación contenida en el monolito (y las de su propio mundo) vibrando. Extendió la mano y tocó una de las caras. Una explosión fuera de toda mesura lo recibió, una explosión primordial y absoluta que arrasó con su ser y lo convirtió en uno con la creación, aunque no con su creación, sino con una extraña, regida por leyes totalmente diferentes a las que él conocía; la gravedad, la luz, la velocidad... todo era distinto, y sin embargo igual, pero la frecuencia de vibración era lo que no cuadraba; sin duda, Patrick vibraba en una frecuencia distinta de todo aquello que le rodeaba; de todo aquello que tocaba mientras en el mundo real tocaba la cara lisa y oscura del monolito. La explosión pronto devino en expansión y en frío, en caos, en orden, en infinitud. Podía sentir la vibración en cada fibra de su ser; estrellas lo aplastaban y a la vez lo hacían expandirse quitándole el aliento; sus sentidos dejaron de transmitir sensaciones inteligibles. Sin duda su mente ya habría explotado sin lo que fuera aquel polvo que había esnifado hacía millones de años. Mundos se creaban y se destruían, trillones de vidas se encendían y apagaban casi al instante, entes que ni la mente del Dios más salvaje habría podido llegar a imaginar tomaron forma y se desvanecieron masacrando millones de vidas, y finalmente trescientas treinta y tres figuras lo rodearon. Algunas de ellas muy parecidas (si no iguales) a las que ya habían visto en el pasillo del piso superior de la academia militar donde el hijo de Sigrid había caído víctima de la Lengua del Clero Primordial, un idioma que sólo debería utilizarse en el Día del Juicio Final, el día en que el Universo acabaría y debería reencarnarse, como estaba a punto de pasar. Las extrañas figuras contemplaron la creación desde su atalaya metafísica, y sin un gesto, sin una palabra, detuvieron la vibración; la negrura estuvo a punto de consumir a Patrick, pero no todo estaba acabado. Un hilillo de vibración permanecía, atraído por un segundo hilo mucho más fuerte y vibrando en una frecuencia distinta, la frecuencia del propio Patrick. El primer hilillo se dirigió a su encuentro, y contra todo pronóstico no fue aplastado, sino que se hizo más fuerte, rodeando al segundo. El encuentro creció y devino en un conflicto que Patrick comprendió que debía detener; se interpuso entre las dos vibraciones, y con un esfuerzo supremo que casi acaba con él consiguió separarlas. El primer hilo se retrajo, y el segundo dejó de vibrar al instante, dejando a Patrick con un vacío que no pudo soportar, y que lo sumió en la oscuridad del olvido.

Lo único que vio el resto del grupo fue que en menos de un segundo Patrick se levantaba, tocaba el monolito y caía desmayado. Sin embargo, antes de caer inconsciente, algo sucedió a su alrededor. Una corriente de aire y una ligera atracción tiró de ellos hacia el hexaedro, nada que no pudieran evitar con un leve esfuerzo. Todos se abalanzaron a interesarse por el estado de Patrick.

Una voz gritó tras ellos algo ininteligible, hablando sin duda en idioma alemán. Por puro acto reflejo, Derek y Tomaso se irguieron, preparados para enfrentarse con lo que fuera. Las figuras que permanecían congeladas en el tiempo alrededor del monolito realizando aquella especie de ritual cobraron vida, y la mujer que había estado grabando la escena gritaba sorprendida. El resto parecían confundidos, y los cuatro individuos que habían visto en posición de tocar el monolito cayeron de espaldas.

A continuación siguió una media hora de tensión durante la cual Tomaso y Derek consiguieron aplacar los ánimos del grupo contrincante, explicando su presencia allí como la de meros aficionados al ocultismo (explicación que también proporcionó el otro grupo, a todas luces sin intención de revelar su verdadera naturaleza). Les explicaron lo que había pasado, y que en realidad les habían salvado de su congelación en el tiempo. La mujer, que se presentó como Sandra y que era la líder a todas luces, parecía no querer más problemas de los estrictamente necesarios y aplacó los ánimos de su grupo. Un grupo compuesto por personas de varias nacionalidades europeas y por estadounidenses, todos capaces de hablar un perfecto alemán y, los no nativos, un más que correcto inglés.

Finalmente, haciendo uso de unos dispositivos electrónicos borraron la información de todos los móviles (que habían empezado a funcionar correctamente en el momento en que Patrick se había desvanecido) e intercambiaron (¡¡¡!!!) información de contacto para compartir información. Por supuesto, también pidieron de vuelta el "diario" que los personajes habían cogido de una de las mochilas. En un momento dado, alguien se acercó a Sandra y le susurró algo; la mujer se volvió extrañada hacia Derek, con la cabeza ladeada, y le preguntó si era huérfano o quizá adoptado. Derek se sorprendió y respondió con evasivas; pero cuando Patrick despertara horas después, informado del hecho y extrañado por las palabras de la mujer, intentaría siempre que pudiera visualizar el aura de su amigo (cosa que no pudo hacer).

En una calma tensa, salieron de la mansión. Los extraños espacios a los que se habían enfrentado, el "universo de la caverna" y el sótano eterno habían vuelto a la normalidad, pero los cadáveres de los compañeros de aquellos que creían miembros de la Sociedad Thule seguían allí.

Mientras todo esto sucedía, Robert seguía esperando en el exterior, fuera del perímetro donde dejaban de verse las estrellas. Durante ese rato, pudo ver cómo salían de la casa dos grupos de personas diferentes que luego se perdían detrás de la colina para no volver a aparecer por el camino, y un par de horas más tarde pudo oir el ya característico ruido de árboles apartándose al paso de alguna criatura enorme. Sin mover un músculo, nadie ni nada detectó su presencia, pero eso sí, pudo oír cómo el segundo agente de la CCSA, el que había escapado corriendo junto a él cuando se habían enfrentado al ser pálido, profería un grito de pánico procedente del lugar donde el coloso que apartaba árboles se dirigía. Robert decidió continuar en su escondite hasta que por el camino aparecieron por fin el resto de integrantes del grupo, apresurados. Se unió a ellos y se dirigieron rápidamente hacia el río, para coger los coches antes de que los contrincantes se les adelantaran.

Sin más contratiempos llegaron a los coches. Mientras subían a ellos, pudieron ver pasar varios helicópteros dirigiéndose en dirección a la mansión. Antes de marcharse, seguiría un intento infructuoso de Derek, Jonathan (el agente de la CCSA que quedaba) y Sigrid por encontrar al agente que Robert había escuchado gritar. Ya anocheciendo, salieron hacia Québec. Durante el viaje, Patrick les contó su experiencia, tan vívidamente que los dejó sin habla. Fuera lo que fuera aquello, lo discutirían largo y tendido más tarde. Sigrid, por su parte, anotó lo poco que recordaba del diario de los alemanes: lo que eran a todas luces varias direcciones y una serie de números que le habían llamado la atención: varias parejas de números con varios decimales, que se relacionaban con una flecha con el número 6666666. No tenía ni idea de qué querría decir aquello, pero lo anotó por si acaso antes de que se le olvidara.

En el hotel de una ciudad cercana a la capital francófona, Tomaso recibió por fin una llamada, que le pareció la primera que recibía en siglos: era su primo Dominic, el padre Bonelli. Estaba realmente agitado. Pedía perdón a Tomaso por no haberle llamado antes, pero afirmaba haber recibido órdenes claras de la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, su conciencia le había impedido callar por más tiempo. Dominic expresó sus sospechas de que Daniel, el hijo de Sigrid, se encontraba en un serio peligro, no estaba seguro de que Borkowski o la propia iglesia no fueran a hacerle algo malo; si algún miembro de la jerarquía se enteraba de que estaba diciéndole esto a un laico, sería expulsado. Tomaso intentó tranquilizar a su primo, y se reunió con el resto del grupo aparte de Sigrid para decidir un plan de acción. Finalmente, decidieron dar a la anticuaria la siguiente explicación: por temas personales, Derek, Robert y Tomaso tendrían que viajar en un vuelo privado a Nueva York; Sigrid debería quedarse con Patrick, Jonathan y Sally para investigar un poco más sobre el terreno acerca de los indios Abenaki, sus símbolos y sus creencias. Además, así permanecerían a salvo fuera de Estados Unidos mientras los "hombres de acción" se encargaban de poner en orden sus asuntos y volver lo antes posible.