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miércoles, 9 de agosto de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 31

Oslo. De nuevo en la Biblioteca.
El viaje en avión transcurrió sin incidentes. Ningún integrante del grupo se dio cuenta de que Adelle realizaba una comprometedora llamada telefónica desde el servicio del avión. Llamó a sus compañeros de Weiss, Crane & Associates, informándoles por enésima vez de los movimientos de Sigrid y sus compañeros, sin que estos se hubieran apercibido nunca de su verdadera filiación. Esta vez fue más lejos, y planearon una emboscada para cuando llegaran a la biblioteca de la anticuaria. Adelle volvió a su asiento sonriendo a Derek y a Tomaso, como ya era habitual.

No se demoraron. Sigrid tenía prisa por continuar la búsqueda de su hija, así que tomaron unos taxis que les llevaron directamente al complejo de edificios de apartamentos donde se encontraba su biblioteca. Anne Rush, Patrick, Tomaso y Derek subieron a la biblioteca junto a Sigrid, mientras Adelle, Sally, Robert, Ethan, Pierre, Gerard y Bernard esperaban en la calle (Sigrid tampoco quería a demasiada gente ajena presente en su sanctasanctórum).

Con la sensación profundamente reconfortante de siempre (sensación que no pasó inadvertida a los ojos expertos de Anne Rush), Sigrid franqueó el paso a sus acompañantes y cerró tras de sí con cuidado. Anne aprovechó para hacerle algunas preguntas sobre la biblioteca, y con ellas, desvelarle los secretos básicos de la bibliomancia y cómo podría hacer uso del poder latente en sus libros si demostraba las obsesiones adecuadas. La “clase magistral” no se alargó más allá de quince minutos, pero permitió a Sigrid ganar su primera carga consciente y abrir su mente a la posibilidad de usar los mismos poderes de los que, suponía, eran capaces Paul van Dorn o Emil Jacobsen, y quizá incluso su propio marido, si es que seguía vivo.

A continuación, pasaron a encargarse del asunto por el que estaban realmente allí, el De Occultis Spherae. Sigrid lo sacó de la caja fuerte y se lo entregó a Anne, que mirándolo con un temor reverencial no quiso ni siquiera tocarlo. Fue directamente a la mochila. Por recomendación de Anne, Sigrid también metió varios de sus libros más valiosos en una mochila que llevaría consigo tras un pequeño ritual que la anciana le enseñó.

Durante toda la escena, Patrick había mantenido contacto telefónico con Ethan, por si las moscas, y en ese justo momento, el agente de la CCSA dio la voz de alarma. Derek vio por una ventana cómo dos furgonetas negras habían llegado a la plazoleta frontal y varios hombres empuñaban armas contra el grupo que había quedado en la calle. También pudo ver cómo era evidente que Adelle se había reunido con los recién llegados y colaboraba con ellos; rechinó los dientes de pura rabia. Patrick pudo oír cómo Ethan dejó caer el teléfono cuando lo dejaron inconsciente. Para añadir más desesperación, no tardaron en ver a través de un resquicio de la ventana cómo sobrevolaba la escena uno de los helicópteros especiales de UNSUP.

Se miraron durante un instante, asimilando la traición de Adelle, pero enseguida reaccionaron como un resorte. Salieron al rellano y tras una maniobra de despiste con los ascensores, consiguieron burlar a los enemigos que subían y llegar a la planta baja por la escalera. Ante los ascensores, muy cerca de la puerta de las escaleras, esperaban dos tipos armados con subfusiles. Las habilidades de Anne Rush entraron en juego: haciéndoles creer que era una buena amiga (sin duda con algún tipo de poder mágico posmoderno) consiguió que el grupo se deslizara hacia el interior del complejo residencial, y pronto se reunía con ellos en la entrada de otro de los edificios, donde les recibió otro guarda de seguridad. Le explicaron toda la situación mientras también llamaban a la policía, y una explosión sacudía los pisos superiores; una bomba o un proyectil había explotado en su mismo edificio, e incluso podían oír los cascotes caer en el exterior. Aquello era verdaderamente serio.

Afortunadamente, el guardia de seguridad que hacía las funciones de conserje les dejó acceder al interior y franquearles acceso al garaje, como le pidieron después. Pero cuando intentaron salir por una de las puertas peatonales vieron cómo en el exterior de cada puerta esperaba una furgoneta negra y un coche de policía, que parecían estar colaborando. Se sintieron acorralados y desesperados, mientras los vecinos del complejo empezaban a salir del garaje, abandonando el edificio casi presas del pánico. En el exterior, la policía y los tipos de las furgonas los detenían y los sometían a un riguroso examen antes de dejarles continuar.

Desde el otro lado del aparcamiento pudieron oír a alguien gritando en un megáfono: “¡Policía! ¡¡¡Quédense donde están y levanten las manos!!!”. Decidieron no hacerlo, y huir. Varios disparos silbaron a su alrededor mientras Anne contactaba con Pierre, afortunadamente; el francés consiguió dejar inconscientes a un par de tipos trajeados y eso causó la confusión suficiente en el exterior para que el grupo pudiera salir sin ser visto entre la marea de vecinos que salían del aparcamiento.

Una media hora después, el grupo recuperaba el aliento en un bar, en cuya televisión ya se podía ver la noticia de un ataque terrorista en el edificio residencial de la biblioteca de Sigrid. Al parecer, la explicación oficial era que la residencia temporal de un diplomático polaco había sido atacada por terroristas (pero no se ofrecía ninguna descripción de estos, al menos por el momento). Patrick apuró su vaso de whisky de un trago, y pidió varios más. Tomaso decidió llamar a Adelle; la mujer se mostró muy frustrada por el éxito del grupo en la huida, y preguntó por “el libro”, ante la socarronería de Tomaso. Adelle pasó a Tomaso con otra persona, un hombre con voz de fumador, que sólo habló para realizar una generosa oferta económica por el libro. El italiano amenazó con destruir el libro si cualquiera de sus amigos sufría algún daño, y eso pareció afectar al tipo. Este ofreció la entrega de sus prisioneros a cambio del libro, y además, “mejorar cualquier oferta que les pudiera haber hecho la anciana”. Tomaso colgó sin dar ninguna respuesta definitiva.

Tras reunirse con Pierre y Gerard (que eran los únicos del grupo del exterior que habían logrado escapar) se alojaron en un hotel alejado y pasaron a discutir su próximo movimiento. Aunque era una esperanza muy leve, Anne se ofreció a llevar a cabo un ritual de localización de Esther, que con suerte se encontraría en el mismo sitio que el resto de sus amigos; Anne confiaba en que sus enemigos no hubieran realizado un ritual de suplantación que los condujera a un rastro falso. La anciana necesitaba poder, y lo consiguió visitando algunos lugares de relevancia; no explicó más. De vuelta en el hotel, tras concentrarse y realizar los actos rituales preceptivos (cosa que dejó a Anne bastante agotada), en el espejo que era el objeto de la ceremonia apareció una imagen bastante nítida: el edificio en cuya planta baja se podía ver un pequeño cartel con un corazón de color negro: el club El Corazón Oscuro, que ya habían visto mencionado en varios lugares...


miércoles, 19 de julio de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 30

Reunión en el museo. Anne Rush.

Pasadas las cinco y media de la tarde, con el museo d’Orsay ya cerrado a los visitantes, el grupo al completo acudió a la cita con Louis Deveraux y sus compañeros. Llamaron a la puerta secundaria que daba al río donde les había emplazado el conservador del museo, y tal y como este les había prometido, allí les recibió. Tres guardias de seguridad armados hicieron que el grupo metiera todas sus armas en una bandeja que quedaría en la entrada.

Anne Rush

 A continuación, Louis y uno de los guardias los condujeron hasta la sala central de seguridad del museo, donde les esperaban la anciana que era claramente la líder y que se presentó como Anne Rush, británica. La sonrisa de la mujer los confotó a todos a medida que los fue saludando, de manera claramente sobrenatural. Deveraux también les presentó al hombre y la mujer jóvenes, que presentó como los gemelos Stephanie y Laurent Favre. También se encontraba allí Pierre Lesnes, el francés de color que presuntamente había raptado a Esther, lo que provocó un escalofrío en Sigrid. Un par de tipos trajeados permanecieron en el anonimato entre el resto de guardias vestidos con el uniforme del museo. Anne Rush les pidió disculpas por reunirse en un sitio tan… inapropiado, pero la seguridad era lo más importante y allí estaban seguros de controlar todo su alrededor mediante el panel de monitores que se encontraba en uno de los laterales. Habían habilitado una mesa y sillas para la reunión, pero distaba de ser un entorno agradable.

La anciana también les dejó claro que aquella reunión se había concertado estrictamente como agradecimiento por la ayuda que habían prestado para evitar el secuestro del señor Deveraux, allí presente, y también porque el propio señor Yuval Sayas había confirmado la ignorancia en la que el grupo parecía moverse en el peligroso ambiente en el que se habían metido, al parecer por accidente. Aunque les estaban muy agradecidos por la ayuda a Deveraux, también esperaba que se dieran cuenta del favor que les estaban haciendo al mantener aquel encuentro, deferencia que sus enemigos no habrían tenido en absoluto, sino más bien todo lo contrario.

La conversación que siguió fue bastante reveladora para los estándares a los que el grupo se había acostumbrado últimamente. Anne Rush les de la Estadosfera, que definió como una especie de realidad superior cuyos habitantes definían las diferentes encarnaciones del Universo. Ante el estupor del grupo, Rush les reveló que el universo no era eterno ni nada parecido, sino que se reencarnaba cada cierto tiempo (no dijo cada cuánto) según los designios de los seres de la Realidad Superior, la Estadosfera; no quiso entrar en más detalles sobre estos seres de momento, pero mostró una enorme sorpresa cuando el grupo compartió con ella parte de las experiencias que habían vivido en la academia militar de Valley Forge, durante las que era posible que hubieran atisbado esa Realidad Superior. Rush continuó explicándoles que el tal Robert Lorenz que se mencionaba en los manuscritos del padre Dautry era su superior; no sabía en realidad si se trataba del tal Conde de St. Germain, pero si no lo era, debía de ser uno de sus lugartenientes. St. Germain, mencionado en varias oscuras referencias a lo largo de la historia, no era sino el encargado de velar por la corrección en el proceso de reencarnación entre universos; era el Primer y Último Hombre (o mujer, según la encarnación del universo), y su tarea era evitar desastres metafísicos de proporciones universales que dieran lugar a encarnaciones de universos aberrantes o incluso a un final de las encarnaciones. Anne Rush y sus compañeros luchaban por cumplir tales designios, y ayudar a que la tarea del Conde se llevara a cabo, en contra de la multitud de grupos que parecían querer dar al traste con ella y que habían aparecido durante siglos, pero sobre todo durante las últimas décadas. La mujer también mostró especial interés por Derek; según dijo, el americano tenía ciertas “características” que lo hacían “muy peculiar”.

A pesar de que la explicación aclaró muchas cosas también dejaba muchas otras en el aire, pero Anne no quiso entrar en más detalles, pues su intención era que el grupo se uniera a sus filas y si lo hacía, ya habría tiempo de las explicaciones y la formación pertinente. La anciana volvió a exponer lo que ya les habían dicho Paul van Dorn o Dan Simmons: aquel no era un mundo para moverse sin aliados, y tarde o temprano tendrían que tomar partido. Rush confiaba en que por sí mismos se dieran cuenta de que la labor de su “organización” era la más importante y, por qué no decirlo, la correcta, y que accederían por voluntad propia a formar parte de ella.

Tras la muestra de buena voluntad que supuso la explicación que dio como respuesta a las preguntas de grupo, pasaron a discutir el interés que el submundo ocultista había mostrado hacia ellos últimamente. Sabían que Sigrid era la madre de Esther, y que últimamente se habían llevado a cabo varios rituales de localización del De Occultis Spherae que apuntaban directamente a la joven muchacha rubia. Sigrid era su madre y afamada librera, así que Rush no tenía más que sumar dos y dos para estar segura de que el libro estaba en posesión de ellas. Según aseguraba la anciana, contra lo que manifestaban las apariencias, lo que había hecho Pierre era salvar a su hija de un destino mucho peor a manos de los que querían conseguir el libro por medios menos “amables” que los suyos. Hasta hacía un par de días, Esther había estado alojada en el museo, junto con Pierre y Louis Deveraux, pero un inesperado ataque, seguramente por parte de los cátaros albigenses había conseguido arrebatársela. Habían camuflado el ataque como un intento de robo al que Deveraux se había opuesto y había evitado valientemente, pero en realidad los atacantes habían conseguido su objetivo, que era llevarse a Esther. Anne lo sentía mucho, y también les explicó lo peligroso que aquel libro era para el Universo y para el equilibrio de la encarnación actual; era necesario destruirlo lo antes posible, pues quien lo consiguiera sería capaz de atrocidades que no podría ni imaginar.

Acto seguido, pasaron a negociar y discutir sobre su colaboración. Tomaso estaba convencido de que aunque el grupo rechazara la oferta de Rush, él sí aceptaría unirse a sus filas, y por ello hizo todo lo posible para acercar posturas. La anciana también les dejó claro que podrían rechazar su oferta, pero en ese caso esperaba que comprendieran que sus recuerdos deberían ser alterados para que no recordaran los detalles de su conversación.

En este punto de la reunión, tres coches negros aparcaron en el exterior del museo. Varias figuras salieron de ellos y se dirigieron hacia una de las puertas. Los reunidos se pusieron en guardia y Anne y los gemelos dieron algunas órdenes en francés por los comunicadores. De repente, una figura que se movía con una rapidez endemoniada apareció en la escena; en pocos segundos dio cuenta de los individuos que se acercaban al museo y también de los que habían quedado en los coches. Tras detenerse unos segundos, la figura femenina ataviada con una gabardina negra que ya habían visto salir de la catedral de Narbonne, corrió hacia el museo. La nueva actriz en la escena causó un impacto mucho más acusado en los interlocutores del grupo, que urgieron a todos a salir de allí rápidamente. Cuando la mujer de la gabardina convirtió sus brazos en espolones metálicos que lanzó contra la puerta del museo, las mentes de Patrick, Adelle y Robert se revelaron, y salieron corriendo presa del pánico. Tomaso e Ethan corrieron tras ellos, intentando detenerlos. Mientras tanto, Anne Rush se despedía de los gemelos Favre, que irían a la parte delantera para intentar detener a “la autómata”.

Corrieron hacia la puerta trasera por la que el grupo había entrado previamente. Los dos guardias que se encontraban en la puerta hicieron el gesto de intentar detenerlos, pero no tuvieron tiempo. La puerta reventó por una fuerte explosión, que hirió de gravedad a los dos tipos y dejó aturdidos y con heridas de diversa consideración a Robert, Tomaso y Adelle. Patrick se paralizó cuando vio que por la puerta entraban varios tipos paramilitares con fusiles de asalto. Por suerte, en ese instante llegaron a la salida Anne Rush y Pierre Lesnes, que demostraron no estar faltos de habilidades. Anne increpó a los recién llegados, instándoles a que se detuvieran, y así lo hicieron. Los asaltantes quedaron aturdidos (o inmovilizados, no quedó muy claro) durante unos segundos, lo suficiente para que los guardias de seguridad les dispararan, asesinándolos a sangre fría.

La escena se repitió en el exterior, donde esperaban varios enemigos más; Anne instó a Derek a poner una bala en la cabeza de uno de los tipos a los que Pierre había incapacitado, pero el director de la CCSA se negó a hacerlo; uno de los guardias lo hizo en su lugar, ante la desaprobación de la anciana. Según esta, aunque sus métodos parecieran crueles, en el futuro comprobarían que eran la única manera de tratar con aquella gente; en aquel submundo, que supieran quién eras y dónde encontrarte era una desventaja que no te podías permitir. Derek y los demás recordaron los atormentados manuscritos del padre Johannes Dautry. Era evidente que para Rush, Lorenz y su gente, el fin justificaba sobradamente los medios empleados. Quizá tenían razón. Quizá no.

Un par de furgonetas los alejaron de la escena. Un paramédico realizó curas de emergencia a Tomaso y a Robert por las heridas y efectos de la explosión. En un momento dado del viaje, cuando pasaban por la plaza que ocupaba el lugar de la antigua bastilla, Anne hizo detener su furgoneta, caminó hasta el centro de la plaza, permaneció allí unos segundos, y sin más volvió al vehículo.

Unos minutos más tarde se alojaban en un hotel de las afueras de París. Allí el grupo pudo reunirse por fin en privado para discutir la situación. Decidieron que Rush y sus compañeros parecían la opción menos mala y que sería juicioso unirse a sus filas, o al menos colaborar de alguna forma. Su organización parecía demasiado humilde para los fines tan elevados que perseguían, y decidieron que aquello era en realidad una buena señal.

Tras la reflexión vino el momento de la negociación; intercambiaron información, y al revelar Sigrid que el libro se encontraba en Oslo, Rush también reveló que a Esther se la habían llevado a Oslo, según Yuval Sayas; según Anne, el judío rara vez se equivocaba en una predicción. Mientras hablaban, la mujer recibió una llamada: los gemelos Favre habían salido con vida del museo, y aunque Stephanie estaba en el hospital tratada de varias heridas, se encontraban bien.

Durante la noche, Derek volvió a sentir intentos de localización, que parecieron ser infructuosos.

El día siguiente se desplazaron al aeropuerto. Anne, Pierre y los dos tipos que habían estado presentes en la reunión (los presentaron como Bernard y Gerard y hablaban mediante señas) les acompañarían a Oslo.

Durante el viaje, el grupo quiso entrar en detalles sobre su futuro entrenamiento. Rush los desengañó un poco. Según les explicó, a pesar de que la magia permitía hacer cosas extraordinarias, poquísimos ”Adeptos” eran capaces de oponerse con éxito al poder mundano de una simple pistola. En cuanto a enfrentamientos violentos, un entrenamiento de campo era tanto o más efectivo que un entrenamiento arcano (si es que tal cosa existía); de hecho, puso como ejemplo a los agentes de la Nueva Inquisición de Alex Abel: más de las tres cuartas partes eran agentes de campo con habilidades mundanas y vagas nociones de lo que los adeptos eran capaces de hacer.



viernes, 7 de julio de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 29

París. El museo d’Orsay.
Tomaron un tren sin incidentes y llegaron a París alrededor de las once de la noche. Agotados, se alojaron en un hotel más bien discreto. A la hora de repartir las habitaciones, Tomaso prefirió no compartir alojamiento ni con Sally ni con Adelle, que tuvieron que ser compañeras de habitación por el reparto; entre las dos se entabló un silencioso rencor que se podía notar claramente. Tomaso, el objeto de deseo de ambas, prefirió rezar a solas esa noche, y aunque sus sentimientos eran más fuertes hacia Sally, prefirió no hacer de menos a la recién llegada.

Museo d'Orsay

La noche no transcurrió plácida para Derek. Por algún extraño motivo, se despertó a las 3:33 de la madrugada, creyendo que había notado una presencia en la habitación. Estaba seguro de que había sentido cómo alguien le tocaba el brazo justo antes de despertar. Incluso en ese momento, ya consciente, notaba como si alguien respirase detrás de él, pero por mucho que se girara no conseguía ver a nadie. Despertó a Sigrid, que compartía habitación con él, y aunque esta se preocupó, decidieron no alertar de momento al resto del grupo. A las 4:44 se produjo un segundo episodio: Derek estaba seguro de que había visto reflejados unos ojos en el espejo; despertó a Sigrid de nuevo, pero ella no conseguía ver nada. Derek la miró con extrañeza, porque él podía ver los ojos (muy levemente, yendo y viniendo) incluso ahora. Al fijarse un poco más, era evidente que los ojos no eran un reflejo, sino que alguien parecía estar intentando observar desde el otro lado del espejo. Un escalofrío recorrió al americano. ¿Acaso estaban intentando detectarlos y él era capaz de sentirlos de alguna forma? En cualquier caso, quien mirase a través del espejo no parecía verlos. Esta vez sí que prefirieron despertar al grupo, pero a todos ellos les pasaba como a Sigrid: no veían absolutamente nada. Fuera lo que fuera aquello, sólo Derek parecía capaz de verlo. Evidentemente, nadie lo tomó por loco, después de todas las experiencias por las que habían pasado. Mientras conversaban, el director de la CCSA recordó una historia que le había relatado su benefactor, lord Ian Stokehall, que hablaba de un ritual del mundo faérico que permitía ver a distancia a través de los espejos… en su momento no lo había creído posible, pero aquello era muy parecido.

Como los dos compañeros de habitación ya se habían imaginado, a las 5:55 volvió a repetirse el episodio. De nuevo, al no tener consecuencias, decidieron dejar descansar a sus compañeros.

Por la mañana llevaron a cabo la investigación sobre el destinatario de la carta del padre Dautry, Louis Deveraux. Después de descartar varios perfiles del mismo nombre en París, se quedaron con los más relevantes: un profesor de física de la universidad, el presidente de la “asociación de amigos de los trenes”, y el conservador del museo d’Orsay. Acertadamente, optaron por este último. En su elección influyó una noticia de hacía solo un par de días en la que se mencionaba que el conservador del museo d’Orsay había sufrido una agresión por parte de dos desconocidos cuando impidió el robo de un cuadro.

Se distribuyeron alrededor del museo para vigilar las puertas y buscar por las salas. Fueron Tomaso y Patrick los primeros que vieron algo fuera de lo común: en una de las salas principales del museo se encontraba contemplando un cuadro el judío con el que habían tratado en Barcelona: Yuval Sayas. Evidentemente, no podía tratarse de una casualidad ni por asomo. A pocos metros de él, mientras Tomaso intentaba entablar conversación con el tipo, Patrick decidió mirar su aura. Fue una mala idea. Mirar el aura de Sayas fue como mirar directamente al Sol: una especie de fulgor aturdidor sacudió la mente del filósofo, que no pudo soportarlo y cayó inconsciente al suelo. Todo el mundo en la sala corrió a ayudarlo, y se armó un revuelo considerable. Aprovechando la confusión, Sayas se escabulló. Por suerte, a los pocos minutos Patrick se encontraba con los demás en la cafetería tomando un refrigerio, aunque con una fuerte migraña.

Una que Patrick estuvo más o menos bien, volvieron a distribuirse por el museo. Esta vez, Derek y Tomaso no tardaron en reconocer el rostro maltrecho del conservador del museo, el tal Louis Deveraux, hablando con una persona de color que por su aspecto no podía tratarse de otro que de Pierre, el presunto secuestrador de Esther. En ese momento, tres personas más se acercaban a la pareja pasando al lado del italiano y el americano. Una anciana, una mujer y un hombre jóvenes se dirigieron directamente hacia los otros dos, que los reconocieron y saludaron con una media sonrisa. El quinteto fue conducido por Deveraux hacia las oficinas del museo a través de una puerta cercana. Puerta con el paso vedado para personas ajenas al personal del museo.

Durante dos horas, Patrick y Adelle se sentaron en uno de los bancos de la sala esperando que alguien saliera de la oficina, mientras los demás recorrían el museo de cabo a rabo intentando encontrar pistas de no sabían muy bien qué, quizá del intento de robo de dos días atrás. Sigrid, Robert e Ethan se apostaron en las salidas principales del edificio por si el grupo de sospechosos no volvía sobre sus pasos.

Durante la espera, Adelle y Patrick mejoraron un poco su relación, preguntándose por sus habilidades e intereses. Al cabo de un par de horas, ya a la hora de comer, volvían a hacer acto de presencia por la puerta de las oficinas la anciana, sus dos acompañantes y Pierre. La escena a continuación fue algo caótica; Sigrid salió del museo precediendo al grupo de la anciana, Tomaso y Derek los siguieron por detrás, mientras el resto corría hacia la salida principal. En la esquina que daba al río una limusina esperaba al grupo, de la que bajó el judío, Sayas. Saludó someramente a la anciana y se marcharon. Durante el recorrido que hicieron persiguiendo al cuarteto, Tomaso había reparado en un grupo de varios hombres trajeados que observaban atentamente al grupo de la anciana; y lo más inquietante era que uno de ellos era uno de los hombres de WCA en Barcelona. Informó del hecho a Derek, y volvieron a toda prisa al interior del museo.

Mientras se producía la persecución anterior, Patrick y Adelle veían cómo el grupo de cinco trajeados entraban a la sala donde se encontraban y se ponían a curiosear. A los pocos minutos, Deveraux hizo acto de presencia con un compañero por la puerta de las oficinas, dirigiéndose rápidamente a otra sala; el conservador hizo que los cinco hombres se tensaran al instante y salieran a toda prisa detrás de él. Derek, Tomaso, Patrick y Adelle, ya reunidos, los siguieron a su vez. En la siguiente sala, cuatro de ellos habían acorralado al conservador mientras el quinto se dedicaba a retener al guardia de seguridad; dos de los tipos cogieron al conservador y comenzaron a guiarlo hacia el exterior. Tomaso hizo lo primero que se le ocurrió: fingiendo un resbalón, movió un cuadro e hizo saltar una alarma. La confusión cundió en la sala, y varios guardias se dirigieron hacia el italiano. Los cinco hombres aprovecharon para intentar salir con Deveraux, pero Patrick y Derek no lo permitieron; mientras el primero se encaraba con un par de los tipos, el segundo gritaba “¡Deveraux! ¡Deveraux! ¡Espera!”, y un par de policías entraban en la estancia. El conservador, claramente reticente a acompañar a sus captores, aprovechó la situación par volverse y fingir que reconocía a Derek. Después de unos segundos de tensión y de la llegada de otro policía, los tipos trajeados decidieron dispersarse. Pero mientras se marchaban, tomaron fotos de Derek, Patrick y Tomaso. El grupo intentó entablar una breve conversación privada con Deveraux, pero este, suspicaz, los evitó rápidamente, acompañando a la policía para investigar qué había pasado con la alarma y el cuadro movido.

Finalmente, quedó aclarado que había sido un accidente y los policías se marcharon después de tomar declaraciones. El tiempo había sido el suficiente para que a Deveraux le hubiera dado tiempo a hacer un par de llamadas y que de nuevo aparecieran en el museo la anciana, Pierre y los demás (Yubal Sayas no los acompañaba). Después de consultarlo con los recién llegados, Deveraux se reunió con el grupo agradeciéndoles su ayuda y les dijo que, si lo deseaban, podrían acudir al museo a las cinco y media de la tarde, cuando ya hubiera cerrado sus puertas a los visitantes, para entablar la conversación que tan ardientemente parecían desear.

Una vez tranquilos en el hotel, Patrick se reunió con sus compañeros de más confianza (Sigrid, Tomaso, Derek, Robert y Sally) para compartir con ellos un hecho que le había preocupado mientras vigilaba en el museo junto a Adelle. Cuando el grupo de la anciana había hecho acto de presencia, Adelle mostró bastante nerviosismo, supuestamente al ver a Pierre. El problema era que Patrick estaba convencido de que su nerviosismo era claramente fingido, y que en realidad estaba muy tranquila; no sabía qué pretendía la mujer fingiendo tal reacción, pero era algo que no podía evitar que le preocupara...

jueves, 22 de junio de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 28

En la Catedral. Las Catacumbas.
Después de que Sally y Tomaso revisaran a velocidad rápida las grabaciones de las videocámaras tuvieron claro que, según las imágenes, nadie había entrado en la catedral desde que habían empezado a grabar, al menos por los accesos exteriores. Mientras tanto, el resto del grupo salió a investigar; se entretuvieron algunos minutos en las callejuelas anexas a uno de los laterales del edificio, pero no encontraron ninguna pista relevante. Reunidos de nuevo, llegaron a la conclusión de que fuera lo que fuera aquella figura femenina (había quedado bastante claro por su agilidad y velocidad que no era un ser humano normal) ya estaba en el interior de la catedral cuando empezaron a grabar.

Grabaron el resto de la noche y después analizaron las imágenes por la mañana, pero ya no presenciaron nada anormal.

A mediodía entraron a la catedral, cuyas visitas ya estaban permitidas. No obstante, una cinta y un policía impedían el acceso de los visitantes a la parte del ábside, donde había tenido lugar la explosión. Patrick consiguió distraer al policía (que por suerte hablaba un perfecto inglés) para que Tomaso accediera a la zona restringida, aun a riesgo de ser arrestado. Con el móvil de la CCSA, el italiano consiguió hacer fotos de casi toda la zona detrás del altar principal y del coro, a donde pudo subir (y bajar) con algunas dificultades. Más tarde, las fotos probarían ser decisivas en su búsqueda.

Por la tarde entablaron también (gracias a la ayuda de Adelle) conversación con una de las floristas que tenían parada en la plaza detrás de la catedral. La florista conocía al párroco Dautry y estaba muy preocupada por su desaparición; según ella, el obispo estaba de viaje en Roma y todavía no había vuelto, y el personal de la catedral se había mostrado muy hermético desde el incidente, cosa por otra parte bastante normal.

Tomaso repasó las fotos que había tomado en el templo con una paciencia infinita, retocándolas e intentando encontrar algo extraño en ellas. Casi dio un salto delante de su ordenador cuando el negativo de una de las fotos dejó ver varios símbolos grabados alrededor de una pequeña capilla situada tras el altar principal. Los símbolos se mostraban sólo en la imagen en negativo con un ligero brillo; le costó bastante rato hacerlos más nítidos, pero cuando se hicieron reconocibles resultó evidente que eran los mismos símbolos que habían visto grabados en la puerta interior de la sede de WCA en Barcelona. Símbolos de protección ocultista. Además, al fijarse ya definitivamente en esa área de la foto, Derek también descubrió un pequeño destello procedente de la juntura de uno de los ocho ladrillos negros que servían como adorno para la capilla. El brillo revelaba un componente metálico tras el ladrillo que habría sido imposible de detectar sin el tratamiento que Tomaso le había dado a la fotografía, y que seguramente identificaba un posible mecanismo de activación o algo parecido.

Decidieron que deberían intentar colarse en la catedral, aunque preferirían no hacerlo por el hueco de la explosión; el riesgo de que los descubrieran era importante. Así que Tomaso decidió hacerse pasar por un seminarista procedente de Italia que había concertado una cita con el sacerdote Johannes Dautry. En su exploración de la catedral por la mañana, el grupo había identificado varias puertas que daban acceso a despachos anexos a las residencias de los clérigos, y seguramente habría accesos entre los edificios anexos y esa ala de la catedral. Por desgracia, la historia de Tomaso tuvo algunas lagunas y no convenció al encargado de la residencia para poder alojarse allí, con lo que tuvieron que volver al plan original.

Gracias al pequeño jardín anexo a la catedral que les permitía ocultarse de ojos indiscretos, el grupo consiguió (no sin ciertas dificultades) trepar hasta el hueco y colarse en el templo a la altura del coro. Tras investigar un rato ante la pequeña capilla, descubrieron por casualidad que tres de los ladrillos negros (entre ellos el que Derek había identificado) provocaban un ligerísimo “click” al ser presionados. Seguramente habría que probarlos en combinación. Por desgracia, al pulsar una combinación errónea, el sistema parecía bloquearse durante largo tiempo; y no sólo eso, sino que las dos veces que esa noche pudieron probar combinaciones (erróneas ambas), aparecieron en la catedral varios de los diáconos y seminaristas (que efectivamente accedían al templo mediante puertas interiores) preguntándose que “qué podía significar aquella alarma que saltaba en los aposentos del padre Dautry”. Tras los intentos infructuosos, el grupo decidió dejarlo por aquella noche.

El día siguiente Sigrid continuó buscando pistas de su hija en los hoteles de la ciudad, sin éxito. Tras descansar lo que pudieron, volvieron a infiltrarse en la catedral; la extraña figura que habían visto hacía dos noches no había vuelto a hacer acto de presencia. En esta ocasión, siguiendo una corazonada de Patrick la primera combinación fue la acertada. El suelo de la capilla pareció retraerse, dejando a la vista una escalera de piedra que bajaba. La escalera (uno de cuyos escalones permitía abrir y cerrar la puerta de acceso) conducía a unas catacumbas bajo la catedral que parecían haber pasado desapercibidas para el común de la sociedad. Multitud de nichos y de inscripciones se podían ver en las paredes, en un pequeño laberinto donde tuvieron que hacer marcas para no perderse. Finalmente, llegaron ante una puerta más moderna que el resto del entorno, aun así vetusta, atrancada y con señales claras de haber sido utilizada recientemente.

No les costó mucho echar la puerta abajo, y lo primero que notaron fue un olor nauseabundo a carne podrida. A la luz de las linternas vieron que la sala era una especie de despacho con luces de gas consumidas, abarrotado de libros y manuscritos. Tras una mesa, atado a una silla, se encontraba un cadáver horriblemente torturado y mutilado, con un alzacuellos: el párroco Johannes Dautry. Uno de sus globos oculares colgaba horriblemente del nervio, sus labios habían sido arrancados y miraba hacia ellos con su único ojo sin vida y su rostro ya pudriéndose; Sigrid y Patrick fueron profundamente afectados por la escena y durante un largo rato no pudieron reaccionar. Mientras tanto, Tomaso y Derek se deshacían del cadáver e intentaban enmascarar el olor.

El lugar era a todas luces una especie de despacho privado de Dautry, que parecía conocer sólo él mismo, pero cuya localización había revelado a su torturador (seguramente la figura que habían visto salir de la catedral).

Una vez recuperados, Sigrid, Patrick, Tomaso y Adelle comenzaron a devorar los manuscritos. El resto consiguió comida y agua para pasar una buena cantidad de horas en aquellos subterráneos; sabían que si salían de allí sería difícil volver a entrar, así que aprovecharon para repasar toda la documentación manuscrita de Dautry, y para ojear los libros más interesantes. Adelle les ayudó con los manuscritos en francés, y Tomaso y Sigrid no tuvieron demasiados problemas con el latín.

Mientras Derek y Ethan investigaban las catacumbas, dieron con unas escaleras ocultas que parecían conducir a una salida secreta al parque que circundaba la catedral. En las escaleras descubrieron un pendiente que más tarde Sigrid reconocería haber visto en su hija; sin duda, Pierre y Esther habían salido por allí cuando los habían visto huyendo en el vídeo del turista.

Tras un par de días de investigación, descubrieron algunos hechos relevantes:

  • Dautry mencionaba en multitud de lugares a un tal Robert G. Lorenz. Se trataba de una persona extremadamente importante, con una red de contactos a escala mundial, de la que formaba parte el propio Dautry, un tal Louis Deveraux en París y una mujer llamada Emmanuelle Deschamps en Marsella.
  • A lo largo de décadas de relación, el párroco había desarrollado la sospecha (con discreción absoluta) de que Lorenz no era otro que el propio Conde de St. Germain, un célebre personaje de la época de la Revolución Francesa.
  • Dautry también se mostraba convencido de que Lorenz/St.Germain estaba estrechamente relacionado con la Realidad y la Estadosfera (este concepto ya lo habían oído mencionar en la información del móvil de los neonazis).
  • En un volumen de memorias, Johannes demostraba su arrepentimiento y su convicción de condenación eterna porque a lo largo de los años había tenido que utilizar métodos poco éticos al servicio de Robert G. Lorenz. Había recurrido en no pocas ocasiones a la violencia e incluso al asesinato, eso sí, siempre en pro de un bien mayor, un bien del que quizás dependía el destino de la humanidad entera. Los escritos eran desgarradores y costaba leerlos, y también se defendía por los métodos empleados diciendo que habían evitado que llegara el Apocalipsis antes de tiempo.
  • En algunos escritos recientes, el sacerdote también expresaba su temor debido a algunos visitantes extraños que habían acudido a la catedral. “Quizá se trate de esos demoníacos Jázaros”.
  • En uno de los cuadernos, haciendo uso de la técnica del carboncillo, pudieron replicar una carta que Dautry había escrito muy recientemente. La carta iba dirigida a Louis Deveraux, y en ella le instaba a “proteger a los portadores de esta misiva”. ¿Quizá los portadores eran Esther y Pierre?

Agotados por la investigación y la mala calidad de su sueño en los subterráneos, metieron en sus mochilas la documentación que habían encontrado en los cajones cerrados del escritorio, que parecía la más importante, y se marcharon al atardecer por la salida al jardín que había descubierto Derek.


jueves, 8 de junio de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 27

Narbonne
Derek dejó a Francis Kittle al cuidado de Jonathan en Barcelona. El agente de la CCSA debía permanecer una semana más ingresado en el hospital debido a la herida de bala que había sufrido en la sede de Altamira/WCA y no podría acompañar al resto del grupo en su viaje a Narbonne. Derek dejó instrucciones a Francis para que, tan pronto como Jonathan pudiera salir del hospital, cogieran un vuelo a Nueva York y allí acabaran de tratar a este; mientras tanto, Kittle recibiría entrenamiento básico y pasaría a formar parte de la agencia. También llamó a su oficina para pedir un sustituto de Jonathan; según sus instrucciones, el agente Ethan Philips volaría a Toulouse y se reuniría con ellos en Narbonne el día siguiente.

Agente Ethan Philips, de la CCSA
Narbonne no se encontraba muy lejos de Barcelona, así que se desplazaron a la ciudad francesa en coche, por otra parte el medio de transporte más discreto y en el que podrían transportar las armas que habían conseguido de los secuaces de WCA. Se alojaron en un hotel del extrarradio, y lo primero que les llamó la atención en recepción fue una noticia en primera plana de algunos periódicos -alguno de ellos en inglés-: al parecer, dos días atrás había habido una explosión en el ábside de la catedral, a la altura del coro, que había abierto un boquete de gran tamaño en el muro. Intentaron informarse todo lo posible consultando al recepcionista y en internet; sacaron en claro que se había descartado un ataque terrorista (además, ningún grupo lo había reivindicado) y que las circunstancias eran del todo extrañas. Tres cadáveres se habían encontrado en la escena, terriblemente deformados; se estaba esperando a la identificación, pero se sospechaba que uno de ellos debía de corresponder al párroco de la iglesia, Johannes Dautry, desaparecido desde el evento. Además, este se había producido poco después del cierre del horario de visitas de la catedral a media tarde, cuando anochecía; y en ningún caso se mencionaba tipo de explosivo alguno, cosa harto extraña.

Sigrid informó al recepcionista de que estaba interesada en contratar los servicios de un intérprete para acompañarla por la ciudad, y el hombre, muy amable, le ofreció los servicios de su sobrino, universitario que necesitaba ganar algún dinero. La intención de la anticuaria era peinar todos los hoteles y hostales de la ciudad (unos setenta alojamientos) preguntando por su hija Esther. Al resto del grupo no le parecía la mejor de las ideas, pero si eso ayudaba a Sigrid a quitarse la ansiedad provocada por la desaparición de la joven, la ayudarían.

Al poco tiempo hacía acto de aparición Ethan, el agente sustituto de Jonathan. El grupo ya lo conocía a raíz de su estancia en la oficina de Nueva York. Tras ponerlo al corriente de la situación y superar la primera impresión, se decidieron a actuar. Por su parte, Ethan informó a Derek de que en Estados Unidos había rumores de que el gobierno estaba planificando una fusión de agencias, seguramente para quitarse de enmedio las entidades más comprometidas; otra cosa más de la que preocuparse, pero lo primero era lo primero. Se dirigieron a las inmediaciones de la Catedral; la policía había establecido puestos de vigilancia en muchas de las esquinas que conducían al centro, aunque no pusieron problemas al grupo; la catedral también estaba fuertemente vigilada, en la puerta trasera y delantera y en varios puntos a su alrededor. El boquete se encontraba en el muro del ábside a unos ocho metros de altura, presidiendo una bonita plaza peatonal. La zona ya había sido desescombrada y acordonada. Decidieron marcharse y no llamar más la atención, para buscar pistas sobre la hija de Sigrid.

Antes de recorrer los alojamientos, decidieron investigar en la estación de trenes. Tras un par de horas de búsqueda infructuosa, una mujer joven (seguramente no llegaba a la treintena) rubia y muy bella que esperaba cerca de una cola para sacar billetes vio el retrato que Sigrid enseñaba a la taquillera y oyó su pregunta. Se acercó a ella. La mujer se presentó como Adelle Sully, y afirmó que hacía unos seis días que había visto a la chica por la que preguntaba Sigrid y al hombre de color. Una mueca de rabia asomó en su rostro cuando mencionó al hombre. Interesados, Sigrid y Tomaso se sentaron con ella a tomar un café. Según les contó la mujer, el hombre era oriundo de Narbonne, y su mayor anhelo era vengarse de él, porque había sido el responsable de la desaparición de su hermana y su posterior violación. Hacía un par de meses, el tal Pierre había empleado con su hermana la misma táctica que con la hija de Sigrid para llevarla con él; cinco días más tarde, su hermana había aparecido en un pueblo cercano, desequilibrada (ahora se encontraba internada en un psiquiátrico) y con claros signos de haber sido violada y maltratada por varias personas. Adelle afirmaba haber hecho desde entonces una labor de investigación intensa para descubrir que el tipo estaba relacionado con el catarismo, que era una especie de brujo y que viajaba frecuentemente en tren, así que desde hacía más o menos un mes, venía todos los días a la estación para tratar de descubrirlo; acto seguido, mostró el arma que llevaba en un costado, con la que pensaba acabar con el maldito bastardo. Sigrid y Tomaso miraron en derredor, incomodados por el gesto; mientras tanto, Derek, Patrick y Ethan vigilaban a distancia, sospechando de varias personas que parecían interesadas en la conversación de sus compañeros con la desconocida pero que finalmente no parecieron dignas de sus sospechas. Adelle prosiguió su historia lamentándose de la oportunidad perdida, pues hacía seis días que habría podido vengarse de Pierre, cuando lo vio con Esther, pero cuando se percató de su presencia ya era tarde y los perdió entre la multitud. Sigrid y Tomaso decidieron citarse con Adelle al día siguiente para afianzar su posible colaboración, con el italiano rendido ante la indiscutible capacidad de seducción de la mujer francesa, y ambos flirteando disimuladamente.

Por la noche, el grupo se acercó a cenar y a tomar una copa por la zona de la catedral para vigilar los turnos de la policía; como habían sospechado, más de 48 horas después del evento los efectivos de vigilancia disminuían por la noche. Investigando un poco más sobre la explosión en diversos medios de comunicación, dieron con un vídeo que al parecer había grabado un turista con su móvil desde un edificio cercano. El corazón de Sigrid dio un vuelco cuando Sally señaló un par de figuras en la escena unos pocos segundos antes de que el muro reventara: sin duda se trataba de Esther y de Pierre, que salían del pequeño parque que rodeaba toda la parte trasera de la catedral; corrían apresuradamente hasta salir de plano, prácticamente en el mismo momento en que se producía la explosión, y parecía claro que acababan de salir de la catedral.

Por la mañana Tomaso y Sigrid se reunieron de nuevo con Adelle (la joven y el italiano volvieron a entrar en el juego de seducción de nuevo) y presentaron a Derek y Patrick, que se unieron a la conversación. A los pocos minutos, Patrick se concentró con su gesto característico para intentar visualizar su aura; el gesto no pasó desapercibido para la joven, que le interpeló. Por supuesto, el profesor de filosofía no quiso decirle la verdad sobre sus capacidades, lo que no gustó nada a Adelle, que había contado toda su historia y no le gustaba la gente que guardaba secretos, puesto que a raíz de su investigación de Pierre, sabía que había personas fuera de lo normal en el mundo. Por desgracia, todas las páginas web que le habían proporcionado algún tipo de información aparecían ahora cerradas por violación de leyes o por órdenes gubernamentales.

Con los ánimos más calmados, Adelle les explicó que su desconfianza tenía fundamento; no sólo era el episodio de su hermana con el propio Pierre, sino que ella misma había experimentado cosas extrañas: hacía unas semanas, había concertado un par de entrevistas con miembros destacados de la Sociedad Cátara de Toulouse. Pues bien, eso era todo lo que recordaba. Recordaba haberse desplazado hasta allí para hablar con ellos, pero lo siguiente que recordaba era estar de nuevo en Narbonne, a las pocas horas y desorientada. Era evidente que algo le habían hecho a su mente. Desde entonces se había vuelto más desconfiada, quizá incluso paranoica, pero tenía buenas razones para ello.

Ambas partes acordaron colaborar para encontrar a Pierre, recuperar a Esther y quizá consumar la venganza de Adelle. A partir de entonces, la joven los acompañaría en sus pesquisas.

El grupo intentó averiguar más cosas acudiendo a la Sociedad Cátara de Narbonne, donde les recibió la secretaria Matilde, que no hablaba ni palabra de inglés. Afortunadamente poco después llegaba Paul, un estudiante que realizaba su tesis sobre el mundo cátaro, que ejerció como guía, enseñándoles las instalaciones de la asociación y dándoles folletos sobre futuras conferencias. La asociación disponía de una buena biblioteca y museo, pero nada fuera de lo normal; compraron un libro agradeciendo la atención de Paul, pero no pudieron averiguar nada sobre Pierre; Matilde, que llevaba en la asociación casi desde su fundación no conocía a nadie con esa descripción.

Por la tarde, después de intentar averiguar sin éxito el paradero de Esther en varios alojamientos, Sally propuso al grupo alojarse en un hotel u hostal que tuviera vista lo más directa posible al ábside de la catedral. A todo el mundo le pareció buena idea, y se dividieron en dos grupos: el primero se alojó en un hostal desde el que se divisaba el boquete en el muro, y el segundo se alojó en un hotel cercano a la puerta principal de la catedral, opuesta al ábside. Compraron un par de videocámaras con las que grabarían desde sus ventanas.

A las tres y media de la mañana, algo llamó la atención de Tomaso, un movimiento rapidísimo que no alcanzó a identificar. La cámara probó entonces su utilidad; alertó a todos y la rebobinó. Todos se quedaron con la boca abierta cuando vieron cómo una figura femenina salía del boquete del muro, se desplazaba por la pared horizontalmente y saltaba al parque del contorno de la catedral desde ocho metros de altura, todo ejecutado a una velocidad sobrehumana y en silencio, sin alertar a los policías que vigilaban en la puerta.


miércoles, 31 de mayo de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 26

Huida. Una nueva pista.
Sigrid insistió sobre la posibilidad de que Emil Jacobsen fuera quien tenía en su poder el De Occultis Spherae, y (mintiendo) afirmó que había descubierto que su hija había mantenido contacto con el librero británico en las últimas semanas, contradiciendo la información que había dado antes sobre que seguramente quien lo tenía era Van Dorn. Fuentes siguió sin creerla, y cuando el clima de la conversación se hizo todavía más tenso, Tomaso intentó ayudarla. Aunque el italiano estaba un poco groggy, afirmó que quien tenía el libro no era Jacobsen, sino Van Dorn, y que a Esther la habían secuestrado y la habían llevado al sur de Francia; si no se daban prisa, perderían la pista de la joven y con ella la del libro, y eso no era lo que quería Fuentes, ¿verdad? Este dudó cuando Tomaso lo interpeló.


En ese momento, otro hombre entró en la sala, reclamando que Fuentes saliera. Tras unos instantes, el primer hombre volvió a entrar pidiendo que disculparan al señor Fuentes, que tenía que atender unos asuntos urgentes. Pasaron unos tensos 25 minutos en los que Patrick se enfrentó a sus custodios y generó algunas escenas de tensión. Tras ese tiempo, Fuentes volvió con otros dos hombres, apresurado. Los hombres iban cargados con sendas cajas metálicas bastante grandes.

—Hay que irse de aquí. Ahora —dijo con tono de urgencia.

Con paso vivo atravesaron un pasillo parecido a uno de hotel, que daba acceso a media docena de habitaciones. En una de las puertas pudieron ver el logo de WCA, pero sobre todo les llamó la atención la última de ellas a la derecha: estaba tallada con siete columnas de símbolos extraños de estilos diferentes; una de ellas resultó conocida para Tomaso, aficionado a las ciencias ocultas; en ella reconoció varios símbolos ocultistas de protección y guarda. Otra de las columnas era más reconocible para Sigrid, compuesta por símbolos muy parecidos a las letras arameas.

La puerta del fondo del pasillo los condujo a una estancia con unas escaleras metálicas que subían, dando acceso a una estancia mucho más grande, que parecía ocupar toda la planta del edificio. Era diáfana y oscura; uno de los hombres de Fuentes se aproximó a un panel y tecleó una combinación. A continuación, el propósito de aquella enorme sala quedó claro: el techo comenzó a abrirse, dejando paso para que aterrizara un helicóptero. Uno de los helicópteros silenciosos que ya habían podido ver en Estados Unidos, pero que en este caso lucía un color azul iridiscente que lo hacía difícil de distinguir contra el cielo. Mientras la aeronave aterrizaba, pudieron oír una explosión que hizo temblar levemente el suelo; sin duda se había producido en el interior del edificio. Alguien venía a por aquellos tipos, pero no necesariamente por un mejor destino para el grupo. Decidieron subir al helicóptero, perdida toda oportunidad de oponer resistencia.

No había salida, ninguna salida posible; ¿habían caído por fin en las garras de sus enemigos? ¿Qué iba a pasar? Sigrid intentó acuchillar al tipo enorme que tenía al lado, pero no tuvo éxito y este se revolvió, propinándole un puñetazo que casi la deja inconsciente. Sin armas y ya en el aire, no había esperanza.

Cuando había pasado apenas medio minuto desde el despegue, una explosión y una sacudida del helicóptero indicó que les habían alcanzado con un proyectil o quizá algo más extraño (¡¿¿alguien mencionó “un mecanomante”??!) [Punto de Destino de Derek]. El impacto averió algún sistema del aparato, y el piloto anunció que intentaría un aterrizaje en campo abierto al norte de la ciudad. Pero más importante aún, la violenta sacudida del helicóptero hizo que varios de los hombres de Fuentes sufrieran fuertes impactos y que una de las maletas metálicas que habían cargado cayera y se abriera. La maleta contenía armas de aspecto extraño; actuaron casi por reflejo. Patrick se lanzó a por una de las armas, y Derek atacó al hombre de su lado mientras Tomaso intentaba dejar inconsciente a otro. El arma que había cogido Patrick resultó ser una especie de rayo capaz de cortar cualquier cosa, y aunque operó durante un corto período de tiempo, causó un enorme daño, tanto a sus enemigos como al vehículo. Entre fuertes sacudidas y pérdidas bruscas de altitud, el grupo pudo prevalecer por fin.

Mientras el piloto intentaba controlar la pérdida de altitud para aterrizar, notaron cómo Jaime Fuentes farfullaba algo; algo en una lengua ininteligible. Cuando Patrick, que era el que más cerca se encontraba, notó cómo la temperatura bajaba bruscamente alrededor del español, le disparó en el hombro, interrumpiendo lo que fuera que estuviera haciendo. Finalmente el helicóptero aterrizó con un fuerte impacto y todos salieron al exterior. Al retirar la ropa del torso de Fuentes para que el médico que los acompañaba (el que había tratado a Robert de su herida) se miraron cuando vieron que el cuerpo del directivo estaba prácticamente totalmente cubierto de escoriaciones que formaban extraños símbolos sobre su piel. Mientras el médico procedía al tratamiento de la herida lo mejor que podía, una inspección de las maletas metálicas reveló que éstas disponían de un apartado aún más seguro donde se encontraba grabado el símbolo de “peligro, radiactividad”; en ese momento se hicieron una idea de cuál era el combustible que proveía de energía a las extrañas armas.

Se alejaron rápidamente del helicóptero siguiendo los consejos de Fuentes. Del grupo de Altamira sólo habían sobrevivido el propio Fuentes, el médico y otros dos hombres, uno de los cuales también se encontraba herido de relativa gravedad.

Llamaron a Sally para que los recogiera con una furgona y, tras alojarse en un hotel rural en un pueblecito perdido, organizaron un intercambio. Fuentes llamaría a la sede de Frankfurt de WCA para que enviaran un “saanador” que pudiera curar el desastre de la pierna de Derek; a cambio, el grupo dejaría marcharse a Jaime y sus hombres con los maletines y su contenido.

Al día siguiente hacían acto de presencia varios hombres con aspecto inconfundiblemente germano. En la casa rural sólo se encontraban Fuentes y Derek; el resto del grupo oiría la conversación desde un lugar cercano. Por suerte, Fuentes fue fiel a su palabra y presentó a Derek como uno de sus hombres que había sufrido el ataque de un epideromante. Los extraños le preguntaron en alemán por la situación de otros miembros importantes de WCA en Barcelona, y el sanador procedió a restaurar la salud de la pierna del norteamericano, que soltó un suspiro de alivio. Tras marcharse los extraños, el grupo también fue fiel a su palabra y dejó que Fuentes y sus hombres se marcharan con las maletas.

Ya tranquilos en una habitación de hotel después de la traumática experiencia, Tomaso los reunió. Con todo el trauma de la tortura y el estrés no lo había recordado hasta entonces, pero un flash le había venido a la mente de repente: en el espejo de la habitación donde se habían alojado Esther y el oniromante Lesnes, había reconocido parcialmente escrita la palabra “Narbonne”.

viernes, 12 de mayo de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 25

La sede de WCA
Inseguros sobre qué hacer, durante varias horas vigilaron el edificio de oficinas a la espera de que Tomaso apareciera tarde o temprano. Con un coche que había alquilado Robert llegaron a seguir a un todoterreno de lunas tintadas que salió del edificio, pero resultó ser una falsa alarma. Mientras tanto, Sally conseguía armas en la Dark Web y poco después las recogían sin mayores problemas en un polígono cercano.

Al atardecer decidieron pasar a la acción. Intentaron sobornar al guardia del aparcamiento, pero no tuvieron éxito. El miedo del vigilante a las posibles represalias de sus jefes le forzaron a no aceptar la oferta. Así que el grupo tendría que esperar al cambio de turno de los guardas, que averiguaron que se produciría a medianoche.

Sin embargo, decidieron cambiar de táctica, y cuando un coche de lujo salió del aparcamiento conducido por un tipo vestido con un traje caro, decidieron seguirle y tenderle una emboscada si se presentaba la ocasión. Y la ocasión se produjo en una carretera poco transitada que llevaba a un pueblo hacia el norte. Consiguieron sacar al tipo de la carretera y resultó ser un empleado (o directivo) de Altamira Inversiones; lo más importante era que tenía en su poder una tarjeta que parecía poder granjearles acceso al edificio.

Haciendo uso de la tarjeta consiguieron pasar con su propio coche al aparcamiento sin problemas y acceder a los ascensores. Subieron hasta la planta 12, donde se encontraba la sede de Altamira, o más correctamente, de Weiss, Crane & Assocs. Se encontraron con un guardia en la entrada, del que Derek y Robert dieron buena cuenta con mucha dificultad y sin conseguir evitar que diera un aviso por radio.

Buscaron rápidamente por la oficina pero no encontraron ni rastro de Tomaso. Y pronto llegaron más guardias, alertados por el primero. Robert se enfrentó a ellos en el vestíbulo de los ascensores, pero un disparo le alcanzó en el pecho y tuvo que retroceder a trompicones. Patrick le ayudó y el grupo tuvo que cerrar la oficina, estropeando el mecanismo de acceso para ganar tiempo.

Unos agónicos minutos transcurrieron mientras el grupo decidía qué hacer oyendo los golpes que intentaban derribar la puerta de acceso. Derek decidió hacer saltar la alarma de incendios para intentar salir por la escalera de emergencia, cuyas puertas de acceso debían de abrirse solamente en caso de alarma. Acercó un mechero al detector y efectivamente a los pocos instantes sonaba la alarma y las puertas de emergencia se habilitaban.

Entre tanto, Tomaso era golpeado y drogado mientras le interrogaban acerca de la “muchacha rubia”, “qué intentaba averiguar en la habitación del hostal” y “con quién más estaba en el ajo”. El italiano resistió toda la coacción violenta, y el castigo físico cesó cuando respondió positivamente a la posibilidad de incorporarse a las filas de sus interrogadores. Era la única forma que se le ocurrió de detener aquello.

En la oficina de WCA, el grupo salió rápidamente a la escalera de emergencia, pero esa misma idea la habían tenido sus enemigos, así que coincidieron en el rellano. Un tiro abatió a uno de los enemigos, y hubo un breve intercambio de disparos; pero Patrick consiguió atrancar la puerta de acceso de los enemigos con el bate de Derek; fuera, los guardias gritaban “al piso inferior” y se alejaban de la puerta. Mientras, Sigrid sacaba información del herido en el suelo: sin mostrar piedad, consiguió averiguar que Tomaso se encontraba en un piso oculto por encima del que se encontraban, y que se accedía a él por el ascensor número uno.

Salieron otra vez al vestíbulo de los ascensores, donde los guardias no habían dejado vigilancia, por suerte. La alarma de incendios se detuvo en ese instante, y volvieron a habilitarse los ascensores. Llamaron al número uno, y en breves segundos la puerta se abría ante ellos. Pero el ascensor no estaba vacío: un tipo enorme y rubio con varias cicatrices en el rostro les miró valorativamente un instante y a continuación se lanzó a por Derek. Acertaron un par de disparos en el mostrenco, pero no parecieron afectarle. Y el tipo golpeó la pierna de Derek, que perdió el equilibrio cuando esta pareció marchitarse en instantes. Pero el agente federal consiguió resistir mientras el resto cosían a disparos al rubio, hasta que finalmente fue Sigrid la que con su cuchillo y mano diestra para usarlo, consiguió herir gravemente al tipo en el abdomen y Patrick le descerrajó un tiro en la cabeza (para su propio horror, pero tomó la decisión conscientemente, ya había decidido no quedarse atrás y tomar parte activa en las luchas de su grupo). Ayudando como pudieron a Robert y a Derek entraron en el ascensor; no había ninguna señal que indicara dónde pasar la tarjeta de acceso para subir al piso oculto, así que Patrick la pasó por todo el espacio alrededor de la botonera, hasta que por fin oyó un “bip”. El ascensor comenzó a subir.

A los pocos segundos las puertas se abrían y daban acceso directo a una oficina. Ante el ascensor, dos tipos trajeados esperaban, uno altivo y rozando la vejez, y el otro más joven y cargando con Tomaso semiconsciente. Patrick apuntó con su escopeta al rostro del más maduro, y llegaron a lo que pareció un punto muerto; el hombre mayor, que se presentó como Jaime Fuentes, se avino a negociar aunque no parecía preocupado por el cañón que le apuntaba.

Fuentes les aseguró que si le mataban jamás saldrían vivos de aquel edificio; Patrick no dejó de encañonarlo ni un momento en la conversación que siguió sentados en una mesa de reuniones. El presunto inversor les preguntó por su estancia en el hostal y acerca de la identidad de la muchacha rubia que buscaban; y Sigrid respondió sin ambages que la muchacha era su hija. El rostro de Fuentes mostró una levísima expresión de sorpresa ante la revelación; y la salida del grupo dejó de ser una opción a considerar para él. Como parte de la negociación les ofreció curar la herida de Robert, al que habían tenido que tumbar sobre una mesa y que respiraba cada vez más entrecortadamente; por supuesto, accedieron. Fuentes mandó llamar a un médico que subió a los pocos minutos acompañado de otros dos hombres armados; el grupo había dejado de tener cualquier tipo de ventaja que hubiera podido conservar; abiertamente, el pez gordo ordenó a sus hombres que bajo ninguna circunstancia dejaran salir de allí a “la señora Olafson o sus compañeros”.

A continuación, Fuentes preguntó a Sigrid si sabía algo sobre un libro llamado De Occultis Spherae; la anticuaria intentó responder con evasivas lo mejor que pudo, intentando implicar a Paul van Dorn y a Emil Jacobsen como posibles propietarios de los libros. Fuentes no acabó de creérselo, así que la conversación llegó a un punto muerto donde el grupo no veía la manera de salvar la situación. Además, la pierna de Derek seguía extrañamente marchita y necesitaban que alguien la curase, pues era imposible que aquella brujería la sanase la medicina convencional… la situación era realmente agónica.

jueves, 20 de abril de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 24

Tomaso secuestrado
Los vídeos mostraban a los asaltantes apareciendo en el hotel directamente en el segundo piso y desapareciendo también a la misma altura cuando huían. Las últimas imágenes eran de la escalera de la tercera a la segunda planta, y ya no aparecían más. El grupo dedicó la siguiente hora y media a buscar alguna prueba de por dónde habían huido sus enemigos; las salidas de emergencia estaban cerradas y no parecían forzadas, y el ascensor lo mismo. Tampoco las puertas de las habitaciones o las ventanas presentaban signos de haber sido forzadas. Finalmente desistieron y aceptaron pasar el resto de la noche en una planta diferente del hotel.

Por la mañana partieron sin dilación en tren hacia Barcelona. En la estación de la ciudad condal se dedicaron a investigar discretamente, y consiguieron el testimonio de un revisor que afirmaba haber visto hacía dos o tres días a una pareja tan pintoresca como la que Sigrid y sus compañeros describían. Pero eso fue todo; sin más pistas, se alojaron en un buen hotel y dedicaron la siguiente jornada a hacer averiguaciones en el aeropuerto, en las estaciones de tren y en la línea de ferrys. También asistieron a una conferencia que se impartía en la asociación cátara de la ciudad, ante las sospechas de Tomaso de que el secuestrador pudiera tener algo que ver con los herederos de los cátaros. Pero ninguno de sus intentos tuvo éxito. Tampoco Omega Prime pudo ayudar a averiguar en qué hotel se habían alojado.

Tras no tener éxito con las reservas de hoteles de alta calidad, Tomaso decidió como medida desesperada comenzar a llamar a todos los hostales más humildes que se encontraban cercanos a las estaciones de tren de la ciudad. Preguntaba por sus “parientes”, un hombre negro con ojeras y una joven rubia de ojos azules. Más o menos cuando ya había contactado con una docena, la voz al otro lado le respondió bruscamente: “creo que debería hablar con la policía”. Dejó de llamar a más sitios y reunió a sus compañeros; creía que habían encontrado lo que buscaban. Una breve búsqueda en los periódicos de los últimos tres días reveló que en una de las habitaciones del hostal había aparecido un cadáver que, aparentemente, se había suicidado.

En el hostal se encontraron con un chico joven que aunque no estaba muy dispuesto a hablar del incidente sí desveló algunas cosas. Entraron Patrick y Sigrid, y consiguieron averiguar que el cadáver había sido encontrado en la ducha de la habitación hacía un par de días, después de que Esther y Pierre hubieran dejado la habitación; esta todavía se encontraba precintada por la policía. Cuando Sigrid reveló que era la madre de la muchacha que se había alojado en la habitación junto al hombre negro, el recepcionista se tornó más suspicaz; le extrañaba que ella no acudiera corriendo a la policía para enterarse de todo. Ante una hostilidad cada vez mayor, decidieron marcharse; el chaval les dijo que si querían saber más, por la tarde era el turno de su padre y quizá podría decirles más cosas.

Tomaso y Jonathan tomaron el relevo de sus compañeros: fingieron estar de visita en la ciudad y alquilaron una habitación. Pasado un rato, entraron a la habitación del siniestro ignorando los precintos policiales (habían conseguido hacerse con la llave en recepción). Tomaso buscó por toda la estancia durante unos minutos, sin encontrar nada de interés; al abrir el agua caliente en el lavabo para que el vapor revelara posibles mensajes ocultos escritos en el espejo, efectivamente surgió uno, pero por desgracia había sido borrado; se apreciaban todavía algunos restos de letras, pero insuficientes para deducir nada. En ese momento, el italiano oyó un ruido fuera, como un cuerpo cayendo al suelo; a los pocos segundos, el pomo de la puerta empezó a moverse lentamente: alguien intentaba entrar discretamente. Sin apenas tiempo para pensar, Tomaso se situó tras la puerta. Esta se abrió lentamente casi en su totalidad, y durante unos segundos de gran tensión permaneció inmóvil, con alguien al otro lado. Decidió salir y atacar por sorpresa.

Se encontró frente a frente con un tipo rubio, alto y muy fuerte, que lucía varias cicatrices en rostro y manos. En una de ellas llevaba un bisturí. Tomaso dirigió un fuerte puntapié a la rodilla del tipo, que habría hecho que cualquiera se tambaleara, pero este no pareció inmutarse. Acto seguido, tocó el estómago de Tomaso con su mano. Y la agonía de este fue infinita; sabía que era imposible, pero notó cómo la mano del tipo se introducía en su cuerpo y luego un dolor indescriptible, como si le revolviera todos los órganos internos; cayó al suelo inconsciente, sólo a tiempo de ver otro hombre en el pasillo detrás del rubio que arrastraba a Jonathan hacia una habitación.

Mientras tanto, el resto del grupo se había quedado tomando algo en un bar al otro lado de la avenida. Pasados unos minutos, un taxi monovolumen aparcaba a la puerta del hostal, bloqueando la vista. Derek y Patrick se escoraron para poder tener línea de visión, y a los pocos segundos pudieron ver cómo del hostal salían tres hombres que ayudaban a moverse a otros dos que parecían borrachos o inconscientes; estos no eran otros que Tomaso y Jonathan.

Derek corrió para avisar a una patrulla de policía que había visto en una calle cercana, y Patrick se apresuró a parar otro taxi. Se inició así una breve persecución en coche y a pie mientras los policías avisaban del secuestro a las patrullas cercanas. Los secuestradores pudieron esquivar a los policías que les salieron al paso, pero tras girar un par de esquinas provocaron un fuerte accidente en una avenida, donde implicaron a cerca de una veintena de coches. Derek, Robert, Sigrid y Patrick llegaron a la escena del accidente: los coches habían invadido la acera, varias terrazas de bares habían sido arrasadas, y pudieron ver unos cuantos muertos y heridos. Entre el caos, acertaron a identificar el coche de los secuestradores, volcado en medio de la calle. De los asaltantes no había ni rastro, ni tampoco de Tomaso, pero Jonathan se encontraba allí; lo debían de haber dejado para poder huir más rápidamente. Sally y Francis se encargarían de llevar a Jonathan a un hospital mientras el resto iba en persecución de los secuestradores. Una mancha de sangre los puso sobre el rastro, que los llevó al aparcamiento de un centro comercial cercano. Bajaron por las escaleras hasta el segundo sótano, donde un fuerte acelerón los sobresaltó; corrieron hacia el sonido y llegaron a la rampa casi a la vez que un coche que transportaba a Tomaso y a los tres extraños; Derek arrojó un extintor sobre el parabrisas del vehículo, pero no tuvo éxito en detenerlo. El copiloto sacó una pistola y el grupo no tuvo más remedio que ponerse a cubierto mientras resonaban un par de disparos. Se miraron, desesperados. Al salir del centro comercial dieron parte a las patrullas de policía cercanas que se dirigían al lugar del accidente. Pero prefirieron no quedarse más tiempo del necesario, y se escabulleron enseguida.

Por suerte, Tomaso todavía llevaba encima el móvil de la CCSA. Haciendo uso de su propio móvil, Derek visualizó la señal emitida por el primero. Cogieron un taxi y la siguieron. La señal se detuvo en un lugar determinado durante unos veinte minutos, y al cabo de un rato volvió a ponerse en marcha para detenerse ya definitivamente en un lugar alejado un par de kilómetros del primero.

El último lugar resultó ser un contenedor de basura situado a las afueras de la ciudad. Allí se encontraba la chaqueta de Tomaso, manchada de sangre, con el móvil en el bolsillo interior.

Tras recuperar el móvil, se dirigieron al lugar donde se había detenido por primera vez la señal. Era un edificio de oficinas al norte de la ciudad. En el gran mostrador de recepción les aseguraron que no había entrado por allí nadie con la descripción que les proporcionaban, así que decidieron preguntar al vigilante del aparcamiento del edificio. Tras soltar un par de cientos de euros, efectivamente les confirmó que el coche que le describieron había entrado en el aparcamiento hacía aproximadamente una hora. Al preguntarle cómo habían entrado, el vigilante les contó que poco antes de su llegada había recibido una visita de un ejecutivo de Altamira Inversiones para que les franqueara el paso sin que tuvieran que detenerse.

Efectivamente, Altamira Inversiones era una de las empresas del edificio, concretamente la que ocupaba el último piso, el duodécimo. Se pusieron en contacto con Sally para que investigara todo lo que pudiera sobre ella, y en poco más de cinco minutos la periodista les devolvía la llamada: Altamira se encontraba participada por un holding de empresas cuyo principal participante era Weiss, Crane & Associates. Se miraron unos a otros, preocupados; si Tomaso se encontraba en el interior del edificio tendrían que entrar, y no iba a ser nada fácil.


Por si todo aquello no era suficiente, Sally les envió un enlace a un vídeo de Youtube. El vídeo era de una noticia emitida por la Fox, en la que se informaba de que “el grupo terrorista de hackers Omega Prime” había “atacado varios centros de datos del gobierno y de entidades financieras” con la intención de “provocar el caos, acabar con el orden establecido y con el estilo de vida americano”. A continuación, se presentaba un vídeo presuntamente grabado por Omega Prime en el que un hacker ataviado con su máscara característica reivindicaba el ataque. Por supuesto, según Sally, desde Omega Prime le habían asegurado que ellos no tenían nada que ver con aquello...

viernes, 14 de abril de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 23

Paul van Dorn
Por la tarde, Sigrid, Patrick, Tomaso, Derek y Robert se desplazaron a Salamanca para visitar al hijo pequeño de la anticuaria, Eyrik, que se encontraba allí cuidado por sus abuelos paternos. Sus todavía suegros preguntaron a Sigrid acerca de Ramiro, y para su consternación no les pudo responder más que con evasivas.

Por la noche se dedicaron a intentar encontrar conexiones de toda la información de que habían hecho acopio en los últimos días; la única conexión que pudieron encontrar, muy tenue, fue que la ciudad natal de uno de los psicomagos colegas de François Lebeau era Narbona, que había sido una de las ciudades importantes del movimiento cátaro en la edad media. Otra de las cosas que les llamó la atención es que las oscuras referencias que habían encontrado hacía unas semanas a la “ascensión” de Tel Aviv habían desaparecido por completo de la red.

El día siguiente volvieron a Madrid para encontrarse con Paul Van Dorn en el restaurante que había sugerido Sigrid; al igual que habían hecho el día anterior con el judío, Derek, Jonathan y Robert (camuflado) permanecerían separados y alerta. El librero se mostró extremadamente educado y les presentó a sus acompañantes (aparte de dos guardaespaldas que habían quedado en el exterior del reservado): una niña de doce años que presentó como Meryl, y un adusto y fornido hombretón que se hacía llamar Mr. Thorn. Mientras se presentaban, les fueron servidas las bebidas; la niña que acompañaba a Van Dorn hizo un gesto hacia el vaso del librero, pero este la detuvo; a continuación, sugirió al grupo que no bebieran sin hacer antes lo mismo que él iba a hacer. Acto seguido, Van Dorn dio un giro horario de 360 grados a su vaso y susurró una palabra; a continuación, un segundo giro antihorario y otra palabra; esperó hasta que todos le hubieron imitado discretamente. Según les dijo, como muestra de buena voluntad acababa de enseñarles un pequeño ritual para librar cualquier bebida de sustancias tóxicas en disolución; el éxito del ritual dependía del poder inherente de cada individuo, pero era efectivo en un gran porcentaje. Este gesto agradó al grupo, e hizo que la conversación discurriera sin hostilidad.

Van Dorn no se anduvo con rodeos; manifestó su conocimiento del interés que el grupo había despertado en el “submundo ocultista”, y expresó su deseo de establecer una alianza, preferiblemente en unos términos que pusieran a Sigrid y los demás a su servicio, al menos temporalmente. El grupo, evidentemente, se mostró reticente ante tal posibilidad, cosa que el librero ya esperaba debido al más que probable conflicto de intereses en el futuro. Él sabía (como ya sabía bastante gente, al parecer) que Robert era el origen del Polvo de Dios, y que Sigrid tenía relación con él. El simulacro del magnate que habían presentado públicamente en televisión y que presuntamente se retiraba del mundo de los negocios no había engañado a Van Dorn: para su ojo experto, era evidente que aquello era un autómata fabricado con artes ocultas para intentar atraer al verdadero Robert a la luz; ante la mención de aquello, Patrick rebullón en su asiento, extremadamente incómodo. También les habló de la traición que había sufrido por parte de varios miembros de su “equipo”, entre ellos Nikos Kostas, que incluso atacó su Biblioteca. Con la mención de “Biblioteca” dirigió una mirada cómplice a Sigrid, que esta no entendió muy bien, y veladamente dejó entrever que creía que Sigrid tenía también una “Biblioteca” propia. Evidentemente, era una referencia a algún concepto Bibliomántico, y Van Dorn se sorprendió cuando Sigrid no pareció saber de lo que hablaba, pero al mismo tiempo se sintió más seguro.

Siguiendo con las muestras de buena voluntad, Van Dorn decidió darles más información: por la descripción que le hicieron del hombre que había secuestrado a Esther, el librero neoyorquino les aseguró que debía de tratarse de un “Oniromante”, un tipo de “adepto” que extraía su poder de los sueños o, más bien, de la falta de ellos. Entre los poderes de los oniromantes figuraba la capacidad de hacer creer a los extraños que en realidad eran amigos de toda la vida; eso explicaría por qué Esther pareció seguir voluntariamente al extraño francés.

A continuación, Paul Van Dorn puso una importante carta sobre la mesa: ofreció al grupo la posibilidad de iniciarlos en los secretos de la “magia posmoderna” a cambio de la susodicha alianza. Era una oferta muy tentadora, y tendrían que pensarlo. El problema era lo que Van Dorn pedía a cambio: un suministro regular de Polvo de Dios; la parte buena era que no les había exigido la fórmula, pero era algo que tendrían que pensar muy bien; además, en las actuales circunstancias les era imposible cumplir con esa parte del trato.

Cuando Sally, a requerimiento de Van Dorn, explicó cómo había llegado a trabar amistad con los demás y el acoso que había sufrido por parte de agentes desconocidos, la conversación volvió a derivar a Nikos Kostas y sus motivos para traicionar al bibliomante; según dijo este, Nikos seguramente pertenecía a una antigua organización encargada de proteger los secretos del mundo ocultista. No quiso dar más información; Van Dorn revelaba algunas cosas, pero se callaba muchas otras; jugaba con ello como garantía de que el grupo se aviniera a una alianza bajo sus términos. Pero sí advirtió a Sally sobre la inconveniencia de destapar todo aquello. Sigrid y los demás le hablaron de su encuentro con Kostas en la academia militar; le revelaron prácticamente todo lo que había sucedido allí y lo que le había sucedido a Daniel, el hijo de Sigrid. Van Dorn los miró, preocupado e interesado a la vez. Una referencia muy oscura había acudido a su mente: la Lengua Alter. Les contó una historia que había adquirido tintes de superchería: la de los gemelos Alter que, abandonados a su suerte por sus crueles padres, habían desarrollado una lengua que había vuelto loco a más de uno, y que según se contaba, tenía efectos muy perjudiciales en el tejido de la propia realidad. La historia concordaba con las pistas que les había dado el móvil rescatado por Francis Kittle.

También les habló de Alex Abel, el líder de la Nueva Inquisición, y de los “Illuminati”. Según Van Dorn, Abel había ingresado recientemente en las filas del Club Bilderberg y eso había introducido un grado más de caos en el submundo ocultista. Y fueron los Illuminati los que habían secuestrado a Sigrid después de la explosión en el Excelsior. Por otra parte, como ya habían supuesto, Abel tenía a medio FBI controlado por sus efectivos.

Con la oferta de la alianza en el aire y abierta, se despidieron. Pero la partida de Van Dorn y sus acompañantes fue bastante accidentada. Al detectar algunos elementos sospechosos en el exterior, volvieron a entrar al restaurante para advertir al grupo de que estuvieran alerta al marcharse. Derek y los demás pudieron ver cómo sí que era cierto que alguien seguía a Van Dorn cuando subió al coche; por suerte nadie pareció seguirles a ellos.

De vuelta en su hotel, pasaron a discutir la conveniencia de la alianza con Van Dorn, pero Robert puso pronto fin a aquello; sin el komerievo que le llegaba desde Rusia era imposible fabricar más Polvo de Dios, y por tanto también imposible satisfacer las exigencias del trato.


De madrugada, Sigrid despertó, alertada por un ligero ruido. Con la tenue luz que entraba del pasillo pudo ver cómo habían forzado la puerta de la habitación y un individuo de físico imponente entraba, mientras otro esperaba en la entrada. Gritó. El hombre extendió su mano hacia ella, y se quedó inmóvil cuando algo no pareció salir como esperaba. Tomaso salió al pasillo, alertado por el grito de su amiga; ante la puerta de su habitación vio un hombre menudo y una mujer, que se giró hacia él. Corrió lo más rápido que pudo hacia ellos, pero algo pasó en el camino; sintió una sensación extraña y de repente se encontró corriendo en sentido contrario, hacia la ventana del final del pasillo. Derek lo vio pasar extrañado cuando salió de la habitación con el arma en la mano; para entonces el trío de extraños ya había empezado a correr hacia las escaleras, perseguido por Patrick, más adelantado, que de todos modos no pudo hacer nada para detenerlos, así que escaparon sin más violencia. La cerradura de la habitación de Sigrid y Sally no había sido forzada en absoluto, y sin duda los tres asaltantes eran los mismos que habían sido grabados por las cámaras de la tienda hacía un par de noches.

viernes, 31 de marzo de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 22

Madrid y el extraño judío
Sigrid, con el rostro lívido, enseñó el mensaje de correo electrónico a sus compañeros. Evidentemente, ella no admitiría nada que no fuera viajar a Madrid inmediatamente en busca de su hija Esther; después de sopesar el resto de opciones que tenían someramente, reservaron los billetes de avión para el día siguiente, lo más pronto que fue posible.

Yuval Sayas/Simeon Bar Yohai
También decidieron que el viaje a Madrid sería el momento ideal para que Sigrid tuviera la reunión pendiente con Paul Van Dorn, postergada ya durante demasiado tiempo. Patrick volvió a expresar sus reticencias a tratar con un tío del que Sigrid decía que era tan poderoso y con tan pocos escrúpulos, pero finalmente la necesidad de encontrar un aliado fue más fuerte y la anticuaria llamó por teléfono al librero a su móvil personal. Van Dorn dijo estar muy ocupado al día siguiente, pero viajaría a Madrid dos días después en su jet privado para encontrarse con Sigrid en un lugar público y discreto.

Se desplazaron a Madrid sin avisar previamente a Lucía, la dependienta de la tienda de Sigrid, para evitar posibles escuchas. Una vez en la capital española, quedaron con ella en un restaurante donde podrían disponer de un reservado, para así de paso seguirla y comprobar que nadie la seguía. Derek y Jonathan permanecerían separados del grupo para poder reaccionar en caso de que sufrieran algún ataque y poder vigilar discretamente posibles sospechosos.

Lucía rompió a llorar cuando vio a Sigrid, y se abrazó a ella desconsolada. Tras tranquilizarse, fue presentada al resto del grupo y entraron en detalles. La dependienta relató el episodio entre sollozos; insistió en que el rostro del hombre (de raza negra) daba miedo de lo demacrado y ojeroso que estaba, en contraposición a su forma de vestir, bastante elegante. Habló con Esther breves instantes y parecían conocerse, con lo que no juzgó necesario intervenir cuando la muchacha lo acompañó a la calle. Patrick recurrió a varios trucos para lograr que Lucía se relajara y recordara las cosas con más claridad: así les pudo concretar que el hombre parecía hablar con acento francés y que se presentó como “Pierre”.

La siguiente parada que hicieron fue en la tienda, donde intentaron encontrar alguna pista que les aclarara algo de lo que les había sucedido, pero sin éxito. Tras encargar a Lucía que siguiera abriendo la tienda normalmente, se dirigieron al piso de Sigrid.

Ya en su casa, investigaron sobre los contactos de Esther en las redes sociales, y Tomaso repasó sus círculos en la universidad, y posibles hechos fuera de lo común en el campus o en el mundillo de las antigüedades. No encontraron nada.

Al poco tiempo, Derek y Jonathan llamaron por teléfono. Alguien a quien ya habían visto rondar en la tienda mientras el grupo había estado allí, había aparecido de nuevo. Se encontraba en un café justo al otro lado de la calle. Patrick, Sigrid y Tomaso bajaron para confrontarlo directamente.

Sigrid y Patrick se sorprendieron al entrar en el café y reconocer al individuo: era un hombre maduro, en torno a los cincuenta años, que sin duda había estado en la subasta y al que habían visto varias veces antes de la explosión. No se andaron con rodeos y se acercaron a la mesa, mientras el individuo parecía disfrutar despreocupadamente de su taza de té. Al preguntarle por qué les estaba siguiendo, el hombre, impertérrito, respondió que parecían interesarle a mucha gente, y que era extraño que con los pocos medios que parecían tener hubieran sido de los pocos que habían salido bien librados de la explosión en el Excelsior. Se presentó como Yuval Sayas, aunque tanto Patrick como Sigrid estaban seguros de que ese no era su verdadero nombre; en alguna ocasión lo habían oído mencionar durante la subasta, pero no conseguían recordarlo. En la conversación que siguió, Sayas preguntó insistentemente sobre sus creencias religiosas y por lo que dijo dedujeron que se trataba de un numerólogo, quizá de un cabalista, pues era bastante evidente su origen judío. Su frase favorita era la de “los números no mienten”, y en varias ocasiones mencionó que los números le habían revelado la importancia del grupo en los acontecimientos que se estaban desarrollando. En un momento dado, Sayas se dirigío a Sigrid y le hizo una críptica pregunta: quería saber qué era para ella una determinada secuencia de números y letras griegas que detalló lentamente. Sigrid no pudo responder, y eso minó su autoestima [disparó su estímulo del miedo] y salió precipitadamente del local. Tomaso salió detrás de ella para tranquilizarla. Sigrid volvería pasado un tiempo; mientras tanto, Patrick aprovechó para intentar que el hombre arrojara toda la luz posible sobre la oscuridad de lo que les rodeaba. Insinuó la mutua ayuda una posible alianza entre ellos, a lo que Sayas no dijo que no, pero tampoco que sí; humilde, le sugirió que buscara aliados entre gente más poderosa que él, porque según dijo, él no era más que un simple estudioso en busca de conocimiento. Aseguraba que prefería no inmiscuirse en el sórdido mundo de las facciones enfrentadas que eran capaces de emplear la “magia posmoderna”. Patrick también insinuó que por sus palabras parecía tener mucho más de los cincuenta años que aparentaba, a lo que el judío hizo oídos sordos.

Poco después de regresar Sigrid y Tomaso, este le preguntó a Sayas sin más ambages “qué ascensión se había producido en Tel Aviv en el 99”. Sayas lo miró fijamente unos momentos y dijo que casi con total seguridad había sido la del “Guerrero Sagrado”. La conversación derivó luego a lo que había sucedido en la subasta y la explosión en el Excelsior; el judío estaba seguro de que la bomba había sido cosa de Alex Abel, que “no era más que un avatar frustrado con demasiado dinero”, y que había tenido la intención de hacer “una limpieza en el submundo ocultista”. Abel había intentado ascender y por algún motivo el proceso se había frustrado.

Por último, Sayas ofreció a Sigrid su ayuda para ponerla en la pista de su hija a cambio de que le dejara entrar al sótano de su tienda, donde guardaba las posesiones más valiosas. La anticuaria aceptó, desesperada por encontrar a Esther.

A primera hora de la mañana recibieron una llamada telefónica de Lucía; alguien había irrumpido en la tienda durante la noche, y las cámaras habían grabado la escena. La alarma no había sonado y habían abierto la caja fuerte del sótano. Se desplazaron allí rápidamente. Las imágenes mostraban cómo dos hombres y una mujer habían entrado en la tienda sin que sonara la alarma, y se habían dirigido al despacho, donde habían revuelto todo, y al sótano, donde habían ojeado todos los libros y antigüedades; uno de los hombres se había agachado ante la caja fuerte y había sido capaz de abrirla en aproximadamente un minuto: según Tomaso, demasiado tiempo si conocía la combinación y demasiado poco para forzarla con medios mundanos. Finalmente, se habían llevado el ordenador del despacho y algunas estatuillas valiosas del antiguo Egipto. Claramente, buscaban información más que robar mercancía. Dejaron a Lucía encargada de hablar con la policía, mientras ellos se dirigían al encuentro de Yuval Sayas.

Este les aseguró que, según sus cálculos, Esther había sido trasladada a Barcelona, y en el presente o un futuro próximo sería trasladada al sur de Francia. Pasadas un par de horas, cuando la policía ya había abandonado la tienda, Sigrid franqueó el paso de Sayas al sótano de su tienda. Este realizó una rápida exploración de los objetos y, sobre todo, los libros, y apenas media hora después hacía un gesto de negación con la cabeza mientras murmuraba en hebreo (que Sigrid pudo entender): “pues no lo entiendo”. Agradeciéndoles haber podido echar un vistazo, se despidió; Tomaso y Sigrid le proporcionaron sus teléfonos, y la despedida dejó entrever que era posible que no tardaran mucho en volverse a encontrar.

Sigrid estaba impaciente por seguir la pista de Esther, pero tendría que contenerse, porque la reunión con Paul Van Dorn no sería hasta el día siguiente, no creía que fuera buena idea retrasarla de nuevo...