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jueves, 20 de abril de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 24

Tomaso secuestrado
Los vídeos mostraban a los asaltantes apareciendo en el hotel directamente en el segundo piso y desapareciendo también a la misma altura cuando huían. Las últimas imágenes eran de la escalera de la tercera a la segunda planta, y ya no aparecían más. El grupo dedicó la siguiente hora y media a buscar alguna prueba de por dónde habían huido sus enemigos; las salidas de emergencia estaban cerradas y no parecían forzadas, y el ascensor lo mismo. Tampoco las puertas de las habitaciones o las ventanas presentaban signos de haber sido forzadas. Finalmente desistieron y aceptaron pasar el resto de la noche en una planta diferente del hotel.

Por la mañana partieron sin dilación en tren hacia Barcelona. En la estación de la ciudad condal se dedicaron a investigar discretamente, y consiguieron el testimonio de un revisor que afirmaba haber visto hacía dos o tres días a una pareja tan pintoresca como la que Sigrid y sus compañeros describían. Pero eso fue todo; sin más pistas, se alojaron en un buen hotel y dedicaron la siguiente jornada a hacer averiguaciones en el aeropuerto, en las estaciones de tren y en la línea de ferrys. También asistieron a una conferencia que se impartía en la asociación cátara de la ciudad, ante las sospechas de Tomaso de que el secuestrador pudiera tener algo que ver con los herederos de los cátaros. Pero ninguno de sus intentos tuvo éxito. Tampoco Omega Prime pudo ayudar a averiguar en qué hotel se habían alojado.

Tras no tener éxito con las reservas de hoteles de alta calidad, Tomaso decidió como medida desesperada comenzar a llamar a todos los hostales más humildes que se encontraban cercanos a las estaciones de tren de la ciudad. Preguntaba por sus “parientes”, un hombre negro con ojeras y una joven rubia de ojos azules. Más o menos cuando ya había contactado con una docena, la voz al otro lado le respondió bruscamente: “creo que debería hablar con la policía”. Dejó de llamar a más sitios y reunió a sus compañeros; creía que habían encontrado lo que buscaban. Una breve búsqueda en los periódicos de los últimos tres días reveló que en una de las habitaciones del hostal había aparecido un cadáver que, aparentemente, se había suicidado.

En el hostal se encontraron con un chico joven que aunque no estaba muy dispuesto a hablar del incidente sí desveló algunas cosas. Entraron Patrick y Sigrid, y consiguieron averiguar que el cadáver había sido encontrado en la ducha de la habitación hacía un par de días, después de que Esther y Pierre hubieran dejado la habitación; esta todavía se encontraba precintada por la policía. Cuando Sigrid reveló que era la madre de la muchacha que se había alojado en la habitación junto al hombre negro, el recepcionista se tornó más suspicaz; le extrañaba que ella no acudiera corriendo a la policía para enterarse de todo. Ante una hostilidad cada vez mayor, decidieron marcharse; el chaval les dijo que si querían saber más, por la tarde era el turno de su padre y quizá podría decirles más cosas.

Tomaso y Jonathan tomaron el relevo de sus compañeros: fingieron estar de visita en la ciudad y alquilaron una habitación. Pasado un rato, entraron a la habitación del siniestro ignorando los precintos policiales (habían conseguido hacerse con la llave en recepción). Tomaso buscó por toda la estancia durante unos minutos, sin encontrar nada de interés; al abrir el agua caliente en el lavabo para que el vapor revelara posibles mensajes ocultos escritos en el espejo, efectivamente surgió uno, pero por desgracia había sido borrado; se apreciaban todavía algunos restos de letras, pero insuficientes para deducir nada. En ese momento, el italiano oyó un ruido fuera, como un cuerpo cayendo al suelo; a los pocos segundos, el pomo de la puerta empezó a moverse lentamente: alguien intentaba entrar discretamente. Sin apenas tiempo para pensar, Tomaso se situó tras la puerta. Esta se abrió lentamente casi en su totalidad, y durante unos segundos de gran tensión permaneció inmóvil, con alguien al otro lado. Decidió salir y atacar por sorpresa.

Se encontró frente a frente con un tipo rubio, alto y muy fuerte, que lucía varias cicatrices en rostro y manos. En una de ellas llevaba un bisturí. Tomaso dirigió un fuerte puntapié a la rodilla del tipo, que habría hecho que cualquiera se tambaleara, pero este no pareció inmutarse. Acto seguido, tocó el estómago de Tomaso con su mano. Y la agonía de este fue infinita; sabía que era imposible, pero notó cómo la mano del tipo se introducía en su cuerpo y luego un dolor indescriptible, como si le revolviera todos los órganos internos; cayó al suelo inconsciente, sólo a tiempo de ver otro hombre en el pasillo detrás del rubio que arrastraba a Jonathan hacia una habitación.

Mientras tanto, el resto del grupo se había quedado tomando algo en un bar al otro lado de la avenida. Pasados unos minutos, un taxi monovolumen aparcaba a la puerta del hostal, bloqueando la vista. Derek y Patrick se escoraron para poder tener línea de visión, y a los pocos segundos pudieron ver cómo del hostal salían tres hombres que ayudaban a moverse a otros dos que parecían borrachos o inconscientes; estos no eran otros que Tomaso y Jonathan.

Derek corrió para avisar a una patrulla de policía que había visto en una calle cercana, y Patrick se apresuró a parar otro taxi. Se inició así una breve persecución en coche y a pie mientras los policías avisaban del secuestro a las patrullas cercanas. Los secuestradores pudieron esquivar a los policías que les salieron al paso, pero tras girar un par de esquinas provocaron un fuerte accidente en una avenida, donde implicaron a cerca de una veintena de coches. Derek, Robert, Sigrid y Patrick llegaron a la escena del accidente: los coches habían invadido la acera, varias terrazas de bares habían sido arrasadas, y pudieron ver unos cuantos muertos y heridos. Entre el caos, acertaron a identificar el coche de los secuestradores, volcado en medio de la calle. De los asaltantes no había ni rastro, ni tampoco de Tomaso, pero Jonathan se encontraba allí; lo debían de haber dejado para poder huir más rápidamente. Sally y Francis se encargarían de llevar a Jonathan a un hospital mientras el resto iba en persecución de los secuestradores. Una mancha de sangre los puso sobre el rastro, que los llevó al aparcamiento de un centro comercial cercano. Bajaron por las escaleras hasta el segundo sótano, donde un fuerte acelerón los sobresaltó; corrieron hacia el sonido y llegaron a la rampa casi a la vez que un coche que transportaba a Tomaso y a los tres extraños; Derek arrojó un extintor sobre el parabrisas del vehículo, pero no tuvo éxito en detenerlo. El copiloto sacó una pistola y el grupo no tuvo más remedio que ponerse a cubierto mientras resonaban un par de disparos. Se miraron, desesperados. Al salir del centro comercial dieron parte a las patrullas de policía cercanas que se dirigían al lugar del accidente. Pero prefirieron no quedarse más tiempo del necesario, y se escabulleron enseguida.

Por suerte, Tomaso todavía llevaba encima el móvil de la CCSA. Haciendo uso de su propio móvil, Derek visualizó la señal emitida por el primero. Cogieron un taxi y la siguieron. La señal se detuvo en un lugar determinado durante unos veinte minutos, y al cabo de un rato volvió a ponerse en marcha para detenerse ya definitivamente en un lugar alejado un par de kilómetros del primero.

El último lugar resultó ser un contenedor de basura situado a las afueras de la ciudad. Allí se encontraba la chaqueta de Tomaso, manchada de sangre, con el móvil en el bolsillo interior.

Tras recuperar el móvil, se dirigieron al lugar donde se había detenido por primera vez la señal. Era un edificio de oficinas al norte de la ciudad. En el gran mostrador de recepción les aseguraron que no había entrado por allí nadie con la descripción que les proporcionaban, así que decidieron preguntar al vigilante del aparcamiento del edificio. Tras soltar un par de cientos de euros, efectivamente les confirmó que el coche que le describieron había entrado en el aparcamiento hacía aproximadamente una hora. Al preguntarle cómo habían entrado, el vigilante les contó que poco antes de su llegada había recibido una visita de un ejecutivo de Altamira Inversiones para que les franqueara el paso sin que tuvieran que detenerse.

Efectivamente, Altamira Inversiones era una de las empresas del edificio, concretamente la que ocupaba el último piso, el duodécimo. Se pusieron en contacto con Sally para que investigara todo lo que pudiera sobre ella, y en poco más de cinco minutos la periodista les devolvía la llamada: Altamira se encontraba participada por un holding de empresas cuyo principal participante era Weiss, Crane & Associates. Se miraron unos a otros, preocupados; si Tomaso se encontraba en el interior del edificio tendrían que entrar, y no iba a ser nada fácil.


Por si todo aquello no era suficiente, Sally les envió un enlace a un vídeo de Youtube. El vídeo era de una noticia emitida por la Fox, en la que se informaba de que “el grupo terrorista de hackers Omega Prime” había “atacado varios centros de datos del gobierno y de entidades financieras” con la intención de “provocar el caos, acabar con el orden establecido y con el estilo de vida americano”. A continuación, se presentaba un vídeo presuntamente grabado por Omega Prime en el que un hacker ataviado con su máscara característica reivindicaba el ataque. Por supuesto, según Sally, desde Omega Prime le habían asegurado que ellos no tenían nada que ver con aquello...

viernes, 14 de abril de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 23

Paul van Dorn
Por la tarde, Sigrid, Patrick, Tomaso, Derek y Robert se desplazaron a Salamanca para visitar al hijo pequeño de la anticuaria, Eyrik, que se encontraba allí cuidado por sus abuelos paternos. Sus todavía suegros preguntaron a Sigrid acerca de Ramiro, y para su consternación no les pudo responder más que con evasivas.

Por la noche se dedicaron a intentar encontrar conexiones de toda la información de que habían hecho acopio en los últimos días; la única conexión que pudieron encontrar, muy tenue, fue que la ciudad natal de uno de los psicomagos colegas de François Lebeau era Narbona, que había sido una de las ciudades importantes del movimiento cátaro en la edad media. Otra de las cosas que les llamó la atención es que las oscuras referencias que habían encontrado hacía unas semanas a la “ascensión” de Tel Aviv habían desaparecido por completo de la red.

El día siguiente volvieron a Madrid para encontrarse con Paul Van Dorn en el restaurante que había sugerido Sigrid; al igual que habían hecho el día anterior con el judío, Derek, Jonathan y Robert (camuflado) permanecerían separados y alerta. El librero se mostró extremadamente educado y les presentó a sus acompañantes (aparte de dos guardaespaldas que habían quedado en el exterior del reservado): una niña de doce años que presentó como Meryl, y un adusto y fornido hombretón que se hacía llamar Mr. Thorn. Mientras se presentaban, les fueron servidas las bebidas; la niña que acompañaba a Van Dorn hizo un gesto hacia el vaso del librero, pero este la detuvo; a continuación, sugirió al grupo que no bebieran sin hacer antes lo mismo que él iba a hacer. Acto seguido, Van Dorn dio un giro horario de 360 grados a su vaso y susurró una palabra; a continuación, un segundo giro antihorario y otra palabra; esperó hasta que todos le hubieron imitado discretamente. Según les dijo, como muestra de buena voluntad acababa de enseñarles un pequeño ritual para librar cualquier bebida de sustancias tóxicas en disolución; el éxito del ritual dependía del poder inherente de cada individuo, pero era efectivo en un gran porcentaje. Este gesto agradó al grupo, e hizo que la conversación discurriera sin hostilidad.

Van Dorn no se anduvo con rodeos; manifestó su conocimiento del interés que el grupo había despertado en el “submundo ocultista”, y expresó su deseo de establecer una alianza, preferiblemente en unos términos que pusieran a Sigrid y los demás a su servicio, al menos temporalmente. El grupo, evidentemente, se mostró reticente ante tal posibilidad, cosa que el librero ya esperaba debido al más que probable conflicto de intereses en el futuro. Él sabía (como ya sabía bastante gente, al parecer) que Robert era el origen del Polvo de Dios, y que Sigrid tenía relación con él. El simulacro del magnate que habían presentado públicamente en televisión y que presuntamente se retiraba del mundo de los negocios no había engañado a Van Dorn: para su ojo experto, era evidente que aquello era un autómata fabricado con artes ocultas para intentar atraer al verdadero Robert a la luz; ante la mención de aquello, Patrick rebullón en su asiento, extremadamente incómodo. También les habló de la traición que había sufrido por parte de varios miembros de su “equipo”, entre ellos Nikos Kostas, que incluso atacó su Biblioteca. Con la mención de “Biblioteca” dirigió una mirada cómplice a Sigrid, que esta no entendió muy bien, y veladamente dejó entrever que creía que Sigrid tenía también una “Biblioteca” propia. Evidentemente, era una referencia a algún concepto Bibliomántico, y Van Dorn se sorprendió cuando Sigrid no pareció saber de lo que hablaba, pero al mismo tiempo se sintió más seguro.

Siguiendo con las muestras de buena voluntad, Van Dorn decidió darles más información: por la descripción que le hicieron del hombre que había secuestrado a Esther, el librero neoyorquino les aseguró que debía de tratarse de un “Oniromante”, un tipo de “adepto” que extraía su poder de los sueños o, más bien, de la falta de ellos. Entre los poderes de los oniromantes figuraba la capacidad de hacer creer a los extraños que en realidad eran amigos de toda la vida; eso explicaría por qué Esther pareció seguir voluntariamente al extraño francés.

A continuación, Paul Van Dorn puso una importante carta sobre la mesa: ofreció al grupo la posibilidad de iniciarlos en los secretos de la “magia posmoderna” a cambio de la susodicha alianza. Era una oferta muy tentadora, y tendrían que pensarlo. El problema era lo que Van Dorn pedía a cambio: un suministro regular de Polvo de Dios; la parte buena era que no les había exigido la fórmula, pero era algo que tendrían que pensar muy bien; además, en las actuales circunstancias les era imposible cumplir con esa parte del trato.

Cuando Sally, a requerimiento de Van Dorn, explicó cómo había llegado a trabar amistad con los demás y el acoso que había sufrido por parte de agentes desconocidos, la conversación volvió a derivar a Nikos Kostas y sus motivos para traicionar al bibliomante; según dijo este, Nikos seguramente pertenecía a una antigua organización encargada de proteger los secretos del mundo ocultista. No quiso dar más información; Van Dorn revelaba algunas cosas, pero se callaba muchas otras; jugaba con ello como garantía de que el grupo se aviniera a una alianza bajo sus términos. Pero sí advirtió a Sally sobre la inconveniencia de destapar todo aquello. Sigrid y los demás le hablaron de su encuentro con Kostas en la academia militar; le revelaron prácticamente todo lo que había sucedido allí y lo que le había sucedido a Daniel, el hijo de Sigrid. Van Dorn los miró, preocupado e interesado a la vez. Una referencia muy oscura había acudido a su mente: la Lengua Alter. Les contó una historia que había adquirido tintes de superchería: la de los gemelos Alter que, abandonados a su suerte por sus crueles padres, habían desarrollado una lengua que había vuelto loco a más de uno, y que según se contaba, tenía efectos muy perjudiciales en el tejido de la propia realidad. La historia concordaba con las pistas que les había dado el móvil rescatado por Francis Kittle.

También les habló de Alex Abel, el líder de la Nueva Inquisición, y de los “Illuminati”. Según Van Dorn, Abel había ingresado recientemente en las filas del Club Bilderberg y eso había introducido un grado más de caos en el submundo ocultista. Y fueron los Illuminati los que habían secuestrado a Sigrid después de la explosión en el Excelsior. Por otra parte, como ya habían supuesto, Abel tenía a medio FBI controlado por sus efectivos.

Con la oferta de la alianza en el aire y abierta, se despidieron. Pero la partida de Van Dorn y sus acompañantes fue bastante accidentada. Al detectar algunos elementos sospechosos en el exterior, volvieron a entrar al restaurante para advertir al grupo de que estuvieran alerta al marcharse. Derek y los demás pudieron ver cómo sí que era cierto que alguien seguía a Van Dorn cuando subió al coche; por suerte nadie pareció seguirles a ellos.

De vuelta en su hotel, pasaron a discutir la conveniencia de la alianza con Van Dorn, pero Robert puso pronto fin a aquello; sin el komerievo que le llegaba desde Rusia era imposible fabricar más Polvo de Dios, y por tanto también imposible satisfacer las exigencias del trato.


De madrugada, Sigrid despertó, alertada por un ligero ruido. Con la tenue luz que entraba del pasillo pudo ver cómo habían forzado la puerta de la habitación y un individuo de físico imponente entraba, mientras otro esperaba en la entrada. Gritó. El hombre extendió su mano hacia ella, y se quedó inmóvil cuando algo no pareció salir como esperaba. Tomaso salió al pasillo, alertado por el grito de su amiga; ante la puerta de su habitación vio un hombre menudo y una mujer, que se giró hacia él. Corrió lo más rápido que pudo hacia ellos, pero algo pasó en el camino; sintió una sensación extraña y de repente se encontró corriendo en sentido contrario, hacia la ventana del final del pasillo. Derek lo vio pasar extrañado cuando salió de la habitación con el arma en la mano; para entonces el trío de extraños ya había empezado a correr hacia las escaleras, perseguido por Patrick, más adelantado, que de todos modos no pudo hacer nada para detenerlos, así que escaparon sin más violencia. La cerradura de la habitación de Sigrid y Sally no había sido forzada en absoluto, y sin duda los tres asaltantes eran los mismos que habían sido grabados por las cámaras de la tienda hacía un par de noches.