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viernes, 14 de abril de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 23

Paul van Dorn
Por la tarde, Sigrid, Patrick, Tomaso, Derek y Robert se desplazaron a Salamanca para visitar al hijo pequeño de la anticuaria, Eyrik, que se encontraba allí cuidado por sus abuelos paternos. Sus todavía suegros preguntaron a Sigrid acerca de Ramiro, y para su consternación no les pudo responder más que con evasivas.

Por la noche se dedicaron a intentar encontrar conexiones de toda la información de que habían hecho acopio en los últimos días; la única conexión que pudieron encontrar, muy tenue, fue que la ciudad natal de uno de los psicomagos colegas de François Lebeau era Narbona, que había sido una de las ciudades importantes del movimiento cátaro en la edad media. Otra de las cosas que les llamó la atención es que las oscuras referencias que habían encontrado hacía unas semanas a la “ascensión” de Tel Aviv habían desaparecido por completo de la red.

El día siguiente volvieron a Madrid para encontrarse con Paul Van Dorn en el restaurante que había sugerido Sigrid; al igual que habían hecho el día anterior con el judío, Derek, Jonathan y Robert (camuflado) permanecerían separados y alerta. El librero se mostró extremadamente educado y les presentó a sus acompañantes (aparte de dos guardaespaldas que habían quedado en el exterior del reservado): una niña de doce años que presentó como Meryl, y un adusto y fornido hombretón que se hacía llamar Mr. Thorn. Mientras se presentaban, les fueron servidas las bebidas; la niña que acompañaba a Van Dorn hizo un gesto hacia el vaso del librero, pero este la detuvo; a continuación, sugirió al grupo que no bebieran sin hacer antes lo mismo que él iba a hacer. Acto seguido, Van Dorn dio un giro horario de 360 grados a su vaso y susurró una palabra; a continuación, un segundo giro antihorario y otra palabra; esperó hasta que todos le hubieron imitado discretamente. Según les dijo, como muestra de buena voluntad acababa de enseñarles un pequeño ritual para librar cualquier bebida de sustancias tóxicas en disolución; el éxito del ritual dependía del poder inherente de cada individuo, pero era efectivo en un gran porcentaje. Este gesto agradó al grupo, e hizo que la conversación discurriera sin hostilidad.

Van Dorn no se anduvo con rodeos; manifestó su conocimiento del interés que el grupo había despertado en el “submundo ocultista”, y expresó su deseo de establecer una alianza, preferiblemente en unos términos que pusieran a Sigrid y los demás a su servicio, al menos temporalmente. El grupo, evidentemente, se mostró reticente ante tal posibilidad, cosa que el librero ya esperaba debido al más que probable conflicto de intereses en el futuro. Él sabía (como ya sabía bastante gente, al parecer) que Robert era el origen del Polvo de Dios, y que Sigrid tenía relación con él. El simulacro del magnate que habían presentado públicamente en televisión y que presuntamente se retiraba del mundo de los negocios no había engañado a Van Dorn: para su ojo experto, era evidente que aquello era un autómata fabricado con artes ocultas para intentar atraer al verdadero Robert a la luz; ante la mención de aquello, Patrick rebullón en su asiento, extremadamente incómodo. También les habló de la traición que había sufrido por parte de varios miembros de su “equipo”, entre ellos Nikos Kostas, que incluso atacó su Biblioteca. Con la mención de “Biblioteca” dirigió una mirada cómplice a Sigrid, que esta no entendió muy bien, y veladamente dejó entrever que creía que Sigrid tenía también una “Biblioteca” propia. Evidentemente, era una referencia a algún concepto Bibliomántico, y Van Dorn se sorprendió cuando Sigrid no pareció saber de lo que hablaba, pero al mismo tiempo se sintió más seguro.

Siguiendo con las muestras de buena voluntad, Van Dorn decidió darles más información: por la descripción que le hicieron del hombre que había secuestrado a Esther, el librero neoyorquino les aseguró que debía de tratarse de un “Oniromante”, un tipo de “adepto” que extraía su poder de los sueños o, más bien, de la falta de ellos. Entre los poderes de los oniromantes figuraba la capacidad de hacer creer a los extraños que en realidad eran amigos de toda la vida; eso explicaría por qué Esther pareció seguir voluntariamente al extraño francés.

A continuación, Paul Van Dorn puso una importante carta sobre la mesa: ofreció al grupo la posibilidad de iniciarlos en los secretos de la “magia posmoderna” a cambio de la susodicha alianza. Era una oferta muy tentadora, y tendrían que pensarlo. El problema era lo que Van Dorn pedía a cambio: un suministro regular de Polvo de Dios; la parte buena era que no les había exigido la fórmula, pero era algo que tendrían que pensar muy bien; además, en las actuales circunstancias les era imposible cumplir con esa parte del trato.

Cuando Sally, a requerimiento de Van Dorn, explicó cómo había llegado a trabar amistad con los demás y el acoso que había sufrido por parte de agentes desconocidos, la conversación volvió a derivar a Nikos Kostas y sus motivos para traicionar al bibliomante; según dijo este, Nikos seguramente pertenecía a una antigua organización encargada de proteger los secretos del mundo ocultista. No quiso dar más información; Van Dorn revelaba algunas cosas, pero se callaba muchas otras; jugaba con ello como garantía de que el grupo se aviniera a una alianza bajo sus términos. Pero sí advirtió a Sally sobre la inconveniencia de destapar todo aquello. Sigrid y los demás le hablaron de su encuentro con Kostas en la academia militar; le revelaron prácticamente todo lo que había sucedido allí y lo que le había sucedido a Daniel, el hijo de Sigrid. Van Dorn los miró, preocupado e interesado a la vez. Una referencia muy oscura había acudido a su mente: la Lengua Alter. Les contó una historia que había adquirido tintes de superchería: la de los gemelos Alter que, abandonados a su suerte por sus crueles padres, habían desarrollado una lengua que había vuelto loco a más de uno, y que según se contaba, tenía efectos muy perjudiciales en el tejido de la propia realidad. La historia concordaba con las pistas que les había dado el móvil rescatado por Francis Kittle.

También les habló de Alex Abel, el líder de la Nueva Inquisición, y de los “Illuminati”. Según Van Dorn, Abel había ingresado recientemente en las filas del Club Bilderberg y eso había introducido un grado más de caos en el submundo ocultista. Y fueron los Illuminati los que habían secuestrado a Sigrid después de la explosión en el Excelsior. Por otra parte, como ya habían supuesto, Abel tenía a medio FBI controlado por sus efectivos.

Con la oferta de la alianza en el aire y abierta, se despidieron. Pero la partida de Van Dorn y sus acompañantes fue bastante accidentada. Al detectar algunos elementos sospechosos en el exterior, volvieron a entrar al restaurante para advertir al grupo de que estuvieran alerta al marcharse. Derek y los demás pudieron ver cómo sí que era cierto que alguien seguía a Van Dorn cuando subió al coche; por suerte nadie pareció seguirles a ellos.

De vuelta en su hotel, pasaron a discutir la conveniencia de la alianza con Van Dorn, pero Robert puso pronto fin a aquello; sin el komerievo que le llegaba desde Rusia era imposible fabricar más Polvo de Dios, y por tanto también imposible satisfacer las exigencias del trato.


De madrugada, Sigrid despertó, alertada por un ligero ruido. Con la tenue luz que entraba del pasillo pudo ver cómo habían forzado la puerta de la habitación y un individuo de físico imponente entraba, mientras otro esperaba en la entrada. Gritó. El hombre extendió su mano hacia ella, y se quedó inmóvil cuando algo no pareció salir como esperaba. Tomaso salió al pasillo, alertado por el grito de su amiga; ante la puerta de su habitación vio un hombre menudo y una mujer, que se giró hacia él. Corrió lo más rápido que pudo hacia ellos, pero algo pasó en el camino; sintió una sensación extraña y de repente se encontró corriendo en sentido contrario, hacia la ventana del final del pasillo. Derek lo vio pasar extrañado cuando salió de la habitación con el arma en la mano; para entonces el trío de extraños ya había empezado a correr hacia las escaleras, perseguido por Patrick, más adelantado, que de todos modos no pudo hacer nada para detenerlos, así que escaparon sin más violencia. La cerradura de la habitación de Sigrid y Sally no había sido forzada en absoluto, y sin duda los tres asaltantes eran los mismos que habían sido grabados por las cámaras de la tienda hacía un par de noches.

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