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jueves, 8 de junio de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 27

Narbonne
Derek dejó a Francis Kittle al cuidado de Jonathan en Barcelona. El agente de la CCSA debía permanecer una semana más ingresado en el hospital debido a la herida de bala que había sufrido en la sede de Altamira/WCA y no podría acompañar al resto del grupo en su viaje a Narbonne. Derek dejó instrucciones a Francis para que, tan pronto como Jonathan pudiera salir del hospital, cogieran un vuelo a Nueva York y allí acabaran de tratar a este; mientras tanto, Kittle recibiría entrenamiento básico y pasaría a formar parte de la agencia. También llamó a su oficina para pedir un sustituto de Jonathan; según sus instrucciones, el agente Ethan Philips volaría a Toulouse y se reuniría con ellos en Narbonne el día siguiente.

Agente Ethan Philips, de la CCSA
Narbonne no se encontraba muy lejos de Barcelona, así que se desplazaron a la ciudad francesa en coche, por otra parte el medio de transporte más discreto y en el que podrían transportar las armas que habían conseguido de los secuaces de WCA. Se alojaron en un hotel del extrarradio, y lo primero que les llamó la atención en recepción fue una noticia en primera plana de algunos periódicos -alguno de ellos en inglés-: al parecer, dos días atrás había habido una explosión en el ábside de la catedral, a la altura del coro, que había abierto un boquete de gran tamaño en el muro. Intentaron informarse todo lo posible consultando al recepcionista y en internet; sacaron en claro que se había descartado un ataque terrorista (además, ningún grupo lo había reivindicado) y que las circunstancias eran del todo extrañas. Tres cadáveres se habían encontrado en la escena, terriblemente deformados; se estaba esperando a la identificación, pero se sospechaba que uno de ellos debía de corresponder al párroco de la iglesia, Johannes Dautry, desaparecido desde el evento. Además, este se había producido poco después del cierre del horario de visitas de la catedral a media tarde, cuando anochecía; y en ningún caso se mencionaba tipo de explosivo alguno, cosa harto extraña.

Sigrid informó al recepcionista de que estaba interesada en contratar los servicios de un intérprete para acompañarla por la ciudad, y el hombre, muy amable, le ofreció los servicios de su sobrino, universitario que necesitaba ganar algún dinero. La intención de la anticuaria era peinar todos los hoteles y hostales de la ciudad (unos setenta alojamientos) preguntando por su hija Esther. Al resto del grupo no le parecía la mejor de las ideas, pero si eso ayudaba a Sigrid a quitarse la ansiedad provocada por la desaparición de la joven, la ayudarían.

Al poco tiempo hacía acto de aparición Ethan, el agente sustituto de Jonathan. El grupo ya lo conocía a raíz de su estancia en la oficina de Nueva York. Tras ponerlo al corriente de la situación y superar la primera impresión, se decidieron a actuar. Por su parte, Ethan informó a Derek de que en Estados Unidos había rumores de que el gobierno estaba planificando una fusión de agencias, seguramente para quitarse de enmedio las entidades más comprometidas; otra cosa más de la que preocuparse, pero lo primero era lo primero. Se dirigieron a las inmediaciones de la Catedral; la policía había establecido puestos de vigilancia en muchas de las esquinas que conducían al centro, aunque no pusieron problemas al grupo; la catedral también estaba fuertemente vigilada, en la puerta trasera y delantera y en varios puntos a su alrededor. El boquete se encontraba en el muro del ábside a unos ocho metros de altura, presidiendo una bonita plaza peatonal. La zona ya había sido desescombrada y acordonada. Decidieron marcharse y no llamar más la atención, para buscar pistas sobre la hija de Sigrid.

Antes de recorrer los alojamientos, decidieron investigar en la estación de trenes. Tras un par de horas de búsqueda infructuosa, una mujer joven (seguramente no llegaba a la treintena) rubia y muy bella que esperaba cerca de una cola para sacar billetes vio el retrato que Sigrid enseñaba a la taquillera y oyó su pregunta. Se acercó a ella. La mujer se presentó como Adelle Sully, y afirmó que hacía unos seis días que había visto a la chica por la que preguntaba Sigrid y al hombre de color. Una mueca de rabia asomó en su rostro cuando mencionó al hombre. Interesados, Sigrid y Tomaso se sentaron con ella a tomar un café. Según les contó la mujer, el hombre era oriundo de Narbonne, y su mayor anhelo era vengarse de él, porque había sido el responsable de la desaparición de su hermana y su posterior violación. Hacía un par de meses, el tal Pierre había empleado con su hermana la misma táctica que con la hija de Sigrid para llevarla con él; cinco días más tarde, su hermana había aparecido en un pueblo cercano, desequilibrada (ahora se encontraba internada en un psiquiátrico) y con claros signos de haber sido violada y maltratada por varias personas. Adelle afirmaba haber hecho desde entonces una labor de investigación intensa para descubrir que el tipo estaba relacionado con el catarismo, que era una especie de brujo y que viajaba frecuentemente en tren, así que desde hacía más o menos un mes, venía todos los días a la estación para tratar de descubrirlo; acto seguido, mostró el arma que llevaba en un costado, con la que pensaba acabar con el maldito bastardo. Sigrid y Tomaso miraron en derredor, incomodados por el gesto; mientras tanto, Derek, Patrick y Ethan vigilaban a distancia, sospechando de varias personas que parecían interesadas en la conversación de sus compañeros con la desconocida pero que finalmente no parecieron dignas de sus sospechas. Adelle prosiguió su historia lamentándose de la oportunidad perdida, pues hacía seis días que habría podido vengarse de Pierre, cuando lo vio con Esther, pero cuando se percató de su presencia ya era tarde y los perdió entre la multitud. Sigrid y Tomaso decidieron citarse con Adelle al día siguiente para afianzar su posible colaboración, con el italiano rendido ante la indiscutible capacidad de seducción de la mujer francesa, y ambos flirteando disimuladamente.

Por la noche, el grupo se acercó a cenar y a tomar una copa por la zona de la catedral para vigilar los turnos de la policía; como habían sospechado, más de 48 horas después del evento los efectivos de vigilancia disminuían por la noche. Investigando un poco más sobre la explosión en diversos medios de comunicación, dieron con un vídeo que al parecer había grabado un turista con su móvil desde un edificio cercano. El corazón de Sigrid dio un vuelco cuando Sally señaló un par de figuras en la escena unos pocos segundos antes de que el muro reventara: sin duda se trataba de Esther y de Pierre, que salían del pequeño parque que rodeaba toda la parte trasera de la catedral; corrían apresuradamente hasta salir de plano, prácticamente en el mismo momento en que se producía la explosión, y parecía claro que acababan de salir de la catedral.

Por la mañana Tomaso y Sigrid se reunieron de nuevo con Adelle (la joven y el italiano volvieron a entrar en el juego de seducción de nuevo) y presentaron a Derek y Patrick, que se unieron a la conversación. A los pocos minutos, Patrick se concentró con su gesto característico para intentar visualizar su aura; el gesto no pasó desapercibido para la joven, que le interpeló. Por supuesto, el profesor de filosofía no quiso decirle la verdad sobre sus capacidades, lo que no gustó nada a Adelle, que había contado toda su historia y no le gustaba la gente que guardaba secretos, puesto que a raíz de su investigación de Pierre, sabía que había personas fuera de lo normal en el mundo. Por desgracia, todas las páginas web que le habían proporcionado algún tipo de información aparecían ahora cerradas por violación de leyes o por órdenes gubernamentales.

Con los ánimos más calmados, Adelle les explicó que su desconfianza tenía fundamento; no sólo era el episodio de su hermana con el propio Pierre, sino que ella misma había experimentado cosas extrañas: hacía unas semanas, había concertado un par de entrevistas con miembros destacados de la Sociedad Cátara de Toulouse. Pues bien, eso era todo lo que recordaba. Recordaba haberse desplazado hasta allí para hablar con ellos, pero lo siguiente que recordaba era estar de nuevo en Narbonne, a las pocas horas y desorientada. Era evidente que algo le habían hecho a su mente. Desde entonces se había vuelto más desconfiada, quizá incluso paranoica, pero tenía buenas razones para ello.

Ambas partes acordaron colaborar para encontrar a Pierre, recuperar a Esther y quizá consumar la venganza de Adelle. A partir de entonces, la joven los acompañaría en sus pesquisas.

El grupo intentó averiguar más cosas acudiendo a la Sociedad Cátara de Narbonne, donde les recibió la secretaria Matilde, que no hablaba ni palabra de inglés. Afortunadamente poco después llegaba Paul, un estudiante que realizaba su tesis sobre el mundo cátaro, que ejerció como guía, enseñándoles las instalaciones de la asociación y dándoles folletos sobre futuras conferencias. La asociación disponía de una buena biblioteca y museo, pero nada fuera de lo normal; compraron un libro agradeciendo la atención de Paul, pero no pudieron averiguar nada sobre Pierre; Matilde, que llevaba en la asociación casi desde su fundación no conocía a nadie con esa descripción.

Por la tarde, después de intentar averiguar sin éxito el paradero de Esther en varios alojamientos, Sally propuso al grupo alojarse en un hotel u hostal que tuviera vista lo más directa posible al ábside de la catedral. A todo el mundo le pareció buena idea, y se dividieron en dos grupos: el primero se alojó en un hostal desde el que se divisaba el boquete en el muro, y el segundo se alojó en un hotel cercano a la puerta principal de la catedral, opuesta al ábside. Compraron un par de videocámaras con las que grabarían desde sus ventanas.

A las tres y media de la mañana, algo llamó la atención de Tomaso, un movimiento rapidísimo que no alcanzó a identificar. La cámara probó entonces su utilidad; alertó a todos y la rebobinó. Todos se quedaron con la boca abierta cuando vieron cómo una figura femenina salía del boquete del muro, se desplazaba por la pared horizontalmente y saltaba al parque del contorno de la catedral desde ocho metros de altura, todo ejecutado a una velocidad sobrehumana y en silencio, sin alertar a los policías que vigilaban en la puerta.


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