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miércoles, 19 de julio de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 30

Reunión en el museo. Anne Rush.

Pasadas las cinco y media de la tarde, con el museo d’Orsay ya cerrado a los visitantes, el grupo al completo acudió a la cita con Louis Deveraux y sus compañeros. Llamaron a la puerta secundaria que daba al río donde les había emplazado el conservador del museo, y tal y como este les había prometido, allí les recibió. Tres guardias de seguridad armados hicieron que el grupo metiera todas sus armas en una bandeja que quedaría en la entrada.

Anne Rush

 A continuación, Louis y uno de los guardias los condujeron hasta la sala central de seguridad del museo, donde les esperaban la anciana que era claramente la líder y que se presentó como Anne Rush, británica. La sonrisa de la mujer los confotó a todos a medida que los fue saludando, de manera claramente sobrenatural. Deveraux también les presentó al hombre y la mujer jóvenes, que presentó como los gemelos Stephanie y Laurent Favre. También se encontraba allí Pierre Lesnes, el francés de color que presuntamente había raptado a Esther, lo que provocó un escalofrío en Sigrid. Un par de tipos trajeados permanecieron en el anonimato entre el resto de guardias vestidos con el uniforme del museo. Anne Rush les pidió disculpas por reunirse en un sitio tan… inapropiado, pero la seguridad era lo más importante y allí estaban seguros de controlar todo su alrededor mediante el panel de monitores que se encontraba en uno de los laterales. Habían habilitado una mesa y sillas para la reunión, pero distaba de ser un entorno agradable.

La anciana también les dejó claro que aquella reunión se había concertado estrictamente como agradecimiento por la ayuda que habían prestado para evitar el secuestro del señor Deveraux, allí presente, y también porque el propio señor Yuval Sayas había confirmado la ignorancia en la que el grupo parecía moverse en el peligroso ambiente en el que se habían metido, al parecer por accidente. Aunque les estaban muy agradecidos por la ayuda a Deveraux, también esperaba que se dieran cuenta del favor que les estaban haciendo al mantener aquel encuentro, deferencia que sus enemigos no habrían tenido en absoluto, sino más bien todo lo contrario.

La conversación que siguió fue bastante reveladora para los estándares a los que el grupo se había acostumbrado últimamente. Anne Rush les de la Estadosfera, que definió como una especie de realidad superior cuyos habitantes definían las diferentes encarnaciones del Universo. Ante el estupor del grupo, Rush les reveló que el universo no era eterno ni nada parecido, sino que se reencarnaba cada cierto tiempo (no dijo cada cuánto) según los designios de los seres de la Realidad Superior, la Estadosfera; no quiso entrar en más detalles sobre estos seres de momento, pero mostró una enorme sorpresa cuando el grupo compartió con ella parte de las experiencias que habían vivido en la academia militar de Valley Forge, durante las que era posible que hubieran atisbado esa Realidad Superior. Rush continuó explicándoles que el tal Robert Lorenz que se mencionaba en los manuscritos del padre Dautry era su superior; no sabía en realidad si se trataba del tal Conde de St. Germain, pero si no lo era, debía de ser uno de sus lugartenientes. St. Germain, mencionado en varias oscuras referencias a lo largo de la historia, no era sino el encargado de velar por la corrección en el proceso de reencarnación entre universos; era el Primer y Último Hombre (o mujer, según la encarnación del universo), y su tarea era evitar desastres metafísicos de proporciones universales que dieran lugar a encarnaciones de universos aberrantes o incluso a un final de las encarnaciones. Anne Rush y sus compañeros luchaban por cumplir tales designios, y ayudar a que la tarea del Conde se llevara a cabo, en contra de la multitud de grupos que parecían querer dar al traste con ella y que habían aparecido durante siglos, pero sobre todo durante las últimas décadas. La mujer también mostró especial interés por Derek; según dijo, el americano tenía ciertas “características” que lo hacían “muy peculiar”.

A pesar de que la explicación aclaró muchas cosas también dejaba muchas otras en el aire, pero Anne no quiso entrar en más detalles, pues su intención era que el grupo se uniera a sus filas y si lo hacía, ya habría tiempo de las explicaciones y la formación pertinente. La anciana volvió a exponer lo que ya les habían dicho Paul van Dorn o Dan Simmons: aquel no era un mundo para moverse sin aliados, y tarde o temprano tendrían que tomar partido. Rush confiaba en que por sí mismos se dieran cuenta de que la labor de su “organización” era la más importante y, por qué no decirlo, la correcta, y que accederían por voluntad propia a formar parte de ella.

Tras la muestra de buena voluntad que supuso la explicación que dio como respuesta a las preguntas de grupo, pasaron a discutir el interés que el submundo ocultista había mostrado hacia ellos últimamente. Sabían que Sigrid era la madre de Esther, y que últimamente se habían llevado a cabo varios rituales de localización del De Occultis Spherae que apuntaban directamente a la joven muchacha rubia. Sigrid era su madre y afamada librera, así que Rush no tenía más que sumar dos y dos para estar segura de que el libro estaba en posesión de ellas. Según aseguraba la anciana, contra lo que manifestaban las apariencias, lo que había hecho Pierre era salvar a su hija de un destino mucho peor a manos de los que querían conseguir el libro por medios menos “amables” que los suyos. Hasta hacía un par de días, Esther había estado alojada en el museo, junto con Pierre y Louis Deveraux, pero un inesperado ataque, seguramente por parte de los cátaros albigenses había conseguido arrebatársela. Habían camuflado el ataque como un intento de robo al que Deveraux se había opuesto y había evitado valientemente, pero en realidad los atacantes habían conseguido su objetivo, que era llevarse a Esther. Anne lo sentía mucho, y también les explicó lo peligroso que aquel libro era para el Universo y para el equilibrio de la encarnación actual; era necesario destruirlo lo antes posible, pues quien lo consiguiera sería capaz de atrocidades que no podría ni imaginar.

Acto seguido, pasaron a negociar y discutir sobre su colaboración. Tomaso estaba convencido de que aunque el grupo rechazara la oferta de Rush, él sí aceptaría unirse a sus filas, y por ello hizo todo lo posible para acercar posturas. La anciana también les dejó claro que podrían rechazar su oferta, pero en ese caso esperaba que comprendieran que sus recuerdos deberían ser alterados para que no recordaran los detalles de su conversación.

En este punto de la reunión, tres coches negros aparcaron en el exterior del museo. Varias figuras salieron de ellos y se dirigieron hacia una de las puertas. Los reunidos se pusieron en guardia y Anne y los gemelos dieron algunas órdenes en francés por los comunicadores. De repente, una figura que se movía con una rapidez endemoniada apareció en la escena; en pocos segundos dio cuenta de los individuos que se acercaban al museo y también de los que habían quedado en los coches. Tras detenerse unos segundos, la figura femenina ataviada con una gabardina negra que ya habían visto salir de la catedral de Narbonne, corrió hacia el museo. La nueva actriz en la escena causó un impacto mucho más acusado en los interlocutores del grupo, que urgieron a todos a salir de allí rápidamente. Cuando la mujer de la gabardina convirtió sus brazos en espolones metálicos que lanzó contra la puerta del museo, las mentes de Patrick, Adelle y Robert se revelaron, y salieron corriendo presa del pánico. Tomaso e Ethan corrieron tras ellos, intentando detenerlos. Mientras tanto, Anne Rush se despedía de los gemelos Favre, que irían a la parte delantera para intentar detener a “la autómata”.

Corrieron hacia la puerta trasera por la que el grupo había entrado previamente. Los dos guardias que se encontraban en la puerta hicieron el gesto de intentar detenerlos, pero no tuvieron tiempo. La puerta reventó por una fuerte explosión, que hirió de gravedad a los dos tipos y dejó aturdidos y con heridas de diversa consideración a Robert, Tomaso y Adelle. Patrick se paralizó cuando vio que por la puerta entraban varios tipos paramilitares con fusiles de asalto. Por suerte, en ese instante llegaron a la salida Anne Rush y Pierre Lesnes, que demostraron no estar faltos de habilidades. Anne increpó a los recién llegados, instándoles a que se detuvieran, y así lo hicieron. Los asaltantes quedaron aturdidos (o inmovilizados, no quedó muy claro) durante unos segundos, lo suficiente para que los guardias de seguridad les dispararan, asesinándolos a sangre fría.

La escena se repitió en el exterior, donde esperaban varios enemigos más; Anne instó a Derek a poner una bala en la cabeza de uno de los tipos a los que Pierre había incapacitado, pero el director de la CCSA se negó a hacerlo; uno de los guardias lo hizo en su lugar, ante la desaprobación de la anciana. Según esta, aunque sus métodos parecieran crueles, en el futuro comprobarían que eran la única manera de tratar con aquella gente; en aquel submundo, que supieran quién eras y dónde encontrarte era una desventaja que no te podías permitir. Derek y los demás recordaron los atormentados manuscritos del padre Johannes Dautry. Era evidente que para Rush, Lorenz y su gente, el fin justificaba sobradamente los medios empleados. Quizá tenían razón. Quizá no.

Un par de furgonetas los alejaron de la escena. Un paramédico realizó curas de emergencia a Tomaso y a Robert por las heridas y efectos de la explosión. En un momento dado del viaje, cuando pasaban por la plaza que ocupaba el lugar de la antigua bastilla, Anne hizo detener su furgoneta, caminó hasta el centro de la plaza, permaneció allí unos segundos, y sin más volvió al vehículo.

Unos minutos más tarde se alojaban en un hotel de las afueras de París. Allí el grupo pudo reunirse por fin en privado para discutir la situación. Decidieron que Rush y sus compañeros parecían la opción menos mala y que sería juicioso unirse a sus filas, o al menos colaborar de alguna forma. Su organización parecía demasiado humilde para los fines tan elevados que perseguían, y decidieron que aquello era en realidad una buena señal.

Tras la reflexión vino el momento de la negociación; intercambiaron información, y al revelar Sigrid que el libro se encontraba en Oslo, Rush también reveló que a Esther se la habían llevado a Oslo, según Yuval Sayas; según Anne, el judío rara vez se equivocaba en una predicción. Mientras hablaban, la mujer recibió una llamada: los gemelos Favre habían salido con vida del museo, y aunque Stephanie estaba en el hospital tratada de varias heridas, se encontraban bien.

Durante la noche, Derek volvió a sentir intentos de localización, que parecieron ser infructuosos.

El día siguiente se desplazaron al aeropuerto. Anne, Pierre y los dos tipos que habían estado presentes en la reunión (los presentaron como Bernard y Gerard y hablaban mediante señas) les acompañarían a Oslo.

Durante el viaje, el grupo quiso entrar en detalles sobre su futuro entrenamiento. Rush los desengañó un poco. Según les explicó, a pesar de que la magia permitía hacer cosas extraordinarias, poquísimos ”Adeptos” eran capaces de oponerse con éxito al poder mundano de una simple pistola. En cuanto a enfrentamientos violentos, un entrenamiento de campo era tanto o más efectivo que un entrenamiento arcano (si es que tal cosa existía); de hecho, puso como ejemplo a los agentes de la Nueva Inquisición de Alex Abel: más de las tres cuartas partes eran agentes de campo con habilidades mundanas y vagas nociones de lo que los adeptos eran capaces de hacer.



viernes, 7 de julio de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 29

París. El museo d’Orsay.
Tomaron un tren sin incidentes y llegaron a París alrededor de las once de la noche. Agotados, se alojaron en un hotel más bien discreto. A la hora de repartir las habitaciones, Tomaso prefirió no compartir alojamiento ni con Sally ni con Adelle, que tuvieron que ser compañeras de habitación por el reparto; entre las dos se entabló un silencioso rencor que se podía notar claramente. Tomaso, el objeto de deseo de ambas, prefirió rezar a solas esa noche, y aunque sus sentimientos eran más fuertes hacia Sally, prefirió no hacer de menos a la recién llegada.

Museo d'Orsay

La noche no transcurrió plácida para Derek. Por algún extraño motivo, se despertó a las 3:33 de la madrugada, creyendo que había notado una presencia en la habitación. Estaba seguro de que había sentido cómo alguien le tocaba el brazo justo antes de despertar. Incluso en ese momento, ya consciente, notaba como si alguien respirase detrás de él, pero por mucho que se girara no conseguía ver a nadie. Despertó a Sigrid, que compartía habitación con él, y aunque esta se preocupó, decidieron no alertar de momento al resto del grupo. A las 4:44 se produjo un segundo episodio: Derek estaba seguro de que había visto reflejados unos ojos en el espejo; despertó a Sigrid de nuevo, pero ella no conseguía ver nada. Derek la miró con extrañeza, porque él podía ver los ojos (muy levemente, yendo y viniendo) incluso ahora. Al fijarse un poco más, era evidente que los ojos no eran un reflejo, sino que alguien parecía estar intentando observar desde el otro lado del espejo. Un escalofrío recorrió al americano. ¿Acaso estaban intentando detectarlos y él era capaz de sentirlos de alguna forma? En cualquier caso, quien mirase a través del espejo no parecía verlos. Esta vez sí que prefirieron despertar al grupo, pero a todos ellos les pasaba como a Sigrid: no veían absolutamente nada. Fuera lo que fuera aquello, sólo Derek parecía capaz de verlo. Evidentemente, nadie lo tomó por loco, después de todas las experiencias por las que habían pasado. Mientras conversaban, el director de la CCSA recordó una historia que le había relatado su benefactor, lord Ian Stokehall, que hablaba de un ritual del mundo faérico que permitía ver a distancia a través de los espejos… en su momento no lo había creído posible, pero aquello era muy parecido.

Como los dos compañeros de habitación ya se habían imaginado, a las 5:55 volvió a repetirse el episodio. De nuevo, al no tener consecuencias, decidieron dejar descansar a sus compañeros.

Por la mañana llevaron a cabo la investigación sobre el destinatario de la carta del padre Dautry, Louis Deveraux. Después de descartar varios perfiles del mismo nombre en París, se quedaron con los más relevantes: un profesor de física de la universidad, el presidente de la “asociación de amigos de los trenes”, y el conservador del museo d’Orsay. Acertadamente, optaron por este último. En su elección influyó una noticia de hacía solo un par de días en la que se mencionaba que el conservador del museo d’Orsay había sufrido una agresión por parte de dos desconocidos cuando impidió el robo de un cuadro.

Se distribuyeron alrededor del museo para vigilar las puertas y buscar por las salas. Fueron Tomaso y Patrick los primeros que vieron algo fuera de lo común: en una de las salas principales del museo se encontraba contemplando un cuadro el judío con el que habían tratado en Barcelona: Yuval Sayas. Evidentemente, no podía tratarse de una casualidad ni por asomo. A pocos metros de él, mientras Tomaso intentaba entablar conversación con el tipo, Patrick decidió mirar su aura. Fue una mala idea. Mirar el aura de Sayas fue como mirar directamente al Sol: una especie de fulgor aturdidor sacudió la mente del filósofo, que no pudo soportarlo y cayó inconsciente al suelo. Todo el mundo en la sala corrió a ayudarlo, y se armó un revuelo considerable. Aprovechando la confusión, Sayas se escabulló. Por suerte, a los pocos minutos Patrick se encontraba con los demás en la cafetería tomando un refrigerio, aunque con una fuerte migraña.

Una que Patrick estuvo más o menos bien, volvieron a distribuirse por el museo. Esta vez, Derek y Tomaso no tardaron en reconocer el rostro maltrecho del conservador del museo, el tal Louis Deveraux, hablando con una persona de color que por su aspecto no podía tratarse de otro que de Pierre, el presunto secuestrador de Esther. En ese momento, tres personas más se acercaban a la pareja pasando al lado del italiano y el americano. Una anciana, una mujer y un hombre jóvenes se dirigieron directamente hacia los otros dos, que los reconocieron y saludaron con una media sonrisa. El quinteto fue conducido por Deveraux hacia las oficinas del museo a través de una puerta cercana. Puerta con el paso vedado para personas ajenas al personal del museo.

Durante dos horas, Patrick y Adelle se sentaron en uno de los bancos de la sala esperando que alguien saliera de la oficina, mientras los demás recorrían el museo de cabo a rabo intentando encontrar pistas de no sabían muy bien qué, quizá del intento de robo de dos días atrás. Sigrid, Robert e Ethan se apostaron en las salidas principales del edificio por si el grupo de sospechosos no volvía sobre sus pasos.

Durante la espera, Adelle y Patrick mejoraron un poco su relación, preguntándose por sus habilidades e intereses. Al cabo de un par de horas, ya a la hora de comer, volvían a hacer acto de presencia por la puerta de las oficinas la anciana, sus dos acompañantes y Pierre. La escena a continuación fue algo caótica; Sigrid salió del museo precediendo al grupo de la anciana, Tomaso y Derek los siguieron por detrás, mientras el resto corría hacia la salida principal. En la esquina que daba al río una limusina esperaba al grupo, de la que bajó el judío, Sayas. Saludó someramente a la anciana y se marcharon. Durante el recorrido que hicieron persiguiendo al cuarteto, Tomaso había reparado en un grupo de varios hombres trajeados que observaban atentamente al grupo de la anciana; y lo más inquietante era que uno de ellos era uno de los hombres de WCA en Barcelona. Informó del hecho a Derek, y volvieron a toda prisa al interior del museo.

Mientras se producía la persecución anterior, Patrick y Adelle veían cómo el grupo de cinco trajeados entraban a la sala donde se encontraban y se ponían a curiosear. A los pocos minutos, Deveraux hizo acto de presencia con un compañero por la puerta de las oficinas, dirigiéndose rápidamente a otra sala; el conservador hizo que los cinco hombres se tensaran al instante y salieran a toda prisa detrás de él. Derek, Tomaso, Patrick y Adelle, ya reunidos, los siguieron a su vez. En la siguiente sala, cuatro de ellos habían acorralado al conservador mientras el quinto se dedicaba a retener al guardia de seguridad; dos de los tipos cogieron al conservador y comenzaron a guiarlo hacia el exterior. Tomaso hizo lo primero que se le ocurrió: fingiendo un resbalón, movió un cuadro e hizo saltar una alarma. La confusión cundió en la sala, y varios guardias se dirigieron hacia el italiano. Los cinco hombres aprovecharon para intentar salir con Deveraux, pero Patrick y Derek no lo permitieron; mientras el primero se encaraba con un par de los tipos, el segundo gritaba “¡Deveraux! ¡Deveraux! ¡Espera!”, y un par de policías entraban en la estancia. El conservador, claramente reticente a acompañar a sus captores, aprovechó la situación par volverse y fingir que reconocía a Derek. Después de unos segundos de tensión y de la llegada de otro policía, los tipos trajeados decidieron dispersarse. Pero mientras se marchaban, tomaron fotos de Derek, Patrick y Tomaso. El grupo intentó entablar una breve conversación privada con Deveraux, pero este, suspicaz, los evitó rápidamente, acompañando a la policía para investigar qué había pasado con la alarma y el cuadro movido.

Finalmente, quedó aclarado que había sido un accidente y los policías se marcharon después de tomar declaraciones. El tiempo había sido el suficiente para que a Deveraux le hubiera dado tiempo a hacer un par de llamadas y que de nuevo aparecieran en el museo la anciana, Pierre y los demás (Yubal Sayas no los acompañaba). Después de consultarlo con los recién llegados, Deveraux se reunió con el grupo agradeciéndoles su ayuda y les dijo que, si lo deseaban, podrían acudir al museo a las cinco y media de la tarde, cuando ya hubiera cerrado sus puertas a los visitantes, para entablar la conversación que tan ardientemente parecían desear.

Una vez tranquilos en el hotel, Patrick se reunió con sus compañeros de más confianza (Sigrid, Tomaso, Derek, Robert y Sally) para compartir con ellos un hecho que le había preocupado mientras vigilaba en el museo junto a Adelle. Cuando el grupo de la anciana había hecho acto de presencia, Adelle mostró bastante nerviosismo, supuestamente al ver a Pierre. El problema era que Patrick estaba convencido de que su nerviosismo era claramente fingido, y que en realidad estaba muy tranquila; no sabía qué pretendía la mujer fingiendo tal reacción, pero era algo que no podía evitar que le preocupara...