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jueves, 7 de septiembre de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 33

El Corazón Oscuro (II). Dulce da Silva.
Entraron al club acompañados de los dos albinos y la mujer. Los recibieron dos tipos enormes y musculosos que no mostraban los rasgos albinos tan comunes allí. Uno de ellos saludó al tal Nicolai y al otro tipo, Michael; en inglés (el idioma que era la norma en el interior de aquel lugar) les preguntó extrañado por la cantidad de compañía tan inusual que traían, mirando suspicazmente a Sigrid, Anne y los demás. Ante la irregularidad de la situación solicitaron la presencia de otro individuo cercano, alto y con rasgos albinos, que se presentó como Alexander; la sonrisa socarrona del tipo dejaba entrever esos colmillos extrañamente desarrollados que lucían los albinos del lugar, y sus ojos revelaban la sospecha de que el grupo no pertenecía a sus congéneres. Por suerte, Anne Rush utilizó sus habilidades (todavía activas) para que no les pusieran pegas, igual que había hecho en el exterior con Nicolai y su compañero. Con un escalofrío incontrolable, Sigrid oyó cómo Alexander susurraba al oído de Anne, felicitándola por la “cantidad de rebaño” que había traído al Corazón.

El Corazón Oscuro

Accedieron por fin a la sala principal del local. Era un sitio a todas luces lujoso en extremo; al fondo se podía ver la pista de baile, donde un DJ pinchaba música electrónica. Alrededor de la pista de baile, mesas y reservados donde la penumbra era la norma. Tras pasar el pasillo en forma de “L” de la entrada, se encontraron en una especie de lounge desde donde se veía gran parte del local.

El corazón de Patrick dio un vuelco cuando en una de las mesas laterales reconoció sin atisbo de duda el rostro de Dulce da Silva, la “anticuaria” que habían conocido en la subasta del hotel Excelsior; parecía que había pasado toda una vida desde aquello, y sólo habían transcurrido tres meses escasos. Patrick llamó la atención de Sigrid, que no tardó en reconocer a la mujer. Dulce presentaba el mismo aspecto que había tenido en la subasta, sin los rasgos albinos, y se encontraba acompañada de dos hombres recios y no-albinos, y de un tipo albino con el pelo engominado.

Dulce da Silva cambió la expresión de repente; su habitual sonrisa de superioridad dejó paso a un gesto serio, y se giró para mirar fijamente a Patrick y a Sigrid. Unos segundos de tensión transcurrieron hasta que Patrick notó un mordisco en la garganta, Sigrid recibió una estocada en la espalda, y Derek fue atacado por varias figuras en la penumbra que rajaron su vientre y comenzaron a beber su sangre. La vida se les escapó en borbotones de sangre y mordiscos que arrancaban trozos de su carne y poco a poco se hundieron en la oscuridad de la muerte....

Tomaso despertó, gritando y sudoroso. Pierre entró en la habitación como un rayo, sobresaltado por el grito, y su gesto de preocupación se tornó en otro de extrañeza cuando vio a Tomaso de pie, aparentemente recuperado de sus heridas. El italiano le explicó el sueño que había tenido, y su absoluta seguridad de que sus compañeros se encontraban en un peligro de muerte. En ese momento, él mismo se dio cuenta de que el dolor había remitido en gran parte, y no por causa de los sedantes, porque se encontraba totalmente despierto y alerta. Algo extraño había sucedido, pero no era momento de pararse a pensar. Urgió a Pierre para que le ayudara a quitarse los vendajes y las escayolas, ante el asombro del francés. Cuando estuvo preparado, Tomaso salió hacia el local nocturno; Pierre no le acompañó, porque tenía órdenes estrictas de Anne de vigilar el De Occultis Spherae.

Tras darle varias vueltas, Tomaso decidió trepar hasta las oficinas que había en el segundo piso de otro edificio del mismo bloque del Corazón Nocturno y entrar por una ventana. Seguramente habría alarmas, así que tendría que moverse con rapidez. Pasó de largo el primer piso, donde parecía haber varios tipos trabajando; no sin dificultades, llegó al segundo piso, donde rompió un cristal y se deslizó al interior. Atravesó la oficina buscando el patio de manzana interior que habían visto en los planos que habían conseguido en la oficina de registro. Le llamó la atención que aquella oficina parecía completamente simulada: los ordenadores y los monitores que había encima de las mesas ni siquiera tenían cable de alimentación, y las sillas estaban sin usar. Mejor que mejor; si allí no trabajaba nadie, tendría menos problemas.

Dulce da Silva se limitó en realidad a mirar al grupo de reojo y a esbozar una media sonrisa que no desentonó con su gesto habitual. El grupo decidió separarse; llamaban demasiado la atención allí parados. Sigrid se marchó al servicio, seguida por Derek, que se quedó en la puerta con aire distraído. El resto (Patrick, Anne y Gerard) se marcharon a tomar una copa en la barra que había en un lateral del club.

Al cabo de unos momentos, Dulce se plantaba ante Derek, con gesto aparentemente divertido y con su abrumadora belleza en su zénit. Unas crípticas palabras iniciaban la conversación: “nunca había visto a nadie tan puro como tú”; acto seguido, la mujer soltó una parrafada en un idioma completamente desconocido para él. Al ver la cara de desconcierto del americano, Dulce soltó una deliciosa y contenida carcajada, al tiempo que preguntaba: “Oh, por favor, no tienes ni idea, ¿verdad?”. En realidad, Derek sabía que había algo especial en él desde el momento en el que se habían encontrado en los subterráneos de la mansión en Quebec con la neonazi alemana, pero era verdad que no sabía qué lo hacía tan especial. El neoyorquino se vio irremisiblemente atraído al juego de seducción de Dulce, aunque consiguió no soltar prenda acerca de los motivos que le habían llevado allí con dos viejos conocidos de la portuguesa. Pocos minutos después, Derek y Dulce hacían el amor en uno de los aseos mientras Sigrid escuchaba toda su conversación, escondida.

Al igual que había sucedido hacía meses con Patrick, Derek sintió que al hacer el amor con la bellísima portuguesa su fuerza vital parecía pasar a ella, dándole más energía. Pero no podía parar, hasta que llegó el punto culminante, en el que el americano estuvo seguro de que ella se apropiaba de algún tipo de poder. Cuando el éxtasis hubo pasado, Dulce pidió a Derek que mirara fijamente su anillo. Y Derek vio; su punto de vista era el de un bebé naciendo, y aunque luego no lo recordaría tan claramente, en ese momento supo con certeza que sufría una regresión hasta el momento de su propio alumbramiento. Sintió el frío de la noche, y vio las estrellas en el cielo. En un círculo de enormes piedras, doce personas encapuchadas rodeaban a su madre. Las túnicas lucían símbolos que brillaban con la luz de la luna, símbolos que reconoció por haberlos visto en el mapa que tan celosamente guardaba. Un par de Rolls Royce muy antiguos se encontraban aparcados en las inmediaciones, y varias hogueras alumbraban la escena. El dolor de sus pulmones al abrirse se hizo insoportable, y lloró. Alguien lo cogió por los pies, y una daga se alzó sobre él. Lloró mucho más, hasta que sintió un tirón que lo sacó de su ensoñación. Dulce lo miraba, especialmente interesada.

En la barra, Patrick pidió una bebida. El barman lo miró extrañado y a continuación miró a Anne, maquillada como albina. Cuando Anne dio su confirmación, el tipo sirvió la bebida, no sin dirigir una mirada acusadora a Patrick. O sea, que eran realmente “rebaño”... Un escalofrío recorrió su espalda. Al cabo de pocos minutos, el roce de una uña recorría el rostro de Patrick, provocándole un cosquilleo. Una mujer albina se había acercado a ellos y lucía la inquietante sonrisa de colmillos largos.

 —¿Puedo llevármelo un ratito? —preguntó a Anne, lánguidamente.

Patrick se negó a acompañarla, lo cual pareció una violación de protocolo que indignó a la mujer. Con un gesto, reclamó la presencia de otro tipo pálido, que resultó ser Alexander, con el que ya habían hablado en la entrada. Detuvo al trío, que ya se había levantado de la barra, y se mostró extrañado de que Anne (a la que creía conocer de hace tiempo) no hubiera seguido el protocolo. Para evitar que fueran expulsados o algo peor, la inglesa no tuvo más remedio que ceder a las pretensiones de la desconocida y dejar que Patrick la acompañara. Volvió con Gerard a la barra. Mientras Patrick acompañaba a la mujer hacia la parte posterior del local, donde parecía haber un área realmente privada, se les unieron dos mujeres y dos hombres, todos ellos con la misma palidez que su acompañante.

Mientras tanto, Tomaso había conseguido acceder al patio interior, descolgándose hasta el macizo de árboles. Amparándose en las sombras, evitó a un par de guardias de seguridad y llegó hasta la que debía de ser la puerta de emergencia que salía al patio interior desde el club nocturno. En una de las ventanas del segundo piso pudo ver un tipo fumando mirando al exterior y un segundo de espaldas a la ventana. Tomaso corrió hacia la puerta, y en ese momento se encendieron todas las luces del patio. No se detuvo; al abrir la puerta de emergencia sonó un pitido delator, y pronto pudo oír cómo desde la izquierda se acercaban pasos. Corrió hacia la derecha. Tras recorrer un largo pasillo, llegó hasta una pesada cortina. La apartó y atravesó una sala envuelta en una densa penumbra en uno de cuyos rincones parecía haber dos tipos bebiendo la sangre de las muñecas de una muchacha joven, quizá demasiado. El italiano hizo de tripas corazón y siguió corriendo, siempre discreto e intentando no hacer ruido. Al otro lado de la sala atravesó un segundo cortinaje, que le dio acceso a un pasillo más corto. Al fondo del tramo de pasillo pudo ver varias personas, ¡y una de ellas era Patrick! Al abrirse la puerta de la sala a la que iban a entrar, pudo ver que por todo mobiliario tenía un diván y varias sillas alrededor de él, todo de un lujo extremo. Alguien acababa de limpiar, pero debajo del diván había quedado un poco de sangre, que convenció a Patrick de las intenciones de sus acompañantes.

Uno de los acompañantes de Patrick salió despedido contra la pared, mientras otra recibía un fuerte impacto. Pronto reconoció a Tomaso, milagrosamente recuperado de sus heridas y repartiendo golpes a diestro y siniestro. El profesor empuñó su pistola, e intentó librarse del otro tipo que quedaba consciente, uno más grande que el primero. Este demostró ser algo fuera de lo normal, pues recibió hasta cuatro disparos antes de que pareciera notar los efectos. Por suerte para Patrick, tampoco era demasiado rápido y pudo evitar la mayoría de sus golpes antes de que Tomaso pudiera ayudarle. Corrieron otra vez hacia el exterior, desandando los pasos de Tomaso.

Dulce y Derek salieron al lounge del club, y ella lo hizo sentarse a su mesa. Le presentó al individuo albino que estaba sentado con ella: Terje Nikolic. Así que aquel era el dueño del club, y Dulce estaba en una larga conversación con él, interesante. Nikolic tenía un marcado acento del este de Europa, su traje era carísimo y hacía gala de una educación impecable. Dulce lo tranquilizó, asegurándole que Derek era de total confianza, y continuaron su conversación. Hablaron sobre la “muchacha rubia” (claramente Esther) y los métodos que usarían para trasladarla. En ese momento, inesperadamente, Dulce mencionó el hecho de que Derek había venido acompañado por Sigrid Olafson y Patrick Sullivan. Reveló que Sigrid no era otra que la madre de Esther, con lo que quizá no hiciera falta el traslado de la muchacha. Al preguntar a Derek por su relación con sus dos compañeros, este dijo que los había conocido apenas dos meses atrás e intentando disimular aseguró que significaban poco para él.

Cuando Nikolic expuso sus reservas a “tratar aquellos temas delante de un extraño”, Dulce le respondió que Derek no era un extraño, sino un “congénere”, lo que hizo que este aún se pusiera más nervioso.

 —Es un atlante, y de una pureza extraordinaria —Dulce dijo estas palabras con expresión solemne, contrastando con su languidez habitual, y observó la reacción de Derek, que, aturdido todavía por las visiones que había tenido al mirar la piedra del anillo de Dulce, no pudo más que poner una mueca de estupefacción un tanto ridícula.

Antes de que nadie pudiera continuar hablando, alguien susurró algo al oído de Nikolic, que miró fijamente al mensajero y se levantó, disculpándose por unos minutos. Se marchó rápidamente hacia el interior del local, haciendo gestos a varios secuaces para que le acompañaran. El hombre se movía demasiado rápido, más de lo que sería posible caminando para una persona normal.

Dulce se levantó y llamó la atención de Sigrid, que acababa de salir de los aseos. La mujer le ofreció asiento y con una sonrisa expresó su extrañeza por que la anticuaria hubiera sobrevivido a la explosión, pero le aseguró que se alegraba de ello. Pronto pasó a cosas más serias: Dulce aseguraba que sabía dónde estaba Esther, y a cambio del “libro”, la llevaría hasta ella. Sigrid respondió que el libro ya no le pertenecía, ante el gesto de desaprobación de la portuguesa. Entonces, esta le ofreció darle el paradero de Esther a cambio del paradero y el propietario del libro. Derek intervino en la conversación, asegurando que el libro pertenecía ahora al Conde de St. Germain, y todo lo que conocían era gente que podría intentar ponerla en contacto con él. Dulce abrió mucho los ojos, y tras pensarlo unos momentos, esbozó una mueca divertida y los invitó a acompañarla al interior del local. No tuvieron problemas para acceder, con los poderes que parecía tener Dulce.

El revuelo que habían causado Tomaso y Patrick resultó de gran ayuda para no encontrar resistencia. Subieron por unas escaleras y llegaron a un apartamento de la segunda planta, donde abatieron al tipo que vigilaba. No tardaron en encontrar a Esther, atada a una silla y con los ojos rojos de llorar. Sigrid y la muchacha se abrazaron, pero no tuvieron mucho tiempo de disfrutar: salieron rápidamente y en otro apartamento recuperaron el móvil de Tomaso, que Derek pudo localizar a pesar de estar apagado. Al salir por las escaleras, oyeron unos golpes tras una puerta; les costó abrirla, pero una vez que lo hicieron, Tomaso y Patrick, que habían despistado a sus perseguidores tras recorrer un pequeño laberinto de pasillos, cámaras frigoríficas, cocinas y trastiendas, se unieron a ellos.

Poco después, el grupo al completo (Anne y Gerard salieron del local cuando les enviaron un mensaje) se encontraba a resguardo en la vegetación de un parque cercano acompañado por Dulce da Silva y sus dos secuaces, mientras la portuguesa hablaba por teléfono.

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