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miércoles, 26 de septiembre de 2012

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Temporada 1 - Capítulo 8

Incursión.

Sin pérdida de tiempo, el grupo dispuso del cadáver del presunto escolta de Gibbons arrojándolo al río Hudson en un paraje apartado. El otro tío todavía vivía, así que decidieron llevarlo rápidamente a ver a Alex McEnroe en la furgoneta. El registro de los escoltas desveló que cada uno de ellos llevaba un teléfono móvil de origen desconocido, sin marca alguna e imposible de abrir. Cada uno de los móviles tenía grabados sólamente dos números de 18 cifras, algo muy extraño.

McPherson
Tras algunos minutos de duda, mientras se encontraban en la furgoneta ya de vuelta a Nueva York, McNulty decidió utilizar uno de los aparatos y llamar a uno de los teléfonos. Una voz robotizada contestó, pidiendo su "identificación". Jonas inventó algo sobre la marcha, pero el resultado fue que la comunicación se cortó. Cabreado, arrojó el móvil al exterior ante los reproches de sus compañeros. Queriendo desvelar aquello y con un malhumor creciente, Jonas y Jack trataron de hacer hablar al escolta que no paraba de sangrar [Punto de Relato] y finalmente lo consiguieron. Gracias a su estado de semiincosciencia, consiguieron sonsacarle la información de identificación: era una ristra de letras y números: "SNA212044-TAU-EPSILON-TAU". Cuando el robot de la otra parte de la línea reconoció como válida la identificación, pidió con su voz sorda el "reconocimiento óptico"; jonas se apresuró a situar el objetivo de la cámara del móvil ante el ojo de su prisionero. El tercer requerimiento de la voz robotizada fue el "contacto". Afortunadamente, también pudieron sonsacarle este dato al moribundo: "Sebastian". Al pronunciar el nombre, el móvil empezó a sonar. Por supuesto, el tal Sebastian reconoció al instante al impostor, Jack, que era el que había realizado el proceso de llamar. Cuando la voz al otro lado comenzó a amenazarlo de muerte, Jack dudó, así que McNulty le arrebató el teléfono y de malos modos mintió diciendo que matarían a John Gibbons si no contactaba con ellos en 24 horas.

En el ínterin, llegaron por fin a la casa de McEnroe en Brooklyn. Aparcaron la furgoneta y Jonas y Jack subieron a avisar al viejo. Antes, Sally habló claramente preocupada con Jonas, diciéndole que se cuidara y dedicándole unos gestos de cariño. Cuando llamaron a su puerta, el antiguo médico no contestaba, y varios intentos de entrar a su casa por parte de un malhumorado McNulty llamaron la atención indeseada de varios vecinos. Finalmente, a voz en grito pudieron contactar con él; estaba borracho perdido. Lo metieron bajo el chorro de agua fría y lo despejaron como pudieron. Acto seguido, bajaron a la furgoneta para ver si podía hacer algo por el herido para poder interrogarlo. Cuando el viejo Alex vio al tipo, negó con la cabeza: estaba demasiado mal para salvarle; sin embargo, ante la insistencia de los personajes, se hizo con una dosis de adrenalina que despertaría al herido durante unos momentos. El tratamiento hizo efecto enseguida, y el antiguo escolta abrió mucho los ojos. Por desgracia, en cuanto se apercibió de la situación hizo un extraño movimiento con la lengua y al instante sufría varios espasmos que acabaron con su vida: debía de llevar una cápsula o algo oculta en la boca para esos casos. Puta mierda. Mientras todo esto tenía lugar, Fred y Thomas conversaban en un bar cercano, ya que Thomas no quería saber nada de lo que fueran a hacer con el prisionero. Fred aprovechó para interrogar al ejecutivo sobre su implicación en todo aquello y hasta donde estaría dispuesto a llegar en aquel asunto. Thomas tenía un respeto por la justicia extremo, pero empezó a plantearse burlarla, pues la situación era lo suficientemente crítica. Fred le dio unas palmadas en la espalda y, acabando la cerveza, volvieron junto a los demás.

Tras deshacerse del nuevo cadáver, procedieron a prepararse para la incursión en la mansión de Westchester Assoc. Sally compró varios trajes negros y alquilaron tres todoterrenos ligeros negros en el aeropuerto. Con la intención de despedirse por si esa noche pasaba alguna cosa terrible, Jack llamó a su hermano James. Al detectar el tono fúnebre del primero, James intentó quedar con él por todos los medios para hablar, pero Jack le respondió con negativas y una emotiva despedida.

Con una actitud tensa, sólo rota por las bromas de mal gusto de Fred Mullendore, viajaron hasta Westchester. Cuando se aproximaban a la mansión, vieron un helicóptero recortado contra la luna casi llena, y una furgoneta negra que iba en sentido contrario. Por suerte, al llegar todo estaba tranquilo y pudieron aparcar a cubierto y sin problemas.

Aprovechando el macizo de árboles quemados y abatidos sobre el muro, todo el grupo -incluyendo a Joey- excepto Sally que esperaría en los coches, saltó al interior de la finca. La tupida vegetación situada para impedir miradas indiscretas desde el exterior ahora jugaba en su favor. McPherson y Gibbons cogieron sendas posiciones de francotirador con los fusiles que había traído el primero, y Jack y Jonas fueron los encargados de realizar la primera incursión en la casa. Se acercaron por la puerta trasera esquivando a duras penas las cámaras, equipados con traje negro y pasamontañas. No sin dificultades, ambos lograron colarse por una ventana del primer piso, a lo que parecía una planta de despachos. Las dependencias estaban llenas de libros de jurisprudencia y papeles. En la penumbra, McNulty encontró algo que quedaba algo fuera de lugar allí: un libro antiguo. Una rápida ojeada lo reveló como algo muy particular: se encontraba escrito íntegramente en alemán, y el título rezaba (también en alemán) "Mi Diario, Historia de una Búsqueda". La autora era una tal Helena P. Blavatsky. En la primera página había una anotación escrita a mano, también en alemán: "A mi gran amigo K.Jund, por su lealtad. Heinrich Himmler". Jack y Jonas se miraron al reconocer la firma del nazi, y guardaron bien el libro.

Tras recorrer varias estancias de la casa, fue inevitable que acabaran encontrándose con alguno de los guardianes, y la violencia estalló. McPherson y John abatieron a varios individuos desde su posición, todos aquellos que salieron a la azotea alertados por el escándalo. Mientras tanto, McNulty y Finnegan se enfrentaban a varios tipos vestidos de negro y a uno de los paramilitares, abatiendo uno tras otro, hasta que se enfrentaron a uno que les dejó helados. Sus ojos cambiaron de repente, y parecía moverse con la velocidad del rayo. Les hizo sufrir mucho hasta que consiguieron dejarlo fuera de combate. Atropelladamente y con McNulty herido, salieron de nuevo al exterior por la puerta trasera, perseguidos de cerca por otro grupo de guardias. Tomaron posiciones en el exterior de la puerta mientras los demás se acercaban, pero no les sirvió de mucho. Uno de los hombres vestido con traje negro salió con una velocidad endiablada, mientras a ojos vista empezaba a cambiar. Sus ojos eran algo aberrante, reptilesco, una fina pupila en medio de un vítreo rojo. Lanzó una carcajada estentórea y espeluznante al tiempo que parecía crecer y su piel oscurecerse, como si de él emanara una sombra ominosa que transmitía un frío glacial. Le descerrajaron varios tiros, pero parecían hacerle un efecto limitado, hasta que un certero tiro con la escopeta de Jack lo derribó. Volvía a ser un hombre normal, pero estaban seguros de lo que habían visto. Thomas, Fred y John llegaron junto a ellos, para atender al malherido Jonas. Mientras lo estabilizaban, discutieron si huir o persistir en su empeño. Decidieron que si se marchaban en ese momento no podrían volver jamás, así que Jack, John y McPherson volvieron a entrar. En el primer piso encontraron una pequeña puerta que daba acceso a una estancia donde unas angostas -y antiguas- escaleras daban acceso al sótano. En la estancia de acceso se podían ver varios tapices con escenas del apocalipsis de San Juan, extrañamente vívidas. Con gran desasosiego bajaron los escalones de piedra, alumbrándose con ayuda de los móviles. La atmósfera estaba cargada, y Jack no se sentía demasiado bien. No sabía si era producto de su imaginación, pero oía voces llamándole por su nombre. También John oía extrañas risas y voces llamándole cuando accedieron a una estancia más o menos espaciosa, en la que había tallado un pentáculo invertido en el suelo. También pudieron atisbar un extraño altar impregnado de sangre seca y reciente. Cada pocos centímetros, un candelero ocupaba un espacio en la pared. Las voces seguían llamándoles, y no se cayaron ni siquiera cuando John disparó a la oscuridad. Algo se movió tras ellos, las risas se hicieron insoportables, sintieron un frío intenso y sus corazones parecieron oprimidos por manos etéreas, doliéndoles en el pecho; John cayó de rodillas, atormentado por las presencias invisibles, y ayudado por McPherson y Jack, salieron de allí a toda velocidad.

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