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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

martes, 30 de enero de 2024

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 13

Ataque onírico. Preparación del Asalto.

Durante la conversación del grupo, en la que Galad y Daradoth relataron cómo había ido la reunión con el duque Datarian, salió a relucir el nombre de su nuevo consejero, Norren. Symeon sintió un pequeño escalofrío. Un nombre de su pasado.

—Ya había escuchado ese nombre antes —dijo, algo balbuceante—. Por la descripción, esa persona es la misma que se incorporó a mi caravana cuando yo era solo un muchacho, lo encontramos colgando de un arbusto en un precipicio, se había intentado suicidar. Me inició en las artes de los onirámbulos. Y, si recordáis, hace unos pocos meses fui atrapado en el mundo onírico por un grupo de encapuchados que intentaron hacerme víctima de alguna especie de ritual. Estoy convencido de que escapé de aquello porque él apareció y me ayudó.

» De muchacho llegué a tener un vínculo bastante fuerte con él, Norren el de las muchas lenguas, una persona sumamente atormentada, aunque noble, que de hecho se intentó suicidar un par de veces más. Decía —esbozó una leve sonrisa— que mi presencia lo tranquilizaba. Pero si decís que la Sombra lo hinche ahora de tal forma, temo que haya sucumbido totalmente a ella.

—Si es tu mentor en el mundo onírico, esto dificulta entonces mucho más la posibilidad de recuperar a los reyes —dijo Galad, con tono grave.

—Extremadamente, sí —confirmó Symeon—. Es una confrontación onírica que creo que no podemos ganar.

—Bueno, no seamos tan derrotistas —les recriminó Daradoth.

—Exacto —coincidió Yuria—. Hasta ahora hemos encontrado solución a todos los problemas, por imposibles que parecieran.

—¿Crees que te reconocería, Symeon? —intervino Faewald.

—Creo que sí, nuestro vínculo fue fuerte, y en el episodio reciente del mundo onírico seguramente me auxilió al reconocerme.

—Respecto a los reyes —volvió a intervenir Yuria—, ¿no creéis que pueden estar utilizando las mismas artes que ya descubrimos en Eskatha? ¿Recordáis las esquirlas de plata que llevaban Nercier Ramtor y algún otro noble en el cabello?

—Sí —afirmó Symeon—. Es muy posible. Pero tendríamos que llegar a ellos de alguna manera.

Finalmente, Yuria y Symeon, agotados por las largas horas de análisis de los pergaminos, se retiraron a descansar. Era escasamente pasada la hora de comer.

—El temor que tengo ahora —comentó Daradoth a Galad y Faewald, mientras volvían a la ciudad—, es que mucha más gente pueda caer víctima de ese extraño coma inducido. Según recuerdo, Datarian no es el primero en la línea de sucesión y, si fuera yo, quitaría de en medio rápidamente a todos los que me precedieran. Y no somos rival para ese Norren en el mundo onírico.

—Tendremos que acabar con él entonces mediante otros medios —afirmó, tajante, Galad.

—Necesitamos aprender a controlar la Vicisitud.

—No creo que eso suceda a corto plazo, y siempre que lo hemos hecho ha sido un desastre. Por no hablar de los mediadores. Quizá podamos aprovechar ese vínculo con Norren del que ha hablado Symeon.

—De cualquier modo, no creo que dispongamos de más de un par de jornadas antes de que levanten el veto sobre Ashira. Tendríamos que darnos mucha prisa. Y necesitamos acabar el análisis de los pergaminos.

—Ahora deberíamos descansar para sincronizar nuestro horario con Symeon y Yuria —sugirió Galad—. Pero antes quiero dar una vuelta por el palacio.

Y así lo hizo. Tenía hambre, así que fue a buscar algo al comedor de los barracones. Y allí, en una mesa,  vio un pequeño cónclave de tres hombres que le interesó. Distintivos azules en la parte alta de sus brazos derechos los identificaban claramente como caballeros esthalios de la orden argion. Galad sonrió, dando gracias por su fortuna. Se acercó a ellos y los saludó; ellos, por supuesto, lo reconocieron y, sonrientes, lo invitaron con deferencia a sentarse. 

—Es un honor, hermano Galad —dijo el que parecía el mayor de ellos—; mi nombre es Candann, y estos son Faewann y Waldick. Os hemos seguido a vos y a lord Daradoth en casi todas las conferencias en la biblioteca.

—Dejadme deciros que os admiramos por todas las ordalías que habéis superado —intervino Waldick, con un leve fulgor en los ojos; «¿demasiada cerveza, o algo más?»—. Sois una verdadera inspiración.

—Muchas gracias por vuestras amables palabras —respondió Galad con humildad—. A decir verdad, os vi hace semanas entrenando a las tropas sermias y quería haberme reunido con vosotros mucho antes, pero como comprenderéis, me ha sido imposible.

—Por supuesto, por supuesto. Desde que vos y vuestros amigos llegasteis a la ciudad, no han parado de sucederse eventos extraordinarios —sonrió Candann.

—Y esas conferencias —intervino Faewann, que presentaba una profunda cicatriz en su frente— han sido... impresionantes. —Pareció acordarse de algo, y torció el gesto—. Pero esto de los reyes...

—¿Sabéis algo de eso? —lo interrumpió Galad—. Hemos intentado verlos, pero no se nos ha permitido. Ni siquiera a mí.

—No gran cosa. Pero entre las noticias de la rebelión en Esthalia y esto de los reyes sermios, estamos planteándonos volver aunque no hemos recibido ninguna orden. Con esta situación, no sabemos en qué situación quedamos nosotros aquí, y más con todo este asunto del conflicto entre Luz y Sombra, Datarian y Ashira, la regencia... estamos indecisos.

—¿Cuántos caballeros argion hay en Sermia?

—Deben de quedar menos de cincuenta. En Doedia, solo nosotros tres —Candann se llevó una jarra a la boca—. ¿Tenéis vos algún dato que pueda sernos de ayuda?

—Bueno —empezó Galad, dubitativo—, la situación es muy delicada, y no conocemos con exactitud las aspiraciones del duque. Mi recomendación es que permanezcáis unos días más a la expectativa, porque es posible que nos haga falta vuestra ayuda. De momento no puedo deciros más.

Candann asintió con la cabeza, y miró a sus compañeros, que imitaron su gesto. A continuación bebieron unas cervezas y tras saciar Galad su apetito, el paladín se retiró a descansar.

Con la noche recién caída, el grupo se unió de nuevo en la biblioteca. Galad les contó sobre la conversación con los caballeros esthalios, y Faewald intervino:

—Solo son tres, parece poco, pero si contamos con su ayuda y la complicidad de la guardia real...

—Podemos forzar nuestra entrada a los aposentos reales, sí —confirmó Galad—. Si actuamos rápido. Cada minuto que pasa acerca a los reyes a la muerte.

Symeon y Yuria, con la ayuda de Aythara y los habituales, continuaron con el análisis de los pergaminos. 

Galad, Daradoth y Faewald se dirigieron a palacio para intentar encontrarse con alguno de los sanadores que atendían a los reyes. Mientras caminaban por los pasillos, se dieron cuenta de que los estaban observando. Parecía que allá donde fueran hubiera un par de ojos observándolos, de guardias, soldados, sirvientes, comerciantes o transeúntes. No les quedó más remedio que ignorarlo. Poco tiempo después, un par de sanadores que finalizaban su turno aparecían a la luz de los faroles por la puerta que daba acceso desde el ala regia al patio principal. Daradoth se dirigió a hablar con ellos con su escaso sermio. Preguntó por el estado de los reyes, pidiendo que les dejaran verlos, pero pronto vieron cómo por el rabillo del ojo se acercaba un grupo de soldados. Los sanadores respondieron que no era posible, visiblemente preocupados. Cuando Daradoth los dejó marchar, los soldados que habían hecho amago de acercarse se detuvieron.

Galad sintió un intenso mareo y una sensación de desmayo. Daradoth cayó inconsciente a su lado, por suerte Faewald (que parecía indemne) pudo cogerlo a tiempo.

—Daradoth, Dardoth, ¿qué pasa? —el esthalio dio unos ligeros golpes en la cara del elfo—. Galad, ¿estás bien?

—Más... o menos... uf, todo me da vueltas... —le costaba hablar; algo oprimía su mente, como si quisieran arrancársela—. Tenemos que salir de aquí.

Avanzaron a duras penas hacia la salida del complejo. Varias personas se acercaron a ayudarles, preguntándoles qué sucedía.

—Nos atacan —dijo a duras penas Galad—, la Sombra está atacándonos desde otra dimensión. Ayudadnos.

En el mundo onírico, Daradoth se vio a sí mismo como una figura plateada con una espada extendiéndose desde su brazo. Intentó moverse y no lo consiguió. Estaba inmovilizado y rodeado de varias figuras etéreas cuyos rasgos no se distinguían. Parecían estar protegidas por unas capuchas que no paraban de ondear. En lo alto, un enorme engendro compuesto de jirones de humo emitió un sonido ensordecedor, parecido a un graznido. Daradoth sentía un aturdimiento profundo, apenas era capaz de procesar lo que veía, pues tenía la sensación de que caía continuamente al vacío. Pero aun así, se movía, o sería más correcto decir que el entorno se movía a su alrededor. Un poco a su derecha, una figura en forma de cruz con un destello rojizo, se desplazaba al unísono con él. Dos encapuchados extendían sus manos, hacia ella. Pero no podían evitar su movimiento.

Con un esfuerzo titánico por parte de Galad, Faewald y él, ayudados de varios sirvientes y un senescal, atravesaron el patio de armas. Mientras lo atravesaban, Faewald llamó la atención del paladín, que apenas podía mirar a su alrededor. Pero le bastó con un vistazo para ver que varias figuras extremadamente pálidas iniciaban una aproximación hacia ellos. No obstante, varios segundos después parecieron pensarlo mejor y retrocedieron.

Por fin consiguieron salir de palacio e internarse rápidamente en las calles anexas. Daradoth despertó. Relató rápidamente lo que había visto en el mundo onírico.

—Entonces, debemos venir solo cuando el sol esté alto —sugirió Galad, mirando el cielo estrellado de la noche cerrada.

—Sí —dijo Daradoth, lacónico. Su visión volvía a destellar de vez en cuando, tornándose roja por momentos.

En la biblioteca, Symeon y Yuria habían seguido descartando pergaminos a un ritmo muy alto, pero sin encontrar nada de interés. Galad, Daradoth y Faewald llegaron al filo de la medianoche.

—Nos han atacado desde el mundo onírico —anunció secamente Galad— y casi consiguen llevarse a Daradoth. No podemos volver a palacio de noche.

Symeon se fijó en el rostro de Daradoth, tenso y con la vista algo perdida.

—¿Estás bien, Daradoth?

—No, no estoy bien, la verdad. Estoy cansado de lo que ocurre aquí y creo que debemos tomar medidas inmediatas y radicales. Voy a explotar, y como explote, van a rodar cabezas.

—Estoy de acuerdo —lo apoyó Galad—, pero conservemos la mente fría.

—De momento, mantengámonos despiertos esta noche y aprovechemos la mañana —dijo Symeon.

Acto seguido, pasaron a discutir diferentes formas de infiltración en los aposentos reales, sugiriendo que Daradoth utilizara sus poderes para colarse por las ventanas (rompiéndolas, no había más remedio) y buscara las supuestas esquirlas de plata que debían albergar los reyes en alguna parte de sus cuerpos. Pero con cada vía de acción surgían más problemas. Finalmente, Galad dijo:

—Si esta situación es igual que la que vivimos con Nercier y los príncipes comerciantes, no despertarán en el acto, tardarán un par de días. Se darán cuenta de que, como dice Symeon, su representación onírica habrá disminuido y simplemente alojarán otra esquirla.

—Efectivamente —acordó Daradoth.

—Según yo lo veo —continuó Galad—. Tenemos que atacar con todo. Que Daradoth se infiltre es imprescindible, pero tenemos que apoyarle para evitar problemas una vez dentro o cuando libremos a los reyes de su influencia.

—Está bien —zanjó Yuria—. Enviemos un menaje al senescal Aereth con una hora de convocatoria, como nos dijeron. Ejecutar todo rápida y discretamente será muy difícil, pero tenemos que intentarlo.

Y así lo hicieron, enviaron a Faewald con un mensaje para el senescal indicando la hora nona, cambiando los planes de permanecer despiertos por la noche. Volvieron a dormir en la celda de Symeon, con la incomodidad que aquello suponía pero a salvo de atacantes indeseados. Revivieron el sueño de la nieve abriéndose a sus pies, como siempre, y llegó la mañana.

Después de comer algo para aliviar el hambre, se reunieron con lady Serilen, el capitán Garlon y el bardo real Stedenn Dastar. La duquesa se interesó por su estado:

—Nos enteramos de lo que pasó anoche. ¿Estáis todos bien?

—Más o menos —contestó un malhumorado Daradoth.

Galad fue directo al grano:

—La situación es mucho más grave de lo que nos esperábamos. Debemos actuar ya, y necesitamos toda la ayuda posible. La vida de los reyes está en extremo peligro, y somos su única esperanza. No sabemos si el duque actúa pérfidamente o de forma sincera, pero debemos suponer lo peor. El reino corre peligro de caer bajo la Sombra.

—Desde luego, esos nuevos consejeros del duque son preocupantes —dijo Stedenn.

—Son agentes de la Sombra —añadió Daradoth—, y el tal Norren es prácticamente Sombra pura.

—¿Qué sugerís entonces que hagamos? —inquirió sir Garlon—. A pesar del ascendiente y el carisma del duque, pondría la mano en el fuego a que la guardia real todavía sigue siendo fiel a los reyes y a mí, así que contad con nosotros. Unos quinientos efectivos, trescientos en palacio.

—¿Cuántos soldados tiene Datarian en palacio? —espetó Daradoth.

—Más o menos los mismos, unos trescientos.

—Tendremos que reunir entonces a los efectivos de fuera de palacio, la mayoría de los que estén en la biblioteca y en los edificios de la ciudadela —dijo Yuria—. Necesitamos esa superioridad numérica y la necesitamos de forma rápida y muy discreta. Quizá deberían disfrazarse de civiles.

—Está bien, no os preocupéis —dijo Garlon—. Yo me encargo de eso.

—Una vez infiltrados los guardias del exterior, Daradoth incursionará en los aposentos reales mientras el resto lanzamos un ataque sorpresa para llegar allí lo antes posible. Y todo debe ser ejecutado de día.

Serilen y Garlon se miraron, preocupados.

—Será difícil...

—Pero no imposible —la interrumpió Daradoth.

—Está bien, hagámoslo, no nos queda más remedio —zanjó Stedenn—. Irmele y yo os ayudaremos con nuestras... habilidades, claro.

—Que serán muy apreciadas, os lo aseguro —dijo Yuria—. Muy bien, mañana entonces con las once campanadas, con el sol alto. ¿Os dará tiempo a prepararlo todo, capitán?

—Creo que sí. Sí.

—Habrá que tener especial cuidado con esos recién llegados tan pálidos, mis señores —dijo Galad—. Tienen tratos con los demonios y son poderosos. Igual que Norren. Y contactad también con los tres caballeros argion de Esthalia, nos ayudarán si les decís que los necesitamos.

Tras concretar algunos detalles del plan de forma sorprendentemente rápida, Yuria dio por terminada la reunión.

—Entonces, esperemos vernos mañana de nuevo en el palacio, mis señores. Con las once campanadas. Cada uno ya sabe lo que tiene que hacer.

Los sermios se marcharon, y confiando en ellos, el grupo continuó ese día con el análisis de los pergaminos. A media tarde, descubrieron algo. Una especie de registro de acontecimientos datado hace muchos siglos. Varios pasajes llamaban la atención.

Últimamente he empezado a notar una sensación extraña. Un frío intenso recorre mi cuerpo.

Estoy intentando recorrer las galerías interiores en busca de las estancias primigenias, la construcción anterior, pero no he tenido éxito. Seguiré intentándolo.

Algo pasa, algo pasa. El espacio se retuerce. Las galerías de la academia parecen cambiar conforme avanzo en su interior. No lo entiendo, debería haber descubierto ya el acceso.

Anoche, mientras ordenaba pergaminos en la sección octava, experimenté una extraña visión. Un frío intenso y una intensa nevada. La nieve se abría a mis pies y caía en un abismo insondable, infinito. No sé qué me está pasando, pero creo que la obsesión por la búsqueda me ha cambiado.

Creo que ya sé que está pasando. Se debe entrar en un momento determinado, y por lo que entiendo, tiene que ser en algún momento del invierno, seguramente el solsticio. Esperaré y entonces intentaré entrar otra vez.

Estamos casi en el momento. Las sombras se han vuelto más pronunciadas, y adoptan formas que desafían la lógica. Parece que me persigan. No tengo muy claro qué está pasando, pero algo está detectando mis intentos de entrar. No sé qué hacer, pero lo que puedo conseguir es mucho. Vale la pena.

—Esto hace referencia claramente a lo que busca Ashira —afirmó Symeon—. El solsticio de invierno.

—Si eso es verdad, por lo menos sabemos que Ashira no podrá encontrarlo en muchos meses —dijo Galad.

—A no ser que la locura la posea —contestó Symeon— y manipule la Vicisitud para crear un invierno ficticio, o para acelerar el tiempo, o cualquier otra media desesperada.

Se miraron, intuyendo la verdad en las palabras del errante.

—En cualquier caso, lo tendrá que deducir por sí misma, eso nos da tiempo —dijo Yuria, enrollando el pergamino y poniéndolo a buen recaudo.

Por la tarde siguieron analizando el resto de pergaminos, y acabaron con ellos. Ni rastro del ritual por el que habían acudido a Doedia.

—Maldición —dijo Symeon, apretándose los ojos con el índice y el pulgar—. Habría jurado... en fin, es tarde para lamentaciones. Tendremos que continuar la búsqueda en Doranna o en Irza.

—Hemos perdido ya tres semanas desde que llegamos aquí —escupió las palabras Daradoth—. Tres semanas que la Sombra ha ganado.

—No seas tan negativo —dijo Galad—. Si no hubiéramos venido, Ashira y Datarian habrían campado a sus anchas. El viaje ha sido muy productivo.

Daradoth calló, pensativo.

Al atardecer, Galad y Daradoth plantearon la conveniencia de dormir en el monasterio de Sairethas para volver a primera hora de la mañana con Taheem, Arakariann, los tres muchachos del Vigía, y un par de los soldados del Empíreo. Y quizá también el bardo Anak Résmere. Todos juntos formarían una fuerza nada desdeñable para el asalto del día siguiente. El grupo al completo partió hacia allá al galope. Allí se reunieron con sus compañeros y les explicaron la gravedad de la situación. Todos se ofrecieron voluntarios para acompañarles, incluido Anak.

Por la mañana, la comitiva de trece personas abandonaba temprano el monasterio y viajaba discretamente hasta la ciudad a pie, acompañados de un par de carromatos para infiltrarse sin ser vistos. Todo parecía tranquilo.

lunes, 15 de enero de 2024

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 12

Continúa la Búsqueda. Encuentro con Datarian.

Daradoth pensó durante unos instantes, consternado.

—¿Creéis entonces que si Galad empuña esa espada nos llevará a la perdición?

—La visión es clara en sí misma —dijo Ilwenn—, pero si lo que necesitáis es una confirmación oral explícita propia de un infante, sí, es lo que creo.

Daradoth decidió ignorar las ásperas palabras de Ilwenn, visiblemente incómoda cuando hablaba de sus percepciones, aunque era plenamente consciente de que las continuas dudas sobre sus conclusiones eran uno de sus peores defectos. Se despidió amablemente y, tras una breve conversación con Arëlieth en la que aguantó de nuevo las quejas por no estar ya en Doranna, se dirigió rápidamente a reunirse con Galad, que había aprovechado para hacer un aparte con su padre. A los pocos minutos, montaban a caballo y enfilaban el camino a Doedia.

—Ilwenn me ha revelado algunos detalles inquietantes en el monasterio hace un rato —dijo el elfo—. Como sabes, y si no lo sabes te lo digo ahora, ella ve visiones sobre el destino de la gente, o sobre las cosas que les van a suceder, no lo tengo muy claro. El caso es que me ha dicho que desde hace varios días sus visiones sobre ti han cambiado para mostrar unas "alas de hiriente luz roja" y "una espada enorme que clavas en la tierra, mientras esta sangra y se estremece".

—Desde luego, no es una visión tranquilizadora —contestó el paladín—. ¿Estás seguro de que se trata de Églaras, la que empuñé en Tarkal? En aquel momento no pude soportar el poder que me proporcionaba.

—Estoy seguro, por lo que me dijo. Y las alas del arcángel de Emmán...

—Norafel. Pero, ¿no tendrá algo que ver con el asunto de tomar partido por los gemelos herederos del Imperio Trivadálma? Si lo hacemos, muchos reinos se verán afectados, y la situación se tornará en violencia rápidamente. Se podría decir que la tierra se estremecerá.

—No lo creo. En mi opinión esto está más estrechamente relacionado con Églaras y Emmán. ¿Has notado algún cambio en tu señor?

—No, no he notado nada distinto. Pero al fin y al cabo, esto son solo interpretacionse.

—Absolutamente. Supongo que necesitamos más pareceres sobre el asunto.

—Sí, busquemos a los demás.

De vuelta en la biblioteca, compartieron toda la información con Yuria, Symeon y Faewald.

—Es posible que el cambio no sea en el propio Emmán, sino en su arcángel, Norafel —sugirió el errante.

—Quizá pueda estar cambiando debido a su cercanía a la Espada del Dolor —comentó Daradoth.

—No podemos descartarlo, pero desde luego si lady Ilwenn ha visto eso, habrá que tener cuidado llegado el momento, y prepararnos para ello.

—Yo confío en ti, Galad, a pesar de cualquier visión —intervino Yuria—, y a mi entender y por lo que vimos cuando Eraitan empuñaba a Dirnadel, es el portador de la espada el que ha de someter la voluntad del Arcángel, y siempre es posible que no lo consiga, pero si su fuerza de voluntad se impone, no debería ser un problema. Si es que es cierto que es el Arcángel el que ha cambiado y no Emmán, claro.

Yuria se sentía extraña. «Quién me habría dicho a mí hace tan solo un año que estaría discutiendo, y aceptando, preceptos religiosos».

Después de discutir sobre las visiones de Ilwenn, Galad les contó acerca del extraño grupo de jinetes con el que se habían cruzado de camino al monasterio, y Daradoth insistió sobre el hecho de que el que iba en cabeza era prácticamente Sombra en su totalidad, algo extremadamente raro.

La descripción del tatuaje del hombre pálido agitó los recuerdos de Symeon, concretamente los recuerdos de sus viajes por el reino de Adastra. No lo recordaba bien, pero alguien le habló, o leyó en algún escrito sobre un tatuaje de once puntas acabadas en flecha. «Once. El número de la Sombra».

—Según recuerdo, aunque no me acuerdo de la fuente, una estrella de once puntas acabadas en flecha es el tatuaje que se graban los miembros de una hermandad llamada los Hijos del Abismo, que al parecer, encuentran solaz en comunicarse con los demonios de las esferas inferiores. Sospecho que aquellos "monjes" pálidos que formaban parte del séquito del Ra'Akarah pertenecían a la secta.

Todos recordaron los círculos de once piras que habían visto durante su huida del imperio vestalense, donde habían ardido cientos de personas. 

—Es cierto —confirmó Yuria, a la que las palabras de Symeon habían hecho aflorar los recuerdos—, recuerdo haber oído hablar de ellos durante mis viajes a Irza. De hecho, en el brazo noreste, justo al norte del mar Tábanat, hay una región llamada Irgem que se dice que está embrujada debido a las malas artes de los hijos del abismo. Incluso teníamos prohibida la navegación cerca de allí.

—Y otro hecho interesante —retomó la palabra Symeon, recordando sus tiempos de latrocinio junto a Ashira y el desastre que causaron con la copia del libro de Aringill en Creä— es que los hijos del abismo ambicionan sobre todas las cosas el hacerse con un antiguo tratado, un grimorio, que llaman el Libro de Marenthelos. Se dice que lo que el libro de Marenthelos es a lo demoníaco (quizá sería más correcto decir "a la Sombra"), lo que el libro de Aringill es a los ángeles (supongo que más correctamente,  "a la Luz"). Lo que me lleva a plantearme cuestiones tan interesantes como turbadoras...

—Como, por ejemplo, si lo que está buscando Ashira puede ser ese libro —acabó la frase Yuria.

—Correcto. Ninaith no lo quiera. Pero si vienen a reunirse con Ashira, y con ellos viene una persona aún más saturada de Sombra que Ashira, creo que eso implica que tenemos que acelerar nuestras incursiones en la biblioteca, y cerrar esa "brecha" que buscan. —Meditó en silencio durante unos instantes, aparentemente confuso—. Aunque tampoco sé si eso será de alguna utilidad, si no "llega el momento", sea lo que sea que quiera decir eso.

Tras una frugal cena, se dirigieron de nuevo al interior de la biblioteca. Ya en las primeras salas, Symeon susurró:

—Quizá si llegamos lo suficientemente profundo, puedas intentar percibir los hilos de la Vicisitud ahí dentro y tengamos más pistas, Daradoth.

—Sí, lo intentaré.

Después de varias horas de deambular por la biblioteca, Symeon llegó a un convencimiento que compartió con los demás:

—¿A alguien más le parece que es como si hoy fuera todo más difícil? ¿Como si la biblioteca nos dificultara la orientación defendiéndose a sí misma?

—En vista de que hoy ni siquiera hemos llegado a las galerías de las tablillas, yo diría que sí —corroboró Galad.

Lo bueno fue que tampoco tuvieron ningún encuentro imprevisto; pero no tuvieron más remedio que desistir, agotados. Al salir, el sol ya estaba alto en el cielo; era media mañana. Se retiraron a descansar. Symeon avisó a Aythara de que retomarían el estudio por la tarde y antes de retirarse a su celda se despidió de sus compañeros, que aún tardaron un buen rato en llegar a palacio.

Allí la situación estaba muy agitada. Muchísima gente iba de aquí para allá, ajetreada en sus quehaceres, y pudieron ver bastantes caras de preocupación. No tardó en reunirse con ellos el senescal Aereth.

—Mis señores, ha surgido un imprevisto grave —dijo, compungido—. Esta mañana sus majestades los reyes no han despertado de su sueño, y presentan síntomas de enfermedad, con fiebre alta. —Daradoth hizo amago de contestar, pero el senescal lo interrumpió con un gesto, continuando—: Si sois tan amables de acompañarme, os lo explicaré con más detenimiento.

Los condujo a una de las salas de reuniones más discretas del complejo. Allí, los recibieron de pie y con gesto serio el bardo Anak Résmere, la duquesa Serilen Dhorenal y el capitán de la guardia real, sir Garlon. La duquesa tomó rápidamente la palabra:

—Esta reunión debe ser muy rápida. La hemos organizado porque confiamos plenamente en vosotros, dada la relación de Ilaith con sus majestades y los últimos acontecimientos en la biblioteca. Queremos poneros en antecedentes de lo que consideramos ha sido una acción hostil por parte de nuestros enemigos, llevada a cabo con medios sobrenaturales. Supongo que Aereth ya os ha puesto en antecedentes.

—Sí —dijo Yuria—. Sus majestades no han despertado y tienen fiebre y síntomas de enfermedad. Ya hemos visto algo igual en el pasado, en Esthalia. Podemos afirmar con casi total seguridad que han atacado sus sueños, como le pasó a lord Walran de Rheynald o al marqués de Arnualles.

Serilen la miró, confundida, pero se repuso casi al instante.

—De acuerdo, nos encargaremos de eso en cuanto podamos. El caso es que el duque Datarian, que estaba convocado hoy a palacio, llegó a primera hora y al encontrarse esta situación, ha aprovechado para tomar el mando del reino y asumir la regencia. Para ser del todo justos, he de decir que algunos de los miembros del consejo se lo ofrecieron, no fue una iniciativa que partiera de él, pero me temo que todo esto ha sido orquestado en la sombra.

—Nos reuniremos con Symeon inmediatamente.

—Debemos establecer un lugar seguro para reunirnos en el futuro —intervino Anak—. Os haremos llegar la localización en breve.

—De acuerdo —contestó Galad—. Supongo que no podemos ver a sus majestades en este momento, ¿verdad?

—No lo creo, no —zanjó el senescal.

Mientras salían, Serileth susurró:

—No sé durante cuánto tiempo podré seguir manteniendo mi fachada de neutralidad, estad alerta por si acaso.

Anak dejó que se marcharan y se giró hacia el grupo:

—Mi intención es salir de palacio bajo cualquier pretexto de misión para las Leyendas Vivientes, en no más de una hora.

—¿Vais a ir al monasterio? —inquirió Daradoth, en voz muy baja.

—Sí, es mi intención, de momento me quedaré allí. Espero que nos veamos pronto —se despidió de ellos con un apretón de manos.

—Por supuesto. 

Una vez solos, se dirigieron al exterior, pero Daradoth se detuvo en uno de los pasillos más solitarios.

—Voy a intentar llegar a los aposentos de los reyes —anunció, y empezó a desvestirse—. Usaré mis habilidades de ocultamiento, por favor llevaos mi ropa.

Poco después, equipado solo con su espada y un calzón, Daradoth se dirigía hacia el ala regia mientras sus amigos partían a la biblioteca. Al intentar traspasar una puerta custodiada aprovechando el paso de dos sanadores, no pudo evitar que su hechizo de invisibilidad cesara el efecto y los guardias se sorprendieran al verlo. Afortunadamente, todavía no habían recibido órdenes claras al respecto, y además sentían una gran admiración por Daradoth, así que unas breves palabras de este bastaron para que comprendieran la situación y le dejaran continuar. 

Subió las escaleras hasta el piso de acceso a los aposentos reales. Había guardias por doquier, y no solo de la guardia real; al menos la mitad mostraban otra librea que los identificaba como soldados. Evitándolos, siguió a los sanadores y llegó por fin al acceso a las habitaciones de los reyes. Prefirió no entrar, juzgando que desde aquel lugar sería suficiente para sentir los filamentos de la Vicisitud y detectar cualquier cosa extraña. Se apartó a un rincón, y desde allí se concentró.

Tras un gran esfuerzo, comenzó a percibir la urdimbre de la realidad. Los millones y millones de filamentos lo aturdieron, embotaron su entendimiento. Además, detectó una cantidad ingente de hilos de Sombra apareciendo desde un origen desconocido que intentaban entrelazarse con la urdimbre normal.  Dejó de concentrarse, víctima de un fuerte mareo, pero afortunadamente consiguió apoyarse contra la pared y recuperarse en unos segundos. «Maldición. Esos hilos de Sombra... algo está pasando», pensó. Se apresuró a volver sobre sus pasos, salió por la puerta donde los guardias lo habían visto con la ayuda de estos, y se encaminó hacia la biblioteca, todavía invisible, sintiéndose frustrado y furioso. Tuvo que detenerse un par de veces cuando todo a su alrededor se tornó rojizo y sintió deseos de destruir con su espada el menor atisbo de Sombra en la cercanía.

En la residencia de los Maestros del Saber, el resto del grupo intentaba descansar. Tras informar de sus intenciones a Nerémaras, Symeon entró al mundo onírico para ver si podía averiguar algo sobre la situación de los reyes.

Su celda, austera en el mundo real, mostraba un aspecto magnífico en el mundo de los sueños. Miró hacia un lado, donde podía percibir la representación de Galad en el mundo onírico, una figura fantasmal y cruciforme. La luz plateada que emitía normalmente había tornado en una luz más rojiza. «Tendremos que hablar sobre esto en algún momento», pensó. La representación de Yuria seguía firme y constante, al otro lado de la estancia. 

Con gran sigilo, Symeon salió de la celda, y con uno de sus "saltos" (no se le ocurría una forma mejor de llamar a los deslizamientos del paisaje que provocaba con su voluntad) llegó al exterior del complejo. Lo primero que le llamó la atención fue la Gran Biblioteca, que nunca había visto en el mundo onírico. Su representación era extrañísima y difícil de aprehender. En el núcleo se podía ver un edificio majestuoso, resplandeciente, palatino. Pero alrededor lo envolvía una bruma cambiante que ora se tornaba en humo, ora en torres fortificadas, ora en unos muros laberínticos. La cantidad de sonámbulos —personas que entraban involuntariamente en el mundo onírico— que podía ver en aquel entorno cambiante era desmesurada. La percepción del errante se vio realmente abrumada por lo que veía, tal era su magnitud, así que decidió girarse hacia la ciudad e ignorar por el momento ese caos. 

Un par de saltos más lo llevaron hasta aproximadamente la mitad del camino entre la biblioteca y la ciudad. A lo lejos a su izquierda pudo ver una figura borrosa, toda ella bruma plateada, que empuñaba una espada. «Parece que Daradoth está bien y viene hacia la biblioteca, menos mal». Un nuevo salto lo acercó ya a las afueras de la ciudad. Instantáneamente, todo su ser se puso en alerta. Sobre la representación de la ciudad se podía ver la representación del palacio, en la elevación más alta. Y sobre el palacio... «¿Qué demonios es eso?». Una gran figura negra, aparentemente compuesta de jirones de humo negro, se encontraba sobre el palacio, aleteando y suspendida en el aire. La mente de Symeon rebuscó en todos sus recuerdos a la velocidad del rayo, sacando a la luz libros, escritos y clases del pasado. «Maldita sea. Un sombrío». La figura debía de tener el tamaño aproximado de un dragón, y aunque no sabía mucho de ellos, le habían contado lo suficiente como para saber que era mejor evitar un encuentro con un sombrío.

Se acercó un poco más a palacio, intentando buscar la cobertura de las murallas y los edificios. Se asomó sobre un tejado, observando todo a su alrededor. Los soñadores involuntarios iba y venían, y a los pocos segundos, el vello de su nuca se erizó. El sombrío giró su enorme mole hacia él. «Debe haber notado que estoy aquí». Mientras este pensamiento cruzaba la mente de Symeon, un fulgor plateado pasó a toda velocidad por el límite de su línea de visión, a la derecha. Se giró, pero no consiguió ver nada. Preocupado, intentó usar sus habilidades para crear varias presencia-señuelo de él mismo. No obstante, solo pudo crear una.

Un borrón de sombras vertiginoso se acercó instantáneamente, deformándose por la velocidad, pero recuperando su forma cuando llegó sobre él. El sombrío alzaba su mole de sombras justo sobre Symeon, provocándole escalofríos. Al mismo tiempo, una figura argéntea apareció sobre los tejados y se lanzó rugiendo sobre el señuelo que había creado segundos antes. Una especie de mastín enorme deshizo la ilusión con sus fauces. «Maldición, un dogo onírico, esto es demasiado», pensó, mientras el pánico empezaba a poseerlo. Pero su pura fuerza de voluntad lo sacó de allí, despertando al mundo de vigilia instantáneamente y sobreexcitado por la adrenalina.

Cuando normalizó la respiración, despertó a sus adormilados compañeros y les contó lo que había pasado. En ese momento se unió a ellos Daradoth, a tiempo para escuchar lo que Symeon había visto.

—Yo solo no puedo enfrentarme a eso —dijo lúgubremente Symeon—. Va a ser muy difícil poder llegar hasta los reyes.

—Físicamente es imposible sacarlos de allí, al menos discretamente —añadió Daradoth—. Aunque al menos la guardia real parece estar todavía de nuestra parte, ya hay apostados soldados, supongo que fieles a Datarian, custodiando los aposentos reales.

—Pero cuanto más tiempo pase va a ser peor —advirtió Yuria.

—Sí, sin duda —coincidió Galad—. Debemos actuar pronto. Deberíamos hablar cuanto antes con el duque, antes de que Ashira pueda pasar más tiempo con él.

—Ahora mismo contamos con el favor de las masas —continuó Yuria—, no creo que se atreviera a tomar ninguna medida, por esa parte creo que estamos protegidos, así que, sí, yo también creo que deberíamos ver al duque cuanto antes.

—Pero debemos descansar, yo apenas puedo mantener los ojos abiertos —dijo Symeon—. Y vosotros no tenéis mucho mejor aspecto. —Alguien llamó a la puerta de la celda y la abrió; era Aythara que volvía para pedir instrucciones de Symeon en cuanto a los pergaminos—. ¡Ah, Aythara, precisamente quería verte! Ahora todos vamos a descansar un rato. Por favor, necesitamos que estés alerta y, si notas que durante el sueño algo fuera de lo común nos sucede, despiértanos en el acto.

Con Aythara alerta, se acomodaron como pudieron en la pequeña celda de Symeon para intentar dormir un rato. Como ya había venido siendo la tónica habitual para el errante, todos ellos soñaron con el frío, el sol bajo en el horizonte, la nieve que caía y que se abría a sus pies y el desplome hacia un abismo insondable de espacio y tiempo. Todos cayeron, excepto uno. Symeon se sorprendió al verse envuelto por unas alas sombrías que evitaban que cayera, al menos físicamente. Su mente, por el contrario, descendió bruscamente por una espiral de culpa y tristeza al recordar claramente «¿cómo es posible?» cómo su padre moría, sus tíos morían, su pueblo moría con una agonía indescriptible y todo por su culpa. Gritó, sacando sus propias entrañas, pero con la voz ahogada por un zarcillo de bruma negra que se coló a través de su garganta hasta hurgar en lo más profundo de su ser.

—¡Hermano Galad! ¡Hermano Galad! ¡Lord Daradoth! —la voz de Aythara era presa de una angustia atroz. Daradoth y Galad se despertaron, zarandeados, y Yuria también por el escándalo—. ¡Algo le pasa a lord Symeon! ¡No puedo despertarlo! ¡Por favor!

Symeon gemía, las venas de su cuello y de su frente hinchadas, lágrimas en sus ojos y expresión de quebranto infinito. No respiraba, tenso. Yuria lo zarandeó, y Galad invocó a Emmán, para insuflar coraje en su amigo. 

El errante, enterrado en sombras y sintiendo que los zarcillos de bruma hurgaban en cada recoveco del interior de su cuerpo, sintió que la consciencia lo abandonaba, y que las tinieblas de la muerte lo reclamaban por fin. Pero, de repente, un tirón enérgico, virtuoso, inconmensurable, hizo que vomitara de repente los zarcillos y lo impulsó bruscamente hacia la luz.

Symeon  despertó con un estertor, intentando llevar aire desesperadamente a sus pulmones, y consiguiéndolo tras unos segundos de agonía. Se abrazó a Yuria, que se encontraba sobre él, tras haberlo abofeteado para hacerlo reaccionar, con los ojos llorosos.

—Por todos los infiernos, ¿qué ha pasado? —preguntó.

—Creo... creo... que el sombrío ha encontrado mi sueño —respondió Symeon, entrecortadamente. Sentía una mezcla de dolor, ansiedad y remordimiento. Sollozó.

Tras unos minutos en los que respetaron el dolor de su amigo, el resto planteó la conveniencia de seguir durmiendo en aquel lugar. Symeon dio su opinión:

—Creo que sí, deberíamos dormir, al menos yo estoy agotado, es imposible que siga despierto. Encontrar los sueños es extremadamente difícil y no creo que vuelva a ocurrir. Y no sé... —se le notaba realmente cansado—, si vuelve a suceder, pues... ya veremos... —no pudo decir más, cerró los párpados.

Por fortuna, el nuevo ciclo de sueño transcurrió sin incidentes, con Aythara y Daradoth alerta ante cualquier signo de peligro. El resto despertó ya bien entrada la tarde, con la noche ya presente, doloridos por las incómodas posiciones que habían tenido que adoptar, pero descansados.

Se encontraron con Svadar, también preocupado por la situación de los reyes. Le preguntaron por la situación en palacio, pero el gran bibliotecario no les pudo dar demasiada información:

—Supongo que el duque está todavía abrumado por la situación y el trabajo de hacerse cargo del reino; es un hábil militar, pero la gestión de un reino requiere mucho más que eso. Eso sí, ha puesto bajo fuerte custodia y cuidados médicos a sus majestades. Y temo que en breve pueda llevar a cabo alguna injerencia en los asuntos de la biblioteca.

—¿De Ashira se sabe algo? —preguntó Daradoth.

—De momento no.

—¿Han levantado la orden de exilio? —inquirió Galad.

—Que yo sepa, aún no.

—¿Creéis que correríamos algún peligro si pidiéramos audiencia al duque?

—No creo que el duque se atreviera a tomar ninguna acción contra vosotros, dado vuestro ascendiente entre el pueblo, los nobles, la guardia, e incluso el ejército. No creo que corráis peligro, la verdad. Lo que sí os aconsejo es que aceleréis el estudio de esos pergaminos que estáis estudiando, en previsión de que pueda haber algo que os impida su acceso en el futuro.

—Muy bien, así lo haremos, muchas gracias Svadar.

Symeon y Yuria se dirigieron a continuar con su estudio, mientras Galad y Daradoth se dirigían a palacio para pedir audiencia con el duque Datarian. Ya hacía tiempo que había entrado la noche, así que no sabían si lo conseguirían, pero salieron hacia Doedia para intentarlo. No tardaron en encontrarse con el senescal Aereth, que parecía bastante atareado. Cuando le dijeron que querían pedir audiencia con el duque, el senescal les comunicó que Datarian también estaba interesado en verlos, así que sin duda podían contar con encontrarse ante el duque el día siguiente a mediodía.

—¿Cómo está la situación? ¿Y sus majestades? —preguntó Galad.

—Los síntomas de sus majestades han empeorado un poco, pero en general, la situación es la misma. El duque está abrumado por la cantidad de información que está recibiendo de parte de los senescales, los bardos y lady Sirelen —les hizo un gesto cómplice—. Por el momento, está actuando de forma seria y responsable, al parecer genuinamente interesado en todos los asuntos del reino. Con ayuda de sus propios consejeros, claro.

—¿Alguno extraño entre ellos? ¿Algún extranjero o extraño?

—Bueno, no los conozco bien en realidad, pero uno me ha llamado la atención, porque no lo había visto nunca, un hombre de pelo cano en las sienes, calvo, con poblado bigote y con unos ojos de un azul hielo tan claro que le dan un aspecto inquietante. Eso sí, habla sermio sin ningún acento en absoluto; por sus rasgos diría que es extranjero, pero no estoy totalmente seguro.

Norren, consejero del duque Datarian

Daradoth y Galad se miraron. El hombre que encabezaba el grupo de jinetes con el que se cruzaron, el henchido de sombra.

—Muy bien, gracias por la información; entonces estaremos aquí  mañana a mediodía, puntualmente —dijo Daradoth.

—Una cosa más. —Se aclaró la voz, y se acercó a ellos. Susurró—: Lady Serilen está preocupada. Cree que deberíais tomar medidas en un plazo breve, no superior a tres o cuatro días.

—¿Medidas para escapar? —repuso Daradoth.

—¿Para escapar? No, por supuesto que no. —Aereth miró alrededor, temiendo que los observaran—. Si os parece bien, la duquesa propone como lugar seguro las oficinas de Svadar, en la biblioteca. Os mandará aviso solo con la hora. Lo que tenemos claro es que el apoyo de lord Daradoth será decisivo para cualquier movimiento político.

En la biblioteca, Symeon y Yuria se aprestaron para una nueva sesión de análisis con Aythara y los demás que les llevaría toda la noche. Varios pergaminos fueron descartados en las horas de estudio, hasta que, entrada la mañana y con el sol alto, se retiraron a descansar a palacio.

Mientras sus amigos descansaban, Galad y Daradoth se asearon, vistieron, y salieron para encontrarse con el duque Datarian cuando uno de los senescales acudió en su busca. Mientras se encaminaban hacia el ala regia de palacio, Galad compartió con su amigo algo que había pensado en los últimos minutos:

—Acabo de caer en la cuenta de que ni siquiera sabemos si el duque Datarian es realmente un usurpador. Todo el mundo parece haber asumido su regencia, pero si los reyes realmente murieran...

—Tienes razón. Es hermano de la reina, no del rey, y en nuestra visita anterior a Doedia nos presentaron a la sobrina del rey, en la línea de sucesión. Creo recordar que tenía un nombre con entonación élfica, ¿Eferë?

—Si es así —continúo Galad, interrumpiendo la disertación lingüística de Daradoth—, creo que tenemos algo de tiempo. Intentará utilizar su regencia para allanar su camino al trono. Si es que quiere ser rey, claro.

—No lo dudes, Datarian está aconsejado por seres de la Sombra —dijo Daradoth, cuya visión se tiñó de rojo durante un instante al acabar la frase.

Ante el trono del lobo, un poco más abajo, el duque Valemar Datarian había situado respetuosamente una sede para recordar a todos que ejercía la regencia en nombre del rey. «¿Lo sentirá sinceramente o solo querrá aparentar hulmidad?», pensó Galad, confuso.

El duque se giró hacia ellos, un noble sermio de pura cepa, y a la vez soldado —capitán general de los ejércitos de Sermia—. Serio, duro, aguerrido, severo. Alrededor de la sede se encontraban los consejeros, tanto los reales como los del duque. Allí se encontraba Irmele Seren, la barda real, la duquesa Serilen, dos senescales, y otros desconocidos; entre ellos, el hombre calvo del poblado bigote y los ojos pálidos, rebosante de Sombra, como el escalofrío que sintió Daradoth atestiguaba. Y su visión, que se tornó roja. Crispó la mano sobre el puño de la espada; centró su atención en el duque, volviendo a la normalidad a duras penas, pues el noble también tenía una gran proporción de ella.

—Ah, lord Daradoth, hermano Galad —dijo, todo lo afablemente que permitía su expresión circunspecta; cojeaba un poco al andar—, es un honor recibiros, estaba deseando poder hablar con vosotros. Adelante, adelante.

—Gracias por recibirnos, apreciamos que hayáis encontrado el tiempo para hacerlo —empezó, diplomático como siempre, Galad.

—Sí, la verdad es que estoy bastante abrumado, ¿pero cómo no iba a tener tiempo para departir con los grandes héroes de la Luz? Y más en las circunstancias actuales, una desgracia lo de sus majestades...

—Queríamos verlos, si es posible —lo interrumpió, sin ambages, Daradoth. El duque guardó silencio unos instantes, como valorándolo con la mirada.

—Me temo que ahora mismo es imposible, los sanadores desaconsejan toda visita que no sea imprescindible, pues necesitan reposar sobre todo lo demás.

Galad vio la oportunidad de intervenir:

—Recordad que soy un paladín con el favor de Emmán, y mis plegarias pueden ayudar a mejorar el estado de sus majestades. Me gustaría intentarlo al menos.

—Por supuesto, no os lo puedo negar. Lo propondremos al consejo de sanadores y os haré llamar tan pronto como decidan que podéis visitarlos —hizo un gesto a uno de los dos escribas, que se apresuró a apuntar esto último.

Galad y Daradoth se miraron discretamente.

—¿Y qué va a pasar a partir de ahora? —espetó el elfo. Datarian iba a fulminarlo con la mirada, lo notó, pero en el último momento bajó la vista.

—Pues espero que sus majestades mejoren y no tenga que pasar nada, que todo vuelva a la normalidad.

Parecía sincero. «Qué bien mentís, maldito», pensó Daradoth, que escupió las siguientes palabras mientras notaba que su visión se teñía de rojo en los extremos.

—¿Sabéis algo de Ashira? Los reyes os habían convocado ayer para preguntaros sobre ella .

—No, la verdad es que no la he visto en varios días —se notaba que el duque estaba teniendo que tragarse su orgullo; no estaba acostumbrado a que le hablaran así.

—Disculpad tantas preguntas, mi señor —trató de apaciguarlo Galad—, pero, ¿no han podido diagnosticar la enfermedad que aqueja a los reyes?

—La verdad es que no. Se han descartado varias, pero no se ha llegado a un diagnóstico definitivo. El hecho es que no pudieron despertar de su sueño, algo muy extraño. Pero quiero que sepáis que mi intención es mantener la situación lo más estable posible en espera de la recuperación de sus majestades. Nos centraremos en la reconstrucción de la ciudad. Y, por otro lado, retiraré los edictos que me parecen injustos.

—¿Como la expulsión de Ashira?

—Sí. Después de ver lo que pasó en la biblioteca sé que sois enemigos, pero ese edicto me pareció injusto.

—Está bien, gracias por vuestra atención, señoría —se despidió Galad, viendo el giro peligroso que había tomado la conversación—. Os ruego encarecidamente que me hagáis llamar cuando los sanadores den su visto bueno.

—Por supuesto.

El senescal Aereth los acompañó hasta sus aposentos. Daradoth no podía quitarse la imagen del duque y la de su consejero de poblado bigote de la cabeza, pero contuvo el tinte rojo.

—¿Sabéis cuál es el nombre del consejero del duque, Aereth? —preguntó.

—Sí, su nombre es Norren, no sé su apellido.

—¿Y participa mucho en las decisiones?

—Solo cuando el duque le pide consejo, es muy discreto.

Justo antes de que Yuria y Symeon se retiraran a descansar, se reunieron con ellos. Les contaron cómo había ido la conversación con el duque, y Daradoth aprovechó para compartir lo que le estaba sucediendo en la vista.

—La frustración o la rabia provocan esa reacción —dijo—. Hasta ahora no le había dado importancia, pero me preocupa que pueda ir a más, por eso lo estoy compartiendo con vosotros.

—¿Es posible que esté relacionado con la visión que tuviste cuando estuvimos con los hidkas, aquella en la que te viste en el trono con sangre alrededor? 

—No, no creo que sea eso. Creo que más bien tiene que ver con la presencia de la Sombra en mi cercanía.

—Pues no sé qué decirte, habrá que tener cuidado. Aprovecho para deciros, ya que me lo has recordado, que la representación de Galad en el mundo onírico tenía un resplandor rojizo en lugar del plateado que era habitual hasta ahora. No sé si habrá alguna relación.