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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 19 de julio de 2023

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 6

Terremoto en Doedia

A pesar de su evidente interés por los recién llegados, el rostro del duque Datarian seguía ardiendo de ira. Svadar asintió levemente hacia Symeon esbozando una ligera sonrisa, más sereno que el noble que le precedía.

Una corriente eléctrica recorrió de repente el cuerpo de Symeon, Galad, Daradoth y Yuria. Para su estupefacción, la escalera ya no subía, sino que bajaba vertiginosamente, haciéndoles llegar a una estancia subterránea enorme y oscura. Pero la luz emanaba de ellos, y ellos mismos iluminaron la enorme sala. «Pero, ¿qué demonios...?», pensó Symeon, interrumpiendo sus pensamientos cuando vio a unos metros delante de ellos a Ashira, que proyectaba sombras que bregaban con la luz del errante y la de sus amigos. «Parece tan sorprendida como nosotros». El bastón y la diadema de Symeon y las espadas de Daradoth y de Galad brillaban deslumbrantes; por el contrario, algo inidentificable colgado del cuello de Asira se sumía en la más profunda de las sombras.

La luz dejó ver multitud de columnas y columnatas alrededor de ellos, sosteniendo bóvedas y arcos bellamente trabajados, y que recordaban mucho al trabajo de bajorrelieves del mausoleo bajo la iglesia de Rheynald. Bajo las bóvedas que los rodeaban, la luz iluminó cuatro tronos, uno en cada punto cardinal. Sobre los tronos, cuatro ancianos, todos ciegos, de ojos completamente blancos, que también parecían sorprendidos y lucían unos rasgos inquietantes y... «reptilianos», pensó Galad, a falta de una palabra mejor; por ejemplo, uno de ellos presentaba un brazo lleno de escamas  y otro la mitad del rostro cubierta de protuberancias coriáceas y pequeños cuernos. Su tamaño era mayor que el de los humanos, pero no gigantesco. Al igual que Ashira, "observaban" todo con gesto de confusión.

Los ancianos miraron hacia atrás, y de los arcos que quedaban en penumbra tras ellos, comenzó a levantarse un sonido de multitud. Docenas y docenas de figuras empezaron a irrumpir en la sala, también con gesto de confusión. Symeon y los demás sufrieron un escalofrío en la columna vertebral al distinguir claramente, brillantes con un fulgor dorado, que todos los recién llegados lucían una balanza soldadas en sus muñecas.

Sin transcurrir ni siquiera un segundo, sin darles tiempo a respirar, los mediadores de un lado se giraron hacia atrás, abriendo un pasillo. Y los del lado opuesto hicieron lo mismo. Por los huecos abiertos, sendos seres se acercaban. No acertaban a verlos al principio, pero uno de ellos emitía un fulgor verdemar y el otro dorado. A Symeon se le erizó el vello de la nuca. «¿Nirintalath?», pensó. A Galad le pasó lo mismo: «¿Églaras?».

En décimas de segundo, sus pensamientos se vieron confirmados. Desde su izquierda, apareció Nirintalath, en su forma de mujer joven. Menuda en tamaño pero infinitamente peligrosa, como ya sabían todos. Desde la izquierda, salió de las filas de los mediadores Églaras o, mejor dicho, el arcángel Norafel, fiel servidor de Emmán, enorme, poderoso y majestuoso. Por el rabillo del ojo, Symeon pudo ver que Ashira, recuperada un poco del shock, comenzaba a hacer gestos con sus manos. Empezó a moverse para atajarla.

El espíritu de dolor y el arcángel se miraron. Miraron al grupo. Nirintalath sonrió a Symeon, o eso al menos le pareció. El siguiente instante, se lanzó contra Norafel, que hizo lo propio, y todo explotó en un estallido de dolor y gloria que los destrozó por dentro.

Svadar tropezó en la escalera con Ashira, que se había detenido. Taheem también lo hizo con Symeon. Los dos grupos se congelaron unos instantes. Todavía eran conscientes del hormigueo causado por la explosión del choque de las dos poderosas entidades. La errante pareció tranquilizar al bibliotecario y, superando su desconcierto, continuaron. Symeon y los demás hicieron lo mismo.

El duque Valemar Datarian


—Demasiadas visiones para mi gusto últimamente —susurró, socarrona, Yuria. Los demás se limitaron a afirmar con la cabeza.

Siguieron con su camino hacia el piso superior, siguiendo al senescal y los heraldos, hasta que por fin dejaron atrás la escalera y accedieron al gran distribuidor. Al otro lado se podía ver la puerta a la sala del Trono del Lobo.

De improviso, el suelo empezó a temblar violentamente.

—¡Maldición! —exclamó Yuria— ¡¿No va a acabar esto?!

Pero esta vez no era ninguna visión. Sucedía realmente. Un terremoto. «Bendito Emmán, ¿tendremos tranquilidad algún día?», pensó Galad, mientras él y sus compañeros intentaban no perder el equilibrio; la balaustrada detrás suyo se fragmentó y cayó al piso inferior, y algunas personas cayeron con ella. Empezaron a caer grandes fragmentos de piedra del techo.

Como pudieron, intentando mantener el equilibrio y esquivar los escombros, corrieron hacia la sala del trono.

—¡Debemos proteger a los reyes! —instó Yuria.

Daradoth enfocó sus habilidades con la esencia para aumentar la velocidad de Symeon y la suya propia. En décimas de segundo encauzó el poder necesario y lo aplicó. Abrió mucho los ojos, igual que Symeon, cuando en lugar de sentir un aumento de sus capacidades, se vio invadido por un cansancio extremo. Tanto él como el errante tuvieron que hincar la rodilla en tierra, presas de náuseas y taquicardia. «Maldición», pensó el elfo. El impacto fue mucho peor para Symeon, que no esperaba ninguna alteración parecida. Yuria y Galad siguieron hasta el gran salón, sin darse cuenta de la crisis de sus amigos y atravesando las puertas en equilibrio inestable. Allí, sobre las escaleras que daban acceso al trono, la reina Irmorë estaba gritando órdenes mientras el rey Menarvil intentaba alejarla del peligro. Un par de guardias habían sido sepultados por un derrumbe muy aparatoso. El edificio no paraba de temblar; dos enormes columnas ejercían de sustento principal de la enorme sala, y el ojo experto de Yuria reparó en una enorme grieta que recorría la parte superior de una de ellas.

—Galad, mira aquello —dijo señalando la grieta—. ¡Si la columna cede, todo se derrumbará! ¡Saquémoslos de aquí! —Tras adentrarse un poco más en la sala, rugió en demhano dirigiéndose a los reyes:— ¡Vamos, tienen que salir de aquí, esa columna está cediendo!

Los reyes miraron hacia ella, y la reconocieron.

—¡Seguid a Yuria! —exclamó la reina en sermio—. ¡Haced lo que os dice, rápido!

En el exterior, los corazones de Symeon y Daradoth volvieron por fin a latir normalmente y ambos recuperaron en aliento. Se miraron, con una comprensión silenciosa, y se precipitaron rápidamente hacia el salón del trono. A sus espaldas, parte de la enorme escalera se derrumbó, arrastrando a unos cuantos sirvientes y guardias con ella.

Cuando Yuria vio aparecer al errante y el elfo, les llamó la atención rápidamente sobre la grieta que se estaba expandiendo en una de las grandiosas columnas gemelas. Un crujido horrible se escuchaba procedente del techo. Galad intentó invocar el poder de Emmán, pero el resultado fue inesperado, igual que le había sucedido a Daradoth antes: la garganta empezó a arderle, y los ojos a escocerle de manera que Daradoth tuvo que acercarse y ayudarlo a salir de allí.

Symeon corrió como una centella hasta situarse junto a la columna agrietada, y con una cabriola y un amplio movimiento, clavó su bastón en el suelo en posición vertical. Enfocó en él su voluntad, pero sin resultado. «¿Pero qué demonios pasa aquí?», se preguntó. Tuvo que esforzarse al máximo para que, finalmente, el bastón comenzara a crecer y lanzar varios zarcillos hacia arriba de forma fulgurante. Los zarcillos se ramificaron al llegar al techo y se curvaron alrededor de la columna, estabilizando la situación y reduciendo la caída de cascotes. Symeon dejó allí su bastón, convertido ahora en una tercera columna, y se unió al resto en la salida de la sala. Pero la columna agrietada no aguantó, y parte del techo se derrumbó mientras que varias grietas comenzaban a aparecer en el suelo. Daradoth metió el pie en una de ellas y se rompió el ligamento, que más tarde Galad se encargaría de arreglar, pero la situación era desesperada; parecía que el palacio entero se iba a venir abajo, pues el terremoto estaba teniendo una duración inusitada. Afortunadamente, el bastón de Aglannävyr, junto con la segunda columna, sustentaron prácticamente la mitad del techo, evitando desgracias mayores. La nube de polvo procedente de los escombros los cubrió por completo.

Galad arrastró a Daradoth, Yuria ayudó a varios de los nobles más ancianos, y Symeon acompañó a los reyes al exterior, saliendo de la nube de polvo. En ese momento, el temblor acabó, y se apresuraron a bajar por las enormes escaleras, que habían perdido una parte. Salieron junto con los guardias y los consejeros al patio exterior.

—Gracias... —el rey Menarvil tosió, como casi todo el resto—, gracias por la ayuda, lady Yuria y compañía. Eso que habéis hecho ahí dentro, Symeon... ha sido extraordinario. Muchas gracias —la reina se unió a los agradecimientos de su marido.

—No hay de qué, lo importante es que todos estamos bien —contestó el errante.

—¿Sucede esto muy a menudo en Sermia, majestad? —inquirió Yuria, sobreponiéndose también al ahogo.

—En el tiempo que ha durado mi vida, un par de veces a lo sumo, un ligero temblor. Es cierto que no muy lejos de aquí se encuentran los volcanes Brett, en los montes Darais, pero es la primera vez en mi vida que he sentido esto. Nunca he oído hablar de ello, tampoco.

—En el Ciclo de las Eras se mencionan algunos terremotos. —El que hablaba era Anak Résmere, uno de los bardos reales, que había salido al patio junto a los demás—. Pero ninguno como este. Se ha prolongado muchísimo.

Lo más extraño vino después, cuando el grupo (excepto Galad, que se dedicó a ayudar a los heridos), los reyes y la corte subieron a las murallas para contemplar el entorno. La ciudad estaba muy afectada por el seísmo: muchas casas habían sufrido derrumbes, multitud de incendios se habían declarado por doquier, y se habían producido algunos corrimientos de tierra en los alrededores.

—Habrá que movilizar a los maestros constructores para que estudien la situación y planifiquen la reconstrucción —dijo la reina; acto seguido, el rey dio órdenes al castellano y a los oficiales de la guardia para que convocaran a los masones a su presencia. 

—Puedo colaborar con ellos, si así lo deseáis, mis señores —se ofreció Yuria.

—Sois muy amable, mi dulce amiga —contestó con pompa Irmorë—. Por supuesto, agradecemos  sobremanera vuestra colaboración.

—Podemos llevar a los maestros constructores a bordo del Empíreo para facilitar su labor —sugirió Symeon.

—Sí, buena idea —coincidió Yuria.

—Muy bien —sonrió el rey—, los pondremos bajo vuestro mando, Yuria. Que la gracia de Enastann sea con vosotros.

Mientras se impartían órdenes y la corte se movilizaba para poner en marcha los trabajos de rescate y reconstrucción, el rey pareció recordar algo, y se acercó de nuevo al grupo:

—Había olvidado que había cancelado otra reunión con el duque Datarian porque traíais un mensaje de lady Ilaith. ¿Es algo urgente?

—Es un asunto de cierta importancia, pero ante esta situación, podemos esperar.

—Está bien, lo postergaremos hasta mañana entonces. ¿Ella está bien?

—Sí, sí, no os preocupéis por eso.

Symeon intentó recuperar su bastón, pero las ramificaciones habían cedido finalmente, y había sido sepultado por los escombros. Los constructores lo tranquilizaron:

—No creo que nos lleve más de un par o tres de días despejar la sala, mi señor, si tenéis paciencia recuperaréis vuestro... artefacto.

—Está bien, pero apresuraos lo máximo posible —suspiró Symeon, resignado.

El errante aprovechó para pedir al rey un favor:

—Necesito que convoquéis al gran bibliotecario a una audiencia privada mañana, a solas, dando a entender que será con vuestra majestad. Para poder hablar con él sin injerencias externas. Por el bien de Doedia. Esa mujer que visteis con Svadar puede estar tramando algo, y por eso necesito hablar con él.

—Está bien, dadlo por hecho, amigo mío —contestó Menarvil—. Mañana a la hora nona.

—Os lo agradezco —se despidió Symeon con una reverencia.

Poco tiempo después, el grupo sobrevolaba la renqueante ciudad a bordo del Empíreo, con media docena de maestros constructores entre la tripulación que tomaban nota incesantemente. Yuria aprovechó para intentar empaparse de sus conocimientos. La ciudad presentaba bastante destrucción, lo cual era normal con el temblor tan prolongado. Pero se sorprendieron cuando sobrevolaron la colina donde se encontraba el complejo de la Gran Biblioteca. Esta se encontraba a apenas cinco kilómetros del palacio real, y su estado era inmaculado. El terremoto no parecía haber afectado en absoluto a ningún edificio o construcción que se encontrara sobre aquel promontorio. Más allá los estragos del temblor se hacían patentes, pero la colina parecía una isla de serenidad en medio de aquel caos. «No encuentro ninguna explicación racional», pensó Yuria, «pero seguro que debe de haber una sobrenatural, para variar. ¿O quizás deberíamos empezar a usar el término "hipernatural"? Por lo poco que sabemos, la Vicisitud no es sobrenatural precisamente, sino lo que subyace a todo».

Otro hecho llamó la atención de Yuria, pues sus conocimientos de organización y tácticas militares estaban fuera de toda escala. Al este de la ciudad, se habían erigido varios campamentos enormes (que también habían sufrido los efectos del terremoto). «Vaya, eso está pensado para albergar al menos tres legiones. Y sin duda, por lo que veo, estaban disponiéndose a partir, y seguramente para atacar. ¿A los vestalenses, quizá? Pensaba que las cruzadas que pensaban lanzar junto a Esthalia se habían cancelado... interesante».

Tras asegurarse de que los alojados en el Arpa de Plata se encontraban perfectamente, retornaron al palacio real, pues los reyes les habían ofrecido alojamiento como huéspedes de alta importancia. El senescal Aereth, junto a algunos sirvientes, les mostró sus aposentos y se retiró.

El grupo aprovechó para comentar lo que había sucedido durante el terremoto con los hechizos de Daradoth y el poder de Galad, y cómo le había costado más de lo normal a Symeon utilizar los poderes del bastón. Pero no encontraron ninguna explicación satisfactoria, así que dejaron de lado tal conversación.

—Voy a intentar observar el mundo onírico sin entrar en él —anunció Symeon, poniendo en guardia a sus compañeros.

Varias veces lo había intentado antes, todas ellas sin éxito, pero esta vez sus habilidades respondieron. Los demás, lo vieron en una especie de trance, con los ojos desenfocados, moviendo la mirada a un lado y a otro, viendo cosas más allá de aquella dimensión. El errante se asomó a la ventana, para poder ver más allá de las paredes de la habitación. El paisaje iridiscente familiar no parecía revelar nada especial, pero en el límite de su visión, una gran mansión en la parte noble de la ciudad, parecía... vibrar.

Aunque Symeon no podía ver a sus compañeros, sabía que se encontraban a su alrededor, así que habló, señalando hacia donde miraba:

—Esa mansión tiene algo extraño. ¿Veis algo desde ahí?

—Yo no —contestó Yuria, cuyas palabras fueron corroboradas por el resto—. ¿Podría ser la mansión del duque Datarian?

—Es posible. Apostaría por ello.

Poco después preguntaron a un sirviente, que les confirmó que aquella era, efectivamente, la residencia del duque Datarian. Se miraron, preocupados, y aprovecharon para comentar la visión que habían tenido mientras subían las escaleras; comentaron el hecho de que Ashira había parecido tan sorprendida como ellos, si no más, así que dudaban de que ella hubiera tenido algo que ver. 

—El caso es que —dijo Symeon— hace muchas semanas que no sé nada de Nirintalath, desde aquel ultimátum que me dio. No sé si habrá podido contactar con Trelteran de alguna forma en este tiempo.

—Esperemos que no —Galad se persignó, soñando con el momento en el que pudiera volver a empuñar la otra espada que Ilaith guardaba en su cámara, Églaras—. ¿Tienes algún plan con respecto a Ashira, Symeon?

—De momento, impedir que la nombren Maestra del Saber, y que así no pueda moverse libremente por la Biblioteca. Quiere algo, y debemos impedirlo. Para ello he hecho que el rey emplace a Svadar mañana en palacio, a solas.

—Está bien, descansemos entonces.

—Antes tenemos que reunirnos con los reyes e informarles de todo —intervino Yuria.

Y así lo hicieron. Se reunieron con los monarcas en otra de las salas de palacio, donde se había improvisado una oficina de crisis. Aunque los recibieron de buen grado, los reyes estaban, a todas luces, agotados.

—Adelante, adelante —dijo afable el rey—. Ya nos han comentado los maestros constructores que habéis sido una ayuda fuera de toda medida. Muy bien.

—No ha sido nada, majestad —contestó diplomática Yuria—. No os entretendremos mucho. Sabemos que estáis exhaustos, pero tenemos que  poneros sobre aviso de algo.

—De acuerdo, tenéis toda nuestra atención.

—Durante nuestros viajes hemos tenido constancia de una... alianza de ciertas naciones con intereses bastante turbios. Y al ver a esa mujer, Ashira, supimos que tenía algún tipo de poder sobrenatural que no sabemos explicar. No tenemos clara cuál es su relación con el duque Datarian, pero creemos que está intentando manipularlo para conseguir una posición de poder y quizá hacerse con el control, al menos parcial, de Sermia. Y tememos también que intente algo sobre vuestras majestades.

—Entonces —intervino la reina Irmorë—, ¿creéis que mi hermano está en peligro? ¿O que piensa traicionarnos?

Yuria guardó silencio unos segundos. «No esperaba un parentesco tan cercano, maldita sea». Symeon tomó la palabra:

—Creemos que puede estar influenciado por ella.

—En peligro no es probable —continuó Yuria—, al menos mientras le sea útil. Tememos por vuestras majestades, como he dicho...

—Disculpad que interrumpa —terció Daradoth—, pero yo creo que si el duque es vuestro hermano, sí que se encuentra en peligro. No sabemos qué consecuencias tienen las habilidades de esa mujer.

—Eso es solo una hipótesis —rebatió Yuria—. Mientras sea útil...

—Debemos prestar gran atención a la sugerencia de lord Daradoth —interrumpió el rey—. Es de todos conocida la gran sapiencia de la alta raza, y su consejo será tenido muy en cuenta —Yuria prefirió no rebatir esta afirmación. En Sermia, los elfos eran una raza reverenciada, y no valía la pena desafiar esa creencia.

Galad alivió la tensión:

—¿Habéis notado algo diferente en vuestro hermano, mi reina?

—Pues, si os he de ser sincera, creo que está incluso más amable que nunca. Diría que ha cambiado para bien. Como comandante en jefe del ejército de Sermia tiene muchas responsabilidades, y eso le pesa.

—Ya veo.

—¿Os puedo preguntar si sabéis qué relación une a Ashira con vuestro hermano? —preguntó Daradoth.

—Que yo sepa, solamente es su huésped.

—Está bien, mis señores —zanjó Symeon—, os dejaremos descansar, solo queríamos poneros sobre aviso de esto. Mañana nos veremos a la hora nona.

—Sí, maese Svadar está avisado, como nos pedisteis.

—Muchísimas gracias, majestad. Redoblad la guardia esta noche y, si tenéis algún sueño extraño esta noche, hacédmelo saber, os lo ruego.

—Así lo haremos.

—Solo una cosa más —añadió Yuria—. No he podido evitar los campamentos al este de la ciudad. ¿Se preparaba el ejército para atacar?

El rey suspiró, cansado a todas luces. Quería acabar con la conversación, pero aun así encontró la presencia de ánimo para contestar:

—La situación en el imperio vestalense es extremadamente convulsa, no menos de lo que lo parece en Esthalia. Las informaciones de nuestros exploradores son que todos los ejércitos en misiones expedicionarias o destinados a las fronteras han vuelto hacia el interior del imperio. Parece que están inmersos también en una especie de guerra civil. No sé si habéis oído del advenimiento hace unos meses del Ra'Akarah y su caída; unos dicen que fue asesinado, otros incapacitado, otros destronado, pero todos parecen coincidir en que lo provocó un grupo de extranjeros. —El grupo disimuló perfectamente su satisfacción—. Ese hecho parece haber desencadenado unos acontecimientos que han enfrentado a los vestalenses entre sí, y a sugerencia de mi cuñado el duque, concentramos aquí un gran número de tropas para recuperar el territorio que una vez fue sermio.

—Gracias por la información, mi señor —dijo Yuria—. Ya sabéis de mis capacidades, así que si puedo seros de utilidad, estoy a vuestra disposición.

Se retiraron a descansar, y al llegar a la puerta de sus aposentos les esperaba un sirviente. Llevaba en la mano un pergamino cerrado y sellado, y se lo dio a Symeon. En el pergamino figuraba el nombre del errante con la ornada letra de Ashira.

Entraron a las habitaciones, donde Symeon abrió el pergamino, informando a los demás de quién era la remitente. Estaba escrita en minorio.


Al amanecer, en el templo de Sirkhas.

                                           A.


—Ashira me invita a reunirme con ella al amanecer —indicó a sus compañeros.

—Tú puedes jugar a lo mismo —dijo Galad—. Envíale un mensaje y cítala al atardecer. Al menos que no tenga el control total. Y así ya tendremos información sobre Svadar cuando te encuentres con ella.

—Sí, así lo haré. Pero la citaré al mediodía.

Symeon utilizó el mismo pergamino para escribir su mensaje. Lo envió a la mansión de Datarian con uno de los sirvientes.


La mañana siguiente, tras desayunar, se dirigieron hacia la sala de audiencias. Symeon tomó asiento en la mesa, y el resto permaneció apartado, en un lugar apartado de la vista. Poco después llegaban los reyes, que también se sentaron a la mesa. Poco después, un mayordomo anunciaba a maese Svadar. El Gran Bibliotecario pasó y saludó diplomáticamente a los monarcas. Se sorprendió al ver a Symeon allí. El errante tomó la palabra:

—Disculpadme, Svadar, esto ha sido un favor que he pedido a sus majestades. Quería reunirme con vos a solas.

—Entiendo. Ya me había informado Nerémaras de vuestra solicitud, no veo la necesidad de convocarme así, pero ya que estamos aquí, decidme.

—Ayer os vi con esa mujer, Ashira. Necesito que me digáis lo que sepáis de ella. Comprenderéis más adelante por qué os lo pregunto.

Svadar miró a los reyes, que confirmaron la petición de Symeon sin ningún género de duda.

—De acuerdo. Ashira es una rica comerciante de la Confederación, protegida y socia de comercio del duque Datarian. Nos ha impresionado a todos con sus conocimientos, que son descomunales.

—Lo sé. La conozco muy bien. Es mi esposa.

Los reyes rebulleron en su asiento. Svadar también.

—No lo sabía —acertó a decir el gran bibliotecario.

—Normal. Solo quiero saber si realmente la vais a nombrar maestra del saber.

—Bueno, en realidad eso corresponde al consejo de los sapientes, a mí simplemente me han pedido el favor de oficiar la ceremonia.

—¿Os habéis fijado en cómo está influyendo Ashira en su entorno? ¿En todos vosotros? Incluso hay sapientes que han sacado libros para ella, por todas las estrellas del cielo.

—Creo que vos hicisteis lo mismo por Daradoth...

—La cuestión es que esa mujer pertenece a las filas de la sombra —le cortó Symeon—. Y quiere ser nombrada sapiente para conseguir acceso a las partes restringidas de la Biblioteca. ¡Quiera Ninaith que no lo consiga, pues no sé de qué maldades sería capaz entonces!

—¿Pero no creéis que vos mismo, como maestro del saber, deberíais hablar directamente con el consejo? Yo en esto soy un mero espectador, por más que vuestra advertencia me cause inquietud...

—Sí, pero quería ver hasta qué punto estabais vos influenciado por su presencia. Tal vez os haya hecho preguntas veladas sobre alguna sección concreta.

—La verdad es que hemos hablado muchísimo, sobre muchos temas, y sobre artefactos tiene un vastísimo conocimiento arcano.

—Sí, ella es una buscadora, como yo. Una errante.

—¿Errante? Es una comerciante de la Confederación.

—Pero errante. Solo quiero que estéis avisado y tengáis cuidado con ella. ¿Qué tendríamos que hacer para evitar su nombramiento?

—Tendréis que convencer al consejo. Recordad que vos mismo fuisteis nombrado sapiente simplemente con tener la opinión favorable de uno de ellos. Imaginad con todo el consejo... creo que es una misión imposible.

—Muy bien. Quería poneros sobre aviso. Intentad no contestar a sus preguntas ni darle pistas sobre información oculta, os lo ruego.

—Está bien, haré como decís. Ahora, si me disculpáis, volveré a mis quehaceres.


lunes, 3 de julio de 2023

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 5

La Revelación de Nerémaras. La Valida de Ilaith.

El Arpa de Plata era una posada realmente lujosa, lo que en Doedia, una ciudad rica de por sí, la situaba entre las más suntuosas del continente. La estancia era cara, pero el cofre de joyas que llevaban en el Empíreo estaba precisamente para estas ocasiones. La pequeña multitud que componía el grupo y sus acompañantes era un negocio demasiado jugoso para que maese Hanil, el dueño, lo dejara pasar, así que tomó las disposiciones necesarias para que todos ellos tuvieran varias de las mejores habitaciones del edificio. La presencia de varios elfos y elfas entre ellos también facilitaba en gran medida la deferencia de los habitantes locales.

El edificio donde se alojaron parecía un pequeño castillo con multitud de salas y una enorme sala comunal donde un par de juglares amenizaban la velada. Como ya sabían, los juglares y bardos eran las personas más respetadas en Sermia, y distaban mucho de ser los artistas callejeros que podían verse en otros países. En consonancia con ello estaba su arte, pues sus voces, sus canciones y composiciones aceleraban el corazón o excitaban la imaginación a su voluntad.

Se sentaron a cenar, una comida excelente, y pronto se retiraron a sus habitaciones, pues los elfos atraían demasiadas miradas y preguntas de los presentes, y el estado anímico de Symeon no era el mejor en ese momento.

Antes de dormir, Galad aprovechó, como ya había hecho en menor medida durante las jornadas de viaje,  para conversar tranquilamente con su padre y repasar la situación en Ercestria. Garedh seguía siendo un ateo recalcitrante, y se negaba a atenerse a razones a pesar de las demostraciones de su hijo, que prefirió dejar ese tema para más adelante.

El día siguiente disfrutaron de un excelente desayuno.

—Quiero partir hacia la Confederación lo antes posible para informar a lady Ilaith de todo, aquí me siento un poco fuera de lugar —dijo Yuria en un momento dado.

—Sí, te comprendo, yo siento algo parecido —contestó Galad, saboreando un untuoso panecillo. A su mente acudieron Eudorya y Églaras—, y deseo acompañarte. Pero si puedo sugerirlo, creo que es mejor que esperemos un par de días a ver que todo está bien aquí y Symeon no corre peligro.

—Está bien, sí —aceptó la ercestre.

Tras desayunar, salieron hacia la Biblioteca. Atravesaron la ciudad, que no estaba completamente amurallada, y tomaron el camino del norte para llegar a la colina de la multitud de escalinatas.

La Gran Biblioteca de Doedia

—Debemos encontrarnos con Svadar, el Gran Bibliotecario —dijo Symeon—. Y si no es posible, con Nerémaras, uno de los más altos cargos en el complejo. Ellos nos podrán ayudar a encontrar la información que necesitamos —ante estas palabras, Galad hizo ademán de palpar la redoma donde se encontraba el alma de Ecthërienn, pero recordó que se había quedado con Somara en Dársuma. «Espero que esté a salvo hasta que volvamos»—. Tal vez deba contarles nuestro motivo para haber venido.

—Preferiría que no lo hicieras —dijo Yuria.

—Seré precavido, pero no creo que sea buena idea ocultarles información.

 Ascendieron la colina por la enorme escalinata principal, a la que rodeaban unas cuantas fuentes y multitud de estatuas y pórticos, y que conectaban con varias explanadas, plazas y jardines.

—Me sigue sorprendiendo la belleza de este lugar —dijo Galad.

—La Biblioteca existe desde hace más de dos mil años —contestó Symeon—. Dos mil años de historia. Construcción tras construcción y reconstrucción. Es magnífico.

Por fin, algo faltos de aliento, llegaron a la explanada principal, que daba acceso a varios edificios del complejo. Una pequeña multitud de gente se aprestaba a realizar sus tareas, fueran cuales fuesen. A su derecha podían ver los eclécticos templos dedicados a los grandes héroes, bardos y cronistas de antaño. A la izquierda quedaba el enorme edificio dedicado exclusivamente a la preservación y ampliación de la obra cumbre de la literatura sermia: El Ciclo de las Eras; pretendía ser una completa historia del mundo desde los albores hasta la actualidad (en ese momento, constaba de unos mil doscientos volúmenes), y para ello, trabajaban en él varios centenares de escribas, eruditos y cronistas. De hecho, estos tenían vía libre para abordar a cualquier visitante del complejo de la Biblioteca e interrogarle acerca de la situación en otros lugares de Aredia. El trabajo en El Ciclo de las Eras era importantísimo para los sermios, y todos los visitantes estaban obligados tácitamente a atender a los cronistas del Ciclo por el tiempo que fuera necesario.

—De hecho —dijo Symeon—, una de las pruebas para que un juglar pueda convertirse en bardo en Sermia es que pueda recitar de memoria al menos un centenar de volúmenes del Ciclo.

—Qué barbaridad —exclamó Galad.

—Y qué buena memoria —añadió Yuria.

En ese momento, Daradoth se detuvo.

—Siento algo extraño —dijo—. No sé deciros qué; es parecido a lo que siento al estar en Rheynald, pero de otro modo. No sé, no sé si es peligroso.

El resto también se detuvo y se concentró durante unos instantes.

—Sí, es verdad —dijo Galad—. Es como... como un hormigueo.

—Yo también lo siento —dijo Symeon.

—Y yo —anunció Yuria, para sorpresa de todos, pues llevaba el talismán al cuello.

—¿Estás segura? —preguntó Galad—. Eso sí que es extraño.

—En Rheynald es como una comezón —siguió Daradoth—. Aquí sí... efectivamente es un leve hormigueo.

—¿Qué hacemos entonces? —preguntó Yuria.

—La verdad es que es bastante leve, es posible que por la experiencia con la Vicisitud seamos más sensibles a ciertas cosas. 

—Sí, quizá esté sucediendo algo, o vaya a suceder —sugirió Galad.

—Especulemos en otro momento, debemos avanzar —instó Symeon.

El sol comenzaba a despuntar sobre las colinas circundantes. Atravesaron los grandiosos jardines y dejaron atrás la extraordinaria fuente central para dirigirse hacia uno de los edificios anexos a la Biblioteca. Esta se extendía hacia la parte norte de la colina y era difícilmente apreciable en todo su volumen. El edificio al que se dirigían, una especie de ala occidental de la Biblioteca, era blanco prístino, como todo el resto, construido en roca caliza y mármol exquisito. Más allá se alzaban unos barracones de la compañía de la Guardia Real destinada a preservar la seguridad del complejo. De hecho, pasaron ante varios de los guardias de capas doradas y largas lanzas para poder acceder al pórtico de su destino. Tras subir media docena de escalones, se encontraron con un par de bibliotecarios que controlaban el acceso. Se encontraban de pie, escribiendo sobre un atril alto. El vello de la nuca de Galad se erizó; notaba una especie de... vibración. «Hay algo poderoso activo aquí», pensó.

Symeon sujetó ambos extremo de su capa con su broche de Maestro del Saber, asegurándose de que estuviera bien visible. Los bibliotecarios lo vieron enseguida. Dijeron algo en sermio, pero Symeon les contestó en estigio, y no tuvieron problema en cambiar de idioma.

—¿Qué se os ofrece, mi señor? —dijo uno de ellos.

—Deseo ver al maestro Nerémaras.

—Disculpadme, mi señor, pero debéis de ser nuevo en las filas de los sapientes, ¿seríais tan amable de decirme a quién debo anunciar?

—Por supuesto. He estado fuera mucho tiempo. Mi nombre es Symeon Symavrosláv. Me acompañan Galad Talos, Yuria Meristhenos y Daradoth Ithaulgir.

Los bibliotecarios se inclinaron al reconocer a Daradoth como elfo. Hablaron entre ellos, llamaron a un tercer bibliotecario que corrió al interior del edificio, y poco después volvió.

—El maestro Nerémaras os puede recibir ahora, mi señor —anunció el bibliotecario que había hablado en primer lugar—. Si sois tan amables de acompañarme, por favor —los invitó a seguirlo, y se apresuraron tras él. 

Antes de entrar, los guardias reales les pidieron sus armas, y nadie se opuso a dejarlas.

El edificio era tan hermoso por dentro como por fuera, con multitud de tapices y estatuas por todos lados.

—Daradoth —susurró Symeon—, cuando veamos a Nerémaras, haznos un gesto con el índice si detectas sombra en él como en Ashira, por favor.

—Por supuesto —contestó el elfo.

—Pediré la ayuda de Emmán para detectar cualquier ente hostil —dijo en voz baja Galad, que se concentró y susurró una pequeña plegaria al ver a Nerémaras saliendo a su encuentro, esperando que su dios le iluminara ante la presencia de cualquier enemigo.

El pasillo se oscureció de repente, y la luz volvió con más intensidad, cegadora. Les aturdió. En cuestión de segundos, sonido de botas retumbó en el pasillo y eran rodeados por varios guardias.

—¿Habéis esgrimido el poder? —preguntó uno de ellos, suspicaz.

—He sido yo —reconoció Galad, entornando los ojos para recuperarse de la ceguera temporal—. Lo lamento mucho.

—Solo estaba entonando una plegaria a Emmán, es uno de sus paladines —aclaró Symeon.

—¿Sois un paladín de Emmán? Es raro ver un paladín sin su túnica.

—Sí, solo hemos venido a hacer una visita rápida, no pude ataviarme con ella.

—Está bien, solo recordad que el complejo está protegido y debéis avisar cuando queráis... 

—Tranquilos, ya se han dado por enterados —era Nerémaras, que se había acercado a ellos, sonriendo—. Qué alegría veros de nuevo, Symeon. Y al resto. Pero pasad, pasad, ardo en deseos de que me informéis sobre vuestro viaje.

El maestro bibliotecario los condujo hasta su despacho. Symeon y Daradoth se miraron, y el elfo hizo un leve gesto de negación con la cabeza. «Bueno, menos mal, una cosa menos de la que preocuparnos», pensó el errante, que procedió a presentar a todos sus compañeros.

—Hemos estado varios meses ausentes, ha sido un viaje bastante largo —empezó Symeon—. Y han pasado muchas cosas. Algunas peligrosas. Algunas extraordinarias.

—Sí, ya lo había supuesto, pues os veo muy cambiado, y no solo a vos —miró a Daradoth.

Lentamente, Symeon quitó la tela con la que llevaba envuelto su cayado, evitando que llamara la atención. Al ver la madera viva, Nerémaras arqueó las cejas.

—Extraordinario. ¿Es madera de...? —lo tocó levemente.

—De Aglannävyr, sí. Fue un regalo del propio árbol, en los Santuarios de Essel.

—Increíble.

—Sí. Los dioses nos llevaron hasta allí dándonos la ayuda de la Luz, y nos permitieron encontrar el Orbe de Curassil. Una poderosa herramienta para la lucha contra los invasores de Sombra que quieren destruir nuestra forma de vida.

—Impresionante.

—El caso es que para poder utilizar el Orbe necesitamos información sobre un ritual muy específico, un ritual que permita restaurar un alma separada de su cuerpo en un cuerpo nuevo.

—Nunca he oído hablar de tal cosa —se notaba que Nerémaras estaba prácticamente aturdido por las revelaciones de Symeon.

—Parece ser que los antiguos elfos eran capaces de hacerlo, y queremos intentar encontrar ese conocimiento en la Biblioteca. Quizás el Gran Bibliotecario Svadar nos podría ayudar en el empeño. Como ya os hemos dicho, muchas cosas dependen de ello. Incluso demonios y muertos vivientes han llegado a Aredia, y debemos evitar que puedan prosperar. Debemos erradicarlos.

—¿Demonios? ¿Muertos vivientes? Desde luego, esperaba que me trajerais noticias de vuestro viaje, pero esto supera todas mis expectativas.

—Y es una información que me gustaría mantener en privado por el momento —advirtió Symeon—. A ser posible, compartirla solo con maese Svadar. Y preferiblemente, de forma muy urgente; hay demasiados enemigos en todas partes. Es solo cuestión de tiempo que lleguen aquí si no actuamos.

Nerémaras permaneció dubitativo unos segundos.

—Bueno —dijo—, ya sabéis que el Gran Bibliotecario os tiene en gran estima, incluso ofició personalmente vuestra ceremonia de sapiencia, pero creo que va a ser imposible que os reciba hoy, pues se encuentra en la corte para un encuentro con sus majestades los reyes. Tendrá que ser mañana seguramente.

—Está bien —aceptó Symeon—. Es importante que sea lo antes posible. 

—Por supuesto. Mandaré en vuestra busca en cuanto sepa algo.

Agradecieron a Nerémaras su atención y se giraron para marcharse, pero en ese momento el maestro bibliotecario pareció recordar algo.

—Una cosa que quería comentaros, Symeon.

—Claro, decidme.

—¿Os suena de algo una tal... Ashira? —el corazón de Symeon dio un vuelco.

—Sí. Por fortuna o por desgracia, sí.

—Es una errante como vos. ¿Me equivoco?

—No, estáis en lo cierto. Es una errante, sí.

—Ya me parecía a mí —sonrió levemente, como regocijándose por un logro privado—. No es una comerciante oriunda de la Confederación, estaba seguro. Sentaos de nuevo, por favor —esperó a que el grupo tomara asiento de nuevo—. Lo que os voy a decir es por confianza plena que os tengo a vos y a vuestros compañeros, Symeon. Os tengo por una persona de gran confianza, y por todo lo que me habéis dicho creo que no hay otra persona en la que pueda confiar más.

El grupo se miró. ¿Los nudos en la Vicisitud actuaban de nuevo? Posiblemente.

—Aunque —continuó Nerémaras— no puedo desvelar algo que me preocupa tanto sin tener antes un poco más de información. ¿Qué sabéis de Ashira? ¿Cuál es vuestro vínculo?

Symeon frunció los labios. Su corazón se aceleró y sintió una leve náusea.

—Es mi esposa.

—¿Cómo? —Nerémaras no pudo evitar que la sorpresa se reflejara en su rostro—. ¿Vuestra... vuestra esposa?

—Sí —contestó Symeon gravemente—. Fuimos matrimonio varios años, pero hace mucho tiempo que se marchó y no he sabido nada de ella hasta ahora.

—Vaya, lo siento —se compadeció el bibliotecario cuando vio que los ojos de Symeon se tornaban vidriosos con el recuerdo.

—Oficialmente somos matrimonio aún, pero en la práctica no. Y por desgracia, ha cambiado. Supongo que estaréis enterado del genocidio del Pueblo Errante en tierras vestalenses que sucedió hace unos diez o doce años.

—Sí, un suceso terrible, registrado pertinentemente en El Ciclo de las Eras.

—Ashira y yo fuimos los causantes.

Nerémaras no acertó a contestar, tal fue su sorpresa. Pero el dolor en el rostro de Symeon era tan evidente, que descartó cualquier reacción que no fuera la compasión. Galad puso una mano en el hombro de su amigo.

—Lo siento... lo siento de verdad —dijo el bibliotecario en voz baja.

—Gracias. Estoy cumpliendo mi castigo por ello, aparte de mi penitencia interior. En fin, os preguntaréis qué causó tal genocidio. Claro. Ashira y yo robamos la copia del Libro de Aringill de los Santuarios de Creä, y cuando la guardia vino a reclamarlo, ella desapareció con él, abandonándome a mí y a su pueblo, y dejándonos a merced de la venganza de los vestalenses —Symeon no pudo reprimir una lágrima, que resbaló por su mejilla.

—¿Y puedo preguntar por qué hicisteis tal cosa?

—¿Robar el libro? Mi intención, como todo en aquel momento, era averiguar algo que nos permitiera encontrar el Camino de Vuelta. Ya sabéis, nuestro...

—Sí, por supuesto.

—Bien. Creo que las intenciones de Ashira no eran tan... elevadas. Se divertía con los robos. Quería riquezas. Y sospecho que también poder. Y no supe nada más de ella hasta ayer, cuando la vimos en la lejanía acompañada de dos sapientes. No confiéis en ella, ha cambiado y tiene algo que la hace peligrosa.

—Ya veo. Muchas gracias por vuestra sinceridad —agradeció Nerémaras—, estas revelaciones son realmente estremecedoras. Por supuesto, os corresponderé explicándoos todo, pero dejad que me recomponga, pues no creía que ibais a decirme todo esto.

Nerémaras sirvió unas bebidas en sendas copas, y las ofreció a todos. Tras unos sorbos, continuó:

—Bien. Dejadme deciros que relacioné a Ashira con vos debido a algunas sospechas sobre sus rasgos físicos y un ligerísimo acento remanente en el habla. Además, en un descuido pude ver un pequeño fragmento de un tatuaje en su brazo que parecía representar un laberinto, como los vuestros; ponía mucho cuidado en no mostrarlos, lo que me extrañó. En realidad ella llegó a Doedia afirmando ser una rica comerciante de la Confederación —Symeon afirmó, sorprendido pero silencioso—. De hecho, llegó con un séquito importante de sirvientes y guardias. Aún más sorprendente es que se aloja en casa del duque Datarian. Y, además de todo eso, el hecho que para mí tiene más relevancia es que va a ser nombrada Maestra del Saber en un tiempo récord; está previsto que la ceremonia se oficie pasado mañana.

—¿Y quién la oficiará? —preguntó Symeon, asombrado y empezando a sentirse enojado, pues sospechaba cuál iba a ser la respuesta.

—El propio Gran Bibliotecario, maese Svadar.

—Ya veo —Symeon apretó los dientes—. Y supongo que sabéis que perteneciendo a las filas de los sapientes, podrá llegar a profundidades de la Biblioteca con conocimientos que nos podrían poner en peligro a todos...

—Hace unos minutos no lo habría dicho así, pero sí, claro. Me alegro de que el azar haya puesto esas palabras en mi boca.

«El azar», pensó Yuria dejando escapar una queda risita. «Ojalá solo fuera una cuestión de azar».

—Todo esto significa que Ashira busca algo —continuó Symeon—. Y ahora sí que es urgente que podamos encontrarnos con Svadar cuanto antes.

—Pues, como ya os he dicho, Svadar se encuentra en palacio en visita a sus majestades, y según tengo entendido también se encuentra allí el duque Datarian junto con su huésped, Ashira.

Symeon resopló. El grupo intercambió miradas, rebullendo en sus asientos.

—Qué casualidad —soltó Yuria, irónica.

—Por supuesto —siguió Nerémaras ignorando el comentario—, a mí todo me ha parecido muy irregular. La mayoría de los sapientes han accedido a ascender a Ashira en un tiempo demasiado corto, algo nada normal. E incluso están contraviniendo las normas de facto de la Biblioteca, pues algunos están sacando libros del complejo para el uso personal de ella.

»Realmente es una mujer muy culta, y su conocimiento sobre los artefactos y la historia oculta es apabullante. Eso debe de haber obnubilado a los sapientes. No sé deciros más, pues yo no he intercambiado palabras apenas con ella.

—¿Y Svadar? ¿Ha hablado con ella? —inquirió Symeon.

—Sí, Svadar ha mantenido varias conversaciones.

—Ya habrá caído bajo su influjo —murmuró Daradoth en cántico.

Discutieron durante unos minutos más, y finalmente Symeon sugirió:

—Nerémaras, ¿qué os parece si acudimos a palacio con la excusa de que nos habéis confiado un mensaje importante para maese Svadar? ¿Creéis que nos dejarían encontrarnos con él?

El maestro bibliotecario meditó unos segundos.

—Bueno, sois uno de los sapientes, os acompañaría un elfo y un paladín... a mi parecer, sí. Además, podría destinar dos guardias reales para escoltaros.

—Perfecto, pues haremos eso entonces.

—Mantenedme informado, por favor.

—Desde luego —aseguró Symeon—. Y otra cosa, ¿creéis que los escribas de la entrada podrían borrar mi nombre del libro de registro?

—Por supuesto, lo ordenaré ahora mismo.

Cuando el grupo ya se encontraba en la explanada exterior, mientras caminaban, Yuria sugirió:

—Creo que será mejor acudir a palacio pero poniendo como excusa que traemos un mensaje de lady Ilaith. Así podríamos entrar todos en palacio.

—Sí, no es mala idea.

Tras discutir durante un rato la conveniencia de acudir a palacio ese mismo día o el día siguiente, finalmente decidieron ir hacia allá lo antes posible. No podían arriesgarse a que Ashira pudiera pasar un día entero influyendo o corrompiendo a los monarcas. Como delegación enviada por Ilaith, tendrían que hacer una entrada apropiada. Así que, tras un breve paso por la posada, se dirigieron bajo la lluvia hacia el Empíreo. Un par de horas después se encontraban con el capitán Suras y los tripulantes, y les explicaron todo. Los marinos desplegaron el espléndido estandarte de lady Ilaith con el símbolo de su casa, una "M" de plata estilizada sobre fondo azul marino, y levantaron el vuelo.

Pocos minutos después, ante el asombro y maravilla de la multitud presente en la ciudad, el Empíreo sobrevoló la parte norte dirigiéndose hacia el palacio real. Se aseguraron de llamar la atención haciendo sonar a todo pulmón los cuatro cuernos que llevaban a bordo. El estruendo que provocaba el gentío era audible incluso a bordo del dirigible.

Finalmente, quedaron flotando sobre el patio principal del complejo palaciego.

—¡Ah del palacio! —bramó Yuria con soltura en idioma demhano—. ¡Pedimos a su majestad Menarvil I permiso para aterrizar como enviados de lady Ilaith Meral, canciller de la Confederación de Príncipes Comerciantes!

Al cabo de unos minutos, un oficial de la guardia les hacía señas para que aterrizaran. Y así lo hicieron.

—Vaya —dijo en voz queda Yuria a sus compañeros—. La última vez que estuvimos aquí se veía un buen puñado de caballeros esthalios, y ahora no veo ni uno.

—Es cierto —abundó Galad—. Esperemos que sea simplemente por efecto de la situación en su país.

Antes de echar el ancla, Yuria entró rápidamente en su camarote para abrir un pequeño cofre en un rincón secreto y sacar la acreditación que Ilaith le había proporcionado como su representante. Symeon se puso la diadema élfica y esgrimió su bastón de madera viva. Daradoth se aseguró de que la empuñadura de Sannarialáth fuera visible, y Galad vistió sus impresionantes atavíos de paladín. Una vez en tierra, fueron recibidos por el senescal Aereth, al que ya conocían de la anterior ocasión en la que habían estado en Doedia. El mayordomo se mostró amable y solícito, así como la nutrida comitiva que lo acompañaba. Desde todos los puntos visibles había personas que observaban la escena.

—Traemos un mensaje de Ilaith que debemos tratar inmediatamente con sus majestades.

Yuria no perdió el tiempo: sacó de su estilizado gabán ercestre el pergamino con el sello de la canciller. Aereth ni siquiera hizo amago de agarrarlo; no tuvo más que posar la mirada sobre él para comprender la situación. Aunque gritó en Sermio y el grupo no lo entendió, su tono y expresión no dejaba lugar a dudas sobre el contenido:

—¡Abrid paso! ¡Abrid paso a la insigne valida de T... —dudó un momento, pues estuvo a punto de decir "Tarkal"—, la cancillería comerciante!

Fueron conducidos por el senescal y un grupo de guardias hacia el interior del palacio. Durante la marcha, Galad pudo ver dos caballeros Argion de Esthalia entre la multitud reunida. Se lo hizo notar a Yuria. «Bueno, menos mal, parece que los vínculos no se han roto del todo», pensó la ercestre.

El palacio era barroco y suntuoso, como ya habían comprobado en su anterior visita, con multitud de estatuas heroicas y tapices representando momentos míticos. Cada pocos pasos, los heraldos anunciaban su presencia:

—¡Dejad paso! ¡Dejad paso a la valida de lady Ilaith!

Llegaron al pie de la magnífica escalinata que daba acceso al nivel de la sala del trono. Levantaron la vista, y Symeon sintió un escalofrío en la columna.

Desde lo alto de la escalinata, iniciaba el descenso otro grupo, con cara de pocos amigos. Lo encabezaba el duque Datarian, el gran bibliotecario Svadar y una hermosísima mujer pelirroja, que se detuvo al verlos. «Me ha reconocido por fin», pensó Symeon, intentando sobreponerse a la oleada de caóticas emociones. Todos ellos mostraban un gesto adusto; sin duda, les había contrariado que los recién llegados interrumpieran lo que fuera que habían venido a hacer allí. No obstante, al ver al grupo, lo variopinto de sus miembros y sus impresionantes pertrechos, sus rostros tornaron en un gesto de sorpresa y estupefacción.

Los dos grupos se cruzaron más o menos a mitad de la ascensión; Symeon pudo advertir cómo Ashira dirigía miradas confusas hacia Daradoth, hacia Galad, y hacia su diadema y su bastón. Olía a jazmín, y seguía tan bella como siempre. Quizá más.