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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

lunes, 28 de noviembre de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 32

Viaje a Eryn'Mauthrän

—Según mis cálculos, el viaje nos llevará cuatro jornadas si no hay imprevistos —dijo Yuria.

—Quiera Emmán que no los haya —se santiguó Galad.

Y así, dejaron atrás las islas Ganrith y se adentraron en el mar. Poco antes del final de la primera jornada, Daradoth pudo avistar el descomunal monte Erentárna, sobre el que se alzaba la fortaleza de Nímbalos, la capital de la Corona del Erentárna.

Por la noche, Symeon amenizó la velada con canciones e historias para subir la moral, con mucho éxito. Cuando acabó, Ethëilë le tomó el relevo entonando varias baladas élficas. El impacto de la voz y la belleza de la etérea doncella élfica fue mayúsculo y muy profundo en la audiencia, que la escuchó conmovida. "Nassaröth bendito, nunca la había oído cantar, ¡qué sublime gozo!", pensó Daradoth, más enamorado de ella que nunca.

El clima primaveral permitió que la segunda jornada de viaje transcurriera sin incidentes hasta que llegaron a ver a lo lejos las primeras islas que custodiaban los accesos a Doranna. Yuria decidió que a partir de entonces viajarían a la máxima cota posible, aunque eso redujera su velocidad de viaje.

Por la tarde, Daradoth consiguió hacer un aparte con Ilwenn, la (ex)hermana del Llanto que, según Ethëilë, era capaz de tener visiones sobre el destino de las personas.

—Saludos, hermana —dijo el elfo—. Como ya sabéis, no soy amigo de andarme con rodeos, así que lo expondré sin más: ha llegado a mis oídos vuestra habilidad, y me gustaría conocer más sobre ella.

—¿Y qué sabéis de mi... habilidad, exactamente? —respondió ella, incómoda.

—Sé que tenéis el don de percibir imágenes sobre el destino de la gente.

Tras unos segundos de silencio, mirando muy fijamente a Daradoth, Ilwenn continuó:

—No sé si llamarlo don o maldición, mi señor, pero sí, así es.

—¿Lo podéis ver a voluntad?

—Me temo que no.

—¿Y habéis visto algo de alguien a bordo de esta nave que nos pueda ser útil en nuestra misión?

—Creo que no, pero aunque lo hubiera visto, no sé si os lo diría, pues... cuando revelo lo que percibo, parece que las cosas se tuercen, y todo sale como no debería.

—Está bien, pero si en algún momento veis algo preocupante o que relacione a alguno con la sombra, os rogaría que me avisarais.

—De acuerdo, así lo haré.

Pocos minutos después, Daradoth pudo ver cómo Ilwenn y Arëlen discutían en voz baja acaloradamente, alejadas en el castillo de popa. Prefirió no intervenir.

Caída la noche, la tripulación pidió de nuevo las actuaciones divertidas de Symeon y emocionantes de Ethëilë, y por supuesto les fueron concedidas sus peticiones. Esas veladas estaban siendo un bálsamo para la actitud y la moral de todos.

La tercera jornada también estuvo marcada por la ausencia de nubes y la necesidad de viajar a muy alta cota. Yuria y Suras intentaron mantener el ritmo de marcha, pero fue imposible.

El cuarto día llegaron a la costa, y atravesaron las llanuras del reino de Hennerël. 

—Hace unos días que quiero advertiros de algo en lo referente a los hidkas —dijo Eraitan al grupo en un momento dado—. Aparte de su aspecto visible, que ya impacta de por sí, con los poquísimos que conocí en los tiempos antiguos, sé que su comportamiento puede ser extraño, e incluso hostil. Hay que tener mucho tacto con ellos.

—Pero... ¿no es posible que os reconozcan a vos y os respeten por quien sois? —preguntó Daradoth.

—No lo creo. Los pocos hidkas que alguna vez salieron de Doranna, no han vuelto vivos.

—¿Algún consejo? —preguntó Galad.

—Sed amables y tened todo el tacto y educación del mundo. Los hidkas son criaturas de Luz, y debemos confiar en que vean que nosotros también lo somos.

Con gran esfuerzo por su parte, Yuria consiguió que el viaje no se retrasara demasiado debido a la navegación a gran altura. Poco después del mediodía divisaban la sobrecogedora imagen de la cordillera Matram. Los montes Matram limitaban Doranna por el norte y constituían una barrera impenetrable, con multitud de picos de entre once y doce mil metros de altura. A medida que se acercaban, el vértigo de lo enorme se apoderó de algunos de ellos, antes de que se acostumbraran a su presencia. Al atardecer, decidieron que pasarían esa noche en tierra por fin, aprovechando el abrigo de las primeras estribaciones de la cordillera.

Symeon entró al mundo onírico y viajó para intentar divisar el lugar donde en teoría se alzaba Eryn'Mauthrän, la ciudad hidka. Tras un tiempo indeterminado de viaje sin pausa, durante el que percibió la presencia de varios centauros en el terreno, por fin divisó lo que debía de ser la ciudad en el mundo de vigilia. A lo largo de una estribación avistó una gran ciudad con edificios muy modernos, fortificados, casi inexpugnables, que brillaban con un halo casi dorado, y que despedían un calor reconfortante. Varias figuras empezaron a materializarse no muy lejos de él, así que decidió salir al mundo de vigilia. Ya despierto, confirmó a sus compañeros que la localización que habían calculado era correcta.

El día siguiente remontaron vuelo de nuevo y se dirigieron al noreste, hacia donde Symeon había confirmado que se encontraba la ciudad. Desde lo alto, descubrieron una calzada, o más bien un simple camino, que se dirigía en la dirección que les interesaba. Lo siguieron en su trazada aérea, que realizaban a una altura cada vez más baja para aprovechar la cobertura de los bosques y colinas.

Finalmente, decidieron descender cerca del camino en un punto que debía de encontrarse a unos diez kilómetros de la ciudad. Desde donde se encontraban no habían visto ningún edificio enorme como los que había descrito Symeon en el mundo onírico, así que optaron por la prudencia y dejar el Empíreo a resguardo. Así lo hicieron, con el grupo haciéndose acompañar de Eraitan, Arakariann, Ethëilë, Darion, Garâkh y Avriênne, ante el regocijo de estos últimos. A sugerencia del príncipe élfico, tanto el Orbe de Curassil como la redoma que albergaba el alma de Ecthërienn se quedaron en el dirigible, para evitar al máximo llevar sombra con ellos.

—Tranquilos, estarán a buen resguardo —les aseguró Taheem—. Vosotros tened mucho cuidado.

—Si en dos días no sabéis nada de nosotros —dijo Yuria a Suras—, intentad salir de Doranna y llevar a todos de vuelta con lady Ilaith.

Tras una breve marcha por prados y campos poco accidentados, llegaron al camino que habían localizado desde las alturas. Solo hizo falta que recorrieran unos pocos metros para que Symeon y Galad se dieran cuenta de algo. El paladín se agachó junto a unas marcas.

—Mirad esto —dijo, llamando la atención del resto—; son huellas de cascos de caballos. No tendrán ni dos semanas. Y van en ambos sentidos.

—Y estas —señaló Symeon otras marcas menos visibles— son de carromato, aunque sí que parecen más antiguas. Pero aun así no lo serán mucho, porque la nieve y el agua las habrían borrado ya.

—¿Cuáles son las más recientes? —preguntó Yuria.

—Yo diría que las de los cascos de caballos que van hacia el sur, al contrario que nosotros —contestó Galad.

—Sí, yo también lo creo —corroboró Symeon.

Yuria se encogió de hombros, y después de elucubrar algunas posibilidades sobre por qué hacía tan poco había pasado una comitiva de caballos por un camino tan poco cuidado, continuaron la marcha por el camino, siempre ascendiendo.

Al cabo de un rato, comenzaron a oír los sonidos de animales: vacas, perros y ovejas. Tras rodear una elevación, vieron que el camino ascendía suavemente hacia un conjunto de cerros y colinas donde se levantaban lo que parecían varias aldeas, muy juntas unas de otras. Lo primero que les llamó la atencion fue la peculiar arquitectura de las construcciones. "Desde luego, no parecen erigidas por manos humanas", pensó Yuria. Y así era. Algunos de los edificios (aparentemente, en su mayoría simples casas familiares) parecían haber sido hechos brotar de las rocas, mientras que otros eran árboles sobrecrecidos, fusionados y alterados de formas claramente sobrenaturales. Sin embargo, no tenían la apariencia simple que cabría esperar de unos edificios creados de tal modo, sino que todos ellos estaban ricamente adornados, en un estilo que recordaba muy vagamente al de los elfos, pero que en general era totalmente diferente. Arcos, volutas, columnas, columnatas, frisos, bajorrelieves, molduras, acanaladuras... la decoración y la belleza de hasta el último de los edificios era abrumadora. A través del catalejo que le permitía ver los detalles, Yuria contenía el aliento. "Y todo ello sin señales de herramienta alguna... portentoso". La extraordinaria belleza (¿o sería mejor decir "extrañeza"?) en unas construcciones por lo demás humildes, era pasmosa. 

Las granjas (o eso suponían que eran) que se encontraban más cerca que las aldeas mostraban exactamente las mismas características, y los campos de cultivo se veían extraordinariamente cuidados. "Estos cultivos... tomates... frutas... esto no debería crecer a esta altura, y con este clima", pensó Daradoth. 

Sin embargo, no tuvieron tiempo de compartir sus ideas, porque enseguida vieron cómo tres figuras se acercaban hacia ellos por el camino. No iban deprisa. Eran altos, quizá más que la media élfica, una mujer y dos hombres de piel azulada y sin un atisbo de pelo. Al acercarse, algunos de ellos no pudieron sentir un leve escalofrío; los colmillos de aquellos extraños seres estaban recrecidos, más desarrollados de lo habitual, su piel dejaba intuir los capilares, y sus iris, brillantes, eran todos de colores extraños: dorado, violeta y carmesí. Y lo más extraño de todo: lucían todos un tercer ojo en el centro de sus frentes, que por el momento llevaban cerrado. Sus maneras eran pausadas, muy tranquilas, lo que quizá hizo que el grupo se pusiera incluso más nervioso. 

—Alto, forasteros —dijo al fin el primero de ellos, alzando una mano. Su voz no era menos extraña que su aspecto, con un deje polifónico que la hacía extraña y a la vez bellísima. Todos se miraron, extañados; cada uno de ellos había comprendido a la perfección lo que decía el hidka. Todos excepto Yuria, que se detuvo, pero no pudo comprender nada por el momento—. Ya les hemos contestado a vuestros señores que no queremos tener nada que ver en sus asuntos. Marchaos prontamente por donde habéis venido, o arrepentíos —su mano se convirtió en un puño, en contraste con la tranquilidad de su discurso; "parece que estén bajo los efectos de alguna droga", pensó Yuria, que no entendió nada pero que se dio cuenta de la lentitud con la que arrastraban las palabras.

Daradoth intentó hablar, pero ningún sonido salió de sus labios. Al verlo, Galad lo intentó, y esta vez sí que se le escuchó:

—Disculpad nuestra intromisión, pero no venimos de parte de ningún señor.

—Somos enviados de la Luz, y necesitamos vuestra ayuda —intervino Symeon.

Tras unos incómodos segundos de silencio, el hidka que les había hablado abrió de repente su tercer ojo. Algunos en el grupo no pudieron evitar un aspaviento por la sorpresa. A continuación, sometió a todos ellos a un escrutinio intenso.

—Ya hace siglos que pagamos nuestro precio —dijo finalmente.

—Sois nuestra última esperanza de detener a la Sombra que está azotando de nuevo Aredia —ahora sí que se escuchó a Daradoth, que se apresuró a acabar su alocución—. Hace unas jornadas entramos en los Santuarios de Essel y rescatamos el Orbe de Curassil. El arcángel Athnariel parece haber sido contaminado por Sombra, y necesitamos que lo recuperes para la causa de la Luz. —Más silencio; Daradoth decidió apostillar:— La herida que es posible que ya hayáis notado en mi muslo fue causada allí, con una Kothmor.

—No os pedimos intervención personal —añadió Galad, educadísimamente—, solo consejo y ayuda. Sois los únicos con el conocimiento y el poder necesarios. Hemos recorrido innumerables leguas y pasado por las peores pesadillas para finalmente llegar aquí.

Una de las mujeres tomó la palabra, su voz aún más extraña y bella que la del primero:

—¿Por qué es tan importante ese objeto?

—Los insectos malditos, los Erakäunyr, han vuelto y están atacando desde el norte. El Alto Príncipe lord Eraitan, aquí presente, puede dar fe de que lo que digo es cierto —si Daradoth esperaba algún tipo de reacción en los hidkas al revelar la identidad del príncipe, se llevó una decepción—. Él ya se enfrentó a ellos en el pasado, y solo podremos vencerles con el Orbe.

—Si no recuperamos el poder de Athnariel, toda Aredia perecerá —corroboró Eraitan con tono grave—, y con ella, Doranna también.

Acto seguido, a requerimiento de los hidkas, el Empíreo les trajo el Orbe y la redoma discretamente. Poco después se encontraban reunidos en una de las casas de mayor tamaño con una representación de media docena de hidkas. Al frente de ellos, se presentó Cireltar, el herrero que se podría llamar "líder" de la "ciudad". "La verdad es que es increíble que gente tan poderosa y tan por encima de la realidad tenga una vida tan... sencilla... mundana. ¿Herreros, carpinteros, granjeros, panaderos? No es lo que esperaría de seres así. Y ni una sola arma. Me recuerdan demasiado a mi pueblo... ¿y si...?", pensó Symeon, pero decidió dejar sus elucubraciones para más tarde, cuando los seis hidkas que se sentaban frente a ellos abrieron al unísono su tercer ojo para escudriñar el Orbe, que Galad había dejado en el centro de la mesa.

Al cabo de unos segundos, uno de ellos pareció distraerse y desviar su mirada hacia arriba, perdiéndola en el infinito. Tanto, que otros dos hidkas tuvieron que llevárselo fuera de la vista.

Por fin, los miembros del consejo cerraron sus ojos frontales.

—Efectivamente, este Orbe es la manifestación de un arcángel, supongo que, como decís, Athnariel, y está prácticamente consumido por Sombra.

—Como os decíamos —dijo Symeon—, estuvo milenios expuesto a su influencia; los Santuarios de Essel son ahora un bastión de Sombra. Hay cosas horribles allí.

—Entonces... ¿nos pedís que realicemos la Ascensión con él? —inquirió Cireltar.

—Queremos liberarlo de su prisión de Sombra, no sabemos cómo.

Al cabo de unos instantes, extrañamente coordinados, todos los hidkas se pusieron en pie, unos a un lado, otros a otro, y se dirigieron al grupo:

—Acompañadnos, por favor.

Se dirigieron sin prisa hacia el corazón de los asentamientos hidkas, entrando de lleno en su vida social. Los seres azulados eran pocos en número, y la visión de niños era sumamente rara. Aun así, pudieron ver alguno. Se dirigieron hacia lo más parecido a un templo, o quizá una casa comunal, que habían visto en el lugar. Allí reunieron a la totalidad del consejo de la ciudad, y Cireltar dio la palabra a un tal Neraen.

—Es realmente chocante que hayáis acudido a nosotros en tiempos tan comprometidos. En los últimos meses hemos recibido más visitas pidiendo nuestra ayuda que en los diez últimos siglos.

—Pero, como ya os hemos dicho... —empezó Daradoth.

—Sí, Cireltar ya nos ha asegurado que no transmitís palabras de ningún noble dorannio.

—Así es, solo queremos detener a los Erakäunyr, de nuevo a las órdenes de Sombra.

Los hidkas se miraron.

—El problema es —continuó Cireltar, mirando a sus congéneres— que deberíamos llevar a cabo el ritual de Ascensión. No existe, según mis conocimientos, ninguna otra forma de expulsar la Sombra de un ser viviente. Pues como supongo que todos sabréis, el Orbe no es un mero objeto, sino un arcángel. Y el proceso es largo, costoso, y peligroso; seguramente ocasionará que alguno de nosotros dejemos la vida en el intento, y no sabemos si podemos permitirnos algo así.

—Por supuesto —intervino Symeon—, la decisión es vuestra, pero si no conseguimos recuperar a Athnariel, posiblemente cientos de miles de vidas arédicas se perderán.

—¿Hay alguna forma de que podamos ayudar a realizar el ritual? —preguntó Galad.

—Sí, creo que la hay —contestó Neraen—. Contadnos con todo lujo de detalles e, insisto cuando digo con todo lujo de detalles, por qué necesitáis este orbe, cómo lo habéis conseguido, y de qué forma puede su uso cambiar el mundo. Necesitamos que lo hagáis con calma; cualquier nimio pormenor, por superfluo que os pueda parecer, puede ser vital. Y cada uno de vosotros deberá darnos su versión.

Cuando el grupo se mostró totalmente de acuerdo, los hidkas abrieron sus ojos frontales, y aguardaron a escuchar sus historias. Y así lo hicieron, contando todas sus peripecias desde su viaje al Vigía hasta que habían llegado allí. Tanto Galad, como Symeon, Yuria, Daradoth, Eraitan, Faewald (que se había incorporado a la comitiva) y Arakariann narrarían sus experiencias, alegrías, traumas y gestas. Durante una jornada entera se turnaron para comer y dormir mientras relataban toda la historia. Daradoth se mostró especialmente prolijo en su narración. Pero Eraitan, el quinto narrador, no pudo completar su historia, al revivir el trauma de su cautiverio y muerte, y tuvo que salir de la casa en un estallido de furia. 

Poco después, los hidkas cerraban sus terceros ojos.

—Me temo que deberemos reiniciar el proceso en otro momento —dijo Cireltar.

El grupo se retiró a los alojamientos que se les habían asignado, algunos de ellos frustrados, pero comprendiendo la reacción de Eraitan. No en vano, había llegado a morir y habían tenido que usar la Tannagaeth, la extraordinaria flor de resurrección.

En una rápida visita al mundo onírico, Symeon pudo ver que varios hidkas se encontraban presentes en él, en actitud de meditación y perfectamente perfilados y definidos. Al acercarse a alguno de ellos, este abrió su tercer ojo y le preguntó por sus intenciones. "Así que se mueven perfectamente en el mundo onírico. Y seguramente en alguna otra dimensión, si no en todas... interesante".

La mañana siguiente, Eraitan se disculpó por lo que había ocurrido, y todos lo tranquilizaron. Pero insistieron en que debería contarlo para ganar el favor de los hidkas.

Unas horas después procedieron a narrar de nuevo sus historias, y esta vez Eraitan pudo aguantar hasta el final. Y por suerte también Faewald y Arakariann, que también habían pasado por sendas experiencias traumáticas. Esta vez, el proceso se alargó un par de días. En un momento dado, mientras Eraitan contaba su historia con una riqueza extraordinaria, uno de los hidkas cayó sobre la mesa desmayado. Dos de sus congéneres que se encontraban al fondo se acercaron, tranquilizaron al grupo (instándoles a continuar la historia) y se lo llevaron. Aún cayó inconsciente otro de ellos cuando Faewald narraba su historia en último lugar de forma sorprendentemente excelsa, detallando su propio infierno personal y el cambio que se había obrado dentro de él.

Cuando Faewald finalizó y por fin todos los vívidos recuerdos se desvanecieron otra vez en la memoria de los miembros del grupo, los hidkas cerraron sus ojos frontales, y Cireltar anunció:

—Está bien. Lo haremos.


miércoles, 16 de noviembre de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 31

El Cónclave de los Capitanes

—Con nuestro transporte volador, el Empíreo, podríamos traer aquí a los demás capitanes en un plazo breve —aseguró Symeon a la capitana Tirië, mirando a Yuria.

—Sí —confirmó la ercestre—, nosotros nos encargaremos de reunirlos, si os parece bien, mi señora.

—Por supuesto, por supuesto, encargaré los preparativos del cónclave, y yo misma os acompañaré para que no haya ningún problema.

Aunque Eraitan y Faewald expresaron sus reservas acerca de prolongar su estancia en las islas, el grupo permaneció firme en su decisión. En un breve intervalo de tiempo, el Empíreo remontaría el vuelo con la tripulación mínima, cinco marineros y Yuria, con Daradoth y con la capitana Tirië y sus dos oficiales. Darion, Garâkh y Avriênne, los voluntarios del Vigía que les acompañaban en el viaje, expresaron su insatisfacción ante las repetidas veces que el grupo los dejaba atrás, pero Galad no tardó en convencerlos de que era necesario y que, además, volverían a lo sumo en un par de días. Daradoth se despidió tiernamente de Ethëilë y abordó el Empíreo.

Durante la travesía, Daradoth preguntó a la capitana Tirië acerca de las anomalías en la Esencia que provocaban aquellas insólitas explosiones.

—Como supongo que habréis notado —le dijo—, el volcán es una especie de nodo donde la Esencia se arremolina y se potencia. No soy ninguna experta en historia antigua, pero hay muchas habladurías al respecto. Se dice que alguien manipuló ese nodo de Esencia de forma inconsciente y se escapó a su control; muchos estudiosos suponen que pudo ser obra de los elfos antiguos, o incluso de los kaloriones, o quizá de los titanes, que habitaron las islas en tiempos remotos.

—¿Y por qué el volcán es más virulento desde hace unos pocos siglos?

—Creo que nadie podrá responderos a esa pregunta. Supongo que habrá teorías, pero nadie nos ha dado ninguna certeza.

—¿Nadie se ha acercado a la boca del volcán para investigar más de cerca?

Tirië negó con la cabeza.

—Nadie que luego haya vuelto —dijo—. Aparte de lo extenso y escarpado que es, la Esencia provoca en sus alturas un maelstrom sobrenatural que hace imposible alcanzar la boca, ni siquiera las inmediaciones. Supongo que ya notaréis sus efectos...

Efectivamente, desde hacía unos minutos, el dirigible daba sacudidas y bandazos que forzaban a la tripulación a sujetarse de las jarcias; algunos de ellos se encontraban ya mareados. Daradoth miró a popa; el rostro de Yuria estaba tenso y perlado de gotas de sudor. "Parece que la travesía va a ser más complicada de lo previsto", pensó. Allá arriba, las nubes

Así fue, Yuria tuvo que mantener una ruta elíptica alrededor del volcán, evitando que las corrientes los llevaran hacia el interior, lo que la tuvo en tensión toda la travesía e hizo que sus músculos se quejaran de dolor.

—Lo sorprendente —continuó la conversación Daradoth— es esa presencia continua de sombra que detecto desde que llegué a la isla...

—En eso no puedo ayudaros, entre nosotros no hay nadie capaz de sentir la sombra de esa manera. Había oído hablar de gente con esa capacidad, pero nunca había conocido ninguno, es en verdad extraordinaria. ¿Puedo preguntaros qué sentís?

—Bueno... es como una comezón en la espalda, a veces en el cuello... no sabría definirlo muy bien, pero sé que está ahí.

Tirië se encogió de hombros, sin saber qué más decir.

En rápida sucesión visitaron las otras tres murallas de los airunndälyr. Las fortalezas se hallaban en un cuadrado perfecto alrededor del volcán, cada una en un punto cardinal opuesto. Los mensajes que había enviado Tirië con los pájaros apenas habían preparado al resto de guarniciones para la llegada del Empíreo.En cada fortaleza tuvieron que proceder a las mismas presentaciones y explicaciones, levantando las mismas expresiones de incredulidad al relatar su experiencia en los Santuarios de Essel.

Finalmente, completaron el circuito alrededor del volcán y volvieron con la capitana Angrëth y los capitanes Enfarionn e Ilderian. Este último presentaba un aspecto extremadamente curtido, con multitud de cicatrices, una de ellas cruzándole un ojo que había perdido hacía tiempo. Cada uno de los capitanes fue acompañado por sus dos Consejeros más importantes. Los Consejeros eran el cuerpo de estudiosos de los airunndälyr, los más cultos entre ellos. Confiaban en que alguno de ellos tuviera los conocimientos suficientes como para ayudarles a recuperar el Orbe de Curassil. Una cosa que les llamó la atención fue que los dos Consejeros de Enfarionn lucían sendas barbas en sus rostros. Por el momento, solamente habían conocido a un elfo con pelo en el rostro, el líder del Vigía, Irainos. "Algún día trataré de averiguar por qué algunos de los elfos desarrollan esa característica", pensó Yuria.

Precisamente fue uno de esos Consejeros barbados, el llamado Malior, quien aportó algo de esperanza al grupo cuando, ya reunidos todos con carácter de emergencia en la Sala Mayor de la Muralla de Tirië, y expuestas las razones de la presencia allí de los extranjeros llegados en el dirigible, anunció:

—Lo que voy a decir es una idea algo peregrina, entendedme bien; pero pienso que quizá podríamos hacer uso de nuestras habilidades para contener la Esencia de manera que podríamos enfocarla hacia el Orbe. Es posible que eso potenciara la fuerza vital de Athnariel y su Luz, y con eso pudiera expulsar la sombra que lo ha infestado. Creo que es una posibilidad.

—No suena mal —dijo Daradoth.

—Demasiados "quizá" y "es posible" para mi gusto —sentenció Symeon, una vez que Arakariann acabó de traducir las palabras del Malior—, pero no lo podemos descartar.

—La otra posibilidad que tenemos —continuó Daradoth—, y que nos propuso alguien que no viene al caso, es acudir a los hidkas. ¿Por ventura no sabréis de qué forma ellos podrían ayudarnos?

—Sinceramente, no —dijo uno de los Consejeros—. Los hidkas tienen una conexión con... con la realidad, supongo... que escapa a la comprensión del resto de razas.

—Siendo así, ¿tenéis idea de cuánto tiempo os podría llevar preparar la ceremonia?

—Pues.. habría que realizarla en uno de los nodos menores de la montaña, claro... y habría que decidir cuántos de nosotros tendrían que contener... y cuántos enfocar... y cómo tratar el Orbe para...

Dejando a los Consejeros para discutir los detalles y convocando otra reunión para la mañana siguiente, el grupo se retiró a descansar. Yuria, sobre todo, estaba destrozada por el esfuerzo que le había supuesto guiar el Empíreo durante la travesía.

Mientras Daradoth se encontraba compartiendo unos momentos de intimidad con Ethëilë, Arëlen, otra de las hermanas del llanto que les habían pedido viajar con ellos, se acercó e hizo un aparte con el elfo. Tras expresarle su profundo agradecimiento por haber accedido a sacarlas de allí, añadió:

—Disculpad mis palabras, mi señor Daradoth... sé que no es habitual la franqueza entre los Primeros Nacidos, pero... dado vuestra... historia, creo que seréis comprensivo. ¿Pensáis viajar a Doranna?

—Pues, no a corto plazo... ¿por qué lo preguntáis?

—No... es que... tenía la sensación de que pensabais volver en breve. Ethëilë me ha contado vuestra historia, y quiero que sepáis que contáis con todas mis simpatías.

—¿Sobre qué? ¿A qué os referíais?

—A vuestro amor y a vuestra desventurada historia, claro, ¿a qué, si no? —sonrió.

—Por supuesto —sonrió Daradoth a su vez, comprendiendo más o menos las intenciones de su contertulia.

—Tenéis que entender que, veros con lord Eraitan —"vaya, vaya, así que lo ha reconocido", pensó Daradoth—, pues... me haya sorprendido. Y me planteó ciertas... expectativas. Más cuando vos parecéis ser quien lo guía, y no él a vos. No me malinterpretéis, por favor.

—Eso es decir mucho, Eraitan nos acompaña en nuestro viaje, no es que le pueda...

—Eso mismo —lo interrumpió Arëlen—. Vos viajáis y él os acompaña. A eso me refiero. Y da esa sensación.

—No sé dónde queréis llegar a parar.

—Solo eso, en que tenéis todas mis simpatías... en todos los aspectos —lo miró de medio lado—. Y si necesitáis una reclamación, o quizá un título para... afianzar vuestra posición, o... bueno, ya me entendéis.

El corazón de Daradoth se aceleró. Pero tenía que tener cuidado; estaba seguro de que Ethëilë no le había contado nada sobre sus aspiraciones políticas, y Arëlen lo había tenido que deducir por sí misma. Extremadamente perspicaz.

—Tenéis mi agradecimiento —"Nassaroth bendito, espero que no se note demasiado mi anhelo"—. Si me ofrecéis eso, es porque debéis de tener buenas influencias... ¿quién sois? Contestad sin rodeos, pues.

Arëlen pensó mucho sus palabras. "¿Acaso se arrepiente?"

—Muy bien, creo que la recompensa compensa el riesgo con creces. Os voy a decir mi nombre, uno que no he pronunciado desde hace varios siglos. Mi nombre es Arëlieth. La reina Arëlieth.

¡La reina Arëlieth Saënathir, la esposa del rey Dagaeroth de Harithann! A Daradoth, dado lo pésimo estudiante de historia que había sido, le sorprendía recordar aquel dato.

—Veo por vuestra expresión que conocéis mi historia —dijo ella—. Sí, caí en desgracia a instancias de lady Angrid, acusada de envenenar a mi esposo, que Rokoras lo tenga en su gloria, y mi reino, Harithann, fue después dividido en dos: Rechelorn y Harganath. Maldita sea por toda la eternidad.

—Pensaba que habíais muerto poco después de vuestro marido, y por eso había estallado el problema sucesorio.

—Pues aquí me tenéis, y os aseguro que cualquier acusación fue falsa.

Daradoth comenzó a hacer una reverencia, reconociendo en su interlocutora a una reina.

—No hagáis eso, ni se os ocurra —le urgió ella—. Como os decía, básicamente fui víctima de una trampa. Mi familia, el Consejo, y aquel maldito Mediador me dieron a elegir entre la muerte o un exilio eterno de recogimiento. Todos creyeron que envenené al rey.

—Siento mucho vuestro destino.

—Quiero que sepáis que me ha costado mucho decidirme a revelaros esto. Estoy quebrantando el Juramento sagrado de Renacimiento diciéndoos esto, pero mi ansia de venganza es mucho mayor que cualquier temor que pueda sentir. Ni siquiera la muerte me detendrá.

Tras unos segundos de silencio, Daradoth continuó:

—Quiero agradeceros vuestra confianza, lady Arëlieth, y aseguraros que no será traicionada. Sin embargo, aunque coincido en vos con que Doranna necesita un cambio profundo y no está bien dirigida, Eraitan no tiene nada que ver con ninguna de mis... aspiraciones.

—Así que me confirmáis que las tenéis. —Daradoth afirmó con la cabeza—. Me alegra oír eso. Juntos podremos acabar, primero con esa serpiente de Angrid, y después quién sabe. Si necesitáis abolengo o una reclamación, estoy dispuesta a ofrecerme a vos en esponsales.

—Pero...

—No pretendo sustituir a Ethëilë, esto sería una mera alianza política hasta conseguir nuestras metas. Tenemos mucho que ganar.

—Dejadme pensar en ello. Ahora mismo el mundo entero depende de nosotros...

—He esperado ocho siglos. No me importa esperar unos cuantos meses, o años, más.

Daradoth se despidió de "Arëlen" sintiéndose embriagado. Parecía que el Universo conspiraba para facilitarle las cosas. Pero de momento, decidió aplazar tal asunto hasta que pudieran resolver el asunto de los insectos demoníacos. Pero no pudo ocultar el contenido de la conversación a su amada Ethëilë, que se mostró interesada por lo que habían hablado. Daradoth se lo contó, preocupado porque parecía que se había dado cuenta de lo que pretendía.

—Ten cuidado, Daradoth —le dijo su amada—. Ya sabes cómo son las intrigas de Doranna. Muy peligrosas.

—Lo tendré, pierde cuidado, amor —le contestó—. Lo que realmente me preocupa es que haya podido darse cuenta de mis anhelos más internos, por mucho que intento ocultarlos.

Ethëilë pensó durante unos instantes.

—Bueno, no te preocupes tanto. Yo diría que en eso, la hermana Ilwenn ha tenido algo que ver... sé que ve cosas cuando mira a la gente, que a veces puede llegar a interpretar. Es una especie de vidente. Seguramente ha sido ella la que le ha dado las pistas necesarias para llegar a esa conclusión.

—Vaya... una sorpresa tras otra.

—Sí. Ten cuidado, solo pido eso.

—Claro que sí —Daradoth no pudo evitar estrecharla entre sus brazos y besarla.

Al día siguiente se volvió a reunir el cónclave de capitanes para discutir sobre sus asuntos internos y de nuevo sobre el proceso que haría falta para recuperar a Athnariel. El grupo desconectó de las conversaciones extremadamente técnicas (o quizá sería mejor decir esotéricas) porque era imposible seguir las divagaciones de los Consejeros. De vez en cuando interrumpían las diatribas para preguntarles por ciertos detalles, como que el arcángel pudiera sentirse atacado o que el poder implicado pusiera en peligro a alguno de ellos. Lo que parecía claro es que necesitarían al menos 80 airunndälyr para realizar el proceso, y este debería ser llevado a cabo en un lugar con la suficiente concentración de Esencia. Alguien propuso algo llamado "la cumbre de Sikthar". Finalmente, Daradoth fue quien hizo la pregunta más definitoria:

—Si el proceso saliera mal, ¿qué podría pasar? ¿Se podría dañar el Orbe?

—No lo creo —respondió uno de los Consejeros.

—Pues yo creo que no es descartable —rebatió Malior.

Esto cambiaba las cosas. No podían arriesgarse a que el Orbe sufriera algún daño o incluso fuera destruido.

—Destruir el orbe —contestó otro consejero—, sería el equivalente a matar a Athnariel. Y nunca he oído que se pueda matar a un arcángel.

—¿Qué pensáis, Eraitan? —susurró Daradoth al príncipe.

—Normalmente no me arriesgaría a dejarlo en manos de esta gente, pero es cierto que parece imposible que un arcángel pueda morir por efectos terrenales, así que quizá valga la pena intentarlo.

Decidieron que llevarían a cabo la "ceremonia" para recuperar a Athnariel. Los airunndälyr estimaban que les llevaría aproximadamente cinco días la preparación, el traslado y la ejecución. Se pusieron manos a la obra.

Sin embargo, Galad prefirió asegurarse. Esa noche, pidió la inspiración de Emmán al respecto del proceso de "purificación" de los airunndälyr, sin mucha esperanza de que su dios contestara. Pero sí que lo hizo.

Volaba sobre un gran valle, que se encontraba en la vasta falda del volcán. Fumarolas de azufre expulsaban su vapor aquí y allá. Una loma dominaba la escena, en cuya ladera había esculpida una efigie, irreconocible por los siglos de desgaste y temblores. La cumbre de Sikthar. En la cima de la loma, docenas y docenas de figuras encapuchadas con túnicas blancas, brillando con una luz cegadora y formando filas concéntricas, orando en voz alta. En el centro de la multitud una figura humanoide enorme, encogida en cuclillas y con unas formidables alas replegadas alrededor de su cuerpo, parecía sufrir indeciblemente. Los sentidos de Galad vibraban debido al poder desatado a su alrededor, y su cuerpo ausente se quejaba del esfuerzo al que las brutales corrientes de aire, y quizá de algo más, lo estaban sometiendo. La multitud encapuchada extendió las palmas de sus manos hacia Athnariel ("pues, ¿quién más podría ser?") y Galad perdió la visión por un momento. Al instante, la tierra empezó a temblar, y los oficiantes comenzaron a perder pie. Grietas enormes se abrieron en la falda de la montaña, engullendo a varios de los encapuchados, que por doquier caían inconscientes. Una enorme explosión sacudió al arcángel, que en una cascada de energía salió despedido hacia arriba, hasta que se perdió en lo alto. La loma acabó de hundirse del todo en las profundidades de la tierra, mientras los encapuchados que quedaban conscientes gritaban aterrorizados.

Galad corrió a reunir a sus compañeros. Les contó con todo lujo de detalles el sueño inspirado por Emmán.

—No me parece buena idea seguir con esto —anunció.

—Pero —objetó Symeon— a mí  me parece un sueño muy simbólico, por lo que nos cuentas, Athnariel es liberado, aunque a un coste muy alto.

—Creo que no nos podemos permitir pagar ese coste —dijo Daradoth.

—Yo tampoco —coincidió Yuria—. Si esta gente es tan importante para mantener la Esencia controlada, podemos poner en peligro a toda Aredia si hacemos que salgan mal parados en el proceso.

—Por mi parte, confío plenamente en los sueños que me inspira mi señor Emmán, creo que ya nos ha ayudado en muchas ocasiones y nunca nos ha decepcionado —zanjó Galad.

No tardaron en transmitir sus temores a los capitanes, haciendo énfasis en la fiabilidad de la inspiración que Emmán ya había proporcionado a Galad en repetidas ocasiones. Así que estos se mostraron conformes cuando el grupo decidió no llevar a cabo la ceremonia y en su lugar recurrir a la opción de los hidkas.

Así que, tras despedirse de Tirië y el resto de los capitanes y agradecerles encarecidamente su ayuda (y dejando abierta la posibilidad de volver si los hidkas resultaban no ser la solución), procedieron a pertrechar el Empíreo y a preparar el viaje.

—Tras evaluar todas las opciones —anunció Yuria—, creo que lo mejor será sobrevolar el mar Mirgaer, entrar sobre los llanos de Arandel y llegar a Eryn'Mauthrän. Así evitaremos las zonas más pobladas.

—Sea, pues. Adelante.

Doranna