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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 29 de enero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 14

Descenso a  la Oscuridad
Esa noche, Symeon volvió a entrar al Mundo Onírico. Y la influencia de la Sombra era evidente.

Al principio se encogió, abrumado por la intensidad de los susurros que ya había percibido en el mundo de vigilia, pero de forma mucho más atenuada. Sombras inmóviles le miraban (o así lo creía, pues eran negras como la más oscura noche) y le susurraban palabras de locura, mientras desde los afilados árboles, ojos brillantes sin cuerpo que los acompañara se giraban hacia él.

Con un esfuerzo sobrehumano consiguió alterar su entorno para apagar parcialmente las malditas voces que le susurraban al oído y así no ceder a la locura que había empezado a dar los primeros latigazos en su mente. Recuperando el aliento e ignorando a las sombras inmóviles, intentó revelar la verdadera naturaleza de los inquietantes ojos que le observaban desde las ramas; no tuvo éxito en tal intento, pero entonces, algo cambió. Algo nimio; un punto de luz, una estrella, se había iluminado allá en lo alto, pequeña, humilde, pero firme y claramente visible. Symeon sintió que el pequeño lucero le llamaba, le quería salvar, sacarlo de aquella oscuridad pegajosa. Así que inconscientemente recurrió a sus habilidades oníricas, y Viajó. Viajó como nunca había Viajado antes, hacia arriba, muy arriba, cada vez más cerca de la luz, de la esperanza.

Ya veía la estrella con el tamaño de una manzana, cuando algo tiró de él hacia atrás. Algo oscuro, frío, pegajoso. No miró; todos sus esfuerzos se centraron en seguir su viaje, continuar hacia arriba y salvarse. Unos segundos de agonía transcurrieron mientras aquel tirón elástico lo hacía retroceder; frenéticamente aplicó todas sus capacidades de Alteración y Control para librarse de aquella presa, y finalmente algo se partió. El errante volvió a acercarse hacia la estrella, bañándose cada vez más en su fulgor. De repente, sintió un frenazo brusco que casi le hace vomitar, y una luz cegadora y omnipresente lo envolvió bañándolo en un calor reconfortante, pero provocándole una incómoda falta de visión. Pocos segundos más tarde, unas voces polifónicas hablaron a su alrededor:

 —No estáis solos, maese buscador —dijo una de ellas.

Symeon parpadeó, confundido por el intenso resplandor y lo extraño de las voces, que parecían tener varios tonos, tanto de hombre como de mujer, en ellas.

 —De vuestras gestas depende el futuro de la Luz —afirmó otra—. No habéis pasado desapercibidos, en absoluto.

 —No desfallezcáis, por nada. Trataremos de ayudaros, buscador, pero nuestra fuerza es débil allí.

 —Debéis buscarnos, elegidos, y encontrar el destino.

Algo tocó la frente de Symeon, posiblemente una mano, pero no pudo estar seguro. Su frente pareció arder y despertó en el acto, con la sensación de que tenía una especie de marca en su interior, una marca de Luz que todavía no sabía cómo emplear. A su alrededor, Galad y los demás soltaron un suspiro de alivio, pues no era habitual que no hubieran podido despertarlo de un sueño muy agitado. El errante explicó toda su vivencia y refirió las palabras que le habían confiado de la forma más textual que le fue posible. ¿Quiénes habrían sido los dueños de aquellas voces? ¿Arcángeles? ¿Avatares? El grupo se sintió reconfortado y preocupado a partes iguales.

Los Santuarios de Essel en los tiempos antiguos


Tras el habitual sueño intranquilo e intermitente, se pusieron de nuevo en marcha en la oscuridad. Con el rudimentario entablillado realizado por Yuria la noche anterior, el grupo consiguió poner a Daradoth en camino, aunque tendrían que ir con sumo cuidado para que la herida del elfo no empeorara durante el esfuerzo.

Antes de partir, sin embargo, Faewald los reunió en un breve aparte. El esthalio se mostraba claramente afectado por los susurros del entorno (incluso contó que le hablaban sobre Rheynald y Valeryan), e insistió en que tendrían que pensar más en las palabras que el arcángel Dirnadel había dirigido en el Mundo Onírico a Symeon. Durante unos minutos durante el desayuno, discutieron sobre la conveniencia de intentar convencer a Igrëithonn de liberar al arcángel y que este tomara el control. Finalmente, decidieron hacerlo y entablaron con el antiguo príncipe una conversación sobre el tema. Pero este se mostró muy preocupado por tal posibilidad, y aseguró que no podría garantizar la integridad física del grupo en tal caso. Así que decidieron continuar el viaje como hasta entonces.

Esa mañana, Arakariann parecía más ausente que de costumbre, y aunque intentaron hacerle reaccionar, lo consiguieron de forma limitada; los susurros habían conseguido llegar a lo más profundo de su ser, como habían hecho con Talítharonn y Taheem. Tendrían que mantenerlo vigilado, igual que al vestalense.

A medida que fue transcurriendo el día y se iban acercando a los Santuarios, los susurros se iban haciendo más claros, y un escalofrío recorría su espina dorsal cuando alguien les musitaba algo justo detrás, tan cerca que incluso alcanzaban a sentir su aliento en el vello de la nuca o de la oreja. Solo aquellos con los nervios más acerados eran capaces de contener ya el malestar.

Por la tarde (siempre según sus soposiciones y el tiempo de viaje) vieron los primeros edificios que anunciaban la presencia de la ciudad alrededor de los Santuarios. Todos ellos en ruinas, por supuesto, algunos apenas reconocibles. Rodeando un edificio accedieron a una especie de antigua plaza, apenas invadida por la vegetación. Daradoth dio la orden de detenerse al grupo. Su habilidad de ver en la oscuridad le había permitido visualizar al otro lado de la explanada una figura inmóvil, que miraba hacia ellos.

 —Debió de ser un elfo hace tiempo —dijo el elfo—, pero ya no lo es. Es enjuto y lívido, y sus ojos son totalmente blancos y hundidos. Apenas hay carne en su cuerpo, y el hedor de la muerte lo rodea. Creo que es un retornado (así llamaban los elfos a los no-muertos).

Daradoth comenzó a caminar hacia atrás, presa del temor. Y ese momento de descanso fue terrible para casi todos los demás, pues los susurros fueron más presentes que nunca, y su claridad ahora hacía muy difícil ignorarlos. Galad cayó al suelo, sollozando y gritando que no era digno de su dios. Faewald salió corriendo, aterrado, pero Symeon, menos afectado, consiguió retenerlo lanzándose a sus pies y agarrándolo con fuerza. Taheem se arrodilló, desolado, y sacó su daga dispuesto a cortar los vasos sanguíneos de sus muñecas. Mientras Ginnerionn aguantaba estoicamente, Arakariann salió corriendo hacia una de las casas, apenas sugerida por la fuente de luz de Galad. Yuria comenzó a temblar cuando los susurros le hablaron de su tía y le sugirieron que sabían donde se encontraba su padre, pero consiguió resistir las ganas de correr hacia la oscuridad.

En ese instante, el elfo lívido comenzó a caminar hacia ellos, con un gesto entre cruel y enajenado en su rostro; sus ojos blancos parecían ir a salirse de las órbitas mientras se acercaba. Daradoth gritó con voz rota mientras corría (con peligro para su pierna) a refugiarse entre las enormes raíces del árbol a su espalda. Igrëithonn ignoró las órdenes de Dirnadel y sacó su segunda espada, evitando así enfrentarse al arcángel. Justo en el momento en que el retornado aparecía al alcance de la luz de la joya de su frente; una oleada de frío le precedía, y este mordió como un vampiro en las almas de todos los presentes. Yuria disparó una de sus armas y le impactó en el centro del pecho, pero para consternación de la ercestre la bala no pareció causar ningún efecto. Con un grito, Igrëithonn se enzarzó en combate con el engendro, que con un gesto impasible detuvo su golpe.

Mientras tanto, unos grandes golpes se habían oído acercándose desde detrás de la casa a su derecha. Los reflejos de combate de Yuria apenas bastaron para esquivar un enorme martillo que apareció desde la nada y que si la hubiera alcanzado la habría convertido en fosfatina. La oscuridad era casi absoluta, con Galad caído e Igrëithonn en combate, así que solo podía confiar en sus otros sentidos. Esquivó de nuevo otro impacto, y alcanzó a vislumbrar una figura enorme, vestida con una armadura de metal. "¿Hay alguien ahí dentro? Si lo hay, debe de ser uno de esos trolls", pensó. Afortunadamente, el gigantesco ser se movía lo suficientemente lento como para poder esquivarlo con solvencia, pero un paso en falso sería fatal.

Symeon respiró aliviado cuando Faewald dejó de patalear y forcejear y comenzó a sollozar hecho un ovillo. Estaba agotado por el esfuerzo, pero lo poco que podía ver con las variables luces de Galad e Igrëithonn era desolador. No obstante, aquella marca que alguien había implantado en él en el Mundo Onírico empezó a titilar. Y enseguida supo qué hacer. La dirigió hacia Galad y la lanzó sobre él, no supo cómo, pero lo cierto es que el paladín pareció reaccionar. Un aura apareció a su alrededor, un aura que a pesar de no iluminar alrededor le daba un aspecto impresionante; con un rostro sorprendentemente calmado y sobreponiéndose al halo de frío que emanaba del no muerto que tenía contra las cuerdas a Igrëithonn, Galad alzó el crucifijo que llevaba siempre encima desde su visita a Emmolnir. El objeto brilló con una luz plateada, y algo cambió en el engendro; el frío que despedía se apagó, se detuvo de repente, y chillando de una forma horrible dio la vuelta y se perdió en la oscuridad.

A continuación, Galad, Igrëithonn y Yuria trataron de hacer frente al enorme enemigo de la armadura, pero sus ataques no parecían hacer mella, así que reunieron al resto del grupo y huyeron; no les costó mucho dejarlo atrás y refugiarse en un edificio en ruinas. Cayeron extenuados y trataron de recobrar el aliento. El resto del día avanzarían más lentamente, haciendo uso de la capacidad de detectar enemigos de Galad y la visión en la oscuridad de Daradoth. Finalmente, tras dar un par de rodeos para evitar encuentros indeseados, acamparon en el sótano de un antiguo almacén. Tras la cena, Yuria consiguió arreglar el entablillado de Daradoth y hacerlo mucho más recio, de manera que el elfo podría someter su pierna a esfuerzos algo más intensos sin peligro.

Como siempre, maldurmieron con los susurros siempre presentes. Por su parte, Symeon decidió salir del Mundo Onírico tan pronto como entró, tal era el nivel de actividad que detectó.

El día siguiente siguieron en el mismo orden de marcha, avanzando de forma exasperantemente lenta, con Galad detectando y Daradoth oteando. Hasta que en un momento dado, Galad no tuvo más remedio que dejar de canalizar el poder de Emmán, pues apenas lo percibía. Allí la Sombra era fuerte, y su dios no parecía poder prestarle más que unas escasas gotas de su poder. Afortunadamente habían avanzado bastante y en una rápida caminata consiguieron llegar a la vista de uno de los bastiones —en ruinas— que daba acceso a las colinas donde se levantaban los Santuarios. Sorprendentemente, en el interior del recinto, los edificios parecían encontrarse en mucho mejor estado, según les informó Daradoth. Pero había un problema: en medio del camino se alzaba un coloso como el que se había enfrentado a ellos la jornada anterior y que casi aplasta a Yuria. Evitando el uso de iluminación y dada la oscuridad existente, era imposible rodearlo. Para colmo, unos minutos después, Daradoth comenzó a ver una especie de fulgor que iluminaba con un resplandor rojizo el contorno de algunos edificios. Y se movía hacia el coloso. Poco después aquello que despedía el brillo rojizo llegaba a la altura del enorme guardián inmóvil. Daradoth abrió los ojos y el corazón casi le estalla en el pecho cuando vio aparecer la brutal estampa de un demonio. Un demonio que le recordaba a Khamorbôlg, el kalorion que habían podido ver levemente en las tormentas del desierto vestalense. A duras penas pudo reaccionar a la impresión que le causó ver a aquel ser de pesadilla y describirlo a sus compañeros. Ahora sí que era imposible que rodearan el lugar sanos y salvos.

Los minutos de descanso, silencio y relativa calma fueron fatales de nuevo para la resistencia del grupo a los susurros. Esta vez ninguno fue capaz de resistir ya a la presión. Yuria, Daradoth, Galad, Symeon, Taheem, Faewald, Arakariann y Ginnerionn; todos ellos notaron cómo las voces vencían su resistencia y quebraban su cordura en mil pedazos. Los pensamientos se arremolinaron en un torbellino negro de depresión y autodestrucción.

De pronto, luz. Todos reaccionaron sorprendidos, olvidadas ya las ansias suicidas y homicidas cuando vieron a Igrëithonn frente a ellos, con Purificadora desenvainada y en alto, iluminando la escena con luz mortecina. El rostro del elfo daba cuenta de su lucha interna con el ser divino imbuido en el arma.

 —Sois la última esperanza —dijo, luchando denodadamente por que cada palabra saliera de sus labios. Dejó su Joya de Luz a Daradoth y asintió con un gesto que el grupo al completo devolvió. Acto seguido, su rostro se relajó y sus ojos adquirieron un fulgor dorado. Con un estruendoso grito, se abalanzó sobre el coloso y el demonio, perdiéndose los tres en la oscuridad tras los edificios en el fragor del combate.

Tras encender de nuevo las dos fuentes de luz, se precipitaron hacia el bastión de acceso a los Santuarios y lo cruzaron. Mientras avanzaban colina arriba, Daradoth pudo ver aparecer abajo una pequeña multitud de figuras que se dirigían hacia donde Igrëithonn y los enemigos combatían, y de los que solo alcanzaba a ver el resplandor que los envolvía.

Una vez en la cima de la colina, llegaron al pie de la fortaleza que guardaba los Santuarios, integrada en dos masivos árboles monumentales que formaban parte del complejo. Según les había contado Igrëithonn, los Santuarios habían devenido con el paso de los siglos en mucho más que un lugar de peregrinación y oración, se habían convertido en el verdadero centro neurálgico de la lucha contra la Sombra en la Era Legendaria, y por tanto además de haber dado lugar a varias poblaciones a su alrededor, se habían defendido con fortalezas, muros y bastiones. Y ahora se alzaba ante ellos uno de aquellos alcázares, sorprendentemente bien conservado. Cruzaron sin aliento la puerta destrozada y se sentaron a descansar, con la respiración entrecortada.

jueves, 23 de enero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 13

El Gran Bosque de Essel
Por la mañana y a la luz del sueño inspirado por Emmán, Galad no pudo evitar exponer sus serias dudas respecto a la búsqueda del orbe de Curassil. A toda la oscuridad y visiones que había presenciado había que sumar sus propias sensaciones, pues el sueño no era solamente una representación visual; todavía sentía frío en su interior, un frío que había helado su alma durante su ensoñación, y un sentimiento apocalíptico que sacudía su temple.

Durante largo rato discutieron sobre las reservas del paladín y su mejor curso de acción, pero poco podían hacer; según les aseguraban Igrëithonn y Erythyonn, el Pacto caería en cuestión de meses si no detenían a aquellos enjambres, y toda Aredia le seguiría poco después. Así que para todos estaba claro que tendrían que acompañar al elfo en su búsqueda, al menos en la primera etapa, transportándolo a bordo del Empíreo. En un momento dado, alguien mencionó la posibilidad de que el orbe pudiera ser usado solamente por el Brazo de Oltar y no fueran capaces de desatar su poder, resultando la toda búsqueda en un fiasco. Daradoth sacó entonces a colación a Somara, cuyas habilidades sobrenaturales le hacían sospechar que podía tener el favor de algún avatar, quizá incluso del mismísimo Oltar.

Así que Symeon buscó a Somara y la incorporó a la reunión. Cuando le explicaron la situación, sus sospechas y la posibilidad de que ella fuera la única que pudiera ayudarles a utilizar el orbe, su rostro, sincero siempre, transmitió su sorpresa y su angustia interior ante tal responsabilidad. No obstante, aunque (una vez asimiladas las revelaciones) no se opuso a ayudar al grupo con todas sus fuerzas, sí que pidió encarecidamente que la devolvieran a su hogar. Su vientre ya mostraba los síntomas de su embarazo, y anhelaba volver a ver a su familia y su marido. Yuria aceptó calcular un desvío de tres días en la trayectoria del dirigible, que sería suficiente para hacer descender a Somara en su mansión (si es que seguía en pie). La búsqueda planteaba muchísimos interrogantes y no era seguro que acabara bien para nadie, así que lo mejor sería dejar a Somara a salvo en Arbanôr a la espera de los acontecimientos.

El día siguiente, el Empíreo recibía a bordo al grupo, a Igrëithonn, a Talítharonn (el elfo capaz de predecir y controlar limitadamente el clima), a Somara y sus dos guardianes, y a los montaraces Arakariann y Ginnerionn. Además, cargaron un par de mulas y provisiones para dos meses. Más al norte recogieron a Neâderoth, uno de los monjes capaces de proyectar como arma ofensiva el aura de los talismanes de nulificación y, como Igrëithonn, uno de los pocos que había puesto pie en los Santuarios en los tiempos antiguos.

Poniendo rumbo al sur sin más incidentes (Talítharonn se mostró fundamental para evitar las grandes tormentas), llegaban en menos de dos semanas a Arbanôr y la mansión de Ginathân, aparentemente tranquila, donde dejaron a Somara. Según les informaron allí, la situación en Dársuma era bastante complicada, puesto que aunque Ginathân había conseguido tomar el control, los líderes de la plebe se encontraban enfrentados a él y le estaban poniendo en serios aprietos. Todo ello ante las tropas del Káikar, que podían decidir inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro. Daradoth se despidió de Somara recomendándole que huyera hacia el norte si la situación se torcía, y sosteniendo su mirada largo tiempo.
Varios días después, más de mil kilómetros hacia el este, el Empíreo sobrevolaba el Gran Bosque de Essel.
Tras poco más de una jornada, al anochecer, Daradoth inspeccionaba el entorno en la proa. El viento invernal era frío, pero su naturaleza élfica lo encontraba más bien confortable. No obstante, no pudo reprimir un escalofrío cuando, urdidos entre los silbidos que el Gregal provocaba en las aletas del casco, llegaron hasta sus oídos unos susurros. Miró a lo lejos, asiendo con fuerza la regala, y aguzó el oído, pero los susurros debían de ser transportados desde muy lejos, pues no eran más que una promesa sugerida entre los zumbidos, siempre al límite de la audición. Un poco más atrás, Igrëithonn también se puso alerta, mirando hacia el horizonte en la oscuridad de la noche, y anunció:

 —Debemos detenernos aquí. Continuaremos a pie.

Y así lo hicieron. Cuando Yuria y el capitán Suras descubrieron un lugar adecuado, descendieron todos ellos y bajaron las mulas. De momento, el bosque no daba ninguna señal de la presencia de la Sombra, excepto por los levísimos susurros que solo los elfos parecían capaces de captar de momento. Para sorpresa de sus compañeros, Igrëithonn expresó su temor ante la ordalía que tenían ante sí, y por un momento todos temieron que hubiera perdido la cabeza cuando expresó sin ambages sus reservas a seguir el camino. Llegó incluso a sugerir que en lugar de continuar aquel sinsentido, deberían acudir a Doranna para pedir ayuda a los más sabios y poderosos de los recluidos allí.

Afortunadamente, la aparente enajenación de Igrëithonn no duró mucho, y pronto todos coincidían en que era demasiado tarde para volver atrás, había demasiadas cosas en juego como para retroceder. En breve tiempo habían establecido un campamento para pasar la noche y el Empíreo partía hacia el oeste para esperar en un sitio seguro las órdenes del grupo a través del búho de ébano.

Symeon entró al Mundo Onírico al poco rato, bajo el habitual hechizo protector de Galad. Lo primero que le llamó la atención y que le puso los pelos de punta era que todo parecía más oscuro de lo habitual. Las siluetas de los árboles eran negras como la noche y lucían las ramas desnudas, afiladas como cuchillas. En un rincón veía una pequeña llama que apenas iluminaba, y que debía de corresponder a su fogata del campamento; era la primera vez que veía que uno de sus fuegos tenía representación onírica, y aunque podía imaginar su significado, prefirió no pensarlo mucho; la llama era pequeña y titilante, languideciendo en la oscuridad del entorno. Abrió mucho los ojos (o lo pretendió) cuando, ante la pequeña lumbre, vio una figura dorada acurrucada, intentando conseguir algo de calor. Las alas de su espalda no dejaban duda sobre su identidad: sin duda debía tratarse de Dirnadel, el arcángel de Eryontar. El errante se encogió cuando la figura se levantó y dirigió hacia él las manchas doradas que eran sus ojos.

 —Debéis retroceder si no queréis morir todos, errante —dijo con una voz estremecedora.

 —Mi señor —contestó Symeon, tras tragar saliva—, entiendo lo que queréis decir, y lo comparto, pero si queremos tener una oportunidad de que Aredia se libre del yugo de la Sombra, debemos continuar y aceptar los sacrificios que sean necesarios.

Dirnadel lo miró fijamente, como taladrándolo, durante unos insoportables segundos. Y continuó:

 —Entonces, maese buscador, si queréis tener alguna posibilidad, debéis convencer a Eraitan —usó el verdadero nombre del príncipe— de que me libere.


La Sombra en los bosques esselios

Con la promesa de intentarlo, Symeon abandonó el mundo onírico exhalando un suspiro de alivio. El día siguiente todos se mostraron preocupados por lo que el errante les contó, pero juzgaron que era demasiado pronto para intentar convencer al elfo de lo que había recomendado el arcángel. De hecho, ni siquiera estaban seguros de que fuera una buena idea en ningún momento. Así que después de un frugal desayuno, comenzaron su camino a través de la espesura. Se dirigieron hacia el noreste, en busca de uno de los antiguos caminos; Igrëithonn confiaba en que se conservara lo suficiente como para ayudarles a encontrar los Santuarios.

Arakariann y Ginnerionn, los montaraces, se perdieron entre la espesura para vigilar los alrededores mientras el resto avanzaba con las mulas. El bosque, antiguo y colosal, era tupido, y en la penumbra avanzaron bastantes kilómetros entre el canto de los pájaros y el sonido del viento en el follaje. Agotados por la dura marcha, buscaron un sitio para acampar y pasar la noche. En el Mundo Onírico, Symeon vio que todo era básicamente igual que el día anterior, quizá los árboles tenían un aspecto algo más amenazador, pero eso era todo.

El segundo día de viaje transcurrió en una penumbra cada vez más profunda hasta que por fin, los montaraces reconocieron lo que en tiempos antiguos debía de haber sido un camino. Para el grupo, nada evidenciaba que por allí hubiera pasado una vía, pero los elfos se mostraban convencidos y su rumbo giró hacia el noroeste, siguiendo el supuesto vericueto en la medida de lo posible. Igrëithonn no dejaba de susurrar para sí mismo, canturreando en esa lucha interna  a la que ya se estaban acostumbrando.

A media  tarde, las mulas se negaron a continuar el camino, y por más que insistieron en hacerlas caminar, los animales permanecieron inmóviles. No tuvieron más remedio que descargarlas y repartir en distintos fardos el equipo y las provisiones, que llevarían a partir de entonces a cuestas. Esa noche en el Mundo Onírico Symeon ya percibió un cambio: sombras amenazantes siempre al límite de su campo de visión lo pusieron nervioso, y la representación onírica de la hoguera del campamento se redujo a la mínima expresión. Desde arriba, unos ojos brillanes lo observaban, parecidos a los de un búho, pero sin cuerpo que los acompañara. Los árboles mostraban directamente cuchillas en sus ramas, y cuando sintió que algo le punzaba la espalda se volvió. ¿Era su imaginación, o hace un momento allí no había habido ningún árbol? Decidió salir rápidamente al mundo de vigilia, pues si hasta los propios árboles eran capaces de atacarle, no creía ser capaz de sobrevivir mucho tiempo.

La tercera jornada de camino discurrió con el grupo ya casi en completo silencio, con el ánimo bajo y la quietud alterada solamente por los susurros de Igrëithonn. A media mañana de la cuarta jornada la oscuridad acabó envolviéndolos por completo, una oscuridad densa, como una niebla que se tragara la luz. Encendieron antorchas, pero estas pronto se revelaron inútiles; aunque eran capaces de ver el fuego, la llama no alumbraba más allá. Igrëithonn hizo uso de su gema de Luz para alumbrar el entorno, y esto sí que funcionó, aunque peor que en una oscuridad normal. Galad probó también a utilizar su colgante para iluminar, y a pesar de resultar en una iluminación más tenue que la gema de Luz, tambíen funcionó. Con esas dos únicas fuentes de luminosidad debería el grupo viajar a partir de entonces. Los cantos de los pájaros y el susurro del viento en las ramas habían desaparecido por completo; el frío iba en aumento, y el ambiente se hacía cada vez más opresivo. Y todos los elfos ya eran capaces de escuchar con claridad los susurros que venían del norte, susurros que gemían, gritaban y hablaban en un lenguaje desconocido. Los humanos comenzaron a escucharlos al final del día, o lo que suponían que era el final del día, pues ya no tenían ninguna luz natural con la que orientarse, y a partir de entonces solo podrían suponer en qué momento del día se encontraban; el ánimo de la comitiva se ensombreció aún un poco más.

Esa noche, como siempre, los elfos se estructuraron en dos turnos de guardia, alrededor de la luz que emitía la joya de Igrëithonn. Las guardias transcurrieron con mucha tensión, porque pronto se empezaron a oir multitud de ruidos en el límite de la visión de orígenes desconocidos; nunca avistaron nada, fuera animal o ser extraño, pero los sonidos hicieron que los nervios de los elfos se crisparan.

Por la mañana (lo que suponían que era la mañana), no tardaron en darse cuenta de que el hechicero del clima, Talítharonn, había desaparecido durante la noche. Y a pesar de los esfuerzos que los montaraces y el resto del grupo hicieron para encontrar su rastro, este se difuminó transcurridos unos pocos metros. Eso sí, según los rastreadores, parecía claro que se había marchado precipitadamente y por voluntad propia. Compungidos, continuaron el camino agobiados por los continuos susurros que llegaban ya desde todas partes; durante gran parte del tiempo, todos trataban de tapar sus oídos para protegerse de ellos.

En un momento dado de la jornada, Taheem se quedó mirando fijamente hacia las copas de los árboles. "¡Se mueve! ¡¡Se mueve!!", gritó. Al punto, hizo ademán de salir corriendo. Afortunadamente, Symeon y Galad reaccionaron con celeridad y consiguieron detenerle. Daradoth se giró alarmado ante lo que ocurría y un dolor punzante le llegó desde la pantorrilla; había sido alcanzado por una flecha desde la oscuridad, que le había atravesado de parte a parte la pierna. Segundos después, Neâderoth soltaba un gemido al ser alcanzado por otro proyectil en la espalda.

Todos desenfundaron las armas (excepto Galad y Symeon, ocupados en retener a Taheem) y de repente, dos figuras aparecieron desde la oscuridad profiriendo risotadas dementes. En el pasado debían de haber sido elfos, pero la Sombra había causado estragos en ellos: sus rostros estaban lívidos, sus dientes afilados, los ojos oscurecidos y su pelo níveo; ponían los pelos de punta. Se abalanzaron sobre Neâderoth, que a duras penas conseguía mantenerse en pie, y sobre Yuria. La ercestre cayó bajo los embates de uno de los enemigos armado con cimitarra y daga, y el elfo sufrió la brutal amputación de una pierna antes de que sus compañeros pudieran hacer nada por evitarlo. Igrëithonn, Faewald, Daradoth —cojeando— y los demás consiguieron dar cuenta de los atacantes, no sin dificultades por el entorno hostil, y aunque Galad pudo tratar después las heridas de Yuria, no pudieron hacer nada por salvar la vida de Neâderoth. La pierna de Daradoth también presentaba mal aspecto, y su curación completa quedaba más allá de las capacidades sanadoras de Galad, pero estas bastaron para reducir la gravedad de la herida y con los vendajes adecuados, conseguir que su amigo pudiera volver a caminar, aunque renqueante. Mientras el elfo era atendido, invocó su capacidad de ver en la oscuridad, y sorprendentemente esta se demostró efectiva; alcanzó a ver una figura correr rápidamente entre la vegetación, pero no pudo distinguir nada más.

El encuentro los había dejado maltrechos y a algunos de ellos (como Galad) agotados, así que decidieron pasar la noche allí mismo con los elfos que quedaban estableciendo un perímetro de vigilancia. Ya habían perdido a dos miembros del grupo, y por suerte habían podido evitar la pérdida de Taheem. "¡Y ni siquiera hemos llegado todavía a los Santuarios!", pensó en voz alta Yuria.

martes, 7 de enero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 12

Pacificando el sur. Una nueva amenaza.
Galad despertó a Yuria, que dormía a pocos centímetros de él en el barracón que compartían con varios oficiales del Vigía y con el resto del grupo. Daradoth se encontraba despierto y acudió a su lado rápidamente, y también Symeon, que despertó a su vez al escuchar la agitación del paladín.

Este solo alcanzaba a ver un resplandor dorado cuando abría los ojos, que por suerte desaparecía al cerrarlos, y habló entrecortadamente sobre el visitante de su sueño, describiéndolo como un arcángel. Pero había sido muy diferente a como los describía la imaginería emmanita. Le había parecido mucho más... peligroso, más orgulloso, más... despiadado.

Poco después hacían acto de aparición Erythyonn e Igrëithonn, con semblantes preocupados. Cuando el grupo les reveló lo que Galad había relatado, intercambiaron una mirada fugaz, pero que no les pasó inadvertida. Al punto, llamaron a un sanador que intentó recuperar la visión del paladín. Pero la fuerte constitución de este ya había empezado a actuar, y la mancha dorada se fue debilitando poco a poco hasta desaparecer en las siguientes horas.

Después de descansar mal que bien el resto de la noche, por la mañana los llevaron a dar una ronda para que pudieran familiarizarse con las tropas y procedimientos del Vigía. Aunque Yuria expresó su interés y dirigió miradas apreciativas a las tropas, que hacían gala de un adiestramiento envidiable, la ronda no era más que una excusa para alejarse del campamento y poder tener una conversación en privado, resguardados por una docena de soldados de confianza que pronto establecieron un perímetro de seguridad alrededor del grupo y los generales.

 —Os pido disculpas por lo que sucedió anoche, maese paladín —dijo Igrëithonn, mirando de reojo sobre su hombro derecho la empuñadura aquilina de su espada, Purificadora—, y siento que os debo una explicación. Veréis —continuó—, hace unos años un contingente del Vigía tuvo que marchar hacia el norte, a lo más profundo del Cónclave del Dragón. Yo lo comandaba.

Igrëithonn les contó cómo su contingente había caído víctima de una emboscada cerca del puerto de Ovam. Sus recuerdos estaban borrosos, y en una secuencia de acontecimientos que apenas recordaba, finalmente él y sus fieles se vieron convocados al Mundo Onírico. Allí apareció el mismísimo Dirnadel, el primer arcángel de Eryontar (el avatar que representaba la locura y el caos incontrolado). De alguna manera, Dirnadel se imbuyó en Purificadora (o quizá la sustituyó) y gracias a sus poderes, unos pocos pudieron salir con vida del enfrentamiento. Igrëithonn suponía que se podía considerar el nuevo Brazo de Eryontar, aunque él nunca se había visto así, pero lo cierto es que Dirnadel había permanecido hasta ese día con la forma de su espada. Tras un lapso de varios segundos en los que pareció hablar consigo mismo, continuó:

 —Sin embargo, el ser elegido como Brazo no es algo baladí. Supongo que habréis notado ya cómo Dirnadel me habla a través de la espada, y lo que me cuesta mantenerlo a raya para que su voluntad no se imponga a la mía. Cada vez es más insistente, no obstante, y temo que en algún momento pueda perder el control; ya sabéis cuáles son los valores de Eryontar, y no sé lo que podría pasar en caso de que su arcángel me pudiera usar a su antojo.

Tras sacudir la cabeza, como despejándose, o quizá negando algo, continuó:

 —No tengo la más remota idea de por qué aparecería en vuestro sueño anoche, suponiendo que fuera Dirnadel —miró a Galad—, ni de por qué os dejó con esa ceguera temporal, pero al menos ahora ya sabéis la verdad.

El paladín expresó su sospecha de que el arcángel debía de haberse referido a Emmán (Elernatar para Eraitan) cuando dijo aquello de "no sé por qué él te ha elegido...", y los elfos no pudieron sino encogerse de hombros, manifestando su ignorancia acerca de las intenciones del ente divino.

Después de agradecer a Igrëithonn su sinceridad, pasaron a discutir la conveniencia de dirigirse a la Confederación Corsaria en busca del apoyo de su flota. Pero Yuria les hizo desestimar la idea; ya habían entrado de lleno en el invierno, como lo demostraba el intenso frío que experimentaban en ese momento, y era una locura intentar atravesar las montañas, incluso por los pasos. El Vigía tenía otros métodos para atravesar las montañas, así que deberían encargarse ellos de tal viaje.

Por tanto, decidieron que su siguiente curso de acción sería llevar a cabo la sugerencia de Zarkhu, el enano del consejo del Vigía. En un par de días viajarían hasta Árlaran para intentar convencer al rey de que les acompañara al sur e intentar así poner fin a la revolución de los plebeyos. En la capital de Árlaran, el rey Girandanâth no tuvo más remedio que dejarse convencer por aquel grupo tan variopinto al que acompañaba el propio Igrëithonn en persona, y un desconocido pero egregio elfo de Doranna. Un grupo que llegaba a bordo de un artefacto volador inventado por una de las mujeres que formaba parte de él, y que parecía tan imposible sin la ayuda de alta magia. Así que accedió a acompañarles junto a varios escoltas de élite.

Los siguientes veintiún días transcurrieron rápidamente para el grupo en su viaje por los distritos de Dahl y Katân. Acordaron  ignorar a Darsia, que tendría que ser subyugado más adelante, pues no solo se encontraba allí la revolución más recalcitrante, sino que además había presentes al menos dos legiones de Cuervos del Káikar. Symeon sugirió intentar llegar a algún tipo de acuerdo con Ginathân,  para expulsar a las tropas del Káikar a cambio de un cese de las hostilidades; el rey Girandanâth quedó pensativo y aceptó intentar llegar a una negociación con el rebelde. Durante aquellas tres semanas visitaron las cortes de los otros dos distritos y las principales ciudades, y ante la amenaza del norte, demostrada gracias al troll encadenado al Empíreo y el cuerpo sin vida del vulfyr, pusieron de su parte a la inmensa mayoría de la opinión pública de Dahl y Katân. Al cabo de un par de semanas todo el mundo hablaba del grupo que viajaba sobre el viento en un artefacto milagroso, enviados por los elfos para oponerse a la Sombra en el Norte. Por allí donde pasaban la gente hacía señales hacia el dirigible y gritaba con júbilo a los héroes enviados para unificar el Pacto.

Así, consiguieron que se firmaran sendos armisticios entre los líderes de las revoluciones y los monarcas de los distritos, vigentes al menos mientras el Pacto se viera amenazado por el Enemigo. Cuatro legiones fueron enviadas desde los distritos sureños hacia el norte para colaborar en la defensa del Meltuan, y el grupo se congratuló por el éxito en su empresa. En cuatro jornadas más se despidieron del rey Girandanâth —que en una rápida ceremonia los invistió como "ciudadanos de honor" y les entregó una carta que les serviría como salvoconducto en el Pacto— y llegaron a la vista de la fortaleza de Tirëlen.

El alma se les cayó a los pies cuando avistaron las primeras columnas de humo. El catalejo ercestre les confirmó lo que ya temían: la fortaleza había caído. Igrëithonn profirió maldiciones en voz baja, incrédulo. Tras un par de  horas sobrevolando los bosques a una distancia segura de Tirëlen, recibían por fin señales desde el suelo. Poco después descendían y se encontraban con Erythyonn y el resto de lugartenientes del Vigía.

Afortunadamente, sus tropas habían sufrido muy pocas bajas, y se habían refugiado a tiempo en los bosques. Cuando les preguntaron acerca de lo que había sucedido, Erythyonn dijo, en tono grave:

 —Los Erakäunyr han vuelto, mi señor.

Erakäunyr, los insectos demoníacos
El rostro de Igrëithonn se tornó lívido. "Fantasmas de los tiempos antiguos", murmuró, y pareció perderse en una de sus largas conversaciones consigo mismo, sin duda intentando aplacar la furia de Dirnadel.

Acto seguido los elfos explicaron que los Erakäunyr eran unos insectos demoníacos que habían sido utilizados por la Sombra durante las Guerras de la Hechicería y habían sido uno de los principales artífices de la pérdida de los Santuarios de Essel.

Igrëithonn, recuperado de su introspección y visiblemente cansado, les relató:

 —Nunca creí volverlos a ver en vida. Eran realmente imparables —este punto lo corroboraron los lugartenientes, que habían visto al enjambre actuar sobre Tirëlen—, y lo único que los pudo detener fue el Orbe de Curassil.

Curassil no era sino otro nombre para el avatar que Daradoth y Symeon conocían como Oltar. Era el avatar de la Luz, la Alegría y la Esperanza. Igrëithonn les contó cómo en la Segunda Guerra, Ecthërienn, por aquel entonces el Brazo de Curassil, había arrasado los enjambres de Erakäunyr gracias a la Luz pura que el orbe proyectaba. Pero en la Tercera Guerra Curassil se había perdido en la Sombra de Essel y nunca más había vuelto.

Symeon propuso una alternativa al Orbe mencionado por Igrëithonn. Habló de lo que había leído (y experimentado él mismo) sobre Nirintalath. La Espada de Dolor era capaz de unos estallidos que afectaban a todo y a todos, y seguramente aquellos insectos no serían inmunes a su poder. Sin embargo, una plétora de objeciones se alzó contra aquella sugerencia, pues nadie sabía cómo controlar el poder de la espada ni cómo hacer que sus estallidos no mataran a todo ser viviente que se encontrara en su radio de acción.

Al cabo de varias horas de evaluación de la situación y trazado de planes, Igrëithonn los reunió de nuevo y anunció:

 —Dadas las circunstancias, me temo que nuestras prioridades han cambiado radicalmente. Debemos encontrar el Orbe de Curassil, pues de otro modo me temo que toda Aredia perecerá pronto bajo los enjambres. Yo entraré personalmente en los bosques essselios y en los Santuarios en su busca; quien lo desee podrá acompañarme.

Algunos murmullos de desacuerdo se alzaron entre los elfos del Vigía; se notaba que algunos no consideraban acertada aquella vía de acción, pero la falta de una alternativa mejor y el ascendiente de Igrëithonn provocaron que pronto se desvanecieran.

Esa noche, Galad pidió la inspiración de Emmán para soñar con el Orbe de Curassil.

El Orbe era Luz, y la Luz era el orbe. Todo era alegría y pureza a su alrededor. Las meras sombras a duras penas podían medrar ante su presencia.
Pero finalmente apareció la Sombra, que se cernió sobre la brillante esfera. Muchas manos se alargaron hacia él, intentando cogerlo, siempre distante. Su fulgor palidecía ante la fuerza de la oscuridad que lo rodeaba.
Pero finalmente una mano lo agarró y lo empuñó con fuerza. 
El estallido de Luz fue casi como dolor puro, pero un dolor agradable; y el orbe cayó, cayó durante milenios, a lo que parecía ser un pozo sin fondo.