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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

domingo, 1 de noviembre de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 32

La Reina ante el Gran Maestre. El Rastro del Príncipe.

La noche cayó sobre Arwex y, una vez más, los compañeros prefirieron dormir a bordo del Empíreo.

La conversación regresó inevitablemente al juicio de Woderyan Estigian. Habían llegado hasta allí convencidos de que debían ayudar al duque, pero después de escucharlo ya no estaban tan seguros de que su defensa fuera sencilla. Sus contactos con la Federación y la ayuda enviada a Mervan podían justificarse; incluso podían convertirse en argumentos a su favor si conseguían demostrar que sus decisiones habían protegido indirectamente a Esthalia. Las cartas intercambiadas con Robeld de Baun eran otra cuestión, pues no conocían su contenido, y hasta que no lo hicieran, tampoco podían saber hasta dónde había llegado realmente Woderyan.

El Empíreo anclado en Arwex

—Sea inocente o no, necesitamos impedir que lo condenen —sostuvo Symeon—. Si queremos reunir de nuevo a los Grandes alrededor de Armen, perder a Estigian ahora sería desastroso.

Daradoth no compartía del todo aquella forma de plantearlo.

—Si descubrimos que realmente pactó con Robeld, tendremos que saber qué pactó y por qué. No podemos defenderlo a cualquier precio. Robeld sirve a la Sombra, aunque Woderyan no lo supiera.

Yuria recordó que el principal ejército estigio continuaba luchando junto a las fuerzas de Randor. Aquello no encajaba demasiado bien con la imagen de un duque comprometido en secreto con su enemigo. Podía haber jugado a dos bandas, podía haber intentado ganar información o sencillamente haber mantenido abiertas varias posibilidades mientras el reino se desmoronaba a su alrededor.

Al final, solo coincidieron en una cosa: necesitaban las pruebas.

Y necesitaban a Armen.

La posibilidad de presentar a la reina ante Gwintar cobraba cada vez más fuerza. El gran maestre había dejado claro que su lealtad pertenecía al Trono y no necesariamente a la persona que lo ocupaba; si comprobaba que Armen estaba libre y que Robeld había utilizado magia para dominarla, quizá su posición cambiara.

—Podríamos invitarlo al Empíreo —propuso Symeon—. No levantaría tantas sospechas. Después de todo, ninguno de ellos ha visto jamás una nave como esta.

La idea gustó.

No intentarían obligar a Gwintar a reunirse a solas con ellos dentro de Arwex. Aquello podía despertar la suspicacia del resto de los Argion. Sería mucho más natural ofrecer al gran maestre y a algunas personas de su confianza una visita al dirigible y buscar allí la ocasión de hablar con él discretamente.

Armen escuchó la discusión antes de asentir.

—Creo que puede funcionar.

La reina, sin embargo, aprovechó el momento para revelar algo que ninguno de ellos había comprendido hasta entonces.

Cuando había emprendido aquel primer viaje hacia Arwex junto a Matwann, llevaba consigo una de las dagas negras, y su intención era entregársela a los Argion.

—Sabía que aquí custodiaban reliquias antiguas y peligrosas —explicó—. Pensaba que era el lugar más seguro para guardarla. Además, quería poner a salvo a mi hijo.

Daradoth la miró con atención.

—Entonces la emboscada quizá no buscaba únicamente capturaros.

Armen permaneció unos instantes en silencio.

Ella misma parecía haber llegado a aquella conclusión mientras hablaba.

—No. Ahora que lo pienso, ya no estoy segura de que quisieran capturarnos solo a Matwann y a mí. Es posible que también supieran que llevaba la daga. O que quisieran ambas cosas.

La posibilidad añadía una nueva dimensión a la traición que había permitido a los hombres de Robeld conocer el itinerario de la reina. Alguien había sabido demasiado.

Antes de dormir, Symeon regresó al Mundo Onírico. No encontró ningún cambio importante y mantuvo con Nirintalath las conversaciones ya habituales, pero Galad decidió realizar una prueba distinta.

Si Emmán insistía en mostrarle visiones sobre el reinicio de la realidad y Arwex parecía comportarse de una forma completamente anómala, quizá pudiera preguntarle directamente por la fortaleza.

Rezó antes de dormir y pidió a su dios una visión.

El sueño llegó.

Galad se encontraba frente a Arwex.

Los campamentos de los nobles se extendían alrededor de la fortaleza, exactamente como en la realidad. Miles de soldados permanecían allí, observando las murallas.

Entonces, todos se volvieron a la vez hacia él, como uno solo.

Estaban muertos.

Los rostros se encontraban lívidos y descompuestos; algunos habían perdido los ojos bajo los picos de los cuervos y otros conservaban heridas abiertas en cuerpos que ya no deberían poder moverse. Y, sin embargo, comenzaron a caminar hacia Galad.

El paladín empuñó a Églaras.

Levantó la espada y la clavó en tierra.

Las mismas grietas negras que ya había contemplado en sus sueños anteriores surgieron alrededor de la hoja y se extendieron por el suelo. Los muertos desaparecieron dentro de ellas.

Después comenzaron a desaparecer los campamentos.

Las montañas.

Las nubes.

El cielo.

La propia realidad fue siendo devorada hasta que Galad quedó suspendido en medio de una nada absoluta.

Pero Arwex seguía allí.

La fortaleza permanecía en mitad de la inexistencia, las grietas la rodeaban, no podían atravesarla.

Galad sintió entonces que aquello no debía ocurrir. Si todo tenía que desaparecer, también Arwex debía hacerlo.

Corrió hacia la fortaleza y descargó a Églaras contra uno de sus muros.

La piedra se quebró, y por la abertura penetraron las grietas negras.

El paladín levantó de nuevo la espada para golpear.

Y despertó.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, respirando con dificultad.

La visión no le había explicado quién construyó Arwex ni qué era aquella piedra, pero había reforzado de una forma inquietante todo cuanto habían descubierto.

Si aquel sueño reflejaba realmente el reinicio que Emmán pretendía provocar, Arwex podía resistirse a él.

—Todo desaparecía —explicó a los demás por la mañana—. Todo menos la fortaleza. Las grietas no podían entrar hasta que rompí el muro.

Daradoth recordó la rigidez absoluta de las hebras de la Vicisitud.

—Entonces no es simplemente una protección contra la magia.

—No sabemos qué es —respondió Galad.

Había otra cuestión todavía más perturbadora.

Si Arwex existía, ¿podían existir otros lugares semejantes en Aredia?

Nadie tenía respuesta.

El amanecer del siguiente día encontró al grupo de nuevo dividido entre varios objetivos.

Alexadar había solicitado autorización para visitar a Rodyan, el hijo de Woderyan, que también permanecía retenido a la espera del juicio. Mientras esperaba una respuesta, Symeon y Galad fueron en busca de lady Theryn de Gwendar.

La custodia de las reliquias los recibió con la curiosidad habitual. Symeon comenzó agradeciéndole que les hubiera permitido visitar la cámara el día anterior y aprovechó después para plantearle la invitación.

—Nos habéis mostrado uno de los lugares más extraordinarios de Arwex. Sería descortés marcharnos sin corresponder.

Theryn arqueó ligeramente una ceja.

—¿Correspondéis invitándome a vuestra nave?

—A vos y a lord Gwintar, naturalmente. Nos gustaría enseñaros el Empíreo.

La idea despertó inmediatamente su interés.

Symeon describió las vistas desde el aire, la velocidad de la nave y la extraña sensación de contemplar el mundo desde aquella altura. Theryn aceptó transmitir la invitación al gran maestre y preguntó, casi inevitablemente, si transportaban otras reliquias.

Symeon dudó solo un instante.

—Sí.

No quiso explicarle cuáles, pero admitió que llevaban consigo objetos extraordinarios y le pidió discreción. Theryn prometió guardarla.

Hablaron durante algunos minutos más. La Argion reconoció que todo cuanto estaba ocurriendo en Esthalia la superaba en cierta medida. Su verdadera preocupación eran las reliquias peligrosas, especialmente los rumores acerca de las dagas negras. Los reinos podían sobrevivir a malos gobernantes; ciertos objetos, en cambio, representaban peligros de otra naturaleza.

Symeon comprendió perfectamente aquella obsesión, pues él mismo la compartía.

Antes de separarse, pidió acceso a la biblioteca de Arwex.

Theryn no era responsable de ella, pero les indicó a quién debían dirigirse. Así que Symeon y Galad regresaron brevemente al Empíreo para buscar a Fajjeem. El veterano Maestro del Saber se encontraba trabajando en algo que había empezado a ocupar buena parte de su tiempo desde que se había unido a ellos: escribir; estaba recopilando la historia de sus viajes. La propuesta de visitar los archivos de una orden tan antigua como los Argion le interesó de inmediato.

Tras algunas gestiones consiguieron que lady Saelwyn de Ibrath les facilitara el acceso a la biblioteca. No era comparable con los inmensos repositorios de conocimiento que Symeon y Fajjeem habían conocido en otros lugares de Aredia, pero contenía crónicas, tratados legales, documentos religiosos y registros acumulados durante generaciones.

Lo primero que intentaron encontrar fue información sobre los orígenes de Arwex, pero tuvieron poco éxito.

La fortaleza había sufrido varios incendios a lo largo de su historia y numerosos documentos antiguos se habían perdido. Las crónicas conservadas de los grandes maestres solo retrocedían algunos siglos y ninguno de aquellos textos parecía explicar quién había excavado las estructuras originales ni quién había descubierto el extraño método con el que se tallaba la piedra.

Los canteros transmitían sus conocimientos de maestro a aprendiz. No existía, al menos allí, un tratado que revelara su origen. Symeon cambió entonces de objetivo.

Si no podían descubrir el secreto de Arwex, quizá sí pudieran comprender mejor las reglas del juicio.

Encontraron los tres grandes juramentos de los Argion: discreción respecto a los asuntos internos del reino, lealtad absoluta al Trono y compromiso contra toda traición y herejía. 

Más interesante aún era el funcionamiento de sus procesos. Los juicios Argion no seguían un procedimiento completamente rígido. Las pruebas eran presentadas, discutidas y valoradas, pero existía un margen considerable para la interpretación de los jueces. La Orden actuaba investida por la autoridad de la Corona para resolver conflictos internos y aplicar las leyes del reino.

En teoría, la propia Corona podía imponerse sobre una decisión de los Argion, pero hacerlo destruiría buena parte de la legitimidad del proceso. Si Armen aparecía y simplemente ordenaba liberar a Woderyan, podía salvar al duque y perder políticamente mucho más de lo que ganaba.

Necesitaban convencer, no imponer.

Mientras Symeon y Galad investigaban los archivos, llegó a los demás la autorización para visitar a Rodyan.

Alexadar acudió acompañado por Daradoth y Yuria.

El joven se encontraba alojado en aposentos similares a los de su padre: austeros, cómodos y perfectamente vigilados. Dos jueces Argion permanecían presentes durante la conversación.

Rodyan tendría unos veintidós o veintitrés años. Llevaba el cabello algo largo y una pequeña perilla y, cuando vio entrar a Daradoth, su expresión se iluminó con una mezcla casi infantil de fascinación y nerviosismo.

—Es un h-h-h-honor —tartamudeó varias veces—. Un v-v-verdadero honor c-c-conocer a un m-m-miembro del Bello Pueblo.

Después pareció darse cuenta de que estaba ignorando a Yuria y a Alexadar y trató de corregirse torpemente.

La conversación no resultó demasiado esclarecedora.

Rodyan sabía que su padre estaba acusado de alta traición y que él mismo aparecía como cómplice, pero afirmaba desconocer prácticamente todo lo demás. No participaba de forma importante en la política del ducado, apenas intervenía en cuestiones militares y jamás había tenido noticia de los contactos con Robeld de Baun.

—¿Creéis que vuestro padre puede ser culpable? —preguntó Daradoth.

—N-N-No. No puede serlo.

—¿Lo sabéis o simplemente confiáis en él?

Rodyan vaciló.

—C-C-Confío en mi p-padre.

Yuria trató de observar sus reacciones mientras le formulaban preguntas sobre sus obligaciones, su conocimiento de las tropas y su vida cotidiana. El joven hablaba de cabalgar, pintar y visitar propiedades con bastante más entusiasmo que de estrategia o política.

O era un actor extraordinariamente bueno o, sencillamente, no sabía nada.

Cuando llegó el momento de marcharse, Yuria le preguntó si necesitaba algo.

Rodyan meditó seriamente la cuestión.

—Un pudin de chocolate estaría bien —sonreía abstraído, y por primera vez no tartamudeó.

Yuria lo miró durante unos segundos. «Pobre muchacho, su mente no ha crecido acorde con su cuerpo», pensó.

—Preguntaré si pueden traéroslo.

Fuera de la estancia preguntó a los jueces si realmente consideraban necesario mantener detenido a aquel muchacho.

—¿Habéis visto algo que nosotros no veamos? Porque parece incapaz de conspirar contra nadie.

El Argion respondió que todavía no conocía todas las pruebas. Cuando comenzara el juicio, también él podría valorar la acusación contra Rodyan. Hasta entonces, seguiría retenido.

Alexadar coincidía con la impresión de los demás. Había conocido al muchacho desde niño y le costaba imaginarlo como artífice de una conspiración. Pero aquello tampoco era una prueba.

Después de reunirse de nuevo a bordo del Empíreo, compararon cuanto habían averiguado.

La biblioteca no había revelado el origen de Arwex.

Rodyan tampoco había aportado nada que explicara cómo habían llegado las cartas de su padre a manos de los acusadores.

Seguían casi en el mismo lugar.

Daradoth propuso entonces otra prueba con la Vicisitud. Hasta aquel momento habían comprobado que la magia era mucho más difícil dentro de Arwex, pero no habían observado con precisión qué ocurría en las hebras cuando alguien intentaba utilizarla.

Primero realizaron la prueba lejos de la influencia de la fortaleza. Mientras Daradoth canalizaba un hechizo sencillo, los demás observaron la Vicisitud. Nuevas hebras aparecían, vibraban, interactuaban con las existentes y desaparecían cuando terminaba el efecto. Un hechizo más poderoso producía una perturbación mayor.

Después repitieron el experimento dentro de Arwex.

Daradoth comenzó utilizando la cantidad normal de poder. Nada.

Aumentó la energía. Nada.

Siguió forzándose hasta gastar una cantidad desproporcionada para un efecto insignificante.

El hechizo no llegó a manifestarse.

Galad, sin embargo, creyó ver algo: una de aquellas hebras perfectamente rectas había vibrado. Muy poco, casi imperceptiblemente. Pero juraría que había vibrado.

—Así que no es completamente imposible —murmuró.

—He usado una barbaridad de poder para conseguir que una hebra se mueva ligeramente —respondió Daradoth, agotado.

Eso quizá significara que la estructura podía ser forzada, solo que hacía falta una cantidad de energía enorme.

Y conocían enemigos capaces de utilizar cantidades enormes de poder, aunque no sabían si sería suficiente para quebrar la la fortaleza.

Galad realizó una segunda prueba. Canalizó una de sus auras protectoras en una zona donde todavía podía manifestarla y se aproximó a las estructuras de Arwex. El efecto comenzó a debilitarse hasta apagarse.

Symeon intentó activar la luz de su diadema dentro de uno de los edificios. No ocurrió nada.

Arwex no anulaba únicamente los hechizos que se intentaban lanzar desde dentro, también apagaba efectos ya existentes y podía inutilizar reliquias. Aquello explicaba la cámara donde los Argion guardaban sus objetos peligrosos, aunque el efecto allí parecía todavía más intenso.

—Mágicamente esto es casi inexpugnable —concluyó Galad.

—Casi —repitió Daradoth.

La pequeña vibración que había provocado al forzar la Vicisitud impedía utilizar la palabra absolutamente. No obstante, Galad no podía poner la mano en el fuego por aquello, quizá solo había sido una sensación suya.

Al atardecer, lady Theryn llegó al Empíreo acompañada por dos Argion.

Gwintar había aceptado la invitación.

Vendría antes del amanecer, cuando la mayoría de los nobles continuara durmiendo. No quería convertir una simple visita al dirigible en un acontecimiento político ni alimentar rumores sobre reuniones secretas.

Symeon agradeció la respuesta.

Antes de terminar el día intentó localizar a sir Eygène de Rheynald. Desde que lo había visto entre los Argion, una conversación pendiente pesaba sobre él. Eygène era hermano de Valeryan y, por difíciles que hubieran sido sus relaciones, Symeon sentía que debía hablar con él acerca de lo sucedido en Rheynald y del estado en que se encontraba el antiguo marqués.

No consiguió encontrarlo.

Al parecer había abandonado temporalmente la fortaleza por algún asunto de la Orden.

Symeon dejó un mensaje solicitando hablar con él cuando regresara. Después volvió al Empíreo.

Poco antes del amanecer, varias figuras ascendieron por el camino que llevaba hasta la terraza donde estaba anclado el dirigible. Gwintar de Hasalon cumplía su palabra. Lo acompañaban lady Theryn de Gwendar y sir Awald de Tharenn, además de algunos hombres de escolta que permanecieron abajo.

Los marineros desplegaron la escala y Yuria los recibió a bordo.

Gwintar visita el Empíreo

La reacción de los Argion fue exactamente la que esperaban.

Incluso Gwintar, hombre difícil de impresionar, recorrió la cubierta observando con atención los mecanismos de la nave. Awald se interesó especialmente por la curiosa ballista instalada en la proa y Theryn no tardó en fijarse en cada objeto extraño que encontraba a su alrededor.

Yuria dio la orden. El Empíreo se elevó.

Durante algunos minutos sobrevolaron las laderas de Arwex. Las montañas descendieron bajo ellos y las nubes comenzaron a teñirse con la primera luz del amanecer.

—Extraordinario —admitió Gwintar.

Theryn permanecía fascinada. 

Habían conseguido que subieran. Ahora quedaba la parte difícil.

Symeon, Galad y Yuria se ocuparon de mantener entretenidos a los acompañantes mientras Daradoth invitaba al gran maestre a conocer el interior de la nave.

—Si queréis acompañarme, mi señor. Hay algo que debemos mostraros.

Gwintar percibió inmediatamente que aquello no formaba parte de una visita turística. Aun así, siguió al elfo.

Dentro del camarote lo esperaban Alexadar, Faewald y una figura encapuchada. Gwintar se detuvo. Daradoth cerró la puerta.

—Disculpad el engaño —dijo—. Pero creemos que esta es la única forma de afrontar lo que está ocurriendo con ciertas garantías.

El gran maestre miró hacia la figura.

—Os dijimos que la reina Armen había sido dominada por los aliados de Robeld de Baun. Nosotros conseguimos liberarla.

Daradoth hizo una pausa.

—La reina está aquí.

Armen se quitó la capucha.

Durante un instante Gwintar no dijo nada. La iluminación del camarote era tenue, pero no necesitó acercarse. Conocía aquel rostro.

—Majestad… ¿sois realmente vos?

Armen se puso en pie.

—Soy yo. Esta es mi voz y este es mi sello.

Gwintar hincó una rodilla.

—Entonces era cierto.

Armen le relató lo esencial.

Robeld y sus aliados habían utilizado magia de la Sombra para anular su voluntad. Habían manipulado sus sentimientos hasta hacerle creer que estaba enamorada del marqués y convertirla en instrumento de su causa.

—Hace algunos años os habría dicho que algo semejante era imposible —admitió la reina—. Ahora ya no me atrevo a negar nada.

Gwintar la escuchó en silencio.

—Entonces sed bienvenida a Arwex, majestad. Y lamento profundamente lo sucedido a vuestra caravana.

El rostro de Armen se endureció.

—Alguien informó a Robeld de nuestro itinerario y de nuestra posición. Quiero descubrir quién fue. Pero antes necesito encontrar a mi hijo.

Matwann continuaba desaparecido.

Y por encima de todo aquello se encontraba el problema que había destruido el reino.

—Y quiero terminar esta guerra civil.

Alexadar intervino.

La aparición de Armen cambiaba por completo la situación política. Randor había tomado decisiones cada vez más erráticas y, en opinión del marqués, ya no era el gobernante que Esthalia necesitaba.

Gwintar no llegó tan lejos.

Su juramento seguía siendo hacia el Trono y Randor continuaba siendo el rey, pero escuchó.

Armen tampoco le pidió que cancelara el juicio de Woderyan.

—No quiero que anuléis el proceso —dijo—. Quiero que conozcáis la verdad antes de que me presente ante todos. Pronto tendré que revelarme. Necesito que estéis preparado para lo que ocurrirá cuando lo haga.

Gwintar asintió lentamente.

Había un obstáculo evidente.

—Vuestra palabra bastará para muchos, majestad. Para otros no. Si debemos afirmar que actuasteis bajo un hechizo, necesitaremos alguna forma de demostrar que algo semejante es posible.

Tras unos momentos de discusión estéril, Faewald planteó una idea.

Fuera de Arwex, donde la magia funcionaba normalmente, uno de los compañeros podía demostrar delante de testigos que era posible someter parcialmente la voluntad de una persona. No sería comparable al dominio sufrido por Armen, pero bastaría para demostrar que la voluntad humana podía alterarse mediante magia.

Daradoth confirmó que podía provocar una compulsión sencilla. Obligar a alguien a realizar un acto que normalmente no haría, siempre que no implicara hacerse daño.

Gwintar meditó la propuesta.

—Eso podría resultar útil.

No demostraría por sí mismo que Armen hubiera sido controlada, pero demostraría que su historia no era imposible.

El gran maestre se incorporó.

—Vuestro secreto permanecerá conmigo hasta que decidáis revelarlo.

Armen inclinó la cabeza.

—Gracias.

Gwintar miró entonces a Alexadar.

—Pero respecto a Estigian, nada de esto cambia una cuestión fundamental. Solo las pruebas podrán salvar al duque.

Daradoth acompañó al gran maestre de regreso a cubierta.

Antes de reunirse con los demás, Gwintar lo detuvo, y habló en voz queda:

—Lord Ithaulgir.

Daradoth se volvió.

—¿Estáis completamente seguro de que la reina se encuentra libre de la influencia de Robeld?

—Sí.

El elfo no dudó.

—Hemos tomado precauciones para evitar que vuelva a ocurrir. Nada es absolutamente infalible, pero estoy convencido de que ahora mismo actúa por voluntad propia.

Gwintar permaneció pensativo.

—No era eso lo único que quería preguntaros.

Daradoth esperó.

—¿Qué opináis de ella como gobernante?

La pregunta lo sorprendió más que cualquier otra que el gran maestre hubiera formulado aquella mañana. Hasta hacía poco, Daradoth habría considerado que la disputa entre dos gobernantes humanos apenas tenía que ver con él.

Ya no podía permitirse ese lujo.

—La conozco desde hace pocos días —respondió—, pero me parece una mujer que comprende qué es realmente importante. Randor está consumido por conflictos que, comparados con lo que está ocurriendo en Aredia, son pequeños. Armen sabe que existe una guerra entre Luz y Sombra y comprende que todos tendremos que unirnos para combatirla.

Gwintar lo observó sin interrumpir.

—Creo que Esthalia estaría mejor gobernada por alguien capaz de entender eso.

El gran maestre no respondió inmediatamente. Después volvió con sus compañeros.

La visita había terminado, pero algo había cambiado.

Cuando el Empíreo regresó a su anclaje y los Argion se alejaron, Daradoth contó a Armen la última conversación. La reina agradeció sus palabras, aunque su reacción fue más sombría de lo que esperaba.

—No sé si estoy preparada para gobernar como debería mientras mi hijo siga desaparecido.

La ausencia de Matwann estaba empezando a pesar sobre todas sus decisiones.

—Lo encontraremos —aseguró Galad.

—Necesito encontrarlo.

Faewald planteó entonces una posibilidad sencilla que ninguno había considerado suficientemente.

Cuando Armen revelara públicamente quién era, podría ordenar a los propios Argion que colaboraran en la búsqueda del príncipe.

La Orden tenía hombres, contactos y autoridad por todo el reino.

Armen permaneció pensativa.

—Quizá tengáis razón.

Aquello daba todavía más motivos para no prolongar demasiado su ocultación.

Pero antes querían preparar el terreno.

Daradoth decidió aprovechar el interés que su presencia había despertado entre los Grandes y envió mensajes formales solicitando entrevistas privadas con los principales nobles reunidos en Arwex. Quería saber qué pensaban realmente de Woderyan, de Randor, de Robeld y, sobre todo, de Armen.

Si la reina iba a presentarse ante ellos, necesitaban saber qué clase de sala encontraría.

Poco después del mediodía resonaron cuernos en el camino. Una nueva comitiva ascendía hacia Arwex; sobre ella ondeaban los colores de Dahier.

Lady Erwinna había llegado.

La representante plenipotenciaria de Aleyre Shotald viajaba acompañada por una comitiva suficientemente importante para dejar claro que no se trataba de una simple mensajera. Era la única de las principales casas que había enviado a una representante en lugar de acudir personalmente, pero el rango y la confianza depositada en Erwinna hacían difícil interpretar aquello como una ofensa.

Además, llevaba consigo algo mucho más importante: la carta sellada de Aleyre para Gwintar.

Armen la observó llegar desde el Empíreo. Dahier ya estaba en Arwex. El cerco político alrededor del juicio se cerraba.

Daradoth comenzó a recibir respuestas a sus invitaciones. Los representantes de Wartan, Uterlan y Rowal aceptaron recibirlo en los días siguientes. No todos mostraban el mismo entusiasmo, pero ninguno parecía dispuesto a rechazar abiertamente la visita de un elfo.

El juicio todavía no comenzaría de inmediato. Faltaban las últimas delegaciones. Aquello les daba unas horas, y Armen quiso utilizarlas.

Recordaba aproximadamente el lugar donde su caravana había sido emboscada. Desde Arwex, el viaje por aire era largo, pero posible.

—Quiero volver allí.

Daradoth no podía acompañarlos. Había solicitado personalmente las entrevistas con los Grandes y desaparecer justo cuando comenzaban a responder habría sido difícil de justificar.

El Empíreo partiría sin él y sin Symeon. Armen viajaría con varios de los compañeros y con Arakariann, cuya experiencia como montaraz podía resultar útil si quedaba algún rastro. Daradoth permanecería en Arwex junto al errante para continuar el trabajo político. Antes de partir acordaron que utilizaría el búho de ónice para avisarlos en cuanto la última delegación llegase o se anunciara el comienzo del juicio.

El Empíreo levantó el vuelo.

El viento procedente de las Amaryn complicó un poco el viaje. Yuria tuvo que corregir el rumbo en varias ocasiones y la nave avanzó más lentamente de lo esperado. Cuando llegaron a la región donde Armen situaba la emboscada todavía era de noche, por lo que aguardaron hasta disponer de suficiente luz para reconocer el terreno.

En cuanto amaneció el siguiente día, comenzaron la búsqueda.

Galad tenía una posibilidad que no quería desaprovechar. Églaras. El poder que podía canalizar a través de la espada estaba muy por encima de sus capacidades normales y existía una invocación que le permitiría localizar a una persona incluso sin haberla conocido, siempre que se encontrara dentro de un radio de unas quince millas. Pero Galad conocía el precio de empuñar aquella espada.

Miró a Yuria.

—Si se me va de las manos, vigiladme —lanzó una mirada muy significativa al talismán de la ercestre.

Después cerró los dedos alrededor de la empuñadura.

El poder lo inundó. Y, con él, llegó la voz. No era una posesión violenta, no intentaba aplastar su voluntad. Aquella vez trataba de convencerlo.

Tenéis que comprender que es la única vía.

Galad apretó los dientes.

La realidad está corrompida. Todo está corrompido.

—Tiene que existir otra forma —respondió mentalmente—. Lo que se corrompe puede purificarse.

Pero la certeza que acompañaba aquella voz resultaba mucho más difícil de rechazar que una simple orden. Por primera vez, Galad comprendió una parte de su razonamiento.

Quizá Norafel y Emmán tuvieran razón. Quizá la realidad hubiera llegado a un punto en el que repararla fuese imposible. La idea lo aterrorizó.

No la aceptó, no todavía. Se concedería una oportunidad más. Una penúltima oportunidad para demostrar que el mundo podía salvarse sin destruirlo.

Y entonces, utilizó el poder de la espada. Sin embargo, no encontró a Matwann dentro del alcance del hechizo. El príncipe no estaba allí.

Galad mantuvo a Églaras entre sus manos y decidió realizar una segunda petición, mucho más sencilla. Una pregunta a Emmán. Una respuesta: sí o no.

—¿Matwann sigue vivo?

La certeza llegó inmediatamente.

SÍ.

Galad abrió los ojos.

Armen lo estaba observando.

—No sé dónde está —dijo—. Pero puedo aseguraros una cosa. —La reina apenas respiraba—. El príncipe Matwann está vivo.

Armen cerró los ojos.

El alivio que recorrió su rostro fue tan intenso que durante unos segundos pareció perder toda la tensión acumulada durante semanas.

—Gracias a Emmán.

Después, su expresión volvió a endurecerse.

—Espero que no esté sufriendo.

Ahora tenían una certeza. Pero todavía necesitaban encontrarlo.

El Empíreo descendió cerca del lugar donde había tenido lugar la emboscada.

Después de varios meses apenas quedaba nada reconocible como una escena de combate. La lluvia había borrado las huellas, la vegetación había vuelto a crecer y cualquier rastro que pudiera haber dejado un caballo o un hombre había desaparecido hacía mucho tiempo.

Sí encontraron restos de la caravana. Madera quebrada, fragmentos abandonados. Señales suficientes para confirmar que estaban en el lugar correcto. Arakariann examinó los alrededores, pero ni siquiera un montaraz podía seguir un rastro de varios meses después de lluvias y cambios de estación.

El grupo amplió la búsqueda, y desde el aire localizaron algunas granjas dispersas por la región.

No esperaban demasiado. La primera no aportó nada. La siguiente tampoco.

Hasta que encontraron a unos campesinos que recordaban algo extraño.

Meses atrás, poco después de la fecha de la emboscada, un caballero había pasado cerca de aquellas tierras. Estaba herido y ensangrentado, y no iba solo. Lo acompañaba un niño.

Armen quedó inmóvil. Pidieron una descripción.

No era suficiente para estar absolutamente seguros, pero la edad del muchacho, su aspecto y el momento en que habían pasado por allí encajaban. El niño permanecía muy cerca del caballero. Como si dependiera completamente de él.

—¿Hacia dónde fueron? —preguntó Armen.

El campesino señaló.

Hacia el norte.

La reina siguió aquella dirección con la mirada.

Por primera vez desde que habían comenzado a buscar a Matwann no tenían una visión, una sospecha ni una interpretación de un sueño. Tenían un testigo. Alguien había sacado al príncipe de la emboscada, seguramente sir Caelred Harn, hombre de toda confianza de la reina asignado a la protección del príncipe.

Y Matwann estaba vivo.

Mientras el Empíreo permanecía lejos de Arwex, Daradoth comenzó su propia búsqueda.

No perseguía huellas. Perseguía lealtades.

La primera de sus entrevistas fue con el duque de Rowal. El noble lo recibió con la cortesía que cabía esperar ante un miembro del Bello Pueblo, aunque su posición política parecía bastante clara. Para él, Robeld de Baun era un traidor al reino y Armen había seguido el mismo camino al anunciar su compromiso con el marqués mientras continuaba casada con Randor.

Había también una cuestión religiosa. Romper de aquella manera sus votos matrimoniales resultaba, a sus ojos, algo cercano a la herejía.

Daradoth no lo contradijo frontalmente.

—¿Y si aquello que creéis saber sobre la reina no fuera cierto?

El duque lo observó con atención.

—¿Qué queréis decir?

—Que quizá no actuase libremente.

La respuesta no fue una conversión inmediata. Pero tampoco un rechazo. El duque de Rowal consideraba a Woderyan un hombre con el que nunca había tenido especial afinidad y no ocultaba sus reservas hacia él. Sin embargo, tampoco parecía dispuesto a condenarlo antes de conocer las pruebas.

—Veremos qué presentan —dijo—. Si ha traicionado al reino, deberá responder por ello. Si no lo ha hecho, también debe quedar demostrado.

Era poco. Pero, en aquel momento, poco bastaba. No todos los hombres reunidos en Arwex habían decidido ya el resultado del juicio.

Daradoth abandonó los aposentos sabiendo que todavía quedaban varias entrevistas por delante.

A cientos de kilómetros de allí, el Empíreo preparaba el regreso mientras Armen contemplaba hacia el norte, siguiendo un camino que un caballero ensangrentado y un niño habían recorrido meses atrás.

En Arwex comenzaban a moverse las lealtades.

Y en algún lugar de Esthalia, por primera vez desde su desaparición, sabían con certeza que el príncipe Matwann seguía vivo.

 

domingo, 18 de octubre de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 31

La Piedra inmóvil. El Duque Estigian.

Aquella noche ninguno de ellos quiso dormir dentro de Arwex.

La decisión no tenía tanto que ver con la hospitalidad de los Argion como con aquello que habían descubierto bajo sus pies. Daradoth había percibido una estructura imposible en la Vicisitud, una malla de hebras rectas y prácticamente inmóviles que parecía aprisionar la realidad alrededor de la fortaleza, y nadie sabía todavía qué efectos podía tener sobre sus propias capacidades.

Antes de regresar al Empíreo, Galad decidió realizar una prueba sencilla. Mientras atravesaban uno de los patios interiores de Arwex murmuró una breve oración y canalizó sobre sí mismo uno de los hechizos de protección más básicos que conocía.

El poder de Emmán respondió, pero algo se resistió.

No fue una oposición violenta ni una interrupción del vínculo con su dios. Galad continuaba sintiendo perfectamente la presencia de Emmán, pero tuvo que canalizar bastante más poder del habitual para conseguir un efecto que normalmente habría realizado casi sin pensar.

No dijo nada hasta que volvieron al dirigible.

—He probado a realizar un milagro dentro de Arwex —explicó entonces—. Ha funcionado, pero me ha costado bastante más de lo normal.

Daradoth frunció el ceño.

—¿Dentro de uno de los edificios?

—No. En un patio, todavía dentro del recinto.

Aquello hacía todavía más interesante el fenómeno. La influencia no se limitaba a las estancias excavadas en la montaña, aunque parecía lógico pensar que cuanto mayor fuese la cantidad de aquella piedra a su alrededor, mayor podría ser el efecto.

Symeon tenía su propia prueba en mente.

—Esta noche entraré en el Mundo Onírico. Pero desde aquí.

No quería descubrir qué ocurriría si intentaba atravesar las fronteras de la vigilia desde el interior de Arwex. Tal vez no sucediera nada, o tal vez consiguiera entrar y después no pudiera regresar.

Galad realizó sobre él las protecciones habituales y Symeon se recostó, cerró los ojos y dejó que su conciencia descendiera hacia el sueño.

El Mundo Onírico recibió al errante con su familiar irrealidad.

El Empíreo tenía allí su representación, al igual que las presencias de sus compañeros. Las enormes ballenas celestiales flotaban en la distancia y las formas imposibles de aquella dimensión se deslizaban lentamente bajo un firmamento que no obedecía a las mismas leyes que el cielo de la vigilia.

Nirintalath estaba allí. También Norafel, encogido en su habitual trance, inmóvil mientras Galad no empuñara a Églaras.

Symeon dirigió inmediatamente la mirada hacia Arwex.

Y no vio nada.

La montaña estaba allí, convertida en una gigantesca y amenazadora masa gris semejante a tantas otras elevaciones del Mundo Onírico.

Pero la fortaleza había desaparecido.

Symeon permaneció unos instantes observando el lugar, convencido de que debía de estar pasando algo por alto. Arwex tenía siglos de historia. Miles de hombres habían vivido, rezado, combatido, juzgado y muerto allí. Un lugar de semejante importancia debía haber dejado alguna clase de huella.

No había torres, ni murallas, ni salones, ni Argion.

Solo la montaña.

Se ocultó todo lo posible dentro del paisaje onírico y trató de percibir alguna presencia disimulada tras una barrera, un velo o una ilusión.

Nada. No parecía haber algo escondiéndose de él. Simplemente, Arwex no estaba allí.

«Esto no es normal», pensó, y se acercó a Nirintalath.

—Desde que hemos llegado, ¿has percibido algo extraño en ese lugar?

El espíritu de Dolor negó cualquier conocimiento especial. Su interés continuaba centrado en aquella inmensa criatura que habían encontrado tiempo atrás en el Mundo Onírico y contra la que esperaba que Symeon cumpliera su promesa de combatir.

—Lo haremos —le aseguró—. Pero antes necesito averiguar qué ocurre aquí. Mantente alerta. Si percibes algo extraño, intenta avisarme.

La forma de hacerlo planteaba un problema, pues Symeon no pensaba introducir la Espada del Dolor dentro de Arwex. Finalmente acordaron que, si el espíritu detectaba un peligro, intentaría hacer brillar el pomo del arma.

Después Symeon miró a Norafel.

El arcángel permanecía recogido sobre sí mismo, como sumido en una meditación que trascendía cualquier sueño mortal. Symeon se acercó, se sentó a su lado y rezó durante unos minutos.

—Norafel —dijo finalmente—. Estamos en un lugar que no comprendo. Hay algo extraño en la propia realidad. ¿Os ha mostrado Emmán alguna visión sobre Arwex? ¿Existe algún peligro que debamos conocer?

Los ojos dorados del arcángel se abrieron, y una tenue y dorada bruma luminosa escapó de ellos.

Norafel miró a Symeon y negó brevemente con la cabeza. Después volvió a su trance.

El Errante permaneció un instante sentado, decepcionado, antes de incorporarse. Terminó sus oraciones, inclinó respetuosamente la cabeza y comenzó a alejarse.

Entonces, escuchó la voz a su espalda —la voz de Norafel— que lo atravesó como una vibración.

—Tenéis que entender que no hay otro remedio. Debemos reiniciarlo todo. Hacédselo comprender a Galad. Es la voluntad de nuestro señor.

Symeon se giró, pero Norafel había regresado a su inmovilidad.

Cuando despertó, contó a sus compañeros todo cuanto había visto; o, más exactamente, todo cuanto no había visto.

—Arwex no existe en el Mundo Onírico —explicó—. La montaña sí. La fortaleza, no. No hay ninguna representación, ninguna huella. He intentado percibir algo oculto y no he encontrado nada.

Daradoth miró hacia la mole oscura que se recortaba más allá del Empíreo.

—Entonces debemos investigar la montaña.

Symeon asintió, pero todavía tenía algo más que decir.

Transmitió las palabras de Norafel.

Galad permaneció en silencio.

No era la primera vez que surgía aquella idea. Desde hacía algún tiempo, determinadas revelaciones celestiales parecían apuntar hacia una solución extrema: la realidad se encontraba tan dañada que quizá la única forma de salvarla fuera destruirla y comenzar de nuevo.

—Sigo pensando que debe existir otra solución —dijo Daradoth—. Si algo se ha roto, puede repararse.

Fajjeem, que escuchaba la conversación, intervino con cautela.

—Muchas culturas de Aredia creen que las almas regresan. Que vuelven a nacer.

—¿Estáis diciendo que destruir el mundo no las destruiría? —preguntó Yuria.

—Digo únicamente que es posible que las almas se reencarnen. No que me parezca una buena idea averiguarlo de esta manera.

Nadie mostró demasiado entusiasmo ante semejante experimento.

Galad, sin embargo, decidió pedir otra respuesta a Emmán antes de dormir. Esta vez utilizó su poder para que el dios inspirara un sueño con el príncipe Matwann.

La visión llegó.

Matwann se encontraba suspendido sobre un precipicio, aferrado desesperadamente a una roca mientras fragmentos de la pared se desprendían bajo sus manos y desaparecían en el vacío. Más allá del muchacho, la sima crecía, extendiéndose como una mancha negra que devoraba cuanto tocaba.

No parecía una oscuridad normal.

Parecía idéntica a la inexistencia que ya había provocado en Usturna.

Entonces, la visión cambió.

Galad empuñaba a Églaras.

La levantó hacia el cielo invocando el poder de Emmán y después hundió la espada en el suelo.

De la hoja surgieron grietas negras, que se extendieron en todas direcciones y alcanzaron al príncipe.

Matwann desapareció.

Después desaparecieron las rocas, el precipicio y todo cuanto existía alrededor.

Solo quedó la nada.

Galad despertó sobresaltado.

Emmán había respondido, pero no le había dicho dónde se encontraba Matwann. Parecía haberle repetido, una vez más, el mismo mensaje.

 

Apenas había comenzado la mañana cuando una pequeña comitiva de Argion se presentó junto al Empíreo. Sir Haldran de Veghar encabezaba el grupo.

—Lord Gwintar desea hablar con vosotros antes de que comiencen las actividades del día —explicó—. Ha pedido expresamente la presencia de Symeon, lady Yuria, lord Daradoth y el hermano Aldur.

Galad solicitó acompañarlos y no encontraron inconveniente. Armen los observó marchar desde la cubierta.

—Tened cuidado.

La fortaleza apenas había despertado cuando atravesaron sus puertas. Los corredores estaban silenciosos y la mayoría de los invitados todavía permanecían en sus alojamientos.

Gwintar de Hasalon los esperaba acompañado únicamente por la custodia de archivos lady Maelin Stadyr y la comandante de los Velos Grises —el cuerpo de vigilancia interna de la orden— lady Arveth de Sannor.

No perdió tiempo.

—Sentaos, por favor. No disponemos de mucho tiempo y quiero ir directamente al motivo por el que os he llamado. 

Esperó a que ocuparan sus lugares.

Lord Gwintar, lady Maelin y lady Arveth

—Esta noche he recordado ciertas cosas. Vuestros rostros me resultaban familiares, pero habéis cambiado y han pasado demasiados acontecimientos desde entonces.

Symeon comprendió inmediatamente a qué se refería.

Gwintar los había conocido en Rheynald.

Aquella vez había llegado acompañando al rey Randor.

—Quería pediros disculpas —continuó el gran maestre—. Participé en una decisión con la que, incluso entonces, no estaba plenamente de acuerdo. No sabía con exactitud qué pretendía encomendaros el rey, pero colaboré con él y acabasteis enviados a una misión de la que era muy difícil regresar con vida.

Durante unos segundos nadie respondió.

El recuerdo de Rheynald adquirió un significado distinto allí, bajo el techo de Arwex. Symeon volvió a contemplar al anciano de espalda recta sentado ante ellos.

«Así que sí nos recordaba.»

Le hablaron de Valeryan, que seguía en coma como consecuencia de todo cuanto había ocurrido después de aquella misión.

Gwintar bajó la mirada.

—En cuanto tenga ocasión viajaré a Rheynald. Quiero presentar personalmente mis respetos, y mis disculpas.

Aldur, conmovido por el gesto de sincero pesar, fue el primero en responder.

—Como hermano en Emmán, por mi parte estáis perdonado, mi señor.

Yuria agradeció las palabras del gran maestre. Reconocer un error de aquella naturaleza después de tantos años requería una clase de rectitud que no era frecuente entre quienes ostentaban tanto poder.

Daradoth fue más lejos.

—¿Por qué nos envió Randor allí?

Gwintar negó con la cabeza.

—Nunca me lo explicó.

—¿Y obedecisteis sin preguntar?

—Entonces sí.

La respuesta quedó suspendida en el aire.

—¿Y ahora? —preguntó Symeon.

Gwintar escogió cuidadosamente sus palabras, intercambiando una mirada con lady Maelin.

—Randor sigue siendo para mí el rey legítimo de Esthalia. Pero algunos de sus métodos no me parecen los mejores.

Su expresión se endureció.

—Y nada de cuanto diga ahora abandonará esta habitación.

Todos asintieron.

—Mi lealtad es hacia el Trono —continuó—. No hacia la persona que se sienta en él.

Aquello era mucho más de lo que esperaban escuchar.

Daradoth empezó a explorar las implicaciones de aquella frase. ¿Hasta dónde obedecerían los Argion a un monarca cuyas decisiones perjudicaran al propio reino?

Gwintar respondió recurriendo a los juramentos de la Orden: discreción respecto a los asuntos internos del reino, lealtad absoluta al Trono y compromiso contra toda traición y herejía.

—Si un gobernante traicionara al reino —admitió—, o cayese en herejía, la situación sería distinta. Pero una acusación semejante tendría que demostrarse más allá de cualquier duda. No hablamos de algo que pueda decidirse por sospechas.

Aquello dejaba abierta una puerta.

Estrecha, pero abierta.

Gwintar aprovechó entonces la reunión para plantear una cuestión diferente.

—Hay rumores acerca de Rheynald.

Las miradas se cruzaron.

—Se dice que la marca se ha pronunciado a favor de la reina Armen. Si eso es cierto, vuestra situación podría llegar a ser comprometida. Para la Corona, Armen es actualmente una traidora.

No era una amenaza. Era una advertencia.

Gwintar quería saber también qué había de cierto en los rumores según los cuales la propia reina había estado en Rheynald.

Symeon decidió no mentir.

—Sí. Armen estuvo allí.

Maelin se mantuvo inmóvil, pero Gwintar fijó toda su atención en él.

Symeon continuó. Les pidió que considerasen la posibilidad de que la reina hubiera sido controlada. Su aparición pública junto a Robeld de Baun, su compromiso y sus declaraciones podían haber sido reales y, sin embargo, no proceder de su propia voluntad.

Habló del cambio sufrido por el marqués de Arnualles después de despertar del extraño coma que lo había afectado años atrás.

Habló de la Sombra.

Y de cuanto habían descubierto desde entonces.

Daradoth reforzó sus palabras con algo mucho más tangible.

—Hemos combatido contra los ejércitos de Robeld de Baun. Hay elfos oscuros entre sus tropas. Servidores de la Sombra.

Eso sí constituía un hecho que podían afirmar personalmente.

—Robeld es nuestro enemigo —dijo Symeon—. La reina no estaba a su lado por voluntad propia.

Gwintar quería creerlos, o, al menos, así les pareció.

Pero su expresión no cambió.

—Necesitaría pruebas.

—¿Qué clase de pruebas?

—Algo que pueda presentar ante el resto de la Orden. Mi convencimiento personal no basta.

Daradoth comprendió la dificultad. Los Argion podían aceptar que Robeld estuviera relacionado con la Sombra y, aun así, eso no demostraba por sí mismo que Armen hubiera estado bajo un hechizo.

—La reina no ha traicionado al reino —insistió—. Y gracias a nuestra intervención, jamás se casará con Robeld de Baun.

—¿Gracias a vuestra...?  —en ese momento, Gwintar pareció darse cuenta de algo y levantó ligeramente una mano—. Tendremos que continuar esta conversación en otra ocasión. Ya ha amanecido.

No quería que los demás nobles los encontraran reunidos a solas.

Antes de terminar, preguntaron una vez más por Matwann.

El gran maestre no sabía nada.

El príncipe había desaparecido el mismo día que Armen cayó en manos de Robeld, cuando ambos se dirigían precisamente hacia Arwex.

No había llegado ninguna noticia fiable desde entonces.

Symeon observó a Gwintar y a Maelin con atención mientras hablaban del muchacho, pero no percibió nada extraño.

Finalmente hizo una petición.

—Lady Theryn nos habló de las reliquias que custodiáis. Necesitamos examinarlas. No pretendemos sacar nada de Arwex, pero conocemos algunos objetos vinculados a la Sombra y podría haber algo peligroso incluso para vosotros.

Gwintar apenas necesitó pensarlo.

—Podéis hacerlo. Lady Theryn os acompañará junto con varios oficiales de la Orden.

Symeon ocultó su satisfacción. Al menos una puerta de Arwex acababa de abrirse.

Cuando abandonaron el edificio, unas trompetas resonaron en los caminos inferiores.

Una nueva delegación se aproximaba a Arwex. Era el séquito del marqués de Nátinar, otro de los antiguos Grandes del Reino. Con su llegada, el círculo de nobles convocados para asistir al juicio se estrechaba todavía más.

Lady Erwinna, representante de Dahier, era ya una de las pocas delegaciones relevantes que aún faltaban.

Los compañeros, sin embargo, tenían otros asuntos.

Lady Theryn de Gwendar los esperaba acompañada por cinco Argion.

—No sé cómo habéis conseguido que lord Gwintar os conceda permiso tan rápidamente —comentó a Symeon.

—Simplemente preguntando —contestó el errante, afable.

Theryn sonrió ligeramente.

Después los condujo hacia las profundidades de Arwex.

Atravesaron corredores cada vez más antiguos, descendieron escaleras y cruzaron puertas vigiladas hasta abandonar prácticamente cualquier estructura que pudiera considerarse parte de una fortaleza convencional.

Allí estaban dentro de la montaña.

Pero tampoco aquello se parecía a una cueva.

Las paredes habían sido trabajadas hasta formar superficies lisas y rectas. Los techos estaban igualmente tallados, con ángulos precisos y planos casi perfectos. No había marcas de runas, inscripciones protectoras ni ornamentación alguna.

Solo aquella piedra gris.

La misma que constituía buena parte de Arwex.

Llegaron finalmente ante una enorme puerta, que también estaba hecha de piedra.

Dos hombres necesitaron hacer un esfuerzo considerable para moverla.

—¿Alguna precaución antes de entrar? —preguntó Symeon.

—Las reliquias son inertes mientras permanecen aquí —respondió Theryn—. Esa es precisamente la razón por la que esta cámara se utiliza para custodiarlas.

Entraron.

Theryn fue la primera.

Symeon la siguió.

Después Yuria.

Y en el momento en que la pesada puerta quedó completamente cerrada, Yuria ahogó una exclamación.

El objeto protector que llevaba al cuello comenzó a provocarle agudos pinchazos.

Primero resultaron molestos. Después, insoportables.

Tuvo que quitárselo. La sensación desapareció inmediatamente.

Yuria sostuvo el objeto entre los dedos durante unos segundos antes de guardarlo.

Se sintió extrañamente desnuda.

Había llevado aquella protección durante tanto tiempo que solo comprendió cuánto dependía de ella cuando dejó de sentirla sobre su cuerpo.

La cámara era una bóveda rectangular de dimensiones considerables, con un techo escalonado y numerosos arcones, estantes y soportes distribuidos de una forma mucho más ordenada de lo que el aspecto exterior podía sugerir.

Allí los Argion habían almacenado objetos procedentes de prácticamente toda Aredia. Reliquias emmanitas, objetos vestalenses, piezas recuperadas en las regiones septentrionales y en el lejano sur, quizá incluso procedentes del otro lado del océano. Había armas, anillos, joyas, coronas, armaduras, bastones, cetros, varas...

También libros cuya procedencia se había perdido hacía generaciones.

Muchos tenían siglos de antigüedad.

Y todos permanecían apagados.

Symeon examinó varios de ellos, pero no percibía actividad. Daradoth tampoco detectaba Sombra.

Galad, en cambio, concentró su percepción sobre la Vicisitud.

El resultado fue todavía más extraño que el día anterior.

Las hebras de la realidad que correspondían a sus compañeros conservaban la vibración habitual. Pero alrededor de ellos se levantaba una auténtica jaula de líneas rectas, perfectamente ordenadas y apenas vibrantes.

También las reliquias parecían atrapadas dentro de aquella estructura.

El objeto que Yuria acababa de quitarse resultaba diferente: vibraba durante unos instantes, se detenía por completo y volvía a vibrar, una y otra vez, como si intentara responder a una presión que no conseguía superar.

—Esto está reaccionando —murmuró Galad.

Symeon intentó percibir el Mundo Onírico desde el interior de la cámara.

No pudo.

No era simplemente que no viera nada, sino que sentía una barrera. Aquella sala estaba aislada.

Lady Theryn comenzó a mostrarles algunas de las reliquias consideradas más peligrosas.

Una de ellas era una vara recuperada en el norte muchos años atrás. Estaba cubierta por símbolos extraños y había sido encontrada en una región devastada, relacionada según los registros con los acontecimientos del Año del Invierno Eterno.

Symeon contempló las inscripciones durante largo rato.

Le resultaban familiares.

Finalmente recordó dónde las había visto.

—El Círculo Externo.

Aquello hizo que los demás prestaran todavía más atención.

El Círculo Externo había estado vinculado precisamente a los acontecimientos que desencadenaron aquel invierno.

Theryn confirmó que la relación era una de las razones por las que los Argion consideraban la vara extremadamente peligrosa, aunque desconocían su poder concreto.

Yuria reconoció otra pieza.

Era una pequeña estatuilla de piedra, trabajada según un estilo propio de los pueblos de Irza. Poseía cuatro rostros y una extraña disposición de cuerpos entrelazados.

—¿Qué hace?

Theryn recurrió a los registros de la Orden.

—Según las crónicas, puede levantar cuatro seres de piedra.

—¿Gólems?

—No sabría llamarlos así. Los escritos los describen como criaturas de un tamaño y una fuerza difíciles de imaginar.

Yuria contempló la pequeña figura.

Resultaba difícil reconciliar aquel objeto inerte con algo capaz de realizar semejante prodigio.

Pero la pieza que más interés despertó en Symeon fue un gran volumen antiguo.

El título estaba escrito en cántico.

Una sola palabra: CREACIÓN.

Symeon lo abrió, pero las páginas parecían vacías.

—¿Qué contiene?

Theryn negó con la cabeza.

—Tendría que consultar los registros. Recuerdo que está relacionado con la creación de algún objeto o algo así, pero no mucho más.

No permitían sacar ninguna de aquellas piezas de la cámara. Ni siquiera para estudiarlas.

Los compañeros aceptaron la restricción. Después de cuanto habían visto, Symeon no estaba seguro de que él mismo quisiera descubrir qué ocurriría si aquella vara, aquella estatua o el libro recuperaban su poder en mitad de Arwex.

Experimentaron abriendo la puerta.

No ocurrió nada evidente.

Las reliquias no parecieron despertar inmediatamente ni aparecieron caracteres en las páginas del libro. Sin embargo, el fenómeno que había sufrido Yuria se había manifestado únicamente cuando la cámara quedó completamente cerrada, lo que sugería que la estructura funcionaba de algún modo como un recipiente aislado.

Y cuanto más lo estudiaban, más preguntas aparecían.

—¿Quién construyó esta sala? —preguntó finalmente Yuria.

Theryn negó con la cabeza.

—No lo sabemos.

—¿Los Argion no la excavaron?

—No. Arwex se construyó sobre un complejo que ya existía.

Los compañeros se miraron.

Aquello cambiaba las cosas.

Las estancias más profundas eran anteriores a la propia fortaleza.

Mucho más antiguas.

No existían registros sobre sus constructores ni sobre el método empleado para conseguir aquellas superficies casi perfectas. Las ampliaciones posteriores habían utilizado piedra procedente de la cantera cercana, tallada siguiendo instrucciones transmitidas durante generaciones para conseguir bloques extraordinariamente rectos, pero la estructura original ya estaba allí cuando los Argion se establecieron en la montaña.

Pidieron visitar otra de aquellas antiguas salas.

Theryn accedió.

La estancia tenía paredes de la misma piedra, pero la puerta era convencional, de madera.

Yuria entró.

Nada.

Su protección no reaccionó.

Aquello parecía confirmar que no bastaba con encontrarse rodeado por aquella piedra. La configuración de la cámara, y especialmente la posibilidad de cerrarla completamente con una puerta del mismo material, desempeñaba algún papel fundamental.

—Es como una caja —murmuró Yuria.

Una caja que aislaba lo que había dentro.

No sabían de qué.

Al abandonar las profundidades de Arwex, Symeon explicó que tampoco había conseguido percibir el Mundo Onírico desde la cámara.

Yuria relató con detalle los pinchazos sufridos por su protección.

Galad añadió cuanto había observado en la Vicisitud.

Todas las piezas parecían encajar en un mismo misterio, pero todavía no sabían cuál era la imagen completa.

—Tenemos que ver la cantera —dijo Daradoth.

Lady Theryn les indicó el camino.

Decidieron llevar consigo a Garâkh, recogiéndolo del Empíreo. Aunque el enano no era cantero, quizá hubiera visto materiales semejantes en alguno de sus viajes. Arakariann también se unió a ellos.

La cantera se encontraba a unos veinte minutos de Arwex.

Era una explotación pequeña, utilizada únicamente cuando la Orden necesitaba nuevos bloques. Cuatro o cinco canteros trabajaban allí aquel día y recibieron a los visitantes con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

La roca aparecía expuesta en grandes superficies.

Cuando estaba cortada en planos rectos adquiría aquel aspecto casi metálico que habían observado en la fortaleza. Los fragmentos irregulares, en cambio, parecían mucho más vulgares.

Los canteros explicaron el procedimiento.

Introducían cinceles y cuñas en los puntos precisos, utilizaban agua y cambios de temperatura y repetían el proceso durante horas, incluso días, hasta conseguir separar los bloques siguiendo líneas casi perfectas. La técnica se encontraba documentada desde hacía siglos y había sido transmitida de generación en generación.

Nadie sabía quién la había desarrollado originalmente.

—Nosotros utilizaríamos métodos más… invasivos —comentó Garâkh al escuchar la explicación.

Yuria sonrió.

—¿Más avanzados?

El enano meditó la palabra.

—Más violentos.

Ni Garâkh ni Arakariann habían visto nunca una piedra semejante.

Daradoth y Galad volvieron a concentrarse sobre la Vicisitud. Desde aquella distancia, la anomalía resultaba mucho más fácil de delimitar. Arwex destacaba como una región de geometría imposible.

Las líneas rectas y prácticamente inmóviles se extendían por buena parte de la fortaleza, penetraban en sectores concretos de la montaña y reaparecían en determinadas zonas de la cantera.

Fuera de allí, desaparecían.

Daradoth se aproximó mentalmente a una de aquellas hebras, que formaba parte de las rocas en proceso de corte.

Intentó tocarla con su consciencia.

No ocurrió nada.

Con las hebras normales de la realidad, cualquier contacto producía vibraciones. Era posible sentirlas, desplazarlas ligeramente o incluso deformarlas si se comprendía suficientemente bien la Vicisitud.

Aquella no. Era rígida.

Daradoth intentó hacerla vibrar. Nada.

Le transmitió una pequeña cantidad de poder. La hebra permaneció absolutamente inmóvil.

—No reacciona.

—¿En absoluto? —preguntó Symeon.

—En absoluto.

Galad realizó otra prueba.

Lanzó el mismo milagro de protección que había utilizado dentro de Arwex.

Funcionó.

Pero mientras permaneció entre grandes masas de aquella roca necesitó algo más de esfuerzo. Al alejarse hacia una zona abierta, el efecto volvió prácticamente a la normalidad.

La piedra estaba relacionada con el fenómeno, eso ya resultaba difícil de negar. Lo que continuaban ignorando era cómo.

Yuria pidió varias muestras para estudiarlas más adelante y encargaron a uno de los canteros que preparara algunos fragmentos tallados. Incluso plantearon la posibilidad de fabricar una pequeña caja completamente cerrada con aquel material.

Si conseguían reproducir el efecto de la cámara de reliquias, las implicaciones serían enormes.

Quizá podrían aislar objetos peligrosos.

Quizá incluso una kothmor.

Pero todavía era solo una hipótesis.

Cuando regresaron al Empíreo, encontraron a sus ocupantes bastante más nerviosos de lo habitual.

Alexadar Stadyr llevaba un tiempo buscándolos.

Había llegado el momento de entrevistarse con Woderyan Estigian.

Mientras ellos investigaban la montaña, la delegación del marqués de Nátinar ya se había instalado en Arwex. Lady Erwinna, en cambio, no llegaría previsiblemente hasta el día siguiente.

Antes de marcharse, contaron a Armen y Alexadar lo ocurrido durante la reunión con Gwintar.

La reina escuchó con especial interés la declaración de lealtad al Trono.

—Quizá haya llegado el momento de hablar con él —dijo.

Alexadar meditó unos segundos.

—Gwintar es un hombre recto. No creo que os traicionara deliberadamente. Pero tampoco traicionará sus juramentos por simpatía.

—Entonces no necesito su simpatía —respondió Armen—. Necesito que conozca la verdad.

La posibilidad quedó planteada, pero no la llevarían a cabo todavía. Primero debían hablar con Woderyan.

Dos jueces Argion los acompañaron hasta las habitaciones donde permanecía retenido el duque de Estigia. Antes de permitirles entrar, los guardias comprobaron que ninguno portara armas. Incluso los objetos más ambiguos quedaron fuera.

Woderyan no estaba encerrado en una celda.

Sus aposentos correspondían a su posición y no parecía haber sufrido malos tratos, pero el efecto psicológico de su cautiverio resultaba evidente.

El duque de Estigia, uno de los hombres más poderosos del reino, parecía cansado. Y humillado.

Cuando vio entrar a Alexadar, su expresión cambió.

—¡Alexadar!

Los dos nobles se saludaron con verdadero afecto.

—Vaya circunstancias para volver a encontrarnos.

—Quería comprobar personalmente cómo estabais.

—Los Argion me tratan correctamente. No puedo quejarme de eso. Pero todo esto es una trampa.

Alexadar presentó a sus acompañantes como aliados y consejeros. Con los jueces presentes no podían revelar la verdadera razón por la que habían llegado a Arwex.

Woderyan quiso saber inmediatamente qué ocurría fuera.

Pero antes necesitaban comprender su situación.

—¿De qué se os acusa exactamente? —preguntó Daradoth.

El duque suspiró, pues la lista no era corta.

Traición a la Corona, contactos no autorizados con la Federación de Príncipes Comerciantes, una alianza indebida con Mervan, acercamiento a la reina Armen sin mandato de Randor, y conspiración con Robeld de Baun para colocar a Armen y al propio Robeld en el Trono.

Tres de sus propios vasallos habían formulado la acusación.

Woderyan negaba la conspiración, pero no podía negar todos los hechos.

—He mantenido contactos con los Príncipes Comerciantes —admitió—. Como prácticamente todos los nobles de cierta importancia.

—La acusación parece referirse a algo más que relaciones comerciales.

El duque asintió.

Había enviado tropas a Mervan durante la invasión de los jinetes del sur. Desde el punto de vista de sus acusadores, Esthalia necesitaba aquellas fuerzas y desviarlas fuera del reino podía interpretarse como una traición.

Woderyan lo veía de otra manera.

La amenaza había afectado a toda la región y ayudar a Mervan había contribuido a detenerla antes de que pudiera crecer.

Aquello podían defenderlo.

Las cartas resultaban más complicadas.

—¿Habéis mantenido correspondencia con Robeld de Baun? —preguntó Daradoth.

Woderyan tardó un instante en responder.

—Sí.

La palabra cayó pesadamente sobre la habitación.

—Él inició el contacto. Quería atraerme a su causa.

Robeld había utilizado el compromiso con Armen como argumento. Afirmaba actuar en nombre de la reina, presentaba su facción como la fuerza capaz de restaurar el orden y aseguraba contar incluso con el príncipe heredero.

Woderyan había respondido.

Varias veces.

—¿Qué decían vuestras cartas?

—Nada que implicara una traición a la Corona.

Titubeó.

—Aunque admito que algunas frases podrían interpretarse de otra manera si se sacan de contexto.

Daradoth intercambió una mirada con Symeon.

Aquello era un problema.

Woderyan explicó que se había interesado por el estado de Armen. Quería comprender qué estaba ocurriendo y hasta qué punto la reina apoyaba realmente a Robeld. En algunos momentos había mantenido deliberadamente una posición ambigua para que el marqués continuara escribiéndole.

—Responder a un enemigo no significa servirlo —dijo Yuria—. Puede utilizarse para obtener información.

—Eso pienso yo.

—Pero una carta también puede ser una prueba —advirtió Daradoth—. Dependerá de lo que haya escrito.

Woderyan bajó la mirada.

—Lo sé.

La siguiente pregunta era todavía más importante.

—¿Quién sabía que manteníais esa correspondencia?

—Nadie de mi consejo.

Daradoth frunció el ceño.

—¿Nadie?

—Nadie. No confiaba suficientemente en nadie como para compartirlo.

—Entonces ¿cómo han conseguido las cartas?

Woderyan no tenía respuesta.

Solo los mensajeros conocían su existencia.

Había enviado varios, quizá cuatro o cinco a lo largo de aquellas comunicaciones. Algunos regresaron confirmando que habían entregado sus mensajes. Otros desaparecieron, aunque en un país en guerra aquello no constituía por sí mismo una prueba de traición.

—Si uno de los mensajeros trabajaba para vuestros enemigos… —murmuró Symeon.

—O si las cartas fueron copiadas antes de entregarse —añadió Yuria.

No podían saberlo.

Robeld, por su parte, había insistido una y otra vez en que Woderyan debía cambiar de bando. Hablaba de la legitimidad de Armen, de la necesidad de terminar con la sangría del reino y de la supuesta incapacidad de Randor para gobernar.

El duque dirigió una mirada fugaz hacia los jueces presentes.

—Randor abolió los títulos de los Grandes del Reino sin una razón que yo pudiera comprender. Y envió a Valeryan de Rheynald a aquella misión que vosotros conocéis. No digo que Robeld tuviera razón. Digo que algunas de las preguntas que planteaba no eran completamente absurdas.

Después guardó silencio.

Parecía mucho más viejo de repente.

—Había perdido casi toda esperanza —confesó—. Veros aquí, Alexadar… al menos significa que todavía queda alguna.

Mencionó entonces a su hijo, Rodyan.

También había sido apresado.

No porque existieran pruebas directas de que hubiera participado en aquellas decisiones, sino por ser uno de sus principales aliados y heredero del ducado.

—Él no sabía nada —aseguró Woderyan—. Espero al menos que lo liberen. Aunque no sé si quedará un ducado que pueda heredar cuando todo esto termine.

Alexadar decidió entonces darle una noticia.

—Quizá hayáis oído rumores procedentes de Rheynald.

Woderyan levantó la mirada.

—¿Qué rumores?

—Armen ha aparecido allí.

Por primera vez desde que entraron, el duque pareció olvidar su propia situación.

—¿La reina?

—Ya no está con Robeld de Baun. Todo apunta a que se encontraba bajo alguna clase de influencia.

La transformación en Woderyan fue inmediata.

—Entonces… ¿es libre?

—Sí.

El duque dejó escapar el aire lentamente.

—Esa es una noticia magnífica.

No podían contarle más con los jueces presentes.

Se despidieron poco después.

Alexadar prometió defenderlo en el juicio.

Pero cuando abandonaron la torre, ninguno de ellos estaba tan seguro de cómo hacerlo.

En cuanto estuvieron suficientemente lejos de oídos ajenos, comenzaron a discutir.

—Hay cosas que no me cuadran —dijo Daradoth—. No estoy diciendo que sea culpable de alta traición. Pero tampoco puedo decir que sea completamente inocente.

Yuria no veía el intercambio de correspondencia como una condena automática. Un comandante podía comunicarse con un enemigo para obtener información, ganar tiempo o descubrir sus intenciones.

Otros eran bastante menos indulgentes.

Robeld estaba en guerra con Randor, Woderyan sabía que aquello ocurría, y, aun así, había mantenido numerosas comunicaciones con él.

El contenido exacto de aquellas cartas se había convertido en el centro de todo.

—Tenemos que verlas —dijo Symeon—. Hasta que no sepamos qué escribió realmente, estamos discutiendo a ciegas.

También resultaba sospechoso que las respuestas de Woderyan hubieran acabado en manos de sus acusadores cuando, según él, nadie de su entorno conocía su existencia.

Quizá uno de los mensajeros lo había traicionado, quizá las habían interceptado, o quizá el duque no les había contado toda la verdad.

Su principal ejército continuaba combatiendo en el frente a favor de Randor, un argumento importante para la defensa. También podían justificar en buena medida la ayuda enviada a Mervan.

Pero las cartas seguían allí.

Alexadar reconoció la dificultad.

—Con tantos nobles inclinados en su contra, no será fácil. La aparición de Armen podría alterar la situación.

Daradoth no estaba convencido.

Demostrar la inocencia de la reina no eliminaba automáticamente la responsabilidad de Woderyan por mantener contactos con Robeld.

Pero podía cambiar el significado de esas cartas si realmente habían sido escritas para averiguar qué había ocurrido con ella.

Y, sobre todo, podía transformar por completo el equilibrio político dentro de Arwex.

—Necesitamos que Gwintar hable con Armen —dijo Symeon—. A solas.

Si el gran maestre escuchaba la verdad directamente de labios de la reina y encontraba razones para creerla, su posición podía resultar decisiva cuando llegara el juicio.

No sería suficiente para salvar a Woderyan.

Pero quizá fuera el primer paso.

Sobre ellos se alzaba Arwex, asentada sobre una piedra que se negaba a vibrar, a cambiar o a ceder ante el poder.

Dentro de sus muros, sin embargo, todo empezaba a moverse.

Y el destino de Estigian podía depender de unas cuantas palabras escritas sobre papel.