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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 24 de junio de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 26

Retorno a Rheynald y encuentro de Armen e Ilaith

El Empíreo abandonó los alrededores de Usturna como pudo, renqueante, con el aparejo castigado, varias velas rasgadas, jarcias sustituidas a toda prisa y demasiadas heridas recientes en su tripulación. No era una huida limpia, ni mucho menos victoriosa, aunque hubieran conseguido sacar a la reina Armen de las garras de Robeld de Baun y de la influencia de Selene. El dirigible seguía en el aire, que no era poco, pero Yuria sabía perfectamente que aquello no bastaba. Si pretendían continuar con vida y seguir interviniendo en la guerra de Esthalia, necesitarían reparaciones de verdad.

La decisión lógica era regresar a Rheynald. Allí podrían descender con cierta seguridad, reunir carpinteros, herreros, costureros y todo artesano capaz de trabajar en la nave, y decidir después si viajaban hacia el sur para reunirse con lady Ilaith. A bordo, sin embargo, transpiraba una sensación agridulce. La reina había sido rescatada, sí, pero Usturna quedaba atrás con la mancha de inexistencia abierta en el corazón de la ciudadela, y nadie sabía qué consecuencias tendría aquello. «Además, Aldur tiene razón», pensó Galad recordando una conversación que había tenido poco antes con el enorme paladín; «no podemos dejar a los fieles emmanitas en esa situación, perseguidos, torturados, o sometidos a algo peor; con suerte, podremos llevar el frente rápidamente hasta allí e intentar liberar a cuantos podamos».

Cayó la noche mientras el Empíreo avanzaba hacia el suroeste a una velocidad desesperantemente lenta. Los vigías permanecían atentos a cualquier sombra en el cielo, pues la aparición del Brazo Oscuro y de los servidores de Robeld de Baun había dejado claro que el enemigo podía atacar incluso donde se creían a salvo. Pero no fue en el mundo físico donde se produjo la primera señal de peligro.

Symeon lo notó antes que nadie.

El Mundo Onírico se estremecía.

No era una impresión vaga, ni uno de esos presentimientos que tantas veces le habían acompañado desde que aprendió a recorrer los sueños. Era algo mucho más violento. Algo al norte, en dirección a Usturna, estaba sacudiendo los cimientos mismos del dominio onírico.

—Pasa algo muy grave —anunció, con el rostro ensombrecido—. Viene del norte. De Usturna, o de sus cercanías.

Galad le impuso las protecciones habituales antes de que el errante se internara en el sueño. Symeon pidió que lo despertaran ante la menor convulsión, y especialmente que Galad estuviera atento. Después se dejó caer en el descanso, pero no en la paz.

Nada más despertar su yo onírico, un aullido atroz, brutal, lo golpeó.

No era un grito humano, ni animal, ni nada que la mente pudiera asociar a una criatura natural. Era un alarido desgarrador, inmenso, atravesado por una vibración repugnante, casi como el crujido de un insecto monstruoso arrastrado por una fuerza imposible. Lo invadía todo. Symeon no lo escuchaba con los oídos, sino con la totalidad de su ser.

Nirintalath estaba allí, a su lado, con el aspecto de una muchacha joven, pálida y verdemar, pero su expresión reflejaba una angustia que Symeon nunca había visto antes. La Espada del Dolor parecía soportar aquel sonido horrísono apenas mejor que él.

El errante reunió toda la voluntad de la que fue capaz y, mediante sus artes, levantó a su alrededor una suerte de burbuja amortiguadora. No logró acallar el sonido, pero sí reducirlo lo suficiente para no ser expulsado del sueño. Incluyó a Nirintalath en aquella protección, y se arrodilló ante ella sin tocarla.

—Estoy aquí —le dijo—. Mírame. No estás sola.

Nirintalath lo miró, turbada.

—¿Qué ha ocurrido?

—No lo sé. Pero viene de allí.

Symeon sabía que ella no podía alejarse demasiado de la espada en el mundo físico, de modo que la dejó dentro de la protección y avanzó solo hacia el norte. No se aproximó mucho, o al menos no tanto como habría podido en otras circunstancias. Cada salto onírico en dirección a Usturna hacía que el aullido se volviera más insoportable. Aun así, recorrió suficiente distancia para percibir la desolación que se extendía en la región. Las representaciones de pueblos y aldeas aparecían apagadas, difusas, y las enormes criaturas del sueño que en otros momentos habían poblado aquel ámbito habían desaparecido. No quedaban ballenas voladoras, ni formas animales, ni ecos de vida onírica.

Entonces, desde una loma del sueño, la vio.

La inmensa masa tentacular que ya conocían, grande como una ciudad o como una montaña, se retorcía a lo lejos, atrapada en el borde de una mancha negra circular. Aunque “negra” seguía sin ser una palabra adecuada. Aquello no era oscuridad: era ausencia. Era una negación del ser. La criatura luchaba por no ser arrastrada, pero un flujo de su propia sustancia era absorbido por el círculo de inexistencia, que la iba devorando poco a poco. El desgarrador grito procedía de ella.

Symeon no se atrevió a mirar directamente la mancha. No lo necesitaba. Sabía de sobra lo que era. Y lo que podía hacer.

Regresó con Nirintalath y le explicó lo que había visto. Le advirtió que, si por alguna razón percibía una mancha semejante, no la mirara directamente. Después permaneció un tiempo con ella, sosteniendo la burbuja amortiguadora hasta que el Empíreo se alejó lo suficiente para que el aullido resultara menos terrible.

Al despertar, reunió a sus compañeros y les contó lo ocurrido.

La reacción fue inmediata, aunque no unánime.

—Eso no puede ser bueno —dijo Symeon—. Esa mancha no mata, sino que borra la existencia. Lo que entra ahí deja de existir. Si está afectando al Mundo Onírico, puede arrastrar todo cuanto haya allí. Durmientes, caminantes, ecos... cualquier cosa.

—Esa criatura es antinatural y terrible —replicó Galad, aunque su voz no sonó tan firme como habría deseado—. Si es absorbida por esa nada, quizá sea mejor.

Symeon negó despacio.

—Puede que la criatura merezca desaparecer, pero no sabemos qué más se llevará consigo. Ni qué daño está causando ese alarido a cualquiera que sueñe cerca de Usturna.

Daradoth, Yuria y Aldur escucharon con inquietud. No tenían forma de intervenir. Volver a Usturna con el Empíreo tan maltrecho habría sido una locura, y aun si hubieran podido hacerlo, nadie sabía cómo cerrar una "herida de inexistencia", como la llamó Symeon. El grupo comprendió que, de momento, lo único sensato era alejarse y permanecer a la expectativa.

La reina Armen pasó la noche en el camarote de Yuria. La ercestre sabía que aquella mujer acababa de ser arrancada no solo de un secuestro, sino de una mentira impuesta a su voluntad. Había descubierto en pocas horas que existía la magia, que los elfos no eran leyendas, que su prometido era un servidor de la Sombra, que una mujer llamada Selene había deformado sus sentimientos, y que el conflicto en Esthalia no era sino una pieza menor de una guerra mucho más antigua.

—No estaba preparada para nada de esto —reconoció Armen, mirando sus propias manos como si no terminara de reconocerse en ellas—. En unos pocos días he descubierto que el mundo es mucho más grande de lo que creía. Y mucho más terrible.

Yuria asintió. Ella también había pasado por ese proceso, aunque de forma más gradual.

—Lo entiendo mejor de lo que pensáis, majestad. Yo tampoco creía en muchas de estas cosas. No al principio. Pero lo que importa ahora es que estáis viva. Y libre.

—Libre —repitió Armen, con amargura—. Libre, sí. Pero mi reino arde. No puedo dejar Esthalia en manos de lady Ilaith, por mucho que ahora comprenda que está de nuestro lado. Necesito reunir a mis fieles. Saber quién queda. Saber dónde está mi hijo.

Yuria le habló de Rheynald, de Valeryan, de lo que habían vivido allí y de cómo Randor había enviado al señor de la fortaleza a una misión que, en la práctica, no podía entenderse sino como una condena a muerte. Armen escuchó con atención creciente.

—¿Randor ordenó a Valeryan infiltrarse en el Imperio Vestalense para matar al Ra’Akarah?

—Así es.

—¿Y lo consiguió?

—Lo conseguimos —respondió Yuria—. Pero el precio fue alto.

La reina guardó silencio largo rato. La noticia parecía remover demasiadas cosas en su interior.

Más tarde, Faewald llamó a la puerta. Entró vestido con la dignidad que pudo reunir en mitad de aquella nave remendada y castigada. Cuando vio a Armen, se arrodilló, desenvainó la espada y bajó la cabeza.

—Mi reina, quiero presentaros mis respetos —sus ojos brillaban con devoción—. Sabed que tenéis mi espada para cuanto deseéis. Os serviré con mi vida, si es preciso.

Armen, todavía abrumada, lo observó con una mezcla de gratitud y gravedad. Aquella devoción esthalia, limpia y directa, pareció conmoverla.

—Perded cuidado mi buen guerrero, pues sabré recordar a quienes me han ayudado en estos días —dijo—. Y aceptaré vuestra espada de buen grado.

Tras ausentarse Faewald, Armen y Yuria siguieron departiendo durante unos minutos, estrechando su relación, confortándose mutuamente y finalmente cayendo en un sueño muy necesario.

A la mañana siguiente, ya con algo más de calma, Daradoth interrogó a Armen sobre lo sucedido en Usturna y sobre los planes de Robeld de Baun. La reina no había tenido acceso a conversaciones estratégicas; durante el tiempo que pasó bajo el influjo de Selene lo había visto poco, y cuando lo veía, Robeld se limitaba a hablar de su boda, de la gloria que aguardaba a Esthalia y del destino grandioso que ambos iban a compartir.

Sí recordaba, sin embargo, algo que llamó la atención de todos: en una ocasión creyó verlo llegar a la ciudadela a lomos de una criatura voladora.

También habló de su secuestro. Viajaba desde Kariss hacia Arwex, fortaleza de los caballeros argion, con intención de reunirse con el gran maestre lord Gwintar de Hasalon y tratar de que la Orden reconociera su posición frente a los desmanes de Randor. En su comitiva viajaba también su hijo, y con ellos iba la daga negra, la kothmor, en un cofre. Pretendía depositarla en una cámara especial de Arwex, pues no confiaba en conservar durante mucho más tiempo un objeto semejante.

Entonces los emboscaron.

—Fue rápido —recordó Armen, con el rostro endurecido—. Demasiado rápido. O alguien conocía nuestro recorrido, o usaron medios que hasta hace unos días yo habría negado que existieran. Robeld apareció después, acompañado de Selene. La vi a ella. Vi a esa mujer morena. Y después... después todo cambió. Me enamoré de él como si hubiera sido un flechazo. Emmán me perdone.

La reina llevó una mano al pecho.

—Mi hijo estaba conmigo cuando la emboscada. No sé si consiguió escapar. Espero que Strawen o alguno de los míos lograra ponerlo a salvo.

—¿Podría haber llegado a Arwex? —preguntó Symeon.

—Es mi esperanza. O, al menos, que los argion lo hayan protegido. Aunque también podrían haberlo entregado al rey.

La posibilidad no satisfizo a nadie, pero seguía siendo mejor que imaginarlo en manos de Robeld de Baun.

A continuación, hablaron de la daga. Armen les confirmó que el arma había llegado a sus manos tras ser recuperada de una nave naufragada. El barco no era uno de los siniestros navíos negros que habían temido, sino una nave de la Confederación de Príncipes Comerciantes que había encallado en las costas del Káikar. A bordo se encontraron cadáveres de elfos oscuros y de seres deformados, documentación escrita en una lengua desconocida y horrible, una bolsa de gemas negras fuertemente custodiadas y, sobre todo, la daga negra, una de las kothmorui, cuya sola presencia generaba una repulsión difícil de describir, y que el grupo ya conocía, por desgracia; Daradoth sentía palpitar la vieja herida de su muslo mientras escuchaba a Armen. Un agente del emperador había entregado a la reina la daga para su custodia; Armen no dio más detalles sobre este punto.

—¿Cuánta gente sabía que llevabais la daga a Arwex? —preguntó Daradoth.

—Mi consejo. Parte de mi comitiva. Y no todos los que lo sabían viajaban conmigo.

El elfo intercambió una mirada con Symeon.

—Entonces tenéis un traidor cerca. O la propia daga actuó como una baliza.

Ninguna de las dos posibilidades resultaba tranquilizadora.

El Empíreo llegó a Rheynald al atardecer del día siguiente. Las torres familiares de la fortaleza se recortaron contra la luz menguante, y la vieja comezón en la nuca volvió a hacerse presente para quienes ya conocían los misterios enterrados bajo aquel lugar. El dirigible descendió con dificultad en una explanada adecuada, maltrecho pero todavía orgulloso. Yuria no perdió el tiempo: antes incluso de ocuparse de otra cosa, dio órdenes para convocar a carpinteros, herreros, costureros, cordeleros y cualquier persona capaz de ayudar en las reparaciones. El Empíreo debía quedar en condiciones de volar cuanto antes.

La reina fue conducida de incógnito, cubierta con una capucha. No deseaban que su presencia se extendiera por la fortaleza antes de saber con exactitud quién era leal a quién. Faewald fue designado como su protector más cercano, responsabilidad que aceptó con una solemnidad casi reverencial.

Lady Edyth recibió al grupo junto a Egwann de Vauwas, el castellano, y varios oficiales de la fortaleza. Cuando Armen se descubrió ante ella en privado, Edyth quedó sin habla durante un instante. Después, con esfuerzo, se arrodilló.

—Mi señora... pensábamos que estabais desaparecida.

—Lo estaba, en cierto modo —respondió Armen—. Pero ya no.

El grupo relató lo imprescindible: el rescate en Usturna, el influjo de Selene, el papel de Robeld de Baun y la necesidad de que Rheynald tomara una posición clara. La cuestión era delicada. Rheynald había sido siempre fiel al trono, y el trono no era solo la reina. El último contacto oficial había llegado de Randor, cuando ordenó que la legión de Rheynald marchara a Jorwen bajo el mando de Elidan. Pero Valeryan se encontraba en coma por una misión suicida encomendada por el propio rey, Robeld de Baun amenazaba desde el norte y el reino se fragmentaba a cada día que pasaba.

Armen, Edyth y los compañeros analizaron la situación con mapas extendidos sobre la mesa. El norte seguía mayoritariamente bajo la autoridad de Randor; el sur y parte del este conservaban fuertes simpatías por Armen, sobre todo en torno a Strawen, Estigia y Nátinar Sur; Robeld de Baun avanzaba desde Arnualles y Usturna; y la Iglesia emmanita esthalia se había convertido en un cuarto poder, enfrentada a todos y buscando consolidar su propio territorio. Por otra parte, los antiguos Grandes del Reino, desposeídos de sus títulos por el rey, habían empezado a cambiar su lealtad hacia la reina, pero habría que contactar con ellos para formalizar alianzas. Y la reina añadió un dato que preocupó particularmente a Galad: las últimas noticias que tenía daban a entender que los paladines de Emmolnir habían enviado ayuda a Randor.

Además, estaba Arwex.

La reina quería acudir allí. No solo porque los caballeros argion podían ser decisivos, sino porque su hijo tal vez hubiera llegado a la fortaleza. La Orden era leal al trono y a la fe emmanita, pero nadie sabía si, en la práctica, se inclinaría por Randor, por Armen o por una interpretación propia de sus votos.

—Primero Rheynald —dijo Yuria—. Después, cuando el Empíreo esté reparado, podremos movernos con rapidez.

—De todas maneras —intervino Galad—, deberíamos correr ya la voz de que la reina había sido secuestrada por Robeld de Baun, que ya ha sido liberada, y que va a tratar de imponer de nuevo la paz y la prosperidad en el reino.

—Sí, totalmente de acuerdo en eso.

Edyth propuso convocar al pueblo y a la guarnición al día siguiente para hacer pública la presencia de Armen y la nueva lealtad de Rheynald. No era una decisión menor. Anunciar que la reina estaba libre podía debilitar al marqués de Arnualles, que había pretendido usarla como legitimación, pero también atraería enemigos hacia la fortaleza.

Esa noche, Symeon quiso comprobar el estado del Mundo Onírico. Dentro de Rheynald la tarea era desagradable; la presencia del antiguo mausoleo y del titán enterrado bajo la fortaleza volvía frágil la percepción del sueño. Así que salió de la fortaleza acompañado de Galad y se internó de nuevo en el dominio onírico desde el exterior.

El terrible aullido seguía allí, aunque mucho más lejano.

Symeon avanzó en dirección a Usturna hasta donde se atrevió. La criatura continuaba atrapada, pero había perdido buena parte de su tamaño. La mancha seguía drenándola. A su alrededor, en una extensión inmensa, no quedaba vida onírica reconocible. Aquella región del sueño había sido vaciada.

Volvió preocupado, aunque no contó todo lo que temía —básicamente, y recordando lo que había ocurrido en el campamento errante en el desierto, pensaba que la población de Usturna debía de haber sido exterminada—. No todavía. Sabía lo que aquella información podía afectar a Galad y a Aldur.

A la mañana siguiente, los heraldos recorrieron la fortaleza y los alrededores. A mediodía, una multitud se había congregado ante una de las murallas. Estaban allí soldados, criados, campesinos, artesanos, errantes, inmaculados y todos aquellos que habían hecho de Rheynald un refugio en medio de la guerra. Lady Edyth habló primero, anunciando que Rheynald debía tomar postura ante la traición de Robeld de Baun, ante el sufrimiento del reino y ante la situación del trono.

Después, Armen se quitó la capucha.

Hubo murmullos, exclamaciones y gestos de asombro. La reina habló, pero no con la fuerza que habría deseado. Estaba agotada, golpeada por demasiadas revelaciones, y aunque su dignidad permanecía intacta, las palabras no prendieron como debían. Galad intentó reforzar su presencia con la autoridad de Emmán. Daradoth también intervino, tratando de explicar la gravedad del momento y el apoyo de fuerzas mayores. Pero el pueblo de Rheynald no se inflamó de entusiasmo.

Habían servido al rey durante muchos años. Muchos no sabían qué pensar. Otros temían a Robeld de Baun. Otros desconfiaban de toda guerra en la que se mezclaran extranjeros, elfos, paladines y fuerzas incomprensibles. Lady Edyth, Egwann y los oficiales aceptaron la lealtad a Armen sin reservas; la fortaleza, como institución, quedaba del lado de la reina. Pero el pueblo necesitaba más.

Symeon lo comprendió enseguida.

—Tenemos unos días mientras reparan el Empíreo —dijo después, en privado—. Dejad que hable con los errantes. No mediante proclamas, sino en las cocinas, en los patios, junto a las hogueras. Canciones, historias, conversaciones. Hay que hacer que la gente acepte a Armen poco a poco.

Yuria asintió.

—Y Galad debería hablar con los Inmaculados. Nos vendrá bien que se comprometan con la defensa.

Así se hizo. Symeon acudió a los suyos y, en especial, a Azalea, para pedirles que sembraran confianza entre el pueblo. No se trataba de mentir, sino de recordar lo que era Robeld de Baun, lo que había sufrido Rheynald y lo que significaba que la reina hubiera sido liberada. Los errantes sabían moverse entre rumores mejor que cualquier heraldo.

Galad, acompañado de Aldur, se reunió con sir Valdann de Sothar y los Inmaculados. Aquellos herejes emmanitas, rescatados en su momento de la persecución y acogidos por Rheynald, habían empezado incluso a construir hogares permanentes. Para ellos, la fortaleza ya no era un refugio temporal, sino su hogar.

—Colaboraremos en la defensa —aseguró Silvaldan—. Esta es nuestra casa ahora. Y espero que lo sea por mucho tiempo.

Mientras tanto, Yuria supervisaba las reparaciones del Empíreo y revisaba las defensas de Rheynald con la inquietud de quien sabe que una fortaleza puede caer no solo por las murallas, sino por dentro. No había tiempo ni dinero para grandes obras, pero sí para reforzar accesos, preparar posiciones, levantar obstáculos sencillos y organizar turnos. Todo cuanto pudiera hacerse debía hacerse.

Armen, por su parte, no podía quedarse de brazos cruzados. Si Rheynald debía convertirse en el núcleo inicial de su recuperación política, necesitaba tropas. Se organizó una pequeña comitiva hacia Nido de Halcones y Colina Roja, dos fortalezas vinculadas a Rheynald que podían aportar hombres. Yuria permaneció con el Empíreo; Symeon siguió trabajando entre errantes y habitantes de la fortaleza. Galad y Daradoth acompañaron a la reina.

El viaje a caballo recordó a todos que hacía demasiado tiempo que se desplazaban por los cielos. La cabalgata hasta Nido de Halcones fue incómoda, aunque no especialmente larga. La fortaleza, situada en una altura desde la que dominaba el paso norte de Rheynald, los recibió con cautela primero y fervor después. Su capitán, sir Feryl, un veterano de edad avanzada y parche en el ojo, reconoció a la reina y escuchó sus demandas. Armen habló mejor en el consejo cerrado que ante la multitud de Rheynald. Allí, entre oficiales y hombres de armas, recuperó parte de su firmeza. Nido de Halcones puso media legión a su disposición.

Al día siguiente partieron hacia Colina Roja. El camino era más accidentado, pero la recepción resultó todavía más favorable. Allí los recibió Aryenn Rhegen, hijo del difunto lord Thewenn, muerto por la extraña enfermedad del sueño que había acabado con varios señores fronterizos. Colina Roja había sufrido ya escaramuzas y tanteos de las fuerzas de Robeld de Baun, y entendía mejor que nadie que la guerra no tardaría en alcanzarlos de lleno. Armen habló de la necesidad de restaurar el orden, de poner fin a la traición de Robeld y de resistir a un enemigo mayor que se ocultaba tras él. Esta vez, sus palabras encontraron terreno fértil. Colina Roja aportó otra media legión.

Cuando la comitiva regresó a Rheynald, habían pasado varios días. Las tropas de Nido de Halcones y Colina Roja se pusieron en marcha por sus propios medios. Sumadas a las fuerzas restantes de Rheynald, Armen podía reunir en torno a una legión y media. No era suficiente para recuperar Esthalia, pero sí para empezar a existir de nuevo como poder militar.

El Empíreo quedó reparado hasta donde era posible con los medios disponibles. No estaba perfecto, pero Yuria estimó que volvía a ser fiable, y eso bastaba por el momento.

Antes de partir, Symeon realizó una última incursión onírica para observar Usturna. Esta vez no oyó el alarido. La criatura había desaparecido.

Se aproximó lo justo para percibir la representación onírica de la ciudad. Si antes Usturna podía haber sido una arboleda espesa, llena de ramas, hojas y ecos de vida, ahora era un bosque muerto. Árboles desnudos, sin hojas, erguidos en una niebla siniestra. Vacío. No supo decir cuántos habían muerto, ni de qué forma, ni si algunos habían escapado antes de que la criatura y la mancha hicieran su trabajo. Pero sabía lo suficiente.

Al regresar, lo contó con prudencia.

—La criatura ya no está —dijo—. La mancha la ha absorbido. Y Usturna... no recomiendo acercarnos. Esa ciudad está condenada.

Galad bajó la mirada.

—Cada vez que usamos la espada, solo trae horror y desgracia.

El silencio que siguió fue pesado. Todos sabían a qué espada se refería. Todos sabían también que sin aquella intervención quizá no habrían rescatado a Armen, y que en Usturna se encontraban Robeld de Baun, Selene, el Brazo Oscuro y servidores de la Sombra de un poder formidable. Pero ninguna de aquellas consideraciones bastaba para aliviar el peso de la pérdida de la ciudad.

—Hemos salvado a la reina —dijo Yuria, midiendo cada palabra—. Y puede que hayamos golpeado muy duramente a Robeld de Baun. Eso importa. Pero no voy a fingir que el precio no me aterra.

—No justifica matar inocentes —murmuró Galad.

—No sabemos cuántos han muerto —replicó Symeon, aunque ni siquiera él parecía convencido del consuelo—. Pero sabemos que el peligro era real. Y que no podíamos controlarlo.

Aldur, que había permanecido callado, habló con una calma que resultó casi más inquietante que cualquier arrebato.

—Muchos más tendrán que morir para que todo se arregle. La solución de Emmán implica la muerte de todo lo que existe.

Galad lo miró con dureza.

—Por eso me resisto a esa solución. Tiene que haber otro camino.

Nadie supo responder.

El siguiente paso era reunirse con lady Ilaith. Armen aceptó viajar en el Empíreo. Las legiones convocadas debían concentrarse en Rheynald y esperar nuevas órdenes. No avanzarían todavía; era imprescindible coordinarse con la Canciller antes de precipitar otro movimiento en un tablero que cambiaba cada día.

El dirigible partió hacia el sur. Al sobrevolar el paso de Arnualles, vieron que las legiones sermias ya habían puesto bajo asedio varias fortalezas, y que algunas habían caído. El frente se estaba rompiendo con rapidez. Las fuerzas de Robeld de Baun no habían esperado un ataque desde aquella dirección, y la entrada de Sermia en la guerra empezaba a producir efectos inmediatos.

Más al sur, Gwartan había resistido, pero también había caído. Allí había instalado Ilaith su cuartel general. Las tropas de la Federación habían avanzado como un cuchillo a través de una defensa desprevenida, y sus vanguardias se aproximaban ya hacia el río.

Cuando el Empíreo descendió, Ilaith salió al encuentro del grupo. Se alegró sinceramente de verlos con vida, aunque no tardó en reprocharles, con esa mezcla tan suya de preocupación y autoridad, que hubieran permanecido demasiado tiempo fuera. Abrazó a Yuria, gesto que sorprendió a algunos y emocionó discretamente a la ercestre.

Después vio a Armen.

El encuentro entre la reina de Esthalia y la Canciller de la Federación de Príncipes Comerciantes estuvo cargado de tensión contenida. Ambas eran mujeres acostumbradas a liderar, ambas habían sido arrastradas por Daradoth y la Vicisitud hacia la causa de la Luz, y ambas sabían que se necesitaban. Armen miró alrededor, viendo tropas extranjeras asentadas en su reino. Ilaith, por su parte, evaluó a la reina con el interés de quien contempla una pieza fundamental de una campaña ya en marcha.

Hubo un instante en que ninguna de las dos pareció dispuesta a ceder un palmo de autoridad.

Luego, por fortuna, prevaleció la sensatez.

Se reunieron en privado. El grupo informó a Ilaith de todo cuanto había sucedido: la situación en Usturna, el influjo de Selene, la implicación de Robeld de Baun con la Sombra, la aparición del Brazo Oscuro, la kothmorui, la mancha de inexistencia, la criatura onírica y el estado de Rheynald. Armen añadió su propia versión de los hechos, todavía marcada por la vergüenza de haber sido manipulada, pero también por una determinación creciente.

—Usturna debe ser evitada por ahora —advirtió Symeon—. Si enviáis tropas, que sean las imprescindibles y con extrema cautela. Hay algo allí que ni siquiera comprendemos del todo.

Ilaith escuchó en silencio. No le gustaba dejar una ciudad atrás, pero entendió que algunas victorias podían matar a quien las reclamaba demasiado pronto.

Al final, la Canciller miró a Armen.

—Entonces liberaremos Esthalia —dijo—. Pero necesitaré vuestra ayuda, majestad. Vuestro nombre, vuestra legitimidad, vuestros contactos y todo cuanto podáis aportar. Esta no será solo una guerra contra Robeld de Baun. Será una guerra contra la Sombra que se ha enraizado en vuestro reino.

Armen sostuvo su mirada.

—Si de verdad pretendéis liberar Esthalia, Canciller, contaréis conmigo.

Yuria, observándolas, comprendió que aquel era solo el principio de una alianza difícil. Pero también supo que, por primera vez en mucho tiempo, Esthalia tenía una posibilidad real.

Pequeña, incierta, y rodeada de horrores.

Pero real.