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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 21 de mayo de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 25

La Reina Armen en Usturna (y III)

Galad estaba agotado; recuperó su aspecto normal y se apoyó, jadeante, sobre la espada. Miraba al área negra —aunque el calificativo "negra" se quedaba inconmensurablemente corto para describir aquella ausencia de... todo— como hipnotizado, sintiendo escalofríos que recorrían su columna. Y no solo Galad; el grupo y, en mayor o menor medida todos los presentes en las proximidades, tuvieron que esforzarse para no mirar fijamente hacia la mancha.

«Mi señor Emmán, os juro que confío en vos ciegamente, pero esto... esto...», Galad apretaba los dientes y entornaba los ojos,  confuso.

Symeon se descubrió desviándose del camino hacia la reina para acercarse hacia el área de negrura, y tuvo que hacer uso de su fuerza de voluntad para reconducirse. Unos metros más allá, la reina había caído de rodillas, conmocionada, con lágrimas asomando a sus ojos, mirando fijamente la inexistencia. Se giró hacia Symeon, percibiendo su cercanía, y miró más allá de él, a la escalera, hacia Galad, con un gesto de horror. Y entonces, abrió más los ojos, como si se diera cuenta de algo. Se miró a sí misma y a su alrededor. «El influjo de Selene, o de quien fuera ha desaparecido», pensó Symeon, dándose cuenta también de que cualquier sonido procedente del exterior había sido suprimido.

El vestíbulo y los pisos superiores eran un hervidero de gente corriendo y gritando de forma caótica. Yuria miró alrededor y tras asegurarse de que la situación era segura, ayudó a Daradoth a levantarse. Galad canalizó algo de poder al elfo, que recuperó la consciencia; afortunadamente, su enamoramiento sobrenatural por Selene había desaparecido.

La mancha de inexistencia

Symeon llegó al lado de Armen, tendiendo su mano para ayudarla.

—¿Quiénes sois? ¿Por qué me ha pasado esto? —preguntó, azorada.

—Mi reina —urgió el errante—, mi nombre es Symeon, y venimos de Rheynald para rescataros. Coged mi mano y seguidme antes de que sea tarde, os lo ruego.

Armen no opuso más resistencia. Cogió la mano de Symeon y se levantó, recuperando la pose regia que la caracterizaba. Mientras se ponían en marcha hacia las escaleras, ella murmuró, confundida:

—Me... me iba a casar. Con Robeld de Baun. Lo amaba. ¿Cómo... cómo es posible? 

—Os habían hechizado, mi señora —dijo amablemente Symeon por encima del hombro—. Más tarde os lo explicaré, confiad en mí. Vengo de parte de lord Valeryan y lady Edyth.

Comenzaron a ascender las escaleras, acercándose al lugar donde se encontraban Yuria, Galad y Daradoth. La reina se detuvo de repente.

—P... pero... estáis con él —señalaba al paladín—, ¿no es así? 

—Es un enviado de Emmán, majestad, y os acaba de salvar la vida, contra todo lo que pueda parecer. Un paladín de Emmán. El más grande entre ellos, el propio Brazo de Emmán. 

—Pero... la mancha negra...

—Os lo explicaré más tarde, pero debemos salir de aquí o ya no podremos hacerlo. Apresuraos. 

Tras una brevísima presentación, se pusieron en marcha enfilando hacia el piso de arriba. Yuria aprovechó para preguntar a la reina acerca del paradero de Deoran Ethnos, el príncipe comerciante que habían apresado en la Confederación.

—Creo que lo encerraron en los calabozos hace unos días —contestó ella, jadeando—. Siento no saber más, pero no prestaba mucha atención más allá de los preparativos de la boda. La boda con Robeld de Baun, bendito Emmán, ¿cómo es posible? —se quedó pensativa.

«Quizá no pudieron ponerlo bajo su influjo como hicieron con ella», pensó Yuria.

—No os preocupéis, seguro que fue un hechizo. Pero si es así, creo que tendremos que desistir de su rescate —anunció—. Debemos volver al Empíreo inmediatamente, temo que ya no quede nada de él. 

—¿Empíreo? ¿Qué...? —comenzó la reina.

—Lo veréis enseguida, mi señora.

Antes de llegar al piso superior, un escalofrío en la nuca llamó la atención de Galad, Yuria, Symeon y Daradoth, que se giraron para mirar hacia la mancha negra. Cuatro enormes figuras habían aparecido alrededor de ella, mirándola fijamente. Sendas balanzas doradas brillaban en sus muñecas. 

—Maldición —espetó Symeon—, ya tardaban en aparecer. Rápido...

Se interrumpió, anonadado, al ver que los cuatro mediadores, que parecían en trance, daban un par de pasos hacia  la mancha y desaparecían, sin más. Aquella mancha... era tan... Symeon dio un pasos hacia abajo, sin darse cuenta. «¿¡Pero qué estoy haciendo, por todas las espirales!?». Se giró a sus compañeros, que miraban también fijamente la mancha negra.

—¡Vamos! ¡Reaccionad, no hay tiempo que perder! —instó, cogiendo de nuevo la mano de la reina y precipitándose hacia delante. El resto lo siguió. 

Los guardias y sirvientes habían formado un pequeño grupo en el vestíbulo, indecisos. Pero no se atrevían a acercarse a ellos, igual que los que había en el piso superior, que en lugar de intentar detenerlos, se alejaban lo más rápido y lo más lejos posible.

Otros cuatro mediadores aparecieron junto a la mancha, mirándola fijamente. Y junto a ellos, una figura mucho mayor, de unos tres metros de alto, encapuchada y con la vestimenta llena de runas. El coloso agarró a dos de los mediadores por el pecho, reteniéndolos.

—Otros cuatro, y uno de esos seres que vimos en Doedia —anunció Symeon—. ¡Vamos, vamos!

Pero no pudieron dar más de un par de pasos antes de que Galad, Daradoth y Symeon sintieran una voz estentórea en su mente que los compelió:

DETENEOS 

No pudieron evitar detenerse. Yuria siguió un poco más hasta que se dio cuenta de que los demás se habían parado.

SOIS LOS RESPONSABLES DE ESTO, 
Y QUIERO SABER CÓMO LO HABÉIS HECHO
 

Daradoth y Symeon no pudieron evitar pensar en la escena, y cómo Galad lo había hecho.

El paladín sintió enseguida cómo algo llegaba a su mente e intentaba escarbar.

Afortunadamente, en ese instante, cuatro mediadores más se materializaron en la escena, lo que requirió la atención del enorme desconocido. Yuria aprovechó la oportunidad, haciendo reaccionar a sus compañeros y se adentraron en el piso superior. Lo más rápido que pudieron entraron de nuevo a la que había sido la habitación de la reina, y sin tiempo a decir nada, Daradoth abrió un portal en el mismo sitio donde había estado el anterior, ya desaparecido.

Yuria suspiró y, por qué no decirlo, se llenó de orgullo. El Empíreo parecía haber sufrido un fuerte castigo, pero todavía estaba en el aire. Los ataques flamígeros habían parecido disminuir en gran medida.

—¡Vamos! —urgió—. ¡Hay que saltar!

Daradoth y Symeon no tuvieron ningún problema, les siguió Yuria, y por último Galad, que ayudó a Armen a saltar.

Yuria agarró con fuerza el timón y Symeon se situó bajo la válvula del globo con el artefacto enanil que le tendió Suras, accediendo a su poder al instante y lanzando una tremenda lengua de fuego sin esperar a las órdenes de Yuria.

Mientras el dirigible ganaba altura a una velocidad que a Yuria le parecía exasperantemente lenta y remontaba la línea de azotea del edificio del homenaje, a la ercestre le llamó la atención una sombra que percibió por el rabillo del ojo. Se giró. Allí, en la azotea de la torre más occidental, había una figura grande, aunque dentro de los estándares humanos, con una armadura azul marino de gran calidad y laboriosamente trabajada, y un yelmo impresionante. En la mano derecha empuñaba una lanza impresionante, que parecía devorar la luz de su alrededor y que proyectaba un aura de penumbra alrededor de él. Alzó el arma, haciendo el gesto de arrojar.

—¡Daradoth! —chilló—. ¡En la torre, nos ataca el brazo oscuro!

A pesar de su cansancio al haber sido expuesto a los efectos del talismán de Yuria, Daradoth se movió como un rayo y, llegando en un instante a estribor, lanzó a Sannarialáth hacia el enemigo. No tuvo éxito en su ataque, pero la espada, convertida en un rayo plateado, sorprendió lo suficiente al hombre de la armadura como para evitar que arrojara la lanza.

Los siguientes segundos fueron angustiosamente largos. Ni Daradoth ni Galad pudieron impedir que el brazo oscuro impactara con su lanza arcana en el Empíreo, provocando unas explosiones de tinieblas heladas que dejaron fuera de combate a un par de paladines y de pasajeros. Y, para dificultar más cosas, mientras se elevaban sobre la azotea, apareció por una puerta una elfa oscura. Daradoth sintió un escalofrío y la antigua herida del muslo le palpitó cuando vio que la elfa empuñaba una de las dagas negras de Trelteran, una kothmor; afortunadamente, el aturdimiento impidió que fuera presa de la visión roja. La elfa y otros dos elfos oscuros que la acompañaban se lanzaron a la carrera hacia el borde del terrado.

—¡Quieren saltar!  —rugió Daradoth—. ¡Van a saltar al Empíreo! ¡Más llama, Symeon!

Fue Galad el que tomó cartas en el asunto. Desde la proa vio el salto sobrenatural de los enemigos, y entonces, con una brevísima oración, canalizó el poder de Emmán. El aire se densificó ante los elfos oscuros, haciendo que se detuvieran en su salto y provocando su caída hacia el vacío. La lanza oscura impactó de nuevo en el dirigible, hiriendo levemente a un par de tripulantes, pero por fin la sabiduría de Symeon con el artefacto enanil y la mano experta de Yuria permitieron que el dirigible virara rápidamente y dejaran atrás la ciudadela. 

La reina Armen, en el centro de la cubierta, parecía extremadamente conmovida por todo lo que había sucedido en el último minuto escaso. 

—Nunca... nunca había vivido algo así —la escuchó murmurar Galad; la reina estaba casi sin aliento. Sus ojos, brillantes de emoción, contemplando el glorioso (aunque algo renqueante) vuelo del Empíreo.

Para gran pesar de Galad, uno de los paladines había resultado muerto durante el combate, y Aldur se encontraba herido de consideración. Aparte de ellos, había abundantes heridos en la tripulación, y Galad consumió hasta las últimas reservas de su poder para recuperarlos todo lo que pudo. Finalmente se tumbó, agotado y apenas consciente.

A una distancia segura, Yuria hizo descender el Empíreo. Las siguientes horas serían agotadoras, reparando y sustituyendo piezas y aparejo para dejar el dirigible en un estado aceptable.

Finalmente, ya descansados, con los marineros y algunos pasajeros trabajando en los parches, el grupo se pudo reunir en condiciones con la reina Armen. 

—Debo reconocer  —empezó ella, que previamente ya había tenido una conversación con Symeon y Daradoth, en la que le habían explicado la amenaza que enfrentaban y de lo que era capaz—, que estoy absolutamente sorprendida por todo lo que he vivido durante los últimos días, y las revelaciones que me habéis transmitido. Y debo felicitaros a vos —se giró hacia Yuria, señalando hacia el Empíreo— por la invención de tan gran ingenio. Pero todavía no tengo del todo claro a quién servís.

—Servimos a la Luz, mi señora —contestó Yuria—. Y dentro de sus rangos, servimos a lady Ilaith Meral, la Canciller de la Federación de Príncipes Comerciantes.

Armen permaneció pensativa. No le había pasado desapercibido el título de Ilaith ni el cambio en el nombre de la Confederación. Era una mujer inteligente. 

—Ya veo. Poco antes de empezar nuestra... no me voy a andar con perífrasis; poco antes de empezar nuestra guerra civil, me llegó noticia de que Alexann Stadyr había firmado una alianza entre nuestras naciones.

—Así es, mi señora —ratificó Yuria—. De hecho, en estos momentos, lady Ilaith debe de estar comandando sus legiones en el sur y entrando en Gweden por diversos puntos. 

Esto no pareció ser del completo agrado de Armen. Pero si quería salvar su país y ponerse al frente, no iba a tener más remedio que aceptar algunos tragos amargos.

—¿Y así de importantes le parecemos, Yuria? ¿Tan alegremente manda sus tropas en expedición a un país extranjero?

Yuria intentó armarse de paciencia; tenía muchas cosas en que pensar, pero aquella conversación era muy importante. 

—Ya os hemos dicho que el conflicto no es entre países, sino entre dos adversarios mucho más grandes y primigenios: Luz y Sombra. Supongo que Daradoth os lo habrá explicado con pelos y señales.

—Sí, así es, lo ha hecho.

—Pues, con todo el respeto —intervino Daradoth, cuya presencia todavía afectaba visiblemente a Ilaith y la hacía encogerse—, dadle la importancia que tiene. No penséis que esto son mezquinos conflictos políticos. Robeld de Baun es ahora una herramienta de Sombra y, como tal, hará todo lo posible por acabar con los fieles a Luz.  

—En la propia Usturna están persiguiendo a los emmanitas —añadió Galad, apretando los dientes en un gesto de rabia—, ¿qué puede haber más execrable que eso? Y nos hemos ido sin poder ayudarles, eso no puede quedar así, en algún momento tendremos que volver —miró al resto del grupo, esperando su afirmación. 

—Sí, lo siento por ellos Galad —dijo Yuria—. De todas formas, si la guerra evoluciona como espero, Usturna será liberada dentro de unas semanas o meses, y con ella los emmanitas.

Symeon rebulló discretamente. «Usturna y su gente tienen las horas contadas, amigo mío», pensó el errante. «Lo que has hecho va a atraer muy pronto a esos enormes engendros oníricos, y pocos de sus habitantes van a sobrevivir». Prefirió callar por el momento.

—Y la razón de que estemos aquí —continúo Daradoth— es que pensamos que sois la mejor candidata a reinar en Esthalia, y queremos ayudaros, igual que Ilaith. Llevamos preocupados por Esthalia desde hace mucho tiempo, desde que nos enteramos de la aparición de una daga negra en un barco naufragado.

La reina pareció recordar algo.

—Oh. ¿No seréis por ventura vosotros los que os reunisteis con el marqués de Strawen y pidieron una audiencia conmigo? 

—Los mismos, majestad. Querríamos haber llegado mucho antes para evitar lo que ha pasado, pero el hecho es que aquí estamos y vos os habéis liberado del influjo de esa mujer, de Selene.

A continuación, Daradoth puso a Armen en antecedentes de quién era Selene y los kaloriones. Le habló de la existencia (evidente, después de lo que habían vivido) de la magia y el poder sobrenatural, y le narró en profundidad el origen de Luz y Sombra y su conflicto metafísico. Como siempre que Daradoth hacía esto, el tirón invisible de la Vicisitud erizó el vello de todo el grupo, y arrastró a Armen en un remolino de atracción a la causa de Luz.

—Y me alegro sobremanera de que hayáis llegado, os lo aseguro. Desde hoy mismo empezaré a trabajar para derrotar a esa maldita Sombra. Gracias por esta revelación. Realmente me habéis iluminado, Daradoth. Gracias. Debemos trazar planes, entonces.

—Así es —coincidió Yuria. 

 

jueves, 7 de mayo de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 24

La Reina Armen en Usturna (II)

A bordo del Empíreo, Galad y Aldur, rodeados por el halo de ligera luz plateada que revelaba su conexión con Emmán, veían cómo el suelo se iba acercando con rapidez.

Daradoth entró con cautela a la habitación de la reina a través del pórtico que había abierto en la fachada. Armen y las doncellas ya estaban abriendo la puerta y saliendo de la habitación, mientras alertaban a los guardias del otro lado. Posó los pies en el suelo de la estancia.

De repente, un ligerísimo sonido llamó su atención en una de las esquinas de la habitación. Alguien debía de encontrarse allí oculto a la vista. Se giró hacia allí de forma fulgurante, pero no estaba preparado para lo que lanzaron contra él.

El Empíreo recibió una nueva andanada de virotes, flechas y hechizos ígneos. La distancia ya era cercana y peligrosa, así que todos se parapetaron como pudieron, con los paladines haciendo pleno uso de su poder. Galad, Aldur y Arakariann fueron ligeramente afectados por quemaduras, pero ninguna de gravedad. El dirigible tocó ligeramente una de las torres del edificio y se sacudió violentamente; Symeon se aferró con fuerza al cabo que había enrollado alrededor de su brazo y consiguió mantener el equilibrio; Yuria se golpeó el pecho contra el timón, pero también consiguió mantenerse firme.

—¡Ahora, Symeon! ¡Con todo! —rugió la ercestre.

Symeon, que en todo momento había percibido el poder del anillo enanil en su dedo, proyectó su voluntad en un torrente y extrajo de él toda la energía que pudo. Una enorme llamarada se proyectó hacia el interior del globo, rebajando su velocidad al instante, y haciendo que la mitad de la tripulación perdiera el equilibrio.

—¡Atentos ahora! —gritó Galad a los paladines, mirando a su alrededor. Ahora eran un blanco muy cercano para los enemigos, que desde el pasillo de la muralla y desde las torres los veían perfectamente. Afortunadamente, la maniobra de Yuria había sido prácticamente perfecta, y la altura de la borda del Empíreo coincidía casi al milímetro con la del pórtico de Daradoth. Sacó a Églaras de su vaina y con un poderoso salto atravesó el pórtico de la fachada, mientras Symeon empuñaba su bastón y corría hacia babor para saltar también al interior del edificio. Aldur y el resto de los paladines se parapetaron a estribor, para proteger el dirigible contra los ataques desde la muralla. 

En el mismo momento en que Galad ponía pie en la habitación, por la puerta irrumpía uno de los soldados ástaros de piel atezada con uniforme exótico, seguido de otro más que se detuvo, atemorizado al ver la figura celestial de Galad empuñando a Églaras. Tras ellos, el paladín pudo ver más enemigos aprestándose a entrar. En el rincón de la izquierda, pudo ver a Daradoth con la mirada perdida y la boca abierta, presa de una languidez que no podía ser producto sino de un hechizo. Esta suposición fue confirmada al ver que cerca de Daradoth, un elfo oscuro se giraba hacia él. Sintió un escalofrío al percibir unas palabras en su mente: «Cuidado, a la derecha hay otro»; era Norafel, advirtiéndole de un peligro, pero allí a la derecha no había nadie. «Invisibilidad», pensó, dando varios pasos hacia el interior para dejar espacio a Symeon, que saltó justo detrás de él.

—¡Hay alguien oculto Symeon, cuidado! —exclamó, señalando hacia la derecha. 

Symeon activó su diadema. La luz sagrada quemó a los elfos oscuros, matando al que se encontraba cerca de Daradoth y haciendo que el que hasta ahora había permanecido oculto se hiciera visible, al sufrir varias quemaduras.

En el exterior, Yuria dejó el timón a Suras para dirigirse también al edificio. 

Mientras Symeon remataba al elfo oscuro de la derecha con su cayado de aglannävyr y Yuria irrumpía en la estancia, Galad, liberado de la amenaza del otro gracias a la luz de Symeon, llegó junto a Daradoth. Pidió el favor de Emmán para disipar cualquier hechizo del que pudiera ser presa su amigo, y por suerte, tuvo éxito.

Los ástaros, atemorizados ante la escena, salieron de la habitación y cerraron la puerta. Se oían gritos allá fuera. Galad se asomó por el pórtico, que ya debía de estar a punto de desaparecer, y gritó a Aldur que aguantaran todo lo que pudieran, porque iban en busca de la reina.

Pocos instantes después, el grupo conseguía forzar la puerta y abrirla de par en par. Yuria fue la primera en asomarse, para ver un hueco interior por donde bajaban las escaleras, y un pasillo que lo rodeaba y daba acceso a las habitaciones. Daradoth pasó a Yuria, ofuscado. La confusión reinaba por todas partes los guardias no sabían qué hacer, si enfrentarse al grupo o huir, y los sirvientes corrían despavoridos.

—Allá abajo se oye la voz de la reina —dijo Yuria; Daradoth, efectivamente, la pudo escuchar dando órdenes a sus doncellas—. ¡Vamos, rápido!

Además, Galad utilizó el poder de Emmán para detectar la posición de Armen, y al instante la pudo sentir, hacia las escaleras inferiores. 

—Está intentando salir del edificio —dijo—. Debemos apresurarnos. 

Y así lo hicieron: Daradoth corrió, adelantando a Yuria, y Symeon y Galad salieron algo por detrás de ellos. 

En el primer tramo de escaleras, dos guardias salieron al encuentro de Daradoth, pero no fueron rival para las habilidades marciales del elfo. Con un fluido movimiento, hirió a uno en el brazo y otro en la cabeza,  dejándolos fuera de combate. Yuria lo siguió de cerca, y los dos llegaron enseguida al pie de la escalera, que acababa en una especie de vestíbulo de grandes dimensiones. Una pequeña multitud atravesaba en ambos sentidos la puerta principal, una puerta enorme, de doble hoja, abierta de par en par. Allá abajo caminaba deprisa la reina Armen seguida de su séquito de doncellas, acompañadas por un par de soldados ástaros, dirigiéndose hacia la puerta.

Entre el caos de sirvientes y guardias, mientras bajaban el último tramo de escaleras, cuatro figuras grandes y corpulentas con extrañas armaduras de combate irrumpieron en el vestíbulo, y tras ellas siguieron dos personas más. Una de ellas era una mujer, bellísima, con larga cabellera negra azabache larga hasta la cintura y ojos violetas, y la otra era un hombre vestido con ricos ropajes.

«Selene», acertó a pensar Daradoth, recordando las descripciones que de ella había dado Symeon.  Apretó los dientes mientras el vello de su nuca se erizaba y su visión se tornaba roja durante breves fogonazos. Sin pensarlo, casi automáticamente, lanzó Sannarialáth hacia ella. La espada pareció convertirse en un relámpago que se descargó sobre la kalorion, pero falló el golpe y volvió al instante a la mano del elfo. Entonces, la mujer alzó una mano hacia ellos, igual que su compañero. Daradoth alzó su espada, capaz de interceptar el poder de los hechizos, y sintió que algo, una fuerza invisible, la golpeaba, pero el arma no era capaz de contenerla. La mujer de melena negra esbozó una sonrisa. Su compañero también canalizó su poder, e hizo aparecer una esfera translúcida alrededor de ellos.

Yuria llegó a la altura de Daradoth. En el exterior, pudo oír cómo alguien gritaba "¡Corred, majestad!", y la reina Armen aceleraba aún más el paso. La ercestre empuñaba sus pistolas, y disparó a uno de los soldados de armadura exótica. Un impacto en la rodilla dio con él en el suelo. Los enemigos se miraron, sorprendidos.

—¡Espera aquí, Yuria, no dispares más! —exclamó Daradoth, que acto seguido salió raudo en pos de la mujer, pero con una actitud en absoluto amenazante. 

Yuria se quedó confundida unos segundos, hasta que dedujo lo que debía de haber pasado. «Maldición, seguro que ha caído presa de un hechizo». Reaccionó, y disparó a otro de los soldados, que también dejó fuera de combate. En ese momento, Symeon y Galad, glorioso enarbolando a Églaras, aparecieron en la escalinata.

—¡Cuidado Galad, un kalorion! —exclamó el errante, atemorizado—. ¡Esa es Selene!

El paladín se puso en tensión, más aún cuando vio a Daradoth caminar rápidamente hacia ella en actitud amistosa, ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Con una sonrisita de superioridad, la mujer alzó su mano hacia Yuria, unos escalones por debajo de ellos. Esta notó la habitual descarga de su talismán cuando anulaba el poder dirigido a ella, y Selene tornó su altiva sonrisa en un gesto de sorpresa.

Daradoth atravesó el campo de fuerza y se acercó a Selene, que pareció darse cuenta de repente de su presencia, y le sonrió. El elfo se sonrojó como un adolescente. La reina estaba llegando a la puerta.

En ese momento, Galad alzó su espada e invocó el poder de Emmán como nunca lo había hecho, abriendo un canal directo con su dios. La Luz celestial lo envolvió, y su figura creció y se hizo casi insoportable de ver cuando se convirtió en un arcángel terrenal. Selene no tuvo más remedio que taparse los ojos durante un momento.

«Es el momento. Ahora. Tenemos que hacerlo», susurró Norafel en su mente. Por un instante, Galad tuvo una visión del poder infinito, el desentramado de la Vicisitud, y de la no existencia. La nada. Era el momento de hacerlo. O quizá no. En ese momento, podría haber ejecutado la voluntad de Emmán, pero al parecer, su dios y el arcángel de este le habían dado la elección de elegir. Era libre de hacerlo o no. Galad sonrió en su fuero interno, orgulloso de servir a Emmán, dispuesto a hacer lo que fuera por él. Pero decidió no borrarlo todo todavía. «Aún hay tiempo; podemos hacerlo más adelante e intentar arreglar las cosas por otros medios. Ahora, acabemos con los enemigos». 

Canalizando el enorme poder que Norafel ponía a su disposición, llegó a la Vicisitud circundante.

Symeon activó la Luz Sagrada de su diadema, y corrió para ayudar a Daradoth. Yuria se unió a él, y se enfrentaron a los dos soldados que quedaban en pie. 

—¡Parad, por favor, parad ya! —gritó Daradoth, completamente bajo el influjo de Selene.

De pronto, Symeon notó una oleada de poder inmenso que provenía de detrás, que erizó su vello, aceleró su corazón y casi lo deja sin aliento. El poder vino acompañado por un rugido terrible y polifónico de Galad. Daradoth, oyendo el brutal bramido de su amigo, transformado en un impresionante arcángel que empuñaba su espada hacia ellos, sintió que una ola de irrealidad avanzaba inexorable hacia ellos, y con un acto reflejo se echó a un lado, mientras advertía a Selene que se apartara.

Daradoth, Symeon y Yuria perdieron la visión durante unos momentos. Y al recuperarla, sintieron un escalofrío ante lo que vieron. Donde antes había estado la puerta, ahora había una mancha circular de negro absoluto, que parecía querer tragarse incluso el propio sentido de la vista. El efecto era extrañísimo, pues en un entorno tridimensional, la ausencia total de luz de esa área la convertía en algo bidimensional; era mejor no mirarla durante mucho rato, pues tras unos segundos se empezaban a sentir náuseas. No había ni rastro de Selene, de su compañero, ni de los guardias. Por otra parte, el sonido del exterior había sido completamente acallado, y la reina Armen se había detenido casi al borde del círculo, totalmente azorada, y había caído de rodillas, presa de unas náuseas incontrolables. Todas sus doncellas habían desaparecido también.

—¡¡Noooo!! —gritó Daradoth, desesperado—. ¡¿Qué has hecho, Galad?!

El elfo se lanzó hacia un agotado Galad con la espada en ristre y un gesto de absoluta furia. Afortunadamente, Yuria empuñó su talismán y consiguió tocar con él a Daradoth, que pasaba por su lado, dejándolo inconsciente y —esperaba— anulando cualquier hechizo del que hubiera sido presa.

Symeon se dirigió cauteloso hacia la reina, dirigiendo miradas cada cortos instantes a la oscuridad.