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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 3 de julio de 2024

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 22

Asalto a Doedia. Una Muerte inesperada.

Aun con las alarmas oníricas de Symeon, el grupo decidió que a partir de entonces dormiría el máximo tiempo posible durante el día, con la intención de minimizar los posibles ataques a través del mundo de los sueños.

Por la mañana, en el patio se podía ver un ejército de costureros y pescadores que, siguiendo las instrucciones de Yuria, pasarían el día entero y parte de la siguiente madrugada reparando la tela del Empíreo. A lo lejos, los guardas informaban de que las legiones asediantes estaban organizando sus filas.

A mediodía, más o menos descansados, el grupo se reunió con el consejo para intentar encontrar una forma de explotar las dudas que podían haber surgido entre los comandantes de los enemigos durante la negociación y los posteriores discursos del rey y el paladín. Pero por más que le dieron vueltas, no encontraron ninguna vía de acción satisfactoria a priori. Cuando ya llevaban largo rato departiendo, Anak Résmere tomó la palabra:

—No quería plantear esta alternativa —dijo—, y a decir verdad, ni siquiera había pensado en ella hasta ahora, pero es algo que se menciona en el Ciclo de las Eras en muy contadas ocasiones. Y siempre en situaciones de extrema urgencia, como la que nos ocupa. La última vez fue en el año de la muerte de Estepias y Carelann, cuando el reinado del tercer monarca de la dinastía Argelan apenas acababa de comenzar...

—Disculpad la interrupción, mi señor Anak —le cortó la duquesa—, pero esa extrema urgencia que mencionáis...

—Ah, sí, sí, perdón. Perdonad mi divagación, mis señores, supongo que no puedo evitarlo. La alternativa de la que os quería hablar es reunir a todos los bardos de la Casa de los Héroes, y no solo a ellos, sino a cualquier bardo que podamos traer aquí de todos los rincones del reino, y emplear nuestras habilidades como armas contra nuestros enemigos.

Anak Résmere, bardo real de Sermia

 

—Lo que proponéis es una posibilidad realmente plausible, si conseguimos reparar el Empíreo y salir de Doedia —coincidió Galad.

—¿Y la posibilidad de recurrir a los Mediadores, ahora que están tan cerca? —sondeó la duquesa Sirelen.

El grupo al unísono descartó inmediatamente esta opción.

—Con todos los respetos, mi señora, la vía de acción propuesta por mi señor Anak me parece mucho más viable —contestó con la máxima educación Yuria, que a continuación se dirigió al bardo—: ¿Qué deberíamos hacer para ello?

—Pues habría que viajar hasta la Casa de los Héroes que, como sabéis, es el centro de nuestra organización —se refería a la organización de las Leyendas Vivientes y de la "iglesia" Sermia en general—, y a continuación convencer al consejo de la situación de emergencia que vivimos (cosa que no creo que fuera difícil, dadas las circunstancias). De esa manera, podrían cancelar temporalmente las normas éticas que prohíben tácitamente nuestra implicación en los conflictos armados, como ya os digo que ha sucedido raras veces en el pasado.

—Está bien, cuando el Empíreo esté reparado, valoraremos qué pasos dar.

A continuación, la actividad del consejo volvió a las tareas habituales de organización de la logística y la defensa. El resto del día y de la noche transcurrió tranquilo, con la pequeña multitud de zurcidores del dirigible trabajando sin descanso.

Al amanecer, las campanas de varias torres empezaron a tañir frenéticamente.

—¡Alarma! —gritaron los guardias—. ¡Asaltan la ciudadela!

Todos se activaron inmediatemente, algunos de ellos cansados por la falta de sueño al evitar dormir por la noche. Daradoth fue el primero que llegó al patio de armas. Atacaban por el este y el sureste, los puntos que Yuria ya había identificado como los más débiles. Escuchó un estremecedor impacto proveniente de uno de los muros, del que se desprendió polvo y tierra. El suelo parecía temblar. Los soldados y los guardias corrían a las almenas y a tomar posiciones defensivas.

—¡No descuidéis los otros puntos de la ciudadela! —rugió—. ¡Candann, Waldick, encargaos de eso! ¡Taheem, Faewald, proteged a los reyes!

Nada más gritar esto, Daradoth subió a la muralla de un descomunal salto, dejando a varios soldados con la boca abierta. Miró hacia el exterior y sintió un escalofrío. Tres enormes animales parecidos a rinocerontes pero mucho más enormes, más grandes que elefantes, con el cuerpo recubierto de placas y nudos, embestían contra los muros haciendo temblar el suelo con sus pasos. Una estructura de madera endurecida protegía a sus jinetes, a todas luces elfos oscuros.

Los guardias ya estaban preparando el aceite hirviendo, pero el animal más cercano se lanzó sobre el muro. Un golpe terrorífico sacudió toda la sección de muralla y los edificios anexos. Algunos de los guardias perdieron pie, y algo del aceite cayó sobre los soldado más abajo. Daradoth mantuvo el equilibrio a duras penas, con su visión tornándose roja por momentos. No lo pensó más, y con un bramido y una furia homicida se lanzó con otro salto sobrenatural a la estructura que había sobre el animal.

Galad y Symeon llegaron más o menos a la vez al patio de armas y corrieron hacia la muralla inmedatamente al sur de donde se encontraba Daradoth. Apenas habían recorrido unos metros cuando el muro pareció explotar con un poderoso impacto. Cascotes, tierra y polvo salieron despedidos hacia todas partes, hiriendo a los soldados y a los guardias de las almenas y del patio. Tras el polvo, apareció la enorme cabeza de uno de los monstruosos rinocerontes, que pareció quedar atorado y comenzó a cabecear a un lado y a otro, sembrando el pánico en los guardias cercanos. Alrededor de ellos, la gente pareció calmarse cuando el paladín y el errante hicieron notar su presencia urgiendo a la gente a calmarse. Por supuesto, los hechizos de Galad para calmar a sus aliados tuvieron también algo que ver.

A lo lejos, en los breves instantes que el sonido de las campanas les permitía escuchar, comenzaron a sonar cuernos. Los enemigos sabían que habían abierto brecha.

En el exterior, Daradoth esgrimió a Sannarialáth y como un relámpago de luz plateada, la espada cayó una y otra vez con una velocidad cegadora sobre el jinete del mastodonte acorazado, armado con una estilizada lanza. La lanza no le sirvió de mucho, pues Sannarialáth no tardó en perforar su yelmo con un estallido de luz y destrozar su cabeza. Acto seguido, el mastodonte se desmandó.

Mientras tanto, superando un mar de cascotes y de gente, Galad y Symeon llegaron por fin ante el monstruoso animal que intentaba derribar el muro completamente. Afortunadamente, se había quedado atascado y parecía que le iba a costar salir de allí. Pero sus cabezadas seguían acabando con guardias y soldados.

Tanto Daradoth como Galad y Symeon intentaron acabar con sus respectivos monstruos, que por otra parte recibían cada pocos segundos una andanada de virotes de ballesta, pero los mastodontes resultaron ser realmente dificiles de dañar. El elfo, herido levemente en la espalda por las sacudidas, finalmente desistió en sus ataques al animal —que por otra parte, ya no debía de representar peligro para el muro al no tener jinete que lo guiara— para buscar otros enemigos. Por su parte y con diferente suerte, Galad fue herido por los cascotes que el animal al que se enfrentaba lanzaba despedidos en sus desesperadas sacudidas, y no tuvo más remedio que retroceder.

Pocos momentos más tarde, el muro situado más al sur, batido por el tercer animal, reventaba con un estruendo ensordecedor y un aterrador estallido de cascotes, argamasa y tierra que hirió a muchos e hizo cundir el terror a su alrededor.

Daradoth, de nuevo sobre las murallas y con la visión roja ya contenida, advirtió cómo desde las bocacalles de los primeros edificios que se podían ver desde allí, empezaban a surgir tropas enemigas.

—¡Enemigos! ¡Enemigos al asalto! —gritó alguien desde las torres.

—¡Defended los muros! —rugió Yuria—. ¡Traed tropas del oeste! ¡Carlann, avisad a Wolann, que venga rápido! —El esthalio salió raudo hacia la parte occidental de la ciudadela—. ¡Preparad la brea! ¡Preparad la brea! ¡¡Traed aquellos carromatos!!

—¡Preparad la brea! —gritaron los oficiales, llegando a oídos de Galad y Symeon, que repitieron la orden a voz en grito.

En ese momento, Galad vio algo por el rabillo del ojo. Los guardias de una de las puertas secundarias del palacio real estaban sentados. Alguien los había colocado con cuidado, pero estaban muertos.

—¡Symeon! —gritó, señalando a varios soldados—. ¡Vosotros! ¡Venid conmigo, los reyes están en peligro!

Corrieron para allá.

En lo alto del muro, Daradoth evaluaba la situación, cuando de repente, un destello brilló muy cerca. Una bola de fuego explotó en lo alto, y soltó un leve gemido de dolor cuando su pierna fue afectada por el fuego. Se puso a cubierto, pues en ese momento se dio cuenta de que le dolía todo el cuerpo.

Desde el patio, Yuria pudo ver cómo se producían varias explosiones en la muralla, derribando varias decenas de guardias, algunos de ellos prendidos en llamas.

Symeon y Galad guiaron al grupo  de soldados a través de la puerta de los jardines de palacio y se internaron en el ala regia todo lo rápido de lo que fueron capaces, dirigiéndose a la sala del trono. Todos los guardias que encontraron por el camino estaban muertos o malheridos. Unos agónicos momentos después llegaban a la sala del trono del lobo. Atravesaron la puerta y se detuvieron para procesar la escena. Dos elfos oscuros yacían aparentemente muertos al pie de las escaleras. Faewald, herido, se inclinaba apoyándose en la ensangrentada espada sobre el cuerpo del rey, derribado e inconsciente. Taheem, con la mirada perdida, se encontraba reclinado en los primeros escalones, respirando con dificultad. Malherido. Con un escalofrío, Symeon se precipitó sobre Faewald.

Taheem miró a Galad, negando levemente con la cabeza. El rey había muerto.

El paladín sacudió la cabeza, y se centró en lo que podía controlar. Abrió mucho los ojos cuando se dio cuenta de que a Taheem le faltaba su mano izquierda, así que cerró su hemorragia y lo puso cómodo. Después, sanó las heridas del hombro de Faewald, y examinó al rey Menarvil. Ya no se podía hacer nada por él, así que elevó una breve oración por su alma. Mientras tanto, Faewald les explicó:

—Eran tres elfos oscuros, Taheem fue como un titán ante ellos, los contuvo, pero el rey se acercó demasiado, quiso luchar, y fue una mala decisión. Acabamos con dos de ellos, como veis, y el tercero huyó, herido.

—¿Y la reina? —inquirió Symeon, casi con ganas de llorar.

—Estoy aquí —dijo Irmorë saliendo de las sombras tras el gran trono. Lágrimas de dolor resbalaban por sus mejillas. Se agachó sobre su esposo.

Symeon se acercó a Galad.

—Tenemos que hacer que esto se sepa —susurró, con la voz ronca de rabia—. Esto debería hacer que el ejército se revuelva contra Datarian.


miércoles, 19 de junio de 2024

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 21

Un Anuncio inesperado. Intento de Salida.

Se retiraron rápidamente de la muralla principal y se reunieron de nuevo en la Sala del Trono, donde mantuvieron una breve conversación sobre el episodio de la negociación y el presunto ataque con el que había acabado todo abruptamente.

—Mi mayor preocupación —dijo en un momento dado Symeon— es la noche. Si esa presencia que detecté sigue estando presente y se pone de parte de los elfos oscuros, no tendremos posibilidades de resistir.

Tras unos momentos de valorativo silencio, Galad anunció:

—Creo que ha llegado el momento de hacer caso los sueños inspirados por mi señor. Si te parece bien, Yuria, usaré el Empíreo para viajar a Tarkal e intentar traer a Églaras.Y también a Davinios y cuantos paladines pueda traer.

—Si no hay más remedio y todos estáis de acuerdo en que es la única forma de salvar Doedia, por supuesto —contestó Yuria.

Plantearon la situación a los reyes y a los nobles. El plan inicial sería que Galad viajara con Suras, la tripulación y Taheem hasta Tarkal esa misma noche. Los monarcas plantearon sus reservas, pero no tuvieron más que palabras de agradecimiento y admiración hacia el grupo, que había hecho mucho más de lo que le hubiera correspondido en una situación como aquella.

—La presencia de los elfos oscuros lo cambia todo —dijo Daradoth en tono grave—. Sus habilidades abren la puerta a ataques sobrenaturales, y no podremos resistir eso sin ayuda.

Estas palabras terminaron de convencer a los reyes, que en  realidad no intentaron impedir el plan del grupo en ningún momento, y despidieron el consejo deseando suerte a Galad en su empresa.

Más tarde, con el sol ya descendiendo hacia el atardecer, el grupo fue convocado a presencia de los reyes. Pero no en la Sala del Trono, que habría sido lo habitual, sino en la antesala de sus aposentos. 

Galad, Dardoth, Symeon y Yuria pasaron con uno de los senescales, que a continuación dio orden a los sirvientes de desalojar la estancia.

—Nos tenéis en ascuas, majestades —dijo Yuria, viendo que habían quedado completamente a solas con los reyes—. ¿Qué deseáis?

La sonrisa del rey los tranquilizó.

—Hemos requerido vuestra presencia —dijo en voz baja, previniendo la presencia de oídos indiscretos— porque, aprovechando el viaje del hermano Galad, querríamos que transmitiera un mensaje muy importante a lady Ilaith. Un mensaje excelente.

—Por fin estoy encinta —dijo la reina, radiante.

El grupo se miró. «Vaya», pensó Symeon, con la mente de repente presa de una pléyade de pensamientos sobre la larga estancia de los reyes en el mundo onírico.

—Nuestras más sinceras felicitaciones, sus majestades —dijo Yuria, muy educada, secundada por el resto inmediatamente. «Si no hay imprevistos, eso resuelve el problema de la sucesión y evitamos problemas».

—No os preocupéis, haré todo lo que esté en mi mano para informar a lady Ilaith de las buenas nuevas —aseguró Galad.

Más tarde, Symeon se reunió a solas con Galad para sugerirle que Violetha abandonara el monasterio y viajara con él. Ninguno de los dos confiaba plenamente en lady Ilaith una vez que amasara una gran cantidad de poder, y Violetha podría tejer una red de influencia que los mantuviera al tanto de todo lo que ocurría. Pero finalmente, desecharon la idea: que el Empíreo descendiera al monasterio era una forma de llamar la atención sobre él que nadie deseaba. Violetha debería esperar junto a la reina élfica y los demás.

Esa misma noche, Daradoth dio la orden a través del Ebyrïth para que el Empíreo descendiera sobre el patio de armas de la ciudadela. Galad se despidió de su padre, quien por primera vez en mucho tiempo se sentía útil de nuevo, ayudando a Yuria en la defensa de la fortaleza. Garedh lo miró fijamente, y espetó:

—Pero no estarás pensando en ir tú solo, ¿verdad?

—La verdad es que no, me acompañará Taheem y la tripulación. Y tú.

—Ya sé que no irás solo, zoquete —Garedh sacudió la cabeza—, no puedes dirigir el chisme ese tú solo. Me refiero a otro nivel de "solo". Y sabes a lo que me refiero. A tus verdaderos compañeros de viaje. Alguno debería acompañarte, pues tengo un mal presentimiento. ¿Lord Daradoth, quizá?

Galad no quiso contrariar a su padre. Explicó la situación a sus amigos, y Daradoth se mostró de acuerdo:

—Sí, te acompañaré. Intuyo sabiduría en las palabras de tu padre, Galad. Y es muy posible que el viaje no sea apacible. 

Poco más tarde, ya caída la noche, mientras el Empíreo descendía entre la fina lluvia lo más verticalmente posible hacia el patio de amas, Daradoth, Galad y Taheem se despedían de sus compañeros. Daradoth entregó el búho de ébano a Symeon para que pudieran mantener el contacto durante el tiempo que durase el viaje, y una vez aprestadas las escalas ascendieron y abordaron la nave.

Unos minutos después, el Empíreo ascendía majestuoso hacia el cielo de Doedia, en una trayectoria diagonal que lo alejaría lo máximo posible de los ejércitos enemigos. Galad y Daradoth salieron del área iluminada por las numerosas fogatas y almenaras que Yuria había ordenado encender, y finalmente perdieron de vista entre la lluvia a sus compañeros y la ciudadela. El viento era suave y las gotas de lluvia, frescas y agradables. 

—Con suerte, en un par de días como máximo estaremos ya estacionados en Tarkal —anunció, optimista como siempre, el capitán Suras. Esta vez más animado si cabía, pues iba a retornar a su ciudad natal después de una prolongada ausencia.

El dirigible empezó a estabilizarse tras el ascenso. En ese momento, Garedh puso una mano sobre su hijo, llamando también la atención de Daradoth.

—Ssssssh —chistó, y añadió en voz baja—: ¿No oís eso? Como si hubiera alguien ahí fuera.

Daradoh y Galad afinaron el oído. El elfo no tardó en escuchar cómo allá arriba, alguien estaba rasgando la tela del dirigible.

—Están arriba —susurró, y en un fluido movimiento, desenvainando la espada, utilizó su hechizo de salto, que le hizo perderse de la vista tras la masa del globo aerostático.

Haciendo uso de la multitud de aparejos y cuerdas que rodeaban al globo trepó rápidamente pero con cuidado. Y no tardó en ver cómo un elfo oscuro (¡volando!) rasgaba trabajosamente la fuerte tela del dirigible con su cimitarra. No pareció darse cuenta de su presencia, así que Daradoth, que consiguió contener su visión roja, saltó de nuevo hacia él, describiendo un amplio arco con Sannarialáth. El brillo de la espada hizo que el elfo oscuro se girase poco antes del ataque, pero no bastó para salvarlo; Daradoth cortó limpiamente su brazo derecho con un destello de luz plateada. El engendro no pareció comprender lo que pasaba hasta que su espada y su brazo salieron despedidos; gritó y, perdiendo el conocimiento, cayó al vacío.

Por desgracia, Daradoth no había podido controlar su salto, y ahora se encontraba lejos del globo; llegó al punto culminante de su ascensión (¡desde donde vio a otro elfo oscuro cortando la tela al otro lado del Empíreo!) y emprendió la caída hacia el vacío. Afortunadamente, Garedh y Galad, asomados a la borda para ver si podían ver algo, lo vieron aparecer a tiempo y arrojaron una escalerilla a la que el elfo se pudo agarrar, chocando contra el casco con estrépito, pero ileso. Inmediatamente gritó:

—¡Hay otro elfo allá arriba Galad!

El paladín, su padre y Taheem empuñaron sus armas y se pusieron en guardia. El dirigible comenzaba a dar tumbos, pues el capitán Suras controlaba la altitud a duras penas por efecto de los daños causados por los elfos oscuros. 

Por el rabillo del ojo, Daradoth detectó un movimiento y un destello. Saltó a tiempo de evitar el ataque del enemigo, y esta vez no tuvo dificultad para aterrizar sobre cubierta, sobresaltando durante un segundo a Galad y los demás.

—Ojo avizor —advirtió—. Ha intentado matarme ahí abajo.

—¡Preparad las ballestas! —ordenó Galad a los tripulantes.

De repente, el capitán Suras gritó:

—¡Arrgh!

Y se oyó cómo caía sobre el suelo. El Empíreo dio un bandazo. El elfo oscuro volaba sobre el capitán con una cimitarra ensangrentada en su mano. Uno de los marineros acertó a disparar su ballesta contra él, pero falló el tiro.

Daradoth aumentó su velocidad mediante sus poderes sobrenaturales, y, con la velocidad de un parpadeo, subió al castillo de popa. Una de las escalerillas del dirigible obstaculizó por un momento el vuelo del elfo oscuro, lo suficiente como para que Daradoth pudiera lanzarse con Sannarialáth sobre él. El engendro se defendió cual gato panza arriba, pero la espada de los Santuarios de Essel probó su valía y cortó salvajemente el pecho del enemigo, que a continuación fue presa de su inercia y cayó por la popa.

Galad se precipitó lo más rápidamente que pudo a tratar la fea herida en la pierna del capitán Suras, mientras el Empíreo perdía altura rápidamente.

—¡Alguien que tome los mandos! ¡Egrenia! —rugió Taheem.

La navegante, que se había escondido cuando el elfo había atacado a Suras se precipitó sobre el timón, requiriendo la ayuda de Taheem y de algún otro marinero. Tras unos segundos de agonía en los que el dirigible se agitó violentamente y bajó de cota, por fin consiguieron estabilizando.

—¡Vamos, hacia la ciudadela de nuevo! —rugió alguien.

Egrenia consiguió cambiar el rumbo del Empíreo y volver hacia la ciudadela sin perder demasiada altura, mientras allá abajo se podían ver claramente las fogatas de los campamentos de los enemigos. Dos rayos de fuego fueron lanzados desde alguna parte contra el dirigible, pero Daradoth y Galad pudieron repelerlos con sus poderes.

Prácticamente rozando las almenas, la nave pudo entrar en el complejo de la fortaleza y aterrizar violentamente sobre el patio de armas, que había sido evacuado rápidamente. Mientras tanto, Galad, con la impagable ayuda de su señor Emmán, consiguió sanar todas las heridas de Suras; el capitán estaría en plena forma en breve plazo, apenas una hora. El poder de Emmán era enorme. Suras miró al paladín con agradecimiento; tocó su hombro, reconfortado.

Poco después se reunieron con Yuria y Symeon y les explicaron todo lo que había pasado.

—Afortunadamente, habéis podido volver todos a salvo —dijo la ercestre—. Menos mal.

—Lo malo son los desperfectos que le han causado al Empíreo —dijo Galad—. ¿Cómo lo ves?

—Bueno... afortunadamente la tela del globo es más fuerte de lo que ellos debieron suponer. Con las herramientas adecuadas, buenos tejedores y una vez hayamos sacado todo el aire, no creo que lleve más de veinticuatro horas repararlo.

—Me alegro de oír eso.

—Supongo que podréis volver a intentarlo pasado mañana.

—Lo volveremos a intentar, pero esta vez a mediodía —anunció Daradoth—. Para que esos malditos elfos oscuros tengan dificultades si intentan algo.

Antes de retirarse a descansar, Symeon estableció alarmas en el mundo onírico por todo el perímetro de murallas de la ciudadela. Afortunadamente, no había ni rastro de aquella presencia tan poderosa que había percibido un par de noches antes. Yuria, por su parte, dio órdenes para tomar medidas contra posibles incursores invisibles y para prevenir a los guardias contra seres voladores.


jueves, 6 de junio de 2024

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 20

Decreto de los Mediadores. Llegan los Enemigos.

El grupo se apresuró a abordar el Empíreo tras convocarlo a través del búho de ébano de Daradoth. 

—Debemos apresurarnos —instó Yuria—. Tengo que evaluar la situación antes de que anochezca. Con suerte, podré calcular aceptablemente cuál de los contingentes llegará antes aquí.

La mano experta de la ercestre dirigió la aeronave a una velocidad endiablada, observando siempre que podía a través del catalejo para evaluar la situación. Finalmente, completaron el círculo y mantuvieron un vuelo estacionario al sur de Doedia.

—Maldita sea —juró Yuria—. Tengo dudas entre dos de las huestes. Las primeras en llegar serán la del duque, al noroeste, y la legión del suroeste. Pero no puedo asegurar cuál lo hará antes. Qué pérdida de tiempo.

—Bueno, no nos lamentemos —la animó Galad—. Todos hacemos más de lo que podemos. Tendremos que defender la ciudadela de forma tradicional.

Retornaron a la ciudad mientras el sol se ponía.

—Espero que esa presencia tan poderosa que percibí en el mundo onírico no colabore con Datarian —dijo en voz queda Symeon.

—Si es así, creo que no podremos mantener la ciudadela —contestó Daradoth.

—Dejad a un lado esos pensamientos —cortó Galad—. No vamos a rendir Doedia solo por una sospecha. Si, como parece probable, esa presencia es un kalorion, lo más seguro es que haya acudido para ayudar a Ashira o investigar la biblioteca, ¡no dejemos el ánimo desfallecer!

Todos guardaron silencio, pero en el fondo de sus corazones agradecieron las palabras del paladín, mirando hacia proa, donde Doedia ya se veía a la tenue luz del crepúsculo.

De repente, todos tuvieron que entrecerrar los ojos, cuando se hizo de día, con el sol en su cenit. En un suspiro, el Empíreo fue sacudido por un potente viento, el cielo se cubrió de nubes, y empezó a nevar. Un relámpago estuvo a punto de alcanzar el dirigible; el frío era intenso, y alguien gritó:

—¡Mirad! ¡Allí abajo! La tierra... 

Symeon miró sobre la borda, y lo que vio lo dejó espeluznado. La tierra parecía... agua sobre la que se hubiera lanzado una piedra. Ondas que parecían proceder de la Biblioteca la recorrían, sin quebrarla, pero debían estar causando estragos allá abajo. «Maldición», pensó, temblando por el frío. «Esto es cada vez peor».

Tan pronto como la situación se había descontrolado, todo volvió a la normalidad. Desapareció el frío, la nieve, las nubes, y todo volvió a estar iluminado con los últimos rayos del atardecer.

Cuando Symeon explicó lo que había visto a sus compañeros, Galad vio, como casi siempre, el lado positivo:

—Si las sacudidas de la tierra eran tan pronunciadas, debemos de haber ganado tiempo, porque las legiones que se acercan a Doedia serán ahora presa del caos.

—Pues tienes razón —coincidió Yuria—, igual hasta tenemos que dar las gracias por esto.

—En ese sentido sí, pero ya veremos qué implica. Estoy convencido de que algo dramático ha sucedido en la biblioteca —dijo Symeon.

Decidieron acercarse hacia la colina del complejo, pasando de largo de la ciudad por el momento. Allí, ya caída la noche, Daradoth pudo ver que las personas que antes habían permanecido inmóviles ya no lo estaban; había movimiento. Y en lo alto de las escaleras de la entrada a la biblioteca, un mediador observaba a su alrededor, atento, con los brazos cruzados.

Volvieron a Doedia, preocupados por los efectos que podían haber tenido las ondulaciones de la tierra sobre la ciudadela. Afortunadamente, las ondas no parecían haber tenido ningún efecto sobre las construcciones, no así sobre las personas y animales. Había una multitud de heridos que ya estaba siendo atendida.

En la sala de gobierno se encontraron con la duquesa, los nobles y los bardos, la mayoría con cara de agotamiento, pues había sido un día muy largo, y el "temblor" había venido a complicarlo todo.

—¿Hay alguna noticia esperanzadora? —inquirió lady Sirelen—. ¿Algún plan de acción?

—Sí —contestó Yuria—. Estamos convencidos de que ese extraño temblor nos ha hecho ganar algo de tiempo, y la legión de Wolann debe de estar a punto de llegar si no lo ha hecho ya... ¿no? Bueno, seguro que pronto. Defenderemos la ciudadela el mayor tiempo posible para dar tiempo a que despierten sus majestades.

Galad aprovechó para plantear lo que le había carcomido desde su sueño inspirado por Emmán:

—Yo pienso que debería ir a Tarkal a conseguir todos los paladines que pueda traer con los dirigibles. Eso nos dará una ventaja decisiva. —Quiso acabar su enunciado en ese punto, pero no pudo. Los verdaderos paladines de Emmán no ocultan hechos ni intenciones—. Y Églaras también está allí. Emmán me ha revelado que es la clave.

Estas palabras hicieron que los presentes cruzaran miradas de inquietud. Pero no pudieron abundar sobre el asunto, porque un senescal irrumpió en la sala, precipitadamente, olvidando el protocolo.

—¡Mis señores, mis señores! —exclamó—. ¡Dos mediadores se dirigen hacia aquí! Es imposible detenerlos.

Todos se pusieron en pie. Poco tiempo después, sin anuncio previo, las enormes figuras de dos mediadores entraban en la sala, con el paso seguro que da la autoridad y las balanzas soldadas a los huesos de sus muñecas bien visibles. Ambos se detuvieron a corta distancia, y aunque el grupo intentó mantenerse en segundo plano, los inquietantes ojos grises los taladraron durante unos larguísimos treinta segundos. Galad se encomendó silenciosamente a Emmán, y un hilillo de sudor resbaló por la nuca de Symeon. Finalmente, uno de ellos habló con voz profunda:

—La biblioteca de Doedia queda a partir de este momento bajo la protección de los mediadores. Ya no forma parte del reino de Sermia.

Y, sin más, dieron la vuelta y se marcharon. Todos los presentes exhalaron, liberando la tensión. Anak Résmere rompió el silencio:

—Bueno, eso ha sido bastante claro.

—Sí, y conciso. Podría haber sido mucho peor.

Tras despedirse, todos se retiraron a descansar. Galad volvió a pedir la inspiración de Emmán en su sueño. «Bendito Emmán, permíteme soñar con lo que ha ocasionado los hechos extraños de esta tarde».

Galad se vio en un entorno de prados y colinas, con el viento refrescando su rostro. De repente, sobre el horizonte vio levantarse una enorme balanza dorada compuesta, aparentemente por unas extrañas nubes. Cuando ya se levantó completamente sobre el cielo, la balanza pareció explotar, provocando una poderosa onda expansiva. Una onda mortal sin lugar a dudas; el viento que levantaba ya llegaba con fuerza hasta Galad, que de repente cayó en la cuenta: Églaras estaba en su mano derecha. con la punta reposando sobre el suelo. La levantó ante él, invocando su poder, y la onda de choque se partió en dos al llegar, dejándolo ileso, a él y a la ciudad que tenía a su espalda. Un estallido de luz dorada partió desde la espada y deshizo los restos de la balanza onírica que había provocado aquello.

Y en ese momento, un dolor atroz desgarró a Galad por dentro.

En el mundo de vigilia, Daradoth vio que su amigo empezaba a convulsionar, escupiendo gotas de sangre. Acudió rápidamente, mientras Symeon se despertaba y se aproximaba.

—¿Qué ocurre? —preguntó el errante.

—No lo sé, de repente ha empezado a agitarse violentamente. No sé si...

—¡Alguien debe de estar atacándole en su sueño! —exclamó Symeon en cuanto comprendió lo que ocurría—. ¡Tenemos que despertarlo! ¿Conoces algún hechizo para ello?

—Si lo conociera, no estaría dándole golpes en la cara.

Galad escupía ya la sangre a borbotones.

—Pues no sé qué... —Symeon se giró de repente—: ¡Yuria! ¡Yuria, despierta!

Yuria, con su instinto militar, se puso en pie totalmente lista para la acción.

—¡Necesito que toques a Galad con tu talismán! —gritó Symeon mientras Daradoth ponía a Galad de lado para que no se ahogara.

—¡Voy! 

La ercestre se abalanzó sobre el paladín y lo tocó. Galad dejó de convulsionar, pero respiraba con dificultad. Yuria lo examinó en breves segundos, y empezó a rugir órdenes para que Daradoth y Symeon le trajeran las herramientas adecuadas. Perforó la carne de Galad para drenar los pulmones, y lo cosió. Varios sirvientes y uno de los bardos habían acudido con el escándalo, pero todos se retiraron cuando, media hora después, Galad pareció estabilizarse gracias a los cuidados médicos de su compañera. Por fin pudieron hablar en privado:

—¿Qué demonios ha pasado? 

—Alguien debe de haberlo atacado en sueños —dijo Daradoth, mirando a Symeon.

—Pero no he detectado nada en el mundo onírico —comentó Symeon—. El talismán lo ha dejado inconsciente y lo ha salvado, pero no sabemos si se ha tratado de un ataque sobrenatural o que alguien ha atacado su sueño. Pero creo que lo más normal es la segunda opción. Seguramente habrá pedido la inspiración de Emmán y alguien ha localizado su sueño. Esa habilidad está todavía fuera de mi alcance.

El resto de la noche discurrió tranquila y por la mañana, poco antes de amanecer, Yuria se aprestó a dar las órdenes necesarias para la defensa de la ciudad, tanto de medios convencionales como arcanos.

No transcurrió mucho tiempo antes de que unos soldados avisaran a Yuria de que una pequeña multitud había llegado al patio de armas. Sesenta o setenta maestros del saber habían acudido a la ciudadela. Según explicó su líder, triste y resignado, los mediadores habían prohibido a los sapientes el acceso y la residencia en la biblioteca.

—Lord Daradoth, necesitamos encontrar una nueva sede, hemos sido expulsados de forma tremendamente injusta. —Al darse cuenta de lo que había dicho refiriéndose a los mediadores, el hombre miró a su alrededor, inquieto.

—No os preocupéis, nos encargaremos de eso; de momento, os acogeremos en la ciudadela.

Se inclinaron en gesto de agradecimiento, y acompañaron a uno de los senescales, al que Yuria ordenó encontrar un sitio adecuado para los sapientes.

Poco antes de mediodía, Galad despertó, no del todo recuperado. Y compartió el sueño que había tenido con los demás. Églaras parecía volver a ser la clave. Insistió en acudir lo antes posible a Tarkal y volver con la espada y los paladines.

—Debemos esperar un poco —dijo Yuria—. Yo calculo que podremos resistir el asedio al menos durante dos meses, así que si se estabiliza, tendrás tiempo de hacerlo. Pero antes debemos estabilizar la situación.

Justo en ese momento, sonaron  cuernos en el exterior, anunciando la llegada de un contingente de soldados. Se dirigieron rápidamente hacia la entrada principal. Y con regocijo, comprobaron que quien llegaba era Wolann con unos setecientos soldados.

—Menos mal —dijo Yuria—, buenas noticias al fin. 

—Parece que han desertado unos cien hombres. Un buen balance.

Saludaron efusivamente al general esthalio, y se procedió a habilitar los barracones y un campamento para aquellos que no pudieran alojarse allí.

Los encuentros no habían terminado aún aquella mañana. Poco tiempo después, Yuria era abordada por los la delegación vestalense de Bidhëd ra’Ishfah.

—Mi señora, ¿es cierto que la ciudadela va a ser asediada? —preguntó, airado.

—Así es —Yuria estaba demasiado atareada y cansada como para andarse con rodeos.

—Pero entonces, ¿cómo pensabais ayudarnos? ¿Nos estabais engañando acaso?

—No, esto es una situación nueva que...

—¡Hace días que marchan hacia Doedia!

—Calmaos —intervino Galad—. Hasta hace poco, el asedio no era una certeza. Ahora lo es, y debemos normalizar la situación antes de ayudaros.

—Pero, si estáis en medio de una guerra civil...

—Si despiertan los reyes, no habrá lugar a ninguna guerra «eso espero», pensó.

—¡Esto es un ultraje! Pedimos permiso para salir de la ciudadela.

Aproximadamente un par de horas más tarde, la delegación vestalense se marchó de Doedia.

 

A media tarde, un sirviente acudió corriendo a Yuria. 

—¡Mi señora, mi señora! Me envía lord Taheem. ¡Sus majestades han despertado!

—¡Qué buena noticia! Avisad sin demora a los demás.

Corrieron rápidamente hacia los aposentos de los reyes, donde se encontraron con Taheem, al frente del grupo de protectores reales. Los monarcas estaban sentados en sus lechos, siendo atendidos por doncellas y sirvientes. Bebían y comían ávidamente. Se les notaba débiles.

—Sus majestades —dijo Daradoth—, qué buena noticia y cuán necesaria. ¿Os encontráis bien?

—Un poco mareados —contestó el rey—. Según lord Taheem —Taheem arqueó una ceja al oír el tratamiento "lord" junto a su nombre— hemos dormido largo tiempo.

—Seis largos días, exactamente majestad —informó Yuria—. Y supongo que os interesará saber por qué.

Acto seguido pasaron a explicarles sus sospechas de que Ashira y Datarian habían inducido su sueño para someterlos a algún tipo de ritual o maldición, la toma de la ciudadela y la lucha contra los demonios que habían acompañado al duque. Y también el decreto de los mediadores respecto a la biblioteca. Mientras lo explicaban, llegaron al lugar el resto de miembros del consejo. Los reyes no salían de su asombro.

—Además —añadió Daradoth, el duque se dirige en este momento hacia Doedia con seis legiones, y están a punto de llegar. Cuenta con el apoyo de una compañía de elfos oscuros, y sospechamos que algo más.

Los reyes se atragantaron cuando escucharon esto último. La duquesa Sirelen, preocupada por ellos, interrumpió:

—Lo mejor será que recuperéis fuerzas y dentro de unas horas os pongamos al corriente en la sala del consej... del trono, quiero decir.

—Muy bien. Y gracias por vuestro leal servicio, lady Sirelen, lady Yuria.

—Solo una cosa más, majestad —añadió Yuria—. Creo que debemos enviar inmediatamente mensajeros a las legiones que se acercan para informarles de que habéis despertado y os encontráis bien, y necsitaríamos vuestro sello.

—Por supuesto —Menarvil se sacó el pesado anillo del dedo corazón de su mano—, haced buen uso de él.

Dicho y hecho, en poco menos de veinte minutos, media docena de mensajeros partía con cartas lacradas con el sello real de Sermia.

A media tarde, Anak se encontró con Galad. 

—Tengo una idea que me ronda la cabeza, hermano Galad. ¿No creéis que sería buena idea revelar la existencia de los gemelos a sus majestades cuanto antes? No deberían sentirse amenazados, pues el Imperio Trivadálma no reclamaría tierra alguna en Sermia.

—No sé qué deciros, Anak. No es que me parezca una mala idea, pero deberíamos madurarla un poco más.

—Sí, está bien.

Al atardecer, los monarcas hicieron acto de presencia en la, de nuevo, sala del Trono, donde con el boato y la ceremonia adecuados subieron de nuevo a ocupar la Sede del Lobo. Todo el mundo se mostraba mucho más animado ahora. Daradoth y Yuria dieron toda la información que conocían sobre la biblioteca y los ejércitos al consejo, poniendo también al corriente a los reyes.

—Es muy posible —dijo Yuria que el duque haya sido manipulado por Ashira y sus aliados de la Sombra. Pero debemos confiar en que los capitanes sean convencidos por vuestra presencia.

—Por otro lado —intervino Daradoth, está el asunto de la biblioteca y los mediadores, que no deberíamos perder de vista. Algo muy importante ha pasado en el complejo, algo relacionado con Ashira y posiblemente algún kalorion, que espero que no redunde en nuestro perjuicio.

—Los maestros del saber han sido expulsados, y no sabemos nada de los bibliotecarios —añadió Symeon.

—La biblioteca deberá esperar hasta que resolvamos los asuntos más acuciantes, por desgracia —dijo la reina—. Nos encargaremos de ello en cuanto podamos.


De nuevo en sus aposentos al anochecer, el grupo aprovechó para exponer las ideas de cada uno al respecto de la biblioteca, los enemigos, y la situación en general. Daradoth preguntó a Galad acerca de la interpretación de su sueño, y si Églaras iba a ser la salvación y a la vez la perdición. El paladín no supo dar una contestación concreta, pero sí que anunció que, al menos mientras permanecieran en Doedia, no pediría más la inspiración onírica de Emmán. La sensación que experimentó al ser atacado había sido desgarradora, y sentía que había salido con vida por muy poco. Era mejor no tentar a la suerte. Symeon, por el contrario,  sí que decidió acceder al mundo onírico. Lo hizo muy rápidamente, evitando cualquier encuentro con presencias extrañas, y solo echó un rápido vistazo a la colina de la biblioteca. Al despertar, solo un par de minutos después, anunció:

—Efectivamente, la colina vuelve a estar completa y la representación onírica de la biblioteca vuelve a estar ahí, más o menos igual que antes.

Un nuevo día llegó sin más sobresaltos. Muy temprano, las campanas de la ciudadela comenzaron a sonar, anunciando la evacuación de la ciudad y el refugio de aquellos que desearan colaborar en la defensa en el interior de la ciudadela.

Poco antes de mediodía, los centinelas empezaron a escuchar cuernos y tambores a lo lejos, desde el noroeste al principio. Yuria dio la orden de cerrar las puertas, los rastrillos, y reforzó la guarnición en las almenas. El Empíreo ya se había alejado de madrugada, portando el Ebyrith de Daradoth por si había que organizar una evacuación rápida. La noche anterior, el dirigible había traído a la ciudadela al padre de Galad y a los dos miembros del Vigía que se encontraban en el monasterio. El resto debería esperar allí. 

Desde las torres, el grupo pudo ver, a través de una ligera lluvia, cómo las legiones de Datarian y la de Tybasten al oeste comenzaban a levantar campamentos y tomar posiciones. Unas horas después comenzaron a sonar los instrumentos en el suroeste, por donde llegó otra legión que procedió a organizarse. Por la tarde, llegaron desde el norte y por la noche aparecerían los del sureste, presuntamente acompañados por los elfos oscuros. De momento, ni mensajes ni retorno de los mensajeros que habían enviado.

La noche transcurrió tensa pero tranquila, alterada solamente por la llegada del contingente del sureste, con la comitiva iluminada por antorchas y los elfos oscuros marchando junto a los humanos. Daradoth, observando la escena desde una de las torres, tuvo destellos de color rojo en su visión; afortunadamente, fueron muy breves.

Poco después del amanecer, pudieron oír trompetas. Los centinelas informaron de una comitiva que se acercaba a la puerta principal enarbolando bandera blanca. Los nobles y los reyes se apresuraron a recibirlos de forma adecuada, con la delegación más impresionante que pudieron reunir. Allí estaban los bardos, la duquesa, el resto de nobles, y siempre cerca, Yuria, Galad, Daradoth y Symeon vestidos con ropas de combate. Se dispusieron sobre el bastión que protegía la puerta, fuertemente defendido. Symeon con su bastón de aglannävyr, Galad con su espada sagrada, Yuria con su impresionante uniforme ercestre y Daradoth con el brillo de Sannarialáth en su espalda ofrecían una visión realmente amedrentadora.

La comitiva de jinetes apareció por la avenida principal. En cabeza iba Datarian, con una magnífica armadura y un espectacular corcel con barda. Entre los demás reconocieron solo a Tybasten. Y uno de los jinetes iba encapuchado; Daradoth lo reconoció al instante como un elfo (o elfa) oscuro. Consiguió mantener a raya el tinte rojo de su visión.

Anak amplificó la voz del rey, que percutió contra los enemigos cuando este habló:

—Espero que hayáis venido a presentarnos vuestros respetos y a poneros a nuestras órdenes, lord Datarian.

La voz del rey fue tan estentórea que varios caballos de la comitiva caracolearon. No el de Datarian, bien adiestrado. Tras dudar unos segundos y observar a sus compañeros, el duque espetó:

—Veo que los rumores eran ciertos, y habéis despertado. Me alegro por ello.

—Sí —intervino la reina, con una voz igual de potente—. Despertamos de un sueño al que fuimos inducidos. ¿Acaso por vos, hermano?

—No sé qué os hace pensar eso. Os he servido siempre fielmente, y lo único que he obtenido ha sido traición y mal trato.

—Entonces, ¿por qué levantáis la mano contra los legítimos gobernantes ahora? —el rey hizo una pausa, mirando a su alrededor—. ¡Si este hombre persiste en su empeño, todo aquel que lo siga se considerará un traidor a Sermia, y como tal será tratado!

Algunos de los integrantes del séquito de Datarian rebulleron inquietos; unos pocos incluso intercambiaron miradas preocupadas. El duque se apresuró en continuar:

—¡Me alzo contra vos, porque creo que no sois los gobernantes que Sermia necesita! —giró su corcel, recorriendo las comitiva que lo acompañaba—. ¡Se nos prometió la vuelta a la grandeza de Sermia, la vuelta al imperio, y no se cumplió! ¡Se reculó cobardemente! ¡Confiáis demasiado en el hermano mayor esthalio, y os habéis convertido en sus meros peleles! Yo os prometo que bajo mi mando, ¡seremos la nación más poderosa y rica de este continente! ¡Lo conquistaremos todo!

Mientras Datarian profería su discurso, Daradoth aprovechó para, discretamente, canalizar unos hechizos de detección sobre el duque. Reunió el poder necesario y lo dirigió hacia él. Al instante, pareció evaporarse sin ningún efecto. Lo intentó una segunda vez, con el mismo resultado. «Maldición, tienen hechiceros, sin duda», pensó el elfo, que cada vez tenía más dificultades para contener su visión carmesí. Pocos segundos después, como respondiendo a su pensamiento, aparecieron por la avenida otros dos jinetes, encapuchados, con túnicas azul marino. «Más elfos oscuros. Nnnnh, debo respirar, debo respirar...».

Daradoth sacó a Sannarialáth de su vaina y puso un pie sobre las almenas.

—¡¡Demonios!! —gritó, viendo todo a través de un prisma de rubí. El odio lo consumía. ¡Acabaré con todos vosotros!

Todo el mundo, incluidos los enemigos, se congelaron, sorprendidos. Por suerte, Anak ya había oído hablar de los arrebatos de odio a la Sombra de Daradoth, y entonó en voz baja una melodía. Daradoth se calmó al instante. La situación fue bastante embarazosa, pero todo quedó en eso mismo, y no llegó a mayores. Galad decidió continuar el intercambio con Datarian:

—Entonces, ahora confirmáis vuestra traición, como acólito de Sombra que sois. No nos dejasteis ver a los reyes cuando cayeron enfermos, ¡y ahora os aliáis con seres de Sombra! ¡Cualquiera que esté con vos es un traidor a Sermia, y la ira de Emmán caerá sobre él! ¡Yo me encargaré personalmente de hacérsela llegar!

—¡Mentís! Yo solo quise ayudar al reino. ¡Solo quiero llevar a Sermia a la gloria! ¡No quiero cobardes como vosotros, ni alianzas que nunca se cumplirán! ¡Gloria! ¡¡Gloria!! —bramó dirigiéndose a sus fieles, que gritaron con él.

—¡Es vuestra última oportunidad! —rugió Galad—. ¡Se os impartirá justicia a todos!

—¡Rendid la ciudadela!

—¡Nunca! ¡Acabaremos con vosotros!

El rey Menarvil y Datarian intercambiaron miradas fulminantes. En ese momento, Yuria sintió una ligera descarga procedente de su talismán. Dio un salto adelante.

—¡Nos están atacando! ¡He sentido un hechizo! ¡Cuidado! ¡Traidores! ¡Arqueros, disparad!

Los arqueros tensaron y soltaron en un instante. Una lluvia de flechas cayó sobre el duque y los demás, pero fue desviada como si fuera sacudida por un fuerte viento. Los enemigos se retiraron precipitadamente, custodiados por los jinetes encapuchados.

—Confío en que hayamos plantado alguna semilla de duda entre los generales de ese maldito traidor —dijo el rey en voz bien alta.


miércoles, 22 de mayo de 2024

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 19

Preparando la Defensa de Doedia

De vuelta en palacio, agotados, se retiraron a descansar unas pocas horas. Pero antes de eso, Yuria escribió una rápida carta a Ilaith describiéndole la situación y pidiéndole ayuda para evitar la caída de Doedia en manos de sus enemigos. Reclamaba también la presencia del Nocturno; hacía pocos minutos, mientras volvían a la ciudadela, el grupo había tenido una conversación planteando la posibilidad de ir rápidamente en busca de los paladines que habían dejado defendiendo la Región del Pacto. «Parece que haya pasado una eternidad desde entonces», pensó la ercestre. El dirigible Nocturno era la mejor opción, pues era el mayor de los que ella había diseñado. Entregó la carta a uno de los senescales, que se encargó de ponerla en camino esa misma noche.

Galad aprovechó para pedir la inspiración de Emmán en su sueño, pidiéndole que le iluminara sobre la situación de Ashira. Y Emmán, como casi siempre, se la concedió.

Galad se encontraba en la oscuridad. Una oscuridad profunda, casi material. Alguien respiraba cerca de él. Muy cerca. Una respiración agitada, quizá presa del miedo o del pánico. El paladín intentó alcanzar su origen, pero cada vez que estaba a punto de alcanzarlo, se escurría en la oscuridad.

De pronto, Galad cayó en la cuenta de algo. Una necesidad se formó en su mente. La necesidad de gran poder, de algo que, ahora se daba cuenta, subyacía en sus pensamientos a todas horas. Y, de forma extraña, la necesidad tomó forma: Églaras apareció en su mano y con un simple deseo hizo retroceder poco a poco la oscuridad con su brillo dorado. El paladín se sentía realizado, poderoso y con el favor de su dios fuera de toda duda. La luz avanzó poco a poco, y varios metros más allá alumbró el borde de un precipicio, por el que justo en ese instante caía una mujer. ¿Ashira? Quizá podría salvarla haciendo uso de tu poder, pensó mirando a Églaras.

Églaras centelleando

 

Pero no pudo hacerlo, pues el sueño acabó en ese instante.

Symeon, por su parte, hizo otra tentativa en el mundo onírico. Ocultó lo mejor que pudo su presencia y centró su atención en la mansión del duque Datarian; todo parecía normal allí. A continuación, se desplazó hacia la colina de la biblioteca, y más o menos a mitad de camino detectó una presencia bastante poderosa en la dirección a la que se dirigía. Se detuvo, y prefirió salir al mundo de vigilia para no tentar más a la suerte.

Por la mañana, después de que Galad y Symeon compartieran sus experiencias nocturnas, se aprestaron a llevar a cabo el plan de Wolann, falsificando órdenes de Datarian y su sello personal. Se reunieron con el resto del consejo, presentando en el proceso al general ercestre, planteando la necesidad de encontrar expertos en falsificación. La propia Irmele Seren, barda real, se ofreció a realizar una reproducción del sello, y se procedió a buscar al mejor de los escribas para falsificar la escritura y el tono del duque. Mientras se llevaba a cabo todo esto, Yuria volvió a asumir las riendas de la administración, organizando la defensa de la ciudad contra los ejércitos que se aproximaban. «Podremos resistir unos días», pensó, «pero si no conseguimos refuerzos rápido o pasa algo imprevisto, nada podrá salvarnos de la derrota».

A mediodía, la falsificación estuvo lista. En las órdenes se podía leer que una de las legiones acampadas debería desplazarse hacia el oeste de Doedia. Wolann confirmó su calidad:

—Es perfecta. No dudo de que pasará como genuina —afirmó.

Tras la partida de Wolann de regreso a su campamento acompañado de algunos carros con suministros, procedieron a elegir cuidadosamente al oficial que llevaría el mensaje con las órdenes falsificadas. Tras explicarle parte del plan, partió para dar un rodeo y simular que venía desde el norte, con instrucciones de entregarle el mensaje preferentemente al general Wolann siempre que fuera posible.

Una vez que el "mensajero" partió, el grupo se aprestó a ayudar a Yuria con la defensa de la ciudadela, y se tomaron medidas para intentar detectar a cualquier espía que pudiera salir o entrar del complejo con un mensaje para sus enemigos.

Después de comer, el oficial regresó al abrigo de la niebla, y el consejo se reunió inmediatamente. El soldado les explicó:

—Entregué la carta al general Wolann, como me dijisteis, y aunque hubo alguna mirada suspicaz del general Tybasten, no parecieron poner en duda lo que se decía en el papel. De hecho, Tybasten empezó a rugir órdenes inmediatamente para poner en marcha su legión.

—Ahora, confiemos en que Wolann sea capaz de convencer a la mayoría de sus tropas de su lealtad a los reyes —dijo Galad—. Al menos, ganaremos un tiempo mientras se coordinan.

Por la tarde, volvieron varios exploradores que se habían enviado para observar el progreso de las legiones de Datarian. Uno de ellos informó de que Datarian viajaba con el ejército más numeroso, el que venía desde el noroeste, compuesto por dos legiones. Una legión venía desde el norte, otra desde el sureste, y otra desde el suroeste. Pero la revelación más sorprendente la hizo uno de ellos, llamado Nael:

—A la legión que viene del sureste la acompañan criaturas extrañas, no parecen humanos. Su piel es de color grisáceo, sus ojos brillan extrañamente, se mueven con una gracia fuera de lo común, y la mayoría llevan cimitarras en sus cintos. Creo... creo que son....

—Elfos oscuros —terminó Daradoth, provocando un estremecimiento en los sermios presentes—. ¿En qué número?

—No estoy seguro del todo, quizá una compañía. Debí de contar unos doscientos. Pero no son los únicos seres extraños en el contingente. Hay más, de un tamaño superior al de cualquier humano o elfo, pero la niebla dificultó el reconocimiento y no sé deciros mucho más.

Un mohín mezcla de preocupación y odio acudió al rostro de Daradoth, que intercambió miradas de preocupación con sus compañeros. Acto seguido, tras despedir a los exploradores, el grupo y el consejo mantuvieron una larga conversación sobre las decisiones tácticas más adecuadas para enfrentarse a las fuerzas que iban a confluir en Doedia el día siguiente. 

—Ayer envié una misiva a lady Ilaith solicitando ayuda —anunció Yuria—. Confío en que el senescal Stenar —miró al viejo sirviente, con un tono de advertencia— transmitiera al correo la extrema urgencia con que debía ser entregada.

—Por supuesto, mi señora —contestó el senescal—; partió inmediatamente con un par de nuestros más veloces corceles.

Yuria asintió silenciosamente, en gesto de agradecimiento, y la conversación de estrategia militar continuó. Daradoth abogaba por atacar rápidamente a uno de los contingentes, y aunque en principio el resto se mostró reticente, la idea fue ganando partidarios con el paso de los minutos. Se evaluaron muchas alternativas, incluyendo la utilización de los cinco bardos disponibles en la ciudad como arma ofensiva (por sugerencia del propio Anak Résmere).

Mientras discutían, ya llegada la media tarde, un guardia real llegó con noticias: la niebla que había cubierto la región durante días se había esfumado en cuestión de segundos.

El grupo se puso en marcha inmediatamente. Aprovechando las pocas horas de luz que quedaban, convocaron al Empíreo a la ciudadela a través del Ebiryth de Daradoth y en poco más de media hora se alzaban hacia el cielo de Doedia con la intención de ver por sí mismos las fuerzas que se acercaban. Se aproximaron someramente hacia el norte, desde donde, efectivamente se acercaba un contingente de más o menos dos legiones; las vieron prácticamente de pasada, porque querían dedicar su atención principalmente a la tropa que se aproximaba desde el sureste, en la que supuestamente se incluían los elfos oscuros y los entes desconocidos. Daradoth miraba ansiosamente por el catalejo.

—Allí están —dijo—. Efectivamente, veo claramente varios centenares de elfos oscuros, aunque encapuchados y bien tapados, supongo que debido al sol que aún los ilumina. Pero de los seres gigantes ni rastro. Aunque... detrás de la hueste veo una caravana enorme de pertrechos, con carromatos y vagones bastante grandes. 

Yuria tomó el catalejo cuando se encontraron más cerca y se aseguraron de que al contingente no lo acompañaban criaturas voladoras.

—Efectivamente, creo que esa caravana es demasiado numerosa para una marcha breve como esta. Y los carromatos parecen enormes, sí. Quizá nos ocultan algo. 

—¿Crees que deberíamos continuar con el plan de ataque preventivo? —preguntó Galad.

—Para ello, necesitaríamos saber cuál de sus ejércitos llegará antes a Doedia, solo a ese podríamos atacarlo con garantías. Y aun así, podríamos sufrir bajas que perjudicaran la defensa posterior. No sé, es complicado.


lunes, 6 de mayo de 2024

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 18

Negociaciones. Visita a las Legiones.

En voz baja, Daradoth compartió todo lo que había visto con sus compañeros. Una vez terminó de contar cómo los seres encapuchados habían parecido turnarse en el interior de la Biblioteca, todos sintieron que sus pensamientos cambiaban y por fin sentían la inquietud por subir más allá de la barrera que les impedía el paso a la parte alta de la colina.

—¿Lo notáis? —preguntó Symeon.

—Si te refieres a la voluntad de subir la escalera, pero que algo nos lo impide, sí, lo noto —contestó Yuria.

—Yo también lo noto —terció Galad—. Y sé que tendríamos que subir, pero sabiendo lo que hay ahí arriba, dudo de que sea una buena idea.

—Sí, es verdad. Parece que esos seres encapuchados sean una especie de líderes, o maestros, de los mediadores. Y no olvidéis que los vimos en la visión que compartimos con Ashira, mucho más claramente. Son poderosos. Mucho. Y Ashira, ahí dentro...

—No sabemos si sigue ahí, o si sigue... —Galad se interrumpió antes de pronuciar las palabras "con vida".

—Yo pienso —interrumpió Yuria que al menos deberíamos explorar un poco más allá de esta barrera. Un poco más.

—Sí, tenemos que averiguar qué pasa —la secundó Daradoth.

Discutieron en voz baja durante unos minutos acerca de la conveniencia de subir y el riesgo que conllevaba. Finalmente descartaron la idea. Además, suponían que esos seres se encargarían de mantener la Biblioteca a salvo de Ashira y la Sombra. Volvieron a palacio ya entrada la madrugada.

Por la mañana, Galad solicitó información sobre la situación de Datarian y de su mansión. Según les informó el consejo, en la mansión los guardias reales habían hecho el registro pertinente y al parecer no había nadie más que el servicio de la casa. Por otro lado, de las tres legiones acampadas al este de la capital no habían tenido noticias desde hacía días, así que una de las posibilidades era que Datarian hubiera huido a uno de sus campamentos y estuviera allí refugiado y preparando sus planes.

Tras proporcionar esta información, dos de los guardias extendieron un mapa sobre la gran mesa del consejo. La duquesa Sirelen dijo:

—Siguiendo vuestros consejos, según las indicaciones de los vestalenses, hemos podido detallar en un mapa (simplificado, por supuesto) los dominios de las facciones que luchan en este momento por el poder en el imperio vestalense. Aquí las tenéis.

 » Los llamados "leales", cuya delegación hospedamos, ocupan el centro-sur, incluyendo la capital, Denarea, y Creä, aunque no tienen muchas esperanzas de mantener esta última; quizá incluso ya haya caído a estas alturas. Hay varios movimientos separatistas en el norte y el oeste. Con estos últimos ya estamos manteniendo contacto y seguramente se incorporarían a Sermia en un plazo breve, ya que es la zona donde tenemos más fieles. Los llamados "puristas" ocupan el centro y son los más fanáticos, religiosos y aislacionistas. Y, por fin, los "arribistas", los invasores aliados de la Sombra que cuentan en sus filas con los hombres pálidos, los grandes cuervos y los extraños hechiceros. Desde luego, la situación es óptima para una intervención armada. 

Facciones en el Imperio Vestalense

 —Si no fuera por la situación de la propia Sermia ahora mismo —sentenció Yuria—. Desde luego, es una fruta madura dispuesta a ser recolectada, pero antes tenemos que poner orden en nuestras filas.

—Y esperar a que los reyes despierten, no pueden tardar mucho —intervino Galad.

Symeon aprovechó lo que veía en el mapa para hacer un comentario en voz baja a Yuria:

—Los Leales quizá podrían permitirnos el acceso y la extracción de la caravana de errantes donde dejamos a Valeryan, a Sharëd, el hermano de Taheem, y a los demás, ¿no crees?

—Sí, claro —contestó la ercestre en voz igualmente queda, lo podríamos incluir en los términos de la negociación. Pero primero tenemos que ver si somos capaces de ayudarlos. —Yuria se separó unos pasos de Symeon y se dirigió al consejo—: Deberíamos averiguar con cuántas tropas cuentan y cuál es la situación real, así que, si no os importa, los convocaré ahora mismo.

No hubo objeciones al respecto, y la delegación vestalense llegó a la sala de gobierno en poco más de media hora.

Bidhëd ra’Ishfah dio todos los detalles que pudo sobre el número de tropas estimado de cada facción, y también dejó claro que el mapa no era sino una simplificación, pues, por ejemplo, había fieles de los puristas por todo el imperio que estaban llevando a cabo actos de desestabilización e insurgencia. Según Ahmafar ri’Wareer, el clérigo de la delegación, los puristas veían la muerte del Ra'Akarah (o la "supuesta muerte", según los arribistas) como un castigo divino, y querían acabar con el orden imperante y las "herejías existentes" para establecer uno nuevo con un imperio autosuficiente y cerrado.

Una vez satisfecha con la información recibida, Yuria tomó la palabra:

—Supongo que tenéis claro que tendréis que hacer algunas concesiones a cambio de nuestra ayuda, ¿verdad, lord Bidhëd?

—Por supuesto, por supuesto. Por ello estoy aquí como enviado plenipotenciario —miró al resto de su delegación— de mi señor Wadeem ra'Alfadah, badir de Harejet y señor de Denarea, como ya os dije ayer. Lo que necesitamos urgentemente son suministros, comida y armas. Tropas también, y algún medio para enfrentarnos a esos demonios de los arribistas.

—Ya sabéis que sus majestades exigirán concesiones territoriales a cambio de su ayuda, además de acuerdos comerciales ventajosos por las mercancías más valiosas. Además, quizá podamos encontrar una manera de incluir en los tratados a la Federación de Principes Comerciantes, al mando de mi señora, lady Ilaith Meral.

Esta última frase hizo arquear cejas entre todos los reunidos, incluida la duquesa Sirelen.

—Disculpad —contestó ra'Ishfah—, pero no veo de qué manera los Príncipes Comerciantes, tan lejanos, podrían ayudarnos.

—De multitud de formas —se apresuró a contestar Yuria, ciega a los resquemores que se estaban levantando en el resto del consejo—; lady Ilaith posee recursos que no podéis llegar a imaginar. Y la capacidad de trasladarlos rápidamente.

La duquesa Sirelen, visiblemente molesta, interrumpió la conversación.

—Creo sinceramente que lo más adecuado sería esperar a que sus majestades despertaran del sueño febril. No puede prolongarse demasiado ya. Cada vez están mejor.

—Yo también creo que sería lo mejor —intervino Galad, intentando rebajar la tensión—. Sin duda se mostrarán de acuerdo en aceptar la colaboración de lady Ilaith, que, como dice lady Yuria y puedo corroborar, dispone de recursos muy valiosos.

—El problema que tenemos es que cada minuto que pasa cuenta —contestó ra'Ishfah—. Creä no aguantará mucho, si es que todavía lo hace, y nuestra gente caerá a miles ante esos seres aberrantes. 

—Sí, no creo que se alargue más de un par de días el despertar de sus majestades Menarvil e Irmorë.

—Supongo que, siendo así, podemos esperar un poco más.

«Tampoco es que tengáis otra opción», pensó Daradoth.

Una vez los vestalenses se hubieron retirado, el grupo celebró una pequeña reunión con la duquesa y los bardos. Galad planteó la posibilidad de que el imperio vestalense se disgregara en pequeños reinos, mientras que Daradoth insistió en la necesidad de exterminar a todos los fieles de la Sombra.

—Las concesiones territoriales deben quedar en un segundo plano —dijo vehementemente el elfo—. Lo que tenemos que lograr es que esos "leales" sean realmente fieles a la Luz y cuando corresponda acudan en nuestra ayuda cuando se produzca la verdadera guerra, aquella en la que se enfrenten Luz y Sombra.

—Completamente de acuerdo —dijo Galad—. Pero primero debemos llegar a un acuerdo terrenal para convencerlos de algo más elevado.

—Por lo poco que sé yo de estos temas —intervino Anak Résmere—, creo que lo ideal para nosotros sería estancar el conflicto. Darles los medios para estancarlo a cambio de un pacto de amistad y acuerdos comerciales o cartas de préstamo. Sería lo más... económico para Sermia, y nos aseguraríamos de tener un primer escalón para la lucha "real".

—Tendremos que resolver el asunto Datarian para poder negociar, en cualquier caso —contestó Daradoth.

—Por supuesto.

El grupo se retiró de la sala con la excusa de comer algo, y Galad y Yuria aprovecharon para comentar con el grupo:

—Es verdad que tenemos todavía el problema de Datarian —dijo Yuria—. Pero ahora disponemos de recursos que en teoría se han liberado.

—La Región del Pacto —Galad siguió el hilo de sus pensamientos—. Allí tenemos cincuenta paladines, cuarenta iniciados, trescientos hijos de Emmán, los Alas Grises de lady Ilaith, un general famoso y toda una nación agradecida por la ayuda. Tendremos que actuar rápido.

—Y quizá establecer una segunda vía de negociación —sugirió Yuria—. No creo que lady Ilaith nos pusiera problemas para disponer de uno de los dirigibles grandes, por ejemplo, el Nocturno, para transportar a los paladines.

Poco después Anak Résmere se reunía con Galad.

—Espero que todos estos avatares e imprevistos —dijo el bardo solemnemente— no aparten vuestra atención del que, para mí es el asunto fundamental y que requiere toda nuestra atención.

«Por Emmán», pensó Galad, «demasiadas cosas a tener en cuenta, y no sé qué podemos hacer con esos gemelos».

—Por supuesto —respondió—. Perded todo cuidado, los tengo muy presentes.

Satisfecho con las palabras del paladín, Anak hizo un gesto de reconocimiento. Ambos se reunieron con el resto del grupo.

—Creo que deberíamos reconocer los campamentos del ejército con el Empíreo y averiguar lo que podamos, ¿no os parece?

Todos se mostraron de acuerdo, y al poco rato, con el sol ya descendiendo, sobrevolaban las inmediaciones de la ciudad. Por desgracia, la niebla apenas les dejaba ver. 

—Así no podremos sobrevolar los campamentos, tendremos que descender cerca de ellos y acercarnos por el suelo. 

—Lo haremos, a ver si podemos averiguar algo. La inacción me mata. Pero, ¿qué os parece si intentamos sobrevolar antes la Biblioteca? —sugirió Daradoth.

—Sí, hagámoslo —coincidieron todos.

Yuria se puso a los mandos del Empíreo, y se dirigió hacia la colina de la Biblioteca. Cuando calculaba que faltaba poco para llegar, tuvo una sensación extraña. Dio un golpe de timón y viró el dirigible hacia el norte, mientras luchaba por no hacerlo. Todos se sorprendieron al perder el equilibrio.

Hicieron un intento más con el capitán Suras al timón, pero el resultado fue el mismo.

—¿Podemos fijar el timón y el rumbo para que el dirigible vaya solo hacia allá? —sugirió Daradoth.

—Creo que sí, lo podemos intentar —aceptó Yuria.

Y así lo hicieron. Yuria y Suras fijaron el timón y la altitud para que el Empíreo se dirigiera sin su intervención hacia la Biblioteca. Se acercaban cada vez más, y la idea parecía funcionar. Pero de repente, tanto Yuria como Suras corrieron como una centella hacia el puente de mando y desatrancaron el timón sin que el grupo pudiera reaccionar. Volvieron a virar hacia el norte.

—Lo siento —se disculpó Yuria, y también Suras—. No he podido evitarlo, ha sido más fuerte que yo.

—Parece que esa barrera en la Vicisitud hace que aquel de nosotros que tiene la capacidad, impida que nos aproximemos al complejo —dijo Symeon, pensando en voz alta mientras se rascaba la barbilla.

—Si es así —intervino Daradoth, girándose hacia los pilotos— tendremos que inmovilizaros, Yuria.

—Está bien.

Fijaron el rumbo del dirigible  y a continuación ataron a Yuria y a Suras al soportal mayor de la nave. Aunque los dos sintieron la necesidad imperiosa de correr hacia el timón, fue en vano.

Y el Empíreo por fin superó la barrera invisible. La niebla desapareció al instante, y Yuria, tras ser liberada, se apresuró a poner el dirigible en ruta estacionaria. Daradoth se asomó inmediatamente, ayudándose del catalejo, pues estaban a una altura considerable. Los edificios de la biblioteca seguían mostrando las volutas que parecían deshacer sus contornos en una acuarela gaseosa, y abajo, en tierra, vio personas. Personas que se encontraban completamente inmóviles.

—Veo bibliotecarios, maestros del saber y lo que parecen visitantes o personal ayudante. Y algunos guardias reales. Y todos parecen estar en alguna especie de éxtasis, paralizados; están bien. Ni rastro de los mediadores ni seres anormales.

—¿Deberíamos descender y ayudarlos a salir? —sugirió Galad.

—No me parece muy buena idea —contestó Daradoth—. Si los sacamos, igual empieza a afectarles el paso del tiempo, que ahora parece respetarlos.

—No me gustaría irme sin averiguar algo más —intervino Yuria, dejando el timón a Suras—. ¿Creéis que podríamos percibir la Vicisitud aquí dentro?

Todos se concentraron, y en esta ocasión fueron Galad y Yuria quienes pudieron expandir su consciencia para sentir los hilos del tapiz. Todo vibraba desmesuradamente. Yuria se mareó mientras acertaba a decir:

—Allí abajo pasa algo, algo importante. Muy abajo. Los hilos están... retorcidos, arrastran otros... me arrastran... nos arrastran... —Suras la cogió del brazo cuando pareció desfallecer. Las hebras de la Vicisitud vibraban y se retorcían de manera desmedida, provocando la formación de nubes repentinas y rachas de viento aleatorias—. No me atrevo a bajar más.

—¿Qué has querido decir con "muy abajo" Yuria? —inquirió Symeon.

—Abajo. Profundo en la tierra. Muy profundo.

Yuria anuló su percepción, aliviada, y se marcharon de allí. No tuvieron problemas en salir, internándose en la niebla.

De vuelta a palacio, varios sirvientes salieron al encuentro de Yuria para informarla de que la duquesa la reclamaba urgentemente. Acudieron rápidamente a la sala de gobierno, donde lady Sirelen les informó:

—Varios informadores han llegado a lo largo del día a la ciudadela, y todos informan de varios ejércitos aproximándose hacia la capital. Creo que lord Valemar está haciendo por fin su movimiento.

—¿Varios? ¿Desde dónde?

—Al parecer, un contingente viene desde uno de los feudos del duque. Otro desde el condado de Serhome, uno de sus vasallos, y al menos dos más acuden desde el suroeste. Creemos que tratarán de unirse a las dos legiones que quedan en el campamento oriental.

—No sería mala idea hacerles una visita, por cierto —dijo Yuria.

—¿Sabemos a cuánta distancia están? —preguntó Galad.

—A un par de días de camino —respondió la duquesa. Quizá un poco más.

—Entonces, es urgente hablar con las dos legiones acampadas en las afueras, sí.

Con el crepúsculo ya cayendo, el grupo partió a caballo y con una escolta hacia el campamento oriental. La comitiva iba encabezada por sir Garlon, el capitán de la guardia real, un héroe respetado en Sermia, y bajo los colores del estandarte real. Otro miembro del consejo, el conde Hannar, se sumó al grupo en el último momento.

Conforme se acercaban a la localización del campamento, varios kilómetros hacia el este, fueron viendo cómo los pueblos que atravesaban se encontraban más y más esquilmados.

—Debe de hacer varios días que nadie trae suministros a los soldados —dijo Yuria, estarán consiguiéndolos por sí mismos. Veremos si eso es bueno o malo.

Aquí y acullá vieron varios soldados, un número muy reducido, ebrios e inconscientes. Poco tiempo después, cuando ya había oscurecido, llegaron al campamento, a la vez que varios soldados que arrastraban animales y acarreaban sacos de harina. Contra todo pronóstico, el campamento estaba bien organizado, lo cual daba cuenta de unos generales bastante competentes al mando de las dos legiones.

Sir Garlon habló con el oficial al mando de los guardias en su idioma, el sermio, que solo Daradoth entendió a duras penas. Hannar trató de traducir lo mejor que pudo. En los alrededores, Daradoth podía ver que algunos de los soldados lo miraban con suspicacia, mientras que otros lo hacían con devoción. Pocos de aquellos soldados habían estado en las conferencias, si es que alguno lo había hecho, pero los rumores debían de haber llegado hasta allí, además de la inclinación natural de los sermios a venerar a su raza.

El ojo experto de Yuria pudo ver cómo una parte del campamento había sido desmantelada muy recientemente, indicador de que una de las tres legiones que habían visto al llegar a Doedia se había retirado hacía muy poco. «La que acudió a la llamada del consejo», pensó.

Por suerte, parece que han accedido a dejarnos parlamentar con sus generales —las palabras de Hannar sacaron a la ercestre de sus pensamientos.

Una gran tienda de campaña se levantaba en el centro del campamento, organizado según los estándares esthalios, como pudieron reconocer rápidamente Yuria, Galad y Symeon.

Allí les recibieron dos hombres cargados de galones, curtidos y con cara de pocos amigos. Iban acompañados de un pequeño grupo de los que debían de ser sus ayudas de campo. Los generales se presentaron. El primero de ellos habló en un perfecto Sermio, y sus palabras fueron traducidas por Hannar:

—Soy el general Tybasten Anderr, comandante de la legión Voluthar —Symeon reconoció al instante el nombre de uno de los grandes héroes de la mitología Sermia.

El otro general habló también en Sermio, pero su acento lo delataba como extranjero:

—Mi nombre es Wolann de Eghenn —un nombre claramente esthalio; de hecho, Eghenn era un pequeño pueblo de la marca de Gweden. Y continuó en estigio, volviéndose hacia Tybasten—: en deferencia a nuestros invitados, será mejor que hablemos en mi idioma natal, creo que nos entenderemos mejor.

—Está bien —dijo el interpelado, con algo de acento. ¿Qué os trae a nuestro campamento, mis señores?

Wolann de Eghenn

Yuria tomó la palabra:

—Queremos saber en qué situación os encontráis, si necesitáis algo de ayuda y si por ventura estáis enterados de todo lo que ha pasado en Doedia últimamente.

Fue el general Wolann quien contestó, algo socarrón:

—Pues ya veis nuestra situación, teniendo que robar comida porque hace casi una semana que no recibimos suministros. Se nos convocó aquí hace meses para lanzar un ataque a los vestalenses, pero las órdenes nunca llegaron. El terremoto, la extraña nieve que no se derretía y esta maldita niebla lo han complicado todo en extremo, supongo. 

Y según nuestros informes —continuó Tybasten mirando suspicazmente a Garlon y a Yuria— ha habido una traición en la capital, así que estamos a la espera, sobreviviendo lo mejor que podemos.

—¿Traición? ¿Por parte de quién?

—De la guardia real y del consejo real, con la duquesa Sirelen a la cabeza. Y —volvió a mirar a Garlo y a Yuria con una mirada cargada de acusaciones— de un grupo de extranjeros.

—¿Traidores a los reyes?

—Al custodio del reino durante su enfermedad, el duque Datarian. Nuestro señor.

—Creo que vuestra información no es todo lo veraz que creéis —intervino Symeon—. Si nos dejáis explicaros la situación, quizá cambiéis de actitud. Y lo escucharéis de primera mano.

Wolann se adelantó a Tybasten en la respuesta:

—Por supuesto, en deferencia a un hermano paladín de Emmán, legendarios por su sinceridad, y a un lord elfo. Adelante.

Galad continuó, comprendiendo el mensaje en las palabras de Wolann:

—En primer lugar, quiero informaros de que los monarcas se encuentran bien y que en breve estarán recuperados de su enfermedad. Podéis visitar el palacio y verlos por vosotros mismos, no así como cuando Datarian ejercía la custodia, que los tenía encerrados bajo llave. Nosotros estamos aquí precisamente por la situación generada; desconocíamos vuestra situación, y el custodio no estaba cumpliendo con sus obligaciones. Ahora hay una orden de arresto sobre su persona.

 » Además, Datarian colaboraba con unos extranjeros de aspecto extraño que resultaron ser adoradores demonios, e incluso demonios en sí mismos. Nos enfrentamos a ellos y les derrotamos.

—¿Demonios? ¿Pero qué...? —empezó Tybasten.

—Sabéis que no puedo mentir, y os juro por Emmán que lo que os estoy diciendo es cierto.

—No nos malinterpretéis, mi señor —intervino Symeon—. No estamos acusando al duque de traición, es posible que estuviera bajo el influjo de esos demonios o de alguno de sus controladores.

Galad les describió a los demonios, y a los Hijos del Abismo que habían acudido a Doedia junto a Norren. Les habló también de Ashira y su séquito, sugiriendo que era posible que se hubieran aprovechado de la buena voluntad de Datarian.

—Pero... pero el duque... nunca habría...

—Ya os lo he dicho, y os lo repito. Lo juro por mi sagrado señor Emmán, que me retire su favor si lo que digo es cierto —Galad cerró los ojos, llevó el puño a su corazón y convocó su aura sagrada, impresionando a todos los allí reunidos al percibir en el fondo de su audición un sonido de trompetas y arpas celestiales.

Symeon observaba la escena atentamente. Wolann parecía mirar a Galad con devoción. «Lo ha convencido totalmente», pensó. «Bien hecho, Galad». El otro general, Tybasten, era otro cantar. A pesar de mostrarse impresionado, e incluso convencido, no mostraba la misma reverencia en sus ojos. «Esperemos que baste con eso».

—Por supuesto, os invitamos a venir a la ciudad —dijo Daradoth.

—Yo iré —dijo Wolann, sin dudar—. Quiero ver todo eso por mí mismo. 

—Por supuesto, quizá podamos hacer algo por vosotros, si necesitáis suministros —sugirió Symeon.

—Daré las órdenes pertinentes, claro —aseguró el conde Hannar.   

Acto seguido, Tybasten y Wolann se enzarzaron en una discusión en sermio, de la que el agudo oído de Daradoth pudo entender escasas palabras. Al parecer discutieron sobre si Galad decía la verdad y de las intenciones del grupo.

Finalmente, la comitiva partió en plena noche de vuelta a Doedia acompañados de Wolann, sus ayudas de campo y su guardia personal. A mitad de camino, el general habló:

—En realidad, debo informaros de que ya tenemos órdenes de Datarian. Debemos marchar pasado mañana al amanecer hacia la ciudad, para reunirnos con sus tropas. Ahora mismo, la ciudad está en serios apuros, si me permitís la expresión.

—¿Vuestras tropas nos seguirían para defender la ciudad? —preguntó Daradoth.

—Me temo que Tybasten, aunque os crea, seguirá fiel al duque. Yo os creo, hermano Galad, y no quiero colaborar más en ninguna conspiración maligna, y menos una que implique tratos con demonios.

—¿Qué podríamos hacer entonces?

—Al menos parte de mis tropas me seguirían, pero levantaríamos muchas sospechas si las movilizo sin previo aviso. Una traición tan manifiesta no calaría bien entre los soldados.

—Pues tendremos que pensar alguna manera de hacerlo.

Tras meditarlo unos minutos, Wolann lanzó una sugerencia:

—¿Qué os parece si falsificamos órdenes nuevas de Datarian? ¿Requiriendo que una de las legiones parta hacia el oeste de la ciudad para rodearla? De ese modo, daría igual qué legión partiera y cuál se quedara, ya estarían separadas. Habría que enviar un mensajero con librea falsa y con el sello de Datarian en las órdenes.

—No parece mala idea —dijo Yuria.