La Corona dividida. Lealtades veladas.
La noche cayó sobre el monasterio de San Odran de los Brezos, cubriendo de sombras los campos que rodeaban sus muros. El Empíreo permanecía anclado en las proximidades, apenas visible desde la distancia, mientras los hombres de Alexadar Stadyr redoblaban las guardias y los monjes ofrecían a los recién llegados el austero alojamiento del que disponían.
Aunque el reencuentro entre Armen y uno de sus Grandes había devuelto algo de esperanza al grupo, la imagen de Usturna continuaba presente en sus pensamientos.
Los compañeros volvieron a discutir sobre lo ocurrido en la ciudad muerta. No podían asegurar si la devastación había sido provocada por la gigantesca criatura onírica que había agonizado durante días, por la esfera de inexistencia que había intentado devorarla o por la interacción entre ambas fuerzas.
La criatura había gritado desde el Mundo Onírico con un dolor capaz de alcanzar a quienes dormían. Las pesadillas de los niños demostraban que su influencia había atravesado la vigilia, pero aquello no explicaba por completo la muerte de los animales, la corrupción del agua ni los peces que cubrían la costa.
—Quizá no haya sido una sola causa —reflexionó Symeon—. La criatura, la mancha y la rotura entre ambos mundos pudieron alimentarse entre sí.
—La mancha parecía absorberlo todo —recordó Galad—. Cuando la miré, sentí que quería atraerme hacia ella.
—Y, sin embargo, no ha crecido —dijo Daradoth—. Al menos no de una manera apreciable.
Ninguno de ellos podía saber si aquello era una buena noticia. La esfera podía encontrarse inerte, saciada después de borrar a la criatura; o podía estar acumulando fuerzas para algo que todavía no comprendían.
Lo único que parecía evidente era que el velo entre la realidad y el Mundo Onírico se había debilitado alrededor de Usturna. La aparición de la criatura de sombra y fuego que había golpeado el Empíreo demostraba que los seres oníricos podían manifestarse allí con una fuerza que nunca habían mostrado en otros lugares.
La conclusión hizo que sus pensamientos regresaran a las minas y al monstruo que permanecía sobre ellas.
Aquella noche, Symeon volvió a entrar en el Mundo Onírico. No descubrió nada extraño en los alrededores del monasterio, pero buscó la familiar presencia de Nirintalath y conversó con ella durante unos instantes.
—¿Cuándo iremos a hacer sufrir a esa criatura? —preguntó la Espada del Dolor.
Symeon contempló la figura con la que el arma se representaba en aquella realidad.
—Antes tenemos otros asuntos que resolver. Pero no creo que tengamos que esperar demasiado. Tarde o temprano, algo nos obligará a enfrentarnos a ella.
—Quiero sentir su dolor.
—Lo sé.
La respuesta pareció satisfacer temporalmente a Nirintalath. Symeon abandonó el Mundo Onírico con la desagradable certeza de que las minas no iban a permanecer olvidadas durante mucho tiempo.
A la mañana siguiente, Armen reunió a sus compañeros y a Alexadar Stadyr.
—Debemos partir hoy mismo —dijo la reina—. Antes de dirigirnos a Arwex, necesito hablar con Aleyre Shotald.
La duquesa de Dahier era otra de las antiguas Grandes del Reino. Oficialmente, sus ejércitos combatían en el bando de Randor, pero su posición siempre había sido más moderada que la de los demás nobles realistas.
—¿Confiáis en ella? —preguntó Yuria.
Armen tardó unos instantes en responder.
—Nuestra relación siempre fue correcta. Aleyre es una mujer prudente, austera y extremadamente consciente de sus responsabilidades. Mide cada palabra antes de pronunciarla y antepone el bienestar de Dahier a cualquier ambición personal.
—Eso no responde a la pregunta, mi señora —observó Symeon.
—No —admitió la reina—. No puedo asegurar que siga siendo leal a mí. Cuando viajaba hacia Arwex atravesé sus tierras con su autorización, pero no sé quién informó a quienes prepararon la emboscada. Quiero creer que ella no participó en mi captura.
—Pero conocía vuestro viaje.
—Sabía que cruzaría Dahier. Ella y las personas que debían garantizar mi paso.
Aquello significaba que, incluso si Aleyre no los había traicionado, alguien dentro de su administración podía haber revelado la ruta de la reina.
Alexadar asintió lentamente.
—Dahier se ha declarado a favor de Randor, pero Aleyre es la menos entusiasta de sus partidarios. No creo que confíe plenamente en el rey. Tampoco ha colaborado con Arnualles.
—Por el momento, será mejor que seáis vos quien hable con ella —decidió Armen—. Si revelamos mi presencia demasiado pronto, podríamos caer en otra trampa.
El plan consistiría en que Alexadar solicitara una audiencia como marqués de Strawen. Daradoth y los demás aparecerían como aliados e invitados suyos. Solo si Aleyre se mostraba receptiva descubrirían que Armen viajaba con ellos.
Durante los preparativos, Symeon hizo un aparte con Daradoth.
—Deberías participar más en estas conversaciones.
El elfo lo miró con desconfianza.
—¿En las disputas entre nobles humanos?
—En la política de Aredia. Si algún día quieres conseguir apoyos para regresar a Doranna y reclamar lo que consideras tuyo, debes darte a conocer. No basta con estar presente mientras Ilaith o Armen hablan.
—No pretendo convertirme en el líder de los humanos.
—Nadie te pide eso. Pero sí que demuestres que eres uno de los artífices de lo que está sucediendo.
Daradoth guardó silencio.
—No haré nada que pueda debilitar la autoridad de Ilaith —dijo finalmente—. Ni permitiré que piense que intento ocupar su lugar.
—Entonces no lo hagas. Pero deja de comportarte como si todo esto no tuviera nada que ver contigo.
El elfo no respondió, aunque tampoco rechazó completamente el consejo.
Al atardecer, el Empíreo se elevó sobre los campos de brezo. Armen y Alexadar viajaban a bordo, mientras el hijo y el sobrino del marqués permanecían al mando de sus fuerzas y varios mensajeros partían en busca de los contingentes de Strawen dispersos por la región.
Durante una parte del trayecto tuvieron que atravesar tierras pertenecientes al ducado de Estigia; y desde el aire, algo llamó inmediatamente su atención.
En las aldeas, castillos y torres apenas se veían los pendones del duque. Ondeaban los estandartes de los barones, marqueses y señores locales, pero la enseña de Estigian había desaparecido de muchos lugares. En otros se encontraba relegada a una posición secundaria.
Pequeñas columnas de jinetes recorrían los caminos. No parecían ejércitos en marcha, sino mensajeros, patrullas y comitivas nobiliarias que viajaban de un señorío a otro.
—El ducado está comenzando a fragmentarse —dijo Alexadar—. Con Woderyan arrestado, cada vasallo debe de estar tomando sus propias decisiones.
—O preparándose para hacerlo —añadió Armen.
La desaparición de la autoridad ducal podía convertir Estigia en una presa para cualquiera de las facciones del reino. Los nobles que habían colaborado con la Orden Argion para arrestar a Woderyan quizá pretendieran gobernar en su ausencia; otros podían estar reuniendo tropas para defenderlo o, simplemente, esperando a saber qué bando resultaría vencedor.
Symeon examinó el Mundo Onírico durante parte de la noche, pero no descubrió ninguna presencia fuera de lo normal. Allí no había una herida semejante a la de Usturna. Solo el reflejo de un territorio inquieto y de unas gentes que percibían que la estructura que gobernaba sus vidas comenzaba a desmoronarse.
Al día siguiente, el Empíreo entró en Dahier.
El ducado no mostraba señales de batalla. Los campos estaban cultivados, los pueblos permanecían intactos y las calzadas continuaban llenas de comerciantes y campesinos. Sin embargo, los puentes estaban fortificados y vigilados. Había campamentos militares cerca de algunos cruces y grandes caravanas de suministros se dirigían hacia el noroeste, donde combatían los ejércitos de Randor.
—La mayor parte de sus tropas debe de encontrarse en el frente —dedujo Yuria—. Aquí solo han dejado las guarniciones necesarias para mantener el orden.
La capital del ducado, también llamada Dahier, se extendía sobre dos colinas junto a un importante cruce de caminos. Era una ciudad próspera y de tamaño considerable, aunque no estaba diseñada para resistir un gran asedio. El palacio ducal ocupaba una posición central, elegante pero poco fortificada. Era evidente que Dahier se había sentido siempre a salvo de injerencias externas, dada su localización en el corazón del reino.
Armen no quiso aproximarse sin conocer antes la situación.
—Si Aleyre ha cambiado de lealtad, una audiencia pública podría condenarnos —dijo—. Necesitamos averiguar qué se dice en la ciudad.
El dirigible descendió lejos de las murallas, protegido por la llovizna y la escasa visibilidad. Yuria, Galad y Faewald se vistieron con ropas comunes y se dirigieron a la ciudad fingiendo ser viajeros procedentes de las regiones occidentales. Galad dejó atrás los símbolos más evidentes de su condición de paladín, aunque su corpulencia continuaba llamando la atención.
Entraron sin dificultades.
Dahier conservaba una normalidad tensa. Había comercios abiertos, carretas recorriendo las calles y trabajadores ocupados en sus labores, pero también numerosos guardias. La guerra se encontraba lejos y, al mismo tiempo, presente en todas las conversaciones.
Los tres entraron en una taberna y pidieron algo de comer.
Era temprano, y había pocos parroquianos: un anciano que bebía desde primera hora, dos comerciantes que discutían sobre el precio de los suministros y el tabernero. Yuria comenzó a hablar de su supuesto viaje desde las proximidades de Rheynald.
—Dicen que ha habido problemas en el oeste —comentó el tabernero—. Al parecer, Rheynald ha tomado partido por la reina Armen. Algo muy extraño.
—Creía que la reina iba a casarse con Robeld de Baun —respondió Yuria.
—Eso dicen. Aunque no sé cómo piensan arreglarlo, estando ella casada con Randor. Todo el reino se ha vuelto loco.
Los rumores sobre Rheynald se habían extendido con rapidez, aunque nadie parecía conocer los detalles. La versión más aceptada seguía siendo que Armen había abandonado a Randor y pretendía legitimar a Robeld mediante un nuevo matrimonio.
También habían llegado noticias del arresto de Estigian.
—Dicen que fueron sus propios vasallos quienes lo entregaron a los Argion —explicó uno de los comerciantes—. Lo llevaron en secreto. Alta traición, conspiraciones… Nadie sabe qué creer.
—¿Y quién gobierna ahora el ducado? —preguntó Galad.
—Buena pregunta. Su familia debe de estar en desgracia y sus nobles estarán repartiéndose lo que puedan.
En cuanto al frente, todos coincidían en que el avance de Robeld se había detenido.
—Arrollaba todo a su paso —dijo el tabernero—. Pero algo ha ocurrido en Usturna. Nadie sabe exactamente qué, aunque hablan de miles de muertos. Desde entonces, sus ejércitos apenas avanzan.
Los habitantes de Dahier no sentían simpatía por Robeld ni por las pretensiones de la Iglesia, pero consideraban a Randor el único representante legítimo de la Corona. Armen, a ojos del pueblo, había elegido al marqués de Arnualles y traicionado a su esposo.
Después de abandonar la taberna, Galad quiso conocer la situación de los clérigos emmanitas.
Entraron en una iglesia durante la celebración de una misa. El templo era rico y espacioso, decorado con tapices sobre la vida de Emmán. Sin embargo, el sacerdote parecía nervioso. Un ruido inesperado en una de las naves laterales bastó para que interrumpiera la ceremonia y mirara con temor hacia las puertas.
Había guardias ducales dentro del edificio.
Cuando terminó la misa, Galad se acercó al sacerdote.
—Parecéis preocupado, padre.
—Son tiempos difíciles, hijo mío.
—Venimos del oeste. Allí se habla de una guerra dentro de la propia Iglesia.
El hombre palideció.
—Preferiría no hablar de eso. Muchos sacerdotes han marchado hacia el norte para unirse a las fuerzas del primado. Otros, como yo, hemos decidido permanecer junto a nuestros fieles. No podemos abandonar nuestro rebaño.
—¿Y la duquesa?
—La duquesa sirve al bando legítimo. Sirve a Randor.
—¿Los guardias están aquí para protegeros?
El sacerdote miró discretamente hacia ellos.
—Quizá. O quizá para vigilar lo que decimos desde el altar. Los ánimos están demasiado caldeados.
Aun así, afirmó que la mayoría de la población apoyaba al rey. No deseaban la victoria de Robeld ni la de la Iglesia. Querían que Randor restaurara el orden y castigara a quienes habían dividido Esthalia.
Galad rezó junto al sacerdote antes de marcharse.
Cuando regresaron al lugar donde esperaba el Empíreo, ya no quedaban dudas: Aleyre estaba oficialmente comprometida con el bando de Randor. Lo que todavía ignoraban era si lo hacía por auténtica lealtad, por miedo o porque consideraba que no existía otra alternativa.
Alexadar decidió solicitar audiencia en el palacio ducal.
El marqués vistió sus mejores galas y llevó consigo el sello y los colores de Strawen. Lo acompañaron varios miembros del grupo, paladines y hombres de su séquito. Armen permaneció oculta en el Empíreo.
La comitiva llegó a media tarde. Los guardias reconocieron a Alexadar y avisaron de inmediato al senescal. Aunque este se extrañó de que la comitiva no hubiera llegado en un transporte adecuado, fueron recibidos con la cortesía debida a su rango; pero las miradas que despertaban Daradoth, los paladines y los extranjeros revelaban la sorpresa de toda la corte.
No era únicamente el regreso inesperado del marqués de Strawen lo que despertaba murmullos a su paso. La presencia de Daradoth atraía todas las miradas. Para la mayoría de aquellos hombres y mujeres, los elfos pertenecían a las canciones antiguas, a las crónicas de la Era Legendaria y a los relatos que los sacerdotes y los maestros repetían junto al fuego. Ver a uno caminando por los corredores del palacio, alto y solemne, acompañando a uno de los antiguos Grandes del Reino, provocaba una mezcla de asombro y orgullo difícil de disimular. Algunos nobles se incorporaban al verlo pasar; otros inclinaban respetuosamente la cabeza, conscientes de que podrían contar que un miembro del Bello Pueblo había pisado la corte de Dahier.
El senescal los condujo a través de unos corredores sobrios, decorados con elegancia pero sin ostentación. Allí los recibió lady Erwinna, maestra de llaves y de correspondencia de la duquesa.
Era una mujer madura, pálida, de ojos inteligentes y movimientos mesurados. Su posición no era la de una simple servidora: administraba buena parte de la casa de Aleyre y gozaba de su absoluta confianza. Les dirigió unas palabras de bienvenida y expresó su sorpresa y alegría por contar en Dahier con la presencia de un representante élfico; este hecho la tenía conmovida, sin duda, aunque hacía lo posible por no mostrarse afectada.
—Lamento informaros de que la duquesa no se encuentra en la capital, marqués —dijo—. Pero podéis hablar conmigo sin rodeos.
Alexadar explicó que Robeld había conquistado Strawen utilizando el nombre de Armen y que deseaba conocer la posición de Dahier ante la repentina detención de su ofensiva.
—La duquesa mantiene sus ejércitos junto a los del rey —respondió Erwinna—. No dispone de fuerzas para ayudaros a recuperar vuestra marca.
—No he venido solamente por mis tierras.
Alexadar habló entonces de los indicios que demostraban que Armen no había actuado libremente. Explicó que Robeld la había sometido mediante drogas, hechicería o alguna forma de control sobrenatural, y que la reina ya no estaba en su poder.
Lady Erwinna lo escuchó con creciente atención.
—¿Estáis diciendo que la reina ha escapado? —inquirió, con un destello de suspicacia en su mirada.
—Estoy diciendo que no se encuentra con Robeld y que jamás quiso casarse con él.
—¿Cómo lo sabéis?
—Porque las personas que la liberaron están ante vos —respondió el marqués.
Los ojos de Erwinna recorrieron a sus acompañantes.
Symeon intervino:
—Robeld utilizó a la reina para legitimarse. Todo cuanto se ha dicho sobre ese matrimonio fue construido para controlar a los nobles y al pueblo de Esthalia. Armen era un títere en sus manos.
—¿Y dónde se encuentra ahora?
—A salvo.
Erwinna comprendió que ocultaban algo más. Alexadar le aseguró, poniendo por testigo su honor y su fe, que Aleyre no correría peligro si aceptaba recibirlos.
La mujer permaneció pensativa.
—Comprenderéis mi sorpresa. Aparecéis en la capital sin caballos ni medios visibles de transporte, acompañado por un séquito extraordinario, y me pedís que revele el refugio de la duquesa.
—Es un asunto que decidirá el futuro de Esthalia. De toda Aredia, en realidad.
La sinceridad de Alexadar terminó por convencerla.
—Aleyre se encuentra en el pabellón de caza de Ederwyn, al noreste. Debe evitar que se la vea recibiendo delegaciones de nobles no alineados. Enviaré un mensajero para advertirla de vuestra llegada.
![]() |
| Aleyre Shotald, duquesa de Dahier |
Antes de que se marcharan, lady Erwinna les dio otra noticia.
—Un enviado de Randor se dirige también hacia el pabellón. Sir Alwyn de Marr viaja con órdenes que el rey no ha querido confiarme. Partió hace unas horas.
La coincidencia era demasiado peligrosa.
Erwinna redactó una carta, la selló y la entregó a un mensajero ducal, que partió inmediatamente a galope. El grupo regresó al Empíreo con la intención de alcanzar el pabellón antes que la comitiva real.
Durante el camino localizaron desde el aire a sir Alwyn y a sus acompañantes: el noble viajaba escoltado por media docena de caballeros.
Yuria propuso retrasarlos, pero no todos estuvieron de acuerdo.
—No sabemos qué órdenes lleva —dijo Galad—. Atacarlos podría convertir a Aleyre en nuestra enemiga antes incluso de hablar con ella.
—Y si llega primero, puede obligarla a tomar una decisión —replicó Yuria.
—El mensajero de Erwinna habrá llegado antes que nosotros —intervino Armen—. Confiemos en que Aleyre sepa ganar tiempo.
Decidieron no atacar.
El Empíreo abandonó el curso de los caminos y atravesó directamente las colinas, adelantando a la comitiva real.
El pabellón de caza de Ederwyn era mucho más que una casa de recreo. Contaba con varios edificios residenciales, establos, almacenes y dependencias para despiezar las piezas cobradas durante las cacerías ducales. Un muro bajo protegía el conjunto y un campamento de unos doscientos soldados se extendía junto a él.
La llegada del Empíreo provocó un gran revuelo.
Los cuernos anunciaron su aproximación y el estandarte de Strawen fue desplegado sobre la proa. Los soldados corrieron a ocupar sus posiciones y las ballestas apuntaron hacia el cielo mientras el dirigible descendía sobre un terreno despejado próximo a los establos.
Alexadar fue el primero en bajar.
El marqués descendió los últimos escalones de un salto, se irguió con toda la dignidad de uno de los antiguos Grandes y esperó en silencio. Los guardias mantuvieron las armas levantadas durante unos instantes, hasta que la autoridad de su presencia y el reconocimiento de sus colores hicieron que comenzaran a bajarlas.
Galad, Symeon, Yuria y Faewald descendieron detrás de él. Daradoth quedó embarcado, acompañando a Armen.
Aleyre había recibido la carta de Erwinna apenas unos minutos antes. Uno de sus nobles condujo a la delegación hasta la sala principal del pabellón.
La duquesa los esperaba acompañada por varios consejeros y caballeros.
Aleyre Shotald era una mujer madura, de expresión severa y porte regio. Sus vestidos eran elegantes, pero austeros, y su mirada tenía la frialdad de quien estaba acostumbrada a escuchar mentiras sin mostrar lo que pensaba de ellas.
—No esperaba que llegarais en semejante nave, marqués —dijo—. Mi curiosidad es considerable, aunque comprenderéis mi falta de entusiasmo al ver un ingenio desconocido sobrevolando mi refugio.
—Si os parece, mi señora, dejemos el Empíreo para otro momento. La noticia que traigo es demasiado urgente.
Aleyre hizo un gesto para que continuara.
Alexadar le explicó que Armen nunca había deseado casarse con Robeld. La reina había sido controlada y utilizada para justificar la conquista de Strawen y la rebelión contra Randor.
—Todos vimos a Armen junto a Robeld —dijo Aleyre—. Habló ante una multitud y manifestó su apoyo.
—No era dueña de su voluntad.
—¿Mediante hechicería?
—Mediante la Sombra —respondió Galad—. Robeld persigue a los emmanitas y se ha aliado con criaturas que sirven a fuerzas opuestas a Emmán. Lo sucedido en Usturna es una consecuencia de esas alianzas.
La duquesa observó al paladín.
—Había oído rumores de la destrucción de la ciudad, pero nada semejante.
—Miles de personas han muerto —dijo Yuria—. Y Robeld ha perdido el control de su principal base.
—¿Qué pretendéis de mí?
—Reunir de nuevo a los Grandes —respondió Alexadar—. Esthalia no podrá sobrevivir mientras la Iglesia, Randor y Robeld combatan por separado y cada noble trate de salvar sus propias tierras.
—Los Grandes ya no existen. El rey revocó nuestros títulos.
—Una parte de la Corona no considera legítima esa decisión.
Aleyre lo miró fijamente.
—¿Qué parte?
—Su majestad la reina.
Un murmullo recorrió a sus consejeros.
Aleyre permaneció inmóvil, pero sus ojos se clavaron en Alexadar.
—¿Sabéis dónde está Armen?
—Sí.
—¿Está viva?
—Sí.
La duquesa miró a los hombres y mujeres que acompañaban al marqués.
—¿Podéis llevarme ante ella?
—Podemos hacer que venga ante vos —respondió Symeon—. Pero necesitamos garantías. No intentaréis apresarla ni entregarla a Randor.
Aleyre endureció la expresión.
—Me ofende la sugerencia.
—Dentro de menos de una hora llegará un enviado del rey —dijo Galad—. No queremos vernos obligados a defenderla dentro de vuestro propio pabellón.
La duquesa contempló a sus consejeros. Durante unos instantes pareció considerar la posibilidad de expulsarlos de la sala, pero comprendió que una reunión clandestina despertaría todavía más sospechas.
—No haré daño a la reina —declaró—. Pero el Empíreo debe alejarse antes de que llegue la comitiva real si pretendéis mantener vuestra presencia en secreto.
Pocos minutos después, Alexadar hizo la señal convenida.
En la cubierta del Empíreo, Daradoth ofreció una mano a Armen.
—Permitidme ayudaros a descender.
El elfo invocó su poder y ambos abandonaron suavemente la cubierta. Flotaron sobre el terreno bajo la mirada atónita de los soldados y descendieron con lentitud frente al pabellón.
Armen llevaba una capa y una capucha que ocultaban su rostro. Daradoth, con su apariencia élfica y sus ropajes, despertó una conmoción todavía mayor. Los guardias se apartaron a su paso. Uno de ellos, sobrecogido, llegó a arrodillarse y le pidió que bendijera su espada. Daradoth tocó el arma brevemente antes de continuar.
La impresión que causó Daradoth fue incluso mayor que la provocada por el propio ingenio volador. Entre los soldados y los nobles reunidos se extendió un silencio reverente. No contemplaban simplemente a un extranjero poderoso, sino a una criatura de leyenda descendiendo desde los cielos con una figura encapuchada de la mano. Algunos guardias se irguieron con visible orgullo, como si la presencia de aquel elfo ennobleciera el lugar y los acontecimientos que estaban a punto de presenciar. El hombre que le ofreció su espada para que la bendijera no fue objeto de burla alguna; más de uno pareció lamentar no haber reunido antes el valor necesario para imitarlo.
Entró en el pabellón con Armen detrás.
Cuando aparecieron en la sala, Aleyre perdió durante unos instantes su imperturbable compostura. Daradoth se apartó y dejó que la figura encapuchada avanzara.
También los cuatro consejeros de Aleyre quedaron momentáneamente desarmados por la presencia de Daradoth. Hasta los más veteranos, hombres acostumbrados a embajadas, ceremonias y disputas entre las casas más poderosas de Esthalia, observaron al elfo con una fascinación apenas contenida. Que uno de los míticos habitantes de Aredia hubiera acudido personalmente a Dahier confería a la delegación una importancia que trascendía las querellas ordinarias del reino. En algunos rostros apareció incluso un destello de orgullo: cualquiera que fuese la noticia que traían, su ducado había sido considerado digno de recibirla de labios de un miembro del Bello Pueblo.
—Mi señora —dijo Daradoth—, os presento a vuestra reina.
Armen se descubrió.
Los nobles intercambiaron miradas. Algunos abrieron mucho los ojos; otros permanecieron inmóviles, incapaces de decidir cómo debían reaccionar.
Aleyre no se arrodilló.
—Necesito hablar con ella a solas.
Galad se opuso inicialmente a dejar desprotegida a la reina, pero Aleyre y Armen se apartaron únicamente hasta un rincón de la estancia, donde pudieron conversar en voz baja bajo la vigilancia de sus compañeros. Daradoth hizo uso de sus habilidades sobrenaturales para escuchar lo que decían. Mientras tanto, el consejo de Aleyre salía a la antesala, acompañado de Galad, Aldur y Yuria.
La duquesa observó detenidamente a Armen.
—Perdonad que dude de vos. Si sois realmente quien afirmáis, sabréis responder a algo que solo ambas conocemos.
—Sí, por supuesto.
—Sois una de las pocas personas que saben que solo he estado enamorada de un hombre en mi vida. Y si sois quien decir ser, y sois libre, podréis responder...
Daradoth dejó de escuchar. Armen respondió sin vacilar.
Por primera vez, el rostro de Aleyre se suavizó. Una breve sonrisa apareció en sus labios, así como el amago de una lágrima al recordar cosas privadas. Después hincó una rodilla en tierra.
—Majestad. Dahier no os ha olvidado.
Armen le ofreció una mano y la ayudó a levantarse.
—Lo sé. Pero también sé que estáis rodeada de ojos y oídos.
Cuando regresaron junto a los demás, Aleyre habló con franqueza.
—Aun alegre como estoy, no puedo proclamaros públicamente. Mi consejo se encuentra dividido y dentro de poco llegará el enviado de Randor. Pero debo confesaros que el rey no está ejerciendo su autoridad como debería. Sus órdenes son erráticas. Sigue siendo el señor legítimo, pero cada día estoy menos convencida de que sea el señor correcto.
—No os pido que os declaréis por mí hoy —respondió Armen—. Necesito que os preparéis, que me apoyéis discretamente y que nos ayudéis con Woderyan Estigian.
La reina explicó su intención de reunir nuevamente a los Grandes, restituir los títulos que Randor les había arrebatado y reconstruir una Esthalia capaz de enfrentarse a Robeld, contener a la Iglesia y restaurar la autoridad de la Corona.
—Rheynald ocupará un lugar más relevante en el nuevo orden —añadió—. Y la Iglesia volverá a estar sometida a la vigilancia que nunca debió abandonar.
—No creo que Woderyan haya cometido alta traición —dijo Aleyre—. Nunca lo consideré capaz de algo semejante. En ese asunto no me costará apoyaros.
—¿Y en los demás?
—Tenéis mi palabra de que ayudaré. Pero, por el momento, tendrá que ser desde las sombras.
Armen aceptó.
Antes de interrumpir la reunión, Daradoth planteó otro asunto.
—Muy pocas personas conocían el viaje de la reina a través de Dahier. Alguien informó a quienes prepararon la emboscada.
Aleyre palideció.
—Yo sabía que atravesaría mis tierras. También quienes recibieron órdenes de garantizar su paso.
—Entonces quizá tengáis un traidor entre vuestros servidores.
—Es posible —admitió la duquesa—. Tendré que investigarlo.
No tuvieron tiempo de continuar. Desde el exterior llegaron los sonidos de las trompetas.
El enviado de Randor había llegado.
Armen fue conducida discretamente a otras dependencias junto a Alexadar, Daradoth y la mayor parte del grupo. Aleyre regresó a la sala de audiencias con sus consejeros.
Galad y Yuria permanecieron allí, vestidos de manera que pudieran pasar por miembros de la guardia o servidores armados. El paladín examinó a los presentes mediante sus sentidos sobrenaturales.
Dos de los consejeros de Aleyre destacaban como presencias hostiles. Enemigos de su fe.
Aquello no significaba necesariamente que sirvieran a la Sombra, pero tampoco se podía descartar. Galad memorizó sus rostros y advirtió discretamente a Yuria.
Sir Alwyn entró acompañado por seis caballeros. Era un hombre de porte noble, largo bigote y movimientos marciales. Llevaba las insignias del rey y las de su propio linaje.
Tras los saludos protocolarios, desenrolló un documento.
—Mi señora, traigo órdenes de su majestad que deben cumplirse de inmediato.
—Adelante, sir Alwyn.
—El rey exige que enviéis las dos legiones restantes al frente. Se prepara una contraofensiva y deben reunirse todas las fuerzas disponibles. Si es necesario, desalojaréis las guarniciones de la capital.
Aleyre no mostró ninguna reacción.
—Dahier cumplirá con la Corona, como siempre.
El enviado pareció satisfecho con la respuesta.
—También se ordena vigilar la aproximación de cualquier nave aérea, emisario extranjero o grupo que afirme hablar en nombre de Armen.
El corazón de Yuria dio un vuelco.
—¿Naves aéreas? —preguntó la duquesa.
—Nuestros enemigos disponen de ingenios voladores. También tenemos noticias de extranjeros que podrían intentar hacerse pasar por enviados de la reina. Incluso es posible que alguna impostora afirme ser Armen. Quienes la protejan sin autorización serán acusados de colaborar con Robeld de Baun.
Aleyre continuó escuchando sin delatarse.
La orden demostraba que Randor conocía la existencia de los dirigibles y sabía que alguien estaba actuando en nombre de Armen. Quizá todavía ignorara que la auténtica reina viajaba en el Empíreo, pero sus agentes seguían el mismo rastro que ellos.
Sir Alwyn prosiguió:
—Finalmente, su majestad considera que el juicio de Estigian debe ser observado por nobles fieles a la Corona. Estáis convocada a Arwex, personalmente o mediante un representante plenipotenciario, para presenciar el proceso e intervenir cuando sea necesario.
Uno de los consejeros señalados por Galad, que había estado apretando los dientes durante toda la escena, se puso en pie bruscamente y golpeó la mesa.
Parecía dispuesto a revelar que Aleyre había recibido a Alexadar y a la presunta reina Armen.
Galad reaccionó antes de que pudiera terminar.
La luz de Emmán envolvió su cuerpo. Un fulgor plateado llenó la sala y su voz resonó con una autoridad sobrenatural.
—Silencio. Sentaos.
El consejero vaciló.
Sus piernas cedieron y volvió a ocupar su asiento.
Todos miraron al paladín. Sir Alwyn parecía incapaz de comprender cómo un supuesto guardia había impuesto su voluntad de aquella manera.
Aleyre recuperó inmediatamente el control.
—El hermano Galad es un paladín de Emmán que ha entrado recientemente a mi servicio —explicó—. Os ruego que disculpéis su intervención, aunque la falta de respeto de mi consejero la ha provocado.
Sir Alwyn observó al paladín con una mezcla de desconfianza y temor.
—Por supuesto, mi señora.
Aleyre plegó el documento.
—Podéis retiraros a descansar. Imagino que partiréis mañana para continuar sirviendo al rey.
—Así es. Gracias por vuestra hospitalidad.
La comitiva real abandonó la sala.
En cuanto las puertas se cerraron, Galad se dirigió al consejero al que había obligado a sentarse.
—Estabais dispuesto a traicionar a vuestra señora.
El hombre estaba pálido.
—Mi señora está traicionando al rey.
—Vuestra señora sirve a la Corona —replicó Galad.
El segundo consejero señalado por sus sentidos intervino:
—Ocultar la presencia de Armen ya es traición. Si Randor lo descubre, pedirá nuestras cabezas.
—No conocéis la verdad de lo ocurrido —dijo Yuria—. Estabais dispuestos a acusar a vuestra duquesa antes de permitirle tomar una decisión.
Los otros consejeros guardaron silencio.
Aleyre parecía dividida entre la necesidad de proteger su secreto y el peso de sus antiguas relaciones con aquellos hombres.
—Dahier continuará siendo leal a Randor —declaró finalmente, de manera que todos pudieran oírla—. Hasta que la situación de la Corona se aclare, nadie revelará lo sucedido hoy.
Los dos hombres sabían que aquellas palabras no reflejaban toda la verdad, pero tampoco podían demostrar lo contrario.
—Vuestro juramento de vasallaje os obliga a guardar los secretos de vuestra señora —añadió Galad—. Jurad que no hablaréis.
Los consejeros prestaron el juramento, aunque su sinceridad resultaba dudosa. Aleyre ordenó que el hombre que había intentado intervenir permaneciera arrestado en sus aposentos hasta que la delegación real abandonara Dahier. También dispuso que ambos fueran vigilados.
Cuando se reunieron nuevamente con Armen, informaron a la reina de las órdenes de Randor.
—Ya conocen el Empíreo —dijo Yuria—. Y saben que alguien habla en vuestro nombre.
—En Rheynald me presenté ante demasiadas personas para que pudiera mantenerse en secreto —respondió Armen—. La noticia ha terminado por llegar hasta él.
—También ha ordenado que os traten como una impostora —dijo Galad—. Cualquiera que os proteja será acusado de colaborar con Robeld.
—Entonces Randor ya se está preparando para negarme incluso aunque aparezca ante él.
La conducta del rey despertó nuevas dudas. Sus decisiones no parecían las de un hombre que buscara reconciliar las distintas partes de la Corona, sino las de alguien obsesionado con impedir que Armen pudiera recuperar su autoridad.
—¿Cuándo comenzó a cambiar? —preguntó Symeon.
La reina permaneció pensativa.
—Hace unos diez años, aproximadamente. Alrededor del nacimiento de nuestro hijo. Ya había comenzado a preparar las Cruzadas, pero desde entonces su carácter se volvió cada vez más rígido y sus decisiones más erráticas. Sobre todo cuando empecé a oponerme a sus planes.
—¿Paranoico?
—En ocasiones daba esa sensación.
Aquello no demostraba que Randor se encontrara bajo la influencia de la Sombra, pero abría una posibilidad inquietante. Robeld no tenía por qué ser el único enemigo que actuaba condicionado por fuerzas que no comprendían.
A la mañana siguiente, sir Alwyn y sus caballeros abandonaron el pabellón sin haber descubierto la presencia de Armen.
Aleyre reunió de nuevo a la reina y a sus compañeros.
—No puedo acompañaros a Arwex —dijo—. Si abandono Dahier inmediatamente después de recibir a un enviado del rey, despertaré demasiadas sospechas. Además, no puedo dejar mis tierras en manos de un consejo dividido.
—Lo comprendo —respondió Armen.
—Enviaré a lady Erwinna como representante plenipotenciaria. Tiene mi absoluta confianza y podrá hablar en mi nombre durante el juicio.
Regresaron discretamente a la capital llevando a la duquesa a bordo del Empíreo. Allí, Aleyre reunió a Erwinna en privado y le reveló la verdad.
Cuando Armen apareció ante ella, la maestra de llaves cayó de rodillas sin necesidad de ninguna otra prueba.
—Majestad.
—Levantaos, lady Erwinna. Necesito vuestra ayuda.
Aleyre explicó que apoyarían el regreso de la reina de forma discreta hasta que pudieran asegurar la lealtad de sus tropas y neutralizar a los partidarios más peligrosos de Randor.
Erwinna compartió entonces la información que había reunido sobre Estigian.
Los caballeros Argion no habían actuado solos. Varios vasallos del duque llevaban semanas preparando el terreno legal para acusarlo. Habían reunido testimonios, documentos y correspondencia que supuestamente demostraba contactos entre Woderyan y Robeld de Baun.
—No sé si las pruebas son auténticas —dijo Erwinna—. Pero parecen numerosas y han sido presentadas de manera muy organizada.
—Una conspiración preparada con antelación —concluyó Daradoth.
—Hay varios nobles en el centro de la acusación. También están convocando a Arwex a los antiguos Grandes o a sus representantes.
—Randor quiere controlar el juicio —dijo Alexadar—. No permitirá que los Argion decidan por sí solos.
—O quiere asegurarse de que la condena parezca respaldada por todo el reino —añadió Symeon.
Aleyre entregó a Erwinna una carta sellada con su lacre. En ella reconocía a Armen como reina legítima, negaba cualquier validez al supuesto pacto matrimonial con Robeld y solicitaba que se suspendiera cualquier juicio sobre la conducta o la legitimidad de Armen hasta que esta pudiera comparecer personalmente.
—Llevadla a Arwex —ordenó—. Y entregadla únicamente cuando sea necesario.
Erwinna inclinó la cabeza.
—Hablaré con vuestra voz, mi señora.
La carta era un apoyo, pero también un arma que debía utilizarse con cuidado. Si se hacía pública demasiado pronto, Randor sabría que Dahier había cambiado de posición. Si llegaba demasiado tarde, Estigian podía estar ya condenado.
Armen contempló el sello de Aleyre.
Alexadar había recuperado su lealtad. Dahier se preparaba para apoyarla desde las sombras. Pero Randor conocía la existencia del Empíreo, había ordenado detener a cualquiera que hablara en su nombre y estaba reuniendo a los nobles en Arwex.
El juicio de Estigian ya no era solamente un proceso contra un duque.
Era el lugar donde las dos mitades de la Corona iban a encontrarse.
Y quizá también donde una de ellas sería destruida.


