La Reina Armen en Usturna (II)
A bordo del Empíreo, Galad y Aldur, rodeados por el halo de ligera luz plateada que revelaba su conexión con Emmán, veían cómo el suelo se iba acercando con rapidez.
Daradoth entró con cautela a la habitación de la reina a través del pórtico que había abierto en la fachada. Armen y las doncellas ya estaban abriendo la puerta y saliendo de la habitación, mientras alertaban a los guardias del otro lado. Posó los pies en el suelo de la estancia.
De repente, un ligerísimo sonido llamó su atención en una de las esquinas de la habitación. Alguien debía de encontrarse allí oculto a la vista. Se giró hacia allí de forma fulgurante, pero no estaba preparado para lo que lanzaron contra él.
El Empíreo recibió una nueva andanada de virotes, flechas y hechizos ígneos. La distancia ya era cercana y peligrosa, así que todos se parapetaron como pudieron, con los paladines haciendo pleno uso de su poder. Galad, Aldur y Arakariann fueron ligeramente afectados por quemaduras, pero ninguna de gravedad. El dirigible tocó ligeramente una de las torres del edificio y se sacudió violentamente; Symeon se aferró con fuerza al cabo que había enrollado alrededor de su brazo y consiguió mantener el equilibrio; Yuria se golpeó el pecho contra el timón, pero también consiguió mantenerse firme.
—¡Ahora, Symeon! ¡Con todo! —rugió la ercestre.
Symeon, que en todo momento había percibido el poder del anillo enanil en su dedo, proyectó su voluntad en un torrente y extrajo de él toda la energía que pudo. Una enorme llamarada se proyectó hacia el interior del globo, rebajando su velocidad al instante, y haciendo que la mitad de la tripulación perdiera el equilibrio.
—¡Atentos ahora! —gritó Galad a los paladines, mirando a su alrededor. Ahora eran un blanco muy cercano para los enemigos, que desde el pasillo de la muralla y desde las torres los veían perfectamente. Afortunadamente, la maniobra de Yuria había sido prácticamente perfecta, y la altura de la borda del Empíreo coincidía casi al milímetro con la del pórtico de Daradoth. Sacó a Églaras de su vaina y con un poderoso salto atravesó el pórtico de la fachada, mientras Symeon empuñaba su bastón y corría hacia babor para saltar también al interior del edificio. Aldur y el resto de los paladines se parapetaron a estribor, para proteger el dirigible contra los ataques desde la muralla.
En el mismo momento en que Galad ponía pie en la habitación, por la puerta irrumpía uno de los soldados ástaros de piel atezada con uniforme exótico, seguido de otro más que se detuvo, atemorizado al ver la figura celestial de Galad empuñando a Églaras. Tras ellos, el paladín pudo ver más enemigos aprestándose a entrar. En el rincón de la izquierda, pudo ver a Daradoth con la mirada perdida y la boca abierta, presa de una languidez que no podía ser producto sino de un hechizo. Esta suposición fue confirmada al ver que cerca de Daradoth, un elfo oscuro se giraba hacia él. Sintió un escalofrío al percibir unas palabras en su mente: «Cuidado, a la derecha hay otro»; era Norafel, advirtiéndole de un peligro, pero allí a la derecha no había nadie. «Invisibilidad», pensó, dando varios pasos hacia el interior para dejar espacio a Symeon, que saltó justo detrás de él.
—¡Hay alguien oculto Symeon, cuidado! —exclamó, señalando hacia la derecha.
Symeon activó su diadema. La luz sagrada quemó a los elfos oscuros, matando al que se encontraba cerca de Daradoth y haciendo que el que hasta ahora había permanecido oculto se hiciera visible, al sufrir varias quemaduras.
En el exterior, Yuria dejó el timón a Suras para dirigirse también al edificio.
Mientras Symeon remataba al elfo oscuro de la derecha con su cayado de aglannävyr y Yuria irrumpía en la estancia, Galad, liberado de la amenaza del otro gracias a la luz de Symeon, llegó junto a Daradoth. Pidió el favor de Emmán para disipar cualquier hechizo del que pudiera ser presa su amigo, y por suerte, tuvo éxito.
Los ástaros, atemorizados ante la escena, salieron de la habitación y cerraron la puerta. Se oían gritos allá fuera. Galad se asomó por el pórtico, que ya debía de estar a punto de desaparecer, y gritó a Aldur que aguantaran todo lo que pudieran, porque iban en busca de la reina.
Pocos instantes después, el grupo conseguía forzar la puerta y abrirla de par en par. Yuria fue la primera en asomarse, para ver un hueco interior por donde bajaban las escaleras, y un pasillo que lo rodeaba y daba acceso a las habitaciones. Daradoth pasó a Yuria, ofuscado. La confusión reinaba por todas partes los guardias no sabían qué hacer, si enfrentarse al grupo o huir, y los sirvientes corrían despavoridos.
—Allá abajo se oye la voz de la reina —dijo Yuria; Daradoth, efectivamente, la pudo escuchar dando órdenes a sus doncellas—. ¡Vamos, rápido!
Además, Galad utilizó el poder de Emmán para detectar la posición de Armen, y al instante la pudo sentir, hacia las escaleras inferiores.
—Está intentando salir del edificio —dijo—. Debemos apresurarnos.
Y así lo hicieron: Daradoth corrió, adelantando a Yuria, y Symeon y Galad salieron algo por detrás de ellos.
En el primer tramo de escaleras, dos guardias salieron al encuentro de Daradoth, pero no fueron rival para las habilidades marciales del elfo. Con un fluido movimiento, hirió a uno en el brazo y otro en la cabeza, dejándolos fuera de combate. Yuria lo siguió de cerca, y los dos llegaron enseguida al pie de la escalera, que acababa en una especie de vestíbulo de grandes dimensiones. Una pequeña multitud atravesaba en ambos sentidos la puerta principal, una puerta enorme, de doble hoja, abierta de par en par. Allá abajo caminaba deprisa la reina Armen seguida de su séquito de doncellas, acompañadas por un par de soldados ástaros, dirigiéndose hacia la puerta.
Entre el caos de sirvientes y guardias, mientras bajaban el último tramo de escaleras, cuatro figuras grandes y corpulentas con extrañas armaduras de combate irrumpieron en el vestíbulo, y tras ellas siguieron dos personas más. Una de ellas era una mujer, bellísima, con larga cabellera negra azabache larga hasta la cintura y ojos violetas, y la otra era un hombre vestido con ricos ropajes.
«Selene», acertó a pensar Daradoth, recordando las descripciones que de ella había dado Symeon. Apretó los dientes mientras el vello de su nuca se erizaba y su visión se tornaba roja durante breves fogonazos. Sin pensarlo, casi automáticamente, lanzó Sannarialáth hacia ella. La espada pareció convertirse en un relámpago que se descargó sobre la kalorion, pero falló el golpe y volvió al instante a la mano del elfo. Entonces, la mujer alzó una mano hacia ellos, igual que su compañero. Daradoth alzó su espada, capaz de interceptar el poder de los hechizos, y sintió que algo, una fuerza invisible, la golpeaba, pero el arma no era capaz de contenerla. La mujer de melena negra esbozó una sonrisa. Su compañero también canalizó su poder, e hizo aparecer una esfera translúcida alrededor de ellos.
Yuria llegó a la altura de Daradoth. En el exterior, pudo oír cómo alguien gritaba "¡Corred, majestad!", y la reina Armen aceleraba aún más el paso. La ercestre empuñaba sus pistolas, y disparó a uno de los soldados de armadura exótica. Un impacto en la rodilla dio con él en el suelo. Los enemigos se miraron, sorprendidos.
—¡Espera aquí, Yuria, no dispares más! —exclamó Daradoth, que acto seguido salió raudo en pos de la mujer, pero con una actitud en absoluto amenazante.
Yuria se quedó confundida unos segundos, hasta que dedujo lo que debía de haber pasado. «Maldición, seguro que ha caído presa de un hechizo». Reaccionó, y disparó a otro de los soldados, que también dejó fuera de combate. En ese momento, Symeon y Galad, glorioso enarbolando a Églaras, aparecieron en la escalinata.
—¡Cuidado Galad, un kalorion! —exclamó el errante, atemorizado—. ¡Esa es Selene!
El paladín se puso en tensión, más aún cuando vio a Daradoth caminar rápidamente hacia ella en actitud amistosa, ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Con una sonrisita de superioridad, la mujer alzó su mano hacia Yuria, unos escalones por debajo de ellos. Esta notó la habitual descarga de su talismán cuando anulaba el poder dirigido a ella, y Selene tornó su altiva sonrisa en un gesto de sorpresa.
Daradoth atravesó el campo de fuerza y se acercó a Selene, que pareció darse cuenta de repente de su presencia, y le sonrió. El elfo se sonrojó como un adolescente. La reina estaba llegando a la puerta.
En ese momento, Galad alzó su espada e invocó el poder de Emmán como nunca lo había hecho, abriendo un canal directo con su dios. La Luz celestial lo envolvió, y su figura creció y se hizo casi insoportable de ver cuando se convirtió en un arcángel terrenal. Selene no tuvo más remedio que taparse los ojos durante un momento.
«Es el momento. Ahora. Tenemos que hacerlo», susurró Norafel en su mente. Por un instante, Galad tuvo una visión del poder infinito, el desentramado de la Vicisitud, y de la no existencia. La nada. Era el momento de hacerlo. O quizá no. En ese momento, podría haber ejecutado la voluntad de Emmán, pero al parecer, su dios y el arcángel de este le habían dado la elección de elegir. Era libre de hacerlo o no. Galad sonrió en su fuero interno, orgulloso de servir a Emmán, dispuesto a hacer lo que fuera por él. Pero decidió no borrarlo todo todavía. «Aún hay tiempo; podemos hacerlo más adelante e intentar arreglar las cosas por otros medios. Ahora, acabemos con los enemigos».
Canalizando el enorme poder que Norafel ponía a su disposición, llegó a la Vicisitud circundante.
Symeon activó la Luz Sagrada de su diadema, y corrió para ayudar a Daradoth. Yuria se unió a él, y se enfrentaron a los dos soldados que quedaban en pie.
—¡Parad, por favor, parad ya! —gritó Daradoth, completamente bajo el influjo de Selene.
De pronto, Symeon notó una oleada de poder inmenso que provenía de detrás, que erizó su vello, aceleró su corazón y casi lo deja sin aliento. El poder vino acompañado por un rugido terrible y polifónico de Galad. Daradoth, oyendo el brutal bramido de su amigo, transformado en un impresionante arcángel que empuñaba su espada hacia ellos, sintió que una ola de irrealidad avanzaba inexorable hacia ellos, y con un acto reflejo se echó a un lado, mientras advertía a Selene que se apartara.
Daradoth, Symeon y Yuria perdieron la visión durante unos momentos. Y al recuperarla, sintieron un escalofrío ante lo que vieron. Donde antes había estado la puerta, ahora había una mancha circular de negro absoluto, que parecía querer tragarse incluso el propio sentido de la vista. El efecto era extrañísimo, pues en un entorno tridimensional, la ausencia total de luz de esa área la convertía en algo bidimensional; era mejor no mirarla durante mucho rato, pues tras unos segundos se empezaban a sentir náuseas. No había ni rastro de Selene, de su compañero, ni de los guardias. Por otra parte, el sonido del exterior había sido completamente acallado, y la reina Armen se había detenido casi al borde del círculo, totalmente azorada, y había caído de rodillas, presa de unas náuseas incontrolables. Todas sus doncellas habían desaparecido también.
—¡¡Noooo!! —gritó Daradoth, desesperado—. ¡¿Qué has hecho, Galad?!
El elfo se lanzó hacia un agotado Galad con la espada en ristre y un gesto de absoluta furia. Afortunadamente, Yuria empuñó su talismán y consiguió tocar con él a Daradoth, que pasaba por su lado, dejándolo inconsciente y —esperaba— anulando cualquier hechizo del que hubiera sido presa.
Symeon se dirigió cauteloso hacia la reina, dirigiendo miradas cada cortos instantes a la oscuridad.





