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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

domingo, 18 de octubre de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 31

La Piedra inmóvil. El Duque Estigian.

Aquella noche ninguno de ellos quiso dormir dentro de Arwex.

La decisión no tenía tanto que ver con la hospitalidad de los Argion como con aquello que habían descubierto bajo sus pies. Daradoth había percibido una estructura imposible en la Vicisitud, una malla de hebras rectas y prácticamente inmóviles que parecía aprisionar la realidad alrededor de la fortaleza, y nadie sabía todavía qué efectos podía tener sobre sus propias capacidades.

Antes de regresar al Empíreo, Galad decidió realizar una prueba sencilla. Mientras atravesaban uno de los patios interiores de Arwex murmuró una breve oración y canalizó sobre sí mismo uno de los hechizos de protección más básicos que conocía.

El poder de Emmán respondió, pero algo se resistió.

No fue una oposición violenta ni una interrupción del vínculo con su dios. Galad continuaba sintiendo perfectamente la presencia de Emmán, pero tuvo que canalizar bastante más poder del habitual para conseguir un efecto que normalmente habría realizado casi sin pensar.

No dijo nada hasta que volvieron al dirigible.

—He probado a realizar un milagro dentro de Arwex —explicó entonces—. Ha funcionado, pero me ha costado bastante más de lo normal.

Daradoth frunció el ceño.

—¿Dentro de uno de los edificios?

—No. En un patio, todavía dentro del recinto.

Aquello hacía todavía más interesante el fenómeno. La influencia no se limitaba a las estancias excavadas en la montaña, aunque parecía lógico pensar que cuanto mayor fuese la cantidad de aquella piedra a su alrededor, mayor podría ser el efecto.

Symeon tenía su propia prueba en mente.

—Esta noche entraré en el Mundo Onírico. Pero desde aquí.

No quería descubrir qué ocurriría si intentaba atravesar las fronteras de la vigilia desde el interior de Arwex. Tal vez no sucediera nada, o tal vez consiguiera entrar y después no pudiera regresar.

Galad realizó sobre él las protecciones habituales y Symeon se recostó, cerró los ojos y dejó que su conciencia descendiera hacia el sueño.

El Mundo Onírico recibió al errante con su familiar irrealidad.

El Empíreo tenía allí su representación, al igual que las presencias de sus compañeros. Las enormes ballenas celestiales flotaban en la distancia y las formas imposibles de aquella dimensión se deslizaban lentamente bajo un firmamento que no obedecía a las mismas leyes que el cielo de la vigilia.

Nirintalath estaba allí. También Norafel, encogido en su habitual trance, inmóvil mientras Galad no empuñara a Églaras.

Symeon dirigió inmediatamente la mirada hacia Arwex.

Y no vio nada.

La montaña estaba allí, convertida en una gigantesca y amenazadora masa gris semejante a tantas otras elevaciones del Mundo Onírico.

Pero la fortaleza había desaparecido.

Symeon permaneció unos instantes observando el lugar, convencido de que debía de estar pasando algo por alto. Arwex tenía siglos de historia. Miles de hombres habían vivido, rezado, combatido, juzgado y muerto allí. Un lugar de semejante importancia debía haber dejado alguna clase de huella.

No había torres, ni murallas, ni salones, ni Argion.

Solo la montaña.

Se ocultó todo lo posible dentro del paisaje onírico y trató de percibir alguna presencia disimulada tras una barrera, un velo o una ilusión.

Nada. No parecía haber algo escondiéndose de él. Simplemente, Arwex no estaba allí.

«Esto no es normal», pensó, y se acercó a Nirintalath.

—Desde que hemos llegado, ¿has percibido algo extraño en ese lugar?

El espíritu de Dolor negó cualquier conocimiento especial. Su interés continuaba centrado en aquella inmensa criatura que habían encontrado tiempo atrás en el Mundo Onírico y contra la que esperaba que Symeon cumpliera su promesa de combatir.

—Lo haremos —le aseguró—. Pero antes necesito averiguar qué ocurre aquí. Mantente alerta. Si percibes algo extraño, intenta avisarme.

La forma de hacerlo planteaba un problema, pues Symeon no pensaba introducir la Espada del Dolor dentro de Arwex. Finalmente acordaron que, si el espíritu detectaba un peligro, intentaría hacer brillar el pomo del arma.

Después Symeon miró a Norafel.

El arcángel permanecía recogido sobre sí mismo, como sumido en una meditación que trascendía cualquier sueño mortal. Symeon se acercó, se sentó a su lado y rezó durante unos minutos.

—Norafel —dijo finalmente—. Estamos en un lugar que no comprendo. Hay algo extraño en la propia realidad. ¿Os ha mostrado Emmán alguna visión sobre Arwex? ¿Existe algún peligro que debamos conocer?

Los ojos dorados del arcángel se abrieron, y una tenue y dorada bruma luminosa escapó de ellos.

Norafel miró a Symeon y negó brevemente con la cabeza. Después volvió a su trance.

El Errante permaneció un instante sentado, decepcionado, antes de incorporarse. Terminó sus oraciones, inclinó respetuosamente la cabeza y comenzó a alejarse.

Entonces, escuchó la voz a su espalda —la voz de Norafel— que lo atravesó como una vibración.

—Tenéis que entender que no hay otro remedio. Debemos reiniciarlo todo. Hacédselo comprender a Galad. Es la voluntad de nuestro señor.

Symeon se giró, pero Norafel había regresado a su inmovilidad.

Cuando despertó, contó a sus compañeros todo cuanto había visto; o, más exactamente, todo cuanto no había visto.

—Arwex no existe en el Mundo Onírico —explicó—. La montaña sí. La fortaleza, no. No hay ninguna representación, ninguna huella. He intentado percibir algo oculto y no he encontrado nada.

Daradoth miró hacia la mole oscura que se recortaba más allá del Empíreo.

—Entonces debemos investigar la montaña.

Symeon asintió, pero todavía tenía algo más que decir.

Transmitió las palabras de Norafel.

Galad permaneció en silencio.

No era la primera vez que surgía aquella idea. Desde hacía algún tiempo, determinadas revelaciones celestiales parecían apuntar hacia una solución extrema: la realidad se encontraba tan dañada que quizá la única forma de salvarla fuera destruirla y comenzar de nuevo.

—Sigo pensando que debe existir otra solución —dijo Daradoth—. Si algo se ha roto, puede repararse.

Fajjeem, que escuchaba la conversación, intervino con cautela.

—Muchas culturas de Aredia creen que las almas regresan. Que vuelven a nacer.

—¿Estáis diciendo que destruir el mundo no las destruiría? —preguntó Yuria.

—Digo únicamente que es posible que las almas se reencarnen. No que me parezca una buena idea averiguarlo de esta manera.

Nadie mostró demasiado entusiasmo ante semejante experimento.

Galad, sin embargo, decidió pedir otra respuesta a Emmán antes de dormir. Esta vez utilizó su poder para que el dios inspirara un sueño con el príncipe Matwann.

La visión llegó.

Matwann se encontraba suspendido sobre un precipicio, aferrado desesperadamente a una roca mientras fragmentos de la pared se desprendían bajo sus manos y desaparecían en el vacío. Más allá del muchacho, la sima crecía, extendiéndose como una mancha negra que devoraba cuanto tocaba.

No parecía una oscuridad normal.

Parecía idéntica a la inexistencia que ya había provocado en Usturna.

Entonces, la visión cambió.

Galad empuñaba a Églaras.

La levantó hacia el cielo invocando el poder de Emmán y después hundió la espada en el suelo.

De la hoja surgieron grietas negras, que se extendieron en todas direcciones y alcanzaron al príncipe.

Matwann desapareció.

Después desaparecieron las rocas, el precipicio y todo cuanto existía alrededor.

Solo quedó la nada.

Galad despertó sobresaltado.

Emmán había respondido, pero no le había dicho dónde se encontraba Matwann. Parecía haberle repetido, una vez más, el mismo mensaje.

 

Apenas había comenzado la mañana cuando una pequeña comitiva de Argion se presentó junto al Empíreo. Sir Haldran de Veghar encabezaba el grupo.

—Lord Gwintar desea hablar con vosotros antes de que comiencen las actividades del día —explicó—. Ha pedido expresamente la presencia de Symeon, lady Yuria, lord Daradoth y el hermano Aldur.

Galad solicitó acompañarlos y no encontraron inconveniente. Armen los observó marchar desde la cubierta.

—Tened cuidado.

La fortaleza apenas había despertado cuando atravesaron sus puertas. Los corredores estaban silenciosos y la mayoría de los invitados todavía permanecían en sus alojamientos.

Gwintar de Hasalon los esperaba acompañado únicamente por la custodia de archivos lady Maelin Stadyr y la comandante de los Velos Grises —el cuerpo de vigilancia interna de la orden— lady Arveth de Sannor.

No perdió tiempo.

—Sentaos, por favor. No disponemos de mucho tiempo y quiero ir directamente al motivo por el que os he llamado. 

Esperó a que ocuparan sus lugares.

Lord Gwintar, lady Maelin y lady Arveth

—Esta noche he recordado ciertas cosas. Vuestros rostros me resultaban familiares, pero habéis cambiado y han pasado demasiados acontecimientos desde entonces.

Symeon comprendió inmediatamente a qué se refería.

Gwintar los había conocido en Rheynald.

Aquella vez había llegado acompañando al rey Randor.

—Quería pediros disculpas —continuó el gran maestre—. Participé en una decisión con la que, incluso entonces, no estaba plenamente de acuerdo. No sabía con exactitud qué pretendía encomendaros el rey, pero colaboré con él y acabasteis enviados a una misión de la que era muy difícil regresar con vida.

Durante unos segundos nadie respondió.

El recuerdo de Rheynald adquirió un significado distinto allí, bajo el techo de Arwex. Symeon volvió a contemplar al anciano de espalda recta sentado ante ellos.

«Así que sí nos recordaba.»

Le hablaron de Valeryan, que seguía en coma como consecuencia de todo cuanto había ocurrido después de aquella misión.

Gwintar bajó la mirada.

—En cuanto tenga ocasión viajaré a Rheynald. Quiero presentar personalmente mis respetos, y mis disculpas.

Aldur, conmovido por el gesto de sincero pesar, fue el primero en responder.

—Como hermano en Emmán, por mi parte estáis perdonado, mi señor.

Yuria agradeció las palabras del gran maestre. Reconocer un error de aquella naturaleza después de tantos años requería una clase de rectitud que no era frecuente entre quienes ostentaban tanto poder.

Daradoth fue más lejos.

—¿Por qué nos envió Randor allí?

Gwintar negó con la cabeza.

—Nunca me lo explicó.

—¿Y obedecisteis sin preguntar?

—Entonces sí.

La respuesta quedó suspendida en el aire.

—¿Y ahora? —preguntó Symeon.

Gwintar escogió cuidadosamente sus palabras, intercambiando una mirada con lady Maelin.

—Randor sigue siendo para mí el rey legítimo de Esthalia. Pero algunos de sus métodos no me parecen los mejores.

Su expresión se endureció.

—Y nada de cuanto diga ahora abandonará esta habitación.

Todos asintieron.

—Mi lealtad es hacia el Trono —continuó—. No hacia la persona que se sienta en él.

Aquello era mucho más de lo que esperaban escuchar.

Daradoth empezó a explorar las implicaciones de aquella frase. ¿Hasta dónde obedecerían los Argion a un monarca cuyas decisiones perjudicaran al propio reino?

Gwintar respondió recurriendo a los juramentos de la Orden: discreción respecto a los asuntos internos del reino, lealtad absoluta al Trono y compromiso contra toda traición y herejía.

—Si un gobernante traicionara al reino —admitió—, o cayese en herejía, la situación sería distinta. Pero una acusación semejante tendría que demostrarse más allá de cualquier duda. No hablamos de algo que pueda decidirse por sospechas.

Aquello dejaba abierta una puerta.

Estrecha, pero abierta.

Gwintar aprovechó entonces la reunión para plantear una cuestión diferente.

—Hay rumores acerca de Rheynald.

Las miradas se cruzaron.

—Se dice que la marca se ha pronunciado a favor de la reina Armen. Si eso es cierto, vuestra situación podría llegar a ser comprometida. Para la Corona, Armen es actualmente una traidora.

No era una amenaza. Era una advertencia.

Gwintar quería saber también qué había de cierto en los rumores según los cuales la propia reina había estado en Rheynald.

Symeon decidió no mentir.

—Sí. Armen estuvo allí.

Maelin se mantuvo inmóvil, pero Gwintar fijó toda su atención en él.

Symeon continuó. Les pidió que considerasen la posibilidad de que la reina hubiera sido controlada. Su aparición pública junto a Robeld de Baun, su compromiso y sus declaraciones podían haber sido reales y, sin embargo, no proceder de su propia voluntad.

Habló del cambio sufrido por el marqués de Arnualles después de despertar del extraño coma que lo había afectado años atrás.

Habló de la Sombra.

Y de cuanto habían descubierto desde entonces.

Daradoth reforzó sus palabras con algo mucho más tangible.

—Hemos combatido contra los ejércitos de Robeld de Baun. Hay elfos oscuros entre sus tropas. Servidores de la Sombra.

Eso sí constituía un hecho que podían afirmar personalmente.

—Robeld es nuestro enemigo —dijo Symeon—. La reina no estaba a su lado por voluntad propia.

Gwintar quería creerlos, o, al menos, así les pareció.

Pero su expresión no cambió.

—Necesitaría pruebas.

—¿Qué clase de pruebas?

—Algo que pueda presentar ante el resto de la Orden. Mi convencimiento personal no basta.

Daradoth comprendió la dificultad. Los Argion podían aceptar que Robeld estuviera relacionado con la Sombra y, aun así, eso no demostraba por sí mismo que Armen hubiera estado bajo un hechizo.

—La reina no ha traicionado al reino —insistió—. Y gracias a nuestra intervención, jamás se casará con Robeld de Baun.

—¿Gracias a vuestra...?  —en ese momento, Gwintar pareció darse cuenta de algo y levantó ligeramente una mano—. Tendremos que continuar esta conversación en otra ocasión. Ya ha amanecido.

No quería que los demás nobles los encontraran reunidos a solas.

Antes de terminar, preguntaron una vez más por Matwann.

El gran maestre no sabía nada.

El príncipe había desaparecido el mismo día que Armen cayó en manos de Robeld, cuando ambos se dirigían precisamente hacia Arwex.

No había llegado ninguna noticia fiable desde entonces.

Symeon observó a Gwintar y a Maelin con atención mientras hablaban del muchacho, pero no percibió nada extraño.

Finalmente hizo una petición.

—Lady Theryn nos habló de las reliquias que custodiáis. Necesitamos examinarlas. No pretendemos sacar nada de Arwex, pero conocemos algunos objetos vinculados a la Sombra y podría haber algo peligroso incluso para vosotros.

Gwintar apenas necesitó pensarlo.

—Podéis hacerlo. Lady Theryn os acompañará junto con varios oficiales de la Orden.

Symeon ocultó su satisfacción. Al menos una puerta de Arwex acababa de abrirse.

Cuando abandonaron el edificio, unas trompetas resonaron en los caminos inferiores.

Una nueva delegación se aproximaba a Arwex. Era el séquito del marqués de Nátinar, otro de los antiguos Grandes del Reino. Con su llegada, el círculo de nobles convocados para asistir al juicio se estrechaba todavía más.

Lady Erwinna, representante de Dahier, era ya una de las pocas delegaciones relevantes que aún faltaban.

Los compañeros, sin embargo, tenían otros asuntos.

Lady Theryn de Gwendar los esperaba acompañada por cinco Argion.

—No sé cómo habéis conseguido que lord Gwintar os conceda permiso tan rápidamente —comentó a Symeon.

—Simplemente preguntando —contestó el errante, afable.

Theryn sonrió ligeramente.

Después los condujo hacia las profundidades de Arwex.

Atravesaron corredores cada vez más antiguos, descendieron escaleras y cruzaron puertas vigiladas hasta abandonar prácticamente cualquier estructura que pudiera considerarse parte de una fortaleza convencional.

Allí estaban dentro de la montaña.

Pero tampoco aquello se parecía a una cueva.

Las paredes habían sido trabajadas hasta formar superficies lisas y rectas. Los techos estaban igualmente tallados, con ángulos precisos y planos casi perfectos. No había marcas de runas, inscripciones protectoras ni ornamentación alguna.

Solo aquella piedra gris.

La misma que constituía buena parte de Arwex.

Llegaron finalmente ante una enorme puerta, que también estaba hecha de piedra.

Dos hombres necesitaron hacer un esfuerzo considerable para moverla.

—¿Alguna precaución antes de entrar? —preguntó Symeon.

—Las reliquias son inertes mientras permanecen aquí —respondió Theryn—. Esa es precisamente la razón por la que esta cámara se utiliza para custodiarlas.

Entraron.

Theryn fue la primera.

Symeon la siguió.

Después Yuria.

Y en el momento en que la pesada puerta quedó completamente cerrada, Yuria ahogó una exclamación.

El objeto protector que llevaba al cuello comenzó a provocarle agudos pinchazos.

Primero resultaron molestos. Después, insoportables.

Tuvo que quitárselo. La sensación desapareció inmediatamente.

Yuria sostuvo el objeto entre los dedos durante unos segundos antes de guardarlo.

Se sintió extrañamente desnuda.

Había llevado aquella protección durante tanto tiempo que solo comprendió cuánto dependía de ella cuando dejó de sentirla sobre su cuerpo.

La cámara era una bóveda rectangular de dimensiones considerables, con un techo escalonado y numerosos arcones, estantes y soportes distribuidos de una forma mucho más ordenada de lo que el aspecto exterior podía sugerir.

Allí los Argion habían almacenado objetos procedentes de prácticamente toda Aredia. Reliquias emmanitas, objetos vestalenses, piezas recuperadas en las regiones septentrionales y en el lejano sur, quizá incluso procedentes del otro lado del océano. Había armas, anillos, joyas, coronas, armaduras, bastones, cetros, varas...

También libros cuya procedencia se había perdido hacía generaciones.

Muchos tenían siglos de antigüedad.

Y todos permanecían apagados.

Symeon examinó varios de ellos, pero no percibía actividad. Daradoth tampoco detectaba Sombra.

Galad, en cambio, concentró su percepción sobre la Vicisitud.

El resultado fue todavía más extraño que el día anterior.

Las hebras de la realidad que correspondían a sus compañeros conservaban la vibración habitual. Pero alrededor de ellos se levantaba una auténtica jaula de líneas rectas, perfectamente ordenadas y apenas vibrantes.

También las reliquias parecían atrapadas dentro de aquella estructura.

El objeto que Yuria acababa de quitarse resultaba diferente: vibraba durante unos instantes, se detenía por completo y volvía a vibrar, una y otra vez, como si intentara responder a una presión que no conseguía superar.

—Esto está reaccionando —murmuró Galad.

Symeon intentó percibir el Mundo Onírico desde el interior de la cámara.

No pudo.

No era simplemente que no viera nada, sino que sentía una barrera. Aquella sala estaba aislada.

Lady Theryn comenzó a mostrarles algunas de las reliquias consideradas más peligrosas.

Una de ellas era una vara recuperada en el norte muchos años atrás. Estaba cubierta por símbolos extraños y había sido encontrada en una región devastada, relacionada según los registros con los acontecimientos del Año del Invierno Eterno.

Symeon contempló las inscripciones durante largo rato.

Le resultaban familiares.

Finalmente recordó dónde las había visto.

—El Círculo Externo.

Aquello hizo que los demás prestaran todavía más atención.

El Círculo Externo había estado vinculado precisamente a los acontecimientos que desencadenaron aquel invierno.

Theryn confirmó que la relación era una de las razones por las que los Argion consideraban la vara extremadamente peligrosa, aunque desconocían su poder concreto.

Yuria reconoció otra pieza.

Era una pequeña estatuilla de piedra, trabajada según un estilo propio de los pueblos de Irza. Poseía cuatro rostros y una extraña disposición de cuerpos entrelazados.

—¿Qué hace?

Theryn recurrió a los registros de la Orden.

—Según las crónicas, puede levantar cuatro seres de piedra.

—¿Gólems?

—No sabría llamarlos así. Los escritos los describen como criaturas de un tamaño y una fuerza difíciles de imaginar.

Yuria contempló la pequeña figura.

Resultaba difícil reconciliar aquel objeto inerte con algo capaz de realizar semejante prodigio.

Pero la pieza que más interés despertó en Symeon fue un gran volumen antiguo.

El título estaba escrito en cántico.

Una sola palabra: CREACIÓN.

Symeon lo abrió, pero las páginas parecían vacías.

—¿Qué contiene?

Theryn negó con la cabeza.

—Tendría que consultar los registros. Recuerdo que está relacionado con la creación de algún objeto o algo así, pero no mucho más.

No permitían sacar ninguna de aquellas piezas de la cámara. Ni siquiera para estudiarlas.

Los compañeros aceptaron la restricción. Después de cuanto habían visto, Symeon no estaba seguro de que él mismo quisiera descubrir qué ocurriría si aquella vara, aquella estatua o el libro recuperaban su poder en mitad de Arwex.

Experimentaron abriendo la puerta.

No ocurrió nada evidente.

Las reliquias no parecieron despertar inmediatamente ni aparecieron caracteres en las páginas del libro. Sin embargo, el fenómeno que había sufrido Yuria se había manifestado únicamente cuando la cámara quedó completamente cerrada, lo que sugería que la estructura funcionaba de algún modo como un recipiente aislado.

Y cuanto más lo estudiaban, más preguntas aparecían.

—¿Quién construyó esta sala? —preguntó finalmente Yuria.

Theryn negó con la cabeza.

—No lo sabemos.

—¿Los Argion no la excavaron?

—No. Arwex se construyó sobre un complejo que ya existía.

Los compañeros se miraron.

Aquello cambiaba las cosas.

Las estancias más profundas eran anteriores a la propia fortaleza.

Mucho más antiguas.

No existían registros sobre sus constructores ni sobre el método empleado para conseguir aquellas superficies casi perfectas. Las ampliaciones posteriores habían utilizado piedra procedente de la cantera cercana, tallada siguiendo instrucciones transmitidas durante generaciones para conseguir bloques extraordinariamente rectos, pero la estructura original ya estaba allí cuando los Argion se establecieron en la montaña.

Pidieron visitar otra de aquellas antiguas salas.

Theryn accedió.

La estancia tenía paredes de la misma piedra, pero la puerta era convencional, de madera.

Yuria entró.

Nada.

Su protección no reaccionó.

Aquello parecía confirmar que no bastaba con encontrarse rodeado por aquella piedra. La configuración de la cámara, y especialmente la posibilidad de cerrarla completamente con una puerta del mismo material, desempeñaba algún papel fundamental.

—Es como una caja —murmuró Yuria.

Una caja que aislaba lo que había dentro.

No sabían de qué.

Al abandonar las profundidades de Arwex, Symeon explicó que tampoco había conseguido percibir el Mundo Onírico desde la cámara.

Yuria relató con detalle los pinchazos sufridos por su protección.

Galad añadió cuanto había observado en la Vicisitud.

Todas las piezas parecían encajar en un mismo misterio, pero todavía no sabían cuál era la imagen completa.

—Tenemos que ver la cantera —dijo Daradoth.

Lady Theryn les indicó el camino.

Decidieron llevar consigo a Garâkh, recogiéndolo del Empíreo. Aunque el enano no era cantero, quizá hubiera visto materiales semejantes en alguno de sus viajes. Arakariann también se unió a ellos.

La cantera se encontraba a unos veinte minutos de Arwex.

Era una explotación pequeña, utilizada únicamente cuando la Orden necesitaba nuevos bloques. Cuatro o cinco canteros trabajaban allí aquel día y recibieron a los visitantes con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

La roca aparecía expuesta en grandes superficies.

Cuando estaba cortada en planos rectos adquiría aquel aspecto casi metálico que habían observado en la fortaleza. Los fragmentos irregulares, en cambio, parecían mucho más vulgares.

Los canteros explicaron el procedimiento.

Introducían cinceles y cuñas en los puntos precisos, utilizaban agua y cambios de temperatura y repetían el proceso durante horas, incluso días, hasta conseguir separar los bloques siguiendo líneas casi perfectas. La técnica se encontraba documentada desde hacía siglos y había sido transmitida de generación en generación.

Nadie sabía quién la había desarrollado originalmente.

—Nosotros utilizaríamos métodos más… invasivos —comentó Garâkh al escuchar la explicación.

Yuria sonrió.

—¿Más avanzados?

El enano meditó la palabra.

—Más violentos.

Ni Garâkh ni Arakariann habían visto nunca una piedra semejante.

Daradoth y Galad volvieron a concentrarse sobre la Vicisitud. Desde aquella distancia, la anomalía resultaba mucho más fácil de delimitar. Arwex destacaba como una región de geometría imposible.

Las líneas rectas y prácticamente inmóviles se extendían por buena parte de la fortaleza, penetraban en sectores concretos de la montaña y reaparecían en determinadas zonas de la cantera.

Fuera de allí, desaparecían.

Daradoth se aproximó mentalmente a una de aquellas hebras, que formaba parte de las rocas en proceso de corte.

Intentó tocarla con su consciencia.

No ocurrió nada.

Con las hebras normales de la realidad, cualquier contacto producía vibraciones. Era posible sentirlas, desplazarlas ligeramente o incluso deformarlas si se comprendía suficientemente bien la Vicisitud.

Aquella no. Era rígida.

Daradoth intentó hacerla vibrar. Nada.

Le transmitió una pequeña cantidad de poder. La hebra permaneció absolutamente inmóvil.

—No reacciona.

—¿En absoluto? —preguntó Symeon.

—En absoluto.

Galad realizó otra prueba.

Lanzó el mismo milagro de protección que había utilizado dentro de Arwex.

Funcionó.

Pero mientras permaneció entre grandes masas de aquella roca necesitó algo más de esfuerzo. Al alejarse hacia una zona abierta, el efecto volvió prácticamente a la normalidad.

La piedra estaba relacionada con el fenómeno, eso ya resultaba difícil de negar. Lo que continuaban ignorando era cómo.

Yuria pidió varias muestras para estudiarlas más adelante y encargaron a uno de los canteros que preparara algunos fragmentos tallados. Incluso plantearon la posibilidad de fabricar una pequeña caja completamente cerrada con aquel material.

Si conseguían reproducir el efecto de la cámara de reliquias, las implicaciones serían enormes.

Quizá podrían aislar objetos peligrosos.

Quizá incluso una kothmor.

Pero todavía era solo una hipótesis.

Cuando regresaron al Empíreo, encontraron a sus ocupantes bastante más nerviosos de lo habitual.

Alexadar Stadyr llevaba un tiempo buscándolos.

Había llegado el momento de entrevistarse con Woderyan Estigian.

Mientras ellos investigaban la montaña, la delegación del marqués de Nátinar ya se había instalado en Arwex. Lady Erwinna, en cambio, no llegaría previsiblemente hasta el día siguiente.

Antes de marcharse, contaron a Armen y Alexadar lo ocurrido durante la reunión con Gwintar.

La reina escuchó con especial interés la declaración de lealtad al Trono.

—Quizá haya llegado el momento de hablar con él —dijo.

Alexadar meditó unos segundos.

—Gwintar es un hombre recto. No creo que os traicionara deliberadamente. Pero tampoco traicionará sus juramentos por simpatía.

—Entonces no necesito su simpatía —respondió Armen—. Necesito que conozca la verdad.

La posibilidad quedó planteada, pero no la llevarían a cabo todavía. Primero debían hablar con Woderyan.

Dos jueces Argion los acompañaron hasta las habitaciones donde permanecía retenido el duque de Estigia. Antes de permitirles entrar, los guardias comprobaron que ninguno portara armas. Incluso los objetos más ambiguos quedaron fuera.

Woderyan no estaba encerrado en una celda.

Sus aposentos correspondían a su posición y no parecía haber sufrido malos tratos, pero el efecto psicológico de su cautiverio resultaba evidente.

El duque de Estigia, uno de los hombres más poderosos del reino, parecía cansado. Y humillado.

Cuando vio entrar a Alexadar, su expresión cambió.

—¡Alexadar!

Los dos nobles se saludaron con verdadero afecto.

—Vaya circunstancias para volver a encontrarnos.

—Quería comprobar personalmente cómo estabais.

—Los Argion me tratan correctamente. No puedo quejarme de eso. Pero todo esto es una trampa.

Alexadar presentó a sus acompañantes como aliados y consejeros. Con los jueces presentes no podían revelar la verdadera razón por la que habían llegado a Arwex.

Woderyan quiso saber inmediatamente qué ocurría fuera.

Pero antes necesitaban comprender su situación.

—¿De qué se os acusa exactamente? —preguntó Daradoth.

El duque suspiró, pues la lista no era corta.

Traición a la Corona, contactos no autorizados con la Federación de Príncipes Comerciantes, una alianza indebida con Mervan, acercamiento a la reina Armen sin mandato de Randor, y conspiración con Robeld de Baun para colocar a Armen y al propio Robeld en el Trono.

Tres de sus propios vasallos habían formulado la acusación.

Woderyan negaba la conspiración, pero no podía negar todos los hechos.

—He mantenido contactos con los Príncipes Comerciantes —admitió—. Como prácticamente todos los nobles de cierta importancia.

—La acusación parece referirse a algo más que relaciones comerciales.

El duque asintió.

Había enviado tropas a Mervan durante la invasión de los jinetes del sur. Desde el punto de vista de sus acusadores, Esthalia necesitaba aquellas fuerzas y desviarlas fuera del reino podía interpretarse como una traición.

Woderyan lo veía de otra manera.

La amenaza había afectado a toda la región y ayudar a Mervan había contribuido a detenerla antes de que pudiera crecer.

Aquello podían defenderlo.

Las cartas resultaban más complicadas.

—¿Habéis mantenido correspondencia con Robeld de Baun? —preguntó Daradoth.

Woderyan tardó un instante en responder.

—Sí.

La palabra cayó pesadamente sobre la habitación.

—Él inició el contacto. Quería atraerme a su causa.

Robeld había utilizado el compromiso con Armen como argumento. Afirmaba actuar en nombre de la reina, presentaba su facción como la fuerza capaz de restaurar el orden y aseguraba contar incluso con el príncipe heredero.

Woderyan había respondido.

Varias veces.

—¿Qué decían vuestras cartas?

—Nada que implicara una traición a la Corona.

Titubeó.

—Aunque admito que algunas frases podrían interpretarse de otra manera si se sacan de contexto.

Daradoth intercambió una mirada con Symeon.

Aquello era un problema.

Woderyan explicó que se había interesado por el estado de Armen. Quería comprender qué estaba ocurriendo y hasta qué punto la reina apoyaba realmente a Robeld. En algunos momentos había mantenido deliberadamente una posición ambigua para que el marqués continuara escribiéndole.

—Responder a un enemigo no significa servirlo —dijo Yuria—. Puede utilizarse para obtener información.

—Eso pienso yo.

—Pero una carta también puede ser una prueba —advirtió Daradoth—. Dependerá de lo que haya escrito.

Woderyan bajó la mirada.

—Lo sé.

La siguiente pregunta era todavía más importante.

—¿Quién sabía que manteníais esa correspondencia?

—Nadie de mi consejo.

Daradoth frunció el ceño.

—¿Nadie?

—Nadie. No confiaba suficientemente en nadie como para compartirlo.

—Entonces ¿cómo han conseguido las cartas?

Woderyan no tenía respuesta.

Solo los mensajeros conocían su existencia.

Había enviado varios, quizá cuatro o cinco a lo largo de aquellas comunicaciones. Algunos regresaron confirmando que habían entregado sus mensajes. Otros desaparecieron, aunque en un país en guerra aquello no constituía por sí mismo una prueba de traición.

—Si uno de los mensajeros trabajaba para vuestros enemigos… —murmuró Symeon.

—O si las cartas fueron copiadas antes de entregarse —añadió Yuria.

No podían saberlo.

Robeld, por su parte, había insistido una y otra vez en que Woderyan debía cambiar de bando. Hablaba de la legitimidad de Armen, de la necesidad de terminar con la sangría del reino y de la supuesta incapacidad de Randor para gobernar.

El duque dirigió una mirada fugaz hacia los jueces presentes.

—Randor abolió los títulos de los Grandes del Reino sin una razón que yo pudiera comprender. Y envió a Valeryan de Rheynald a aquella misión que vosotros conocéis. No digo que Robeld tuviera razón. Digo que algunas de las preguntas que planteaba no eran completamente absurdas.

Después guardó silencio.

Parecía mucho más viejo de repente.

—Había perdido casi toda esperanza —confesó—. Veros aquí, Alexadar… al menos significa que todavía queda alguna.

Mencionó entonces a su hijo, Rodyan.

También había sido apresado.

No porque existieran pruebas directas de que hubiera participado en aquellas decisiones, sino por ser uno de sus principales aliados y heredero del ducado.

—Él no sabía nada —aseguró Woderyan—. Espero al menos que lo liberen. Aunque no sé si quedará un ducado que pueda heredar cuando todo esto termine.

Alexadar decidió entonces darle una noticia.

—Quizá hayáis oído rumores procedentes de Rheynald.

Woderyan levantó la mirada.

—¿Qué rumores?

—Armen ha aparecido allí.

Por primera vez desde que entraron, el duque pareció olvidar su propia situación.

—¿La reina?

—Ya no está con Robeld de Baun. Todo apunta a que se encontraba bajo alguna clase de influencia.

La transformación en Woderyan fue inmediata.

—Entonces… ¿es libre?

—Sí.

El duque dejó escapar el aire lentamente.

—Esa es una noticia magnífica.

No podían contarle más con los jueces presentes.

Se despidieron poco después.

Alexadar prometió defenderlo en el juicio.

Pero cuando abandonaron la torre, ninguno de ellos estaba tan seguro de cómo hacerlo.

En cuanto estuvieron suficientemente lejos de oídos ajenos, comenzaron a discutir.

—Hay cosas que no me cuadran —dijo Daradoth—. No estoy diciendo que sea culpable de alta traición. Pero tampoco puedo decir que sea completamente inocente.

Yuria no veía el intercambio de correspondencia como una condena automática. Un comandante podía comunicarse con un enemigo para obtener información, ganar tiempo o descubrir sus intenciones.

Otros eran bastante menos indulgentes.

Robeld estaba en guerra con Randor, Woderyan sabía que aquello ocurría, y, aun así, había mantenido numerosas comunicaciones con él.

El contenido exacto de aquellas cartas se había convertido en el centro de todo.

—Tenemos que verlas —dijo Symeon—. Hasta que no sepamos qué escribió realmente, estamos discutiendo a ciegas.

También resultaba sospechoso que las respuestas de Woderyan hubieran acabado en manos de sus acusadores cuando, según él, nadie de su entorno conocía su existencia.

Quizá uno de los mensajeros lo había traicionado, quizá las habían interceptado, o quizá el duque no les había contado toda la verdad.

Su principal ejército continuaba combatiendo en el frente a favor de Randor, un argumento importante para la defensa. También podían justificar en buena medida la ayuda enviada a Mervan.

Pero las cartas seguían allí.

Alexadar reconoció la dificultad.

—Con tantos nobles inclinados en su contra, no será fácil. La aparición de Armen podría alterar la situación.

Daradoth no estaba convencido.

Demostrar la inocencia de la reina no eliminaba automáticamente la responsabilidad de Woderyan por mantener contactos con Robeld.

Pero podía cambiar el significado de esas cartas si realmente habían sido escritas para averiguar qué había ocurrido con ella.

Y, sobre todo, podía transformar por completo el equilibrio político dentro de Arwex.

—Necesitamos que Gwintar hable con Armen —dijo Symeon—. A solas.

Si el gran maestre escuchaba la verdad directamente de labios de la reina y encontraba razones para creerla, su posición podía resultar decisiva cuando llegara el juicio.

No sería suficiente para salvar a Woderyan.

Pero quizá fuera el primer paso.

Sobre ellos se alzaba Arwex, asentada sobre una piedra que se negaba a vibrar, a cambiar o a ceder ante el poder.

Dentro de sus muros, sin embargo, todo empezaba a moverse.

Y el destino de Estigian podía depender de unas cuantas palabras escritas sobre papel.

 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 30

Arwex. Bajo la Piedra de los Argion.

La noche envolvía Dahier cuando el Empíreo abandonó las proximidades de la capital ducal y puso rumbo hacia Arwex.

Lady Erwinna no viajaba con ellos. Como representante plenipotenciaria de Aleyre Shotald tendría que organizar su propio séquito y presentarse ante los Argion de la forma que correspondía a una enviada oficial de la duquesa. Tardaría probablemente un par de jornadas más en llegar. A bordo del dirigible viajaban, en cambio, Alexadar Stadyr, Armen y los compañeros de la reina.

Y nadie ignoraba que estaban a punto de introducirse en un lugar potencialmente hostil.

—Quizá deberíamos considerar una posibilidad —dijo Yuria mientras el Empíreo avanzaba entre la oscuridad—. Que todo esto sea una manera de reunir en un único lugar a quienes puedan resultar incómodos para Randor.

Armen la miró.

—¿Pensáis que el juicio es una trampa?

—No necesariamente. Pero van a concentrarse en Arwex casi todos los antiguos Grandes y buena parte de la nobleza más importante de Esthalia. Si el rey quisiera aprovechar la ocasión para librarse de algunos…

Alexadar negó lentamente con la cabeza.

—Los nobles convocados son, en su mayoría, partidarios de Randor. Wartan, Uterlan, Maral, Rowal… No tendría sentido reunirlos para asesinarlos.

—Es posible que ese no sea el propósito inicial —intervino Galad—. Pero si aparecemos nosotros, y especialmente si aparece Armen, las cosas podrían cambiar.

Faewald recordó algo todavía más importante.

—Arwex pertenece a los Argion. No creo que la Orden permita que el rey convierta su sede en un matadero.

Aquello constituía una cierta garantía, aunque nadie sabía hasta dónde llegaba realmente la independencia de los caballeros.

Armen permaneció pensativa.

—No voy a presentarme inmediatamente. Primero averiguaremos qué pruebas existen contra Woderyan y qué posición mantiene cada uno de los nobles. Cuando llegue el momento adecuado, apareceré.

—Entonces entraremos como séquito de Alexadar —dijo Symeon.

—Exactamente.

El marqués asintió. La cuestión siguiente era cómo presentarse.

Podían abandonar el Empíreo a cierta distancia y llegar a caballo o incluso a pie, pero aquella posibilidad eliminaba una de sus mayores ventajas: el impacto que su presencia podía provocar. En los últimos días habían comprobado hasta qué punto los elfos, los paladines y el propio dirigible alteraban cualquier encuentro diplomático.

—Debemos llegar con el Empíreo —opinó Alexadar—. Los demás nobles acudirán con decenas o centenares de soldados. Nosotros no disponemos de una comitiva semejante. La nave compensará esa diferencia.

—Randor ha ordenado vigilar los ingenios voladores —recordó Galad.

—Pero llegará bajo mi estandarte —respondió el marqués—. Si alguien pregunta, Daradoth es uno de mis aliados y la nave pertenece a su gente.

El elfo alzó una ceja.

—¿A mi gente?

—¿Creéis que alguno de ellos sabe cómo viajan los elfos?

Symeon sonrió.

—Para ellos puede ser perfectamente una nave élfica.

Daradoth no pareció especialmente entusiasmado con la mentira, aunque reconoció su utilidad.

Armen intervino antes de que la discusión continuara.

—Además, no olvidéis la impresión que causáis todos vosotros. Estáis demasiado acostumbrados a vuestra propia apariencia. Un elfo, varios paladines de Emmán, un Maestro del Saber cargado de reliquias y un gigante como Aldur no forman precisamente una comitiva corriente.

Symeon dirigió una mirada a su bastón.

—Supongo que uno acaba acostumbrándose.

—Pero los demás no.

Alexadar decidió cómo los presentaría. Symeon aparecería como Maestro del Saber y consejero erudito del marqués; Galad, como consejero espiritual y hombre de confianza; Yuria ocultaría cualquier elemento de su indumentaria que pudiera relacionarla directamente con los ejércitos ercestres y sería presentada como una noble extranjera vinculada a su casa. Daradoth no necesitaba ningún artificio, sería Lord Daradoth Ithaulgir, aliado del marqués de Strawen.

Eso bastaría.

Armen, mientras tanto, permanecería oculta en el Empíreo.

Durante la noche viajaron hacia el norte y el nordeste. El amanecer surgió detrás de la cordillera de las Amaryn.

Las montañas dominaban todo el horizonte oriental como una gigantesca muralla de piedra. Sus picos se elevaban por encima de las nubes, formando una barrera prácticamente infranqueable. Más allá se encontraba Paraíso, pero pocas personas habían conseguido atravesar aquellas montañas y regresar para contarlo. Las leyendas hablaban de expediciones desaparecidas, pasos que terminaban bajo aludes y valles de los que ningún viajero había vuelto.

Ni siquiera el Empíreo podría cruzar fácilmente aquellos picos.

A medida que avanzaban hacia Arwex, el terreno comenzó a elevarse. Los grandes campos de Dahier fueron dejando paso a bosques cada vez más extensos. Después llegaron las colinas, los pastos de altura y los valles estrechos por los que discurrían caminos sinuosos.

El viento también aumentó.

Las corrientes procedentes de las montañas sacudieron el dirigible varias veces, obligando a Yuria a reducir altura.

Finalmente encontraron una calzada mejor construida que las demás.

—Ese es el camino de Arwex —dijo Alexadar.

Lo siguieron desde el aire.

Al cabo de un tiempo aparecieron cuatro poblaciones desperdigadas por los valles. Se encontraban separadas por varios kilómetros, pero todas parecían vinculadas a la fortaleza. Eran lugares de comerciantes, artesanos, agricultores y pastores que abastecían a la Orden.

Y, sobre una enorme elevación rocosa, apareció Arwex.

La sede de los caballeros Argion no se parecía a ninguna fortaleza que hubieran contemplado anteriormente.

Una parte considerable de sus estructuras había sido excavada directamente en la montaña. El resto estaba construido con enormes sillares de una piedra de color gris oscuro que, bajo la lluvia, adquiría un brillo casi metálico. Desde lejos podía parecer acero.

No tenía las grandes torres destinadas a dominar un campo de batalla ni las elaboradas defensas de una fortaleza fronteriza. Nunca había necesitado cumplir semejante función. Arwex se encontraba en el corazón de Esthalia, protegida por las montañas y por la propia reputación de quienes la habitaban.

Era, más que un castillo, una gigantesca residencia fortificada. Austera, antigua e inmutable.

El mal tiempo contribuía a reforzar aquella impresión. Una lluvia fina cubría la montaña y las nubes bajas envolvían las zonas superiores del complejo.

Pero lo que realmente llamó su atención fue lo que había alrededor.

Arwex estaba abarrotada.

Habían surgido campamentos a ambos lados de los caminos. Centenares de tiendas cubrían las laderas y columnas de soldados entraban y salían constantemente. Había carruajes, caballos, carros de suministros y comitivas nobiliarias esperando alojamiento.

Arwex, sede de los caballeros Argion

Y sobre cada campamento ondeaban estandartes.

Yuria y los demás reconocieron inmediatamente los de Wartan, Uterlan, Maral y Rowal.

Los principales ducados que combatían del lado de Randor ya habían enviado representantes.

También había multitud de enseñas menores: baronías, marcas y señoríos vinculados a aquellas casas.

Tres de ellas pertenecían a importantes linajes de Estigia.

—Los vasallos de Woderyan —murmuró Symeon—. Brannor, Caerhest y Kelvorn.

Alexadar observó los pendones.

—Algunos de los nobles que lo acusaron deben de encontrarse ya aquí.

La desaparición del duque había dejado un vacío demasiado grande. Cada familia importante de Estigia tenía ahora algo que perder o ganar con el juicio.

—Y quizá alguno espere convertirse en el próximo señor del ducado —dijo Yuria.

Nadie respondió. No necesitaban decirlo.

Decidieron hacer exactamente aquello que habían planeado.

El Empíreo comenzó a descender frente a Arwex con el estandarte de Strawen desplegado sobre la cubierta.

Los efectos fueron inmediatos.

Los soldados de los campamentos comenzaron a señalar hacia el cielo. Sonaron voces de alarma. Decenas de hombres corrieron hacia las posiciones de guardia y sobre los muros aparecieron caballeros Argion armados con ballestas.

En los campamentos más cercanos ocurrió lo mismo.

Cuando el dirigible se encontraba todavía a varias decenas de metros del suelo, al menos medio centenar de arqueros y ballesteros lo apuntaban.

Una voz surgió desde la entrada.

—¡Identificaos! ¡Ninguna nave puede aproximarse a Arwex sin autorización del Consejo!

Alexadar se adelantó hasta la borda.

—¡Soy Alexadar Stadyr, marqués de Strawen! ¡Acudo a Arwex para asistir al juicio de Woderyan Estigian! ¡Permitidnos poner pie en tierra! —gritó, mientras Armen se cubría con una capa y desaparecía en el camarote del capitán.

Daradoth entregó el búho de ónice a Suras.

—Permaneced atentos. Si ocurre algo, quiero que podamos comunicarnos inmediatamente.

El Empíreo descendió hasta quedar unos diez metros sobre el terreno. Lanzaron un ancla y uno de los marineros aseguró la nave de manera que pudiera liberarse con rapidez en caso de emergencia.

Entonces comenzó el descenso.

Galad fue uno de los primeros.

Bajó con la sobreveste de paladín de Emmán perfectamente visible y el escudo de su dios expuesto. Cuando faltaba poco más de un metro para alcanzar el suelo, abandonó la escala de un salto y aterrizó delante de quienes los observaban.

Alexadar descendió detrás.

Después llegó Symeon, bajando con sorprendente agilidad mientras sujetaba su extraordinario bastón.

Yuria los siguió, mucho más discretamente vestida.

Faewald y varios de los demás fueron formando alrededor del marqués una pequeña comitiva.

Entonces llegó el momento de Daradoth.

El elfo miró hacia abajo.

Durante demasiado tiempo había tratado de pasar inadvertido. Había ocultado su naturaleza, evitado provocar reacciones innecesarias y reducido al mínimo las demostraciones de poder.

Aquella vez hizo exactamente lo contrario. Tomó a Ethëilë del brazo y ambos descendieron volando.

Un murmullo recorrió los campamentos.

Después se convirtió en cientos de voces.

—¡Hechicería!

—¡No!¡Son elfos!

—¡El Bello Pueblo!

Los dos elfos descendieron lenta y majestuosamente desde el Empíreo, y se posaron junto a Alexadar.

Arakariann bajó después, incorporándose también al grupo.

La presencia de un solo elfo ya habría bastado para convertir su llegada en un acontecimiento. Tres figuras del Bello Pueblo caminando juntas junto al marqués de Strawen provocaron una conmoción difícil de contener.

Algunos soldados se arrodillaron.

Otros realizaron signos de respeto.

Hubo hombres que permanecieron simplemente inmóviles, contemplándolos como si una de las antiguas leyendas de Esthalia hubiera descendido de pronto sobre ellos.

Alexadar observó alrededor.

Por primera vez desde la caída de Strawen pareció recuperar plenamente el porte que correspondía a uno de los antiguos Grandes del Reino. Se irguió, y comenzó a caminar hacia Arwex.

Daradoth ocupó su lado izquierdo.

Los demás los siguieron unos pasos por detrás.

La entrada había conseguido exactamente el efecto que buscaban, todas las miradas estaban puestas en ellos. Antes de que alcanzaran las puertas, tres caballeros Argion salieron a recibirlos.

El primero era sir Haldran de Veghar, juez de frontera de la Orden. Junto a él caminaba sir Beryn de Caldwenn, que ejercía como capellán, y lady Theryn de Gwendar, custodia de las reliquias de Arwex.

Los tres saludaron respetuosamente a Alexadar, pero inevitablemente sus ojos terminaron sobre los elfos.

Haldran hizo el signo de Emmán.

—Es un honor recibiros en Arwex, lord Stadyr. Y un honor extraordinario contemplar con nuestros propios ojos a miembros del Bello Pueblo.

También dedicó unas palabras especialmente cálidas a Galad y Aldur.

—Y es igualmente un honor conocer personalmente a hermanos paladines que tanto han hecho al servicio de nuestro rey y de nuestra fe.

No todos parecían compartir su entusiasmo.

Sir Beryn observó a Daradoth con una atención distinta. No había reverencia en su mirada. Había inquietud.

Yuria lo advirtió, y se acercó discretamente a Galad.

—Ese hombre tiene miedo de Daradoth.

El paladín miró al capellán.

No podía saber el motivo.

Lady Theryn, por el contrario, parecía especialmente interesada en Symeon.

No era difícil comprender por qué.

Sus ojos regresaban una y otra vez al bastón que llevaba el Maestro del Saber y a la diadema que adornaba su cabeza.

Symeon también lo advirtió, pero ninguno dijo nada todavía.

Los tres Argion los condujeron hacia el interior.

A ambos lados del camino continuaban las reverencias, las miradas y los murmullos. Algún soldado pedía la bendición de los paladines. Otros observaban a los elfos con una veneración casi infantil.

Daradoth escuchó numerosas veces la misma palabra.

Elfo.

No pronunciada con miedo, sino con orgullo. Como si el mero hecho de que aquellas criaturas legendarias caminaran por Arwex otorgara una dignidad especial a quienes podían presenciarlo.

La sede de los Argion era todavía más austera por dentro.

No había grandes salones ornamentados ni galerías cubiertas de obras de arte. Todo parecía construido para durar. Muros gruesos, corredores de piedra oscura, puertas pesadas y pequeños ventanucos abiertos en los lugares donde la roca lo permitía. Buena parte de las estancias parecían penetrar directamente en la montaña.

Los condujeron hasta la Sala del Consejo.

Allí los esperaban los hombres y mujeres que decidirían el destino de Woderyan Estigian.

Presidiendo la gran mesa se encontraba lord Gwintar de Hasalon, gran maestre de la Orden Argion. Era un hombre de edad avanzada, barba y cabellos blancos perfectamente cuidados, pero nada en su aspecto transmitía debilidad. Permanecía sentado con la espalda recta y una expresión severa. No necesitaba levantar la voz para imponer su autoridad.

Junto a él estaban algunos de los miembros más influyentes de la Orden: sir Awald de Tharenn, general de los Argion; lady Arveth de Sannor; lady Maelin Stadyr, jurista y custodia de los archivos; y sir Mornal de Veyr.

Alexadar miró a Maelin.

—Bienhallada, prima.

La mujer respondió al saludo con corrección.

Entre los demás caballeros presentes, Symeon descubrió otro rostro.

Y se estremeció.

«¡Eygène de Rheynald!, el hermano de Valeryan», pensó, «así que aquí fue a donde se dirigió al abandonar su tierra natal».

No lo había visto durante los acontecimientos más recientes de Rheynald, pero conocía perfectamente su identidad. También sabía que las relaciones entre Eygène y su hermano jamás habían sido buenas.

Eygène tardó un poco más en reconocerlo, pues Symeon había cambiado mucho.

Pero finalmente sus miradas se cruzaron.

El Argion también reconoció a Faewald.

No hubo saludos.

Solo un silencio desagradable que dejó claro que aquel encuentro podía convertirse en un problema más adelante.

Después, lord Gwintar presentó a los principales nobles convocados.

Estaban representados los ducados de Maral, Uterland, Rowal y Wartan. Entre ellos se encontraba Eladewan Rennos, duque de Wartan, uno de los hombres cuya postura ante los acontecimientos todavía debían determinar.

Los demás nobles observaron a Alexadar con una cortesía bastante menos cálida que la mostrada por los Argion.

Uno de ellos, Alaryan Vausen, el duque de Maral, fue directo.

—No sabíamos que el rey os hubiese convocado, lord Stadyr.

Alexadar percibió inmediatamente el tono. Aquella vieja animosidad seguía existiendo. Antes de que Randor aboliera los Grandes del Reino, algunos duques jamás habían aceptado de buen grado que un simple marqués pudiera situarse políticamente a su misma altura. La estrecha relación de Alexadar con Armen solo había empeorado las cosas.

—Las noticias de este juicio llegaron hasta mí —respondió—. Consideré que un asunto semejante obliga a presentarse a cualquier noble de Esthalia preocupado por el futuro del reino.

—Pero ¿recibisteis una convocatoria del rey?

Alexadar sostuvo la mirada.

—No recibí personalmente una carta. Pero conozco la voluntad de convocar a la nobleza del reino y decidí adelantarme al mensajero.

Algunos de los duques intercambiaron miradas.

—En ese caso —dijo uno—, no estoy seguro de que debamos consideraros parte de esta convocatoria.

Symeon intervino.

—Con el debido respeto, poner en duda la palabra de lord Stadyr equivale a insinuar que miente acerca de la voluntad del rey.

—No tergiverséis mis palabras, Sapiente.

La tensión aumentó.

Hasta que Gwintar habló.

—Hay verdad en las palabras de lord Stadyr.

La sala quedó en silencio.

—No estamos aquí para decidir quién merece conocer los deseos del rey. Si el marqués de Strawen ha considerado que su deber hacia Esthalia exige su presencia, no seré yo quien se la niegue.

Miró a Alexadar.

—Gozáis de mi hospitalidad y de mi invitación a permanecer en Arwex, lord Stadyr. —Miró a su alrededor, hosco—. Esto zanja la discusión.

Los nobles dejaron de discutir.

El gran maestre había hablado. Quedaba, sin embargo, una pregunta evidente.

¿Por qué viajaba Alexadar acompañado por semejante grupo?

El marqués comenzó las presentaciones.

Symeon era un Maestro del Saber que ejercía temporalmente como consejero erudito.

Galad era uno de sus consejeros espirituales y un hombre de absoluta confianza.

Yuria formaba parte de su entorno militar.

Después llegó el turno de Daradoth.

—Y permitidme presentaros a lord Daradoth Ithaulgir, aliado y amigo de mi casa.

Gwintar inclinó respetuosamente la cabeza.

—El honor histórico de recibir a miembros del Bello Pueblo dentro de Arwex es difícil de expresar con palabras.

Daradoth escuchó entonces una voz desde algún punto de la sala, muy baja, casi un susurro.

—No para todos.

Giró ligeramente la cabeza.

Había demasiadas personas para identificar al responsable, así que no reaccionó.

Gwintar continuó:

—Sin embargo, debo reconocer mi curiosidad. Vuestro medio de transporte coincide con ciertas advertencias que hemos recibido. Y vuestra presencia junto al marqués de Strawen resulta… singular.

Daradoth decidió responder.

—Ignoro cuánto sabéis de lo que está ocurriendo más allá de las fronteras de Esthalia.

Las miradas convergieron sobre él.

—Existe una guerra mucho mayor que esta —continuó—. Una guerra que no comenzó con Randor, Armen o Robeld de Baun. Una guerra entre Luz y Sombra.

Habló de los acontecimientos ocurridos en otros lugares de Aredia, de los seres conocidos como kaloriones, de criaturas con un poder capaz de alterar reinos enteros, de la aparición de elfos oscuros y de enemigos que resultaban tan extraordinarios a los ojos humanos como los propios elfos que ahora tenían delante, pero que habían elegido servir a fuerzas completamente opuestas.

Habló también de los conflictos sufridos en la Federación de Príncipes Comerciantes y de las noticias procedentes del Pacto de los Seis.

—Están apareciendo en toda Aredia —dijo—. Y su propósito consiste en desestabilizar los reinos hasta inclinarlos hacia la Sombra.

Explicó que su alianza con Alexadar nacía precisamente de aquello.

—El marqués ha comprendido que lo que está sucediendo en Esthalia forma parte de un conflicto mucho mayor. Él me apoyará en esa lucha y yo lo apoyaré a él. Por eso estoy aquí.

Mientras hablaba, Galad, Symeon y Yuria percibieron algo que ya habían experimentado en otras ocasiones.

La realidad comenzó a tensarse.

Aquel extraño tirón metafísico que aparecía cada vez que Daradoth hablaba abiertamente de Luz y Sombra volvió a manifestarse. Durante un instante pareció que algo invisible intentaba deformar el entorno.

Pero entonces ocurrió algo diferente.

La tensión desapareció, y la realidad volvió a su posición.

Cuando Daradoth continuó hablando, el tirón regresó.

Y volvió a ser rechazado.

Como si alguna fuerza existente en Arwex impidiera que la realidad se deformase libremente.

Los compañeros intercambiaron discretas miradas, pues nunca habían experimentado algo semejante.

Gwintar no pareció advertirlo.

—Es una cuestión interesante —dijo cuando Daradoth terminó—. Y meditaremos sobre vuestras palabras. Pero ahora mismo tenemos delante un asunto mucho más inmediato.

Su mirada se endureció.

—Alta traición.

Alexadar no tardó en pedir autorización para entrevistarse con Woderyan Estigian.

Los Argion confirmaron que el duque se encontraba retenido dentro de Arwex, aunque no en los calabozos. Su rango era respetado: disponía de habitaciones apropiadas, sirvientes y las comodidades correspondientes a su posición.

Pero permanecía bajo vigilancia permanente.

—Quiero hablar con él —dijo Alexadar.

—Podéis hacerlo —respondió Gwintar—. Pero no a solas. Dos jueces de la Orden estarán presentes durante toda la conversación.

—No tengo inconveniente.

Podrían organizar el encuentro al día siguiente.

Todavía faltaban varias delegaciones, entre ellas las representaciones de Dahier y de otro de los antiguos Grandes, por lo que el juicio no comenzaría inmediatamente. 

Gwintar decidió que Alexadar tenía derecho a conocer al menos los fundamentos del proceso. Fue sir Awald de Tharenn quien tomó la palabra.

—Hace varias semanas recibimos una acusación formal contra Woderyan Estigian. Fue presentada por tres de sus propios vasallos.

Eran nobles importantes del ducado: dos marqueses y un barón.

—La acusación iba acompañada por testimonios, documentos y pruebas suficientes para que esta Orden considerara necesario investigar.

—¿Qué se le atribuye exactamente? —preguntó Symeon.

—Alta traición. Connivencia con Robeld de Baun. Contactos no autorizados con poderes extranjeros y colaboración con fuerzas exteriores al reino, entre ellas la Federación de Príncipes Comerciantes.

Alexadar frunció el ceño.

—¿Y esas pruebas se presentarán públicamente?

—Todas.

Los tres nobles estigios encabezarían la acusación y contarían con la colaboración de sir Carven de Rowal, caballero Argion. La defensa de Estigian, sin embargo, no había sido asignada.

—Cualquier caballero o noble podrá hablar en su favor —explicó Awald—. Quien crea que las acusaciones son falsas tendrá ocasión de demostrarlo.

Aquello tranquilizó parcialmente a Alexadar. Al menos en teoría, el procedimiento parecía respetar las formas.

Los Argion no anunciaban una condena, anunciaban un juicio, pero la cantidad de intereses políticos concentrados alrededor de aquel proceso resultaba imposible de ignorar.

Una vez concluida la reunión, los visitantes obtuvieron libertad para recorrer las zonas públicas de Arwex.

Los archivos, las salas donde se custodiaban reliquias, determinadas torres y otros sectores permanecían restringidos.

Cada uno decidió aprovechar las horas restantes de una manera diferente.

Galad buscó la iglesia.

El templo de Arwex era uno de los pocos lugares de la fortaleza que poseía cierta riqueza decorativa. No resultaba ostentoso, pero sí mucho más elaborado que el resto del complejo.

Sir Beryn de Caldwenn ejercía allí como capellán.

Galad rezó durante un tiempo antes de iniciar conversación con él.

—¿Cómo llegan las noticias del frente?

Beryn suspiró.

—Mal. La guerra no va bien.

Habló de rumores acerca de hechiceros entre las tropas de Robeld.

—La magia es una herramienta peligrosa —dijo—. No deberíamos tolerar que semejantes prácticas se extiendan por Esthalia.

Galad lo observó.

—Robeld está aliado con la Sombra. Lo que habéis oído decir a lord Daradoth no es una fantasía.

Beryn mostró evidente incomodidad.

—¿Y debemos confiar en los elfos? Ellos también son hechiceros.

—Son servidores de la Luz.

—Toda esa guerra de Luz y Sombra se me queda demasiado grande, hermano. Prefiero ocuparme de aquello que puedo comprender. Esthalia está en guerra. Tenemos un rey y enemigos a los que derrotar.

—Tarde o temprano esa guerra también llegará hasta vos.

—Quizá.

No parecía convencido.

Galad juzgó más productivo desviar la conversación hacia Armen.

Beryn aceptaba como ciertas las noticias sobre el compromiso con Robeld.

—Hubo testigos. Ella misma habló públicamente en favor del marqués.

—¿Y no os parece extraño?

—Me parece sacrílego. Sigue siendo esposa de Randor.

Sobre Matwann sabía todavía menos.

—El príncipe desapareció. Si sigue vivo, nadie aquí sabe dónde está.

Galad ocultó su decepción.

—Quizá cayera en manos de Robeld.

—Quizá. Pero la desaparición del heredero tampoco habla precisamente bien de la capacidad de la reina para proteger a su familia.

Galad apretó los dientes, aunque no respondió. Todavía no podía revelar la verdad. Rezaron juntos antes de separarse.

Symeon tuvo una conversación muy distinta.

Lady Theryn de Gwendar, acompañada por otro joven caballero Argion, lo encontró antes de que él pudiera buscarla.

—Maestro Symeon —dijo—. Esperaba poder hablar con vos.

Sus ojos fueron directamente hacia el bastón.

—No he podido evitar fijarme en los objetos que portáis. Ese bastón parece casi vivo. Y vuestra diadema desprende un fulgor… poco común.

—Ambos son reliquias obtenidas durante mis viajes —respondió Symeon, sonriendo.

—Soy custodia de las reliquias de Arwex. No únicamente de nuestras reliquias sagradas. También de objetos que podrían resultar peligrosos.

Aquello captó inmediatamente la atención del Maestro del Saber.

—Perded cuidado, pues mis objetos no representan ningún peligro para la gente de bien.

Theryn arqueó una ceja.

—¿Y quién decide quién es gente de bien?

Symeon apoyó una mano sobre el bastón.

—Este procede de un árbol sagrado élfico, lo que ellos llaman Aglannävyr. Me fue entregado por el propio árbol. No aceptaría a un portador entregado a la oscuridad.

No entró en detalles sobre los avatares ni sobre todo cuanto había aprendido acerca de la Luz. Aquella conversación podía durar días.

Theryn escuchó atentamente.

—También he oído hablar de otro objeto —dijo finalmente—. Una daga negra que el marqués de Strawen encontró hace algún tiempo y a la que tanto él como la reina dieron gran importancia.

Symeon se puso serio.

—Sé qué clase de daga es.

—¿Está aquí?

—Que yo sepa, no.

Explicó únicamente lo imprescindible sobre aquellos artefactos, las kothmorui, y su relación con la Sombra.

La Argion frunció el ceño.

—Entonces esa historia que lord Daradoth acaba de contar…

—Es real. Y he visto personalmente lo que esas fuerzas pueden hacer.

Le habló de Sermia, del ataque sufrido por el reino, y de personas capaces de destruir naciones desde dentro.

—Por eso os digo algo más —continuó—. La Sombra busca reliquias. Si aquí custodiáis objetos poderosos, existe la posibilidad de que alguien intente arrebatároslos.

Theryn permaneció unos instantes en silencio.

—Tenemos varias reliquias peligrosas, algunas guardadas aquí desde hace siglos.

Symeon clavó la mirada en ella.

—¿Cuáles?

—No puedo decíroslo.

—¿Las habéis visto utilizarse?

—No. Algunas llevan aquí mucho tiempo. Sabemos que son peligrosas porque las crónicas dicen que influyeron negativamente sobre quienes las portaron.

—Quisiera examinarlas.

—Necesitaríais el permiso de lord Gwintar.

—Entonces se lo pediré.

Theryn no pareció convencida de que el gran maestre fuese a concederlo. Symeon formuló otra pregunta.

—¿Por qué se construyó Arwex precisamente aquí?

La mujer pareció sorprendida.

—Porque este es el hogar de nuestra Orden.

—Me refería a por qué este lugar concreto.

—No sabría decíroslo —parecía confundida—. Nunca me lo había planteado.

—Hay algo extraño aquí.

—¿Extraño?

—No necesariamente malo. Pero diferente.

Theryn no pudo ayudarlo, y se separaron con la promesa de continuar aquella conversación.

Daradoth también trató de acercarse a lord Gwintar.

El gran maestre aceptó recibirlo brevemente, aunque dejó claro que los preparativos del juicio apenas le dejaban tiempo.

El elfo preguntó por la historia de la Orden y por la posibilidad de recorrer la fortaleza.

—En otras circunstancias me agradaría hablar largamente con vos —respondió Gwintar—. Pero comprenderéis que tengo demasiadas obligaciones.

—Por supuesto.

—Podéis visitar las zonas públicas de Arwex. Las áreas restringidas permanecerán cerradas, como para cualquier otro visitante.

Daradoth aceptó.

Su verdadero interés, en cualquier caso, había empezado a ser otro. Desde que había hablado ante el Consejo no podía dejar de pensar en la extraña resistencia que había sentido en la realidad, así que comenzó a recorrer Arwex.

Examinó los corredores, los muros, los calabozos y las partes más antiguas excavadas directamente en la montaña.

No percibía ninguna presencia hostil. No sentía hechizos activos ni alteraciones que pudiera identificar fácilmente.

Pero la piedra llamaba su atención.

Aquel material gris parecía metal bajo determinada iluminación. Era extremadamente duro y no se correspondía con ninguna roca que reconociera.

Finalmente decidió concentrarse y abrir sus sentidos a la estructura de la realidad.

Y estuvo a punto de sentirse abrumado, nunca la había percibido con semejante claridad.

Normalmente, la realidad se manifestaba ante aquella facultad como una trama de vibraciones, hebras entrelazadas en constante movimiento. No eran hilos visibles, sino una forma en que su mente interpretaba algo demasiado abstracto para comprenderlo de otro modo.

En Arwex era diferente.

Las hebras estaban ordenadas.

Verticales.

Horizontales.

Perfectamente alineadas.

Formaban una especie de malla ortogonal que se extendía por las estructuras y el entorno de la fortaleza. Una cuadrícula. Por otra parte, la Vicisitud continuaba existiendo con normalidad alrededor de los seres vivos. Personas, animales y plantas producían las vibraciones caóticas habituales.

Pero la montaña, la fortaleza, los muros... Todo aquello permanecía dentro de una matriz rígida. Estable. Como si allí la realidad estuviera obligada a comportarse de una manera concreta.

Daradoth abrió los ojos.

—Así que eras tú…

Miró la piedra.

Aunque inmediatamente comprendió que estaba adelantándose. No sabía si aquella roca producía el fenómeno. Podía suceder exactamente lo contrario. Quizá la piedra fuera extraña porque llevaba siglos sometida a aquella estructura.

Investigó cuanto pudo, y descubrió que los sillares más antiguos procedían de una cantera de la propia montaña. Hacía décadas que apenas necesitaban extraer nuevas piedras.

La razón resultaba extraordinaria: los muros prácticamente no se deterioraban. Ni siquiera los conocedores de minerales supieron darle una explicación satisfactoria. La roca era simplemente… así.

Daradoth guardó una nota mental. Tendrían que investigar aquella cantera.

Cuando regresaron al Empíreo esa noche, Armen los esperaba.

La primera pregunta de la reina fue inevitable.

—¿Habéis averiguado algo de Matwann?

Galad negó con la cabeza.

—Nada.

El rostro de Armen se ensombreció.

—Entonces sigue en alguna parte.

Nadie quiso responder. No tenían ninguna prueba de que estuviera vivo, pero tampoco de que hubiera muerto.

Después, comenzaron a compartir lo aprendido.

Galad explicó la posición de Beryn y la profunda desconfianza de algunos Argion hacia la magia y los elfos.

—Son extremadamente conservadores —dijo—. Creen en Emmán, pero cualquier cosa que escape a su doctrina les provoca suspicacia.

—No todos —señaló Symeon.

Explicó su conversación con lady Theryn.

—Custodian reliquias peligrosas.

—¿Qué clase de reliquias? —preguntó Yuria.

—No quiso decírmelo. Solo que algunas afectaron negativamente a quienes las utilizaron, "según las crónicas". No sé cuánto tiempo llevarán en Arwex.

—Eso podría significar cualquier cosa —dijo Galad.

—O podría significar exactamente lo que parece.

Symeon recordó la daga negra.

—Y saben que Alexadar encontró una kothmor. Al menos existen rumores.

Aquello resultaba inquietante.

Si los Argion llevaban generaciones almacenando artefactos peligrosos, Arwex podía contener objetos que interesaran enormemente a la Sombra.

Fue el turno de Daradoth para contar lo que había descubierto. Describió la malla, las hebras ordenadas y la extraordinaria estabilidad de la realidad.

—Eso explicaría lo que ocurrió mientras hablabas ante el Consejo —dijo Symeon—. Sentimos el tirón habitual, pero algo lo corrigió.

—Exactamente.

—¿La piedra?

—No lo sé con seguridad, diría que sí.

Daradoth miró hacia la montaña, visible más allá de la borda.

—Puede que la roca estabilice la realidad. Puede que la realidad de este lugar haya transformado la roca. O que ambas cosas procedan de una tercera causa.

Yuria cruzó los brazos.

—¿Podría impedir alteraciones mágicas?

—Quizá.

—¿Incluso cerrar una de esas esferas negras?

Daradoth permaneció en silencio. Era una posibilidad fascinante, pero extremadamente prematura.

—Primero debemos comprender qué tenemos delante.

También discutieron la posibilidad de probar algún hechizo dentro de Arwex. Si la realidad estaba tan rígidamente estructurada, quizá la magia funcionara de una forma diferente.

Pero recordaban demasiado bien lo ocurrido en otros lugares donde las reglas de la realidad estaban alteradas, así que decidieron no experimentar todavía.

—Mañana intentaré hablar individualmente con los nobles —dijo Daradoth—. Ahora que saben quién soy, pocos se negarán a recibirme.

Symeon sonrió.

—Eso era precisamente lo que intentaba explicarte en San Odran.

El elfo lo ignoró.

Alexadar regresó al asunto verdaderamente urgente.

—Necesitamos saber qué pruebas existen contra Woderyan. Y decidir cuándo debe aparecer Armen.

La reina permaneció junto a la borda.

Allí abajo, decenas de hogueras iluminaban los campamentos de las casas más poderosas de Esthalia.

En alguna habitación de aquella montaña, Woderyan Estigian esperaba un juicio por alta traición.

En otras cámaras, los Argion custodiaban reliquias que quizá llevaban siglos sin ver la luz.

Y bajo todo aquello, la propia realidad parecía haber sido obligada a formar líneas rectas.

Arwex había sido levantada para proteger el orden de Esthalia. Pero ninguno de ellos sabía todavía qué clase de orden protegía realmente aquella montaña.