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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 26 de marzo de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 23

La Reina Armen en Usturna

Poco después, entraron en la taberna El León Rojo, situada cerca de la entrada oriental a la ciudadela. Allí, entre los parroquianos, había unos cuantos soldados sin uniforme, tomándose un descanso. Galad —que iba sumamente bien disfrazado— y Symeon aguzaron el oído. Algunos habían bebido un poco más de la cuenta.

—Es una locura eso de que ahora tengamos que vigilar los cielos —dijo uno en un momento dado—. ¿Qué brujería puede hacer que los enemigos surquen los cielos a bordo de barcos voladores?

—A mí también me parece una locura —este soldado parecía más sobrio—, pero por lo que he oído a los comerciantes de la confederación, tiene muchos visos de realidad. Consuélate con que, por lo menos, nos han traído nuevos "juguetes" para defendernos de ellos.

Al cabo de dos o tres horas, sin haber escuchado nada más interesante que esa conversación, decidieron cambiar de ubicación y vigilar un rato la puerta occidental, donde se les unieron Yuria y Faewald. Allí el tránsito era intenso, pues era la puerta que conectaba la ciudadela con el puerto. Al cabo de un rato, algo llamó su atención: una pequeña comitiva de enormes vagones tirados por bueyes, protegida por guardias, claramente procedente de la Federación de Príncipes Comerciantes. Los guardias y los carros lucían los colores de Armir.

Usturna

—Los príncipes comerciantes, como es normal, están sacando tajada de esta guerra —dijo Yuria—. Esperemos que no haya nada más, porque supongo que el príncipe Tiladh estará resentido por no haber conseguido su tajada en el comercio de kregora.

—Y nunca estuvo realmente convencido acerca de la cancillería de Ilaith —añadió Symeon—. Pero no olvidemos que la Federación no ha declarado aún la guerra a Robeld de Baun, así que lo más seguro es que esto sea una actividad comercial legal y normal.

Acto seguido se dirigieron hacia el puerto. Este se dividía en el sector norte, en la otra ribera de la desembocadura, y el sector sur, el más cercano a ellos, a aquella parte del río. Allá a lo lejos, donde había calado suficiente (y suponían que también por discreción), se podían avistar las figuras de tres galeones negros anclados. En uno de los muelles se encontraban atracados tres barcos mercantes con los colores de Armir en sus pendones. Y entrando al curso del río surcaban las aguas otros dos barcos mercantes con los colores del principado de Adhëld, impulsados por dos líneas de remeros.

Se dirigieron a una de las tabernas cercanas, donde pronto detectaron un grupo de personas hablando en demhano. Galad se aproximó a ellos y no tardó en entablar conversación invitándolos a una copa. Fingiéndose ignorante, les pidió información sobre la Confederación.

—Ya no somos una Confederación, amigo —respondió uno de los marineros—. Ahora somos una Federación, y nos rige la canciller Ilaith. Dicen que es una guerrera y científica fuera de serie.

Según le dijeron, las mercancías que llevaban eran muy normales: sal, especias, grano... nada fuera de lo común. «No parece que estén haciendo nada ilegal, desde luego». Entonces, intervino otro de los integrantes del grupo:

—Lo que sí que me llamó mucho la atención —arrastraba un poco las eses— fue esa yegua nívea que trajimos en un compartimento especial. ¿No la viste, Serim?

—La verdad es que no.

—Yo la pude ver por un momento. No venía en nuestro barco, pero en aquel de allá —señaló otro de las naves armirienses— viajaba en un apartado especial de la bodega. Una yegua de Semathâl, de la estirpe de los Ifritai. Blanca, con crines y cola violáceas. Magnífica. Casi sobrenatural. 

—¿Un regalo? —preguntó Galad.

—Pues no tengo ni idea. Pero era bellísima.

Sobre los galeones negros no pudieron decirle nada de utilidad. Así que Galad decidió cambiar a una conversación más inofensivas.

—¿Estaréis en Usturna muchos días? 

—No, regresamos mañana mismo. Es un viaje de abastecimiento rutinario.

 A continuación, las palabras dejaron paso a la bebida; los marineros retaron a Galad a una competición, pero él se negó educadamente, y volvió junto a sus compañeros. Compartió toda la información que había sonsacado.

—¿Creéis que esa yegua puede ser un regalo de Arnualles a la reina Armen? Según nos dijeron, ha estado largo tiempo enamorado de ella; quizá pretenda contraer esponsales para legitimar de alguna manera su aspiración a hacerse con Esthalia. Aparte de que es posible que esté realmente enamorado, claro.

—Podría ser —coincidió Symeon—. No podemos descartar nada.  

La siguiente hora la emplearon para observar y memorizar la estructura de la ciudadela, y que Yuria pudiera hacer un croquis que les sirviera para planificar una posible incursión en busca de Armen. De vuelta en el Empíreo, Daradoth la ayudó a completarlo, describiéndole lo que había visto desde el aire. Durante largo rato estuvieron discutiendo su curso de acción. Finalmente, decidieron que la mejor opción sería que Daradoth usara sus poderes para sobrevolar la ciudadela y explorarla para detectar alguna señal de presencia de la reina.

Esa misma noche, Daradoth dejó el Empíreo, se acercó a pie, y se elevó desde el exterior de la ciudad. Lo primero que le llamó la atención fue que, desde cada torre del perímetro de la ciudadela, un cono de luz se proyectaba hacia arriba, moviéndose de un lado a otro. Haciendo uso de sus capacidades de invisibilidad no le costó evitar ser detectado, y sobrevoló la muralla. Desde allí arriba, pudo ver que los conos de luz eran proyectados por sendas diademas que lucían otros tantos ástaros atezados en sus frentes.

Tras superar la muralla interior, se elevó sobre la torre. Y allí, en la parte más alta, pudo ver cinco figuras. Cuatro de ellas estaban encapuchadas, la quinta no, revelándola como una elfa oscura. Una elfa oscura que parecía hacer decaer la luz a su alrededor; este efecto tuvo su explicación cuando Daradoth se apercibió de la daga que llevaba en su cinto. «Maldición, la kothmor». Al sentir la sombra, se le erizó el vello de la nuca y su corazón se aceleró; su visión se tornó roja. Desenvainó a Sannarialáth y se acercó a ella todo lo deprisa que su hechizo de volar le permitía, amparado todavía en su invisibilidad.

No obstante, cuando apenas se encontraba a unos cincuenta metros de distancia, la elfa volvió la cabeza hacia él. Daradoth pudo, en ese momento, contener su sed de sangre, y se detuvo en el acto, presa de un sudor frío y de recuerdos de un insoportable dolor; la vieja herida de su muslo palpitaba. Comenzó a retroceder, de espaldas. 

La elfa empuñó la daga negra, envolviéndose todavía más en el aura de sombra. Daradoth bajó su altura para protegerse con la muralla, y se alejó rápidamente. Volvió al Empíreo y se reunió de nuevo con los demás, un poco conmocionado.

—Tal y como yo lo veo, lo mejor es que vuelvas a intentarlo a mediodía —propuso Yuria—. Seguro  que es más fácil que por la noche. 

—Podemos sobrevolar la ciudadela a gran altura con el dirigible y usar la lente ercestre para asegurarnos de que no hay elfos en la torre —añadió Faewald.

Y así lo hicieron. El día siguiente, alrededor de mediodía, el Empíreo sobrevolaba la ciudadela indetectable, a enorme altura. Con el catalejo, Daradoth pudo ver que en el techo de la torre solo había dos soldados. Humanos. Suspiró con alivio.

—Aun así —dijo, contando lo que veía a sus compañeros—, prefiero permanecer vigilante y averiguar su rutina, antes de lanzarme a un nido de víboras.

Así que permanecieron estacionarios y vigilando desde el dirigible durante unas horas. El número de soldados fue cambiando a lo largo del día, pero ni rastro de la elfa oscura y sus compañeros. Ya por la tarde, prácticamente anocheciendo, los soldados se retiraron, dejando la azotea vacía. Aproximadamente quince minutos después, hacían acto de aparición tres figuras encapuchadas. Parecía que no querían coincidir con los humanos. «Perfecto, será más fácil así».

Tras descansar, poco antes del mediodía, volvieron a sobrevolar la ciudad, y Daradoth desapareció de la vista y se lanzó hacia la ciudadela. Lo primero que le llamó la atención fue la presencia de un nutrido grupo de caballos que el día anterior no habían estado allí. Pero enseguida se centró en el edificio del homenaje; había cuatro guardias en el tejado, pero esperaba que no supusieran ningún problema.

Tras un descenso algo accidentado, Daradoth se dispuso a inspeccionar todas las ventanas abiertas que hubiera en las fachadas de los cuatro pisos. Y tuvo fortuna. En la esquina noreste del edificio, a través de una de las pocas ventanas abiertas (reforzadas todas ellas, eso sí, con gruesas rejas), vio una habitación ocupada por cuatro mujeres. Tres de ellas parecían doncellas, y la cuarta, a la que dedicaban sus atenciones, sin duda coincidía con la descripción de la reina Armen. Parecían estar ayudándola a probarse un aparatoso vestido de ceremonia, y no había guardias presentes. Daradoth se quedó inmóvil, a la escucha. 

—La verdad es que estoy realmente emocionada —dijo la reina.

—Sí, mi señora —contestó una de las doncellas—, va a ser una boda preciosa. Magnífica.

«Una boda, maldita sea», pensó Daradoth. «Y ella no parece forzada en absoluto. ¿Acaso le han lavado el cerebro? ¿La habrán coaccionado? ¿O hechizado?». No podía esperar más; decidió utilizar sus poderes sin reservas, y abrió un pórtico en la fachada del torreón. Lo atravesó y se hizo visible, ante las miradas sobrecogidas de terror de la reina y sus doncellas.

—¡Rápido!  —gritó una—. ¡Vámonos de aquí, nos atacan!

El resto del grupo reaccionó, con dos de las doncellas agarrando a la reina para ponerla a salvo. Daradoth chasqueó los labios con un gesto de contrariedad. Decidió salir de allí y volver con sus compañeros. Les contó todo lo que había averiguado.

—Pues la situación es peor de lo que imaginaba entonces —dijo Yuria—. No solo se va a casar, sino que lo va a hacer voluntariamente.

—Algo raro pasa —dijo Galad.

—Sin duda. Tenemos que sacarla de allí y deshacer el hechizo, o el influjo que tengan sobre ella. Pero ahora va a ser mucho más difícil.

Por la tarde, Aldur se encontró aparte con Galad. El gigantesco paladín estaba preocupado por el destino de los creyentes de Emmán a los que estaban arrestando. Según había escuchado, los llevaban a un "centro de reeducación". Quizá podrían rescatar a algunos de ellos, si no a todos.

—Me sorprende lo poco que has pensado en esto, Galad.

—Es cierto, y me disculpo por ello —se santiguó—. Y tienes razón, pero tenemos asuntos muy urgentes que reclaman nuestra atención. Pero no te preocupes Aldur, haremos cuanto esté en nuestra mano.

Más tarde se reunieron de nuevo, para planificar la incursión definitiva que les permitiera sacar a Armen de allí. Le dieron muchas vueltas, porque era realmente complicado. Finalmente, Yuria zanjó la discusión, que parecía que no iba a acabar nunca:

—Ya está bien. Haremos lo siguiente: con el sol alto, sobrevolaremos la ciudadela a una altura suficiente para quedar fuera del alcance de sus proyectiles, y descenderemos con una maniobra brusca hasta la explanada junto a la torre. —Pensó durante unos momentos, haciendo unos garabatos en papel—. Haciendo cálculos de presión y temperatura, calculo que puedo hacer que el Empíreo descienda unos trescientos metros en poco más de treinta segundos. Será duro, no os voy a engañar, y nos lanzarán un montón de ataques, pero creo que la nave resistirá, dudo que las flechas o los pivotes supongan un problema serio. El verdadero problema serán los hechizos; teniendo artefactos que proyectan conos de luz, seguramente tendrán más sorpresas.

—Los paladines pueden encargarse de eso —dijo Galad.

—Parece arriesgado, pero realmente no veo otra alternativa —añadió Daradoth. 

—Hagámoslo —a Faewald  le brillaban los ojos, emocionado ante la perspectiva de salvar a su reina—, tenemos que rescatar a su majestad y execrar a ese arribista.

—Sí, pero será mañana, porque acaba de caer la noche —zanjó Yuria, aguando un poco las expectativas de Faewald. 

Así que se retiraron a descansar.

Pero no fue una noche tranquila. Cuando hacía un par de horas que Symeon había conciliado el sueño, algo lo sacudió. Una especie de onda de choque que conmovió su consciencia, y que lo hizo despertarse durante unos segundos en el mundo onírico. Vio a Nirintalath fugazmente, mientras sentía la fuerza pasar a través de su cuerpo, y se despertó en el mundo de vigilia. Agarró el pomo de Nirintalath y le preguntó mentalmente si era seguro que accediera al mundo onírico; no recibió una respuesta en palabras, sino más bien sensaciones, e, interpretando que lo que le había transmitido era seguridad, entró a la dimensión superior.

Todo parecía tranquilo; se encontraba a bordo de la representación onírica del Empíreo, y la figura de Nirintalath en su forma de muchacha se encontraba de pie, paciente, a su lado. Pero enseguida le llamó la atención algo: una enorme e infinitamente alta columna de Sombra, que se erguía donde debía de encontrarse el edificio del homenaje de la ciudadela en el mundo de vigilia. Tras unos minutos, la columna palpitó con un leve zumbido unas cuantas veces, y luego volvió a su estado de reposo. 

—Por favor  —dijo, volviéndose hacia Nirintalath—, haz el favor de avisarme si sucede algo fuera de lugar.

Nirintalath, que estaba muchísimo más calmada desde que hacía  unos días había sentido el dolor del ejército enemigo, se limitó a asentir con la cabeza. Symeon reunió inmediatamente al grupo para explicarles lo que pasaba. Galad apostó por que se trataba de un portal, y que alguien debía de haberlo atravesado.

—Pero de todas maneras no podemos hacer nada, así que me seguiría ciñendo al plan que trazamos ayer. La clave está creo yo, en que debemos hacerlo rápido, para evitar contraataques. 

—Descansemos, pues —apostilló Yuria—. Necesitamos estar despejados por la mañana.

A media mañana, sobrevolaron la ciudadela de nuevo; bajaban lentamente, mientras se preparaban para la incursión, Aldur organizaba a los paladines y Daradoth miraba por el catalejo. Los guardias de la muralla, entre los que se contaban varios ástaros, no los veían, pero permanecían atentos.

—Tenemos que ser muy rápidos en esto, Yuria. No creo que podamos aguantar mucho tiempo defendiendo el...

Se interrumpió. En la azotea había tres figuras encapuchadas... y algo más. 

—Hay tres elfos oscuros encapuchados, que miran de vez en cuando hacia arriba haciendo visera con la mano. Ni rastro de humanos. Diría que no quieren hacerlos coincidir. Pero lo más extraño es que entre los elfos, encadenado al suelo de la azotea, hay un arcón cerrado. Y parece un artefacto mágico en sí mismo.

—¿Será eso lo que notó Symeon esta noche? —aventuró Galad.

—Pues es muy probable —Yuria chasqueó la lengua, y se dirigió rápidamente al timón—. ¡Suras! ¡Egrenia! ¡Navegantes! ¡Preparaos, porque va a empezar el baile!

Daradoth tendió el catalejo a Symeon. Puso las manos en los hombros de sus amigos, desapareció a la visión mundana, y se lanzó por la borda. Voló rápidamente hasta la misma ventana del día anterior, rogando a Nassaroth que no hubieran cambiado los aposentos de la reina. La ventana estaba entreabierta, así que Daradoth escuchó. Soltó un suspiro de alivio cuando oyó la cháchara de las doncellas, y entre las voces, la de Armen, que recordaba claramente de la incursión anterior. Y además, sonaba un arpa. 

—La reina está aquí —transmitió su voz a través del Ebiryth, donde Yuria lo oyó claramente—. En la habitación que os dije ayer; proceded.

Yuria inspiró hondo y empuñó los mandos del dirigible, mientras Symeon recibía el artefacto enano de manos de Suras. El dirigible fue describiendo círculos, bajando de cota a una velocidad considerable, lo que alteró el estómago de algunos de los pasajeros. El Empíreo vibraba, fulguraba y se encontraba envuelto en las quedas fanfarrias celestiales que anunciaban el empleo del poder de Emmán. 

Abajo dieron las voces de alarma, y comenzaron a sonar las campanas. Ya habían visto el ingenio volador y se aprestaban a hacerle frente. Symeon se aseguró, enredando el brazo en una jarcia, dispuesto a usar el artefacto en cuanto recibiera la señal de su amiga.

El Empíreo llegó a la cota aproximada de trescientos metros. Una bola de fuego surgió de una de las torres dirigiéndose hacia ellos; pero no tuvo el alcance suficiente, y explotó antes de alcanzarlos.

—¡Suras, Egrenia! —rugió Yuria—. ¡Ahora!

Los tripulantes abrieron las compuertas y escotillas necesarias para prácticamente vaciar la bolsa de gas del dirigible, y este se precipitó en una caída vertiginosa hacia tierra. Galad, Symeon, Aldur, Faewald y la propia Yuria sintieron como si durante unos instantes sus pies y sus estómagos quisieran separarse de la madera de cubierta y de sus cuerpos respectivamente. Algún miembro de la tripulación perdió el equilibrio y la compostura durante unos segundos.

Daradoth hizo aparecer un pórtico en la fachada. Quien estaba tañendo el arpa, al parecer un juglar de largo bigote y perilla, dejó de hacerlo, y las mujeres dejaron de charlar y reírse. Todos se callaron y  miraron hacia hueco que había aparecido en la pared. No parecía haber guardias en la habitación, pero las mujeres y el juglar corrieron hacia la puerta, asustados y dando voces de alarma.

El Empíreo cayó durante unos treinta segundos. Decenas de flechas y pivotes de ballesta golpearon contra el casco y el globo, y alguna alcanzó a alguno de los pasajeros, sin herirlos de gravedad. Los paladines levantaron sus protecciones celestiales, invocando el poder de Emmán, y consiguieron anular la mayoría de las bolas de fuego que les lanzaron desde las murallas. Pero una de ellas traspasó las defensas, e impactó en la proa de la nave. Dos de los paladines, Egrenia, Sharëd y Arakariann fueron afectados por el fuego, afortunadamente sin efectos graves. Pero un conjunto entero de jarcias fue afectado, resintiendo así la navegación del dirigible.


jueves, 12 de marzo de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 22

Explosión de Dolor y Viaje a Usturna

La explosión de dolor fue brutal. Los cuerpos de los enemigos se vieron sacudidos por oleadas de sufrimiento invisible, que Symeon percibió a través de su vínculo espiritual con Nirintalath. Apretó los dientes hasta que chirriaron, notando cómo sus enemigos se estremecían y retorcían, gritando desgarradoramente.

—Atroz —Yuria rompió el silencio que sus compañeros guardaban desde lo alto de las murallas. Una onda de suave resplandor verdemar se había extendido en círculo alrededor de Symeon, aniquilando todo lo que encontraba a su paso (personas, caballos, perros, insectos, todo) con un sufrimiento más que evidente.

Estallido de Dolor

Al disiparse el fulgor, el propio Symeon pareció encorvarse durante un momento, sufriendo. 

—Es peor de lo que imaginaba —añadió Daradoth, contestando inconscientemente a su amiga. Con su vista élfica podía ver los horribles rictus de los afectados por la explosión. Se tuvo que forzar a recordar que eran enemigos en una guerra existencial.

A bordo del Empíreo, Galad contemplaba la escena asomado a la borda. Aldur se encontraba a su lado. 

—Esa espada debe de haber salido del mismísimo infierno, hermano —dijo el enorme paladín, sorprendido.

—Sí, no cabe otra explicación —coincidió con él Garedh, el padre de Galad. 

Horrorizado, con las lágrimas asomando a sus ojos, Symeon se recompuso como buenamente pudo y se giró hacia la fortaleza. En el fondo de su mente, notaba cómo Nirintalath parecía regocijarse y extasiarse en la agonía que había provocado. La envainó y retrocedió rápidamente hacia las puertas de Rheynald. Yuria y Faewald se dirigieron rápidamente hacia la puerta para recibirlo, y allí lo intentaron abrazar, aunque Symeon los apartó y se acurrucó al entrar, presa del estupor y la conmoción por lo que había hecho. La ercestre puso su mano en el hombro del errante mientras Daradoth llegaba a su altura.

—Tranquilo, Symeon —dijo el elfo—. Sé que debe de haber sido duro, pero imagina esa espada en manos de nuestros enemigos. Eso sí sería una desgracia. 

—Descansa ahora, Symeon —zanjó Yuria—. Nosotros nos encargamos a partir de aquí. 

El contingente que habían preparado para la ocasión se puso en marcha, obedeciendo las órdenes que Yuria rugía. Avanzaron rápidamente sobre el campamento enemigo, presa del caos y el pánico por el dolor y las estrellas de Osara que llovían por doquier. Las legiones enemigas no tardaron en huir, abandonando sus campamentos y sus máquinas de asedio, que los esthalios se apresuraron a destruir. La hueste se retiró rápidamente, antes de que las tres legiones de refuerzo pudieran reaccionar, así como los dirigibles, que se elevaron más allá del muro fronterizo.

Unas horas más tarde, ya tranquilos y a solas en Rheynald, el grupo se reunió. Todos transmitieron sus preocupaciones acerca del uso de la Espada del Dolor, aunque Yuria también hizo todo lo posible por que Symeon no se sintiera culpable: al fin y al cabo estaban en guerra, una guerra existencial, y tenían que usar todos los medios a su alcance para lograr prevalecer. Faewald ofreció a Symeon su compañía esa noche, y el errante aceptó de buen grado; iba a ser una noche plagada de pesadillas, y la presencia de su hermano juramentado sería más que bienvenida.

La mañana trajo novedades.  Aún no había salido el sol cuando los vigías dieron nuevos informes: los enemigos habían levantado el campamento y se marchaban.

—Deberíamos seguirlos con el Empíreo —dijo Daradoth.

—No sería mala idea, pero eso nos haría perder tiempo —objetó Galad—. Tened en cuenta que tenemos dos asuntos muy importantes que resolver: el paradero de la reina y la liquidez de la Federación. No me había dado tiempo a comentártelo hasta ahora, Yuria, pero lady Ilaith está muy preocupada por la interrupción del flujo de kuendar y oro. Calcula que podrá mantener los ejércitos expedicionarios durante unos dos meses, si no resolvemos el problema en las minas de las Darais.

—Eso es de la máxima importancia, desde luego —anunció Yuria—; pero cada día cuenta para localizar a la reina, y más ahora que ya no podemos contar con que los dirigibles son un secreto. Tenemos que ver si es cierto que está en Usturna, y si es posible, liberarla. Debemos hacerlo rápido para encargarnos lo antes posible de las minas. No olvidemos tampoco que las tropas de la Federación llegarán en unos tres días a la frontera con Gweden y tenemos que enviar a los paladines al frente.

—Perfecto —zanjó Daradoth—. Salimos hacia Usturna lo antes posible.

Antes de partir, Symeon se dirigió al campamento de los errantes, donde se encontró con Stavros, para despedirse y hablar con Azalea. Como siempre, la muchacha tuvo un efecto calmante en él, aliviando mucho su tormento por lo que había sucedido la noche anterior. Se despidieron sentidamente.

—No tardes en volver, Symeon —dijo la joven—. La próxima vez me gustaría partir contigo.

—Hablaremos de ello, no te preocupes —«espero que puedas sacar a Ashira de mi corazón», pensó.

La legión sermia también se despidió de Yuria. Tenían órdenes de volver al frente cuando Rheynald estuviera fuera de peligro, y así iban a proceder. La ercestre les dio su bendición y les deseó buen viaje, pero "sugirió" un cambio de planes. Le parecía mejor idea que la legión viajara por territorio esthalio hasta la frontera sur, escoltada a distancia por el Horizonte con los paladines. De esa manera podrían coger por sorpresa y con una maniobra de pinza a las guarniciones fronterizas. El general de la legión no se opuso, apabullado y conocedor del genio militar de Yuria; esta le dio una carta con las nuevas órdenes, escrita y firmada de su puño y letra, y en pocas horas tanto la legión como los paladines partían hacia el suroeste.

El día siguiente, el grupo y los pasajeros habituales partieron a bordo del Empíreo con rumbo a Usturna. Seguramente los rumores acerca de los dirigibles y los paladines debían de estar corriendo como la pólvora, así que tomaron todas las precauciones posibles. Siguieron el curso del río Rowen, sobrevolando Jorwen y otros pueblos de menor importancia. En casi todos ellos pudieron avistar iglesias emmanitas quemadas, lo que les sorprendió sobremanera. Por la tarde llegaron a la vista de Usturna, una ciudad grande y populosa en la ría de desembocadura, con un puerto considerable. En la parte interior se podía ver la ciudadela, enorme y antigua. Daradoth miraba a través de la lente ercestre; algo llamó su atención en el puerto:

—Maldita sea. Hay tres galeones negros anclados en la salida del río. Y en la ciudadela parece que hay una basílica, pero creo que la han violentado. No veo las cruces emmanitas en las torres, y una parte parece quemada también.

—Ese condenado Robeld de Baun debe de haber renegado de su fe —Galad escupió las palabras con desprecio.

Revelada la presencia de tres de los imponentes barcos negros de la Sombra, a Galad se le ocurrió algo. Elevó una súplica a Emmán y obtuvo el poder necesario para lo que quería.

—El príncipe de Ladris, Deoran Ethnos, está en algún lugar allá abajo, en la ciudadela. Lo han traído aquí, puedo sentirlo.

—Entonces es posible que la reina Armen también se encuentre aquí —añadió Yuria.

—Por desgracia, Emmán no puede ayudarme con ella, no la he visto nunca en persona ni sé cómo es. 

—La cruz de la moneda es que seguramente también estén por aquí el brazo de la Sombra y la elfa oscura con la kothmor —dijo Symeon, pensativo.

Poco tiempo después, al atardecer, Symeon, Yuria y Faewald desembarcaban vestidos con ropas neutras y se dirigían a las puertas de Usturna. El resto habría llamado demasiado la atención en la ciudad. La población parecía en estado de alerta (que no de excepción), el ambiente estaba tenso, pero las puertas permanecían abiertas. Entraron a una posada llamada El Yelmo Astado, donde un juglar tocaba el laúd y cantaba una bella canción.

Symeon echó un vistazo a su alrededor. En una de las paredes se notaban los restos de una silueta, que habían intentado limpiar pero no lo habían conseguido del todo. Otrora había colgada allí una cruz emmanita. Además, aguzando el oído, pudieron escuchar algunas conversaciones, entre ellas una que les llamó especialmente la atención: "mejor no hablemos de Emmán aquí".

Ya entrada la noche, Daradoth hizo uso de sus poderes sobrenaturales para sobrevolar invisible la ciudad. En la ciudadela pudo ver un grupo de soldados, ástaros puros, que le llamó la atención por el tono de su piel, de un color canela que nunca había visto en los antecesores, y por sus uniformes, exóticos y muy diferentes de los estándares esthalios.

Por la mañana, Symeon, Yuria y Faewald salieron de la ciudad después de haber pasado la noche en la posada. Los guardias patrullaban en parejas y tríos, deteniendo a aquellos que parecían sospechosos. Volvieron al Empíreo y compartieron sus sospechas de que se había prohibido el emmanismo en Usturna. Más tarde, Symeon usó sus habilidades para disfrazar a Galad, disimular su aspecto, y así que pudiera acompañarlos a la ciudad. De esta manera, pudieron franquear las puertas de la muralla exterior sin problemas.

Cuando llegaron a la zona del mercado, pudieron escuchar gritos y quejidos a lo lejos. Se acercaron rápidamente, para ver cómo una patrulla había arrestado a un hombre y a su hija, mientras una mujer los seguía, llorando y suplicando que no se los llevaran. Uno de los guardias llevaba un crucifijo en una mano, que debían de haberle arrancado a alguno de los detenidos. 

No fueron muy lejos, pues se quedaron en el centro de la plaza, donde el público se acercó, curioso. El líder de los guardias, un hombre que parecía curtido en mil batallas, de rostro adusto y severo, gritó:

—¡Por el decreto del lord  marqués de Arnualles, los adoradores del traidor Emmán, serán arrestados e internados en un centro de reeducación! ¡Tomad buen ejemplo! ¡Emmán ya no es bienvenido en esta ciudad! ¡Ya no es bienvenido en esta marca!

Galad apretaba los dientes. Se cuidó de decir ni susurrar nada, ante la posibilidad de la presencia de guardias no uniformados y la falta de reacción en la muchedumbre. Los guardias se marcharon con los prisioneros, seguidos de cerca por la mujer suplicante. 

—Vamos a ver si podemos sonsacar algo a algún sirviente, esperemos en aquella puerta —dijo Galad, señalando uno de los portones de la muralla de la ciudadela.

Al poco rato, salían dos mozos de cuadras, apenas unos muchachos, pero prefirieron esperar. Más tarde salió un grupo de cuatro ástaros extraños, de piel canela y uniformes extraños. Después, carros de varios comerciantes. No tuvieron suerte y no aparecieron criados. No obstante, por la tarde, mientras esperaban, resonaron cascos de caballos. Una columna de caballería se acercaba a la ciudadela, alrededor de una cincuentena. Muchos jinetes, que lucían el escudo del yelmo ribeteado de Robeld de Baun, llevaban cogido por las riendas un segundo caballo con alforjas e impedimenta. Al frente de la columna parecían ir varios nobles, seguramente banderizos de Arnualles. Entraron en la ciudadela al trote, sin que los guardias pusieran impedimento alguno.

—Quizá deberíamos buscar algún lugar donde se reúnan los que todavía sean fieles a Emmán. O al menos, intentar averiguar algo sobre eso —propuso Symeon. 

—Sí, pero no sabría ni por dónde empezar —contestó Yuria, un tanto hastiada.

Galad entonó una queda oración, y refulgió por un brevísimo instante.

—El príncipe Ethnos se encuentra en el edificio del homenaje, en algún piso superior —informó—. Apuesto a que la reina también se encuentra allí.

—El problema es cómo entrar.

—Habrá que ver si a Daradoth se le ocurre algo. 


jueves, 19 de febrero de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 21

Resistiendo el Asedio. Llegan Refuerzos.

El viaje de ida y vuelta de Galad a Eskatha le llevaría en torno a diez jornadas, sin contar la preparación logística y la reunión de los paladines. Confiaban en que el general a quien Daradoth había confrontado mantuviera la sugerencia forzada de no atacar en siete días, pero aun así no sería suficiente para contar con que los paladines reforzaran la defensa.

Viendo lo prolongada que iba a ser su ausencia, Galad dio órdenes al capitán Suras para dar un pequeño rodeo hacia el sur. El Empíreo llegó así a Doedia, la capital de Sermia, donde la reina Irmorë, la duquesa Sirelen, los bardos y el resto de nobles lo recibieron con todos los honores.

—Hace poco recibimos el mensaje de lady Ilaith  —dijo la reina—. Estamos preparando todo para que la legión del Ducado de Filtar parta hacia Esthalia en unas horas. 

—Precisamente iba a enviar la nota lacrada cuando nuestros vigías avistaron el dirigible —añadió la duquesa.

Galad también aprovechó para mantener una breve conversación con los paladines que habían dejado destacados en Doedia, que se alegraron sobremanera al verlo. Le contaron algo inquietante:

—Hace unos días sucedió algo muy extraño. Hubo un temblor de tierra, fue como un terremoto, pero... fue como algo...

—Algo elástico —añadió otro de los paladines—. El castillo pareció alargarse, y luego encogerse. Fue realmente singular.

«Debió de ser el terremoto que observamos desde el Empíreo, esa especie de ola en la tierra», pensó Galad, que intentó tranquilizar a sus compañeros:

—Cosas extrañas están sucediendo por toda Aredia, hermanos; pero con la voluntad de Emmán de nuestra parte, todo se arreglará. Confiad en mí.

Aquellas sencillas palabras tuvieron un efecto impresionante; los paladines parecieron erguirse y sus ojos brillar con el fulgor de la fe.

Sin tardanza, Galad se puso de nuevo en marcha hacia Eskatha, informando a Daradoth a través del Ebiryth de que pronto llegaría una legión desde el sur.

En Rheynald, los enemigos seguían con la construcción de máquinas de asedio y preparando sus tropas, pero en los siguientes días no parecieron tomar ninguna acción ofensiva. «Menos mal», pensó Daradoth, «es preferible que Symeon no tenga que utilizar la Espada del Dolor, por lo que pueda pasar».

Un par de días después de la partida de Galad, Symeon se dirigió a reunirse con Azalea, Stavros y el resto de los errantes. La muchacha se alegró muchísimo cuando lo vio, y se abrazó a él. Bastante rato, para turbación de Symeon, que intentó olvidar a Ashira mientras aspiraba el suave aroma a jazmín de Azalea. Tras la alegría inicial, los errantes no pudieron ocultar su sorpresa ante el aspecto de Symeon; más alto, más recio, más... impresionante. Tras asegurarse de que todo estaba bien en el campamento apelotonado dentro de los muros, esa misma noche decidió entrar al mundo onírico. Nada más dejar su yo de vigilia y entrar en la dimensión superior, el errante notó que el suelo a sus pies estaba inestable, como si fuera a quebrarse en cualquier momento; le costaba horrores mantenerse en pie, y notaba que, inminentemente, el firme se iba a hundir. Nirintalath, en su aspecto de muchacha, lo observaba sin denotar emociones. Alargó su mano hacia ella, presa del pánico, recordando la vez anterior que había sucedido esto y que se había hundido hacia lo que suponía que era la dimensión de Dolor. 

Gritó, desesperado, y haciendo uso de todo lo que había aprendido durante los últimos meses consiguió aguantar lo suficiente para salir sano y salvo, aunque profundamente agitado, al mundo de vigilia. Daradoth, vigilando, solo había visto cómo Symeon se agitaba inquieto un par de segundos. El errante despertó, convulso.

La sexta noche desde la partida de Galad, sobre las tres de la madrugada, Daradoth se encontraba inspeccionando el muro del bastión norte tras haber descansado en el breve sueño de los elfos. De pronto, por pura casualidad, algo llamó su atención. Se asomó entre las almenas y vio cómo varias figuras vestidas con ropajes oscuros estaban escalando el muro. Dio la voz de alarma y desenfundó a Sannarialäth, que refulgió con su luz plateada. Varias figuras habían conseguido llegar al pasaje del muro, y el cuello de uno de los guardias fue atravesado por una flecha. Pero no eran enemigos para la habilidad de combate de Daradoth, y tras un par de muertos, el resto huyó sin oponer demasiada resistencia.

—Querían probar las defensas, sin duda  —dijo Daradoth, cuando más tarde se reunió con Yuria y los demás.

—Reforzaremos los puntos de luz, ya que no disponemos de más guardias —anunció la ercestre.

 El día siguiente al de esta escaramuza, poco antes de mediodía, unos cuernos resonaron en el valle del sur de Rheynald. Cuernos sermios. Por fin llegaba la legión de Fíltar que había enviado la reina Irmorë. Daradoth y Yuria pronto lo confirmaron visualmente, y la guarnición estalló en vítores de júbilo. Al frente de la legión, bajo el orgulloso estandarte del águila de Fíltar, marchaban dos caballeros esthalios, viejos conocidos del grupo en Doedia.

Improvisando una plataforma y un transportador a base de bueyes y mulas, consiguieron librar la muralla sur y permitir que la legión entrara en Rheynald, entre exclamaciones de regocijo y alivio contenido de los residentes. Yuria saludó cortésmente a los dos caballeros esthalios y a los capitanes sermios, y se aprestó a dar las órdenes pertinentes. Ahora sí que sería imposible que los enemigos tomaran la fortaleza al asalto.

***** 

A bordo del Empíreo, Egrenia anunció por fin el avistamiento de Eskatha. El dirigible descendió sobre la colina noble, donde Galad se encontró rápidamente con Ilaith, Meravor y otros delegados. El paladín puso al día de la situación a lady Ilaith, le habló del sitio de Rheynald y la llegada de una legión Sermia como refuerzo, y lo que habían averiguado acerca del paradero de la reina Armen.

—No obstante, mi señora —dijo—, necesito trasladar a Rheynald al máximo número de paladines de Osara para aliviar la presión y, si es necesario, pasar a la ofensiva.

—Muy bien, entonces, seguimos adelante con el plan. Ya envié los mensajes pertinentes a Doedia, al príncipe Progerion, a Karela Cysen y a los Kenkad. En un par de días estaremos embarcando legiones en los dromones.

—Hay que tener cuidado —advirtió Galad—, pues habrá galeones negros en las costas esthalias.

—Sí, no tenía dudas sobre ello. Desembarcaremos en Krül y atacaremos por tierra. En otro orden de cosas —continuó Ilaith tras unos segundos de pausa—, me preocupa la financiación de nuestros ejércitos. El suministro de kuendar se ha detenido completamente, y el de oro se ha visto sumamente afectado por los problemas en las minas de las Darais. Según dijo Symeon, es un problema en el mundo onírico, así que querría que le transmitieras la gran urgencia de ese asunto; necesito que os encarguéis de ello en cuanto sea posible. Si no, en cuestión de un par de meses, nuestros ejércitos destacados en el extranjero pueden quedar desabastecidos.

—Perded cuidado, me encargaré de ello.

Tras hablar con Aznele Ereven y con Orestios y prometer a Ilaith que con Rheynald liberado trasladarían rápidamente a los paladines al frente, a mediodía del día siguiente, Galad partía a bordo del Empíreo con el Horizonte junto a ellos repleto de paladines emmanitas y osaritas.

*****

Previendo la posible filiación de los dos caballeros argion a la causa del rey Randor, Symeon y Yuria hicieron un aparte con ellos, planteándoles la dureza de la situación actual y la traición de la que, junto con Valeryan, habían sido objeto en el pasado. Los caballeros, que llevaban mucho tiempo fuera del reino, se mostraron resistentes a aceptar una traición de su rey, pero finalmente el errante y la ercestre parecieron convencerles de la necesidad de enfrentarse a Robeld de Baun y encontrar a la reina. Una vez resuelto ese tema, Yuria se dedicó de lleno a evaluar sus fuerzas.

—Con esta legión reforzándonos, somos perfectamente capaces de levantar este asedio y mandar a nuestros enemigos al Erebo. 

—De hecho —informó Egwann de Vauwas, el castellano, con una ligera sonrisa—,  en cuanto vieron que recibíamos tropas de refuerzo, esos bastardos se han puesto a cavar fortificaciones.

*****

"Uf, no contaba con esto", pensó Galad, impaciente. El retorno a Rheynald estaba siendo más lento y desesperante que la ida a Eskatha, pues los dirigibles tenían que adaptarse a la velocidad del enorme Horizonte, repleto de ocupantes. Hacía rato que había caído la noche, y sobrevolaban la depresión del Bair, las bellísimas y extensísimas tierras de cultivo que regaba el río del mismo nombre y sus millares de afluentes.

De súbito, precedido por un molesto picor en la nuca y una especie de curvatura en el aire, un brutal sonido que después Galad juraría identificar como un titánico rugido retumbó desde todos los lugares y desde ninguno. Sus tímpanos parecieron a punto de estallar y se tapó los oídos, aunque de poco sirvió tal gesto. Aun así, la enorme fortaleza y voluntad de Galad le permitió resistir el repentino mareo y nauseas que le provocó la onda de choque y el propio sonido, de un volumen insoportable. A su alrededor, la mayoría de la tripulación (¡incluyendo a su padre Garedh!) cayó inconsciente sobre la cubierta. En el Horizonte parecía estar sucediendo lo mismo. Galad hincó una rodilla y cerró los ojos. En la negrura, entrevió por un instante una enorme bestia draconiana que parecía azotar el mundo entero con sus alas y su cola. Tras unos segundos, notó a través de los párpados una subida tremenda de luz ambiente. Hizo acopio de toda su tenacidad para abrir los ojos, parpadeando rápidamente por la intensa luz. Era de día. Un día vibrante, caluroso y luminoso. El sol estaba en lo alto, pero... ¿vibraba? Sí, vibraba claramente, no estaba fijo. Galad volvió a cerrar los ojos.

Tras un par de minutos de indescriptible agonía, el sonido cesó. Conteniendo sus náuseas y recomponiéndose rápidamente, hizo reaccionar al capitán y la tripulación y consiguió que los dirigibles finalmente aterrizaran. Once personas, entre paladines (tres de Osara y seis de Emmán) y marinos (dos), no pudieron recuperarse del trance, entrando en un coma que Galad no pudo hacer nada por remediar. «Oh, Emmán bendito», pensó. «¿Acaso no va a haber más remedio que acabar con todo antes de que no haya vuelta atrás? Tiene que haber otra forma; pero cada vez veo menos opciones».

Un par o tres de horas después, ya lo suficientemente recuperado, Galad informó a sus amigos de lo que había sucedido a través del Ebiryth

***** 

En Rheynald, Yuria y los demás, de acuerdo con lady Edith, Ewann y Siegard Brynn, organizaron un encuentro con los generales de las legiones enemigas. Haciendo uso de los poderes que le permitían sobrevolar el campo de batalla, Daradoth había visto las máquinas de asedio terminadas y abundancia de munición tras las filas enemigas, así que era hora de acabar con aquello; realmente no creían que los paladines fueran necesarios.

La contestación no fue la esperada por el grupo.

—Han dicho que tienen que pensarlo —dijo el mensajero que habían enviado.

Las dudas del porqué de aquella contestación se despejaron al caer la tarde. El sonido de varios cuernos anunció la llegada de otras dos legiones enemigas desde el noreste, enarbolando los estandartes con el símbolo del yelmo del marqués de Arnualles.

—Deberíamos atacar ahora —urgió Daradoth—. Antes de que se asienten y se organicen.

—Pero no podemos precipitarnos —respondió Yuria—. No podemos lanzar a la gente a través de la puerta a lo loco. Galad debe de estar a punto de llegar.

—Es fácilmente comprobable. —Daradoth sacó el búho de ónice—. Galad, ¿me oyes? 

—Sí, aquí estoy —respondió el búho, reproduciendo las palabras del paladín.

—¿Os falta mucho para llegar? Los enemigos han recibido dos legiones de refuerzo, y posiblemente haya más en camino.

—Según Egrenia, estamos a poco más de tres horas de travesía.

Yuria pensó rápidamente, y trazó un plan:

—En cuanto lleguéis, sobrevolad el campamento enemigo y que los paladines de Osara utilicen sus poderes divinos. Si no me equivoco, harán caer una especie de estrellas fugaces sobre los enemigos. Aprovecharemos la distracción para que Daradoth teleporte a Symeon a la explanada y utilice los poderes de la espada.

—Entendido. Iremos todo lo deprisa que sea posible.

Un par de horas después se empezaban a escuchar los primeros estallidos y a ver los primeros resplandores de las espectaculares estrellas que los paladines de Osara invocaban desde el cielo.

—¿Preparado? —preguntó Daradoth a Symeon.

Symeon desenvainó a Nirintalath. Un incómodo zumbido sordo hizo que todos los presentes, excepto Yuria, rebulleran nerviosos.

Daradoth canalizó la Esencia hacia Symeon, y el errante desapareció, para aparecer inmediatamente allá abajo, a unos treinta metros de las murallas. Daradoth lo podía ver perfectamente; el resto solo veía el ligero fulgor verdemar de la espada. El errante se movió a la velocidad del rayo hacia el campamento enemigo, y alzó sobre su cabeza la Espada del Dolor.

Symeon con Nirintalath


miércoles, 21 de enero de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 20

Rheynald bajo Asedio

Una mirada rápida de Symeon le confirmó que tanto los inmaculados como los errantes que habían acampado en el exterior de los muros, habían podido ponerse a salvo antes de que el asedio hubiera tenido lugar.

—Cómo nos alegramos de veros de nuevo aquí  —dijo lady Edith.

—Y nosotros, mi señora —le contestó Symeon—. Y más aún en estas circunstancias, nos alegra ver que estáis todos bien.

—Afortunadamente no se han lanzado todavía al asalto —intervino Egwann—, porque no sé si los muros de la parte esthalia podrían contenerlos.

—Por la mañana los inspeccionaremos y haremos lo que podamos para reforzarlos —contestó Yuria, dirigiéndose hacia el interior de la fortaleza.

Allí les pusieron en antecedentes y les detallaron las fuerzas con las que contaban. Poco más de cuatrocientos soldados para defender Rheynald, el muro, y el bastión norte, más un centenar de hombres que habían aportado el pueblo y los inmaculados. No creían que el propio marqués de Arnualles estuviera entre las tropas, pues a estas alturas ya lo habrían visto; al fin y al cabo, Rheynald no era más que una fortaleza fronteriza.

—Si no fuera por esas ruinas que descubrimos hace unos meses bajo los calabozos, estaría de acuerdo con vos —dijo Symeon, consciente de la ligera comezón en su nuca—. Pero eso hace que Rheynald no sea una fortaleza común y corriente.

—¿Creéis que están aquí por eso? 

—No lo sé, pero no podemos descartar nada. Cierto es que si fuera por eso, seguramente habrían dedicado más tropas a la labor. 

—El caso es que hace unos días —continuó Egwann— se cortó el flujo de suministros desde Gweden, aunque hemos acumulado buenas reservas, y con los pozos de agua calculo que podríamos resistir un asedio durante varios meses. Y cuando llegaron las tropas enemigas, hace dos jornadas, enviaron una delegación a las puertas, exigiendo nuestra rendición y sometimiento a Robeld de Baun. De momento, hemos estado ganando tiempo, pero ya están construyendo ingenios de asedio imaginándose nuestra respuesta.

Rheynald

 

—¿Quién habla en nombre del marqués?  —inquirió Symeon.

—Los generales de las legiones, se llaman Gothald de Yrthen y Neylann Sarthos. 

—¿Y tenéis alguna idea de cuál puede ser el paradero de la reina? —intervino abruptamente Daradoth.

—Lo último que sabemos es que fue capturada por las fuerzas de Arnualles, y Nátinar Sur tomada y ocupada —contestó lady Edith. 

—También llegaron algunos rumores —añadió Siegard Brynn, aclarándose la voz—, que descartamos por demasiado fantasiosos, sobre que Arnualles cuenta en su ejército con efectivos capaces de hacer explotar bolas de fuego y de invocar relámpagos y tormentas. A la luz de todo lo que nos habéis contado últimamente, no creo que se deban ignorar a la ligera. 

Galad susurró quedamente al oído de Yuria:

—Podríamos levantar el asedio relativamente rápido trayendo el Horizonte con carga plena de paladines, de Osara preferiblemente —la ercestre asintió con un gesto, de acuerdo con el paladín.

—Al amanecer haremos una evaluación completa y decidiremos el curso de acción —anunció Yuria—. Ahora, debemos descansar; pero antes, me gustaría hacer una visita a la excavación.

—Por supuesto; confiamos plenamente en vosotros.

En el camino hacia los restos subterráneos Symeon aprovechó para entablar una rápida conversación con el padre Ryckar, que confirmó que desde hace unos meses no tenía contacto con la Iglesia ni con los clérigos amigos.

—Además, por lo que he oído —añadió el cura—, la Iglesia quiere crear un estado independiente, ha declarado apóstatas a los paladines de Emmán, e incluso ha contratado mercenarios del Káikar para luchar en su favor. Han perdido totalmente el norte.

—Nos dejáis de piedra, padre —dijo Symeon, mirando a los demás—; muy bajo hay que caer para contratar kairks por la causa emmanita. En fin, nos encargaremos de ello a su debido tiempo.

También hicieron una breve visita a Valeryan, donde comprobaron el bienestar de su amigo y Galad evaluó la situación de cara a un posible intento de curación. El anterior, en la caravana errante, había resultado casi en una catástrofe sin retorno, y no quería volver a repetir los mismos errores. «He de prepararme bien para esto», pensó, y sin más dilación se dirigieron al antiguo mausoleo soterrado.

En la entrada de los antiguos calabozos (que ahora se habían trasladado par dejar sitio a la excavación, y a su vez había sido detenida por la guerra) oyeron una voz familiar, ligeramente siseante. Era Toldric, el muchacho deforme, que abrazó con fruición a Yuria cuando esta se acercó con una sonrisa radiante.

—Soñé... soñé que volvíais esta noche —dijo el muchacho, como siempre emocionado en presencia de Yuria—, y aquí estáis.

—Así es, vamos a solucionar toda esta situación, Toldric. ¿Te siguen tratando bien? 

—Sí, mi señora, me tratan bien. Excelente. Gracias.

Bajaron al subterráneo por un pasaje mucho más amplio que el que utilizaron la primera vez, con las mismas sensaciones de calor intenso y de comezón en la nuca. En la primera ocasión solamente Daradoth había podido sentir el ligero picor, pero ahora los cuatro lo sentían. Y, lo que es más, allí bajo, Galad sentía mucho más cercano el poder de Emmán, como un faro que casi lo deslumbraba. 

Ahora, a la luz de las revelaciones del diario de Avaimas, Yuria lo veía todo con una perspectiva renovada. El aspecto general del lugar, la falta de ángulos y la presencia del sarcófago hizo que sacara una conclusión clara:

—Este lugar no debió de ser una de las pirámides. Estoy convencida de que se trata más bien de un mausoleo titánico; en el libro, Avaimas los menciona de pasada, dando a entender que fueron los precursores de las ûrzaûmnos. Seguramente —prosiguió—, dentro del sarcófago estará el cadáver de un titán perfectamente preservado, que sería parte de un ritual para "la ascensión a las esferas superiores de existencia", sea eso lo que sea.

—¿Y no da ninguna clave para abrir estos sarcófagos en el libro? —preguntó Symeon.

—No, ninguna; pero si esto es una tumba y dentro está el cuerpo de un titán preservado, algo me dice que no sería muy buena idea abrirla. 

Tras unos instantes de silencio pensativo, a Daradoth se le ocurrió algo:

—Quizá podríamos hacer uso de nuestras habilidades con la Vicisitud para "ver" qué hay más allá del derrumbe, o más bien, qué hay bajo él —sugirió. 

—Es una buena idea —coincidió Galad.

Se concentraron durante unos segundos, sintiendo el entorno e intentando ignorar el agobiante calor para abrir su mente a la realidad subyacente. Fue Galad quien consiguió expandir su percepción lo suficiente para sentir las ya familiares (aunque siempre abrumadoras) hebras de realidad.

—Lo tengo —dijo el paladín, intentando poner sus pensamientos en orden—, estoy sintiéndolo... más allá de las rocas hay un segundo sarcófago, y más allá... hay otro. Y otro. Y otro... creo que hay unos diez sarcófagos. Y más allá... unos hilos extraños, una vibración más... tensa.

Describió lo mejor que pudo lo que sentía en esos hilos extraños, que, según su mente lo racionalizaba, parecían vibrar longitudinalmente en lugar de transversalmente, y prolongarse hacia "arriba", hacia muy "arriba".

—Creo que eso que describes correspondería a un artefacto de gran poder —dijo Symeon, con la voz entrecortada, pues el esfuerzo de concentración para intentar sentir la Vicisitud lo había dejado víctima de una dolorosa migraña, igual que Yuria, que era presa de vómitos. Decidieron dejarlo ahí por el momento y retirarse a descansar; había sido un día muy largo.

 

La mañana siguiente discutieron la conveniencia de traer a los paladines desde Eskatha en el Horizonte.

—Pero antes —dijo Yuria—, creo que deberíamos evaluar la posibilidad de capturar a uno de los generales enemigos.

—¿Creéis que realmente tenemos los medios para ello? —preguntó Siegard, enarcando una ceja.

—Creo que sí —Yuria miró a Daradoth—. Daradoth tiene unos recursos muy interesantes. ¿No es así?

—Podríamos intentarlo —afirmó lacónicamente Daradoth. 

Pocas horas después sobrevolaban con el Empíreo el campamento enemigo, muy arriba a salvo de miradas indiscretas, haciéndose una idea de la cantidad de guardias y el terreno que se encontraría Daradoth en su incursión.

Y ya caída la noche, con una luna casi oculta que permitiría a Daradoth moverse en la oscuridad, el elfo descendió volando silenciosamente desde el dirigible. Encauzó un poco de Esencia hacia los dos guardias que custodiaban la tienda del general, y estos sonrieron cuando se retiró la capucha y les mostró su rostro, recordándolo como a un buen amigo. 

—Necesito entrar —dijo, intentando parecer amable.

—Por supuesto —uno de ellos se hizo a un lado.

El general dormía, con una mujer al lado. Daradoth los despertó, canalizando un poco más de su poder. Ambos se relajaron después del sobresalto inicial al ser sacados de su sueño.

—¿Qué haces aquí a estas horas?  —preguntó el general rascándose un ojo, como si lo conociera de toda la vida.

—Es que tengo mucha urgencia. Necesito encontrar a su majestad la reina Armen, ¿no tendrás alguna pista de su paradero?

—Pero maldición, ¿tan urgente es? Lo último que sé es que se encontraba en los calabozos de la ciudadela de Usturna. Lo deberías saber tan bien como yo, ¿no?

—No lo recordaba. ¿Y su hijo? ¿Sabes algo de él?

—Al parecer, desapareció sin dejar rastro cuando apresaron a la reina, hace como un mes.

Daradoth también pudo obtener otras piezas de información: Robeld de Baun había enviado siete legiones a pacificar la frontera sur, y tenía la intención de hacerse cargo de Esthalia, al ser el rey un inútil y un traidor por retirar los títulos de Grandes del Reino. 

—Y, según he oído por ahí, Arnualles cuenta con tropas... especiales. ¿Las has podido ver? 

—Ah, ya sé qué quieres decir. Sí, últimamente ha habido unos rumores sobre galeones negros que han llegado a los puertos de Usturna y Gweden, y por lo que parece han traído refuerzos que han hecho que nuestras fuerzas sean imparables. Robeld de Baun pronto gobernará Esthalia —sonrió—. En estos momentos debe de estar marchando ya sobre la capital.

—¿Y sabrías con cuántas legiones? 

—Una veintena.

—Lo que no entiendo es por qué estáis esperando tanto tiempo a asaltar esa fortaleza —movió la cabeza hacia el sur.

—Si en un par de días no se han rendido, lanzaremos el ataque.

—Más vale ser precavido, creo que será mejor que construyáis el máximo número posible de máquinas de asedio, quizá mejor esperar una semana —canalizó un poco más de Esencia, notando cómo la idea tomaba forma en la mente del general.

Se despidió educadamente, deseando que su sugerencia fuera seguida —«aunque va a ser muy difícil», pensó—, y volvió al Empíreo sin mayores problemas.

Pocas horas después, el Empíreo partía hacia Eskatha de nuevo, con Galad y Taheem a bordo, encargados de traer a tantos paladines (sobre todo de Osara) como fuera posible. 

 

jueves, 8 de enero de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 19

Esthalia en Apuros

—Con todo esto, ya me queda claro por qué ningún elfo parece recordar nada sobre la Guerra de la Fractura ni nada relacionado —dijo Daradoth, pensativo.

—Y me hace plantearme también la conveniencia de luchar ciegamente por Luz —Yuria miró a Daradoth valorativamente, aunque este pareció no darse cuenta—, cuando afectó de una forma tan retorcida a tantos elfos poderosos. Pero sin duda, la alternativa es mucho peor.

 

Unos días antes de que Yuria acabara el descifrado y la lectura del diario de Avaimas, Daradoth había tenido una seria conversación con Ethëilë. Le planteó la necesidad de aceptar la oferta de la reina Arëlieth para someterse a la ceremonia de la Comunión de Sangre y, si todo salía bien, contraer matrimonio con ella. Como la joven princesa ya le había dicho en alguna conversación anterior, ella no tenía ningún problema siempre que Daradoth tuviera claro que era un matrimonio de conveniencia y siguiera enamorado de ella. Finalmente tendría que divorciarse, por supuesto. Daradoth, locamente enamorado de ella, se escandalizó ante el mero hecho de sugerir lo contrario. Un apasionado beso selló la decisión.

Poco después, Daradoth utilizó el Surcador para desplazarse a Tarkal y reunirse con la reina. Tras ponerla al día de los últimos acontecimientos e interesarse por el estado de todos los que allí se encontraban alojados, fue al grano:

—Creo que ha llegado el momento de implicar a los elfos en la cruzada contra la Sombra, mi señora. Por ello, he decidido aceptar vuestra oferta y someterme a la Comunión de Sangre y unir nuestras fuerzas.

—Me alegra oír eso —Arëlieth tuvo buen cuidado de que su satisfacción no se transmitiera a su rostro en demasía—, y ahora por fin podremos dar su merecido a esos arribistas.

—Me preocupa ahora la preparación de nuestro retorno. ¿Cuánto tiempo creéis que necesitaremos? ¿Tenéis algún plan?

—Evidentemente, tendremos que entrar subrepticiamente, y empezar por intentar recuperar mi reino. Harganäth sería la mejor opción, pues Rechelorn es gobernado por esa traidora de Angrid. Respecto a la Comunión, creo que el rey Aldarien podría ser un buen testigo. 

—El padre de Ethëilë.

—Correcto. Llevar a su hija será seguro un punto a favor, dados los tiempos que corren. Y estoy segura de que se sorprenderá cuando te vea esta vez. —¿Era su imaginación, o realmente hubo un destello de flirteo en la mirada cautivadora que le lanzó Arëlieth?—. Estoy segura.

—Por otra parte —Daradoth prefirió cambiar de tema rápidamente—, seguimos con el problema del Orbe de Curassil y la redoma con el alma de Ecthëlienn.

—Ya hemos hablado sobre eso, y creo que hay varias opciones para no necesitar el orbe. Si fuera tú, estaría mucho más preocupado por poner a Doranna bajo nuestro yugo. Déjame pensar unos días y planificar todo bien.

Eskatha, la capital de la Federación

Por otra parte, durante la semana en que Yuria había estado absorbida por la decodificación del manuscrito, Galad se había debatido entre visitar o no a Eudorya. Finalmente, espoleado por el calor de los sentimientos renacidos, decidió que lo haría, y se dirigió hacia el Arca, la ciudadela de Eskatha, donde se encontraba la sede de la princesa comerciante de Nímthos. Los guardias de la fortaleza no pusieron ningún impedimento al paso del famoso Galad, paladín de Emmán, que empezó a notar los familiares tirones metafísicos a un lado y a otro. Algunos de los guardias incluso estallaron en vítores. La gente se giraba ante su presencia, magnífica con la armadura y la túnica emmanita. El puño de Églaras sobresalía sobre su hombro derecho. Los senescales se apresuraron hacia el interior cuando el paladín expresó su deseo de reunirse con la princesa Eudorya, en una situación que a Galad le pareció incluso un poco ridícula, dada la exagerada deferencia con la que se manejaban.

Poco después, Galad era anunciado y precedido por dos senescales a la sala principal, donde, en el sitial, se sentaba Eudorya. «Está más hermosa de lo que podía recordar, incluso en mis sueños». Varias damas de compañía la rodeaban, y parecía departir con una mujer de alto rango. Todas ellas lo miraron mientras se acercaba, mudándose sus expresiones desde la seriedad hasta una especie de admiración que lo incomodó en cierta medida. A su alrededor, sentía la energía curvarse, invisible para el resto de los presentes. Eudorya, que al verlo había incluso fruncido el ceño, para cuando Galad llegó a la altura del sitial ya lo miraba con anhelo, los ojos algo vidriosos por la emoción. «Si es algo que estoy haciendo, no lo controlo, perdonadme todos», pensó el paladín.

—¿Podemos hablar a solas? —preguntó Galad.

No hizo falta ninguna orden, ningún gesto. Nada más el paladín había pronunciado estas palabras, los presentes se marcharon, dejando a solas a la pareja en cuestión de segundos.

—Estoy... abrumada —acertó a decir Eudorya tras unos segundos—. Has cambiado mucho, Galad.

—He pasado por mucho —sonrió. 

—Te eché de menos. Te odié. Y ahora me odio a mí misma por ello. 

Eudorya se levantó para acercarse a él, hasta que sus cuerpos se rozaron. «Bendito Emmán, esta mujer no puede ser nada más que un ángel». Galad tragó saliva, y continuó:

—He oído de tus próximos esponsales.

—Me abandonaste. Me presionaron. Mi corazón se rompió y no tuve más remedio que ceder.

—Lo siento, y no cumplí mi palabra. Pero el mundo entero está en juego en la guerra contra la Sombra, y sigo sintiendo lo mismo por ti, si no algo más.

—Una palabra tuya bastará para que cambie todo. 

—La tienes. Sí. Pero ten en cuenta que el mundo me necesita, y quizá no podemos estar juntos como tú... como nosotros deseamos. Yo quiero estar contigo, pero habrá problemas, y es una decisión que debes tomar tú.

—Sí. Ahora lo entiendo. La decisión está tomada. Mi compromiso está roto. Te amo a ti. Pero tendremos que casarnos en no muy largo plazo.

—Pero esto tendrá consecuencias...

—Ahora mismo no me importa ninguna consecuencia —se apretó contra él.

Se abrazaron y besaron ardientemente, mientras un torbellino metafísico los envolvía en el límite de la percepción de Galad. 

Ya más tranquilos, con la situación más calmada mientras comían algo, hablaron de cuál sería la forma menos traumática de cancelar el compromiso con Nercier Rantor, pues tal acto enojaría a lady Ilaith si no iban con cuidado. La boda estaba prevista para primavera, a unos seis meses vista.

—Tenemos margen, pero cuanto más se aproxime la fecha, peor será. Creo que los sentimientos de Nercier hacia mí son mayores que los míos hacia él.

—Sin embargo, debemos pensar cómo hacerlo con mucha precaución. 

—Quizá deberíamos... deberías... hablar directamente con él.   

—Sí, puede que sea lo mejor. 

 

Durante esa semana también llegaron varios informes de personas en distintos puntos de Eskatha que no habían despertado de su sueño, de todos los barrios y clases sociales, sin nada en común. Symeon, que todos los días compartía unas pocas horas con su hermana Violetha, dio algunas pautas para que la gente durmiera más segura, y no pudo evitar pensar en Ashira y los kaloriones con un escalofrío. El errante, que acompañó a Daradoth en su viaje a Tarkal y atraía miradas cuando la gente veía la espada de vidrio verdemar en su cintura, también aprovechó para supervisar la evolución de la nueva Guardia Esotérica. Los jóvenes que la formaban habían progresado bastante en el último par de meses, para su satisfacción.

 

Pocas horas después de que Yuria anunciara el fin de su investigación y compartiera con el resto del grupo lo que había descubierto en el manuscrito, Ilaith los convocó para una reunión de urgencia.

—No sé si recordáis a Alexann Stadyr —empezó la canciller—. El hijo del marqués de Strawen, de Esthalia, que acudió a Eskatha con poderes para firmar una alianza con la reina Armen y mediar en una posible triple entente con Ercestria.

—Sí —contestó Yuria.

—Ese pacto se firmó unos meses atrás, y Alexann lleva varios días insistiendo en tener una reunión conmigo. Y sé lo que me va a pedir. Evidentemente, querrá que haga honor a la alianza y pedirá una intervención militar en Esthalia. Como poco, para liberar a la reina. Y, sinceramente, creo que si tenemos que llevar a buen término la lucha contra la Sombra, no podemos permitirnos tener una Esthalia inestable, o incluso en el bando opuesto. Así que os he convocado aquí porque quiero que tratemos este asunto consensuadamente.

Ante estas palabras, Daradoth insistió en la necesidad que seguían teniendo de encontrar un arma efectiva y fiable contra los insectos demoníacos; Ilaith volvió a insistir en las alternativas que tenían: los paladines y Nirintalath. Symeon se mostró convencido de que Nirintalath era una alternativa válida, pero el problema era que no estaría en el frente continuamente, como sí estaría el Orbe.

—También es cierto que Nirintalath nos da una certeza de uso, mientras que no tenemos la seguridad de poder recuperar el Orbe, vayamos a donde vayamos y descubramos lo que descubramos —intervino Galad.

—Además —añadió Yuria—, el Orbe también necesitaría transporte, seguramente menos rápido que el Empíreo

—Lo único que quería era insistir en que no debemos perder de vista el objetivo original de nuestro viaje. 

A continuación, se convocó a Alexann Stadyr, que llegó en pocos minutos a la sala. Se le notaba la preocupación en el rostro, y el poco descanso que encontraba en las noches. Tras unas pocas palabras hablando de la situación en su país, Ilaith lo interrumpió:

—Sir Alexann, no tenéis que preocuparos por transmitirnos la necesidad de actuar, soy la primera convencida, y creo que todos los presentes también, de que necesito una Esthalia fuerte para prevalecer —«¿"necesito"?», pensó Syemon—. No obstante, pienso que nuestro primer paso debería ser saber dónde está su majestad la reina. Ni siquiera estamos seguros de que siga en el continente. Y, si obtenemos un resultado favorable, lo siguiente sería coordinarnos con Sermia para una acción conjunta.

Los ojos de Ilaith comenzaron a brillar con anhelo cuando recorrió con la mirada a los presentes y se giró hacia Daradoth:

—Y, quién sabe —continuó—, si una vez incorporada Ercestria a la alianza, podríamos firmar un acuerdo de colaboración emulando al del antiguo Imperio Trivadálma.

Galad pensó en ese momento en los gemelos que guardaba el padre Ibrahim y rebulló un poco inquieto. Yuria pareció leer la mente del paladín; «lo que deberíamos hacer es casar a Ilaith y a Alestor, el heredero; así se acabarían todos nuestros problemas», pensó. Desechando el pensamiento, volvió a la conversación:

—Sé que recalco lo evidente, pero liberar a la reina sería solamente el principio de una campaña larga. Esthalia está dividida en cuatro bandos (rey, reina, Robeld de Baun y la Iglesia), lo que es bueno, pues están fragmentados, pero también implicará tener que derrotar a cada uno de ellos. A no ser que venzamos rápidamente a uno o dos, y podamos negociar con los restantes. 

—La opción más clara que puedo ver —intervino Ilaith tras unos segundos de silencio— es llevar al grueso de nuestras tropas en dromones hasta Gweden, pues supongo que su flota también estará fragmentada, y que Sermia ataque a través del ducado de Fíltar el sur de la marca de Arnualles. De hecho, Krül y Gweden están conectados por tierra, y podríamos abrir otro frente. ¿Estás de acuerdo conmigo, Yuria?

—Sí, lo habéis expuesto perfectamente. Todo esto siempre que el Imperio Vestalense esté sumido en el caos. 

—Muy bien. Con el Surcador y el Nocturno podemos enviar mensajeros para coordinarnos con la reina Irmorë y organizar un ataque conjunto. Seguro que colabora con nosotros, pues tiene razones para creer que Datarian escapó hacia Arnualles. Pero antes, debemos asegurarnos de no luchar por una causa perdida; sin Armen todo sería mucho más difícil, pues careceríamos de una justificación legal.

—Tememos también —intervino con su voz cansada Alexann Stadyr— que declaren la muerte de la reina Armen y que entonces, su heredero, el príncipe de diez años Matwann, se una a su padre. En estos momentos no tengo ni idea de dónde está el príncipe, que normalmente estaba con su madre.

La reunión se prolongó varias horas, donde se evaluaron varios cursos de acción, con sus ventajas e inconvenientes. Finalmente, el grupo acordó viajar a Rheynald como primer paso.

Ya en petit comité, Ilaith añadió:

—No olvidéis que tenemos otro grave problema: el kuendar y el oro. El flujo de oro se ha reducido a poco más de la mitad, y el kuendar prácticamente ya no llega. Esas minas del norte están realmente afectadas. Intentaré encargarme del asunto mientras estáis fuera.

—Podríais hacerlo, mi señora  —dijo Symeon—, pero sé de buena tinta que el problema que las aqueja no es mundano, sino probablemente onírico, así que me quedaría más tranquilo si esperaseis a nuestro regreso.

—Entonces, no alarguéis el viaje en demasía.

—No lo haremos. 

Así que, el día siguiente, partieron con el Empíreo. Hicieron una pequeña parada en Tarkal para recoger a Garedh y a Ethëilë (la reina Arëlieth e Ilwenn no quisieron volver a pasar un número indefinido de semanas en un camarote reducido), y en breve tiempo continuaron hacia Rheynald, a donde llegaron varios días más tarde.

Daradoth llamó la atención del grupo con urgencia.

—Maldición. La fortaleza está asediada. Y si no me equivoco, los estandartes pertenecen a Robeld de Baun. 

—Así es —confirmó Symeon tras echar un vistazo con la lente ercestre. 

—Parece que hay un par de legiones al asedio —dijo Yuria, evaluando la situación rápidamente—.  Tendremos que esperar a la noche.

—No es mala idea —intervino Faewald—, pero además, sugiero que descendamos en el bastión norte, que está a un kilómetro y medio más o menos, y atravesemos andando por la muralla que lo une a la fortaleza principal.

—Sí, muy buena idea Faewald —le sonrió Yuria—. Eso haremos.

 Haciendo uso de sus habilidades, Daradoth avisó a los defensores del bastión de la inminente llegada del dirigible, con lo que no tuvieron problemas para descender discretamente. Caminaron a lo largo del muro hasta la fortaleza sin ningún problema, y al otro lado ya se encontraban esperándolos lady Edyth, Siegard Brynn, Egwann de Vauwas, Rodren, Wylledd y Yaronn.


martes, 16 de diciembre de 2025

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 18

Revelaciones del Pasado

Tras un par de horas, el Empíreo volvió a la ladera donde Symeon había empuñado a Nirintalath. Daradoth pudo ver al errante apoyado en Yuria y en su cayado, con la Espada del Dolor en una vaina en su espalda, fuera de la caja. Los reos condenados a muerte parecían incólumes. «Menos mal, eso nos ahorrará problemas con los paladines», pensó. «Y Symeon parece encontrarse cansado pero a salvo, gracias a Nassaröth».

Faewald, Taheem y Daradoth descendieron del dirigible. Lo primero que llamó la atención del elfo fue el leve brillo verdemar en los ojos del errante, pero por lo demás parecía el mismo Symeon de siempre. Faewald corrió a su encuentro:

—¿Cómo estás, Symeon?  —preguntó, preocupado, y pasando el otro brazo del errante sobre sus hombros.

—Bien...bien —contestó Symeon, sonriendo levemente—. He de reponer un poco mis fuerzas, eso es todo. 

—¿Y tú, Yuria? —se volvió hacia ella, con aquella mirada anhelante que delataba sus sentimientos.

—Sí, yo estoy bien, gracias Faewald.

Mientas se dirigían hacia el Empíreo, el esthalio susurró:

—¿La tienes... controlada? 

—Sí, afortunadamente, podéis estar tranquilos —respondió Symeon, saludando también a Taheem y Daradoth.

Ya navegando hacia el norte en el dirigible, el grupo habló de sus planes para el futuro. 

—Ilaith ya debería ser capaz de pacificarlo todo por sí misma, y tenemos asuntos urgentes que nos reclaman —dijo Daradoth.

—Yo creo —intervino Faewald— que ahora, con la federación asegurada, Ilaith querrá intervenir en Esthalia. Lo creo y también lo espero, la verdad.

—No olvidemos que tenemos pendiente ir a Tinthassir recuperar a Ecthelienn.

—No olvidemos tampoco que la reina Armen debe de ser a estas alturas prisionera de la Sombra. 

—Todos tenéis razón —les cortó Yuria—. Para recuperar el alma de la redoma tenemos también la opción de acudir a Irza, como ya os dije, no solo a Doranna. —Pensó durante unos segundos—. Pero el caso es que me gustaría que nos permitiéramos unos días de pausa, para poder terminar de descifrar el libro del alquimista Avaimas que encontramos en Creä. Sabéis que contiene información relacionada con los subterráneos de Rheynald y Creä, y estoy a punto de descifrarlo completamente. Me parece de suma importancia adquirir los conocimientos que contenga, porque estoy convencida de que nos ayudará a enfrentarnos a esos elfos errantes, e incluso a ese volcán que amenaza toda la existencia en las islas Ganrith.

Daradoth mostró su resistencia a tal pausa, pero Yuria fue muy persuasiva y contó con el apoyo de Symeon, que valoraba cualquier fuente de conocimiento, más aún si se trataba de una tan antigua y tan difícil de desentrañar. «Sin duda, ahora mismo Yuria es la única persona en el mundo que podría haber descifrado el manuscrito; sus habilidades y sus conocimientos son en verdad excepcionales», pensó el errante, sentado en un pequeño tonel mientras recuperaba sus fuerzas. En ese momento, Symeon pareció darse cuenta de algo: Daradoth parecía más bajo que de costumbre. Pero no es que Daradoth hubiera empequeñecido, sino que más bien Yuria y él habían crecido bastante; Galad y Daradoth lo habían hecho también, pero en menor medida que ellos. Los cuatro se mostraron confundidos, pero lo achacaron a los efectos de la Vicisitud y no pudieron encontrar más causas.

Cuando ya a lo lejos Daradoth podía intuir los edificios de Safelehn, las montañas a estribor parecieron sacudirse, y con ellas toda la tierra allá abajo. 

—¡Hay un terremoto ahí abajo! —exclamó Daradoth, llamando la atención de los demas, que se asomaron por la borda al instante.

—¡Maldición! —gritó Yuria—. Es como aquella vez en Doedia... la tierra parece rebotar, como una goma elástica. Esto no es natural.

—¡Cuidado! ¡Mirad! —los increpó Faewald.

Una de las montañas de la cordillera que dejaban a estribor pareció hundirse; las sacudidas habían sido demasiado para la mole de rocas y nieve, y una de las laderas se vino abajo, levantando una nube colosal de polvo y una fuerte racha de viento. Afortunadamente, el Empíreo apenas lo notó, y la mano firme de Suras y el buen hacer de Egrenia los alejaron rápidamente de todo peligro.

Al cabo de pocos minutos el terremoto pasó por fin. No obstante, les dio tiempo a ver que, por el movimiento de las montañas, el temblor parecía propagarse de norte a sur. Ya más tranquilos, Yuria trianguló los datos en sus mapas, prolongando una línea a través del mar de Hadern, las islas Akestia, el Káikar y Essel. 

—¿Creéis que puede provenir de los santuarios donde estuvimos? —preguntó Symeon.

—Podría ser, aunque los veo demasiado lejos —contestó Yuria—. Creo que es más probable que vengan desde los túneles de los que nos habló el marqués de Strawen y aquel elfo oscuro, pero aunque estén más próximos, también están muy lejos. Todo podría ser.

—Sí, porque estos terremotos parecen cosa de la propia Vicisitud, así que cualquier cosa es posible.

Se dirigieron rápidamente hacia Safelehn. 

Afortunadamente, a pesar de varios incendios, bastantes edificios destruidos y parte del muro de la ciudadela caído, la ciudad parecía haber resistido sorprendentemente bien el seísmo. 

Galad permanecía callado. «Los terremotos, el volcán de las Ganrith, los engendros oníricos... empiezo a pensar que Emmán puede tener algo de razón en la opción de recrear la existencia». Aldur lo acompañaba en el silencio.

Ilaith y el consejo se encontraban bien, para alivio de Yuria. La canciller echó una mirada a la espada cruzada sobre la espalda de Symeon, y afirmó con la cabeza.

—¿Creéis que estaremos a salvo de ataques oníricos ahora? 

—No lo puedo asegurar tan tajantemente, pero por lo menos ahora tendremos una oportunidad.

—Eso deberá bastar por el momento;  ahora tenemos asuntos más urgentes que atender, como ya habréis comprobado.

—Por supuesto, mi señora —dijo Yuria—. Contad conmigo. Esto ha sido una catástrofe de dimensiones épicas, desde el Empíreo hemos visto que el terremoto ha sacudido prácticamente todo el principado, quizá mas.

—Sí, esto nos va a tener muy ocupados los próximos días —intervino Ernass Kyrbel. 

Pocas horas después, Ilaith convocó una reunión para tratar el problema de Esthalia. No pensaba en luchar por el país, sino al menos en liberar a lady Armen. 

—Nuestra causa estará perdida si la reina se pierde en calabozos desconocidos o es muerta. No creo que podamos permitírnoslo si queremos triunfar en esta guerra.

—¿Tenéis alguna noticia de dónde puede estar? —preguntó Symeon.

—Lo último que sabemos es que el conde de Arnualles la hizo prisionera.

—No deberíamos arriesgarnos a un conflicto sin estar seguros de dónde se encuentra para poder liberarla. 

—Contactaré con el archiduque Mastaros y os haré llamar en cuanto sepa algo. Pero no podemos esperar mucho.

Ya entrada la noche consiguieron dejar todo lo necesario organizado para auxiliar a la población, y se desplazaron con los dirigibles a Eskatha. Allí les recibió de nuevo, efusivamente, Meravor. Y también Violetha, la hermana de Symeon, que poco a poco seguía tejiendo su red de informantes y espías. «Eudorya debe de estar cerca de aquí», pensó Galad; «pero no me atrevo a ir a su encuentro después de lo que ha pasado».

En Eskatha por fin pudo encontrar Yuria la tranquilidad necesaria para concentrarse y acabar de descifrar el diario de Avaimas.

Tras complicadísimos cálculos, traducciones y descifrados, por fin, una semana después, Yuria pudo terminar de plasmar la crónica de Avaimas en un manuscrito legible, y corrió para compartir la información con sus amigos.

—Como ya os he comentado en alguna ocasión sobre mis descubrimientos tempranos en el libro, parece ser que hace milenios, los elfos alzaron unas enormes construcciones monumentales en forma de pirámide, llamadas Esthereläe, que fueron la causa de grandes milagros, pero también grandes desdichas. —Todos afirmaron con la cabeza, incluido Daradoth, que odiaba tener que reconocer que no sabía absolutamente nada de esas Esthereläe, ni siquiera una mínima mención—. Pues bien, he apuntado aquí algunos pasajes del libro para transmitiros una síntesis de los conocimientos que contiene. Prestad mucha atención, pues tengo razones para creer que vamos a ser las únicas personas en el mundo con conocimientos sobre esto, salvo quizá alguna excepción muy contada.

Y acto seguido, Yuria pasó a relatar una multitud de pasajes del diario y algunos extractos que había resumido ella misma. 

“…fueron los elfos quienes erigieron las grandes construcciones piramidales conocidas como Esthereläe, monumentos de proporciones desmesuradas. Su existencia estuvo ligada tanto a prodigios que muchos consideraron milagros, como a desdichas de enorme magnitud, de las que incluso los propios elfos fueron víctimas…”

“…la tradición constructiva de las pirámides no tuvo su origen entre los elfos, sino que les fue transmitida por los titanes. Aquél conocimiento ancestral estuvo a punto de provocar su extinción, pues derivó en una guerra civil entre los propios titanes, cuyas consecuencias marcaron para siempre su declive…”

“…los titanes denominaban ûrzaûmnos a sus pirámides. Desde los albores del tiempo, las razas más poderosas intentaron establecer un puente entre el mundo y las esferas superiores, y fue esa ambición la que dio origen a la construcción de enormes estructuras arcanas de forma piramidal, iniciada por los propios titanes en la región de Eryhienn, su hogar ancestral.” 

“…los elfos comenzaron la construcción de sus Esthereläe bajo la tutela directa de los titanes. Tras la guerra civil que asoló a estos últimos y la huida de los supervivientes a la isla de Targos, en el extremo sureste de Aredia, los elfos se consideraron ajenos a tales acontecimientos. Junto a centauros y enanos, prosiguieron las obras incluso cuando los titanes les rogaron que renunciaran a ellas. Las Esthereläe se alzaron así como maravillas arquitectónicas y, al mismo tiempo, como nodos de poder que alteraron el curso del mundo: estructuras más refinadas que las ûrzaûmnos, menores en tamaño, pero de diseño claramente emparentado…”

—Avaimas deja constancia de los lugares donde se alzaron Esthereläe hasta el momento de escribir estas notas: en Doranna, en las Islas Ganrith, en Targos, en Eryhienn, en Ertan Inarantúna y en Ertan Enoryal, además de otros enclaves menores cuya mención resulta fragmentaria o incompleta. 

“…las pirámides sirven para amplificar, canalizar y almacenar esencia. Sus aplicaciones abarcan desde la sanación y la adivinación hasta el estudio profundo de la magia, e incluso la modificación de la propia realidad, siempre que se respeten las proporciones y alineaciones adecuadas…”

“…sospecho que aquello que los elfos consideran una conexión con la esfera celestial es, en realidad, una apertura directa a la Vicisitud, y que por ese canal los Primigenios pueden acceder al mundo. El contacto de las pirámides con dicha fuerza genera consecuencias impredecibles: inestabilidad emocional, mutaciones del espíritu, alteraciones del espacio-tiempo y una corrupción de naturaleza metafísica. Esta exposición no concede iluminación ni sabiduría, sino un desequilibrio radical: Luz impone un idealismo absoluto y una percepción desbordada de pureza y superioridad; Sombra engendra ambición, desesperanza, rencor o delirio de dominación. Ambos polos quebrantan el libre albedrío, fomentan el fanatismo y corrompen la voluntad…” 

“…observo a los canalizadores y reconozco el momento exacto en que algo se quiebra en ellos. Al entrar en resonancia con fuerzas tan puras como inestables, sus mentes comienzan a deformarse a un nivel profundo, estructural. Algunos dejan de distinguir entre sus propios pensamientos y las emanaciones de la Luz o la Sombra; hablan, pero ya no sé si es su voz o la de aquello que los atraviesa. Otros afirman recibir visiones que llaman divinas, y en ellas encuentran justificación para someter el mundo a su supuesto designio. He visto la degradación avanzar lentamente, casi con delicadeza, y otras veces irrumpir de forma abrupta y violenta, pero en todos los casos el desenlace es el mismo: una pérdida inevitable de la voluntad, un deslizamiento sin retorno…”

“…detallo el proceso de construcción y la disposición de los símbolos necesarios. Cada marca, cada trazo, no es meramente ornamental: durante los grandes rituales se asocian a hebras concretas de la Vicisitud, estableciendo correspondencias precisas que deben mantenerse con absoluta fidelidad. Los símbolos de Ertan Inarantúna [¿Rheynald?] resultan especialmente eficaces en este cometido, pues anclan la estructura a dichas hebras y permiten que la esencia fluya conforme al diseño previsto. Un error en su ejecución no provoca un simple fallo del ritual, sino una desviación peligrosa del vínculo establecido…” 

—A continuación, Avaimas dedica cientos de páginas a los rituales y geometrías que hacen falta para la construcción de las pirámides; creo que, con el suficiente poder y mano de obra podríamos incluso construirlas. De momento no quiero ni pensar en eso, solo os lo comento.

“…constato que las pirámides afectan de forma especialmente severa a los caminantes oníricos, los llamados oniromantes. Su mera proximidad enturbia la percepción del sueño, ciega sus sentidos y rompe la continuidad de sus visiones, como si la estructura rechazara cualquier intento de observación desde el mundo onírico…” 

“…que el clan Alastarinar, poseedor del abolengo más alto que existe, deriva hacia un idealismo absoluto y una percepción de superioridad desbordada. Su contacto prolongado con las pirámides parece reforzar en ellos la convicción de encarnar un modelo de pureza incuestionable, ajeno a toda duda o límite…”

“…los hidkas desempeñan un papel fundamental en todo este proceso. Desde los primeros indicios de manipulación de la Esencia a través de las pirámides, llevan advirtiendo del peligro de abrir canales tan potentes hacia lo desconocido; su entendimiento innato de la Vicisitud no tiene parangón entre las razas inmortales. Intentan alertar, de forma discreta, a sabios y arquitectos sobre los riesgos que se avecinan, pero su mensaje es desoído, bien por arrogancia, bien por una profunda incomprensión…”

“…llega un punto en el que ya no basta con advertir. Algunos de nosotros —entre los grandes alquimistas y arquitectos— asumimos que ha llegado la hora de destruir aquello que hemos ayudado a erigir. Participo en la primera Anulación con la convicción de estar haciendo lo correcto, pero pronto comprendo el alcance de nuestro error. El ritual logra cerrar el canal de la Esthereläe, alcanza la Vicisitud y corta sus enlaces, sí… pero el mundo no acepta la herida sin protestar. Allí donde la pirámide cae, surgen zonas de oscuridad persistente, regiones donde la Esencia se anula por completo, remolinos que desgarran la realidad o extensiones de calor insoportable que hacen hervir la piedra. En Eranyn, en las Islas Ganrith, la Anulación transforma la pirámide en algo aún peor: un volcán extraño, vivo, como si la tierra expulsara aquello que ya no puede contener. Comprendemos entonces que no basta con destruir; hay que contener. De esa necesidad nace la hermandad de los Airunndälyr, creada para vigilar y amortiguar el flujo de poder que liberamos sin saber si algún día podremos controlarlo del todo…” 

“…lo inevitable termina por suceder. Hay quienes se oponen a la destrucción de las pirámides; los Conservadores, entre ellos el clan Alastarinar, se alzan contra nosotros, y nos llaman Destructores. La fractura no tarda en propagarse y arrastra consigo a elfos, enanos, centauros e incluso a los propios titanes, repitiendo un error que ya debería habernos servido de advertencia. La Guerra de Fractura no es una contienda de ejércitos, sino una sucesión de muertes entre hermanos, de alianzas rotas y juramentos traicionados. Presencio la caída de la Estherel de Ithraelun y, con ella, el derrumbe del poder de los Alastarinar. De sus filas sobreviven apenas media docena, transformados de manera irreversible por aquello que defendieron; pasan a llamarse Neldorith y eligen el exilio voluntario, incapaces de soportar el peso de la culpa que los acompaña. No hay victoria en esta guerra, sólo cicatrices que el tiempo no parece dispuesto a cerrar…” 

—De todo lo que dice Avaimas —insertó Yuria— deduzco que estos Neldorith fueron afectados profundamente por Luz y acabaron odiándola de manera irreversible, y también que al haber estado a la sombra de las Esthereläe debieron de obtener unos poderes tremendos. Y no os daré ahora los detalles, pero creo que tengo las claves para poder redimirlos. 

“…cuando la devastación ya es inevitable, los hidkas abandonaron por fin su neutralidad ancestral. Han tomado partido por los Destructores en los instantes más críticos, sellando nudos de Esencia, ayudando a cerrar canales abiertos y evitando que algunas estructuras alcancen el umbral de la Ruptura. Sin su intervención, la guerra se habría prolongado o habría derivado en una catástrofe sin retorno. Anoto esto como un tenet inquebrantable: ninguna Esthereläe puede ser cerrada con garantías sin la presencia de al menos tres hidkas en la ceremonia; sin ellos, el canal no se pliega, la Vicisitud no cede y toda Anulación está condenada al fracaso…” 

“…somos conscientes de que lo ocurrido durante la Guerra de Fractura, y el propio conocimiento de las pirámides, se convertirán en una herida abierta durante siglos. Hemos llegado a un acuerdo con los hidkas: si el mundo no puede soportar esta verdad, deberá olvidarla. En la última de las pirámides prepararemos un ritual sin precedentes, una liberación de poder a gran escala destinada a borrar la memoria de elfos, centauros y enanos, no sólo de la guerra, sino de todo saber relacionado con las Esthereläe. En la ceremonia serán necesarios numerosos hidkas y centauros, nosotros mismos y objetos de poder forjados por los enanos para contener lo incontenible. No lo llamamos salvación, sino necesidad; y aun así, al dejar constancia de ello, no puedo evitar preguntarme qué precio exacto estamos a punto de pagar…” 

“…el ritual culminó y, contra todo pronóstico, tuvo éxito. No lo supe por júbilo alguno, sino por el silencio que dejó tras de sí. A mi alrededor, elfos, centauros y enanos continuaron con sus vidas sin recuerdo de la guerra ni de las pirámides, como si jamás hubieran existido. Sólo los oficiantes de más alto rango conservamos fragmentos de memoria, y aun esos recuerdos nos llegaron rotos, incompletos, cargados de un peso casi insoportable. El precio fue terrible: un agotamiento absoluto, la sensación de haber sido atravesado por la Vicisitud hasta lo más hondo, y una certeza persistente de pérdida. El mundo quedó a salvo del recuerdo, pero nosotros no; lo que permaneció en mi mente no fue conocimiento, sino una cicatriz que sigue ardiendo…” 

—Y el diario termina así:

“Dejo constancia de que este volumen no es el diario original, sino una copia cifrada. Decidí proteger este conocimiento sin destruirlo por completo, ocultándolo tras una clave que considero, en la práctica, irrompible. No fue una decisión tomada a la ligera, sino la única que me permitió seguir adelante. Cuando estas líneas son escritas, ya sé que mi nombre está a punto de desaparecer de la historia; así debe ser. El saber permanecerá, dormido y a salvo, mientras yo me desvanezco con él.” 

Aún había otra pieza de información, importantísima, pero que Yuria guardó para sí de momento, insegura de qué efecto tendría en Symeon si la revelaba:

“…la Guerra de Fractura no sólo se llevó vidas y certezas, sino territorios enteros. Eryhienn quedó perdida, devorada por tormentas devastadoras de Esencia y efectos sobrenaturales que arrasaron ciudades y extinguieron sociedades completas. De aquellas tierras huyeron los volodhri, abandonándolo todo para sobrevivir. Fue tras esta guerra cuando los Buscadores decidieron iniciar su ordalía, impulsados por una necesidad que entonces no comprendí del todo: intentar recordar aquello que les había sido arrebatado por el olvido.” 

 

Avaimas, alquimista y constructor ancestral