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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 29

Las Hermanas del Llanto. Curassilendhë (el Gran Santuario de Oltar)

Daradoth recibió con un regocijo infinito a Ethëilë en sus brazos. "Su calor, su olor... ah, ¿cómo podría olvidarlo? Es embriagador", pensó. No obstante, recuperó la compostura en pocos momentos, percibiendo la mirada de la madre superiora clavada en ellos. Daradoth no pudo olvidar que su corazón se había encogido al ver a los invasores tan cerca del convento de su amada.

—¿Sabéis quiénes son los invasores, y por qué están precisamente aquí?

—No... no sabemos —contestó la princesa; "aunque supongo que ahora ya solo es una monja", rumió Daradoth—. Aquí estamos muy aisladas; simplemente, hace un par de días empezaron a llegar los guardias huyendo de los enemigos.

—Lo mejor sería que hablarais con el capitán Maihalän —añadió la superiora.

Daradoth asintió a sus palabras, ausente, y cogió la mano de su amada. La miró a los ojos:

—¿Crees que estás segura aquí?

—No, por desgracia, creo que no.

Siguió una breve conversación en la que Daradoth preguntó a Ehëilë por su padre, y en la que esta expresó su sentimiento de culpa por lo que hicieron. Finalmente, Daradoth se giró hacia la madre superiora, la hermana Sorelyn:

—Tendremos que retomar esta conversación más adelante, hermana... las circunstancias obligan. Ahora, reunámonos con los demás.

Galad, que había seguido tratando a los heridos, intentó sacar el máximo posible de información sobre la situación conversando con los pocos elfos que chapurreaban el lândalo. Por lo que pudo entender, había sido todo muy rápido, con una gran flota saliendo de la niebla, cuyos marinos parecían elfos extraños, y que también atacaban desde el aire montando extrañas bestias. Los incursores aéreos no habían sido muchos, pero no estaban preparados para ellos y habían desequilibrado la balanza rápidamente.

 

Islas Ganrith

Poco después se reunían todos de nuevo, y Daradoth presentó a la dama Ethëilë a sus amigos. Ella se quedó mirando durante unos segundos a Eraitan, quien intentaba pasar desapercibido sin mucho éxito. Pero no dijo nada.

Tras unas corteses palabras, se reunieron con el capitán Maihalän y sus dos lugartenientes, siempre sorprendidos de tratar con un grupo tan variopinto.

—Sé que somos un grupo harto extraño —dijo Daradoth, en cántico—. Venimos del lejano norte de Aredia, en misión encomendada por el Vigía para combatir a Sombra. Estamos aquí para intentar encontrar algún medio que nos ayude a limpiar la Sombra de un artefacto necesario para la lucha.

Maihalän permaneció callado unos segundos, con una de sus cejas enarcada y su mirada yendo de unos a otros.

—Yo más bien diría —dijo cuando acertó a hablar— que sois un grupo variopinto en exceso. Un Primer Nacido —se inclinó levemente—... mis respetos... un errante... una humana con ropajes extrañísimos... en fin, ¿puedo preguntar de qué objeto estáis hablando? ¿Lo podría ver?

Le enseñaron el orbe.

—Es un objeto muy antiguo, utilizado por el brazo de Curassil —anunció Daradoth.

—No dudéis de su palabra —la voz de Eraitan sobresaltó al capitán—. Yo mismo lo presencié durante las Guerras de la Hechicería; es cierto.

Los tres guardias se mostraron desconcertados.

—Realmente no sé si podemos ofreceros mucha ayuda, dada la situación en la que nos encontráis. Nunca fuimos un reino poderoso, sino un lugar de retiro espiritual, pero esto... esto ha sido brutal. Invasores que hablan algo que recuerda al cántico, barcos enormes, criaturas voladoras... 

—Sin duda. Por supuesto, intentaremos ayudaros en lo que podamos, pero la misión que os he referido tiene toda la preferencia ahora, pues los Erakäunyr han vuelto y están arrasando el norte. Necesitamos encontrar a alguien (o algo) que nos ayude.

—Creo que la hermana Sorelyn os podrá ayudar mejor que yo.

La madre superiora les indicó una relación de los santuarios más importantes en las islas, haciendo hincapié en los de Oltar y Rokoras por sugerencia de Galad. Además, se mostraron de acuerdo en que tenían que evacuar el convento; era una locura permanecer allí.

—Supongo que la arzobispa Illisëth ya debe de haber enviado a alguien a Doranna en busca de ayuda. Quizá ella pudiera ayudaros también. Normalmente, reside en Ariamenn, pero en estos momentos debe de encontrarse en Carathros, al sur.

Cuando los guardias se retiraron para dar órdenes y organizar la evacuación, Daradoth aprovechó para hacer un aparte con la hermana Sorelyn. En un lugar apartado de los jardines, el elfo le pidió con vehemencia que permitiera a Ethëilë acompañarlo a él y el resto del grupo. Al principio, la madre superiora se mostró muy reticente:

—Nuestros votos aquí son sagrados y, si no eternos, válidos por siglos. Si Ultë estima que ha llegado nuestro momento final, tendremos que afrontarlo.

Pero Daradoth empleó toda su presencia para convencerla de la necesidad de la evacuación, y apeló a su amor por Ethëilë con el corazón en la mano. Sus palabras conmovieron a la monja, que se retiró, visiblemente atormentada:

—Dejadme que lo piense, voy a retirarme y a rezar a nuestro señor Ultë.

Mientras tanto, Yuria, que había notado cómo la situación le venía excesivamente grande al capitán Maihalän, pidió ayuda a Arakariann para traducir sus palabras. Así, se dirigió al capitán y le ofreció su ayuda. Aunque el elfo se mostró reticente al principio, la firmeza de Yuria se impuso, y Arakariann tradujo una retahíla de consejos militares y logísticos lo mejor que pudo. El capitán agradeció su ayuda.

Poco más tarde, el capitán y uno de sus oficiales se reunían de nuevo con el grupo.

—Siguiendo las instrucciones de vuestra compañera, he apostado guardias en un perímetro más lejano. Como ya os podéis imaginar, esta posición es indefendible. Además de la falta de fortificación, somos muy pocos, y deberíamos reunirnos con más grupos de exiliados; el problema es que tengo tres guardias que no podrían afrontar un viaje de evacuación por sus heridas, y no vamos a dejarlos atrás.

—Podríamos transportarlos nosotros —se ofreció de inmediato Daradoth.

—Os lo agradeceríamos de corazón —contestó el capitán, llevando sus dedos índice y corazón a la frente—. El otro problema son las hermanas, a las que deberíamos desalojar. La mejor opción es dirigirnos a la aldea más cercana al sur, al otro lado de las montañas que se levantan tras el convento.

Así lo acordaron, y el grupo se retiró a descansar un rato, pues estaban agotados, mientras los elfos preparaban la partida y convencían a las monjas para partir. 

Antes de retirarse, Ethëilë preguntó a Daradoth si había tenido algo de éxito en la misión por la que había partido de Doranna, y si quizá había tenido noticias de su madre. Este le respondió con negativas, pero afirmó tener pistas sólidas sobre su paradero, relatándole el episodio que había acontecido en Rheynald por el que la duquesa Rhyanys de Gwedden había sido secuestrada por un kalorion, seguramente Trelteran "el aguilucho". La gravedad de las palabras de Daradoth, su tono y sus revelaciones conmovieron a la dama, que se dio cuenta de cuánto había cambiado y madurado su amado. Lo abrazó, con lágrimas en los ojos.

—Y además —añadió Daradoth—, creo que Natarin no lo está haciendo corretamente con el liderazgo de los elfos.

—Estás diciendo cosas peligrosas, Daradoth —se separó de él levemente, algo preocuada. Bajó la voz—: Por mucho que esté de acuerdo. De todas maneras, qué más da, estoy condenada aquí de por vida.

—Eso puede que no sea así, ya he hablado con la superiora.

Se besaron.

En el mundo onírico, Symeon viajó para ver si en la mansión de Ginathân y en Tarkal estaba todo bien. Tras comprobarlo, viajó hasta las ciudades de las Ganrith que habían sido tomadas por los enemigos. Se sorprendió cuando vio mucho más claramente de lo que imaginaba los barcos de los invasores. La ciudad de Saeriath, en sí, aparecía envuelta en una especie de "tormenta onírica" que dificultaba su visión. Volvió rápidamente, sin acercarse demasiado.

Un poco antes del amanecer, alguien llamó a los aposentos del grupo. Fueron convocados a la sala comunal por uno de los guardias, donde se encontraba un grupo de elfos y de monjas. El capitán cedió la palabra a uno de sus hombres.

—Siguiendo las instrucciones del capitán —comenzó—, ampliamos el radio de las patrullas —el capitán asintió hacia Yuria, en un leve gesto de agradecimiento—. Gracias a eso hemos podido detectar a tiempo la aproximación del enemigo: una compañía de aproximadamente un centenar y medio de efectivos parece dirigirse hacia aquí. Están batiendo los caminos.

—¿Los acompañan seres voladores? —preguntó Daradoth, mientras Arakariann traducía como podía al resto del grupo.

—Afortunadamente, parece que no, Ammarië sea loada. Pero su comandante sí monta una bestia extraña y brutal, que va a pie.

—Debemos proceder a la evacuación, ¡ya! —ordenó el capitán, dando por terminada la reunión.

Todo el mundo se puso a organizar la partida. Algunas monjas se mostraron reacias, pero por fin se avinieron a razones. Y la madre superiora se encontró con Daradoth. Habló con evidente pesar, suspirando y dirigiéndose a un grupo de monjas que la acompañaba:

—No puedo ser la responsable de la muerte de treinta almas tan puras y luminosas. Yo me quedaré aquí, pero dadas tan extraordinarias circunstancias, la que quiera es libre de marcharse.

Las palabras de la superiora provocaron reacciones enfrentadas entre las monjas. Pero afortunadamente, después de una intensa conversación, Daradoth consiguió convencerla para marcharse y, por ende, al resto de las presentes.

Ante la imposibilidad de utilizar el camino de Saeriath, los evacuados que marcharan a pie (los heridos graves se marcharían a bordo del Empíreo) tendrían que usar un antiguo sendero que atravesaba las montañas (cuya existencia fue revelada por la hermana encargada del mantenimiento del complejo), para llegar a la aldea más cercana hacia el sur.

En cuestión de una hora y media se encontraron listos. Yuria pilotaría el dirigible con los heridos y los suministros, y el resto del grupo acompañaría a los guardias y las hermanas en su caminata.

Durante el camino, Symeon compartió con sus compañeros lo que había visto en el mundo onírico, y lo extraño que le había parecido todo. Quizá los enemigos tenían en sus filas gente capaz en las habilidades de los sueños.

Las conversaciones no tardaron en menguar y desaparecer ante la dureza que adquirió el vericueto, cuya pendiente fue in crescendo de forma dramática. Pasado el mediodía, superaron el punto más alto y entraron en un gran valle cubierto de bosques. En ese momento, el Empíreo sobrevolaba la aldea de Dorilenn, hacia donde se dirigía la comitiva, al otro lado del valle, donde descendieron a los heridos y esperaron la llegada del resto.

El día siguiente, entrada la mañana, el resto llegó sin mayores dificultades a la aldea. Allí, procedieron a despedirse de las hermanas y de los guardias, deseándoles suerte en el resto de su periplo, pues deberían dirigirse por sus propios medios hacia las ciudades del sur de la isla. La misión que había llevado allí al grupo era demasiado importante y debían seguir su camino.

Varias de las monjas, visto que se llevaban a Ethëilë con ellos, pidieron también ir con ellos a bordo del dirigible; la mayoría de peticiones fueron denegadas sin mayor dificultad, pero dos de las hermanas se mostraron especialmente insistentes. Las hermanas Arëlen e Ilwenn, a ojos de Daradoth claramente elfas de alto abolengo, fueron aceptadas a bordo del Empíreo. De momento se mostraron bastante reclusivas, pero Daradoth no pudo evitar pensar que tal vez cuando consiguiera desvelar sus secretos o su procedencia, le serían muy útiles en sus aspiraciones secretas.

Con provisiones suficientes para diez jornadas, Yuria dirigió al Empíreo en la ruta más recta posible hacia el santuario de Oltar que Sorelyn les había marcado en el mapa.

El siguiente amanecer ya pudieron avistar el gran volcán dormido que presidía la isla Eranyn. Una gran montaña con vertientes que se prolongaban hasta las costas de la isla y que determinaba dramáticamente toda su orografía.

Poco después de empezar a sobrevolar los abruptos bosques de la isla avistaron a estribor, al suroeste, un gran complejo construido con un material blanco que brillaba a la luz del sol. Parecía un castillo, aunque sin llegar a serlo del todo, pero según las indicaciones de Sorelyn no era el santuario que buscaban, así que continuaron camino, acercándose más hacia las estribaciones del volcán.

En un momento dado, acercándose hacia la parte sur del monte, el vello de la nuca de Daradoth se erizó y el espacio entre sus homóplatos empezó a picar. "La misma sensación que en Rheynald y Creä...", pensó, apretando inconscientemente el bauprés de proa cuando se dio cuenta de que esa no era la única sensación que percibía. El ya familiar escalofrío en su columna, el que le prevenía de la presencia de Sombra en los alrededores, llegó también. Y no se fue. Durante las siguientes horas, la sensación sería continua, incluso provocándole fatiga mental y física. Compartió la sensación con sus amigos, pero poco pudieron hacer al respecto.

Una hora y media después, llegaban por fin a la vista del Gran Santuario de Curassil, el santuario más importante dedicado a Oltar en las Ganrith. El complejo era enorme, a la orilla de un cristalino lago de montaña, blanco brillante, extendiéndose sobre varias colinas y con estructuras formadas por espejos a semejanza de lo que habían visto en los santuarios de Essel.

Descendieron al sur, y se dirigieron caminando hacia el gran santuario por un camino que se notaba bastante transitado. De hecho, se cruzaron con lo que parecían varios peregrinos en un sentido y en otro. Peregrinos que, dado lo variopinto del grupo, los miraban sumamente extrañados.

Atravesaron un pórtico parecido al que habían atravesado al llegar al convento de las Hermanas del Llanto. Pero este pórtico era mucho más grande que aquel. Daradoth sintió cierto alivio al atravesarlo, pues el "escalofrío de Sombra" que recorría su espina dorsal casi desapareció; aun así, no lo hizo del todo. No tardaron en llegar a un segundo portalón, donde dos monjes con túnicas blancas y plateadas, con la estrella de Curassil bordada, los recibieron con expresión de extrañeza.

—¿Venís a honrar a Oltar, hijos? —dijeron en un peculiar y musical dialecto del cántico.

—Sí, por supuesto, padre —respondió Daradoth.

—Entonces, arrodillaos y recibid la bendición de Curassil —dijo uno de ellos, mostrándoles una estrella hecha de plata. "O quizá otro metal", pensó Symeon, "los reflejos de la luz en ella parecen...vivos".

El clérigo fue de uno en uno posando la estrella en sus frentes. Galad percibió la familiar sensación del poder canalizado hacia su cuerpo.

—Sois libres de entrar y honrar a nuestra señora de la luz.

Y así lo hicieron, llegando al esplendoroso entorno del complejo. Con bastante gente en visita de peregrinaje.

—¿Sabéis qué nos han hecho ahí detrás, mi señor? —preguntó Daradoth a Eraitan.

—Supongo que comprueban que no seamos criaturas de Sombra —respondió el príncipe, lacónicamente.

Se dirigieron al mayor edificio de todos los que se podían ver, el templo de culto principal. Se trataba de una magnífica y enorme catedral construida en mármol y piedra resplandeciente, cuya magnitud les sobrecogió. Al fondo de la nave principal, una enorme estatua de unos treinta metros de alto, con el pelo largo hasta casi los pies, una lanza en una mano y un orbe en la otra, observaba a todo el que entraba por la bellísimamente decorada puerta principal. La luz en el interior parecía bailar, y todo era... vibrante. Galad podía sentir el poder a su alrededor, y Yuria no pudo evitar sentirse admirada por aquella obra de ingeniería (¿o magia?).

Preguntaron por el abad, y les indicaron el edificio en el que se encontraban sus despachos. Allí, los recibió el secretario del abad, que parecía sumamente atareado.

—Lo siento, pero el abad se encuentra extremadamente ocupado preparando la ceremonia de mañana. La exaltación de Curassil, que os recomiendo que la presenciéis, es esplendorosa.

—Me temo que debo insistir, es un asunto muy urgente.

Finalmente, consiguieron que el abad recibiera en su despacho a unos pocos (Daradoth, Galad y Eraitan). Como les habían dicho, se encontraba atareadísimo.

—No sé si conocéis la situación en el continente ahora mismo, señoría, pero la Sombra...

El suelo tembló levemente. Se sorprendieron, pero el abad no parecía preocupado, así que se relajaron un poco hasta que el temblor pasó.

—No os preocupéis, esto es normal en la is...

De repente, una oleada de algo desconocido, una sensación extraña, como si los hubieran sumergido en agua hirviendo, los invadió, aturdiéndolos y dejándolos sin vista durante unos segundos.


jueves, 15 de septiembre de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 28

Viaje a las Islas Ganrith

De súbito, Galad recordó algo.

—Daradoth, deberíamos enseñar al Consejo la pequeña redoma que llevas en el dobladillo...

—Es cierto —contestó el elfo, con un gesto de reconocimiento—, mil disculpas mis señores, casi se nos olvida mostraros esto.

Sacando la redoma de los pliegues de sus ropas, la colocó sobre la mesa. Al tocarla, la familiar vocecilla volvió a resonar en su mente (aunque mucho más tranquila, sin reclamar calor y luz), y permaneció absorto unos segundos. Entendiendo lo que pasaba, Symeon lo instó, con la esperanza de hacerlo reaccionar:

—¿Daradoth?

Daradoth pareció volver en sí, agitando levemente la cabeza, y continuó su movimiento; la redoma quedó en el centro de la mesa.

—En el complejo central de los Santuarios —relató— encontré el cadáver de Ecthërienn, el antiguo portador del Orbe, bastante bien conservado. A juzgar por lo que vi, un clérigo de la Sombra acabó con él, atrapando su alma en esta redoma. El caso es que parece que es capaz de comunicarse con el exterior, proyectando pensamientos. De hecho —finalizó, con un escalofrío—, en varias ocasiones ha estado a punto de controlar mi mente, quebrando mi voluntad.

El Consejo permaneció en silencio unos momentos, observándose, sin poder ocultar la extrañeza en sus rostros.

—Eso que comentáis es harto extraño —dijo Neäderoth, uno de los dos monjes de alto rango presentes en el Consejo—. Un alma no debería ser capaz de utilizar capacidades mentales, y menos después de haber sufrido una absolución oscura como parece ser el caso.

—Según lo que conocemos nosotros sí —añadió Annagräenn—; pero tened en cuenta que eso ocurrió hace milenios, y Sombra puede haber afectado las almas y los poderes de sus secuaces.

—Ecthërienn fue uno de los mayores valedores de la Luz —intervino Eraitan, ya totalmente erguido con el porte de un Alto Príncipe, aunque con el rostro tenso por su lucha interna con  Dirnadel—, y aprecié mucho su compañía en los tiempos oscuros de las Grandes Guerras. No sería una cosa menor poder recuperar su presencia y su saber. De hecho, no sé si seríamos capaces de utilizar el poder del Orbe sin él.

—¿Pero no haría falta un cuerpo para ello? —interrumpió Symeon—. ¿Sacrificaríais un alma para ello? ¿O quizá bastaría con un recién fallecido?

—Eso sería un problema, desde luego —contestó Irainos—. Tendremos que meditar sobre ello detenidamente.

—En cualquier caso, todo pasa por recuperar a Athnariel y sacarlo de la Sombra —continuó el príncipe Eraitan—. Y debemos decidir cómo hacerlo, cuanto antes.

—Si no os importa, llevaremos la redoma con nosotros, por si se presenta la oportunidad de recuperar la consciencia de Ecthërienn —dijo Symeon, añadiendo en voz baja:— Teniendo en cuenta que puede haber sido afectado profundamente por Sombra. —Alzó la voz de nuevo:— Y debemos tener claro cuáles son las prioridades del Adversario, y por qué ha dejado de atacar mediante los Erakäunyr.

—Por lo que nos habéis relatado —contestó Annagräenn—, si Sombra tuvo que materializar a esos brutales colosos desde el propio Erebo, el poder que tuvo que utilizar debió de ser tal, que los Erakäunyr debieron de quedar exhaustos enseguida. Otra cosa por la que felicitaros. No obstante, no creo que tarden mucho en volver a aparecer.

Pasaron a discutir las alternativas: acudir a Doranna en busca de los hidkas o viajar a las islas Ganrith para ver si podrían ayudarlos en algún santuario. Como siempre, ante la mención de las Ganrith, Daradoth sintió su corazón acelerarse, recordando a su amada, Ethëilë. Su elección estaba clara desde el principio. 

El Consejo les previno de que, en caso de que viajaran a Doranna, los hidkas eran una raza muy reclusiva que apenas había salido de aquella región salvo en contadas excepciones, salvo para luchar contra Sombra, como una raza pura de Luz que eran. Sus costumbres eran extrañas, y, aunque no eran gente agresiva, su "especial consciencia de la realidad" y su "posición en el orden de las cosas" los inducía a no querer interactuar demasiado con el resto del mundo. Euryvëthil, por su parte, insistió de nuevo en la posibilidad de obtener ayuda en los Santuarios Ganrith, ya que le constaba que algunos de ellos se aproximaban al poder que habían tenido los clérigos de Essel; en algunos templos, la presencia de los Avatares era bastante cercana. Sin embargo, hacía siglos que no visitaba las islas, y no sabía en qué situación podían encontrarse.

Finalmente, dada la relativa cercanía de las Ganrith a Doranna y la mayor dificiltad de acceso a la "Nación Perdida", el grupo decidió acudir allí en busca de algún Santuario que les pudiera ayudar. El fuero interno de Daradoth se inundó de regocijo, ante la perspectiva de poder reunirse con Ethëilë (o, simplemente, verla).

Mientras el Vigía aprovisionaba el dirigible, el grupo se aseó y se acomodó en sus aposentos. Decidieron en firme viajar a las Ganrith primero, dada la condicion de exiliado de Daradoth y la opinión contraria a presentarse en Doranna anunciando a Eraitan. Además, Daradoth aprovechó para explicar los detalles de su condición de exiliado, que el grupo ya conocía. Su amor por la princesa Ethëilë y su romance secreto derivaron en la desgracia para el joven elfo, que solo se salvó de un castigo mayor por la intervencion de su padre, lord Aradroth Ithaulgir, Chambelán y Primer Consejero del rey Aldarien (padre de Ethëilë). El castigo fue su reclutamiento forzoso en el nuevo cuerpo de Buscadores (eldhramyr) que se encargaría de buscar en el exterior a los elfos que recientemente habían desaparecido por toda Doranna, y el exilio, que solo podría violar en caso de tener novedades sobre su misión. 

Estas revelaciones hicieron que Symeon y Faewald expresaran algunas reservas a la hora de dirigirse a las Islas, pues temían que una posible visita de Daradoth a las Hermanas del Llanto, en cuyo complejo se encontraba recluida Ethëilë, tuviera como efecto algún imprevisto que pusiera en peligro la misión. Faewald y Taheem volvieron a insistir en el retorno a Esthalia para reunirse con el marqués de Strawen y solucionar el asunto de la Daga Negra, pero de nuevo la sugerencia fue rechazada ante las urgencias presentes y finalmente se decidió realizar el viaje a las Ganrith.

Por la noche, Symeon, debido a asuntos que habían surgido durante la larga conversación, viajó a través del mundo onírico hasta Tarkal, para comprobar en la medida de lo posible cómo se encontraba la situación allí. No parecía haber grandes cambios, aunque las luces que correspondían a los enclaves donde se encontraban los paladines de Emmán y Ammarië se entrelazaban y en ocasiones chocaban brevemente. "Bueno, ya sabemos que no se llevan especialmente bien", pensó Symeon. La presencia verdemar de Nirintalath era un pequeño faro a lo lejos, pero consiguió evitar la tentación de acercarse. Desde Tarkal se dirigió a la casa de Phâlzigar, donde comprobó que Somara no había cambiado de sitio el joyero que le había indicado; la propia Somara destacaba como una luz brillante donde sobre la cama difuminada. Tras unos segundos de contemplación, retornó y durmió un profundo y reparador sueño.

El día siguiente, con el dirigible debidamente pertrechado, la compañía se dispuso a partir sin demasiados preámbulos hacia el sureste. Pero se encontraron con una sorpresa al salir de la "posada" donde se encontraban alojados. Una multitud se había congregado en la explanada de la entrada, compuesta por elfos, enanos y humanos. Todos ellos eran jóvenes que exrpesaron su deseo de acompañar al grupo en sus aventuras. Las voces se alzaban por doquier, pidiendo acompañarles por la Gloria de la Luz. "¡Mi señor Daradoth, por favor! ¡Mi señor Galad! ¡Por favor, Symeon, lady Yuria! ¡Llevadnos con vosotros!", se oía por todas partes. El Consejo inentó aplacar los ánimos, pero ante la fuerte y clamorosa insistencia, finalmente decidieron que sería bueno para "aumentar la moral".

Se habló incluso de organizar un torneo, pero la falta de tiempo lo descartó. Se decidió incorporar a un representante de cada raza; así, el arquero elfo Darion, el clérigo y curandero enano Garâkh y la exploradora ástara Avriênne se unieron a la compañía. A mediodía, el Empíreo remontaba el vuelo y se alejaba del Valle del Exilio.

 —Según mis cálculos —dijo Yuria, una vez a bordo—, si todo va bien, la travesía debería llevarnos unas catorce jornadas.

El viaje les llevó a través de las Tierras Altas de Árlaran, donde se encontraba Arlaria, la capital de facto del Pacto; después atravesaron los extensos pastos de Dahl, el mar interior de Essel (desde donde, en lontananza, podían ver tras los inmensos bosques la mancha de Sombra donde habían estado apenas unos días antes), las Vastas Praderas de Ercestria, la región de Drayss (a lo lejos brillaba, orgullosa, la Torre Emmolnir), la península norte de Tramartos, el océano Argivio y, por fin, la vista de las Islas Ganrith en una mañana de la primavera.

La travesía hasta las Islas Ganrith

Las inclemencias meteorológicas (los últimos coletazos del invierno) hicieron que el viaje se prolongase cuatro jornadas más de lo previsto. A pesar de que, debido a una repentina tormenta, perdieron a uno de los soldados tarkalitas de la tripulación (quedando esta reducida a cinco marinos y cuatro soldados), la increíble pericia de Yuria pilotando el artefacto volador (y, en menor medida, la del capitán Suras) evitó que sufrieran unas pérdidas mucho mayores. Debido a la misma tormenta el dirigible tuvo que ser reparado, cosa que llevaron a cabo con gran eficiencia, pero que les causó más retraso sobre lo previsto.

Al cabo de dieciocho días avistaban la primera de las grandes islas que componían el archipiélago de las Ganrith. Siguiendo las sugerencias de Eraitan, emplearon una jornada más para dirigirse hacia la mayor de las islas, y a la costa norte de esta.

Cerca del mediodía, con el ambiente despejado, mientras Daradoth descansaba del estudio del grimorio que había encontrado en Essel, no pudo dejar de fijarse en algo peculiar en el horizonte. Se acercó a Yuria.

—¿Tienes tu luengalente, Yuria? —así llamaban al catalejo ercestre—. Ven, comprobemos si ves lo mismo que yo.

El Empíreo viajaba muy rápido. En el breve intervalo que transcurrió entre que Yuria dejó el timòn a Suras y Daradoth y ella se acercaron a la proa, el elfo ya vislumbraba claramente lo que antes había sospechado. 

—Sí, una flota. Y grande —confirmó Yuria mirando por el anteojo. Efectivamente, una gran flota de barcos similares a los élficos, aunque más grandes (del tamaño de galeones ercestres), con velas cuadradas y espolones con forma de cabeza de león se desplegaba en semicírulo ante una importante población de la costa—. Están bloqueando aquella villa, o quizá se disponen a atacar —sentenció la ercestre, plegando el artefacto. "Maldición", pensó Daradoth, "¿por qué no podemos tener ni una búsqueda tranquila?".

—Esto cambia nuestros planes —sugirió Symeon, que se había acercado a ellos junto con el resto del grupo, curiosos.

—¿Qué es aquello?  —interrumpió Galad, de repente, señalando un pequeño punto en el cielo.

A través del catalejo, Yuria lo vio. Y tambíen Daradoth.

—Por el millón de estrellas —dijo el elfo—. Es algo parecido a un dragón, más pequeño, y montado por un jinete con una armadura...

—Sí, bastante extraña —confirmó Yuria—. Tenemos que virar rápido. ¡Suras, todo a estribor! —urgió al capitán.

Tras encontrar corrientes favorables y virar con la ayuda de los artefactos enanos, se dirigieron hacia el interior de la isla, cosa que les vendría bien también para aprovisionarse de agua y comida.

Entre los bosques, no tardaron en encontrar la primera construcción: un complejo monacal de edificios y pequeños torreones blancos, claramente de estilo élfico. A medida que se acercaron vieron que el lugar tenía signos de decaimiento. Allí fueron recibidos por una media docena de monjes, que los percibieron como una amenaza. Uno de ellos incluso lanzó un hechizo ígneo de advertencia. No obstante, tras presentarse Daradoth y Arakariann, su actitud se relajó y aunque permanecieron siempre algo tirantes, conversaron sin problemas. Pero cuando Daradoth les interrogó acerca de alguna posibilidad de ayuda con el Orbe, no supieron darle ninguna pista más que enviarlo en busca de otros santuarios en el norte.

Se dirigieron de nuevo hacia el norte, y en la costa avistaron una pequeña ciudad, pero el puerto estaba ocupado por el mismo tipo de barcos que habían visto unas horas antes. Algunas humaredas denotaban recientes combates. Se desviaron de nuevo, dirigiéndose hacia el este siguiendo más o menos los caminos. A unos 70 kilómetros avistaron otro complejo, aparentemente mejor conservado que el anterior. Esta vez descendieron del dirigible a una distancia prudencial y se acercaron a pie.

Al acercarse, en el camino, atravesaron una especie de puerta ceremonial. Los elfos informaron al resto de que se trataba de un Istahil, una especie de portal ceremonial que daba acceso a un recinto sagrado.

—Pero este —dijo Daradoth— debe de ser extremadamente antiguo. El estilo no corresponde a nada que haya visto en Doranna... o en Essel, por cierto.

No tardaron en ver a las primeras personas. Un poco más hacia arriba (el camino ascendía hasta el complejo), seis elfos ataviados con armadura les avistaron. Uno empezó a golpear algo parecido a un tambor, y dos se alejaron rápidamente. Los que quedaron cargaron sus ballestas y les increparon en cántico para que se detuvieran. Sus armaduras estaban golpeadas, sus ropas rasgadas y lucían algunas manchas de sangres seca: habían luchado hacía muy poco.

Mientras explicaban el motivo de su presencia allí a voz en grito, aparecieron algunos guardias más, entre ellos uno que parecía un oficial. Permitieron que se acercara uno de ellos, desarmado. Daradoth se acercó, alejándose del alcance auditivo del grupo.

—Bienhallados, mis señores —dijo—. No somos invasores, no tenemos nada que ver con ellos. Venimos del lejano norte de Aredia en busca de ayuda contra la Sombra. Necesitamos algún clérigo que nos ayude a liberar de la corrupción un objeto.

Mientras tanto, había hecho acto de presencia más gente, entre ellos una elfa de aspecto maduro, ataviada con los hábitos propios de las monjas recluidas. Ponía su mano derecha compulsivamente sobre su pecho. El corazón de Daradoth dio un vuelco.

—Hermana, ¿no será este por una gran ventura el convento de de las Hermanas del Llanto?

—Sí, así es —respondió ella tras dudar unos instantes.

Ignorando los rezongos de los guardias y los intentos de interrumpir la conversación, Daradoth prosiguió.

—¿Se encuentra aquí —tragó saliva, emocionado—... por la gracia de la Luz... la hermana Ethëilë?

—¿Quién lo pregunta?

—Daradoth Ithaulgir.

La superiora pensó unos segundos.

—Si no me equivoco... ¿vos sois la razón de que esté aquí?

—Sí —suspiró—. No pretendo verla, sólo deseo saber que está bien. Y si podéis, decirle que mi amor sigue intacto.

La gran sinceridad en las palabras del elfo conmovió a la monja vestida de negro (cosa muy rara en los elfos). 

—Dejadlos pasar, gallardos guerreros —dijo, y Daradoth encabezó la marcha seguido por sus compañeros. En el convento debía de haber una cincuentena de guardias, que seguramente habían huido de la ciudad.

Llegaron a los jardines, donde se sentaron a tomar un poco de agua. Galad ofreció su ayuda para los guardias heridos,  que aceptaron de buen grado. Pocos minutos despues, la superiora volvió a por Daradoth, invitándolo a acompañarla. 

Lo guió hasta una de las carpas donde se trataba a los heridos. Un par de monjas cuidaban a uno de los guardias. Una de ellas se dio la vuelta.

"Está tan bella como siempre", pensó Daradoth, que no pudo evitar sentir lágrimas asomando a sus ojos y cómo su estómago se revolvía. El corazón le iba a explotar. 

Ella lo miró, absolutamente sorprendida, y por un instante desvió la vista hacia la superiora.

—Sí hija, está bien —dijo esta—. Puedes hablar.

—Daradoth... ¿eres realmente tú?

—S... sí, mi señora... mi estrella... mi amor —la voz se le quebró. "¿Acaso parezco idiota?".

Ethëilë no pudo evitarlo. Transgrediendo todas las normas se echó en sus brazos, y lo abrazó cálidamente. Lloraron.


miércoles, 31 de agosto de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 27

Retorno al Norte

Una vez descansados y respuestos de los traumas emocionales, decidieron volver hacia la mansión de lord Ginathân, en el distrito de Darsia del Pacto de los Seis. El lugar se encontraba a una distancia razonable (unas tres jornadas de viaje), y, además de informarse de cuál era la situación del noble y la rebelión, podrían reabastecerse para afrontar el viaje hacia el norte. El capitán Suras cedió de nuevo el mando de la nave a Yuria.

Eraitan (ya nadie usaba el nombre de Igrëithonn) pasó gran parte del viaje en silencio, mirando al horizonte por la borda del Empíreo. En las breves conversaciones que mantuvo con el grupo, les agradeció sinceramente su ayuda y les dejó claro que, aunque su lucha contra la voluntad de Dirnadel continuaba, parecía tenerlo mucho más controlado. Galad le devolvió la Joya de Luz, y le mostró el Orbe de Curassil.

—Parece que el arcángel ha sido de alguna manera sumergido en la Sombra —dijo el paladín—. La única manera de hacerlo reaccionar fue que Symeon hablara con él en el mundo onírico.

—Así es —confirmó el errante—. Fue durísimo, pero finalmente pareció apartar las sombras y acceder a nuestras peticiones. Eso nos permitió activar el gran diamante de la sala central, pero poco después, el Orbe volvió a mostrar ese aspecto sombrío.

Eraitan meditó durante unos instantes.

—Han sido muchos siglos de exposición, sí. No hay ser viviente, ni terrenal ni celestial, que pueda resistir algo así. No creo que vuestras habilidades en el mundo onírico —miró a Symeon— basten para recuperarlo definitivamente. Es posible que haya alguna solución, pero tendremos que comentárselo al gran consejo del Vigía.

Faewald y Symeon también aprovecharon el viaje para volver a estrechar sus lazos y volver a hablar sobre la conveniencia de volver a Esthalia y a reunirse con Valeryan. Faewald también profundizó en su nueva relación de empatía con Yuria; ambos se convirtieron en amigos y confidentes.


Tras una placentera travesía, llegaron a la mansión de Ginathân. 

—El estandarte de Ginathân sigue ahí, buena señal —dijo Galad.

Tras aterrizar les recibió la señora de la casa, Somara, y la hermana de Symeon, Violeta, que abrazó efusivamente a su hermano. Junto a ellas se encontraba el capitán de la guardia y algunos de sus miembros. La errante, que en teoría poseía sangre élfica, seguía tan candorosa y cálida como siempre. "La luz sigue fuerte en ella", pensó Daradoth. Cuando Somara, que los saludó uno por uno, tras inclinarse protocolariamente ante Eraitan se acercó a Daradoth, torció levemente el gesto al detectar la astilla de Sombra que era la herida en su muslo. De hecho, durante el viaje, Daradoth había desarrollado el hábito inconsciente de rozarla con su mano derecha cada poco tiempo. 

—¿Os atormenta mucho esa herida? —susurró la errante.

—Lo suficiente como para no olvidar que está ahí —respondió, adusto, Daradoth, pero como siempre, sobrecogido por su belleza y su encanto.

Una vez que fueron todos saludados convenientemente, pasaron al gran salón.

—Hace más o menos una semana que no recibimos noticias de Dársuma —les anunció Somara, preocupada. Como recordaban, Ginathân se había dirigido hacia la capital del distrito para intentar controlar la rebelión y que no se convirtiera en un  baño de sangre—. Estoy muy preocupada por mi señor Ginathân.

Intentaron tranquilizarla lo mejor que les fue posible, disculpándose por no poder desviarse de su camino en esos momentos; aunque sus palabras fueron un magro consuelo, fueron muy agradecidas.

—Pero disculpad mi egoísmo —continuó—, debéis de estar muy cansados, y hambrientos. Hace dos semaas que os marchasteis hacia ese lugar maldito, y lo primero de lo que os hablo es de mi esposo... y veo que algunos de vuestros compañeros no han vuelto. Contadme, por favor, contadme.

Ante un reconfortante refrigerio, el grupo procedió a resumirle la terrible experiencia por la que habían pasado, la pérdida de algunos de los miembros de su compañía, y el glorioso final gracias a la Luz. Somara sonrió, y como siempre, su sonrisa aceleró sus corazones.

—Impresionante odisea. —Se levantó—. ¡Brindemos por los héroes de Aredia! —el choque de copas resonó por todo el gran salón.

Pasadas unas horas, ya con las bodegas del Empíreo reaprovisionadas, procedieron a despedirse de Somara y Violeta. Prometieron volver lo antes posible, y Symeon les aseguró que visitaría diariamente el lugar a través del mundo onírico.

—Si surge alguna emergencia —dijo el errante a Somara— cambiad de lugar el pequeño joyero turquesa que tenéis en vuestros aposentos. —Previamente Symeon había comprobado que el objeto tenía, por algún motivo que no venía al caso, una representación onírica—. Así sabré que algo sucede y necesitáis ayuda.

—Muy bien, así lo hare, os lo agradezco de corazón. Tened cuidado en vuestro viaje.

Symeon aprovechó mientras Somara se despedía de los demás para hacer un aparte con Violeta.

—Durante nuestra estancia aquí he visto que el campamento errante ha crecido mucho.

—Sí —respondió ella—. Creo que nunca antes ha habido tantos errantes reunidos en ningún sitio.

—Entonces... ¿la has oído mencionar? —Symeon se refería a su esposa, la responsable del genocidio de los errantes en el Imperio Vestalense.

—La verdad es que no, aunque hace tiempo que no he salido del recinto de la mansión. En cuanto pueda, intentaré averiguar algo sobre ella o sobre nuestro hermano Sylas.

—Bien, pero ten mucho cuidado, hazlo solo si ves que es seguro.

Pocos minutos después, el Empíreo remontaba el vuelo bajo el mando firme de Yuria y Suras. Una navegación extraordinaria les permitió llegar a las tierras fronterizas del norte en apenas cinco días de viaje. Unas pocas horas más y llegaron al Valle del Exilio. Allí fueron recibidos con todos los honores, pues Eraitan reclamó para ellos toda la deferencia posible y que fueran tratados como verdaderos héroes. Los rumores sobre los "Elegidos de la Luz" pronto se extendieron por todo el valle.

Poco después se reunió el consejo, con el anciano Irainos a la cabeza, y también con Eyravëthil y Annagräenn, entre otros elfos, ástaros y enanos. Daradoth sospechaba que Eyravëthil y Annagräen debían ser casos análogos al de Eraitan, y que debía de tratarse de príncipes élficos de los tiempos antiguos con nombres impostados.

Tras llorar a los caídos, explicaron resumidamente su odisea a los reunidos, levantando así por doquier ceños de incredulidad y gestos de admiración y respeto (pues los elfos no podían ignorar que Eraitan corroboraba la historia). Concretamente, cuando mencionaron la zona de oscuridad impenetrable que se alzaba al norte del complejo central a donde los demonios habían llevado a Eraitan, algunos componentes del consejo rebulleron inquietos en sus asientos.

—No puede tratarse más que de un portal a Erebo, la dimensión de Sombra —dijo Eyravëthil.

—Si es así, habrá que tomar medidas en el futuro —afirmó Irainos.

Acto seguido, pasaron a exponer la problemática con el Orbe de Curassil. Symeon relató su conversación en el mundo onírico, y cómo Athnariel había mostrado su furia al creer que Oltar le había abandonado. Irainos tomó la palabra:

—Afortunadamente, por motivos que previamente a esta conversación no entendía pero que ahora empiezo a comprender, los Erakäunyr han permanecido inactivos durante las últimas tres semanas, así que no ha habido problemas mayores. Parece que Sombra ha estado muy ocupada en otro lugar —exhibió una ligerísima sonrisa—, cosa que nuestra gente os agradece. Aun así, supongo que volverán pronto, y si lo que decís de que Athnariel ha sido dominado por Sombra es cierto, solo se me ocurre una solución... —miró a Annagräenn.

—No queda más remedio que recurrir a los hidkas. Tendréis que viajar a Doranna, y rezar por que os reciban de buen grado.

Según explicó más tarde Daradoth, los hidkas eran una de las razas míticas que se habían retirado totalmente a Doranna durante la Gran Reclusión. De hecho, vivían en lo más profundo de la región, en las montañas junto a la cordillera de Matram, y, tratándose de seres extraños con una espiritualidad muy profunda, se relacionaban muy poco con el resto de pueblos de Doranna. De hecho, a lo largo de toda su vida, Daradoth solo había alcanzado a ver un hidka, vestido con capa y capucha, con lo que podía dar pocas explicaciones; eso sí, podía decirse que los hidkas eran la raza humanoide más extraña de todas, con un tercer ojo en la frente, piel azulada y dientes afilados. No obstante, según los rumores, tocados fuertemente por Luz.

Irainos aportó su opinión:

—¿No creéis que también prodríamos intentar recuperar a Athnariel en los Santuarios Ganrith? Creo haber oído que han tenido algo de éxito en el pasado en asuntos similares...

—Por lo que describe maese Symeon —respondió Annagräenn—, estoy convencido de que los hidkas son nuestra única opción.

Con la conversación zanjada, pasaron a evaluar cuál sería el mejor curso de acción para el viaje a Doranna. Atravesar la cordillera Matram con el Empíreo quedaba descartado, pues eran totalmente impenetrables. No quedaría más remedio que pilotarlo sobre alguno de los pasos más accesibles, o quizá desde el sur, sobre el mar Mirgaer. 

Hablando en un rudimentario estigio, el idioma que el grupo utilizaba para comunicarse, Arakariann expresó su deseo de seguir acompañando a Eraitan y al grupo de "elegidos de la Luz". Con sonrisas y gestos de asentimiento, aceptaron sin dudarlo.


lunes, 15 de agosto de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 26

Luz por fin

Salieron del Aglannävyr con Daradoth encabezando la marcha, Galad cubriendo la retaguardia, y Yuria ayudando con Eraitan, siempre teniendo cerca a Faewald. Symeon se quedó un momento atrás para cerrar la apertura de nuevo, pero en pocos segundos se incorporó al orden de marcha, dando ánimos con un gesto a Taheem y a Arakariann.

Superando el efecto de los susurros oscuros con la ayuda de los hechizos de protección de Galad, y dejando atrás los fuertes impactos que las enormes armaduras animadas estaban propinando al templo del otro lado del árbol, entraron de nuevo en el área de poblaciones más dispersas que rodeaba a la ciudadela central; todavía podían notar levemente los temblores de tierra provocados por la destrucción que las criaturas de Sombra debían de estar extendiendo allí.

Armadura Colosal

Al cabo de media hora, Daradoth pudo ver cómo la vegetación se abría dando lugar a una gran explanada, que daba acceso a un gran lago. El agua presentaba un color muy oscuro, prácticamente negro, y en el centro del lago se alzaba una isla con un gran templo que parecía más o menos intacto desde la distancia.

Una onda llamó la atención del elfo.

—Hay algo ahí dentro —dijo—. Mejor nos mantenemos apartados del agua.

Así lo hicieron, manteniendo una distancia prudencial entre ellos y el agua en tanto les fue posible. Pocos minutos más tarde, sin duda atraídos por la luz que emanaba de sus auras, hacía de nuevo acto de presencia la bandada de aquellos cuervos retorcidos, y se situaba sobre ellos, siguiéndolos de cerca.

—Era cuestión de tiempo que nos detectaran —dijo Yuria.

—Demasiado han tardado —añadió Galad.

—Por cierto, ¿os habéis fijado en la curva que hace el estanque? —preguntó la Ercestre—. Es una parábola perfecta —aunque el resto del grupo no entendió el concepto "parábola", nadie quiso preguntar—; sin duda es un lago artificial.

—Supongo —respondió Symeon— que lo crearían para honrar a alguno de los avatares del mar o del agua.

—En cualquier caso, hay algo ahí y prefiero dejarlo en paz —zanjó Daradoth.

Siguieron caminando durante aproximadamente una hora, dejando atrás edificios en ruinas y asentamientos de los que apenas había dejado rastro la vegetación y la oscuridad. Algunos elfos dementes y reanimados salieron a su encuentro, pero en la situación del grupo, potenciados por el poder de Luz, no fueron más que una molestia pasajera.

Durante ese tiempo, Daradoth recondujo la ruta del grupo para intentar llegar a la ruta por la que habían accedido al centro del complejo. Por fin, en un momento dado, llegaron a la vista de un templo más o menos conservado, que dominaba una amplia extensión rodeada por un muro cuyos buenos tiempos habían quedado ya muy atrás. 

—Creo que hemos llegado al templo donde tuvimos que huir de aquella especie de sirena animada —anunció Daradoth.

—Entonces, mejor no entrar de nuevo —sugirió Galad—. ¿No creéis?

—Sí, desde luego —concordó Symeon.

Así que, tras comer algo de carne seca y refrescarse con algo de agua (siempre con un ojo alerta hacia los cuervos que no dejaban de oír graznar) continuaron camino, rodeando el muro del templo por la parte sur. Accedieron a un antiguo camino, que a duras penas podía llamarse así ya, casi cubierto por matorrales negros y amenazadoras zarzas. Tras avanzar despejando la maleza unos cuantos centenares de metros, Yuria se detuvo, consternada por algo:

—Esperad un momento, parad —urgió; Galad dejó de golpear la maleza—. ¿No habéis notado eso en el suelo?

—Yo sí —dijo Symeon—. El suelo ha reverberado durantre un momento, y...

—Ahora lo noto —dijo Faewald.

—Y yo —dijo también Daradoth—. Galad, hay que darse prisa.

Daradoth se aprestó a despejar la maleza junto al paladín, acelerando la marcha. Avanzaron todo lo rápido que pudieron, siempre con los cuervos sombríos sobre ellos, y en el suelo ya se hizo ostensible el temblor, que se sentía a intervalos regulares cada pocos segundos.

—Seguro que son los constructos que estaban destruyendo el templo, suena como algo métalico —dijo Yuria—. Daradoth, Galad...

No pudo acabar la frase, pues el suelo se abrió a los pies de Daradoth. Su corazón se aceleró y, revolviéndose, desesperado, alargó los brazos en busca de algún asidero. Y por suerte, lo encontró en la bota izquierda de Galad, que se giró a tiempo para no caer en el agujero que se había abierto a escasos centímetros de sus pies.

Colgando de la bota de su amigo, Daradoth miró hacia abajo. Pudo ver una especie de bóveda subterránea totalmente colapsada por elfos de ojos totalmente blancos que le provocaron escalofríos. Segundos después sentía el tirón de Galad que lo ponía a salvo.

—¡Cuidado ahí atrás! —advirtió el elfo—. Ahí abajo está lleno de muertos, no os acerquéis; ¡vamos, Galad, rápido!

Finalmente, pudieron despejar el macizo de zarzas y acceder a una explanada. A unos cien metros se podía ver un antiguo templo, ya derruido, y alrededor de él, alrededor del grupo, un cementerio que se extendía varias hectáreas.

—¿Qué es esto? —se preguntó Galad—. ¿Un cementerio de elfos? ¿Tenéis cementerios, Daradoth?

—Bueno, somos inmortales, pero aunque no muramos de viejos, también morimos.

—Lo que sea —instó Yuria—, pero continuemos, porque no sé si oís el mismo ruido metálico que yo, pero esos monstruos ya deben de estar muy cerca.

Intentaron rodear el cementerio sin adentrarse mucho entre las tumbas, siempre por el límite exterior, que ahora estaba copado por las zarzas y la ponzoñosa vegetación oscura.

De repente, un chorro de energía de color extraño pasó muy cerca de Galad, desequilibrándolo y haciéndole notar una especie de pinchazo leve a su paso. Mientras echaba rodilla a tierra para no caer de bruces, sintió un vuelco en el corazón cuando el torrente de poder se estrelló contra Yuria.

La ercestre notó un leve pinchazo en su espalda y luego una fuerte descarga procedente del talismán de su cuello, que la dejó sin respiración durante unos segundos. Pero no hubo más efecto. Se giró para mirar a Galad, que sonrió al verla indemne.

El resto del grupo se giró, al oír el fuerte zumbido que había acompañado al haz de energía.

—¿Qué ha sido eso? —inquirió Symeon mientras Galad se ponía de nuevo en pie.

—No sé... algo... —balbuceó Yuria.

—Ha sido una especie de rayo potentísimo, ha alcanzado a Yuria pero parece que su talismán la ha protegido.

—Entonces no perdamos tiempo, ¡corred! —urgió Daradoth, que a su vez se quedó helado cuando a lo lejos vio, volando hacia ellos, a dos demonios enormes y con un aura de poder potentísima, mucho más intensa que la de cualquier demonio que hubieran visto antes en los santuarios—. ¡Nos siguen dos demonios que parecen poderosísimos! ¡Corred, vamos!

—¡Pasad delante de mí, intentaré protegeros! —ordenó Yuria, que pasó a cerrar el avance del grupo.

Un segundo haz de energía pasó cerca de la ercestre, pero esta vez no le acertó. Impactó muy cerca de Symeon y Taheem, provocando una fuerte explosión, abriendo un cráter y levantando una lluvia de cascotes. Afortunadamente, Symeon y el vestalense pudieron evitar ser derribados y siguieron con la carrera (penosa por otra parte, porque dos de ellos debían acarrear a Eraitan en todo momento). Llegaron por fin al extremo del cementerio, para ser detenidos de nuevo por la maleza. Daradoth se detuvo y se giró, mientras Yuria volvía a ser impactada por un tercer rayo, que la volvía a dejar sin respiración; nunca había sentido un efecto tan potente procedente de su artefacto nulificador.

El grupo se detuvo y se reagrupó alrededor del elfo, jadeantes. Daradoth no pudo contener un escalofrío.

—Los demonios están mas cerca, y detrás vienen nuestros amigos constructos —dijo, desenvainando a Sannarialáth.

—Vale, pues supongo que este sitio es tan bueno como cualquier otro —dijo Galad.

—Sí, podemos intentar que caigan en la bóveda subterránea.

—Intentaré detener sus hechizos con Sannarialáth, vosotros continuad —anunció Daradoth, y se lanzó hacia delante, uniéndose a Yuria para formar una barrera defensiva.

Los demonios lanzaron sendos hechizos a Daradoth y a Yuria. El primero consiguió contrarrestar el rayo con su espada, y la ercestre volvió a sentir la fuerte sacudida que la dejó sin aliento de nuevo, y esta vez, también aturdida durante unos cuantos segundos.

Una segunda andanada tuvo el mismo efecto.

—Daradoth, no creo que pueda aguantar mucho más —dijo Yuria.

Los demonios ya se encontraban a escasos metros de distancia. Daradoth decidió utilizar los poderes de Luz para atacarles, pero no pudo canalizar el poder a tiempo. Uno de los haces de energía impía golpeó brutalmente al elfo en el rostro. Yuria pudo ver cómo su aura de Luz se apagaba mientras salía despedido e inconsciente unos cuantos metros hacia atrás y revertía a su forma habitual.

—¡No! ¡Daradoooth! —gritó Yuria.

Galad y Symeon, que habían quedado a la espera en lugar de continuar como les había dicho Daradoth oyeron el chillido de la ercestre, con lo que decidieron precipitarse hacia el combate. Mientras tanto, los dos demonios se lanzaron rugiendo hacia ella. Y uno de ellos atravesó su pecho con su garra. Fue lanzada hacia atrás con un estallido luminoso, inconsciente y revirtiendo a su forma normal, como antes le había pasado a Daradoth. Los demonios rugieron.

Symeon y Galad llegaron a tiempo de ver cómo Yuria era abatida. Entendieron que en realidad no estaba muerta, pues Luz la había protegido al esfumarse de su ser. El paladín gritó, desatando su poder interior y recurriendo a sus habilidades intrínsecas contra las criaturas impías. Uno de los demonios fue obliterado, y el otro huyó presa del pánico ante el rostro vengador de Emmán.

Poco después llegaron al cementerio las enormes armaduras animadas. Symeon y Galad se quedaron congelados. Parecían mucho más grandes de lo que habían sido unas horas antes.

Por suerte, sus previsiones se demostraron correctas. Al poco de poner pie en el campo del cementerio, el suelo se hundió bajo los pies de los colosos, que cayeron al complejo de cúpulas subterráneas. El paladín y el errante aprovecharon para recoger a sus compañeros y salir corriendo a reunirse con el resto.

Unos minutos después, Yuria y Daradoth despertaron. Sintieron un vacío casi insoportable al no sentir la Luz en su interior. Tras una breve explicación, se pusieron de nuevo en marcha.

—Vámonos de aquí —urgió Daradoth—. Comienzo a odiar este sitio con toda mi alma.

Durante varias horas atravesaron más asentamientos y el área de los templos donde habían pernoctado las primeras jornadas. En un momento dado, volvieron a escuchar las retumbantes pisadas acercándose. Se apresuraron, turnándose en el acarreo de Eraitan, hasta llegar a la vista del sendero ascendente que les llevaría hasta el complejo laberíntico de la entrada. Comenzaron a remontar penosamente la pendiente. Daradoth se giró, y con su visión de la oscuridad pudo ver a sus perseguidores.

—Se acercan los constructos —dijo—. Y parecen... más grandes.

—Sí, eso nos había parecido ya allí, en el cementerio —confirmó Symeon.

—Pues a este paso —anunció Yuria—, nos alcanzarán antes de que lleguemos.

Galad y Symeon hicieron uso de los poderes que Luz les concedía para retrasar en la medida de lo posible a los colosos metálicos. Densificaron el aire, abrieron grietas, levantaron muros... nada parecía detenerlos, aunque los retrasaron lo suficiente para que Daradoth consiguiera llegar a lo alto. Allí se encontraban las dos estatuas que ya les habían librado de sus perseguidores al entrar. El elfo bramó en cántico.

—Se acercan dos enemigos por el lado interior. No les permitáis el paso —se sobresaltó un poco cuando las estatuas hicieron un gesto brusco para ponerse en guardia.

Poco después llegaba el resto del grupo. Agotados pero sin pausa, atravesaron el bastión interior, el patio intermedio y la construcción exterior, acabando con cuantos no muertos se encontraron, hasta atravesar el pórtico de salida y llegar de vuelta a los bosques.

Unos cientos de metros más allá se derrumbaron por fin, absolutamente exhaustos. Symeon y Galad velaron el sueño del resto, pero a las pocas horas, la Luz de su interior desapareció. Symeon sintió alejarse los secretos de la existencia, y Galad percibió cómo la divinidad y la propia presencia de Emmán se diluían, sintiendo un pinchazo en el corazón y la aparición del agotamiento más brutal. Derrotados, alcanzaron a poco más que despertar a un par de sus compañeros antes de caer en un sueño profundo.

Las siguientes tres jornadas fueron una penosa travesía a través de la oscuridad, la vegetación y algún que otro elfo demente. Fueron menos depresivas que las del viaje de ida, pues gozaban de más luz mágica gracias a la diadema de Symeon.

Tras la primera jornada de vuelta, Daradoth despertó a sus compañeros. Igrëithonn había despertado.

—¿Cómo os encontráis, príncipe? —inquirió Daradoth, ya demasiado cansado para andarse con la discreción de evitar el título y el verdadero nombre de su interlocutor. A este no pareció importarle esta vez.

Eraitan alargó su mano hacia Daradoth, con la mirada perdida, como meditando.

—Devuélvemela, por favor —se refería a su espada, a Dirnadel, el arcángel de Eryontar.

Daradoth se la alargó sin dudar. Eraitan la recibió con un visible estremecimiento y un gesto de esfuerzo interior. Colocó la hoja sobre su regazo y, tras unos segundos, su rostro se relajó.

—Ahora estamos completos —susurró, casi ininteligiblemente en alto cántico. Abrió los ojos, miró a Daradoth y añadió—: Creo que esta vez irá mejor.

—¿A qué os referís? ¿A la lucha contra la oscuridad?

—No, a la lucha contra... él... —se apoyó en la espada para levantarse con un leve gesto de contrariedad—. Supongo que algunas heridas nunca se curarán

—Sí —confirmó Galad—. Las heridas de vuestro torso, las que provocaron con las cadenas ígneas... conseguí que mejoraran, pero no las pude curar completamente.

—Bueno, que sirvan como recordatorio.

—Sufristeis muchísimo —dijo Daradoth.

—Un recuerdo que no conservo, por suerte. Contádmelo todo al calor del fuego, por favor —dijo, dirigiéndose a la lumbre, mientras Arakariann se unía a él interesándose por su estado.

Mientras comían algo, el grupo le narró todas sus peripecias desde que había sido poseído por Dirnadel. Eraitan se limitaba a realizar gestos de asentimiento, aunque en ocasiones, un leve gesto denotaba su sorpresa.

Tras unos minutos de silencio, el príncipe sentenció:

—En fin, supongo que tendré que convivir con el dolor además de con la locura. Pero si así lo quieren, así lo tendrán. —Con un gesto de camaradería, atrayendo a todos hacia sí, añadió—: Les infligiremos un dolor que no podrán soportar, se lo devolveré con creces.

Todos se sintieron un poco más unidos después de aquello. Daradoth pareció recordar algo:

—Además, conseguimos lo que vinimos a buscar —dijo.

—Sí, es verdad —coincidió Galad, que lo sacó de los pliegues de su capa y se lo ofreció. 

Tras observarlo unos momentos, Eraitan torció el gesto:

—Algo le pasa, esos jirones de sombra en su interior no son normales.

—Es verdad  —contestó Symeon—. El arcángel de su interior ha sido... corrompido... por la sombra. Debemos mostrarle de nuevo el camino hacia la Luz.

—Muy bien, así lo haremos —afirmó el príncipe—.

Un par de jornadas más tarde, llegaban a la zona de penumbra y al lugar acordado para su recogida en el Empíreo. Cuando vieron aparecer el dirigible sintieron una oleada de emoción, y al subir a cubierta y remontar el vuelo por encima de la oscuridad varios de ellos derramaron lágrimas no solo de emoción, sino de pura ansiedad física y mental. Necesitarían un buen descanso a todos los niveles para recuperarse de aquella experiencia.


miércoles, 20 de julio de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 25

Extrayendo a Eraitan. Hacia el Exterior.

Yuria y Galad, cargando con Eraitan, que aunque se movía ligeramente no salía de su inconsciencia, atravesaron el puente de vuelta tan rápido como pudieron, seguidos de cerca por Symeon, Arakariann (de nuevo en su forma mortal) y Daradoth.

De improviso, un estallido frío y oscuro los azotó desde todas partes, apagando su luz durante un momento. Afortunadamente, la Luz era fuerte todavía en ellos, y no sufrieron daño alguno más allá de unos momentos de confusión. Los hechizos de los demonios de más allá del foso seguían estrellándose contra sus auras de poder, que lograron proteger efectivamente a Arakariann y Eraitan también. Finalmente llegaron a la puerta norte del complejo central, y la atravesaron para dirigirse a toda velocidad hasta la sala del diamante hecho añicos. 

Allí aprovecharon para recuperar el aliento y recoger unos cuantos fragmentos del cristal sagrado que había permitido el acceso de Luz a esta realidad, imbuyéndolos de su poder. No pasó mucho tiempo hasta que Symeon hizo uso de sus habilidades y anunció:

—Taheem y Faewald no están lejos de aquí, deben de estar en el ala este.

Yuria y el errante se dirigieron rápidamente a buscar a sus amigos. Pasados unos pocos minutos moviéndose a la luz que proyectaban sus auras, empezaron a oir unos quedos sollozos. Se dirigieron rápidamente hacia su origen, y entraron a una sala que en tiempos debía de haber sido una biblioteca, largo tiempo olvidada ya.

—Oh, no —fue lo único que alcanzó a musitar Yuria.

Sobre un charco de sangre, Taheem se desangraba con una daga clavada en el abdomen. Faewald lo sostenía en sus brazos, llorando con la mirada perdida. Symeon se acercó a él con precaución, preocupado por su estado mental, y el esthalio se giró a mirarlo.

—No... no pude, Symeon —gimió—. No pude evitarlo... me lo dijo, me lo dijo... pero aun así... estaba oscuro, tan oscuro... oh, ¡Emmán salvadlo por favor!

Mientras Symeon levantaba a Faewald e intentaba consolarlo y tranquilizarlo, Yuria recurría a su conocmientos médicos y evaluaba el estado de Taheem. Suspiró cuando detectó su pulso, débil pero presente.

—Creo que puede salir de esta —afirmó—. Pero debemos darnos prisa, está en el límite.

—¿Ves, Faewald? —dijo Symeon a su hermano juramentado—, todo saldrá bien, tranquilo.

Tras unos segundos de incertidumbre y de muchísimos nervios, Yuria consiguió sacar la daga sin causar ningún efecto adverso en Taheem, que se agitó víctima de un intenso dolor. 

—Necesitamos a Galad, Symeon —dijo Yuria—. Él podrá cerrar esta herida, es demasiado grave.

Symeon partió en busca del paladín, dejando a Yuria a cargo de Taheem.

—De verdad, Yuria, no pude evitarlo —susurró Faewald a su espalda—. Todo se volvió oscuro de repente, Taheem empezó a hablar en su idioma y escuché cómo desenvainaba su daga. Me temí lo peor, por el tono de su voz, pero no llegué a tiempo... aquello de allí fuera... ese engendro... no lo olvidaré nunca...

—No es necesario olvidarlo, Faewald —respondió ella—. De hecho, debemos recordarlo, y sacar fuerzas de donde no las tenemos para que no vuelvan nunca a este mundo.

Faewald guardó silencio unos momentos.

—Creo... creo que la Sombra ha acabado conmigo, Yuria. No... no soy el mismo de antes. No sé si volveré a sentir alegría...

—No digas eso. En todas las batallas de la vida siempre hay algo que te afecta, Faewald... y tienes que encontrar el modo de que te haga más fuerte, no más débil. Y sobre todo, luchar por todo lo bueno que tienes.

—Es fácil decir eso desde el poder que tienes... yo me he dado cuenta de que soy... insignificante.

—Si fueras insignificante no te habríamos venido a buscar, igual que Taheem. Eres (sois) sumamente importante para nosotros, Faewald. Ni se te ocurra pensar eso.

La expresión del rostro de Faewald mutó en una leve pero sincera sonrisa, que pasó desapercibida para Yuria, pues estaba ocupada atendiendo mientras tanto la herida de Taheem. Pero la ercestre notó que su amigo posaba una mano en su hombro.

—Gracias, Yuria —susurró Faewald, sintiendo que el afecto disipaba la oscuridad que se había adueñado de su interior.

En ese momento Symeon apareció acompañado de Galad, que recurrió a los poderes concedidos por Luz y por Emmán. Cerró la profunda herida y entre todos recuperaron parte del torrente sanguíneo del vestalense. El rostro de Taheem pasó de la contracción propia del sufriente al gesto sereno y casi relajado del durmiente. Symeon se extrañó, pero tambén se tranquilizó, al ver el cambio de actitud en el rostro y los gestos de Faewald.

Unos minutos después, Taheem despertaba y dejaba de ser un peso muerto. Pero su mente distaba de estar sanada, y pronto empezó a recordar entre gritos la visión del engendro de Sombras del Erebo. Afortunadamente, Symeon consiguió tranquilizarlo. Sin embargo, se notaba que, aunque no lo exteriorizaba, su mente no salía del bucle de terror que le habían provocado las criaturas extraterrenas. Fue Galad quien acabó de devolverle la normalidad mental mediante los poderes de Luz, limpiando cualquier resto de psicosis de su psique. Después de que Yuria le vendara bien el abdomen, se pusieron en marcha de vuelta a la sala central, con Faewald caminando cerca de la ercestre.

Mientras se dirigían hacia la sala, todo el edificio se vio sacudido por un violento temblor, como si se tratara de un terremoto, pero acompañado del sonido de un fuerte impacto. Mucho más fuerte que cualquiera de los que habían oído antes.

Cuando llegaron a la sala, un segundo impacto y el consiguiente estremecimiento casi les hace perder el equilibrio. Un trozo de techo se desprendió y cayó cerca de ellos. Algunas paredes empezaron a agrietarse.

—Debemos salir de aquí lo antes posible —dijo Daradoth.

—Desde luego —coincidió Symeon—. ¿Escucháis eso? ¿Son las campanas?

Efectivamente, cuando se callaron unos segundos pudieron oír el ya familiar sonido de las campanas del exterior, extremadamente amortiguado, pero ahí estaba. 

—Están consiguiendo abrir brecha en el edificio —subrayó Galad.

—Vamos, pues, no perdamos el tiempo —instó Yuria—. Faewald, Taheem, Arakariann, vosotros en el centro. 

Faewald y Arakariann cargaron a Eraitan, y Daradoth encabezó la marcha hacia el exterior mientras Galad cubría la retaguardia.

Llegaron al rastrillo de la salida sur del edificio, cuando notaron claramente varios impactos y el suelo volvió a temblar. A punto estuvieron de perder el equilibrio, y una parte de muralla se desplomó sobre ellos. Afortunadamente ninguno sufrió daños reseñables.

—No sé qué están haciendo, pero van a conseguir derrumbar el complejo —advirtió Yuria.

—Pues que no sea con nosotros dentro —contestó Daradoth que, con un gesto, levantó rápidamente el rastrillo y salió al exterior, indicando al resto que le siguiera lo más cerca posible.

Pocos segundos después de salir, la visión sobrenatural de Daradoth le permitió ver cómo, hacia la izquierda, las sombras ambientales parecían agruparse y convertirse en un descomunal jirón de oscuridad sobrenatura, que osciló, giró, y rápidamente se estrelló contra el suelo y parte del edificio. Esa parte no pudo resistir más, y un gran fragmento de muralla, junto con varias dependencias anexas, se derrumbó con estrépito. El elfo describió la escena a sus compañeros, y pocos segundos después, lo mismo se repetía en otro punto de la muralla. Se lanzaron a atravesar el foso rápidamente, y en poco tiempo se encontraron al otro lado, entre los edificios de la ciudadela principal.

Una vez que todos se pusieron en marcha de nuevo, Daradoth se tomó un respiro para mirar hacia atrás. Sintió un escalofrío cuando vio que todo alrededor del edificio que habían dejado, las sombras parecían adquirir vida y empezar a "bombardearlo" sin tregua. Poco después empezaba a derrumbarse. No obstante, eso no era lo peor; se quedó helado cuando vio que desde el norte avanzaban hacia el complejo cuatro engendros de Sombra (aquellos que Symeon había dicho que procedían de algo llamado "Erebo") mucho mayores que aquellos con los que se habían enfrentado cuando iban al rescate de Eraitan. Su corazón, encogido, dejó de latir durante unos instantes, pero Luz acudió de nuevo para darle la presencia de ánimo necesaria y hacerlo reaccionar.

—¡Vamos, rápido! —urgió a sus amigos—. ¡Sombra viene a por nosotros, no dejemos que nos atrape!

Se internaron en las irregulares calles de la ciudadela mientras escuchaban el estruendo del Santuario central derrumbándose. Galad se santiguó con el gesto habitual emmanita, y Daradoth se llevó el índice y el corazón a la frente, apenado por perder definitivamente el que había sido un ingente bastión élfico.

Libraron un par de encuentros con elfos dementes sin mayores problemas, y poco después una bandada de los pájaros de sombra comenzó a sobrevolarlos y a seguirlos a distancia prudencial. Y además, volvieron también los estresantes susurros. Afortunadamente, gracias a los hechizos de protección de Galad, Faewald y los demás pudieron resistir sus efectos.

Y llegaron a la muralla exterior, donde varios demonios hacían guardia cerca de cada campanario. Se precipitaron hacia la puerta, y el grupo al completo lanzó sendas descargas de Luz sagrada sobre ellos. Algunos demonios que protegían el acceso no tuvieron ninguna oportunidad, y fueron desterrados. Pero dos de ellos sobrevivieron y se lanzaron sobre el grupo empuñando sus hachas, que inmolaron en fuego infernal con su voluntad. Symeon salió a su encuentro, acabando con uno de ellos rápidamente, y el resto acabó con el segundo. Acto seguido, quitaron el bloqueo de la puerta (sin problemas gracias a su fuerza de campeones de Luz) y salieron al exterior.

Y en ese momento, sonaron de nuevo las campanas con toda su fuerza. Pero el grupo iba en formación cerrada, y las auras de protección tuvieron el efecto suficiente para evitar males irreparables. Faewald fue el más afectado, y cayó de rodillas, susurrando:

—Bendito Emmán, ¿por qué me estás abandonando?

Por suerte, Yuria y Symeon consiguieron hacerlo reaccionar, y continuaron el camino.

—Debemos ir hacia el Aglannävyr —dijo Symeon—. Allí podremos recuperarnos.

Y así lo hicieron. Los encuentros con los pocos enemigos que encontraron fueron solventados rápidamente, y en poco tiempo llegaban a la explanada que daba acceso al santuario por donde habían entrado previamente al enorme árbol. Se detuvieron cuando vieron que las dos enormes armaduras negras se encontraban ante el santuario, completamente inmóviles.

—Los constructos parecen totalmente inactivos —informó Daradoth.

—Confiemos en que no se activen cuando nos aproximemos —dijo Symeon—. Vamos para allá.

Se aproximaron con precaución, empuñando sus armas, siempre perseguidos por la bandada de pájaros inidentificables. Vieron que el santuario había sido bastante perjudicado por los colosos, pero podrían atravesar los escombros para acceder al interior. Las armaduras no se movieron.

Justo cuando se encontraban atravesando los escombros para acceder al interior, volvieron a sentir una nueva campanada, que no tuvo ningún efecto importante.

Y por fin, atravesando las salas del santuario que permanecían intactas y haciendo gestos de respeto hacia los sarcófagos de los elfos muertos, accedieron al interior del Aglannävyr, donde las sombras y los susurros desaparecieron en una paz ambiental más que bienvenida por el grupo.

—Después de descansar tendremos que buscar alguna otra salida —manifestó Galad.

—No sé si existirá alguna —contestó Daradoth, preocupado—. El Aglannävir es un ser vivo, y como veis, todas sus aberturas y estructuras han sido hechas crecer naturalmente. Seguramente cualquier otra salida que hubiera se debió cerrar hace siglos.

—De todas maneras, tendremos que intentarlo. No creo que podamos salir de nuevo por ahí.

Descansaron durante unas diez horas, haciendo turnos de guardia. Faewald aprovechó para mantener una conversación con Yuria, en la que le expresó su preocupación por haber perdido su alegría y optimismo habituales, y por que la última campanada parecía haberle afectado a él y a nadie más. La ercestre lo reconfortó con palabras sinceras, llegando a su ser más profundo, y el vínculo entre ambos se hizo aún más sólido.

Symeon, como los demás campeones, no necesitaba dormir. Así que procedió a meditar durante las horas de descanso. Y Ninaith (estaba seguro de que fue ella) le inspiró. Pudo verse a sí mismo ante los pliegues y la materia del enorme árbol, haciéndolo crecer y encogerse, dándole forma y entendiendo sus más íntimos secretos.

Ya refrescados, por "la mañana", Symeon compartió sus suposiciones con los demás:

—Creo que mi señora Ninaith me ha dado los medios para manipular la materia del árbol, y es posible que pueda abrir un nuevo acceso al exterior si encontramos el lugar adecuado.

—¿Estás seguro? —preguntó Yuria—. ¿Por qué no haces una prueba para asegurarnos?

—Sí —coincidió Daradoth—, quizá podrías "tallar" algo útil... como un cayado. Para el futuro.

Symeon permaneció en silencio unos segundos, evaluando la idea.

—De acuerdo —dijo finalmente—, lo intentaré.

Encontró un lugar despejado en el xilema del árbol y apoyó su mano sobre él. Concentrándose unos segundos, pudo notar sus tejidos y su estructura, e intuitivamente los alteró y los hizo cambiar según su voluntad. Pocos segundos después, en su mano tenía un cayado de dos metros de hermosa y nívea madera. Madera tocada por la luz y henchida de poder.

—Muy bien, Symeon —se congratuló Galad—. Pongámonos en marcha entonces —y cargó con Eraitan, que permanecía inconsciente, aunque por fortuna habían podido alimentarlo y darle de beber. En el exterior, los constructos habían reanudado sus embates contra el santuario, y, según vio Daradoth, un nuevo tipo de Demonios de Sombras habían hecho acto de presencia.

Iniciaron la exploración del nivel inferior del Aglannävyr, el más extenso, con cerca de un kilómetro de diámetro. Evitaron en la medida de lo posible subir para poder salir por otro punto del perímetro a nivel del suelo. 

Tras un tiempo de exploración más o menos largo (más de una hora según la percepción de Symeon), reconocieron un nudo en la madera que debía dar al exterior y que seguramente había correspondido a algún antiguo acceso.

Symeon se concentró, apoyando su mano sobre el enorme nudo, y este se retrajo a ojos vista, dejando ver las sombras del exterior. Unos antiguos y extremadamente deformados escalones permitían bajar al nivel del suelo, entre las enormes raíces. Los susurros volvieron a ser audibles también.

—Bueno, aquí vamos otra vez —suspiró Yuria.


lunes, 4 de julio de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 24

Campeones de la Luz

Les llevó unos minutos acostumbrarse a su nueva condición y, sobre todo, a sus nuevas capacidades (que eran muchas). La Gracia de la Luz era ahora poderosa en ellos. No solo eso, sino que Luz formaba parte de ellos mismos, se había imbricado en su ser. "En nuestro pequeño jirón de la Vicisitud", pensó Symeon, sin plantearse de dónde venía aquel pensamiento.

Durante ese ínterin de asimilación, sintieron dos formidables impactos en la estructura del edificio. Incluso el suelo retumbó, y el segundo impacto fue tan potente que varios cascotes cayeron del techo.

—Algo ha cambiado ahí fuera —dijo Symeon—. Debemos apresurarnos.

 —Sí... pero espera un momento —dijo Galad, concentrándose. Al cabo de unos segundos añadió—: Por lo que puedo percibir, Eraitan no está demasiado lejos, unos pocos kilómetros a lo sumo, pero es presa de una gran agonía.

—Vamos, entonces —urgió Daradoth.

—Sí, adelante —zanjó Yuria. La ercestre era la más confundida del grupo. Su experiencia con los poderes sobrenaturales era con diferencia la menor de todos ellos, y mucho más desde que el talismán obraba en su poder. "¿Cómo puede ser que no haya anulado esto?", se preguntaba; "tendré que preguntarlo a alguno de los elfos del Vigía".

Salieron al exterior, con Daradoth encabezando la marcha, seguido de Symeon, Galad, Yuria y los demás. La luz que cada uno proyectaba y que deshacía las sombras, se potenciaba aún más cuando se encontraban lo suficientemente cerca unos de otros, con lo que, por fin, todos alcanzaban a ver a varias decenas de metros de distancia. Cuando el elfo abrió el rastrillo, fueron recibidos por varios muertos vivientes elfos y algunos elfos dementes. Al otro lado del foso se encontraba una gran multitud de demonios, y algo mucho peor. En la penumbra que alcanzaban a ver allá a lo lejos, al otro lado del agua, pudieron ver tres figuras enormes, de unos veinte metros de alto, aberrantes y aterradoras. Alrededor de ellas parecían danzar las sombras, tomando forma de zarcillos y tentáculos. Esos jirones de Sombra eran los que parecían estar impactando con fuerza contra el complejo.

Manifestación de Sombra

El terror se despertó en un rincón de sus mentes, ahora cuasidivinas. Pero Luz los protegió de caer en la desesperación; a todos excepto a Taheem y Faewald que, entrando en pánico huyeron hacia el interior del edificio. Ese momento de duda fue aprovechado por sus enemigos, que ya podían verlos claramente. Los tres engendros gigantescos y los demonios del otro lado lanzaron todo lo que tenían hacia ellos. Y la muralla exterior no pudo resistirlo, estallando en una gran explosión. Afortunadamente, el grupo no sufrió daños relevantes.

Y se lanzaron al ataque, enfrentándose a varios muertos vivientes y un par de los enanos Ojos Ígneos. No fueron rivales para los nuevos poderes del grupo, y parte de los enemigos del exterior también sucumbieron ante una lluvia de rayos de Luz invocada por Galad. Mientras tanto, el más cercano de los gigantes de sombras desapareció de la vista, pues se envolvió en un aura de Sombra pura que la luz proyectada por el grupo no era capaz (desde allí) de traspasar.

Una segunda oleada de dementes y muertos vivientes apareció al otro lado de los escombros, y cuando se aprestaban a enfrentarlos, varios tentáculos de sombra se abalanzaron sobre ellos desde la oscuridad que envolvía al engendro más cercano. Uno de ellos alcanzó a Yuria de forma brutal, lanzándola hacia atrás y provocándole un intenso dolor. Arakariann corrió hacia ella, preparando sus hechizos de curación, aunque finalmente no serían necesarios; a Yuria solo le haría falta pasar unos segundos la conmoción por el golpe.

Entre tanto, en el exterior, una multitud de rayos sagrados invocados por Daradoth y Symeon caían sobre sus enemigos. Varios zarcillos de sombras pasaron muy cerca del elfo, y dos de ellos impactaron sobre el errante, dejándolo fuera de combate unos segundos. Pero sus cuerpos de Luz eran muy fuertes, y se recuperó casi al instante. Una nueva descarga de Santa Luz se abatió sobre las criaturas de sombra, invocada por Daradoth y Galad, mientras Symeon curaba sus heridas. Poco después, Yuria se incorporaba al grupo, y la visión de los cuatro invocando los poderes de Luz fue gloriosa y terrible a la vez. Los engendros apenas podían oponérseles. Una vibración aplastante emanaba de ellos, haciendo languidecer a sus enemigos, que caían sin cesar destruidos por las columnas de Luz que se descargaban desde los cielos hasta ellos.

Mientras se sentían henchidos de poder y disfrutaban con la aniquilación de los engendros de Sombra a su alrededor, apareció en la escena el enano que empuñaba la Kothmorui, la Daga Negra de los kaloriones, entre varios de sus secuaces. Confiado, Galad lanzó su poder hacia él, mientras Daradoth volvía a descargar Luz sobre las enormes criaturas de Sombra, y Symeon y Yuria daban cuenta de los enemigos más cercanos. No obstante, el enano deformado fue más rápido que el paladín y lanzó la Daga hacia él, que se convirtió en un borrón de sombra. Un frío intenso, como un aguijón helado, entumeció su hombro y le provocó un dolor impío que lo aturdió y desequilibró. Afortunadamente la Luz le había proporcionado los medios para soportar tales sufrimientos, y en pocos segundos pudo recuperarse.

Justo en ese momento, Daradoth vio con inquietud cómo los gigantescos engendros de Sombra comenzaban a atravesar el foso, que hasta ahora los había protegido de ellos. Rugió con rabia y lanzó de nuevo el poder purificador de Luz sobre ellos. Uno de los tres monstruos desapareció con un estallido de luz, y un segundo se detuvo, prendido con fuego sagrado. Los demonios del otro lado del foso también fueron afectados y barridos por el enorme poder desatado por el elfo, que empuñó a Sannarialáth y se lanzó al combate con el tercer engendro, que había conseguido atravesar el foso.

Más atrás, la Daga Negra había aparecido de nuevo en la mano del enano sombrío. Pero no pudo reaccionar a la descarga de Luz Sagrada que Yuria abatió sobre él. El enano se evaporó en un remolino de Luz, y el resto de enemigos cercanos fueron eliminados por Symeon y Galad.

En la orilla del foso, el engendro descargó sus golpes sobre Daradoth, que no pudo evitarlo al tener que encargarse de los pocos demonios restantes que intentaban acabar con él. Una sucesión de impactos zarandeó al elfo, que sufrió un dolor insoportable al romperse varios huesos y sentir el frío calcinador; cayó al suelo, falto de aliento y presa de un sufrimiento indescriptible. Aun así, se puso en pie, listo para continuar la lucha mientras aliviaba su aturdimiento, listo para recibir un nuevo castigo.

Pero sendas descargas de Luz cayeron sobre los gigantes; uno de ellos, el más lejano, explotó en una gloriosa detonación radiante, abatido por la mano de Yuria, y el que se disponía a dar el golpe de gracia a Daradoth fue envuelto en llamas de Luz por el poder de Symeon. «Gracias, Luz, por tu poder y mis amigos», pensó el elfo, que ya tuvo tiempo de contraatacar. 

Sannarialáth se hundió profunda en las Sombras que componían el cuerpo del engendro, envuelta en Luz pura. No llegó a acabar con él, pero pareció dejarlo bastante malherido y hacerlo dudar. Sin embargo, no hubo lugar para la relajación. Por el rabillo del ojo y con ayuda de su Visión en la Oscuridad, Daradoth pudo ver que las Sombras alrededor de la zona de oscuridad impenetrable parecían danzar por unos segundos y al instante formaban un nuevo engendro gigantesco, que rugió con furia.

—¡Acaba de formarse otro de estos monstruos en el límite de la zona de oscuridad! —gritó, informando a los demás, cuya luz no alcanzaba a iluminar tan lejos—. ¡Cuidado! —Acto seguido, volvió a clavar salvajemente a Sannarialáth en la criatura, acabando con ella por fin. Y, como había pasado varias veces hasta ese momento, sintió cómo el vello de su nuca se erizaba cuando los hechizos lanzados por los demonios restantes al otro lado del foso se disipaban contra su aura de poder.

Todos, excepto uno, que pudo superar sus defensas. Algo se rompió en la mente de Daradoth, que cayó al suelo, inerme. Presa de una repentina catatonia.

El resto del grupo llegó por fin a la altura del elfo; al otro lado del foso se estaba reuniendo una nueva multitud de muertos vivientes y de dementes. Los demonios seguían lanzando hechizos que se deshacían contra sus auras de protección. Cargando a Daradoth, se refugiaron en el bastión que daba acceso al puente sobre el foso.

Por fortuna, la Luz también les había proporcionado los medios para evitar los daños de la mente. Arakariann restauró su cordura, y una sonrisa de confortación y reconocimiento acudió al rostro de Daradoth, que miró a su alrededor, agradeciendo de nuevo su fortuna a Luz.

De pronto, tras un pulso de poder procedente del norte, una potente voz, como un rugido, gritó algo al otro lado del foso, y llegó sobrenaturalmente fuerte a sus oídos:

—¡Khadaarkaleth erra'in azhami ghor! ¡Khadaar mar'kathalân ûsh gadhagh! ¡KHERDA UR'BATAL ERAITAN!

Tras unos momentos de silencio motivado por la sopresa, Symeon habló:

—Hablan en Raghaukar, lo que tambíen se conoce como Lengua Negra. Al parecer, mi señora Ninaith me ha concedido el don de entenderla. Dicen que salgamos y nos rindaoms, o matarán a Eraitan.

Como si estuviera rubricando sus palabras, un espeluznante y desgarrador grito de dolor con la voz de Eraitan les conmovió el corazón.

—Vosotros dos —dijo Symeon rápidamente, señalando a Galad y Daradoth— encargaos del engendro gigante, Yuria y yo iremos a por los que tengan retenido a Eraitan. Arakariann, apóyanos. De momento, finjamos que nos tienen en sus manos, así prodremos acercarnos.

Dicho y hecho, justo cuando un segundo aullido de sufrimento comenzaba, el grupo salió de los escombros por la parte del puente. La duda se apoderó de ellos cuando, al atravesar el foso, pudieron ver a dos demonios de más allá del Palio, empuñando ominosas hachas y sujetando a un Eraitan (poseído por Dirnadel) cargado de cadenas ígneas sobrenaturales; y más allá, no uno, sino dos gigantescas manifestaciones de Sombra, esperando. Mas en ellos, Luz no había perdido un ápice de fuerza, y la duda dejó paso casi instantáneamente a la resolución.

—Tenemos que acercarnos rápido —urgió Daradoth, susurrando—; Yuria, tú vienes conmigo, saltaré y tú atacas.

—Nosotros os cubrimos —coincidió Galad.

La pequeña multitud del otro lado del foso permaneció a la expectativa mientras el grupo se acercaba lentamente. Y, cuando Daradoth juzgó que se encontraban lo suficientemente cerca, justo cuando los demonios iban a seguir increpándolos en aquella lengua horrible, agarró a Yuria.

—Que la Luz nos proteja —susurró. Y saltó hacia delante.

Pero no llegó a donde pretendía. Su salto quedó corto por mucho, y profirió una maldición. Galad y Symeon lanzaron sendas andanadas de Luz sobre los enemigos, desatando el caos.

Pero no fue suficiente, pues, al ver lo que sucedía, uno de los poderosos demonios cortó la garganta de Eraitan con su hacha. Daradoth y Yuria apretaron los dientes.

—Tranquilo Daradoth —comenzó la ercestre—, aún tenemos la Tannagaeth, la flor... —no pudo continuar la frase. Varios tentáculos de Sombras se abatieron sobre ellos, lanzados por los engendros gigantes.

Por suerte, Daradoth saltó de nuevo casi al instante, y los zarcillos se estrellaron con estrépito allí donde se habían encontrado. La sangre del elfo ardió al ver desangrándose a Eraitan, ya revertido a su forma original, sobre el suelo. Y Yuria gritó con todas sus fuerzas, invocando el poder de Luz.

Una violenta descarga afectó a uno de los dos gigantes de Sombra. Daradoth la siguió de cerca, descargando Luz sobre los demás. Uno de los demonios tras el Palio desapareció, y el resto ardieron con llamas blancas.

El contraataque de la multitud de demonios se estrelló contra las auras de protección del grupo, así que estos aprovecharon para, liberando toda su furia y el poder de Luz, arrasar con todo a su alrededor. Luz disipó la oscuridad en varias decenas de metros a la redonda alrededor de ellos, y las criaturas fueron erradicadas.

Se detuvieron unos segundos para recuperar el aliento, pues el cansancio ya estaba empezando a aparecer.

—No nos detengamos —instó Yuria—. Cada segundo cuenta.

Corrieron hacia Eraitan, al que Arakariann no tardó en recuperar de sus heridas (en el proceso, el elfo agotó su poder y perdió el conocimiento, volviendo a adoptar su forma normal), y Yuria sacó de algún pliegue de sus ropas envueltas en el aura de Luz la Tannagaeth, la flor que habían conseguido hacía tanto tiempo en tierras vestalenses. Mientras se la colocaban en la boca, Symeon tuvo un escalofrío.

—Cuidado con esa oscuridad —dijo, solemne, observando fijamente hacia las tinieblas impenetrables, como en trance—. Es una puerta al Erebo. No os acerquéis.

Galad y Daradoth se pusieron en guardia ante las palabras de su amigo. El paladín y la ercestre cargaron con Eraitan, que pocos segundos después comenzó a moverse. Por su parte, Daradoth reparó en algo situado un poco más allá. «La espada de Eraitan». La cogió con cuidado, recordando los efectos que Dirnadel tenía en quien lo empuñaba, y se unió al resto, que ya había comenzado a cruzar el puente hacia el sur.