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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 24 de junio de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 26

Retorno a Rheynald y encuentro de Armen e Ilaith

El Empíreo abandonó los alrededores de Usturna como pudo, renqueante, con el aparejo castigado, varias velas rasgadas, jarcias sustituidas a toda prisa y demasiadas heridas recientes en su tripulación. No era una huida limpia, ni mucho menos victoriosa, aunque hubieran conseguido sacar a la reina Armen de las garras de Robeld de Baun y de la influencia de Selene. El dirigible seguía en el aire, que no era poco, pero Yuria sabía perfectamente que aquello no bastaba. Si pretendían continuar con vida y seguir interviniendo en la guerra de Esthalia, necesitarían reparaciones de verdad.

La decisión lógica era regresar a Rheynald. Allí podrían descender con cierta seguridad, reunir carpinteros, herreros, costureros y todo artesano capaz de trabajar en la nave, y decidir después si viajaban hacia el sur para reunirse con lady Ilaith. A bordo, sin embargo, transpiraba una sensación agridulce. La reina había sido rescatada, sí, pero Usturna quedaba atrás con la mancha de inexistencia abierta en el corazón de la ciudadela, y nadie sabía qué consecuencias tendría aquello. «Además, Aldur tiene razón», pensó Galad recordando una conversación que había tenido poco antes con el enorme paladín; «no podemos dejar a los fieles emmanitas en esa situación, perseguidos, torturados, o sometidos a algo peor; con suerte, podremos llevar el frente rápidamente hasta allí e intentar liberar a cuantos podamos».

Armen Undasil, reina de Esthalia

Cayó la noche mientras el Empíreo avanzaba hacia el suroeste a una velocidad desesperantemente lenta. Los vigías permanecían atentos a cualquier sombra en el cielo, pues la aparición del Brazo Oscuro y de los servidores de Robeld de Baun había dejado claro que el enemigo podía atacar incluso donde se creían a salvo. Pero no fue en el mundo físico donde se produjo la primera señal de peligro.

Symeon lo notó antes que nadie.

El Mundo Onírico se estremecía.

No era una impresión vaga, ni uno de esos presentimientos que tantas veces le habían acompañado desde que aprendió a recorrer los sueños. Era algo mucho más violento. Algo al norte, en dirección a Usturna, estaba sacudiendo los cimientos mismos del dominio onírico.

—Pasa algo muy grave —anunció, con el rostro ensombrecido—. Viene del norte. De Usturna, o de sus cercanías.

Galad le impuso las protecciones habituales antes de que el errante se internara en el sueño. Symeon pidió que lo despertaran ante la menor convulsión, y especialmente que Galad estuviera atento. Después se dejó caer en el descanso, pero no en la paz.

Nada más despertar su yo onírico, un aullido atroz lo golpeó brutalmente.

No era un grito humano, ni animal, ni nada que la mente pudiera asociar a una criatura natural. Era un alarido desgarrador, inmenso, atravesado por una vibración repugnante, casi como el crujido de un insecto monstruoso arrastrado por una fuerza imposible. Lo invadía todo. Symeon no lo escuchaba con los oídos, sino con la totalidad de su ser.

Nirintalath estaba allí, a su lado, con el aspecto de una muchacha joven, pálida y verdemar, pero su expresión reflejaba una angustia que Symeon nunca había visto antes. La Espada del Dolor parecía soportar aquel sonido horrísono apenas mejor que él.

El errante reunió toda la voluntad de la que fue capaz y, mediante sus artes, levantó a su alrededor una suerte de burbuja amortiguadora. No logró acallar el sonido, pero sí reducirlo lo suficiente para no ser expulsado del sueño. Incluyó a Nirintalath en aquella protección, y se arrodilló ante ella sin tocarla.

—Estoy aquí —le dijo—. Mírame. No estás sola.

Nirintalath lo miró, turbada.

—¿Qué ha ocurrido?

—No lo sé. Pero viene de allí.

Symeon sabía que ella no podía alejarse demasiado de la espada en el mundo físico, de modo que la dejó dentro de la protección y avanzó solo hacia el norte. No se aproximó mucho, o al menos no tanto como habría podido en otras circunstancias. Cada salto onírico en dirección a Usturna hacía que el aullido se volviera más insoportable. Aun así, recorrió suficiente distancia para percibir la desolación que se extendía en la región. Las representaciones de pueblos y aldeas aparecían apagadas, difusas, y las enormes criaturas del sueño que en otros momentos habían poblado aquel ámbito habían desaparecido. No quedaban ballenas voladoras, ni formas animales, ni ecos de vida onírica.

Entonces, desde una loma del sueño, la vio.

La inmensa masa tentacular que ya conocían, grande como una ciudad o como una montaña, se retorcía a lo lejos, atrapada en el borde de una mancha negra circular. Aunque “negra” seguía sin ser una palabra adecuada. Aquello no era oscuridad: era ausencia. Era una negación del ser. La criatura luchaba por no ser arrastrada, pero un flujo de su propia sustancia era absorbido por el círculo de inexistencia, que la iba devorando poco a poco. El desgarrador grito procedía de ella.

Symeon no se atrevió a mirar directamente la mancha. No lo necesitaba. Sabía de sobra lo que era. Y lo que podía hacer.

Regresó con Nirintalath y le explicó lo que había visto. Le advirtió que, si por alguna razón percibía una mancha semejante, no la mirara directamente. Después permaneció un tiempo con ella, sosteniendo la burbuja amortiguadora hasta que el Empíreo se alejó lo suficiente para que el aullido resultara menos terrible.

Al despertar, reunió a sus compañeros y les contó lo ocurrido.

La reacción fue inmediata, aunque no unánime.

—Eso no puede ser bueno —dijo Symeon—. Esa mancha no mata, sino que borra la existencia. Lo que entra ahí deja de existir. Si está afectando al Mundo Onírico, puede arrastrar todo cuanto haya allí. Durmientes, caminantes, ecos... cualquier cosa.

—Esa criatura es antinatural y terrible —replicó Galad, aunque su voz no sonó tan firme como habría deseado—. Si es absorbida por esa nada, quizá sea mejor.

Symeon negó despacio.

—Puede que la criatura merezca desaparecer, pero no sabemos qué más se llevará consigo. Ni qué daño está causando ese alarido a cualquiera que sueñe cerca de Usturna.

Daradoth, Yuria y Aldur escucharon con inquietud. No tenían forma de intervenir. Volver a Usturna con el Empíreo tan maltrecho habría sido una locura, y aun si hubieran podido hacerlo, nadie sabía cómo cerrar una "herida de inexistencia", como la llamó Symeon. El grupo comprendió que, de momento, lo único sensato era alejarse y permanecer a la expectativa.

La reina Armen pasó la noche en el camarote de Yuria. La ercestre sabía que aquella mujer acababa de ser arrancada no solo de un secuestro, sino de una mentira impuesta a su voluntad. Había descubierto en pocas horas que existía la magia, que los elfos no eran leyendas, que su prometido era un servidor de la Sombra, que una mujer llamada Selene había deformado sus sentimientos, y que el conflicto en Esthalia no era sino una pieza menor de una guerra mucho más antigua.

—No estaba preparada para nada de esto —reconoció Armen, mirando sus propias manos como si no terminara de reconocerse en ellas—. En unos pocos días he descubierto que el mundo es mucho más grande de lo que creía. Y mucho más terrible.

Yuria asintió. Ella también había pasado por ese proceso, aunque de forma más gradual.

—Lo entiendo mejor de lo que pensáis, majestad. Yo tampoco creía en muchas de estas cosas. No al principio. Pero lo que importa ahora es que estáis viva. Y libre.

—Libre —repitió Armen, con amargura—. Libre, sí. Pero mi reino arde. No puedo dejar Esthalia en manos de lady Ilaith, por mucho que ahora comprenda que está de nuestro lado. Necesito reunir a mis fieles. Saber quién queda. Saber dónde está mi hijo.

Yuria le habló de Rheynald, de Valeryan, de lo que habían vivido allí y de cómo Randor había enviado al señor de la fortaleza a una misión que, en la práctica, no podía entenderse sino como una condena a muerte. Armen escuchó con atención creciente.

—¿Randor ordenó a Valeryan infiltrarse en el Imperio Vestalense para matar al Ra’Akarah?

—Así es.

—¿Y lo consiguió?

—Lo conseguimos —respondió Yuria—. Pero el precio fue alto.

La reina guardó silencio largo rato. La noticia parecía remover demasiadas cosas en su interior.

Más tarde, Faewald llamó a la puerta. Entró vestido con la dignidad que pudo reunir en mitad de aquella nave remendada y castigada. Cuando vio a Armen, se arrodilló, desenvainó la espada y bajó la cabeza.

—Mi reina, quiero presentaros mis respetos —sus ojos brillaban con devoción—. Sabed que tenéis mi espada para cuanto deseéis. Os serviré con mi vida, si es preciso.

Armen, todavía abrumada, lo observó con una mezcla de gratitud y gravedad. Aquella devoción esthalia, limpia y directa, pareció conmoverla.

—Perded cuidado mi buen guerrero, pues sabré recordar a quienes me han ayudado en estos días —dijo—. Y aceptaré vuestra espada de buen grado.

Tras ausentarse Faewald, Armen y Yuria siguieron departiendo durante unos minutos, estrechando su relación, confortándose mutuamente y finalmente cayendo en un sueño muy necesario.

A la mañana siguiente, ya con algo más de calma, Daradoth interrogó a Armen sobre lo sucedido en Usturna y sobre los planes de Robeld de Baun. La reina no había tenido acceso a conversaciones estratégicas; durante el tiempo que pasó bajo el influjo de Selene lo había visto poco, y cuando lo veía, Robeld se limitaba a hablar de su boda, de la gloria que aguardaba a Esthalia y del destino grandioso que ambos iban a compartir.

Sí recordaba, sin embargo, algo que llamó la atención de todos: en una ocasión creyó verlo llegar a la ciudadela a lomos de una criatura voladora.

También habló de su secuestro. Viajaba desde Kariss hacia Arwex, fortaleza de los caballeros argion, con intención de reunirse con el gran maestre lord Gwintar de Hasalon y tratar de que la Orden reconociera su posición frente a los desmanes de Randor. En su comitiva viajaba también su hijo, y con ellos iba la daga negra, la kothmor, en un cofre. Pretendía depositarla en una cámara especial de Arwex, pues no confiaba en conservar durante mucho más tiempo un objeto semejante.

Entonces los emboscaron.

—Fue rápido —recordó Armen, con el rostro endurecido—. Demasiado rápido. O alguien conocía nuestro recorrido, o usaron medios que hasta hace unos días yo habría negado que existieran. Robeld apareció después, acompañado de Selene. La vi a ella. Vi a esa mujer morena. Y después... después todo cambió. Me enamoré de él como si hubiera sido un flechazo. Emmán me perdone.

La reina llevó una mano al pecho.

—Mi hijo estaba conmigo cuando la emboscada. No sé si consiguió escapar. Espero que Strawen o alguno de los míos lograra ponerlo a salvo.

—¿Podría haber llegado a Arwex? —preguntó Symeon.

—Es mi esperanza. O, al menos, que los argion lo hayan protegido. Aunque también podrían haberlo entregado al rey.

La posibilidad no satisfizo a nadie, pero seguía siendo mejor que imaginarlo en manos de Robeld de Baun.

A continuación, hablaron de la daga. Armen les confirmó que el arma había llegado a sus manos tras ser recuperada de una nave naufragada. El barco no era uno de los siniestros navíos negros que habían temido, sino una nave de la Confederación de Príncipes Comerciantes que había encallado en las costas del Káikar. A bordo se encontraron cadáveres de elfos oscuros y de seres deformados, documentación escrita en una lengua desconocida y horrible, una bolsa de gemas negras fuertemente custodiadas y, sobre todo, la daga negra, una de las kothmorui, cuya sola presencia generaba una repulsión difícil de describir, y que el grupo ya conocía, por desgracia; Daradoth sentía palpitar la vieja herida de su muslo mientras escuchaba a Armen. Un agente del emperador había entregado a la reina la daga para su custodia; Armen no dio más detalles sobre este punto.

—¿Cuánta gente sabía que llevabais la daga a Arwex? —preguntó Daradoth.

—Mi consejo. Parte de mi comitiva. Y no todos los que lo sabían viajaban conmigo.

El elfo intercambió una mirada con Symeon.

—Entonces tenéis un traidor cerca. O la propia daga actuó como una baliza.

Ninguna de las dos posibilidades resultaba tranquilizadora.

El Empíreo llegó a Rheynald al atardecer del día siguiente. Las torres familiares de la fortaleza se recortaron contra la luz menguante, y la vieja comezón en la nuca volvió a hacerse presente para quienes ya conocían los misterios enterrados bajo aquel lugar. El dirigible descendió con dificultad en una explanada adecuada, maltrecho pero todavía orgulloso. Yuria no perdió el tiempo: antes incluso de ocuparse de otra cosa, dio órdenes para convocar a carpinteros, herreros, costureros, cordeleros y cualquier persona capaz de ayudar en las reparaciones. El Empíreo debía quedar en condiciones de volar cuanto antes.

La reina fue conducida de incógnito, cubierta con una capucha. No deseaban que su presencia se extendiera por la fortaleza antes de saber con exactitud quién era leal a quién. Faewald fue designado como su protector más cercano, responsabilidad que aceptó con una solemnidad casi reverencial.

Lady Edyth recibió al grupo junto a Egwann de Vauwas, el castellano, y varios oficiales de la fortaleza. Cuando Armen se descubrió ante ella en privado, Edyth quedó sin habla durante un instante. Después, con esfuerzo, se arrodilló.

—Mi señora... pensábamos que estabais desaparecida.

—Lo estaba, en cierto modo —respondió Armen—. Pero ya no.

El grupo relató lo imprescindible: el rescate en Usturna, el influjo de Selene, el papel de Robeld de Baun y la necesidad de que Rheynald tomara una posición clara. La cuestión era delicada. Rheynald había sido siempre fiel al trono, y el trono no era solo la reina. El último contacto oficial había llegado de Randor, cuando ordenó que la legión de Rheynald marchara a Jorwen bajo el mando de Elidan. Pero Valeryan se encontraba en coma por una misión suicida encomendada por el propio rey, Robeld de Baun amenazaba desde el norte y el reino se fragmentaba a cada día que pasaba.

Armen, Edyth y los compañeros analizaron la situación con mapas extendidos sobre la mesa. El norte seguía mayoritariamente bajo la autoridad de Randor; el sur y parte del este conservaban fuertes simpatías por Armen, sobre todo en torno a Strawen, Estigia y Nátinar Sur; Robeld de Baun avanzaba desde Arnualles y Usturna; y la Iglesia emmanita esthalia se había convertido en un cuarto poder, enfrentada a todos y buscando consolidar su propio territorio. Por otra parte, los antiguos Grandes del Reino, desposeídos de sus títulos por el rey, habían empezado a cambiar su lealtad hacia la reina, pero habría que contactar con ellos para formalizar alianzas. Y la reina añadió un dato que preocupó particularmente a Galad: las últimas noticias que tenía daban a entender que los paladines de Emmolnir habían enviado ayuda a Randor.

Además, estaba Arwex.

La reina quería acudir allí. No solo porque los caballeros argion podían ser decisivos, sino porque su hijo tal vez hubiera llegado a la fortaleza. La Orden era leal al trono y a la fe emmanita, pero nadie sabía si, en la práctica, se inclinaría por Randor, por Armen o por una interpretación propia de sus votos.

—Primero Rheynald —dijo Yuria—. Después, cuando el Empíreo esté reparado, podremos movernos con rapidez.

—De todas maneras —intervino Galad—, deberíamos correr ya la voz de que la reina había sido secuestrada por Robeld de Baun, que ya ha sido liberada, y que va a tratar de imponer de nuevo la paz y la prosperidad en el reino.

—Sí, totalmente de acuerdo en eso.

Edyth propuso convocar al pueblo y a la guarnición al día siguiente para hacer pública la presencia de Armen y la nueva lealtad de Rheynald. No era una decisión menor. Anunciar que la reina estaba libre podía debilitar al marqués de Arnualles, que había pretendido usarla como legitimación, pero también atraería enemigos hacia la fortaleza.

Esa noche, Symeon quiso comprobar el estado del Mundo Onírico. Dentro de Rheynald la tarea era desagradable; la presencia del antiguo mausoleo y del titán enterrado bajo la fortaleza volvía frágil la percepción del sueño. Así que salió de la fortaleza acompañado de Galad y se internó de nuevo en el dominio onírico desde el exterior.

El terrible aullido seguía allí, aunque mucho más lejano.

Symeon avanzó en dirección a Usturna hasta donde se atrevió. La criatura continuaba atrapada, pero había perdido buena parte de su tamaño. La mancha seguía drenándola. A su alrededor, en una extensión inmensa, no quedaba vida onírica reconocible. Aquella región del sueño había sido vaciada.

Volvió preocupado, aunque no contó todo lo que temía —básicamente, y recordando lo que había ocurrido en el campamento errante en el desierto, pensaba que la población de Usturna debía de haber sido exterminada—. No todavía. Sabía lo que aquella información podía afectar a Galad y a Aldur.

A la mañana siguiente, los heraldos recorrieron la fortaleza y los alrededores. A mediodía, una multitud se había congregado ante una de las murallas. Estaban allí soldados, criados, campesinos, artesanos, errantes, inmaculados y todos aquellos que habían hecho de Rheynald un refugio en medio de la guerra. Lady Edyth habló primero, anunciando que Rheynald debía tomar postura ante la traición de Robeld de Baun, ante el sufrimiento del reino y ante la situación del trono.

Después, Armen se quitó la capucha.

Hubo murmullos, exclamaciones y gestos de asombro. La reina habló, pero no con la fuerza que habría deseado. Estaba agotada, golpeada por demasiadas revelaciones, y aunque su dignidad permanecía intacta, las palabras no prendieron como debían. Galad intentó reforzar su presencia con la autoridad de Emmán. Daradoth también intervino, tratando de explicar la gravedad del momento y el apoyo de fuerzas mayores. Pero el pueblo de Rheynald no se inflamó de entusiasmo.

Habían servido al rey durante muchos años. Muchos no sabían qué pensar. Otros temían a Robeld de Baun. Otros desconfiaban de toda guerra en la que se mezclaran extranjeros, elfos, paladines y fuerzas incomprensibles. Lady Edyth, Egwann y los oficiales aceptaron la lealtad a Armen sin reservas; la fortaleza, como institución, quedaba del lado de la reina. Pero el pueblo necesitaba más.

Symeon lo comprendió enseguida.

—Tenemos unos días mientras reparan el Empíreo —dijo después, en privado—. Dejad que hable con los errantes. No mediante proclamas, sino en las cocinas, en los patios, junto a las hogueras. Canciones, historias, conversaciones. Hay que hacer que la gente acepte a Armen poco a poco.

Yuria asintió.

—Y Galad debería hablar con los Inmaculados. Nos vendrá bien que se comprometan con la defensa.

Así se hizo. Symeon acudió a los suyos y, en especial, a Azalea, para pedirles que sembraran confianza entre el pueblo. No se trataba de mentir, sino de recordar lo que era Robeld de Baun, lo que había sufrido Rheynald y lo que significaba que la reina hubiera sido liberada. Los errantes sabían moverse entre rumores mejor que cualquier heraldo.

Galad, acompañado de Aldur, se reunió con sir Valdann de Sothar y los Inmaculados. Aquellos herejes emmanitas, rescatados en su momento de la persecución y acogidos por Rheynald, habían empezado incluso a construir hogares permanentes. Para ellos, la fortaleza ya no era un refugio temporal, sino su hogar.

—Colaboraremos en la defensa —aseguró Silvaldan—. Esta es nuestra casa ahora. Y espero que lo sea por mucho tiempo.

Mientras tanto, Yuria supervisaba las reparaciones del Empíreo y revisaba las defensas de Rheynald con la inquietud de quien sabe que una fortaleza puede caer no solo por las murallas, sino por dentro. No había tiempo ni dinero para grandes obras, pero sí para reforzar accesos, preparar posiciones, levantar obstáculos sencillos y organizar turnos. Todo cuanto pudiera hacerse debía hacerse.

Armen, por su parte, no podía quedarse de brazos cruzados. Si Rheynald debía convertirse en el núcleo inicial de su recuperación política, necesitaba tropas. Se organizó una pequeña comitiva hacia Nido de Halcones y Colina Roja, dos fortalezas vinculadas a Rheynald que podían aportar hombres. Yuria permaneció con el Empíreo; Symeon siguió trabajando entre errantes y habitantes de la fortaleza. Galad y Daradoth acompañaron a la reina.

El viaje a caballo recordó a todos que hacía demasiado tiempo que se desplazaban por los cielos. La cabalgata hasta Nido de Halcones fue incómoda, aunque no especialmente larga. La fortaleza, situada en una altura desde la que dominaba el paso norte de Rheynald, los recibió con cautela primero y fervor después. Su capitán, sir Feryl, un veterano de edad avanzada y parche en el ojo, reconoció a la reina y escuchó sus demandas. Armen habló mejor en el consejo cerrado que ante la multitud de Rheynald. Allí, entre oficiales y hombres de armas, recuperó parte de su firmeza. Nido de Halcones puso media legión a su disposición.

Al día siguiente partieron hacia Colina Roja. El camino era más accidentado, pero la recepción resultó todavía más favorable. Allí los recibió Aryenn Rhegen, hijo del difunto lord Thewenn, muerto por la extraña enfermedad del sueño que había acabado con varios señores fronterizos. Colina Roja había sufrido ya escaramuzas y tanteos de las fuerzas de Robeld de Baun, y entendía mejor que nadie que la guerra no tardaría en alcanzarlos de lleno. Armen habló de la necesidad de restaurar el orden, de poner fin a la traición de Robeld y de resistir a un enemigo mayor que se ocultaba tras él. Esta vez, sus palabras encontraron terreno fértil. Colina Roja aportó otra media legión.

Cuando la comitiva regresó a Rheynald, habían pasado varios días. Las tropas de Nido de Halcones y Colina Roja se pusieron en marcha por sus propios medios. Sumadas a las fuerzas restantes de Rheynald, Armen podía reunir en torno a una legión y media. No era suficiente para recuperar Esthalia, pero sí para empezar a existir de nuevo como poder militar.

El Empíreo quedó reparado hasta donde era posible con los medios disponibles. No estaba perfecto, pero Yuria estimó que volvía a ser fiable, y eso bastaba por el momento.

Antes de partir, Symeon realizó una última incursión onírica para observar Usturna. Esta vez no oyó el alarido. La criatura había desaparecido.

Se aproximó lo justo para percibir la representación onírica de la ciudad. Si antes Usturna podía haber sido una arboleda espesa, llena de ramas, hojas y ecos de vida, ahora era un bosque muerto. Árboles desnudos, sin hojas, erguidos en una niebla siniestra. Vacío. No supo decir cuántos habían muerto, ni de qué forma, ni si algunos habían escapado antes de que la criatura y la mancha hicieran su trabajo. Pero sabía lo suficiente.

Al regresar, lo contó con prudencia.

—La criatura ya no está —dijo—. La mancha la ha absorbido. Y Usturna... no recomiendo acercarnos. Esa ciudad está condenada.

Galad bajó la mirada.

—Cada vez que usamos la espada, solo trae horror y desgracia.

El silencio que siguió fue pesado. Todos sabían a qué espada se refería. Todos sabían también que sin aquella intervención quizá no habrían rescatado a Armen, y que en Usturna se encontraban Robeld de Baun, Selene, el Brazo Oscuro y servidores de la Sombra de un poder formidable. Pero ninguna de aquellas consideraciones bastaba para aliviar el peso de la pérdida de la ciudad.

—Hemos salvado a la reina —dijo Yuria, midiendo cada palabra—. Y puede que hayamos golpeado muy duramente a Robeld de Baun. Eso importa. Pero no voy a fingir que el precio no me aterra.

—No justifica matar inocentes —murmuró Galad.

—No sabemos cuántos han muerto —replicó Symeon, aunque ni siquiera él parecía convencido del consuelo—. Pero sabemos que el peligro era real. Y que no podíamos controlarlo.

Aldur, que había permanecido callado, habló con una calma que resultó casi más inquietante que cualquier arrebato.

—Muchos más tendrán que morir para que todo se arregle. La solución de Emmán implica la muerte de todo lo que existe.

Galad lo miró con dureza.

—Por eso me resisto a esa solución. Tiene que haber otro camino.

Nadie supo responder.

El siguiente paso era reunirse con lady Ilaith. Armen aceptó viajar en el Empíreo. Las legiones convocadas debían concentrarse en Rheynald y esperar nuevas órdenes. No avanzarían todavía; era imprescindible coordinarse con la Canciller antes de precipitar otro movimiento en un tablero que cambiaba cada día.

El dirigible partió hacia el sur. Al sobrevolar el paso de Arnualles, vieron que las legiones sermias ya habían puesto bajo asedio varias fortalezas, y que algunas habían caído. El frente se estaba rompiendo con rapidez. Las fuerzas de Robeld de Baun no habían esperado un ataque desde aquella dirección, y la entrada de Sermia en la guerra empezaba a producir efectos inmediatos.

Más al sur, Gwartan había resistido, pero también había caído. Allí había instalado Ilaith su cuartel general. Las tropas de la Federación habían avanzado como un cuchillo a través de una defensa desprevenida, y sus vanguardias se aproximaban ya hacia el río.

Cuando el Empíreo descendió, Ilaith salió al encuentro del grupo. Se alegró sinceramente de verlos con vida, aunque no tardó en reprocharles, con esa mezcla tan suya de preocupación y autoridad, que hubieran permanecido demasiado tiempo fuera. Abrazó a Yuria, gesto que sorprendió a algunos y emocionó discretamente a la ercestre.

Después vio a Armen.

El encuentro entre la reina de Esthalia y la Canciller de la Federación de Príncipes Comerciantes estuvo cargado de tensión contenida. Ambas eran mujeres acostumbradas a liderar, ambas habían sido arrastradas por Daradoth y la Vicisitud hacia la causa de la Luz, y ambas sabían que se necesitaban. Armen miró alrededor, viendo tropas extranjeras asentadas en su reino. Ilaith, por su parte, evaluó a la reina con el interés de quien contempla una pieza fundamental de una campaña ya en marcha.

Hubo un instante en que ninguna de las dos pareció dispuesta a ceder un palmo de autoridad.

Luego, por fortuna, prevaleció la sensatez.

Se reunieron en privado. El grupo informó a Ilaith de todo cuanto había sucedido: la situación en Usturna, el influjo de Selene, la implicación de Robeld de Baun con la Sombra, la aparición del Brazo Oscuro, la kothmorui, la mancha de inexistencia, la criatura onírica y el estado de Rheynald. Armen añadió su propia versión de los hechos, todavía marcada por la vergüenza de haber sido manipulada, pero también por una determinación creciente.

—Usturna debe ser evitada por ahora —advirtió Symeon—. Si enviáis tropas, que sean las imprescindibles y con extrema cautela. Hay algo allí que ni siquiera comprendemos del todo.

Ilaith escuchó en silencio. No le gustaba dejar una ciudad atrás, pero entendió que algunas victorias podían matar a quien las reclamaba demasiado pronto.

Al final, la Canciller miró a Armen.

—Entonces liberaremos Esthalia —dijo—. Pero necesitaré vuestra ayuda, majestad. Vuestro nombre, vuestra legitimidad, vuestros contactos y todo cuanto podáis aportar. Esta no será solo una guerra contra Robeld de Baun. Será una guerra contra la Sombra que se ha enraizado en vuestro reino.

Armen sostuvo su mirada.

—Si de verdad pretendéis liberar Esthalia, Canciller, contaréis conmigo.

Yuria, observándolas, comprendió que aquel era solo el principio de una alianza difícil. Pero también supo que, por primera vez en mucho tiempo, Esthalia tenía una posibilidad real.

Pequeña, incierta, y rodeada de horrores.

Pero real. 


jueves, 21 de mayo de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 25

La Reina Armen en Usturna (y III)

Galad estaba agotado; recuperó su aspecto normal y se apoyó, jadeante, sobre la espada. Miraba al área negra —aunque el calificativo "negra" se quedaba inconmensurablemente corto para describir aquella ausencia de... todo— como hipnotizado, sintiendo escalofríos que recorrían su columna. Y no solo Galad; el grupo y, en mayor o menor medida todos los presentes en las proximidades, tuvieron que esforzarse para no mirar fijamente hacia la mancha.

«Mi señor Emmán, os juro que confío en vos ciegamente, pero esto... esto...», Galad apretaba los dientes y entornaba los ojos,  confuso.

Symeon se descubrió desviándose del camino hacia la reina para acercarse hacia el área de negrura, y tuvo que hacer uso de su fuerza de voluntad para reconducirse. Unos metros más allá, la reina había caído de rodillas, conmocionada, con lágrimas asomando a sus ojos, mirando fijamente la inexistencia. Se giró hacia Symeon, percibiendo su cercanía, y miró más allá de él, a la escalera, hacia Galad, con un gesto de horror. Y entonces, abrió más los ojos, como si se diera cuenta de algo. Se miró a sí misma y a su alrededor. «El influjo de Selene, o de quien fuera ha desaparecido», pensó Symeon, dándose cuenta también de que cualquier sonido procedente del exterior había sido suprimido.

El vestíbulo y los pisos superiores eran un hervidero de gente corriendo y gritando de forma caótica. Yuria miró alrededor y tras asegurarse de que la situación era segura, ayudó a Daradoth a levantarse. Galad canalizó algo de poder al elfo, que recuperó la consciencia; afortunadamente, su enamoramiento sobrenatural por Selene había desaparecido.

La mancha de inexistencia

Symeon llegó al lado de Armen, tendiendo su mano para ayudarla.

—¿Quiénes sois? ¿Por qué me ha pasado esto? —preguntó, azorada.

—Mi reina —urgió el errante—, mi nombre es Symeon, y venimos de Rheynald para rescataros. Coged mi mano y seguidme antes de que sea tarde, os lo ruego.

Armen no opuso más resistencia. Cogió la mano de Symeon y se levantó, recuperando la pose regia que la caracterizaba. Mientras se ponían en marcha hacia las escaleras, ella murmuró, confundida:

—Me... me iba a casar. Con Robeld de Baun. Lo amaba. ¿Cómo... cómo es posible? 

—Os habían hechizado, mi señora —dijo amablemente Symeon por encima del hombro—. Más tarde os lo explicaré, confiad en mí. Vengo de parte de lord Valeryan y lady Edyth.

Comenzaron a ascender las escaleras, acercándose al lugar donde se encontraban Yuria, Galad y Daradoth. La reina se detuvo de repente.

—P... pero... estáis con él —señalaba al paladín—, ¿no es así? 

—Es un enviado de Emmán, majestad, y os acaba de salvar la vida, contra todo lo que pueda parecer. Un paladín de Emmán. El más grande entre ellos, el propio Brazo de Emmán. 

—Pero... la mancha negra...

—Os lo explicaré más tarde, pero debemos salir de aquí o ya no podremos hacerlo. Apresuraos. 

Tras una brevísima presentación, se pusieron en marcha enfilando hacia el piso de arriba. Yuria aprovechó para preguntar a la reina acerca del paradero de Deoran Ethnos, el príncipe comerciante que habían apresado en la Confederación.

—Creo que lo encerraron en los calabozos hace unos días —contestó ella, jadeando—. Siento no saber más, pero no prestaba mucha atención más allá de los preparativos de la boda. La boda con Robeld de Baun, bendito Emmán, ¿cómo es posible? —se quedó pensativa.

«Quizá no pudieron ponerlo bajo su influjo como hicieron con ella», pensó Yuria.

—No os preocupéis, seguro que fue un hechizo. Pero si es así, creo que tendremos que desistir de su rescate —anunció—. Debemos volver al Empíreo inmediatamente, temo que ya no quede nada de él. 

—¿Empíreo? ¿Qué...? —comenzó la reina.

—Lo veréis enseguida, mi señora.

Antes de llegar al piso superior, un escalofrío en la nuca llamó la atención de Galad, Yuria, Symeon y Daradoth, que se giraron para mirar hacia la mancha negra. Cuatro enormes figuras habían aparecido alrededor de ella, mirándola fijamente. Sendas balanzas doradas brillaban en sus muñecas. 

—Maldición —espetó Symeon—, ya tardaban en aparecer. Rápido...

Se interrumpió, anonadado, al ver que los cuatro mediadores, que parecían en trance, daban un par de pasos hacia  la mancha y desaparecían, sin más. Aquella mancha... era tan... Symeon dio un pasos hacia abajo, sin darse cuenta. «¿¡Pero qué estoy haciendo, por todas las espirales!?». Se giró a sus compañeros, que miraban también fijamente la mancha negra.

—¡Vamos! ¡Reaccionad, no hay tiempo que perder! —instó, cogiendo de nuevo la mano de la reina y precipitándose hacia delante. El resto lo siguió. 

Los guardias y sirvientes habían formado un pequeño grupo en el vestíbulo, indecisos. Pero no se atrevían a acercarse a ellos, igual que los que había en el piso superior, que en lugar de intentar detenerlos, se alejaban lo más rápido y lo más lejos posible.

Otros cuatro mediadores aparecieron junto a la mancha, mirándola fijamente. Y junto a ellos, una figura mucho mayor, de unos tres metros de alto, encapuchada y con la vestimenta llena de runas. El coloso agarró a dos de los mediadores por el pecho, reteniéndolos.

—Otros cuatro, y uno de esos seres que vimos en Doedia —anunció Symeon—. ¡Vamos, vamos!

Pero no pudieron dar más de un par de pasos antes de que Galad, Daradoth y Symeon sintieran una voz estentórea en su mente que los compelió:

DETENEOS 

No pudieron evitar detenerse. Yuria siguió un poco más hasta que se dio cuenta de que los demás se habían parado.

SOIS LOS RESPONSABLES DE ESTO, 
Y QUIERO SABER CÓMO LO HABÉIS HECHO
 

Daradoth y Symeon no pudieron evitar pensar en la escena, y cómo Galad lo había hecho.

El paladín sintió enseguida cómo algo llegaba a su mente e intentaba escarbar.

Afortunadamente, en ese instante, cuatro mediadores más se materializaron en la escena, lo que requirió la atención del enorme desconocido. Yuria aprovechó la oportunidad, haciendo reaccionar a sus compañeros y se adentraron en el piso superior. Lo más rápido que pudieron entraron de nuevo a la que había sido la habitación de la reina, y sin tiempo a decir nada, Daradoth abrió un portal en el mismo sitio donde había estado el anterior, ya desaparecido.

Yuria suspiró y, por qué no decirlo, se llenó de orgullo. El Empíreo parecía haber sufrido un fuerte castigo, pero todavía estaba en el aire. Los ataques flamígeros habían parecido disminuir en gran medida.

—¡Vamos! —urgió—. ¡Hay que saltar!

Daradoth y Symeon no tuvieron ningún problema, les siguió Yuria, y por último Galad, que ayudó a Armen a saltar.

Yuria agarró con fuerza el timón y Symeon se situó bajo la válvula del globo con el artefacto enanil que le tendió Suras, accediendo a su poder al instante y lanzando una tremenda lengua de fuego sin esperar a las órdenes de Yuria.

Mientras el dirigible ganaba altura a una velocidad que a Yuria le parecía exasperantemente lenta y remontaba la línea de azotea del edificio del homenaje, a la ercestre le llamó la atención una sombra que percibió por el rabillo del ojo. Se giró. Allí, en la azotea de la torre más occidental, había una figura grande, aunque dentro de los estándares humanos, con una armadura azul marino de gran calidad y laboriosamente trabajada, y un yelmo impresionante. En la mano derecha empuñaba una lanza impresionante, que parecía devorar la luz de su alrededor y que proyectaba un aura de penumbra alrededor de él. Alzó el arma, haciendo el gesto de arrojar.

—¡Daradoth! —chilló—. ¡En la torre, nos ataca el brazo oscuro!

A pesar de su cansancio al haber sido expuesto a los efectos del talismán de Yuria, Daradoth se movió como un rayo y, llegando en un instante a estribor, lanzó a Sannarialáth hacia el enemigo. No tuvo éxito en su ataque, pero la espada, convertida en un rayo plateado, sorprendió lo suficiente al hombre de la armadura como para evitar que arrojara la lanza.

Los siguientes segundos fueron angustiosamente largos. Ni Daradoth ni Galad pudieron impedir que el brazo oscuro impactara con su lanza arcana en el Empíreo, provocando unas explosiones de tinieblas heladas que dejaron fuera de combate a un par de paladines y de pasajeros. Y, para dificultar más cosas, mientras se elevaban sobre la azotea, apareció por una puerta una elfa oscura. Daradoth sintió un escalofrío y la antigua herida del muslo le palpitó cuando vio que la elfa empuñaba una de las dagas negras de Trelteran, una kothmor; afortunadamente, el aturdimiento impidió que fuera presa de la visión roja. La elfa y otros dos elfos oscuros que la acompañaban se lanzaron a la carrera hacia el borde del terrado.

—¡Quieren saltar!  —rugió Daradoth—. ¡Van a saltar al Empíreo! ¡Más llama, Symeon!

Fue Galad el que tomó cartas en el asunto. Desde la proa vio el salto sobrenatural de los enemigos, y entonces, con una brevísima oración, canalizó el poder de Emmán. El aire se densificó ante los elfos oscuros, haciendo que se detuvieran en su salto y provocando su caída hacia el vacío. La lanza oscura impactó de nuevo en el dirigible, hiriendo levemente a un par de tripulantes, pero por fin la sabiduría de Symeon con el artefacto enanil y la mano experta de Yuria permitieron que el dirigible virara rápidamente y dejaran atrás la ciudadela. 

La reina Armen, en el centro de la cubierta, parecía extremadamente conmovida por todo lo que había sucedido en el último minuto escaso. 

—Nunca... nunca había vivido algo así —la escuchó murmurar Galad; la reina estaba casi sin aliento. Sus ojos, brillantes de emoción, contemplando el glorioso (aunque algo renqueante) vuelo del Empíreo.

Para gran pesar de Galad, uno de los paladines había resultado muerto durante el combate, y Aldur se encontraba herido de consideración. Aparte de ellos, había abundantes heridos en la tripulación, y Galad consumió hasta las últimas reservas de su poder para recuperarlos todo lo que pudo. Finalmente se tumbó, agotado y apenas consciente.

A una distancia segura, Yuria hizo descender el Empíreo. Las siguientes horas serían agotadoras, reparando y sustituyendo piezas y aparejo para dejar el dirigible en un estado aceptable.

Finalmente, ya descansados, con los marineros y algunos pasajeros trabajando en los parches, el grupo se pudo reunir en condiciones con la reina Armen. 

—Debo reconocer  —empezó ella, que previamente ya había tenido una conversación con Symeon y Daradoth, en la que le habían explicado la amenaza que enfrentaban y de lo que era capaz—, que estoy absolutamente sorprendida por todo lo que he vivido durante los últimos días, y las revelaciones que me habéis transmitido. Y debo felicitaros a vos —se giró hacia Yuria, señalando hacia el Empíreo— por la invención de tan gran ingenio. Pero todavía no tengo del todo claro a quién servís.

—Servimos a la Luz, mi señora —contestó Yuria—. Y dentro de sus rangos, servimos a lady Ilaith Meral, la Canciller de la Federación de Príncipes Comerciantes.

Armen permaneció pensativa. No le había pasado desapercibido el título de Ilaith ni el cambio en el nombre de la Confederación. Era una mujer inteligente. 

—Ya veo. Poco antes de empezar nuestra... no me voy a andar con perífrasis; poco antes de empezar nuestra guerra civil, me llegó noticia de que Alexann Stadyr había firmado una alianza entre nuestras naciones.

—Así es, mi señora —ratificó Yuria—. De hecho, en estos momentos, lady Ilaith debe de estar comandando sus legiones en el sur y entrando en Gweden por diversos puntos. 

Esto no pareció ser del completo agrado de Armen. Pero si quería salvar su país y ponerse al frente, no iba a tener más remedio que aceptar algunos tragos amargos.

—¿Y así de importantes le parecemos, Yuria? ¿Tan alegremente manda sus tropas en expedición a un país extranjero?

Yuria intentó armarse de paciencia; tenía muchas cosas en que pensar, pero aquella conversación era muy importante. 

—Ya os hemos dicho que el conflicto no es entre países, sino entre dos adversarios mucho más grandes y primigenios: Luz y Sombra. Supongo que Daradoth os lo habrá explicado con pelos y señales.

—Sí, así es, lo ha hecho.

—Pues, con todo el respeto —intervino Daradoth, cuya presencia todavía afectaba visiblemente a Ilaith y la hacía encogerse—, dadle la importancia que tiene. No penséis que esto son mezquinos conflictos políticos. Robeld de Baun es ahora una herramienta de Sombra y, como tal, hará todo lo posible por acabar con los fieles a Luz.  

—En la propia Usturna están persiguiendo a los emmanitas —añadió Galad, apretando los dientes en un gesto de rabia—, ¿qué puede haber más execrable que eso? Y nos hemos ido sin poder ayudarles, eso no puede quedar así, en algún momento tendremos que volver —miró al resto del grupo, esperando su afirmación. 

—Sí, lo siento por ellos Galad —dijo Yuria—. De todas formas, si la guerra evoluciona como espero, Usturna será liberada dentro de unas semanas o meses, y con ella los emmanitas.

Symeon rebulló discretamente. «Usturna y su gente tienen las horas contadas, amigo mío», pensó el errante. «Lo que has hecho va a atraer muy pronto a esos enormes engendros oníricos, y pocos de sus habitantes van a sobrevivir». Prefirió callar por el momento.

—Y la razón de que estemos aquí —continúo Daradoth— es que pensamos que sois la mejor candidata a reinar en Esthalia, y queremos ayudaros, igual que Ilaith. Llevamos preocupados por Esthalia desde hace mucho tiempo, desde que nos enteramos de la aparición de una daga negra en un barco naufragado.

La reina pareció recordar algo.

—Oh. ¿No seréis por ventura vosotros los que os reunisteis con el marqués de Strawen y pidieron una audiencia conmigo? 

—Los mismos, majestad. Querríamos haber llegado mucho antes para evitar lo que ha pasado, pero el hecho es que aquí estamos y vos os habéis liberado del influjo de esa mujer, de Selene.

A continuación, Daradoth puso a Armen en antecedentes de quién era Selene y los kaloriones. Le habló de la existencia (evidente, después de lo que habían vivido) de la magia y el poder sobrenatural, y le narró en profundidad el origen de Luz y Sombra y su conflicto metafísico. Como siempre que Daradoth hacía esto, el tirón invisible de la Vicisitud erizó el vello de todo el grupo, y arrastró a Armen en un remolino de atracción a la causa de Luz.

—Y me alegro sobremanera de que hayáis llegado, os lo aseguro. Desde hoy mismo empezaré a trabajar para derrotar a esa maldita Sombra. Gracias por esta revelación. Realmente me habéis iluminado, Daradoth. Gracias. Debemos trazar planes, entonces.

—Así es —coincidió Yuria. 

 

jueves, 7 de mayo de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 24

La Reina Armen en Usturna (II)

A bordo del Empíreo, Galad y Aldur, rodeados por el halo de ligera luz plateada que revelaba su conexión con Emmán, veían cómo el suelo se iba acercando con rapidez.

Daradoth entró con cautela a la habitación de la reina a través del pórtico que había abierto en la fachada. Armen y las doncellas ya estaban abriendo la puerta y saliendo de la habitación, mientras alertaban a los guardias del otro lado. Posó los pies en el suelo de la estancia.

De repente, un ligerísimo sonido llamó su atención en una de las esquinas de la habitación. Alguien debía de encontrarse allí oculto a la vista. Se giró hacia allí de forma fulgurante, pero no estaba preparado para lo que lanzaron contra él.

El Empíreo recibió una nueva andanada de virotes, flechas y hechizos ígneos. La distancia ya era cercana y peligrosa, así que todos se parapetaron como pudieron, con los paladines haciendo pleno uso de su poder. Galad, Aldur y Arakariann fueron ligeramente afectados por quemaduras, pero ninguna de gravedad. El dirigible tocó ligeramente una de las torres del edificio y se sacudió violentamente; Symeon se aferró con fuerza al cabo que había enrollado alrededor de su brazo y consiguió mantener el equilibrio; Yuria se golpeó el pecho contra el timón, pero también consiguió mantenerse firme.

—¡Ahora, Symeon! ¡Con todo! —rugió la ercestre.

Symeon, que en todo momento había percibido el poder del anillo enanil en su dedo, proyectó su voluntad en un torrente y extrajo de él toda la energía que pudo. Una enorme llamarada se proyectó hacia el interior del globo, rebajando su velocidad al instante, y haciendo que la mitad de la tripulación perdiera el equilibrio.

—¡Atentos ahora! —gritó Galad a los paladines, mirando a su alrededor. Ahora eran un blanco muy cercano para los enemigos, que desde el pasillo de la muralla y desde las torres los veían perfectamente. Afortunadamente, la maniobra de Yuria había sido prácticamente perfecta, y la altura de la borda del Empíreo coincidía casi al milímetro con la del pórtico de Daradoth. Sacó a Églaras de su vaina y con un poderoso salto atravesó el pórtico de la fachada, mientras Symeon empuñaba su bastón y corría hacia babor para saltar también al interior del edificio. Aldur y el resto de los paladines se parapetaron a estribor, para proteger el dirigible contra los ataques desde la muralla. 

En el mismo momento en que Galad ponía pie en la habitación, por la puerta irrumpía uno de los soldados ástaros de piel atezada con uniforme exótico, seguido de otro más que se detuvo, atemorizado al ver la figura celestial de Galad empuñando a Églaras. Tras ellos, el paladín pudo ver más enemigos aprestándose a entrar. En el rincón de la izquierda, pudo ver a Daradoth con la mirada perdida y la boca abierta, presa de una languidez que no podía ser producto sino de un hechizo. Esta suposición fue confirmada al ver que cerca de Daradoth, un elfo oscuro se giraba hacia él. Sintió un escalofrío al percibir unas palabras en su mente: «Cuidado, a la derecha hay otro»; era Norafel, advirtiéndole de un peligro, pero allí a la derecha no había nadie. «Invisibilidad», pensó, dando varios pasos hacia el interior para dejar espacio a Symeon, que saltó justo detrás de él.

—¡Hay alguien oculto Symeon, cuidado! —exclamó, señalando hacia la derecha. 

Symeon activó su diadema. La luz sagrada quemó a los elfos oscuros, matando al que se encontraba cerca de Daradoth y haciendo que el que hasta ahora había permanecido oculto se hiciera visible, al sufrir varias quemaduras.

En el exterior, Yuria dejó el timón a Suras para dirigirse también al edificio. 

Mientras Symeon remataba al elfo oscuro de la derecha con su cayado de aglannävyr y Yuria irrumpía en la estancia, Galad, liberado de la amenaza del otro gracias a la luz de Symeon, llegó junto a Daradoth. Pidió el favor de Emmán para disipar cualquier hechizo del que pudiera ser presa su amigo, y por suerte, tuvo éxito.

Los ástaros, atemorizados ante la escena, salieron de la habitación y cerraron la puerta. Se oían gritos allá fuera. Galad se asomó por el pórtico, que ya debía de estar a punto de desaparecer, y gritó a Aldur que aguantaran todo lo que pudieran, porque iban en busca de la reina.

Pocos instantes después, el grupo conseguía forzar la puerta y abrirla de par en par. Yuria fue la primera en asomarse, para ver un hueco interior por donde bajaban las escaleras, y un pasillo que lo rodeaba y daba acceso a las habitaciones. Daradoth pasó a Yuria, ofuscado. La confusión reinaba por todas partes los guardias no sabían qué hacer, si enfrentarse al grupo o huir, y los sirvientes corrían despavoridos.

—Allá abajo se oye la voz de la reina —dijo Yuria; Daradoth, efectivamente, la pudo escuchar dando órdenes a sus doncellas—. ¡Vamos, rápido!

Además, Galad utilizó el poder de Emmán para detectar la posición de Armen, y al instante la pudo sentir, hacia las escaleras inferiores. 

—Está intentando salir del edificio —dijo—. Debemos apresurarnos. 

Y así lo hicieron: Daradoth corrió, adelantando a Yuria, y Symeon y Galad salieron algo por detrás de ellos. 

En el primer tramo de escaleras, dos guardias salieron al encuentro de Daradoth, pero no fueron rival para las habilidades marciales del elfo. Con un fluido movimiento, hirió a uno en el brazo y otro en la cabeza,  dejándolos fuera de combate. Yuria lo siguió de cerca, y los dos llegaron enseguida al pie de la escalera, que acababa en una especie de vestíbulo de grandes dimensiones. Una pequeña multitud atravesaba en ambos sentidos la puerta principal, una puerta enorme, de doble hoja, abierta de par en par. Allá abajo caminaba deprisa la reina Armen seguida de su séquito de doncellas, acompañadas por un par de soldados ástaros, dirigiéndose hacia la puerta.

Entre el caos de sirvientes y guardias, mientras bajaban el último tramo de escaleras, cuatro figuras grandes y corpulentas con extrañas armaduras de combate irrumpieron en el vestíbulo, y tras ellas siguieron dos personas más. Una de ellas era una mujer, bellísima, con larga cabellera negra azabache larga hasta la cintura y ojos violetas, y la otra era un hombre vestido con ricos ropajes.

«Selene», acertó a pensar Daradoth, recordando las descripciones que de ella había dado Symeon.  Apretó los dientes mientras el vello de su nuca se erizaba y su visión se tornaba roja durante breves fogonazos. Sin pensarlo, casi automáticamente, lanzó Sannarialáth hacia ella. La espada pareció convertirse en un relámpago que se descargó sobre la kalorion, pero falló el golpe y volvió al instante a la mano del elfo. Entonces, la mujer alzó una mano hacia ellos, igual que su compañero. Daradoth alzó su espada, capaz de interceptar el poder de los hechizos, y sintió que algo, una fuerza invisible, la golpeaba, pero el arma no era capaz de contenerla. La mujer de melena negra esbozó una sonrisa. Su compañero también canalizó su poder, e hizo aparecer una esfera translúcida alrededor de ellos.

Yuria llegó a la altura de Daradoth. En el exterior, pudo oír cómo alguien gritaba "¡Corred, majestad!", y la reina Armen aceleraba aún más el paso. La ercestre empuñaba sus pistolas, y disparó a uno de los soldados de armadura exótica. Un impacto en la rodilla dio con él en el suelo. Los enemigos se miraron, sorprendidos.

—¡Espera aquí, Yuria, no dispares más! —exclamó Daradoth, que acto seguido salió raudo en pos de la mujer, pero con una actitud en absoluto amenazante. 

Yuria se quedó confundida unos segundos, hasta que dedujo lo que debía de haber pasado. «Maldición, seguro que ha caído presa de un hechizo». Reaccionó, y disparó a otro de los soldados, que también dejó fuera de combate. En ese momento, Symeon y Galad, glorioso enarbolando a Églaras, aparecieron en la escalinata.

—¡Cuidado Galad, un kalorion! —exclamó el errante, atemorizado—. ¡Esa es Selene!

El paladín se puso en tensión, más aún cuando vio a Daradoth caminar rápidamente hacia ella en actitud amistosa, ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Con una sonrisita de superioridad, la mujer alzó su mano hacia Yuria, unos escalones por debajo de ellos. Esta notó la habitual descarga de su talismán cuando anulaba el poder dirigido a ella, y Selene tornó su altiva sonrisa en un gesto de sorpresa.

Daradoth atravesó el campo de fuerza y se acercó a Selene, que pareció darse cuenta de repente de su presencia, y le sonrió. El elfo se sonrojó como un adolescente. La reina estaba llegando a la puerta.

En ese momento, Galad alzó su espada e invocó el poder de Emmán como nunca lo había hecho, abriendo un canal directo con su dios. La Luz celestial lo envolvió, y su figura creció y se hizo casi insoportable de ver cuando se convirtió en un arcángel terrenal. Selene no tuvo más remedio que taparse los ojos durante un momento.

«Es el momento. Ahora. Tenemos que hacerlo», susurró Norafel en su mente. Por un instante, Galad tuvo una visión del poder infinito, el desentramado de la Vicisitud, y de la no existencia. La nada. Era el momento de hacerlo. O quizá no. En ese momento, podría haber ejecutado la voluntad de Emmán, pero al parecer, su dios y el arcángel de este le habían dado la elección de elegir. Era libre de hacerlo o no. Galad sonrió en su fuero interno, orgulloso de servir a Emmán, dispuesto a hacer lo que fuera por él. Pero decidió no borrarlo todo todavía. «Aún hay tiempo; podemos hacerlo más adelante e intentar arreglar las cosas por otros medios. Ahora, acabemos con los enemigos». 

Canalizando el enorme poder que Norafel ponía a su disposición, llegó a la Vicisitud circundante.

Symeon activó la Luz Sagrada de su diadema, y corrió para ayudar a Daradoth. Yuria se unió a él, y se enfrentaron a los dos soldados que quedaban en pie. 

—¡Parad, por favor, parad ya! —gritó Daradoth, completamente bajo el influjo de Selene.

De pronto, Symeon notó una oleada de poder inmenso que provenía de detrás, que erizó su vello, aceleró su corazón y casi lo deja sin aliento. El poder vino acompañado por un rugido terrible y polifónico de Galad. Daradoth, oyendo el brutal bramido de su amigo, transformado en un impresionante arcángel que empuñaba su espada hacia ellos, sintió que una ola de irrealidad avanzaba inexorable hacia ellos, y con un acto reflejo se echó a un lado, mientras advertía a Selene que se apartara.

Daradoth, Symeon y Yuria perdieron la visión durante unos momentos. Y al recuperarla, sintieron un escalofrío ante lo que vieron. Donde antes había estado la puerta, ahora había una mancha circular de negro absoluto, que parecía querer tragarse incluso el propio sentido de la vista. El efecto era extrañísimo, pues en un entorno tridimensional, la ausencia total de luz de esa área la convertía en algo bidimensional; era mejor no mirarla durante mucho rato, pues tras unos segundos se empezaban a sentir náuseas. No había ni rastro de Selene, de su compañero, ni de los guardias. Por otra parte, el sonido del exterior había sido completamente acallado, y la reina Armen se había detenido casi al borde del círculo, totalmente azorada, y había caído de rodillas, presa de unas náuseas incontrolables. Todas sus doncellas habían desaparecido también.

—¡¡Noooo!! —gritó Daradoth, desesperado—. ¡¿Qué has hecho, Galad?!

El elfo se lanzó hacia un agotado Galad con la espada en ristre y un gesto de absoluta furia. Afortunadamente, Yuria empuñó su talismán y consiguió tocar con él a Daradoth, que pasaba por su lado, dejándolo inconsciente y —esperaba— anulando cualquier hechizo del que hubiera sido presa.

Symeon se dirigió cauteloso hacia la reina, dirigiendo miradas cada cortos instantes a la oscuridad. 

 

jueves, 26 de marzo de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 23

La Reina Armen en Usturna

Poco después, entraron en la taberna El León Rojo, situada cerca de la entrada oriental a la ciudadela. Allí, entre los parroquianos, había unos cuantos soldados sin uniforme, tomándose un descanso. Galad —que iba sumamente bien disfrazado— y Symeon aguzaron el oído. Algunos habían bebido un poco más de la cuenta.

—Es una locura eso de que ahora tengamos que vigilar los cielos —dijo uno en un momento dado—. ¿Qué brujería puede hacer que los enemigos surquen los cielos a bordo de barcos voladores?

—A mí también me parece una locura —este soldado parecía más sobrio—, pero por lo que he oído a los comerciantes de la confederación, tiene muchos visos de realidad. Consuélate con que, por lo menos, nos han traído nuevos "juguetes" para defendernos de ellos.

Al cabo de dos o tres horas, sin haber escuchado nada más interesante que esa conversación, decidieron cambiar de ubicación y vigilar un rato la puerta occidental, donde se les unieron Yuria y Faewald. Allí el tránsito era intenso, pues era la puerta que conectaba la ciudadela con el puerto. Al cabo de un rato, algo llamó su atención: una pequeña comitiva de enormes vagones tirados por bueyes, protegida por guardias, claramente procedente de la Federación de Príncipes Comerciantes. Los guardias y los carros lucían los colores de Armir.

Usturna

—Los príncipes comerciantes, como es normal, están sacando tajada de esta guerra —dijo Yuria—. Esperemos que no haya nada más, porque supongo que el príncipe Tiladh estará resentido por no haber conseguido su tajada en el comercio de kregora.

—Y nunca estuvo realmente convencido acerca de la cancillería de Ilaith —añadió Symeon—. Pero no olvidemos que la Federación no ha declarado aún la guerra a Robeld de Baun, así que lo más seguro es que esto sea una actividad comercial legal y normal.

Acto seguido se dirigieron hacia el puerto. Este se dividía en el sector norte, en la otra ribera de la desembocadura, y el sector sur, el más cercano a ellos, a aquella parte del río. Allá a lo lejos, donde había calado suficiente (y suponían que también por discreción), se podían avistar las figuras de tres galeones negros anclados. En uno de los muelles se encontraban atracados tres barcos mercantes con los colores de Armir en sus pendones. Y entrando al curso del río surcaban las aguas otros dos barcos mercantes con los colores del principado de Adhëld, impulsados por dos líneas de remeros.

Se dirigieron a una de las tabernas cercanas, donde pronto detectaron un grupo de personas hablando en demhano. Galad se aproximó a ellos y no tardó en entablar conversación invitándolos a una copa. Fingiéndose ignorante, les pidió información sobre la Confederación.

—Ya no somos una Confederación, amigo —respondió uno de los marineros—. Ahora somos una Federación, y nos rige la canciller Ilaith. Dicen que es una guerrera y científica fuera de serie.

Según le dijeron, las mercancías que llevaban eran muy normales: sal, especias, grano... nada fuera de lo común. «No parece que estén haciendo nada ilegal, desde luego». Entonces, intervino otro de los integrantes del grupo:

—Lo que sí que me llamó mucho la atención —arrastraba un poco las eses— fue esa yegua nívea que trajimos en un compartimento especial. ¿No la viste, Serim?

—La verdad es que no.

—Yo la pude ver por un momento. No venía en nuestro barco, pero en aquel de allá —señaló otro de las naves armirienses— viajaba en un apartado especial de la bodega. Una yegua de Semathâl, de la estirpe de los Ifritai. Blanca, con crines y cola violáceas. Magnífica. Casi sobrenatural. 

—¿Un regalo? —preguntó Galad.

—Pues no tengo ni idea. Pero era bellísima.

Sobre los galeones negros no pudieron decirle nada de utilidad. Así que Galad decidió cambiar a una conversación más inofensivas.

—¿Estaréis en Usturna muchos días? 

—No, regresamos mañana mismo. Es un viaje de abastecimiento rutinario.

 A continuación, las palabras dejaron paso a la bebida; los marineros retaron a Galad a una competición, pero él se negó educadamente, y volvió junto a sus compañeros. Compartió toda la información que había sonsacado.

—¿Creéis que esa yegua puede ser un regalo de Arnualles a la reina Armen? Según nos dijeron, ha estado largo tiempo enamorado de ella; quizá pretenda contraer esponsales para legitimar de alguna manera su aspiración a hacerse con Esthalia. Aparte de que es posible que esté realmente enamorado, claro.

—Podría ser —coincidió Symeon—. No podemos descartar nada.  

La siguiente hora la emplearon para observar y memorizar la estructura de la ciudadela, y que Yuria pudiera hacer un croquis que les sirviera para planificar una posible incursión en busca de Armen. De vuelta en el Empíreo, Daradoth la ayudó a completarlo, describiéndole lo que había visto desde el aire. Durante largo rato estuvieron discutiendo su curso de acción. Finalmente, decidieron que la mejor opción sería que Daradoth usara sus poderes para sobrevolar la ciudadela y explorarla para detectar alguna señal de presencia de la reina.

Esa misma noche, Daradoth dejó el Empíreo, se acercó a pie, y se elevó desde el exterior de la ciudad. Lo primero que le llamó la atención fue que, desde cada torre del perímetro de la ciudadela, un cono de luz se proyectaba hacia arriba, moviéndose de un lado a otro. Haciendo uso de sus capacidades de invisibilidad no le costó evitar ser detectado, y sobrevoló la muralla. Desde allí arriba, pudo ver que los conos de luz eran proyectados por sendas diademas que lucían otros tantos ástaros atezados en sus frentes.

Tras superar la muralla interior, se elevó sobre la torre. Y allí, en la parte más alta, pudo ver cinco figuras. Cuatro de ellas estaban encapuchadas, la quinta no, revelándola como una elfa oscura. Una elfa oscura que parecía hacer decaer la luz a su alrededor; este efecto tuvo su explicación cuando Daradoth se apercibió de la daga que llevaba en su cinto. «Maldición, la kothmor». Al sentir la sombra, se le erizó el vello de la nuca y su corazón se aceleró; su visión se tornó roja. Desenvainó a Sannarialáth y se acercó a ella todo lo deprisa que su hechizo de volar le permitía, amparado todavía en su invisibilidad.

No obstante, cuando apenas se encontraba a unos cincuenta metros de distancia, la elfa volvió la cabeza hacia él. Daradoth pudo, en ese momento, contener su sed de sangre, y se detuvo en el acto, presa de un sudor frío y de recuerdos de un insoportable dolor; la vieja herida de su muslo palpitaba. Comenzó a retroceder, de espaldas. 

La elfa empuñó la daga negra, envolviéndose todavía más en el aura de sombra. Daradoth bajó su altura para protegerse con la muralla, y se alejó rápidamente. Volvió al Empíreo y se reunió de nuevo con los demás, un poco conmocionado.

—Tal y como yo lo veo, lo mejor es que vuelvas a intentarlo a mediodía —propuso Yuria—. Seguro  que es más fácil que por la noche. 

—Podemos sobrevolar la ciudadela a gran altura con el dirigible y usar la lente ercestre para asegurarnos de que no hay elfos en la torre —añadió Faewald.

Y así lo hicieron. El día siguiente, alrededor de mediodía, el Empíreo sobrevolaba la ciudadela indetectable, a enorme altura. Con el catalejo, Daradoth pudo ver que en el techo de la torre solo había dos soldados. Humanos. Suspiró con alivio.

—Aun así —dijo, contando lo que veía a sus compañeros—, prefiero permanecer vigilante y averiguar su rutina, antes de lanzarme a un nido de víboras.

Así que permanecieron estacionarios y vigilando desde el dirigible durante unas horas. El número de soldados fue cambiando a lo largo del día, pero ni rastro de la elfa oscura y sus compañeros. Ya por la tarde, prácticamente anocheciendo, los soldados se retiraron, dejando la azotea vacía. Aproximadamente quince minutos después, hacían acto de aparición tres figuras encapuchadas. Parecía que no querían coincidir con los humanos. «Perfecto, será más fácil así».

Tras descansar, poco antes del mediodía, volvieron a sobrevolar la ciudad, y Daradoth desapareció de la vista y se lanzó hacia la ciudadela. Lo primero que le llamó la atención fue la presencia de un nutrido grupo de caballos que el día anterior no habían estado allí. Pero enseguida se centró en el edificio del homenaje; había cuatro guardias en el tejado, pero esperaba que no supusieran ningún problema.

Tras un descenso algo accidentado, Daradoth se dispuso a inspeccionar todas las ventanas abiertas que hubiera en las fachadas de los cuatro pisos. Y tuvo fortuna. En la esquina noreste del edificio, a través de una de las pocas ventanas abiertas (reforzadas todas ellas, eso sí, con gruesas rejas), vio una habitación ocupada por cuatro mujeres. Tres de ellas parecían doncellas, y la cuarta, a la que dedicaban sus atenciones, sin duda coincidía con la descripción de la reina Armen. Parecían estar ayudándola a probarse un aparatoso vestido de ceremonia, y no había guardias presentes. Daradoth se quedó inmóvil, a la escucha. 

—La verdad es que estoy realmente emocionada —dijo la reina.

—Sí, mi señora —contestó una de las doncellas—, va a ser una boda preciosa. Magnífica.

«Una boda, maldita sea», pensó Daradoth. «Y ella no parece forzada en absoluto. ¿Acaso le han lavado el cerebro? ¿La habrán coaccionado? ¿O hechizado?». No podía esperar más; decidió utilizar sus poderes sin reservas, y abrió un pórtico en la fachada del torreón. Lo atravesó y se hizo visible, ante las miradas sobrecogidas de terror de la reina y sus doncellas.

—¡Rápido!  —gritó una—. ¡Vámonos de aquí, nos atacan!

El resto del grupo reaccionó, con dos de las doncellas agarrando a la reina para ponerla a salvo. Daradoth chasqueó los labios con un gesto de contrariedad. Decidió salir de allí y volver con sus compañeros. Les contó todo lo que había averiguado.

—Pues la situación es peor de lo que imaginaba entonces —dijo Yuria—. No solo se va a casar, sino que lo va a hacer voluntariamente.

—Algo raro pasa —dijo Galad.

—Sin duda. Tenemos que sacarla de allí y deshacer el hechizo, o el influjo que tengan sobre ella. Pero ahora va a ser mucho más difícil.

Por la tarde, Aldur se encontró aparte con Galad. El gigantesco paladín estaba preocupado por el destino de los creyentes de Emmán a los que estaban arrestando. Según había escuchado, los llevaban a un "centro de reeducación". Quizá podrían rescatar a algunos de ellos, si no a todos.

—Me sorprende lo poco que has pensado en esto, Galad.

—Es cierto, y me disculpo por ello —se santiguó—. Y tienes razón, pero tenemos asuntos muy urgentes que reclaman nuestra atención. Pero no te preocupes Aldur, haremos cuanto esté en nuestra mano.

Más tarde se reunieron de nuevo, para planificar la incursión definitiva que les permitiera sacar a Armen de allí. Le dieron muchas vueltas, porque era realmente complicado. Finalmente, Yuria zanjó la discusión, que parecía que no iba a acabar nunca:

—Ya está bien. Haremos lo siguiente: con el sol alto, sobrevolaremos la ciudadela a una altura suficiente para quedar fuera del alcance de sus proyectiles, y descenderemos con una maniobra brusca hasta la explanada junto a la torre. —Pensó durante unos momentos, haciendo unos garabatos en papel—. Haciendo cálculos de presión y temperatura, calculo que puedo hacer que el Empíreo descienda unos trescientos metros en poco más de treinta segundos. Será duro, no os voy a engañar, y nos lanzarán un montón de ataques, pero creo que la nave resistirá, dudo que las flechas o los pivotes supongan un problema serio. El verdadero problema serán los hechizos; teniendo artefactos que proyectan conos de luz, seguramente tendrán más sorpresas.

—Los paladines pueden encargarse de eso —dijo Galad.

—Parece arriesgado, pero realmente no veo otra alternativa —añadió Daradoth. 

—Hagámoslo —a Faewald  le brillaban los ojos, emocionado ante la perspectiva de salvar a su reina—, tenemos que rescatar a su majestad y execrar a ese arribista.

—Sí, pero será mañana, porque acaba de caer la noche —zanjó Yuria, aguando un poco las expectativas de Faewald. 

Así que se retiraron a descansar.

Pero no fue una noche tranquila. Cuando hacía un par de horas que Symeon había conciliado el sueño, algo lo sacudió. Una especie de onda de choque que conmovió su consciencia, y que lo hizo despertarse durante unos segundos en el mundo onírico. Vio a Nirintalath fugazmente, mientras sentía la fuerza pasar a través de su cuerpo, y se despertó en el mundo de vigilia. Agarró el pomo de Nirintalath y le preguntó mentalmente si era seguro que accediera al mundo onírico; no recibió una respuesta en palabras, sino más bien sensaciones, e, interpretando que lo que le había transmitido era seguridad, entró a la dimensión superior.

Todo parecía tranquilo; se encontraba a bordo de la representación onírica del Empíreo, y la figura de Nirintalath en su forma de muchacha se encontraba de pie, paciente, a su lado. Pero enseguida le llamó la atención algo: una enorme e infinitamente alta columna de Sombra, que se erguía donde debía de encontrarse el edificio del homenaje de la ciudadela en el mundo de vigilia. Tras unos minutos, la columna palpitó con un leve zumbido unas cuantas veces, y luego volvió a su estado de reposo. 

—Por favor  —dijo, volviéndose hacia Nirintalath—, haz el favor de avisarme si sucede algo fuera de lugar.

Nirintalath, que estaba muchísimo más calmada desde que hacía  unos días había sentido el dolor del ejército enemigo, se limitó a asentir con la cabeza. Symeon reunió inmediatamente al grupo para explicarles lo que pasaba. Galad apostó por que se trataba de un portal, y que alguien debía de haberlo atravesado.

—Pero de todas maneras no podemos hacer nada, así que me seguiría ciñendo al plan que trazamos ayer. La clave está creo yo, en que debemos hacerlo rápido, para evitar contraataques. 

—Descansemos, pues —apostilló Yuria—. Necesitamos estar despejados por la mañana.

A media mañana, sobrevolaron la ciudadela de nuevo; bajaban lentamente, mientras se preparaban para la incursión, Aldur organizaba a los paladines y Daradoth miraba por el catalejo. Los guardias de la muralla, entre los que se contaban varios ástaros, no los veían, pero permanecían atentos.

—Tenemos que ser muy rápidos en esto, Yuria. No creo que podamos aguantar mucho tiempo defendiendo el...

Se interrumpió. En la azotea había tres figuras encapuchadas... y algo más. 

—Hay tres elfos oscuros encapuchados, que miran de vez en cuando hacia arriba haciendo visera con la mano. Ni rastro de humanos. Diría que no quieren hacerlos coincidir. Pero lo más extraño es que entre los elfos, encadenado al suelo de la azotea, hay un arcón cerrado. Y parece un artefacto mágico en sí mismo.

—¿Será eso lo que notó Symeon esta noche? —aventuró Galad.

—Pues es muy probable —Yuria chasqueó la lengua, y se dirigió rápidamente al timón—. ¡Suras! ¡Egrenia! ¡Navegantes! ¡Preparaos, porque va a empezar el baile!

Daradoth tendió el catalejo a Symeon. Puso las manos en los hombros de sus amigos, desapareció a la visión mundana, y se lanzó por la borda. Voló rápidamente hasta la misma ventana del día anterior, rogando a Nassaroth que no hubieran cambiado los aposentos de la reina. La ventana estaba entreabierta, así que Daradoth escuchó. Soltó un suspiro de alivio cuando oyó la cháchara de las doncellas, y entre las voces, la de Armen, que recordaba claramente de la incursión anterior. Y además, sonaba un arpa. 

—La reina está aquí —transmitió su voz a través del Ebiryth, donde Yuria lo oyó claramente—. En la habitación que os dije ayer; proceded.

Yuria inspiró hondo y empuñó los mandos del dirigible, mientras Symeon recibía el artefacto enano de manos de Suras. El dirigible fue describiendo círculos, bajando de cota a una velocidad considerable, lo que alteró el estómago de algunos de los pasajeros. El Empíreo vibraba, fulguraba y se encontraba envuelto en las quedas fanfarrias celestiales que anunciaban el empleo del poder de Emmán. 

Abajo dieron las voces de alarma, y comenzaron a sonar las campanas. Ya habían visto el ingenio volador y se aprestaban a hacerle frente. Symeon se aseguró, enredando el brazo en una jarcia, dispuesto a usar el artefacto en cuanto recibiera la señal de su amiga.

El Empíreo llegó a la cota aproximada de trescientos metros. Una bola de fuego surgió de una de las torres dirigiéndose hacia ellos; pero no tuvo el alcance suficiente, y explotó antes de alcanzarlos.

—¡Suras, Egrenia! —rugió Yuria—. ¡Ahora!

Los tripulantes abrieron las compuertas y escotillas necesarias para prácticamente vaciar la bolsa de gas del dirigible, y este se precipitó en una caída vertiginosa hacia tierra. Galad, Symeon, Aldur, Faewald y la propia Yuria sintieron como si durante unos instantes sus pies y sus estómagos quisieran separarse de la madera de cubierta y de sus cuerpos respectivamente. Algún miembro de la tripulación perdió el equilibrio y la compostura durante unos segundos.

Daradoth hizo aparecer un pórtico en la fachada. Quien estaba tañendo el arpa, al parecer un juglar de largo bigote y perilla, dejó de hacerlo, y las mujeres dejaron de charlar y reírse. Todos se callaron y  miraron hacia hueco que había aparecido en la pared. No parecía haber guardias en la habitación, pero las mujeres y el juglar corrieron hacia la puerta, asustados y dando voces de alarma.

El Empíreo cayó durante unos treinta segundos. Decenas de flechas y pivotes de ballesta golpearon contra el casco y el globo, y alguna alcanzó a alguno de los pasajeros, sin herirlos de gravedad. Los paladines levantaron sus protecciones celestiales, invocando el poder de Emmán, y consiguieron anular la mayoría de las bolas de fuego que les lanzaron desde las murallas. Pero una de ellas traspasó las defensas, e impactó en la proa de la nave. Dos de los paladines, Egrenia, Sharëd y Arakariann fueron afectados por el fuego, afortunadamente sin efectos graves. Pero un conjunto entero de jarcias fue afectado, resintiendo así la navegación del dirigible.


jueves, 12 de marzo de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 22

Explosión de Dolor y Viaje a Usturna

La explosión de dolor fue brutal. Los cuerpos de los enemigos se vieron sacudidos por oleadas de sufrimiento invisible, que Symeon percibió a través de su vínculo espiritual con Nirintalath. Apretó los dientes hasta que chirriaron, notando cómo sus enemigos se estremecían y retorcían, gritando desgarradoramente.

—Atroz —Yuria rompió el silencio que sus compañeros guardaban desde lo alto de las murallas. Una onda de suave resplandor verdemar se había extendido en círculo alrededor de Symeon, aniquilando todo lo que encontraba a su paso (personas, caballos, perros, insectos, todo) con un sufrimiento más que evidente.

Estallido de Dolor

Al disiparse el fulgor, el propio Symeon pareció encorvarse durante un momento, sufriendo. 

—Es peor de lo que imaginaba —añadió Daradoth, contestando inconscientemente a su amiga. Con su vista élfica podía ver los horribles rictus de los afectados por la explosión. Se tuvo que forzar a recordar que eran enemigos en una guerra existencial.

A bordo del Empíreo, Galad contemplaba la escena asomado a la borda. Aldur se encontraba a su lado. 

—Esa espada debe de haber salido del mismísimo infierno, hermano —dijo el enorme paladín, sorprendido.

—Sí, no cabe otra explicación —coincidió con él Garedh, el padre de Galad. 

Horrorizado, con las lágrimas asomando a sus ojos, Symeon se recompuso como buenamente pudo y se giró hacia la fortaleza. En el fondo de su mente, notaba cómo Nirintalath parecía regocijarse y extasiarse en la agonía que había provocado. La envainó y retrocedió rápidamente hacia las puertas de Rheynald. Yuria y Faewald se dirigieron rápidamente hacia la puerta para recibirlo, y allí lo intentaron abrazar, aunque Symeon los apartó y se acurrucó al entrar, presa del estupor y la conmoción por lo que había hecho. La ercestre puso su mano en el hombro del errante mientras Daradoth llegaba a su altura.

—Tranquilo, Symeon —dijo el elfo—. Sé que debe de haber sido duro, pero imagina esa espada en manos de nuestros enemigos. Eso sí sería una desgracia. 

—Descansa ahora, Symeon —zanjó Yuria—. Nosotros nos encargamos a partir de aquí. 

El contingente que habían preparado para la ocasión se puso en marcha, obedeciendo las órdenes que Yuria rugía. Avanzaron rápidamente sobre el campamento enemigo, presa del caos y el pánico por el dolor y las estrellas de Osara que llovían por doquier. Las legiones enemigas no tardaron en huir, abandonando sus campamentos y sus máquinas de asedio, que los esthalios se apresuraron a destruir. La hueste se retiró rápidamente, antes de que las tres legiones de refuerzo pudieran reaccionar, así como los dirigibles, que se elevaron más allá del muro fronterizo.

Unas horas más tarde, ya tranquilos y a solas en Rheynald, el grupo se reunió. Todos transmitieron sus preocupaciones acerca del uso de la Espada del Dolor, aunque Yuria también hizo todo lo posible por que Symeon no se sintiera culpable: al fin y al cabo estaban en guerra, una guerra existencial, y tenían que usar todos los medios a su alcance para lograr prevalecer. Faewald ofreció a Symeon su compañía esa noche, y el errante aceptó de buen grado; iba a ser una noche plagada de pesadillas, y la presencia de su hermano juramentado sería más que bienvenida.

La mañana trajo novedades.  Aún no había salido el sol cuando los vigías dieron nuevos informes: los enemigos habían levantado el campamento y se marchaban.

—Deberíamos seguirlos con el Empíreo —dijo Daradoth.

—No sería mala idea, pero eso nos haría perder tiempo —objetó Galad—. Tened en cuenta que tenemos dos asuntos muy importantes que resolver: el paradero de la reina y la liquidez de la Federación. No me había dado tiempo a comentártelo hasta ahora, Yuria, pero lady Ilaith está muy preocupada por la interrupción del flujo de kuendar y oro. Calcula que podrá mantener los ejércitos expedicionarios durante unos dos meses, si no resolvemos el problema en las minas de las Darais.

—Eso es de la máxima importancia, desde luego —anunció Yuria—; pero cada día cuenta para localizar a la reina, y más ahora que ya no podemos contar con que los dirigibles son un secreto. Tenemos que ver si es cierto que está en Usturna, y si es posible, liberarla. Debemos hacerlo rápido para encargarnos lo antes posible de las minas. No olvidemos tampoco que las tropas de la Federación llegarán en unos tres días a la frontera con Gweden y tenemos que enviar a los paladines al frente.

—Perfecto —zanjó Daradoth—. Salimos hacia Usturna lo antes posible.

Antes de partir, Symeon se dirigió al campamento de los errantes, donde se encontró con Stavros, para despedirse y hablar con Azalea. Como siempre, la muchacha tuvo un efecto calmante en él, aliviando mucho su tormento por lo que había sucedido la noche anterior. Se despidieron sentidamente.

—No tardes en volver, Symeon —dijo la joven—. La próxima vez me gustaría partir contigo.

—Hablaremos de ello, no te preocupes —«espero que puedas sacar a Ashira de mi corazón», pensó.

La legión sermia también se despidió de Yuria. Tenían órdenes de volver al frente cuando Rheynald estuviera fuera de peligro, y así iban a proceder. La ercestre les dio su bendición y les deseó buen viaje, pero "sugirió" un cambio de planes. Le parecía mejor idea que la legión viajara por territorio esthalio hasta la frontera sur, escoltada a distancia por el Horizonte con los paladines. De esa manera podrían coger por sorpresa y con una maniobra de pinza a las guarniciones fronterizas. El general de la legión no se opuso, apabullado y conocedor del genio militar de Yuria; esta le dio una carta con las nuevas órdenes, escrita y firmada de su puño y letra, y en pocas horas tanto la legión como los paladines partían hacia el suroeste.

El día siguiente, el grupo y los pasajeros habituales partieron a bordo del Empíreo con rumbo a Usturna. Seguramente los rumores acerca de los dirigibles y los paladines debían de estar corriendo como la pólvora, así que tomaron todas las precauciones posibles. Siguieron el curso del río Rowen, sobrevolando Jorwen y otros pueblos de menor importancia. En casi todos ellos pudieron avistar iglesias emmanitas quemadas, lo que les sorprendió sobremanera. Por la tarde llegaron a la vista de Usturna, una ciudad grande y populosa en la ría de desembocadura, con un puerto considerable. En la parte interior se podía ver la ciudadela, enorme y antigua. Daradoth miraba a través de la lente ercestre; algo llamó su atención en el puerto:

—Maldita sea. Hay tres galeones negros anclados en la salida del río. Y en la ciudadela parece que hay una basílica, pero creo que la han violentado. No veo las cruces emmanitas en las torres, y una parte parece quemada también.

—Ese condenado Robeld de Baun debe de haber renegado de su fe —Galad escupió las palabras con desprecio.

Revelada la presencia de tres de los imponentes barcos negros de la Sombra, a Galad se le ocurrió algo. Elevó una súplica a Emmán y obtuvo el poder necesario para lo que quería.

—El príncipe de Ladris, Deoran Ethnos, está en algún lugar allá abajo, en la ciudadela. Lo han traído aquí, puedo sentirlo.

—Entonces es posible que la reina Armen también se encuentre aquí —añadió Yuria.

—Por desgracia, Emmán no puede ayudarme con ella, no la he visto nunca en persona ni sé cómo es. 

—La cruz de la moneda es que seguramente también estén por aquí el brazo de la Sombra y la elfa oscura con la kothmor —dijo Symeon, pensativo.

Poco tiempo después, al atardecer, Symeon, Yuria y Faewald desembarcaban vestidos con ropas neutras y se dirigían a las puertas de Usturna. El resto habría llamado demasiado la atención en la ciudad. La población parecía en estado de alerta (que no de excepción), el ambiente estaba tenso, pero las puertas permanecían abiertas. Entraron a una posada llamada El Yelmo Astado, donde un juglar tocaba el laúd y cantaba una bella canción.

Symeon echó un vistazo a su alrededor. En una de las paredes se notaban los restos de una silueta, que habían intentado limpiar pero no lo habían conseguido del todo. Otrora había colgada allí una cruz emmanita. Además, aguzando el oído, pudieron escuchar algunas conversaciones, entre ellas una que les llamó especialmente la atención: "mejor no hablemos de Emmán aquí".

Ya entrada la noche, Daradoth hizo uso de sus poderes sobrenaturales para sobrevolar invisible la ciudad. En la ciudadela pudo ver un grupo de soldados, ástaros puros, que le llamó la atención por el tono de su piel, de un color canela que nunca había visto en los antecesores, y por sus uniformes, exóticos y muy diferentes de los estándares esthalios.

Por la mañana, Symeon, Yuria y Faewald salieron de la ciudad después de haber pasado la noche en la posada. Los guardias patrullaban en parejas y tríos, deteniendo a aquellos que parecían sospechosos. Volvieron al Empíreo y compartieron sus sospechas de que se había prohibido el emmanismo en Usturna. Más tarde, Symeon usó sus habilidades para disfrazar a Galad, disimular su aspecto, y así que pudiera acompañarlos a la ciudad. De esta manera, pudieron franquear las puertas de la muralla exterior sin problemas.

Cuando llegaron a la zona del mercado, pudieron escuchar gritos y quejidos a lo lejos. Se acercaron rápidamente, para ver cómo una patrulla había arrestado a un hombre y a su hija, mientras una mujer los seguía, llorando y suplicando que no se los llevaran. Uno de los guardias llevaba un crucifijo en una mano, que debían de haberle arrancado a alguno de los detenidos. 

No fueron muy lejos, pues se quedaron en el centro de la plaza, donde el público se acercó, curioso. El líder de los guardias, un hombre que parecía curtido en mil batallas, de rostro adusto y severo, gritó:

—¡Por el decreto del lord  marqués de Arnualles, los adoradores del traidor Emmán, serán arrestados e internados en un centro de reeducación! ¡Tomad buen ejemplo! ¡Emmán ya no es bienvenido en esta ciudad! ¡Ya no es bienvenido en esta marca!

Galad apretaba los dientes. Se cuidó de decir ni susurrar nada, ante la posibilidad de la presencia de guardias no uniformados y la falta de reacción en la muchedumbre. Los guardias se marcharon con los prisioneros, seguidos de cerca por la mujer suplicante. 

—Vamos a ver si podemos sonsacar algo a algún sirviente, esperemos en aquella puerta —dijo Galad, señalando uno de los portones de la muralla de la ciudadela.

Al poco rato, salían dos mozos de cuadras, apenas unos muchachos, pero prefirieron esperar. Más tarde salió un grupo de cuatro ástaros extraños, de piel canela y uniformes extraños. Después, carros de varios comerciantes. No tuvieron suerte y no aparecieron criados. No obstante, por la tarde, mientras esperaban, resonaron cascos de caballos. Una columna de caballería se acercaba a la ciudadela, alrededor de una cincuentena. Muchos jinetes, que lucían el escudo del yelmo ribeteado de Robeld de Baun, llevaban cogido por las riendas un segundo caballo con alforjas e impedimenta. Al frente de la columna parecían ir varios nobles, seguramente banderizos de Arnualles. Entraron en la ciudadela al trote, sin que los guardias pusieran impedimento alguno.

—Quizá deberíamos buscar algún lugar donde se reúnan los que todavía sean fieles a Emmán. O al menos, intentar averiguar algo sobre eso —propuso Symeon. 

—Sí, pero no sabría ni por dónde empezar —contestó Yuria, un tanto hastiada.

Galad entonó una queda oración, y refulgió por un brevísimo instante.

—El príncipe Ethnos se encuentra en el edificio del homenaje, en algún piso superior —informó—. Apuesto a que la reina también se encuentra allí.

—El problema es cómo entrar.

—Habrá que ver si a Daradoth se le ocurre algo.