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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

lunes, 13 de julio de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 28

La Ciudad muerta. El Retorno de la Reina.

El Surcador descendió lentamente junto a la propiedad que Daradoth había descubierto desde el aire. Nadie habló durante la maniobra. Después de lo que habían contemplado desde las alturas, cualquier palabra habría parecido inadecuada.

La casa solariega se encontraba a unos tres kilómetros de Usturna, rodeada por un muro de piedra que en algún momento había sido reforzado con empalizadas y construcciones improvisadas. La propiedad debía de haber pertenecido a algún noble menor o a un terrateniente acomodado, pero su finalidad había cambiado durante los últimos tiempos. Había guardias apostados junto a la verja, otros alrededor del muro y más cuerpos desperdigados en el patio. No parecían haber intentado impedir que alguien entrara.

Parecían haber tratado de evitar que quienes se encontraban dentro pudieran salir.

En el espacio despejado frente a la casa seguía extendiéndose la gran cruz calcinada que habían visto desde el cielo. Estaba formada por haces de paja, ramas y matojos consumidos por el fuego, colocados deliberadamente para que pudieran ser distinguidos desde las alturas. Junto a ella había numerosas personas arrodilladas. Algunas habían caído hacia delante; otras permanecían ladeadas, apoyadas unas contra otras como muñecos abandonados.

Habían muerto rezando.

En cuanto pusieron pie en tierra, una sensación de pesadumbre se abatió sobre ellos. No era solamente la tristeza lógica provocada por la contemplación de tanta muerte. Era algo más profundo, una opresión que parecía surgir del propio suelo, ascender por las piernas y aferrarse al corazón. La luz del día parecía mortecina, como si una gasa gris cubriera el sol. No soplaba la más ligera brisa. No se escuchaban pájaros, insectos ni el balido lejano de una oveja.

Nada.

Daradoth aguzó el oído. El silencio era tan absoluto que resultaba ensordecedor. Las gallinas de los corrales estaban muertas, al igual que los perros, las cabras y todos los animales que podían ver desde allí.

De pronto, el elfo sintió que algo se quebraba en su interior. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Aquí ha muerto demasiada gente —murmuró.

Galad se acercó a él.

—¿Estás bien, Daradoth?

El elfo se cubrió el rostro con una mano. Los sollozos sacudieron su cuerpo.

—No tiene sentido seguir. Ha muerto demasiada gente… y va a morir mucha más. Todo esto no tiene sentido.

—Claro que lo tiene —replicó Symeon—. Hemos venido a buscar supervivientes. Si todavía queda alguien vivo, debemos encontrarlo.

Las palabras de sus compañeros consiguieron que el elfo recobrara parte de su entereza, aunque las lágrimas siguieron resbalando por sus mejillas. Aldur, sin embargo, no tuvo tanta fortuna. El gigantesco paladín cayó de rodillas, dominado por el dolor que impregnaba aquel lugar, y comenzó a rezar entre sollozos.

Galad invocó el valor de Emmán para ayudarlo a resistir, pero el sufrimiento de la tierra era demasiado intenso. Aldur se agitó, incapaz de dominarse, y tuvieron que intervenir para impedir que se hiciera daño. Finalmente consiguieron sumirlo en un sueño mágico y lo llevaron de vuelta al Surcador, donde quedó al cuidado de los paladines y los tripulantes.

—Debemos darnos prisa —dijo Symeon—. No sabemos qué sucederá cuando anochezca.

Daradoth y Symeon comenzaron a reconocer los alrededores, mientras Galad se acercaba a la entrada de la casa acompañado por Taheem y algunos de los hombres. El elfo encontró varios soldados de Arnualles junto al muro. La mayoría parecían muertos, pero uno de ellos todavía respiraba.

Sus latidos eran débiles y estaban separados por intervalos inquietantemente largos.

Daradoth se arrodilló a su lado e intentó despertarlo. El hombre no reaccionó. No estaba dormido ni inconsciente de una manera normal; parecía atrapado en un estado catatónico, suspendido entre la vida y la muerte. El elfo lo cargó y lo llevó hasta el Surcador para que lo atendieran.

Durante su reconocimiento también descubrió indicios de violencia. Varios guardias habían sido atacados por los prisioneros. La posición de los cuerpos y las heridas mostraban que aquellos hombres y mujeres habían tratado de abrirse paso hacia el exterior. Los soldados habían intentado detenerlos y el enfrentamiento había acabado con la muerte de ambos bandos.

Casi todos los prisioneros lucían en alguna parte del cuerpo el pequeño tatuaje de una copa. «El Santo Grial emmanita, sin duda», pensó. Algunos tenían la espalda cubierta de latigazos o mostraban señales de haber sufrido otras torturas.

La finca había sido convertida en uno de los centros de reeducación para emmanitas ordenados por Robeld de Baun.

Unos minutos después, Galad, seguido por el resto, atravesó la puerta principal de la casa manteniéndose alerta. En el interior, la oscuridad hizo que la opresión se volviera todavía más intensa. El paladín sintió una presión en el pecho y se detuvo durante unos instantes. La estancia principal era amplia, pero estaba repleta de cadáveres. Había más en los pasillos, en las habitaciones anexas y en las cocinas.

Una mujer yacía de espaldas, abrazada a dos niños.

Los cuerpos estaban mejor conservados de lo que habría correspondido al tiempo transcurrido desde la catástrofe. No parecían deteriorarse de una manera normal. Era como si incluso los procesos de la muerte se hubieran ralentizado bajo la influencia de aquella pesadumbre.

En una de las habitaciones habían improvisado una pequeña capilla. Había bancos, restos de velas y una cruz rota. Las señales de lucha mostraban que los últimos días habían sido caóticos. Quizá los prisioneros se hubieran reunido allí para rezar. Quizá los guardias hubieran intentado detenerlos. O quizá todos, carceleros y cautivos, hubieran buscado refugio en la fe cuando las pesadillas comenzaron.

Al llegar a la cocina y el comedor comunal, Daradoth levantó una mano.

—Esperad.

Aguzó el oído.

Entre el silencio percibió un latido. Después otro. Y otro más.

Había decenas.

En las mesas y los bancos se amontonaban unas cuarenta personas. Parecían cadáveres, pero todavía respiraban. Sus corazones latían con una lentitud extrema y la mayoría se encontraban en un estado semejante al del guardia hallado junto al muro.

Al fondo de la estancia, dos niños de doce o trece años permanecían acurrucados en un banco. Estaban despiertos, aunque apenas conservaban fuerzas para mantener los ojos abiertos. Uno de ellos sollozaba en sueños.

Galad se acercó y apoyó una mano sobre su frente, invocando el poder de Emmán. El niño se estremeció y abrió los ojos. En ellos había una tristeza tan profunda que durante unos instantes el paladín no supo qué decir.

—Ayudadnos… —susurró el muchacho.

—Eso haremos —respondió Galad, con lágrimas asomando en sus ojos—. Ya estáis a salvo.

Sacaron primero a los niños. Les dieron agua con cuidado y prepararon unas gachas muy diluidas para que pudieran recuperar fuerzas sin hacerse daño. Uno de los paladines permaneció junto a ellos mientras los demás regresaban a la casa.

Contaron cuarenta y tres supervivientes, la mayor parte emmanitas, aunque también había media docena de guardias de Arnualles. Todos se encontraban al borde de la muerte. El Surcador no podía transportarlos a todos. Incluso abandonando parte de la carga, apenas podrían acomodar a veinte, además de la tripulación.

—No podemos dejarlos aquí —protestó Galad.

—Tampoco podemos llevarlos a todos —respondió Symeon—. Y si esperamos demasiado, caerá la noche. No quiero que todavía estemos aquí cuando oscurezca.

Eligieron a quienes parecían tener más posibilidades de sobrevivir, incluyendo a los dos niños y a uno de los guardias, que podría proporcionar información cuando recuperara la consciencia. Los paladines y los marineros trasladaron los cuerpos con mucho cuidado. 

Mientras tanto, Daradoth y Symeon se alejaron hacia el norte para determinar hasta dónde se extendía la influencia de la ciudad. Caminaron un par de kilómetros a paso vivo. La sensación de pesadumbre no disminuyó. Aunque cada vez encontraban menos cadáveres humanos, los animales seguían muertos y el silencio continuaba siendo absoluto.

Daradoth se elevó sobre los árboles y las colinas.

A medida que ascendía, la opresión comenzó a debilitarse.

Descendió junto a Symeon.

—Cuanto más me alejo del suelo, menos intensa es la tristeza —explicó—. Está arraigada en la tierra.

—Entonces no podemos enviar una legión —dijo Symeon—. Si esto ha sido capaz de derrumbar a Aldur, ¿qué hará con hombres normales obligados a permanecer aquí durante días?

—Pero todavía debe de haber supervivientes.

—Seguramente muchos. Y cada hora morirá alguno. Pero no podemos rescatar a toda la región nosotros solos.

La conclusión era amarga. Podían salvar a quienes habían encontrado, regresar con más medios e intentar organizar nuevas expediciones, pero permanecer allí durante semanas supondría abandonar el resto de sus obligaciones y, probablemente, acabar sucumbiendo también a la influencia que impregnaba Usturna.

Cuando regresaron a la finca, los veinte elegidos ya se encontraban a bordo. A los demás les dieron toda el agua y el alimento que pudieron. Intentaron hacerlos beber, humedecieron sus labios y dejaron provisiones preparadas a la espera de poder regresar a por ellos.

El agua del pozo de la finca tenía un color verdoso y apagado.

—No la bebáis —advirtió Daradoth—. Está corrompida.

No olía a podredumbre ni había cadáveres en su interior. Simplemente parecía muerta, como si algo hubiera consumido su propia naturaleza.

Antes de que anocheciera, el Surcador abandonó el lugar.

El simple hecho de ascender proporcionó un alivio inmediato. La opresión disminuyó y el aire pareció más limpio. Aldur continuó dormido durante buena parte del viaje.

Symeon entró de nuevo en el Mundo Onírico. Desde allí contempló la región marchita y las pequeñas llamas blancas que aparecían dispersas por el terreno. Algunas se mantenían débiles, otras parpadeaban y se apagaban delante de sus ojos.

Cada luz que desaparecía era una vida que acababa de extinguirse.

El errante despertó sin decir nada.

Al atardecer del siguiente día, el Surcador regresó a Gwartan. El mal tiempo los había obligado a elevarse por encima de las nubes durante parte del viaje, pero el piloto consiguió orientarse y llevarlos hasta el campamento.

Yuria había aprovechado su ausencia. El Empíreo estaba prácticamente reparado. No se había limitado a devolverlo a su estado anterior: había reforzado las estructuras dañadas, revisado las líneas de sustentación y ordenado instalar un gran arpón en la proa, con un arco de giro amplio. También se habían incorporado parapetos móviles que podían levantarse durante un combate y abatirse cuando no fueran necesarios.

Seguía sin ser una fortaleza volante, pero estaba mucho mejor preparado para sobrevivir a un nuevo enfrentamiento.

La llegada de los supervivientes provocó una gran conmoción. Ilaith y Armen acudieron de inmediato. La reina contempló los cuerpos consumidos, los rostros hundidos y a los dos niños que los paladines transportaban en brazos.

—¿Esto es todo lo que queda de Usturna? —preguntó.

—Es lo que hemos podido traer —respondió Galad—. Hay más supervivientes. Muchos más, seguramente. Pero toda la región está impregnada por una fuerza que provoca desesperación. No sabemos cuánto tiempo podría resistir allí una persona normal.

—Cada minuto que pasa muere alguien —añadió Daradoth—. Pero enviar tropas sin preparación podría condenarlas también.

Aldur, ya despierto, pidió disculpas por haberse derrumbado.

—No tenéis nada de lo que avergonzaros —dijo Armen—. Si algo semejante ha sido capaz de vencer la voluntad de un paladín, no podemos tratarlo como un peligro ordinario.

Los rescatados comenzaron a mejorar lentamente al alejarse de Usturna. Los dos niños fueron los primeros en recuperar la capacidad de hablar con cierta coherencia. Aun así, ambos sufrían un trauma terrible. Se sobresaltaban ante cualquier sombra y se negaban a dormir si no había un paladín a su lado.

Al día siguiente, Galad trató de hablar con ellos.

—¿Podéis decirme qué sucedió en la casa?

Los muchachos se miraron.

—Las pesadillas —respondió uno, tembloroso—. Nos perseguían.

—¿Mientras dormíais?

El niño negó lentamente con la cabeza.

—Abríamos los ojos… y seguían allí.

Hablaron de sombras y monstruos que recorrían las estancias buscándolos. Sentían un sueño irresistible, pero habían conseguido mantenerse despiertos y ocultos. No sabían por qué habían sobrevivido cuando tantos adultos habían caído.

Galad examinó a los muchachos con sus sentidos sobrenaturales.

—Tienen poder —anunció—. Mucho más de lo habitual para alguien de su edad.

Quizá esa sensibilidad les hubiera permitido resistir. O quizá precisamente por ella hubieran sido capaces de percibir las criaturas que se movían entre el mundo material y los sueños.

Galad encargó a los paladines hacerse cargo de ellos. Cuando se recuperaran, podrían formarse como novicios si así lo deseaban.

La catástrofe de Usturna trastocaba todos los planes. Robeld de Baun había perdido su base principal, sus almacenes y uno de sus centros de poder, pero decenas de miles de inocentes podían haber muerto con ellos. Armen comprendía que debían intentar rescatar a cuantos pudieran, aunque también sabía que Esthalia no podía permanecer paralizada.

—Debemos reunir a los Grandes del Reino —dijo—. Alexadar Stadyr fue siempre uno de mis hombres más fieles. También debemos hablar con Woderyan Estigian y, si es posible, con Aleyre Shotald, la duquesa de Dahier. No podremos enfrentarnos a Robeld mientras cada señor actúe por separado, o en las filas del rey.

Ilaith debía permanecer en el frente, pero puso a disposición de la reina todos los recursos que pudo. El Empíreo, el Surcador y el Horizonte partirían juntos. Los dos últimos regresarían a la finca para rescatar a los supervivientes que habían quedado atrás, siempre durante las horas de luz. El Empíreo continuaría después hacia Strawen con Armen y sus compañeros.

Antes de partir, Daradoth advirtió a Ilaith:

—No permanezcáis demasiado tiempo en un mismo lugar. La Sombra os buscaba, y no sabemos cuántos de sus agentes sobrevivieron a lo sucedido.

La canciller asintió.

—Vosotros tampoco olvidéis que ahora lleváis en el dirigible algo mucho más valioso que cualquier ejército.

Miró a Armen.

La reina no respondió, pero su expresión dejó claro que comprendía perfectamente el peligro.

Los tres dirigibles partieron hacia el norte. Durante el viaje sobrevolaron a lo lejos la ciudad de Baun, solar de Robeld. Las tropas de la Federación habían cruzado el río y preparaban el asalto. Desde el aire, Yuria examinó las posiciones, los incendios y el movimiento de las unidades. Se irguió, orgullosa al ver que los planes que había trazado en Gwartan se seguían al dedillo y funcionaban a la perfección.

—No resistirá más de dos días —calculó—. Quizá menos.

Las fuerzas federales avanzaban con rapidez hacia las minas de hierro y pronto enlazarían con otros contingentes. El marqués de Arnualles se había visto sorprendido por la violencia de la ofensiva y todavía no había conseguido reorganizar una respuesta eficaz.

Una jornada después, los dirigibles alcanzaron de nuevo las proximidades de Usturna, esta vez siguiendo la línea de costa.

El olor llegó mucho antes que la ciudad.

Una pestilencia insoportable se extendía sobre el mar. A lo largo de varios kilómetros, la superficie se encontraba cubierta de peces muertos. Las olas los empujaban hacia las playas, donde formaban una alfombra putrefacta. No era solamente la tierra la que había sucumbido. La muerte se había adentrado también en el océano.

Cuando Usturna apareció en el horizonte, pudieron ver la ciudadela, el puerto y los barcos abandonados. De los galeones negros que habían estado anclados allí antes de la catástrofe, solamente quedaban dos. Los demás habían partido o habían sido evacuados.

Todo el puerto estaba cubierto de cadáveres. Había barcos amarrados a medias, mercancías abandonadas en los muelles y carros volcados. Nadie había intentado recoger nada.

El Empíreo se separó de los otros dos dirigibles y comenzó a aproximarse a la ciudadela. Querían comprobar si la esfera de inexistencia había crecido y si quedaba algún indicio de los elfos oscuros o de los agentes de la Sombra.

Symeon sintió algo por el rabillo del ojo.

Un destello, allá arriba.

Se giró, pero no había nada.

—He visto algo —advirtió—. Algo grande que se acercaba.

Galad intentó detectar cualquier presencia hostil. No encontró nada. Daradoth escrutó el cielo, pero tampoco descubrió ninguna forma ni movimiento.

Yuria alteró el rumbo para alejarse de la dirección señalada por Symeon, sin dejar de aproximarse a la ciudadela desde otro ángulo.

Entonces el errante lo vio.

Una criatura enorme, formada por sombras y fuego, se precipitaba desde el cielo hacia el Empíreo. La visión duró apenas un instante, como si el Mundo Onírico se hubiera superpuesto a la realidad.

—¡Cuidado! —gritó.

El dirigible sufrió un bandazo brutal, sin causa visible.

Los tripulantes resbalaron por la cubierta. Varios paladines cayeron al suelo y uno estuvo a punto de precipitarse por la borda, aunque consiguió agarrarse a la batayola. Yuria se aferró al timón y luchó por recuperar el control. No habían visto nada golpear el casco, no había corriente de aire y ninguna de las defensas parecía dañada.

Pero algo los había atacado.

Durante la maniobra, Galad pudo ver por fin la mancha de inexistencia.

Seguía en la entrada del edificio principal de la ciudadela, un círculo de negro absoluto en medio de la realidad. No parecía haber crecido, pero en cuanto fijó la vista en ella sintió que algo tiraba de su voluntad, invitándolo a acercarse.

El paladín permaneció unos instantes hipnotizado.

—La mancha sigue allí —alcanzó a decir.

—¡Apartaos de la borda! —ordenó Yuria—. ¡Atad las cuerdas y preparaos para otro impacto!

El Empíreo ascendió y viró hacia el mar. Symeon seguía mirando hacia el cielo, temiendo que la criatura volviera a aparecer. Sin embargo, en cuanto dejaron atrás la costa, no se produjo ningún otro ataque.

A veinte o treinta kilómetros de Usturna se reunieron con los otros dirigibles. Les transmitieron mediante señales que no debían aproximarse a la ciudad. Se limitarían a recoger a los supervivientes de la finca durante el día y abandonarían la región antes del anochecer. Si percibían cualquier fenómeno extraño, debían huir hacia el mar.

El Empíreo continuó hacia el este.

Al adentrarse en las tierras de Strawen, encontraron una región que parecía haber cambiado de dueño sin apenas combatir.

Los pueblos seguían en pie. Las aldeas no habían sido incendiadas y los campos permanecían cultivados, salvo por contadas excepciones. Sin embargo, en las torres y fortalezas ondeaba el yelmo ribeteado de Arnualles junto al estandarte de Esthalia.

En los pendones de Robeld aparecían ya los lambrequines reservados a la Corona.

Armen los contempló desde la borda.

—Está reclamando el trono —dijo—. Ya ni siquiera intenta ocultarlo.

—Quizá crea que habéis muerto en Usturna —sugirió Symeon.

—O quizá sepa que sigo viva y confíe en que nadie pueda encontrarme.

Más al sur vieron una gran columna de soldados de Arnualles que abandonaba el frente. Algunos marchaban hacia Usturna, seguramente preocupados por sus familias o enviados para averiguar qué había ocurrido. Otros contingentes descendían desde el norte con antorchas.

La ciudad de Strawen no mostraba daños de consideración, pero también se encontraba bajo el estandarte de Arnualles. Alexadar Stadyr no estaba allí.

Mientras continuaban hacia el este, divisaron una pequeña columna en una calzada: una docena de jinetes de Arnualles escoltaba varios carros y a cinco prisioneros encadenados.

—Quizá sepan dónde está el marqués —dijo Galad.

El Empíreo descendió delante de ellos.

Los soldados detuvieron la caravana y formaron con las armas desenvainadas. Sobre la borda aparecieron los paladines, envueltos en auras de poder. Galad dirigió su voluntad hacia el hombre que parecía estar al mando.

—¡Deponed las armas! —ordenó—. No tiene por qué derramarse sangre.

Uno de los paladines lanzó un rayo contra el suelo. La descarga hizo encabritarse a los caballos. Daradoth descendió desde el dirigible de un salto, aterrizando delante de la columna con una mano apoyada sobre la empuñadura de Sannarialáth.

La resistencia de los soldados se quebró. 

Las espadas cayeron al camino.

El hombre que dirigía la caravana no era un militar, sino un recaudador de impuestos al servicio de Robeld. Afirmó que el marqués de Arnualles era ya su legítimo rey y que probablemente se dirigía hacia el frente sur.

—¿Y Alexadar Stadyr? —preguntó Daradoth.

El recaudador sonrió con desprecio.

—Huyó después del primer combate. Apenas presentó batalla con una pequeña parte de sus tropas. Dicen que se esconde como una rata en el monasterio de San Odran de los Brezos.

Los prisioneros eran terratenientes de varios pueblos que se habían negado a entregar impuestos a Robeld. Uno de ellos incluso había reunido una pequeña leva, que los soldados de Arnualles habían derrotado sin dificultad.

Durante el interrogatorio, el recaudador mencionó los rumores procedentes de Usturna.

—No sé qué habéis hecho allí, brujos malnacidos, pero las noticias que llegan desde el oeste son preocupantes.

El rostro de varios soldados cambió. Uno de ellos dio un paso adelante.

—¿Qué ha ocurrido en Usturna? Mis hijos viven allí.

El silencio cayó sobre el camino.

—En Usturna solo encontraréis muerte —respondió Symeon.

—¿Están muertos? —preguntó otro—. Mis hermanos viven en el puerto.

—Y mi mujer y mis hijos —dijo otro. 

—No sabemos quién ha sobrevivido —intervino Galad—. Pero la ciudad ha sido destruida. Había elfos oscuros y servidores de la Sombra dentro de sus murallas. Vuestro señor permitió que entraran.

Uno de los soldados comenzó a llorar.

—Robeld sirve a Esthalia —dijo el recaudador, aunque su voz había perdido buena parte de la arrogancia.

—Robeld dice servir a Esthalia —replicó Daradoth—. Pero está reclamando la corona y se ha aliado con criaturas que han llevado la muerte a su propia ciudad. Averiguad a quién obedece realmente antes de volver a empuñar las armas por él.

Los soldados fueron desarmados, pero Galad y los paladines se negaron a ejecutar a hombres que se habían rendido. Los dejaron libres después de dispersarlos y advertirles que no intentaran seguirlos.

Los cinco prisioneros recuperaron sus caballos. Algunos querían regresar a sus pueblos para organizar la evacuación de sus familias; otros estaban dispuestos a guiarlos hasta el monasterio. Todos parecían resentidos con Alexadar, pues creían que el marqués los había abandonado, pero confirmaron que se encontraba en San Odran.

El Empíreo reanudó el vuelo.

Alexadar Stadyr, marqués de Strawen

El monasterio de San Odran de los Brezos se levantaba sobre una colina cercana a la frontera con el ducado de Estigia. Era un lugar frío y austero, construido en piedra gris, rodeado por grandes campos de brezo. Tenía una capilla, una torre con campanario, huertos y un recinto amurallado suficientemente amplio para albergar a varios centenares de personas.

En lo alto de la torre ondeaba el estandarte de Strawen, aunque se encontraba medio recogido.

Dentro del recinto se amontonaban tiendas de campaña, caballos y soldados. Alexadar no estaba solo: conservaba todavía varios centenares de hombres y una parte importante de su guardia.

La aproximación del Empíreo provocó la alarma. Las puertas se cerraron y los arqueros ocuparon las murallas. El dirigible descendió en un campo cercano. Daradoth, Galad, Symeon y Faewald se dirigieron al monasterio, dejando sus armas en el Empíreo cuando los defensores exigieron que entraran desarmados.

—Venimos desde Rheynald —anunció Daradoth ante la puerta—. Queremos hablar con el marqués de Strawen.

—¿En nombre de quién?

—En nombre de la reina Armen.

Hubo un largo silencio.

Los dejaron entrar después de comprobar que no portaban armas ocultas. Fueron conducidos a una sala grande donde los esperaba Alexadar Stadyr, acompañado por su sobrino Daren, poco más que un muchacho, orgulloso e impulsivo, varios generales y un escriba.

El marqués había cambiado desde la última vez que lo habían visto. Tenía profundas ojeras, el rostro pálido y los hombros encorvados bajo el peso de las últimas semanas. Una mesa grande lo separaba de los visitantes.

—Los viajeros llegados con buena voluntad siempre son bien recibidos —dijo, aunque su voz estaba agotada—. Pero comprenderéis que, en estas circunstancias, la confianza es un lujo. ¿A qué debo vuestra visita?

Daradoth dejó sobre la mesa el anillo que Armen les había entregado.

—La reina desea reunir de nuevo a los Grandes del Reino. Quiere restablecer el orden en Esthalia.

Alexadar examinó el anillo, pero no lo tocó.

—¿Creéis que esto demuestra algo? Robeld también pronuncia el nombre de la reina mientras ocupa mis fortalezas y compra a mis vasallos. ¿Quién me asegura que no os ha entregado él mismo esa sortija?

—¿Creéis que un paladín de Emmán vendría a engañaros en nombre de Robeld? —preguntó Galad.

—Hay paladines luchando en sus ejércitos.

—Entonces no son verdaderos paladines.

Alexadar negó con la cabeza.

—Necesito algo más que palabras.

Galad invocó el poder de Emmán. Una presencia luminosa lo envolvió, aumentando su figura y llenando la sala de una autoridad casi tangible. Después proyectó sobre Alexadar una oleada de energía que alivió temporalmente su agotamiento.

Los generales del marqués llevaron las manos a sus armas.

Symeon pidió a todos que cerraran los ojos y activó durante un instante la luz sagrada de su diadema. Ninguna criatura de la Sombra reaccionó a ella.

—Solo quería asegurarme de que aquí no hubiera servidores ocultos de nuestros enemigos —explicó.

Alexadar permaneció en silencio.

—Supongamos que no servís a Robeld —concedió finalmente—. ¿Qué queréis que haga?

—Salid al patio —dijo Daradoth—. La prueba que pedís se encuentra allí.

—Si la reina está realmente cerca, no debe exponerse.

—No bajará hasta que vos mismo hayáis cerrado las puertas y garantizado su seguridad.

Alexadar dio las órdenes necesarias.

Faewald regresó al Empíreo. Poco después volvió acompañado por varias figuras encapuchadas. Armen caminaba en el centro, escoltada por paladines y hombres de confianza. Entraron en el monasterio con la máxima discreción y fueron conducidos a la sala.

Todos se pusieron en pie.

Durante unos instantes, nadie habló. Y entonces, Armen se quitó la capucha.

Alexadar abrió mucho los ojos. La fatiga desapareció de su rostro durante un momento, sustituida por una mezcla de asombro, alivio y emoción. Después rodeó la mesa, cayó de rodillas y bajó la cabeza.

—Majestad… Entonces es verdad. Estáis viva.

—Viva estoy —respondió Armen—. Y jamás entregué voluntariamente mi voluntad a Robeld de Baun.

El sobrino de Alexadar tardó unos segundos más en comprenderlo. Después también hincó una rodilla en tierra. Los generales, los guardias y todos los presentes los imitaron.

—Majestad —dijo Alexadar, con lágrimas en los ojos—. Entonces Strawen no ha caído. Solo hemos sido engañados.

—Levantaos, mis fieles.

Cuando volvieron a sentarse, Alexadar dirigió la mirada hacia los compañeros de la reina.

—Os debo más de lo que podré pagar jamás. No sé cómo conseguisteis rescatarla, pero tenéis toda mi admiración y todo mi agradecimiento.

Galad pensó en los muertos de Usturna, en las doncellas desaparecidas, en la mancha de inexistencia y en la ciudad convertida en un cementerio.

«Espero que haya valido la pena todo el sacrificio».

Alexadar explicó lo sucedido en Strawen. Robeld había presentado pruebas de que Armen estaba con él y de que ambos iban a contraer matrimonio. Muchos vasallos habían creído que, al rendirse, no traicionaban a la reina, sino que obedecían su voluntad.

—Solo pude presentar una batalla —confesó—. Después tuve que retirarme. Si hubiera combatido por cada pueblo y cada fortaleza, Robeld habría quemado las aldeas y hecho matar a mi propia gente. No quise concederle esa victoria.

—No habéis obrado como un cobarde —dijo Armen—. Habéis conservado a vuestros hombres y evitado una matanza. Gracias por eso.

—Los que permanecieron fieles creen que los abandoné. Los demás pensaban que servían a vuestra causa. Ahora que estáis aquí, quizá podamos recuperar la marca con rapidez, pero no será sencillo. Apenas dispongo de media legión. Mi hijo Alexann se encuentra más al sur con otra fuerza semejante. Robeld ha situado sus guarniciones de manera que puedan reunirse rápidamente si intentamos expulsarlas una a una. Sus generales parecen brillantes.

Armen le explicó que, a pesar de todo, contaba con el apoyo de Sermia y de la Federación de Príncipes Comerciantes, que les daban una ventaja decisiva. Alexadar se mostró inquieto.

—¿La Federación está invadiendo nuestro país, majestad?

—Sé cómo suena —respondió la reina—. Pero esa ofensiva forma parte de una guerra mucho mayor. Ilaith no gobernará Esthalia ni decidirá por sus nobles. Yo guiaré el reino. Pero necesitamos su ayuda para derrotar a la Sombra y a quienes se han aliado con ella.

Daradoth y los demás expusieron someramente lo ocurrido en la Federación, la nueva cancillería de Ilaith, la guerra civil entre los príncipes y la campaña iniciada contra Robeld, además de una ligera explicación sobre Luz y Sombra, mencionando las peligrosas dagas negras que el marqués ya conocía. Alexadar escuchó con una mezcla de sorpresa y preocupación.

—Necesitamos a los demás Grandes —dijo finalmente Armen—. ¿Qué sabéis de ellos?

—Poco. Mi situación me ha mantenido aislado. Pero las noticias que llegan de Estigia no son buenas.

—¿Qué ha ocurrido con Woderyan? —preguntó Armen.

Alexadar dudó antes de responder.

—El duque Estigian ha sido arrestado por los caballeros Argion.

Un silencio repentino se apoderó de la estancia.

—¿De qué se lo acusa? —preguntó Daradoth.

—Alta traición, connivencia con Robeld de Baun y otros cargos. Dicen que existen pruebas sólidas. Lo trasladaron a Arwex hace varios días.

—No lo creo —dijo Armen—. Woderyan jamás habría conspirado con Robeld.

—Yo tampoco —coincidió Alexadar—. Pero la acusación nos coloca en una posición terrible. Si los Argion condenan a uno de los Grandes por haber mantenido contactos ambiguos, ningún otro noble se atreverá a moverse. Y si lo absuelven sin una explicación convincente, Robeld afirmará que la Orden protege a los traidores.

—Robeld no necesita que Estigian sea culpable —dijo Symeon—. Le basta con que todos discutamos mientras él decide qué es verdad en nombre de la reina.

Alexadar asintió.

—Exactamente. Aunque vuestra aparición cambia la situación, majestad. Ahora podéis desmentir sus palabras.

Armen se puso en pie.

—Entonces debemos dirigirnos a Arwex cuanto antes. Pero no iremos solos. Necesitamos reunir a todos los aliados que podamos por el camino.

Alexadar volvió a arrodillarse.

—Os acompañaré, majestad.

—¿Y vuestra marca?

—Mi hijo y mi sobrino pueden mantener unidos a los hombres que quedan. Mi lugar está junto a vos. Además, antes de llegar a Arwex quizá podamos conseguir el apoyo de Aleyre Shotald. Si alguien puede ayudarnos a presentar un frente común ante los Argion, es ella.

Armen miró a sus compañeros.

Usturna había muerto. Robeld reclamaba la corona. Estigian estaba preso y la Orden Argion se disponía a juzgar a uno de los hombres más poderosos del reino.

Pero por primera vez desde su liberación, la reina de Esthalia volvía a tener a uno de sus Grandes arrodillado ante ella.

—Partiremos cuanto antes —sentenció.

 

domingo, 5 de julio de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 27

Juramentos y Cenizas

La reunión en Gwartan continuó durante largo rato después de que Armen e Ilaith hubieran aceptado, con todas las cautelas posibles, colaborar en la liberación de Esthalia. Afuera, en las calles de la ciudad recién tomada, la victoria reciente se mezclaba con el olor acre de madera quemada, sudor, barro y metal. Dentro de la mansión que Ilaith había convertido en centro de mando, el ambiente era solemne.

Sobre la mesa se extendían varios mapas. Esthalia aparecía dividida en líneas de avance, fortalezas marcadas, regiones en disputa y nombres demasiado cargados de historia: Rheynald, Usturna, Arwex, Strawen, Estigia, Gwartan. El reino de Armen era ya un cuerpo abierto, y cada decisión prometía cerrar una herida a costa de abrir otra.

El Reino de Esthalia

 Aldur fue el primero en romper el tono prudente de la conversación.

—Me parece bien todo lo que decís sobre Usturna —dijo, con la voz grave y contenida—, pero yo no voy a abandonar a los fieles emmanitas a su suerte.

Ilaith lo miró con una mezcla de respeto y dureza.

—No quiero sonar brusca, hermano Aldur, pero no voy a enviar tropas a una ciudad que quizá ya no exista.

La frase cayó con peso entre todos.

Symeon, que había contemplado la representación onírica de Usturna, guardó silencio durante un instante antes de hablar. La imagen del bosque muerto seguía viva en su memoria: troncos sin hojas, ramas secas, ausencia de vida, y aquella sensación de que algo no había muerto, sino que estaba siendo borrado.

—El problema de Usturna no es solo la muerte —dijo al fin—. Es la nada. Todo lo que esa mancha alcanza deja de ser. Si enviamos hombres sin saber qué ocurre allí, quizá no salvemos a nadie y perdamos a muchos más.

—Si no hacemos nada —respondió Aldur—, nos pondremos al nivel de los paladines de Emmolnir, de brazos cruzados mientras otros sufren.

Galad bajó la mirada. Aquellas palabras le tocaron en lo profundo de su ser más de lo que habría querido admitir. También él pensaba en los fieles emmanitas de Usturna, en los perseguidos, en los que quizá se habían refugiado esperando una ayuda que nunca llegaría. Pero también pensaba en la espada, en la mancha de inexistencia, en el horror que habían desatado.

—No podemos precipitarnos —dijo—. Que haya gente sufriendo no significa que podamos salvarla lanzándonos a morir. La Sombra ataca en mil lugares a la vez. Mueren paladines, mueren seguidores de Emmán y muere gente que ni siquiera conoce su nombre. Precisamente por eso no podemos desperdiciar nuestras vidas.

Aldur apretó la mandíbula.

—Yo no he dicho que vayáis todos. He dicho que yo volveré.

Yuria lo miró con severidad.

—Perfecto. Vuelve. Pero no esperes que te diga que eso es sensato.

La tensión creció durante unos segundos. Aldur no se movió. Galad sintió el impulso de reprenderlo, de abrazarlo o de suplicarle que no se dejara arrastrar por aquella culpa. No hizo ninguna de las tres cosas.

—Si Emmán te ha devuelto a nosotros —dijo Symeon, más bajo, contemporizando—, tal vez no sea para que caigas por una ciudad condenada. Quizá sea para que salves algo mucho mayor.

Aldur no respondió. Se apartó de la mesa y salió de la tienda, llevando consigo su dolor y su obstinación.

Armen, que había seguido el intercambio con atención creciente, esperó a que la lona de la entrada volviera a caer.

—Espero que podáis controlar a vuestro hermano —dijo, sin dureza, pero con preocupación evidente—. Para mí ahora la prioridad es Arwex. —Pronunció el nombre con un matiz distinto. Ya no era solo una fortaleza. Era una esperanza—. Creo que mi hijo puede estar allí —continuó—. Retenido, protegido, escondido... no lo sé. Pero es la última posibilidad razonable. Además, si conseguimos el favor de los caballeros Argion, tendremos medio reino ganado.

—¿Y si su favor ya está comprometido? —preguntó Daradoth.

Armen respiró hondo.

—Los Argion tienen tres juramentos. Silencio sobre los asuntos del reino. Lealtad absoluta al trono, no al rey. Y compromiso contra toda traición y herejía. El trono no es Randor. Tampoco soy solo yo. El trono es Esthalia. Si consigo que lo recuerden, quizá todavía podamos salvar algo.

Ilaith escuchaba con los dedos entrelazados, sin intervenir demasiado. Sus ojos iban de Armen a los mapas, de los mapas a Yuria, de Yuria a Daradoth.

—Entonces habrá que moverse deprisa —dijo al fin—. Pero no solo hacia Arwex. Si queréis recuperar Esthalia, majestad, no bastará con que la Orden os escuche. Necesitáis a los antiguos Grandes del Reino.

Armen asintió.

—El marqués de Strawen. El duque Estigian. Los demás, si aún pueden ser alcanzados. Randor podrá haberles quitado sus títulos, pero para mí siguen siendo Grandes del Reino.

—Enviar pájaros sería lo más rápido —sugirió Ilaith.

Armen negó con la cabeza.

—No harían caso. No como deben. Sería mejor enviar mensajeros en persona, y preferiblemente, nobles.

Yuria, que llevaba un rato examinando los mapas con la mirada de quien no ve nombres sino distancias, suministros y ángulos de ataque, señaló el Empíreo.

—O podemos usar el dirigible. No hay medio más rápido ni más seguro para llevar emisarios de peso.

Armen e Ilaith se volvieron casi al mismo tiempo hacia Daradoth, como si ambas esperaran que el elfo terminara inclinando el tablero hacia uno u otro lado. Daradoth sintió con claridad el peso de aquella doble atención. No era solo política. Era la Vicisitud, el eco de esa fuerza que los había arrastrado a todos, de un modo u otro, hacia la causa de la Luz.

—Debemos recuperar Esthalia cuanto antes —dijo Daradoth—. Y el Empíreo es una ventaja demasiado importante para no usarla. Si no utilizamos las ventajas de que disponemos, ¿para qué las tenemos?

—El Empíreo correrá riesgos —advirtió Ilaith.

—Todo corre riesgos ya.

Armen apoyó una mano sobre el mapa.

—Yo no me quedaré aquí cruzada de brazos mientras mi hijo puede estar en Arwex.

—Bien, no creo que podáis encontraros en un lugar más seguro que con nosotros —respondió Galad.

Eso zanjó la cuestión, al menos por el momento. Arwex sería el destino. Pero antes debían descansar, reparar lo que aún pudiera repararse y entender mejor el estado de un continente que parecía resquebrajarse por todas partes.

Aquella noche, Daradoth estableció contacto con los elfos del Vigía. La conversación con Irainos no trajo alivio. Desde el lejano norte llegaban rumores inquietantes: exploradores de las regiones cercanas al Cónclave del Dragón hablaban de enormes sombras que se movían con la nieve. Las primeras nevadas habían caído ya sobre las estepas de Mágléria y las tierras fronterizas, pero no eran nevadas normales. Algo parecía deslizarse dentro de ellas, oculto en el blanco, acompañado por fenómenos que nadie sabía interpretar.

—Las tropas enemigas están contenidas por ahora —le comunicaron—. Hay una calma tensa. Pero quizá solo sea la calma que precede a la tormenta.

Daradoth compartió la noticia con los demás. Otro frente. Otra amenaza. Otro fuego en un horizonte que ya ardía demasiado.

Esa misma noche, Galad rezó, pidiendo el favor de Emmán.

No pidió victoria ni gloria. Como otras veces, pidió una visión. Quería saber qué había ocurrido con el hijo de Armen en la noche de la emboscada.

El sueño acudió de manera fragmentaria y terrible. Un niño caía en un abismo. Tres o cuatro brazos descendían hacia él, intentando alcanzarlo. Luego otras manos, surgidas de la oscuridad, apartaban a las primeras. Una sola mano conseguía aferrarlo. Todo se detenía entonces, justo antes de revelar si aquella mano lo salvaba o lo arrastraba hacia una caída distinta.

Al despertar, Galad no supo qué era peor: ignorar el destino del muchacho o saber que alguien lo había tomado.

La mañana siguiente, mientras Yuria, Armen e Ilaith revisaban la situación logística, la crudeza de la guerra volvió a imponerse sobre cualquier consideración moral. Las tropas de la Federación avanzaban deprisa, pero un ejército no se alimentaba con legitimidad ni con juramentos. Hacían falta grano, rutas seguras, barcos, salarios, herraduras, tela, madera, aceite, medicina. Hacía falta dinero.

Y el dinero llevaba a las minas.

Durante demasiado tiempo habían aplazado aquel problema. Las minas que debían sostener parte del esfuerzo de la Federación estaban afectadas por fenómenos extraños. Los informes hablaban de mineros apáticos, melancólicos o violentos; de sueños perturbados; de fallos constantes en la maquinaria; de una producción cada vez menor. Si aquello seguía así, Ilaith podría ganar batallas y aun así perder la guerra por hambre, impagos y descomposición del abastecimiento.

Yuria estudió rutas, columnas y tiempos con una precisión que hizo callar incluso a los oficiales más veteranos. Señaló pasos, posibles emboscadas, líneas de suministro vulnerables y formas de retrasar a las fuerzas enemigas que descendían desde el norte. Ilaith la observaba con una mezcla de orgullo, interés y cálculo. En aquella guerra, Yuria no era solo una aliada: era una herramienta estratégica de primer orden.

Pero mientras los generales hablaban de víveres y legiones, Daradoth pidió hablar a solas con Ilaith.

La encontró en un momento de breve descanso, aunque en ella el descanso rara vez parecía real. La Canciller tenía la mirada cansada y el gesto atento, como si incluso en reposo siguiera calculando distancias y consecuencias.

—Mi señora, os pido que seáis honesta. ¿Qué planes tenéis para Aredia? —preguntó Daradoth.

Ilaith no fingió no entender.

—Dirigir la causa de la Luz —respondió—. Al menos en lo que a los humanos respecta.

—Eso ya lo habíamos hablado. Pero imagino que os habéis dado cuenta de que la reina Armen quizá no esté de acuerdo. Y con los demás reyes o líderes de otros países pasará lo mismo. ¿Cómo pensáis gestionarlo?

—Con vuestro apoyo, por supuesto.

Daradoth sostuvo su mirada.

—No podéis utilizar mi posición para conseguir poder sobre el resto. Podéis intentarlo, pero yo no puedo permitirme perder futuros aliados por una guerra interna sobre quién va a liderar a los humanos.

Ilaith no se ofendió. Al contrario, pareció complacida de que la conversación llegara por fin al lugar que ambos habían estado evitando.

—Mi intención es proclamarme emperatriz —dijo, totalmente sincera.

No lo dijo con grandilocuencia, ni con vergüenza. Lo dijo como quien expresa una conclusión estratégica.

—Es la única forma que veo de derrotar a la Sombra —continuó—. Un mando unificado, fuerte, capaz de coordinar reinos que, de otro modo, se devorarían entre sí mientras el enemigo avanza. La Federación ya está bajo mi mando. Sermia, en la práctica, también se ha situado bajo mi liderazgo. Ercestria tendrá que escuchar. Esthalia será decisiva.

—Una cosa es vuestro deseo —replicó Daradoth— y otra que el resto de Aredia lo acepte.

—Por eso contaba con vos. Encabezaréis a los elfos y avalaréis mi candidatura, igual que en la última gran alianza con el Imperio Trivadálma.

Daradoth entrecerró los ojos.

—Sabéis que me considero con potestad para hablar de los elfos, pero no hablo en nombre de todos ellos. He sido cristalino con vos en eso.

—Y confío en vuestra palabra.

—Precisamente por eso deberíais hablar con Armen ahora. Antes de que recupere Esthalia. Si la ayudamos a reunir a los Grandes del Reino, a recuperar a su hijo y a levantar un ejército fuerte, luego se sentirá con poder para trataros de igual a igual. Y entonces saltarán chispas.

Ilaith guardó silencio.

—¿Puedo contar con vos como garante? —preguntó al fin.

—Con mi apoyo, sí. Pero no en una imposición.

—En absoluto. No quiero subordinados temerosos, sino seguidores convencidos. Nunca forzaría a Armen a hincar la rodilla, quiero que jure con convencimiento. Entonces, reunamos al resto.

El encuentro que siguió fue menos solemne y mucho más áspero. Daradoth, Galad, Symeon y Yuria escucharon cómo Ilaith exponía, sin rodeos, su ambición imperial. No quería tributos ni homenajes vacíos. Quería autoridad. Quería que, llegado el momento, si había que desplazar tropas esthalias a otra región de Aredia, Armen aceptara hacerlo por el bien de una guerra mayor. Quería evitar que los reinos humanos actuaran como piezas sueltas mientras la Sombra los rodeaba. Y que sus "vasallos" comprendieran sin ningún atisbo de duda que ella era la mejor opción y la más válida para liderar las fuerzas humanas de la Luz.

Yuria fue la más favorable a comprenderla. Veía en Ilaith a una líder capaz, preparada, informada y dispuesta a tomar decisiones que otros no se atreverían ni a formular. Pero Galad y Symeon insistieron en que la Luz no podía actuar como la Sombra. No podían imponer obediencia bajo el disfraz de salvación, insistiendo en ello aunque Ilaith ya lo había expuesto. Si Armen aceptaba, debía hacerlo porque creyera de verdad que la Canciller era la mejor opción, no porque se sintiera acorralada, agradecida o manipulada.

—Debemos hacerle ver que la Luz no impone —dijo Galad—. La Sombra obliga. Nosotros no deberíamos hacerlo.

—Pero la Luz también necesita decidir —respondió Ilaith—. Si cada reino conserva su orgullo intacto y actúa por separado, perderemos todos.

La discusión giró durante un rato en torno a palabras: emperatriz, liderazgo, pacto de fidelidad, alianza, obediencia, coordinación. Ninguna parecía limpia. Todas arrastraban un peligro.

Al final acordaron hablar con Armen.

La reina acudió acompañada por la dignidad que parecía recomponerse en ella a cada hora que pasaba. Todavía había cansancio en sus ojos, pero también una nueva firmeza. Había sido secuestrada, manipulada, humillada en lo más íntimo de su voluntad. Y, sin embargo, no se había quebrado; allí estaba.

Antes de que Daradoth planteara el asunto central, Ilaith sacó un objeto y lo depositó sobre la mesa.

Era una banda o diadema sencilla, adornada con una pieza oscura que no parecía exactamente una gema. Su superficie absorbía la luz de una forma extraña, como si estuviera hecha de piedra volcánica, metal opaco o un material que no perteneciera del todo al mundo común.

—Majestad —dijo Ilaith—, me gustaría que aceptarais este presente. Es kregora. No es infalible, pero os ayudará a resistir ataques sobrenaturales e influencias como la que sufristeis con Selene.

Armen miró el objeto con cautela.

—¿Hubiese evitado lo que me ocurrió?

—Tal vez no por completo —respondió Ilaith—. Pero os habría ayudado.

Galad asintió con gravedad.

—Ponéosla, majestad. Y no dejéis de llevarla.

Armen tomó la diadema y se la colocó. Durante un instante pareció sentirse incómoda bajo el peso simbólico del regalo. Luego levantó la cabeza.

—Gracias. Pero presiento que no me habéis llamado solo por esto.

Daradoth tomó la palabra.

—Majestad, Aredia se encuentra en una situación gravísima. Y empeorará. Necesitamos que todas las fuerzas de la Luz se unan y combatan juntas, sin importar origen, raza o credo. Tendremos que hacer alianzas que, en circunstancias normales, quizá jamás consideraríamos. Y para que eso funcione hace falta un liderazgo claro.

Mientras hablaba, la Vicisitud se tensó.

Todos notaron el familiar tirón metafísico en el vello de sus nucas.

No fue un hechizo, ni una orden, ni una coacción en el sentido vulgar de la palabra. Fue algo más profundo y difícil de resistir: una corriente invisible que hacía que las palabras parecieran más verdaderas, que el aire se volviera más denso, que las luces de la tienda brillaran con más fuerza y las sombras se recortaran con una nitidez casi insoportable. La estancia pareció más grande de lo que era. Como si no estuvieran solo en la estancia de una mansión, sino en el centro de un acontecimiento destinado a dejar marca.

Armen miró a Daradoth. Luego a Ilaith. Su respiración se agitó ligeramente.

—¿Qué queréis decir exactamente?

Daradoth no esquivó la respuesta.

—Que Lady Ilaith debe liderar esta guerra. La Federación se ha transformado bajo su mando. Sermia, la reina Irmorë, actúa ya bajo su liderazgo. Vos sois, o seréis, la representante legítima de Esthalia. Pero si cada poder actúa por separado, fracasaremos. Queremos conocer vuestra opinión.

Armen sostuvo la mirada de Ilaith.

—¿Me pedís que hinque la rodilla?

—No —respondió Daradoth antes de que Ilaith pudiera hacerlo—. No deberíais hincar la rodilla ante nadie. Sois reina. No hablamos de impuestos ni de despojaros de vuestro reino. Hablamos de tropas, de decisiones estratégicas, de sacrificios. Puede llegar un momento en que, por el bien de toda la guerra, haya que pedir a Esthalia algo terrible. Abandonar una región, desplazar fuerzas lejos, aceptar una pérdida para evitar una catástrofe mayor. En esos momentos debe haber una persona que decida con visión global. Creemos que esa persona es Ilaith.

Armen giró lentamente hacia Galad.

—Vos sois el brazo de Emmán.

Galad sintió el peso de esa frase con una incomodidad casi física.

—Así me consideran algunos —respondió—, aunque otros no quieran aceptarlo.

—¿Estáis de acuerdo con esto?

El paladín no respondió de inmediato. Pensó en Usturna, en Rheynald, en los Inmaculados, en los paladines de Emmolnir que quizá apoyaban a Randor. Pensó en Ilaith, en su ambición y en su lucidez. Pensó en Armen, en el hijo perdido y en la dignidad de una reina que apenas acababa de recuperar su propia alma.

—Creo que la Sombra está arraigando en Esthalia —dijo al fin—. Y, al igual que Daradoth y todos los presentes, creo que necesitamos una dirección clara para combatirla. No os digo que debáis someteros por gratitud. Solo que, si aceptáis, debe ser porque lo veis como la mejor opción.

Ilaith intervino entonces, con voz más suave de lo habitual.

—No os pido nada a cambio de lo que estoy haciendo. Liberar a vuestro hijo, si está cautivo, y ayudaros a liberar Esthalia no depende de vuestra respuesta. Lo haré por la Luz, no por una cadena de favores. Si aceptáis mi liderazgo, debe ser por voluntad propia.

Aquello pareció afectar a Armen más que cualquier argumento. La reina miró a Ilaith durante largo rato. Entre ambas mujeres pasó algo que ninguno de los presentes pudo traducir del todo: admiración, recelo, reconocimiento, cálculo.

—Sois una de las pocas personas a las que empiezo a admirar —dijo Armen al fin—. Si esto es así, tenéis mi lealtad y mi afecto. Y mi fidelidad.

Ilaith no sonrió, pero sus ojos se iluminaron.

—Entonces...

—Pero os pido una cosa —la interrumpió Armen—. No puedo hacer un juramento público. No todavía. Si los Argion, los Grandes del Reino o mis enemigos supieran que he declarado fidelidad a un poder exterior antes de recuperar Esthalia, jamás lograríamos unir el reino. Sería fatal.

—Por supuesto —aceptó Ilaith—. Contaba con ello.

Armen apoyó una mano sobre el pecho. Yuria, Symeon, Galad y Daradoth sintieron vértigo ante el remolino metafísico que los envolvió de repente, y que solo ellos podían percibir.

—Por mi honor y por la esperanza que albergo de renacer en Emmán, hago voto de que, cuando Esthalia vuelva a estar bajo mi autoridad, formalizaré este juramento.

La Vicisitud se aquietó poco a poco. Las luces recuperaron su tamaño natural. La tienda volvió a ser una tienda. Pero todos sabían que algo había cambiado.

Había nacido un imperio que todavía no podía pronunciar su propio nombre.

La reunión concluyó mejor de lo que muchos habían esperado. Quizá demasiado bien. Nadie ignoraba que el tirón metafísico había favorecido aquel acuerdo, aunque tampoco podían asegurar que Armen no hubiera llegado a la misma conclusión sin él. Las circunstancias la empujaban en esa dirección: estaba sola, su hijo desaparecido, su reino fracturado, su legitimidad amenazada y la Sombra enraizada en Esthalia.

Pero el éxito de la conversación no trajo paz al grupo.

Al contrario.

Cuando se quedaron a solas, surgió un asunto que llevaba tiempo aguardando bajo la superficie: los gemelos de sangre imperial, aquella otra carta oculta en el tablero de Aredia. Si Ilaith pretendía proclamarse emperatriz, ¿debía conocer la existencia de posibles herederos vinculados a la antigua legitimidad Trivadálma? ¿Era una información que podía ayudarla, permitiéndole protegerlos, unirlos a su causa o incluso convertirlos en instrumento de una alianza? ¿O podía ponerlos en peligro, transformándolos en obstáculos para una mujer que acababa de confesar su deseo de liderar toda Aredia humana?

Yuria defendió que ocultar algo así a Ilaith era una forma de traición. Para ella, la Canciller había demostrado, una y otra vez, que actuaba con honor y visión. No había masacrado a sus enemigos cuando podía hacerlo. No había destruido a los príncipes comerciantes que se le opusieron; los había integrado, convencido o neutralizado políticamente. Había apostado su poder, sus recursos y su futuro por una guerra que no le habría hecho falta librar si hubiese preferido enriquecerse desde Tarkal.

—No podemos pedirle confianza si le ocultamos una carta así —dijo Yuria—. Si de verdad creemos que está con la Luz, debemos tratarla como aliada.

Symeon no compartía esa seguridad.

—Una cosa es confiar —replicó— y otra poner en sus manos la vida de personas que pueden convertirse en amenazas para su ambición. Ilaith quiere ser emperatriz. Nos lo acaba de decir. Si sabe que existen otros con un derecho simbólico mayor, quizá no los mate, pero los controlará, los presionará, los usará.

Galad fue todavía más duro. No acusaba a Ilaith de maldad, pero veía con creciente preocupación la devoción de Yuria hacia ella.

—La miras como si no pudiera equivocarse —dijo—. Como si su ambición fuera siempre virtud porque está al servicio de la Luz. Pero sigue siendo ambición.

Yuria se tensó.

—No la estoy adorando. Estoy siendo honesta con alguien que nos ha apoyado desde el principio.

—Y nosotros te estamos pidiendo que no se lo digas —respondió Galad—. Si aun así lo haces, estarás confiando más en ella que en nosotros.

Aquello abrió una grieta mucho más íntima que cualquier desacuerdo estratégico. No era solo Ilaith. Era la confianza dentro del propio grupo. Qué podía ocultarse, cuándo, por qué, y a quién. Symeon había guardado secretos antes. Daradoth no siempre decía todo lo que sabía. Galad tenía sus propios abismos. Pero ahora, con el proyecto imperial de Ilaith sobre la mesa, cada silencio parecía más peligroso.

La discusión no terminó con una decisión clara. Terminó, más bien, con cansancio, resentimiento y una certeza desagradable: la Luz también podía fracturarse desde dentro.

Antes de partir, Daradoth pidió hablar a solas con Armen. Quería saber cómo se sentía después de la conversación con Ilaith, si se había sentido forzada, si la Vicisitud la había arrastrado más allá de su voluntad.

La reina lo recibió con una serenidad que no parecía fingida.

—Me siento bien —dijo—. Abrumada, quizá. Pero creo que era necesario.

—No quiero que penséis que os hemos impuesto nada.

—No soy tan fácil de imponer, lord Daradoth.

El elfo aceptó la corrección con una leve inclinación de cabeza.

—Entonces permitidme deciros algo más. Puede llegar un momento en que os pidamos sacrificios terribles. Poner en riesgo vuestra tierra, desplazar tropas, abandonar una región para salvar otra. No lo haremos por dañar Esthalia ni por reducir vuestra fuerza. Si ocurre, será porque creemos que es necesario contra enemigos que superan todo cuanto conocíais. Y lo tendréis que hacer, pues vuestro juramento os vinculará a Ilaith para siempre.

Armen escuchó sin apartar la mirada.

—Eso son las guerras —respondió—. Nada que no sepa ya. Pero ahora necesito contactar con los Grandes del Reino. Para mí siguen siéndolo, aunque Randor les haya arrebatado títulos y honores. Necesito poner Esthalia en pie otra vez.

—Eso queremos también nosotros.

Daradoth señaló entonces la diadema de kregora.

—No dejéis de llevarla. Nunca. Ni siquiera mientras dormís, si podéis evitarlo.

—¿Tan importante es?

—Lady Ilaith salvó su vida gracias a un objeto semejante. Evitó ser poseída por un kalorion. Y lo que os hizo Selene no será el último intento de quebrar vuestra voluntad.

Luego, tras una breve vacilación, Daradoth se subió la pernera y mostró la herida de su muslo. La vieja lesión seguía allí, oscura, obstinada, como si el cuerpo se negara a reconocerla del todo.

—Esto me lo hizo una daga negra como la que vos custodiabais. Una kothmor. Galad puede sanar heridas mediante el poder de Emmán, pero esta no se cierra como debería. Estas son las cosas de las que hablamos cuando decimos que nos enfrentamos a algo más que una guerra humana.

Armen palideció ligeramente.

—Entonces, esa daga...

—Es un artefacto maligno. La propia Sombra. Y si Robeld, Selene o el Brazo Oscuro la conservan, sigue siendo una amenaza.

—Si es que siguen vivos —murmuró Armen.

Nadie respondió a eso. La esperanza de que la nada de Usturna hubiera devorado también a sus enemigos era demasiado tentadora para ser fiable.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, el Empíreo fue reparado por completo. Yuria no se conformó con devolverlo al estado anterior: supervisó refuerzos, revisó líneas, ordenó ajustes y consiguió que se instalara un arpón en proa con giro amplio, además de defensas de madera que pudieran elevarse o bajarse según la situación. No era una fortaleza volante, pero estaba mejor preparado para sobrevivir a otro encuentro con horrores alados.

Mientras tanto, Aldur insistía en Usturna. No de forma teatral, sino constante, como una oración repetida. No podían dejar a los fieles allí. No podían aceptar que una ciudad entera hubiera sido condenada sin siquiera mirar atrás.

Al final decidieron acercarse a la ciudad.

No con todo el peso de la fuerza principal, ni con tropas, ni con intención de entrar en la ciudad a ciegas. Usarían el Surcador, que Ilaith seguía usando como su medio de transporte principal, para una exploración rápida mientras el Empíreo terminaba de quedar listo. Pero antes de eso, Symeon quiso observar otro lugar que amenazaba con devorar sus planes: las minas.

Entró en el Mundo Onírico con cautela, ocultando su presencia todo cuanto pudo. El viaje no fue sencillo. Ya no podía moverse por aquel ámbito como antes, y cada salto le recordaba que, en los sueños, las distancias no eran solo distancia. Al aproximarse a la región de las minas, percibió una presencia colosal.

Allí estaba.

Otra criatura inmensa, tentacular, cubierta de incontables ojos o de algo que la mente de Symeon interpretó como ojos porque necesitaba algún nombre para el horror. Grande como una montaña, o como una ciudad agazapada en el sueño. No gritaba como la criatura de Usturna, pero su mera presencia deformaba el ámbito onírico a su alrededor.

Symeon se mantuvo lejos.

Buscó otras presencias. Al principio solo obtuvo fogonazos, destellos breves que desaparecían como luciérnagas cubiertas por una mano. Insistió. Entonces percibió dos grupos, ambos al sur de la criatura, a varios kilómetros de distancia. Varias presencias en cada uno, quizá tres, quizá más. Estaban ocultas, observando o esperando. No pudo saber si vigilaban a la criatura, si la controlaban, si la temían o si buscaban lo mismo que ellos.

Aquello bastó, y Symeon regresó sin acercarse más.

—La criatura sigue allí —informó a los demás—. Y no está sola. Hay grupos ocultos cerca. No sé quiénes son. No sé si la vigilan, si la atraen o si pretenden llegar a algo que hay en las minas. Pero si esa cosa permanece allí, es porque algo la retiene. Algo está transgrediendo la realidad, como ocurría con las pirámides o con nuestras intervenciones más peligrosas.

La conversación derivó hacia viejos temores: las estructuras antiguas, los experimentos de la Era Legendaria, los elfos desaparecidos, los objetos que podían llamar a criaturas del sueño. Si en las minas había una pirámide, un nexo o una herida semejante, tal vez pudieran cerrarla. Pero hacerlo implicaría aproximarse a una criatura capaz de quebrar la mente de los durmientes y quizá algo más.

Esa noche, Symeon habló con Nirintalath.

Le explicó lo que había visto y la posibilidad de tener que acercarse físicamente a las minas. Le dijo también que, si percibía peligro para ella, se alejaría de la zona aunque eso significara dejar atrás a los demás durante un tiempo.

La Espada del Dolor lo miró desde su forma de muchacha verdemar, con esa mezcla de fragilidad y abismo que siempre hacía difícil recordarla como arma.

—Tu deseo de protegerme es loable —dijo—. Pero hay un fin mayor.

—Lo sé. Y aun así, si veo el menor riesgo para tu integridad, te apartaré.

—Acércame cuando llegue el momento.

Symeon no prometió obedecer.

El Surcador partió al anochecer, elevándose lo suficiente para evitar miradas indiscretas. El viaje hacia el norte fue tenso y frío. Desde las alturas, Esthalia parecía un territorio desfigurado por cicatrices: caminos vacíos, aldeas con humo apagado, campos sin cosechar, fortalezas que ya no respondían al mismo señor que semanas atrás.

Antes de aproximarse físicamente a Usturna, Symeon volvió a entrar en el sueño.

Desde una elevación onírica contempló la representación de la ciudad. El bosque muerto seguía allí, pero ahora distinguió pequeñas llamas blancas, débiles, dispersas, como velas consumiéndose a gran distancia. No ardían con fuerza. Se desvanecían. Symeon comprendió lo que eran, o creyó comprenderlo: restos de presencias, vidas debilitadas, personas que todavía no habían desaparecido por completo.

Cuando despertó, su rostro bastó para que los demás supieran que las noticias no eran buenas.

—Todavía hay algo —dijo—. Llamas blancas, muy débiles. Como personas desvaneciéndose. Si quedan supervivientes, no tienen mucho tiempo.

Aldur cerró los ojos. Galad apretó los dientes.

El Surcador continuó acercándose. A media tarde, Usturna apareció al fin bajo ellos.

No parecía una ciudad conquistada.

Parecía una ciudad muerta.

Desde la distancia, sus calles estaban vacías. No había humo vivo en los hogares, ni movimiento en las plazas, ni actividad en el puerto. Al aproximarse más, el olor llegó incluso hasta la nave: carne muerta, animales reventados por la descomposición, agua estancada, enfermedad. La ciudad entera despedía el hedor de algo que había caído de golpe y había quedado abandonado al sol.

Con los catalejos, vieron cadáveres en las calles. No unos pocos. Muchos. Demasiados. Algunos yacían cerca de puertas abiertas, otros en mitad de caminos, otros junto a carros detenidos, o sobre ellos. En los campos cercanos distinguieron un carro de granjero que jamás había llegado a la ciudad: el hombre seguía sentado con las riendas en las manos, muerto; los bueyes habían caído delante, todavía uncidos; las gallinas aparecían dispersas, también sin vida.

No había sido solo el sueño.

Lo que había ocurrido en Usturna había alcanzado el mundo despierto.

—Es como en el campamento errante —murmuró Symeon—. Los gritos. El sueño. La muerte extendiéndose.

Aldur lloró en silencio.

Galad no supo qué decirle. Ninguno de los argumentos de los días anteriores servía ya para nada ante aquella visión. La prudencia seguía siendo necesaria, pero la prudencia no consolaba a los muertos.

Se acercaron con extremo cuidado a la ciudadela y a las casas solariegas de los alrededores, sin descender todavía. Daradoth, con la mirada aumentada por sus instrumentos, localizó una propiedad rodeada por un muro. En el centro se levantaba una casa noble menor, quizá de algún terrateniente o servidor de la ciudad. En un espacio despejado cercano, algo llamó su atención.

—Una cruz —dijo.

Al principio pensó que alguien la había dibujado. Luego comprendió que no. Eran restos quemados: matojos, ramas o haces de paja dispuestos deliberadamente en forma de cruz, consumidos ya, pero todavía reconocibles desde el aire por quien supiera mirar.

Una señal.

Una llamada.

—Tenemos que bajar —dijo Galad.

El Surcador descendió con lentitud. Nadie habló durante la maniobra. Las armas fueron revisadas, las protecciones invocadas, las miradas dirigidas una y otra vez hacia las calles muertas de Usturna y hacia la ciudadela donde la mancha de inexistencia había abierto su herida.

Cuando tocaron tierra cerca de la casa, lo primero que vieron fueron varias personas arrodilladas. Parecían haber estado rezando. Algunas habían caído hacia delante; otras permanecían ladeadas, como muñecos abandonados por una mano cruel. La cruz quemada seguía allí, muda, desesperada, apuntando al cielo desde una ciudad que ya no sabía pedir ayuda de otra forma.

Y entonces comprendieron que Usturna no había terminado de morir.

Todavía quedaba algo.

Y por eso mismo, quizá, el horror tampoco había terminado.

 

miércoles, 24 de junio de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 26

Retorno a Rheynald y encuentro de Armen e Ilaith

El Empíreo abandonó los alrededores de Usturna como pudo, renqueante, con el aparejo castigado, varias velas rasgadas, jarcias sustituidas a toda prisa y demasiadas heridas recientes en su tripulación. No era una huida limpia, ni mucho menos victoriosa, aunque hubieran conseguido sacar a la reina Armen de las garras de Robeld de Baun y de la influencia de Selene. El dirigible seguía en el aire, que no era poco, pero Yuria sabía perfectamente que aquello no bastaba. Si pretendían continuar con vida y seguir interviniendo en la guerra de Esthalia, necesitarían reparaciones de verdad.

La decisión lógica era regresar a Rheynald. Allí podrían descender con cierta seguridad, reunir carpinteros, herreros, costureros y todo artesano capaz de trabajar en la nave, y decidir después si viajaban hacia el sur para reunirse con lady Ilaith. A bordo, sin embargo, transpiraba una sensación agridulce. La reina había sido rescatada, sí, pero Usturna quedaba atrás con la mancha de inexistencia abierta en el corazón de la ciudadela, y nadie sabía qué consecuencias tendría aquello. «Además, Aldur tiene razón», pensó Galad recordando una conversación que había tenido poco antes con el enorme paladín; «no podemos dejar a los fieles emmanitas en esa situación, perseguidos, torturados, o sometidos a algo peor; con suerte, podremos llevar el frente rápidamente hasta allí e intentar liberar a cuantos podamos».

Armen Undasil, reina de Esthalia

Cayó la noche mientras el Empíreo avanzaba hacia el suroeste a una velocidad desesperantemente lenta. Los vigías permanecían atentos a cualquier sombra en el cielo, pues la aparición del Brazo Oscuro y de los servidores de Robeld de Baun había dejado claro que el enemigo podía atacar incluso donde se creían a salvo. Pero no fue en el mundo físico donde se produjo la primera señal de peligro.

Symeon lo notó antes que nadie.

El Mundo Onírico se estremecía.

No era una impresión vaga, ni uno de esos presentimientos que tantas veces le habían acompañado desde que aprendió a recorrer los sueños. Era algo mucho más violento. Algo al norte, en dirección a Usturna, estaba sacudiendo los cimientos mismos del dominio onírico.

—Pasa algo muy grave —anunció, con el rostro ensombrecido—. Viene del norte. De Usturna, o de sus cercanías.

Galad le impuso las protecciones habituales antes de que el errante se internara en el sueño. Symeon pidió que lo despertaran ante la menor convulsión, y especialmente que Galad estuviera atento. Después se dejó caer en el descanso, pero no en la paz.

Nada más despertar su yo onírico, un aullido atroz lo golpeó brutalmente.

No era un grito humano, ni animal, ni nada que la mente pudiera asociar a una criatura natural. Era un alarido desgarrador, inmenso, atravesado por una vibración repugnante, casi como el crujido de un insecto monstruoso arrastrado por una fuerza imposible. Lo invadía todo. Symeon no lo escuchaba con los oídos, sino con la totalidad de su ser.

Nirintalath estaba allí, a su lado, con el aspecto de una muchacha joven, pálida y verdemar, pero su expresión reflejaba una angustia que Symeon nunca había visto antes. La Espada del Dolor parecía soportar aquel sonido horrísono apenas mejor que él.

El errante reunió toda la voluntad de la que fue capaz y, mediante sus artes, levantó a su alrededor una suerte de burbuja amortiguadora. No logró acallar el sonido, pero sí reducirlo lo suficiente para no ser expulsado del sueño. Incluyó a Nirintalath en aquella protección, y se arrodilló ante ella sin tocarla.

—Estoy aquí —le dijo—. Mírame. No estás sola.

Nirintalath lo miró, turbada.

—¿Qué ha ocurrido?

—No lo sé. Pero viene de allí.

Symeon sabía que ella no podía alejarse demasiado de la espada en el mundo físico, de modo que la dejó dentro de la protección y avanzó solo hacia el norte. No se aproximó mucho, o al menos no tanto como habría podido en otras circunstancias. Cada salto onírico en dirección a Usturna hacía que el aullido se volviera más insoportable. Aun así, recorrió suficiente distancia para percibir la desolación que se extendía en la región. Las representaciones de pueblos y aldeas aparecían apagadas, difusas, y las enormes criaturas del sueño que en otros momentos habían poblado aquel ámbito habían desaparecido. No quedaban ballenas voladoras, ni formas animales, ni ecos de vida onírica.

Entonces, desde una loma del sueño, la vio.

La inmensa masa tentacular que ya conocían, grande como una ciudad o como una montaña, se retorcía a lo lejos, atrapada en el borde de una mancha negra circular. Aunque “negra” seguía sin ser una palabra adecuada. Aquello no era oscuridad: era ausencia. Era una negación del ser. La criatura luchaba por no ser arrastrada, pero un flujo de su propia sustancia era absorbido por el círculo de inexistencia, que la iba devorando poco a poco. El desgarrador grito procedía de ella.

Symeon no se atrevió a mirar directamente la mancha. No lo necesitaba. Sabía de sobra lo que era. Y lo que podía hacer.

Regresó con Nirintalath y le explicó lo que había visto. Le advirtió que, si por alguna razón percibía una mancha semejante, no la mirara directamente. Después permaneció un tiempo con ella, sosteniendo la burbuja amortiguadora hasta que el Empíreo se alejó lo suficiente para que el aullido resultara menos terrible.

Al despertar, reunió a sus compañeros y les contó lo ocurrido.

La reacción fue inmediata, aunque no unánime.

—Eso no puede ser bueno —dijo Symeon—. Esa mancha no mata, sino que borra la existencia. Lo que entra ahí deja de existir. Si está afectando al Mundo Onírico, puede arrastrar todo cuanto haya allí. Durmientes, caminantes, ecos... cualquier cosa.

—Esa criatura es antinatural y terrible —replicó Galad, aunque su voz no sonó tan firme como habría deseado—. Si es absorbida por esa nada, quizá sea mejor.

Symeon negó despacio.

—Puede que la criatura merezca desaparecer, pero no sabemos qué más se llevará consigo. Ni qué daño está causando ese alarido a cualquiera que sueñe cerca de Usturna.

Daradoth, Yuria y Aldur escucharon con inquietud. No tenían forma de intervenir. Volver a Usturna con el Empíreo tan maltrecho habría sido una locura, y aun si hubieran podido hacerlo, nadie sabía cómo cerrar una "herida de inexistencia", como la llamó Symeon. El grupo comprendió que, de momento, lo único sensato era alejarse y permanecer a la expectativa.

La reina Armen pasó la noche en el camarote de Yuria. La ercestre sabía que aquella mujer acababa de ser arrancada no solo de un secuestro, sino de una mentira impuesta a su voluntad. Había descubierto en pocas horas que existía la magia, que los elfos no eran leyendas, que su prometido era un servidor de la Sombra, que una mujer llamada Selene había deformado sus sentimientos, y que el conflicto en Esthalia no era sino una pieza menor de una guerra mucho más antigua.

—No estaba preparada para nada de esto —reconoció Armen, mirando sus propias manos como si no terminara de reconocerse en ellas—. En unos pocos días he descubierto que el mundo es mucho más grande de lo que creía. Y mucho más terrible.

Yuria asintió. Ella también había pasado por ese proceso, aunque de forma más gradual.

—Lo entiendo mejor de lo que pensáis, majestad. Yo tampoco creía en muchas de estas cosas. No al principio. Pero lo que importa ahora es que estáis viva. Y libre.

—Libre —repitió Armen, con amargura—. Libre, sí. Pero mi reino arde. No puedo dejar Esthalia en manos de lady Ilaith, por mucho que ahora comprenda que está de nuestro lado. Necesito reunir a mis fieles. Saber quién queda. Saber dónde está mi hijo.

Yuria le habló de Rheynald, de Valeryan, de lo que habían vivido allí y de cómo Randor había enviado al señor de la fortaleza a una misión que, en la práctica, no podía entenderse sino como una condena a muerte. Armen escuchó con atención creciente.

—¿Randor ordenó a Valeryan infiltrarse en el Imperio Vestalense para matar al Ra’Akarah?

—Así es.

—¿Y lo consiguió?

—Lo conseguimos —respondió Yuria—. Pero el precio fue alto.

La reina guardó silencio largo rato. La noticia parecía remover demasiadas cosas en su interior.

Más tarde, Faewald llamó a la puerta. Entró vestido con la dignidad que pudo reunir en mitad de aquella nave remendada y castigada. Cuando vio a Armen, se arrodilló, desenvainó la espada y bajó la cabeza.

—Mi reina, quiero presentaros mis respetos —sus ojos brillaban con devoción—. Sabed que tenéis mi espada para cuanto deseéis. Os serviré con mi vida, si es preciso.

Armen, todavía abrumada, lo observó con una mezcla de gratitud y gravedad. Aquella devoción esthalia, limpia y directa, pareció conmoverla.

—Perded cuidado mi buen guerrero, pues sabré recordar a quienes me han ayudado en estos días —dijo—. Y aceptaré vuestra espada de buen grado.

Tras ausentarse Faewald, Armen y Yuria siguieron departiendo durante unos minutos, estrechando su relación, confortándose mutuamente y finalmente cayendo en un sueño muy necesario.

A la mañana siguiente, ya con algo más de calma, Daradoth interrogó a Armen sobre lo sucedido en Usturna y sobre los planes de Robeld de Baun. La reina no había tenido acceso a conversaciones estratégicas; durante el tiempo que pasó bajo el influjo de Selene lo había visto poco, y cuando lo veía, Robeld se limitaba a hablar de su boda, de la gloria que aguardaba a Esthalia y del destino grandioso que ambos iban a compartir.

Sí recordaba, sin embargo, algo que llamó la atención de todos: en una ocasión creyó verlo llegar a la ciudadela a lomos de una criatura voladora.

También habló de su secuestro. Viajaba desde Kariss hacia Arwex, fortaleza de los caballeros argion, con intención de reunirse con el gran maestre lord Gwintar de Hasalon y tratar de que la Orden reconociera su posición frente a los desmanes de Randor. En su comitiva viajaba también su hijo, y con ellos iba la daga negra, la kothmor, en un cofre. Pretendía depositarla en una cámara especial de Arwex, pues no confiaba en conservar durante mucho más tiempo un objeto semejante.

Entonces los emboscaron.

—Fue rápido —recordó Armen, con el rostro endurecido—. Demasiado rápido. O alguien conocía nuestro recorrido, o usaron medios que hasta hace unos días yo habría negado que existieran. Robeld apareció después, acompañado de Selene. La vi a ella. Vi a esa mujer morena. Y después... después todo cambió. Me enamoré de él como si hubiera sido un flechazo. Emmán me perdone.

La reina llevó una mano al pecho.

—Mi hijo estaba conmigo cuando la emboscada. No sé si consiguió escapar. Espero que Strawen o alguno de los míos lograra ponerlo a salvo.

—¿Podría haber llegado a Arwex? —preguntó Symeon.

—Es mi esperanza. O, al menos, que los argion lo hayan protegido. Aunque también podrían haberlo entregado al rey.

La posibilidad no satisfizo a nadie, pero seguía siendo mejor que imaginarlo en manos de Robeld de Baun.

A continuación, hablaron de la daga. Armen les confirmó que el arma había llegado a sus manos tras ser recuperada de una nave naufragada. El barco no era uno de los siniestros navíos negros que habían temido, sino una nave de la Confederación de Príncipes Comerciantes que había encallado en las costas del Káikar. A bordo se encontraron cadáveres de elfos oscuros y de seres deformados, documentación escrita en una lengua desconocida y horrible, una bolsa de gemas negras fuertemente custodiadas y, sobre todo, la daga negra, una de las kothmorui, cuya sola presencia generaba una repulsión difícil de describir, y que el grupo ya conocía, por desgracia; Daradoth sentía palpitar la vieja herida de su muslo mientras escuchaba a Armen. Un agente del emperador había entregado a la reina la daga para su custodia; Armen no dio más detalles sobre este punto.

—¿Cuánta gente sabía que llevabais la daga a Arwex? —preguntó Daradoth.

—Mi consejo. Parte de mi comitiva. Y no todos los que lo sabían viajaban conmigo.

El elfo intercambió una mirada con Symeon.

—Entonces tenéis un traidor cerca. O la propia daga actuó como una baliza.

Ninguna de las dos posibilidades resultaba tranquilizadora.

El Empíreo llegó a Rheynald al atardecer del día siguiente. Las torres familiares de la fortaleza se recortaron contra la luz menguante, y la vieja comezón en la nuca volvió a hacerse presente para quienes ya conocían los misterios enterrados bajo aquel lugar. El dirigible descendió con dificultad en una explanada adecuada, maltrecho pero todavía orgulloso. Yuria no perdió el tiempo: antes incluso de ocuparse de otra cosa, dio órdenes para convocar a carpinteros, herreros, costureros, cordeleros y cualquier persona capaz de ayudar en las reparaciones. El Empíreo debía quedar en condiciones de volar cuanto antes.

La reina fue conducida de incógnito, cubierta con una capucha. No deseaban que su presencia se extendiera por la fortaleza antes de saber con exactitud quién era leal a quién. Faewald fue designado como su protector más cercano, responsabilidad que aceptó con una solemnidad casi reverencial.

Lady Edyth recibió al grupo junto a Egwann de Vauwas, el castellano, y varios oficiales de la fortaleza. Cuando Armen se descubrió ante ella en privado, Edyth quedó sin habla durante un instante. Después, con esfuerzo, se arrodilló.

—Mi señora... pensábamos que estabais desaparecida.

—Lo estaba, en cierto modo —respondió Armen—. Pero ya no.

El grupo relató lo imprescindible: el rescate en Usturna, el influjo de Selene, el papel de Robeld de Baun y la necesidad de que Rheynald tomara una posición clara. La cuestión era delicada. Rheynald había sido siempre fiel al trono, y el trono no era solo la reina. El último contacto oficial había llegado de Randor, cuando ordenó que la legión de Rheynald marchara a Jorwen bajo el mando de Elidan. Pero Valeryan se encontraba en coma por una misión suicida encomendada por el propio rey, Robeld de Baun amenazaba desde el norte y el reino se fragmentaba a cada día que pasaba.

Armen, Edyth y los compañeros analizaron la situación con mapas extendidos sobre la mesa. El norte seguía mayoritariamente bajo la autoridad de Randor; el sur y parte del este conservaban fuertes simpatías por Armen, sobre todo en torno a Strawen, Estigia y Nátinar Sur; Robeld de Baun avanzaba desde Arnualles y Usturna; y la Iglesia emmanita esthalia se había convertido en un cuarto poder, enfrentada a todos y buscando consolidar su propio territorio. Por otra parte, los antiguos Grandes del Reino, desposeídos de sus títulos por el rey, habían empezado a cambiar su lealtad hacia la reina, pero habría que contactar con ellos para formalizar alianzas. Y la reina añadió un dato que preocupó particularmente a Galad: las últimas noticias que tenía daban a entender que los paladines de Emmolnir habían enviado ayuda a Randor.

Además, estaba Arwex.

La reina quería acudir allí. No solo porque los caballeros argion podían ser decisivos, sino porque su hijo tal vez hubiera llegado a la fortaleza. La Orden era leal al trono y a la fe emmanita, pero nadie sabía si, en la práctica, se inclinaría por Randor, por Armen o por una interpretación propia de sus votos.

—Primero Rheynald —dijo Yuria—. Después, cuando el Empíreo esté reparado, podremos movernos con rapidez.

—De todas maneras —intervino Galad—, deberíamos correr ya la voz de que la reina había sido secuestrada por Robeld de Baun, que ya ha sido liberada, y que va a tratar de imponer de nuevo la paz y la prosperidad en el reino.

—Sí, totalmente de acuerdo en eso.

Edyth propuso convocar al pueblo y a la guarnición al día siguiente para hacer pública la presencia de Armen y la nueva lealtad de Rheynald. No era una decisión menor. Anunciar que la reina estaba libre podía debilitar al marqués de Arnualles, que había pretendido usarla como legitimación, pero también atraería enemigos hacia la fortaleza.

Esa noche, Symeon quiso comprobar el estado del Mundo Onírico. Dentro de Rheynald la tarea era desagradable; la presencia del antiguo mausoleo y del titán enterrado bajo la fortaleza volvía frágil la percepción del sueño. Así que salió de la fortaleza acompañado de Galad y se internó de nuevo en el dominio onírico desde el exterior.

El terrible aullido seguía allí, aunque mucho más lejano.

Symeon avanzó en dirección a Usturna hasta donde se atrevió. La criatura continuaba atrapada, pero había perdido buena parte de su tamaño. La mancha seguía drenándola. A su alrededor, en una extensión inmensa, no quedaba vida onírica reconocible. Aquella región del sueño había sido vaciada.

Volvió preocupado, aunque no contó todo lo que temía —básicamente, y recordando lo que había ocurrido en el campamento errante en el desierto, pensaba que la población de Usturna debía de haber sido exterminada—. No todavía. Sabía lo que aquella información podía afectar a Galad y a Aldur.

A la mañana siguiente, los heraldos recorrieron la fortaleza y los alrededores. A mediodía, una multitud se había congregado ante una de las murallas. Estaban allí soldados, criados, campesinos, artesanos, errantes, inmaculados y todos aquellos que habían hecho de Rheynald un refugio en medio de la guerra. Lady Edyth habló primero, anunciando que Rheynald debía tomar postura ante la traición de Robeld de Baun, ante el sufrimiento del reino y ante la situación del trono.

Después, Armen se quitó la capucha.

Hubo murmullos, exclamaciones y gestos de asombro. La reina habló, pero no con la fuerza que habría deseado. Estaba agotada, golpeada por demasiadas revelaciones, y aunque su dignidad permanecía intacta, las palabras no prendieron como debían. Galad intentó reforzar su presencia con la autoridad de Emmán. Daradoth también intervino, tratando de explicar la gravedad del momento y el apoyo de fuerzas mayores. Pero el pueblo de Rheynald no se inflamó de entusiasmo.

Habían servido al rey durante muchos años. Muchos no sabían qué pensar. Otros temían a Robeld de Baun. Otros desconfiaban de toda guerra en la que se mezclaran extranjeros, elfos, paladines y fuerzas incomprensibles. Lady Edyth, Egwann y los oficiales aceptaron la lealtad a Armen sin reservas; la fortaleza, como institución, quedaba del lado de la reina. Pero el pueblo necesitaba más.

Symeon lo comprendió enseguida.

—Tenemos unos días mientras reparan el Empíreo —dijo después, en privado—. Dejad que hable con los errantes. No mediante proclamas, sino en las cocinas, en los patios, junto a las hogueras. Canciones, historias, conversaciones. Hay que hacer que la gente acepte a Armen poco a poco.

Yuria asintió.

—Y Galad debería hablar con los Inmaculados. Nos vendrá bien que se comprometan con la defensa.

Así se hizo. Symeon acudió a los suyos y, en especial, a Azalea, para pedirles que sembraran confianza entre el pueblo. No se trataba de mentir, sino de recordar lo que era Robeld de Baun, lo que había sufrido Rheynald y lo que significaba que la reina hubiera sido liberada. Los errantes sabían moverse entre rumores mejor que cualquier heraldo.

Galad, acompañado de Aldur, se reunió con sir Valdann de Sothar y los Inmaculados. Aquellos herejes emmanitas, rescatados en su momento de la persecución y acogidos por Rheynald, habían empezado incluso a construir hogares permanentes. Para ellos, la fortaleza ya no era un refugio temporal, sino su hogar.

—Colaboraremos en la defensa —aseguró sir Valdann—. Esta es nuestra casa ahora. Y espero que lo sea por mucho tiempo.

Mientras tanto, Yuria supervisaba las reparaciones del Empíreo y revisaba las defensas de Rheynald con la inquietud de quien sabe que una fortaleza puede caer no solo por las murallas, sino por dentro. No había tiempo ni dinero para grandes obras, pero sí para reforzar accesos, preparar posiciones, levantar obstáculos sencillos y organizar turnos. Todo cuanto pudiera hacerse debía hacerse.

Armen, por su parte, no podía quedarse de brazos cruzados. Si Rheynald debía convertirse en el núcleo inicial de su recuperación política, necesitaba tropas. Se organizó una pequeña comitiva hacia Nido de Halcones y Colina Roja, dos fortalezas vinculadas a Rheynald que podían aportar hombres. Yuria permaneció con el Empíreo; Symeon siguió trabajando entre errantes y habitantes de la fortaleza. Galad y Daradoth acompañaron a la reina.

El viaje a caballo recordó a todos que hacía demasiado tiempo que se desplazaban por los cielos. La cabalgata hasta Nido de Halcones fue incómoda, aunque no especialmente larga. La fortaleza, situada en una altura desde la que dominaba el paso norte de Rheynald, los recibió con cautela primero y fervor después. Su capitán, sir Feryl, un veterano de edad avanzada y parche en el ojo, reconoció a la reina y escuchó sus demandas. Armen habló mejor en el consejo cerrado que ante la multitud de Rheynald. Allí, entre oficiales y hombres de armas, recuperó parte de su firmeza. Nido de Halcones puso media legión a su disposición.

Al día siguiente partieron hacia Colina Roja. El camino era más accidentado, pero la recepción resultó todavía más favorable. Allí los recibió Aryenn Rhegen, hijo del difunto lord Thewenn, muerto por la extraña enfermedad del sueño que había acabado con varios señores fronterizos. Colina Roja había sufrido ya escaramuzas y tanteos de las fuerzas de Robeld de Baun, y entendía mejor que nadie que la guerra no tardaría en alcanzarlos de lleno. Armen habló de la necesidad de restaurar el orden, de poner fin a la traición de Robeld y de resistir a un enemigo mayor que se ocultaba tras él. Esta vez, sus palabras encontraron terreno fértil. Colina Roja aportó otra media legión.

Cuando la comitiva regresó a Rheynald, habían pasado varios días. Las tropas de Nido de Halcones y Colina Roja se pusieron en marcha por sus propios medios. Sumadas a las fuerzas restantes de Rheynald, Armen podía reunir en torno a una legión y media. No era suficiente para recuperar Esthalia, pero sí para empezar a existir de nuevo como poder militar.

El Empíreo quedó reparado hasta donde era posible con los medios disponibles. No estaba perfecto, pero Yuria estimó que volvía a ser fiable, y eso bastaba por el momento.

Antes de partir, Symeon realizó una última incursión onírica para observar Usturna. Esta vez no oyó el alarido. La criatura había desaparecido.

Se aproximó lo justo para percibir la representación onírica de la ciudad. Si antes Usturna podía haber sido una arboleda espesa, llena de ramas, hojas y ecos de vida, ahora era un bosque muerto. Árboles desnudos, sin hojas, erguidos en una niebla siniestra. Vacío. No supo decir cuántos habían muerto, ni de qué forma, ni si algunos habían escapado antes de que la criatura y la mancha hicieran su trabajo. Pero sabía lo suficiente.

Al regresar, lo contó con prudencia.

—La criatura ya no está —dijo—. La mancha la ha absorbido. Y Usturna... no recomiendo acercarnos. Esa ciudad está condenada.

Galad bajó la mirada.

—Cada vez que usamos la espada, solo trae horror y desgracia.

El silencio que siguió fue pesado. Todos sabían a qué espada se refería. Todos sabían también que sin aquella intervención quizá no habrían rescatado a Armen, y que en Usturna se encontraban Robeld de Baun, Selene, el Brazo Oscuro y servidores de la Sombra de un poder formidable. Pero ninguna de aquellas consideraciones bastaba para aliviar el peso de la pérdida de la ciudad.

—Hemos salvado a la reina —dijo Yuria, midiendo cada palabra—. Y puede que hayamos golpeado muy duramente a Robeld de Baun. Eso importa. Pero no voy a fingir que el precio no me aterra.

—No justifica matar inocentes —murmuró Galad.

—No sabemos cuántos han muerto —replicó Symeon, aunque ni siquiera él parecía convencido del consuelo—. Pero sabemos que el peligro era real. Y que no podíamos controlarlo.

Aldur, que había permanecido callado, habló con una calma que resultó casi más inquietante que cualquier arrebato.

—Muchos más tendrán que morir para que todo se arregle. La solución de Emmán implica la muerte de todo lo que existe.

Galad lo miró con dureza.

—Por eso me resisto a esa solución. Tiene que haber otro camino.

Nadie supo responder.

El siguiente paso era reunirse con lady Ilaith. Armen aceptó viajar en el Empíreo. Las legiones convocadas debían concentrarse en Rheynald y esperar nuevas órdenes. No avanzarían todavía; era imprescindible coordinarse con la Canciller antes de precipitar otro movimiento en un tablero que cambiaba cada día.

El dirigible partió hacia el sur. Al sobrevolar el paso de Arnualles, vieron que las legiones sermias ya habían puesto bajo asedio varias fortalezas, y que algunas habían caído. El frente se estaba rompiendo con rapidez. Las fuerzas de Robeld de Baun no habían esperado un ataque desde aquella dirección, y la entrada de Sermia en la guerra empezaba a producir efectos inmediatos.

Más al sur, Gwartan había resistido, pero también había caído. Allí había instalado Ilaith su cuartel general. Las tropas de la Federación habían avanzado como un cuchillo a través de una defensa desprevenida, y sus vanguardias se aproximaban ya hacia el río.

Cuando el Empíreo descendió, Ilaith salió al encuentro del grupo. Se alegró sinceramente de verlos con vida, aunque no tardó en reprocharles, con esa mezcla tan suya de preocupación y autoridad, que hubieran permanecido demasiado tiempo fuera. Abrazó a Yuria, gesto que sorprendió a algunos y emocionó discretamente a la ercestre.

Después vio a Armen.

El encuentro entre la reina de Esthalia y la Canciller de la Federación de Príncipes Comerciantes estuvo cargado de tensión contenida. Ambas eran mujeres acostumbradas a liderar, ambas habían sido arrastradas por Daradoth y la Vicisitud hacia la causa de la Luz, y ambas sabían que se necesitaban. Armen miró alrededor, viendo tropas extranjeras asentadas en su reino. Ilaith, por su parte, evaluó a la reina con el interés de quien contempla una pieza fundamental de una campaña ya en marcha.

Hubo un instante en que ninguna de las dos pareció dispuesta a ceder un palmo de autoridad.

Luego, por fortuna, prevaleció la sensatez.

Se reunieron en privado. El grupo informó a Ilaith de todo cuanto había sucedido: la situación en Usturna, el influjo de Selene, la implicación de Robeld de Baun con la Sombra, la aparición del Brazo Oscuro, la kothmorui, la mancha de inexistencia, la criatura onírica y el estado de Rheynald. Armen añadió su propia versión de los hechos, todavía marcada por la vergüenza de haber sido manipulada, pero también por una determinación creciente.

—Usturna debe ser evitada por ahora —advirtió Symeon—. Si enviáis tropas, que sean las imprescindibles y con extrema cautela. Hay algo allí que ni siquiera comprendemos del todo.

Ilaith escuchó en silencio. No le gustaba dejar una ciudad atrás, pero entendió que algunas victorias podían matar a quien las reclamaba demasiado pronto.

Al final, la Canciller miró a Armen.

—Entonces liberaremos Esthalia —dijo—. Pero necesitaré vuestra ayuda, majestad. Vuestro nombre, vuestra legitimidad, vuestros contactos y todo cuanto podáis aportar. Esta no será solo una guerra contra Robeld de Baun. Será una guerra contra la Sombra que se ha enraizado en vuestro reino.

Armen sostuvo su mirada.

—Si de verdad pretendéis liberar Esthalia, Canciller, contaréis conmigo.

Yuria, observándolas, comprendió que aquel era solo el principio de una alianza difícil. Pero también supo que, por primera vez en mucho tiempo, Esthalia tenía una posibilidad real.

Pequeña, incierta, y rodeada de horrores.

Pero real.