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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

lunes, 20 de julio de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 29

La Corona dividida. Lealtades veladas. 

La noche cayó sobre el monasterio de San Odran de los Brezos, cubriendo de sombras los campos que rodeaban sus muros. El Empíreo permanecía anclado en las proximidades, apenas visible desde la distancia, mientras los hombres de Alexadar Stadyr redoblaban las guardias y los monjes ofrecían a los recién llegados el austero alojamiento del que disponían.

Aunque el reencuentro entre Armen y uno de sus Grandes había devuelto algo de esperanza al grupo, la imagen de Usturna continuaba presente en sus pensamientos.

Los compañeros volvieron a discutir sobre lo ocurrido en la ciudad muerta. No podían asegurar si la devastación había sido provocada por la gigantesca criatura onírica que había agonizado durante días, por la esfera de inexistencia que había intentado devorarla o por la interacción entre ambas fuerzas.

La criatura había gritado desde el Mundo Onírico con un dolor capaz de alcanzar a quienes dormían. Las pesadillas de los niños demostraban que su influencia había atravesado la vigilia, pero aquello no explicaba por completo la muerte de los animales, la corrupción del agua ni los peces que cubrían la costa.

—Quizá no haya sido una sola causa —reflexionó Symeon—. La criatura, la mancha y la rotura entre ambos mundos pudieron alimentarse entre sí.

—La mancha parecía absorberlo todo —recordó Galad—. Cuando la miré, sentí que quería atraerme hacia ella.

—Y, sin embargo, no ha crecido —dijo Daradoth—. Al menos no de una manera apreciable.

Ninguno de ellos podía saber si aquello era una buena noticia. La esfera podía encontrarse inerte, saciada después de borrar a la criatura; o podía estar acumulando fuerzas para algo que todavía no comprendían.

Lo único que parecía evidente era que el velo entre la realidad y el Mundo Onírico se había debilitado alrededor de Usturna. La aparición de la criatura de sombra y fuego que había golpeado el Empíreo demostraba que los seres oníricos podían manifestarse allí con una fuerza que nunca habían mostrado en otros lugares.

La conclusión hizo que sus pensamientos regresaran a las minas y al monstruo que permanecía sobre ellas.

Aquella noche, Symeon volvió a entrar en el Mundo Onírico. No descubrió nada extraño en los alrededores del monasterio, pero buscó la familiar presencia de Nirintalath y conversó con ella durante unos instantes.

—¿Cuándo iremos a hacer sufrir a esa criatura? —preguntó la Espada del Dolor.

Symeon contempló la figura con la que el arma se representaba en aquella realidad.

—Antes tenemos otros asuntos que resolver. Pero no creo que tengamos que esperar demasiado. Tarde o temprano, algo nos obligará a enfrentarnos a ella.

—Quiero sentir su dolor.

—Lo sé.

La respuesta pareció satisfacer temporalmente a Nirintalath. Symeon abandonó el Mundo Onírico con la desagradable certeza de que las minas no iban a permanecer olvidadas durante mucho tiempo.

A la mañana siguiente, Armen reunió a sus compañeros y a Alexadar Stadyr.

—Debemos partir hoy mismo —dijo la reina—. Antes de dirigirnos a Arwex, necesito hablar con Aleyre Shotald.

La duquesa de Dahier era otra de las antiguas Grandes del Reino. Oficialmente, sus ejércitos combatían en el bando de Randor, pero su posición siempre había sido más moderada que la de los demás nobles realistas.

—¿Confiáis en ella? —preguntó Yuria.

Armen tardó unos instantes en responder.

—Nuestra relación siempre fue correcta. Aleyre es una mujer prudente, austera y extremadamente consciente de sus responsabilidades. Mide cada palabra antes de pronunciarla y antepone el bienestar de Dahier a cualquier ambición personal.

—Eso no responde a la pregunta, mi señora —observó Symeon.

—No —admitió la reina—. No puedo asegurar que siga siendo leal a mí. Cuando viajaba hacia Arwex atravesé sus tierras con su autorización, pero no sé quién informó a quienes prepararon la emboscada. Quiero creer que ella no participó en mi captura.

—Pero conocía vuestro viaje.

—Sabía que cruzaría Dahier. Ella y las personas que debían garantizar mi paso.

Aquello significaba que, incluso si Aleyre no los había traicionado, alguien dentro de su administración podía haber revelado la ruta de la reina.

Alexadar asintió lentamente.

—Dahier se ha declarado a favor de Randor, pero Aleyre es la menos entusiasta de sus partidarios. No creo que confíe plenamente en el rey. Tampoco ha colaborado con Arnualles.

—Por el momento, será mejor que seáis vos quien hable con ella —decidió Armen—. Si revelamos mi presencia demasiado pronto, podríamos caer en otra trampa.

El plan consistiría en que Alexadar solicitara una audiencia como marqués de Strawen. Daradoth y los demás aparecerían como aliados e invitados suyos. Solo si Aleyre se mostraba receptiva descubrirían que Armen viajaba con ellos.

Durante los preparativos, Symeon hizo un aparte con Daradoth.

—Deberías participar más en estas conversaciones.

El elfo lo miró con desconfianza.

—¿En las disputas entre nobles humanos?

—En la política de Aredia. Si algún día quieres conseguir apoyos para regresar a Doranna y reclamar lo que consideras tuyo, debes darte a conocer. No basta con estar presente mientras Ilaith o Armen hablan.

—No pretendo convertirme en el líder de los humanos.

—Nadie te pide eso. Pero sí que demuestres que eres uno de los artífices de lo que está sucediendo.

Daradoth guardó silencio.

—No haré nada que pueda debilitar la autoridad de Ilaith —dijo finalmente—. Ni permitiré que piense que intento ocupar su lugar.

—Entonces no lo hagas. Pero deja de comportarte como si todo esto no tuviera nada que ver contigo.

El elfo no respondió, aunque tampoco rechazó completamente el consejo.

Al atardecer, el Empíreo se elevó sobre los campos de brezo. Armen y Alexadar viajaban a bordo, mientras el hijo y el sobrino del marqués permanecían al mando de sus fuerzas y varios mensajeros partían en busca de los contingentes de Strawen dispersos por la región.

Durante una parte del trayecto tuvieron que atravesar tierras pertenecientes al ducado de Estigia; y desde el aire, algo llamó inmediatamente su atención.

En las aldeas, castillos y torres apenas se veían los pendones del duque. Ondeaban los estandartes de los barones, marqueses y señores locales, pero la enseña de Estigian había desaparecido de muchos lugares. En otros se encontraba relegada a una posición secundaria.

Pequeñas columnas de jinetes recorrían los caminos. No parecían ejércitos en marcha, sino mensajeros, patrullas y comitivas nobiliarias que viajaban de un señorío a otro.

—El ducado está comenzando a fragmentarse —dijo Alexadar—. Con Woderyan arrestado, cada vasallo debe de estar tomando sus propias decisiones.

—O preparándose para hacerlo —añadió Armen.

La desaparición de la autoridad ducal podía convertir Estigia en una presa para cualquiera de las facciones del reino. Los nobles que habían colaborado con la Orden Argion para arrestar a Woderyan quizá pretendieran gobernar en su ausencia; otros podían estar reuniendo tropas para defenderlo o, simplemente, esperando a saber qué bando resultaría vencedor.

Symeon examinó el Mundo Onírico durante parte de la noche, pero no descubrió ninguna presencia fuera de lo normal. Allí no había una herida semejante a la de Usturna. Solo el reflejo de un territorio inquieto y de unas gentes que percibían que la estructura que gobernaba sus vidas comenzaba a desmoronarse.

Al día siguiente, el Empíreo entró en Dahier.

El ducado no mostraba señales de batalla. Los campos estaban cultivados, los pueblos permanecían intactos y las calzadas continuaban llenas de comerciantes y campesinos. Sin embargo, los puentes estaban fortificados y vigilados. Había campamentos militares cerca de algunos cruces y grandes caravanas de suministros se dirigían hacia el noroeste, donde combatían los ejércitos de Randor.

—La mayor parte de sus tropas debe de encontrarse en el frente —dedujo Yuria—. Aquí solo han dejado las guarniciones necesarias para mantener el orden.

La capital del ducado, también llamada Dahier, se extendía sobre dos colinas junto a un importante cruce de caminos. Era una ciudad próspera y de tamaño considerable, aunque no estaba diseñada para resistir un gran asedio. El palacio ducal ocupaba una posición central, elegante pero poco fortificada. Era evidente que Dahier se había sentido siempre a salvo de injerencias externas, dada su localización en el corazón del reino.

Armen no quiso aproximarse sin conocer antes la situación.

—Si Aleyre ha cambiado de lealtad, una audiencia pública podría condenarnos —dijo—. Necesitamos averiguar qué se dice en la ciudad.

El dirigible descendió lejos de las murallas, protegido por la llovizna y la escasa visibilidad. Yuria, Galad y Faewald se vistieron con ropas comunes y se dirigieron a la ciudad fingiendo ser viajeros procedentes de las regiones occidentales. Galad dejó atrás los símbolos más evidentes de su condición de paladín, aunque su corpulencia continuaba llamando la atención.

Entraron sin dificultades.

Dahier conservaba una normalidad tensa. Había comercios abiertos, carretas recorriendo las calles y trabajadores ocupados en sus labores, pero también numerosos guardias. La guerra se encontraba lejos y, al mismo tiempo, presente en todas las conversaciones.

Los tres entraron en una taberna y pidieron algo de comer.

Era temprano, y había pocos parroquianos: un anciano que bebía desde primera hora, dos comerciantes que discutían sobre el precio de los suministros y el tabernero. Yuria comenzó a hablar de su supuesto viaje desde las proximidades de Rheynald.

—Dicen que ha habido problemas en el oeste —comentó el tabernero—. Al parecer, Rheynald ha tomado partido por la reina Armen. Algo muy extraño.

—Creía que la reina iba a casarse con Robeld de Baun —respondió Yuria.

—Eso dicen. Aunque no sé cómo piensan arreglarlo, estando ella casada con Randor. Todo el reino se ha vuelto loco.

Los rumores sobre Rheynald se habían extendido con rapidez, aunque nadie parecía conocer los detalles. La versión más aceptada seguía siendo que Armen había abandonado a Randor y pretendía legitimar a Robeld mediante un nuevo matrimonio.

También habían llegado noticias del arresto de Estigian.

—Dicen que fueron sus propios vasallos quienes lo entregaron a los Argion —explicó uno de los comerciantes—. Lo llevaron en secreto. Alta traición, conspiraciones… Nadie sabe qué creer.

—¿Y quién gobierna ahora el ducado? —preguntó Galad.

—Buena pregunta. Su familia debe de estar en desgracia y sus nobles estarán repartiéndose lo que puedan.

En cuanto al frente, todos coincidían en que el avance de Robeld se había detenido.

—Arrollaba todo a su paso —dijo el tabernero—. Pero algo ha ocurrido en Usturna. Nadie sabe exactamente qué, aunque hablan de miles de muertos. Desde entonces, sus ejércitos apenas avanzan.

Los habitantes de Dahier no sentían simpatía por Robeld ni por las pretensiones de la Iglesia, pero consideraban a Randor el único representante legítimo de la Corona. Armen, a ojos del pueblo, había elegido al marqués de Arnualles y traicionado a su esposo.

Después de abandonar la taberna, Galad quiso conocer la situación de los clérigos emmanitas.

Entraron en una iglesia durante la celebración de una misa. El templo era rico y espacioso, decorado con tapices sobre la vida de Emmán. Sin embargo, el sacerdote parecía nervioso. Un ruido inesperado en una de las naves laterales bastó para que interrumpiera la ceremonia y mirara con temor hacia las puertas.

Había guardias ducales dentro del edificio.

Cuando terminó la misa, Galad se acercó al sacerdote.

—Parecéis preocupado, padre.

—Son tiempos difíciles, hijo mío.

—Venimos del oeste. Allí se habla de una guerra dentro de la propia Iglesia.

El hombre palideció.

—Preferiría no hablar de eso. Muchos sacerdotes han marchado hacia el norte para unirse a las fuerzas del primado. Otros, como yo, hemos decidido permanecer junto a nuestros fieles. No podemos abandonar nuestro rebaño.

—¿Y la duquesa?

—La duquesa sirve al bando legítimo. Sirve a Randor.

—¿Los guardias están aquí para protegeros?

El sacerdote miró discretamente hacia ellos.

—Quizá. O quizá para vigilar lo que decimos desde el altar. Los ánimos están demasiado caldeados.

Aun así, afirmó que la mayoría de la población apoyaba al rey. No deseaban la victoria de Robeld ni la de la Iglesia. Querían que Randor restaurara el orden y castigara a quienes habían dividido Esthalia.

Galad rezó junto al sacerdote antes de marcharse.

Cuando regresaron al lugar donde esperaba el Empíreo, ya no quedaban dudas: Aleyre estaba oficialmente comprometida con el bando de Randor. Lo que todavía ignoraban era si lo hacía por auténtica lealtad, por miedo o porque consideraba que no existía otra alternativa.

Alexadar decidió solicitar audiencia en el palacio ducal.

El marqués vistió sus mejores galas y llevó consigo el sello y los colores de Strawen. Lo acompañaron varios miembros del grupo, paladines y hombres de su séquito. Armen permaneció oculta en el Empíreo.

La comitiva llegó a media tarde. Los guardias reconocieron a Alexadar y avisaron de inmediato al senescal. Aunque este se extrañó de que la comitiva no hubiera llegado en un transporte adecuado, fueron recibidos con la cortesía debida a su rango; pero las miradas que despertaban Daradoth, los paladines y los extranjeros revelaban la sorpresa de toda la corte. 

No era únicamente el regreso inesperado del marqués de Strawen lo que despertaba murmullos a su paso. La presencia de Daradoth atraía todas las miradas. Para la mayoría de aquellos hombres y mujeres, los elfos pertenecían a las canciones antiguas, a las crónicas de la Era Legendaria y a los relatos que los sacerdotes y los maestros repetían junto al fuego. Ver a uno caminando por los corredores del palacio, alto y solemne, acompañando a uno de los antiguos Grandes del Reino, provocaba una mezcla de asombro y orgullo difícil de disimular. Algunos nobles se incorporaban al verlo pasar; otros inclinaban respetuosamente la cabeza, conscientes de que podrían contar que un miembro del Bello Pueblo había pisado la corte de Dahier. 

El senescal los condujo a través de unos corredores sobrios, decorados con elegancia pero sin ostentación. Allí los recibió lady Erwinna, maestra de llaves y de correspondencia de la duquesa.

Era una mujer madura, pálida, de ojos inteligentes y movimientos mesurados. Su posición no era la de una simple servidora: administraba buena parte de la casa de Aleyre y gozaba de su absoluta confianza. Les dirigió unas palabras de bienvenida y expresó su sorpresa y alegría por contar en Dahier con la presencia de un representante élfico; este hecho la tenía conmovida, sin duda, aunque hacía lo posible por no mostrarse afectada.

—Lamento informaros de que la duquesa no se encuentra en la capital, marqués —dijo—. Pero podéis hablar conmigo sin rodeos.

Alexadar explicó que Robeld había conquistado Strawen utilizando el nombre de Armen y que deseaba conocer la posición de Dahier ante la repentina detención de su ofensiva.

—La duquesa mantiene sus ejércitos junto a los del rey —respondió Erwinna—. No dispone de fuerzas para ayudaros a recuperar vuestra marca.

—No he venido solamente por mis tierras.

Alexadar habló entonces de los indicios que demostraban que Armen no había actuado libremente. Explicó que Robeld la había sometido mediante drogas, hechicería o alguna forma de control sobrenatural, y que la reina ya no estaba en su poder.

Lady Erwinna lo escuchó con creciente atención.

—¿Estáis diciendo que la reina ha escapado? —inquirió, con un destello de suspicacia en su mirada.

—Estoy diciendo que no se encuentra con Robeld y que jamás quiso casarse con él.

—¿Cómo lo sabéis?

—Porque las personas que la liberaron están ante vos —respondió el marqués.

Los ojos de Erwinna recorrieron a sus acompañantes.

Symeon intervino:

—Robeld utilizó a la reina para legitimarse. Todo cuanto se ha dicho sobre ese matrimonio fue construido para controlar a los nobles y al pueblo de Esthalia. Armen era un títere en sus manos.

—¿Y dónde se encuentra ahora?

—A salvo.

Erwinna comprendió que ocultaban algo más. Alexadar le aseguró, poniendo por testigo su honor y su fe, que Aleyre no correría peligro si aceptaba recibirlos.

La mujer permaneció pensativa.

—Comprenderéis mi sorpresa. Aparecéis en la capital sin caballos ni medios visibles de transporte, acompañado por un séquito extraordinario, y me pedís que revele el refugio de la duquesa.

—Es un asunto que decidirá el futuro de Esthalia. De toda Aredia, en realidad.

La sinceridad de Alexadar terminó por convencerla.

—Aleyre se encuentra en el pabellón de caza de Ederwyn, al noreste. Debe evitar que se la vea recibiendo delegaciones de nobles no alineados. Enviaré un mensajero para advertirla de vuestra llegada.

Aleyre Shotald, duquesa de Dahier

 Antes de que se marcharan, lady Erwinna les dio otra noticia.

—Un enviado de Randor se dirige también hacia el pabellón. Sir Alwyn de Marr viaja con órdenes que el rey no ha querido confiarme. Partió hace unas horas.

La coincidencia era demasiado peligrosa.

Erwinna redactó una carta, la selló y la entregó a un mensajero ducal, que partió inmediatamente a galope. El grupo regresó al Empíreo con la intención de alcanzar el pabellón antes que la comitiva real.

Durante el camino localizaron desde el aire a sir Alwyn y a sus acompañantes: el noble viajaba escoltado por media docena de caballeros.

Yuria propuso retrasarlos, pero no todos estuvieron de acuerdo.

—No sabemos qué órdenes lleva —dijo Galad—. Atacarlos podría convertir a Aleyre en nuestra enemiga antes incluso de hablar con ella.

—Y si llega primero, puede obligarla a tomar una decisión —replicó Yuria.

—El mensajero de Erwinna habrá llegado antes que nosotros —intervino Armen—. Confiemos en que Aleyre sepa ganar tiempo.

Decidieron no atacar.

El Empíreo abandonó el curso de los caminos y atravesó directamente las colinas, adelantando a la comitiva real.

El pabellón de caza de Ederwyn era mucho más que una casa de recreo. Contaba con varios edificios residenciales, establos, almacenes y dependencias para despiezar las piezas cobradas durante las cacerías ducales. Un muro bajo protegía el conjunto y un campamento de unos doscientos soldados se extendía junto a él.

La llegada del Empíreo provocó un gran revuelo.

Los cuernos anunciaron su aproximación y el estandarte de Strawen fue desplegado sobre la proa. Los soldados corrieron a ocupar sus posiciones y las ballestas apuntaron hacia el cielo mientras el dirigible descendía sobre un terreno despejado próximo a los establos.

Alexadar fue el primero en bajar.

El marqués descendió los últimos escalones de un salto, se irguió con toda la dignidad de uno de los antiguos Grandes y esperó en silencio. Los guardias mantuvieron las armas levantadas durante unos instantes, hasta que la autoridad de su presencia y el reconocimiento de sus colores hicieron que comenzaran a bajarlas.

Galad, Symeon, Yuria y Faewald descendieron detrás de él. Daradoth quedó embarcado, acompañando a Armen.

Aleyre había recibido la carta de Erwinna apenas unos minutos antes. Uno de sus nobles condujo a la delegación hasta la sala principal del pabellón.

La duquesa los esperaba acompañada por varios consejeros y caballeros.

Aleyre Shotald era una mujer madura, de expresión severa y porte regio. Sus vestidos eran elegantes, pero austeros, y su mirada tenía la frialdad de quien estaba acostumbrada a escuchar mentiras sin mostrar lo que pensaba de ellas.

—No esperaba que llegarais en semejante nave, marqués —dijo—. Mi curiosidad es considerable, aunque comprenderéis mi falta de entusiasmo al ver un ingenio desconocido sobrevolando mi refugio.

—Si os parece, mi señora, dejemos el Empíreo para otro momento. La noticia que traigo es demasiado urgente.

Aleyre hizo un gesto para que continuara.

Alexadar le explicó que Armen nunca había deseado casarse con Robeld. La reina había sido controlada y utilizada para justificar la conquista de Strawen y la rebelión contra Randor.

—Todos vimos a Armen junto a Robeld —dijo Aleyre—. Habló ante una multitud y manifestó su apoyo.

—No era dueña de su voluntad.

—¿Mediante hechicería?

—Mediante la Sombra —respondió Galad—. Robeld persigue a los emmanitas y se ha aliado con criaturas que sirven a fuerzas opuestas a Emmán. Lo sucedido en Usturna es una consecuencia de esas alianzas.

La duquesa observó al paladín.

—Había oído rumores de la destrucción de la ciudad, pero nada semejante.

—Miles de personas han muerto —dijo Yuria—. Y Robeld ha perdido el control de su principal base.

—¿Qué pretendéis de mí?

—Reunir de nuevo a los Grandes —respondió Alexadar—. Esthalia no podrá sobrevivir mientras la Iglesia, Randor y Robeld combatan por separado y cada noble trate de salvar sus propias tierras.

—Los Grandes ya no existen. El rey revocó nuestros títulos.

—Una parte de la Corona no considera legítima esa decisión.

Aleyre lo miró fijamente.

—¿Qué parte?

—Su majestad la reina.

Un murmullo recorrió a sus consejeros.

Aleyre permaneció inmóvil, pero sus ojos se clavaron en Alexadar.

—¿Sabéis dónde está Armen?

—Sí.

—¿Está viva?

—Sí.

La duquesa miró a los hombres y mujeres que acompañaban al marqués.

—¿Podéis llevarme ante ella?

—Podemos hacer que venga ante vos —respondió Symeon—. Pero necesitamos garantías. No intentaréis apresarla ni entregarla a Randor.

Aleyre endureció la expresión.

—Me ofende la sugerencia.

—Dentro de menos de una hora llegará un enviado del rey —dijo Galad—. No queremos vernos obligados a defenderla dentro de vuestro propio pabellón.

La duquesa contempló a sus consejeros. Durante unos instantes pareció considerar la posibilidad de expulsarlos de la sala, pero comprendió que una reunión clandestina despertaría todavía más sospechas.

—No haré daño a la reina —declaró—. Pero el Empíreo debe alejarse antes de que llegue la comitiva real si pretendéis mantener vuestra presencia en secreto.

Pocos minutos después, Alexadar hizo la señal convenida.

En la cubierta del Empíreo, Daradoth ofreció una mano a Armen.

—Permitidme ayudaros a descender.

El elfo invocó su poder y ambos abandonaron suavemente la cubierta. Flotaron sobre el terreno bajo la mirada atónita de los soldados y descendieron con lentitud frente al pabellón.

Armen llevaba una capa y una capucha que ocultaban su rostro. Daradoth, con su apariencia élfica y sus ropajes, despertó una conmoción todavía mayor. Los guardias se apartaron a su paso. Uno de ellos, sobrecogido, llegó a arrodillarse y le pidió que bendijera su espada. Daradoth tocó el arma brevemente antes de continuar.

La impresión que causó Daradoth fue incluso mayor que la provocada por el propio ingenio volador. Entre los soldados y los nobles reunidos se extendió un silencio reverente. No contemplaban simplemente a un extranjero poderoso, sino a una criatura de leyenda descendiendo desde los cielos con una figura encapuchada de la mano. Algunos guardias se irguieron con visible orgullo, como si la presencia de aquel elfo ennobleciera el lugar y los acontecimientos que estaban a punto de presenciar. El hombre que le ofreció su espada para que la bendijera no fue objeto de burla alguna; más de uno pareció lamentar no haber reunido antes el valor necesario para imitarlo.

Entró en el pabellón con Armen detrás.

Cuando aparecieron en la sala, Aleyre perdió durante unos instantes su imperturbable compostura. Daradoth se apartó y dejó que la figura encapuchada avanzara.

También los cuatro consejeros de Aleyre quedaron momentáneamente desarmados por la presencia de Daradoth. Hasta los más veteranos, hombres acostumbrados a embajadas, ceremonias y disputas entre las casas más poderosas de Esthalia, observaron al elfo con una fascinación apenas contenida. Que uno de los míticos habitantes de Aredia hubiera acudido personalmente a Dahier confería a la delegación una importancia que trascendía las querellas ordinarias del reino. En algunos rostros apareció incluso un destello de orgullo: cualquiera que fuese la noticia que traían, su ducado había sido considerado digno de recibirla de labios de un miembro del Bello Pueblo. 

—Mi señora —dijo Daradoth—, os presento a vuestra reina.

Armen se descubrió.

Los nobles intercambiaron miradas. Algunos abrieron mucho los ojos; otros permanecieron inmóviles, incapaces de decidir cómo debían reaccionar.

Aleyre no se arrodilló.

—Necesito hablar con ella a solas.

Galad se opuso inicialmente a dejar desprotegida a la reina, pero Aleyre y Armen se apartaron únicamente hasta un rincón de la estancia, donde pudieron conversar en voz baja bajo la vigilancia de sus compañeros. Daradoth hizo uso de sus habilidades sobrenaturales para escuchar lo que decían. Mientras tanto, el consejo de Aleyre salía a la antesala, acompañado de Galad, Aldur y Yuria.

La duquesa observó detenidamente a Armen.

—Perdonad que dude de vos. Si sois realmente quien afirmáis, sabréis responder a algo que solo ambas conocemos.

—Sí, por supuesto. 

—Sois una de las pocas personas que saben que solo he estado enamorada de un hombre en mi vida. Y si sois quien decir ser, y sois libre, podréis responder...

Daradoth dejó de escuchar. Armen respondió sin vacilar.

Por primera vez, el rostro de Aleyre se suavizó. Una breve sonrisa apareció en sus labios, así como el amago de una lágrima al recordar cosas privadas. Después hincó una rodilla en tierra.

—Majestad. Dahier no os ha olvidado.

Armen le ofreció una mano y la ayudó a levantarse.

—Lo sé. Pero también sé que estáis rodeada de ojos y oídos.

Cuando regresaron junto a los demás, Aleyre habló con franqueza.

—Aun alegre como estoy, no puedo proclamaros públicamente. Mi consejo se encuentra dividido y dentro de poco llegará el enviado de Randor. Pero debo confesaros que el rey no está ejerciendo su autoridad como debería. Sus órdenes son erráticas. Sigue siendo el señor legítimo, pero cada día estoy menos convencida de que sea el señor correcto.

—No os pido que os declaréis por mí hoy —respondió Armen—. Necesito que os preparéis, que me apoyéis discretamente y que nos ayudéis con Woderyan Estigian.

La reina explicó su intención de reunir nuevamente a los Grandes, restituir los títulos que Randor les había arrebatado y reconstruir una Esthalia capaz de enfrentarse a Robeld, contener a la Iglesia y restaurar la autoridad de la Corona.

—Rheynald ocupará un lugar más relevante en el nuevo orden —añadió—. Y la Iglesia volverá a estar sometida a la vigilancia que nunca debió abandonar.

—No creo que Woderyan haya cometido alta traición —dijo Aleyre—. Nunca lo consideré capaz de algo semejante. En ese asunto no me costará apoyaros.

—¿Y en los demás?

—Tenéis mi palabra de que ayudaré. Pero, por el momento, tendrá que ser desde las sombras.

Armen aceptó.

Antes de interrumpir la reunión, Daradoth planteó otro asunto.

—Muy pocas personas conocían el viaje de la reina a través de Dahier. Alguien informó a quienes prepararon la emboscada.

Aleyre palideció.

—Yo sabía que atravesaría mis tierras. También quienes recibieron órdenes de garantizar su paso.

—Entonces quizá tengáis un traidor entre vuestros servidores.

—Es posible —admitió la duquesa—. Tendré que investigarlo.

No tuvieron tiempo de continuar. Desde el exterior llegaron los sonidos de las trompetas.

El enviado de Randor había llegado.

Armen fue conducida discretamente a otras dependencias junto a Alexadar, Daradoth y la mayor parte del grupo. Aleyre regresó a la sala de audiencias con sus consejeros.

Galad y Yuria permanecieron allí, vestidos de manera que pudieran pasar por miembros de la guardia o servidores armados. El paladín examinó a los presentes mediante sus sentidos sobrenaturales.

Dos de los consejeros de Aleyre destacaban como presencias hostiles. Enemigos de su fe.

Aquello no significaba necesariamente que sirvieran a la Sombra, pero tampoco se podía descartar. Galad memorizó sus rostros y advirtió discretamente a Yuria.

Sir Alwyn entró acompañado por seis caballeros. Era un hombre de porte noble, largo bigote y movimientos marciales. Llevaba las insignias del rey y las de su propio linaje.

Tras los saludos protocolarios, desenrolló un documento.

—Mi señora, traigo órdenes de su majestad que deben cumplirse de inmediato.

—Adelante, sir Alwyn.

—El rey exige que enviéis las dos legiones restantes al frente. Se prepara una contraofensiva y deben reunirse todas las fuerzas disponibles. Si es necesario, desalojaréis las guarniciones de la capital.

Aleyre no mostró ninguna reacción.

—Dahier cumplirá con la Corona, como siempre.

El enviado pareció satisfecho con la respuesta.

—También se ordena vigilar la aproximación de cualquier nave aérea, emisario extranjero o grupo que afirme hablar en nombre de Armen.

El corazón de Yuria dio un vuelco.

—¿Naves aéreas? —preguntó la duquesa.

—Nuestros enemigos disponen de ingenios voladores. También tenemos noticias de extranjeros que podrían intentar hacerse pasar por enviados de la reina. Incluso es posible que alguna impostora afirme ser Armen. Quienes la protejan sin autorización serán acusados de colaborar con Robeld de Baun.

Aleyre continuó escuchando sin delatarse.

La orden demostraba que Randor conocía la existencia de los dirigibles y sabía que alguien estaba actuando en nombre de Armen. Quizá todavía ignorara que la auténtica reina viajaba en el Empíreo, pero sus agentes seguían el mismo rastro que ellos.

Sir Alwyn prosiguió:

—Finalmente, su majestad considera que el juicio de Estigian debe ser observado por nobles fieles a la Corona. Estáis convocada a Arwex, personalmente o mediante un representante plenipotenciario, para presenciar el proceso e intervenir cuando sea necesario.

Uno de los consejeros señalados por Galad, que había estado apretando los dientes durante toda la escena, se puso en pie bruscamente y golpeó la mesa.

Parecía dispuesto a revelar que Aleyre había recibido a Alexadar y a la presunta reina Armen.

Galad reaccionó antes de que pudiera terminar.

La luz de Emmán envolvió su cuerpo. Un fulgor plateado llenó la sala y su voz resonó con una autoridad sobrenatural.

—Silencio. Sentaos.

El consejero vaciló.

Sus piernas cedieron y volvió a ocupar su asiento.

Todos miraron al paladín. Sir Alwyn parecía incapaz de comprender cómo un supuesto guardia había impuesto su voluntad de aquella manera.

Aleyre recuperó inmediatamente el control.

—El hermano Galad es un paladín de Emmán que ha entrado recientemente a mi servicio —explicó—. Os ruego que disculpéis su intervención, aunque la falta de respeto de mi consejero la ha provocado.

Sir Alwyn observó al paladín con una mezcla de desconfianza y temor.

—Por supuesto, mi señora.

Aleyre plegó el documento.

—Podéis retiraros a descansar. Imagino que partiréis mañana para continuar sirviendo al rey.

—Así es. Gracias por vuestra hospitalidad.

La comitiva real abandonó la sala.

En cuanto las puertas se cerraron, Galad se dirigió al consejero al que había obligado a sentarse.

—Estabais dispuesto a traicionar a vuestra señora.

El hombre estaba pálido.

—Mi señora está traicionando al rey.

—Vuestra señora sirve a la Corona —replicó Galad.

El segundo consejero señalado por sus sentidos intervino:

—Ocultar la presencia de Armen ya es traición. Si Randor lo descubre, pedirá nuestras cabezas.

—No conocéis la verdad de lo ocurrido —dijo Yuria—. Estabais dispuestos a acusar a vuestra duquesa antes de permitirle tomar una decisión.

Los otros consejeros guardaron silencio.

Aleyre parecía dividida entre la necesidad de proteger su secreto y el peso de sus antiguas relaciones con aquellos hombres.

—Dahier continuará siendo leal a Randor —declaró finalmente, de manera que todos pudieran oírla—. Hasta que la situación de la Corona se aclare, nadie revelará lo sucedido hoy.

Los dos hombres sabían que aquellas palabras no reflejaban toda la verdad, pero tampoco podían demostrar lo contrario.

—Vuestro juramento de vasallaje os obliga a guardar los secretos de vuestra señora —añadió Galad—. Jurad que no hablaréis.

Los consejeros prestaron el juramento, aunque su sinceridad resultaba dudosa. Aleyre ordenó que el hombre que había intentado intervenir permaneciera arrestado en sus aposentos hasta que la delegación real abandonara Dahier. También dispuso que ambos fueran vigilados.

Cuando se reunieron nuevamente con Armen, informaron a la reina de las órdenes de Randor.

—Ya conocen el Empíreo —dijo Yuria—. Y saben que alguien habla en vuestro nombre.

—En Rheynald me presenté ante demasiadas personas para que pudiera mantenerse en secreto —respondió Armen—. La noticia ha terminado por llegar hasta él.

—También ha ordenado que os traten como una impostora —dijo Galad—. Cualquiera que os proteja será acusado de colaborar con Robeld.

—Entonces Randor ya se está preparando para negarme incluso aunque aparezca ante él.

La conducta del rey despertó nuevas dudas. Sus decisiones no parecían las de un hombre que buscara reconciliar las distintas partes de la Corona, sino las de alguien obsesionado con impedir que Armen pudiera recuperar su autoridad.

—¿Cuándo comenzó a cambiar? —preguntó Symeon.

La reina permaneció pensativa.

—Hace unos diez años, aproximadamente. Alrededor del nacimiento de nuestro hijo. Ya había comenzado a preparar las Cruzadas, pero desde entonces su carácter se volvió cada vez más rígido y sus decisiones más erráticas. Sobre todo cuando empecé a oponerme a sus planes.

—¿Paranoico?

—En ocasiones daba esa sensación.

Aquello no demostraba que Randor se encontrara bajo la influencia de la Sombra, pero abría una posibilidad inquietante. Robeld no tenía por qué ser el único enemigo que actuaba condicionado por fuerzas que no comprendían.

A la mañana siguiente, sir Alwyn y sus caballeros abandonaron el pabellón sin haber descubierto la presencia de Armen.

Aleyre reunió de nuevo a la reina y a sus compañeros.

—No puedo acompañaros a Arwex —dijo—. Si abandono Dahier inmediatamente después de recibir a un enviado del rey, despertaré demasiadas sospechas. Además, no puedo dejar mis tierras en manos de un consejo dividido.

—Lo comprendo —respondió Armen.

—Enviaré a lady Erwinna como representante plenipotenciaria. Tiene mi absoluta confianza y podrá hablar en mi nombre durante el juicio.

Regresaron discretamente a la capital llevando a la duquesa a bordo del Empíreo. Allí, Aleyre reunió a Erwinna en privado y le reveló la verdad.

Cuando Armen apareció ante ella, la maestra de llaves cayó de rodillas sin necesidad de ninguna otra prueba.

—Majestad.

—Levantaos, lady Erwinna. Necesito vuestra ayuda.

Aleyre explicó que apoyarían el regreso de la reina de forma discreta hasta que pudieran asegurar la lealtad de sus tropas y neutralizar a los partidarios más peligrosos de Randor.

Erwinna compartió entonces la información que había reunido sobre Estigian.

Los caballeros Argion no habían actuado solos. Varios vasallos del duque llevaban semanas preparando el terreno legal para acusarlo. Habían reunido testimonios, documentos y correspondencia que supuestamente demostraba contactos entre Woderyan y Robeld de Baun.

—No sé si las pruebas son auténticas —dijo Erwinna—. Pero parecen numerosas y han sido presentadas de manera muy organizada.

—Una conspiración preparada con antelación —concluyó Daradoth.

—Hay varios nobles en el centro de la acusación. También están convocando a Arwex a los antiguos Grandes o a sus representantes.

—Randor quiere controlar el juicio —dijo Alexadar—. No permitirá que los Argion decidan por sí solos.

—O quiere asegurarse de que la condena parezca respaldada por todo el reino —añadió Symeon.

Aleyre entregó a Erwinna una carta sellada con su lacre. En ella reconocía a Armen como reina legítima, negaba cualquier validez al supuesto pacto matrimonial con Robeld y solicitaba que se suspendiera cualquier juicio sobre la conducta o la legitimidad de Armen hasta que esta pudiera comparecer personalmente.

—Llevadla a Arwex —ordenó—. Y entregadla únicamente cuando sea necesario.

Erwinna inclinó la cabeza.

—Hablaré con vuestra voz, mi señora.

La carta era un apoyo, pero también un arma que debía utilizarse con cuidado. Si se hacía pública demasiado pronto, Randor sabría que Dahier había cambiado de posición. Si llegaba demasiado tarde, Estigian podía estar ya condenado.

Armen contempló el sello de Aleyre.

Alexadar había recuperado su lealtad. Dahier se preparaba para apoyarla desde las sombras. Pero Randor conocía la existencia del Empíreo, había ordenado detener a cualquiera que hablara en su nombre y estaba reuniendo a los nobles en Arwex.

El juicio de Estigian ya no era solamente un proceso contra un duque.

Era el lugar donde las dos mitades de la Corona iban a encontrarse.

Y quizá también donde una de ellas sería destruida.

 

lunes, 13 de julio de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 28

La Ciudad muerta. El Retorno de la Reina.

El Surcador descendió lentamente junto a la propiedad que Daradoth había descubierto desde el aire. Nadie habló durante la maniobra. Después de lo que habían contemplado desde las alturas, cualquier palabra habría parecido inadecuada.

La casa solariega se encontraba a unos tres kilómetros de Usturna, rodeada por un muro de piedra que en algún momento había sido reforzado con empalizadas y construcciones improvisadas. La propiedad debía de haber pertenecido a algún noble menor o a un terrateniente acomodado, pero su finalidad había cambiado durante los últimos tiempos. Había guardias apostados junto a la verja, otros alrededor del muro y más cuerpos desperdigados en el patio. No parecían haber intentado impedir que alguien entrara.

Parecían haber tratado de evitar que quienes se encontraban dentro pudieran salir.

En el espacio despejado frente a la casa seguía extendiéndose la gran cruz calcinada que habían visto desde el cielo. Estaba formada por haces de paja, ramas y matojos consumidos por el fuego, colocados deliberadamente para que pudieran ser distinguidos desde las alturas. Junto a ella había numerosas personas arrodilladas. Algunas habían caído hacia delante; otras permanecían ladeadas, apoyadas unas contra otras como muñecos abandonados.

Habían muerto rezando.

En cuanto pusieron pie en tierra, una sensación de pesadumbre se abatió sobre ellos. No era solamente la tristeza lógica provocada por la contemplación de tanta muerte. Era algo más profundo, una opresión que parecía surgir del propio suelo, ascender por las piernas y aferrarse al corazón. La luz del día parecía mortecina, como si una gasa gris cubriera el sol. No soplaba la más ligera brisa. No se escuchaban pájaros, insectos ni el balido lejano de una oveja.

Nada.

Daradoth aguzó el oído. El silencio era tan absoluto que resultaba ensordecedor. Las gallinas de los corrales estaban muertas, al igual que los perros, las cabras y todos los animales que podían ver desde allí.

De pronto, el elfo sintió que algo se quebraba en su interior. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Aquí ha muerto demasiada gente —murmuró.

Galad se acercó a él.

—¿Estás bien, Daradoth?

El elfo se cubrió el rostro con una mano. Los sollozos sacudieron su cuerpo.

—No tiene sentido seguir. Ha muerto demasiada gente… y va a morir mucha más. Todo esto no tiene sentido.

—Claro que lo tiene —replicó Symeon—. Hemos venido a buscar supervivientes. Si todavía queda alguien vivo, debemos encontrarlo.

Las palabras de sus compañeros consiguieron que el elfo recobrara parte de su entereza, aunque las lágrimas siguieron resbalando por sus mejillas. Aldur, sin embargo, no tuvo tanta fortuna. El gigantesco paladín cayó de rodillas, dominado por el dolor que impregnaba aquel lugar, y comenzó a rezar entre sollozos.

Galad invocó el valor de Emmán para ayudarlo a resistir, pero el sufrimiento de la tierra era demasiado intenso. Aldur se agitó, incapaz de dominarse, y tuvieron que intervenir para impedir que se hiciera daño. Finalmente consiguieron sumirlo en un sueño mágico y lo llevaron de vuelta al Surcador, donde quedó al cuidado de los paladines y los tripulantes.

—Debemos darnos prisa —dijo Symeon—. No sabemos qué sucederá cuando anochezca.

Daradoth y Symeon comenzaron a reconocer los alrededores, mientras Galad se acercaba a la entrada de la casa acompañado por Taheem y algunos de los hombres. El elfo encontró varios soldados de Arnualles junto al muro. La mayoría parecían muertos, pero uno de ellos todavía respiraba.

Sus latidos eran débiles y estaban separados por intervalos inquietantemente largos.

Daradoth se arrodilló a su lado e intentó despertarlo. El hombre no reaccionó. No estaba dormido ni inconsciente de una manera normal; parecía atrapado en un estado catatónico, suspendido entre la vida y la muerte. El elfo lo cargó y lo llevó hasta el Surcador para que lo atendieran.

Durante su reconocimiento también descubrió indicios de violencia. Varios guardias habían sido atacados por los prisioneros. La posición de los cuerpos y las heridas mostraban que aquellos hombres y mujeres habían tratado de abrirse paso hacia el exterior. Los soldados habían intentado detenerlos y el enfrentamiento había acabado con la muerte de ambos bandos.

Casi todos los prisioneros lucían en alguna parte del cuerpo el pequeño tatuaje de una copa. «El Santo Grial emmanita, sin duda», pensó. Algunos tenían la espalda cubierta de latigazos o mostraban señales de haber sufrido otras torturas.

La finca había sido convertida en uno de los centros de reeducación para emmanitas ordenados por Robeld de Baun.

Unos minutos después, Galad, seguido por el resto, atravesó la puerta principal de la casa manteniéndose alerta. En el interior, la oscuridad hizo que la opresión se volviera todavía más intensa. El paladín sintió una presión en el pecho y se detuvo durante unos instantes. La estancia principal era amplia, pero estaba repleta de cadáveres. Había más en los pasillos, en las habitaciones anexas y en las cocinas.

Una mujer yacía de espaldas, abrazada a dos niños.

Los cuerpos estaban mejor conservados de lo que habría correspondido al tiempo transcurrido desde la catástrofe. No parecían deteriorarse de una manera normal. Era como si incluso los procesos de la muerte se hubieran ralentizado bajo la influencia de aquella pesadumbre.

En una de las habitaciones habían improvisado una pequeña capilla. Había bancos, restos de velas y una cruz rota. Las señales de lucha mostraban que los últimos días habían sido caóticos. Quizá los prisioneros se hubieran reunido allí para rezar. Quizá los guardias hubieran intentado detenerlos. O quizá todos, carceleros y cautivos, hubieran buscado refugio en la fe cuando las pesadillas comenzaron.

Al llegar a la cocina y el comedor comunal, Daradoth levantó una mano.

—Esperad.

Aguzó el oído.

Entre el silencio percibió un latido. Después otro. Y otro más.

Había decenas.

En las mesas y los bancos se amontonaban unas cuarenta personas. Parecían cadáveres, pero todavía respiraban. Sus corazones latían con una lentitud extrema y la mayoría se encontraban en un estado semejante al del guardia hallado junto al muro.

Al fondo de la estancia, dos niños de doce o trece años permanecían acurrucados en un banco. Estaban despiertos, aunque apenas conservaban fuerzas para mantener los ojos abiertos. Uno de ellos sollozaba en sueños.

Galad se acercó y apoyó una mano sobre su frente, invocando el poder de Emmán. El niño se estremeció y abrió los ojos. En ellos había una tristeza tan profunda que durante unos instantes el paladín no supo qué decir.

—Ayudadnos… —susurró el muchacho.

—Eso haremos —respondió Galad, con lágrimas asomando en sus ojos—. Ya estáis a salvo.

Sacaron primero a los niños. Les dieron agua con cuidado y prepararon unas gachas muy diluidas para que pudieran recuperar fuerzas sin hacerse daño. Uno de los paladines permaneció junto a ellos mientras los demás regresaban a la casa.

Contaron cuarenta y tres supervivientes, la mayor parte emmanitas, aunque también había media docena de guardias de Arnualles. Todos se encontraban al borde de la muerte. El Surcador no podía transportarlos a todos. Incluso abandonando parte de la carga, apenas podrían acomodar a veinte, además de la tripulación.

—No podemos dejarlos aquí —protestó Galad.

—Tampoco podemos llevarlos a todos —respondió Symeon—. Y si esperamos demasiado, caerá la noche. No quiero que todavía estemos aquí cuando oscurezca.

Eligieron a quienes parecían tener más posibilidades de sobrevivir, incluyendo a los dos niños y a uno de los guardias, que podría proporcionar información cuando recuperara la consciencia. Los paladines y los marineros trasladaron los cuerpos con mucho cuidado. 

Mientras tanto, Daradoth y Symeon se alejaron hacia el norte para determinar hasta dónde se extendía la influencia de la ciudad. Caminaron un par de kilómetros a paso vivo. La sensación de pesadumbre no disminuyó. Aunque cada vez encontraban menos cadáveres humanos, los animales seguían muertos y el silencio continuaba siendo absoluto.

Daradoth se elevó sobre los árboles y las colinas.

A medida que ascendía, la opresión comenzó a debilitarse.

Descendió junto a Symeon.

—Cuanto más me alejo del suelo, menos intensa es la tristeza —explicó—. Está arraigada en la tierra.

—Entonces no podemos enviar una legión —dijo Symeon—. Si esto ha sido capaz de derrumbar a Aldur, ¿qué hará con hombres normales obligados a permanecer aquí durante días?

—Pero todavía debe de haber supervivientes.

—Seguramente muchos. Y cada hora morirá alguno. Pero no podemos rescatar a toda la región nosotros solos.

La conclusión era amarga. Podían salvar a quienes habían encontrado, regresar con más medios e intentar organizar nuevas expediciones, pero permanecer allí durante semanas supondría abandonar el resto de sus obligaciones y, probablemente, acabar sucumbiendo también a la influencia que impregnaba Usturna.

Cuando regresaron a la finca, los veinte elegidos ya se encontraban a bordo. A los demás les dieron toda el agua y el alimento que pudieron. Intentaron hacerlos beber, humedecieron sus labios y dejaron provisiones preparadas a la espera de poder regresar a por ellos.

El agua del pozo de la finca tenía un color verdoso y apagado.

—No la bebáis —advirtió Daradoth—. Está corrompida.

No olía a podredumbre ni había cadáveres en su interior. Simplemente parecía muerta, como si algo hubiera consumido su propia naturaleza.

Antes de que anocheciera, el Surcador abandonó el lugar.

El simple hecho de ascender proporcionó un alivio inmediato. La opresión disminuyó y el aire pareció más limpio. Aldur continuó dormido durante buena parte del viaje.

Symeon entró de nuevo en el Mundo Onírico. Desde allí contempló la región marchita y las pequeñas llamas blancas que aparecían dispersas por el terreno. Algunas se mantenían débiles, otras parpadeaban y se apagaban delante de sus ojos.

Cada luz que desaparecía era una vida que acababa de extinguirse.

El errante despertó sin decir nada.

Al atardecer del siguiente día, el Surcador regresó a Gwartan. El mal tiempo los había obligado a elevarse por encima de las nubes durante parte del viaje, pero el piloto consiguió orientarse y llevarlos hasta el campamento.

Yuria había aprovechado su ausencia. El Empíreo estaba prácticamente reparado. No se había limitado a devolverlo a su estado anterior: había reforzado las estructuras dañadas, revisado las líneas de sustentación y ordenado instalar un gran arpón en la proa, con un arco de giro amplio. También se habían incorporado parapetos móviles que podían levantarse durante un combate y abatirse cuando no fueran necesarios.

Seguía sin ser una fortaleza volante, pero estaba mucho mejor preparado para sobrevivir a un nuevo enfrentamiento.

La llegada de los supervivientes provocó una gran conmoción. Ilaith y Armen acudieron de inmediato. La reina contempló los cuerpos consumidos, los rostros hundidos y a los dos niños que los paladines transportaban en brazos.

—¿Esto es todo lo que queda de Usturna? —preguntó.

—Es lo que hemos podido traer —respondió Galad—. Hay más supervivientes. Muchos más, seguramente. Pero toda la región está impregnada por una fuerza que provoca desesperación. No sabemos cuánto tiempo podría resistir allí una persona normal.

—Cada minuto que pasa muere alguien —añadió Daradoth—. Pero enviar tropas sin preparación podría condenarlas también.

Aldur, ya despierto, pidió disculpas por haberse derrumbado.

—No tenéis nada de lo que avergonzaros —dijo Armen—. Si algo semejante ha sido capaz de vencer la voluntad de un paladín, no podemos tratarlo como un peligro ordinario.

Los rescatados comenzaron a mejorar lentamente al alejarse de Usturna. Los dos niños fueron los primeros en recuperar la capacidad de hablar con cierta coherencia. Aun así, ambos sufrían un trauma terrible. Se sobresaltaban ante cualquier sombra y se negaban a dormir si no había un paladín a su lado.

Al día siguiente, Galad trató de hablar con ellos.

—¿Podéis decirme qué sucedió en la casa?

Los muchachos se miraron.

—Las pesadillas —respondió uno, tembloroso—. Nos perseguían.

—¿Mientras dormíais?

El niño negó lentamente con la cabeza.

—Abríamos los ojos… y seguían allí.

Hablaron de sombras y monstruos que recorrían las estancias buscándolos. Sentían un sueño irresistible, pero habían conseguido mantenerse despiertos y ocultos. No sabían por qué habían sobrevivido cuando tantos adultos habían caído.

Galad examinó a los muchachos con sus sentidos sobrenaturales.

—Tienen poder —anunció—. Mucho más de lo habitual para alguien de su edad.

Quizá esa sensibilidad les hubiera permitido resistir. O quizá precisamente por ella hubieran sido capaces de percibir las criaturas que se movían entre el mundo material y los sueños.

Galad encargó a los paladines hacerse cargo de ellos. Cuando se recuperaran, podrían formarse como novicios si así lo deseaban.

La catástrofe de Usturna trastocaba todos los planes. Robeld de Baun había perdido su base principal, sus almacenes y uno de sus centros de poder, pero decenas de miles de inocentes podían haber muerto con ellos. Armen comprendía que debían intentar rescatar a cuantos pudieran, aunque también sabía que Esthalia no podía permanecer paralizada.

—Debemos reunir a los Grandes del Reino —dijo—. Alexadar Stadyr fue siempre uno de mis hombres más fieles. También debemos hablar con Woderyan Estigian y, si es posible, con Aleyre Shotald, la duquesa de Dahier. No podremos enfrentarnos a Robeld mientras cada señor actúe por separado, o en las filas del rey.

Ilaith debía permanecer en el frente, pero puso a disposición de la reina todos los recursos que pudo. El Empíreo, el Surcador y el Horizonte partirían juntos. Los dos últimos regresarían a la finca para rescatar a los supervivientes que habían quedado atrás, siempre durante las horas de luz. El Empíreo continuaría después hacia Strawen con Armen y sus compañeros.

Antes de partir, Daradoth advirtió a Ilaith:

—No permanezcáis demasiado tiempo en un mismo lugar. La Sombra os buscaba, y no sabemos cuántos de sus agentes sobrevivieron a lo sucedido.

La canciller asintió.

—Vosotros tampoco olvidéis que ahora lleváis en el dirigible algo mucho más valioso que cualquier ejército.

Miró a Armen.

La reina no respondió, pero su expresión dejó claro que comprendía perfectamente el peligro.

Los tres dirigibles partieron hacia el norte. Durante el viaje sobrevolaron a lo lejos la ciudad de Baun, solar de Robeld. Las tropas de la Federación habían cruzado el río y preparaban el asalto. Desde el aire, Yuria examinó las posiciones, los incendios y el movimiento de las unidades. Se irguió, orgullosa al ver que los planes que había trazado en Gwartan se seguían al dedillo y funcionaban a la perfección.

—No resistirá más de dos días —calculó—. Quizá menos.

Las fuerzas federales avanzaban con rapidez hacia las minas de hierro y pronto enlazarían con otros contingentes. El marqués de Arnualles se había visto sorprendido por la violencia de la ofensiva y todavía no había conseguido reorganizar una respuesta eficaz.

Una jornada después, los dirigibles alcanzaron de nuevo las proximidades de Usturna, esta vez siguiendo la línea de costa.

El olor llegó mucho antes que la ciudad.

Una pestilencia insoportable se extendía sobre el mar. A lo largo de varios kilómetros, la superficie se encontraba cubierta de peces muertos. Las olas los empujaban hacia las playas, donde formaban una alfombra putrefacta. No era solamente la tierra la que había sucumbido. La muerte se había adentrado también en el océano.

Cuando Usturna apareció en el horizonte, pudieron ver la ciudadela, el puerto y los barcos abandonados. De los galeones negros que habían estado anclados allí antes de la catástrofe, solamente quedaban dos. Los demás habían partido o habían sido evacuados.

Todo el puerto estaba cubierto de cadáveres. Había barcos amarrados a medias, mercancías abandonadas en los muelles y carros volcados. Nadie había intentado recoger nada.

El Empíreo se separó de los otros dos dirigibles y comenzó a aproximarse a la ciudadela. Querían comprobar si la esfera de inexistencia había crecido y si quedaba algún indicio de los elfos oscuros o de los agentes de la Sombra.

Symeon sintió algo por el rabillo del ojo.

Un destello, allá arriba.

Se giró, pero no había nada.

—He visto algo —advirtió—. Algo grande que se acercaba.

Galad intentó detectar cualquier presencia hostil. No encontró nada. Daradoth escrutó el cielo, pero tampoco descubrió ninguna forma ni movimiento.

Yuria alteró el rumbo para alejarse de la dirección señalada por Symeon, sin dejar de aproximarse a la ciudadela desde otro ángulo.

Entonces el errante lo vio.

Una criatura enorme, formada por sombras y fuego, se precipitaba desde el cielo hacia el Empíreo. La visión duró apenas un instante, como si el Mundo Onírico se hubiera superpuesto a la realidad.

—¡Cuidado! —gritó.

El dirigible sufrió un bandazo brutal, sin causa visible.

Los tripulantes resbalaron por la cubierta. Varios paladines cayeron al suelo y uno estuvo a punto de precipitarse por la borda, aunque consiguió agarrarse a la batayola. Yuria se aferró al timón y luchó por recuperar el control. No habían visto nada golpear el casco, no había corriente de aire y ninguna de las defensas parecía dañada.

Pero algo los había atacado.

Durante la maniobra, Galad pudo ver por fin la mancha de inexistencia.

Seguía en la entrada del edificio principal de la ciudadela, un círculo de negro absoluto en medio de la realidad. No parecía haber crecido, pero en cuanto fijó la vista en ella sintió que algo tiraba de su voluntad, invitándolo a acercarse.

El paladín permaneció unos instantes hipnotizado.

—La mancha sigue allí —alcanzó a decir.

—¡Apartaos de la borda! —ordenó Yuria—. ¡Atad las cuerdas y preparaos para otro impacto!

El Empíreo ascendió y viró hacia el mar. Symeon seguía mirando hacia el cielo, temiendo que la criatura volviera a aparecer. Sin embargo, en cuanto dejaron atrás la costa, no se produjo ningún otro ataque.

A veinte o treinta kilómetros de Usturna se reunieron con los otros dirigibles. Les transmitieron mediante señales que no debían aproximarse a la ciudad. Se limitarían a recoger a los supervivientes de la finca durante el día y abandonarían la región antes del anochecer. Si percibían cualquier fenómeno extraño, debían huir hacia el mar.

El Empíreo continuó hacia el este.

Al adentrarse en las tierras de Strawen, encontraron una región que parecía haber cambiado de dueño sin apenas combatir.

Los pueblos seguían en pie. Las aldeas no habían sido incendiadas y los campos permanecían cultivados, salvo por contadas excepciones. Sin embargo, en las torres y fortalezas ondeaba el yelmo ribeteado de Arnualles junto al estandarte de Esthalia.

En los pendones de Robeld aparecían ya los lambrequines reservados a la Corona.

Armen los contempló desde la borda.

—Está reclamando el trono —dijo—. Ya ni siquiera intenta ocultarlo.

—Quizá crea que habéis muerto en Usturna —sugirió Symeon.

—O quizá sepa que sigo viva y confíe en que nadie pueda encontrarme.

Más al sur vieron una gran columna de soldados de Arnualles que abandonaba el frente. Algunos marchaban hacia Usturna, seguramente preocupados por sus familias o enviados para averiguar qué había ocurrido. Otros contingentes descendían desde el norte con antorchas.

La ciudad de Strawen no mostraba daños de consideración, pero también se encontraba bajo el estandarte de Arnualles. Alexadar Stadyr no estaba allí.

Mientras continuaban hacia el este, divisaron una pequeña columna en una calzada: una docena de jinetes de Arnualles escoltaba varios carros y a cinco prisioneros encadenados.

—Quizá sepan dónde está el marqués —dijo Galad.

El Empíreo descendió delante de ellos.

Los soldados detuvieron la caravana y formaron con las armas desenvainadas. Sobre la borda aparecieron los paladines, envueltos en auras de poder. Galad dirigió su voluntad hacia el hombre que parecía estar al mando.

—¡Deponed las armas! —ordenó—. No tiene por qué derramarse sangre.

Uno de los paladines lanzó un rayo contra el suelo. La descarga hizo encabritarse a los caballos. Daradoth descendió desde el dirigible de un salto, aterrizando delante de la columna con una mano apoyada sobre la empuñadura de Sannarialáth.

La resistencia de los soldados se quebró. 

Las espadas cayeron al camino.

El hombre que dirigía la caravana no era un militar, sino un recaudador de impuestos al servicio de Robeld. Afirmó que el marqués de Arnualles era ya su legítimo rey y que probablemente se dirigía hacia el frente sur.

—¿Y Alexadar Stadyr? —preguntó Daradoth.

El recaudador sonrió con desprecio.

—Huyó después del primer combate. Apenas presentó batalla con una pequeña parte de sus tropas. Dicen que se esconde como una rata en el monasterio de San Odran de los Brezos.

Los prisioneros eran terratenientes de varios pueblos que se habían negado a entregar impuestos a Robeld. Uno de ellos incluso había reunido una pequeña leva, que los soldados de Arnualles habían derrotado sin dificultad.

Durante el interrogatorio, el recaudador mencionó los rumores procedentes de Usturna.

—No sé qué habéis hecho allí, brujos malnacidos, pero las noticias que llegan desde el oeste son preocupantes.

El rostro de varios soldados cambió. Uno de ellos dio un paso adelante.

—¿Qué ha ocurrido en Usturna? Mis hijos viven allí.

El silencio cayó sobre el camino.

—En Usturna solo encontraréis muerte —respondió Symeon.

—¿Están muertos? —preguntó otro—. Mis hermanos viven en el puerto.

—Y mi mujer y mis hijos —dijo otro. 

—No sabemos quién ha sobrevivido —intervino Galad—. Pero la ciudad ha sido destruida. Había elfos oscuros y servidores de la Sombra dentro de sus murallas. Vuestro señor permitió que entraran.

Uno de los soldados comenzó a llorar.

—Robeld sirve a Esthalia —dijo el recaudador, aunque su voz había perdido buena parte de la arrogancia.

—Robeld dice servir a Esthalia —replicó Daradoth—. Pero está reclamando la corona y se ha aliado con criaturas que han llevado la muerte a su propia ciudad. Averiguad a quién obedece realmente antes de volver a empuñar las armas por él.

Los soldados fueron desarmados, pero Galad y los paladines se negaron a ejecutar a hombres que se habían rendido. Los dejaron libres después de dispersarlos y advertirles que no intentaran seguirlos.

Los cinco prisioneros recuperaron sus caballos. Algunos querían regresar a sus pueblos para organizar la evacuación de sus familias; otros estaban dispuestos a guiarlos hasta el monasterio. Todos parecían resentidos con Alexadar, pues creían que el marqués los había abandonado, pero confirmaron que se encontraba en San Odran.

El Empíreo reanudó el vuelo.

Alexadar Stadyr, marqués de Strawen

El monasterio de San Odran de los Brezos se levantaba sobre una colina cercana a la frontera con el ducado de Estigia. Era un lugar frío y austero, construido en piedra gris, rodeado por grandes campos de brezo. Tenía una capilla, una torre con campanario, huertos y un recinto amurallado suficientemente amplio para albergar a varios centenares de personas.

En lo alto de la torre ondeaba el estandarte de Strawen, aunque se encontraba medio recogido.

Dentro del recinto se amontonaban tiendas de campaña, caballos y soldados. Alexadar no estaba solo: conservaba todavía varios centenares de hombres y una parte importante de su guardia.

La aproximación del Empíreo provocó la alarma. Las puertas se cerraron y los arqueros ocuparon las murallas. El dirigible descendió en un campo cercano. Daradoth, Galad, Symeon y Faewald se dirigieron al monasterio, dejando sus armas en el Empíreo cuando los defensores exigieron que entraran desarmados.

—Venimos desde Rheynald —anunció Daradoth ante la puerta—. Queremos hablar con el marqués de Strawen.

—¿En nombre de quién?

—En nombre de la reina Armen.

Hubo un largo silencio.

Los dejaron entrar después de comprobar que no portaban armas ocultas. Fueron conducidos a una sala grande donde los esperaba Alexadar Stadyr, acompañado por su sobrino Daren, poco más que un muchacho, orgulloso e impulsivo, varios generales y un escriba.

El marqués había cambiado desde la última vez que lo habían visto. Tenía profundas ojeras, el rostro pálido y los hombros encorvados bajo el peso de las últimas semanas. Una mesa grande lo separaba de los visitantes.

—Los viajeros llegados con buena voluntad siempre son bien recibidos —dijo, aunque su voz estaba agotada—. Pero comprenderéis que, en estas circunstancias, la confianza es un lujo. ¿A qué debo vuestra visita?

Daradoth dejó sobre la mesa el anillo que Armen les había entregado.

—La reina desea reunir de nuevo a los Grandes del Reino. Quiere restablecer el orden en Esthalia.

Alexadar examinó el anillo, pero no lo tocó.

—¿Creéis que esto demuestra algo? Robeld también pronuncia el nombre de la reina mientras ocupa mis fortalezas y compra a mis vasallos. ¿Quién me asegura que no os ha entregado él mismo esa sortija?

—¿Creéis que un paladín de Emmán vendría a engañaros en nombre de Robeld? —preguntó Galad.

—Hay paladines luchando en sus ejércitos.

—Entonces no son verdaderos paladines.

Alexadar negó con la cabeza.

—Necesito algo más que palabras.

Galad invocó el poder de Emmán. Una presencia luminosa lo envolvió, aumentando su figura y llenando la sala de una autoridad casi tangible. Después proyectó sobre Alexadar una oleada de energía que alivió temporalmente su agotamiento.

Los generales del marqués llevaron las manos a sus armas.

Symeon pidió a todos que cerraran los ojos y activó durante un instante la luz sagrada de su diadema. Ninguna criatura de la Sombra reaccionó a ella.

—Solo quería asegurarme de que aquí no hubiera servidores ocultos de nuestros enemigos —explicó.

Alexadar permaneció en silencio.

—Supongamos que no servís a Robeld —concedió finalmente—. ¿Qué queréis que haga?

—Salid al patio —dijo Daradoth—. La prueba que pedís se encuentra allí.

—Si la reina está realmente cerca, no debe exponerse.

—No bajará hasta que vos mismo hayáis cerrado las puertas y garantizado su seguridad.

Alexadar dio las órdenes necesarias.

Faewald regresó al Empíreo. Poco después volvió acompañado por varias figuras encapuchadas. Armen caminaba en el centro, escoltada por paladines y hombres de confianza. Entraron en el monasterio con la máxima discreción y fueron conducidos a la sala.

Todos se pusieron en pie.

Durante unos instantes, nadie habló. Y entonces, Armen se quitó la capucha.

Alexadar abrió mucho los ojos. La fatiga desapareció de su rostro durante un momento, sustituida por una mezcla de asombro, alivio y emoción. Después rodeó la mesa, cayó de rodillas y bajó la cabeza.

—Majestad… Entonces es verdad. Estáis viva.

—Viva estoy —respondió Armen—. Y jamás entregué voluntariamente mi voluntad a Robeld de Baun.

El sobrino de Alexadar tardó unos segundos más en comprenderlo. Después también hincó una rodilla en tierra. Los generales, los guardias y todos los presentes los imitaron.

—Majestad —dijo Alexadar, con lágrimas en los ojos—. Entonces Strawen no ha caído. Solo hemos sido engañados.

—Levantaos, mis fieles.

Cuando volvieron a sentarse, Alexadar dirigió la mirada hacia los compañeros de la reina.

—Os debo más de lo que podré pagar jamás. No sé cómo conseguisteis rescatarla, pero tenéis toda mi admiración y todo mi agradecimiento.

Galad pensó en los muertos de Usturna, en las doncellas desaparecidas, en la mancha de inexistencia y en la ciudad convertida en un cementerio.

«Espero que haya valido la pena todo el sacrificio».

Alexadar explicó lo sucedido en Strawen. Robeld había presentado pruebas de que Armen estaba con él y de que ambos iban a contraer matrimonio. Muchos vasallos habían creído que, al rendirse, no traicionaban a la reina, sino que obedecían su voluntad.

—Solo pude presentar una batalla —confesó—. Después tuve que retirarme. Si hubiera combatido por cada pueblo y cada fortaleza, Robeld habría quemado las aldeas y hecho matar a mi propia gente. No quise concederle esa victoria.

—No habéis obrado como un cobarde —dijo Armen—. Habéis conservado a vuestros hombres y evitado una matanza. Gracias por eso.

—Los que permanecieron fieles creen que los abandoné. Los demás pensaban que servían a vuestra causa. Ahora que estáis aquí, quizá podamos recuperar la marca con rapidez, pero no será sencillo. Apenas dispongo de media legión. Mi hijo Alexann se encuentra más al sur con otra fuerza semejante. Robeld ha situado sus guarniciones de manera que puedan reunirse rápidamente si intentamos expulsarlas una a una. Sus generales parecen brillantes.

Armen le explicó que, a pesar de todo, contaba con el apoyo de Sermia y de la Federación de Príncipes Comerciantes, que les daban una ventaja decisiva. Alexadar se mostró inquieto.

—¿La Federación está invadiendo nuestro país, majestad?

—Sé cómo suena —respondió la reina—. Pero esa ofensiva forma parte de una guerra mucho mayor. Ilaith no gobernará Esthalia ni decidirá por sus nobles. Yo guiaré el reino. Pero necesitamos su ayuda para derrotar a la Sombra y a quienes se han aliado con ella.

Daradoth y los demás expusieron someramente lo ocurrido en la Federación, la nueva cancillería de Ilaith, la guerra civil entre los príncipes y la campaña iniciada contra Robeld, además de una ligera explicación sobre Luz y Sombra, mencionando las peligrosas dagas negras que el marqués ya conocía. Alexadar escuchó con una mezcla de sorpresa y preocupación.

—Necesitamos a los demás Grandes —dijo finalmente Armen—. ¿Qué sabéis de ellos?

—Poco. Mi situación me ha mantenido aislado. Pero las noticias que llegan de Estigia no son buenas.

—¿Qué ha ocurrido con Woderyan? —preguntó Armen.

Alexadar dudó antes de responder.

—El duque Estigian ha sido arrestado por los caballeros Argion.

Un silencio repentino se apoderó de la estancia.

—¿De qué se lo acusa? —preguntó Daradoth.

—Alta traición, connivencia con Robeld de Baun y otros cargos. Dicen que existen pruebas sólidas. Lo trasladaron a Arwex hace varios días.

—No lo creo —dijo Armen—. Woderyan jamás habría conspirado con Robeld.

—Yo tampoco —coincidió Alexadar—. Pero la acusación nos coloca en una posición terrible. Si los Argion condenan a uno de los Grandes por haber mantenido contactos ambiguos, ningún otro noble se atreverá a moverse. Y si lo absuelven sin una explicación convincente, Robeld afirmará que la Orden protege a los traidores.

—Robeld no necesita que Estigian sea culpable —dijo Symeon—. Le basta con que todos discutamos mientras él decide qué es verdad en nombre de la reina.

Alexadar asintió.

—Exactamente. Aunque vuestra aparición cambia la situación, majestad. Ahora podéis desmentir sus palabras.

Armen se puso en pie.

—Entonces debemos dirigirnos a Arwex cuanto antes. Pero no iremos solos. Necesitamos reunir a todos los aliados que podamos por el camino.

Alexadar volvió a arrodillarse.

—Os acompañaré, majestad.

—¿Y vuestra marca?

—Mi hijo y mi sobrino pueden mantener unidos a los hombres que quedan. Mi lugar está junto a vos. Además, antes de llegar a Arwex quizá podamos conseguir el apoyo de Aleyre Shotald. Si alguien puede ayudarnos a presentar un frente común ante los Argion, es ella.

Armen miró a sus compañeros.

Usturna había muerto. Robeld reclamaba la corona. Estigian estaba preso y la Orden Argion se disponía a juzgar a uno de los hombres más poderosos del reino.

Pero por primera vez desde su liberación, la reina de Esthalia volvía a tener a uno de sus Grandes arrodillado ante ella.

—Partiremos cuanto antes —sentenció.

 

domingo, 5 de julio de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 27

Juramentos y Cenizas

La reunión en Gwartan continuó durante largo rato después de que Armen e Ilaith hubieran aceptado, con todas las cautelas posibles, colaborar en la liberación de Esthalia. Afuera, en las calles de la ciudad recién tomada, la victoria reciente se mezclaba con el olor acre de madera quemada, sudor, barro y metal. Dentro de la mansión que Ilaith había convertido en centro de mando, el ambiente era solemne.

Sobre la mesa se extendían varios mapas. Esthalia aparecía dividida en líneas de avance, fortalezas marcadas, regiones en disputa y nombres demasiado cargados de historia: Rheynald, Usturna, Arwex, Strawen, Estigia, Gwartan. El reino de Armen era ya un cuerpo abierto, y cada decisión prometía cerrar una herida a costa de abrir otra.

El Reino de Esthalia

 Aldur fue el primero en romper el tono prudente de la conversación.

—Me parece bien todo lo que decís sobre Usturna —dijo, con la voz grave y contenida—, pero yo no voy a abandonar a los fieles emmanitas a su suerte.

Ilaith lo miró con una mezcla de respeto y dureza.

—No quiero sonar brusca, hermano Aldur, pero no voy a enviar tropas a una ciudad que quizá ya no exista.

La frase cayó con peso entre todos.

Symeon, que había contemplado la representación onírica de Usturna, guardó silencio durante un instante antes de hablar. La imagen del bosque muerto seguía viva en su memoria: troncos sin hojas, ramas secas, ausencia de vida, y aquella sensación de que algo no había muerto, sino que estaba siendo borrado.

—El problema de Usturna no es solo la muerte —dijo al fin—. Es la nada. Todo lo que esa mancha alcanza deja de ser. Si enviamos hombres sin saber qué ocurre allí, quizá no salvemos a nadie y perdamos a muchos más.

—Si no hacemos nada —respondió Aldur—, nos pondremos al nivel de los paladines de Emmolnir, de brazos cruzados mientras otros sufren.

Galad bajó la mirada. Aquellas palabras le tocaron en lo profundo de su ser más de lo que habría querido admitir. También él pensaba en los fieles emmanitas de Usturna, en los perseguidos, en los que quizá se habían refugiado esperando una ayuda que nunca llegaría. Pero también pensaba en la espada, en la mancha de inexistencia, en el horror que habían desatado.

—No podemos precipitarnos —dijo—. Que haya gente sufriendo no significa que podamos salvarla lanzándonos a morir. La Sombra ataca en mil lugares a la vez. Mueren paladines, mueren seguidores de Emmán y muere gente que ni siquiera conoce su nombre. Precisamente por eso no podemos desperdiciar nuestras vidas.

Aldur apretó la mandíbula.

—Yo no he dicho que vayáis todos. He dicho que yo volveré.

Yuria lo miró con severidad.

—Perfecto. Vuelve. Pero no esperes que te diga que eso es sensato.

La tensión creció durante unos segundos. Aldur no se movió. Galad sintió el impulso de reprenderlo, de abrazarlo o de suplicarle que no se dejara arrastrar por aquella culpa. No hizo ninguna de las tres cosas.

—Si Emmán te ha devuelto a nosotros —dijo Symeon, más bajo, contemporizando—, tal vez no sea para que caigas por una ciudad condenada. Quizá sea para que salves algo mucho mayor.

Aldur no respondió. Se apartó de la mesa y salió de la tienda, llevando consigo su dolor y su obstinación.

Armen, que había seguido el intercambio con atención creciente, esperó a que la lona de la entrada volviera a caer.

—Espero que podáis controlar a vuestro hermano —dijo, sin dureza, pero con preocupación evidente—. Para mí ahora la prioridad es Arwex. —Pronunció el nombre con un matiz distinto. Ya no era solo una fortaleza. Era una esperanza—. Creo que mi hijo puede estar allí —continuó—. Retenido, protegido, escondido... no lo sé. Pero es la última posibilidad razonable. Además, si conseguimos el favor de los caballeros Argion, tendremos medio reino ganado.

—¿Y si su favor ya está comprometido? —preguntó Daradoth.

Armen respiró hondo.

—Los Argion tienen tres juramentos. Silencio sobre los asuntos del reino. Lealtad absoluta al trono, no al rey. Y compromiso contra toda traición y herejía. El trono no es Randor. Tampoco soy solo yo. El trono es Esthalia. Si consigo que lo recuerden, quizá todavía podamos salvar algo.

Ilaith escuchaba con los dedos entrelazados, sin intervenir demasiado. Sus ojos iban de Armen a los mapas, de los mapas a Yuria, de Yuria a Daradoth.

—Entonces habrá que moverse deprisa —dijo al fin—. Pero no solo hacia Arwex. Si queréis recuperar Esthalia, majestad, no bastará con que la Orden os escuche. Necesitáis a los antiguos Grandes del Reino.

Armen asintió.

—El marqués de Strawen. El duque Estigian. Los demás, si aún pueden ser alcanzados. Randor podrá haberles quitado sus títulos, pero para mí siguen siendo Grandes del Reino.

—Enviar pájaros sería lo más rápido —sugirió Ilaith.

Armen negó con la cabeza.

—No harían caso. No como deben. Sería mejor enviar mensajeros en persona, y preferiblemente, nobles.

Yuria, que llevaba un rato examinando los mapas con la mirada de quien no ve nombres sino distancias, suministros y ángulos de ataque, señaló el Empíreo.

—O podemos usar el dirigible. No hay medio más rápido ni más seguro para llevar emisarios de peso.

Armen e Ilaith se volvieron casi al mismo tiempo hacia Daradoth, como si ambas esperaran que el elfo terminara inclinando el tablero hacia uno u otro lado. Daradoth sintió con claridad el peso de aquella doble atención. No era solo política. Era la Vicisitud, el eco de esa fuerza que los había arrastrado a todos, de un modo u otro, hacia la causa de la Luz.

—Debemos recuperar Esthalia cuanto antes —dijo Daradoth—. Y el Empíreo es una ventaja demasiado importante para no usarla. Si no utilizamos las ventajas de que disponemos, ¿para qué las tenemos?

—El Empíreo correrá riesgos —advirtió Ilaith.

—Todo corre riesgos ya.

Armen apoyó una mano sobre el mapa.

—Yo no me quedaré aquí cruzada de brazos mientras mi hijo puede estar en Arwex.

—Bien, no creo que podáis encontraros en un lugar más seguro que con nosotros —respondió Galad.

Eso zanjó la cuestión, al menos por el momento. Arwex sería el destino. Pero antes debían descansar, reparar lo que aún pudiera repararse y entender mejor el estado de un continente que parecía resquebrajarse por todas partes.

Aquella noche, Daradoth estableció contacto con los elfos del Vigía. La conversación con Irainos no trajo alivio. Desde el lejano norte llegaban rumores inquietantes: exploradores de las regiones cercanas al Cónclave del Dragón hablaban de enormes sombras que se movían con la nieve. Las primeras nevadas habían caído ya sobre las estepas de Mágléria y las tierras fronterizas, pero no eran nevadas normales. Algo parecía deslizarse dentro de ellas, oculto en el blanco, acompañado por fenómenos que nadie sabía interpretar.

—Las tropas enemigas están contenidas por ahora —le comunicaron—. Hay una calma tensa. Pero quizá solo sea la calma que precede a la tormenta.

Daradoth compartió la noticia con los demás. Otro frente. Otra amenaza. Otro fuego en un horizonte que ya ardía demasiado.

Esa misma noche, Galad rezó, pidiendo el favor de Emmán.

No pidió victoria ni gloria. Como otras veces, pidió una visión. Quería saber qué había ocurrido con el hijo de Armen en la noche de la emboscada.

El sueño acudió de manera fragmentaria y terrible. Un niño caía en un abismo. Tres o cuatro brazos descendían hacia él, intentando alcanzarlo. Luego otras manos, surgidas de la oscuridad, apartaban a las primeras. Una sola mano conseguía aferrarlo. Todo se detenía entonces, justo antes de revelar si aquella mano lo salvaba o lo arrastraba hacia una caída distinta.

Al despertar, Galad no supo qué era peor: ignorar el destino del muchacho o saber que alguien lo había tomado.

La mañana siguiente, mientras Yuria, Armen e Ilaith revisaban la situación logística, la crudeza de la guerra volvió a imponerse sobre cualquier consideración moral. Las tropas de la Federación avanzaban deprisa, pero un ejército no se alimentaba con legitimidad ni con juramentos. Hacían falta grano, rutas seguras, barcos, salarios, herraduras, tela, madera, aceite, medicina. Hacía falta dinero.

Y el dinero llevaba a las minas.

Durante demasiado tiempo habían aplazado aquel problema. Las minas que debían sostener parte del esfuerzo de la Federación estaban afectadas por fenómenos extraños. Los informes hablaban de mineros apáticos, melancólicos o violentos; de sueños perturbados; de fallos constantes en la maquinaria; de una producción cada vez menor. Si aquello seguía así, Ilaith podría ganar batallas y aun así perder la guerra por hambre, impagos y descomposición del abastecimiento.

Yuria estudió rutas, columnas y tiempos con una precisión que hizo callar incluso a los oficiales más veteranos. Señaló pasos, posibles emboscadas, líneas de suministro vulnerables y formas de retrasar a las fuerzas enemigas que descendían desde el norte. Ilaith la observaba con una mezcla de orgullo, interés y cálculo. En aquella guerra, Yuria no era solo una aliada: era una herramienta estratégica de primer orden.

Pero mientras los generales hablaban de víveres y legiones, Daradoth pidió hablar a solas con Ilaith.

La encontró en un momento de breve descanso, aunque en ella el descanso rara vez parecía real. La Canciller tenía la mirada cansada y el gesto atento, como si incluso en reposo siguiera calculando distancias y consecuencias.

—Mi señora, os pido que seáis honesta. ¿Qué planes tenéis para Aredia? —preguntó Daradoth.

Ilaith no fingió no entender.

—Dirigir la causa de la Luz —respondió—. Al menos en lo que a los humanos respecta.

—Eso ya lo habíamos hablado. Pero imagino que os habéis dado cuenta de que la reina Armen quizá no esté de acuerdo. Y con los demás reyes o líderes de otros países pasará lo mismo. ¿Cómo pensáis gestionarlo?

—Con vuestro apoyo, por supuesto.

Daradoth sostuvo su mirada.

—No podéis utilizar mi posición para conseguir poder sobre el resto. Podéis intentarlo, pero yo no puedo permitirme perder futuros aliados por una guerra interna sobre quién va a liderar a los humanos.

Ilaith no se ofendió. Al contrario, pareció complacida de que la conversación llegara por fin al lugar que ambos habían estado evitando.

—Mi intención es proclamarme emperatriz —dijo, totalmente sincera.

No lo dijo con grandilocuencia, ni con vergüenza. Lo dijo como quien expresa una conclusión estratégica.

—Es la única forma que veo de derrotar a la Sombra —continuó—. Un mando unificado, fuerte, capaz de coordinar reinos que, de otro modo, se devorarían entre sí mientras el enemigo avanza. La Federación ya está bajo mi mando. Sermia, en la práctica, también se ha situado bajo mi liderazgo. Ercestria tendrá que escuchar. Esthalia será decisiva.

—Una cosa es vuestro deseo —replicó Daradoth— y otra que el resto de Aredia lo acepte.

—Por eso contaba con vos. Encabezaréis a los elfos y avalaréis mi candidatura, igual que en la última gran alianza con el Imperio Trivadálma.

Daradoth entrecerró los ojos.

—Sabéis que me considero con potestad para hablar de los elfos, pero no hablo en nombre de todos ellos. He sido cristalino con vos en eso.

—Y confío en vuestra palabra.

—Precisamente por eso deberíais hablar con Armen ahora. Antes de que recupere Esthalia. Si la ayudamos a reunir a los Grandes del Reino, a recuperar a su hijo y a levantar un ejército fuerte, luego se sentirá con poder para trataros de igual a igual. Y entonces saltarán chispas.

Ilaith guardó silencio.

—¿Puedo contar con vos como garante? —preguntó al fin.

—Con mi apoyo, sí. Pero no en una imposición.

—En absoluto. No quiero subordinados temerosos, sino seguidores convencidos. Nunca forzaría a Armen a hincar la rodilla, quiero que jure con convencimiento. Entonces, reunamos al resto.

El encuentro que siguió fue menos solemne y mucho más áspero. Daradoth, Galad, Symeon y Yuria escucharon cómo Ilaith exponía, sin rodeos, su ambición imperial. No quería tributos ni homenajes vacíos. Quería autoridad. Quería que, llegado el momento, si había que desplazar tropas esthalias a otra región de Aredia, Armen aceptara hacerlo por el bien de una guerra mayor. Quería evitar que los reinos humanos actuaran como piezas sueltas mientras la Sombra los rodeaba. Y que sus "vasallos" comprendieran sin ningún atisbo de duda que ella era la mejor opción y la más válida para liderar las fuerzas humanas de la Luz.

Yuria fue la más favorable a comprenderla. Veía en Ilaith a una líder capaz, preparada, informada y dispuesta a tomar decisiones que otros no se atreverían ni a formular. Pero Galad y Symeon insistieron en que la Luz no podía actuar como la Sombra. No podían imponer obediencia bajo el disfraz de salvación, insistiendo en ello aunque Ilaith ya lo había expuesto. Si Armen aceptaba, debía hacerlo porque creyera de verdad que la Canciller era la mejor opción, no porque se sintiera acorralada, agradecida o manipulada.

—Debemos hacerle ver que la Luz no impone —dijo Galad—. La Sombra obliga. Nosotros no deberíamos hacerlo.

—Pero la Luz también necesita decidir —respondió Ilaith—. Si cada reino conserva su orgullo intacto y actúa por separado, perderemos todos.

La discusión giró durante un rato en torno a palabras: emperatriz, liderazgo, pacto de fidelidad, alianza, obediencia, coordinación. Ninguna parecía limpia. Todas arrastraban un peligro.

Al final acordaron hablar con Armen.

La reina acudió acompañada por la dignidad que parecía recomponerse en ella a cada hora que pasaba. Todavía había cansancio en sus ojos, pero también una nueva firmeza. Había sido secuestrada, manipulada, humillada en lo más íntimo de su voluntad. Y, sin embargo, no se había quebrado; allí estaba.

Antes de que Daradoth planteara el asunto central, Ilaith sacó un objeto y lo depositó sobre la mesa.

Era una banda o diadema sencilla, adornada con una pieza oscura que no parecía exactamente una gema. Su superficie absorbía la luz de una forma extraña, como si estuviera hecha de piedra volcánica, metal opaco o un material que no perteneciera del todo al mundo común.

—Majestad —dijo Ilaith—, me gustaría que aceptarais este presente. Es kregora. No es infalible, pero os ayudará a resistir ataques sobrenaturales e influencias como la que sufristeis con Selene.

Armen miró el objeto con cautela.

—¿Hubiese evitado lo que me ocurrió?

—Tal vez no por completo —respondió Ilaith—. Pero os habría ayudado.

Galad asintió con gravedad.

—Ponéosla, majestad. Y no dejéis de llevarla.

Armen tomó la diadema y se la colocó. Durante un instante pareció sentirse incómoda bajo el peso simbólico del regalo. Luego levantó la cabeza.

—Gracias. Pero presiento que no me habéis llamado solo por esto.

Daradoth tomó la palabra.

—Majestad, Aredia se encuentra en una situación gravísima. Y empeorará. Necesitamos que todas las fuerzas de la Luz se unan y combatan juntas, sin importar origen, raza o credo. Tendremos que hacer alianzas que, en circunstancias normales, quizá jamás consideraríamos. Y para que eso funcione hace falta un liderazgo claro.

Mientras hablaba, la Vicisitud se tensó.

Todos notaron el familiar tirón metafísico en el vello de sus nucas.

No fue un hechizo, ni una orden, ni una coacción en el sentido vulgar de la palabra. Fue algo más profundo y difícil de resistir: una corriente invisible que hacía que las palabras parecieran más verdaderas, que el aire se volviera más denso, que las luces de la tienda brillaran con más fuerza y las sombras se recortaran con una nitidez casi insoportable. La estancia pareció más grande de lo que era. Como si no estuvieran solo en la estancia de una mansión, sino en el centro de un acontecimiento destinado a dejar marca.

Armen miró a Daradoth. Luego a Ilaith. Su respiración se agitó ligeramente.

—¿Qué queréis decir exactamente?

Daradoth no esquivó la respuesta.

—Que Lady Ilaith debe liderar esta guerra. La Federación se ha transformado bajo su mando. Sermia, la reina Irmorë, actúa ya bajo su liderazgo. Vos sois, o seréis, la representante legítima de Esthalia. Pero si cada poder actúa por separado, fracasaremos. Queremos conocer vuestra opinión.

Armen sostuvo la mirada de Ilaith.

—¿Me pedís que hinque la rodilla?

—No —respondió Daradoth antes de que Ilaith pudiera hacerlo—. No deberíais hincar la rodilla ante nadie. Sois reina. No hablamos de impuestos ni de despojaros de vuestro reino. Hablamos de tropas, de decisiones estratégicas, de sacrificios. Puede llegar un momento en que, por el bien de toda la guerra, haya que pedir a Esthalia algo terrible. Abandonar una región, desplazar fuerzas lejos, aceptar una pérdida para evitar una catástrofe mayor. En esos momentos debe haber una persona que decida con visión global. Creemos que esa persona es Ilaith.

Armen giró lentamente hacia Galad.

—Vos sois el brazo de Emmán.

Galad sintió el peso de esa frase con una incomodidad casi física.

—Así me consideran algunos —respondió—, aunque otros no quieran aceptarlo.

—¿Estáis de acuerdo con esto?

El paladín no respondió de inmediato. Pensó en Usturna, en Rheynald, en los Inmaculados, en los paladines de Emmolnir que quizá apoyaban a Randor. Pensó en Ilaith, en su ambición y en su lucidez. Pensó en Armen, en el hijo perdido y en la dignidad de una reina que apenas acababa de recuperar su propia alma.

—Creo que la Sombra está arraigando en Esthalia —dijo al fin—. Y, al igual que Daradoth y todos los presentes, creo que necesitamos una dirección clara para combatirla. No os digo que debáis someteros por gratitud. Solo que, si aceptáis, debe ser porque lo veis como la mejor opción.

Ilaith intervino entonces, con voz más suave de lo habitual.

—No os pido nada a cambio de lo que estoy haciendo. Liberar a vuestro hijo, si está cautivo, y ayudaros a liberar Esthalia no depende de vuestra respuesta. Lo haré por la Luz, no por una cadena de favores. Si aceptáis mi liderazgo, debe ser por voluntad propia.

Aquello pareció afectar a Armen más que cualquier argumento. La reina miró a Ilaith durante largo rato. Entre ambas mujeres pasó algo que ninguno de los presentes pudo traducir del todo: admiración, recelo, reconocimiento, cálculo.

—Sois una de las pocas personas a las que empiezo a admirar —dijo Armen al fin—. Si esto es así, tenéis mi lealtad y mi afecto. Y mi fidelidad.

Ilaith no sonrió, pero sus ojos se iluminaron.

—Entonces...

—Pero os pido una cosa —la interrumpió Armen—. No puedo hacer un juramento público. No todavía. Si los Argion, los Grandes del Reino o mis enemigos supieran que he declarado fidelidad a un poder exterior antes de recuperar Esthalia, jamás lograríamos unir el reino. Sería fatal.

—Por supuesto —aceptó Ilaith—. Contaba con ello.

Armen apoyó una mano sobre el pecho. Yuria, Symeon, Galad y Daradoth sintieron vértigo ante el remolino metafísico que los envolvió de repente, y que solo ellos podían percibir.

—Por mi honor y por la esperanza que albergo de renacer en Emmán, hago voto de que, cuando Esthalia vuelva a estar bajo mi autoridad, formalizaré este juramento.

La Vicisitud se aquietó poco a poco. Las luces recuperaron su tamaño natural. La tienda volvió a ser una tienda. Pero todos sabían que algo había cambiado.

Había nacido un imperio que todavía no podía pronunciar su propio nombre.

La reunión concluyó mejor de lo que muchos habían esperado. Quizá demasiado bien. Nadie ignoraba que el tirón metafísico había favorecido aquel acuerdo, aunque tampoco podían asegurar que Armen no hubiera llegado a la misma conclusión sin él. Las circunstancias la empujaban en esa dirección: estaba sola, su hijo desaparecido, su reino fracturado, su legitimidad amenazada y la Sombra enraizada en Esthalia.

Pero el éxito de la conversación no trajo paz al grupo.

Al contrario.

Cuando se quedaron a solas, surgió un asunto que llevaba tiempo aguardando bajo la superficie: los gemelos de sangre imperial, aquella otra carta oculta en el tablero de Aredia. Si Ilaith pretendía proclamarse emperatriz, ¿debía conocer la existencia de posibles herederos vinculados a la antigua legitimidad Trivadálma? ¿Era una información que podía ayudarla, permitiéndole protegerlos, unirlos a su causa o incluso convertirlos en instrumento de una alianza? ¿O podía ponerlos en peligro, transformándolos en obstáculos para una mujer que acababa de confesar su deseo de liderar toda Aredia humana?

Yuria defendió que ocultar algo así a Ilaith era una forma de traición. Para ella, la Canciller había demostrado, una y otra vez, que actuaba con honor y visión. No había masacrado a sus enemigos cuando podía hacerlo. No había destruido a los príncipes comerciantes que se le opusieron; los había integrado, convencido o neutralizado políticamente. Había apostado su poder, sus recursos y su futuro por una guerra que no le habría hecho falta librar si hubiese preferido enriquecerse desde Tarkal.

—No podemos pedirle confianza si le ocultamos una carta así —dijo Yuria—. Si de verdad creemos que está con la Luz, debemos tratarla como aliada.

Symeon no compartía esa seguridad.

—Una cosa es confiar —replicó— y otra poner en sus manos la vida de personas que pueden convertirse en amenazas para su ambición. Ilaith quiere ser emperatriz. Nos lo acaba de decir. Si sabe que existen otros con un derecho simbólico mayor, quizá no los mate, pero los controlará, los presionará, los usará.

Galad fue todavía más duro. No acusaba a Ilaith de maldad, pero veía con creciente preocupación la devoción de Yuria hacia ella.

—La miras como si no pudiera equivocarse —dijo—. Como si su ambición fuera siempre virtud porque está al servicio de la Luz. Pero sigue siendo ambición.

Yuria se tensó.

—No la estoy adorando. Estoy siendo honesta con alguien que nos ha apoyado desde el principio.

—Y nosotros te estamos pidiendo que no se lo digas —respondió Galad—. Si aun así lo haces, estarás confiando más en ella que en nosotros.

Aquello abrió una grieta mucho más íntima que cualquier desacuerdo estratégico. No era solo Ilaith. Era la confianza dentro del propio grupo. Qué podía ocultarse, cuándo, por qué, y a quién. Symeon había guardado secretos antes. Daradoth no siempre decía todo lo que sabía. Galad tenía sus propios abismos. Pero ahora, con el proyecto imperial de Ilaith sobre la mesa, cada silencio parecía más peligroso.

La discusión no terminó con una decisión clara. Terminó, más bien, con cansancio, resentimiento y una certeza desagradable: la Luz también podía fracturarse desde dentro.

Antes de partir, Daradoth pidió hablar a solas con Armen. Quería saber cómo se sentía después de la conversación con Ilaith, si se había sentido forzada, si la Vicisitud la había arrastrado más allá de su voluntad.

La reina lo recibió con una serenidad que no parecía fingida.

—Me siento bien —dijo—. Abrumada, quizá. Pero creo que era necesario.

—No quiero que penséis que os hemos impuesto nada.

—No soy tan fácil de imponer, lord Daradoth.

El elfo aceptó la corrección con una leve inclinación de cabeza.

—Entonces permitidme deciros algo más. Puede llegar un momento en que os pidamos sacrificios terribles. Poner en riesgo vuestra tierra, desplazar tropas, abandonar una región para salvar otra. No lo haremos por dañar Esthalia ni por reducir vuestra fuerza. Si ocurre, será porque creemos que es necesario contra enemigos que superan todo cuanto conocíais. Y lo tendréis que hacer, pues vuestro juramento os vinculará a Ilaith para siempre.

Armen escuchó sin apartar la mirada.

—Eso son las guerras —respondió—. Nada que no sepa ya. Pero ahora necesito contactar con los Grandes del Reino. Para mí siguen siéndolo, aunque Randor les haya arrebatado títulos y honores. Necesito poner Esthalia en pie otra vez.

—Eso queremos también nosotros.

Daradoth señaló entonces la diadema de kregora.

—No dejéis de llevarla. Nunca. Ni siquiera mientras dormís, si podéis evitarlo.

—¿Tan importante es?

—Lady Ilaith salvó su vida gracias a un objeto semejante. Evitó ser poseída por un kalorion. Y lo que os hizo Selene no será el último intento de quebrar vuestra voluntad.

Luego, tras una breve vacilación, Daradoth se subió la pernera y mostró la herida de su muslo. La vieja lesión seguía allí, oscura, obstinada, como si el cuerpo se negara a reconocerla del todo.

—Esto me lo hizo una daga negra como la que vos custodiabais. Una kothmor. Galad puede sanar heridas mediante el poder de Emmán, pero esta no se cierra como debería. Estas son las cosas de las que hablamos cuando decimos que nos enfrentamos a algo más que una guerra humana.

Armen palideció ligeramente.

—Entonces, esa daga...

—Es un artefacto maligno. La propia Sombra. Y si Robeld, Selene o el Brazo Oscuro la conservan, sigue siendo una amenaza.

—Si es que siguen vivos —murmuró Armen.

Nadie respondió a eso. La esperanza de que la nada de Usturna hubiera devorado también a sus enemigos era demasiado tentadora para ser fiable.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, el Empíreo fue reparado por completo. Yuria no se conformó con devolverlo al estado anterior: supervisó refuerzos, revisó líneas, ordenó ajustes y consiguió que se instalara un arpón en proa con giro amplio, además de defensas de madera que pudieran elevarse o bajarse según la situación. No era una fortaleza volante, pero estaba mejor preparado para sobrevivir a otro encuentro con horrores alados.

Mientras tanto, Aldur insistía en Usturna. No de forma teatral, sino constante, como una oración repetida. No podían dejar a los fieles allí. No podían aceptar que una ciudad entera hubiera sido condenada sin siquiera mirar atrás.

Al final decidieron acercarse a la ciudad.

No con todo el peso de la fuerza principal, ni con tropas, ni con intención de entrar en la ciudad a ciegas. Usarían el Surcador, que Ilaith seguía usando como su medio de transporte principal, para una exploración rápida mientras el Empíreo terminaba de quedar listo. Pero antes de eso, Symeon quiso observar otro lugar que amenazaba con devorar sus planes: las minas.

Entró en el Mundo Onírico con cautela, ocultando su presencia todo cuanto pudo. El viaje no fue sencillo. Ya no podía moverse por aquel ámbito como antes, y cada salto le recordaba que, en los sueños, las distancias no eran solo distancia. Al aproximarse a la región de las minas, percibió una presencia colosal.

Allí estaba.

Otra criatura inmensa, tentacular, cubierta de incontables ojos o de algo que la mente de Symeon interpretó como ojos porque necesitaba algún nombre para el horror. Grande como una montaña, o como una ciudad agazapada en el sueño. No gritaba como la criatura de Usturna, pero su mera presencia deformaba el ámbito onírico a su alrededor.

Symeon se mantuvo lejos.

Buscó otras presencias. Al principio solo obtuvo fogonazos, destellos breves que desaparecían como luciérnagas cubiertas por una mano. Insistió. Entonces percibió dos grupos, ambos al sur de la criatura, a varios kilómetros de distancia. Varias presencias en cada uno, quizá tres, quizá más. Estaban ocultas, observando o esperando. No pudo saber si vigilaban a la criatura, si la controlaban, si la temían o si buscaban lo mismo que ellos.

Aquello bastó, y Symeon regresó sin acercarse más.

—La criatura sigue allí —informó a los demás—. Y no está sola. Hay grupos ocultos cerca. No sé quiénes son. No sé si la vigilan, si la atraen o si pretenden llegar a algo que hay en las minas. Pero si esa cosa permanece allí, es porque algo la retiene. Algo está transgrediendo la realidad, como ocurría con las pirámides o con nuestras intervenciones más peligrosas.

La conversación derivó hacia viejos temores: las estructuras antiguas, los experimentos de la Era Legendaria, los elfos desaparecidos, los objetos que podían llamar a criaturas del sueño. Si en las minas había una pirámide, un nexo o una herida semejante, tal vez pudieran cerrarla. Pero hacerlo implicaría aproximarse a una criatura capaz de quebrar la mente de los durmientes y quizá algo más.

Esa noche, Symeon habló con Nirintalath.

Le explicó lo que había visto y la posibilidad de tener que acercarse físicamente a las minas. Le dijo también que, si percibía peligro para ella, se alejaría de la zona aunque eso significara dejar atrás a los demás durante un tiempo.

La Espada del Dolor lo miró desde su forma de muchacha verdemar, con esa mezcla de fragilidad y abismo que siempre hacía difícil recordarla como arma.

—Tu deseo de protegerme es loable —dijo—. Pero hay un fin mayor.

—Lo sé. Y aun así, si veo el menor riesgo para tu integridad, te apartaré.

—Acércame cuando llegue el momento.

Symeon no prometió obedecer.

El Surcador partió al anochecer, elevándose lo suficiente para evitar miradas indiscretas. El viaje hacia el norte fue tenso y frío. Desde las alturas, Esthalia parecía un territorio desfigurado por cicatrices: caminos vacíos, aldeas con humo apagado, campos sin cosechar, fortalezas que ya no respondían al mismo señor que semanas atrás.

Antes de aproximarse físicamente a Usturna, Symeon volvió a entrar en el sueño.

Desde una elevación onírica contempló la representación de la ciudad. El bosque muerto seguía allí, pero ahora distinguió pequeñas llamas blancas, débiles, dispersas, como velas consumiéndose a gran distancia. No ardían con fuerza. Se desvanecían. Symeon comprendió lo que eran, o creyó comprenderlo: restos de presencias, vidas debilitadas, personas que todavía no habían desaparecido por completo.

Cuando despertó, su rostro bastó para que los demás supieran que las noticias no eran buenas.

—Todavía hay algo —dijo—. Llamas blancas, muy débiles. Como personas desvaneciéndose. Si quedan supervivientes, no tienen mucho tiempo.

Aldur cerró los ojos. Galad apretó los dientes.

El Surcador continuó acercándose. A media tarde, Usturna apareció al fin bajo ellos.

No parecía una ciudad conquistada.

Parecía una ciudad muerta.

Desde la distancia, sus calles estaban vacías. No había humo vivo en los hogares, ni movimiento en las plazas, ni actividad en el puerto. Al aproximarse más, el olor llegó incluso hasta la nave: carne muerta, animales reventados por la descomposición, agua estancada, enfermedad. La ciudad entera despedía el hedor de algo que había caído de golpe y había quedado abandonado al sol.

Con los catalejos, vieron cadáveres en las calles. No unos pocos. Muchos. Demasiados. Algunos yacían cerca de puertas abiertas, otros en mitad de caminos, otros junto a carros detenidos, o sobre ellos. En los campos cercanos distinguieron un carro de granjero que jamás había llegado a la ciudad: el hombre seguía sentado con las riendas en las manos, muerto; los bueyes habían caído delante, todavía uncidos; las gallinas aparecían dispersas, también sin vida.

No había sido solo el sueño.

Lo que había ocurrido en Usturna había alcanzado el mundo despierto.

—Es como en el campamento errante —murmuró Symeon—. Los gritos. El sueño. La muerte extendiéndose.

Aldur lloró en silencio.

Galad no supo qué decirle. Ninguno de los argumentos de los días anteriores servía ya para nada ante aquella visión. La prudencia seguía siendo necesaria, pero la prudencia no consolaba a los muertos.

Se acercaron con extremo cuidado a la ciudadela y a las casas solariegas de los alrededores, sin descender todavía. Daradoth, con la mirada aumentada por sus instrumentos, localizó una propiedad rodeada por un muro. En el centro se levantaba una casa noble menor, quizá de algún terrateniente o servidor de la ciudad. En un espacio despejado cercano, algo llamó su atención.

—Una cruz —dijo.

Al principio pensó que alguien la había dibujado. Luego comprendió que no. Eran restos quemados: matojos, ramas o haces de paja dispuestos deliberadamente en forma de cruz, consumidos ya, pero todavía reconocibles desde el aire por quien supiera mirar.

Una señal.

Una llamada.

—Tenemos que bajar —dijo Galad.

El Surcador descendió con lentitud. Nadie habló durante la maniobra. Las armas fueron revisadas, las protecciones invocadas, las miradas dirigidas una y otra vez hacia las calles muertas de Usturna y hacia la ciudadela donde la mancha de inexistencia había abierto su herida.

Cuando tocaron tierra cerca de la casa, lo primero que vieron fueron varias personas arrodilladas. Parecían haber estado rezando. Algunas habían caído hacia delante; otras permanecían ladeadas, como muñecos abandonados por una mano cruel. La cruz quemada seguía allí, muda, desesperada, apuntando al cielo desde una ciudad que ya no sabía pedir ayuda de otra forma.

Y entonces comprendieron que Usturna no había terminado de morir.

Todavía quedaba algo.

Y por eso mismo, quizá, el horror tampoco había terminado.