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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

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jueves, 19 de abril de 2012

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 20

Acuerdo con los tribunos. Elena Geroclea.

Cneo Sulpicio Germánico
La cara de preocupación de Tito Cornelio convenció a Cayo Cornelio cuando el primero le pidió que pasearan juntos por el exterior del campamento para evitar oídos indiscretos. El tribuno se había convencido de la conveniencia de revelar lo que sabía a Cayo por sus últimas acciones, por las palabras del prefecto Apio Herminio y por la certeza de que Tiberio Julio era algo más que un simple médico. Para sorpresa -o no tan sorpresa- del legado, Tito habló de una "guerra en la sombra" que estaba teniendo lugar a su alrededor, más allá del entendimiento mundano, y que implicaba a los propios dioses. Según explicó, él tenía varios contactos en Mogontiacum y otros núcleos de población, algunos de ellos de la gens Cornelia más antigua, y colaboraba a requerimiento de los sacerdotes. Tales contactos no eran otra cosa que teúrgos de la rama Cornelia de Júpiter y por lo que pudo deducir Cayo, también teúrgos de los cultos de Marte y de Vulcano. Los teúrgos habían dedicado gran parte de los últimos meses a localizar los Caern germanos, sus lugares sagrados, intentando anularlos o destruirlos. Sin embargo, hacía unas pocas lunas que habían llegado nuevos enemigos a escena, de los que poco sabían, excepto que estaban intentanod utilzar los Caern de alguna forma y que muchos de ellos lucían armaduras azules muy resistentes y ajustadas; además, en ocasiones se hacían acompañar de extrañas sombras parecidas a la que se encerraba en la estatuilla de Tiberio. Tito también reveló que en las filas de la legión había otros colaboradores e incluso teúrgos que no dudarían en quitarle la vida si se enteraban de que había contado todo aquello, así que pidió la máxima discreción. Por supuesto, Cayo no tardó en compartir tales cofidencias con sus compañeros.

Más tarde tuvo lugar una reunión de Cayo con Lucio Mercio, Marco Linicio y con Cneo Sulpicio. Según palabras de Tito Cornelio, estos dos últimos eran los tribunos que más contactos tenían entre los germanos, y su colaboración sería fundamental para poder contactar con los bárbaros. El legado intentó ganarse el favor de ambos como ya había hecho anteriormente en alguna ocasión, pero la idea de reunirse a solas con los dos tribunos probó no ser demasiado buena y la conversación derivó en una casi violenta discusión. Antes de estropearlo todo irremediablemente, Cayo consiguió dar por terminada la reunión y dejarlo para una mejor ocasión.

Mientras tanto, Idara intentó averiguar más sobre Tito Cornelio siguiendo al tribuno en sus quehaceres, pero éste no dejó entrever nada sospechoso.

El día siguiente, Cayo Cornelio cambió de táctica y convocó juntos a todos los tribunos para tratar el estado de emergencia. Con sus dotes para el liderazgo se ganó a Vario Albino Balbo y a Quinto Marcio Melario. Marco Licinio Draco perdió los papeles en un momento dado, y tuvo que ser apaciguado por Cneo Sulpicio, que [pifia en carisma] por fin se mostró de acuerdo con el legado y lo respaldó en sus planes. Sulpicio sugirió contactar con los germanos Chatti, a cuya tribu pertenecía el poblado de Gameburg antes de que fuera arrasado, e intentar conseguir su colaboración contra los Tencteri , que sin duda eran los que estaban atacando el limes. Sulpicio se pondría inmediatamente a movilizar sus contactos.

Durante ese día y los siguientes empezó a llegar un goteo de huidos de los campamentos del limes. Algunos de los heridos, lucían muy mal aspecto: todo alrededor de los tajos y perforaciones sufridas se les habían puesto negras e hinchadas las venas y los capilares bajo la piel. A medida que pasaba el tiempo, la negrura se extendía. Parecía gangrena, pero no lo era. Tiberio Julio se aprestó a tratarlos lo mejor que pudo.

El día siguiente llegó una paloma con noticias del este. Los campamentos más orientales del Limes también habían sido atacados salvajemente y habían tenido que ser abandonados. Según Cneo Sulpicio, debía de tratarse de los germanos Hermunduri, que se habrían unido a los Tencteri. Contactaría también con sus hombres del este.

Cuando por la mañana Lucio Mercio se dirigió a reunirse con la esclava Kara donde ésta le había citado, no encontró a nadie. Cuando intentó averiguar su paradero, algún otro esclavo le informó que hacía tiempo que la mujer no aparecía por allí. Al decírselo a Tito Norbano, éste se mostró preocupado, y organizaron la búsqueda todo lo discretamente posible, pero sin resultado durante las siguientes jornadas.

Ese mismo día, Idara se encontraba rezando en el templo de Minerva junto a Claudia Valeria. Hacía varios días, desde que Tito Cornelio le había hablado a Cayo de los extraños aparecidos hace poco, que Idara le pedía a Minerva alguna revelación sobre sus enemigos, que parecían omnipresentes y poderosos en extremo. Y la diosa se la concedió por fin. Vio una caravana de carromatos, con hombres y mujeres de aspecto normal, pero todos ellos con al cara tapada por máscaras sonrientes en unos casos y tristes en otros. Entre los integrantes de la caravana, le llamó la atención una figura más pequeña que las demás, con el pelo canoso y apoyada sobre un bastón. La figura se giró hacia ella, mostrando una máscara plateada con gesto triste, y tras quedarse petrificada unos instantes, la señaló con el dedo. A continuación, unas palmadas en la mejilla despertaron a Idara de su inconsciencia. Cuando les contó a sus compañeros teúrgos su visión, ambos se mostraron confundidos, pero sin duda las máscaras indicaban algo relacionado con el teatro.

Casualmente, dos días después, alguien les informaba de una compañía de actores que llegaba a Mogontiacum. La preocupación de Idara fue mayúscula, y compartió con sus compañeros la visión que le había concedido Minerva. Por la noche fue a inspeccionar el campamento, teniendo buen cuidado de permanecer oculta. Sin embargo, se le puso el vello de punta cuando una anciana acompañada de una chica joven y rubia se detuvo en seco, se giró y miró fijamente hacia donde estaba ella. Idara salió corriendo, presa del temor, e insistió a sus compañeros en que había que acabar con aquella compañía teatral. La mayoría de sus componentes parecían griegos, incluida la anciana. Cayo y Lucio intentaron calmarla, y le dijeron que se encargarían por la mañana.

Esa misma noche, murieron dos de los heridos que habían llegado del limes con las heridas aparentemente gangrenadas. Y esa misma noche se levantaron sembrando el terror en el campamento. Las armas no parecían herirles, mientras ellos arañaban y mordían a todo el que se ponía por delante. Por suerte nadie resultó herido, y finalmente pudieron derrotarlos con fuego. Eran engendros generados por artes oscuras, sin ninguna duda, y a partir de entonces, decidieron quemar inmediatamente a todos aquellos que murieran a causa de heridas parecidas.

Por la mañana, Lucio partió al frente de una docena de legionarios para apresar a la anciana de la compañía e interrogarla. No opuso ninguna resistencia, y pidió ser acompañada por dos de sus nietos, Sofía y Heráclides. La muchacha era tan bella que turbó a Lucio, aunque no lo suficiente como para que no se diera cuenta de que la anciana llevaba un colgante con inscripciones idénticas a las del disco de Idara, y que de hecho parecía un fragmento de un disco prácticamente idéntico. Ya en el campamento, se reunieron en el pabellón de Cayo. Y sin ninguna resistencia, la anciana contestó a sus preguntas y les contó cuanto sabía, aunque en ocasiones de forma críptica. Su nombre era Elena Geroclea, nacida en Catsamba, un pueblo cerca de Cnossos, en Creta, hacía más de cien años. El colgante que llevaba había sido un regalo de su padre cuando todavía era muy pequeña, y según él, los símbolos que llevaba inscritos pertenecían al idioma de la antigua Atlántida; lo había encontrado en unas ruinas cerca de Cnossos. La mayoría de los presentes no conocía la leyenda platónica, y Geroclea la relató, enriquecida por historias de su padre. El símbolo de los círculos concéntricos partidos por la línea vertical no era sino el símbolo de la capital atlante, Atlantia, cuyo distrito más interior recibía el nombre de Telmapério. Relató la historia de la Estirpe de Oro y de cómo la Atlántida había caído en desgracia; también de cómo algunos de sus habitantes se salvaron refugiándose entre los humanos, haciéndose cada vez más poderosos y tiránicos. Aunque según le había contado su padre el último atlante había sido un rey de los Tartesios, en el sur de Hispania, Elena estaba segura de que todavía existían, por cosas que había visto a lo largo de sus muchos años; se había encontrado con Taumaturgos, y ella misma había aprendido algo de Areté de algunos filósofos; aquello la había llevado a relacionarse con gente que se movía en oscuros círculos y estaba segura de que en alguna ocasión había dado de refilón con algún fiel atlante. Quizá fuera por el Areté, no lo sabían, pero la anciana también mostraba ciertas dotes de videncia, y por eso había reconocido a Idara como la elegida de Minerva, incluso en la visión, identificó el destino de Lucio que lo abocaría a la muerte, y pudo percibir que Cayo había sido atacado por un atlante maldito en el pasado.

Era bien entrada la tarde cuando la anciana acabó de relatar sus historias, y al salir de su asombro, ordenaron a los esclavos traer algo de comer. Idara se convenció por fin de que la intención de Minerva al mostrarle a la anciana era que obtuviera información sobre sus enemigos. Por desgracia, el asunto parecía más importante, de lo que nunca habrían sospechado. Por la Piedra Negra de Júpiter Óptimo Máximo y la Lechuza de Minerva Ergane, ¿qué era lo que pretendían aquellos atlantes, si es que realmente procedían de la Tierra Sumergida?

miércoles, 4 de abril de 2012

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 19

Edelweiss. Problemas en el limes.

Tiberio presentó a sus acompañantes, el legionario Marco, que se había hecho merecedor de toda clase de honores, y la germana Lora, que lo había guiado hasta allí a través de los bosques. Tras una ligera inspección, pudieron ver que la germana lucía un colgante tallado con la forma del pez de los cristianos. De hecho, la muchacha afirmó que era la principal razón por la que quería ir a Roma: reunirse con otros cristianos en el sur, lejos de las tierras paganas del norte.

Caern Germano
Cuando el médico contó los hechos acontecidos en Gameburg, la preocupación cundió entre los presentes. Al interrogar a Lora acerca de aquella gente, ella les contó que les había hecho un favor a "unos romanos", mostrándoles el lugar donde se encontraba un Caern, uno de los lugares sagrados germanos que todavía no habían sido destruidos en las guerras con Roma. A cambio, "los romanos" le habían prometido llevarla a Roma lo antes posible. Cornelio y los demás le preguntaron si podría guiarlos a ellos hasta el Caern, a lo que Lora respondió negativamente, insistiendo en que tenían que llevarla a Roma. La vehemencia con que increpaban a la germana para que les hablara más del lugar y los presuntos romanos la asustó y salió corriendo, aunque no tardó en ser detenida por los legionarios del exterior. Después de conseguir apaciguarla, la llevaron a la casa que habitaban Idara, Lucinda, Sexto Meridio y los demás en el exterior del campamento, a la espera de una mejor ocasión. En algún momento posterior, el grupo mantuvo una conversación junto a Cneo Servilio y Sexto Meridio sobre la posibilidad de que los susodichos Caerns fueran lugares donde se pudiera enaltecer o canalizar el poder de alguna manera.

A continuación pasaron a ocuparse de los asuntos del campamento. El legionario Marco Arrio, que tan valientemente había ayudado a Tiberio tenía el brazo gangrenado. Con todo el dolor de su corazón, el médico tuvo que amputárselo hasta la mitad del húmero. El legionario se portó como un valiente, pero por desgracia tendría que abandonar las filas del ejército: ya no sería capaz de llevar el escudo.

Cornelio mantuvo junto a Lucio Mercio una nueva conversación con el prefecto del campamento Apio Herminio, con el que en apariencia consiguieron establecer una relación de confianza. Herminio elaboraría una lista con nombres de confianza para nombrar a los once centuriones que se habían perdido en la expedicion a los bosques. Por supuesto, Lucio sería uno de tales centuriones. Lucio también intentó conseguir algo de información de su nuevo colega de armas Tito Norbano, pero Herminio no conocía al sujeto.

Cuando Idara acompañaba a Lora a su casa de alojamiento, pudo observar con sus entrenados sentidos cómo un grupo de legionarios les seguía más o menos abiertamente, pero que no servían más que como una distracción para los verdaderos perseguidores, varias personas vestidas discretamente y confundidas con la gente. Les observaban. Tras dejar a Lora en casa, Idara y Claudia Valeria se marcharon a un templo de Minerva a elevar sus oraciones y quizá recibir inspiración de algún indigitamenta.

A primera hora del día siguiente, Lucio se encontró con la esclava Kara. Al decirle que iba de parte de Tito Norbano, ella no puso buena cara, e incluso insultó al legionario. Según ella no era la mejor presentación, pero accedió a hablar con Lucio. Según le dijo la mujer, la información que pedía Lucio sobre los tribunos iba a costarle cara, pero le diría todo lo que pudiera averiguar en un plazo de tres días, junto a la poza de las truchas, al sur del campamento junto al río. También esa mañana, al despertar Idara y los demás, se dieron cuenta de que Lora había desaparecido; no había signos de violencia y lo más probable es que hubiera escapado, así que varios salieron en su busca.

Tiberio, por su parte, estaba preocupado por la poción que había prometido en su carta a Cornificia. Al comentar el tema con Galeno, éste, sorprendentemente, respondió que sí era posible hacer algo así, pero necesitaba un ingrediente que no sería fácil de encontrar: los pétalos de una flor que los germanos llamaban Edelweiss, y que sólo crecía en las montañas más altas. El lugar más cercano donde podrían encontrarla sería en las cumbres de los Alpes Helvéticos, y rápido, pues la primavera ya había empezado y era la época de floración. El problema era el desplazamiento hasta allí. Ahí entró en juego Sexto Meridio y los teúrgos de Mercurio, cuyo dios les proporcionaba medios para desplazarse en el espacio y en el tiempo, aunque a un alto coste para ellos, y en cualquier caso necesitarían a alguien que conociera bien la zona de destino. En una coincidencia aparentemente sobrenatural, cayeron en la cuenta de que el gladiador que habían encontrado en los bosques, Lucares, era Helvético y conocía algunas de las estribaciones norteñas de las montañas.

Cornelio inspeccionó a los nuevos reclutas que querían unirse a la legión, y entrevistó a los aspirantes a nuevos centuriones según la lista que le había entregado previamente Apio Herminio. La mañana siguiente se llevó a cabo la ceremonia de investidura de los centuriones, y a lo largo del día comenzaron a llegar mensajeros procedentes de los castra del Limes (límite) romano al norte de Mogontiacum. Estaban siendo atacados por fuerzas organizadas que no habían percibido a tiempo, y las guarniciones los estaban abandonando. Los mensajeros hablaban de hordas de germanos, de bestias y sombras. Cayo Cornelio se reunió urgentemente con los tribunos, el primipilus y Apio Herminio, y se estableció un plan de acción.

Para tratar el problema del desplazamiento a los Alpes en busca del Edelweiss, Tiberio se reunió con Lucio, Idara, Cneo Servilio y Sexto Meridio. Este último había contactado con su compañero Nicomedes Stoltidis, que había aceptado, pero no sabía cuánto tardarían en llegar los teúrgos necesarios. Por otro lado, se podría intentar realizar el viaje con menos teúrgos de Mercurio, pero necesitarían un medio para proporcionar el poder necesario al oficiante del ritual. Tras barajar sin mucha convicción las posibilidades de los Caern e incluso de Zenata, Lucio sugirió la posibilidad de utilizar el disco de Idara, y ésta confirmó que, cuando entraron en la cripta de la Villa de Gades, el disco le había permitido canalizar algo de su interior para abrir la puerta. Lo intentarían cuando Stoltidis llegara al campamento.

Tras la reunión de Cayo con los tribunos, uno de ellos, Tito Cornelio Escauro, crispado y tenso, se quedó en la tienda del legado. Le pidió permiso para hablar, y Cayo se lo concedió. Según el tribuno, había algo muy importante que tenía que decirle.


jueves, 22 de marzo de 2012

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 18

Caos en Gameburg. Reencuentro.

En el campamento de Mogontiacum, Cayo Cornelio, viéndose en urgente necesidad de aliados, convocó al praefectus castrorum, Apio Herminio, para mantener una conversación con él. En apariencia, el prefecto era un hombre de firmes convicciones inquebrantables en cuanto a su deber para con la legión, y no le había sentado nada bien la irresponsabilidad del nuevo legado, saliendo a buscar legionarios en plena noche. Cornelio le explicó que no había salido a buscar a cualquier persona, sino al propio médico personal de la hermana del emperador, que se encontraba bajo su tutela y del que se sentía responsable. Con ese argumento, Herminio pareció relajarse y comprender mucho mejor la motivación del legado.

Lucio Mercio buscó a Tito Norbano con el fin de que el hermano de Mitra le proporcionara toda la información que pudiera sobre los tribunos de la XXIIª. Norbano no le pudo decir demasiado, pero entre susurros le habló de una esclava, Kara, que quizá le podría informar mejor. Debido a su estatus, la mujer tenía fácil acceso a las dependencias de los tribunos. Sin tardanza, Lucio buscó a Idara y le encargó localizar a la esclava lo más rápido que pudiera.

Mientras, en Gameburg había caído la noche de nuevo y todo discurría tranquilo en el exterior de la casa donde Tiberio Julio, el centurión y otro legionario se encontraban prisioneros. Pero bien entrada la noche, se desató el caos. Varias figuras aparecieron de los lindes del bosque, sembrando el caos entre los germanos con extraños sortilegios que se semejaban en mucho a los poderes que Júpiter concedía a sus teúrgos. Pronto aparecieron en escena bestiales sombras que parecían enormes lobos caminando sobre dos patas. Se enfrentaron a los recién llegados. Aprovechando el escándalo, Tiberio y sus compañeros pudieron escapar. Se dirigieron hacia la casa del líder de los germanos, el tal Ulric. Pero un enorme monstruo lobuno los detuvo, mató al centurión e hirió al legionario. Para colmo, Tiberio pudo ver que en escena habían aparecido nuevos actores: figuras altas con armaduras ajustadas y lacadas en azul, acompañadas de sombras muy parecidas a la encerrada en su talismán. Ésta casi desagarra su mente al exigirle que la liberase. Por suerte, el médico pudo aguantar la presión, y por pura suerte y con la ayuda de Júpiter pudo escapar junto al legionario herido e introducirse en la espesura. Allí permaneció hasta que todo se calmó y amaneció. Al parecer, no quedaba nadie en el campamento, así que volvieron allí para hacerse con provisiones y tratar de encontrar posibles pistas de lo que había pasado. En una de las casas, un movimiento les llamó la atención. Resultó ser una muchacha germana, de nombre Lora, que chapurreaba latín. "¿Me llevaréis ahora a Roma? Os he ayudado, como me dijisteis". El entendimiento con la muchacha fue poco menos que imposible, en parte motivado por el shock que había sufrido por lo acontecido aquella noche. Así que, tras hacerse con algunas provisiones y calmar su hambre y sed, y tratar el maltrecho brazo del legionario, se encaminaron hacia el suroeste junto con la muchacha.

Aquella noche, en el campamento, un centurión despertó a Cornelio: desde la selva, el viento traía extraños sonidos que parecían voces ominosas en extremo. La mitad del campamento se encontraba encaramado a la empalizada intentando discernir algo en la oscuridad. De repente, un potente temblor de tierra lo sacudió todo. Fueron unos minutos terribles, y casi toda la empalizada se derrumbó. Algunos legionarios resultaron heridos, aunque al cabo de un rato todo volvió a la normalidad. El viento ya no traía sonidos.

Por la mañana, un exhausto Cornelio cruzó junto su escolta el puente sobre el Rhin para encontrarse con la delegación germana.

No apareció nadie. Decidieron volver al campamento; se encontraban cruzando el puente de vuelta cuando Idara llamó la atención de sus compañeros: dos figuras habían aparecido en el claro. Marco Meridio, uno de los legionarios, ejerció de traductor. Los dos hombres hablaron atropelladamente sobre un ataque a los poblados y sombras extrañas que lo arrasaban todo. La preocupación se instaló en el rostro de Cornelio.

Tiberio consiguió establecer por fin una ligera conversación con Lora. No pudo hacerse con información relevante, pero ella le preguntó si la llevaría a Roma si a cambio los guiaba a Mogontiacum a través de la selva. Tiberio respondió con promesas vagas, pero fue suficiente, y emprendieron el camino hacia la ciudad.

Durante la tarde, Idara se dedicó a buscar a la esclava Kara. Trabó amistad con una prostituta, una tal Verinia, que le indicó dónde vivía la mujer y además se mostró de acuerdo en ofrecer sus servicios como informadora a la legión. Acto seguido corrió a informar a Lucio de su éxito.

Bien entrada la noche, los guardias dieron la alarma: tres figuras se acercaban por el puente. Tres figuras que resultaron ser Tiberio y sus acompañantes, que fueron recibidos con gran regocijo por el resto del grupo.

jueves, 19 de enero de 2012

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 17

Rescate. Mogontiacum y la legión. Los germanos.

Lucinda, madre de Lucio Mercio
Tras dejar a las mujeres y a Cneo Servilio a salvo bajo un olivo entre la espesa lluvia, Lucio y Cornelio saltaron de nuevo el muro para entrar en el antiguo sótano. Tras esquivar a varios guardias, bajaron las escaleras y pudieron oir el escándalo que armaba la multitud que se agolpaba a la entrada de la cripta donde se encontraban Tiberio e Idara. Golpeaban la puerta salvajemente, con algún ariete improvisado, mientras alguien gritaba órdenes.

En la antesala se encontraban tres guardias que seguían con interés lo que sus compañeros llevaban a cabo en la capilla que daba acceso al subterráneo. Lucio se lanzó al ataque, cubriendo la puerta de la capilla donde tendría ventaja sobre sus atacantes, y Cornelio corrió también para enfrentarse a los guardias de la antesala. El combate fue largo y agotador, y logró distraer a la multitud que intentaba abrir el acceso al subterráneo. Lucio consiguió aguantar en la puerta sin retroceder, y Cornelio se encargó de los guardias, permitiendo la salida de Idara y de Tiberio de la cripta inferior. Transcurridos unos minutos, llegó a la escena uno de los guardias de élite que habían visto previamente vestido con la armadura lacada de azul que parecía amoldarse perfectamente a su cuerpo. Además, la lanza que llevaba despedía descargas de una extraña energía que quemaba a quien tocaba. No obstante, gracias a la enconada resistencia de los personajes y a sus habilidades, pudieron hacerlo retroceder y salir en busca de ayuda. Mientras tanto, Tiberio e Idara ya hacía rato que habían salido de la cripta inferior huyendo de las tenebrosas figuras sombrías que habían despertado, y se habían reunido con los compañeros. Una vez que el guardia de la armadura azul -un tartessio, según averiguaron basándose en los bajorrelieves y pinturas de la cripta subterránea- partió en busca de refuerzos, no esperaron ni un instante: amparándose en la cortina de lluvia que ya caía sobre el lugar, treparon el muro de los jardines y salieron como una exhalación.

Una vez se reunieron con las mujeres y Servilio, Lucio y su madre aprovecharon para abrazarse y saludarse emotivamente. A continuación departieron sobre cuál sería su próximo movimiento, pero no había demasiadas dudas: era urgente que Cornelio tomara el mando de la XXIIª legión. De momento, podría alegar que su viaje se había retrasado debido al clima o circunstancias imponderables, pero no podría excusarse si tardaba mucho más. A pesar de que la madre de Lucio no hacía más que insistirle a su hijo en que debía vengarla y darle un escarmiento a Quinto Antonino Celio, volvieron a Gades para embarcar y reemprender su viaje. La madre de Lucio y la otra mujer -en calidad de sirviente de Cornelio- los acompañarían. Lucio no se mostraba muy convencido, pues su ansia de venganza era mucha, pero decidió que acompañar a su amigo sería lo mejor.

Cuando la mujer compañera de celda de su madre se estabilizó mentalmente, Idara pudo hablar con ella. Se llamaba Alina, y les habló de cosas horribles; de la maldad y el ansia de sangre de Antonino Celio, que maltrataba a sus esclavos de forma enfermiza, y de sombras, sombras que danzaban en ocasiones alrededor de él, protegiéndolo o nutriéndose de su maldad. Cuando recordaba al padrastro de Cornelio, Alina caía siempre presa de un estado de nervios superior a sus fuerzas. Cneo Servilio también mencionó la posibilidad de visitar Toletum, donde se encontraba la biblioteca de los Albino; Tiberio decidió volver en un futuro próximo. Durante el viaje, Claudia Valeria insistió varias veces a Ezhabel sobre la necesidad de tomar un rol más activo en los acontecimientos que se desarrollaban a su alrededor; como teúrgas de Minerva, era su deber investigar y deshacer los planes de aquellos que querían hacer caer en desgracia a los romanos y sus dioses.

Tras dos semanas de viaje marítimo y fluvial en barco y una semana de viaje por tierra, llegaron a Mogontiacum, donde los tribunos, con la eficiencia propia de romanos, habían formado un comité de bienvenida y habían hecho formar a las tropas. A pesar del impresionante recibimiento, donde se llevaron a cabo todas las formalidades necesarias, la acogida fue fría, y Cornelio notó algo de hostilidad por parte de la mayoría de los tribunos. Como más tarde se enteraría, todos esperaban que uno de ellos, el tribuno y patricio Cneo Sulpicio Germánico, ascendería al puesto de legado. Enterarse de que un recomendado de Roma llegaría para hacerse con el puesto había sentado como un jarro de agua fría a la mayoría. Poco después, Cayo Cornelio decidiría disgregar temporalmente a sus tribunos asignándolos a diferentes guarniciones, excepto al tribuno de caballería Tito Cornelio Escauro.

La legio XXII Primigenia Pia Fidelis era la encargada de guardar la frontera y mantener el orden en la provincia de Germania Superior. Mogontiacum se había desarrollado como una importante ciudad, y un gran puente de piedra cruzaba el río que marcaba la frontera del imperio.

Durante los primeros días, Lucio e Idara se dedicaron a trabar contacto con los legionarios, mientras Tiberio se dedicaba a ofrecer sus servicios en la enfermería. Pronto, la habilidad y buen oficio de Tiberio se propagaron por el campamento. Lucio Mercio conoció en un tabernaculum cercano a un tal Tito Norbano, que reconoció como un hermano de Mitra. Según se enteraron, en los últimos dos meses habían desaparecido tres legionarios y algunos de los habitantes de Mogontiacum, entre ellos varios niños. La gente hablaba de extrañas bestias que atacaban por la noche. Les contaron también que hacía pocas semanas, una noche la luna se había teñido de sangre y muchos niños habían muerto debido a las fiebres. Los legionarios hablaban también de extrañas ceremonias nocturnas realizadas por los druidas germanos, cuyos ecos llegaban al campamento en las noches de viento, procedentes de lo más profundo de la espesura.

Idara y Lucio partieron con un pequeño grupo para investigar el asunto de los legionarios desaparecidos, recorriendo las tres localizaciones donde se les había dejado de ver o habían encontrado sus restos. Mientras se dirigían a la segunda localización, un ruido llamó la atención del grupo. No sin dificultades pudieron atrapar a un hombre, al parecer un esclavo maltratado huido. Estaba aterrado. Decía llamarse Lucares y era un gladiador, para más señas. Lo apresaron y ataron, para llevarlo al campamento. Sin embargo, Idara, empatizando con la situación del muchacho, lo liberó subrepticiamente. El gladiador la miró con agradecimiento, y partió rápidamente.

En la tercera localización, varios centenares de metros dentro de la selva, detectaron sin dificultad marcas de lo que parecían grandes garras alrededor de la escena donde habían aparecido restos del legionario desmembrados. Era evidente para ojos expertos que en el suelo había huellas de lobos enormes, pero lobos que se movían apoyando sólo dos patas en el suelo. Lo que quiera que fuera aquello, nadie había visto nunca nada igual. También había huellas de humanos, bastante recientes. Un ligerísimo ruido llamó la atención de Idara. Cuando miró a su alrededor, vio varias figuras camufladas de forma sorprendentemente efectiva moviéndose lentamente a su alrededor. Habían sido rodeados por enemigos que se movían como sombras en el bosque.

Mientras tanto, en el campamento, Tiberio recibió una carta, que le entregó uno de los auxiliares. Procedía ni más ni menos que de la hermana del emperador Cómodo, Cornificia. En ella le recriminaba el hecho de que al volver de Pannonia no había encontrado en Roma a su médico personal y aquello no le placía en absoluto. Un rictus de preocupación surcó el rostro de Tiberio, que redactó una contestación sin tardanza: en la misiva (tirada de 34) Tiberio hablaba de unos rumores que le habían llegado sobre unos elixires que perservaban la juventud en germania, y había acudido para poder proporcionárselos a su señora. No obstante, si ella lo necesitaba, estaba dispuesto a volver a Roma al punto. Confiaba que la mención de los elixires de juventud aplacaran el descontento de Cornificia.

Tras una resistencia inicial en la que murieron dos legionarios bajo las flechas y dardos germanos, Lucio optó por rendir el grupo. Idara trató de escapar, pero la mala suerte se cebó con ella (pifia) y chocó contra un tronco que la dejó sin conocimiento. Tras esto, vendaron los ojos de todos ellos y después de varias horas caminando, llegaron al campamento de Gameburg; todos excepto Idara, que cuando recuperó la consciencia se escabulló gracias a sus grandes dotes para el sigilo. Las conversaciones y actitudes mantenidas durante el camino hizo sospechar a los germanos que Tiberio era un teúrgo, así que, mientras a los demás los encerraban en jaulas, a él lo encadenaron a un poste y lo drogaron.

En el campamento llegó la noche, e Idara y Lucio no habían vuelto. Contra las advertencias de sus oficiales y tribunos, Cornelio decidió organizar una batida para buscarlos. Esto le ganó recriminaciones y amenazas de que "en Roma se enterarían de esto" por parte de los tribunos Marco Licinio Draco -acompañado siempre por el enorme galo Marco Bolgio- y Septimo Epidio y miradas de sorpresa del oficial Tito Norbano, entre otros. Les parecía una locura que todo un legado de una legión tan importante como aquella se pusiera en peligro de forma tan estúpida, pero no pudieron hacerle cambiar de opinión. Tras muchos esfuerzos pidiendo voluntarios (nadie quería internarse en aquel espeso bosque por la noche), consiguió reunir a una docena escasa de hombres (casi todos legionarios) y partieron hacia la espesura.

Bestia de los bosques germanos
Idara vagaba desorientada por el bosque cuando detectó una presencia cercana. Un resuello retumbante y un rugido profundo le erizó el vello. Se ocultó y arrastró por estrechos recovecos y finalmente algo la agarró. Se revolvió, preparada para lo peor, pero no era sino el gladiador al que había ayudado a escapar, que también se ocultaba. Tras unos momentos de angustia, finalmente pudieron despistar a las presencias monstruosas que les rodeaban. Consiguieron descansar entre las grandes raíces de un árbol. Hasta que Cornelio, al frente de un grupo que había perdido varios integrantes en la profunda oscuridad de la noche, hizo acto de presencia [punto de destino]. La sorpresa ante el encuentro fue pronto mitigada por el terror cuando dos figuras aterradoras aparecieron desde la espesura. Eran unos enormes lobos que caminaban a dos patas y lucían unas garras como dagas. Los legionarios se enfrentaron valientemente a ellos, cubriendo la retirada del grupo, hasta que finalmente Cornelio, Idara, el gladiador y el centurión consiguieron despistarlos y volver al campamento bien entrado el mediodía del día siguiente. Cuando aparecieron en el castrum los tribunos que quedaban aprovecharon para expresar su más profunda desaprobación con Cornelio al haber perdido más de diez valiosos hombres para la legión. Cornelio hizo oídos sordos, y procedió a organizar tres cohortes para peinar el bosque en busca de sus amigos.

En Gameburg, una pequeña multitud se había reunido alrededor de Tiberio, entre ellos dos shamanes, el líder del pueblo Ulric, Maaldric -que chapurreaba latín-, y Eldric, que era prácticamente el único germano con soltura en latín. Le preguntaron a Tiberio si era uno de los llamados teúrgos, uno de los sacerdotes con poder de los dioses. Tiberio contestó que no, e insistió en ello. Así que Ulric dio la orden de que lo mataran, ante los gritos de Lucio y los demás, que también se encontraban en la plazoleta donde tenía lugar la escena. Tiberio liberó la Sombra de su talismán, que le llenó de un frío helado. Tras la muerte de varios germanos, uno de ellos puso una hoja en la garganta del médico y algunos amenazaron a Lucio y los demás con arcos, así que a Tiberio no le quedó más remedio que volver a encerrar la sombra en la figurilla. Los germanos dialogaron entre sí, y después de que Eldric mencionara la palabra "brujo", volvieron a dejar inconsciente a Tiberio. Lucio, por su parte, convenció a los germanos para hablar con Ulric, el jefe del campamento; no parecía militar, pero aun así el resto parecía respetarlo como líder. El legionario consiguió convencer al consejo de que Tiberio no era ningún brujo, y que quería que les devolvieran a Claudia Valeria, que había desaparecido desde que habían llegado al poblado. Le contestaron que La mujer había sido ganada por Maalric, y que si quería recuperarla debería derrotarlo en combate. Lucio aceptó, y se hicieron los preparativos. Aunque Maalric tenía un físico poderoso, no era rival para los años de adiestramiento de Lucio Mercio, que ganó el combate malhiriendo a su oponente. Así que le fue devuelta Claudia Valeria. Tiberio se ofreció para curar al germano, y consiguió estabilizarlo, ganándose algo de respeto entre los demás. Acto seguido llegaron unos exploradores informando de que una legión se había internado en el bosque. Los germanos comenzaron a preparar un enfrentamiento, y a enviar mensajeros. Lucio, sin embargo, convenció a Ulric para organizar un encuentro con el legado Cayo Cornelio Cato. Enviado junto con un grupo de germanos, Lucio lo arregló todo: tendría lugar un encuentro entre germanos y romanos en el puente que cruzaba el río a las afueras de Mogontiacum. Mientras tanto, Tiberio y los demás permanecerían en Gameburg -o donde fuera- como rehenes.


martes, 18 de octubre de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 16

La villa Antonina. Traidores en la familia.

Idara
consiguió entrar en la casa sin problemas por una de las ventanas del piso superior, mientras Cayo Cornelio se acercaba y se reunía con Lucio Mercio, que permanecía al pie de la fachada, entre las enredaderas. La muchacha apareció en una habitación vacía y sigilosamente salió al pasillo. No tardó en llamarle la atención la puerta de una de las habitaciones, que lucía una enrevesada cerradura con mecanismos ocultos en toda la anchura de la hoja. Con muchísimo esfuerzo consiguió abrirla [gasto intenso de gravitas y fides]. La dependencia era evidentemente una especie de habitación-despacho, con cama, escritorio, estanterías y varios armarios.

Mientras Lucio y Cornelio se infiltraban también en la villa, Idara registraba el despacho. Un cofre bajo la cama llamó su atención. De él cogió varias monedas de plata y algunas alhajas más o menos valiosas. En un cajón del escritorio que no le costó mucho abrir, descubrió un libro (cosido, no eran rollos de pergamino, algo extraordinario) lleno de símbolos iguales a los de su disco. Estaba escrito en griego y presentaba multitud de anotaciones en latín. Lo guardó entre los pliegues de su ropa. También descubrió cómo abrir uno de los armarios, y de un pequeño compartimento sacó una túnica negra de una tela bien conocida para el grupo. Una visión repentina de minerva se disparón en su mente gritando "¡no!", lo que le hizo soltar la túnica. En ese momento aparecían por la puerta Lucio y Cornelio. Este último cogió la túnica al identificar la tela y la guardó. Oyeron algo fuera. Dos hombres y una mujer, los primeros riendo y prometiendo dar placer a la última. Se acercaban por el pasillo, cuando las risas cesaron y uno de los hombres comenzó a gritar.

 —¡Marco no está en su puesto! —Lucio reconoció la voz como la de Cayo Antonino-. ¡El despacho de mi padre está sin vigilancia! ¡¿Dónde está ese hijo de una perra?! ¡¡Marco, ven aquí ahora mismo!!

Los pasos bajaron la escalera de nuevo, lo que aprovecharon para salir rápidamente del despacho y colarse en la habitación por la que habían entrado en la casa. Justo a tiempo, pues identificaron los pasos de otras personas saliendo de una de las habitaciones. Debía de tratarse del tal Marco con alguna amiguita. Bajaron las escaleras, y una fuerte discusión estalló en la planta baja. Pronto se calmó todo, y oyeron cómo alguien subía las escaleras y entraba en el despacho. Prefirieron salir en ese momento de la casa. Un asistente a la fiesta que salió a orinar entre los setos estuvo a punto de descubrirlos, pero pudieron evitarlo y reunirse con los demás en el linde del campo de olivos.

Mientras tanto, en el olivar, Cneo Servilio conversó con Tiberio acerca del dolor que sentía en los huesos en aquel lugar. Allí había algo; no sabía que era, pero no era bueno. Por su parte, Tiberio no paraba de oir la voz del Guerrero Sombrío en su cabeza: "vamos, sí, vamos. Llévame allí". Trató por todos los medios de acallarla.

Una vez todos reunidos, Idara les enseñó el libro y Cneo Servilio lo hojeó y comenzó a leerlo ávidamente. Al poco rato les informaba de que el libro estaba escrito en griego antiguo pero tenía muchísimas anotaciones en latín, que relacionaban el libro de forma directa con la biblioteca que la familia Albino tenía en Toletum. Así que el rumor era cierto: al parecer la biblioteca de los Albino existía de verdad.

Decidieron hacer una incursión del grupo al completo en la casa. Para ello, Tiberio abrió la cajita que invocaba las tormentas hecha por algún mulciber de Vulcano, y las nubes empezaron a arremolinarse. A media mañana del día siguiente ya caía una lluvia lo suficientemente copiosa como para acercarse sin ser vistos. La situación en la casa también se había calmado: los asistentes a la fiesta debían de estar durmiendo la resaca. Se acercaron.

Llegaron a una ventana y observaron el interior. Por desgracia, al abrir la ventana también despertó uno de los que estaban durmiendo en el interior y dio la voz de alarma. Un sangriento combate se desató. Y peligroso, pues como pudieron comprobar el tal Marco era un nigromante del culto a Plutón y los guardias que vigilaban la casa tenían sus facultades físicas enaltecidas por algún extraño hechizo. Cneo Tulio, el antiguo compañero de armas de Lucio, cayó víctima de algún tipo de maldición lanzada por el teúrgo de Plutón. No murió, pero quedó en estado vegetal. Tiberio se encargó del nigromante con un relámpago de Júpiter. El resto se enfrentaron a los guardias con valor, pero fueron viéndose cada vez en una situación más comprometida, hasta que Tiberio se vio obligado a liberar el Guerrero Sombrío, que hacía rato que ejercía una gran presión sobre su fuerza de voluntad. El guerrero mató a uno de los guardias que se disponía a golpear a Tiberio y a otro que tenía a Lucio al borde de la derrota. Acto seguido, se encaró con el propio Lucio. Con un esfuerzo supremo, Tiberio consiguió volver a encerrar a la Sombra en su amuleto. En el ínterin, un grupo de esclavos habían aparecido desde la parte de atrás de la casa, pero la visión de la Sombra y su horrible grito de guerra bastaron para hacerles volver por donde habían venido. Tiberio se recuperó como pudo, sangrando por la nariz, ayudado por Lucio. Entraron en la casa. Pero no llegaron muy lejos, pues sonidos metálicos de guerreros con armadura les hizo desistir. No obstante, les bastó para hacer prisionero a Cayo Antonino y llevárselo atado. Idara prefirió investigar más a fondo la casa en compañía de Claudia Valeria. Llegaron a los jardines del interior, y allí Idara pudo ver algo que la dejó confundida: en el otro extremo de la fachada por donde había salido de la casa, un arco daba acceso a algún tipo de subsótano. La construcción era reciente, pero era evidente que alguien había aprovechado un arco ya existente para apoyar la pared. El arco era antiquísimo, más de lo que la muchacha podía calcular. Y, aunque desgastados hasta el extremo de ser casi invisibles, lucía los mismos símbolos inscritos en el disco. Era imprescindible investigar aquello. Pero un grito de Valeria detrás de ella provocó la vuelta de Idara. A la teúrga de Minerva le habían clavado un dardo en el cuello; por suerte, resistió los efectos del veneno. Corrieron ante la proximidad de los sonidos metálicos, a través de los jardines. Investigarían aquello en un momento mejor. Llegaron a los establos. En ese momento, Lucio Mercio se encontraba allí prendiendo fuego, pues había vuelto para sembrar un poco el caos y que no pudieran perseguirles. Haciéndose con sendos caballos, salieron al galope. Al salir, un hombre enorme vestido con una extraña armadura lacada en azul que parecía adaptarse perfectamente a su cuerpo impartió órdenes a los esclavos en íbero para que los detuvieran. Pudieron huir, no sin que Lucio sufriera heridas de consideración en un brazo.

Se alejaron un par de kilómetros de la casa, buscando un buen sitio donde refugiarse y evitando la aldea cercana. Oyeron los perros de los guardias en un par de ocasiones, pero no se acercaron donde se encontraban. Sin tardanza, interrogaron a Cayo Antonino, a quien Lucio sometió a un durísimo castigo físico, enardecido por la certeza de que tenían a su madre y la habían maltratado. Su hermanastro no tardó en hablar. Su padre no estaba en la casa, había ido a Toletum no sabía para qué. El hombre de la armadura azul era un tartesio, descendiente de los habitantes de Tartessos, hasta donde él sabía. Cayo Mercio, el hermano de Lucio, decurión en Emerita Augusta, colaboraba con ellos a cambio de una suma. La madre de Lucio estaba en el sótano, encerrada, y allí, en alguna parte, había un reservado al que el padre de Cayo nunca le había dejado entrar. El culto a Plutón se reunía habitualmente en Toletum, donde tenían la sede tambíen los Albino. Quinto Antonino, además, buscaba mujeres para sacrificar en no sabía qué ceremonias extrañas. Por supuesto, Cayo Antonino también conocía la localización de la mina de plata. Tras los interrogatorios, Tiberio tuvo que encargarse de recuperar en cierta medida la salud del muchacho, pues Lucio se había mostrado muy agresivo con él. No obstante, al final, cuando parecía que iba a asestar el golpe de gracia a su hermanastro, el legionario le perdonó la vida e incluso le dio algo de agua, lo que le valió el gesto de aprobación de Claudia Valeria, que se había aprestado a evitar la muerte del muchacho. Al cabo de unas pocas horas, cuando Lucio se sintió satisfecho con la información obtenida de su hermanastro, lo liberó. Sus heridas eran graves y sería un milagro que sobreviviera, pero al menos le dio la oportunidad.

Gracias al libro que habían conseguido en la villa, Cneo Servilio pudo descifrar el texto que mostraba el disco de Idara. No tenía mucho sentido, pues parecía un fragmento de texto que encajaba en un todo mayor. Lo que sacaron en claro era que se trataba del "tercer sello". Por otra parte, el libro hablaba de la historia de Tartessos, del rey Gerion y sus tratos con Neptuno y Plutón, y multitud de leyendas e historias épicas.

El templo subterráneo
Evidentemente, tras lo que habían descubierto y lo que había revelado Cayo Antonino no podían marcharse sin más. Esperaron una ocasión propicia y procedieron a infiltrarse en la casa por el punto más próximo al pórtico del que les había hablado Idara: el muro del jardín. Tras algunas tribulaciones, consiguieron pasar sin ser vistos. Atravesaron el extraño arco sintiendo una sensación extraña; sobre todo Tiberio, cuya Sombra no cesaba de hablar en su mente, instándolo a liberarla. Bajaron unas escaleras, evitando previamente un encuentro con el guardia de la coraza lacada en azul. Los esclavos que vigilaban la parte de abajo no fueron un obstáculo serio. El subsótano era una estancia sombría con varias puertas cerradas. Una de ellas daba paso a un cubículo donde se encontraba Lucinda, la madre de Lucio, y otra mujer madura que no reconocieron. Tenían un aspecto deplorable, era evidente que habían sido maltratadas cruelmente. Lucio y Cornelio sacaron a las mujeres de allí a través del muro. Mientras tanto, el resto del grupo investigó el subterráneo. Otra de las puertas daba acceso a una parte más antigua: una especie de santuario con los símbolos extraños, aparentemente dedicado a Plutón y Neptuno. Tras el altar, un espacio destinado a encender un fuego sagrado, y tras él descubrieron una puerta oculta a primera vista. No se abría por medios normales. Con la ayuda del sello dorado, la abrieron haciendo uso de la fuerza de gravitas. Unas amplias escaleras descendentes daban acceso a una especie de templo subterráneo aún más antiguo, con una pequeñísima abertura para dejar pasar la luz de la luna horadada en la roca con medios que ellos no podían imaginar. Tapices deshechos por el tiempo y columnas austeras acababan en un altar donde se podía percibir todavía el hedor de sacrificios humanos. Y no hacía demasiado que se habían llevado a cabo, a juzgar por las manchas. En un extremo lateral, un sarcófago con horrendas pinturas se encontraba sumido en la oscuridad. La luz de las antorchas parecía ser repelida por el horripilante objeto. Había símbolos extraños escritos con sangre en todos sus laterales. Los grabados de las paredes mostraban varias escenas, y la que predominaba era una lucha entre una mujer y un hombre, aparentemente un héroe antiguo, quizá Hércules o Teseo. También pudieron leer referencias a algo llamado "auricalcum", un extraño metal que tenía algo que ver con el poder. Y por último, algo llamado la "Estirpe de Plata"; en los grabados se veían figuras humanoides creadas por los dioses, antes que los humanos.

Comenzaron a oir ruidos en el exterior. Los guardias golpeaban la puerta que habían atravesado, gritando improperios.

No pudieron resistir la curiosidad, y abrieron el sarcófago. De él salió una brisa fría que les hizo temblar durante unos instantes. Estaba vacío, aunque por su aspecto era evidente que no hacía mucho que había albergado un cuerpo, un cuerpo grande. Idara se apercibió de un movimiento en las sombras, por el rabillo del ojo. Se giró, y para su horror pudo ver que se acercaban a ellos dos figuras prácticamente idénticas a la que albergaba la estatuilla de Tiberio. Profirió un grito que puso alerta al médico y a los demás.

Mientras tanto, en el exterior, Lucio y Cornelio se aprestaban a volver a entrar tras poner a salvo a las mujeres...

lunes, 17 de octubre de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 15

Viaje a Gades.

El día siguiente vio por fin la vuelta a la consciencia de Galeno gracias a los cuidados de Tiberio. El insigne médico se mostró muy agradecido cuando Sexto Meridio le refirió las hazañas y cuidados de los personajes. Ante la mención de su trabajo con cadáveres se sintió incómodo, y prefirieron no mencionar más el asunto a ser posible.

Lucio, como ya había anunciado, se presentó ante Apio Cecilio. En la Castra Praetoria se encontró con su viejo amigo, Cneo Tulio, que le presentó al joven legionario que le acompañaba, Cayo Juliano. Al parecer, entre los dos había algo más que una buena amistad; Lucio se alegró por su amigo, y se sinceró con él respecto a lo que había pasado las últimas semanas y lo que se proponía hacer en el futuro inmediato. Tulio insistió en acompañarlo a presencia de Cecilio. Cecilio y Lucio mantuvieron una franca conversación sobre lo que había sucedido últimamente y las cosas que había averiguado; mencionó a la familia Albino, que parecía estar inmensa en asuntos turbios relacionados con el ocultismo y la religión. Cecilio le dio su permiso para acompañar a Cayo Cornelio y continuar sus investigaciones haciendo una parada en Gades. Antes de marcharse, Cneo Tulio pidió permiso para acompañar a su amigo en su periplo, y Cecilio, profundamente influenciado por la personalidad (y el destino) de Lucio se lo concedió.

Mientras tanto, en la villa de Cornelio, Tiberio y sus compañeros de congregación recibieron la visita de una teúrga de Venus, intrigada por una carta que había enviado a su sede Lucratia Tertia, una de los miembros de la congregación del Alto Tíber, advirtiendo de que abandonaban Italia. La teúrga, Presilea Galica, se interesó por la marcha de la congregación y los supuestos asesinatos. Comentó que los teúrgos de Minerva ya venían avisando hacía un tiempo de los peligros que los miembros del Pacto afrontaban, pero nadie les hacía demasiado caso. Se comprometió a advertir a los demás y a andarse con mil ojos.

Cayo Cornelio, por su parte, ultimó los detalles para dejar sus negocios en manos de su amigo Mopsos, advirtiéndole repetidas veces de la responsabilidad que conllevaba y la confianza que depositaba en él. Además, antes de partir, Cornelio envió una carta a Cayo Lutacio (el comandante de la guarnición de Alejandría) y al legado de su legión para ofrecerle su patrocinio. En ella informaba de su nuevo destino en Mogontiacum y de su deseo de contar con los servicios de Lutacio allí.

La jornada siguiente partieron, muy temprano por la mañana. Tres trirremes de la flota les esperaban para trasladarlos hasta Germania, rodeando la península ibérica. Así podrían hacer parada en Gades, como deseaban. No era un procedimiento muy regular, pero eran los últimos favores de los hilos que había movido Quinto Antonio Flaco.

El viaje transcurrió plácido. El tercer día hicieron parada en Narbo, la gran ciudad del sur de la Galia, y poco después continuaron viaje. Un hecho llamó la atención de Cornelio un atardecer: una paloma mensajera salió de una de las otras naves sin haberle informado. Tras varias investigaciones y con la capacidad de Tiberio de entender el idioma de las aves, averiguaron que el centurión al cargo de las tropas, Quinto Alano, era el responsable. Discutieron largo y tendido qué hacer. Idara se dirigió a indagar en los efectos personales del centurión entrando en su camarote subrepticiamente, y allí se encontró con el Alano colgado del bajo techo: se había ahorcado. La consternación se adueñó de la embarcación, y los personajes interrogaron a un conocido suyo, uno de los soldados más cercanos a él, compañero de tabernaculum desde sus tiempos de reclutas en Dacia: Servio Decio. Lo encontraron durmiendo la borrachera, estado en el que pasaba bastantes horas del día. La presencia de Cornelio lo hizo encogerse.

Decio les reveló algo que les inquietó: el patricio que propuso en su momento como centurión a Quinto Alano no era otro que Cayo Albino Regilense, teúrgo del Alto Consejo del Culto a Júpiter y de quien ya habían oido hablar a los teúrgos de Mercurio (Nicomedes Stoltidis había recibido la visita de Quinto Mario Canus, de parte de Cayo Albino Regilense). Además, intercambiaba correspondencia con él habitualmente. Eso le conectaba con la cúpula del Culto y por ende, con los asuntos turbios que estaban ocurriendo en Roma.

Sin más incidentes llegaron al puerto de Gades. Allí Lucio visitó la villa de su madre. Sin embargo, ella no se encontraba allí. Los esclavos se mostraban claramente preocupados y no querían hablar de la situación. Lucio perdió los estribos y sacó a relucir su violencia: destrozó la cara del esclavo llamado Aaron ante la histeria de la que debía ser su pareja, la esclava Mira. Por señas y con sollozos consiguió calmar los ánimos y les mostró su lengua: había sido cortada. Al parecer, para servir como ejemplo a los demás esclavos. Muy reluctantemente, les explicaron que presenciaron una paliza de Quinto Antonino Celio a Lucinda, la madre de Lucio, y que se la llevó de allí no sin antes advertir a los esclavos de no decir una palabra.

Lucio, Idara, Cornelio, Tiberio, Cneo Servilio, Cneo Tulio y Claudia Valeria partieron rápidamente hacia la villa de los Antoninos a lomos de sendos caballos. Dos jornadas agotadoras precedieron a la noche en que llegaron a la vista de la casa, rodeada de olivares. Había luz, y mucho ruido dentro. Idara y Lucio, esquivando a los guardias, se acercaron a una ventana. Dentro pudieron ver a varios jovenes bebiendo y fornicando con mujeres. Uno de ellos se pavoneaba con una actitud extremadamente presuntuosa y Lucio lo reconoció sin duda como uno de los hijos de Antonino, Cayo.
 —¡Gracias a los dioses por la mina que le regalaron a mi padre! —exclamó—. Y pensar que decían que Tartessos había acabado con todo, que no quedaba plata... ¡la Fortuna los lleve, qué buen dinero nos provee! —acto seguido, una muchacha lo besó en la boca y enmudeció.

"Vaya, vaya, así que la fortuna les sonríe"
—pensó Lucio—. "Pues va a ser por muy poco tiempo, asqueroso malnacido". Llevó la mano a la empuñadura de su gladius, pero por suerte logró contenerse a instancias de Idara.

Las ventanas del piso superior no estaban cerradas, así que la elegida de Minerva comenzó a buscar un lugar apto para encaramarse a una de ellas.

viernes, 14 de octubre de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 14

Retorno a Roma.

Dado su valor y su valía en combate, Tito Acadio hizo un aparte con Lucio Mercio, y le dijo que lo había propuesto para ingresar en la hermandad de Mitra. Lucio se sintió halagado, y por supuesto aceptó. Ser un Hijo de Mitra era un honor que se proponía sólo a aquellos que demostraban su valor en combate. Ya le había sido propuesto el ingreso durante sus campañas en oriente, pero el hombre que lo iba a presentar había muerto, atravesado desgraciadamente por una flecha mal dirigida. Lucio veía a Mitra como otra deificación de Marte, autoconvenciéndose así de no sentirse culpable ni en conflicto por rendir culto a un dios extranjero. Con toda probabilidad, la noche siguiente tendría lugar la ceremonia de iniciación.

Esa misma noche, a sugerencia de los personajes, Cayo Lutacio puso a dos centenares de sus hombres a peinar la zona en busca de restos que les pusieran sobre la pista de los atacantes. No obtuvieron resultados. Sólo descubrieron al cabo de varias horas un leve rastro que conducía directo al mar, pero que bien podía pertenecer a cualquier bañista. Durante la búsqueda, Cornelio, Idara y Zenata paseaban por la playa. La niña, con la inocencia pero también la clarividencia de siempre, preguntó que quién era la mujer que habían visto arrodillada en la arena, que su aspecto se parecía mucho al de Jezabel, una mujer que visitaba habitualmente su pueblo. Evidentemente, ambos se interesaron por la revelación de la niña, pero no pudo decirles mucho más: la mujer iba a su pueblo a reunirse con alguien, y hacía muchas preguntas. Fue todo lo que pudo decirles.


Tiberio no quería perder bajo ningún concepto la pista de la extraña mujer y sus acólitos, y la única solución que se le ocurrió fue utilizar el poder de Júpiter para poder hablar con las gaviotas del entorno e intentar descubrir si habían visto algo. El único problema era que para ello necesitaba dos días de estancia en un templo consagrado a Júpiter Óptimo Máximo, alimentando a las aves sagradas, y para ello tendría que volver a la ciudad. En la reunión que siguió, todos le desaconsejaron hacerlo, pero él insistió y finalmente acordaron hacerlo rápida y discretamente. En la conversación, un legionario que hablaba árabe acudió para traducir las palabras de Aretas Ben Jalafh, que intentó hacer desistir de su intento a Tiberio, alegando que los "afhdallah", los mejores estaban cerca y los querían a ellos. Preguntado acerca de quién eran los mejores respondió que eran gente proveniente de antiguas tradiciones, que según las historias habían adiestrado a los primeros kahin. Por fin pudieron conocer la historia de Aretas, que dijo pertenecer a una corriente kahin que se oponía al "protectorado" de los afhdallah, y que había decidido ayudar al grupo a la vista de la importancia que estaban adquiriendo en los planes de sus enemigos.

Sin perder tiempo, en cuanto acabó la reunión, todavía por la mañana, Tiberio partió hacia uno de los templos menores de Júpiter de Alejandría en compañía de Cneo Servilio, Idara y los tres teúrgos de Minerva. La antigua ladrona y sus compañeros se encargarían de vigilar el entorno mientras ellos realizaban las exequias en el templo. Al llegar allí, Tiberio expuso su deseo de quedarse un par de jornadas al guardián que se encontraba guardando la puerta. Un pequeño soborno puso fin a cualquier complicación.

Por la noche, un pequeño grupo de legionarios llegó al templo en busca de Cneo Servilio. El anciano hizo un gesto tranquilizador hacia Idara, que lo dejó marchar. Lucio se despertó cuando notó que alguien se acercaba a él: era Tito Acadio, que le informó de que la hora había llegado. Por fin iba a formar parte de la hermandad de Mitra. Lo condujo a caballo hasta un pequeño bosquecillo entre colinas. Allí se reunieron con Calisteos, y entre los dos le vendaron los ojos, le taparon los oidos, lo amordazaron y lo desnudaron completamente. Le hicieron caminar, guiándole para no tropezar. Pasó rozando zarzas que le arañaban y ortigas que le hacían arder la piel. Era evidente a pesar de sus ojos vendados que lo metieron en una cueva. Allí tuvo lugar el proceso de iniciación a Mitra: lo hicieron pasar por una charca con sanguijuelas y anguilas, caminar sobre alacranes y sobre brasas ardientes, apoyaron un filo en su pene y lo obligaron a andar a pesar de todo. Lucio soportó todos los castigos con un estoicismo a prueba de bomba y no dejó escapar ni un gruñido de incomodidad. Cada vez que superaba una de las pruebas iban retirando una de sus barreras para los sentidos con una frase ritual: los tapones, la mordaza y, finalmente, la venda de los ojos. Cuando se la quitaron vio que en una plataforma en medio del riachuelo que discurría por la caverna se encontraban reunidos varios hermanos del culto: Calisteos y Tito Acadio, que le habían conducido hasta allí, Cayo Lutacio, algunos otros oficiales y legionarios y, para su sorpresa, también Cneo Servilio, el maestro de Tiberio. Todos le abrazaron, uno por uno, y le dieron la bienvenida. Mientras le curaban las heridas sufridas -había pasado demasiado lentamente por las brasas y había pisado demasiados alacranes- le enseñaron los ritos de Mitra y sus palabras y gestos para poder reconocer a otros hermanos.

Al cabo de dos o tres horas, Idara pudo ver cómo Cneo Servilio era conducido hasta el templo por los mismos legionarios que se lo habían llevado antes.

El día siguiente fue más movido. A mediodía, un árabe se acercó a hablar con el guardián del templo que había recibido a Tiberio y a Cneo. Idara y sus compañeros, distribuidos por la plazuela abarrotada que daba acceso al templo, observaron preocupados. Tras algunos aspavientos, el árabe se marchó. Pasados unos momentos, el guardián entró en el templo.

"¿Tiberio?"
Tiberio Julio oyó una voz que le llamaba detrás suyo. Tuvo la suficiente fuerza de voluntad para no volverse. Era el guardián de la puerta, que insistió dos veces. Finalmente, Tiberio se volvió, para decirle que no conocía a nadie en Alejandría con ese nombre. Tras evaluarlo unos instantes, el vigilante le dijo que había acudido un hombre preguntando por el tal Tiberio, que coincidía con su descripción, y quería comprobar que no le había mentido. A continuación salió de allí.

La cosa no acabó ahí. Al anochecer, volvieron varios árabes, que se dirigieron a hablar con el guardián. Idara envió a uno de los teúrgos de Minerva a avisar a Tiberio. Éste, alertado, procedió con la ceremonia sacrificó una oca. El indigitamenta se manifestó y, con un proceso doloroso, le otorgó el don de comprender y hablar el idioma de las aves, y las dotes de alerta de la oca. Justo en el momento en que los árabes irrumpían en el templo (de lo que Tiberio se apercibió gracias a los poderes que había obtenido de la oca). Por suerte había bastante gente todavía y pudieron esquivarlos amparándose en las sombras. Se reunieron con Idara en el exterior y se marcharon de allí. Volvieron al campamento sin más sobresaltos.

Por la tarde, antes del episodio en el templo, Cayo Cornelio había recibido la noticia de que su barco había vuelto y se encontraba anclado en el puerto. Partió hacia allí de inmediato. Íctinos lo recibió con un cálido apretón de manos, y le contó que habían sido atacados por los piratas, de los que habían escapado gracias a los trirremes de la flota griega. Había conseguido relizar el negocio y ya había dado su parte a los judíos. El barco necesitaba unas cuantas reparaciones, pero podrían partir al día siguiente, si así lo deseaban. Cornelio le comentó que seguramente partirían hacia Roma, a lo que el capitán del barco sugirió aceptar algunos pasajeros, que eran una de las mercancías más rentables, pero Cornelio se lo prohibió hasta nueva orden.

En cuanto llegó al campamento, Tiberio habló con las gaviotas y los gorriones de los alrededores. El idioma de los pájaros era sencillo y entrecortado, pero pudo sacar en claro que los extraños extranjeros habían subido a una especie de barco que a continuación se había hundido bajo el agua. Algo extraordinario y muy difícil de contrarrestar.

El día siguiente partieron hacia el puerto con una nutrida escolta de cincuenta legionarios. Como preveían, la salida no fue tranquila. Tiberio se arqueó en el carro donde viajaba, porque la sombra albergada en la figura que llevaba en el pecho le exigió su liberación, con una voz acompañada de sombra y dolor. El esfuerzo para no liberar a la Sombra era tremendo, pero lo consiguió. Idara pudo detectar, gracias a la guía de Minerva, que entre la multitud se hallaba una mujer camuflada sobrenaturalmente con una apariencia que no era la suya. Quizá la misma mujer que había atacado el campamento. Y mucha gente se movía hacia ellos. Dieron la orden a los legionarios de apretar el paso, y tras algún que otro altercado consiguieron llegar al barco, donde Cayo Lutacio se despidió de ellos y puso énfasis en su traslado a Roma y su mención ante Cornificia.

El viaje de diez días transcurrió tranquilamente, para variar. Cada uno se dedicó a sus quehaceres, y Tiberio habló con la Sombra contenida en su figura tras tomar todas las precauciones posibles. El ser llamado Eugsynos no se mostraba tan hostil como había sido previamente en el puerto, y Tiberio pudo obtener algo de información. Fue una tal Aogea la que lo había convocado, la misma mujer que los había atacado en el castrum. El resto de las preguntas no las supo o no las quiso contestar.

Por fin, llegaron al puerto de Ostia. Todos realizaron sus exequias a los dioses, dando gracias por el buen término del viaje. Y aquí y allá se veían árabes, un poco más de lo normal. Parecían haberse extendido por todo el Mediterráneo.

Idara fue conducida por los teúrgos de Minerva a la sede de su culto, una villa no muy alejada de Roma. Allí fue recibida por el paladión en persona, Aquiles Herofonte, su líder. Precisamente en ese momento, los teúrgos de Minerva se estaban congregando allí debido a los momentos de crisis que se estaban viviendo en Roma, de los que ya les había informado Sexto Meridio. El Paladión, que ya había soñado con Idara, la reconoció al instante. Preguntó a la muchacha si se quedaría para asistir a la arenga, y ella aceptó. A las pocas horas, los teúrgos presentes se reunieron en un pequeño anfiteatro en el sótano de la villa. Allí, Herofonte les arengó haciendo uso de una oratoria militar inmejorable. Instó a todos ellos a no viajar en grupos de menos de tres, y a participar con orgullo y fuerza en la guerra que estaba a punto de desatarse. Minerva les había enviado a una elegida para ayudarles en el trance, y se encontraba allí en persona. Idara rebulló, inquieta. Sin embargo, para su extrañeza dada la timidez propia de una huérfana de los bajos fondos, la tranquilizaron los vítores que profirieron los allí reunidos. La sangre les hervía pensando en las hazañas que estaban a punto de poder realizar. Una vez acabado el discurso, el Paladión hizo un aparte con Idara, y le informó que, si lo deseaba, uno de los miembros de la tríada que había enviado a ayudarle la adiestraría en las vías del poder de Minerva. Idara nunca había sido el centro de nada ni había sido tratada con tanta deferencia en su vida; aceptó sin dudarlo.

Lucio Mercio se dirigió sin tardanza a ver a su hermana, Lucía. Cuando llegó a la villa de Cneo Cornelio Estrabón, un esclavo lo condujo a su presencia, y ella se lanzó a los brazos del rudo legionario entre sollozos. "¿No te has enterado?" le preguntó. Ante la estupefacción de Lucio, su hermana le contó que sus hermanos habían sido secuestrados, y así le habían informado a ella en una carta. En la carta decía que "los muchachos estaban bien, pero debían dejar de molestar o dejarían de estarlo". Nadie firmaba. Lucio rugió de frustración. Pero eso no era todo, porque Lucía había acudido a casa de su hermano pequeño, Cayo, el tullido escriba, después de recibir el anónimo. Allí habían encontrado una carta de su madre desde Gades, de la que al parecer no había tenido tiempo de decir nada. Lucía tendió la carta a su hermano.

Mi muy querido Cayo,
espero que vaya todo bien, que te encuentres mejor de tus dolencias.
¿Cómo les va a tus hermanos? Hace tiempo que no escriben.
Los echo de menos, sobre todo a Lucio. Buscadlo y que me visite
lo antes posible.

Que Júpiter Óptimo Máximo te dé luz y guía.


Nunca antes su madre había escrito una carta tan escueta, ni había antepuesto a Lucio sobre los demás. Era evidente que estaba demandando la visita por algún motivo que se les escapaba. Lucio decidió visitar su madre tan pronto como arreglara los asuntos en Roma. Se despidió de su hermana con preocupación, diciéndole que el día siguiente volvería para hablar con su marido (que en esos momentos se encontraba ausente).

Tiberio Julio visitó su congregación, la la Congregación del Alto Tíber, junto a Cneo Servilio y Sexto Meridio, tras averiguar que el emperador y su hermana habían partido hacia Pannonia. Allí se encontró con sus compañeros Casio Ovidio y Zenón de Samos, que le recibieron con semblante preocupado. Para consternación de Tiberio, le informaron de que en las últimas semanas habían aparecido dos de sus miembros asesinados, y un tercero hacía dos o tres días que no daba señales de vida. Había que moverse rápido. Tras presentar convenientemente a Sexto Meridio y la colaboración obtenida con el culto a Mercurio, decidieron trasladar la congregación. Además, gracias al poder de comunicación con las aves que le había sido concedido por Júpiter, Tiberio pudo sorprender una conversación entre tres cuervos que rondaban la villa: "¡siete! ¡mañana por la noche! ¡informa!". Un escalofrío recorrió la espina dorsal del patricio. El traslado se aceleró, y propuso a Cneo Servilio, líder tácito de la congregación, trasladarse a la villa de Cayo Cornelio, el único sitio que juzgaba lo suficientemente cercano y seguro. Así lo hicieron.

Por otro lado, en una de las conversaciones que Tiberio y Cneo mantuvieron con sus compañeros, surgió el nombre de Jezabel. Uno de los miembros de la congregación, haciendo un esfuerzo de memoria preguntó si no era ese el nombre de la bruja que decían que acompañaba a Pescennio Níger, el gobernador de Pannonia. Cneo y Tiberio se miraron, incómodos; Cómodo y Cornificia habían partido hacia Pannonia hacía varios días.

Cayo Cornelio volvió a su villa con Zenata tras echar un vistazo a las obras de reconstrucción de su domus. Avanzaban lentamente y estaban siendo más caras de lo previsto, pero las consideraba necesarias. Un patricio no podía pasar sin una casa en el centro del mundo. Fue recibido por Pietro y sus esclavos, y se aseó convenientemente. Tras tomar un refrigerio, el esclavo le informó de que hacía varios días que Cayo Mercio, su secretario y hermano de Lucio, no aparecía por allí, y acto seguido le entregó una carta que había llegado sellada y firmada por Quinto Antonio Flaco, su patrocinador y suegro de su hermana.

Estimado Cayo Cornelio.

Roma ha dejado de ser segura para mí.
Me retiro a Tarentum por mi propia seguridad, alegando motivos familiares.
Algo se está moviendo entre las sombras, y temo que ni nuestros dioses, ni el Senado ni el divino Emperador sean lo suficientemente fuertes para contenerlo.
Temo que la ciudad haya dejado de ser segura para ti también, pues he sido testigo de conversaciones que mencionaban a tu padre y al padre de ese amigo tuyo, Lucio Mercio, en términos poco amistosos.
Así que, por la estima que profesaba a tu padre y la que te tengo a ti mismo, buen Cayo, he movido algunos hilos y pedido el retorno de algunos favores para conseguir tu nombramiento como legado de la Legio XXII Primigenia Pia Fidelis, sita en la frontera con germania, lejos de Roma y sus lobos. Espero que el prefecto del Pretorio, Cleandro, dé su aprobación sin prestar más atención que a cualquier otro nombramiento.
Preséntate cuanto antes ante el senador Apio Claudio Marcelo, y aún con más celeridad auséntate de Italia cuando te haya asignado al cargo.

Huelga mencionar la conveniencia de la destrucción de la presente.
Que la guía de Minerva y la fuerza de Marte te amparen.

Quinto Antonio Flaco.


Increíble. Legado de una legión, con todos los honores y la posibilidad de promoción que aquello conllevaba. Y lo más importante, implicaba entrar en el orden senatorial. Lo malo era que se encontraría demasiado lejos de Roma, y por supuesto, las circunstancias por las que se le había concedido el cargo. Si realmente Roma era tan peligrosa, tendría que andar con pies de plomo. Envió rápidamente un esclavo que pactó una cita para el día siguiente con Claudio Marcelo, y mandó llamar a su amigo Mopsos, que se encontraba en el puerto y no tardó en llegar, y a Lucio Mercio. Una buena noche de juerga levantaría su ánimo. Entre los efluvios del alcohol, propuso a Mopsos encargarse del negocio de las vides mientras él estuviera ausente; el griego aceptó de buen grado. Más tarde y más sereno, Cayo se preguntó si realmente había sido una buena idea.

Por la mañana llegaron a la villa Tiberio y sus compañeros de congregación, que fueron cálidamente acogidos por Cayo Cornelio. Éste se ausentó al poco rato dirigiéndose al foro para entrevistarse en una de las dependencias del Senado con Claudio Marcelo. Se encontró con él en un pequeño despacho, y al senador no parecía hacerle mucha gracia la concesión del cargo de tribuno a Cayo. Pero el respeto que sentía por Antonio Flaco pudo con todas sus reticencias, y lo emplazó al día siguiente en el foro para hacerle entrega (a él y a un par de personas más) simbólica del cargo.

La ceremonia tuvo lugar sin sobresaltos, y Cayo fue investido con el imperium de legado de la IX Hispana. Se le informó de sus derechos y sus deberes en una ceremonia austera para lo que era habitual en Roma. A continuación procedieron a realizar los preparativos del viaje. Aprovechando que Lucio debía pasar por Gades, circunnavegarían la península ibérica en barco para desembarcar en el norte de Europa con la escolta de tres trirremes que el ejército había puesto a disposición de Tiberio. Lucio, por su parte, manifestó su intención de personarse ante Apio Cecilio para informarle de los últimos acontecimientos y sus próximos planes.

viernes, 12 de agosto de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 13

Encuentros en el castrum.

Sexto Meridio era un gran conversador, y así lo demostró en los diálogos que estableció con los personajes a lo largo y ancho de su mansión. El motivo de tales charlas era convencerse definitivamente de que el grupo era de fiar; aunque éstos lo comprendieron pronto, disimularon y dejaron que Meridio se autoconvenciera.

Datos de interés surgieron en algunas de las discusiones. En una mantenida con Tiberio Julio, le reveló que todo el problema en Roma había empezado con un teúrgo, un tal Marco Mercio, el primero de muchos teúrgos asesinados. Marco Mercio no era sino el padre de Lucio Mercio, que aunque no lo dejó traslucir, se sintió conmocionado al enterarse de que su propio padre había guardado en secreto pertenecer a uno de esos extraños cultos.

La segunda noche, los sirvientes de la mansión alertaron de que estaban siendo atacados. Varios árabes -sacerdotes kahin- y lo que parecían africanos les atacaban con artes de asesino y de hechicero. Afortunadamente, pudieron rechazarlos bien entrada la madrugada. El fuego prendió en varios lugares, pero por suerte pudieron controlarlo finalmente y echarse a dormir un par de horas.

Por la mañana, Meridio les sugirió cambiar su lugar de residencia lo más discretamente posible, no confiaba en que la casa fuera segura ya. Alejandría había seguido a Roma rápidamente en los asuntos conspiratorios y no era una ciudad agradable para aquellos que se inmiscuían en ciertos asuntos.

Al poco rato, mientras conversaban con Meridio, éste se giró sin un motivo aparente murmurando algo así como: "ya está aquí". Efectivamente, un extraño hizo acto de aparición sin que lo anunciara ningún sirviente: Nicomedes Stoltidis, íntimo amigo de Meridio, hizo su aparición procedente de Hispania. Desde luego, los teúrgos de Mercurio debían tener a su alcance medios muy interesantes para viajar rápidamente. Nicomedes les comentó que la situación en Roma había empeorado y preguntó a Tiberio si había tenido algún contacto últimamente con la familia Albino, del septemvirato. Éste respondió que no, sorprendido de que alguien ajeno al Pacto Secreto supiera tanto de los entresijos del Culto a Júpiter. También les refirió sus contactos con Quinto Mario Canus, que al parecer quería recabar la ayuda del culto a Mercurio en nombre de Cayo Albino Regilense. Más tarde, los teúrgos de Mercurio averiguaron que el tal Albino formaba parte de la cúpula de poder del Culto a Júpiter, y su familia era destacada en los asuntos concernientes a éste.

Tras mucho hablar y planear, se estableció una alianza tácita entre los teúrgos de Mercurio y los personajes, avalados por Sexto Meridio. El interés común era salvar a Roma de las maquinaciones que parecía estar cometiendo el Culto a Júpiter. Nicomedes también les informó de que Atenas estaba siguiendo los pasos de Roma y Alejandría, con multitud de teúrgos extranjeros haciéndose con las riendas del poder.

Al anochecer, tras marcharse Nicomedes, decidieron abandonar la casa y trasladarse al lugar más seguro que se les ocurrió: el castrum romano del noreste de la ciudad, donde se asentaba una guarnición permanente de legionarios. Allí esperarían el regreso de Íctinos Eléusida y su barco, para salir de Egipto. Aunque intentaron ser lo más discretos posible, pronto se dieron cuenta de que varias figuras los seguían, y cuando salieron de la ciudad, atravesando el trecho de campo abierto que les separaba del campamento, vieron cómo unos bultos en la arena se acercaban a ellos, como si fueran topos pero de un tamaño considerable. Sin embargo, se movían lentamente y no pudieron alcancarles antes de que atravesaran la empalizada. Parecían estar controlados en todo momento, quizá incluso por algún espía dentro de la casa.

Tras cruzar entre las prostitutas y vendedores que merodeaban en los alrededores los recibió una patrulla de legionarios que, ante el evidente abolengo de Cayo Cornelio y su extremadamente convincente discurso, además del dato de que Tiberio era hombre de confianza de Cornificia, apenas les pusieron trabas para pasar al interior. Los llevaron ante Cayo Lutacio, tribuno militar y comandante de la guarnición. Un militar cuidado y atractivo, extremadamente atractivo, con ojos azules, infrecuente en un romano. Pronto averiguarían que la mayor ambición de Lutacio era prosperar en el cursus honorum, y vio su oportunidad en la ocasión de prestar ayuda a un Cornelio Patricio (y a un Julio en añadidura). Así que les dio alojamiento en el castrum, fácilmente convencido por el discurso de Cayo, que afirmaba que se encontraban en peligro. No era el mejor alojamiento del mundo, pero tendrían la guarnición como barrera de defensa. Además, Tiberio mencionó a Lutacio el hecho de que era el médico personal de Cornificia, y que hablaría de él a la hermana del emperador; esto acabó de convencer al comandante para deshacerse en atenciones hacia sus "invitados".

Ahora que estaban seguros (o eso creían) volvieron a echar un vistazo a las tablillas. Necesitaban pergaminos y libros que les dieran claves del idioma mesopotámico para poder traducir todo aquello.

Durante el primer día que pasaron en el castrum, Lutacio preguntó a Cornelio si Idara y él eran pareja. El patricio respondió negativamente, así que el militar se acercó a la muchacha, por la que se había sentido atraído en cuanto la había visto. A Idara también le gustaba Lutacio, así que tuvieron un encuentro amoroso a salvo de ojos indiscretos. Lucio, por su parte, empleó su tiempo en entrenar con los reclutas; conoció a Tito Acadio, un legionario raso veterano y muy inteligente que, por lógica, debería haber llegado al menos a centurión ya, y a Calisteos, un griego con un oscuro pasado que no quiso revelar. Cayo conoció a Octavio Tulio, un joven recluta patricio que se encontraba sirviendo como soldado, extrañamente. Problemas personales en Roma le habían llevado a servir como el último mono en aquella guarnición perdida "en el culo del mundo", según sus palabras. Tiberio siguió tratando a Galeno, recuperándolo poco a poco. Por la noche, durmieron tranquilos.

El segundo día en el campamento, Idara fue convocada a la tienda de Cayo Lutacio. La elegida de Minerva creyó que el comandante querría continuar los escarceos que habían comenzado el día anterior, pero no era así. Cuando llegó a la tienda había tres figuras presentes, dos hombres y una mujer, vestidas con ropas de viaje. Lutacio le informó de que preguntaban por ella. Llevaban armas, algo extraño teniendo en cuenta lo quisquillosos que eran los oficiales romanos al respecto. Le pidieron hablar con ella en privado, y así lo hicieron. Para sorpresa de Idara, se presentaron como "sirvientes" de Minerva, en realidad teúrgos de su culto. Se presentaron como Bodilkas -de origen íbero-, Apio Hostilio y Claudia Valeria. La diosa les había revelado en sueños que debían encontrar y proteger a Idara.

La antigua ladrona los llevó a conocer al resto del grupo. Allí hubo ciertos problemas con Cayo Cornelio, pues los extraños no querían desvelar su verdadera identidad ante los compañeros de Idara. Finalmente, se aceptaron las medias explicaciones y los tres recién llegados acompañarían en adelante a la muchacha.

Tiberio mantuvo una conversación con Apio Hostilio, donde ambos revelaron su verdadera naturaleza de teúrgos. Un pacto tácito se estableció entre ellos.

La placidez de los dos días pasados los tranquilizó y pronto conciliaron el sueño, en espera de que el barco llegara en un plazo de uno o dos días. Pero la noche trajo sorpresas. Sonidos metálicos de gladii y escudos comenzaron a oirse por doquier. Al salir al exterior, pudieron ver cómo algunos legionarios yacían sin vida, al parecer asesinados por sus propios compañeros. Lucio y Cayo se dispusieron a defender la tienda donde se encontraban, pero estaba rodeada. Un combate caótico estalló en la oscuridad, legionarios contra legionarios. No tardaron en darse cuenta de que los legionarios "traidores" lucían un extraño brillo en los ojos, que llevaban todo el rato desenfocados, como si no fueran ellos mismos. En los avatares del combate aparecieron escalonadamente Tito Acadio, Octavio Tulio, Calisteos y Cayo Lutacio con algunos componentes de su guardia personal. Algunos ataques por sorpresa les convencieron de que no debían fiarse de sus propios aliados, pues en determinados momentos, algunos de ellos desenfocaban los ojos y se volvían contra sus compañeros. Parecía que los militares iban cayendo poco a poco en las garras de algo que los controlaba. Tiberio, Idara, Meridio, Heráclides y los teúrgos de Minerva sacaron a Galeno fuera del campamento, por la puerta oriental. Allí, lejos del fragor del combate, Idara pudo escuchar una especie de salmos o cánticos que procedían del lado norte. Instigada por su curiosidad, se dirigió hacia allí, seguida por los demás. Sus sospechas de que algo estaba poseyendo a los legionarios se confirmaron al ver ante la costa alejandrina una pequeña congregación de figuras vestidas con túnicas y capuchas recitando algo que parecían oraciones -en un idioma que parecía mesopotámico, según Heráclides- que les ponían el vello de punta. Una mujer se encontraba arrodillada entre ellos. Una mujer altísima, encapuchada y de piel clara. En sus manos sostenía un disco dorado, exactamente igual que el que poseía Idara, al menos eso parecía desde aquella distancia. Tiberio utilizó el orbe que habían encontrado en la entrada al Laberinto, en Cnossos, que áún no entendía bien, pero que le permitía ver a través del Velo. Para su pavor, vio que les rodeaban multitud de daemoni y que la propia mujer del sello tenía a su alrededor algunos de ellos en ademán protector.


Sin muchas esperanzas, Idara lanzó una flecha hacia la mujer, con la gran fortuna de impactar en su torso. No hizo una herida profunda, pero sí fue suficiente para detener la invocación, hechizo, ritual, o lo que quiera que fuera aquello. La herida pareció volverla loca. Se giró hacia dos de sus "sacerdotes" y los mató con un solo gesto, con sus últimas fuerzas. Los cuerpos de los asesinados no tardaron en descomponerse en miles de escarabajos que se dirigieron a gran velocidad hacia el grupo de Idara y el campamento. Corrieron.

En el interior, Lucio y los demás habían sido ya rodeados por filas y filas de legionarios, que despertaron de su trance. Entonces llegaron los escarabajos, que no eran muy peligrosos pero entretuvieron lo suficiente al grupo y los legionarios como para que los extraños desaparecieran sin dejar rastro.

Los legionarios exigieron explicaciones a los personajes, pensando al principio que todo aquello había sido culpa suya, pero entre Cornelio y Lutacio pudieron aplacar los ánimos y no llegó la sangre al río. Resuelta la situación, bajaron por la parte norte, donde Idara y Tiberio habían visto a los extraños practicando el ritual. Ni rastro, excepto por una ligera neblina.

martes, 2 de agosto de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 12

El Incendio.

Tiberio Julio y Cayo Cornelio ojearon durante unos minutos los manuscritos, grabados y tablillas después de que Idara les hiciera notar el símbolo que todos ellos tenían en común, oculto en uno u otro rincón. Los grabados mostraban invariablemente imágenes de catástrofes naturales, preferentemente escenas que parecían inundaciones y diluvios. Heráclides señalaba algunos de los pasajes donde se mencionaba la pequeña nación de Elam, sublevada y arrasada por una especie de cataclismo, seguramente una inundación. O quizá era Elam la que había arrasado otra nación, no estaba seguro. El griego no entendía demasiado bien la escritura mesopotámica, y sólo había identificado el nombre Elam y la palabra "desastre" o "inundación" en algunos pasajes aislados con la ayuda de algún que otro bibliotecario experto. Un par de los grabados mostraban grandes olas marinas montadas por aberrantes criaturas demoníacas mientras figuras infantiles estaban dibujadas en círculos. Los niños eran otro motivo recurrente en los documentos. Todo apuntaba a que los niños habían sido utilizados como sacrificio para aplacar la ira de los dioses.

Ala de la Gran Biblioteca
Lucio Mercio, que se había apostado en la ventana por si llegaban visitas inesperadas empezó a ver movimiento en el exterior. Un hombre llegó corriendo; habló apresuradamente con una pareja que a su vez salieron corriendo, avisando a cuantos se encontraban. La calle se despejó en poco tiempo. Avisó a los demás, que ocultaron rápidamente todos los documentos. El legionario salió al exterior, seguido por Cornelio. Una enorme columna de humo se elevaba hacia el cielo a no mucha distancia de allí, justo el lugar donde se encontraba la Biblioteca según los cálculos de Lucio.

Heráclides salió corriendo, igual que Cneo, el mistagogo de Tiberio, y por ende este último. Lucio y Cayo los siguieron tras acordar que Idara se encargaría de proteger la información. La muchacha se escondió entre unos carromatos y toneles que había al otro lado de la calle, que por cierto estaba desierta excepto por unos niños jugando. La población de la ciudad se volcaba en la colaboración contra los incendios.

Efectivamente, un gran incendio se había extendido por varias alas de la Biblioteca. Su magnitud les sobrecogió. Sin pensarlo demasiado, comenzaron a ayudar, arriesgándose entre las llamas para salvar la mayor cantidad de pergaminos y libros que pudieran. Al poco se enteraron de que el incendio se había iniciado en la sección de Historia, precisamente donde ellos habían estado investigando. Con mucha suerte y riesgo de sus vidas (sobre todo de la de Lucio, al que le cayó encima una viga ardiendo) pudieron salvar algunos de los pergaminos y tablillas que habían estado ojeando las últimas semanas. Cuando salían de uno de los viajes al interior del incendio, alguien llegó gritando:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡La escuela de medicina también se ha incendiado! ¡Galeno y sus discípulos están dentro!

La mención de Galeno, el médico más famoso del mundo, bastó para movilizar en el acto a Tiberio y a Cneo, que corrieron hacia la parte de la Biblioteca donde estaba la susodicha escuela, corriendo por los estrechos callejones que rodeaban el complejo. Los precedían Lucio y Cornelio, en mejor forma física, y varios otros de los presentes. De repente, uno de los que corría junto a ellos se giró hacia Tiberio, intentando zancadillearlo y arrojarlo al suelo. El médico se revolvió ágilmente y le asestó un puntapié en el rostro a la vez que evitaba caer. Otro individuo sacó una espada. Ambos eran egipcios. Por detrás llegaban tres árabes, dos empuñaban cimitarras y el tercero sacó una roca que se puso ante los labios. Sorprendentemente, uno de sus compañeros, el que estaba más cerca del que mostraba la roca, se giró hacia él y le rebanó el cuello. Tiberio invocó a Júpiter y su piel brilló con fuerza, cegándolos a todos. Cornelio y Lucio volvieron sobre sus pasos al oir el jaleo, y mataron a uno de los egipcios y a un árabe. El segundo egipcio huyó, y el árabe que había ayudado a Tiberio se quedó allí, con las manos levantadas y una sonrisa en actitud pacífica. Por desgracia, el hombre sólo hablaba árabe, y lo único que alcanzaron a entender fue su nombre, Aretas ben Jalafh. Urgidos por el incendio, dejaron el entendimiento para mejor ocasión y se dirigieron a la escuela de medicina. El árabe los siguió, y a partir de entonces no se separó de ellos, a pesar de la imposibilidad de entenderse.

Lucio subió ágilmente hasta la ventana de la escuela de medicina. Cayo lo siguió, y después Tiberio. En la sala había multitud de redomas, vasijas y frascos con mezclas químicas raras, medicinas de Galeno. El médico, que ya entraba en la tercera edad, estaba inconsciente en el suelo, sostenido por los brazos de otro hombre maduro semiinconsciente. Aquí y allá había varias figuras de menor edad inconscientes o muertas debido a las explosiones de las extrañas sustancias. Consiguieron poner a salvo a Galeno, al otro hombre y a un par de los jóvenes inconscientes antes de que todo explotara.

Aretas ben Jalafh
Mientras tanto, Idara había permanecido paciente en su escondrijo ante la casa de Heráclides. Al cabo de un rato aparecieron en la calle tres figuras vestidas con ropas locales pero que sin embargo identificó inequívocamente como árabes. Entraron en la casa. Salieron pasados unos momentos, y acto seguido el humo comenzó a salir por los pequeños ventanucos. Olía a papel y madera quemada. Tras esperar unos instantes y asegurarse de que se habían ido, Idara se precipitó al interior para salvar los grabados y tablillas, sobre todo aquellas que Heráclides les había dicho que no entendía muy bien. El humo la cegó mientras se jugaba el físico para desenterrar los manuscritos de debajo de la pila de papeles donde los había escondido. Finalmente pudo meter varios de ellos en una manta, y se encaminó a la puerta. Pero dos recias figuras la habían bloqueado. Los árabes no se habían marchado después de todo. La muchacha intentó escapar por el estrecho ventanuco, pero las piernas le flaquearon y uno de los árabes, fortísimo, la cogió y la estrelló brutalmente contra la pared [punto de destino]. Quedó semiinconsciente. Cuando reaccionó, los tres árabes estaban discutiendo en el exterior mientras aparentemente esperaban a que todo se quemara, incluida ella. Cogió la manta con las tablillas y con la mente nublada se lanzó a través del ventanuco con una agilidad prodigiosa. Escapó trastabillando sin que los árabes ni siquiera se dieran cuenta.

Lucio y Cayo volvieron junto a Cneo, que se había quedado vigilando los pergaminos junto a un par de jóvenes eruditos y a Heráclides. En ese momento apareció Idara, toda tiznada y magullada. Entregó las tablillas a Lucio y les contó todo. Mientras narraba su historia, pudo ver algo extraño: un hombre que parecía salir a través de una de las paredes de la biblioteca, dejaba caer unos manuscritos y volvía a entrar. Se acercaron hacia el lugar -donde no había ninguna puerta ni pasadizo secreto- y se volvió a repetir el episodio. El hombre, rasurado y con el pelo chamuscado, soltó una exclamación en griego y salió corriendo. No les costaría alcanzarlo, estaba cansado. De repente, giró y se introdujo en las llamas del incendio cercano. Ni un grito. Realmente aquello era una concentración de gente extraña.

Tiberio prestó los primeros auxilios al otro hombre de avanzada edad que habían rescatado junto a Galeno. Éste dijo llamarse Sexto Meridio, comerciante itálico, y mostraba una gran preocupación por el viejo médico. Mientras lo atendía, se fijó en tres puntos que lucía en el dorso de la oreja. De experiencias anteriores y por sus oscuros conocimientos sobre los Cultos Condenados, Tiberio sabía que tal señal hacía evidente que Meridio pertenecía a alguno de tales cultos. No sabía cuál. Lo interrogó de forma muy poco sutil acerca de aquella señal, a lo que Meridio respondió que aquello no eran sino manchas de nacimiento. Algún fragmento de información revelado por Tiberio le hizo sospechar que el médico era en realidad un hermano de Mitra, una hermandad dedicada a un dios oriental a la que pertenecían los soldados que habían demostrado su valía. Le hizo la pregunta ritual ("tres veces la espada negra"); Tiberio fue sincero: le dijo que no era un adepto de Mitra, pero que conocía la frase. Meridio entornó los ojos, lo examinó valorativamente y prosiguió con la conversación; ambos dedujeron sus respectivas filiaciones, Júpiter y Mercurio, y establecieron una tregua tácita para hablar más adelante. Lo que sí parecía genuina era la preocupación de Meridio por su amigo Galeno. Tiberio consiguió estabilizarlo, pero deberían llevarlo a un lugar más adecuado; Meridio ofreció su casa.

Se trasladaron todos a casa de Sexto Meridio, donde Tiberio pudo atender en condiciones a Galeno, a Heráclides y al propio Sexto Meridio, que tenía problemas respiratorios y un brazo roto. La casa era una domus a la usanza alejandrina, rica y ordenada. Parecía que el comercio, si realmente era eso lo que hacía, le iba muy bien a Meridio. Cornelio se interesó por el tema y charló con él en varias ocasiones.

Tiberio, Cneo y Sexto, por su parte, conversaron sobre su condición de teúrgos y establecieron un pacto tácito; el culto a Mercurio no era del todo hostil al Pacto Secreto y seguramente ambos podrían sacar provecho de aquella relación. También informó al grupo de la verdadera razón de su presencia en Alejandría, aparte de su amistad con Galeno: en las altas esferas de Roma se estaba tramando algo gordo y prefirió alejarse de allí, pues todos aquellos que tenían relación con el Pacto Secreto no se encontraban a salvo. Recomendó a Tiberio volver a Roma y cuidar de su Congregación.

Por otro lado, Sexto Meridio planteó la posibilidad de buscar a otros médicos que colaboraran en la curación de Galeno, a lo que renunció cuando se enteró, para su sorpresa, de que Tiberio era médico personal de Cornificia, hermana del emperador Cómodo. El teúrgo de Mercurio prometió gratitud eterna a Tiberio si éste lograba salvar la vida de Galeno, tal era el aprecio que le tenía. Preguntado acerca de si Galeno pertenecía a algún culto, Sexto respondió que era posible que perteneciera al culto a Esculapio, el dios de la curación, pero que no estaba seguro; Galeno nunca se lo había confirmado explícitamente.