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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

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martes, 10 de enero de 2012

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 73

¿El Fin?

Llegados a Haster, el padre Ibrahim volvió a insistir ante Ayreon sobre las posibilidades que creía que el Grial albergaba y que estaban infrautilizando. Decidieron reunirse en ese mismo momento junto con Demetrius en el altar de la capilla del palacio, junto con todos los paladines, excepto tres que quedaron vigilando la puerta y otros dos que velaban a Petágoras. Demetrius, Ayreon e Ibrahim se sentaron alrededor del altar, realizando respectivas introspecciones e intentando ahondar en el origen de los poderes del objeto sagrado. Tras un primer intento fallido, Demetrius fue el único que, con un hilillo de poder, tuvo éxito en comenzar a proyectar su esencia al interior del Cáliz. La violencia del rapto casi parte el ser del bardo en dos. Se hundió en la oscuridad, en una oscuridad infinita y eterna, que lo abrumó. Comenzó a viajar, o a hacer algo parecido a navegar, en aquella oscuridad indescriptible, que en cualquier momento amenazaba con anular su existencia.

Mientras tanto, en el mundo real, una perturbación en el Mundo Onírico puso en guardia a Ayreon y los paladines. Algunos de estos últimos comenzaron a caer, desmadejados, sin causa aparente. En la capilla se materializaron varios de los elfos oscuros llamados Puñales de la Sombra, asesinos inconmensurables que dejaban a los Susurros de Creá a la altura de niños imberbes comparados con ellos. El propio Ayreon sintió el mordisco de un Puñal arañando su costado. El escándalo y la perturbación no pasaron desapercibidos en el exterior: a los pocos instantes, Leyon, Ezhabel y unos cuantos centauros irrumpían en la escena. La semielfa repartía muerte moviéndose con la ligereza del viento, y Leyon acabó con la sombra de la estancia haciendo uso de la Daga de Luz. Sin duda, Trelteran estaba cerca, o lo había estado. Los centauros situaron salvaguardas del mejor modo que pudieron y se estableció una multitud alrededor de Demetrius, que seguía en trance.

La Vicisitud rodeaba a Demetrius. Estaba fuera del tiempo, fuera del espacio, fuera de cualquier dimensión, pero a su alrededor, en la oscuridad, podía percibir toda la existencia, todo aquello que era, fue o podría ser.

Demetrius se tambaleaba, a punto de desvanecerse. Ayreon intentó canalizar algo de poder hacia él, y éste fue absorbido en el acto, recuperando al bardo de su debilidad. De inmediato se enlazaron los paladines para proveer de poder a Demetrius, y Leyon convocó a todo aquel que pudiera esgrimir el Poder a la capilla, para colaborar en el proceso. Hicieron acto de presencia los Clérigos de Terwaranya, los Rastreadores del Silenciado, los centauros y algunos más; y finalmente, trajeron a Petágoras, desde el que los Rastreadores canalizaron poder al bardo.

Su viaje se prolongó durante siglos, durante milenios, durante eras. La oscuridad no tenía fin, y la Vicisitud quedó por fin atrás; o arriba, o abajo, no sabía muy bien dónde. Se asomó al borde de un abismo metafísico insondable, y el abismo le devolvió la mirada. Le flaquearon las fuerzas, y le pareció caer, pero de alguna parte le llegaban nuevas energías, como si alguien le ofreciera su hombro y él se apoyara y después de caer se levantara de nuevo. ¡Y cómo caía! Cada desfallecimiento era como una pequeña muerte, una muerte que duraba eones, pero siempre notaba ese pequeño empujón que le permitía seguir más allá, un poco más alla, mucho más allá. Había salido de toda influencia, de todo cuanto existía. ¿Existía él entonces? ¿Existía algo? Un hilillo de contacto le llegaba desde mucho más atrás, aquello que le permitía seguir. Cayó de nuevo, y entonces oyó una voz, un suave murmullo que recordaba de otra vida: era el muchacho, Petágoras. O más bien su conciencia, o su yo astral o su poder encarnado... no sabía definirlo, pero lo que es cierto es que le ayudó. Lo levantó una vez más, y juntos retomaron el camino de nuevo, hacia la fría oscuridad. Cruzaron abismos de tiempo y espacio insondables para mentes menos capaces. Demetrius enloqueció, pues no había verbo mejor para describir lo que le sucedía. Aun así, siguió junto a Petágoras. Éste le preguntó si sería capaz de volver en caso de que fracasaran en lo que fuera que estuvieran haciendo. Demetrius, percibiendo una infinitesimal parte de la presencia del Grial más allá del universo, afirmó. Y por fin, ambos cayeron. No fue una caída hacia abajo. Todo lo que Demetrius podría describir es que fue una caída "hacia fuera". Y una luz que era una mezcla de Luz y Sombra, una combinación de Creación y Destrucción, los engulló.

Tras casi un día entero de canalización sólo quedaba un puñado de Rastreadores enlazando a Petágoras con Demetrius. Los demás seguían buscando alternativas para proporcionar el poder necesario al bardo, desesperados, cuando finalmente éste despertó. Rebulló en su asiento balbuceando: "El Creador, El Creador, era ...". Volvió en sí, agotado. Una voz desde el otro extremo de la sala sacó a todos del estupor: "pero... ¿dónde estoy?"; Petágoras había despertado también, de nuevo el muchacho que otrora habían conocido. Los que quedaban en pie prorrumpieron en exclamaciones de júbilo.

Al cabo de una hora más, durante la que tanto Demetrius como Petágoras se encontraron confundidos y sin reaccionar, por fin ambos se recuperaron. Demetrius les contó cómo había llegado hasta el Instante Primordial, hasta el Creador, en lo que le parecía un lapso de tiempo de incontables vidas. El caso es que, confirmando las sospechas de Ibrahim, ahora estaba convencido de que a través del Grial podían canalizar las energías del propio Creador, lo que sin duda les sería de gran utilidad en el enfrentamiento que se avecinaba.

Ezhabel, Ayreon y Leyon se reunieron en Dánara con lord Nyatar, el rey de Ercestria, para dialogar sobre el secuestro del hijo de éste. El rey, sentado en el Trono del Águila, estaba profundamente abatido, pero sus ojos mostraban una resolución total. A los pocos instantes apareció también en el Salón una figura delgada y alta, un tal lord Evner, que no era sino el emisario de la Sombra, que esperaba contestación por parte de Nyatar. Ese mismo día era el último que le daban para responder. Tras quedarse a solas con el rey, con sinceras palabras el grupo le convenció de que no podía hipotecar el futuro del continente entero y de la Luz por el secuestro de una sola persona. Era duro, pero era así. Nyatar lo pensó unos momentos, pero al parecer su resolución estaba tomada desde hacía tiempo. Hizo comparecer a lord Evner y, tras hacer que lo desnudaran, se dispuso a propinarle varios latigazos. No pudo hacerlo, sin embargo. Lord Evner era en realidad un apóstol y haciendo uso de su poder asesinó a varios guardias y pudo escapar. Esa era su respuesta, pues. Ercestria iría a la guerra en las filas de la Luz. Todos abrazaron a lord Nyatar, dándole ánimos y afirmando que hacía lo correcto. No obstante, a los pocos minutos Ayreon hacía acto de presencia, ¡acompañado del príncipe Aryatar! Según explicó el paladín, el dragarcano lo había teleportado directamente a los calabozos de Emmolnir, donde se encontraba el príncipe, y entre ambos lo habían sacado de allí. Por desgracia, Heratassë había caído víctima de su furia y aunque los pudo teleportar de vuelta, él mismo se había quedado en Emmolnir. El reencuentro entre padre e hijo fue muy emotivo, y todos los presentes virtieron lágrimas de alegría. Poco después el rey se encontraba enfundado en su armadura de combate y el ejército de Ercestria partía hacia Haster.

Por la noche, Ezhabel soñó. En un bosque verde esmeralda, o verde mar, no estaba muy segura, la niña Ezhabel corría despreocupada. Poco a poco, la oscuridad fue abatiéndose, y una figura vestida totalmente de negro y con el pelo blanco apareció ante ella. Le tendió la mano. Ezhabel llevaba un anillo colgado del cuello, lo pudo notar ahora que le quemaba insoportablemente. A pesar del terror que le inspiraba, la semielfa le dio la mano al desconocido; el anillo dejó de arder. El hombre, de ojos rojos y nariz aguileña, sonrió maliciosamente. En ese momento, un resplandor verde y un grito lo inundó todo: "¡NOOOOOOOOOOOO!". El dolor se hizo insoportable mientras una mujer joven, verde como el mar, se abalanzaba sobre el desconocido y arrancaba el anillo que Ezhabel llevaba colgado. El dolor se hizo insoportable. Insoportable. Ezhabel quedó inconsciente.

El día siguiente, en la Sala de Guerra de palacio, tuvo lugar el concilio donde se reunieron todos los dirigentes y comandantes de las razas y naciones implicadas. Lady Ezhabel no había despertado, y el encuentro se celebró sin ella. Leyon y los demás se transmitieron su preocupación, pero siguieron adelante. Allí estaban Treltarion, Urmazan, Angrid, Enthalior, Aldarien, Cargalan, Carontar, Tarlen, Enfalath y Rughar por los elfos; Ar'Kathir, Ar'Thuran, Koevhos y Rhaomen por los hidkas; Arixareas, Doros, Adens y Arixos por los Rastreadores; Zordâm y Zôrom por los enanos; Rûmtor, Nyatar, Randor, Agiran, Dorlen, Ylma, Aglanâth y el resto de nobles por los humanos; todos los Brazos, Carios y los targios, Ibrahim, Banallêth, Eltahim, Petágoras, Heratassë y Elsakar. Durante la reunión se acordó el plan que seguirían: hacer uso de los portales para teleportarse cerca de Emmolnir, levantar una espesa niebla y atacar aprovechando la posible debilidad de Selene. Petágoras intentaría eliminar el nodo de Poder de la Torre, para evitar que la Sombra pudiera usarlo.

Ayreon, algunos centauros, los Susurros y Ordreith intentaron rescatar a Ezhabel desde el Mundo Onírico en Dánara. Pero no había ni rastro de ella, así que finalmente desistieron. Dejarían el cuerpo de la semielfa en retaguardia, en el campamento base cuando atacaran Emmolnir.

El gran día había llegado por fin. El día de la inflexión. A partir de entonces la Luz restablecería el equilibrio o la Sombra se haría suprema, y todo dependía del ejército acampado a las afueras de Haster y de sus comandantes. Los portales fueron abiertos, y el ejército no tardó más que unas horas en atravesarlos. Mientras las huestes marchaban a la batalla, los sirvientes quedaron detrás instalando un campamento por si la batalla se demoraba en el tiempo. Era magnífico ver a los miles y miles de soldados de la Luz formar interminables filas que se movían perfectamente coordinadas, en silencio mientras los Rastreadores levantaban una capa de brumas que los escondería momentáneamente de sus enemigos. El amanecer estaba a punto de despuntar cuando las tropas cambiaron a formación de combate.

La batalla de Emmolnir

Las tropas de la Sombra acampaban alrededor de Emmolnir, siempre alerta. Pero la niebla los ocultó bien. Cuando las unidades estuvieron en posición, los Rastreadores telépatas informaron a Leyon, y éste hizo un simple gesto. Demetrius dio la señal, con un potentísimo bramido. El resto de bardos, distribuidos entre las tropas, comenzaron a cantar canciones de guerra y muerte. Los pelos de los comandantes se erizaron cuando las tropas rompieron a cantar también en varios idiomas distintos. Las voces se elevaban en el amanecer con ecos de sangre y muerte. Los Rastreadores levantaron la niebla, y se produjeron las cargas a lo largo de un frente de varios kilómetros. Las tropas de la Sombra, eficientes tras meses de combates, se aprestaron a defenderse. El estrépito fue ensordecedor, y la violencia se desató sobre el campo de batalla, Emmolnir. Los cañones ercestres comenzaron a abatir tropas enemigas. Los paladines se enlazaron y repartieron muerte por doquier. Los arcistas targios y los Rastreadores del Silenciado descargaban fuego y luz sobre los enemigos. En el centro, ilvos, hidkas y anfiroth cargaron con ímpetu. A la izquierda, elfos, Alas Grises e Iluminados, junto con los vestalenses y los Príncipes comerciantes. A la derecha, el grueso de tropas humanas, con la tropa imperial, las fuerzas ercestres, los caballeros esthalios, los Arcángeles, corsarios, los orgullosos caballeros del grupo del Vyrd, las Aves de Presa y los erenios. Los Susurros de Creá y los Soñadores centauros se encargarían del conflicto onírico. Pero Trelteran no apareció, y sin él los Susurros y centauros impusieron su ley fácilmente.

Mientras el flanco izquierdo hacía retroceder a la Sombra gracias a los targios y los dragones, el centro aguantaba a duras penas y el flanco derecho estaba a punto de derrumbarse resistiendo lo peor del envite debido al peso de los trolls y los gigantescos mamuts que llegaron apenas una hora de empezado el combate. En ese momento, un terrible temblor de tierra y el desplazamiento de una colina, anunciaron lo que todos temían: la hidra ancestral de Trelteran hacía su aparición. Con rugidos que hacían sangrar los oídos y pasos que hacían retumbar el mundo, el flanco derecho se rompió, replegándose.

Una columna de Sombra había aparecido en Emmolnir, desde la que se propagaba una oscuridad maligna y una voz que hablaba en las mentes de todos los presentes, compitiendo para superar a los bardos de Demetrius y carcomer la moral de las tropas de la Luz. Las huestes de la Sombra arremetieron con redoblado ímpetu. Los ilvos aguantaron bien, como siempre. Los elfos contraatacaron y los hidkas blandieron sus largos espadones para sembrar la destrucción entre sus enemigos. Los enanos se vieron arrollados por los enormes mamuts y las filas de drakken que esgrimían hachas astadas, pero sus filas aguantaron firmes gracias a Willas Stalyr, en cuya mano Igrilainn era una centella de muerte y alegría. Los anfiroth sufrieron fuertes bajas a manos de los orientales y de varios apóstoles que hacían a la tierra abrirse a sus pies. Y para desesperación de los capitanes de la Luz, de la columna de oscuridad sobre Emmolnir, comenzaron a aparecer incontables cantidades de demonios y seres extraños, en un flujo que no parecía tener fin. El cielo, que hasta entonces había sido propiedad de los dragones losiares, de los Señores de las Bestias ilvos y de la Guardia de Águilas del Erentárna al mando de lord Rûmtor imponiéndose a los dragones y engendros de la Sombra, ahora estaba en disputa.

Entonces, alguien alzó un brazo señalando hacia el este. Leyon se giró, y apenas pudo creer lo que veía: varias escuadras de enormes barcos que surcaban los cielos se aproximaban al campo de batalla y comenzaban a disparar sus proyectiles flamígeros sobre las unidades de la Sombra. "Es Cirandil" —dijo alguien. Por fin se desvelaba el secreto de dónde se había metido el prometido de Ezhabel. Había construido al menos una cincuentena de barcos voladores en un tiempo récord, y ahora cambiaba las tornas del combate en el cielo de Emmolnir. Manteniendo las distancias con la hidra ancestral, los barcos voladores hicieron retroceder a los dragones de la Sombra, dando un respiro a las águilas. Pero el flanco derecho se había roto, y corrían el riesgo de ser rodeados por los gigantescos mamuts.

Ezhabel despertó en su sueño, un sueño verdemar de dolor absoluto, que ya no podía herirla. El Dolor era suyo para hacer con él lo que quisiera, incluso plegarlo a sus deseos. Su pelo se había teñido de verde, sus ojos también, y su piel era blanca como la luna, con capilares púrpuras y visibles a través. Era Ezhabel o Nirintalath, o ambas a la vez; sonrió. Y despertó. El fragor del combate resonaba a lo lejos, a pocos kilómetros. Salio de la tienda donde dos sirvientes la miraban, atónitos. El personal de apoyo presente en el campamento se estremecía de dolor a su paso. Eso le causaba placer, no podía evitarlo, para horror de la parte de ella que era Ezhabel. Corrió hacia el sonido.

Un zumbido anunció la llegada de la semielfa al campo de batalla, espada en mano. Aunque el arma ya no servía de mucho, pues ella misma era la que canalizaba el poder a través del objeto. Corrió hacia donde había visto que las tropas de la Luz huían, el flanco derecho. Y allí desató el infierno. El dolor se apoderó de todos, y la mayoría de los que le rodeaban iba derrumbándose entre espasmos o directos a la inconsciencia. Heratassë también apareció por la derecha, y levantó muros de fuego ante los enemigos. Todo ello dio tiempo para que el flanco derecho se recompusiera bajo el influjo de las canciones bárdicas y el coraje de Robeld de Baun y se lanzara de nuevo al combate. La columna de sombras sobre Emmolnir pareció disminuir cuando Petágoras consiguió por fin anular el nodo de poder bajo la torre, pero tal ilusión duró sólo unos instantes, pues volvió a aumentar en segundos. Sin embargo, Selene todavía no había hecho su aparición.

Por el flanco izquierdo surgieron las hordas de los jinetes de Semathâl y los salvajes varlaghs, y con una embestida brutal acometieron contra los Iluminados, que rompieron sus filas casi al instante. Por suerte, los vestalenses y parte del contingente élfico se apercibió de la situación y se aprestó para el choque, que fue de nuevo brutal. Los Maestros de la Insidia vestalenses causaron estragos entre los enemigos, así como los Maestros de la Esgrima elfos, pero el número de las tropas sureñas era tan enorme, que poco se resintieron y siguieron con la presión, hasta que el contingente de la Luz tuvo que retroceder poco a poco. Los centauros cargaron al centro, dándoles un descanso vital a los anfiroth. Lord Ergialaranindal era un titán entre las filas ilvas, con su Guardia Carmesí al frente, y no flaquearon un solo instante. Rugiendo y cantando, los ilvos fueron los que más enemigos mataron ese día.

Tal era la situación cuando llegó la noche, y con ella los innumerables contingentes de orcos surgidos de ninguna parte y los Puñales de la Sombra, Inquisidores y los Adeptos del Dolor, del Pesar y la Lujuria. También hizo su aparición Audal, el nieto de Natarin, Brazo de Phôedus y Korvegâr, y otra figura que reconocieron como lord Vairon, con una espada de Sombra que no podía sino ser el Arcángel de Norafel. Leyon se adelantó con la Daga de Luz y se opuso a ellos, pero Audal era demasiado poderoso, y comenzó a segar centenares de vidas con Ugrôth, que restallaba en su mano y hacía saltar como peleles a aquellos que alcanzaba. Los Brazos de la Luz se congregaron a su alrededor y estalló un conflicto entre ellos en varias realidades. Pero la Sombra era fuerte ahora, y la Hidra Ancestral traía la muerte, y los adeptos del Dolor eran diestros con sus agieles, y la columna de Sombra ahora crecía sobre Emmolnir. Hasta que por fin, una voz tronó sobre el campo de batalla:

—¡La Luz perecerá hoy! ¡No tengáis piedad! ¡ACABAD CON TODOS ELLOS! —tronó una mezcla de voces de Selene y Trelteran, mientras un frío intenso azotaba el campo de batalla y hacía caer a muchos en el ejército de la Luz. Este último retrocedía cada vez más, abrumado por el número de enemigos y la oscuridad. Sólo los ilvos y los hidkas seguían cantando mientras mataban. Incluso los bardos habían enmudecido. Los pocos kaloriones que quedaban, Murakh, Carsícores y Adrazôr, se materializaron ante lord Ergialaranindal y su Guardia Carmesí con sus apóstoles y los apóstoles de Trelteran restantes. La kregora de las armas y las joyas de los ilvos les protegió hasta cierto punto, pero no pudo evitar que muchos de ellos cayeran víctimas del inmenso poder que los comandantes de la Sombra canalizaban. Por primera vez desde que había empezado el combate, los ilvos vacilaron e incluso retrocedieron ante el empuje de los enemigos. Por suerte, Heratassë apareció de la nada y cargó contra Carsícores irradiando una fuerza física tremenda.

La manifestación clara de Selene era el momento que habían estado esperando. Demetrius le hizo un gesto a Ibrahim, y éste sacó el Grial. El bardo se proyectó en el objeto y conectando con las fuerzas ancestrales que representaba, extrajo todo el poder que pudo, lanzándolo contra Selene. Ahora lo veía claramente: el enorme hilo de Korvegâr tocando el hilo infinítamente más pequeño de Selene. Con un esfuerzo titánico, intentó cercenarlos; el intento casi acaba con él, pero no tuvo éxito. Los separó. Pudo hacerlo. La columna de sombras desapareció. El hilo de Selene era ahora insignificante para él, así que lo cortó. Sintió una perturbación que de nuevo casi acaba con él, así que decidió no intentar cercenar el hilo de Korvegâr, sino sólo replegarlo en la Vicisitud y enviarlo lejos, todo lo lejos que pudo. El esfuerzo le pasó factura y cayó inconsciente, no sin antes gritar a los bardos que volvieran a cantar. Así lo hicieron. La columna de oscuridad había desaparecido, y con ella el flujo de demonios. Los clérigos de Ammarië, que habían estado leyendo ininterrumpidamente el libro de Aringill, completaron su lectura. Los demonios fueron fulminados allí donde se encontraban. La batalla en el aire cayó definitivamente del bando de la Luz. Pero la situación no era buena en tierra, con las hordas de Semathâl, los Varlagh y los orientales rodeando al contingente central. Y la maldita Hidra Ancestral, que era imparable. El enorme monstruo se había acercado irresistiblemente al centro de las tropas de la Luz, y ahora amenazaba a los ilvos, que estaban a punto de romper sus filas. Sólo el coraje de lord Ergialaranindal y su guardia, y los bardos que rugían sin cesar sus canciones de muerte y bravura los mantenían unidos. Los elfos y los hidkas, disciplinados y asumiendo que era la hora de la muerte, reemplazaban a los ilvos que caían en primera línea y sembraban muerte en sus flancos, mientras todos y cada uno de ellos cantaba y aullaba hasta la extenuación, invadidos por el furor de la violencia.

Entonces, un bramido que en realidad era una voz se oyó, clara y límpida, en todo el campo de batalla:

—Por vuestros crímenes y maquinaciones, por haberos atrevido a alterar el propio Tapiz, sois considerados...¡CULPABLES! —aquellos que le conocían, identificaron claramente la voz de Daxar Emaryll—. ¡¡Y nuestro veredicto es que la Sombra sobre Aredia debe ser erradicada y devuelta a Krismerian!!

Entre el humo que ahora invadía el campo de batalla, varias decenas de figuras se materializaron ante los ilvos y elfos de la vanguardia central. Todas y cada una de ellas con el brillo de una balanza de oro soldada a la muñeca. El grupo ya había visto a los Mediadores luchar en alguna otra ocasión, pero aun así se sorprendieron de sus capacidades marciales. Luchaban con una eficiencia absolutamente impresionante, con movimientos difíciles de seguir a simple vista. Los kaloriones y apóstoles, sorprendidos, no tardaron en encontrar la muerte o en abandonar la lucha para marcharse la Luz sabe dónde. Los ilvos y los elfos rieron, y después lloraron, y por último gritaron cuando se lanzaron de nuevo hacia delante, con un ímpetu abrumador que rompió a los elfos oscuros, a los orcos, a las hordas de Semathâl... la sangre les hacía resbalar, y se metía en sus ojos y les impedía ver, pero seguían matando, y matando, y matando...

Desde su posición y con la ayuda de los poderes de un bardo, Leyon rugió órdenes. Los targios se habían liberado de la presión de los demonios y debían atacar con todo lo que tuvieran a la hidra ancestral. También ordenó a Cirandil que lanzara toda la potencia de los navíos voladores contra el monstruo. Ayreon y los pocos paladines que quedaban en pie se unieron a los archimagos en el empeño, canalizando todo su poder hacia el gigantesco animal. Pronto no quedó ni un solo paladín consciente, y los targios se vaciaron. El propio aire pareció arder alrededor de la hidra, que no tardó en respirar fuego y en rugir de dolor. Los barcos voladores acertaban en los ojos de la bestia con sus proyectiles flamígeros, una y otra vez. Los archimagos empezaron a caer de rodillas, sin aliento, vomitando y cayendo inconscientes. Pero pronto se levantaban de nuevo y seguían haciendo arder el aire alrededor del monstruo. El calor alrededor era insoportable, y por fin, la hidra, tras algunos débiles rugidos cayó. La enorme mole se llevó a muchos soldados en la caída, tanto de la Luz como de la Sombra, hasta que quedó quieta. Durante unos segundos, el silencio se hizo en el campo de batalla. Pero los bardos pronto reaccionaron y siguieron con sus cánticos.

Leyon pudo oir rugidos de júbilo cuando los ilvos, hidkas y elfos del centro se encontraron con los elfos, los Alas Grises y el contingente vestalense de la izquierda. Y de nuevo cuando se encontraron con los enanos y los anfiroth que habían quedado aislados al frente de lady Valemen entre un mar de orcos y trolls. Éstos retrocedían ahora que sus comandantes parecían haber desaparecido. Sólo quedaban como cabezas visibles de la Sombra los Brazos Oscuros, Audal y Vairon. Lady Valemen, Leyon y un exhausto Ayreon corrieron a reunirse con el resto de Brazos que ya se estaban enfrentando a ellos. Audal parecía intocable, pero una vez juntos todos los Brazos de la Luz, éstos parecieron renovarse. Tôrkom, el martillo de Eudes esgrimido por Robeld de Baun, impactó de lleno en la nuca de Audal. Éste se limitó a tambalearse. A continuación miró a su alrededor y giró sobre sí mismo con un molinete que desequilibró a cuantos se encontraban a su alrededor. Eso le permitió ganar tiempo para iniciar una precipitada huida seguido por Vairon, a quien Willas y lady Valemen habían malherido, perdiéndose entre el espeso humo y la oscuridad. A lo lejos, los hidkas se habían encontrado ya con las filas de orientales y sus mamuts, y los Señores de las Bestias ilvos y los dragones losiares atacaban ahora a las grandes bestias. Pronto, todo el contingente de la Luz se unió en una alocada persecución cuando los orientales decidieron no resistir más. Los cuernos sonaron, y los bardos, agotados, fueron silenciándose. Sus voces eran sustituidas por los gritos de muerte y pánico, y por los gritos y cánticos del ejército de la Luz que, aunque agotado, perseguía al enemigo por doquier y le daba muerte con armas de filos embotados y mellados.

El nuevo amanecer llegó, y con él la huida de los últimos contingentes de la Sombra. Rugidos de victoria se fueron propagando por todo el campo de batalla, cuya hierba estaba pegajosa y teñida de sangre roja y negra. Los cuernos sonaron, anunciando la derrota de la Sombra, y los bardos entonaron canciones que hacían reventar los corazones de alegría por la victoria y de tristeza por los compañeros caídos. El sol salió, más bello que nunca aquella mañana, e hizo brillar la sangre derramada. El aire de la mañana traía cantos de pájaros y se llevaba el hedor de los engendros de la Sombra. La Luz había cambiado las tornas, y la reconquista de Aredia era ya un hecho.

Cuando, una vez recuperados, los comandantes buscaron el cuerpo de Selene, no pudieron encontrar nada. Si realmente Demetrius había cortado su hilo en la Vicisitud, era posible que hubiera borrado todo rastro de su existencia. No obstante, ellos seguían recordándola, así que algún rastro quedaba. La Torre Emmolnir había quedado totalmente arrasada, y el Nodo de Poder anulado; Ayreon decidió que los paladines tendrían que trasladar su sede, quizá más cerca de Haster, y quizá descubrieran algún otro nodo. De Petágoras no había ni rastro. La tristeza los invadió, y elevaron unas oraciones por el muchacho, sin cuya ayuda -involuntaria o no- no habrían podido ganar aquella batalla.

Ezhabel (o quizá Nirintalath) se había adentrado profundamente entre las filas enemigas, y miles de cadáveres la rodeaban, caídos como si una, o varias, ondas expansivas hubieran surgido desde ella. Una vez en la retaguardia de la Sombra, Nirintalath había desatado todo su poder. Ahora se encontraba de pie, mirando al cielo, con los ojos cerrados, en actitud meditabunda y con una ligera sonrisa. O quizá era un rictus de dolor. Cuando reaccionó y se giró a mirarlos, sus ojos eran completamente verdeazulados como el mar más profundo, y aunque al principio no pareció reconocerlos, su actitud se relajó y dijo algunas palabras ininteligibles pero amistosas. A partir de ese momento los siguió en silencio.

Una sombra se apoderó del corazón de Demetrius cuando se hizo evidente que tampoco encontrarían a Azalea, su amada Azalea, madre de dos de sus hijos. Tardó en admitirlo, pero fue inevitable. Y Heratassë tampoco apareció por ningún lado. Si es que no había muerto, el dragarcano debía de haberse marchado, quizá para reunirse con sus hermanos en Ashakann, la fortaleza de los Mediadores. Éstos se despidieron formalmente, pero con un destello de gratitud en sus ojos, y reanudaron sus tareas normales como Jueces de Aredia a partir de entonces.

La batalla había sido extremadamente violenta y el poder desatado había causado infinidad de bajas en ambos bandos. Por suerte la Luz se había impuesto y era la menos perjudicada, pero aun así todos sus contingentes habían perdido miles de soldados. Al menos se contabilizaron quince mil bajas. E infinidad de heridos. Entre los muertos o desaparecidos se encontraba el rey Nyatar y el príncipe Aryatar de Ercestria, lord Enthalior, Cargalan, Carontar, el hidka Ar'Thuran, los ilvos Argimentur y Tulkastarno, algunos de los Rastreadores, lady Merhinhirah de los centauros, algunos targios y paladines, lady Maraith y lord Dorlen. En cuanto se hizo el recuento, una emocionante ceremonia llorando la pérdida de tantas vidas fue llevada a cabo por Ayreon y un envejecido Demetrius. El bardo había intentado cortar el hilo de un Dios y eso parecía haberle pasado algo de factura. A partir de entonces, no dejaría de sentir un dolor sordo en su pecho y en sus articulaciones, y casi todas las noches tendría pesadillas que luego no recordaría. El dolor por la pérdida de Azalea tampoco lo abandonaría nunca.

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Tres meses después tuvo lugar un gran llys en Haster. Leyon, cuya apariencia era realmente impresionante con la Corona Dalmazar en su cabeza y el Cetro Trivadar reforjado por Zôrom en su mano, recibió al pueblo y se celebró una grandísima ceremonia para celebrar la victoria de la Luz sobre la Sombra, la Reconquista de Aredia y un lamento por los caídos. El día siguiente se vivió una emocionante ceremonia bárdica en el centro del mar Krûsde, y la isla Evned surgía a la superficie. La isla sagrada de los wydd, los bardos, se encontraba de nuevo en el mundo. El Imperio estaba completo al fin. La visión de la maravillosa isla conmovió a todos, que lloraron y rieron a partes iguales. Los líderes de todas las razas se reunieron con Leyon, Ayreon y Demetrius, incluyendo a lord Treltarion, que era ahora el rey supremo de los elfos, pues Ezhabel no quiso disputarle la corona y provocar más enfrentamientos. Se estableció una alianza firme entre todos los reinos y se estableció a los ilvos en una parte de los enormes prados al sur de los Bosques Esselios. Leyon prometió que pronto partirían para ayudar a Ergialaranindal en la reconquista de la Primacía, cuando todo estuviera pacificado en Aredia, y el monarca ilvo cogió sus dos manos en un gesto que para su gente era de amistad eterna. Los anfiroth también fueron asentados en tierras que hantes habían sido de la Confederación Corsaria. Los losiares se incorporaron al Imperio bajo el mando de Elsakar, que era ahora el Senescal del Norte. Los paladines comenzaron la construcción de una nueva Emmolnir en un nuevo emplazamiento, con la ayuda de Zôrom y los arquitectos enanos.

Ezhabel se resistía, pero sabía que era imposible retener más tiempo a Nirintalath. El ansia de sufrimiento del espíritu la volvería loca, o acabaría matando a alguien; así que cedió a la sugerencia de Eltahim. Según afirmaba la Targia, podría guiar al Espíritu de Dolor a su dimensión abriendo un Pozo Dimensional y cayendo por él. El Dolor era una dimensión mortal para cualquiera, excepto para Eltahim, acostumbrada a tales viajes. Ezhabel se retiró a lo más profundo de la umbría de los bosques esselios para despedirse de Nirintalath. Durante dos días enteros compartió pensamientos con el Espíritu de Dolor, despidiéndose y haciéndose a la idea. Después, retornó a Haster. El proceso fue frustrantemente rápido: una pequeña danza de Eltahim y a continuación su ser se partía en dos, cayendo Nirintalath por un agujero dimensional singularmente profundo. Ezhabel lanzó silenciosamente un grito de despedida, mientras Dailomentar y Cirandil tocaban sus hombros. Poco después Eltahim aparecía en un lugar diferente entre las sombras del gran salón, e informaba de que Nirintalath había vuelto a su lugar por fin. La semielfa lloró en silencio entre Dailomentar y Cirandil.


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Un envejecido y más que centenario lord Leyon Irwar mira a aquellos que se inclinan sobre su lecho, donde pasa sus últimas horas en este mundo. Ahí está el viejo padre Ayreon, y Ezhabel, a la que no se ve muy frecuentemente. Demetrius murió hace pocos años, pero ahí está el hijo que tuvo con Loryn, Bertrand, que es ahora el Amdawydd, y los propios hijos de Leyon con Terwaranya, el príncipe heredero Vartan y la hermosa Reyne, y Ergialaranindal y Elsakar y Adens, que apenas oye ni ve ya. Y Terwaranya, joven como el primer día, se inclina en su cabecera. Algunos de ellos lloran. Todos están serios. Pero no tienen por qué estarlo. Su vida ha sido intensa y su reinado benigno y duradero. Sólo tiene una espina clavada: no haber llegado a reconquistar Eluiridiann. Pero no tiene dudas de que Vartan, su adorado hijo, se encargará de cumplir su palabra con Ergialaranindal. Aunque el Primarca tampoco muestra demasiada impaciencia; ventajas de la vida eterna, supone. "Dejo una Aredia en paz", piensa, "y ese es mi mayor logro". No puede evitar pensar en algo que ha venido siendo una constante todos estos años: ¿Estará Urion muerto? ¿Y Trelteran? ¿Y Khamorbôlg? ¿Y los demás? No se encontró el cuerpo de ninguno de ellos, sólo los de sus apóstoles. Pero pronto deja de pensar, reconfortado de nuevo por la calidez y la tristeza que los rostros a su alrededor le transmiten. Una buena forma de dejar este mundo y pasar a la eternidad. "Nos veremos allí, amigos míos", piensa mientras Terwaranya estrecha su mano, que se relaja por fin, con su último aliento.


Gracias a todos por tantos años de diversión y aventuras, amigos. :')
Aunque espero que esto no acabe aquí, claro.


miércoles, 23 de noviembre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 72

Nyatar II, rey de Ercestria
Los Rastreadores tardarían al menos una jornada entera en estar preparados de nuevo para realizar el intento con Zôrom o con Demetrius. Así que el grupo se reunió de nuevo para discutir sobre la situación y mover las piezas militares sobre el tablero de Aredia. Al poco rato, Banallêth se anunció e hizo acto de aparición. Al parecer, la hermana de Ayreon había dejado de mantener en secreto su condición de Señora de los Susurros de Haster, que por otra parte era una empresa realmente imposible. Para gran consternación de los presentes, Banallêth les informó de que la noche anterior habían muerto en todo Haster alrededor de 500 personas mientras dormían. Eso no podía ser cosa sino de la Sombra, desde el Mundo Onírico. Por otra parte, para añadir algo de complicación por si la situación no estaba bastante embrollada, también les informó que por pura casualidad había llegado a sus oídos que el príncipe Aryatar, hijo del rey Nyatar -que hacía unos meses había sido poseído o suplantado por un kalorion o un apóstol- estaba retenido por la Sombra. Los generales oscuros estaban presionando a lord Nyatar para que dejara la guerra y les rindiera sus cañones, que habían sido fundamentales en la liberación del frente oeste. Al parecer, el rey no sabía qué hacer, ni tampoco sabía si comentárselo a Leyon y los demás. Deberían encargarse cuanto antes, en cuanto resolvieran los asuntos inmediatos. La colaboración del rey de Ercestria había sido fundamental y lo sería en el futuro si querían ganar aquella guerra.

Después de la visita de Banallêth, fue Terwaranya la que hizo acto de aparición. Al menos ella traía buenas noticias. A petición de Leyon, los clérigos de Ammarië habían pedido hacía varias jornadas la inspiración de su diosa para averiguar cómo abrir portales parecidos a los que era capaz de crear Demetrius. Y Ammarié por fin los había inspirado para comprender el continuo espaciotemporal. Con la debida ceremonia y esfuerzo, deberían ser capaces de abrir portales, aunque todavía no comprendían del todo su verdadera naturaleza.

La noticia era de la suficiente importancia como para que la apertura de portales se ejecutara inmediatamente. Mientras se dirigían hacia allí se encontraron con Ibrahim, que salía de celebrar una misa en la capilla acompañado de varios paladines. El viejo clérigo se incorporó a la comitiva, y comenzó una conversación que sorprendió a Ayreon. Ibrahim le transmitió una sensación que tenía: ya habían utilizado el poder del Grial varias veces, pero seguía pensando que no lo estaban utilizando a su máximo potencial. Era verdad que había sido de utilidad en la canalización de poder en el Mundo Onírico, e incluso sanando a algunos que ya no podrían serlo por otros medios; pero Ibrahim estaba seguro de que había algo más, algo que se les escapaba, pero que él podía percibir ahora en el límite de su percepción y sus conocimientos. Estaba seguro de que el Grial encerraba secretos que hasta ahora se les habían escapado. Mientras los clérigos de Ammarië se entregaban a una ceremonia algo improvisada, Ayreon tomó el Grial y se concentró en su poder. Con las pistas que Ibrahim le había dado, ahora era evidente: el Grial contactaba directamente con Emmán, era evidente, pero era cierto, había algo más, algo que se escapaba a su comprensión. Miró a Ibrahim, frustrado pero a la vez esperanzado. El clérigo le sonrió, comprendiendo que ambos habían sentido lo mismo. Su complicidad fue rota por lo que sucedió a continuación: todos los presentes pudieron sentir repentinamente extraños efectos de alteración del tiempo a su alrededor. No obstante, finalmente un portal a Doranna se abrió entre una luz destellante. Ezhabel sufrió un desvanecimiento, aparentemente debido a los efectos de la ceremonia, y Leyon la despertó a los pocos segundos. Sin embargo, en ese breve intervalo le dio tiempo a soñar. Oyó la débil voz de Nirintalath preguntándole dónde estaba, dejó que el espíritu de dolor se alimentara de ella, y percibió cómo la presencia de Telteran lo inundaba todo, transmitiendo en su mente las palabras "llévame hasta ella". Por suerte recuperó la consciencia enseguida. Ayreon e Ibrahim pospusieron la inspección del Grial para más adelante.

Cruzaron el portal acompañados de Rughar y algunos elfos. Éste se abría a poco más de un kilómetro de Harudel, la capital oficiosa de Doranna. Allí se estaban reuniendo todos los ejércitos que unas semanas atrás el grupo había pedido convocar. Elfos, hidkas y centauros se erguían orgullosos y tensos a la espera de entrar en acción. Fueron recibidos por un grupo de exploradores, que enseguida los condujeron ante un capitán alen'tai. No tardaron en llegar a la Sala Central, donde les recibió la cúpula de Doranna al completo: Treltarion, Enthalior, Angrid, Orcalas, Aldarien, Natarël, Ar'Kathir y los hidkas, Ederiah y los centauros, Rûmtor y la representación del Erentárna. Informaron a todos que ya disponían de portales para desplazar las tropas y de sus intenciones de actuar muy pronto. Los ejércitos deberían ir pasando hacia Haster, desde donde lanzarían su "ofensiva". Los centauros intentarían proteger el Mundo Onírico, si les fuera posible. Ezhabel preguntó a Treltarion por qué Cirandil no estaba allí, a lo que el elfo primigenio le contestó que "se encontraba en una importante misión"; no quiso darle más detalles. La semielfa contactó con los espías que había estado preparando hacía tiempo entre sus filas en Doranna para que intentaran averiguar lo que pudieran sobre su ex prometido.

Esa noche durmieron en Doranna, a salvo de las amenazas del Mundo Onírico de Haster. Nirintalath volvió a visitar a Ezhabel en su sueño. Un color verde doloroso lo inundó todo, y Ezhabel dejó que el espíritu la dañara. Conforme Ezhabel recibía mayor castigo más lúcida parecía Nirintalath (su voz, su discurso, se hacía menos dubitativo; empezaba a recordar).

De vuelta a Haster, fueron informados por emisarios de Banallêth que de nuevo se habían producido decesos durante la noche. Esta vez eran más de dos millares de habitantes los que no habían podido despertar. ¿Se habrían propuesto acabar con ellos a través del Mundo Onírico? Desde luego, estaban acabando con su moral. Discutieron largo y tendido cómo solucionar aquel problema. Finamente, Eltahim propuso la creación de un "pozo dimensional" que erradicara Haster del Mundo Onírico. Era algo que era capaz de hacer, y que había hecho en el pasado, pero cuya naturaleza y la ignorancia de las consecuencias de hacer desaparecer algo en la realidad del sueño podía hacer que el remedio fuera peor que la enfermedad. No se decidieron a ponerlo en práctica, al menos de momento.

Los clérigos de Ammarië abrieron otro portal a Aghesta para el acceso de Ergialaranindal y sus ilvos. Los centauros hicieron acto de presencia en Haster, y tras evaluar la situación expresaron su escepticismo a las medidas que pudieran aplicar: la maestría de Trelteran no tenía rival entre ellos; por muchas guardas que desplegaran en el Mundo Onírico no creían que fueran a ser un problema para el kalorion y sus apóstoles. Aun así, escudaron los sueños del grupo lo mejor que pudieron. También lo intentaron en el Mundo Onírico, pero no tardaron en renunciar ante la muerte de uno de ellos: había vigías apostados que convetían la empresa en altamente peligrosa.

A continuación decidieron viajar a Ashakann para ver a los Mediadores lo más rápidamente posible. Si era verdad que Selene iba a atacarlos, debían ponerlos sobre aviso. Tras un viaje levemente accidentado, Daxar Emaryll los recibió y les franqueó el paso hasta la sala de los Progenitores. Allí, advirtieron a todos de la amenaza de Selene, y Emaryll envió emisarios a aprestar la defensa y a convocar a todos los Mediadores ausentes. Cuando Demetrius propuso que les dejaran pasar de nuevo a la Sala de la Eternidad, Ayreon tuvo una brutal visión del bardo supremo colgado de una soga con todos ellos a sus pies, aparentemente muertos también. Decidieron que era mejor no entrar; las visiones de Ayreon estaban inspiradas por el propio Emmán y hasta entonces habían resultado ser ciertas sin falta. Salieron para ver el trabajo de los Pintores y Escultores del Tiempo; vieron la Torre Emmolnir quebrada, un brazo ausente de la estatua de Emmán, la estatua de Korvegär fundiéndose con los rasgos de Selene y una nueva estatua que representada a Norafel. Uno de los Rastreadores capaces de comunicarse mentalmente fue destinado a Ashakann, para informar instantáneamente de la situación allí.

Tras la estancia en Ashakann se dirigieron a la Torre de Marentel, para consultar con los targios y con Carios, el Gran Arcista, acerca de su colaboración en la guerra que se avecinaba. Leyon y Demetrius se mostraron extremadamente elocuentes. Y la situación en las ciudades-estado había mejorado sobremanera, en parte gracias a ellos. Así que Carios decidió que veinte maestros, la mitad de la Torre les acompañaría para participar en la batalla; el propio Carios encabezaría tal delegación, algo que no había sucedido desde la fundación de la Torre. Tal declaración fue como un bálsamo para la moral del grupo. Los maestros de Marentel tenían un poder impresionante, que sería muy útil en lo que se avecinaba.

La siguiente noche más de tres mil personas se perdieron en su sueño. Cada vez eran más. Empezaron a plantearse seriamente aplicar la solución propuesta por Eltahim, no podían dejar que aquello continuara.

jueves, 20 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 71

El peso de la responsabilidad prácticamente abrumaba a Leyon. Cada día recibía varias visitas de los Padres Santos del Imperio Daarita, maquinadores expertos que trataban de aventajarse unos a otros en el favor del Imperio y que intentaban sacar en claro qué iba a pasar con su antiguo país, ante la ambigüedad del Emperador. Con la ayuda de Agiran, Ylma y Dorlen Leyon fue capaz de dar una respuesta definitiva. Agiran expresaba su firme desacuerdo con la propuesta de Leyon de instaurar en el país de los Santos Padres un Senado bajo el mando del Senescal (Aladhryd) encargado. Por su parte, Dorlen e Ylma, bastante menos fanáticos de las tradiciones, sí apoyaron a Leyon en tal decisión, afirmando la conveniencia incluso de leyes más abiertas. La propuesta final de Leyon fue la de la instauración de un Senado que elegiría al Aladhryd de entre sus filas, sujeto siempre a la aprobación del Imperio. Sin embargo, decidieron no plantear todavía la solución a los daaritas, pues el aspecto religioso del acuerdo todavía no estaba nada claro; algunos de ellos no creían que fuera una idea instaurar la libertad religiosa en el Imperio, mientras que otros estaban totalmente a favor. Tanto una como otra opción planteaban problemas que surgirían en el futuro y sin duda pondrían en aprietos la estabilidad del Imperio.

Las siguientes noches, Nirintalath siguió apareciendo en los sueños de Ezhabel. Lo único que percibía la semielfa era un leve tinte verde en sus visiones oníricas y la débil voz del Espíritu de Dolor, lejana, que le preguntaba cosas sin sentido, confundida, como si hubiera olvidado todo o casi todo.

Una de las noches, los sueños de todos parecieron derrumbarse hacia una oscuridad absoluta, y Ayreon pudo incluso oir la risa de Selene de fondo. Como Demetrius les informaría al día siguiente, su capacidad para abrir portales utilizando a Mandalazâr había retornado, así que supusieron que el "cataclismo onírico" había tenido algo que ver con algún tipo de ritual llevado a cabo para poder abrir tales atajos. Eso eran buenas y malas noticias: serían capaces de transportar tropas rápidamente, pero ahora la Sombra también podría hacerlo.

Hidra Ancestral de Trelteran
No tardaron en manifestarse los efectos que temían. Al atardecer del día siguiente, Ayreon recibió una canalización de Jasafet desde la Torre Emmolnir, transmitiéndole una sensación de urgencia y peligro casi insoportable. Se desplazaron al punto con las habilidades de Heratassë. Demetrius abriría un portal desde allí si fuera necesario.

A Ayreon se le cayó el alma a los pies. La Torre estaba siendo atacada por una enorme fuerza de la Sombra, que surgía de varios portales abiertos en derredor. La penumbra lo inundaba todo; penumbra que se iba oscureciendo a medida que pasaban los segundos, al parecer proveniente de una figura tenebrosa en el cielo que no podía ser otra que Selene. Una hidra ancestral, creían que la misma que habían visto en Puerto Reghtar, se alzaba abrumadora sobre los más altos torreones de Emmolnir, empequeñeciéndolos.

Podían oír los gritos de los Paladines e Hijos de Emmán que caían desde las almenas o eran cruelmente destrozados por los soldados oscuros. Tenían que salvar lo que pudieran. Demetrius sacó sin tardanza la Daga de la Luz, que iluminó un amplio radio a su alrededor.

El episodio fue rápido pero extremadamente cruento. Demetrius, viendo que no podía esgrimir el Poder suficiente, tendió la Daga a Leyon, que la cogió con respeto. La Luz y el Poema Primordial lo hinchieron hasta casi reventar, pero pudo contener todo el torrente de Poder Arcano y redirigirlo hacia fuera en forma de explosión de Luz. Tal explosión cegó y quemó a la mayoría de criaturas de la Sombra a su alrededor, y con toda seguridad fue lo único que salvó al grupo de la muerte, pues Carsícores había aparecido hacía unos segundos y con su enigmática sonrisa había empezado a caminar hacia ellos. Aun así, un Segador Negro (¡¿¿pero no eran criaturas fieles a Urion??!) atravesó con su aberrante hacha el pecho de Ayreon y lo hirió de extrema gravedad. A duras penas, Demetrius consiguió abrir un portal por el que pudieron salvar a un total de cuarenta paladines (entre ellos el padre Ibrahim con el Grial y el hermano Jasafet) y sólo un puñado de Hijos de Emmán. Ayreon rezó junto a sus fieles con todas sus fuerzas, en busca de consuelo. Obtuvieron respuesta: Emmán les ordenó que permanecieran fuertes y reconstruyeran la Torre lo antes posible. Comprendieron que el concepto "Torre" no se refería únicamente a la construcción física, sino a los ideales y las personas que la componían.

La urgencia era ya absoluta. El grupo dio las órdenes necesarias para el retorno de todas sus fuerzas a Haster. No podían dejar pasar mucho tiempo. Decidieron que atacarían Emmolnir, donde parecía que había acudido el grueso de las fuerzas de la Sombra, recuperando la Torre y asestándoles un golpe del que con suerte no se recuperarían. Pero se sentían en inferioridad, dado el gran poder de Selene y lo que habían visto últimamente entre sus filas. Aun así, tendrían que atacar Emmolnir antes de que la Sombra atacara Haster y todo se perdiera. Era necesario. Las órdenes se transmitieron instantáneamente a través de la red de Rastreadores que habían establecido durante el último mes en todos los puntos estratégicos, y Demetrius se preparó para abrir todos los portales que fueran necesarios para acelerar el proceso de reunión. Previendo cercano el final, todos intentaron pasar el mayor tiempo posible con sus seres queridos.

La noche siguiente, Demetrius recibió una visita inesperada en su sueño. Se despertó en el Mundo Onírico, en su habitación de tonos grisáceos, y allí estaba sentada Azalea, su amada Azalea, que había partido para servir a Selene. La muchacha aparecía poco definida, todo lo contrario que un anillo plateado en el dedo, que relucía lleno de color y que Demetrius identificó sin duda como un artefacto que facilitaba la experiencia onírica. Para regocijo del bardo supremo, la muchacha manifestó su congoja por aquello en lo que se había convertido Selene y su deseo de regresar junto a él. Pero no sería tan fácil; no podía marcharse sin más. Sólo había venido para advertirle que Selene estaba débil, pero no iba a estar quieta. Sus fuerzas se estaban concentrando en Emmolnir, ahora arrasada y mancillada, para marchar hacia Haster. Pero no era el primer paso que iba a dar la kalorion: su intención era viajar de nuevo a Ashakann, a la Mansión de los Mediadores, para tocar de nuevo la Vicisitud y acabar todo aquello definitivamente. Azalea se giró, mostrando sorpresa; acto seguido se despidió apresuradamente, con voz temblorosa, empujando a Demetrius para que despertara.

En ese mismo momento, Ayreon despertó bruscamente. Sin duda alguna, había percibido la presencia de Trelteran en el mundo onírico de Haster, como una comezón que se acercara hacia él. Se levantó al instante y se dirigió a la habitación de Petágoras, donde dos paladines hacían guardia (y dos Susurros de Creá en el Mundo Onírico). Se quedó allí toda la noche.

Por la mañana, fueron informados de que los dos Susurros encargados de cuidar a Petágoras en el Mundo Onírico la noche anterior habían muerto. La consternación los invadió. Trelteran, y posiblemente otros, habían empezado a hostigarlos ya, a debilitarlos. Debían darse prisa. Demetrius compartió rápidamente la información que le había dado Azalea.

Decidieron que Demetrius partiría hacia la isla de Targos con Eltahim junto con Leyran y Mattren, los Mediadores "amigos", para advertir a los compañeros de éstos. Sin embargo, una repentina visión apocalíptica de Ayreon inspirada por Emmán les hizo desistir de tal viaje: sin duda, Demetrius moriría si Eltahim los llevaba allí.

Buscaron más opciones. Haciendo uso de las capacidades de los Rastreadores intentaron establecer un "canal de poder" entre Petágoras y Elsakar, pero éste se vio abrumado y cayó mareado, con lo que desistieron de tal intento. Quizá tendrían más éxito con Zôrom o con Demetrius...

miércoles, 19 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 70

Mientras se dirigían hacia el mar, Demetrius tuvo la idea de preguntar a uno de los Rastreadores si sabían dónde se encontraba Petágoras. El hombre le respondió que lo trasladaron al Sanctasantórum de Urion en Puerto Reghtar hacía un tiempo.

Decidieron viajar a Puerto Reghtar a través del Mundo Onírico sin pérdida de tiempo, aprovechando que Urion debía de encontrarse ausente o débil. Por descontado, la ciudadela tenía guardas contra el mundo de los sueños y comenzaron a encontrarse mal a medida que se acercaban. Cuando ya tenían decidido salir al mundo real, Ayreon percibió la aparición de la presencia de Selene/Korvegâr y también de Trelteran. Aquello era mucho más de lo que podían manejar. Además, el vello del paladín se erizó cuando percibió cómo una onda expansiva de fuerza se acercaba hacia ellos. Eltahim los sacó de allí al instante.

Elemental de roca de Urion
Se encontraban a unos diez kilómetros de Puerto Reghtar, pero sobre las almenas más altas de la ciudadela era visible la enorme mole de una Hidra Ancestral que ya habían visto en sus visiones. Puerto Reghtar estaba siendo atacado por Selene y sus fieles, Trelteran entre ellos. Era entonces o nunca. Tenían que aprovechar la confusión. Conforme se acercaban pudieron ver ya con claridad los ejércitos invasores y los ataques de dragones, el kraken de Urion y los continuos hechizos que kaloriones y apóstoles lanzaban contra los enemigos. Algunas de las torres de la muralla habían empezado a mutar para transformarse en enormes golems de roca y acero, al parecer inmunes a gran parte de lo que los enemigos les lanzaban y que habían empezado a abrir brecha en los invasores. Desde luego, Urion había amasado un poder inmenso con los años. La flota fiel al kalorion ciego se encontraba saliendo a través del portal, huyendo como podía, mientras Selene era visible como una esfera de oscuridad en lo alto, cada vez más grande y amenazante. Ayreon podía percibir a Trelteran en el Mundo Onírico, vigilando esa vía de escape.

Consiguieron entrar sin muchas dificultades en la ciudadela haciendo uso de las capacidades de salto de los Rastredores. Allí dentro, en las almenas, no tardaron en ver pequeños grupos de Rastreadores fieles a Urion defendiendo la plaza. Arixareas y los demás comenzaron a reunirlos. El camino al interior de la fortaleza fue una pequeña odisea. Encuentros con minotauros, con Maestras del Dolor y del Pesar, e incluso con ¡media docena de Segadores Negros! retrasaron y fragmentaron el grupo. Uno de los Segadores se enzarzó con Heratassë mientras el resto salía al exterior, por suerte. Desde luego, Urion había conseguido hacer de su fortaleza un bastión casi inexpugnable.

Con sus capacidades canalizadoras, Ayreon percibió a Petágoras abajo, muy abajo en los cimientos de la fortaleza. Bajaron sin darse un solo respiro, sintiendo cada vez un calor más sofocante y desfalleciendo en varias ocasiones. Finalmente, llegaron a una estancia con una sola compuerta en el suelo. La compuerta estaba protegida por varios anillos de runas, que Demetrius pudo desbaratar no sin un supremo esfuerzo [punto de Destino].

La trampilla daba paso a una especie de pozo, y sin duda alguna, Petágoras se encontraba al fondo. Con ayuda de la mano de Laen, Demetrius horadó la roca en varios puntos para poder bajar. Finalmente, un pequeño salto le llevó al suelo de una pequeña sala. Pero no por pequeña menos impresionante, pues sus paredes, techo y suelo estaban cubiertos casi totalmente por runas ígneas, que parecían rellenas de magma ardiente. En el centro de la estancia, un altar que parecía de vidrio albergaba el cuerpo de Petágoras, inconsciente. En el suelo pudo ver dos figuras vestidas con túnica roja inconsciences también. Sin duda, apóstoles de Urion.

Demetrius no supo cómo, pero conocimientos enterrados en lo más hondo de su mente le advirtieron sobre la naturaleza de aquellas runas: sin duda se trataba de un antiguo sortilegio llamado algo así como "Explosión de Inexistencia". Todo Puerto Reghtar estaba a punto de volar por los aires borrando de la Vicisitud a todos y todo lo que se encontrara allí. Sin duda alguna, el poder de Petágoras era la clave para poder llevar a cabo algo de tal magnitud. Los demás también bajaron al zulo arcano. Consiguieron despertar a los apóstoles, que lejos de mostrarse hostiles les relataron cómo habían sido víctimas del hechizo que protegía la urna de Petágoras. La tierra empezó a temblar. La estancia pareció contraerse hasta asfixiarles y volvió a su tamaño original. Estaba comenzando. El calor era casi insoportable. En un último y supremo esfuerzo empujaron la urna con todas sus fuerzas, quebrando el vidrio. Sin embargo, Petágoras ya había empezado a brillar, envuelto en una especie de campo de éxtasis. Por suerte, Heratassë había llegado momentos antes, y haciendo acopio de sus capacidades, los sacó de allí a todos.

Aparecieron en un oasis relativamente cercano a Puerto Reghtar, donde pronto se reunieron con ellos el resto de Rastreadores, que había esperado su retorno de la incursión en los subterráneos. Puerto Reghtar no había estallado finalmente, aunque tampoco sabían si había llegado a caer ante los embates de Selene y los demás. Heratassë no estaba presente. Según informaron los apóstoles de Urion, había partido nada más habían aparecido allí. Debía de haber sido poseído por la Rabia Sangrienta que le aquejaba cuando empleaba una gran dosis de su poder. Con desconfianza inicial, conversaron con los apóstoles. Estos no habían querido que sus compañeros y hermanos fueran borrados de la faz de la Vicisitud y habían intentado impedir la Explosión de Inexistencia. Tras recuperarse durante un par de jornadas, se despidieron de los apóstoles, que continuaron su camino, y volvieron a Haster.


...

Un mes después, la situación en la capital Imperial parecía bastante estabilizada. La niebla del Palio había desaparecido de la faz de Aredia, y la mayoría de los elfos, centauros y hidkas habían retornado a Doranna. Fueron semanas muy intensas en viajes y reuniones. Treltarion había reclamado el Trono Supremo de Doranna y Ezhabel había decidido no disputárselo a pesar de la insistencia de Rughar y algunos otros. Los Alen'tai habían vuelto a su tierra, libre Nímbalos de una amenaza inmediata. El Cónclave del Dragón había sido pacificado y las tropas del norte ya se encontraban movilizándose hacia el sureste. La rebelión de Randor en el sur había tenido efecto gracias a la ayuda de Robeld De Baun y el frente se había vuelto a estabilizar en el río Ilven. El antiguo monarca Esthalio había hecho anunciar su aspiración a ocupar el Trono de los Leones de nuevo. Haster había empezado a prosperar, viendo los primeros comercios abiertos y con un incipiente comercio. La comida estaba dejando paso de nuevo a las monedas como objeto de comercio. Se encargó acuñar la primera remesa de monedas de plata y bronce con la efigie de Leyon I. Por fin llegaron también noticias de la gente que había partido hacia Adastra hacía meses y que había sido evidentemente absorbida por el Palio. Los losiares habían aparecido a lomos de sus dragones y habían conquistado fácilmente parte del territorio otrora perteneciente al imperio, donde los colonos iban a establecer nuevos asentamientos. El frente este de Ercestria se había estabilizado también, y en el oeste los cañones del rey Nyatar castigaban unas fuerzas de la Sombra cada vez más exiguas. En la isla de Targos todo parecía apuntar a la victoria de los aliados del grupo también. El sur de Aredia todavía se encontraba bajo la bota de la Sombra, pero se encargarían de eso una vez solucionaran los problemas más acuciantes. El único revés serio que habían sufrido lo había recibido la flota ilva que custodiaba el portal a Krismerian: siete decenas de navíos habían desaparecido en su totalidad sin dejar ni rastro, presumiblemente arrasados por los engendros de la Sombra.

Al cabo de tres semanas llegaron noticias del sur, traídas por un barco de los Príncipes Comerciantes. Al parecer, un contingente abrumador de tropas de la Sombra se estaba congregando en algún punto de Semathâl. Heratassë también volvió a hacer acto de presencia, tras haber pasado algunos días ausente.

Demetrius, por su parte, viendo que el momento era propicio, impartió las instrucciones pertinentes para que los bardos se prepararan para la ceremonia que habría de levantar la isla Evned.

Los últimos días del mes, Ezhabel comenzó a oir una débil voz en sus sueños, una voz de color verdemar que conocía bien. Nirintalath no había muerto, después de todo.

Los contingentes de elfos, hidkas y centauros comenzaron a organizarse en Doranna. Los emisarios aseguraron que el imperio podría contar con varias decenas de miles de aliados, una vez que la Sombra hubiera sido expulsada de la Nación Perdida.

lunes, 17 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 69

Tras enviar a Robeld de Baun de nuevo hacia el sur para ayudar a lord Randor en su rebelión decidieron que, definitivamente, no podían postergarlo más. La niebla había llegado muy cerca de la ciudad y amenazaba con engullirla definitivamente; tenían que viajar al origen de todo aquello, a la ciudad maldita de Andron, e intentar acabar con la filtración dimensional.

Mantuvieron una larga discusión con toda la cúpula política de Haster en la Sala de Guerra. Horas y horas, hasta que alguien sugirió la posibilidad de viajar allí a través del Mundo Onírico. Aunque en principio se descartó, no tardaron en barajar seriamente tal posibilidad. Desde luego, cualquier alternativa era mejor que meterse en la niebla directamente y sufrir toda la presión mental y física que el Palio provocaba.

Para sorpresa de algunos, Eltahim manifestó que le sería fácil llevarlos al Mundo Onírico físicamente; traspasar las barreras dimensionales era mucho más sencillo que alterar la realidad donde se encontraba. Así que no esperaron más. Demetrius, Ayreon, Ezhabel y Leyon fueron transportados por Eltahim y acompañados por los Susurros de Creá, una decena de paladines, los Rastreadores del Silenciado al completo, los clérigos de Ammarië, Rughar, Willas Stalyr, Zôrom, el padre Ibrahim y, por supuesto, Carsícores. Eran una pequeña multitud, pero Eltahim demostró que era cierto lo que había dicho y no le costó apenas esfuerzo horadar la barrera y llevarlos al Mundo Onírico.

El mundo de los sueños era básicamente igual a como lo recordaban. Los únicos vestigios del Palio que podían ver aquí eran los espectrales árboles negros y secos cuyo roce causaba un dolor insoportable, físico y espiritual. Conforme se acercaban a Andron los árboles se iban haciendo más espesos, hasta que fue casi imposible evitar su roce. Pero para entonces ya habían llegado a la vista de la ciudad maldita, cuya manifestación en el Mundo Onírico era horripilante, estremecedora. Se veían muchos edificios, pero no de piedra. Las construcciones estaban formadas por cuerpos humanos horriblemente desgarrados y mutilados, que aullaban de dolor y pánico sin dar un respiro a los oídos. Lobos y cuervos, que parecían omnipresentes, mordían y picoteaban los ojos y la carne de los así condenados. Era una visión dantesca, casi insoportable. Los gritos, aullidos, graznidos y sonidos irreconocibles destrozaban sus nervios, y algunos de ellos no pudieron aguantar la presión, desfalleciendo varias veces en el tiempo que duró su estancia allí.

Mientras se encontraban decidiendo qué hacer, un Rastreador desconocido manifestó su yo onírico cerca de ellos. Aprovecharon para interrogarlo rápidamente: confuso y horrorizado por los gritos y la visión de los cuerpos, respondió que se encontraba en un edificio, un almacén grande, lindando con una plaza octogonal más o menos en el centro de la ciudad. Desapareció sin poder decir nada más. Ayreon decidió que lo mejor sería buscar su sueño en la Dimensión Onírica e intentar contactar con él más tranquilamente. Eltahim y él no tardaron en encontrar la manifestación del sueño, en el siguiente nivel de realidad. El paladín se introdujo en su sueño; éste era bucólico y feliz, donde podían ver al Rastreador jugando con unos niños en un prado. Cuando el desconocido vio a Ayreon, entablaron una conversación durante la que el sueño mutó y se convirtió en un entorno muy parecido al Palio. Ayreon consiguió transmitir al Rastreador que había un gran número de sus hermanos con él que ya no consideraban a Khamorbôlg como el Albor. Fue derrotado hacía poco. Le encargó la labor de transmitir a los demás Rastreadores que iban a ir a buscarlos para liberarlos del yugo de la Sombra. Apresuradamente, Ayreon salió del sueño. No quería acabar perdido en aquella Dimensión si el Rastreador despertaba.

No tardaron en encontrar la manifestación de la Plaza Octogonal en el Mundo Onírico; en el centro de la plaza había un pozo pequeño, oscuro y profundo, sin fondo. Pozo que no existía en la plaza del mundo de vigilia. Parecía que habían dado con la grieta dimensional. Había llegado el momento. Transportados por Eltahim, volvieron a descender por la escalera de la Realidad y salieron del Mundo Onírico al mundo de vigilia. Invadido por el Palio. La impresión fue tremenda, apabullante. Gracias a Willas y a su Arunarya, el Arcángel de Oltar, todos pudieron sobreponerse a la tristeza y encargarse de lo que habían venido a hacer. No tardaron en encontrar el edificio donde, por lo que les había dicho el desconocido en sueños, se encontraban los Rastreadores de Urion. No tardaron mucho en reunirse, gracias al aviso previo. Un cuervo alzó el vuelo desde una ventana, graznando. Era evidente que se dirigía a avisar a su amo, Urion casi con total seguridad. Trasladaron a todos al Mundo Onírico. Una discusión precipitada se inició entre los defensores de que Khamorbôlg era realmente el Albor y los que se oponían o, simplemente, dudaban que fuera así. El movimiento a favor de Khamorbôlg estaba encabezado por un tal Ixios, que vio cómo sus apoyos menguaban rápidamente. Arixareas y los demás comentaron el advenimiento del Imperio Trivadálma y al menos sembraron la duda en las mentes de los demás. Ixios repetía una y otra vez que eran unos traidores a Daar y que iban a recibir un gran castigo por ello. No lo repitió muchas veces; Carsícores apareció ante él y descargó un chorro de poder desde la palma de su mano que destrozó al Rastreador, mientras un compañero de éste lanzaba un rayo de oscuridad hacia Demetrius y desaparecía. Carsícores les explicó que se trataba de un apóstol camuflado, como lo demostraba el cambio de aspecto que había sufrido al morir y la agresión de su compañero hacia el bardo supremo. Los que habían apoyado a Ixios no tardaron en reconocer su equivocación. Gracias al Grial y a Ibrahim, Demetrius se recuperó rápidamente.

Con los ánimos todo lo calmados que podían estar -el entorno de cuerpos destrozados y gemidos desesperados estaba causando hondas impresiones en los presentes-, Zôrom dispuso a todos según las especificaciones del Libro de Aringill. Los Rastreadores establecieron vínculos entre el poder proporcionado por las reliquias sagradas -el Santo Grial, Mandalazâr y la Daga de la Luz- y los clérigos de Ammarië y el Padre Ibrahim, que habían sido previamente aleccionados por el enano para ejecutar el Ritual. En el transcurrir de las horas varios Rastreadores cayeron inconscientes por el esfuerzo, mientras los oficiantes hacían todo lo posible por canalizar el poder que les llegaba de la forma correcta.

En un momento determinado, el Mundo Onírico se vio sacudido por la irrupción de una multitud de demonios y fuerzas extrañas encabezadas por los apóstoles de Khamorbôlg, los que en vida habían sido Eraitan y Natarin y algunos más, desconocidos para el grupo. Los clérigos de Ammarië también estaban siendo víctimas del agotamiento y habían empezado a caer, por entonces. Todo indicaba que el ritual estaba a punto de finalizar, pues el pozo de oscuridad que había en el centro de la plaza estaba ya casi cerrado, pero si no conseguían rechazar a aquel ejército fracasarían.

Los paladines se enlazaron y levantaron una barrera contra los demonios y los no-muertos, Carsícores y Heratassë se lanzaron al combate. Ezhabel chocó contra Natarin, intentando sin esperanza hacer que volviese a ser él mismo. El combate fue terrible. A los pocos minutos, la barrera de los paladines comenzó a ceder. Aunque la levantaban una y otra vez con esfuerzo redoblado, una y otra vez la barrera cedía, hasta que los demonios estuvieron demasiado cerca y tuvieron que recurrir al enfrentamiento físico. Églaras, Ecthelainn y Arunarya comenzaron a segar. Pero no era suficiente. Aparecían más y más demonios, y los apóstoles de varios kaloriones más se habían unido a los engendros de la Sombra. Heratassë y Carsícores hacían que se removieran los cimientos del propio Mundo Onírico, pero sus envites no parecían frenar el flujo de demonios y engrendros del Palio en absoluto.

Con casi la mitad de los clérigos de Ammarië y los Rastreadores caídos, Terwaranya se tensó en un último esfuerzo que curvó la realidad, cerró el pozo y provocó una silenciosa explosión de luz. La explosión pareció hacer volver en sí a Heratassë, que de nuevo había perdido el control en la lucha, y como en un sueño, una luz dorada lo inundó todo. La Esfera Celestial se había abierto, y desde ella se manifestaban los Arcángeles predichos en el Libro de Aringill. Una gloriosa legión de luminosas criaturas aladas vestidas con doradas armaduras empezó a impartir muerte por doquier, mientras los accesos del Palio y del Cielo se cerraban a la vez. Los árboles negros de los alrededores desaparecieron.

Pero aquello no había acabado. El propio Cuervo Ciego, Urion, apareció en medio de una esfera de muerte que levantó un silencio sepulcral entre sus fuerzas. Sus apóstoles estaban alrededor de él, enlazados en un círculo de once que se percibía como una sorda vibración, un frío intenso y un doloroso tirón. Aquello era demasiado. Arcángeles y Demonios empezaron a desvanecerse por igual.

—¡¡Déjame ir!! —gritó Nirintalath en la mente de Ezhabel— ¡¡Es el momento, déjame!!

Con dolor en su corazón, pero también cierto alivio, Ezhabel liberó conscientemente a Nirintalath, que tomó la forma de mujer que lucía cuando se manifestaba en sueños. El espíritu de Dolor se despidió silenciosamente de la semielfa. "Cuídate mucho, hermana" le pareció oir en su cabeza mientras las lágrimas acudían a sus ojos. Acto seguido, se lanzó hacia el kalorion y sus tropas y dejó de contenerse. Por un momento, un infierno de sufrimiento se abatió sobre todos, mientras Nirintalath adquiría su verdadera naturaleza. Por suerte, Eltahim los sacó de allí casi al instante. Ayreon la había sanado justo a tiempo con Églaras de una fea herida provocada por un engendro del Palio [punto de destino].

El sol no era capaz de pasar a través de las nubes, y una fina lluvia mojaba sus rostros. Se encontraban en una plaza octogonal en medio de una ciudad ruinosa donde varios edificios aparecían reconstruidos de forma extraña, vulnerando las leyes de la naturaleza. Un aire frío traía susurros y letanías de muerte que no les dejaron descansar.

Destrozados y agotados como estaban, no les quedó más remedio que iniciar el viaje hacia el sur, hacia el mar, alejándose lo más rápidamente posible de allí. Ezhabel lloraba en silencio por su pérdida. Rughar se acercó y la consoló.
 —No sufráis, mi esforzada señora —Rughar nunca había mostrado tal cortesía al dirigirse hacia ella—. Es mejor así, pues vuestra labor como reina estaba reñida con la posesión de tal ente. Ahora podréis volcar todo vuestro esfuerzo en reclamar el Trono Supremo de los elfos.

Tal afirmación provocó un escalofrío de sorpresa en Ezhabel, que contestó:

—¿Qué dices, capitán? Es posible que lord Treltarion haya vuelto de allí donde se encontrara, y si no es así, otro elfo de pura raza reclamará el trono para sí.

—Puede que sea así, pero, ¿no creéis que nadie lo merece más que vos, mi señora? ¿Mi reina? ¿Sa'Athein nír Doranna?.

Ezhabel se encogió ante la utilización de la fórmula ritual para referirse al Monarca Supremo de los elfos en Doranna en su forma femenina. Quizá Rughar se estaba extralimitando. O quizá no.

viernes, 14 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 68

Durante los días siguientes, Leyon se dedicó a adaptarse a su nuevo rol de dirigente del Imperio Trivadálma. Nombró varios cargos: hizo al senescal Dorton su primer consejero; a lord Agiran su segundo consejero, y a lady Ylma como su tercera consejera. A Dorlen lo nombró gobernador civil de Haster, y a Robeld de Baun como mariscal de los ejércitos del Imperio. Mientras tanto, Demetrius y los demás oyeron las dudas de algunos Rastreadores acerca de la posibilidad de que Selene fuera el albor. Dudas que fueron acalladas rápidamente al mencionar el hecho de que Elsakar la había detenido con su fuerza de voluntad, y Zôrom la había herido con la Daga de la Luz. Adens también transmitió a los personajes la nueva posibilidad que los Rastreadores barajaban: que el advenimiento del Imperio fuera en realidad el albor. Demetrius y Leyon hicieron todo lo posible por que tal idea cobrara fuerza en las mentes de la hermandad de Umbriel.

A lo largo de esas jornadas, prácticamente todos los nobles se postraron de hinojos ante Leyon, haciendo el juramento formal de fidelidad y reconociéndolo como el mandatario supremo de Aredia. Todos excepto lord Nyatar, que le recordó el acuerdo de trato preferente (el cual excluía el vasallaje) que habían negociado. También se llevó a cabo una ceremonia de alianza formal entre los ilvos (que no dudaron en recordar a Leyon su promesa de concesión de tierras), los elfos, los hidkas y el Imperio. La mayoría del pueblo parecía feliz y esperanzado con el futuro.

Todos los días Leyon recibía las continuas visitas de los Padres Santos del Imperio Daarita: Xandor Ereyth, Agraxas Experites, Urayn Ukraxes, Agreres Tuaras, Naxor Muaras y Xorios Tuantares. El resto parecían estar todos sometidos a uno u otro de los primeros. Todos intrigaban para conseguir el favor del emperador y convertirse en el "heredero" del Imperio Daarita incorporado al Imperio Trivadálma. A punto estuvieron de sacar de sus casillas a Leyon en un par de ocasiones.

El tercer día vio cómo el portal entre Haster y Emmolnir se cerraba por fin. Los desplazamientos no podrían ser tan rápidos a partir de entonces, excepto utilizando a Heratassë como transporte.

Demetrius se interesó también por la situación en Aghesta. Allí, lord Ergialaranindal le dijo que habían perdido la pista de los kaloriones localizados en la ciudad, y que ante la presencia de los kaloriones en la ceremonia de coronación posiblemente fuera adecuado no demorar más el ataque. Lo meditarían un par de días. Antes, intentaron abrir un portal de nuevo ante la presencia de Zôrom y Elsakar. Efectivamente, ambos vieron cómo la Vicisitud se negaba a abrir el portal, pero no pudieron concretar por qué. Si Urion había hecho tal cosa, había necesitado un poder inmenso -y acceso a la Vicisitud de alguna forma-.

Interrogaron más profundamente a los Rastreadores acerca de la ceremonia de invocación de la niebla del Palio. Ellos no sabían nada del proceso que siguió Urion, lo único que hicieron fue poner en contacto el poder de Petágoras con el kalorion; no habían sido más que una pieza en el engranaje necesario para abrir la grieta dimensional o lo que quiera que fuera aquello.

A continuación partieron a Aghesta. Allí se reunieron con toda la cúpula militar, y al poco rato apareció Carsícores. El kalorion anunció que debía ausentarse sin dilación. Todos supusieron que se trataba de la nueva situación provocada por Selene, pero Carsícores no quiso hablar más. Ayreon hizo un aparte con él; comprendía la situación, pero atacó al kalorion en su punto débil: estar con Selene iba a suponer mucha menos diversión que viajar con ellos al Palio en busca de Khamorbôlg. Carsícores se paró y lo miró fijamente, serio hasta que una sonrisa afloró a sus labios. Sus dientes puntiagudos convertían su mueca en algo horrible, pero ya conocido para el paladín. El kalorion dijo que haría todo lo posible por volver en dos o tres días. Acto seguido, se marchó.

Así, el ataque a Aghesta se produjo sin la ayuda de Carsícores. Sin embargo, no encontraron mucha resistencia. Ezhabel alimentó a Nirintalath llevando a cabo un estallido de dolor que provocó que algunos apóstoles la atacaran y casi le quitaran la vida. Mientras tenía lugar el ataque, la tierra tembló violentamente y durante largo rato; todos se inquietaron ante la posible aparición de la hidra ancestral de Trelteran, pero no sucedió nada. A las pocas horas, de madrugada, la ciudad había caído. Era evidente que gran parte de las tropas y seres poderosos la habían abandonado. Investigando la ciudadela vieron que en el subsuelo se adentraban una serie de túneles que habían sido cegados muy recientemente, el polvo todavía estaba en el aire. Por allí habían debido de escapar.

Interrogaron a los pocos prisioneros de alto rango que habían hecho, y todos les respondieron que los túneles no estaban abiertos a cualquiera y sólo aquellos que contaban con el permiso de los kaloriones podían entrar en ellos. A continuación se encontraron con el problema de tener cuarenta mil civiles y cinco mil soldados prisioneros; aunque Ezhabel, evidentemente con la Espada del Dolor haciendo estragos en su voluntad, abogó por masacrar a todos y cada uno, el resto del grupo se mostró en contra. Decidieron que liberarían a los civiles y retendrían por el momento a los militares.

De vuelta en Haster, Leyon y los demás recibieron en audiencia a los Iluminados y a los elfos, causantes de la mayoría de los conflictos de la ciudadela. El nuevo emperador medió entre ellos, prometiendo a los Iluminados entrar en campaña pronto y poder hacerse con un botín inmenso, y llamó al orden a los elfos. Una intervención de Ezhabel que sonó demasiado a amenaza condujo sin embargo a un equívoco que puso las cosas extremadamente tensas entre los presentes. La apariencia de la semielfa, en comunión con Nirintalath, hacía que sus palabras adquirieran un matiz extremadamente inquietante. Su aspecto había cambiado a ojos vista en poco tiempo. Por suerte, Leyon, Demetrius y Ayreon pudieron mediar y calmar los ánimos. Todo el mundo se retiró sin altercados, aunque el comandante de los Iluminados no dirigió a Leyon todas las reverencias que el protocolo habría aconsejado. Prefirió ignorar aquel hecho.

Por fin, pasada algo más de una semana desde la coronación, Leyon y Demetrius llevaron a cabo la ancestral ceremonia de exaltación de la grandeza del Emperador: el llys. Centenares, miles de personas se agolparon a los pies del Altar del Corazón (donde también había tenido lugar la ceremonia de coronación), y los guardias tuvieron graves problemas para organizarlas. La ceremonia se prolongó durante unas dieciséis horas, que Leyon aguantó estoicamente. Algunos de los juicios del nuevo emperador no fueron todo lo adecuados que se esperaba, pero con la ayuda del bardo y sus tres consejeros, todo se arregló. Uno de los peticionarios que desfiló ante Leyon no fue otro que lord Turkon Gers, hermano de la emperatriz del Kaikar y que se encontraba confinado en los calabozos acusado de alta traición. Leyon, haciendo gala de una magnanimidad fuera de lo común, lo perdonó y lo rehabilitó. Un pequeño discurso de exaltación hizo que el pueblo profiriera los gritos más exaltados que se habían oído hasta el momento en Haster. Comenzaron a oir cómo varias personas apodaban a Leyon como "el Magnánimo". Al final del día, cuando sonaron las trompetas que anunciaban el final de la ceremonia, el pueblo estaba eufórico. Era el primer llys celebrado en cientos de años y todo parecía estar arreglándose al fin.

Durante algún momento del día, un enviado de Banallêth llegó con un mensaje de la hermana de Ayreon. En él, les advertía que tuvieran cuidado con alguno de los Padres Santos del Imperio Daarita, pues era probable que hubiera un agente de la Sombra entre ellos.

La madrugada siguiente, lord Agiran llegó con noticias. Un halcón había llegado desde el sur anunciando que lord Randor se había levantado en armas contra la Sombra, y requería toda la ayuda que fuera posible. Decidieron que Robeld de Baun, esthalio también, partiría con cuarenta mil efectivos desde Haster para ayudar a Randor. Además también acordaron que tres de los dragones ancestrales de Aghesta se desplazarían hasta la frontera con Esthalia para ayudar a Robeld y trasladar a cierto número de Rastreadores a Emmolnir: allí, haciendo uso del nodo de poder, sintonizarían sus artefactos en forma de pendientes para poder enviarse mensajes telepáticos entre sí y servir de mensajeros entre las fuerzas del Imperio. Por otro lado, los ocho mil vestalenses refugiados en la torre Emmolnir, mil Hijos de Emmán y treinta paladines se pondrían a las órdenes del paladín Lenser y partirían hacia el sur inmediatamente para intentar liberar las poblaciones más cercanas y colaborar en la contención del frente.

Transcurridos dos días, sonaron las campanas de la torre noreste de la ciudadela, que tañían el son de alarma. Corrieron a las murallas. Lo que vieron les sobrecogió. Procedente de la niebla en el horizonte, una gran flota se extendía por el mar Krûsde ante ellos. Navíos de la Sombra, vikingos y mercenarios (entre ellos, barcos de los Alas Grises adastritas) se dirigían hacia Haster a toda vela. Justo cuando Robeld de Baun se había llevado la mayoría de su ejército. Requirieron la vuelta de una parte de las fuerzas, mientras el resto partía hacia el sur con Aglanâth.

Mientras se aprestaban a la defensa, llegó un capitán malherido del cuerpo de montaraces de Haster e informó de que la flota de la Sombra se encontraba estableciendo una cabeza de puente de unos treinta mil efectivos al suroeste de la ciudad, a unos diez kilómetros. Estaban rodeados. Poco después apareció Carsícores, con su eterna e inquietante sonrisa. La Espada del Dolor se volvió loca, reclamando su muerte. Sin embargo, el kalorion dejó rápidamente inconsciente a Ezhabel, evitando el posible peligro. El kalorion aconsejó acabar con aquella maldita niebla cuanto antes. Mientras, la flota de la Sombra había tomado posiciones y había permanecido inmóvil durante varias horas. Ante la posibilidad de que el ataque no fuera inminente, pidieron a Heratassë que los transportara a la Gran Biblioteca de Doedia para buscar el libro de Aringill. Así lo hicieron. Hoid Bexer, Demetrius y Zôrom viajarían mientras los demás se encargaban de la defensa de Haster. De forma sorprendentemente fácil [punto de destino] dieron con el Libro, o con lo que quedaba de él. Muchas de las páginas estaban rotas o destrozadas, pero no tenían nada más. Volvieron rápidamente a Haster, donde Zôrom se puso a estudiar el libro ávidamente junto a Terwaranya y los clérigos de Ammarië.

Entre tanto, Leyon y los demás convocaron a los Padres Santos del Imperio Daarita. Era evidente que alguien informaba a la Sombra de los movimientos de sus tropas y el mensaje que les había enviado Banallêth hacía un par de días era claro al respecto. No tardaron en descubrir que uno de los dirigentes, el tal Urayn Ukraxes, poseía un anillo que le permitía el contacto con algún kalorion. Lo arrojaron a los calabozos.

Khamorbôlg
Al cabo de un tiempo, los montaraces informaron que las fuerzas del suroeste se habían puesto en marcha. Aprestaron sus fuerzas para la batalla, y poco antes del amanecer, una sensación de incredulidad les invadió. Carsícores se puso serio, algo totalmente inusual en él, y miró hacia el mar. Nirintalath se quedó totalmente callada, en tensión en la mente de Ezhabel. Las tropas de la muralla marítima murmuraban. Pronto comprendieron la situación: la flota enemiga se acercaba, y a su frente un enorme barco negro y extraño, que parecía flotar más que navegar. Una arrolladora emanación revelaba en él una presencia que no tardaron en identificar: Khamorbôlg. Otro hecho turbador era que la niebla parecía seguir a la flota en su avance, acercándose a la ciudad. Encargaron la defensa del suroeste a Agiran, mientras ellos tomaban posiciones ante el mar. El poderoso demonio ya era visible como una mancha borrosa de sombras y fuego en la proa del navío, cuya sola presencia se proyectaba empujándolos físicamente. Rugió. El sonido se llevó como un soplo de viento huracanado las esperanzas de muchos de los presentes. Les costó sobremanera convencer a las tropas para que no salieran huyendo; de hecho, algunos lo hicieron. Pero la visión de los elfos y los hidkas, orgullosos en sus puestos, fue inspiradora para otros muchos. Las líneas aguantaron el primer envite, el de la sola presencia física de Khamorbôlg, lo cual ya no era poco.

Frenéticos, preguntaron a Zôrom si había sacado algo en claro del libro de Aringill. El enano respondió que sí, pero le faltaban ciertos flecos y, desde luego, les hacía falta una enorme fuente de poder y seguramente más Rastreadores que les pusieran en contacto con ella. Abandonaron la idea de utilizar el libro de momento.

Ayreon reunió a todos los paladines en Haster y los hizo enlazarse en grupos. Él mismo tomó un lugar. Desenvainaron a Églaras y Ecthelainn. Los bardos, con su Amdawydd al frente tañendo a Mandalazâr, cantaban canciones tras sus líneas; canciones de guerra salvajes y hermosas que hacían vibrar los corazones de los guerreros de la Luz. Los elfos comenzaron a cantar sus canciones de muerte. Los humanos coreaban a los bardos, cada vez más alto. Los hidkas permanecían en silencio, solemnes sobre el pomo de sus enormes espadas, esperando para impartir muerte por doquier. Un rugido ensordecedor, frío intenso y empuje físico hicieron caer a muchos. Khamorbôlg había saltado hacia ellos y le acompañaban multitud de drakken y demonios. Justo ante ellos. Las murallas temblaron y reventaron en varios puntos ante el envite de la Sombra, y la muerte se llevó a muchos buenos guerreros. Los Mediadores asistían como espectadores al evento, inquietos pero impotentes.

Demonios y criaturas de la Sombra empezaron a caer por doquier ante hidkas y elfos, la primera línea de batalla. Willas, Leyon y Robeld de Baun se lanzaron con sus arcángeles, gritando y matando. Willas reía salvajemente. Reía y mataba. Ezhabel desfalleció y fue totalmente poseída por Nirintalath. Sus ojos se tornaron verdemar y el Dolor hizo su aparición, sin distinguir amigo de enemigo. Los demonios caían ante Nirintalath como débiles espigas de trigo. Heratassë mataba, aun conteniéndose, y Carsícores era la muerte encarnada, junto a sus dos apóstoles gemelos. Sin embargo, no podía acercarse a Khamorbôlg, tal era el número de enemigos.

—¡Paladines, por la Luz! ¡¡¡ACABAD CON ÉL!!! —rugió Ayreon con todas sus fuerzas.

Y vaya si mataron. Los paladines dirigieron todas sus fuerzas contra Khamorbôlg, todo el poder que fueron capaces de recibir de su señor Emmán. Empezaron a caer, uno tras otro, dando su vida por el triunfo de la Luz sobre la Sombra. La fuerza que proyectaban sonaba como poderosas fanfarrias en los oídos de los presentes, una electricidad en el ambiente que dolía. Khamorbôlg profirió un horroroso aullido que detuvo por un momento los corazones del ejército de la Luz. Al menos una decena de paladines más cayeron, consumidos por el poder que proyectaban.

De pronto, una silenciosa implosión levantó un fuerte viento hacia el punto donde se había encontrado Khamorbôlg, que no era más que un girón de niebla ahora. Tras unos momentos de indecisión, los bardos de Haster volvieron a cantar y el ejército prorrumpió en vítores, acompañados de estocadas de muerte. Al cabo de unas horas, el ejército de la Sombra, demonios, vikingos, drakken, dragones y humanos se retiraba. Los defensores estaban agotados, pero enardecidos por sus bardos, celebraron el triunfo incluso caídos de bruces en el suelo.

Aclamados como héroes por el pueblo, el día siguiente se celebraron los funerales por los caídos, sobre todo por el heroico sacrificio que habían llevado a cabo los paladines de Emmán. Una docena de ellos había caído en su combate contra Khamorbôlg, y fueron despedidos con los honores más altos del imperio. Mucha gente lloró desconsoladamente, sus sentimientos potenciados por las canciones bárdicas que se alcanzaron a oir hasta el último rincón de la ciudad. A continuación, Leyon y Demetrius se dirigieron a la multitud desde el Altar del Corazón, declarando a los paladines caídos Héroes Imperiales y provocando gritos de júbilo y esperanza. Ayreon, imponente con sus vestiduras de Gran Maestre y orgulloso de sus hombres, tenía otro motivo de preocupación: percibía a Emmán débil ahora; habían absorbido mucho de su poder [16000 Puntos de Poder] y le llevaría tiempo recuperarse. Esperaba que ese hecho no fuera aprovechado por la Sombra.

La peor noticia era que la niebla del Palio se había detenido a poco más de un kilómetro de las murallas de Haster. Pero al menos se había detenido. Lo indudable era que no contaban con mucho tiempo.