Explosión de Dolor y Viaje a Usturna
La explosión de dolor fue brutal. Los cuerpos de los enemigos se vieron sacudidos por oleadas de sufrimiento invisible, que Symeon percibió a través de su vínculo espiritual con Nirintalath. Apretó los dientes hasta que chirriaron, notando cómo sus enemigos se estremecían y retorcían, gritando desgarradoramente.
—Atroz —Yuria rompió el silencio que sus compañeros guardaban desde lo alto de las murallas. Una onda de suave resplandor verdemar se había extendido en círculo alrededor de Symeon, aniquilando todo lo que encontraba a su paso (personas, caballos, perros, insectos, todo) con un sufrimiento más que evidente.
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| Estallido de Dolor |
Al disiparse el fulgor, el propio Symeon pareció encorvarse durante un momento, sufriendo.
—Es peor de lo que imaginaba —añadió Daradoth, contestando inconscientemente a su amiga. Con su vista élfica podía ver los horribles rictus de los afectados por la explosión. Se tuvo que forzar a recordar que eran enemigos en una guerra existencial.
A bordo del Empíreo, Galad contemplaba la escena asomado a la borda. Aldur se encontraba a su lado.
—Esa espada debe de haber salido del mismísimo infierno, hermano —dijo el enorme paladín, sorprendido.
—Sí, no cabe otra explicación —coincidió con él Garedh, el padre de Galad.
Horrorizado, con las lágrimas asomando a sus ojos, Symeon se recompuso como buenamente pudo y se giró hacia la fortaleza. En el fondo de su mente, notaba cómo Nirintalath parecía regocijarse y extasiarse en la agonía que había provocado. La envainó y retrocedió rápidamente hacia las puertas de Rheynald. Yuria y Faewald se dirigieron rápidamente hacia la puerta para recibirlo, y allí lo intentaron abrazar, aunque Symeon los apartó y se acurrucó al entrar, presa del estupor y la conmoción por lo que había hecho. La ercestre puso su mano en el hombro del errante mientras Daradoth llegaba a su altura.
—Tranquilo, Symeon —dijo el elfo—. Sé que debe de haber sido duro, pero imagina esa espada en manos de nuestros enemigos. Eso sí sería una desgracia.
—Descansa ahora, Symeon —zanjó Yuria—. Nosotros nos encargamos a partir de aquí.
El contingente que habían preparado para la ocasión se puso en marcha, obedeciendo las órdenes que Yuria rugía. Avanzaron rápidamente sobre el campamento enemigo, presa del caos y el pánico por el dolor y las estrellas de Osara que llovían por doquier. Las legiones enemigas no tardaron en huir, abandonando sus campamentos y sus máquinas de asedio, que los esthalios se apresuraron a destruir. La hueste se retiró rápidamente, antes de que las tres legiones de refuerzo pudieran reaccionar, así como los dirigibles, que se elevaron más allá del muro fronterizo.
Unas horas más tarde, ya tranquilos y a solas en Rheynald, el grupo se reunió. Todos transmitieron sus preocupaciones acerca del uso de la Espada del Dolor, aunque Yuria también hizo todo lo posible por que Symeon no se sintiera culpable: al fin y al cabo estaban en guerra, una guerra existencial, y tenían que usar todos los medios a su alcance para lograr prevalecer. Faewald ofreció a Symeon su compañía esa noche, y el errante aceptó de buen grado; iba a ser una noche plagada de pesadillas, y la presencia de su hermano juramentado sería más que bienvenida.
La mañana trajo novedades. Aún no había salido el sol cuando los vigías dieron nuevos informes: los enemigos habían levantado el campamento y se marchaban.
—Deberíamos seguirlos con el Empíreo —dijo Daradoth.
—No sería mala idea, pero eso nos haría perder tiempo —objetó Galad—. Tened en cuenta que tenemos dos asuntos muy importantes que resolver: el paradero de la reina y la liquidez de la Federación. No me había dado tiempo a comentártelo hasta ahora, Yuria, pero lady Ilaith está muy preocupada por la interrupción del flujo de kuendar y oro. Calcula que podrá mantener los ejércitos expedicionarios durante unos dos meses, si no resolvemos el problema en las minas de las Darais.
—Eso es de la máxima importancia, desde luego —anunció Yuria—; pero cada día cuenta para localizar a la reina, y más ahora que ya no podemos contar con que los dirigibles son un secreto. Tenemos que ver si es cierto que está en Usturna, y si es posible, liberarla. Debemos hacerlo rápido para encargarnos lo antes posible de las minas. No olvidemos tampoco que las tropas de la Federación llegarán en unos tres días a la frontera con Gweden y tenemos que enviar a los paladines al frente.
—Perfecto —zanjó Daradoth—. Salimos hacia Usturna lo antes posible.
Antes de partir, Symeon se dirigió al campamento de los errantes, donde se encontró con Stavros, para despedirse y hablar con Azalea. Como siempre, la muchacha tuvo un efecto calmante en él, aliviando mucho su tormento por lo que había sucedido la noche anterior. Se despidieron sentidamente.
—No tardes en volver, Symeon —dijo la joven—. La próxima vez me gustaría partir contigo.
—Hablaremos de ello, no te preocupes —«espero que puedas sacar a Ashira de mi corazón», pensó.
La legión sermia también se despidió de Yuria. Tenían órdenes de volver al frente cuando Rheynald estuviera fuera de peligro, y así iban a proceder. La ercestre les dio su bendición y les deseó buen viaje, pero "sugirió" un cambio de planes. Le parecía mejor idea que la legión viajara por territorio esthalio hasta la frontera sur, escoltada a distancia por el Horizonte con los paladines. De esa manera podrían coger por sorpresa y con una maniobra de pinza a las guarniciones fronterizas. El general de la legión no se opuso, apabullado y conocedor del genio militar de Yuria; esta le dio una carta con las nuevas órdenes, escrita y firmada de su puño y letra, y en pocas horas tanto la legión como los paladines partían hacia el suroeste.
El día siguiente, el grupo y los pasajeros habituales partieron a bordo del Empíreo con rumbo a Usturna. Seguramente los rumores acerca de los dirigibles y los paladines debían de estar corriendo como la pólvora, así que tomaron todas las precauciones posibles. Siguieron el curso del río Rowen, sobrevolando Jorwen y otros pueblos de menor importancia. En casi todos ellos pudieron avistar iglesias emmanitas quemadas, lo que les sorprendió sobremanera. Por la tarde llegaron a la vista de Usturna, una ciudad grande y populosa en la ría de desembocadura, con un puerto considerable. En la parte interior se podía ver la ciudadela, enorme y antigua. Daradoth miraba a través de la lente ercestre; algo llamó su atención en el puerto:
—Maldita sea. Hay tres galeones negros anclados en la salida del río. Y en la ciudadela parece que hay una basílica, pero creo que la han violentado. No veo las cruces emmanitas en las torres, y una parte parece quemada también.
—Ese condenado Robeld de Baun debe de haber renegado de su fe —Galad escupió las palabras con desprecio.
Revelada la presencia de tres de los imponentes barcos negros de la Sombra, a Galad se le ocurrió algo. Elevó una súplica a Emmán y obtuvo el poder necesario para lo que quería.
—El príncipe de Ladris, Deoran Ethnos, está en algún lugar allá abajo, en la ciudadela. Lo han traído aquí, puedo sentirlo.
—Entonces es posible que la reina Armen también se encuentre aquí —añadió Yuria.
—Por desgracia, Emmán no puede ayudarme con ella, no la he visto nunca en persona ni sé cómo es.
—La cruz de la moneda es que seguramente también estén por aquí el brazo de la Sombra y la elfa oscura con la kothmor —dijo Symeon, pensativo.
Poco tiempo después, al atardecer, Symeon, Yuria y Faewald desembarcaban vestidos con ropas neutras y se dirigían a las puertas de Usturna. El resto habría llamado demasiado la atención en la ciudad. La población parecía en estado de alerta (que no de excepción), el ambiente estaba tenso, pero las puertas permanecían abiertas. Entraron a una posada llamada El Yelmo Astado, donde un juglar tocaba el laúd y cantaba una bella canción.
Symeon echó un vistazo a su alrededor. En una de las paredes se notaban los restos de una silueta, que habían intentado limpiar pero no lo habían conseguido del todo. Otrora había colgada allí una cruz emmanita. Además, aguzando el oído, pudieron escuchar algunas conversaciones, entre ellas una que les llamó especialmente la atención: "mejor no hablemos de Emmán aquí".
Ya entrada la noche, Daradoth hizo uso de sus poderes sobrenaturales para sobrevolar invisible la ciudad. En la ciudadela pudo ver un grupo de soldados, ástaros puros, que le llamó la atención por el tono de su piel, de un color canela que nunca había visto en los antecesores, y por sus uniformes, exóticos y muy diferentes de los estándares esthalios.
Por la mañana, Symeon, Yuria y Faewald salieron de la ciudad después de haber pasado la noche en la posada. Los guardias patrullaban en parejas y tríos, deteniendo a aquellos que parecían sospechosos. Volvieron al Empíreo y compartieron sus sospechas de que se había prohibido el emmanismo en Usturna. Más tarde, Symeon usó sus habilidades para disfrazar a Galad, disimular su aspecto, y así que pudiera acompañarlos a la ciudad. De esta manera, pudieron franquear las puertas de la muralla exterior sin problemas.
Cuando llegaron a la zona del mercado, pudieron escuchar gritos y quejidos a lo lejos. Se acercaron rápidamente, para ver cómo una patrulla había arrestado a un hombre y a su hija, mientras una mujer los seguía, llorando y suplicando que no se los llevaran. Uno de los guardias llevaba un crucifijo en una mano, que debían de haberle arrancado a alguno de los detenidos.
No fueron muy lejos, pues se quedaron en el centro de la plaza, donde el público se acercó, curioso. El líder de los guardias, un hombre que parecía curtido en mil batallas, de rostro adusto y severo, gritó:
—¡Por el decreto del lord marqués de Arnualles, los adoradores del traidor Emmán, serán arrestados e internados en un centro de reeducación! ¡Tomad buen ejemplo! ¡Emmán ya no es bienvenido en esta ciudad! ¡Ya no es bienvenido en esta marca!
Galad apretaba los dientes. Se cuidó de decir ni susurrar nada, ante la posibilidad de la presencia de guardias no uniformados y la falta de reacción en la muchedumbre. Los guardias se marcharon con los prisioneros, seguidos de cerca por la mujer suplicante.
—Vamos a ver si podemos sonsacar algo a algún sirviente, esperemos en aquella puerta —dijo Galad, señalando uno de los portones de la muralla de la ciudadela.
Al poco rato, salían dos mozos de cuadras, apenas unos muchachos, pero prefirieron esperar. Más tarde salió un grupo de cuatro ástaros extraños, de piel canela y uniformes extraños. Después, carros de varios comerciantes. No tuvieron suerte y no aparecieron criados. No obstante, por la tarde, mientras esperaban, resonaron cascos de caballos. Una columna de caballería se acercaba a la ciudadela, alrededor de una cincuentena. Muchos jinetes, que lucían el escudo del yelmo ribeteado de Robeld de Baun, llevaban cogido por las riendas un segundo caballo con alforjas e impedimenta. Al frente de la columna parecían ir varios nobles, seguramente banderizos de Arnualles. Entraron en la ciudadela al trote, sin que los guardias pusieran impedimento alguno.
—Quizá deberíamos buscar algún lugar donde se reúnan los que todavía sean fieles a Emmán. O al menos, intentar averiguar algo sobre eso —propuso Symeon.
—Sí, pero no sabría ni por dónde empezar —contestó Yuria, un tanto hastiada.
Galad entonó una queda oración, y refulgió por un brevísimo instante.
—El príncipe Ethnos se encuentra en el edificio del homenaje, en algún piso superior —informó—. Apuesto a que la reina también se encuentra allí.
—El problema es cómo entrar.
—Habrá que ver si a Daradoth se le ocurre algo.

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