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miércoles, 11 de mayo de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 2

Reunión y Accidente
Los nombres que figuraban en el libro de registro eran los siguientes: Dulce da Silva (a la que Patrick tuvo la oportunidad de conocer muy bien los días anteriores a la explosión), Emil Jacobsen, Frederic Turang, Duncan Arcen y Jack Lambert. Además, según Robert, el membrete del libro correspondía al escudo de armas de la familia Worthington, una rancia saga que se remontaba a los tiempos de la época colonial, antiguos aristócratas ingleses radicados en Delaware con extensas propiedades en los estados circundantes, entre ellos Nueva York.

Poco más tarde, conectado a Internet, Tomaso averiguó que Emil Jacobsen era uno de los coleccionistas de libros más importantes de Europa y que poseía una renombrada librería en Londres. También descubrió que Duncan Arcen era un abogado del bufete Weiss, Crane & Assocs, especializado en casos de estafa. Investigó también sobre la familia Worthington, pero la cantidad de información presente en internet lo superó de momento. Leyó sobre la enorme mansión de la familia en Wilmington y un poco más sobre la empresa de su propiedad que se encargó de la subasta, Worthington’s Classy, pero no obtuvo en claro más que información de dominio público, y nada comprometedor.

Por la tarde, Patrick y Robert se reunían en el club de campo de este último para compartir la información sobre la contabilidad de AIFC. Ante lo que Robert le contó, Patrick insistió en la necesidad de mantener a Michael bajo una estrecha vigilancia, y el magnate de Chemicorp no pudo sino mostrarse de acuerdo con él.

Derek, por su parte, llamó a su oficina y encargó a su secretaria Linda, que se pusiera en contacto con la policía para intentar conseguir el listado de heridos en el hotel.

Por la noche, se reunieron para cenar en Chez Louis, invitados por Tomaso. Se trataba de uno de los mejores restaurantes de la ciudad, sito en Tribeca, y por lo que se podía ver, Tomaso era cliente habitual y tratado con deferencia. No les dio tiempo a conversar durante mucho tiempo antes de que Derek recibiera una llamada de trabajo. Sus hombres le instaban a acudir a la esquina de 34 con Park Av., porque habían seguido la pista a una reunión de los traficantes que venían investigando desde hacía unas semanas. Así que Hanson se disculpó y se marchó rápidamente. Justo a continuación, Tomaso recibía otra llamada. Le urgían a acudir a 34 con Park, porque habían descubierto una filtración en las comunicaciones de cierta reunión que se estaba celebrando en un restaurante en aquel punto. No tuvo más remedio que disculparse y salir rápidamente para atender sus asuntos, previa carga a su cuenta de todo lo que se consumiera en la mesa. Una vez en la calle, subió rápidamente a su coche y condujo como loco hacia allí.

Y pocos segundos después era Robert quien recibía otra llamada. Michael le instaba a acudir a 34 con Park Av., porque estaban teniendo problemas en la negociación con Travis McHale, uno de sus contactos, y no trabajaría más con ellos si no se encontraba en persona con él. Robert se lo tomó con mucha calma, y Michael tuvo que insistir varias veces hasta que se decidió a reaccionar. Esa tranquilidad le permitió conversar unos veinte minutos a solas con Patrick, donde la bebida comenzó a correr abundantemente.

Con el fluir de la bebida, el escaso control que le quedaba a Patrick saltó por los aires. Sacó de su bolsillo la pequeña papelina que había estado tocando discretamente durante su conversación con Robert y la miró fijamente mientras este último conversaba con una camarera. Como siempre, el rostro de vikingo impreso en rojo sobre el plástico parecía mirarle acusador; tras unos instantes de duda, por fin se decidió a levantarse e ir al baño. Todo esto había sido presenciado por uno de los camareros, que siguió a Patrick al baño, fingiendo un encuentro con él. El camarero resultó ser conocedor de la extraña droga, y no sólo eso, sino que le dijo a Patrick que sabía que el polvo era muy difícil de conseguir pero que él podría hacerlo por un precio adecuado; obviamente, el profesor de filosofía se mostró muy interesado, y el camarero, que dijo llamarse simplemente “Bob” lo emplazó en el restaurante pasadas tres noches desde entonces. Bob se negó tajantemente a las insistentes demandas de Patrick de realizar el intercambio en otro sitio, alegando que el restaurante era el entorno más seguro para ello. Sin más, el camarero se marchó y dejó a Patrick con su subidón. Cuando éste volvió a la mesa bajo los increíbles efectos del Polvo, pudo ver e interpretar claramente el aura de Robert: su visión le decía que el magnate era en el fondo una buena persona, y que ejercía en aquel momento una influencia brutal en su vida, además de que separar sus caminos podría tener consecuencias desastrosas para ambos. Poco después, Robert se marchaba, atendiendo las insistentes llamadas de Michael, y Patrick se quedaba, observando su alrededor con la profunda comprensión que la droga le proporcionaba.

Mientras tanto, Tomaso llegaba al punto que le habían indicado, y haciendo uso de varias artimañas consiguió entrar discretamente. Allí se encontró con los reunidos (Michael entre ellos), que aunque se mostraron hostiles al principio, enseguida comprendieron con quién estaban hablando y se avinieron a hacer caso de lo que les decía. Desalojaron rápidamente el reservado donde se encontraban y salieron poco a poco, con toda la discreción de que fueron capaces.

Derek llegaba pocos minutos después a la furgoneta desde la que sus hombres trataban de seguir los movimientos de los traficantes. Allí, los agentes Stuart y Monica le informaron de que la reunión parecía haber acabado prematuramente y que sus compañeros Jonathan y Mark habían salido en persecución de uno de los coches en los que los maleantes habían abandonado la escena; seguían manteniendo contacto con ellos por radio. Informados del rumbo a tomar, pusieron inmediatamente en marcha la furgoneta, siguiendo las indicaciones de los agentes. Cuando informaban de que estaban a punto de llegar al puente de Manhattan, la comunicación se cortó. Segundos después, la emisora de la policía comunicaba un accidente al norte de Manhattan Bridge; la preocupación de Derek se confirmó cuando llegaron a la esquina de Canal Street: el coche de sus hombres se había estrellado contra un edificio. Afortunadamente, aunque Mark tenía que ser trasladado a un hospital, ninguno de los dos tenía daños graves y Jonathan, que se encontraba magullado pero en buen estado, les hizo notar el estado de los neumáticos del coche: los cuatro se encontraban reventados (no pinchados, ¡reventados!), y eso había sido la causa del accidente. Todas las ruedas parecían haber estallado a la vez, y a pesar de eso en la carretera no encontraron restos de clavos o cualquier otra cosa que pudiera haber provocado tal desastre. “Otro jodido hecho extraño que sumar a la lista”, pensó Derek. Jonathan puso palabras a los pensamientos de su jefe, y le contó que los “muchachos” estaban preocupados por las cosas sin explicación que habían visto últimamente; también sugirió que no sería una mala idea reunirlos a todos para intentar subir un poco la moral y rebajar el nivel de preocupación. Derek asintió, pensativo.

Por la noche, Tomaso se dedicó a cribar la información de las páginas ocultistas que había conseguido la tarde anterior. Concretamente, consiguió entrar en una de las protegidas tras superar una serie de acertijos lógicos (y no tan lógicos) y utilizar algunos trucos sucios que alguien le había enseñado en el pasado. Obviamente, no se trataba de una página de esoterismo y charlatanes al uso. Buceando en varias conversaciones y subforos, pudo llegar a descubrir conversaciones muy crípticas y menciones a Alex Abel, la Nueva Inquisición y la explosión en el Excelsior. Sobre este hecho, algunos decían que había sido “muy parecido a lo de Israel en el 99”, y otros que podría haberse tratado de “una Ascensión”. Todo aquello no tenía mucho sentido para Tomaso, toda vez que no encontró absolutamente ninguna referencia a una explosión parecida en el 99 en Israel que no hubiera sido contrastada como acto terrorista. Pero sus ojos se abrieron mucho cuando leyó aún otra conversación, donde alguien proponía la idea de que “debía de ser cosa del ‘Freak’ o algún otro ‘duque’”, y otra persona respondía que no lo creía, porque que se supiera, “en Manhattan sólo conozco a uno que se atreva a desafiar la ‘prohibición’: un tal Henry Clarkson”. Henry Clarkson, el viejo que lo había puesto en camino hacia el Excelsior… Tomaso tomó nota de todos los datos de los que fue capaz y cerró rápidamente la sesión, tomando precauciones para no ser rastreado.

Michael no volvió esa noche a casa de Robert. Según le dijo por el móvil, no estaba seguro de que la policía no lo estuviera siguiendo, y pasaría la noche de pub en pub asegurándose de que nadie lo siguiera.

Por la mañana, Derek enviaba a su mujer y a sus hijos fuera de la ciudad, a casa de unos familiares de Maggie en Buffalo. A continuación acudió a la oficina, donde Linda le informó de que la lista de heridos y las visitas al hospital habían sido restringidas por el FBI, así que habían podido averiguar muy poco. Sí que habían investigado sobre la matrícula del coche que Jonathan y Mark habían seguido, y resultó ser de un coche de alquiler de una empresa en Brooklyn. Cuando Jonathan y Derek se preparaban para ir a investigar a la empresa de alquiler, éste recibió una llamada al móvil: se trataba de Philip Ackerman, su amigo y congresista. Philip le llamaba desde un teléfono seguro, y lo instó a poner la televisión. Los informativos estaban dando una noticia urgente: en el congreso se había presentado una moción de ley para instaurar la identificación estatal única; la idea era instaurar un documento de identidad único en todo el país, para acabar con la posibilidad del anonimato de los maleantes. Ackerman mostró su rechazo con la iniciativa y dejó entrever ciertos motivos ocultos que le preocupaban aún más que el pisoteo de los derechos civiles. Informó a Derek de que pensaba desplazarse a Nueva York al día siguiente aprovechando ciertos actos oficiales, y que deberían reunirse un rato antes de la hora de comer. Así lo acordaron.

Entre tanto, Patrick decidió acudir al hospital para intentar enterarse del estado de Sigrid. El hospital estaba abierto, pero la segunda planta, donde se encontraban las víctimas del Excelsior, estaba clausurada y custodiada por agentes del FBI. Un par de agentes impidieron el paso de Patrick, que insistió vehementemente en que le dejaran conocer el estado de “su amiga Sigrid”. Un tercer agente pareció escuchar durante unos momentos su pinganillo y a continuación instó a los otros dos a dejar pasar a Patrick. Éste fue escoltado por dos agentes a través del pasillo, y a mitad de camino tuvo un mal presentimiento; las auras de aquellos hombres transmitían una sensación muy acusada de traición, y no quiso arriesgarse más. Haciendo uso de su especial carisma, consiguió que los hombres le permitieran “ir al baño”. Afortunadamente, el servicio tenía ventanuco y además lo suficientemente amplio como para que Patrick pudiera pasar por él. Con un gran esfuerzo y algo de suerte, consiguió descolgarse hasta el suelo, aunque sufrió una dolorosa torcedura en un pie. Atravesando varios pasillos de mantenimiento y disimulando su cojera lo mejor posible, consiguió salir del hospital camuflado entre la gente por la puerta principal. Antes de alejarse pudo observar cómo dos coches con dos agentes cada uno vigilaban atentamente el flujo de personas que entraban y salían, quizá alertados por su huida. Por suerte pudo desaparecer sin más contratiempos.

Esa misma mañana, Tomaso se dirigió a la mansión de Robert esperando que fuera Michael quien saliera a recibirlo después de su encuentro de la noche anterior. Y así fue. Michael le agradeció su ayuda de la noche anterior y Tomaso, por su parte, intentó sonsacarle todo lo que supiera sobre la extraña droga que llamaban “Polvo de Dios”, insistiendo también en saber si Robert estaba enterado. A Michael le costó mucho soltar prenda, por supuesto. Afirmó que había muchísima gente interesada en el Polvo, y que no podía trascender más información. Preguntó a Tomaso si “era Abel quien lo enviaba”, a lo que éste respondió con un rotundo “no”. Ante esta negativa, Michael sugirió a Tomaso que quizá le interesaría reunirse con “cierta gente” que seguramente estarían muy agradecidos de poder colaborar con él. Esto fue como un caramelo para la especial curiosidad de Tomaso, que por supuesto respondió afirmativamente. Como despedida, Michael ofreció al italiano una papelina del Polvo, que Tomaso rechazó tajantemente. Este se marchó con una sensación confusa, preocupado pero a la vez intrigado por la nueva perspectiva, y con la sensación de que Robert no tenía demasiada idea de en qué andaba metido su hombre de confianza.


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